miércoles, 17 de diciembre de 2025

ESPERANDO EL APOCALIPSIS

J. J. Haas

 

Jerry Meyers irrumpió en la oficina del director financiero de Sugarville Financial Group puntualmente a las 9:00 de la mañana de un lunes y dejó caer su carta de renuncia sobre el escritorio. Un pisapapeles negro de mármol, en el centro del escritorio, decía: “It’s accrual world”. Totalmente cierto, es un mundo de acumulación…

—¿Qué es esto? —preguntó Arnold, levantando la carta y leyéndola con atención.

—Estoy renunciando.

—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué?

—Voy a empezar mi propio negocio.

—¿Así, de la nada?

Arnold dejó la carta, se aflojó la corbata y le prestó a Jerry toda su atención.

—Bueno, no exactamente. He estado rezando por esto durante mucho tiempo.

—¿Así que vas a colgar tu propio cartel? —preguntó Arnold—. Ya sabes, un servicio personal de impuestos no es lo mismo que la contabilidad pública…

—No, nada de eso —dijo Jerry—. Es una industria completamente distinta.

—Bueno, ¿y cuál es?

—No estoy en libertad de…

—¿Supervivencialismo? ¿Es eso? Dios sabe que hablas bastante del tema.

—Bueno, sí.

Arnold frunció el ceño.

—¿Y qué vas a hacer, mudarte con tu familia a una cabaña en el bosque?

—No, voy a quedarme aquí mismo, en Sugarville —dijo Jerry.

—¿Y hacer qué?

—Bueno, si tanto quiere saberlo, voy a vender suministros para preppers, la gente necesita tomar recaudos; el fin del mundo está cerca.

—Jesús, espero que sepas lo que estás haciendo, Jerry. Eres uno de nuestros mejores contadores. Piensa en todo lo que vas a dejar: tu sueldo, tus beneficios, tu bono anual, por el amor de Dios. Y además, no puedo garantizarte un puesto si decides volver. ¿No te estarás tomando esto del apocalipsis un poco demasiado en serio?

—He pensado en todo eso, Arnold, pero estoy dando este paso por fe.

—Fe. Ajá. ¿Al menos podrías quedarte hasta fin de año?

—Me temo que no —Jerry golpeó la carta con el índice—. Hoy presento mi preaviso de dos semanas.

—Mierda. ¿Hay algo que pueda hacer para hacerte cambiar de idea? ¿Endulzar un poco el trato, tal vez?

—No, Arnold. Se lo agradezco, pero mi decisión es definitiva.

—Bueno, si no hay manera de convencerte…

Se levantaron y se estrecharon la mano.

—Lamentaré verte partir, Jerry.

Después de dirigir a su familia en la oración antes de la cena y dar un sorbo a su té dulce, Jerry anunció:

—Tengo buenas noticias: hoy renuncié a mi trabajo.

Le dio un gran bocado al bistec empanado.

—¿Qué hiciste? —dijo su esposa, Marjorie.

—Bueno, ya sabes lo bien que ha ido el negocio de los preppers. He decidido llevarlo al siguiente nivel.

—¿Al siguiente nivel? ¿Sin decírmelo?

—Te lo estoy diciendo ahora.

Los gemelos de diez años, Colin y Emma, parecieron aceptar la noticia con naturalidad.

—Eso es genial, papá —dijo Colin—. Es mejor que ser un aburrido contador público.

—Sí —añadió Emma—. Siempre me da vergüenza cuando tengo que decirles a los otros niños a qué se dedica mi padre.

—Ese “aburrido contador público” pone comida en esta mesa y nos da seguro médico —dijo Marjorie—. Bueno, supongo que eso significa que tendré que volver a trabajar.

Había dejado su empleo como asistente administrativa para cuidar a los niños cuando eran pequeños, y Jerry había insistido en que no volviera a trabajar.

—No tendrás que hacerlo, Marjorie. Todo estará bien. Sabes lo cuidadoso que soy con el dinero.

—Deberías haber hablado conmigo antes.

—El Señor me ha estado guiando en esta dirección desde hace bastante tiempo. Este es solo el siguiente paso lógico. Las ventas han aumentado mucho en los últimos seis meses, y ahora solo se trata de establecer una red de vendedores. Pero necesito más tiempo para hacerlo. No puedo mantener un trabajo de tiempo completo y esto al mismo tiempo. Fred hizo la transición de medio tiempo a tiempo completo, y yo también puedo hacerlo.

Fred Taylor era el mejor amigo de Jerry, diácono como él en la Iglesia Bautista de Sugarville y distribuidor de suministros para preppers. Fred tenía una red de vendedores a su cargo y, aunque Jerry era solo uno más de sus vendedores a tiempo parcial, Fred lo había convencido de que podía salir adelante como distribuidor independiente a tiempo completo, con su propio grupo de vendedores subordinados.

—¡Yo no estoy casada con Fred! —dijo Marjorie.

—Vamos, tomemos todos un respiro y disfrutemos de nuestra…

Marjorie se levantó y arrojó la servilleta sobre el plato.

—Se me fue el apetito.

Marchó al dormitorio y cerró la puerta de un portazo.

Un camión de reparto llegó el sábado por la mañana con un gran cargamento de suministros para preppers. Jerry supervisó a dos trabajadores mexicanos mientras trasladaban con una carretilla elevadora una docena de palés sobre el camino de madera contrachapada que había preparado desde la entrada hasta el sótano para no estropear el césped. Su vecina de al lado, una viuda gruñona que paseaba a su Shih Tzu, le lanzó una mirada asesina, presumiblemente por dirigir un negocio desde su casa. Pero hasta el momento no le había dicho nada, ni tampoco había recibido quejas de la asociación de propietarios. Con el tiempo, esperaba alquilar un almacén para guardar sus cargamentos cada vez mayores, pero aún no podía permitírselo.

Jerry revisaba el pedido en su tableta cuando Fred apareció en la puerta del sótano.

—Hola, forastero —dijo Fred. Era un exmarine alto y atractivo, de finales de los cuarenta, siempre bronceado y con una sonrisa fácil. Vestía un impecable blazer azul y una corbata rojo brillante—. ¿Llegó bien el pedido?

Jerry bajó la vista a la tableta.

—Creo que sí. Pensé que faltaban algunas raciones MRE, pero estaban en el palé del agua embotellada.

—Genial —dijo Fred—. Entonces, ¿podemos ajustar cuentas ahora?

—Oh, claro —respondió Jerry, sintiéndose apurado.

—Llego tarde al partido de béisbol de Donnie.

—Ah, bien. Voy a buscar el talonario.

—Cheque, nada —dijo Fred—. Mira esta belleza. —Sacó su teléfono inteligente con un lector de tarjetas conectado—. Dame tu tarjeta de débito.

—¿Mi tarjeta de débito? No tengo ese tipo de dinero en la cuenta corriente, Fred. De hecho, esperaba un poco de… margen.

—¿Y una tarjeta de crédito?

—Bueno… está bien.

Jerry sacó su cartera y le entregó la tarjeta con el límite más alto, esperando desesperadamente que cubriera el gasto.

Fred pasó la tarjeta con rapidez y se la devolvió.

—Te envío el recibo por correo. Ah, y Jerry, me temo que no podré ir a la fiesta mañana. Debbie y yo nos vamos a Tybee Island justo después de la iglesia.

—¡Pero Fred, me lo prometiste!

—No puedo, amigo —le dio una palmada en el hombro—. Ya sabes: esposa feliz, vida feliz.

Cuando Fred se fue, Jerry se quedó solo en medio del sótano, empequeñecido por los palés que contenían diez mil dólares en suministros para preppers que ahora debía vender. Por primera vez sintió de verdad el peso de haber dejado su trabajo. Rezó por la fuerza necesaria para afrontar el desafío y volvió a la faena requerida.

Después del primer servicio del domingo, Jerry y Marjorie regresaron a casa para dar los últimos retoques a su fiesta prepper. Habían llegado a una tregua incómoda: Jerry podría perseguir su sueño de convertirse en un evangelizador de la supervivencia, mientras Marjorie regresaba al mercado laboral. Enviaron a Colin y Emma a casa de los abuelos maternos en Dunwoody para el fin de semana, a fin de concentrarse en la fiesta.

Veinte miembros de la iglesia habían confirmado asistencia en redes sociales, y el pastor incluso había aceptado pasar para dar su bendición.

La fiesta debía comenzar a las dos de la tarde, pero a las 2:15 solo habían llegado tres parejas, así que Jerry decidió empezar de todos modos. Dirigió una oración inicial sobre el fin de los tiempos y las responsabilidades familiares, parafraseando pasajes clave del Apocalipsis, y luego guio a los asistentes por las exhibiciones montadas en el salón principal.

La respuesta fue tibia. Las tres parejas compraron una caja de raciones MRE después de probar las muestras que Marjorie había preparado, pero parecía que lo hacían solo por cortesía. Nadie mostró interés en artículos caros como el generador de emergencia, y un hombre incluso tuvo el descaro de sugerir que podía comprar algo así más barato en un hipermercado de membresía. Peor aún, nadie expresó interés en vender suministros para preppers a tiempo parcial.

En términos netos, Jerry se quedó con 9.700 dólares en mercancía y nadie que lo ayudara a venderla.

Cuando la última pareja se marchaba con su caja de raciones, el reverendo Blackwell cruzó la entrada, vestido con el mismo traje gris oscuro que había usado en el servicio matutino.

—Perdón por llegar tarde —dijo—. ¿Cómo fue?

—Bueno, ya sabe, apenas estamos empezando —dijo Jerry, tratando de aparentar optimismo.

La sonrisa de Marjorie se desvaneció en cuanto cerró la puerta.

—Si me disculpas, tengo que limpiar la cocina.

—Quiero mostrarle algo —le dijo Jerry a Blackwell, conduciéndolo al patio trasero, donde una gran lona azul cubría el suelo. Jerry la retiró como un mago revelando su truco, dejando al descubierto un pozo de tres por seis metros en la arcilla roja, con piso de concreto y paredes de bloques—. Usted es la primera persona a la que le muestro esto.

—Vaya —dijo Blackwell—. ¿Qué es?

—Un búnker. Bueno, lo será. Aún no está terminado.

—Ah, ¿algo similar a un refugio contra tormentas? ¿Para tornados?

—No, no, no. Es para proteger a mi familia de nuestros vecinos cuando todo se vaya al infierno. Perdón por la expresión.

—¿De sus vecinos? ¿Por qué tendría que protegerse de ellos?

—Porque durante la Gran Tribulación querrán robarnos las provisiones.

Jerry saltó al pozo.

—Aquí hay espacio para los cuatro.

—¿Planea vivir ahí?

—Solo en caso de emergencia. Principalmente es para proteger las provisiones hasta que la milicia restablezca el orden.

Blackwell hizo una pausa.

—Jerry, ¿no cree que está llevando esto demasiado lejos? Entiendo almacenar suministros por una emergencia: un desastre natural, incluso un pulso electromagnético. Pero si lo hace anticipando la Segunda Venida… Jesús mismo dijo: “De aquel día y hora nadie sabe”.

—Pero tiene que ocurrir algún día. No hace falta que le diga en qué estado está el mundo; usted predica sobre eso todos los domingos. La gente es cada vez peor, el mal está por todas partes, y Satanás ha establecido su dominio. Francamente, creo que estamos listos para el regreso de Cristo.

—Tal vez —dijo Blackwell, ayudándolo a salir del pozo—. Jerry, Marjorie vino a verme el otro día.

—¿Ella fue?

—Sí. Está preocupada por ti. Me pidió que hablara contigo. Dijo que renunciaste a tu trabajo.

—Ajá.

—No es asunto mío, pero ¿crees que podrás mantener a tu familia con este nuevo proyecto?

—Tiene razón. No es asunto suyo —dijo Jerry, cruzándose de brazos.

—Estaba destrozada, Jerry. Ya sabes lo que dicen: los hombres solo sirven para dos cosas, esperma e ingresos, y tú ya tienes dos hijos maravillosos. —Blackwell rio, pero Jerry no— Jerry, quiero que pienses en algo con la mente abierta.

—¿Qué?

—Me gustaría que consideraras hablar con Eileen.

Eileen Hayes era la terapeuta cristiana asociada a la iglesia.

—Pero…

—Escúchame. Has estado bajo mucho estrés. Creo que sería bueno que hablaras con alguien. Confío plenamente en Eileen. Este cambio afecta a más personas que solo a ti.

El rostro de Jerry se puso rojo.

—No. Estoy. Loco.

—No dije eso. Tal vez solo un poco… paranoico —dijo Blackwell, señalando el búnker.

—Váyase.

—¿Cómo dice?

—Dije que se vaya. Ya no es bienvenido aquí. ¿Cómo se atreve a conspirar con mi esposa a mis espaldas? Y si no cree que estos son los últimos tiempos, entonces es un hipócrita.

Empujó a Blackwell hacia la casa.

—Está bien, me voy —dijo Blackwell, tambaleándose por la escalera.

—¡Y no se le ocurra contarle a nadie sobre este búnker!

Blackwell se marchó y Jerry entró a enfrentar a Marjorie por su traición.

 

Tres meses después, solo en la casa y sin afeitar, Jerry entreabrió las persianas de madera y esperó a que el camión de correo desapareciera antes de salir a recoger el correo. De vuelta en la seguridad de su hogar, revisó los folletos publicitarios buscando un cheque, cualquiera, pero no había ninguno. En cambio, encontró otro aviso de retraso de la hipoteca y un sobre manila con aspecto oficial dirigido a él.

Eran los papeles del divorcio.

Sabía que ese día llegaría, pero no pudo creerlo hasta tener los documentos en las manos. Marjorie había iniciado la separación dos meses antes y se había llevado a Colin y Emma a vivir con su madre en Dunwoody. Jerry aún albergaba la esperanza de que el negocio remontara y pudieran volver a su vida normal.

Pero esa esperanza se desvaneció. Rompió los papeles y los quemó en la chimenea. Sacó su rifle cargado del armero, cerró con llave la puerta trasera y regresó al búnker, ya terminado y completamente abastecido.

Se sentó en una silla de camping frente al búnker, con el rifle apoyado en los muslos, y, preparándose para los conflictos venideros, esperó el apocalipsis.

J. J. Haas es un poeta y escritor de relatos cortos cuya obra de ficción está disponible en Amazon en una colección de libros electrónicos titulada Searching for Nada. Ha publicado ficción y poesía en una amplia variedad de revistas como Shenandoah, Rattle, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Asimov's Science Fiction, Baen's Universe y Writer's Digest. Es Senior Content Developer en ADP, miembro de la Society for Technical Communication, y ha sido instructor en el Creative Writing Certificate Program de Emory Continuing Education. Haas se licenció en Lengua y Literatura Inglesas en el College de la Universidad de Chicago y fue Past President of the Alumni Club of Atlanta. Vive en un suburbio de Atlanta.

DEBAJO DE LA PIEL

Duda Falcão

 

1. El carnicero

El hachón afilado cortaba la carne y partía los huesos. Jonas –así se llamaba desde hacía un tiempo– blandía su herramienta de trabajo con más fuerza de la necesaria. En los labios, la saliva se acumulaba. La hoja atravesó el fémur, haciendo vibrar la mesa de acero inoxidable. El ambiente olía a hierro, grasa y desinfectante. Los distintos cuchillos descansaban sobre la bancada, mientras las carcasas colgadas goteaban sangre despacio, un líquido oscuro y espeso. El carnicero usaba el delantal empapado desde la madrugada. No se lo cambiaba. No sentía asco. Pero sentía hambre.

Suspiró. La mayor parte del buey ya estaba descuartizada.

—Esta no es la carne que te gusta.

La voz rozó su nuca, como si se la susurraran desde dentro de los oídos.

—Biomasa sin alma. Sin sabor. Sin terror. —Jonas se detuvo. Clavó el metal afilado en un cuarto trasero. Miró la pared de azulejos, blanca, helada, manchada de salpicaduras antiguas. Respiró hondo, intentando silenciar la presencia—. No sirve de nada. —La voz no venía de afuera. Sonaba detrás de la oreja—. Sabes que esto no te alimenta.

El hombre cerró los ojos. La lámpara colgante oscilaba en el techo. El olor de la carne fresca, de la sangre, de la limpieza, lo impregnaba todo. Tragó saliva. Agarró un trozo crudo y lo mordió. Masticó como quien cumple una condena.

Pero era como si el estómago siguiera vacío.

Al final del turno, se lavó las manos con jabón, se las restregó hasta los codos. Se quitó el delantal, se cambió de ropa y se tapó el rostro con una gorra. Se despidió, sin expresar emociones, del compañero que atendía el mostrador y salió del supermercado. No habló con otros empleados. Fue al restaurante de la esquina y se sirvió de todo tipo de carne disponible: de cerdo, de ave, de vaca y de pescado. El plato casi rebosaba, y no tenía ninguna otra variedad de comida. La dueña ya estaba acostumbrada a él y había dejado de insistir para que comiera otros tipos de proteínas que no fueran de procedencia animal. Era una pérdida para el negocio.

Masticaba los pedazos de carne asada o frita. Pero aquella cosa no lo satisfacía.

—Siempre recuerdas el sabor, ¿no? De la deliciosa carne caliente después de ir a la olla. ¿La sangre escurriendo? ¿Las lágrimas y la mirada suplicante?

Lo recordaba. Pero era arriesgado obtener lo que deseaba. Dejaba pasar tiempo entre una matanza y otra. Sin embargo, ahora se estaban volviendo cada vez más frecuentes. No conseguía contenerse.

Más tarde, casi al anochecer, solo en su casucha cerca de la ruta, se sentó en una mecedora bajo el alero. Unos pocos faros desafiaban la niebla. Percibió que un par de ellos se detenían en la entrada de su propiedad.

Jonas se levantó sin prisa, y caminó hasta el auto estacionado delante de la tranquera abierta. Bajó un muchacho, celular en mano.

—¡Buenas tardes!

—¡Creo que ya da para decir “buenas noches”!

—Tiene razón. Me quedé sin nafta. Creo que tuve algún problema con el indicador de combustible. Y, para colmo, no hay señal en el celular para llamar al seguro.

—Sí. Acá no agarra señal. Pero quédate tranquilo. Creo que tengo algo de nafta en mi bidón de reserva. Ven conmigo.

—¿Puedo dejar el auto acá?

—Claro. Sin nafta nadie lo va a sacar de ahí, ¿no es cierto?

El muchacho siguió a Jonas hasta la galería. El anfitrión abrió la puerta.

—Puedes pasar.

—Puedo esperar acá, señor. No quiero molestar.

—Como prefieras. Ya vuelvo.

El visitante observó el terreno de pasto alto, sin cortar. La cerca que delimitaba la propiedad con la ruta era vieja, con maderas rotas. Había basura suelta y pedazos de chatarra tirados. Cuando oyó el crujido de una madera floja en el piso detrás de él, se dio cuenta de que el hombre que lo había recibido estaba volviendo. Se dio vuelta para hablar. Pero antes de decir nada, vio lo que lo esperaba.

Jonas empuñaba un hachita y, con el objeto, le acertó de lleno a la víctima en la cabeza, justo en el medio de la frente, entre los ojos. El sujeto no tuvo tiempo de esbozar reacción alguna, salvo mirar a la muerte en persona, con los ojos vidriosos y el cuerpo tembloroso.

Primero, el asesino arrastró el cuerpo hacia adentro de su guarida. Luego empujó el auto, guiándolo hasta el fondo del matadero. Cubrió el vehículo con una lona oscura y sucia, ocultándolo con ayuda de un matorral alto y seco. Se desharía de eso en algún momento; tenía dónde desovar, pero antes se ocuparía de preparar la carne.

—No eres cauteloso. Necesitas tener más cuidado. No se sacrifica el alimento en la puerta de casa. ¡Escúchame bien! El próximo error será el último.

Jonas, íntimamente, le pedía a la voz que se callara mientras realizaba su trabajo preferido: cortar, deshuesar y colgar en los ganchos.

 

2. El detective privado

Juarez apretaba el volante con fuerza. El frío ayudaba con el dolor que atormentaba las articulaciones de sus dedos. Había dormido mal otra vez. Detuvo el automóvil.

Afuera, solo monte y niebla. Kilómetros de vacío.

Encendió la grabadora del celular que había dejado en el asiento del acompañante.

—Tercera desaparición en dos meses. Más o menos el mismo tramo de la ruta. Sin testigos, sin rastros. El patrón empieza a repetirse.

Apagó.

En el asiento de atrás, los recortes de diario estaban desparramados. Todavía prefería manipular papel: le daba un poco más de confianza. Parecía que los viejos tiempos aún seguían casi como antes, usando esas fuentes. En las noticias veía información de personas que se habían esfumado en los últimos días. Gente que no volvió a aparecer. La mayoría eran mujeres jóvenes. Desaparecían siempre de noche y cerca de un pueblito olvidado del interior del estado.

Juarez había sido contratado por un comerciante rico de la región para localizar al hermano que había desaparecido sin dejar rastro. Y todo apuntaba a un área específica. Entre la ciudad y la ruta. En especial, a una casucha decadente al costado del camino. Un lugar feo y descuidado.

El hombre bajó del auto y se apoyó en el capó. Se llevó los binoculares a los ojos. Así podía espiar mejor la casa casi escondida entre los árboles. Pequeña y deformada por el tiempo, parecía bastante amenazadora. Ningún movimiento. Pero sabía que el propietario se llamaba Jonas Machado. El individuo vivía solo. No tenía parientes. No tenía cuenta bancaria. Prefería cobrar en efectivo de su patrón. No tenía historia clínica, ni siquiera CPF. Casi un fantasma.

¿Cómo la policía todavía no había dado con él?, se preguntaba. ¡Incompetentes! Él resolvería solo aquel caso y volvería a ser respetado, cosecharía los laureles del éxito.

—Que se jodan. ¡Voy a resolver esto ahora mismo!

Sería un mérito indiscutible para su empeño: la resolución de esas desapariciones. Juarez subió al auto y abrió la guantera. Sacó un revólver de seis balas. Un RM64 calibre 38.

—Es solo por las dudas. No voy a necesitar usarlo.

Como detective privado, no tenía permiso para usar armas de fuego. Pero creía que la ley no estaba hecha para él.

Caminó sigiloso por el monte que antecedía el terreno de la casucha y saltó la cerca de madera vieja y gastada. Pasó junto a basura y escombros. Ningún movimiento en la casa. Fue hasta atrás y vio una lona grande que cubría algo en medio de un matorral. Vio marcas de neumáticos cuando se acercó. Fotografió todo. Después, con cuidado, tiró del material de poliéster poco flexible e identificó un vehículo. Fotografió también la patente. Parecía abandonado hacía un tiempo. En las ruedas había barro y la carrocería estaba sucia.

Se acercó a la puerta de atrás. Estaba entornada. La empujó con cuidado. Aun así, las bisagras chirriaron. Encendió la linterna del celular y entró. El olor a podrido invadió sus narices. Era una cocina; sin embargo, parecía que hubiera penetrado en el interior de un gigantesco cuerpo muerto y podrido.

 

3. Corte profundo

Jonas caminaba despacio por la calle lateral de la plaza. Parecía una persona cualquiera volviendo del trabajo a una hora avanzada de la noche. Veía casas de paredes bajas, con postigos en las puertas y las ventanas con las persianas cerradas. Los postes parpadeaban cuando pasaba. El pueblito siempre se dormía demasiado temprano. Los gatos desaparecían ante su presencia y buscaban los mejores escondites para alejarse de él.

La luz del bar del otro lado de la calle todavía estaba encendida. Oía risas apagadas y música mala, en su opinión. Fue entonces cuando la puerta se abrió. Una joven salió del local. Tambaleaba, empuñando una botella de alcohol.

—Esa está distraída y a punto.

—¿Y si aparece alguien más? —susurró Jonas.

—Tonterías. Acá nadie ve nada. Nadie escucha. Estas calles fueron hechas para olvidar gente.

—Prefiero parar.

—¿Parar? ¿Desde cuándo decidiste que puedes parar? No me hagas reír.

Jonas apretó los dientes. La mandíbula chasqueó como si no estuviera encajada en el lugar correcto. Un músculo de la cara se movió mal bajo la piel.

—Conoces el gusto. Sin embargo, puedes elegir. Pero no puedes porque no quieres. Prefieres echarme la culpa a mí o a los otros.

El carnicero se acercó con pasos rápidos y le cubrió la cabeza con una capucha. Sorprendida y asfixiada, la víctima se desmayó sin poder resistir más. Jonas tenía fuerza suficiente en los brazos y las piernas para cargar a su presa inconsciente. La puerta del acompañante de su camioneta estaba apenas entornada. Fue fácil arrojar el cuerpo sobre el asiento.

El vehículo dejó la plaza sin ser visto por ningún testigo. Para relajarse, Jonas encendió la radio mientras entraba en la ruta. Sonaba un blues lento, marcado por cuerdas de guitarra de acero y una armónica. Antes de llegar a casa, el carnicero fue sorprendido por los gemidos de la prisionera. Se había despertado y se agitaba intentando sacarse la capucha. Todavía acostada en el asiento amplio de la camioneta, golpeó con un brazo el volante, haciendo que Jonas casi perdiera el control. El vehículo llegó a derrapar en el asfalto, dejando marcas de goma. Aun así, logró frenar a tiempo, antes de irse a la banquina.

La mujer apoyó una mano en el tablero y consiguió sentarse. Estaba a punto de sacarse la capucha de tela gruesa y negra que le impedía ver y respirar con normalidad. Jonas, por su parte, no estaba desprevenido. Debajo del asiento de cuero del conductor sacó una cuchilla afilada con mango hecho de hueso bovino. La víctima arrancó la capucha y se sobresaltó ante la mirada vidriosa de su verdugo. Gritó una vez antes de recibir un corte profundo y preciso que le abrió la garganta. La sangre brotó a borbotones, empapando la ropa y la cabina del vehículo.

—¡Qué mugre!

—¡Quedate quieta!

Jonas giró la llave en el encendido y siguió camino hacia su guarida.

 

4. Cámara fría

El haz de la linterna blanca recortaba el polvo del aire estancado. El piso era de tablas que crujían bajo los pasos del detective. Una única lámpara apagada colgaba del techo, casi sobre el centro de una mesa de madera. Había surcos profundos en el tablero engrasado, como si una hoja pesada hubiera sido arrastrada muchas veces por los mismos caminos. Sobre la cocina había una olla de hierro y una pava tiznada por el uso intensivo.

Juarez se acercó a la olla y levantó la tapa. Un olor a muerte invadió su olfato. Pero no se alejó. Agarró una cuchara de madera que estaba en la pileta sucia, donde se amontonaban platos y cubiertos. Revolvió la salsa roja y vio pedazos cortados de algún tipo de carne. Tal vez de cerdo; no se podía saber.

Tapó la olla y tiró la cuchara. Notó que las ventanas estaban cerradas con clavos hundidos en los marcos. No entraba ni un rayo de luz de la ruta. Eso era una prueba de que su sospechoso tenía mucho que ocultar. Que la puerta de atrás hubiese quedado abierta era un golpe de suerte para Juarez y un descuido fatal para el criminal, según el razonamiento inmediato del investigador.

De pronto, el motor de la heladera de un blanco glacial empezó a funcionar. Emitía un sonido agudo y chillón, de electrodoméstico muy viejo. Era de las que tienen pestillo y alrededor se distinguían marcas de dedos sucios. Para asegurarse de no dejar huellas digitales en ningún sitio que pudiera inspeccionar, Juarez usaba guantes. Eran de cuero de yacaré, un regalo especial de un amigo estanciero del interior del Pantanal. Se acercó a la puerta y la abrió. Tenía un mal presentimiento sobre lo que encontraría.

El hedor lo golpeó. Por instinto retrocedió un paso y se cubrió la nariz con el antebrazo. Pero mantuvo los ojos abiertos. Dentro de la heladera había carne apilada de manera meticulosa. Pero no como uno esperaría. En una parte, aun sin piel, se notaba que era un pie humano cortado a la altura del tobillo. Además, lado a lado, había dedos sin manos, colocados dentro de un vaso de vidrio. La puerta empezó a cerrarse sola, sin que Juarez la detuviera.

Las pruebas de que Jonas era un asesino estaban ahí, delante de él. Pero el detective no esperaba que el criminal además fuera caníbal. Abrió otra vez la heladera y fotografió lo que había visto. Era hora de irse. Pero antes de salir de la casucha, advirtió detrás de una estantería de madera una puerta. Tocó la culata del revólver escondido en una funda de pecho. Esto me mantiene seguro, pensó, convencido de que tenía razón.

La curiosidad pudo más. Empujó el mueble sin preocuparse por rayar el piso. Sobre los estantes había apenas algunos libros grasientos y polvorientos. No le costó demasiado.

Cuando pudo, giró el picaporte redondo de la puerta oculta y encontró una escalera con escalones toscos de madera, flanqueada a ambos lados por paredes de piedra. Antes de entrar miró la puerta trasera abierta. Podría irse, pensó, pero prefirió el riesgo de seguir adelante.

Cuando empezó a bajar escalón por escalón, una luz blanca se encendió sola en el techo inclinado. Por un momento se asustó. Pero enseguida se dio cuenta de que debía ser automática. Entonces oyó el zumbido bajo de algo que funcionaba como un generador. Al llegar al sótano encontró un lugar claro, iluminado por varias luminarias. Hacía un frío intenso y el piso estaba cubierto de aserrín oscuro. Podía ver el aire de su propia respiración. Era una especie de cámara frigorífica. Entendió al instante la razón de esa climatización artificial.

Dos cuerpos colgaban boca abajo, sostenidos por ganchos clavados en sus piernas. Uno era de un niño y el otro de un hombre. En el primero, más cerca de Juarez, el abdomen abierto dejaba ver costillas apretadas y los brazos estaban sin manos. En el del adulto faltaba una pierna, y el rostro estaba desfigurado hasta el cráneo, como si la piel hubiera sido estirada y recolocada por un cirujano plástico poco experto.

Sobre una gran mesa rectangular de acero inoxidable había palanganas de aluminio. Dentro, se almacenaban riñones, hígados y pulmones. En una de las paredes había un panel de madera con instrumentos de corte colgados: desde bisturíes pequeños hasta machetes. En shock, paralizado por el horror, el detective no logró moverse durante un tiempo.

Solo cuando escuchó un ruido proveniente de la planta de arriba recuperó la movilidad. Hasta el corazón parecía habérsele detenido en los segundos anteriores.

La luz de la planta baja se encendió. Juarez no moriría allí, en esa tumba congelada. Subió corriendo la escalera y sacó el revólver. Cuando llegó a la cocina vio a Jonas dejando caer el cuerpo de una mujer sobre la mesa. El peso muerto provocó un golpe sordo en el tablero de madera.

—¡Animal! —gritó el investigador, disparando cuatro tiros seguidos. Tres le dieron en el pecho y el cuarto, en el rostro.

Jonas cayó, sorprendido por el ataque. Juarez se secó el sudor frío de la frente con la manga del abrigo y rodeó la mesa lentamente. Estaba seguro de haber matado al caníbal. Diría que había sido legítima defensa. Paciencia. No podía haber entrado sin orden judicial; lo sabía. Era la palada de cal que le faltaba a su carrera. Tal vez fuera mejor irse y hacer una denuncia anónima indicando dónde estaba el secuestrador: así se ahorraba problemas.

Pero antes de poder lamentarse, vio que Jonas se levantaba.

—Quedate donde estás o yo… —dijo Juarez, ya sin disimular el temblor de las manos.

—¡No eres más que ganado! ¿Qué puedes hacer? ¿Vas a intentar matarme otra vez? —preguntó Jonas, incorporándose sin mayores dificultades mientras se arrancaba una de las balas del pecho.

La piel de su rostro, tras el disparo de rozón, se había soltado. Debajo, el horror absoluto revelaba algo que no era humano.

Un auto pasó por la ruta frente a la casucha. Las luces altas estaban encendidas para intentar atravesar la maldita niebla. Si no hubiera sido por el volumen altísimo con el que el conductor escuchaba el noticiero policial de la región, habría oído un grito de puro desesperación acompañado de dos disparos de revólver.

Duda Falcão es escritor, profesor de escritura creativa, editor, guionista y doctor en Educación. Cuenta con más de una década de experiencia en el ámbito literario. Ha escrito las colecciones de cuentos: Mausoléu (2013), Treze (2015), Comboio de Espectros (2017), Mensageiros do Limiar (2020) e A Tumba do Maestro (2024);; las novelas: Protetores (2012), O Estranho Oeste de Kane Blackmoon (2019) e Eadgar nas Sombras da Grécia Antiga (2025) y el ensayo Guia de Literatura Fantástica (2023), nominado al Premio de Literatura Açorianos. Ha publicado cuentos en más de cincuenta antologías colectivas, ha organizado y editado más de treinta libros y publica, de distribución gratuita, la revista Odisseia de Literatura Fantástica. Es el organizador del evento y del Premio Odisseia de Literatura Fantástica, que se realiza en la capital de Rio Grande do Sul desde 2012.

 

BAILA

Asya Mikheeva

—Buenas noches —dijo cortésmente el jinete.

—Buenas noches, San Lamuerte —respondió Gaby.

El jinete guardó silencio. Su silueta parecía terciopelo negro recortado contra el cielo anaranjado.

—Te pediría permiso para sentarme junto a tu hoguera, pero veo no está encendida —dijo al fin.

—Sólo quería ver la puesta de sol —replicó Gaby—. La leña ya está recogida, no cuesta nada encenderla. Toma asiento.

El jinete desmontó y casi desapareció en la oscuridad que inundaba el terreno. Junto a las ramas negras, a través de las cuales brillaba el cielo moribundo, sólo eran visibles la silueta del caballo y el ancho sombrero.

Mientras San Lamuerte ataba al caballo, las nubes del oeste se fueron volviendo blancas hasta desvanecerse y en el cenit aparecieron frías estrellas. Gaby encendió el fuego, y este dio pequeños saltos en el fondo del montón de leña, que aún era demasiado grande para él.

San Lamuerte tiró la manta al suelo y se sentó, suspirando con cansancio.

Gaby le entregó la cantimplora en silencio.

—¿Cómo me has reconocido? —preguntó San Lamuerte.

—Ibas al trote —respondió Gaby con sencillez—, en la oscuridad. Yo, entre estos matorrales, intento ir al paso, incluso de día. No es un camino, ya sabes.

San Lamuerte asintió con la cabeza, pensativo. A la luz del fuego, su rostro era el de un hombre corriente, no demasiado joven, pero si corpulento y enjuto. Cejas pobladas, bigote fino y elegante.

—Supongo que tienes razón. Por mucho que me esfuerzo, olvido cómo se debe comportar un ser humano.

Le ofreció a Gaby un cigarrito. Luego él mismo encendió una picadura casera. Posteriormente comieron, bebieron té y, cuando ya casi amanecía, San Lamuerte habló con voz soñolienta, levantándose el sombrero de la cara.

—Oye, Gaby, ¿te importaría que viaje contigo durante algún tiempo?

Gaby se llevó la mano al corazón, que le latía frenéticamente.

—Oh, amigo mío. Claro que no me opongo...

Por la mañana, Gaby preparó el equipaje lentamente. San Lamuerte seguía durmiendo o esperaba ver qué decidía su nuevo compañero de viaje. El gateado percibía la ansiedad de su amo y roncaba nervioso. Por fin, Gaby decidió no desviarse por el momento y seguir hacia el este como hasta entonces. Ya veremos. Y en cuanto se decidió, San Lamuerte se puso en pie.

—Hay un pequeño pueblo a un día de camino, y podríamos pasar la noche allí —dijo con naturalidad, ensillando su caballo negro.

—Si está en el camino, ¿por qué no? —dijo Gaby, sin perder la calma.

San Lamuerte resultó ser un agradable compañero. Conocía cientos de historias divertidas, que fluían una tras otra como el agua en los arroyos. También esperó pacientemente a que Gaby encontrara la herradura que había perdido el gateado. Cuando Gaby encontró el manantial, San Lamuerte hizo lo mismo que Gaby: primero le dio de beber a su caballo y luego bebió él mismo. Su cuerpo delgado se adaptaba a la montura con naturalidad. En resumen, a Gaby le gustaba San Lamuerte. En otras circunstancias, aquel podría haber sido un excelente paseo.

Cuando ya anochecía ataron los caballos en la casa comunal del pequeño pueblo que se autodenominaba orgullosamente ciudad. Gaby esperó fumando a su compañero, pero este, bregando con el arnés, le hizo un gesto con la mano.

—Adelante, no me esperes. —Gaby entró al mesón.

Sobre la mesa, en penumbras, frente al pequeño bajorrelieve de la virgen de Guadalupe, se amontonaban varias velas encendidas. Una bandeja de hojalata estaba totalmente ocupada, en la otra aún sobraba espacio. Gaby sacó una vela, la encendió usando otra y la puso sobre la bandeja. «Aquí está mi alma, entre los hombres, ante tus ojos, bajo tu amparo» murmuró mecánicamente. La afectuosa sonrisa en el rostro negro de Guadalupe se distorsionaba a la luz temblorosa de las velas: por momentos era una mueca de pena, en otros una burla amarga. Gaby hizo una reverencia y entró en el salón.

—Mira —susurró San Lamuerte por encima de su hombro—, ¿no es una belleza?

Había unas cuantas chicas sirviendo vino y aperitivos. Pero todas las miradas –las largas de los hombres, las agudas de las mujeres, como rayos de sol– convergían en un solo punto: la mujer bonita que trabajaba detrás del mostrador. Un rizo negro en una mejilla suavemente sonrosada, una falda ruidosa, una sombra rosácea en el hueco del escote, una orejita....

—Es preciosa —coincidió Gaby con placer y la admiró un poco más.

Si Ramona se pusiera este vestido, pensó, se vería... Tonterías. Le quedaría como a un perro un collar de fiesta. Pero Ramona sin duda usaría un cuello de encaje como ese. Sí, le sentaría de maravilla a su delicado cuello. Gaby imaginó a Ramona probándose el encaje frente a un pequeño espejo antiguo, y no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa dichosa.

—Ahí, mira, dos asientos. —San Lamuerte le dio un codazo a Gaby y la sacó de su ensueño. La hermosa mujer los miraba con aire burlón y satisfecho, como un gato que contempla la crema que se han olvidado de cubrir.

San Lamuerte ordenó tantas cosas que la muchacha tuvo que ir y volver varias veces. Cada vez entraba más gente al mesón; los que no encontraban asiento se ubicaban de pie a lo largo de las paredes. La luz de las lámparas de parafina distinguía algún que otro rostro entre las sombras. Sólo cuando la mesa estuvo casi llena de viandas y bebidas, Gaby por fin reunió valor y tiró del delantal de la camarera

—Y yo... —empezó, pero San Lamuerte pateó a Gaby por debajo de la mesa.

—¿Qué haces? ¿Crees que todo esto es solo para mí? ¿Quién te crees que soy, muchacho? Saca la cuchara, que se enfría la comida...

Gabi miró atentamente a San Lamuerte. Y además, ¿acaso es el tipo de persona que cuenta dinero según los estándares humanos? Si te invita, gracias. Gabi asintió y se acercó un plato de tamales.

La hermosa mujer les trajo vino, en persona.

—Hola, San Lamuerte —murmuró, sirviendo el vino en tres jarros—, ¿me presentas a tu compañero?

—En verdad —dijo San Lamuerte y se atusó el bigote—, él no es mi compañero, yo soy el suyo. —Hizo una pausa gozosa y apartó los ojos de la mujer.

—Gabriel, te presento a Pepa.

Pepa bebió un sorbo de vino y agitó las pestañas en dirección a Gaby.

—¿Así que San Lamuerte es solo tu escolta, Gabriel? No... ¡No voy a preguntarle nada! Creo que es una historia que tiene que madurar antes de que se caiga de la rama. Pero cuando lo haga, dame un trozo, ¿vale?

—Eres un encanto —dijo Gaby con sinceridad—, ¿por qué estás sola?

—Ay, qué clase de chicos tenemos —arrugó la nariz—, ¿de qué estás hablando? Alguno, claro, a veces me visita —agregó lanzando una mirada socarrona hacia San Lamuerte.

—Bueno, Pepa. —La voz de San Lamuerte se volvió de pronto viscosa y zalamera—, mi abejita, ya sabes quién me dijo que ni siquiera te mirara...

Pepa retrocedió involuntariamente, pero el escalofrío del miedo desapareció rápidamente de su rostro.

—Me acuerdo, me acuerdo. Y no sólo a ti –y de nuevo una mirada furtiva, pero hacia algún lugar de la puerta trasera–, no, no solo....

—Veo que esta noche hay baile, cariño —intervino San Lamuerte—, ¿quieres bailar?

Pepa sonrió coqueta.

—Esperaba que me lo pidieras algún día... Pero me están reclamando.

—¿Qué te parece? —preguntó San Lamuerte mirando alejarse a Pepa.

—Pues no solo es atractiva, también es lista —contestó Gaby y le dio un mordisco pensativo a su tortilla.

—¿Pepa? Tonta como un ladrillo —respondió la San Lamuerte con energía—. Con todos los años que lleva viva, se le podrían enseñar buenos modales a un cerdo.

—¿Muchos? —cuestionó Gaby.

—Allí, detrás del mostrador... ¿ves? Es la nieta de Pepa. Y no la mayor —señaló San Lamuerte con pereza.

Gaby se rascó la nuca.

—He oído algo... Guadalupe la bendijo, ¿no?

—No sé si «bendita» es la palabra adecuada —San Lamuerte se rio entre dientes—, pero ordenó que ni yo ni doña Senilidad toquemos a las personas que no han conocido el amor.

—¿Y qué hay de... la nieta?

—Eso es amor, amigo mío —dijo San Lamuerte suavemente—, no cama…

Se tomaron su tiempo para terminar de cenar. Gaby se alegró de que su mesa contra la pared, la del centro, estuviera siendo despejada por hombres jóvenes y fornidos, que apremiaban a los rezagados. Se estaba preparando el baile.

—Quédate —dijo de pronto San Lamuerte.

—¿Cómo?

—Estabas a punto de decir que te ibas a la cama. Te pido que te quedes.

—Hay un baile. ¿Qué voy a hacer en el baile?

—Bailarás con Pepa.

Gaby se rio.

—¡Solo para que la concurrencia se burle de mí!

—Nada. —San Lamuerte sonrió suavemente—, hoy te pido eso... y mañana me pedirás algo, ¿no?

—Claro —respondió Gaby tragando saliva.

Bebieron el vino en silencio, observando cómo los músicos se acomodaban y afinaban los instrumentos. Las chicas se apiñaban a lo largo de una pared, los chicos a lo largo de la otra, y solo Pepa se paseaba perezosamente por la sala, intimidando a unos, animando a otros, bebiendo una copa con los demás. La gente mayor del público se había desplazado casi hasta la puerta trasera, donde una fila de ancianas estaba sentada en un banco bajo.

—Gabriel, ¿estás seguro de que no sabes bailar? —La voz iridiscente de Pepa llegó justo por encima del oído de Gabriel que casi dio un salto.

—Bailará, cariño, esta noche bailará. No puedo prometer que lo haga con destreza, pero lo intentará —murmuró San Lamuerte. Gaby se encorvó.

—¿Qué gracia tiene bailar con alguien que baila por obligación? —refunfuñó Pepa.

—Sin compulsión —resopló San Lamuerte—, él bailará voluntariamente, yo me dejaré caer voluntariamente sobre él... —Gaby levantó la cabeza—. Verás, mi incomparable amiga —continuó San Lamuerte—, nuestro compañero mató a su único hermano hace seis meses... en su propia casa. Y dio la casualidad de que durante esos seis meses no había podido visitar su pueblo.

Pepa chilló llevándose la mano a la boca y miró a Gaby horrorizada.

—¡Seis meses! No me extraña que te hayas vuelto errante.

—No, no —dijo Gaby con un suspiro—, no la estoy pasando mal con Juan. Sí, claro que está enojado. Pero en su posición, ¿quién no estaría enfadado? Pero Ramona parirá dentro de un mes. Es duro para ella. Antes no se llevaban bien, y ahora... sí que la llevé a casa de su hermana. Y fui a buscarle... Es él.

Pepa miró interrogante a San Lamuerte.

—No entiendo. ¿Quién es Ramona?

—Es mi mujer —dijo Gaby con un suspiro—, y Juan era mi hermano. Él la violó. Yo iba caminando a casa. La oí gritar. Entré corriendo. Lo vi... Aquí. Saqué un cuchillo y le corté la garganta.

—¿Cómo sabes que fue una violación? —preguntó Pepa burlonamente.

San Lamuerte se apoyó en el codo y asintió con la cabeza dispuesto a escuchar.

Gaby gruñó.

—¿Cuál es la diferencia? Uf. Pepa, si tienes un granero en llamas y las chispas vuelan hacia el establo, ¿cuál apagas primero?

—El establo, por supuesto —respondió Pepa—, eso lo que se puede salvar.

—Pues eso. Sea lo que sea, Juan sin duda me hizo daño… Todo lo que yo tenía, era suyo. Solo una cosa no quería compartir…, y justo esa me la robó. Y ya fuera con su consentimiento, como se dice, o sin él… ¿qué diferencia hay? Para Ramona sí que la hay. Así que si le crees, la estás salvando, pero si le crees a Juan, no lo estás salvando a él... Ahí lo tienes.

Pepa arqueó las cejas.

—Tienes una curiosa forma de pensar, Gabriel. Vaya, vaya. Pero yo llevo mucho tiempo viviendo. Seguro que ya lo has oído. Y te lo aseguro: hasta que la perra no quiere, el perro no salta.

Gaby apartó los puños de la mesa y se enderezó. Pepa retrocedió un poco.

—San Lamuerte —dijo Gaby lentamente—, acabo de escuchar algo absolutamente imposible. La hermosa Pepa acaba de llamar perros a mis personas favoritas. Dime que he bebido mucho vino y que me estoy imaginando cosas.

—Lo siento, Gabriel —respondió Pepa rápidamente—, claro que no ha sido eso. Yo también bebí mucho, mi lengua se apoderó de mi mente.

Caminó graciosamente de un lado a otro de la mesa, terminando casi a las espaldas de San Lamuerte.

—Compañero, te prometí un baile...

—¿Tengo que bailar con... esta? — Gaby sacudió la cabeza.

—No bailaré contigo —se enfadó Pepa—, ve a bailar con doña Senilidad; esa es la bailarina que te conviene.

—Con eso bastará —dijo San Lamuerte con calma, y señaló el banco que había junto a la puerta trasera.

Gaby se levantó, terminó su copa de vino y atravesó el círculo de parejas bailando, directo al banco.

—Es interesante —le dijo San Lamuerte a Pepa— que nuestro simplón amigo vea bien la diferencia entre hombre y animal, cosa que tú aún no tienes clara.

—¿El alma? —preguntó Pepa con ironía.

—Es difícil describirlo con una sola palabra, querida —respondió San Lamuerte con pereza—. No te vayas, vamos a echarle un vistazo.

Pepa sonrió, se sentó en la silla vacía y se sirvió una copa.

Gaby hizo una profunda reverencia y extendió la mano hacia la única anciana que le ocultaba el rostro. La cabeza emergió lentamente, como una tortuga, del capullo de varias capas de pañuelos gastados. Sus ojos acuosos se esforzaron por enfocar a Gaby en medio del desorden de la sala.

—Baila conmigo, doña Senilidad —dijo Gaby en voz baja—, ahora la música es lenta; no te será difícil.

Ella masticó con su boca desdentada, dejando caer un hilillo de saliva, y asintió.

Gaby esperó hasta que la anciana se hubo despojado de sus chales y limpiado el abrigo de piel sin mangas; luego tiró suavemente de sus dos manos. Su rostro se iluminó.

Gaby exhaló un silbido.

—¡Oh, doña Senilidad! —Ella soltó una pequeña risita—. ¿Tenía razón? ¿Ramona tendrá este aspecto? —Doña Senilidad asintió—. He visto esa arruga antes —dijo Gaby en voz baja, guiándola con cuidado por la sala—. Cuando llora. Esta arruga es más fina que las otras, así que puedo esperar....

—¿Qué? —preguntó doña Senilidad con voz un poco más clara.

—Que no tenga que llorar mucho.

—Más despacio —refunfuñó doña Senilidad.

—¿Las piernas? —preguntó Gaby.

—Sí. Sobre todo después del quinto parto...

Gaby estaba radiante.

—¡Gracias, doña Senilidad!

—¿Por qué? —preguntó la anciana con los ojos brillantes.

—Porque Ramona no muriera en el parto. Y las piernas, ¿qué pasa con las piernas? Las salvaremos.

Pepa observó desconcertada cómo los jóvenes se separaban delante de la extraña pareja, un hombre que se movía con sorprendente gracia, llevando a su compañera de modo que los pies de ella no tocaban el suelo.

—Parece como si estuviera rejuveneciendo.

—No, es que su carga es más ligera para los que la quieren —dijo San Lamuerte. Pepa se dio la vuelta con dificultad, se sirvió vino con mano temblorosa y se lo bebió de un trago.

Su mirada chocó con la de San Lamuerte. En ellos, Pepa vio su propio reflejo. En la mejilla tersa, junto a la comisura de la boca, apareció una sombra amarillenta… o no, aún no una arruga, apenas una sombra.

—Nadie te prometió —dijo San Lamuerte pensativo— que el amor sería tuyo. O para ti. Los que te quisieron fueron suficientes; tú no los reconociste. La sentencia de Guadalupe la cumples tú, muchacha.

—¿Me llevas? —preguntó Pepa con voz débil, retrocediendo un paso.

—Noooo —dijo la San Lamuerte arrastrando las palabras—, noooo, mi incomparable amiga. Ahora nuestro ingenuo amigo terminará el baile, sentará a su pareja... saldrá y se irá inmediatamente a casa. Yo lo seguiré y no volveré por aquí en mucho tiempo. —Sonrió fría y aterradoramente—. Mucho tiempo.

Asya Mikheeva es el seudónimo literario de Anna Vladimirovna Mikheeva, doctora en filosofía y profesora de Novosibirsk. Nació el 6 de noviembre de 1973. Es poeta y autora de relatos de ciencia ficción. Mikheeva se inició en la escritura de ciencia ficción a principios de los 90 bajo la tutela de E. R. Trank, pero posteriormente se dedicó a los juegos de rol antes de retomar su carrera literaria. Sus obras se pueden encontrar en las revistas Mir Fantastiki (El mundo de la ciencia ficción), Konets Epokhi (El fin de la época), y en las las colecciones Tsvetnoy Den (Día de color), Zemlya Zhivykh (La tierra de los vivos) y en la antología Verbarium. Actualmente vive en San Martín, provincia de Buenos Aires, Argentina.

TRES CAMPANADAS