lunes, 13 de julio de 2026

LA CAMPANA

Ana Cristina Rodrigues

De pie en medio de la plaza principal del pueblo donde siempre viví, contemplo la campana de bronce de la iglesia. Recuerdo aquella tarde de verano en que la trajeron para reemplazar la vieja campana, ya agrietada, cuyo sonido era tan lúgubre que alejaba a la gente de la iglesia y, por lo tanto, de Dios.

Mi padre ayudó a colocarla allí. Era un hombre respetuoso de los mandamientos, serio, siempre dispuesto a colaborar con la iglesia. Su muerte dejó un vacío inmenso en aquel pequeño lugar.

El zumbido de las voces me rodea, pero lo ignoro. Prefiero perderme en mis pensamientos, contemplando la campana, símbolo de un pasado que se aleja cada vez más, antes que participar en la mezquindad de la vida cotidiana del pueblo, llena de pequeñas intrigas y rencores. Todos eran iguales, capaces de acudir llorando a pedir un favor y, al día siguiente, susurrar mentiras al oído de los vecinos, envenenando sus almas.

Yo nunca hice eso, entre otras cosas porque la vida de los habitantes me interesaba muy poco. Jamás me negué a ayudar a quien lo necesitara, desde luego. Pero nunca buscaba a nadie; dejaba que fueran ellos quienes acudieran a mí. Mi compañía eran los libros que mi padre, con enorme esfuerzo, me había enseñado a leer; los bordados que aprendí de mi madre, fallecida unos meses antes que él, y la gata, ya muy anciana, que venía con la casa que heredé. Las horas de mi vida transcurrían al compás del tañido de la campana.

El sol calienta. Se acerca el mediodía, la hora en que la campana resonará con toda su fuerza. El murmullo de la multitud que me rodea cesa para dejar paso a una única voz. Una voz conocida desde hacía muchos años. La había oído innumerables veces conversando con mi padre, discutiendo los problemas de aquella pequeña parroquia. Jamás habría imaginado que aquella voz tan grave y serena acabaría volviéndose con tanta fuerza contra mí.

—Por todos los delitos de brujería denunciados por los habitantes de esta aldea, la condeno a morir en la hoguera cuando la campana termine de dar las doce. ¿Tiene algo que decir?

No respondo. Ya he intentado defenderme, negando las acusaciones. Cansada de discutir, alegué que debía ser juzgada por un tribunal. Pero nadie me escuchó. Están convencidos de que utilicé artes de brujería para matar a mis padres, ayudada por un demonio que, según ellos, habita en la vieja gata...

La campana comienza a sonar. Su tañido es tan limpio como la primera vez que resonó en esta plaza. Un sonido que me devuelve a la infancia y a tiempos más felices.

La multitud se acerca con antorchas en las manos. Ni siquiera intento liberarme de la estaca a la que llevo dos días atada.

En lo más profundo de mi corazón, ruego que, si la magia existe de verdad, acuda en mi ayuda y me permita escapar. Si se me concede seguir viviendo, en este mismo instante juro convertirme en aquello de lo que me acusan: una bruja.

Pero cuando escucho el último tañido de la campana de bronce, siento las primeras llamas rozar mis pies descalzos.

Ana Cristina Rodrígues nació en São Sebastião do Rio de Janeiro, Brasil, en 1978. Es historiadora, una perfecta coartada para pasarse la vida leyendo y escribiendo. Profesionalmente ha publicado dos artículos: "Visões da morte na História dos Francos de Gregório de Tours" (2004) y "Os Votos do Faisão: ideais de cavalaria na corte borgonhesa do século XV" (2004). En materia de narrativa publicó en Sci Pulp, Scriptonauta, Blocos Online, Scarium e Inpempol. En materia de ficción literaria, publicó en Sci Pulp, Scriptonauta y Blocos Online. Dos de sus cuentos se tradujeron al castellano y se publicaron en Axxón.

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