miércoles, 3 de diciembre de 2025

EL AMOR MÁS PROFUNDO

Rhys Hughes

Cupido dijo:

—Desde que me volví un anciano no he podido tensar la cuerda de mi arco estando de pie. Es demasiado esfuerzo. Tengo que sentarme y forzar el brazo hasta que siento que va a romperse.

Afrodita asintió a sus palabras. Tuvo que inclinarse hacia adelante para poder oírlo con claridad, porque mascullaba y murmuraba. Su voz era débil, un resuello o un croar. El sol poniente tocaba el océano en el horizonte y una escalera de luz rojiza y dorada ondulaba sobre pequeñas olas.

—¿Hasta que la cuerda vaya a romperse, quieres decir?

—No, mi brazo enclenque.

Ambos habían envejecido, pero el tiempo había corrido más lentamente para ella que para él. Él era ahora realmente un viejo encorvado.

—Deberías tomártelo con más calma —dijo ella.

—Pero eso es lo que hago.

—Entonces no tengo nada que agregar.

—Cuando era un bebé alado, podía zumbar por ahí, rodar y hacer tirabuzones, acercarme a mis objetivos desde cualquier dirección, aunque desde arriba era lo mejor. Yo era como un mosquito y mi flecha era mi probóscide.

—Esa comparación es poco ortodoxa —dijo ella.

—Justo del tipo que prefiero.

Cupido se encogió de hombros y luego gimió cuando sus hombros le dolieron por el esfuerzo. El sol se deslizó por la curvatura del mundo y él suspiró. No se habían visto en muchos siglos, se habían perdido. Era bueno estar otra vez en presencia del otro. Su alegría superaba su vergüenza por sus alas encogidas, sus extremidades delgadas, sus mejillas hundidas. Seguía siendo Cupido.

Afrodita intentó tranquilizarlo con los ojos, olvidando que él siempre se negaría a mirarla directamente. Sus ojos eran tan hermosos como siempre, solo las arrugas alrededor de esas joyas brillantes daban alguna pista en su rostro de cuánto tiempo había pasado, cuánta influencia habían perdido entre los seres humanos. Los cambios en la fe, las dudas.

—Disparaba flechas desde mi punto de vista elevado en un ángulo oblicuo —dijo Cupido—. Perforaban los corazones de hombres y mujeres con gran fuerza, ayudadas por la gravedad, y el resultado era amor máximo, el tipo de amor que ya no se ve hoy en día, realmente apasionado y salvaje, tórrido y soñador. Esas flechas nunca podían extraerse y permanecían en su lugar durante toda una vida.

Sin querer alentar su melancolía pero intensamente curiosa, ella preguntó con las cejas arqueadas:

—¿Y ahora?

—Me siento en una silla, a veces una con ruedas que puedo empujar, y mis flechas penetran los corazones desde abajo, en un ángulo ascendente. Hay algo que no está bien en eso. Se pierde potencia, se atenúa el deseo. Los amantes ya no se aplastan los labios como antes.

—¿No arrojan la cautela al viento?

—No la arrojan a ningún lado, que yo vea. Pero seguramente ya sabés todo esto por tus propias operaciones…

—Yo no tengo que dispararle flechas a nadie.

Cupido cambió su escaso peso sobre la losa de mármol que le servía de asiento y dijo:

—He hablado de mí durante más de una hora. Me ves tal como soy. Pero me pregunto por ti. ¿Cómo te ha ido en los últimos milenios? ¿Cómo enfrentaste los desafíos del tiempo? —Giró la cabeza para examinar las columnas caídas y las losas rotas—. Recuerdo este templo cuando estaba entero. Me paré aquí y tensé mi arco, puse una flecha y la disparé en un arco altísimo hacia el mar, y cayó y golpeó al capitán de una trirreme. Se enamoró del delfín que escoltaba su nave. Uno de mis mejores tiros, creo. ¿Pero qué hay de ti? Cuéntame.

—Me ocurrió algo extraño una vez —dijo Afrodita—. No estoy segura de que las consecuencias vayan a terminar alguna vez.

—Eso suena intrigante. Por favor, dime más.

Ella ajustó su collar.

—Tengo la capacidad de hacer que las personas se enamoren de mí al instante. Basta una mirada. Por eso rara vez aparezco en forma opaca en la superficie del mundo. Causa muchos problemas.

—Sí, los problemas te siguen como un cachorrito.

—La elección no fue mía.

—Lo sé. Los mitos son crueles pero para nosotros son reales. A veces dicen que tengo los ojos vendados cuando disparo mis flechas, pero rara vez es así. Afirman que tengo dos tipos de flechas, unas con punta de oro y otras con punta de plomo blando: las primeras despiertan deseo en el objetivo, las segundas generan aversión. Pero solo usé flechas de plomo una o dos veces, como experimento.

—Me diste una de tus puntas de flecha doradas. ¿Recuerdas? La hice convertir en un collar. ¿Te gusta?

Ella abrió un poco su túnica para revelar el destello.

—No lo recuerdo. Solo recuerdo las cosas malas, las calumnias y mentiras. Me dieron alas patéticamente pequeñas en pinturas y esculturas. Es cierto que ahora mis alas son diminutas, pero es porque se han marchitado. Cuando era un bebé eran fuertes y vigorosas.

—La gente no sabe cómo es la existencia para nosotros. Ni les importa. Pero déjame contarte el incidente extraño.

—Te escucho. Mis oídos todavía funcionan. Antes eran orejas muy lindas, ahora son grandes y monstruosas. Eso no me importa. Me permiten escuchar. Creo que eso basta para un dios. —Afrodita sonrió, tolerante ante su ingenio desvanecido—. Sigue —la apremió él.

Ella inclinó un poco la cabeza y observó las estrellas que surgían mientras la oscuridad envolvía lentamente el templo en ruinas.

—Aunque era plenamente consciente de mi poder —dijo—, nunca supe cómo era en realidad. Nunca había visto mi propio reflejo. Es cierto que nací en el mar y el mar refleja el cielo. ¿Acaso no debería haberme ofrecido una imagen de mí misma? Pero siempre estaba agitado cuando yo estaba en él. Todo lo que miraba se enamoraba de mí, y el océano está lleno de criaturas. En un acceso repentino de amor, esos seres perturbaban el agua. Peces, langostas, ballenas y sirenas azotaban el mar, demasiado excitados para quedarse quietos. Nunca vi mi reflejo. Y tampoco me pareció importante no haberlo visto.

—¿Pero entonces un día…?

—Sí, siempre es así, ¿no? Una mañana desperté con un sueño fresco en mi mente. En el sueño yo estaba fuera de mi propio cuerpo y lo miraba desde arriba. Ya despierta, me pregunté si me veía en realidad como en mi sueño. Solo había una manera de averiguarlo.

—Con un espejo.

—Correcto. Pero no había espejos en el lugar donde vivía. Tuve que emprender un largo viaje. Finalmente llegué al palacio de una reina isleña y entré en su habitación mientras dormía. Había lámparas de aceite ardiendo con llamas pálidas en la mesa junto a su cama, y un espejo sobre esa mesa. El vidrio había sido inventado hacía poco. Aquel espejo daba una imagen mucho más nítida que, supongo, los viejos espejos de bronce. Me asomé a mí misma en la profundidad. Cuando mis ojos se encontraron con los ojos de mi reflejo…

—Te enamoraste de ti misma. ¿Como Narciso?

—De un modo total y desbordante.

—Tenía que ocurrir tarde o temprano. Las ironías agudas siempre lo hacen —dijo Cupido, y pulsó la cuerda tensa de su arco, produciendo una nota musical dulce solo porque había empezado a decaer, a fermentar, aislada de una melodía joven y saludable. Un twang como vino viejo. Afrodita dejó que la nota se extinguiera. Las estrellas brillaban sin parpadear. Era una noche apacible—. Me enamoré de mí misma porque los ojos de mi reflejo me obligaron a ello —continuó—. Y mi reflejo se enamoró de mí cuando vio mis ojos. Ahora déjame aclarar un punto importante. He pensado mucho en esto a lo largo de los años. Nuestras imágenes en el espejo son un poco más jóvenes que nosotras. A la luz le lleva cierto tiempo viajar desde mi cuerpo hasta la superficie del espejo y de vuelta a mis ojos.

—Eso es lo que dice la ciencia moderna, sí.

—Lo creo. ¿Tú no?

Cupido se encogió de hombros.

—Solo creo lo que me resulta útil. No tengo opinión sobre los rayos de luz. Por favor, continúa.

—Mi reflejo era pues más joven que yo, así que su amor era más inocente, quizá más puro, pero ella era más vulnerable. Esto es física y lógica, además de mis propios sentimientos.

—¿Materia? Ya hablás de materia y pronto hablarás de energía. Eso muestra lo profundamente sumergida en la ciencia que estás. Bueno, me alegra que hayas conseguido mantenerte al día.

—A veces pienso que disfrutas tu senilidad.

—Es mi prerrogativa.

Ella sonrió otra vez, asintió y dijo:

—Volviendo a mi relato. Tenía miedo de herir a mi reflejo. Emocionalmente ella era más débil que yo. Aunque la amaba, no quería una relación. Mencionaste a Narciso. Su ejemplo era uno que quería evitar. Temía el solipsismo que resultaría de tener mi propio reflejo como amante. Pero ella no tenía esos reparos. Era joven y etérea e intentaba seguirme a todas partes, apareciendo en cada superficie brillante, con expresión suplicante, los brazos extendidos, tratando de estrecharme contra su ansioso pecho, los labios fruncidos para un beso.

—¿La alentaste? Eso habría sido cruel.

Afrodita hizo una mueca.

—No, tu acusación es injusta. Yo quería estabilidad en mi vida, me asustaban las posibles consecuencias de la perturbación, el caos potencial, la amenaza a mis valores. Quería hacer lo correcto, mi deber. Pero seguía pensando en ella. Era imposible no hacerlo. Estaba enamorada y lo que temía pronto ocurrió. Dominó cada momento de mi existencia. Ya no quería evitarla y buscaba deliberadamente superficies brillantes para verla. Ella siempre estaba allí, siempre lista para mí, nunca infiel.

—¿Un reflejo fiel incluso en superficies deformadas?

—¿Qué importa? Nuestro amor era fotónico, no platónico, y aunque hubiera distorsiones, por ejemplo en la superficie convexa de una cuchara, ella era tan preciosa para mí como una imagen perfecta. Ella me amaba y yo la amaba, y olvidábamos que éramos réplicas una de la otra, casi idénticas en todo pero no del todo, pues nuestros rostros estaban invertidos horizontalmente, su ojo izquierdo era mi ojo derecho, y ella era una fracción ínfima de segundo más joven que yo. Despierta pensaba en ella sin cesar y…

—¿Cuando dormías soñabas con ella?

—Por supuesto. Querido Cupido, tus sabés lo que significa el amor, puedes imaginar lo que me pasó. Empecé a descuidar todas mis obligaciones. Dejé de mirar a los mortales, dejé de hacer que se enamoraran. Tenía la mente llena de mis propios asuntos, mis propios sentimientos amorosos. El mundo sufrió. Había menos amor en él. Sabía que tu todavía estabas ahí afuera, haciendo lo mejor posible.

—Pero no era suficiente. Se requiere que ambos trabajemos, querida.

Afrodita asintió lentamente.

—Te dejé todo el trabajo. Estuvo mal de mi parte. Pero aún tenía un sentido de responsabilidad bajo mi obsesión.

—¿Qué ocurrió después?

—No podía abandonar a mi reflejo. Estaba profundamente enamorada de ella, pero tenía que liberar a Afrodita, permitir que la diosa del amor siguiera prosperando en el cosmos y haciendo lo que debía hacer. Tenía que idear un plan. Cavilé sobre este problema durante mucho tiempo, ejercité mi mente durante semanas. Por fin la solución me llegó. Consideré que nuestra imagen en un espejo es ligeramente más joven que nosotras y comprendí que podía usar ese desfase temporal a mi favor. Creo que mi solución fue ingeniosa. Déjame explicarla.

Cupido esperó, golpeando con los dedos sus rodillas. Afrodita habló suavemente. La razón por la cual bajó la voz en esta parte de la historia era un misterio incluso para ella. Quizá tenía demasiado respeto por los sentimientos de su reflejo y no quería que la pequeña doble imagen que aparecía en los ojos de Cupido cuando él la miraba se sintiera utilizada, como nos pasa cuando hablan de nosotros en privado y luego nos enteramos. Él la miraba pero nunca a los ojos; ella seguía siendo peligrosa en ese aspecto.

—Organicé dos espejos grandes enfrentados —dijo ella—, dejando entre ellos un hueco lo bastante amplio para que yo pudiera pasar. Cuando me puse entre ellos y levanté una lámpara con una llama brillante, vi no solo un reflejo sino muchos, de hecho un número incontable. Había creado un túnel hacia el infinito. Cuando movía mi brazo con la lámpara, los brazos reflejados también se movían. Cada reflejo era casi idéntico, pero no del todo, y hablaré de esto en un momento. Primero quiero decir que cada uno de esos reflejos encontró mis ojos y se enamoró de mí, y yo me enamoré de todos ellos. Así que ahora tenía un harén de amantes, multitudes.

—Me parece que amplificaste el problema en lugar de resolverlo —comentó Cupido con suavidad, y el chapoteo de la marea sobre los guijarros allá abajo sonó como los suspiros que él planeaba soltar pronto, vapor tibio desde la caverna de su boca floja. Ajustó otra vez su posición.

—Pero hay un retraso temporal entre la creación de todos esos reflejos —continuó Afrodita—. Ya lo mencionamos. Cuanto más profundo el reflejo, más joven es. Yo me observaba a mí misma, alejándome tanto en distancia como hacia atrás en el tiempo, y debido a que los rayos de luz de mis ojos tenían que recorrer la distancia hasta los ojos de mi reflejo para hacerla enamorarse de mí, y viceversa, sucedía que los reflejos más lejanos aún no habían tenido la oportunidad de enamorarse. ¿Entiendes? Todavía eran puros, libres de infatuación, igual que yo antes de entregar mi corazón. Y entonces…

—Esperá. Déjame ver si entiendo. Los rayos de luz salían de ti y golpeaban el espejo, creando tu reflejo. Luego rebotaban desde los ojos de tu reflejo de vuelta a tus propios ojos y así te enamorabas de la imagen en el espejo. ¿Correcto? —Afrodita asintió, y Cupido siguió con su interpretación de los hechos—. Pero para que la imagen del espejo se enamorara de ti, ahora los rayos debían rebotar desde tus ojos de vuelta a los ojos de tu reflejo. ¿Esto significa que te enamoraste de ella dos veces más rápido de lo que ella se enamoraba de ti? ¿Que cuanto más profundo el reflejo, mayor el retraso entre tu enamorarte del reflejo y el reflejo enamorarse de ti?

—Perfectamente expresado. Por eso los reflejos más profundos estaban prístinos, libres de las ataduras del amor disruptivo.

—¿Y la imagen al final del pasillo nunca miraría tus ojos porque estaba protegida en el infinito?

—Bueno, no es exactamente así. Verás, el túnel no se extendía realmente hasta el infinito. Piénsalo. Cada vez que los rayos de luz tocaban un espejo, algunos fotones eran absorbidos por el vidrio. Al final no quedaban fotones y el túnel terminaba.

—¿Pero debía haber una Afrodita más lejana?

—Sí. Así era.

—¿Y depositaste todas tus esperanzas en ella?

—Correcto. Ella era la más pura, la más verdadera de mis variantes, la menos contaminada por la dolencia agridulce del amor. Era la que mejor podía reemplazarme, ahora que yo era relativamente inútil. ¡Era mi sucesora! Una Afrodita más refinada de lo que yo jamás podría ser.

—¿Tenías que liberarla de los espejos?

—Ese era mi plan.

Cupido frunció el ceño.

—¿Rompiendo el vidrio?

—No, eso no habría funcionado. Creo que no. Habría herido a los reflejos, pero seguirían atrapados en los fragmentos, la mayoría aún enamorados, agonizando en cuerpo y aplastados en espíritu. No podía ser tan cruel con ellos ni conmigo.

—Entonces no puedo imaginar qué hiciste.

—Corrí hacia la parte trasera del espejo que enfrentaba. Me quité el collar y usé la punta de flecha para cortar una puerta en el marco. Vas a objetar que el oro es demasiado blando para usarse como herramienta de corte. Pero la madera del marco era delgada y fácil de trabajar. Había elegido los espejos con cuidado. Sabía lo que hacía. Hice la puerta y la abrí.

—¿Y salió tu reflejo más lejano?

—Sí. Tuve cuidado de no mirarla a los ojos. Mantuve la mirada baja. Le dije que se fuera, que saliera al mundo y continuara la tarea de la diosa del amor. No necesitó más persuasión. Se fue, y mi alivio fue inmenso. Afrodita regresaba al negocio: intacta, decidida y competente. Me reemplazó.

Cupido quedó impresionado.

—Mencionaste que cada reflejo era casi idéntico pero no del todo —dijo luego frotándose la frente—. ¿En qué diferían? Prometiste explicarlo.

—Estaban borrosos hasta cierto punto. Cuanto más profundo el reflejo, menos claro, porque los fotones eran absorbidos en cada rebote. También eran más pequeños. Cuanto más lejos estaban, más diminutos eran. Pude cortar tan rápido una puerta en la parte trasera del espejo porque solo necesitaba una un poco más grande que una puertita para gatos. Mi reflejo más remoto era extremadamente pequeño. De hecho, me llegaba a la altura de la rodilla, no más.

—Un resultado notable de tu plan. En algún lugar del mundo hay una Afrodita en miniatura corriendo por ahí y haciendo que la gente se enamore. Una diosa diminuta y borrosa.

—Así es, más o menos.

—¿Sabés una cosa?

—Sé muchas cosas, mi ajado amigo.

—¿Pero sabes algo? Podrías haber venido a mí con tu problema. Yo habría disparado una de mis flechas con punta de plomo a tu corazón y habrías dejado de amar a tu reflejo. Originalmente usé esas flechas como experimento, como dije antes, pero me quedan algunas. Te habría cedido una. ¡Qué lástima!

—¿Dejar de amar a mi reflejo? Oh no, no podría soportar ese pensamiento. Si eso sucediera, ella también dejaría de amarme. Esa idea me resulta detestable. ¡Ser rechazada por el objeto de mi deseo! Insoportable, amigo mío. Estoy atrapada en mi amor.

—Pero una vez que la flecha te hiriera, ustedes dos dejarían de amarse, así que no sentirías rechazo.

—No entiendes. No puedo pensar de ese modo estratégico ahora. Estoy enamorada de ella. Eso es todo lo que sé y todo lo que quiero saber. No hay remedio. Solo sé feliz por nosotras. Bendícenos.

Cupido rio, pero su risa sonó más que nada como un graznido.

—¿Un dios bendiciendo a una diosa?

—¿Por qué no? No puede hacer daño, ¿no?

—Si alguna vez te veo a lo lejos, ¿cómo sabré que eres tú y no tu variante en miniatura más cerca?

—Ah, el viejo problema de la perspectiva y la paralaje.

Cupido carraspeó.

—Siempre me pregunté qué sucedería si mirara a tus ojos, o si una de mis flechas, una de las doradas, golpeara tu corazón. Deberíamos averiguarlo algún día, pero no ahora. Se está haciendo tarde. Hora de encontrar el camino a casa y acurrucarme en mi cama.

—Un día, sí. Cuando las ruinas de este templo estén arruinadas.

—¿Quién fue el que dijo que la única manera de arruinar unas ruinas es usar las piedras rotas para construir un edificio nuevo?

Afrodita no dijo nada. Miraba el mar, aquel espejo de estrellas, y la línea del horizonte pareció vibrar para ella como la cuerda pulsada de una lira. Produjo un zumbido emotivo que usó como nota de referencia. Luego cantó en voz baja, la melodía era antiquísima, mientras Cupido se ponía de pie con una mueca angustiada y avanzaba vacilante, saliendo del círculo de columnas caídas hacia sombras más profundas.

Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

 

martes, 2 de diciembre de 2025

-(CH2-CH2)-n

Ramiro Gallardo


A mi hija Clara, que junta cartón, envases de plástico y tapitas de gaseosa con la idea de hacer muñecos para el cumpleaños de Salvador.

 

Julián cerró la puerta del cubículo de “orgánicos” y abrió la de “reciclados”. Terminaba el año y la cantidad acumulada de papeles iba a ser la fiesta de los Recicladores. Depositó folios, cuadernos y fotocopias que ya no le servían en la picadora, atento a no incluir anillados ni forros protectores de plástico. Con una mezcla de alegría y algo de nostalgia observó cómo se pulverizaban algoritmos y estructuras de datos, ejercicios de simulación de sistemas y el trabajo sobre inteligencia artificial que tantos halagos le habían valido por parte de la titular de cátedra. Todo esto no le llevó más de tres minutos

Distinto era lo que se venía: el cubículo de “saneamiento ambiental” requería de mucha dedicación y cuidado. Un descuido, un olvido menor traería, como mínima consecuencia, una multa por parte del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable. Mucho peor eran las enfermedades que podrían generarse al contacto con alguno de estos residuos peligrosos.

El “Compartimento tóxico” –así se lo conocía popularmente– era requerimiento obligatorio en todos los hogares desde la sanción del Decreto 592/2029. Se trataba de una ampliación del anterior, diez años más viejo, en el que el gobierno de turno había autorizado el ingreso de basura contaminante proveniente de otros países. Con el pretexto de que se trataba de elementos provechosos para algunas industrias locales, lo que otros descartaban se convertía en objeto de deseo de países como el nuestro. La culpa era de los chinos, decían, que el primero de enero de 2018, a raíz de una campaña en contra de la llamada yang laji o “basura extranjera”, habían prohibido la importación de casi todo tipo de desechos plásticos. A partir de entonces, los siempre ávidos “mercados” habían fijado sus ojos en otros destinos: primero Vietnam, Malasia y Tailandia; más tarde Camboya, Laos, Ghana, Etiopía y Kenia. En 2019 la varita mágica le había tocado a nuestro país, que llevaba años esperando con ansiedad el arribo de capitales extranjeros y derrame de dólares. Ni capitales ni derrame: desechos contaminantes. Sonaba a chiste de mal gusto.

Julián se puso los guantes de nitrilo doble capa y abrió el suministro de basura tóxica semanal obligatoria. Recordó a su mamá, que retiraba doce y hasta dieciséis bolsas al mes. Qué vieja loca, pensó, arriesgarse así por la conmutación del ABL. Ella decía que daba igual, que con la basura obligatoria ya se había contaminado, que unas pocas bacterias más… Además, el ABL se había multiplicado por diez. Gente como ella, madre soltera, desocupada y sin casa propia, no tenía demasiadas posibilidades de elegir.

—Tenés que ver el lado bueno Julián —le decía—. Gracias al Gobierno tenemos la posibilidad de este ingreso extra.

–Pero mamá, ¿no te das cuenta del negocio que hacen a costa de todos? Quisiera ver a alguno de esos ministros tan ambientalistas dándole de comer a las putas orugas…


—Cuchi cuchis, ocuchuchas, origuchas...

Clara Kahlo observó su criadero de lepidópteras  (CH2-CH2) n a través del doble vidrio térmico de la pecera. El contacto con esta variedad de orugas no revestía, hasta donde se informaba, ningún peligro, pero el hecho de que su dieta estuviera compuesta a base de polietileno no generaba confianza. Si bien la crianza de esta especie se venía poniendo en práctica desde hacía tiempo, los estudios no eran lo suficientemente certeros como para descartar posibles infecciones.

Varias décadas atrás, una apicultora de Cantabria se había dado cuenta de que la plaga de parásitos en sus colmenas podía ser la solución al problema de los desechos plásticos. El hallazgo había sido tomado con optimismo a lo largo y ancho de todo el planeta, aunque finalmente se había transformado en un beneficio para unos pocos: los países pertenecientes al Sector Ambiental Secundario (antes llamados “países en vías de desarrollo”, “periféricos” o “tercermundistas”) se convirtieron, decretos y leyes engañosas mediante, en importadores de la basura tóxica generada por las grandes potencias mundiales. 

Clara Kahlo era artista plástica. Su Monumento a la Madre Tierra, realizado con desechos tóxicos, iba a ser un despelote. Una trompada en medio de la jeta cómoda del mundillo del arte afirmaba su galerista: un grito de protesta vivo decía la artista que homenajeaba, con su apellido, a su referente mexicana.

La realización de esta obra no era para nada sencilla. Al tamaño –cinco veces la altura de la artista– se le sumaba la dificultad inherente al manejo de residuos contaminantes. Clara construía una figura femenina a gran escala, tomando como modelo su propio cuerpo. Cientos de orugas comeplástico –así se las llamaba popularmente– se alimentarían de ella durante los treinta días que tenía para el montaje y los tres meses que durase la muestra. Los excrementos serían utilizados para abonar una huerta orgánica en el mismo espacio de exposición.

—Mierda, otra vez. —Clara dejó la bolsa de basura colgada de uno de los soportes del andamio y bajó con cuidado. Había improvisado un obrador antiséptico cerca de la puerta de entrada de la galería, allí guardaba varios mamelucos aislantes y docenas de guantes. Se quitó los que llevaba puestos, no sin antes observar el tajo cerca de la palma de la mano derecha. No tenía heridas. De todas formas, sabía que en pocas horas la piel más próxima a la hendidura se le pondría morada.


Julián terminó de peinarse, acomodó el cuello de su camisa y se colocó dos gotas de perfume. Esa noche su mamá iba a ser parte de una performance en la inauguración de la muestra de la renombrada artista Clara Kahlo en defensa del medioambiente.

La exposición tenía como sede la nueva “Galería del Transbordador”, un moderno edificio acristalado construido en lo alto de la vieja estructura metálica del Puente Transbordador Nicolás Avellaneda. En los accesos, uno del lado de Capital y otro de Provincia, el público debía colocarse trajes protectores contra partículas contaminantes en suspensión. Amigos y familiares de Kahlo, turistas, unos cuantos políticos y toda la farándula del mundillo del arte ascendían por los ascensores luciendo mameluco gris plomo, cobertores de calzado, guantes, barbijo, anteojos de protección ocular y cofia. Más que una muestra, parecía una convención de científicos o de astronautas.

La sala estaba toda cubierta de tierra. Tomates, zapallos, cebollas, remolachas y un variado repertorio de hojas verdes crecían con vigor aprovechando la gran exposición solar y el agregado fertilizante generado por las  (CH2-CH2) n. En el centro de este invernadero temporal, las lepidópteras se alimentaban de la gran figura femenina contaminante. 

Julián mataba el tiempo parado al borde de uno de los grandes paños de vidrio. Abajo, las luces de la noche generaban reflejos danzantes sobre las aguas negras del Riachuelo. Alguien se le acercó. Llevaba una bandeja repleta de vasos de plástico con tapa y pajita.

—¿Una copa de vino, jugo, gaseosa? —ofreció la voz simpática de una chica.

Julián eligió la “copa de vino”. Una válvula incrustada en el barbijo permitía acoplar la pajita y beber sin quedar expuesto a posibles partículas contaminantes. El vino no estaba mal. Apuró el trago, como para pedir una segunda copa, pero el movimiento de un grupo de personas vestidas con algunas prendas de color amarillo produjo un revuelo general. Avanzaban hacia la figura femenina con paso de ceremonia. Al llegar, formaron un círculo alrededor, de cara al público. Julián se acercó. Intentaba, sin éxito, identificar a su madre.

Una de las personas que realizaban la performance –la única con mameluco amarillo– era la mismísima Clara Kahlo. Se cercioró de que todos sus compañeros estuvieran en el sitio prefijado, alrededor de la escultura, y se sacó cofia, anteojos protectores y barbijo. Los colocó uno al lado del otro, prolijamente, en el suelo. Luego, comenzó a dar indicaciones. Uno a uno, quienes formaban el círculo fueron quitándose la prenda que les correspondía. La mamá de Julián, los guantes: levantó ambas manos mostrando las palmas repletas de verrugas y de ampollas; otros se descubrieron hombros, brazos, piernas.

Julián sintió ganas de vomitar.

La artista observaba cada movimiento con suma atención. Las pecas que regaban su rostro eran un bálsamo al lado de las mutilaciones que iban quedando a la vista. Una vez que todos hubieron expuesto sus úlceras, sus llagas, sus tumores, sus cánceres, dejó caer el mameluco que la cubría. Su cuerpo desnudo acaparó todas las miradas.

Un murmullo general e inmediatamente el silencio. Un grito de horror. Un movimiento incómodo, un morbo, inundaron la sala.

El cuerpo de Clara estaba infectado. Las piernas, el vientre, los pechos, el cuello, mostraban enormes heridas en carne viva. Más bien, observó Julián: en plástico vivo. Todo lo que no tenía piel era polietileno. Músculos, venas, arterias, tejidos, membranas. En los intersticios, entre glándulas y riñones, entre tendones y ligamentos, colonias de orugas (CH2-CH2) n cumplían con avidez su ardua tarea de biodegradado.

Julián se acercó a su mamá, la agarró del brazo y la llevó sin que ella opusiera la menor resistencia. Lágrimas de plástico brotaban de sus ojos tristes y lo miraban empañando los anteojos de protección ocular. A la salida, la misma chica que, minutos atrás, le había ofrecido bebidas, repartía souvenirs. A Julián le tocó un racimo fresco de hojas de acelga recién cortada.

Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos o Habitante del espacio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus “Cuentos de terror playero” forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Ha escrito y colaborado, entre otros medios, con El Anartista entre 2017 y 2021, con la sección de cultura de Agencia Paco Urondo entre 2018 y 2022, y con revista Entredicha en 2024 y 2025.

EL ARRULLO DE LA ARAÑA

Miguel Sequeiros

 

Creo escuchar el murmullo de sus patas y sus voces arácnidas llamándome e intentando enredarme en sus trampas.

¿Qué?

¿No escuchan?

¿Acaso no escuchan sus pisadas?

Todos piensan que estoy loco solo porque puedo escuchar los pasos de las arañas acercándose a este cuarto... ¡pero sé que vienen a buscarme para asesinarme; por eso obligaron a mi esposa y a mis hijos a abandonarme!, los doctores ya están hartos de mis gritos, se cansaron de explicarme que no hay arañas aquí.

¡Pero las hay, lo sé!

Dicen que sufro de aracnofobia desde que tengo memoria, pero creo que más que eso es que sufro por ser tan vulnerable ante esos bichos, ¡porque me siguen, me siguen y saben dónde estoy!

Desde que tengo uso de razón, un viaje al campo significaba una tortura para mí, porque me la pasaba buscando arañas e intentando matarlas a pisotones, todo embadurnado de repelente para insectos, sin poder dormir en las noches; y como se supone, esto hacía que las vacaciones con mis padres (cuando era niño), y con mi familia (después de casarme) siempre fueran más cortas y terminaran con peleas, en el primer caso, entre mis padres por mi malacrianza, y en el segundo caso, entre mi esposa y yo, porque no la dejaba en paz con mis temores.

Las terapias y los castigos solo sirvieron para empeorar mis miedos y certezas, y ya que no era simplemente una condición psicológica, sino una conspiración de esa especie en contra mía, supe que tenía que hacer algo para eliminarlas, y ese algo no era otra cosa que usar la cabeza.

De niño influí para que mis padres cambiasen de entorno laboral, de uno rural a otro más citadino, las arañas disminuyeron sustancialmente y eso me ayudó mucho, pues mi adolescencia llegó a ser casi normal; incluso me pareció olvidar por completo mis miedos y certezas, pues en esa zona no había más que cemento y plástico, repelentes en atomizadores y venenos espontáneos para insectos.

Me la pasaba leyendo, estudiando, enamorando con las chicas de las casas vecinas y, sobre todo, en la piscina con mis amigos, fue una época grandiosa, mi temor a la especie arácnida parecía haberse extinguido.

Cuando acabé la universidad y me casé, por un tiempo todo transcurrió con normalidad, hasta que nos tuvimos que trasladar a una antigua casa que era más grande que mi departamento de soltero, debido a que mi segundo hijo estaba en camino.

Aquella casa tenía una piscina de clásico estilo cincuentero, eso me animó a revivir mis años de juventud, disfrutándola por las noches.

Así lo hice, nadaba en las noches y luego de secarme, me iba a dormir con mucha facilidad; pero todo cambió de pronto, porque a la octava noche, cuando reinó el silencio, escuché de pronto los susurros de las patas de las arañas, toqueteando, levantándose una después de la otra y descendiendo (una pata después de la otra y otra y otra...), de esta forma sentí que el miedo retornaba con más fuerza que antes, el ruido de las arañas desplazándose por mi casa invadía el ambiente, e imaginaba sus cuerpos esféricos y velludos por todas las paredes, produciendo un sonido como de letanías demenciales con el sencillo roce de sus vientres anillados contra el empapelado o la pintura...

Este suceso se repitió desde aquella noche, hasta hace poco. Dejé incluso de nadar en la piscina, porque pensaba que ellas podían poner sus huevos en el agua y que estos eran inmunes al cloro.

Poco a poco toda mi vida volvió a convertirse en una pesadilla, mis miedos más profundos se consolidaron y mis certezas se reanudaron; encontraba huevos grises debajo de las sillas, debajo del borde interno del retrete, dentro de una cafetera abandonada.

Cruzaba el porche o pasaba por un rincón y mi piel se estremecía por el cosquilleo imposible de mitigar de las telarañas recién construidas. Veía fugazmente racimos de ojos que me acompañaban cuando bajaba al sótano o constelaciones de fulgores macabros de seres diminutos o no tan diminutos mirándome cuando subía al desván y siempre creía ver amagues de siluetas desplazando las ocho patas con violencia hacia los rincones.

Sé que creerán que estoy loco, pero paulatinamente los susurros se tornaron en voces que se hacían más claras día a día.

Como no podía conciliar el sueño, escuchaba una especie de arrullo horrible que hacía que mi familia durmiera profundamente, mientras que yo permanecía alerta percibiendo cómo los arácnidos invadían mi hogar, arrastrando sus asquerosos cuerpos y planificando el succionar de los fluidos de mi familia cuando tuvieran la oportunidad.

No pude tolerar esto por más tiempo, así que una vez que todos dormían, me levantaba cada noche y me enredaba en un combate desigual que me dejaba extenuado. Lógicamente, mi agotamiento era cada vez más notorio y mi rendimiento laboral decreció tanto que me despidieron.

Mi familia comenzó a evitar mi presencia, ya que varias veces los desperté por la noche con mis gritos y por mis vanos esfuerzos al combatir contra las hordas de alimañas invasoras.

Ya cansados de mi comportamiento, optaron por marcharse del hogar; mi esposa buscó ayuda profesional para poder recluirme en un hospital psiquiátrico, y luego de que algunos doctores me hicieran algunas evaluaciones después de encontrarme sentado en la sala y murmurando incoherencias, decidieron recluirme permanentemente.

¿Qué, que no escuchan nada?

¡Ustedes están conspirando con ellas, de seguro...!

¿No escuchan a esas espeluznantes criaturas, peludas y con fauces viscosas, esperando atraparme como a una mosca, cantando su arrullo mortal?

No me digan que no, estúpidos, es claro que son ruidosas ¡Deberían escucharlas y percibirlas como yo...!

Bueno, los médicos le explicaron a mi esposa que mi caso era una patología grave de aracnofobia, y que no era para nada preocupante, ya que, con la terapia apropiada, pronto estaría de vuelta en mi hogar.

Pero hasta ahora no me han soltado y las terapias no ayudan en nada.

Sigo hospedado en la habitación número trece; un bonito cuarto blanco, con paredes acolchadas de piso a techo, pero ni así el arrullo me ha abandonado.

¡Sí, lo sé, debe ser el último escaño para llegar a que me diagnostiquen locura absoluta!; pero hace poco las cosas se pusieron peor, durante la última consulta, el doctor me dijo que no tendría más noches en vela si seguía el tratamiento del cuarto acolchado, que se acabarían mis perturbaciones, que aquel era un lugar tranquilo y que, a pesar de todo, mis miedos no tendrían más fundamento.

—Las arañas —dijo el doctor, con su sonrisa de conquistador—, si bien son espantosas y causan miedo, nos ayudan mucho ya que se encargan de combatir plagas como los mosquitos y las moscas, que podrían invadir nuestros hogares y matarnos con sus infecciosos modos de vida; se podría decir que son las guardianas de nuestros hogares, nos evitan molestias, picaduras de mosquitos y si no las molestamos, viven en armonía con nosotros.

Todo lo que el médico dijo tenía sentido para mí; sin embargo, él no sabía que las arañas me querían para ellas solas, y esperaban matarme.

¡Por eso le dije que él no entendía, que yo no mataba a las arañas por gusto!

—¿Y entonces por qué las mata? —me preguntó.

—Ellas tienen un plan —le respondí—, nos adormecen por las noches y una vez que lo hacen, entran a nuestros hogares para alimentarse de nosotros, muchas veces se dice que las personas mueren de causas naturales mientras duermen, doctor; pero eso es mentira, ¡nos envenenan y cuando ya se han saciado de nosotros, nos matan!

—Pero, señor mío —me dijo el doctor, moviendo su bigote bien recortado y arqueando sus cejas como diciendo: «No sea estúpido si sigue aquí, yo terminaré seduciendo a su esposa: evítese ese mal momento»—; lo que usted necesita es estar tranquilo, en el cuarto acolchado tendrá la paz y el tiempo necesarios para recapacitar sobre esas ideas descabelladas.

Pero yo reaccioné y ya no hubo doctor bueno, porque, como yo soy un tanto fornido, le rompí la nariz de un puñetazo, con la sangre rebalsando de su nariz, el doctor me dijo, mientras los gorilas de seguridad me apresaban:

—¡Mientras siga así no me puedo fiar de su comportamiento, así que tendré que aislarlo al menos un mes y sedarlo, además para evitar contratiempos, le colocaré una camisa de fuerza para evitar que se lastime a sí mismo!

—¡No! —le grité—. ¡No puede dejarme indefenso, enciérreme si gusta, no me dé comida ni agua si desea, pero no me ate ni me drogue, ellas lo sabrán y vendrán por mí esta noche!

—Tranquilo, amigo —me dijo uno de los gorilas de seguridad—, la habitación trece es la más limpia del hospital, todo es blanco e inmaculado ahí.

Me redujeron por la fuerza, me inyectaron un sedante y me trajeron a este cuarto.

—¿Ves? —dijo el doctor, ya no tan apuesto, porque una línea roja de fractura le cruzaba la mitad de la nariz casi aplastada—, aquí no hay nada, todo está limpio y no entrará nadie.

Y me dejaron acá. Ahora estoy solo, si les hablo a ustedes, lo hago para no sentirme solo, si ustedes no existen, no me importa...

Pronto van a venir y... ¡Chist! ¿Escuchan? ¡Porque yo sí escucho ese arrullo infernal! Vienen, sé que vienen. ¡No, no puedo, no puedo gritar!, Todo parece estar dentro de mi cabeza y nada más... Vienen... Los ojos resplandecen: están acercándose... son muchas, muchísimas...

 

Al entrar a la habitación acolchada número trece, ubicada en el Hospital Psiquiátrico de aquella ciudad, el médico y las enfermeras se llevaron una horrenda sorpresa: el paciente número ciento treinta y tres estaba boca abajo, muerto, su cráneo parecía haber estallado y cientos de diminutas arañas salían de allí.

La araña-madre, que ahora era tan grande como un cangrejo costero adulto y que lucía un color rojizo en el lomo y verde esmeralda en el vientre, había entrado por el oído del desgraciado cuando este era solo un adolescente (la araña en cuestión era entonces un huevo en plena maduración), y lo había hecho con un fin ligado a su naturaleza: crecer, y como era hembra, esperar la fecundación para hacer su nido en la parte baja del cerebelo.

Había sido la reincidencia en el hábito de nadar en una piscina lo que había producido la fecundación de esta araña en particular, en efecto, el paciente creía en sus alucinaciones que las arañas podían esparcir sus huevos en las aguas.

Lo que no sabía era que algunas especies sí podían hacer esto.

En ese momento, mientras las enfermeras chillaban, la araña-madre, que era una mezcla entre las especies Cazadora Parda y Argyronetidae Acuática, estaba arrullando tiernamente a sus crías, pero no apartaba sus ocho enormes ojos, fríos y repulsivos, de los ojos de los seres humanos que la contemplaban, como hace una madre cuando ve amenazada la vida de sus hijos, y está dispuesta a todo. 

LA NIÑA DE JOSTEDAL

Ivan Nešić

 

Estoy sentada en un parque durante la pausa del almuerzo y estoy comiendo fiskeboller, albóndigas de pescado de una lata que logré abrir sin cortarme. Las rodajas están colocadas entre dos rebanadas de “pan de montaña noruego”, untadas con una fina capa de pasta de eneldo. Esa hierba me recuerda a la infancia: a mi abuela guardando manojos de eneldo antes de las primeras heladas nocturnas.

Los compañeros del trabajo comen a menudo lonjas de carne de reno, una costumbre que jamás podré aceptar. Si lo hiciera, creo que Papá Noel me negaría los regalos.

Si no llueve, paso cada momento libre al aire libre. Aun después de tantos años no puedo sacudirme la impresión de que aquí el verano llega y se va en una sola semana, entre dos nevadas, y por eso no abandono la rutina ni siquiera durante la pandemia.

Termino el sándwich, doy un sorbo de té helado y observo al hombre en el otro extremo del banco.

—Con imprudencia nos colocamos en posición de víctimas —dice de pronto, tal vez consciente de que lo observo con el rabillo del ojo. O quizá solo me pareció escucharlo; no puedo estar del todo segura por la mascarilla que lleva puesta.

Eso me da derecho a observarlo más detenidamente: cabello castaño sin una sola cana, rapado a los costados; el flequillo le cubre parte de la frente, y bajo sus cejas recortadas hay unos ojos hundidos cuyo color no puedo distinguir desde aquí. El resto del rostro está oculto bajo la mascarilla negra. Yo me quité la mía, pero no me la volví a poner cuando terminé el sándwich. Me gusta respirar a pleno pulmón, aunque la aplicación del móvil me advierte que el número de contagiados lleva dos semanas en aumento. Lo evalúo de pies a cabeza, sin preocuparme por las reglas del decoro; como él no reacciona, sigo su línea de interés.

A unos treinta metros del banco hay varios aparatos de ejercicio. Detrás, un parque infantil donde normalmente los chicos corren de un lado a otro, pero hoy no hay nadie. En este momento, solo un muchacho se está estirando colgado boca abajo de la barra de dominadas. Por un momento me atraviesa un miedo por él, pero la inquietud va y viene.

—¿Sabe que ya los antiguos griegos practicaban la inversión del cuerpo para contrarrestar los efectos de la gravedad? —me pregunta el hombre sin mirarme—. El modo más adecuado para eso son las botas antigravedad.

Sé lo que son las botas antigravedad; las he visto en el gimnasio: unos soportes con ganchos que se fijan en las barras y se ajustan a los tobillos. No me atrevo a usarlas: si me cayera y me rompiera el cuello, pasaría el resto de mi vida comiendo por una pajita y haciendo mis necesidades encima. No, gracias; la cinta para correr es reto suficiente.

Finalmente cruzamos miradas: sus ojos son gris verdoso, libres de arrogancia, pero en ellos hay una cierta distancia, y reacciono impulsivamente.

—Bueno… debería irme —digo, aunque mi excusa carece totalmente de fuerza. ¿Acaso ese misterioso apuntador aparecerá para susurrarme la frase salvadora ante el único espectador presente?

—Como guste —dice, pero en esa palabra no hay aliento alguno. Me quiere allí, donde estoy.

Sigo sin moverme, como hipnotizada. Por fin reacciono, me doy vuelta sin despedirme, y él tose significativamente.

Me detengo y giro hacia él: sostiene en alto mi mascarilla, que había olvidado, sujetándola entre dos dedos, como si fuese pestilente. Saco otra del bolso, sin usar. Me pongo las tiras elásticas detrás de las orejas, la acomodo, y cuando miro hacia el banco ya no están, ni él ni mi mascarilla.

 

Después del trabajo vuelvo al piso en el que vivo. Estoy en el comedor, leyendo un mensaje de mi prima, que vive en mi tierra natal.

Sus reflexiones a menudo derivan en el autoanálisis; intenta encontrarse a sí misma en estas nuevas circunstancias. Me habla de su dilema respecto a vacunarse y observa que, en cualquier caso, será víctima de su elección. Pienso que es la segunda vez en poco tiempo que escucho la palabra “víctima”. ¿La usamos demasiado a la ligera? ¿O es que es más fácil encarnarla que oponer resistencia?

No pienso darle ningún consejo: no quiero cargar con la culpa de las decisiones equivocadas de otros; en ese caso yo misma me convierto también en víctima.

En ese momento entra mi padre. En una mano sostiene un cuaderno y un lápiz afilado como una aguja.

—Cinco —dice triunfal, levantando la otra mano con los dedos extendidos.

—¡Seis! —le respondo, sin ninguna compasión. Sé que no es sabio provocarlo, pero no puedo evitarlo.

Él rompe a llorar. Siento un pinchazo de culpa; me levanto de la mesa y lo abrazo.

—Vamos, los contaremos juntos —digo cuando se calma. Su rostro se ilumina como el de un niño.

Vamos primero al dormitorio: allí hay una ventana. Luego pasamos al salón y sumamos dos más: ya son tres. En el comedor hay otra, y en el baño una muy pequeña, como un marco para una foto familiar.

—¿Ves? —dice él—. Son cinco.

Lo llevo de vuelta al salón. Nos detenemos frente a la puerta que conduce a la habitación más pequeña.

—La habitación de mamá —digo—. También tiene una ventana. Por lo tanto, son seis.

Papá gira la manija, pero la puerta está cerrada. Me mira suplicante. Me encojo de hombros.

—¿Cómo sé que hay una ventana ahí?

—Es la habitación de mamá, sabes que tiene una. La única que da al patio interior.

Me mira como si me viera por primera vez. Deseo golpearlo para devolverlo a su versión anterior.

—¿Tienes la llave?

—No —miento sin pestañear.

Él sigue dándole vueltas a algún pensamiento perdido en su cabeza llena de absurdos.

—¿Y si ella está ahí dentro?

—¿Quién? —me sobresalto—. ¿Mamá?

Apoya la oreja en la puerta, escuchando; yo espero con impaciencia a que se convenza por sí mismo. Contengo el aliento: el silencio se vuelve absoluto. Finalmente se rinde y apoya la frente sobre la madera, pero luego empieza a golpear.

—¡No hay nadie! —grito cuando los golpes se vuelven tediosos—. Por favor, basta, no hay un alma ahí.

—Y mi madre… ¿dónde está?

—¡No la tuya, sino la mía! ¡La tuya murió hace mucho!

Y la mía se fue, quiero decirle.

Veo que no entiende: la inversión convierte a las personas en no-personas. Mi padre se ha perdido en los pasillos de su propia mente, pasillos que no llevan a ninguna parte y nunca terminan. Lo que ha salido de allí está irrevocablemente invertido.

Se rasca la cabeza, buscando un pensamiento. Intenta palpar el camino hacia su cerebro, meter los dedos y arrancar la enfermedad. La caspa cae de sus uñas a sus hombros, y tiemblo al pensar en los copos de nieve.

—Voy a contar las ventanas…

—Sí —digo—. Cuenta las ventanas, pero esta vez no te apures.

Mi padre no sabe cómo vivir, pero por eso mismo no renuncia a la vida.

—Si me dejas descansar —le digo—, esta noche sacaré al perro de la vecina y los pasearé durante el toque de queda. —Le señalo con el dedo—. ¡Pero solo alrededor del edificio!

Me aplaude y va al dormitorio.

Ha pasado una década desde que mis padres emprendieron la búsqueda de la felicidad. Yo tenía diez años, y a esa edad los adultos tienden a ignorar que los niños tienen opinión propia. Para mis padres, la olla de oro al final del arcoíris estaba enterrada en una pequeña ciudad de la costa suroeste de Noruega: llegamos seducidos por las historias del compañero de trabajo de mi padre, también cerrajero.

Cuando fui a empezar la secundaria nos mudamos a las afueras de Oslo. Pero la demencia prematura de mi padre y una vida sin sol quebraron a mi madre. Me rogó que le cuidara su habitación con la máquina de coser, porque volvería algún día. En cuanto respirara un poco.

Era fundamental que no dejara entrar a papá allí. Temía que se alterara aún más; en la habitación estaban todas sus cosas, pero ninguna en su sitio: como en la fuente misma del Alzheimer.

 

Al día siguiente me siento en el mismo banco, pero esta vez como un sándwich de hummus y tomates cherry. Llevo la mascarilla sujeta al tobillo izquierdo porque no tengo otra. Dos chicos rondan los aparatos de ejercicio, pero diría que ninguno es el de ayer. Tampoco está mi conocido. Sigo masticando sin sentir el sabor; pienso que quizá me contagié. Cuando tomo el último bocado, una figura se sienta a mi lado. Giro la cabeza… y casi me desmayo.

A mi lado hay una persona vestida como un médico de la peste medieval. Una capa negra como el alquitrán, de lona encerada, le llega casi hasta los tobillos. Lleva un sombrero de ala ancha, y en las manos unos guantes cuyos dedos se aferran con fuerza a un bastón de madera rematado en una cabeza de león plateada. Su rostro está oculto tras la máscara del pico curvado donde se ponen hierbas aromáticas. Pero detrás de los cristales reconozco los ojos gris verdosos.

—Hola —digo—. No pensé que nos encontraríamos tan pronto.

Miento torpemente; creo que percibe esa resonancia mínima de falsedad en mi voz.
Él toma la máscara y se la quita del rostro, pero no puedo ocultar mi decepción al ver que debajo lleva otra, parecida a la de ayer.

—Le contaré una historia —dice con voz segura, arrogante, y yo, aunque herida por esa soberbia, no hago nada para detenerlo. Podría tomarme si quisiera, solo tendría que estirar la mano.

—Entre los nórdicos está muy extendida la leyenda de Pesta: una anciana que camina llevando una escoba. Sin embargo, encontrarse con ella es la última experiencia en esta tierra. Imagino que lo intuye: Pesta es la personificación de la muerte, y su misión es barrer vidas humanas con esa escoba.

Hace una pausa, quizá para dar dramatismo, o porque los dos chicos nos miran. Uno de ellos señala hacia aquí.

Conozco la leyenda de Pesta; de niña aprendí también la rima:

Pesta, Pesta,

háganle lugar,

que si agita su escoba,

todos mueren al instante.

—En la Noruega occidental se extiende el valle de Jostedal —continúa el médico de la peste—. Antaño era un lugar muy aislado y alejado de otros asentamientos. Durante la peste, los más acomodados huyeron allí, cortando casi todo contacto con el exterior. La única comunicación eran mensajes dejados bajo una piedra. Esa piedra existe aún hoy y la llaman la Piedra de las Cartas. Pero aun con todas esas precauciones, la peste penetró en el poblado y mató a todos, excepto a una niña. Ella sobrevivió al desastre, y más tarde se casó y tuvo hijos.

—No es precisamente un cuento para dormir —comento con sarcasmo.

Mi narrador no presta atención a lo que digo: observa a los dos chicos. Aunque están lejos, siento cómo la tensión densifica el aire entre nosotros; solo falta una chispa para que se encienda.

—Vámonos —lo tomo del brazo. El tacto es extrañamente normal, como si los guantes tuvieran textura de piel humana.

—¿Irnos?

—Sí —digo—. Quiero presentarle a alguien.

 

De niña llevaba a casa perros callejeros o gatos que encontraba cerca de los contenedores. Una vez traje un pájaro herido que vivió apenas un día, lo que me entristeció muchísimo. Mis padres generalmente guardaban silencio ante mis estallidos de empatía, y cuando mi entusiasmo pasaba llevaban los animales a un refugio.

Encuentro a mi padre en el salón. Ha volcado palillos sobre la mesa y los ha separado en dos montones aparentemente iguales, tomando uno de cada pila y devolviéndolos a la caja. Le doy palillos cuando quiero que me deje tranquila más rato; por eso compré el paquete más grande.

—Veo que estás entretenido, papá —digo, imaginando que los encontró él mismo. Él mira por encima de mí: observa al visitante que traje.

—Pájaro —dice, señalando con el dedo—. ¡Paaaaájaro graaaande!

No estamos en Plaza Sésamo. Este no es aquel Gran Pájaro.

—Haré café —digo.

Mientras me muevo alrededor de la cafetera, oigo a papá explicarle al médico de la peste su problema con contar ventanas. Él le responde, pero no entiendo nada porque la máquina hace ruidos como si fuera a explotar. Aun así, me sorprende lo rápido que han establecido comunicación.

Me toma unos diez minutos preparar tres tazas. Las coloco en una bandeja sobre un tapete de ganchillo de mamá. Cuando entro al salón, encuentro lo siguiente a mi padre frente al espejo. Solía pasar horas peinándose el cabello, que debido a ese hábito repetitivo se ha vuelto notablemente ralo. De vez en cuando, sin motivo, recitaba de memoria los horarios del metro o describía a una persona que acababa de pasar detrás de mí. Sus observaciones eran tan precisas que con el tiempo empecé a temer que nuestra habitación se hubiera convertido en una estación de tránsito para las almas de los muertos.

Ahora, mi padre está ante el espejo vestido como un médico de la peste. El visitante le ha dado su máscara, sombrero, capa y guantes, quedándose él en pantalón y camiseta negros.

La indumentaria del doctor le queda enorme a papá, y la escena adquiere un tono grotesco cuando empieza a batir los brazos, como si fuera a volar. Emite un graznido extraño, de un ave extinguida. Cuando se vuelve, noto que una de las ventanas está completamente abierta. Corre hacia ella y se arroja.

Ni siquiera alcanzo a sobresaltarme antes de que un golpe sordo llegue desde abajo.

Libre como un pájaro...

Una corriente se cuela en la habitación y levanta el polvo de las esquinas.

Me doy vuelta.

—Entras donde incluso los arcángeles temen pisar —digo con voz aparentemente severa—. Supongo que ahora viene la habitación de mamá…

Pero lo único que encontrará ahí es un cuerpo cuyos pies descalzos quedaron en las zapatillas de fieltro. Me aseguré de que no nos abandonara; no sabría cómo arreglármelas con la enfermedad de mi padre sin su callado apoyo.

La figura me mira fijamente sin decir palabra. Intuyo que no fue ayer la primera vez que nos vimos, y que al verme descubrió a ella: la niña de Jostedal.

Si una vez sobreviví a su encuentro, no tengo nada que temer. Me llevo la mano a la máscara.

—Pesta… —susurro, y me la quito.

Pero tras la máscara no hay un rostro de anciana. Me preparo para decirlo, cuando un pañuelo –sacado quién sabe cuándo– se enrolla en torno a mi cuello. El apretón es tan fuerte que destellos blancos se encienden en las comisuras de mis ojos y el rostro frente a mí empieza a desvanecerse a medida que la presión aumenta.

Pero aunque mis ojos ya no reciben imágenes, los sonidos siguen llegando, y además de mi respiración entrecortada oigo cómo su risa crece y poco a poco ahoga el eco de la habitación.

Ivan Nešić (Belgrado, 1964). Desde 1982, publica ficciones que han aparecido en numerosas revistas y antologías. Escribió los libros de relatos Rigor Mortis (1997), One on One (2009) y Somewhat Scary Stories (2023). Es autor de las novelas Under the Mistletoe (2019) y Đavolski dobar blues (2022), y coautor de la duología The Florentine Doublet (Sfumato, 2020; Kjaroskuro, 2021) con Goran Skrobonja. Es ganador del premio de la Sociedad de Amantes de la Fantasía "Lazar Komarčić" por el cuento "Trick or Treat" en 1996, el premio de la revista Književna fantastika en 2017 por el cuento "Voces en plástico" y el premio Zlatni Refesticon Avatar por la colección Some Scary Stories (2023).


 

ARNO

Dalmira Tilepbergen

 

Cada vez que mamá queda embarazada, todos esperan un hijo varón, y salimos nosotras.

—Esta vez sí será un niño. Lo siento —dice mamá.

Papá suspira.

—Dios quiera. No tengo otro deseo. Papá le entrega a mamá un pequeño alchik blanco, ese hueso pulido del tobillo de un cordero que se usa como talismán para atraer buena fortuna, sobre todo para propiciar la llegada de un varón—. Esto es para que sea varón —agrega sin necesidad.

Aquí está, ya tengo el alchik blanco. ¡Lo robé! Es que yo también quiero ser hijo…

Soy Arno, tengo siete años. En la colina, entre las montañas, está nuestro campamento. Mamá ordeña yeguas. Tengo cinco hermanas: dos mayores que ayudan a mamá, y tres menores que juegan con los potrillos. Odio los vestidos. Me visto como niño. Escondo las trenzas bajo una gorra. Le pido a papá que me fabrique una lyanga, la honda de los pastores. Pero él me regala una muñeca casera sin rostro.

—Dibújalo tú. Eres mi artista.

La rompo y la tiro entre los arbustos. Papá se entristece. No importa, pronto me crecerá el pene y me convertiré en una persona.

Los susliks, esas ardillas de tierra que excavan como si conocieran los túneles del mundo subterráneo, hacen madrigueras en el cementerio. Allí están nuestros antepasados. Todos rezan a sus espíritus, fríen borsok, sacrifican un caballo.

Yo escribí un deseo en un papelito, lo puse en la madriguera de un suslik y le pedí que llevara la carta a los antepasados. Para mí, como para muchos niños aquí, los animales pequeños son mensajeros confiables. La vez pasada les pedí dientes nuevos. ¡Mira, mira! ¡Ñeeeee! Y si los dientes crecieron, entonces mi pene también crecerá. Mi nombre completo es Uularno: significa “Consagrada al hijo”.

En la cultura nómada, a veces se les dan a las niñas nombres “engañosos” o humildes para confundir a los espíritus y proteger el nacimiento futuro de un varón. Mi hermana mayor es Sandajok, “no está en la lista”, para que los espíritus no la cuenten ni se fijen en ella. La segunda es Burul, “vuélvete y tráenos un varón”, un ruego directo al destino. Las gemelas se llaman Adashkan, “la extraviada”, y Janilgan, “la equivocada”, nombres pensados para desviar la mala suerte o el interés de los espíritus. La menor es Uulkelsin, “ven, niño”, un nombre que prácticamente clama por el hijo esperado.

A los varones no les ponen estos nombres. Aunque nazcan diez. Nunca les dirán “Error” ni “Extraviado”. Por eso yo quiero ser niño… quiero ser una hija deseada.

Nuestro valle se llama Pino Solitario. Llegué aquí con el abuelo a caballo. Mamá y mis hermanitas vinieron con las cosas en helicóptero. Papá había traído el rebaño antes, cruzando el paso. El paso daba miedo. Un sendero angosto, rocas como muros, y al otro lado un precipicio donde el río, invisible, solo ruge. Si miras arriba, te marea la cabeza; si miras abajo, el corazón se te sale del pecho. Cerrar los ojos también da miedo…

Pero el abuelo está acostumbrado.

—Confío en ti, Sarala —dice—, nuestras vidas están en tus manos, y tú en las de Dios.  —Y suelta las riendas.

Sarala es la yegua del abuelo, una alazana fuerte y serena. Aquí los caballos tienen un estatus casi humano: se les confía la vida en pasos peligrosos porque conocen mejor que uno el camino. A mí me gustaría llamarme Sarala. Yo también soy pelirroja. Mejor un nombre de caballo que uno que me entregue a un hermano que ni existe.

—Mira allá —dice el abuelo. Veo a papá a lo lejos, esperándonos en la cima. Quiero ser valiente—. Cuando no hay nieve, el paso no da miedo —agrega.

El verano termina. Vagando entre las montañas encontré este campo de amapolas escondido. Se convirtió en mi lugar secreto. Pero hoy allí está papá. A través del temblor rojo de las flores lo veo apuntándole con el rifle a un adicto flacucho.

—Quitarás tu opio de aquí o mi rebaño lo pisoteará.

—Soy poca cosa —dice el hombre—. Cuido este campo por un poco de janka, nada más que unos gramos de heroína. Sé que es mejor no meterse con los dueños.

No entiendo a papá. Las flores son hermosas. Pero oigo la palabra janka y me río. Carcajeo. Papá me ve. Está fuera de sí. Me levanta como si fuera una muñeca.

—¿¡Y tú qué haces aquí!?

Entonces vomito.

De noche desaparece el rebaño.

Mañana. Papá está sentado en la yurta limpiando el rifle. Está inquieto.

Mamá lo reprende.

—¡Fue por las amapolas! ¿Para qué fuiste allí?

—Ojalá hubieras parido un hijo —dice papá y sale.

Me corto las trenzas y corro tras él.

—Yo seré tu hijo, papá, ¡no te vayas!

Papá me aparta:

—¿Qué te hiciste? ¡Nunca serás un niño porque eres una niña!

Y entiendo que mi pene nunca crecerá. Los susliks mienten. Las palabras de rabia se me escapan solas.

—¡Pues vete! ¡No necesito un papá!

Papá se va y no volveremos a verlo con vida.

Sueño que el Pino Solitario arde. Los susliks corren alrededor y gritan: “No es culpa nuestra”.

Me despierto con el grito de mamá.

Mis hermanas lloran.

—¡Papá! ¡Papá!

—Han quedado huérfanas, ya no tienen padre. —Mamá nos abraza.

Los pastores vecinos desmontan la yurta y cargan los fardos en los caballos.

Visten el cuerpo de papá con ropa negra. Me estremezco al ver su rostro envuelto en el sudario. Así se traslada a los muertos cuando no hay posibilidad de enterrarlos de inmediato en alta montaña.

Huyo.

Encuentro la muñeca tirada entre los arbustos. Quiero arreglarla. Las ramitas rotas no encajan. La cabeza es blanca. Le dibujo un rostro. Me tiemblan las manos. Ojos torcidos. Lloro.

—Perdón, papá.

Los pastores murmuran.

—El rifle se disparó solo.

—Lo mataron.

—Fue un accidente.

El abuelo rompe el rifle contra una roca.

—Mi hijo no se quedará aquí.

Comienza una tormenta. El helicóptero no llega.

La gente sienta el cuerpo de papá sobre un caballo, lo apuntala con horcones y lo amarra a la silla.

Es tradición: en pasos remotos, el difunto viaja erguido en su montura. El viento agita la crin del caballo y los cordones de las botas de papá.

El rebaño regresa. Los caballos pasan en fila junto al cuerpo, como si se despidieran.

Emprendemos la trashumancia. El rebaño se dirige al paso. Abandonamos el campamento. El abuelo y los pastores llevan a mis hermanas. Yo voy en un caballo, detrás de mamá.

Es incómodo sostenerme en su vientre enorme. Miro hacia adelante, hacia el cuerpo de papá. Va como si estuviera vivo.

La caravana avanza. La gente suelta las riendas, confiando sus vidas a los caballos, como siempre en los senderos peligrosos. Las pezuñas pisan huella sobre huella en el sendero angosto.

Tormenta de nieve en el paso. A mamá le empiezan los dolores.

Quisiera convertirme en lagartija y esconderme bajo una piedra del viento helado y los gemidos de mamá.

Pero la abrazo fuerte por detrás y le pongo en la mano ese alchik blanco, el mismo talismán que se reserva para los hijos varones. Mamá aprieta mi mano.

El sendero se ensancha un poco, formando una explanada pedregosa. Allí llevan a mamá. Yo susurro a los espíritus de los antepasados, que viven en las montañas y a quienes siempre se recurre en momentos decisivos:

—Que sea un niño. Me consagro a mi hermano.

Llanto de bebé.

El abuelo sonríe.

—No necesito más de la vida.

La tormenta amaina. El Pino Solitario vuelve a verse en el paso. Lo miro y otra vez me parece que es papá.

La caravana sigue. La nieve cubre el paso como un sudario y ahoga el rugido del río.

En el silencio tintinean las riendas sueltas.

Dalmira Tilepbergen nació en 1967. Tiene formación en poesía, periodismo y cine. Sus escritos han sido traducidos al alemán, chino, inglés, finlandés, azerbaiyano y tayiko. Dalmira también es la actual presidenta de PEN Asia Central, la asociación mundial de escritores. En 2014, PEN Asia Central albergó el 80.º Congreso Internacional de PEN en Biskek, bajo la coordinación de Dalmira. Más de 250 escritores de todo el mundo visitaron Kirguistán durante dicho congreso. También es cineasta. Su último largometraje, Bajo el Cielo, se ha proyectado en festivales de cine de Canadá, Rusia, Bangladesh, Kazajistán, Japón, Turquía, India, Sri Lanka y otros países, y ha ganado varios premios. En 2015, en Montreal, su película recibió el apoyo del jurado y fue nombrada mejor ópera prima. Es fundadora de la nueva organización benéfica "Asian Peace Foundation".

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO