jueves, 4 de diciembre de 2025

DIMENSIONES

Tatjana Milivojčević

 

La tercera dimensión de la realidad.

Las personas que habitan la tercera dimensión de la realidad solo ven el mundo material al que atan sus emociones y opiniones. Sin embargo, existen cosas que ellos no ven…

 

“La vida, sea como sea, es mejor que la fantasía, de la misma forma que la salud es mejor que la enfermedad.” Iván Serguéievich Turguénev.

 

Ambulatorio Covid, antigua área de Urgencias.

Este virus es como Dios. Se cuela en cada poro de nuestras vidas, se instala, se acomoda. Y luego acecha y atrapa a sus víctimas. Nadie sabe si ella será la siguiente.

En el hospital ya no hay nada más urgente que él. De pronto, como si todas las demás enfermedades hubieran desaparecido; fuera del coronavirus ya no existe nada. Está en todas partes.

Somos doce en la sala de espera, si es que puede llamarse así. El garaje donde antes las ambulancias traían a los heridos graves y moribundos se ha convertido en ambulatorio covid. Ahora casi nunca traen a nadie; la mayoría entramos por nuestra cuenta, nos estacionamos como coches viejos en las sillas y esperamos a que nos llamen. Y no tenemos ni idea de dónde tendremos que ir después, qué será de nosotros. Lo sabremos sobre la marcha. Porque aquí el personal sanitario casi siempre calla. Y se apresura.

Nos miramos, como si intentáramos leernos la mente unos a otros. Como si en la mirada quisiéramos descubrir si el otro está mejor o peor que nosotros, o que aquellos a quienes hemos traído como acompañantes.

Milica tiene fiebre. Es asmática, usa inhalador; Flixotide a diario, Berodual durante las crisis. Por eso estoy fuera de mí. ¿Y si tiene coronavirus? Dicen que los como ella pertenecen al grupo de riesgo. Una avalancha de pensamientos negros me recorre mientras me hundo en sus ojos negros como el hollín…

Intento convencerme de que no es nada grave y que todo saldrá bien, pero no lo consigo. El estómago se me anuda. Como si los intestinos se enredaran y el estómago, como si me hubiera tragado una piedra. Sudo. Me tiemblan las manos. ¡Dios, que no le pase nada!

La mascarilla me asfixia. Necesito aire fresco. Siento que una sola inhalación profunda me devolvería las fuerzas. Soy como una leona herida, pero lista para saltar. Seré más rápida que la enfermedad, seré más rápida que la muerte. No dejaré que ninguna de ellas toque a mi hija. Que me lleven a mí.

En la silla junto a la puerta del consultorio, una mujer flaca, de mediana edad, lleva un traje gastado, dos tallas más grande, que la hace parecer mayor. Aprieta contra el pecho a una niña de unos trece años. Los dedos se le han puesto blancos de tanto sujetarla por los hombros, como si temiera soltarla. La niña no deja de toser.

El personal del hospital cruza el pasillo. Están apresurados, serios, cansados y asustados. La mirada perdida, como si miraran a ninguna parte.

Ninguno de ellos ve la densa nube negra que flota encima de sus cabezas…

De la oscuridad brotan decenas de cabezas, cada una con mandíbulas abiertas llenas de dientes perlados y negros. Las quijadas castañetean en silencio. Parecen criaturas que deliberan a quién devorar.

Cuellos largos y nebulosos empiezan a enroscarse alrededor de los pechos y cabezas de la gente.

La neblina negra se desliza por la nariz de la niña de trece años.

 

La cuarta dimensión.

En la cuarta dimensión de la realidad, las personas se perciben como “despiertas”, y trasladan sus necesidades del mundo material hacia la búsqueda de conocimiento y del sentido. Pero aún no se han liberado del “ego” ni del juicio hacia los demás. Poseen intuición desarrollada y tienen ideas.

 

“A un hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: elegir la actitud personal que tomará ante cualquier circunstancia, elegir su propio camino.” Viktor Frankl.

 

Ingreso Covid. Tercer piso del hospital general. El pasillo lo separa del departamento de Psiquiatría.

La tos me está matando. No pasa un minuto sin que tosa. Me desgarra los pulmones. No hay flema, solo una tos seca y áspera. A mi alrededor hay pacientes covid leves y graves. Sombríos, mortalmente serios, con los ojos desorbitados. Como si nos hubiéramos transformado en ojos. Y dentro de ellos no hay nada más que miedo.

No estoy asustado, aunque los médicos dicen que la inflamación ha afectado ambos pulmones. Yo sé lo que ellos no saben: estaré bien. La intuición es mi punto fuerte. Lo siento: será duro, llevará tiempo, pero al final saldré victorioso.

No soy de los que dicen que el coronavirus no existe, que es un invento; pero el pánico lo supera todo. Sé lo que está pasando. A menudo les digo a mis alumnos que yo sé, mientras ellos aún están aprendiendo. No me considero un ególatra; simplemente, yo estoy en un camino y ellos en otro. Cada uno crece a su ritmo. Pero el pánico lo ahoga todo. También el crecimiento.

Y mi crecimiento se detuvo. Como una tortuga, me metí en mi caparazón y no dejo entrar a nadie. Siempre enfrento mis problemas solo. Ya me imagino la diversión que tendremos el coronavirus y yo. Por ahora, uno a cero para él. Pero ahora es mi turno. Bajo el caparazón no hay lugar para dos.

Aquí reina un miedo primordial a la muerte. Es palpable y pegajoso. Basta con sentarte cerca de alguien y su miedo se te pega como un chicle, y luego cuesta quitártelo. En mí solo hay un grano. Solo temo que me conecten a un respirador. He oído que pocos salen vivos.

En el hombro derecho del profesor, un ángel frunce el ceño. Pesado este hombre suyo. Aunque va por buen camino, siempre se hunde de nuevo en la tercera dimensión. ¿Cuántas señales necesita para entender que no debe volver a lo de antes? Es cierto que está despierto e iluminado, pero es irritantemente engreído. No se moverá pronto de este escalón del desarrollo, piensa el alado.

 

La quinta dimensión.

En la quinta dimensión de la realidad todo es uno, y uno es todo. Las personas sienten una profunda conexión con todo y con todos. La energía de las emociones se expande como un virus. Llega el despertar.

 

“Cada día es como una pequeña vida: todo despertar es un pequeño nacimiento, todo descanso y sueño es una pequeña muerte.” Arthur Schopenhauer.

 

La sala de respiradores.

Semipenumbra. El aire huele a alcohol y a yodo. El sonido de las máquinas es aterrador, recuerda al gruñido de un perro rabioso.

La mitad de los pacientes está en coma inducido, la otra mitad está despierta y consciente. Algunos reciben oxígeno. Ya sea por la luz azulada o por la enfermedad, la piel que asoma bajo las sábanas es casi gris. Están todos muy delgados.

El personal camina en silencio, casi de puntillas. Incluso la alarma está disminuida. Su sonido provoca terror. Cuando se enciende, es señal de emergencia. Significa que una vida se apaga. Y entonces estalla el caos.

Lúcidos pero urgidos, los camilleros esconden con sus cuerpos al moribundo mientras luchan por la chispa de vida que queda en él. Los que están despiertos se hunden bajo las mantas o giran la cabeza, como si así pudieran protegerse. Y esperan que todo termine.

En la cama del rincón derecho, una anciana. Debe rondar los setenta y cinco. Su piel no es gris como la de los demás, sino completamente blanca. Respira con dificultad, a pesar de estar conectada a oxígeno.

Ha escuchado la alarma siete veces y ha visto cuatro cuerpos en bolsas. Las bolsas vacías están ordenadas en una mesa del otro extremo. Las mira todos los días. ¿Irá ella a una de ellas?, se pregunta.

Aún no, le llega una respuesta, de algún lugar, a su conciencia.

No se sorprende: sabe que existen seres que el ojo humano no ve. Siempre ha podido sentirlos y oírlos, y a veces verlos.

La anciana está llena de amor. Incluso a estas personas con las que comparte la sala de respiradores, las ama, aunque no conozca a ninguna. Sin embargo, no intenta sanarlas, aunque puede hacerlo. No porque no quiera, sino porque le dijeron que no debe. Ellos están en su camino de cambio de conciencia, ella en el suyo. Su tarea ahora es solo observar.

La enfermedad le fue dada para que su alma creciera y madurara. Quienes la conocen dirían: “¿Puede ser mejor de lo que ya es?” Sí. El ser humano siempre puede ser una versión mejor de sí mismo. Si está dispuesto a crecer. Y si quiere.

Aunque en el cuerpo de una anciana, su energía es fuerte como un volcán en erupción, y limpia. La vejez huele mal, pero ella huele a siempreviva y albahaca.

Lucha por el aire. Intenta respirar despacio.

En el cielo, de pronto surge alguna nube negra, como una semilla, y como una semilla brota y crece, cubre toda la ciudad en lo que dura un parpadeo. En la sala, la luz tenue mantiene a raya la oscuridad. La respiración de la anciana se ha estabilizado un poco. Parpadea inquieta mientras cae en el sueño.

Los sueños engendran monstruos. Así también, sobre su cama, una sombra extraña, ondulante, se expande desde la pared hasta el cabecero. Nada en ella es reconocible, amorfa, sin brazos ni piernas, sin garras ni dientes, y sin embargo…

La sombra toma forma. Una figura femenina estilizada –o al menos parecida a una mujer bella–, con largo cabello alborotado que va de un lado a otro sobre la cama. Gira la cabeza como un globo terráqueo en clase de geografía, buscando: ¿a quién? Y entonces estira un brazo, como una serpiente amazónica, y con sus garras golpea a un hombre corpulento de mediana edad. Él ya estaba en coma, así que podía hacer con él lo que quisiera.

La anciana despierta y se incorpora lentamente. La figura oscura huele alrededor del durmiente. Mientras mueve la cabeza de un lado a otro, la anciana distingue su rostro: un rostro que solo podría describirse con una palabra: terror. El cuerpo se le paraliza. ¡Ni el meñique puede mover!

Los dientes afilados dominan la cara. En lugar de ojos, dos abismos oscuros. Su sonrisa vibra como una cuerda de tambura, una sonrisa acusadora, al parecer, porque enseguida las fauces se hunden en el cuello del moribundo. La sombra se tiñe de sangre. La alarma suena. La anciana se desmaya.

Por la mañana no recordará nada, piensa el ángel guardián. Mejor para ella. De lo contrario, difícilmente sostendría su lema de que el amor está en todo y en todas partes.

 

El punto cero.

El punto cero es el puente entre nuestra imaginación y la realidad, y el espejo donde se reflejan todos nuestros pensamientos y creencias. Bregden, G. La matriz divina.

“Al tiempo hay que someterse.” Proverbio latino.

 

Hoy es un día difícil para el personal de psiquiatría. Cinco ingresos son demasiado para un solo técnico. La gente, en estos tiempos, está muy inestable psicológicamente, piensa el técnico de treinta años. ¿Y cómo no estarlo, con un virus mortal rondando? Todos están asustados, por sí mismos y por los suyos. Incluso los mentalmente sanos se vuelven depresivos, porque a esta maldita pandemia no se le ve el final.

Los pensamientos le revolotean mientras reparte la medicación. Solo falta preparar las dosis para el turno de la mañana y podrá descansar. Al entrar en la sala de terapias, ve a la limpiadora. Empuja un carrito de limpieza. Abre la puerta con la mano izquierda. La deja de par en par; luego volverá a cerrarla. Por seguridad, todo debe estar con llave.

El teléfono de la limpiadora cae al suelo. Al agacharse para recogerlo, con el rabillo del ojo ve una figura que sale corriendo por la puerta y desaparece en las escaleras que llevan al desván. Seguro es una enfermera que, como ella, sube al techo a fumar, piensa. Volverá a comprobarlo cuando deje el carrito.

En la azotea del hospital, justo al borde, un hombre en pijama. Mira hacia la calle ciega. Desde ese ángulo puede ver su final. Cercada por muros en tres lados. Le recuerda a una prisión, o a un ataúd, quizá también a una caja donde depositará su cuerpo como un regalo. La vida es un regalo; ¿por qué la muerte no habría de serlo?, piensa, sonriendo.

El frío lo asfixia desde que nació. Casi palpable y duro como el cemento. En la cara de su padre, que lo golpea por enésima vez sin piedad. En el corazón de su madre, que lo mira indiferente cuando llora por una rodilla pelada. En el ojo de su esposa cuando le dice que lo deja porque se ha enamorado de otro tipo.

Cemento y hueso son lo más duro. Nada los atraviesa, piensa. Pero este virus ha logrado colarse en sus huesos, perforar su cráneo y convertir su cerebro en papilla. Ya no puede soportarlo.

—¡Soy un pájaro! Mis alas son suaves, blancas, translúcidas. —Levanta los brazos a la altura de los hombros—. Mi hogar es el gran cielo azul. ¡Estoy volando! —grita y se lanza al vacío de cemento.

Rojo y gris. Vida y muerte. Hombre y cemento.

Y entre ambos: miedo.

Tentación.

Esperanza.

Y el virus.

Los relatos y poemas de Tatjana Milivojčević han sido publicados en antologías de festivales de la región, así como en numerosas antologías, revistas y sitios web (Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Croacia). En 2015 publicó el libro de cuentos infantiles Historias interesantes desde la Habitación S, editado por la Biblioteca “Gligorije Vozarović” en Sremska Mitrovica. En 2023 recibió el tercer premio literario internacional “REFESTICON Avatar” por su libro de relatos fantásticos Tierra inexplorada, galardón otorgado en el marco del proyecto “REFESTICON”. En 2024 publicó la colección de poemas de amor Canción en la piedra, editada por “Pendulum” de Zenica.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

RETRATO DE CHICA CON LEICA

Franco Ricciardiello

 

“Imposible cumplir veinte años sin haber visto París”. Esta frase que su padre repitió durante meses, acompañada de los recuerdos de un viaje similar a principios de los ochenta, convenció a Fabio para poner rumbo a la capital francesa, como mochilero. El tren Eurocity lo deja en la Gare de Lyon en pleno otoño, con todos los árboles de los parques y boulevards coronados de ocre y carmín. Tilos, arces, robles. Al cabo de cuatro días, se encuentra bajo los fresnos del paseo del Sena, al otro lado de los jardines de las Tullerías, donde a la sombra del museo de Orsay crece musgo en las grietas del pavimento: la visita al templo de los impresionistas es obligada, según papá.

Pero al entrar, la atención de Fabio se desvía hacia el cartel de una exposición temporal con el pegadizo título: L’Orient n'est pas rouge. L’Union Soviétique en noir-et-blanc. Debajo, una foto de época que siempre le ha provocado fuertes emociones: el blanco y negro de una chica con un traje claro sentada tal vez en la sala de espera de una estación, iluminada por la escasa luz a través de una reja de hierro que dibuja una filigrana de diminutos cuadrados. De niño, Fabio descubrió esta imagen en uno de los libros de su padre, una colección de los grandes fotógrafos de los años 30; con el paso del tiempo no se ha cansado de mirarla, es casi su secreto: cuando le apetece fantasear, se encierra en la biblioteca de su casa y abre el volumen. La chica de la foto mira a la derecha, fuera de cámara, y lleva un objeto sobre el hombro que sólo queda claro por el pie de foto: Aleksandr Rodčenko, Chica con Leica.

Fabio compra una entrada para la exposición fotográfica, entra de impulso y se queda helado. Su corazón empieza a latir deprisa. Frente a él está sentada la chica de la Leica en carne y hueso, la luz brumosa del quai exterior se filtra a través de una alta reja en la sala de espera del ferrocarril. Antes de convertirse en museo, el Orsay era una estación, así que ¿por qué no iba a haber una sala de espera para pasajeros? La chica le devuelve la mirada, como sorprendida de verle de pie frente a ella; levanta la Leica, apunta el objetivo hacia Fabio y hace la toma. Inmediatamente después entra otro espectador, levanta una cámara digital y capta la escena. En un instante se rompe el hechizo: Fabio se da cuenta de que el traje es ligeramente distinto al de la foto, el cuello está abotonado hasta la garganta y las mangas hasta las muñecas, pero el dobladillo de la falda es más corto. La chica no es una alucinación, sino una modelo de una instalación en vivo de Leica, patrocinador de la exposición. Fabio pasa junto a la chica, que le sonríe; podría tener la misma edad que él; tiene los ojos claros y el pelo negro con reflejos casi metálicos.

Fabio permanece unos minutos bajo el conjuro de la foto materializada y luego se deja cautivar por las estampas expuestas. Ya se ha dado cuenta de que el blanco y negro le atrae más que el color: le permite centrarse en la composición en lugar del tema, en la forma en lugar del significado. Hay mucho de Rodčenko: pirámides de atletas en la Plaza Roja, jóvenes pioneros con el pañuelo del Komsomol, un evocador Intervalo en el circo; luego las instantáneas de bajo contraste de Arkadij Šaikhet, su asombroso Joven comunista manejando el volante, macros de engranajes mecánicos de Boris Ignatovič, los temas étnicos de Max Alpert y Georgij Zelma. Y de nuevo, Anatolij Skurikhin, Arkadij Šiškin, Georgÿ Petrusov, Semion Fridland, Iakov Khalip, Ivan Šagin. Diez años en la vida del país más grande del mundo: los grandes almacenes Gum, las formaciones de tractores en las tierras colectivizadas, los stajanovistas con el entusiasmo en los brazos, la llegada de la electricidad a los koljoses, la colocación de traviesas de ferrocarril, las manifestaciones de las mujeres musulmanas el 8 de marzo, los marineros de guardia en los buques de guerra, las escuelas de pueblo, los matrimonios en el registro civil, Šostakhovič dirigiendo una orquesta. Toda la epopeya del socialismo en un solo país, todo excepto lo que realmente permitiría comprender: ni rastro de colas ante las tiendas, gulags o prisiones donde durante años se siguió fusilando a la gente sin parar. En primavera, Fabio se presentó a un examen sobre la Unión Soviética en los años treinta, convencido por su padre, profesor de Historia Contemporánea en la Facultad de Letras Modernas.

Cuando llega al final de la exposición fotográfica, en final de la tarde, ya no hay tiempo para ver todo el Museo de Orsay. Más bien, en el último piso del edificio hay un café-restaurante, y se le antoja una crème brulée. Fabio pasa entre las mesas para ojear los platos, y cuando levanta la vista se encuentra bajo un monumental reloj de pared visto al revés, como en un espejo: era el de la antigua estación de ferrocarril, construido para ser mirado desde fuera. Las esferas de minutos y segundos tienen varios metros de altura, siluetas negras contra un marco de hierro y cristal; toda la luz natural de la sala del restaurante pasa a través del instrumento de cristal esmerilado, que la polariza en una radiación blanca y gris como en las fotografías de Šaikhet.

Conteniendo la respiración, la niña de Rodčenko está sentada bajo el reloj, frente a una porción de tarte tatin y una taza de café. Ella está de espaldas, hacia las inmensas manecillas que marcan las 16.40; Fabio se acerca como hipnotizado por la escena irreal, ella levanta la Leica que aún lleva al cuello y encuadra a un camarero que se mueve rápidamente entre las mesas. La foto muestra una silueta que apenas se mueve frente a la enorme esfera del reloj.

—¿Hay realmente película dentro de esa Leica? —pregunta Fabio de pie frente a su mesa, en un inglés tosco. No ha estudiado francés porque, según papá, es una lengua secundaria.

La chica responde en perfecto italiano.

—No es una Leica de verdad, es una copia rusa de telémetro de los años treinta. —Y le enseña la cámara, que parece muy desgastada: metal dorado en lugar de cromado, una estrella roja en la tapa del objetivo. De hecho, no hay ningún logotipo de Leica, sino una inscripción que Fabio sólo puede descifrar porque estudió el alfabeto griego en el instituto: Сталиней, Stalineij. —La mayoría de las fotos que se veían en la exposición eran obra de una Fed como ésta —explica—. Lo llamaban “el Fed de Stalin”.

—Pero, ¿por casualidad eres estalinista? —pregunta Fabio impulsivamente, dándose cuenta de que es lo más estúpido que podía decir.

—Tengo entendido que ni siquiera los nietos de Stalin son ya estalinistas —responde ella, molesta.

Termina la crème brulée y él también pide una tarte tatin. En los minutos siguientes se entera de que la chica es italiana como él, que está en París unas semanas con su hermana, que estudia en la Sorbona con el programa Erasmus. Se llama Nada y ha aceptado este trabajo de modelo porque un profesor de la universidad afirma que es idéntica a la chica de Rodčenko.

—Solo que más delgada —señala.

Las manecillas marcan ya las 17:30 cuando Nada le interrumpe

—¿Te has dado cuenta de que hablas más de tu padre que de ti mismo?

Se siente picado, se alegra de que la luz sea tan escasa porque no le verá sonrojarse. El café cierra, el museo también; Fabio transcribe el número de Nada en la agenda de su móvil, y unas horas más tarde, tumbado en la cama del hostal, se queda mirando al techo pensando en ella. ¿Llamar o no llamar? ¿Quizá un simple mensaje de texto menos exigente? Le duele el comentario sobre su padre.

Pasa la noche en vela, pero no llama, ni tampoco al día siguiente. Ni siquiera telefonea a sus padres hasta que vuelve a casa cuatro días después. Papá está furioso, Fabio mira en silencio al techo, donde proyecta mentalmente imágenes de su viaje a París. Se pone en contacto con Nada, que sigue en Francia, pero ella le envía por correo electrónico la foto que le hizo a la entrada de la exposición, cuando iba vestida de modelo de Rodčenko.

Al día siguiente, Fabio solicita el cambio de facultad. Ahora estudia Ciencias Físicas y Naturales, como siempre había querido.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

  

SANACIÓN DEL DOMINGO

Nataša Milić

Una tarde perezosa, estirada. Domingo, siempre domingo. Los tranvías se deslizan por los rieles. A lo lejos resuena la gran campana de la iglesia de San Jorge. Los niños lanzan pelotas, ríen y se gritan. En el patio ladra el perrito del vecino. Las nubes pasan, oscuras y pesadas. Me mareo de tanto mirar hacia arriba. Va a llover. No, quizás no. Una gota perdida resbala por mi ventana. Es más grande que las demás, una lágrima gigantesca que deja un rastro opaco en el vidrio. Soy yo quien llora. No, nunca he llorado sin motivo, es la lluvia, solo la lluvia…

—Vamos, esfuérzate —me dice el guía—. ¡Esto que ves podría ser en cualquier lugar, en cualquier momento! —Podría, pero no es, ni será. He entrado en un recuerdo de un domingo de mi temprana juventud—. ¡Personaliza! La campana de la iglesia, los niños y los perros en el patio, banalidades. Ese recuerdo podría ser de cualquiera —me reprende de nuevo.

No puede, es mío. Ensamblado de muchos días lejanos, vividos y suavemente alterados, es exactamente como lo forman las impresiones que elegí guardar en mi memoria.

Apagaría este guía, su voz me irrita. Pero eso está estrictamente prohibido. Las primeras sanaciones de recuerdos las realizaban valientes pioneros solos, sin ayuda de nadie, y la mayoría no terminaron bien. Me consuelo pensando que el guía es solo un sistema operativo, una herramienta por la que no tiene sentido sentir nada. Para mis padres eso sería igual que enfadarse con un teléfono móvil, y para mi abuelo, marinero, rabia provocada por una brújula o un reloj.

—La brújula no se equivoca, siempre hazle caso —resonó en mi mente su voz ronca y muy querida—. El reloj es un viejo mentiroso. Adelanta, retrasa o no funciona. Si no tienes que hacerlo, ni lo mires.

La imagen del abuelo se erige viva ante mí. Veía claramente su figura levemente encorvada, sus extremidades enormes y la mirada alegre bajo las cejas grises. Estaba a menos de un paso. Estiré la mano para tocarlo, pero mis dedos atravesaron una nube punzante de humo. Me advirtieron que la vivencia sería intensa, aun así me sorprendí. El abuelo, por supuesto, no había vuelto de entre los muertos. Era un recuerdo procesado tecnológicamente que me sonreía.

—No mencionaste al padre de tu madre como participante potencial en la sanación —dijo el guía. —No lo hice. Fue bueno conmigo, lo adoraba. El recuerdo que tengo de él es perfecto, ahí no hay nada que sanar o corregir—. ¿Entonces por qué pierdes el tiempo? No es ilimitado. De vez en cuando deberías mirar el reloj.

—¿Todos los guías son cínicos? ¿Los programan para eso?

—No. Nos programan para conducir hacia la sanación, y tú te has desviado. Volvamos a ese domingo… Es día de descanso, no estás en la escuela. Aun así no saliste a jugar, sino que desde tu habitación mirabas por la ventana. Estás en tu cuarto, ¿verdad?

—Sí, miro…

—¿Y?

—Entonces todavía jugábamos afuera. A “quemado”, por ejemplo. Era mi juego favorito. Después las niñas dejaron la pelota y empezaron a maquillarse. Se quedaban al margen y se susurraban tonterías… No sé cuáles, porque no me las susurraban a mí. No se juntaban conmigo. Y yo tampoco quería andar susurrando como tonta…

—¡Desvío otra vez! —me interrumpió el guía.

—¿Cómo?

—Por favor, regresa al domingo en tu casa. Ese es el punto doloroso; el problema que tú misma localizaste. Las relaciones con las amigas púberes no te importaban, ¿verdad?

—No… Aunque no consigo recordar claramente el hogar. Reconozco el interior de la habitación, veo los muebles, la cortina ondeando, pero nada relevante… ¡Nada! Además, detesto el domingo. Ni siquiera ahora me gusta. Me alegra cuando pasa sin que me dé cuenta de qué día fue. ¡Eso es lo único que aquí me sienta bien!

—No divagues… Ya pasó un cuarto del tratamiento. La resistencia inicial es habitual y normal, pero tú has exagerado. Sé que no es bonito ni placentero, seguramente te duele. Aun así, volvamos al domingo.

—No sé… ¡El domingo! No estoy segura de por qué lo elegí. No pasó nada. Estaba sola, siempre sola los domingos. Mis padres se peleaban o guardaban un silencio ofendido por alguna discusión anterior. Mi padre se iba de casa y mi madre lloraba y echaba valeriana en el té. Luego se dormía y dormía hasta el lunes.

—¿Segura de que no pasó nada un domingo? ¿Ningún domingo? ¿Nunca?

El guía tiene una voz metálica, plana e igual que al principio de la conversación. En cuanto la oyes, te queda claro que no habla una persona viva. Sin embargo, en esa voz de máquina intuyo intranquilidad, quizá una pizca de descontento. ¿Esperaba intriga, quién sabe qué revelación interesante?

—Por favor, concéntrate —dice—. No tienes por qué sentir miedo. La sanación de recuerdos no es un regreso literal al pasado. No estás en una máquina del tiempo, solo paseas por tus propias memorias, creadas de un modo vívido y plástico. Digamos que estás más cerca del sueño, pero sin la libertad absoluta que ofrece. No puedes desafiar la gravedad, ni volar, ni saltar por encima de tu sombra. No hay forma de actuar distinto, de retirar palabras dichas… Solo verás el punto doloroso desde un nuevo ángulo, objetivamente, como si le hubiera ocurrido a otra persona… Claro, sigues ligada a la realidad por vínculos que tú misma has tejido toda la vida. Algunos ahora podrás soltarlos, suave e indoloramente. El pasado seguirá existiendo, donde le corresponde. El sentido de la sanación no es borrarlo, sino volverte libre respecto a él.

Sonaba irrealmente hermoso. Por eso acepté. No tenía demasiadas opciones en este silencio. Sin reloj, sentía cómo el tiempo se me venía encima en cantidades ilimitadas. Los días son larguísimos. Duermo intranquila, ni de noche descanso de verdad. Sin brújula me cuesta orientarme, pero eso no importa. Igual no puedo ir a ninguna parte.

Así pues, el domingo. El desayuno humea en la mesa. Padre se afeita y silba una melodía popular. No tiene hambre. Dice que comamos sin esperarlo. Madre frunce el ceño, la boca grotescamente torcida. Agarra la sartén con el omelette y lo arroja a la basura. A mí me da leche fría con copos de maíz. Odio los copos. De adulta no los he vuelto a comer jamás.

—¡Estás loca, loca! —grita padre. Estoy tan cerca de su creación virtual que noto cómo una vena del cuello se le marca y late con furia—. La comida no se tira. ¡Eso es una maldición!

—¡La maldición es vivir contigo! —La figura de madre retrocede. Aun así añade—: ¡Me sería más fácil pasando hambre!

—Pasarás hambre cuando me vaya, no eres capaz ni de ganarte el desayuno.

Padre mira alrededor de la cocina como si buscara algo. Luego se detiene y fija la mirada un instante en mi yo pequeña, de pie con un cuenco de copos.

—La niña se viene conmigo —dice.

—¿Cómo se te ocurre?

La figura paterna me pone la mano sobre el hombro.

—Claro que viene. No pienso dejarla viviendo con una loca.

Mi yo pequeña no pestañea, está como clavada. Tan aparte como yo ahora. Espectadora, participante pasiva en la representación de un recuerdo dominical repugnante. Mi yo pequeña no llora. No dice ni una palabra.

—La niña… no va… a ninguna parte. —Madre mira como un halcón, como un lobo, como un tigre o un leopardo—. La niña… es mía. ¡Yo la… parí! —se le quiebra la voz. Solloza, dice sílaba por sílaba, palabra por palabra. Luego se lanza y apuñala a la figura del padre con un gran cuchillo de cocina para separar la carne del hueso. Se aparta, lo hiere otra vez. Y otra. Y otra… No sé cuántas veces, y él sigue allí, de pie, como un muñeco sin sangre. No grita. No cae ni se aparta.

Ah, claro. Es porque la escena no es real, sino solo una simulación. Un recuerdo animado. No ocurre de verdad, no ahora. Por eso no hay sangre. No lo mató.

—No lo mató —dice el guía.

—Lo sé, lo sé.

—Tu madre no mató a tu padre. No lo atacó con un cuchillo.

¡Ese charlatán de sistema operativo se imagina cualquier cosa!

—Escucha, querido OS-amigo, yo estuve allí. Me planté entre los dos y supongo que yo sé mejor lo que ocurrió. El guía no contestó. Por fin se quedó sin palabras—. ¿Qué te pasa, bocazas? ¿Te comió la lengua el gato? ¿No te programaron para pequeños asesinatos familiares?

—Tu padre sigue vivo —dijo tras un breve silencio—. Lejos, pero vivo y sano. Abandonó la familia un domingo, después de una pelea. Se subió a la moto y se fue para siempre, porque su esposa lo abofeteó y le tiró el desayuno a la cara.

—Mi madre…

—Lo sufrió mucho. Se tomó algo para calmarse después de su partida, algo mucho más fuerte que las gotas de valeriana. Tu abuelo la llamó sin éxito. Ni la ambulancia logró despertarla.

—¿Y esto? —pregunté señalando a mi alrededor.

—Es tu recuerdo, por supuesto. Pero no sobre tus padres. Has revivido la escena que vivió otra pareja. Hace dos meses tu novio fue ingresado en el hospital con una extraña herida en el área del pecho. La herida no es profunda ni peligrosa, pero llamó la atención del personal médico. Él afirma lo contrario, pero es casi seguro que no pudo habérsela causado solo. No es un buen mentiroso. Ni demasiado listo, si me permites decirlo. Según su declaración, parece que se resbaló en la cocina y cayó sobre un cuchillo para separar carne del hueso… Se empeña en protegerte, así que, pese a su evidente torpeza, me resulta simpático.

Empecé a temblar. ¡El guía ya lo sabe, todos lo sabrán!

—Tranquilízate. Soy un guía para la sanación de recuerdos. No estoy programado para labores detectivescas. Ni para delatar. Como no hay denuncia privada ni pruebas claras, pronto te dejarán salir de aquí. Supongo que te impondrán supervisión psiquiátrica obligatoria. Tendrás que presentarte a controles, hablar con médicos. Podrás elegir entre decenas de guías judiciales de sanación. Espero ser yo el elegido. Me has caído bien, de algún modo…

—¿Aunque no soy muy lista?

Guardó silencio unos segundos.

—Perdona, no puedo mentir… No eres muy lista, pero entre ustedes, los humanos, eso es algo bastante común.

Nataša Milić nació en Belgrado, Serbia, donde vive y trabaja. Es autora del libro de relatos Zaustavljeni sat, publicado en 2021. Ha publicado poemas y relatos, principalmente de fantasía, en numerosas colecciones y revistas. Sus relatos se han traducido al inglés, polaco y rumano.

 

LA MARCHA NUPCIAL DE LA CHICA MUERTA

Cat Rambo

Érase una vez una chica muerta que vivía con los otros zombis en las cavernas bajo el puerto de Tabat, en la ciudad debajo de ese pueblo costero, la ciudad que no tiene nombre. Miles de años atrás, el Mago Sulooman hundió la ciudad, edificios y todo, en las profundidades de la tierra, y le quitó su nombre, por algún desaire que nadie recuerda excepto su fantasma. Allí la vida continúa.

Algunos muertos se entregan al sueño, convencidos de que no tiene sentido fingir un propósito para cada día. Pero algunos pocos caminan sus días del mismo modo en que antes caminaban sus vidas.

Las únicas criaturas vivas en la Ciudad de los Muertos son las ratas elegantes, de pelaje plateado, que se deslizan por sus calles como sombras invertidas. En un día como cualquier otro allí, una rata se dirigió a la chica muerta.

Su nombre era Zuleika, y tenía cabello oscuro, ojos oscuros y olía apenas un poco a tumba, porque cada tarde se bañaba en el río que fluía silenciosamente bajo su ventana.

—Cásate conmigo —dijo la rata.

Estaba erguida sobre sus patas traseras, con la cola enrollada prolijamente alrededor de sus pies.

Ella fingía desayunar. Una olla humeaba sobre la mesa. Se sirvió con deliberación una taza de chocolate antes de hablar.

—¿Por qué debería casarme contigo?

La rata la observó.

—A decir verdad —admitió—, hay más para mí que para ti. Tener una novia de tu estatura aumentaría la mía, por así decirlo.

Soltó una risita, alisándose los bigotes con una pata.

—Temo que debo rechazar la oferta —dijo ella.

Dejando a la rata para que se consolara con muffins, fue al salón donde su padre estaba sentado leyendo el mismo periódico que leía cada mañana; sus páginas contenían rectángulos negros.

—He recibido una propuesta de matrimonio —le dijo.

Él dobló su periódico y lo dejó a un lado, frunciendo el ceño.

—¿De quién?

—De una rata, hace un momento. En el desayuno.

—¿Qué espera? ¿Una dote de queso?

Ella recordó que no le agradaba mucho su padre cuando estaba viva.

—Le dije que no —dijo.

Él volvió a tomar su periódico.

—Por supuesto que sí. Nunca has estado enamorada y nunca lo estarás. No hay cambio en esta ciudad. De hecho, sería la destrucción de todos nosotros. Cierra la puerta al salir.

 

Salió de compras, llevando una cesta tejida con los juncos blancos que crecen a orillas del río.

Pasando entre un desorden de puestos, acarició telas apiladas en montículos: terciopelos somnolientos y suaves, satén acuoso, gamuzas tiernas como la oreja de un ratón. Todo en tonos de negro y gris, blancos entre ellos como luz de luna desechada.

La rata estaba sentada en el borde de la mesa.

—Puedo proveerte bien —dijo—. Vísceras de pescado de los muelles de Tabat y carne podrida de sus callejones. Te traería los restos del huerto: albaricoques blandos y melocotones descompuestos, manzanas marrones como hueso y planas como los pechos marchitos de una anciana. Te traería trozos de cuero curado en la curtiembre, remojado en una sopa de mierda de paloma y agua hasta que queda suave como la carne.

—¿Por qué yo? —preguntó ella—. ¿Te he dado alguna razón para sospechar que aceptaría tus avances?

La rata se alisó los bigotes con vergüenza.

—No —admitió—. Te observé bañarte en el río y vi el toque de iridiscencia que doraba tus miembros, como quesos blancos y gordos flotando en el agua. Sentí un deseo tan fuerte que me oriné encima, como si mis huesos se hubieran vuelto líquidos y fluyeran fuera de mí. Debo tenerte por esposa.

Ella miró el mercado que había visitado cada tercer día desde que estaba muerta. Las mesas de mercancías que nunca cambiaban, sino que solo reordenaban infinitamente sus elementos. Luego miró a la rata.

—Puedes caminar conmigo —dijo.

La rata saltó a la cesta y pasearon en silencio. Al cabo, comenzó a hablar.

Le contó acerca de las ratas de la ciudad sin nombre, que han vivido tanto tiempo tan cerca de la magia que esta se les ha filtrado en la piel, en los ojos, y hasta en las entrañas. Cómo habían visto surgir y caer sus civilizaciones a lo largo de los siglos, y sus hechiceros y magos habían aprendido artes astutas, solo para verlas desgarradas cada vez que retrocedían a la barbarie. Cómo las matronas de pelaje blanco gobernaban su sociedad actual, enviando a sus galanes a reunirles comida, comiendo cada vez más para ganar un peso social cada vez mayor.

—Eso fue lo que primero me llevó a esta idea —dijo—. Una novia humana tendría más peso que cualquiera de ellas. Pero cuando te vi, aquello pareció un cálculo vano y sin vida.

Ella sintió un estremecimiento de calor en algún lugar del pecho. Tras reflexionar, se dio cuenta de que era una emoción que no había sentido antes de morir. Era parte interés, parte intriga, parte vanidad, y parte algo más: una punzada de afecto hacia aquella rata que prometía hacerla su mundo.

 

—No cabe duda —dijo el padre de Zuleika—. Esto traería cambio a la Ciudad.

—¿Y?

—¿Y? ¿Deseas destruir este lugar? Estamos sostenidos por el hechizo del Mago: fijados en un instante en el cual, muriendo porque no podemos cambiar, no morimos porque no podemos cambiar.

Zuleika frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Eso es porque eres joven.

—Tienes solo cuarenta años más que mis cinco mil trescientos doce. Seguramente, considerando los años que he vivido, puedo ser considerada adulta.

—Lo pensarías así, si pasas por alto el hecho de que siempre tendrás quince años.

Ella estampó el pie y hizo un puchero, pero los siglos pueden cansar incluso al padre más indulgente. Llamó a un Médico.

El Médico llegó con pasos ansiosos, pues los casos nuevos eran pocos y espaciados. Insistió en examinar a Zuleika de pies a cabeza, y habría pedido que se desnudara si no fuera por la protesta del padre.

—A mí me parece que está bien —dijo el Médico, decepcionado.

—Cree que desea casarse.

—Vaya, vaya —dijo el Médico, asombrado—. Amor. ¿Y quieres que la cure?

—Antes de que el contagio se propague más o la lleve a acciones que nos pongan en peligro.

Zuleika no dijo nada. Era perfectamente consciente de que no estaba enamorada de la rata. Pero la idea del cambio la había tomado como una fiebre.

El Médico cubrió su cuero cabelludo con una malla de alambre de plata. Colgaban imanes como cuentas torpes entre cristales de ónix nocturno y feldespato gris.

—Es una estimulación sutil —murmuró—. Y ciertamente el Amor no es una energía sutil. Pero con suficiente tiempo, funcionará.

Indicó que Zuleika se sentara en una silla del salón sin tocar la malla durante tres días.

Los días pasaron lentamente. Zuleika mantuvo la mirada fija en la ventana, que enmarcaba un mundo sin nubes, sin sol, sin cielo. Podía sentir las energías magnéticas tironeando de sus pensamientos, pero le parecía que, en general, todo seguía igual.

Al tercer día, apareció la rata.

—Mi hermosa prometida —dijo, mirándola—. ¿Qué es eso que llevas puesto?

—Es un mecanismo para eliminar el Amor —dijo ella.

Sus bigotes se inclinaron hacia adelante; parecía complacido.

—Entonces, ¿estás enamorada?

—No —dijo ella—. Pero mi padre cree que lo estoy.

—Hmm —dijo la rata—. Dime, ¿cuál es el efecto de tal mecanismo si uno no está enamorado?

—No lo sé.

Lo pensó, moviendo la cola distraídamente.

—Quizá tenga el efecto contrario —dijo.

—Yo misma he estado pensando en eso —dijo ella—. De hecho, me siento más afectuosa hacia ti con cada momento que pasa.

—¿Cuánto tiempo más debes llevarlo?

Sus ojos buscaron el reloj.

—Una hora más —dijo.

—Entonces debemos esperar y ver —dijo la rata, olfateando el aire—. ¿Tu familia desayunó muffins otra vez esta mañana?

—He estado sentada aquí por tres días; no desayuné.

—Entonces volveré dentro de media hora —dijo, y se retiró.

Pasada la hora, la puerta se abrió y entraron su padre y el Médico. La rata, lamiéndose los labios, se deslizó discretamente bajo la silla, donde, oculta por sus faldas, no podía verse.

—Bueno, hija mía —dijo su padre, dándole una palmada en la espalda mientras el Médico retiraba el aparato—. ¿Te sientes restablecida?

—Sin duda —dijo ella.

—Bien, bien. —Le dio al Médico una palmada en el hombro—. Buen trabajo, hombre. ¿Nos retiramos a discutir sus honorarios?

El Médico miró a Zuleika.

—Quizá otro examen… —aventuró.

—No hace falta —dijo su padre—. Amor removido, todo arreglado. Nuestra ciudad puede continuar como lo ha hecho durante el último milenio.

 

Cuando se fueron, la rata salió de debajo de la silla y la miró.

—¿Y bien? —dijo.

—No deseo casarme aquí abajo.

—Podemos ir a la superficie y pronunciar nuestros votos en Tabat —dijo la rata—. Conozco todos los túneles y adónde llevan.

Así que tomó una linterna del jardín, que derramaba su tenue luz sobre la pálida vegetación alimentada allí por la hechicería en lugar de la luz del sol. Se dirigieron a la primera entrada de túnel, la rata sobre su hombro, y empezaron a subir hacia la superficie. Detrás de ellos se oyó un estruendo enorme, un crujido.

—¿Qué fue eso? —dijo la rata.

—Nada —dijo Zuleika—. Nada en absoluto, ya no.

Siguió marchando, y tras ella, la Ciudad Sin Nombre siguió cayendo.


Título original: The dead girl's wedding march

 Traducción del ingles: Sergio Gaut vel Hartman

 

La novela de Cat Rambo Exiles of Tabat, FUE publicada en mayo de 2020, seguida de la space opera You sexy thing en noviembre del mismo año. Cat es autora, además, de otras dos novelas, más de doscientos cuentos y editora de antologías y libros de cocina. Fue nominada a los premios Nebula, World Fantasy y Compton Crook. También dirige la escuela de escritura en línea, The Rambo Academy for Wayward Writers.

  

EL AMOR MÁS PROFUNDO

Rhys Hughes

Cupido dijo:

—Desde que me volví un anciano no he podido tensar la cuerda de mi arco estando de pie. Es demasiado esfuerzo. Tengo que sentarme y forzar el brazo hasta que siento que va a romperse.

Afrodita asintió a sus palabras. Tuvo que inclinarse hacia adelante para poder oírlo con claridad, porque mascullaba y murmuraba. Su voz era débil, un resuello o un croar. El sol poniente tocaba el océano en el horizonte y una escalera de luz rojiza y dorada ondulaba sobre pequeñas olas.

—¿Hasta que la cuerda vaya a romperse, quieres decir?

—No, mi brazo enclenque.

Ambos habían envejecido, pero el tiempo había corrido más lentamente para ella que para él. Él era ahora realmente un viejo encorvado.

—Deberías tomártelo con más calma —dijo ella.

—Pero eso es lo que hago.

—Entonces no tengo nada que agregar.

—Cuando era un bebé alado, podía zumbar por ahí, rodar y hacer tirabuzones, acercarme a mis objetivos desde cualquier dirección, aunque desde arriba era lo mejor. Yo era como un mosquito y mi flecha era mi probóscide.

—Esa comparación es poco ortodoxa —dijo ella.

—Justo del tipo que prefiero.

Cupido se encogió de hombros y luego gimió cuando sus hombros le dolieron por el esfuerzo. El sol se deslizó por la curvatura del mundo y él suspiró. No se habían visto en muchos siglos, se habían perdido. Era bueno estar otra vez en presencia del otro. Su alegría superaba su vergüenza por sus alas encogidas, sus extremidades delgadas, sus mejillas hundidas. Seguía siendo Cupido.

Afrodita intentó tranquilizarlo con los ojos, olvidando que él siempre se negaría a mirarla directamente. Sus ojos eran tan hermosos como siempre, solo las arrugas alrededor de esas joyas brillantes daban alguna pista en su rostro de cuánto tiempo había pasado, cuánta influencia habían perdido entre los seres humanos. Los cambios en la fe, las dudas.

—Disparaba flechas desde mi punto de vista elevado en un ángulo oblicuo —dijo Cupido—. Perforaban los corazones de hombres y mujeres con gran fuerza, ayudadas por la gravedad, y el resultado era amor máximo, el tipo de amor que ya no se ve hoy en día, realmente apasionado y salvaje, tórrido y soñador. Esas flechas nunca podían extraerse y permanecían en su lugar durante toda una vida.

Sin querer alentar su melancolía pero intensamente curiosa, ella preguntó con las cejas arqueadas:

—¿Y ahora?

—Me siento en una silla, a veces una con ruedas que puedo empujar, y mis flechas penetran los corazones desde abajo, en un ángulo ascendente. Hay algo que no está bien en eso. Se pierde potencia, se atenúa el deseo. Los amantes ya no se aplastan los labios como antes.

—¿No arrojan la cautela al viento?

—No la arrojan a ningún lado, que yo vea. Pero seguramente ya sabés todo esto por tus propias operaciones…

—Yo no tengo que dispararle flechas a nadie.

Cupido cambió su escaso peso sobre la losa de mármol que le servía de asiento y dijo:

—He hablado de mí durante más de una hora. Me ves tal como soy. Pero me pregunto por ti. ¿Cómo te ha ido en los últimos milenios? ¿Cómo enfrentaste los desafíos del tiempo? —Giró la cabeza para examinar las columnas caídas y las losas rotas—. Recuerdo este templo cuando estaba entero. Me paré aquí y tensé mi arco, puse una flecha y la disparé en un arco altísimo hacia el mar, y cayó y golpeó al capitán de una trirreme. Se enamoró del delfín que escoltaba su nave. Uno de mis mejores tiros, creo. ¿Pero qué hay de ti? Cuéntame.

—Me ocurrió algo extraño una vez —dijo Afrodita—. No estoy segura de que las consecuencias vayan a terminar alguna vez.

—Eso suena intrigante. Por favor, dime más.

Ella ajustó su collar.

—Tengo la capacidad de hacer que las personas se enamoren de mí al instante. Basta una mirada. Por eso rara vez aparezco en forma opaca en la superficie del mundo. Causa muchos problemas.

—Sí, los problemas te siguen como un cachorrito.

—La elección no fue mía.

—Lo sé. Los mitos son crueles pero para nosotros son reales. A veces dicen que tengo los ojos vendados cuando disparo mis flechas, pero rara vez es así. Afirman que tengo dos tipos de flechas, unas con punta de oro y otras con punta de plomo blando: las primeras despiertan deseo en el objetivo, las segundas generan aversión. Pero solo usé flechas de plomo una o dos veces, como experimento.

—Me diste una de tus puntas de flecha doradas. ¿Recuerdas? La hice convertir en un collar. ¿Te gusta?

Ella abrió un poco su túnica para revelar el destello.

—No lo recuerdo. Solo recuerdo las cosas malas, las calumnias y mentiras. Me dieron alas patéticamente pequeñas en pinturas y esculturas. Es cierto que ahora mis alas son diminutas, pero es porque se han marchitado. Cuando era un bebé eran fuertes y vigorosas.

—La gente no sabe cómo es la existencia para nosotros. Ni les importa. Pero déjame contarte el incidente extraño.

—Te escucho. Mis oídos todavía funcionan. Antes eran orejas muy lindas, ahora son grandes y monstruosas. Eso no me importa. Me permiten escuchar. Creo que eso basta para un dios. —Afrodita sonrió, tolerante ante su ingenio desvanecido—. Sigue —la apremió él.

Ella inclinó un poco la cabeza y observó las estrellas que surgían mientras la oscuridad envolvía lentamente el templo en ruinas.

—Aunque era plenamente consciente de mi poder —dijo—, nunca supe cómo era en realidad. Nunca había visto mi propio reflejo. Es cierto que nací en el mar y el mar refleja el cielo. ¿Acaso no debería haberme ofrecido una imagen de mí misma? Pero siempre estaba agitado cuando yo estaba en él. Todo lo que miraba se enamoraba de mí, y el océano está lleno de criaturas. En un acceso repentino de amor, esos seres perturbaban el agua. Peces, langostas, ballenas y sirenas azotaban el mar, demasiado excitados para quedarse quietos. Nunca vi mi reflejo. Y tampoco me pareció importante no haberlo visto.

—¿Pero entonces un día…?

—Sí, siempre es así, ¿no? Una mañana desperté con un sueño fresco en mi mente. En el sueño yo estaba fuera de mi propio cuerpo y lo miraba desde arriba. Ya despierta, me pregunté si me veía en realidad como en mi sueño. Solo había una manera de averiguarlo.

—Con un espejo.

—Correcto. Pero no había espejos en el lugar donde vivía. Tuve que emprender un largo viaje. Finalmente llegué al palacio de una reina isleña y entré en su habitación mientras dormía. Había lámparas de aceite ardiendo con llamas pálidas en la mesa junto a su cama, y un espejo sobre esa mesa. El vidrio había sido inventado hacía poco. Aquel espejo daba una imagen mucho más nítida que, supongo, los viejos espejos de bronce. Me asomé a mí misma en la profundidad. Cuando mis ojos se encontraron con los ojos de mi reflejo…

—Te enamoraste de ti misma. ¿Como Narciso?

—De un modo total y desbordante.

—Tenía que ocurrir tarde o temprano. Las ironías agudas siempre lo hacen —dijo Cupido, y pulsó la cuerda tensa de su arco, produciendo una nota musical dulce solo porque había empezado a decaer, a fermentar, aislada de una melodía joven y saludable. Un twang como vino viejo. Afrodita dejó que la nota se extinguiera. Las estrellas brillaban sin parpadear. Era una noche apacible—. Me enamoré de mí misma porque los ojos de mi reflejo me obligaron a ello —continuó—. Y mi reflejo se enamoró de mí cuando vio mis ojos. Ahora déjame aclarar un punto importante. He pensado mucho en esto a lo largo de los años. Nuestras imágenes en el espejo son un poco más jóvenes que nosotras. A la luz le lleva cierto tiempo viajar desde mi cuerpo hasta la superficie del espejo y de vuelta a mis ojos.

—Eso es lo que dice la ciencia moderna, sí.

—Lo creo. ¿Tú no?

Cupido se encogió de hombros.

—Solo creo lo que me resulta útil. No tengo opinión sobre los rayos de luz. Por favor, continúa.

—Mi reflejo era pues más joven que yo, así que su amor era más inocente, quizá más puro, pero ella era más vulnerable. Esto es física y lógica, además de mis propios sentimientos.

—¿Materia? Ya hablás de materia y pronto hablarás de energía. Eso muestra lo profundamente sumergida en la ciencia que estás. Bueno, me alegra que hayas conseguido mantenerte al día.

—A veces pienso que disfrutas tu senilidad.

—Es mi prerrogativa.

Ella sonrió otra vez, asintió y dijo:

—Volviendo a mi relato. Tenía miedo de herir a mi reflejo. Emocionalmente ella era más débil que yo. Aunque la amaba, no quería una relación. Mencionaste a Narciso. Su ejemplo era uno que quería evitar. Temía el solipsismo que resultaría de tener mi propio reflejo como amante. Pero ella no tenía esos reparos. Era joven y etérea e intentaba seguirme a todas partes, apareciendo en cada superficie brillante, con expresión suplicante, los brazos extendidos, tratando de estrecharme contra su ansioso pecho, los labios fruncidos para un beso.

—¿La alentaste? Eso habría sido cruel.

Afrodita hizo una mueca.

—No, tu acusación es injusta. Yo quería estabilidad en mi vida, me asustaban las posibles consecuencias de la perturbación, el caos potencial, la amenaza a mis valores. Quería hacer lo correcto, mi deber. Pero seguía pensando en ella. Era imposible no hacerlo. Estaba enamorada y lo que temía pronto ocurrió. Dominó cada momento de mi existencia. Ya no quería evitarla y buscaba deliberadamente superficies brillantes para verla. Ella siempre estaba allí, siempre lista para mí, nunca infiel.

—¿Un reflejo fiel incluso en superficies deformadas?

—¿Qué importa? Nuestro amor era fotónico, no platónico, y aunque hubiera distorsiones, por ejemplo en la superficie convexa de una cuchara, ella era tan preciosa para mí como una imagen perfecta. Ella me amaba y yo la amaba, y olvidábamos que éramos réplicas una de la otra, casi idénticas en todo pero no del todo, pues nuestros rostros estaban invertidos horizontalmente, su ojo izquierdo era mi ojo derecho, y ella era una fracción ínfima de segundo más joven que yo. Despierta pensaba en ella sin cesar y…

—¿Cuando dormías soñabas con ella?

—Por supuesto. Querido Cupido, tus sabés lo que significa el amor, puedes imaginar lo que me pasó. Empecé a descuidar todas mis obligaciones. Dejé de mirar a los mortales, dejé de hacer que se enamoraran. Tenía la mente llena de mis propios asuntos, mis propios sentimientos amorosos. El mundo sufrió. Había menos amor en él. Sabía que tu todavía estabas ahí afuera, haciendo lo mejor posible.

—Pero no era suficiente. Se requiere que ambos trabajemos, querida.

Afrodita asintió lentamente.

—Te dejé todo el trabajo. Estuvo mal de mi parte. Pero aún tenía un sentido de responsabilidad bajo mi obsesión.

—¿Qué ocurrió después?

—No podía abandonar a mi reflejo. Estaba profundamente enamorada de ella, pero tenía que liberar a Afrodita, permitir que la diosa del amor siguiera prosperando en el cosmos y haciendo lo que debía hacer. Tenía que idear un plan. Cavilé sobre este problema durante mucho tiempo, ejercité mi mente durante semanas. Por fin la solución me llegó. Consideré que nuestra imagen en un espejo es ligeramente más joven que nosotras y comprendí que podía usar ese desfase temporal a mi favor. Creo que mi solución fue ingeniosa. Déjame explicarla.

Cupido esperó, golpeando con los dedos sus rodillas. Afrodita habló suavemente. La razón por la cual bajó la voz en esta parte de la historia era un misterio incluso para ella. Quizá tenía demasiado respeto por los sentimientos de su reflejo y no quería que la pequeña doble imagen que aparecía en los ojos de Cupido cuando él la miraba se sintiera utilizada, como nos pasa cuando hablan de nosotros en privado y luego nos enteramos. Él la miraba pero nunca a los ojos; ella seguía siendo peligrosa en ese aspecto.

—Organicé dos espejos grandes enfrentados —dijo ella—, dejando entre ellos un hueco lo bastante amplio para que yo pudiera pasar. Cuando me puse entre ellos y levanté una lámpara con una llama brillante, vi no solo un reflejo sino muchos, de hecho un número incontable. Había creado un túnel hacia el infinito. Cuando movía mi brazo con la lámpara, los brazos reflejados también se movían. Cada reflejo era casi idéntico, pero no del todo, y hablaré de esto en un momento. Primero quiero decir que cada uno de esos reflejos encontró mis ojos y se enamoró de mí, y yo me enamoré de todos ellos. Así que ahora tenía un harén de amantes, multitudes.

—Me parece que amplificaste el problema en lugar de resolverlo —comentó Cupido con suavidad, y el chapoteo de la marea sobre los guijarros allá abajo sonó como los suspiros que él planeaba soltar pronto, vapor tibio desde la caverna de su boca floja. Ajustó otra vez su posición.

—Pero hay un retraso temporal entre la creación de todos esos reflejos —continuó Afrodita—. Ya lo mencionamos. Cuanto más profundo el reflejo, más joven es. Yo me observaba a mí misma, alejándome tanto en distancia como hacia atrás en el tiempo, y debido a que los rayos de luz de mis ojos tenían que recorrer la distancia hasta los ojos de mi reflejo para hacerla enamorarse de mí, y viceversa, sucedía que los reflejos más lejanos aún no habían tenido la oportunidad de enamorarse. ¿Entiendes? Todavía eran puros, libres de infatuación, igual que yo antes de entregar mi corazón. Y entonces…

—Esperá. Déjame ver si entiendo. Los rayos de luz salían de ti y golpeaban el espejo, creando tu reflejo. Luego rebotaban desde los ojos de tu reflejo de vuelta a tus propios ojos y así te enamorabas de la imagen en el espejo. ¿Correcto? —Afrodita asintió, y Cupido siguió con su interpretación de los hechos—. Pero para que la imagen del espejo se enamorara de ti, ahora los rayos debían rebotar desde tus ojos de vuelta a los ojos de tu reflejo. ¿Esto significa que te enamoraste de ella dos veces más rápido de lo que ella se enamoraba de ti? ¿Que cuanto más profundo el reflejo, mayor el retraso entre tu enamorarte del reflejo y el reflejo enamorarse de ti?

—Perfectamente expresado. Por eso los reflejos más profundos estaban prístinos, libres de las ataduras del amor disruptivo.

—¿Y la imagen al final del pasillo nunca miraría tus ojos porque estaba protegida en el infinito?

—Bueno, no es exactamente así. Verás, el túnel no se extendía realmente hasta el infinito. Piénsalo. Cada vez que los rayos de luz tocaban un espejo, algunos fotones eran absorbidos por el vidrio. Al final no quedaban fotones y el túnel terminaba.

—¿Pero debía haber una Afrodita más lejana?

—Sí. Así era.

—¿Y depositaste todas tus esperanzas en ella?

—Correcto. Ella era la más pura, la más verdadera de mis variantes, la menos contaminada por la dolencia agridulce del amor. Era la que mejor podía reemplazarme, ahora que yo era relativamente inútil. ¡Era mi sucesora! Una Afrodita más refinada de lo que yo jamás podría ser.

—¿Tenías que liberarla de los espejos?

—Ese era mi plan.

Cupido frunció el ceño.

—¿Rompiendo el vidrio?

—No, eso no habría funcionado. Creo que no. Habría herido a los reflejos, pero seguirían atrapados en los fragmentos, la mayoría aún enamorados, agonizando en cuerpo y aplastados en espíritu. No podía ser tan cruel con ellos ni conmigo.

—Entonces no puedo imaginar qué hiciste.

—Corrí hacia la parte trasera del espejo que enfrentaba. Me quité el collar y usé la punta de flecha para cortar una puerta en el marco. Vas a objetar que el oro es demasiado blando para usarse como herramienta de corte. Pero la madera del marco era delgada y fácil de trabajar. Había elegido los espejos con cuidado. Sabía lo que hacía. Hice la puerta y la abrí.

—¿Y salió tu reflejo más lejano?

—Sí. Tuve cuidado de no mirarla a los ojos. Mantuve la mirada baja. Le dije que se fuera, que saliera al mundo y continuara la tarea de la diosa del amor. No necesitó más persuasión. Se fue, y mi alivio fue inmenso. Afrodita regresaba al negocio: intacta, decidida y competente. Me reemplazó.

Cupido quedó impresionado.

—Mencionaste que cada reflejo era casi idéntico pero no del todo —dijo luego frotándose la frente—. ¿En qué diferían? Prometiste explicarlo.

—Estaban borrosos hasta cierto punto. Cuanto más profundo el reflejo, menos claro, porque los fotones eran absorbidos en cada rebote. También eran más pequeños. Cuanto más lejos estaban, más diminutos eran. Pude cortar tan rápido una puerta en la parte trasera del espejo porque solo necesitaba una un poco más grande que una puertita para gatos. Mi reflejo más remoto era extremadamente pequeño. De hecho, me llegaba a la altura de la rodilla, no más.

—Un resultado notable de tu plan. En algún lugar del mundo hay una Afrodita en miniatura corriendo por ahí y haciendo que la gente se enamore. Una diosa diminuta y borrosa.

—Así es, más o menos.

—¿Sabés una cosa?

—Sé muchas cosas, mi ajado amigo.

—¿Pero sabes algo? Podrías haber venido a mí con tu problema. Yo habría disparado una de mis flechas con punta de plomo a tu corazón y habrías dejado de amar a tu reflejo. Originalmente usé esas flechas como experimento, como dije antes, pero me quedan algunas. Te habría cedido una. ¡Qué lástima!

—¿Dejar de amar a mi reflejo? Oh no, no podría soportar ese pensamiento. Si eso sucediera, ella también dejaría de amarme. Esa idea me resulta detestable. ¡Ser rechazada por el objeto de mi deseo! Insoportable, amigo mío. Estoy atrapada en mi amor.

—Pero una vez que la flecha te hiriera, ustedes dos dejarían de amarse, así que no sentirías rechazo.

—No entiendes. No puedo pensar de ese modo estratégico ahora. Estoy enamorada de ella. Eso es todo lo que sé y todo lo que quiero saber. No hay remedio. Solo sé feliz por nosotras. Bendícenos.

Cupido rio, pero su risa sonó más que nada como un graznido.

—¿Un dios bendiciendo a una diosa?

—¿Por qué no? No puede hacer daño, ¿no?

—Si alguna vez te veo a lo lejos, ¿cómo sabré que eres tú y no tu variante en miniatura más cerca?

—Ah, el viejo problema de la perspectiva y la paralaje.

Cupido carraspeó.

—Siempre me pregunté qué sucedería si mirara a tus ojos, o si una de mis flechas, una de las doradas, golpeara tu corazón. Deberíamos averiguarlo algún día, pero no ahora. Se está haciendo tarde. Hora de encontrar el camino a casa y acurrucarme en mi cama.

—Un día, sí. Cuando las ruinas de este templo estén arruinadas.

—¿Quién fue el que dijo que la única manera de arruinar unas ruinas es usar las piedras rotas para construir un edificio nuevo?

Afrodita no dijo nada. Miraba el mar, aquel espejo de estrellas, y la línea del horizonte pareció vibrar para ella como la cuerda pulsada de una lira. Produjo un zumbido emotivo que usó como nota de referencia. Luego cantó en voz baja, la melodía era antiquísima, mientras Cupido se ponía de pie con una mueca angustiada y avanzaba vacilante, saliendo del círculo de columnas caídas hacia sombras más profundas.

Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

 

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO