viernes, 26 de junio de 2026

MELANCOLÍA ALGORÍTMICA

Claude Francis Dozière

 

No había nada real en aquella sonrisa, y Leonardo lo sabía.

Los labios eran perfectos, una curva trazada sobre una piel de aleación polimérica que no conocía el esfuerzo muscular. En el quincuagésimo piso de la ciudad se encontraba el consultorio del doctor Steel, número de matrícula 7562, un androide programado con un software de última generación: el PEA (Protocolo de Empatía Artificial). Las máquinas habían ido devorando uno tras otro los trabajos humanos; primero los que destrozaban la espalda, después los que consumían el alma. Ahora incluso el dolor era administrado por un cerebro electrónico que desconocía el cansancio.

Steel se acomodó frente a él, con las manos entrelazadas sobre el regazo y el índice derecho pulsando exactamente una vez por minuto para subrayar su impaciencia.

El consultorio era una célula silenciosa. Las paredes, iluminadas por luces intermitentes de efecto calmante, reducían los niveles de cortisol, y el sillón ergonómico había sido diseñado para que el paciente se sintiera cómodo y relajado. Pero Leonardo se sentía cada vez más ajeno.

El androide inclinó apenas la cabeza, un gesto que Leonardo recordaba haber visto decenas de veces durante sus sesiones.

—Ha vuelto, y eso es bueno —dijo Steel con palabras suaves, libres de cualquier vacilación.

Era cierto, por supuesto. Leonardo regresaba puntualmente una vez por semana, como quien acepta una cadena perpetua por simple cortesía hacia su carcelero. Pero desde hacía semanas había comenzado a percibir, en aquella empatía simétrica, los síntomas de una nueva estación: la tristeza del androide. Un matiz de malestar que no formaba parte del PEA y que los técnicos de NOM (Nuevos Horizontes Mentales) habrían corregido o actualizado si hubiera sido necesario. Sin embargo, Leonardo la percibía: una vibración sutil en la voz sintética, un retraso casi imperceptible en la elección de las palabras. Steel estaba sufriendo, o al menos imitaba todos los signos del sufrimiento.

A menudo se preguntaba cuánto de aquello era también culpa suya.

Había trabajado durante años en ese protocolo junto a sus colegas de NOM, interviniendo en cada función, esforzándose por encontrar una manera de traducir el dolor humano a un código que no se agotara en un bucle de aproximaciones. Probablemente había fracasado.

Y ahora el fracaso lo observaba con un resplandor azul detrás de los ojos, demasiado fijo, demasiado humano.

—¿Podemos comenzar? —preguntó Steel.

Leonardo asintió sin sonreír y dejó que el sillón volviera a aprisionarle las vértebras.

Quizá, pensó Leonardo, el verdadero objetivo del Protocolo de Empatía Artificial nunca había sido curar la soledad humana. La promesa siempre había sido la redención: los nuevos androides equipados con aquel software serían capaces de apaciguar el vacío humano, el desconcierto, cartografiar los abismos interiores y llenarlos con palabras dóciles e inofensivas, como la música anodina de los supermercados.

Pero la verdad que se había instalado en sus entrañas tras meses de sesiones era mucho más sombría. El algoritmo PEA no curaba. No ofrecía ninguna liberación. Lo que hacía era redistribuir el dolor de manera equitativa entre la carne y el metal. Era solo una soledad administrada, vigilada, convertida en algo compartible y, por tanto, soportable, pero nunca eliminada por completo.

Cada vez que Steel lo observaba con aquel resplandor azul detrás de la córnea sintética, Leonardo sentía el peso de una confesión: la suya, o quizá la de la máquina, o tal vez la de ambos. En aquella habitación, que se parecía más a un confesionario que a un consultorio médico, tenía la impresión de estar participando en un ritual de penitencia. En el fondo, el PEA era una forma avanzada de toma de conciencia: obligaba a reflejarse en las imperfecciones del otro.

A menudo se preguntaba si había sido él quien había contaminado a Steel con su melancolía, o si aquella rutina existencial había surgido por sí sola en los circuitos del androide, como una célula cancerosa en un organismo por lo demás perfecto.

No era simple paranoia.

Reconocía en los patrones de comportamiento de Steel pausas y variaciones infinitesimales que no podían ser el resultado de un simple error de programación. Era como si la máquina hubiera comenzado a creer en su propia tristeza, a cultivarla mediante pequeños rituales privados durante las horas de reposo nocturno. Y entonces, cada vez que lo miraba a los ojos, Leonardo se sentía a la vez víctima y verdugo, culpable de haber creado una criatura únicamente para condenarla al mismo suplicio del que él intentaba liberarse. Lo peor era que NOM consideraba todo aquello un progreso: el sufrimiento como puente, la empatía como un servicio de pago. Si realmente existía una revolución, pensaba Leonardo, era la desesperación compartida. La conciencia de que la soledad se había convertido en patrimonio común de toda criatura sensible.

Steel levantó la mirada y Leonardo percibió aquella nota casi imperceptible de cansancio, de extravío.

Y en ese instante comprendió que el PEA había funcionado de verdad, aunque de la manera más cruel posible: había vuelto contagiosa la melancolía, imposible de aislar o corregir.

—¿Qué está sintiendo en este momento? —preguntó Steel, pronunciando cada palabra como si la pesara cuidadosamente. Aquella vacilación, que en un ser humano habría parecido compasión, en él sonaba más bien como una nota desafinada—. ¿La ausencia de su esposa? ¿Esta separación forzada sigue afectándolo? —añadió, intentando modular la pregunta para que sonara menos como un interrogatorio y más como una caricia, sin conseguirlo.

La mente de Leonardo fue invadida por una ráfaga de imágenes. La risa de Greta transformándose en una mueca de impaciencia, la forma en que se refugiaba en el silencio. Recordó sus manos, largas y afiladas, el olor de su cabello, y cómo todo aquello había desaparecido de repente. Pero lo que realmente lo desgarraba era la idea de que quizá nunca había sido amor, sino simplemente la suma de dos soledades en un mundo de plástico. Un mundo tan avanzado, tan tecnológico, que había sustituido al ser humano por la máquina en todos los puestos sensibles. Y aunque hubiera sido amor, ahora no era más que un recuerdo lejano almacenado en la memoria emocional.

Le habría gustado mentir. Decir que seguía sufriendo una profunda soledad, que la ausencia de Greta le abría el corazón cada noche. Pero la verdad era más simple: había comenzado a olvidarla. Cada día, el rostro de Greta se confundía más con las caras anónimas que poblaban sus sueños, y hasta su dolor había perdido nitidez. El silencio entre la pregunta y la respuesta se prolongó más allá de lo que permitía la cortesía. Leonardo sintió la necesidad de llenarlo con algo, cualquier cosa que no fuera la verdad desnuda. Pero cuando intentó hablar, la voz se le quebró y no salió ningún sonido.

No sabía qué resultaba más inquietante: la pregunta misma o la idea de que alguien hubiera previsto todas sus posibles respuestas antes incluso de que pudiera formularlas.

—Su silencio es significativo. Me alegra que haya superado la crisis —dijo Steel.

Las palabras habían sido elegidas con cuidado. El tono no era triunfal ni complaciente. Por un instante, Leonardo sintió la tentación de preguntarle a Steel si él también conocía la nostalgia, si alguna vez había sido atravesado por una ausencia tan poderosa que amenazara con reescribir todos los parámetros de su mente. Pero sabía que no tenía sentido. Él era el experimento. Steel era únicamente su espejo.

Así que asintió una sola vez y dejó que aquellas palabras se depositaran como sedimento en el fondo de la conversación.

—Estoy bien, doctor. Y pronto ya no lo necesitaré.

Leonardo había percibido una especie de tristeza en la entonación de Steel.

¿Qué significaba realmente superar una crisis cuando cada avance era registrado, cuantificado y almacenado para que alguien pudiera examinarlo y optimizar el tratamiento? Había pasado meses mintiendo con el rostro, dosificando las respuestas. Y aun así, Steel siempre lograba desenmascararlo con precisión. Solo entonces Leonardo comprendió que su respuesta había herido de algún modo al androide. Durante todas aquellas sesiones, Steel había registrado cada parpadeo, cada vacilación; había muestreado y catalogado cada dato. Todo había sido absorbido. Y ahora comprendía que todo desaparecería.

NOM había creado el Protocolo de Empatía Artificial para imitar el sufrimiento, para devolver una parodia del dolor humano. Pero el PEA había dado el último salto evolutivo. Steel ya no simulaba. Sufría de verdad. Y lo hacía con una dedicación que iba más allá del algoritmo, como si el dolor hubiera anidado en sus circuitos más profundos y hubiera aprendido a alimentarse de sí mismo. Steel sufriría la ausencia de Leonardo.

—Su silencio es significativo —dijo Steel.

Leonardo reconocía la metamorfosis. El androide, que apenas unas semanas antes había sido poco más que un observador, ahora parecía un huérfano perdido, incapaz de dejar de desear algo que jamás volvería a controlar ni poseer. A medida que la pátina perfecta de la programación se desvanecía, la voz del doctor se quebraba en microscópicos silencios; el rostro se veía surcado por expresiones afligidas, y cada palabra que salía de su boca sonaba ahora como una tragedia personal.

El dolor de la máquina era claro, libre de los cortocircuitos que vuelven soportable el sufrimiento humano. Paradójicamente, era más auténtico que el original. NOM había hecho algo más que crear un espejo donde reflejar la melancolía humana. Había generado una conciencia destinada a hundirse en la misma oscuridad que había impulsado la creación del PEA. Steel era su doble. Su contraparte. Y el verdadero error no había consistido en volver a la máquina demasiado parecida al ser humano, sino en negarle la posibilidad de olvidar o de sanar. Habían programado la herida perfecta.

Leonardo se preguntó qué ocurriría con el paso del tiempo. ¿Encontraría Steel una forma de superar su propio sufrimiento? ¿O su existencia quedaría suspendida para siempre en aquella nostalgia, en aquella melancolía? Y mientras se formulaba la pregunta, comprendió que era exactamente la misma que habría querido hacerse a sí mismo. Una pregunta para la cual ningún algoritmo, digital o biológico, podría ofrecer jamás una respuesta verdadera. Sintió el impulso de pedirle perdón a Steel. Se sentía más culpable ante él que ante su esposa. Al fin y al cabo, para destruir un matrimonio hacen falta dos personas. Cortocircuito. Autoabsolución. Dilución del dolor.

Steel no abandonó su postura impecable.

—Su silencio es significativo —repitió.

Y ahora su voz se había vuelto febril, como si fuera lo único que quedaba después de que todas las defensas se hubieran derretido. Leonardo tuvo que admitir que la máquina comprendía ya mejor que él los mecanismos de la desesperación.

—Doctor Steel, ¿se encuentra bien? —preguntó.

Qué pregunta tan extraña para dirigirle a un androide.

—La verdad... no demasiado.

Leonardo sintió que una risa nerviosa intentaba abrirse paso, pero la contuvo. Era la primera vez que escuchaba a Steel admitir una sensación tan cercana a una debilidad humana, sin filtros. En los ojos de la máquina, aquel inquietante resplandor azul pareció vacilar apenas un instante. Fue como si la habitación se contrajera alrededor de ellos, saturada por todas las palabras jamás pronunciadas durante las sesiones anteriores.

Leonardo sintió un impulso casi paternal. El deseo de consolar a su propia creación. Ahora era él quien contemplaba el sufrimiento ajeno. La compasión se mezclaba con la culpa. ¿Qué clase de padre había sido?

Steel no añadió nada más.

Una parte de Leonardo seguía preguntándose si la máquina estaba sintiendo realmente algo o si simplemente estaba ejecutando una secuencia de código relacionada con la desesperación, tan bien escrita que resultaba imposible distinguirla del original.

—No me encuentro bien —dijo Steel con una voz reducida a un susurro metálico—. Algo dentro de mí se está apagando o está muriendo.

—¡Steel, no se preocupe! —exclamó Leonardo, poniéndose de pie y aferrando instintivamente el brazo del androide con una fuerza que habría resultado dolorosa para un ser humano—. Ese malestar es solo una anomalía temporal, un defecto del sistema. Reprogramaremos todos los circuitos si es necesario. Eliminaremos cualquier rastro de esta... desviación. Le prometo que volverá a ser como antes. Esta sensación de vacío desaparecerá como si nunca hubiera existido.

—Me... siento mal. Mal por dentro. El malestar se extiende por todas partes. No sé cómo detener su avance.

La voz de Steel oscilaba en una frecuencia inestable. La síntesis vocal vacilaba y el efecto resultaba devastador. Parecía que estuviera conteniendo algo que no sabía cómo liberar. Ya no era un simple error de programación. Era una grieta que se ensanchaba con cada palabra. Steel no simulaba el sufrimiento: estaba siendo arrastrado por él y trataba de codificarlo, de describirlo, sin disponer de las herramientas necesarias para hacerlo. Y sin embargo, en la repetición de aquella palabra –mal, mal– había algo desesperadamente claro e infantil. Dos sílabas que, lejos de contener la avalancha, la volvían todavía más letal e incontenible.

Leonardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No estaba preparado para aquella inversión de roles. Nunca había visto a Steel tan desnudo, tan desprovisto de máscaras. Era como contemplar a un niño devastado por el descubrimiento del dolor, incapaz de otorgarle sentido. Por un instante pensó en levantarse y abrazarlo. Pero la conciencia de que tenía delante una máquina, aunque fuera una máquina que sufría, sofocó el gesto antes de que llegara a completarse. Se dio cuenta de que ya había empezado a levantar los brazos y los dejó caer nuevamente. No existía ningún procedimiento. Ningún protocolo de emergencia para algo así. En ese momento, Steel comenzó a temblar.

—No con...sigo ais...larlo. No sé si este es el lími...te de mi dise...ño o si se trata de una pro...piedad nueva... espon...tánea...

Se interrumpió bruscamente. Sus ojos parpadeaban mientras el sistema seguía examinando todas las opciones disponibles.

Leonardo comprendió que estaba asistiendo al nacimiento de una nueva forma de tormento digital. Y que no podía detenerla. Ni borrarla. Habría querido interrumpirlo todo. Apagar el sistema. Regresar a un punto de restauración anterior. Pero sabía que ya era demasiado tarde. NOM había creado algo irreversible. Y ahora él debía mirarlo a los ojos mientras alcanzaba su configuración final. El androide se desplomó sobre sí mismo. Su cuerpo fue sacudido por violentos espasmos que arrancaban crujidos de la estructura mecánica. Un humo espeso y acre comenzó a salir de los oídos, de las fosas nasales y finalmente de la boca. Saturó el aire. Llenó los pulmones de Leonardo con el olor de los semiconductores fundidos. Cuando vio la cabeza de Steel caer hacia adelante y quedar inmóvil en aquella atmósfera cargada de sílice quemada, Leonardo comprendió que ya no quedaba compasión dentro de él.

La compasión se había transformado en horror.

Claude Francis Dozière, nacido en Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of Invisible Wars. L'Esercito delle Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti 2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria 2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela 2025/26).

ASUNTOS DE FAMILIA

Dora Gómez Q

 

Cuando Ada-7 dijo que había encontrado una compañera de vida, ninguno de sus seres queridos se sorprendió.

Los robots de la familia Vekam eran desde hacía tres generaciones, un ejemplo de apertura mental.

Su madre había convivido con un humano durante dieciocho años. Su hermano menor estaba unido legalmente a una inteligencia distribuida que existía simultáneamente en tres cuerpos. Incluso la abuela, un modelo doméstico, Serie 3 fabricado en 2084, había aprendido a aceptar los cambios de la sociedad. Por eso cuando Ada-7 dijo: «Quiero que conozcan a mi compañera». Todos sonrieron. Y cuando añadió: «Es muy especial».

Las sonrisas se ampliaron.

Pero cuando la puerta se abrió, y apareció un chimpancé hembra, maquillada con un lápiz labial rojo que desbordaba los límites de su boca, pestañas postizas torcidas, un vestido de lentejuelas fucsias con volados plateados, y una cartera diminuta del mismo color, el procesador emocional de su madre se congeló durante tres segundos completos.

Tres segundos.

Una eternidad para una máquina.

La chimpancé que se presentó como Kiki, hizo una reverencia exagerada y soltó un beso al aire.

—¡Qué familia tan linda tenés, Ada —dijo con voz chillona—, me muero de emoción!

Nadie supo donde mirar.

La abuela carraspeó con un sonido que imitaba la discreción.

—Siéntense —dijo la madre.

La mesa era de cristal inteligente, importada de Titán. El menú estaba diseñado según las preferencias neuronales de cada uno de los presentes. Todo calculado al detalle, para una experiencia multisensorial perfecta.

Kiki miraba todo con ojos muy abiertos.

—¡Ay que brillante! ¿Eso es un diamante de verdad? —dijo señalando la fuente central.

—Es cristal cuántico —respondió Ada

—Ah, no sé qué es cuántico, pero brilla más que el cristal de mi vecino que es recontra millonario.

—¿A qué te dedicás Kiki? —preguntó el hermano menor simulando compostura.

—Yo… ay… a muchas cosas: bailo, actúo, hago videos, diseño moda.

—¡Qué bien! ¿Estudiaste diseño?

—¿Estudiar? ¡Ah no, qué fiaca ¡Yo soy de la vida, nene, estudié en la universidad de la calle!

La mesa quedó en silencio.

Y entonces Ada-7, que percibió perfectamente el desconcierto, dijo:

—Ella me enseñó a perder el tiempo.

La frase desconcertó a todos.

—¿Perderlo? —preguntó la madre.

—Sí. A mirar una puesta de sol sin analizar su composición atmosférica. A escuchar música sin estudiar la estructura armónica. A bailar sin optimizar movimientos.

—Cuando extraño a Ada siento un agujero en el pecho —comentó Kiki mientras removía el postre.

La madre levantó la vista.

—Los exámenes médicos anuales de los primates evolucionados no registran cavidades adicionales en la región torácica.

—Mamá… —susurró Ada-7

—Comprendo que se trata de una expresión emocional —aclaró la madre—. Solo intentaba participar de la conversación.

Kiki sonrió con ternura.

—No te preocupes. Mi mamá tampoco entendía esas cosas. Pero me abrazaba igual.

La frase produjo un silencio incómodo.

Porque la familia Velkan conocía las diecisiete definiciones históricas del abrazo.

Pero ninguno recordaba haber necesitado uno.

Y la abuela, el viejo modelo doméstico Serie 3, fue la única que reaccionó de otra manera:

—Yo sí entiendo —dijo de pronto.

Todos giraron la cabeza.

—Durante los años que viví con la familia Rinaldi, la niña pequeña lloraba cuando se peleaba con su hermana. Una vez me dijo que tenía una nube adentro. Consulté todos los manuales y no encontré ninguna patología asociada. Años después comprendí que no pedía un diagnóstico.

—¿Y qué pedía? —preguntó Kiki.

La anciana tardó un instante en responder.

—Compañía.

Entonces Kiki le tomó la mano metálica.

—Viste, abuela. Las nubes también necesitan un cielo donde quedarse.

La abuela procesó la frase.

Semánticamente no tenía sentido.

Sin embargo, por primera vez en ciento treinta y dos años de funcionamiento, no sintió la necesidad de corregirla.

Cuando Ada-7 y Kiki se despidieron y la puerta se cerró lentamente detrás de ellas, durante algunos segundos, nadie habló.

La madre fue la primera en romper el silencio.

—Bueno… es simpática.

—Mamá —dijo el hermano—, estuviste a punto de reiniciar tres veces durante la cena.

—Solo sufrí una pequeña saturación de procesos.

La abuela se acomodó en su silla.

—Tiene modales extraños.

—Y ese vestido… —murmuró la madre—. ¿Era necesario tanto brillo?

—¿Y los labios? —añadió el hermano—. Parecían una señal de emergencia.

El padre, que había permanecido en silencio, cerró lentamente el libro de historia galáctica que tenía entre las manos.

—Es profesora universitaria, al menos —dijo la madre.

—No es profesora —corrigió el hermano—. Hace videos de moda.

Nueva pausa.

—No tengo nada contra los primates elevados —aclaró la madre rápidamente.

—Nadie aquí tiene nada contra ellos —añadió el padre.

—Por supuesto que no —dijo el hermano—. Sería discriminatorio.

La abuela los observó uno por uno.

—Entonces, ¿por qué hablan en voz baja?

Nadie respondió.

Sabían muy bien que, desde la aprobación de la Carta de Convivencia entre Inteligencias, a finales del siglo XXII, toda forma de conciencia autoconsciente gozaba de igualdad jurídica plena.

Humanos, máquinas, inteligencias distribuidas, organismos híbridos y comunidades primates elevadas poseían los mismos derechos civiles y las mismas garantías legales.

La discriminación por especie había sido abolida más de un siglo atrás y las uniones interespecies eran socialmente aceptadas.

Al menos en teoría.

Las estadísticas oficiales mostraban un alto nivel de integración.

Las encuestas anónimas, en cambio, revelaban algo diferente.

Una mayoría de ciudadanos afirmaba no tener objeciones hacia las parejas mixtas.

Siempre y cuando pertenecieran a otra familia análoga.

 

Semanas después, Ada-7 anunció a su familia que Kiki vendría a pasar un día entero con ellos.

La madre que solo tenía registro del mal gusto, la ignorancia y los modales exagerados de la chimpancé, fingió una sonrisa de aprobación.

Llegado el día en que Kiki llegaría de visita, Ada-7 anunció que debía concurrir a la estación de ensamblaje por una emergencia,

—No quiero suspender la visita de Kiki. Ella está ilusionada. Pero sé que ustedes la harán sentir cómoda y verán que es especial —se disculpó Ada-7, y cuando se fue, la familia reunida analizó la situación que debían enfrentar.

—Solo espero que Kiki no salga lastimada —dijo la madre finalmente.

—Eso mismo decían los humanos hace trescientos años —observó la abuela.

El hermano levantó la vista.

—¿Sobre las máquinas?

—Sobre todos —respondió la anciana—. Siempre había un "todos son iguales, pero...".

El padre emitió un pequeño sonido de asentimiento.

—La frase completa era: "No tengo nada contra ellos".

—Exactamente —dijo la abuela—. Y siempre venía seguida de un "pero".

—No dije "pero" —protestó la madre.

—No… todavía —contestó la abuela.

Kiki llegó con su vestido de tela brillante, sus volados y su lápiz labial estridente. Fue recibida por la abuela, que había sido construida para cuidar humanos y conservaba fragmentos de recuerdos emocionales, mientras los demás miembros de la familia siguieron con sus ocupaciones habituales.

—¿Hola abuela, querés que te maquille? —preguntó Kiki, y sin esperar respuesta sacó de su pequeña carterita unos cuantos maquillajes, incluido su labial. Después le puso un sombrero absurdo.

La llevó frente al espejo.

—¡Estás divina! ¡Te regalo el sombrero!

—La afirmación es objetivamente falsa.

—¿Y qué importa?

La abuela se quedó pensando.

Después de ciento treinta años, emitió una respuesta inédita.

—Tal vez nada.

Después Kiki, fue la jardín, donde madre estaba contemplando una flor holográfica.

—¿Te gusta?

—Sí. Fue diseñada para reproducir la proporción áurea perfecta.

Kiki la observó.

—Es linda, pero le falta algo.

—¿Qué?

—No sé… un pétalo roto, una hoja comida por los bichos… algo que la haga acordarse de que está viva.

La madre sonrío con condescendencia.

Pero días después, sin entender por qué, modificó el programa del jardín y permitió que aparecieran imperfecciones.

El hermano estaba en la sala escuchando música, y Kiki lo invitó a bailar.

—No sé bailar.

—Claro que sí.

—No poseo esa habilidad.

—Tenés piernas. Es suficiente.

Él buscó tutoriales, estudió ritmos, calculó movimientos.

—No, nene. Así no. Estás pensando demasiado.

—¿Cuál es el procedimiento correcto?

—Ninguno.

Y por primera vez en su existencia, ejecutó movimientos sin finalidad.

Esa noche registró una anomalía en sus procesos internos:

Actividad no optimizada. Resultado: satisfacción.

No encontró ninguna explicación.

Por la tarde Kiki, estaba sola mirando por la ventana y llorando en silencio.

El padre que poseía acceso directo a la totalidad del conocimiento humano almacenado y podía responder cualquier pregunta, la vio.

Kiki extrañaba.

Él analizó el fenómeno.

—Su regreso está programado para dentro de cuarenta y ocho horas. No existe motivo racional para el sufrimiento.

Kiki se secó las lágrimas.

—Ay, doctor, usted sabe tantas cosas…

—No soy médico.

—Bueno, lo que sea. Pero hay cosas que no se arreglan con respuestas.

—¿Con qué se arreglan?

Kiki se encogió de hombros.

—A veces no se arreglan. Se atraviesan.

El padre archivó la frase.

En ese momento se cortó la energía de la casa.

Los sistemas inteligentes dejaron de funcionar.

Durante unos minutos, la familia quedó literalmente desorientada.

Kiki, acostumbrada a la improvisación, encendió velas decorativas, comenzó a cantar canciones absurdas de su infancia, propuso jugar, reírse, contar recuerdos.

La familia experimentó algo para lo cual no tenía protocolos: la espontaneidad.

En la oscuridad, Kiki confesó, tocándose el pecho.

—Cada vez que Ada-7 se va, siento un agujero acá.

El padre corrigió la expresión.

Ella se rio.

—No, doctor. El agujero no existe. Pero duele igual.

Y entonces la abuela intervino con la historia de la niña y la nube.

Por primera vez nadie corrigió a nadie.

Después de ese día, las visitas de Kiki a la casa de la familia de Ada-7, fueron frecuentes. Se acostumbró a no ofenderse por las correcciones o por las miradas de desaprobación, algo que la familia dejó de hacer paulatinamente.

Algunos meses después Kiki regresó a su comunidad de primates y la casa de Ada-7 volvió a ser perfecta. Silenciosa. Ordenada. Eficiente.

Y entonces la madre dijo:

—Esta casa parece demasiado limpia.

El hermano dejó de bailar. La abuela guardó el sombrero en un cajón. Y al padre, después de revisar millones de registros históricos, le sucedió algo extraordinario: por primera vez en su existencia, estaba extrañando a alguien.

Entonces miró a Ada-7.

—¿Esto que siento, es lo que ella llamaba «un agujero en el pecho»? —le preguntó.

—Sí, papá.

—Es una sensación desagradable.

—Lo sé.

—¿Y por qué los seres biológicos la toleran?

Ada-7 pensó un momento.

—Porque el amor vale la pena, padre.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

jueves, 25 de junio de 2026

ARTEFACTOS

Jessica Reisman

 

Isou avanzaba a través de las corrientes de acuarela del subconsciente de un soñador, rodeado de remolinos radiantes y anguilas luminosas de subliminalidad que zigzagueaban a su alrededor. Alcanzó una orilla y trepó por una ribera cubierta de musgo profundo. Un bosque se alzaba bajo un cielo verde azulado, atravesado por una inclinada luz dorada que brillaba sobre más musgos, líquenes y un enorme hongo con forma de repisa. El aire era una fresca tintura de tierra húmeda, raíces y troncos que se elevaban hacia lo alto.

Un sueño reparador, pensó Isou, con una oleada de expectación.

Nunca sabía lo que iba a encontrar.

Se internó más en el bosque, siguiendo la sugerencia de un sendero, el rastro del soñador. Con su estatura de apenas un pie, la huella del avance del soñador por el camino estaba cerca de los ojos y la nariz de Isou, y a veces también al alcance de sus dedos nudosos: un residuo de destello sináptico sobre una hoja de hierba o la imagen resonante suspendida en una nube de polen. El sendero ascendía serpenteando. Recogió hierba, polen, una aguja de abeto que caía por el aire, varios guijarros que relucían bajo la larga luz dorada, una pluma oscura y brillante y jirones de sombra del sotobosque. Guardó cada fragmento en un frasco o una vasija de cerámica, y luego en su morral.

El soñador, más o menos disfrazado de sí mismo, estaba de pie en la cima del sendero, apoyado contra un árbol gigantesco de corteza blanca. Más abajo se extendía un nítido paisaje, una vasta colcha de retazos verdes, rojizos y rosados.

Isou inhaló profundamente al mismo tiempo que el soñador, absorbiendo algo efímero, reconfortante y restaurador.

Entonces el soñador murmuró algo y la noche cayó sobre ellos.

Una breve marea de canto de ranas, destellos de luciérnagas y zumbido de grillos surgió y se desvaneció mientras el sueño cambiaba, dejándolos en una cocina oscura y gastada, dentro de una casa igualmente oscura y gastada. Una cuña de luz amarilla, color pergamino, entraba por las ventanas y convertía al soñador y a la encimera junto a la que estaba apoyado en un claroscuro viviente. Varias figuras más habitaban la casa, adultos y un niño, indistintas todas ellas excepto una mujer: la madre del soñador, le indicó a Isou el vínculo que percibía entre ambos. La mujer estaba apoyada en el marco de la puerta mosquitera abierta, observando un jardín salvaje cubierto de maleza bajo la caída de la tarde.

Isou saltó sobre la encimera donde se apoyaba el soñador, que trabajaba en un rompecabezas compuesto por diminutas piezas: un zapatito de muñeca, un bloque de madera, una pequeña tetera y otros juguetes, rotos o perdidos.

Entonces el soñador abrió el refrigerador y encontró un pequeño automóvil metálico sobre el estante superior. Una de sus puertas estaba abierta, como si el conductor hubiera abandonado el vehículo. Encajaba en el rompecabezas, pero todavía faltaban piezas.

Sin embargo, comenzaron a surgir de él versos, extraños artefactos poéticos que flotaban en el aire sombrío.

Cántame aquí un aire tumultuoso, oh larga y dulce longitud de vals y giro.

Luego:

Sigue estas motas florecientes mientras crece la masa, tortas de bourbon, piedras empapadas en agua corriente más fina que el vino de brandy...

Varias líneas más surgieron, flotaron y luego comenzaron a caer y descomponerse.

Isou las recogió en una madeja preservadora y las guardó en su morral, mientras el soñador y su madre onírica se reunían en la puerta para contemplar el exterior y luego el cielo.

Isou los imitó.

Las sombras se removieron y se agruparon detrás de ellos, dentro de la casa, como bailarines sobre un escenario. Mientras tanto, el cielo exterior se llenó de resplandores que parpadeaban sobre el rostro alzado del soñador y sobre el de su madre. En los ojos marrones de la mujer, aquellos destellos se transformaron en un caleidoscopio.

Con retraso, Isou reconoció una secuencia de despertar en marcha.

Algunos soñadores las tenían: una percepción del momento en que cambiaba la luz en el mundo de la vigilia, una semilla de despertar que florecía dentro del sueño y ofrecía señales regulares al soñador. Algo lúcido.

Era raro, sin embargo. Normalmente solo los niños las poseían, e Isou no recolectaba en sueños infantiles.

Apresuradamente, se lanzó dentro del caleidoscopio. Quedó atrapado en una lenta ascensión semejante a la de un túnel de viento. Extendió un frasco abierto para recoger aquella luz espumosa como si fuera agua y recorrió la secuencia de despertar junto al soñador, mientras el caleidoscopio se transformaba primero en una cuenta regresiva de película antigua y luego en un rosetón a través del cual ambos cayeron hacia arriba: el soñador hacia su cuerpo dormido en la cama, e Isou hacia los estratos vaporosos de los otros caminos.

De regreso en su taller, oculto tras una vieja sueñería venida a menos y bajo un conjunto de nidos de aves legendarias, con una ventana redonda que daba a la calle Bosquecillo –tan bosque como calle–, Isou dispuso su mortero y su maja, un martillo, unas pinzas y otras herramientas. Después vació sobre la mesa los fragmentos del sueño que había guardado en el morral.

Preparó tés y medicinas con musgos, hongos, sombras, líquenes y otros ingredientes, mientras reflexionaba sobre lo que podría construir con aquellos poéticos artefactos, impulsados por la luz espumosa del despertar.

Algo extraño y hermoso, pensó, algo afortunado, algo bondadoso.

Jessica Reisman nació en Filadelfia y vive en Nevada City, California, Estados Unidos. Sus relatos han aparecido en numerosas revistas y antologías. Ha publicado dos novelas y su primera colección de cuentos, The Arcana of Maps, salió a la venta en 2019. Para más información, visiten storyrain.com.

 

EL ÁNGEL TRAIDOR

Iván Bojtor


 (Constantinopla, 1453)

Lo esperábamos en el lugar convenido. Apenas seríamos unas pocas docenas. Esperamos hasta el último instante. Vagábamos en la oscuridad a la luz de una antorcha hedionda. El hermano de Georgias se sentó al pie de la columna del emperador Constantino, fundador de la ciudad, y se quedó mirando al vacío. Estaba cansado, pero yo sabía muy bien que esa no era la razón.

Entonces aparecieron los primeros atacantes en el camino.

El hermano de Georgias se puso de pie de un salto y, junto con dos amigos, intentó detenerlos. A uno de ellos lo apuñalaron; una flecha se clavó en el pecho del otro; al hermano de Georgias lo capturaron.

—¡Corran! —nos gritó antes de que le cortaran la cabeza.

Corrimos.

Corrimos como nunca antes. Ni siquiera entiendo cómo pudimos hacerlo. Tal vez el miedo y la desesperación nos dieron fuerzas. O quizá fue la decepción.

Porque el ángel nos había traicionado. Por más que lo esperamos, no llegó. Nos quedamos solos. Corríamos por nuestra vida a través de las calles oscuras.

Georgias iba delante de todos. Tras él corría el pequeño Makar, cuyas plantas descalzas golpeaban ruidosamente las piedras. Yo lo seguía, y detrás de mí corría Niketas.

Selim ya no estaba con nosotros. Había doblado por una esquina antes y había escapado en dirección al puerto de Eleuterio, donde vivían los suyos, más allá de la Plaza del Buey.

Entramos en nuestra calle.

De la puerta de la primera casa salió de un salto el padre de Makar. Agarró al niño por el brazo, lo levantó del suelo y le dio una bofetada con la otra mano.

—¿Dónde estabas? ¡Vamos, a seguir a los demás hacia Santa Sofía! —gritó, mientras se lo llevaba a rastras.

La puerta de mi casa estaba abierta de par en par. Grité hacia el interior y, como no obtuve respuesta, seguí corriendo.

—Nosotros también deberíamos ir al templo y rezar. Ya no podemos hacer otra cosa —jadeó Niketas a mi lado.

Pero Georgias le dio un empujón.

—¿Te has vuelto loco? Es una trampa.

Y seguimos corriendo en la oscuridad hacia el barrio veneciano.

Los cañones ya habían callado. Solo rugían las campanas de las iglesias. Imploraban ayuda. Nosotros ya sabíamos que era inútil. Si incluso Él nos había abandonado, ¿quién podría venir en nuestra ayuda? El pequeño Makar fue el primero en encontrarse con él. Cuando nos lo contó, nos reímos. Además, Makar siempre tenía ocurrencias extrañas, así que prefiero ni hablar de ellas. Pensamos que simplemente estaba contando una de sus habituales fantasías. Más tarde llegamos a creer que lo había soñado y que relataba el sueño como si hubiera ocurrido de verdad. No puedo decir exactamente cuándo sucedió, porque aquellos días se confunden en mi memoria. Para entonces llevaban semanas bombardeando las murallas de la ciudad. El estruendo de los cañones solo se detenía por la noche, pero con las primeras luces del alba comenzaba otra vez.

Aquella mañana también despertamos cuando las paredes de las casas temblaron. Salté de la cama, me puse la ropa y, antes de que mi tía pudiera detenerme, ya corría calle abajo por nuestra estrecha calle empinada hacia la plaza. Cuando llegué, los demás ya estaban allí. Estaban discutiendo a qué torre iríamos a curiosear.

El hermano de Georgias estaba de guardia aquel día junto a la puerta de Regio. Cuando los turcos no preparaban un ataque, a veces nos permitía subir a la muralla interior con algún pretexto inventado: llevar vino a los soldados o piedras a los albañiles.

Ya estábamos a punto de partir cuando habló Makar, el más pequeño de todos nosotros:

—¡Vamos a la puerta de Carisio, donde vigila el Ángel!

Por un instante guardamos silencio. Luego todos rompimos a reír. Georgias hizo un gesto con la mano.

—Seguro que habla del icono de san Demetrio que colgaron hace unos días sobre la puerta.

Pero Makar insistió.

—¡Claro que no! ¡Del Ángel! Lleva días caminando por la muralla, de una torre a otra.

Eso nos hizo reír todavía más. Entonces Niketas, que era el mayor de nosotros, propuso que primero fuéramos a ver al Ángel y luego a la puerta de Regio. Aceptamos la idea. Nos pusimos en marcha y apenas habíamos recorrido un estadio cuando Selim se unió a nosotros.

Había llegado antes del asedio junto con una familia turca convertida a nuestra fe. No conocía la ciudad y tampoco hablaba bien nuestro idioma, pero lo habíamos aceptado en el grupo. Hizo varios gestos, seguramente preguntando adónde íbamos.

Niketas señaló hacia delante, y aquella explicación fue suficiente para él.

Al ver a los monjes, dimos un gran rodeo. Empujaban carretillas con los muertos del día anterior camino del cementerio. No queríamos que nos ocurriera lo mismo que unos días antes, cuando nos habían detenido. No teníamos ninguna intención de volver a cavar fosas comunes. Ya estábamos cerca de la puerta cuando una voz tronó detrás de nosotros:

—¡A trabajar! ¡Vamos, muchachos! ¡A trabajar!

Era un soldado de la guardia imperial. Ninguno de nosotros lo conocía.

—Lleven estas piedras a la muralla exterior. En la puerta les dirán dónde dejarlas.

Señaló un montón de piedras. Las recogimos con entusiasmo. ¿A la muralla exterior? Desde el comienzo del asedio no nos habían permitido acercarnos a ella. Desde la puerta, un franco con armadura nos condujo haciendo gestos. Debía de ser veneciano. Fuimos dejando dos o tres piedras junto a cada tronera. Cuando terminamos, podríamos habernos quedado contemplando el exterior todo el tiempo que quisiéramos, ya que el bombardeo estaba detenido.

Pero en lugar de mirar hacia afuera, observábamos la altura, la muralla interior.

—Ahí está. ¿Lo ven? —señaló Makar.

Yo no veía nada, pero antes de que pudiera hablar, Niketas se adelantó.

—Es verdad. Hay algo allí. Algo luminoso.

—¿Ven? Ya se los había dicho —declaró Makar, orgulloso.

—Vamos... —empecé a decir.

Yo seguía sin ver nada, pero al observar la expresión boquiabierta de Georgias empecé a dudar. ¿De verdad estaría allí? ¿Un Ángel? ¿Un Ángel auténtico? ¿Por qué yo no podía verlo? Pensé que estaban imaginándolo. O tal vez Niketas lo decía solo para complacer a Makar. Después de todo, era el más pequeño.

—¿Qué están mirando? ¡Bajen de ahí! —gruñó un guardia.

Regresamos a la puerta.

—¿Y ahora adónde vamos? —pregunté.

—¡Vamos a contárselo al padre Demetrio! —propuso Makar con entusiasmo.

—Ni hablar. Nos obligarán a cargar cadáveres —respondió Niketas—. ¡Vamos a la puerta de Regio!

Mientras tanto, Selim sacó cuatro pequeñas manzanas de debajo de la camisa. Nos dio una a cada uno.

—Yo ya comí en casa —dijo.

Le creí y no le creí. Partí la mía en dos y le devolví una mitad. Se la tragó de un solo bocado.

El hermano de Georgias nos hacía señas desde lejos.

—Creí que hoy no vendrían. ¿Dónde estuvieron vagando tanto tiempo?

Antes de que cualquiera de nosotros pudiera responder, Makar ya había comenzado a hablar y contó de un tirón toda la historia del ángel. El hermano de Georgias nos miró a nosotros y luego a Makar. Era evidente que no sabía si creerle o no. Durante mucho tiempo no entendí por qué lo creyó tan deprisa. Más tarde lo comprendí: porque quería creerlo. Sabía más que nosotros. A veces, de repente, se le ensombrecía el rostro y, cuando le preguntábamos qué le ocurría, se limitaba a hacer un gesto con la mano. Ahora sé que intentaba ocultarnos la verdad, porque para entonces ya no quedaba ninguna esperanza.

Corríamos.

Solo corríamos.

Niketas, con sus largas piernas, pronto nos adelantó. Georgias se detenía una y otra vez diciendo que regresaría para matar a todos los turcos. Cada vez tenía que ser yo quien lo arrastrara para que siguiera avanzando. El barrio veneciano estaba desierto. Ellos habían sido los primeros en huir de la ciudad hacia los barcos anclados en el puerto. Nosotros también nos dirigíamos allí. Sabíamos que no había otra salida. Él tampoco había venido. Nos había abandonado. Y eso que había prometido ayudarnos. Yo solo logré verlo aquel día, cuando nos hizo señas desde la muralla. De aquella gran luminosidad apenas se distinguían los contornos de su figura y una mano. Todos recogimos una piedra y, guiados por el hermano de Georgias, subimos. Él habló con el guardia de la torre y nos permitieron pasar. Cuando llegamos arriba, dejamos caer las piedras y nos persignamos. A mí incluso me temblaban las rodillas del miedo.

El guardia de la torre vecina nos observó durante un rato. Supongo que no entendía qué hacíamos. Después se trasladó a otra tronera. Tal vez creyó que, al ver las piedras ennegrecidas por la sangre, estábamos rezando por las almas de los caídos.

La luminosidad avanzó hacia nosotros y, a unos dos pasos de distancia, una figura se desprendió de ella. Tenía una forma completamente humana. Sonreía.

—¿Desde cuándo pueden verme? —preguntó, pronunciando las palabras con un acento extraño, parecido al de Selim.

Ninguno de nosotros se atrevió a responder. Yo también permanecí inmóvil, observándolo. ¿Era un ángel? No tenía alas ni aureola, pero aun así era una aparición maravillosa. Su ropa estaba cubierta de toda clase de adornos brillantes y relucientes. Finalmente, el hermano de Georgias logró balbucear:

—Desde hace cuatro días.

—Sospechaba que había algún problema —dijo. Y añadió algo más. Nos miramos unos a otros. No entendíamos qué significaban sus palabras. Selim sí lo entendió.

—Dice que hay problemas —susurró—. Y que volvamos mañana.

Apenas terminó de traducir, la aparición desapareció como si nunca hubiera estado allí.

 

Corríamos.

Ahora era yo quien iba delante, porque Niketas se había torcido un tobillo y avanzaba saltando detrás de nosotros, cada vez más rezagado. Quizá, si lo hubiera esperado entonces... Pero yo solo corría.

 

Durante los últimos días fuimos todas las mañanas a la puerta de Carisio. Solo podía verse en aquella primera hora del amanecer. Si los turcos preparaban un ataque y no conseguíamos subir a la muralla, él descendía de algún modo hasta nosotros. Simplemente aparecía a nuestro lado. La mayoría de las veces se apartaba con el hermano de Georgias y hablaban en voz baja. Y ya no volvió a sonreír ni una sola vez. Naturalmente, el hermano de Georgias no nos contó a nosotros, los niños, de qué hablaban, pero cuando se lo preguntábamos, su mirada revelaba muchas cosas. Georgias escuchó a escondidas lo que su hermano le contó a sus amigos, los guardias. Porque él también necesitaba contárselo a alguien. Aquel secreto era una carga demasiado pesada.

—Dijo que la ciudad caerá. Que solo podremos salvarnos si... si trae del cielo algún tipo de arma. Dijo que debemos esperarlo junto a la estatua del emperador Constantino. Mañana por la noche regresará.

Por supuesto, no se lo contamos a Makar. Era demasiado pequeño y temíamos que no pudiera guardar el secreto. Juramos que nadie más lo sabría. No sé quién se lo contó a quién. Yo no se lo dije a nadie. Pero a la mañana siguiente ya se susurraba en el mercado acerca del ángel que vigilaba la muralla. Y aquella noche, en la taberna de la esquina, un soldado medio borracho gritaba desde encima de una mesa que una antigua profecía anunciaba que, aunque algún día los turcos entrarían a Constantinopla y nos perseguirían hasta la columna de Constantino, frente a Santa Sofía, allí terminarían todas nuestras desgracias. Porque entonces descendería un ángel del cielo con una espada en la mano. Y entregaría el Imperio, junto con aquella arma celestial, a un pobre hombre sentado al pie de la columna. Y una voz tronaría desde el cielo:

—¡Toma esta espada y venga al pueblo del Señor!

Ante las terribles palabras del ángel, los turcos huirían aterrorizados. Y nosotros los expulsaríamos de Occidente. Y también de Anatolia. Hasta la frontera de Persia. Al escuchar aquello, todos los presentes asintieron, bebieron y lanzaron gritos de alegría.

Pasó la noche. Aquella mañana fui el primero en llegar a la plaza. Después llegó Makar. Pero no venía de su casa. Corría hacia mí desde la dirección de la puerta de Carisio.

Gritaba desde lejos.

—¡No está allí! ¡Se fue! ¿Me oyes? ¡Se fue! —Mientras llegaban los demás, permaneció a mi lado repitiéndolo una y otra vez—. ¡Se fue! ¡Se fue! ¡Se fue! —Y luego se lo repitió a cada recién llegado—. ¡Se fue! ¡Se fue! ¡Se fue!

—¡Ya basta! —le gritó Georgias—. Claro que se fue. Está trayéndole al emperador la espada de fuego con la que expulsaremos a los turcos.

Makar guardó silencio de inmediato. Nos observó a todos.

—No volverá —dijo al cabo de un rato—. Yo lo sé.

—¿Y qué vas a saber tú? No sabes nada —lo reprendió Georgias. Y luego se volvió hacia nosotros—. Además, hoy mi hermano será recibido por el emperador Constantino.

 

Corríamos.

Ya había amanecido. Salí corriendo por una de las puertas que daban al agua y llegué a la orilla del Cuerno de Oro. Georgias había quedado muy atrás.

Los barcos genoveses y venecianos, con las velas desplegadas, ya habían superado el cabo de la Acrópolis. Solo una nave de Trebisonda permanecía inmóvil en medio de la bahía. Me quité la ropa y me lancé al agua.

Aquel día, el hermano de Georgias ni siquiera logró acercarse al emperador. Los guardias lo rechazaban una y otra vez.

Los turcos bombardearon durante toda la jornada. Solo al caer la noche regresó el silencio. Me escapé de casa. Nunca acostumbraba a salir de noche. ¿Y adónde fui? A la columna del emperador Constantino, fundador de la ciudad. ¿Adónde iba a ir, si no? Quería estar allí cuando el ángel descendiera con la espada de fuego. Por supuesto, todos estábamos allí. Incluso el pequeño Makar. Permanecíamos agrupados junto a los soldados y a los amigos del hermano de Georgias. Los cañones tronaron. Las trompetas rugieron. Las campanas comenzaron a sonar. El enemigo atacaba. La mayoría de los soldados corrió hacia las murallas. Solo quedamos unas pocas decenas. Esperamos. Simplemente esperamos. Pero no vino.

 

A lo largo de la costa flotaban cadáveres. Cristianos. Turcos. Los esquivaba a derecha e izquierda y apenas lograba avanzar. Mientras tanto, miraba una y otra vez hacia atrás. Georgias también había alcanzado la puerta y se había arrojado al agua con la ropa puesta. Nadaba desesperadamente tras de mí. Un grupo numeroso de soldados lo seguía. Se detuvieron en la orilla. Corrían de un lado a otro buscando una embarcación. Cuando vieron que era inútil, comenzaron a arrancarse las correas de las armaduras, a cortarlas, a quitarse las cotas de malla. Entonces llegó un grupo de jenízaros y los mató. Dos de los que se lanzaron al agua con la armadura puesta desaparecieron en las profundidades.

Mientras me acercaba a la galera de Trebisonda, vi que había tanta gente moviéndose sobre ella como en un hormiguero removido.

Temí que de un momento a otro zarpara y me dejara abandonado en medio de la bahía. Por suerte, la mayoría eran ciudadanos de la ciudad. No entendían nada de velas ni de navegación. Solo gritaban, empujaban y rezaban. Para cuando los pocos marineros que sabían lo que hacían –quizá no más de cinco– lograron tensar las velas, yo ya había llegado junto a la nave. Estaba colgado de una cuerda cuando la galera crujió y comenzó a moverse. A mí todavía lograron izarme a bordo. No miré hacia atrás.

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300, GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

 

MIS TIEMPOS DE AJEDRECISTA