miércoles, 17 de diciembre de 2025

BAILA

Asya Mikheeva

—Buenas noches —dijo cortésmente el jinete.

—Buenas noches, San Lamuerte —respondió Gaby.

El jinete guardó silencio. Su silueta parecía terciopelo negro recortado contra el cielo anaranjado.

—Te pediría permiso para sentarme junto a tu hoguera, pero veo no está encendida —dijo al fin.

—Sólo quería ver la puesta de sol —replicó Gaby—. La leña ya está recogida, no cuesta nada encenderla. Toma asiento.

El jinete desmontó y casi desapareció en la oscuridad que inundaba el terreno. Junto a las ramas negras, a través de las cuales brillaba el cielo moribundo, sólo eran visibles la silueta del caballo y el ancho sombrero.

Mientras San Lamuerte ataba al caballo, las nubes del oeste se fueron volviendo blancas hasta desvanecerse y en el cenit aparecieron frías estrellas. Gaby encendió el fuego, y este dio pequeños saltos en el fondo del montón de leña, que aún era demasiado grande para él.

San Lamuerte tiró la manta al suelo y se sentó, suspirando con cansancio.

Gaby le entregó la cantimplora en silencio.

—¿Cómo me has reconocido? —preguntó San Lamuerte.

—Ibas al trote —respondió Gaby con sencillez—, en la oscuridad. Yo, entre estos matorrales, intento ir al paso, incluso de día. No es un camino, ya sabes.

San Lamuerte asintió con la cabeza, pensativo. A la luz del fuego, su rostro era el de un hombre corriente, no demasiado joven, pero si corpulento y enjuto. Cejas pobladas, bigote fino y elegante.

—Supongo que tienes razón. Por mucho que me esfuerzo, olvido cómo se debe comportar un ser humano.

Le ofreció a Gaby un cigarrito. Luego él mismo encendió una picadura casera. Posteriormente comieron, bebieron té y, cuando ya casi amanecía, San Lamuerte habló con voz soñolienta, levantándose el sombrero de la cara.

—Oye, Gaby, ¿te importaría que viaje contigo durante algún tiempo?

Gaby se llevó la mano al corazón, que le latía frenéticamente.

—Oh, amigo mío. Claro que no me opongo...

Por la mañana, Gaby preparó el equipaje lentamente. San Lamuerte seguía durmiendo o esperaba ver qué decidía su nuevo compañero de viaje. El gateado percibía la ansiedad de su amo y roncaba nervioso. Por fin, Gaby decidió no desviarse por el momento y seguir hacia el este como hasta entonces. Ya veremos. Y en cuanto se decidió, San Lamuerte se puso en pie.

—Hay un pequeño pueblo a un día de camino, y podríamos pasar la noche allí —dijo con naturalidad, ensillando su caballo negro.

—Si está en el camino, ¿por qué no? —dijo Gaby, sin perder la calma.

San Lamuerte resultó ser un agradable compañero. Conocía cientos de historias divertidas, que fluían una tras otra como el agua en los arroyos. También esperó pacientemente a que Gaby encontrara la herradura que había perdido el gateado. Cuando Gaby encontró el manantial, San Lamuerte hizo lo mismo que Gaby: primero le dio de beber a su caballo y luego bebió él mismo. Su cuerpo delgado se adaptaba a la montura con naturalidad. En resumen, a Gaby le gustaba San Lamuerte. En otras circunstancias, aquel podría haber sido un excelente paseo.

Cuando ya anochecía ataron los caballos en la casa comunal del pequeño pueblo que se autodenominaba orgullosamente ciudad. Gaby esperó fumando a su compañero, pero este, bregando con el arnés, le hizo un gesto con la mano.

—Adelante, no me esperes. —Gaby entró al mesón.

Sobre la mesa, en penumbras, frente al pequeño bajorrelieve de la virgen de Guadalupe, se amontonaban varias velas encendidas. Una bandeja de hojalata estaba totalmente ocupada, en la otra aún sobraba espacio. Gaby sacó una vela, la encendió usando otra y la puso sobre la bandeja. «Aquí está mi alma, entre los hombres, ante tus ojos, bajo tu amparo» murmuró mecánicamente. La afectuosa sonrisa en el rostro negro de Guadalupe se distorsionaba a la luz temblorosa de las velas: por momentos era una mueca de pena, en otros una burla amarga. Gaby hizo una reverencia y entró en el salón.

—Mira —susurró San Lamuerte por encima de su hombro—, ¿no es una belleza?

Había unas cuantas chicas sirviendo vino y aperitivos. Pero todas las miradas –las largas de los hombres, las agudas de las mujeres, como rayos de sol– convergían en un solo punto: la mujer bonita que trabajaba detrás del mostrador. Un rizo negro en una mejilla suavemente sonrosada, una falda ruidosa, una sombra rosácea en el hueco del escote, una orejita....

—Es preciosa —coincidió Gaby con placer y la admiró un poco más.

Si Ramona se pusiera este vestido, pensó, se vería... Tonterías. Le quedaría como a un perro un collar de fiesta. Pero Ramona sin duda usaría un cuello de encaje como ese. Sí, le sentaría de maravilla a su delicado cuello. Gaby imaginó a Ramona probándose el encaje frente a un pequeño espejo antiguo, y no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa dichosa.

—Ahí, mira, dos asientos. —San Lamuerte le dio un codazo a Gaby y la sacó de su ensueño. La hermosa mujer los miraba con aire burlón y satisfecho, como un gato que contempla la crema que se han olvidado de cubrir.

San Lamuerte ordenó tantas cosas que la muchacha tuvo que ir y volver varias veces. Cada vez entraba más gente al mesón; los que no encontraban asiento se ubicaban de pie a lo largo de las paredes. La luz de las lámparas de parafina distinguía algún que otro rostro entre las sombras. Sólo cuando la mesa estuvo casi llena de viandas y bebidas, Gaby por fin reunió valor y tiró del delantal de la camarera

—Y yo... —empezó, pero San Lamuerte pateó a Gaby por debajo de la mesa.

—¿Qué haces? ¿Crees que todo esto es solo para mí? ¿Quién te crees que soy, muchacho? Saca la cuchara, que se enfría la comida...

Gabi miró atentamente a San Lamuerte. Y además, ¿acaso es el tipo de persona que cuenta dinero según los estándares humanos? Si te invita, gracias. Gabi asintió y se acercó un plato de tamales.

La hermosa mujer les trajo vino, en persona.

—Hola, San Lamuerte —murmuró, sirviendo el vino en tres jarros—, ¿me presentas a tu compañero?

—En verdad —dijo San Lamuerte y se atusó el bigote—, él no es mi compañero, yo soy el suyo. —Hizo una pausa gozosa y apartó los ojos de la mujer.

—Gabriel, te presento a Pepa.

Pepa bebió un sorbo de vino y agitó las pestañas en dirección a Gaby.

—¿Así que San Lamuerte es solo tu escolta, Gabriel? No... ¡No voy a preguntarle nada! Creo que es una historia que tiene que madurar antes de que se caiga de la rama. Pero cuando lo haga, dame un trozo, ¿vale?

—Eres un encanto —dijo Gaby con sinceridad—, ¿por qué estás sola?

—Ay, qué clase de chicos tenemos —arrugó la nariz—, ¿de qué estás hablando? Alguno, claro, a veces me visita —agregó lanzando una mirada socarrona hacia San Lamuerte.

—Bueno, Pepa. —La voz de San Lamuerte se volvió de pronto viscosa y zalamera—, mi abejita, ya sabes quién me dijo que ni siquiera te mirara...

Pepa retrocedió involuntariamente, pero el escalofrío del miedo desapareció rápidamente de su rostro.

—Me acuerdo, me acuerdo. Y no sólo a ti –y de nuevo una mirada furtiva, pero hacia algún lugar de la puerta trasera–, no, no solo....

—Veo que esta noche hay baile, cariño —intervino San Lamuerte—, ¿quieres bailar?

Pepa sonrió coqueta.

—Esperaba que me lo pidieras algún día... Pero me están reclamando.

—¿Qué te parece? —preguntó San Lamuerte mirando alejarse a Pepa.

—Pues no solo es atractiva, también es lista —contestó Gaby y le dio un mordisco pensativo a su tortilla.

—¿Pepa? Tonta como un ladrillo —respondió la San Lamuerte con energía—. Con todos los años que lleva viva, se le podrían enseñar buenos modales a un cerdo.

—¿Muchos? —cuestionó Gaby.

—Allí, detrás del mostrador... ¿ves? Es la nieta de Pepa. Y no la mayor —señaló San Lamuerte con pereza.

Gaby se rascó la nuca.

—He oído algo... Guadalupe la bendijo, ¿no?

—No sé si «bendita» es la palabra adecuada —San Lamuerte se rio entre dientes—, pero ordenó que ni yo ni doña Senilidad toquemos a las personas que no han conocido el amor.

—¿Y qué hay de... la nieta?

—Eso es amor, amigo mío —dijo San Lamuerte suavemente—, no cama…

Se tomaron su tiempo para terminar de cenar. Gaby se alegró de que su mesa contra la pared, la del centro, estuviera siendo despejada por hombres jóvenes y fornidos, que apremiaban a los rezagados. Se estaba preparando el baile.

—Quédate —dijo de pronto San Lamuerte.

—¿Cómo?

—Estabas a punto de decir que te ibas a la cama. Te pido que te quedes.

—Hay un baile. ¿Qué voy a hacer en el baile?

—Bailarás con Pepa.

Gaby se rio.

—¡Solo para que la concurrencia se burle de mí!

—Nada. —San Lamuerte sonrió suavemente—, hoy te pido eso... y mañana me pedirás algo, ¿no?

—Claro —respondió Gaby tragando saliva.

Bebieron el vino en silencio, observando cómo los músicos se acomodaban y afinaban los instrumentos. Las chicas se apiñaban a lo largo de una pared, los chicos a lo largo de la otra, y solo Pepa se paseaba perezosamente por la sala, intimidando a unos, animando a otros, bebiendo una copa con los demás. La gente mayor del público se había desplazado casi hasta la puerta trasera, donde una fila de ancianas estaba sentada en un banco bajo.

—Gabriel, ¿estás seguro de que no sabes bailar? —La voz iridiscente de Pepa llegó justo por encima del oído de Gabriel que casi dio un salto.

—Bailará, cariño, esta noche bailará. No puedo prometer que lo haga con destreza, pero lo intentará —murmuró San Lamuerte. Gaby se encorvó.

—¿Qué gracia tiene bailar con alguien que baila por obligación? —refunfuñó Pepa.

—Sin compulsión —resopló San Lamuerte—, él bailará voluntariamente, yo me dejaré caer voluntariamente sobre él... —Gaby levantó la cabeza—. Verás, mi incomparable amiga —continuó San Lamuerte—, nuestro compañero mató a su único hermano hace seis meses... en su propia casa. Y dio la casualidad de que durante esos seis meses no había podido visitar su pueblo.

Pepa chilló llevándose la mano a la boca y miró a Gaby horrorizada.

—¡Seis meses! No me extraña que te hayas vuelto errante.

—No, no —dijo Gaby con un suspiro—, no la estoy pasando mal con Juan. Sí, claro que está enojado. Pero en su posición, ¿quién no estaría enfadado? Pero Ramona parirá dentro de un mes. Es duro para ella. Antes no se llevaban bien, y ahora... sí que la llevé a casa de su hermana. Y fui a buscarle... Es él.

Pepa miró interrogante a San Lamuerte.

—No entiendo. ¿Quién es Ramona?

—Es mi mujer —dijo Gaby con un suspiro—, y Juan era mi hermano. Él la violó. Yo iba caminando a casa. La oí gritar. Entré corriendo. Lo vi... Aquí. Saqué un cuchillo y le corté la garganta.

—¿Cómo sabes que fue una violación? —preguntó Pepa burlonamente.

San Lamuerte se apoyó en el codo y asintió con la cabeza dispuesto a escuchar.

Gaby gruñó.

—¿Cuál es la diferencia? Uf. Pepa, si tienes un granero en llamas y las chispas vuelan hacia el establo, ¿cuál apagas primero?

—El establo, por supuesto —respondió Pepa—, eso lo que se puede salvar.

—Pues eso. Sea lo que sea, Juan sin duda me hizo daño… Todo lo que yo tenía, era suyo. Solo una cosa no quería compartir…, y justo esa me la robó. Y ya fuera con su consentimiento, como se dice, o sin él… ¿qué diferencia hay? Para Ramona sí que la hay. Así que si le crees, la estás salvando, pero si le crees a Juan, no lo estás salvando a él... Ahí lo tienes.

Pepa arqueó las cejas.

—Tienes una curiosa forma de pensar, Gabriel. Vaya, vaya. Pero yo llevo mucho tiempo viviendo. Seguro que ya lo has oído. Y te lo aseguro: hasta que la perra no quiere, el perro no salta.

Gaby apartó los puños de la mesa y se enderezó. Pepa retrocedió un poco.

—San Lamuerte —dijo Gaby lentamente—, acabo de escuchar algo absolutamente imposible. La hermosa Pepa acaba de llamar perros a mis personas favoritas. Dime que he bebido mucho vino y que me estoy imaginando cosas.

—Lo siento, Gabriel —respondió Pepa rápidamente—, claro que no ha sido eso. Yo también bebí mucho, mi lengua se apoderó de mi mente.

Caminó graciosamente de un lado a otro de la mesa, terminando casi a las espaldas de San Lamuerte.

—Compañero, te prometí un baile...

—¿Tengo que bailar con... esta? — Gaby sacudió la cabeza.

—No bailaré contigo —se enfadó Pepa—, ve a bailar con doña Senilidad; esa es la bailarina que te conviene.

—Con eso bastará —dijo San Lamuerte con calma, y señaló el banco que había junto a la puerta trasera.

Gaby se levantó, terminó su copa de vino y atravesó el círculo de parejas bailando, directo al banco.

—Es interesante —le dijo San Lamuerte a Pepa— que nuestro simplón amigo vea bien la diferencia entre hombre y animal, cosa que tú aún no tienes clara.

—¿El alma? —preguntó Pepa con ironía.

—Es difícil describirlo con una sola palabra, querida —respondió San Lamuerte con pereza—. No te vayas, vamos a echarle un vistazo.

Pepa sonrió, se sentó en la silla vacía y se sirvió una copa.

Gaby hizo una profunda reverencia y extendió la mano hacia la única anciana que le ocultaba el rostro. La cabeza emergió lentamente, como una tortuga, del capullo de varias capas de pañuelos gastados. Sus ojos acuosos se esforzaron por enfocar a Gaby en medio del desorden de la sala.

—Baila conmigo, doña Senilidad —dijo Gaby en voz baja—, ahora la música es lenta; no te será difícil.

Ella masticó con su boca desdentada, dejando caer un hilillo de saliva, y asintió.

Gaby esperó hasta que la anciana se hubo despojado de sus chales y limpiado el abrigo de piel sin mangas; luego tiró suavemente de sus dos manos. Su rostro se iluminó.

Gaby exhaló un silbido.

—¡Oh, doña Senilidad! —Ella soltó una pequeña risita—. ¿Tenía razón? ¿Ramona tendrá este aspecto? —Doña Senilidad asintió—. He visto esa arruga antes —dijo Gaby en voz baja, guiándola con cuidado por la sala—. Cuando llora. Esta arruga es más fina que las otras, así que puedo esperar....

—¿Qué? —preguntó doña Senilidad con voz un poco más clara.

—Que no tenga que llorar mucho.

—Más despacio —refunfuñó doña Senilidad.

—¿Las piernas? —preguntó Gaby.

—Sí. Sobre todo después del quinto parto...

Gaby estaba radiante.

—¡Gracias, doña Senilidad!

—¿Por qué? —preguntó la anciana con los ojos brillantes.

—Porque Ramona no muriera en el parto. Y las piernas, ¿qué pasa con las piernas? Las salvaremos.

Pepa observó desconcertada cómo los jóvenes se separaban delante de la extraña pareja, un hombre que se movía con sorprendente gracia, llevando a su compañera de modo que los pies de ella no tocaban el suelo.

—Parece como si estuviera rejuveneciendo.

—No, es que su carga es más ligera para los que la quieren —dijo San Lamuerte. Pepa se dio la vuelta con dificultad, se sirvió vino con mano temblorosa y se lo bebió de un trago.

Su mirada chocó con la de San Lamuerte. En ellos, Pepa vio su propio reflejo. En la mejilla tersa, junto a la comisura de la boca, apareció una sombra amarillenta… o no, aún no una arruga, apenas una sombra.

—Nadie te prometió —dijo San Lamuerte pensativo— que el amor sería tuyo. O para ti. Los que te quisieron fueron suficientes; tú no los reconociste. La sentencia de Guadalupe la cumples tú, muchacha.

—¿Me llevas? —preguntó Pepa con voz débil, retrocediendo un paso.

—Noooo —dijo la San Lamuerte arrastrando las palabras—, noooo, mi incomparable amiga. Ahora nuestro ingenuo amigo terminará el baile, sentará a su pareja... saldrá y se irá inmediatamente a casa. Yo lo seguiré y no volveré por aquí en mucho tiempo. —Sonrió fría y aterradoramente—. Mucho tiempo.

Asya Mikheeva es el seudónimo literario de Anna Vladimirovna Mikheeva, doctora en filosofía y profesora de Novosibirsk. Nació el 6 de noviembre de 1973. Es poeta y autora de relatos de ciencia ficción. Mikheeva se inició en la escritura de ciencia ficción a principios de los 90 bajo la tutela de E. R. Trank, pero posteriormente se dedicó a los juegos de rol antes de retomar su carrera literaria. Sus obras se pueden encontrar en las revistas Mir Fantastiki (El mundo de la ciencia ficción), Konets Epokhi (El fin de la época), y en las las colecciones Tsvetnoy Den (Día de color), Zemlya Zhivykh (La tierra de los vivos) y en la antología Verbarium. Actualmente vive en San Martín, provincia de Buenos Aires, Argentina.

martes, 16 de diciembre de 2025

¡UN AÑO NUEVO COMO NINGÚN OTRO!

Finn Audenaert

 

Rosa Holderman está cabeceando en el sillón. A su alrededor, el confeti de colores festivos cubre la alfombra. Tras los fuegos artificiales ha llegado el silencio. Ya es bastante pasada la una de la madrugada. El nuevo año ha comenzado.

En la somnolencia de esas horas tardías, Rosa piensa en su familia. Eerhard tiene ahora ochenta años y sigue soltero. ¿Qué será de ese muchacho? Por su hija Heraki no se preocupa tanto. Vive con su marido en Nueva Mauritania y se tuesta felizmente al sol en playas interminables, en compañía de sus hijos y nietos. Ay –suspira Rosa–, ojalá pudiera, como en 2072, ir otra vez a visitar a mi prole bronceada.

Eerhard abre la puerta suavemente.

—¿Mamá, ya estás dormida?

Una pregunta tan típica de Eerhard. Bienintencionada, pero un poco torpe. A Rosa no le sorprende que el chico, después de tantos años, siga viviendo con ella.

—Sí, Hardje, todavía estoy saboreando un poco la alegría que ilumina al mundo entero. Ven, siéntate conmigo.

—Qué silencioso está todo, mamá. ¿Pongo el altavoz?

Eerhard no soporta el silencio, lo sabe Rosa. Todos esos años solo en compañía de su madre. Seguro que el muchacho anhela algo de emoción, música, alegría. ¿Por qué hoy también se ha quedado en casa en lugar de salir a la ciudad?

—Sí, hijo, elige una buena ultraseñal.

Rosa prefiere leer. Es adicta a los cuentos posmodernos, de esos en los que los príncipes atraviesan crisis de identidad y buscan consejo en ranas. Las princesas observan con desaprobación desde el fondo. A Rosa le gusta una buena dosis de desesperación seguida de un final feliz inesperado. Desde que se jubiló anticipadamente hace cinco años, literalmente devora las horas del día leyendo. Tres comidas y dos libros al día. Esa es la dieta de Rosa. Ah, perderse a la antigua en voluminosos libros encuadernados en cuero. A la dama le gusta aferrarse a costumbres en desuso. Su hijo es más amigo de las novedades: holomúsica y esas cosas.

Eerhard avanza arrastrando los pies hasta el altavoz. Su muñeca cruje tan fuerte que Rosa –que ya no oye demasiado bien a la venerable edad de ciento dieciséis años– percibe el sonido desde el otro lado de la habitación. Ella le asiente con ánimo.

—Dale una buena vuelta, Hardje. El botón está un poco atascado. Sí, quizá deberíamos escuchar más música.

Poco después, la ultraseñal Roostalgia suena en la sala de estar. ¡Ah, los viejos éxitos de antaño! Rosa y Eerhard alcanzan a oír todavía la coda de Bohemian Rhapsody.

So you think you can stop me and spit in my eye…

La figura familiar de Scaramouche proyecta sombras en las paredes del salón mientras resuenan las últimas notas. El payaso saluda con elegancia a Rosa y a Eerhard y luego se disuelve lentamente en el papel pintado de flores anticuadas. Je, qué clásico.

—Oh, mamá, esto lo cantábamos en la academia, al empezar las clases de Geografía Imaginaria. Caught in a landslide / no escape from reality-y-y! ¡Qué tiempos tan hermosos! Mamá, me alegro tanto de que me dejaras ir a la academia de fantasía. La banca no era lo mío.

—Sí, querido, cada uno tiene sus talentos. Estoy muy orgullosa de tus ultracasts. No veo la hora de que tu serie sobre alquimia filosófica salga en forma de libro.

Eerhard resplandece de orgullo. La verdad es que no suele recibir muchos comentarios sobre su trabajo. Su madre no sabe que él mismo paga la impresión de sus libros. Ya nadie lee libros. Excepto Rosa, claro.

El lector de streaming pasa a publicidad de búnkeres de hiperespacio. Quince por ciento de descuento en los modelos estándar. ¡Adiós atmósfera! ¿Tiene que ser esto justo al inicio del nuevo año?, piensa Rosa. Esa guerra con el Imperio de Fardazor parece no terminar nunca. La anciana suspira profundamente. En ciento dieciséis años no ha cambiado tanto.

—Mamá, ¿todo bien? De repente te ves tan apesadumbrada.

Pero apenas Eerhard expresa su preocupación, ya irrumpe la siguiente canción en la sala. Uf, por lo menos no es publicidad. Rosa va a tranquilizar a su hijo cuando reconoce las primeras notas. ¡Es un auténtico clásico!

La canción la transporta de inmediato a su infancia. Es uno de sus recuerdos más tempranos. Debía de tener unos seis años. Recuerda vivamente aquella tarde inflando globos hasta quedarse sin aliento. Su madre la había recostado un momento en el sofá y entonces la radio había puesto esta canción. Un instante delicioso que Rosa ha atesorado todos estos años.

No more champagne

And the fireworks are through

Eerhard se incorpora de golpe. Bueno, digamos que se sienta un poco más erguido en el sillón.

—¡Eh, esa también la conozco!

Rosa y Eerhard se miran. Un momento de íntima conexión justo al final de este día festivo.

—¡Agnetha! —jubila Eerhard. (Siempre le había parecido la más bonita. El muchacho tiene debilidad por las rubias).

—¡Y Frida! —susurra Rosa.

—Sí, y los chicos también, mamá. Benny y Björn, creo. ¿No eran ellos los que componían las canciones?

—Oye, hijo, tira un poco del cable de rebobinado. Nos hemos perdido el principio.

Eerhard se levanta del sillón y se acerca al altavoz. Un modelo hecho a medida para el cumpleaños ciento doce de Rosa. Con ese regalo de la tienda de la esquina, Eerhard había querido darle un poco de variedad a su madre. Mamá no podía pasarse todo el día leyendo. Especialmente para ella había mandado colocar esos cables vintage en la parte frontal del aparato. Desde el sillón se podían manejar, en teoría, moviendo la mano en la dirección correcta. Pero como Rosa usaba tan poco el aparato, los cables a veces fallaban. Así que toca hacerlo a mano. A Eerhard no le importa. Esta canción quiere oírla en todo su esplendor, con coreografía incluida.

La música mágica comienza. Qué inicio tan deliciosamente melancólico. Dentro de nada el estribillo abrirá la canción a la esperanza y la alegría, lo saben Rosa y Eerhard.

Madre e hijo suspiran embelesados. Ante ellos, Agnetha canta con solemnidad. La alfombra parece fundirse con su vestido blanco de fiesta, tan bien combinan los colores. Ella le guiña un ojo a Eerhard. Él se mueve un poco incómodo. Je, qué experiencia. ¡Viva la holomúsica! Por cierto, ¿no había sido ABBA un pionero de esa técnica deliciosamente anticuada? Para este tipo de entretenimiento, Radio Roostalgia era garantía segura. Había elegido bien la ultraseñal.

En el estribillo, Frida asoma por la puerta. Sus rizos se mecen con sus líneas vocales. La sala se va llenando cuando Benny entra por la ventana y Björn sale del televisor. Parece que hoy hay una segunda fiesta de Año Nuevo.

Durante la siguiente estrofa, los pies de Rosa y Eerhard se convierten en bloques de arcilla. ¡Ja! Igual que en la canción. Muy bien pensado. Ambos golpean felices el suelo con sus flamantes terrones al ritmo de la música. Pequeños trozos de arcilla saltan sobre la alfombra. No importa: cuando la música termine, todo se disolverá en la nada.

Seems to me now

that the dreams we had before

are all dead, nothing more

 

A Rosa se le ocurre una idea. Levanta su multipen en el aire. Una llama tenue comienza a moverse al compás de la música. Eerhard la imita enseguida. Automáticamente la luz del salón se atenúa un poco. Qué ambiente tan acogedor.

 

May we all have our hopes

Our will to try

If we don’t we might as well

lay down and die

You and I

 

¡Qué final tan hermoso! Los cuatro músicos hacen una profunda reverencia. Rosa y Eerhard aplauden con entusiasmo. Así se cierra el año como debe ser.

Eerhard se dispone a levantarse. De tanto cantar y balancearse le ha entrado hambre. En la cocina quedan todavía unas ricas galletas instantáneas, lo sabe. Pero casi se va de bruces al ponerse en pie. Asustado, mira hacia abajo. ¡Sus pies siguen siendo de arcilla! ¿Cómo puede ser? La canción terminó hace rato. El lector de streaming repasa ahora en el altavoz una lista de fin de año.

Alarmado, Eerhard mira a su madre. Ella, desde el sofá, le levanta el pulgar.

—No te preocupes, hijo. Mira a tu alrededor.

Solo entonces Eerhard lo ve. ¡Agnetha, Frida, Benny y Björn siguen en la habitación! ¿Qué más nos ocurrirá esta noche?, piensa. Se sienta de nuevo, algo inseguro. Su madre parece confiar más. Claro, a su edad ya lo ha vivido todo.

—Percibimos mucho amor en este espacio —empieza Agnetha.

—Vuestro vínculo es muy fuerte —añade Frida.

Benny y Björn asienten enérgicamente. Parecen ser más bien del tipo silencioso.

—Solo un amor tan fuerte puede atarnos un poco más a nuestros queridos oyentes —dice Agnetha—. Esta noche pueden pedir cuatro deseos.

Hay magia en el aire, eso está claro. En un mundo lleno de maravillas tecnológicas, por suerte aún hay sitio para otro tipo de milagros, piensa Eerhard. Su madre parece haber leído sus pensamientos y asiente.

Benny da un paso al frente. Con voz ronca pero amable pregunta:

—¿Cuál es vuestro primer deseo?

Rosa no necesita pensarlo mucho.

—Me gustaría ver otra vez a Heraki y a su familia. A mi hija. A mi yerno. ¡A mis queridos nietos! Hace tanto tiempo…

Rosa y Eerhard oyen un sonido detrás de ellos. La pared, detrás del sofá, se desliza y desaparece. Heraki, su marido Thorhes y sus hijas Mirate, Cantate y Hécate entran en la sala. Las niñas se lanzan al cuello de Rosa. Heraki abraza a su hermano. Thorhes, siempre tan tranquilo, sonríe junto al sofá. ¡No es poca cosa aparecer de repente a kilómetros de distancia, en casa de los suegros!

Rosa llora a mares. Eerhard también tiene que contener las lágrimas. ¡Qué noche!

Benny sonríe y señala a Björn, que da un paso adelante.

—¿Y cuál es vuestro segundo deseo?

Eerhard siente que ahora le toca a él.

—Bueno, eh, señor Björn, a la vuelta de la esquina hay una tienda de regalos y allí ayuda la señorita Zazi al dueño. Zazi siempre me mira tan bonito cuando compro un regalito para mi madre. Pero cuando quiero decirle lo mucho que me gusta, la voz se me quiebra. Y entonces me preguntaba, señor Björn…

No ha terminado siquiera la frase cuando Zazi desciende, sentada en una nubecilla, a través de la claraboya. Lleva una túnica dorada con pendientes a juego. Qué aparición, piensa Eerhard. Zazi baja con elegancia de su nube y se sienta cómodamente en el sofá. Eerhard no cabe en sí de felicidad. Primero la mira tímidamente –ella le sonríe con amabilidad– y luego mira a los demás, todos sentados en un sofá que parece alargarse cada vez más.

—Bueno, Eerhard, ¿querías decirme algo?

Zazi lo mira con picardía. Para su propia sorpresa, Eerhard empieza a hablar sin parar. Al principio tartamudea un poco, pero pronto las frases completas fluyen de su lengua. Zazi escucha divertida. Sí, piensa, por fin se anima. Ya podré subir un poco otra vez los precios rebajados de la tienda. Suelta una risita traviesa y sigue escuchando con interés. Qué cantidad de cosas interesantes tiene este hombre que contar.

Rosa observa la escena encantada. Ella y Heraki intercambian una mirada cómplice. Sí, eso parece que va a salir bien en ese lado del sofá.

Frida alza graciosamente un brazo.

—¿Tienen un tercer deseo?

Frida mira a Heraki con cariño.

—Oh, ¿podemos pedirlo nosotras también? Y eso que ya estamos tan mimadas… Pues bien, deseo que en este mundo haya más espacio para los valores y placeres de antaño. Por las virtu-cartas de mamá noto cuánto disfruta con sus libros.

De pronto, una luz solar intensa entra por la ventana. ¡Y eso en plena noche! Ante sus ojos, la familia ve surgir una gran tienda al otro lado de la calle. ¡El registro estatal que estaba allí ha desaparecido sin más! Rosa entrecierra los ojos para leer el letrero, pero no distingue bien las letras.

—Paraíso de los Libros, mamá.

Eerhard le sonríe. Ahora ya no tendrá que ir a recoger sus ultracasts impresos en las afueras de la urbanización. Bastará con cruzar la calle.

Rosa se queda soñando despierta, imaginando todas esas hermosas novelas que sin duda brillan en el Paraíso de los Libros. No hace falta decir que la tienda está bañada en un resplandor especial.

Agnetha se acerca a la familia con los brazos abiertos. Con un amplio gesto hace desaparecer los pies de arcilla de Rosa y Eerhard.

—Antes de dejarlos, queridos oyentes, queremos cumplir un último deseo.

La cantante mira al hombre silencioso del sofá.

—Un yerno también es un miembro muy querido de la familia, querido Thorhes. ¿Cuál es tu deseo para el nuevo año?

Thorhes es más bien práctico. Se aclara la garganta y formula modestamente su petición:

—¿Paz mundial? ¿Podría ser?

Agnetha, Frida, Benny y Björn comienzan a reír suavemente. Saludan a la familia y se disuelven en la nada.

Antes de que puedan recuperarse de la sorpresa, Rosa, Eerhard, Heraki, Thorhes y las nietas oyen la melodía inconfundible de las noticias en el altavoz.

—Queridos oyentes, esta noticia acaba de llegar. ¡Nos complace traerles una feliz novedad! La Alianza de Terra y el Imperio de Fardazor acaban de anunciar negociaciones oficiales. Ambas partes informan que durante la última semana ya mantuvieron conversaciones exploratorias. Tras una guerra de más de sesenta años, por fin asoma algo de esperanza en el horizonte. No hay mejor noticia para dar la bienvenida al nuevo año.

—¡Esto merece champán!

Eerhard, por suerte, había puesto varias botellas a enfriar por la mañana. Al levantarse había tenido ese presentimiento…

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

SIN ROJO

Radmilo Anđelković

 

Hasta donde sabemos, el señor Petar Rašić se desmayó tres veces durante su regreso a casa. La primera ocurrió cuando comprendió que las nubes eran inamoviblemente amarillas.

El Comité de Exilio había decidido unas semanas antes poner fin a su aislamiento en el Planeta Prisión. Junto con un gran grupo de opositores indultados a la entrada de la Tierra en la Federación Galáctica, fue trasladado a la Estación Orbital. Desde allí, solo él fue enviado a los Balcanes. Probablemente hasta el último momento albergó la esperanza de que el exilio lo había protegido del Cambio. De que el proceso de limitación –condición necesaria para ingresar en la Federación– se había aplicado a las personas que lo aceptaron, y no a la propia Tierra.

El caso de Petar Rašić no era uno de esos que cambian la historia. Difícilmente su rebelión habría podido modificar las relaciones entre la Tierra y la Federación Galáctica. Todos los hechos apuntaban a la marginalidad de su figura. Incluso el dato de que había sido castigado levemente –tres años de exilio no es un gran castigo– confirmaba que nadie lo había considerado un enemigo de proporciones galácticas. Si nosotros no registráramos su caso, habría quedado como una grieta dejada por el glaciar del Cambio.

¿Y qué era el Cambio?

La Federación Galáctica se presentó y ofreció a la Tierra la membresía, lo cual otorgaba acceso y participación en todos los logros civilizatorios y tecnológicos del Universo conocido. ¿Quién rechazaría eso? La Tierra llevaba siglos buscando una oportunidad así en el espacio. La trampa estaba en las condiciones de la Federación. Nadie comprendió jamás aquel único requisito: renunciar a uno de los colores básicos del espectro del arcoíris. ¿Para qué servía eso? ¿Quién podía beneficiarse con ello?

Cuando se acercaban a la Tierra, a través de la escotilla de la nave de transporte, a Petar le pareció que el planeta seguía siendo azul, igual de enigmático bajo el velo de arabescas nubes. Entonces no pudo distinguir que las nubes estaban, en realidad, teñidas con un matiz de amarillo.

—Azul y amarillo… solo quedaron azul y amarillo… —murmuró más tarde, despertando del desmayo en el enorme vestíbulo del edificio de la terminal de Surčin. Se sentía apretado en la silla de ruedas metálica con la que lo habían llevado hasta la nave-taxi.

Al abrir los ojos, lo primero que notó fue la manta azul que lo cubría debido al frío de octubre ya presente. Recordando los momentos anteriores, sacó una mano de tono verde pálido de debajo de la manta, la observó con ojos desorbitados y se desmayó por segunda vez.

Los acompañantes aseguraron después que no había perdido el conocimiento y que durante todo el trayecto hasta el apartamento asignado había estado despierto. La asistente Milena Gavrilović entregó un informe en video afirmando lo contrario, y por eso se decidió que permaneciera con él algunos días más. El doctor Zidar esperaba que la transformación en la percepción del shock que experimentaba Petar Rašić confirmara algunas de sus teorías.

Nosotros creemos que los acompañantes tenían razón, y que el doctor Zidar entró deliberadamente en algo que podría convertirse en un buen artículo científico para alguno de los próximos números de la East-European Society of Ophthalmology.

Mi cuerpo es de un verde enfermizo, pensaba el señor Rašić mientras lo introducían, silla de ruedas incluida, en un vehículo más grande. Su estómago le indicó que se habían separado del suelo; la presión de inercia le advertía de los giros en el camino hacia quién sabe dónde.

Le agradaba. Aquellos sentimientos conocidos lo liberaban del Cambio.

Probó también la información que le transmitían los demás sentidos: las leves corrientes de calor, los ruidos de alguien cruzando una pierna sobre otra, el encendido de un cigarrillo… En el olor áspero del primer soplo de humo reconoció también rastros del desayuno, mal enmascarados con pasta de dientes. La persona era una mujer, más cálida, más cercana… Como si aquella voz amable de la terminal contuviera algo más que atención profesional. ¿O se equivocaba?

El forcejeo de sus párpados se prolongó incluso después de que lo introdujeran en el espacio cerrado. Con cuidado, de forma profesional. Junto con la silla de ruedas. Intercambiaron unas frases con la mujer (así supo que eran dos hombres), hicieron un chiste grosero a su costa y se marcharon. La mujer se quedó.

La oyó moverse, desplazar cosas en la habitación. Algunas debían de ser blandas; la corriente de aire hablaba más que los apagados ruidos. Primero arregló la cama. ¿Para él? Después, los sonidos aumentaron por lo menos veinte decibelios. Eran vasos y otros recipientes, el chirrido de los estantes donde los colocaba. Atribuyó el suave soplido al encendido del gas; el fluir del agua en el grifo confirmó que ella se disponía a preparar algo.

Podría pasar el resto de mi vida como ciego, concluyó.

—¿Más dulce o amarga? —La pregunta estalló en la quietud. —Así que era… café. Guardó silencio—. Sé que ha estado despierto todo el tiempo —afirmó sin duda alguna la señorita Gavrilović. Era evidente que no permitiría más resistencia por su parte. Aceptaba tácitamente su negativa a mirar.

—Media… —musitó desanimado—. Una cucharadita de azúcar… —y añadió—: …al ras.

Tras cuatro días autorizados, su supervisión fue prolongada por tiempo indefinido. Petar Rašić persistía en su extraña huelga. Ella necesitó toda una semana para convencerlo de la necesidad de hacer una excursión por los alrededores de Ražana, en algún punto de la meseta de Kosjerić hacia la cima de Subjel. Justo antes de partir, estuvo a punto de arruinarlo todo con una frase:

—Verá qué hermoso es ese lugar en otoño; se distinguen todos los matices del verde…

Solo el orgullo y la firme convicción de que bajo sus dedos lograría sentir los colores que faltaban lo subieron a la nave.

Sabía que los pinos seguían siendo verdes. De ese verde con matices oscuros casi negros, tal como los recordaba tras los tres años de ausencia. Palpaba las largas agujas de pino, feliz de que fueran las mismas. Con esfuerzo arrancó un pedazo de corteza y al hacerlo se cortó la yema del dedo. Se sumergió en sí mismo imaginando los tonos marrones y ocres que se mostrarían en el interior de la corteza. Y la gota roja de sangre sobre ella. ¿Qué matices de verde serían ahora?

—Manto verde… —dijo ella sin emoción.

—¿Y la sangre…?

—La sangre es incolora. Es un pequeño problema… notar cuando uno sangra un poco.

Juró que no volvería a salir con ella.

Durante el paseo, casi no oyó cuando Milena mencionó que los abedules eran amarillos con trazas de color banana, que los carpes eran verde oliva, las hayas esmeralda, y el follaje del roble bordeado con el color de su cuerpo. Más adentro del bosque, mientras bajo sus pies crujían los tonos moribundos de las hojas verdes caídas, permitió que un poco de luz verde oscura llegara a sus pupilas. Las lágrimas no conocen otro camino.

No recordó el instante en que decidió quedarse en aquel entorno. Ni tampoco el motivo. Solicitó y obtuvo permiso. Le arreglaron un viejo molino de agua y aseguraron un abastecimiento mensual. El doctor Zidar había influido de manera decisiva con su postura de que el tiempo haría lo suyo. Milena Gavrilović fue enviada a otra tarea.

En primavera, Petar logró distinguir al tacto el croco amarillo del morado, y detectar los lugares donde el diente de león aún no había comenzado a florecer. Disfrutaba de la suave sopa de ortigas tiernas; la comía mientras sus dedos aún ardían por el veneno. Encontraba fácilmente el ajo silvestre; el tenue olor a ajo no podía engañarlo. En mayo olió el lirio del valle y supo que por los prados habían empezado a brotar las sabrosas setas de San Jorge. En junio comenzaban los boletus. Solo una vez se equivocó y recogió una seta venenosa. La alucinación de dos días lo animó, a finales del verano, a jugar a la ruleta rusa con las amanitas. A un lado, acechaban papamoscas, mariquitas y panteras; en el otro, la recompensa eran las oronjas comestibles y las setas de los bosques. Allí, los colores lo eran casi todo.

En sus largos paseos ciegos, conoció el bosque y los prados, el murmullo de su arroyo y los lugares donde, represado y frío, se permitía un baño rápido. Aprendió a reconocer por el olor los lugares cubiertos de menta y milenrama, tomillo y achicoria, gordolobo y hierba de San Juan, manzanilla y cola de caballo. Sabía permanecer horas tumbado en algún claro bajo los olmos, mordisqueando las amargas puntas de la centaura. La amargura dentro de él se teñía de violeta.

En el tercer año, todas las flores eran eléboro, todas las amanitas en tonos de verde, los árboles los dividía en verde claro y verde oscuro. Todo en una inconcebible gradación de verdes. El programa del doctor Zidar había sido suspendido hacía tiempo, sin que siquiera se lo informaran a Petar. El compadre Radojica, del pueblo cercano –él mismo pidió a Petar que lo llamara así– asumió la responsabilidad de suministrarle alimentos y herramientas, aunque los subsidios habían sido retirados. Quizá tomaba muy en serio el compadrazgo.

En las largas noches de invierno, Radojica solía quedarse a dormir con él. Cenaban tocino y queso, setas encurtidas y pan de corteza gruesa, del cual Petar se había vuelto un verdadero maestro. El aguardiente caliente lo mantenían siempre sobre la estufa. Hablaban de tiempos ya lejanos y evitaban mencionar los colores.

La primavera del cuarto año trajo tormentas tempranas, pero no lluvia. Petar imaginaba los caminos por los que las lejanas nubes amarillas evitaban su prisión verde, y meneando la cabeza se iba a dormir. Sin abrir los ojos ni siquiera en la oscuridad más densa, mientras en su alma se derretían los últimos reflejos del rojo, permanecía largo rato despierto, con las manos bajo la cabeza, repasando el espectro de lo verde, del amarillo al azul. Tendría que hablar de ello con Radojica, se decía.

Radojica logró llegar hasta su valle, atravesando montones de nieve envejecida de un amarillo sucio, en la época del nuevo eléboro. Alguna de aquellas flores debía de serlo, pensaba Petar mientras desmenuzaba los pétalos quebradizos. Dos disparos consecutivos, la señal convenida, resonaron en las rocas desnudas entre las cuales su refugio era silenciosamente abandonado por el arroyo.

Esta vez el encuentro con Radojica fue diferente. Tras un breve y cordial abrazo, en el que Petar sintió rastros de contención y fingimiento, el amigo lo rodeó por los hombros y lo condujo hacia la casa. Agitó ante su nariz una pequeña damajuana de vidrio trenzado, de modo que el aguardiente chapoteó dentro, y dijo:

—Primero, tomemos un trago…

—¿Y después…? —preguntó Petar con cautela.

Y entraron en el molino.

Bebieron uno, dos, tres tragos, antes de que Radojica se decidiera.

—Sabes, compadre Petar… la Federación Galáctica ya no existe…

—Oí los truenos… —musitó Petar a mitad de frase.

—Parece que se estuvo cociendo desde hace tiempo; solo que nosotros no lo sabíamos. ¿Quién pregunta a los campesinos balcánicos?

—¿Qué se estuvo cociendo?

—Hay otros… Dicen que se llaman el Consejo del Universo… No les gustaba cómo la Federación establecía el Orden. Ni todas las restricciones que imponían… Tú bien lo sabes…

—Lo sé. Azul y amarillo, ¿no?

—Han decidido devolvérnoslo…

—¿El rojo…? —la voz de Petar se mantuvo plana. —Parecía que Radojica dudaba si continuar—. ¡Dilo!

—No solo ese. Como compensación, recibiremos otros dos colores que hasta ahora no podíamos ver. Se llaman, creo… inferna y feérica…

Petar se desmayó por tercera vez.

Radmilo Anđelković nació en 1942 en Belgrado, Serbia. Es escritor de ciencia ficción, guionista, actor, activista cultural y pedagogo. Es uno de los fundadores de la prestigiosa Sociedad de Amantes de la Fantasía "Lazar Komarčić" de Belgrado. Entre sus libros publicados pueden mencionarse Sva vučja deca (1998), Oko za drugi svet (2009), Tabor na Kidisu (2010), Legija Ida (2010), Unazad (2017), la colección retrospectiva de relatos largos, la novela corta Spyridonova potera za neuhvatljivim (2018), y la colección de cuentos neolíticos cortos Rukavac, (2023). Sus cuentos han aparecido en revistas y antologías importantes de su país y Rusia y fue galardonado varias veces con el Premio "Lazar Komarčić"

HAY HORROR EN LOS OJOS DE CAÍN

Ricardo Bernal

 

Despierta Luis, son las siete. Sí mamá. Detrás de los cerros ya se asomaba el sol, con sus lentes oscuros y una sonrisa bobalicona. Voy a prepararte unos sandwiches, dijo Madre, y salió de la habitación quitándose los tubos de la cabeza. Luis se estiró, todos sus huesos crujieron al mismo tiempo. ¡Por fin! Sábado 17 de abril: este día es más importante que navidad o mi cumpleaños. Hizo a un lado las sábanas como si fueran el cadáver de un fantasma derrotado en sueños. Se levantó; el sol, con sus amarillos dedos de aguja, le tocó los ojos suavemente. Luis, todo sonrisas, miró sus avioncitos, miró su colección de monstruos desarmables marca Acme, miró el gol retratado en uno de los posters que su hermano había colgado en la pared. Miró el reloj. ¿Dónde estarán mis zapatos? Una mueca poco terrenal lo sorprendió desde el espejo: ¿De veras soy ese niño flaco y despeinado con la carne color leche? ¿Soy el tonto del mundo, con diez años recién cumplidos y un solo diez en aritmética? Quisiera conocer los bosques, hacerme amigo de los duendes. Quisiera perderme en las entrañas de un dragón. ¡Ándale, hijo, se hace tarde!, gritó Madre desde la cocina. Luis abrió cajones, la ropa voló y en un santiamén estuvo listo para la gran ocasión. Otra vez se miró en el espejo, acomodándose el nudo de la pañoleta. Hizo un saludo scout con su mano izquierda, los monstruos desarmables marca Acme celebraron el acontecimiento arrancándose las cabezas unos a otros. Luis los miró solemne. Luego abrió su querido diario y anotó la fecha subrayándola varias veces: no todos los días se va uno de campamento por primera vez. En aquellos tiempos no había calendarios. Las fechas se anotaban en la espalda de una tortuga, en el interior de los árboles, en los colores del cielo. Las capas geológicas hablaban de oscuros amaneceres donde la conciencia reptaba de un lado a otro buscando un poco de luz. Y Dios inventó el ojo, uno de los instrumentos más perfectos de la creación. Peces, anfibios, insectos, reptiles, aves; aunque los ojos de todas las bestias jamás sumarían el ojo que la conciencia necesitaba para mirarse a sí misma. Entonces nacieron los hombres, con ojos nuevos y palabras azules debajo de la lengua. Y uno entre ellos se distinguió por su forma de mirar: Caín era su nombre. Dicen que fue el primer asesino pero no hubo testigos y la historia nunca podrá ser comprobada. Ahora Caín huye por senderos de espinas y salamandras. Arriba, entre las nubes espesas de la tempestad, gira el ojo de Dios como la enorme luz de un reflector. Abajo, en la tierra, un ejército de ángeles armados con espadas, linternas y redes buscan a Caín debajo de las piedras, en el fango de los pozos, en el interior de los árboles. Hay furia ciega en la mirada de Dios. Hay horror en los ojos de Caín. Beto y Miguel tocaron el timbre mientras Luis se limpiaba los bigotes de chocolate con una servilleta. Ya llegaron tus amigos, apúrate o los va a dejar el camión. Sí mamá. Pórtate bien y obedece al jefe de manada, no se te olviden tus sandwiches que me costó mucho trabajo hacerlos. No, mamá. Se duermen temprano y no te acerques a la fogata. No, mamá. Dame un beso; y Luis se paró de puntitas para alcanzar el cachete de la saludable ballena que lo miraba con ojos saltones y maternales. Ya vete, córrele. Sí, mamá. Afuera el sol se inflaba como pez globo enfurecido; no había nubes en el cielo. Luis saludó a sus amigos con un complicado ritual de palmadas y ruiditos. Miguel y Beto. Beto y Miguel. Beto, Miguel y Luis. Algo así como Hugo, Paco y Luis, pero sin salir en las caricaturas. Los tres amigos cruzaron las calles deprisa, cargando sendos mochilones en sus espaldas. ¿Qué trajiste? Mi flauta, mi brújula y mi navaja scout, ¿Y tú? Un encendedor. ¿Para qué? Para prender la fogata, buey. No seas tarado, el chiste de los campamentos es encender el fuego con piedras. ¿Con piedras? Ni que fuéramos cavernícolas. ¿Tú qué trajiste? Pues mira; y Beto sacó varios ejemplares del Playboy y el Penthouse. ¡No te pases! si lo ven los grandes nos van a castigar. No te preocupes, aparte de nosotros tres, nadie verá a nuestras novias. Un viejo autobús anaranjado tocaba el cláxon en la esquina mientras dos guías quinceañeras daban instrucciones a los niños que iban llegando. ¡Apúrense! Ya nos vamos. Caín se miró las manos ensangrentadas. Seguramente era su propia sangre pues la muerte de Abel había sido un trabajo limpio: la quijada de burro giró en exacta órbita hasta apagar con un golpe perfecto la mirada luminosa de su querido hermanito. ¡Maldición! Aún después de muerto, Abel siguió sonriendo y ni siquiera los buitres se acercaron a devorar su carne perfumada. Así había sido siempre; Abel: un niño completamente blanco, Caín: un niño gris y confundido que hacía enfurecer a las piedras y agriaba las manzanas con solo tocarlas. Ahora Caín jadeaba en un bosque desconocido. A lo lejos brillaban las luces de la gran ciudad. Imaginó a los ángeles entrando brutalmente en todas las casas, interrogando a los pobres hombres, rompiendo con sus hachas los roperos que pudieran ocultarlo. La risa de Caín espantó a un conejo. Siguió caminando; cruzó ríos, desfiladeros y valles hasta llegar a un lugar de poca vegetación. Arriba las estrellas eran jeroglíficos narrando historias terribles. Caín desdobló sus mapas, prendió un encendedor para alumbrarse. Parece que estoy perdido. No importa, suspiró; los ángeles se han quedado atrás. Sus perros tardarán mucho tiempo en encontrar mi rastro. Arriba el sol sudaba como un luchador chino. El traqueteante autobús recorría la autopista. Luis, Beto y Miguel estaban sentados en la parte trasera; en vez de cantar canciones idiotas bajo la desafinada dirección de Vhanta, miraban las multicolores figuras de un cómic. ¿Ya viste Beto?, éste es el Doctor Complot, su rayo metafísico puede destruir a Psiquiatramán. La ilustración mostraba a un barrilesco gángster con muchos ojos, tentáculos y garfios, sentado en una media luna. ¡Ni madres!; los setecientos años que pasó Psiquiatramán en el Templo de los Derviches Asesinos le dieron suficientes poderes como para acabar con el Doctor Complot y toda su familia. ¡Vean esto!, dijo Miguel señalando otra página. ¡Órale! Está padrísimo. Es el Castillo de la Eterna Desolación, ahí vive la Princesa Devoracorazones y su sangrienta corte de saxofonistas cibernéticos. ¿Y éste? ¡Ah!, pues es nada menos que Wozzek, el perro individual... Luis, Beto y Miguel. Sus edades sumaban treinta años, y las aventuras que habían pasado juntos eran suficientes como para escribir una historia mil veces mejor que la de cualquier cómic. Luis miró por la ventana: qué lejos se iba quedando la mirada protectora de Madre, los alaridos de su hermana recién divorciada, la absoluta indiferencia que fosilizó para siempre a Papá en un sillón de la sala. Ahora Luis iba a pasar varias noches sin su familia, y no sólo eso, iba a ser en el bosque, acompañado de sus queridísimos camaradas. Amigos, va a estar de pelos este campamento. ¡Claro!, Miguel trajo una casa de campaña redonda, se supone que sólo caben dos personas, pero nosotros nos vamos a acomodar perfectamente, ya lo verás. ¿Cuánto falta para llegar, Vhanta? No coman ansias niños, el camino es parte de la diversión; ahora, vamos todos a cantar "Is this the real life?, is this just fantasy..?" Luis Luis Luis, eres feliz como una lombriz. ¿Que qué? Los tres amigos soltaron la carcajada al mismo tiempo. Afuera el sol, con una brocha en la mano, pintaba de amarillo la espalda del autobús. Después de mucho andar, Caín encontró la entrada a una especie de mina; olía a detergente y estaba repleta de hongos blancos y pegajosos. En el interior las paredes tenían una extraña luminosidad verde. Caín recorrió pasillos, subió escaleras, cruzó puentes colgantes. Por último se detuvo en una bifurcación donde había un oxidado letrero de metal: PROHIBIDO EL PASO. TOQUE LA CAMPANA. Algo brillaba en el suelo, medio oculto entre un montón de polvo y huesos. Caín levantó el pesado objeto: era la campana, ¿cuánto tiempo llevaba ahí? La sacudió con fuerza, el lúgubre tañido le provocó escalofríos. Poco después vio luces, oyó pasos que se acercaban por el pasillo de la izquierda. Apareció un viejo con una antorcha. Miró a Caín con el único ojo que le quedaba en la monstruosa cabeza. Junto al viejo había otros: todos tenían la piel hecha jirones, estaban tan deformes que difícilmente se distinguían como algo humano. Caín comprendió, estaba en un leprosario subterráneo tal vez más antiguo que Adán y Eva, sus padres. ¿Quiénes son ustedes? No hijo, ¿Quién eres tú y qué buscas aquí? Caín miró a los leprosos bajo la luz naranja de la antorcha: vio sus bocas de ventosa, la ciudad derrumbada de sus dentaduras. Decidió contarles la verdad, de alguna manera sabía que esos seres no iban a traicionarlo. Desenredó su historia: describió detalladamente el asesinato de Abel, las astillas de horror que se habían instalado detrás de sus ojos mientras huía de las huestes celestiales. Los leprosos lo miraban inexpresivos. Cuando Caín terminó de hablar, el viejo, quien seguramente era el jefe, le indicó que los siguiera. Después de caminar muchas horas llegaron a un elevador. Todos entraron en silencio. El elevador comenzó a bajar. ¡Miguel! ¡Beto! ¡Miren, vamos por encima de las nubes! La autopista se había convertido en un estrecho camino que se retorcía en lo alto del precipicio. El chofer del autobús mantenía alertas los cinco sentidos: su pie derecho saltaba constantemente del acelerador al freno. ¿Ya vieron todos esos árboles allá abajo? ¡Por fin llegamos al bosque! Vhanta se había cansado de tanto cantar y dormía con la cabeza recargada en el vidrio, las demás guías leían el manual scout mientras masticaban sus sandwiches concienzudamente. El autobús apenas podía seguir su trayectoria, pasaba las curvas con las llantas a pocos centímetros del borde. De pronto el sol clavó espadas rojas en los ojos azules del chofer obligándolo a soltar el volante. Los niños gritaron. El autobús voló en cámara lenta hacia la bostezante oquedad del precipicio. Luis cerró los ojos. Estamos aquí, dijo el viejo señalando un punto con el hueso de su dedo índice; para salir del otro lado tienes que irte por este pasillo. Caín miró el pergamino, era un mapa de todas las grutas, cuevas y minas del mundo. Alguna vez había oído decir que los continentes estaban comunicados entre sí por medio de túneles que pasaban por debajo de los océanos. Que seres milenarios vivían en esos túneles desde tiempos anteriores al Paraíso. De ser ciertas esas teorías, los leprosos son entonces descendientes de... ¿O no? ¿Cuántos años tienes?, le preguntó Caín al viejo. Todos los leprosos rieron. ¿Sabes, Caín? La lepra que corrompe nuestra carne es lo de menos, lo verdaderamente difícil es soportar la inmortalidad. ¿Ustedes son inmortales? Sí, tan inmortales como todas las criaturas imperfectas que ha hecho Dios. Tú fuiste el primer asesino, nosotros somos los primeros enfermos. Dios es terrible, no quiere olvidar sus errores y por eso nos mantendrá despiertos hasta el día en que decida morir. ¿Morir Dios? Todos los leprosos volvieron a reírse. Ya no hagas más preguntas Caín: toma este mapa, te llevará muy lejos de la mirada de Dios y sus ejércitos. Aquí tienes también un pan mágico, lo preparé con mis propias manos. No temas contagiarte Caín, y vete, vete ya. Caín se alejó de los leprosos sin dar las gracias ni despedirse. Recorrió túneles, galerías, pasadizos; el mapa se deshacía en sus manos conforme iba avanzando. Al día siguiente salió a la superficie. Luis abre los ojos, tiene sangre en la cara y su lengua está partida en dos. Junto a él hay un cuerpo: es su amigo Miguel, aunque la cabeza pertenece a Freddy Krueger. Luis se levanta con dificultad. Ve los restos humanos sembrados alrededor. Cincuenta pasajeros, Luis es el único sobreviviente. ¿Acaso el cielo esconde tras su máscara otro cielo? Hay enormes llamaradas en el autobús volcado; el motor muge, agoniza, muere. En lo alto del precipicio el camino serpentea: no se ve ningún coche. Un silencio de mercurio baña la escena. Arriba el sol es un bebé recién nacido, las nubes lo arropan lentamente. Luis camina: la existencia es un gran guiñol, una pesadilla gore en este escenario de fierros retorcidos. Luis ve a su amigo Beto descansando sin piernas en la rama de un árbol: está tranquilo, su ojo derecho es una roja esfera navideña colgándole de la cara. Adiós Beto, felices sueños. Luis recorre el bosque. Hay intestinos tirados en el suelo. Brújulas, cobijas, dedos, infernales antifaces de carne mirando en silencio las nubes. Hay un sandwich mordido junto a un hormiguero, sus negros habitantes comienzan a explorar el aguacate y el jamón. Luis se topa con el cuerpo de Vhanta: su posición es ridícula, como si fuera una barbie recién salida de la licuadora. El viento despeina las páginas de uno de los Penthouse que Beto cargaba en su mochila, las dulces muchachas sin ropa les sonríen a los cadáveres mutilados. Luis busca un encendedor. Hay que prender la fogata. Hay que montar la casa de campaña. Hay que organizar los juegos y explorar los alrededores. Luis cierra los ojos, en el interior de su cabeza Miguel vuela papalotes y Beto recorre el mundo montado en una bicicleta nueva. Luis hace un saludo scout. Luego se recarga en un árbol y vomita el desayuno. Vomita la cena del día anterior. los caramelos comidos durante toda su vida. Luis vomita su niñez. Antes de desvanecerse, siente que unos brazos lo rodean. Caín recorrió los bosques: había mariposas verdes, pájaros transparentes cantando un blues en las ramas de los abedules. Ya ningún ángel lo perseguía, así que se sentó bajo la sombra de un árbol y comió una parte del pan que le había dado el viejo leproso. Miró las nubes como oscuros pulpos retorciéndose en el cielo: pronto llovería. Luego se quedó dormido. Soñó con Abel, quien en su sueño era muy anciano y estaba rodeado de niños vestidos de blanco. ¡Mira Caín!, dijo Abel; estos son mis nietos, van a construir ciudades de cristal encima de las catacumbas donde se arrastran tus nietos. Caín despertó, había una gota de sangre en el dorso de su mano, una avispa volaba hacia las nubes. Adiós árbol, necesito un arroyo para lavar mis pies. Caín recorrió veredas, cortó flores, pisoteó alacranes. Después de mucho andar llegó a un claro. Se detuvo. Miró la escena con incredulidad: el autobús naranja ardía en medio del caos. ¡Maldita sea! ¡Un accidente! Las llamas llegaban hasta el cielo y había niños muertos por doquier. Entonces oyó ruidos: cerca de ahí, un diminuto niño vomitaba apoyándose en un árbol. Caín sintió el dolor de Luis como una tormenta de alfileres en el corazón, corrió hacia él, logró sostenerlo antes de que se desmayara. Los dedos de Caín fueron instrumentos de ternura: acarició al niño, le quitó la pañoleta y limpió la sangre de su cara. No te mueras. No te mueras. No te mueras. Caín abrazaba al pequeño Luis con todas sus fuerzas. No te mueras hermano, quiero que juguemos en este bosque; cazaremos ardillas, nos alimentaremos con la carne de los ángeles que se atrevan a cruzar nuestro camino. Caín miró hacia arriba, había lágrimas en sus ojos borrando todo horror, había palabras de misericordia moviendo sus labios: Padre nuestro que estás en los infiernos... Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia.

 

Es como un milagro incompleto, dijo el doctor; su hijo fue el único sobreviviente pero está en coma y no sabemos si va a despertar. Madre miró a Luis: tenía la cabeza vendada, un tubito transparente bajaba hasta las venas de su delgado brazo. El doctor salió sin hacer ruido. Hijito de mi alma, tal vez sea mejor que no despiertes nunca, no estoy preparada para decirte que murieron tus amigos. El Cristo de la cabecera abrió los ojos, Madre no se dio cuenta. Había luz en el rostro de Luis. ¡Qué extraño!, estoy segura de que puedes escucharme, dijo Madre saliendo de la habitación. En el pasillo una enfermera siniestra empujaba un carrito lleno de frascos azules y verdes. Madre llegó a la terraza del hospital. Encendió un cigarro, hacía once años que no fumaba. A lo lejos se oía el ruido de los coches, el desesperado ladrido de un perro. Arriba había una luna llena, ciega y enorme como el ojo de Dios. Madre sacó un pañuelo y apretó los dientes, pero por más esfuerzos que hizo no pudo llorar.

Ricardo Bernal nació en la Ciudad de México, en 1962. Es narrador y poeta egresado de la SOGEM e investigador de cine y literaturas anómalas. Se ha especializado en literatura fantástica, horror y ciencia ficción. Ha sido director del consejo editorial de La Mandrágora; coordinador del Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción en la Universidad del Claustro de Sor Juana desde 1996. Becario del FONCA en cuento de 1994 a 1995 y del Instituto Quintanarroense de Cultura. Premio Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos 1991 por La palabra de los niños y 1992 por Leyendas de la muerte azucarada. Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1995 por el libro Ciudad de Telarañas. Desde 1992 imparte cursos, talleres y diplomados de literatura fantástica, horror, ciencia ficción, historia de las animaciones, cine negro, astrología simbólica y tarot.

EL VIUDO

Suray Annys

 

Tras trabajar como obrero toda su vida, Floreal se había jubilado. Su esposa estaba enferma y murió al poco tiempo. Desconsolado no encontró motivos para vivir, salvo seguir cuidando el pequeño jardín de rosas que ella cultivaba. Canceló todo tipo de encuentros y reuniones y redujo sus salidas al aprovisionamiento esencial. Sus conocidos y cercanos comenzaron a preocuparse. Se turnaban para visitarlo e intentaban motivarlo para que saliera, sin lograrlo. Después de un par de años de insistencia y aburrido de la soledad, Floreal accedió a encontrarse en un café con un amigo. Este le presento a Jazmín en esa ocasión. Era fresca y grácil, bonita e inteligente, pero la olió desde la entrada del local. Tomó su copa en estado nauseoso y huyó prontamente alegando un malestar completamente real. De las infusiones que cosechaba su difunta, la única que jamás había elogiado era la de jazmín. De hecho ella compartía ese té únicamente cuando se encontraba con sus amigas. Él olía ese aroma aún varias horas después cuando regresaba de su trabajo a casa. Así que ella sahumaba con cascarillas y preparaba un café fuerte y un refresco de rosas.

De todo el jardín solo conocía las rosas y era lo único que le importaba cosechar. Una en particular, la rosa té. Una variedad que ella atesoraba. Bebía ese té cada vez que la extrañaba. Le sobraba tiempo. Sus días continuaban en una paz a la que no se acostumbraba. Los cercos de su jardín comenzaron a antojársele estrechos. Emprendió caminatas a lugares más silvestres encontrando que le gustaba y le hacía bien.

Junto a un sendero umbrío en un banco medio derruido de un bosquecillo, leía Violeta. Un ensayo filosófico, por supuesto. El quedó petrificado cuando la vio, esperaba encontrar ese banco siempre vacío. Pero quedó sin aliento cuando ella lo miró. Era sólo ojos. De un azul noche.

—¿Quiere sentarse?

Agradeció emocionado y comenzaron una respetuosa charla. Él supo que podía, si quería, enamorarse del abismo. Todo era estimulante. Era una mujer madura, menuda, rutilante y a la vez aterciopeladamente profunda. Sin embargo algo de ella le repelía. Mientras dialogaba pudo liberarse de esos ojos hipnóticos y lo descubrió. Su piel… esa piel no veía, desde hacía mucho tiempo, el sol. Se dijo a si mismo que a su edad no debía pensar en estas cosas. Regresó a las fauces de esos ojos y a esa voz. Ya no entendía de qué le hablaba y sintió que era momento de irse. Dijo como excusa que debía atender su jardín. Entonces ella entre risas idiotas le dijo que nada vivo sobrevivía bajo su cuidado… que no tenía suerte con esas cosas… e imbecilidades así que no terminó de oír.

Cambió de recorridos hasta que los paisajes aún con personas le resultaron vacíos. Tanta belleza y nadie con quien compartirlo. Se encerró más durante un tiempo. Buscó distracciones comunes pero el porno y el alcohol le dejaban dolores y malestares que prefirió discontinuar.

Abelia llamó a su puerta y algo cambió. Era una beata regia que predicaba la palabra de dios, con la misma pasión con que una gitana lee las palmas de las manos.

Primero sintió vergüenza. Esa voz madura y dulce como agua de melón requería al menos que se aseara.

—¡Vuelva mañana! —le gritó y ella prometió hacerlo. Limpió la casa y el jardín. Se bañó se afeitó y esperó con té de rosas en la tetera. Llegó puntual y hablo de Dios y las Santas Escrituras. A él no le interesó ni le molestó. Cuando lo invito a la congregación él se negó. Ella se invitó a visitarlo regularmente y cumplió. Todas las tardes bebían té. El viudo escuchaba mansamente una voz que quería adoctrinarlo. Siempre se despedían entre risas de alivio y condescendencia, hasta que Floreal advirtió que pasaba de tonto; esa mujer seguro esperaba algo más de él

La esperó con masitas de la panadería. Cuando ella estaba por soltar la lectura de algún párrafo de la Biblia, se acercó y la besó. Ella se irguió como un resorte. Cuál hiedra venenosa comenzó a vociferar cosas del infierno y que ella solo estaba casada con Dios. Se fue y no volvió.

Floreal decidió que no se involucraría más. Sus huesos anunciaban el cambio de las estaciones. Los muros se fueron poblando de enredaderas por fuera y de moho por dentro. Solo el jardín permanecía siempre prolijo y saludable.

—No es bueno quedarse solo —le había dicho el ferretero—, sin alguien que te ponga paños fríos cuando te afiebrss.

Y le dio fiebre. Maldito envidioso, pensó, él tenía ibuprofeno. Esa noche soñó algo que tenía mucho de recuerdo. Era el cumpleaños de Lila, su hermana. Estaba vestida con sus ropas modestas de fiesta. De espaldas, con su diadema de flores, podía olerla, fragante. Pero al darse vuelta no era Lila, era Alelí su primer amor. Con un bebe muerto en sus manos. Se despertó con palpitaciones. Se preparó un té y volvió a dormir.

El invierno se adelantó ese año. Su prima Petunia lo visitaba en cada evento familiar. El día de su cumpleaños llegó con una torta de manzanas casera, y acompañada de Margarita, su mejor amiga. Más empalagosa que la torta, no se fue hasta que Petunia la arrastró en estado de ebriedad.

A partir de entonces encontraba a Margarita hasta en la sopa. En el Rapipago, en el súper, en el cajero, en la carnicería. Siempre alegre y parlanchina. Vestida con más bijou que ropa. Con una capacidad de razonamiento inversa al espesor de su maquillaje. Ruidosa y disonante hasta para los ojos. ¡Y su risa! Un granizo sobre un techo de chapas era menos inquietante. La eludía con palabras corteses y severas, con una agilidad de paso propia de un bailarín. Tras varios meses de asedio se apareció en su puerta un domingo. Lucía un enorme moño fucsia sobre la toca platinada. Traía en un primoroso paquetito las más húmedas masas finas que había probado. Está claro como el agua que un té no se le niega a nadie. Escupiendo torta en el parloteo tragaba el té como quien hace un pastón de concreto. Floreal deseaba que se fuera. Ella hablaba… hablaba… y de pronto, después de un sorpresivo silencio, con un cambio novelero en la voz, confesó. Hacia años lo quería. Él tenía que rehacer su vida y ella estaba allí para eso. No pudo contenerse y la expulsó. Margarita se fue vociferando.

Fue un invierno silencioso. Se cobijó en el interior ignorando el jardín. Ni se percató de los ciclámenes que se anticiparon a las azaleas. En esos tiempos recordaba a Hortensia. ¡Hortensia! Tenía de todo, incluso carnes blancas y generosas que le sacaban el frío. No lo había elegido, quería a otro. Para cuando sus huesos dejaron de doler, el sol calentaba. Los rosales brotaban y la maleza era dueña de todo. Volvió a ocuparse de las plantas y a tomar paseos. Adelgazó y se compró zapatillas especiales. Comenzó un taller de narrativa en la biblioteca del barrio. Era el único hombre de su grupo y se horrorizada de la sangre y el horror de los textos de sus compañeras. El no acababa ningún escrito. Quería contar sus recuerdos. Ponerles finales felices a tantas historias tristes.

A fines de la primavera Azucena ingresó al taller. Rosada, hasta sus canas eran de un gris rosado. Y gris. ¡Pero su risa tenía una fragancia! Era muy alta y delgada y su voz clara y melodiosa tendía a la picardía y el misterio. Pronto mostró unos cuentos cortos que mezclaban cierta veta tragicómica con ínfulas filosóficas. Encantado, se esmeró en vano en hacer algún relato con que impresionarla. A fin de año todos compartieron sus escritos y sus inconclusos fueron ignorados. Pero todos recibieron de él una rosa. Quería darle una rosa a Azucena antes de terminar el año pero lo avergonzaba y darles a todos era más generoso. Fue la segunda vez que ella se fijó en el… La primera vez fue cuando se presentó.

Ese hombre descuidado con mirada esquiva y piel sucia la miraba con fijeza. Es viudo, le dijeron. Ella lo escucho balbucear varios fragmentos de eventos triviales. El resto del tiempo lo ignoró. Pero finalmente Floreal se atrevió a hablarle. Personalmente.

Estas rosas son de mis cultivos —le dijo—. Bueno. Eran de mi esposa que murió. Elegí el pimpollo más grande para usted para que le dure más. —Azucena no dijo ni una palabra. Tomó su pimpollo lo abrió quitando el cáliz y se lo comió. Arrojo al suelo el resto y se retiró. En ese grupo tampoco volvieron a verla. Los demás compañeros lo atiborraron de tortas, sándwiches y golosinas. Si bien él, en general, estaba contento, le producía una fea sensación recordar, sin quererlo, el gesto de Azucena.

No sé amilanó. Después de todo era verano y decidió ir al balneario a ver cómo vive la gente. Y claro, ver a todas esas personas felices… suspendiendo trabajos, enfermedades, trámites, para permanecer durante algunos días en esa cápsula temporal… Para Floreal, ver converger esa manada humana en los abrevaderos estivales, era como mínimo curioso y pintoresco, aunque en definitiva era casi lo mismo que pasear por los pasillos de un shopping: mirar lo que nunca se necesitó y que nunca se esforzará por tener.

Sentado bajo un árbol, con el mate y el termo, fijó la vista en una joven pareja y recordó sus días con Flor. Ella era morena, rojo pasión como esta chica. Sí… debía aceptar que una vez compró en el mercado de la vida y le gustó. Estaba como estos dos seres, en su burbuja, sin saberlo. Y el perfume del recuerdo lo conmovió.

Regresó a su casa. Quería un baño con pétalos y un té de rosa mosqueta con caña y arrope de uva. Tal vez una sopa bien acuosa o tal vez no.

Curiosamente era un verano frío, aunque la alerta de la ola de calor mantenía a la gente en sus casas o en lugares sombreados.

Por eso, en las mañanas, muy temprano Floreal caminaba por las calles del barrio. Sin gente, podía pensar mejor y disfrutar más de sus fantasmas. Muchas veces hasta se animaba a imaginar que se mojaba los pies en el mar...

Regresaba con las compras ya cansado y se acostaba. Al caer la tarde se ponía a cocinar afuera bajo las glicinas y las parras.

Sin embargo, había dejado de podar y desmalezar. Las plantas se chamuscaban con la radiación aunque las regaba. Taciturno y hosco alejó a todos los que quisieron verlo… cenaba y miraba televisión hasta la madrugada. Dormía un rato y se levantaba. Todos los días igual. Su jardín se había llenado de yuyos y los rosales florecían incultos y enfermos. Fue espaciando sus paseos y con el otoño abandonó el jardín. Adelgazó más y comenzó a debilitarse. Pasaba más tiempo acostado que de pie. Una mañana se obligó a levantarse. Tenía hambre. Maldita existencia. ¿Por qué no se moría de una buena vez. Sentíase abandonado por la vida en una sala de espera… o abandonado por la muerte… no lo sabía, no estaba nada claro.

Desayunó solo té y puso la radio mientras se bañaba. Era ruido sin el menor significado, la nada misma, como si los locutores hablaran en un lenguaje extraterrestre. Salió a buscar provisiones. Frente a su casa había un camión de mudanza y una cuadrilla trabajando.

Solo deseó que los nuevos inquilinos fueran menos ruidosos que los anteriores.

En el bar del barrio se sorprendieron al verlo. No era el de siempre; estaba desaliñado y descolorido. Le obsequiaron un bocadillo. De allí pasó por el mercado y regresó. En la casa vecina ya no había movimiento. Se sintió un poco más animado, lo suficiente para cocinar y darse un baño… anochecía cuando llamaron a la puerta. La nueva vecina venía a presentarse. Era una mujer fea. Bastante rolliza. Baja, oscura, canosa. Pero cuando habló su voz encantadora trinó esperanza y misericordia. Rosa, Rosita para los amigos. Venía a ofrecerse para cuidar su jardín. Se especializaba en el cultivo de rosas, en particular de la rosa té. Floreal, el viudo, lloró esa noche; fue la última vez que lloró. Pudo vivir contento el resto de sus días y tuvo al fin por quién hacer su testamento.

Suray Annys usa el apellido materno para escribir y publicar. Es profesora de artes, ecologista arboricultora y jardinera y paisajista autodidacta. Escribe, actúa, y dibuja desde los seis años. Es anarquista, no cree en el mercado, las religiones, la civilización iluminada por la ciencia... Por ende, regala y comparte su producción artística burlándose del valor monetario del arte, el lavado de dinero a través de este, los egos del derecho de autoría y la arrogancia consumista de hacer arte por el arte o pretender vivir de él. Vivir con arte y poner este al servicio de la comunicación y el conocimiento es su interés. Deja siempre inacabada su obra, transfiriendo al interlocutor/consumidor los interrogantes. Le gusta pasearse como en la vida misma por diversos géneros y materias. Aunque destaca que prefiere las ficciones filosóficas y la literatura fantástica porque la realidad es demasiado absurda y bizarra. No publicó nada en ningún lado, a excepción de revistas autogestivas y redes sociales. Utiliza seudónimos múltiples para diferentes producciones y rara vez colabora en creaciones colectivas. Para acceder a su trabajo el único modo es el azar o el contacto directo.

 

TRES CAMPANADAS