domingo, 21 de junio de 2026

EL PRIMOGÉNITO

Dragan Milojković

 

Vilena blandió la azada con todas sus fuerzas y, cuando esta golpeó la tierra endurecida, de su frente, de sus cejas y de su barbilla brotaron gotas de sudor. La tierra no conocía la misericordia: solo entregaba alimento a quienes se lo arrancaban mediante un trabajo duro y constante.

En el siguiente golpe, más débil que el primero, lanzó una mirada de reojo hacia su padre, su madre, sus hermanos y sus hermanas, que trabajaban el campo junto a ella. Nadie le prestaba atención, y aprovechó el momento para llevarse una mano al vientre. Allí había surgido un retortijón profundo, el primero, el que anunciaba la tormenta de dolor.

Quizás solo sea mi imaginación, pensó, asustada como una cierva que huye de los cazadores a través del bosque. Dioses, por favor, que no sea más que mi imaginación.

Pero los dioses permanecieron en silencio. Todos ellos. Svetovid, Dazhbog, Lada, Jarilo, Mokosh... ninguno respondió a la súplica de Vilena, ninguno le ofreció consuelo ni aliento, ninguno le mostró el camino que debía seguir.

No le sorprendió. Esperaba su desprecio, porque lo que llevaba bajo el pecho, lo que crecía en su vientre, no había surgido de la bendición que los dioses conceden a los recién casados. El niño que crecía dentro de ella era fruto del engaño. Vilena no estaba casada y, sin embargo, se había entregado a Hrastomir, que la había cortejado el tiempo suficiente para que confiara en sus palabras dulces como la miel.

Cuán amargamente había sido engañada.

Creyó que la amaba, que soñaba con ella por las noches y que despertaba cada mañana con su imagen en la mente. Eso era lo que él le decía, y ella había sido lo bastante ingenua para creerlo. Hrastomir solo deseaba una cosa y, una vez obtenida, jamás volvió a mirarla.

Varias semanas después, Vilena comprendió que su credulidad le costaría mucho más que un corazón roto. Estaba embarazada. La semilla de la traición de Hrastomir estaba tomando forma dentro de ella.

Desde aquel día dejó de ceñirse el cinturón a la cintura y permitió que el vestido cayera holgado. Comenzó a comer con más frecuencia y en mayores cantidades; sus mejillas se redondearon y nadie en su familia encontró extraño el ligero aumento de volumen de su vientre. En eso, al menos, los dioses habían mostrado cierta misericordia: pese al niño que crecía en su interior, su figura cambió tan poco que todos supusieron simplemente que había ganado algo de peso.

Y ahora, mientras trabajaba en el campo junto a su familia, había llegado la primera señal de que el fruto del engaño de Hrastomir estaba listo para venir al mundo.

Un dolor agudo la atravesó de repente.

Por fortuna no duró mucho. Aun así, la azada estuvo a punto de escapársele de las manos. Pero resistió. Siguió cavando. Entonces sintió humedad. Sintió agua corriendo por sus piernas y empapando la tierra seca bajo sus pies.Y en ese instante supo que había llegado el momento.

—Padre, una debilidad se ha apoderado de mí. Una carga oprime mi alma... ¿Puedo regresar a casa, padre? El dolor atraviesa mi cuerpo como la espada que los soldados de nuestro príncipe llevan al cinto.

Su voz sonaba como si estuviera exhalando el último aliento, y a su padre le bastó una mirada para comprender que una pesada aflicción había caído sobre su cuerpo y su espíritu. Se limitó a asentir y continuó cavando.

Agradecida por el permiso, Vilena se alejó del campo en dirección al bosque. Mientras caminaba, otra oleada de dolor le desgarró el vientre, pero logró mantenerse en pie, impulsada sobre todo por el temor de atraer la atención de su familia.

Cuando entró en el bosque y la espesura la ocultó de las miradas, se detuvo un momento para recuperar el aliento y luego siguió avanzando.

Al llegar al camino que conducía a la aldea, donde sus antepasados habían vivido durante siglos en casas de barro y madera con techos de paja, se detuvo.

Ahora debía tomar una decisión de vida o muerte respecto a aquello que llevaba dentro.

Una posibilidad era regresar al pueblo y dar a luz allí, bajo el mismo techo donde ella había nacido y crecido. Y cubrir de vergüenza tanto a sí misma como a su familia. Ser objeto de desprecio. Sentir los dedos señalándola. Escuchar los susurros a sus espaldas.

Porque Hrastomir jamás admitiría que el niño era suyo.

Las lágrimas que corrían por su rostro parecían susurrarle que aquella elección no debía hacerse. Por eso se dirigió hacia el río, atravesando el bosque para evitar miradas curiosas, pues lo que se proponía hacer no era algo que otros debieran contemplar. Ni siquiera ella misma, cuyos ojos estaban ya nublados por el llanto.

El río la recibió como una esmeralda líquida: verde, brillante bajo el sol, con remolinos que burbujeaban mientras el agua giraba hacia las profundidades.

Una vez más el dolor la atravesó. Pero esta vez se tendió sobre la orilla, junto al agua. El parto había comenzado. Y el dolor borró el mundo entero a su alrededor, dejándole únicamente la fuerza necesaria para empujar, para expulsar de sí el fruto de su confianza y del engaño de Hrastomir.

Cuánto tiempo pasó mientras pujaba entre sufrimientos, apretando los dientes para no gritar, para que nadie pudiera oírla, no lo sabía. Le parecía que había transcurrido una eternidad. Y cuando la presión desapareció, cuando el espasmo que había aprisionado su cuerpo se desvaneció de repente, dejando únicamente dolor en sus caderas ensanchadas, exhaló con fuerza, dispersando algunas gotas de sudor que empapaban su rostro.

El silencio, nacido como por bendición de los dioses, duró apenas un instante. Entonces el llanto de un niño rasgó el aire sobre el río. Vilena cortó el cordón umbilical con los dientes y lo ató. Tomó al niño en brazos, y este lloró con fuerza. Su vacilación duró menos que el tiempo que tardaron las gotas de sudor en caer de su rostro al suelo. Luego acercó al niño a la superficie del río. Las lágrimas empañaban su vista, de modo que ni siquiera distinguió claramente su rostro cuando lo entregó a las aguas. El remolino arrastró el pequeño cuerpo hacia las profundidades verdes. Y el llanto del niño se apagó tan repentinamente como había surgido momentos antes, anunciando la llegada de una nueva vida al mundo.

Y todo terminó.

Vilena permaneció acostada un rato más, reuniendo fuerzas. Cuando finalmente se levantó, emprendió el camino hacia su hogar arrastrando los pies. Y durante todo el trayecto lloró, esperando que el sudor y las lágrimas que corrían sin cesar por su rostro se transformaran en gotas de olvido; que cada una de ellas, al deslizarse por sus cejas, su frente, sus mejillas y sus labios antes de caer sobre la tierra, se llevara consigo una parte del recuerdo de lo sucedido, hasta que no quedara nada más que vacío, sin imágenes, sin recuerdos, sin pensamientos ni sentimientos.

Por supuesto, las primeras noches fueron las más difíciles.

Porque aunque el dolor físico había desaparecido, permanecía la pena por la sangre de su sangre, por la carne de su carne, por el hijo al que había matado para proteger su honor y el de su familia. Así, durante las noches, mientras los demás dormían, lloraba en secreto y se tragaba los sollozos como quien traga bocados de sufrimiento. A veces soñaba con él. En aquellos sueños, el pequeño, rodeado por los espíritus del río, emergía de las profundidades y extendía hacia ella sus manos frías y sin vida para abrazarla y arrastrarla consigo. Entonces despertaba sobresaltada, sofocando el grito que amenazaba escapar de sus labios, y contemplaba aterrorizada a sus familiares, acostados sobre los colchones de paja, durmiendo plácidamente.

Sin embargo, aunque algunas heridas jamás cicatrizan, el tiempo enseña a convivir con ellas. Así ocurrió también con Vilena. Muy en lo profundo de su ser, debajo de todos sus pensamientos y emociones, permaneció escondido el recuerdo del niño que había entregado a los espíritus del río. Y siguió viviendo como si aquello nunca hubiera sucedido.

Al verano siguiente Hrastomir desapareció. Nadie sabía a dónde se había ido. Los aldeanos contaban muchas historias: que las hadas lo habían hechizado, que servía como mercenario en tierras lejanas, que se había casado con alguna viuda en una ciudad cercana... Se contaban innumerables versiones. A Vilena no le importaban. Desde que él había desaparecido, le resultaba más fácil soportar el recuerdo de aquel día maldito en que ahogó a su hijo. Ese mismo año, durante el otoño, se casó.

Su esposo se llamaba Vratoslav. Era un buen hombre. Atento. Sereno. Gracias a él, Vilena logró empujar aún más cerca del olvido el acto que había cometido. Y cuando al año siguiente dio a luz un hijo, sintió una alegría auténtica, una alegría que no había experimentado desde el día en que lloró su primogénito, aquel que había entregado al río.

Al niño le pusieron por nombre Mihajlo. Al año siguiente nació otro hijo: Vukan. Y la vida continuó. Año tras año.

Cuando Mihajlo cumplió ocho años y Vukan siete, el rastro del crimen cometido una década atrás se había convertido para Vilena en una sombra proveniente de otro mundo, de la vida de otra mujer que llevaba su mismo nombre, pero con la cual, aparte de ese nombre, no compartía nada. Sus hijos la ayudaban mucho en ello. Eran traviesos, curiosos y siempre estaban deseosos de jugar. Junto a ellos no había tiempo ni tranquilidad para detenerse a pensar en el pasado.

Un día los llamó porque la comida estaba lista. No respondieron. Los llamó de nuevo. Tampoco hubo respuesta.

Entonces salió de la choza. No estaban allí. Salió al camino polvoriento de la aldea. Tampoco había nadie. Solo el aire temblaba bajo el calor del sol del mediodía.

—¡Vratoslav, los niños han desaparecido! —llamó a su esposo, que acababa de regresar del campo y se había sentado junto al hogar.

—¿Cómo que han desaparecido? —preguntó él mientras aparecía en el umbral.

Vilena sacudió la cabeza con impotencia. Sintió que, desde una profundidad cuya existencia ni siquiera sospechaba, ascendía un oscuro presentimiento. Como una sombra que extendiera sus manos desde un abismo hacia el cielo para oscurecer la luz del sol. Como si también Vratoslav hubiera percibido aquel mal presagio, su rostro se volvió grave. Y ambos salieron a buscarlos. Cada uno por su lado. Vilena no supo cómo sus pies la condujeron hacia el bosque. Ni por qué había elegido aquella dirección. Solo sabía que deseaba llegar al río. Cuando llegó al lugar donde, diez años antes, había ocurrido aquello que deseaba olvidar, los vio. A los dos. Mihajlo y Vukan. Reían mientras avanzaban paso a paso dentro del río, como si hubieran ido allí simplemente para jugar. Vilena se lanzó al agua tras ellos como quien arroja su cuerpo contra un enemigo eterno. Como si pretendiera cambiar el curso mismo del río.

Los niños reían mientras miraban hacia las profundidades verdes, pero ella los sujetó por la cintura, los atrajo hacia sí y, llevándolos bajo los brazos, los sacó hasta la orilla.

—¿Qué están haciendo? —preguntó con una voz cargada de ira.

—Estamos jugando, mamá. Nuestro hermano nos llamó —respondió Vukan, señalando el río con su pequeña mano.

—Pero ahora ya no está. Lo asustaste —añadió Mihajlo.

Vilena giró bruscamente hacia el agua.

Y aquel presentimiento que había estado ascendiendo desde el abismo de su interior, oscureciendo el sol, el cielo y toda su vida, adquirió por fin una forma concreta. Esa forma era el río. Y entonces comprendió. Los espíritus del río, aquellos malignos demonios acuáticos a quienes había entregado a su primogénito, habían puesto ahora sus ojos en Mihajlo y Vukan. También querían llevárselos. Querían arrastrarlos al abismo verde, tal como habían tomado al niño sin nombre que ella misma les había entregado. Con un movimiento brusco y decidido, tomó a sus hijos de la mano y los condujo de regreso a la aldea. Los arrastraba casi a la fuerza.

Los niños caminaban deprisa, como si los demonios del agua fueran a salir del río para perseguirlos. En la aldea los esperaba una multitud. Todos habían oído hablar de la desaparición de los pequeños. Entre la gente reunida frente a la casa distinguió a su padre y a su madre. También estaban sus hermanos y hermanas. Los familiares de su esposo. Y muchos vecinos. Cuando los vieron aparecer, todos corrieron hacia ellos. Los más rápidos fueron la madre de Hrastomir y la madre de Vilena. Ella soltó a los niños y estos volaron a los brazos de sus abuelas. Los aldeanos los rodearon. Y antes de que alguien pudiera preguntarle dónde los había encontrado, Vilena se escabulló entre la multitud y desapareció detrás de la casa más cercana. Cuando estuvo segura de que nadie la observaba, emprendió nuevamente el camino hacia el río.

Esta vez sus pasos no eran tan rápidos como cuando había llevado a los niños de vuelta a la aldea. Ahora sabía lo que iba a encontrar. Sabía que el crimen cometido once años atrás no había pasado inadvertido. Los demonios y las almas de los ahogados la habían visto. Y ahora reclamaban a más de sus hijos. Cuando llegó a la orilla, exactamente al lugar donde once años antes había dado vida para apagarla inmediatamente después, se detuvo y contempló el río. No había nadie. Solo los remolinos burbujeaban.

—¡Aquí estoy! —gritó, y su voz cruzó las aguas como un alarido destinado a resonar durante siglos—. ¡Muéstrense! ¡Salgan! ¡Negociaré con ustedes por la vida de mis hijos! ¡A ellos no se los entregaré!

La respuesta fue el silencio. Y el murmullo de los remolinos.

Quizá los niños solo lo imaginaron, pensó, sintiendo renacer la esperanza.

Quizá no vieron nada.

Quizá todo fue producto de su imaginación.

Tal vez había entendido mal. Tal vez allí no había nadie.

Con esos pensamientos comenzó a darse la vuelta para regresar a la aldea por el sendero por el que había venido. Entonces, detrás de ella, una ola golpeó violentamente la orilla. Y al instante supo que algo inmenso había emergido del agua. Que estaba allí, a sus espaldas. Como una sentencia del destino que hubiera aguardado durante años.

Lentamente, como si se despidiera de la vida, temerosa de lo que iba a contemplar, volvió a girar. Y dejó de respirar. Frente a ella, en el agua que le llegaba hasta el pecho, estaba Voden. Llevaba una corona de hierbas acuáticas. Una espesa y larga barba blanca por la que corrían chorros de agua. Su piel estaba cubierta por los crecimientos del fondo de lagos y ríos. El dios de las aguas contemplaba a Vilena con unos ojos en los que no existía la misericordia.

—Ha llegado el momento de pagar las deudas —dijo.

Su voz sonó como el crujido de un árbol anciano cuando sus raíces son arrancadas de la tierra y cae al fin. Vilena abrió lentamente los brazos. Como si con las palmas mostrara todo el sufrimiento que había soportado desde que descubrió que estaba embarazada de Hrastomir. Toda la vergüenza. Todo el dolor de haber creído en sus mentiras de amor. Toda la deshonra que amenazaba a su familia.

—No eres la culpable de sus mentiras —respondió Voden a aquella súplica silenciosa—. Por eso te concedí diez años. Pero ahora ha llegado el momento de que te consagres también a él, porque tienes otros hijos. ¿Lo has olvidado?

Mientras pronunciaba aquellas palabras, un niño apareció desde las profundidades verdes. No emergió a la superficie. Simplemente se hizo visible bajo el agua. Tenía diez años. Su piel era pálida. Blanca como la de un ahogado que ha permanecido bajo las aguas durante días. Y aunque Vilena solo lo había visto una vez, apenas durante unos instantes, aunque entonces era un recién nacido y sus propios ojos estaban cegados por las lágrimas cuando lo entregó al río, lo reconoció inmediatamente.

Era su primogénito. Su primer hijo.

El niño de piel blanca y exangüe flotaba bajo la superficie y extendía los brazos hacia ella para que lo estrechara contra su pecho.

Junto al muchacho apareció otra figura. Al principio fue apenas una sombra. Luego sus ojos se abrieron con asombro. Reconoció al ahogado. Era Hrastomir.

—Sí, él también está aquí, porque un niño necesita un padre —dijo Voden—. Y ahora todos estarán juntos, donde nadie los condenará.

—No... yo no quiero... —Vilena negó con la cabeza.

—Si no lo deseas, no tienes por qué hacerlo —respondió Voden con voz serena—. Pero conoces el precio. Hoy ya lo has visto.

Sí. Vilena conocía el precio. La vida de sus hijos era ese precio. Tarde o temprano, en uno o dos días, en una semana, en un mes o dentro de muchos años, Mihajlo y Vukan terminarían en el fondo de un río o de un lago. Por eso inclinó la cabeza en señal de aceptación. Dio un paso hacia el agua. Luego dio otro. Cuando el agua le llegó al pecho, se sumergió lentamente. La superficie del río se cerró sobre su cabeza. Y las manos frías de su hijo primogénito la abrazaron y la condujeron hacia el abismo verde.

 

El agua era oscura y fría.

Vilena creyó que el miedo la paralizaría, pero no ocurrió así.

Mientras descendía, sostenida por las manos del niño que había ahogado once años atrás, sintió cómo algo comenzaba a desprenderse de su corazón. No era la vida. Era el peso. La culpa. El dolor. Los remordimientos acumulados durante tantos años.

A su alrededor flotaban sombras. Algunas parecían personas. Otras apenas eran formas imprecisas que se confundían con las corrientes. Sin embargo, ninguna se acercó. Solo el muchacho permaneció junto a ella. Su rostro ya no parecía el de un cadáver. Continuaba siendo pálido, pero ahora mostraba una expresión tranquila. Y por primera vez Vilena vio en él algo que jamás había podido contemplar cuando nació. Vio a su hijo. No al fruto de la vergüenza. No al recuerdo de una traición. No al motivo de su sufrimiento. A su hijo.

El niño sonrió.

Entonces ella comprendió que, durante once años, jamás se había permitido pensar en él de ese modo. Siempre había recordado el crimen. Nunca al niño. Las lágrimas brotaron de sus ojos, aunque el agua las borró de inmediato.

Hrastomir se acercó.

El hombre que había destruido su juventud ya no tenía el rostro orgulloso que ella recordaba. Parecía cansado. Triste. Y cuando la miró, bajó los ojos. No intentó justificarse. No habló de amor. No habló de engaños. No habló en absoluto.

Aquello bastó.

Porque Vilena comprendió que incluso él había sido juzgado. Quizá por los dioses. Quizá por el propio río. Quizá por la culpa.

Voden los observaba desde cierta distancia. Su figura gigantesca parecía formar parte del agua misma.

—Las deudas han sido saldadas —dijo.

Su voz resonó a través de las profundidades. Y entonces ocurrió algo inesperado. El niño soltó la mano de Vilena. Después señaló hacia arriba. Hacia la superficie. Ella lo miró sin entender.

—Madre —dijo él por primera vez. Solo una palabra. Una única palabra que había esperado más de una década para escuchar. Luego sonrió de nuevo. Y la empujó suavemente. Vilena sintió que la corriente la envolvía. Que el agua comenzaba a elevarla.

—¿Qué sucede? —preguntó.

Voden la contempló largamente.

—Has pagado más de lo que te correspondía.

La corriente se hizo más fuerte.

—No comprendo.

—Los hombres castigan por vergüenza. Los dioses castigan por maldad. Tú no actuaste por maldad.

El río rugió a su alrededor.

—Pero maté a mi hijo...

—Y has muerto cada día desde entonces.

El rostro de Voden comenzó a alejarse. También el de Hrastomir. También el de su hijo.

—¿Volveré a verlo? —gritó Vilena.

El niño asintió. Y aquella imagen fue lo último que contempló antes de que la corriente la impulsara hacia arriba. La superficie estalló a su alrededor. Vilena emergió jadeando. Tosió. Vomitando agua. Y se aferró a la orilla cubierta de hierba. Durante un largo tiempo permaneció inmóvil.

El sol comenzaba a ponerse. El río parecía completamente normal. No había dioses. No había espíritus. No había ahogados. Solo el rumor del agua.

Finalmente se puso de pie. Sus piernas temblaban. Miró una última vez las profundidades verdes. Y creyó ver, durante un instante, la silueta de un niño que le decía adiós con la mano. Luego desapareció. Vilena regresó a la aldea. Aquella noche abrazó a Mihajlo y a Vukan mientras dormían. Y lloró. Pero no lloró como había llorado durante los once años anteriores. Ya no eran lágrimas de culpa. Ni de miedo. Ni de desesperación. Eran lágrimas por un hijo perdido. Por un hijo amado. Por un hijo al que, al fin, había podido llamar suyo. Y cuando llegó el amanecer, el peso que había llevado durante más de una década ya no estaba allí. Porque algunas heridas nunca cierran.

Pero incluso las heridas eternas pueden encontrar, al final, la paz.

Dragan Milojković es un escritor serbio de fantasía. Es el autor de la épica saga fantástica Crónicas de Helma, que actualmente cuenta con cuatro libros publicados de los ocho anunciados. Sus relatos han aparecido en varias antologías colectivas, así como en un sitio web dedicado a difundir su obra. La producción literaria de Milojković se distingue por el uso de motivos étnicos, tradiciones populares y mitología eslava, a menudo entrelazados con ficción histórica. Además de escribir, también trabaja como ilustrador y diseñador de libros. Ha creado numerosas ilustraciones para portadas de libros, y su obra puede verse en su sitio web oficial: https://hronikehelma.com/art/, que también es uno de los principales portales para la promoción de la literatura fantástica a través de entrevistas con escritores de los Balcanes. Vive y trabaja en Montenegro, en Herceg Novi, en la costa adriática.

 

sábado, 20 de junio de 2026

EL SILENCIO

Heiko H. Caimi

 

Al principio creía que el silencio era una habitación. Un lugar apartado donde refugiarme cuando las voces del mundo se parecían demasiado al zumbido de las moscas cuando rondan la carne muerta.

Después comprendí que el silencio es una divinidad, una sustancia invisible que precede toda palabra y sobrevive a todas las lenguas.

Dios mismo, cuando creó el mundo, tuvo que desgarrar una inmensa extensión de silencio para hacer nacer la luz.

Y ese fue el primer pecado.

Yo, en cambio, he elegido devolver la creación a su condición original. No hablo desde hace once años, tres meses y diecisiete días. Dejé de hacerlo una mañana de invierno, frente a una mujer que me preguntaba si quería azúcar en el café. Recuerdo el vapor que ascendía de la taza como el alma de un animal sacrificado. Recuerdo sus labios moviéndose sin descanso. Y, sobre todo, recuerdo el horror repentino: cada palabra que pronunciaba era una herida infligida al cuerpo del universo. Y no era diferente cuando hablaba cualquier otra persona.

Desde entonces he custodiado el silencio como otros custodian reliquias u hostias consagradas.

Al principio me tomaron por un excéntrico. Mi madre lloraba. Mi hermano se reía. Los médicos tomaban notas en hojas blancas, con esa caligrafía nerviosa que tienen los sacerdotes de la ciencia. Uno de ellos me mostró imágenes del cerebro. Dijo que el lenguaje es necesario para el equilibrio psíquico.

Pensé que la sangre también es necesaria para la supervivencia y, sin embargo, los santos aprendieron a desangrarse por amor a Dios. Además, Dios también es mudo: nos gobierna, pero no nos habla.

Comencé a vivir mediante gestos mínimos. Una inclinación de cabeza para agradecer. Dos dedos levantados para pedir agua. La mirada baja cuando alguien exigía una respuesta. Privado de mi voz, el mundo se volvió lentamente más distante. Y en esa distancia finalmente vi su verdadera naturaleza. Los hombres hablan porque tienen miedo. Hablan en los bares, en los autobuses, en los hospitales. Hablan durante los funerales, junto a las tumbas todavía abiertas, mientras la tierra espera al muerto con la paciencia de los antiguos rituales. Hablan incluso durante el amor, incapaces de soportar el maravilloso silencio de los cuerpos. Las palabras son anzuelos lanzados contra el vacío.

Yo, en cambio, he elegido habitar ese vacío. Cada día, sentado en mi habitación, escucho la respiración de las paredes. Las tuberías vibran como órganos sumergidos. Las vigas del techo gimen suavemente bajo el peso de la noche, con la solemnidad de los tubos de un órgano atravesados por un aliento invisible. Y el latido de mi sangre contra los tímpanos adquiere la cadencia grave de una liturgia celebrada en las profundidades del cuerpo. Incluso el polvo posee un sonido, una especie de lento crepitar cósmico.

El silencio no es ausencia. Es un continente inmenso que los hombres cubren con charlas por miedo a precipitarse en él. Con el paso de los años mi cuerpo ha cambiado. La voz, sin uso, se ha retirado a algún rincón del pecho como un animal herido. Cuando intento toser percibo un estertor cavernoso, como si perteneciera a otro ser enterrado dentro de mí. La propia lengua se ha vuelto pesada, inmóvil como una reliquia guardada tras un cristal. También he dejado de escribir. La escritura no es más que una forma más lenta de ruido. Ahora vivo rodeado de cuadernos vacíos. Los abro cada noche y contemplo sus páginas en blanco. Son las verdaderas escrituras sagradas: textos todavía inmunes a la contaminación del significado. A veces permanezco horas enteras frente a una hoja intacta. Me parece estar contemplando el rostro de Dios antes de la creación.

La gente del barrio ha comenzado a evitarme. Algunos niños me siguen por la calle haciéndose la señal de la cruz. Una mujer me llamó «el monje de la nada». No ha entendido nada.

La nada sigue siendo una palabra.

Yo sirvo a algo que viene antes.

Una noche soñé con una catedral inmensa construida enteramente de silencio. No había muros ni altares ni imágenes sagradas. Y, sin embargo, sentía su presencia cerniéndose sobre mí como una montaña. En el centro había una figura sin rostro. Comprendí de inmediato que era Dios. No hablaba. Ninguna revelación. Ningún mandamiento. Solo aquella presión absoluta e insoportable, semejante a los abismos marinos. Me desperté llorando.

Desde entonces sé que el Paraíso no estará hecho de coros angelicales. Esas son fantasías inventadas por los hombres para hacer soportable la eternidad. El verdadero Paraíso será un silencio tan vasto que borrará incluso el pensamiento de uno mismo.

De vez en cuando la tentación regresa. Ocurre sobre todo en los mercados, en los lugares concurridos, cuando el murmullo humano se convierte en un pantano que trepa por las piernas. Entonces siento nacer en mi garganta el deseo monstruoso de gritar. Una sola palabra bastaría para romperlo todo. Una blasfemia. El nombre de mi madre. Cualquier cosa. Sería como escupir dentro del tabernáculo. Resisto apretando los dientes hasta hacerlos sangrar. Porque he comprendido una verdad que los hombres rechazan desde hace milenios: el lenguaje no sirve para comunicar, sino para ocultar. Cada palabra añadida al mundo aleja las cosas de su esencia. Los árboles se asfixian bajo el nombre de «árbol». El mar queda encarcelado dentro de la palabra «mar». Incluso Dios, desde que los hombres lo nombran, se ha vuelto más pequeño. Yo intento liberarlo. Cuando muera, nadie conocerá mis últimas palabras. Eso me llena de alegría. Imagino al médico inclinado sobre mi cuerpo, a los familiares esperando una frase definitiva, una confesión, una señal. Y, sin embargo, encontrarán únicamente mi boca entreabierta, semejante a una puerta abierta sobre el desierto. Solo entonces comprenderán que mi silencio no era una renuncia, sino una plegaria.


Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

 

PANSPERMIA

Nenad Smiljkovic

 

En un mundo donde la vida y la conciencia son apenas una parte de un proceso mucho más antiguo y frío, extrañas entidades de apariencia humana visitan a mujeres y hombres estériles, otorgándoles fertilidad y la posibilidad de prolongar su linaje. Nadie conoce su origen, su propósito, ni es posible seguirles el rastro.

La esterilidad: cada época ha actualizado a su manera este fenómeno eterno entre los seres vivos. Ah, pero la esterilidad entre los humanos, esos conjuntos de células que han aprendido a pensar y hablar demasiado, liberados de depredadores concretos en la cadena alimentaria...

Los seres humanos buscaron las causas de la infertilidad en todo tipo de factores y la justificaron de mil maneras: promiscuidad excesiva, consumo de tabaco, alcohol, alcaloides pesados, predominio de genes recesivos defectuosos. La obesidad como causa de infertilidad era descartada por los delgados; los infértiles no fumadores desconfiaban de la teoría del humo de tabaco como agente espermicida. Los habitantes urbanos, infértiles y contaminados por sustancias repletas de metales y pesticidas, convencionalmente llamadas alimentos, observaban con incredulidad a los montañeses estériles criados en las regiones más puras del planeta. Veían la infertilidad como consecuencia de fallas de salud, como un fenómeno cosmopolita, una enfermedad, una maldición. Una pesada marca personal y social.

Pero apareció un hombre. Surgía de la nada; nadie conocía su origen, si es que un vagabundo puede tener uno. Establecía rápidamente relaciones, amistades y contactos sexuales con mujeres. Cazaba exclusivamente a las infértiles. Caminaba por las calles observando discretamente los edificios circundantes, con una mirada semejante a un aparato de rayos X o una cámara termográfica. A través de las paredes distinguía los ovarios disfuncionales de las mujeres estériles, los niveles anormalmente bajos de estrógeno y progesterona, el anhelo de dar a luz.

Antes frecuentaba bailes y carnavales; hoy, más bien bodas y fiestas rave. En los bosquecillos de regiones rurales remotas encontraba mujeres desesperadas y decepcionadas, al borde de perder la voluntad de vivir por no tener descendencia. Las ayudaba a encontrar ovejas perdidas del rebaño o cargaba un saco de harina hasta el molino junto al cual ellas se desplomaban agotadas; poco después también les concedía una familia. Intelectuales furiosas y seguras de sí mismas, eternamente despreciativas hacia los hombres y convencidas de que la culpa residía en toda semilla masculina y no en ellas mismas, sucumbían ante él en busca de la oportunidad de tener hijos. Llegó a embarazar a cuatro mujeres «al mismo tiempo», porque participaban juntas en una especie de ociosas orgías lésbicas interestatales de mujeres infértiles cuando él apareció. También alcanzaba a aquellas rodeadas y absorbidas por la transmisión genética de mascotas o hijos ajenos, convencidas de que una descendencia propia era completamente innecesaria; ellas también terminaban dando a luz, descubriendo un extraordinario talento para la maternidad. Respetaba, sin embargo, las decisiones firmes de las mujeres estériles que no deseaban tener hijos.

La descendencia no siempre se parecía a él, porque él mismo rara vez se parecía a sí mismo. Cambiaba de aspecto con el paso del tiempo; aparecía con otra fisonomía, se transformaba, combinando un gran carisma con un cuerpo atlético para alcanzar mental, hormonal o físicamente a mujeres estériles de determinados intereses y aspiraciones intelectuales. No prestaba atención a sus preferencias personales ni a lo que, según sus propios gustos, podía considerarse una mujer bella, atractiva o divertida; simplemente cumplía una misión. Las emociones y la atracción física eran herramientas para llevarla a cabo. Nunca envejecía ni moría; solo cambiaba. ¿Qué era? ¿Un demonio o una deidad? ¿Un organismo dotado de una vitalidad superior? ¿Un ser de vida extraordinariamente larga? ¿Un Matusalén? ¿Un extraterrestre? ¿La fuerza vital de antiguos mundos dormidos? ¿Una forma de supravida?

Todo había comenzado por culpa del agua mezclada con un meteorito extinguido, del tamaño de un balón de fútbol. Tenía mucha sed y la bebió hace varios millones de años, poco después de erguirse sobre dos piernas y de que los pulgares de sus manos se rebelaran contra la formación disciplinada de los demás dedos, modificando el atavismo reptiliano heredado de sus antepasados. Era un vertebrado alterado por los horrores invisibles de las fuerzas cósmicas. Había ingerido agua contaminada por secretos procedentes de rincones desconocidos del cosmos. Incorporó fragmentos de cuerpos astrales ignotos o residuos de materia oscura. Al menos eso es lo que mi mente alcanza a comprender, pues carece de capacidad para ir más allá.

Desde la perspectiva de una criatura pensante terrestre, era un vertebrado bípedo de apariencia humana poseído por algo ajeno, una combinación perfectamente integrada de material hereditario terrestre y leche astral, reactivos, enzimas, genomas, quién sabe qué.

Generaciones de inspectores, detectives, forenses, psicólogos y perfiladores no lograron seguirle el rastro, porque algunos de ellos llevaban inconscientemente sus genes; el material astral presente en ellos renunciaba a perseguir a su ancestro. Las mujeres que alguna vez habían sido infértiles y eran más generosas compartían su secreto con primas, amigas y conocidas que sufrían el mismo problema. Las egoístas querían reservarlo para sí mismas, pero él desaparecía. Lo buscaron inútilmente mediante electroforesis y otras pruebas de paternidad, avanzando cada vez más hacia métodos primitivos del pasado.

Él no criaba a sus hijos. Procreaba y desaparecía. Seguía adelante por otros bulevares llenos de edificios habitados por mujeres infértiles, por barrios de parejas incapaces de concebir, por bosques de brujas estériles, por campos y aldeas de campesinas sin descendencia, por ciudades y países. Lo atraía el olor de la infertilidad, la despreocupación de los adultos maduros sin hijos. Lo percibía a kilómetros de distancia, como un tiburón hambriento detecta sangre en el mar. Se ocultaba en el océano de relaciones sexuales humanas, útiles o inútiles, centenares de ellas en cada instante, dentro de esa maldición de la vida: prolongarse en el espacio y en el tiempo.

¿Qué inspector o forense podría descubrir algo así? El sexo perpetuo que lo rodeaba era su coartada constante. Nadie consiguió rastrearlo para reclamar pensiones alimenticias, aunque decenas de mujeres lo intentaron.

Su semilla revitalizaba el sistema reproductor marchito de una mujer estéril. Los óvulos muertos revivían y, allí donde ya no existían, introducía en el útero un espermatozoide especial con una envoltura adicional capaz de transformar una célula epitelial en un óvulo y fecundarla después. Por eso todas las mujeres embarazadas por él conservaban siempre el cincuenta por ciento de la herencia genética de sus hijos. Los niños se parecían a sus madres, y las madres los reconocían como propios tras superar el estricto examen de la vista, el olfato, el oído, el tacto y las hormonas maternas.

Sabía que aquello era necesario para las madres del grupo evolutivamente más reciente de mamíferos, porque él mismo era, en parte, un antiguo mamífero. Con la aparición del cigoto, el cuerpo decadente de la mujer estéril despertaba. Las hormonas se desataban, transformando aquel organismo adormecido en una feroz criatura prehistórica cuya única misión era sobrevivir y criar a sus hijos.

No sentía competencia por parte de otros machos, pues todos los posibles genes humanos estaban representados en él. Apenas conseguía atender a tantas mujeres. A las más desesperadas, aquellas al borde del suicidio, se les aparecía en sueños para pedirles paciencia. Algunas esperaron toda la vida.

Evitaba a quienes deseaban más hijos, porque ya no podía percibir en ellas el aroma de la infertilidad. Solo regresó unas pocas veces a lo largo de los milenios para repetir la concepción cuando una familia había sido destruida por guerras o epidemias. Entonces el olor volvía, y aquellas mujeres lo llamaban en sueños desde miles de kilómetros de distancia, pues la conexión ya había sido establecida.

Raramente engendraba gemelos. Incluso para él era un simple juego de probabilidades matemáticas dentro de un útero recién restaurado. El material estelar que habitaba en su interior le había enseñado que las madres humanas no poseían la capacidad reproductiva de los roedores, por lo que intervenía únicamente después de transcurrido aproximadamente un tercio de la esperanza de vida femenina, que fue aumentando a lo largo de los milenios.

Ignoraba a las menores de edad. Consideraba que un ser humano se liberaba completamente de la adolescencia solo después de los veinticinco años.

Era acosado por los homosexuales. No podía percibirlos mediante su peculiar sentido; simplemente se cruzaba con ellos por casualidad. Los evitaba con inteligencia y los ignoraba, porque no veía sentido en desperdiciar su semilla ni su tiempo. La homosexualidad se fundamentaba principalmente en las emociones, mientras que su misión consistía en expandir la vida, no el amor, entendido desde determinadas perspectivas antropocéntricas. Consideraba la homosexualidad una herramienta útil en regiones afectadas por una fuerte explosión demográfica. Él actuaba principalmente en territorios golpeados por el invierno demográfico, revitalizando antiguas civilizaciones consumidas por migraciones masivas, cambios climáticos y errores sociales y tecnológicos de origen humano.

También era bondadoso. Durante el coito, su órgano sexual analizaba los genes del hombre con quien la mujer estéril deseaba concebir con mayor frecuencia. Los replicaba y luego depositaba en el útero un conjunto genético capaz de hacer que el niño se pareciera a ese esposo, amante o novio habitual, dejando a la mujer en un estado de desconcierto semiconsciente. Su órgano reproductor era una antena que evaluaba y anticipaba posibles impulsos infanticidas o rechazos por parte del hombre encargado de criar al niño, en caso de que el recién nacido mostrara rasgos demasiado diferentes.

Poseía un origen parcialmente reptiliano y mamífero, además de genes heredados de aves caracterizadas por su dedicación al cuidado de las crías. Transmitía también esas cualidades protectoras, aunque él mismo se comportara como una fría hembra de víbora que deposita los huevos entre hojas podridas y continúa su camino. Sin embargo, en este caso aquellas hojas cálidas y fértiles eran madres humanas afectuosas.

Presentaba un defecto genético. Sufría ocasionales interferencias visuales, pérdida de saturación en los colores y perturbaciones provocadas por frecuencias cercanas al límite inferior de las radiaciones ionizantes. No era perfecto. El material astral procedente de regiones remotas del cosmos no era completamente compatible con los elementos y compuestos terrestres. Aun así, reparaba con extraordinaria eficacia los sistemas reproductivos dañados o atrofiados de las mujeres. Toda enfermedad de transmisión sexual presente en el organismo humano desaparecía después de una sola sesión reproductiva con una mujer madura e infértil que anhelara ser madre.

No tenía religión, ideología política, opiniones dogmáticas, sermones fanáticos, preferencias musicales, escritores favoritos, estilos de vestir, hábitos alimentarios ni vicios predilectos, aunque todo eso hubiera pasado a través de él durante las épocas. Según las investigaciones, parecía inclinarse por la dieta asociada al grupo sanguíneo B, de acuerdo con los testimonios posteriores de algunas mujeres fecundadas por él, aunque parte del equipo consideraba semejante hipótesis una completa tontería.

Había atravesado gran parte del Cenozoico, sustentado sobre profundas raíces heredadas del Mesozoico. No propagaba la vida por placer sexual, por ese postre de éxtasis que sigue al acto reproductivo y con el que las especies son recompensadas por perpetuarse. Había acumulado millones de orgasmos en la memoria de sus experiencias. Poseía conocimientos dignos de un alquimista supremo.

Simplemente caminaba y resolvía problemas de infertilidad, alimentado por la leche astral contenida en aquel asteroide caído. ¿Era eso la Providencia? No le preocupaba. Se limitaba a hacer aquello para lo que estaba capacitado. Creía que algún nivel superior de existencia astral se ocupaba de esas cuestiones. Él era apenas un soldado, un trabajador, un ejecutor biológico. Las más refinadas nanoestructuras del cosmos primordial presentes en su cuerpo de vertebrado cumplían las órdenes recibidas por esa entidad básica.

Caminaba absorbiendo, dentro de cierto radio, todas las impresiones emocionales de quienes lo rodeaban. Alegrías, felicidad, sufrimiento, dolor, orgasmos ajenos; filtraba todo aquello y concentraba su atención en los «tormentos de la infertilidad».

¿Cómo lo hacía?

Utilizaba una forma de comunicación basada en el nitrógeno, incomprensible para los seres humanos. Cuatro quintas partes del aire están compuestas por nitrógeno, y aproximadamente una trigésima parte del cuerpo humano también lo contiene. Así era como se comunicaba con las mujeres en sueños.

Utilizaba nitrógeno.

Mujeres sabias, brujas, científicas, maridos celosos y toda clase de hombres persiguieron durante siglos su identidad al advertir el inexplicable aumento de embarazos dentro de poblaciones oficialmente registradas como infértiles. Robaban muestras degradadas de su semen, seguían su rastro mediante leyendas, testimonios verbales, documentos escritos, videntes y adivinas; más tarde recurrieron a cámaras de vigilancia y análisis genéticos de su ADN perfectamente camuflado. Siempre terminaban confundidos.

Siempre estaba varios pasos por delante.

Una vez incluso lograron arrestarlo. Le dispararon y lo hirieron. Se preparaban para abrirlo con bisturíes, analizar sus tejidos con reactivos y buscar sus secretos bajo los objetivos de poderosos microscopios.

Desapareció.

Curado.

Las cámaras registraron todo lo ocurrido en la habitación, pero él simplemente dejó de estar allí. Nadie supo cómo. Del mismo modo que manipulaba células infértiles, también dominaba la conciencia humana, reflejo de esas mismas células. Después de todo, incluso aquella tecnología electrónica había sido concebida por individuos portadores de sus genes.

La descendencia de su estirpe difería de la producida por parejas humanas ordinarias. Tendía a una mayor armonía con la naturaleza y con el cosmos. Gracias a su semilla surgían arquitectos, jueces, deportistas, naturalistas, artistas de todas las disciplinas, agricultores, ministros, ascetas, filósofos, educadores, sacerdotes, estudiantes disidentes, revolucionarios, marginados sociales, magos y brujas, teósofos, alquimistas, criminales de múltiples talentos, entusiastas y altruistas.

Todos ellos difundían pequeñas porciones de conocimiento y sabiduría estelar entre una humanidad torpe y tambaleante, intentando restablecer el equilibrio con la naturaleza, única garantía de supervivencia.

Muchos fueron asesinados o encarcelados, porque esa misma humanidad prefería revolcarse en la inercia del egoísmo, la inmovilidad y la decadencia estereotipada, temiendo cualquier cambio.

Algunos miembros de su linaje tuvieron éxito y fundaron sociedades herméticas y conglomerados secretos donde el conocimiento era transmitido de forma clandestina mediante libros olvidados y prohibidos.

¿Por qué hacía todo aquello? Porque tenía un propósito: propagar la vida.

Panspermia.

Era una llave errante que encontraba y abría las cerraduras atascadas de este mundo. ¿Quién le había otorgado esa misión? La leche astral procedente del asteroide caído.

Su mente terrestre visualizaba a su Creador como algo vagamente semejante a Azathoth, la deidad ficticia –o quizá real– del caos. El soberano del caos primordial, anterior a las primeras estrellas, cuya existencia la humanidad ni siquiera sospecha. Para cualquier escritor de horror sería una entidad irresistible, una fuente inagotable de espanto. Sin embargo, no existe combinación posible de palabras o frases que su mente no hubiera procesado a lo largo de miles de años. Incluso había engendrado, de cuando en cuando, virtuosos del lenguaje capaces de acercarse a tales conceptos, otorgándoles fama o conduciéndolos a la hoguera si nacían en épocas oscuras.

¿Tenía buenas intenciones al conceder descendencia a mujeres cuyo tiempo reproductivo estaba a punto de agotarse? Yo no lo creo. Yo, que escribo estas líneas. Yo, una de las detectives que conoció de cerca su magistral fuga después del arresto. Aunque a primera vista parezca altruismo, se trata de una simbiosis pura. Él ofrece una familia; ellas aportan descendencia dotada de propiedades astrales y características perfectamente humanas, sin deseos de huir a otros mundos ni de transmitir información a una flota oculta detrás de algún planeta remoto.

Hemos escuchado, leído, escrito, dibujado, observado y soñado demasiado acerca de invasiones extraterrestres maliciosas. Pero esto no era una invasión. Era una simbiosis. No un parasitismo. No una depredación.

Las formas de vida procedentes de distintos rincones del cosmos deseaban conocerse y combinarse. Una descendencia viable era la prueba de que esa integración funcionaba. Respetaba el terreno reproductivo de los hombres terrestres, interviniendo únicamente allí donde ellos eran impotentes para hacerlo, sembrando de ese modo embajadores astrales.

Según cierta lógica, la Tierra es también una especie de cuerpo astral, una micropartícula del Big Bang, ese pedo primordial de Azathoth a partir del cual todo cobró forma gracias a la astronomía, la astrofísica, las hipótesis, el «astro-algo», tal y como uno podría intentar comprenderlo.

Sí, la Tierra es un cuerpo astral.

Y él simplemente reconciliaba el aislamiento terrestre con el resto del cosmos. Nos habíamos aislado demasiado. Nos habíamos convertido en alienígenas para el propio universo. Comprendí eso porque yo misma llevo semilla estelar en mis tejidos. Mi madre sufrió enormemente antes de darme a luz, en un edificio que alguna vez estuvo lleno de mujeres estériles y que Él visitó.

Por supuesto, abandoné la búsqueda de mi padre astral. Fui yo quien lo ayudó a escapar de prisión. El nitrógeno me habló en sueños. Me dijo que no levantara la mano contra mi propia sangre. Y así lo ayudé. Estoy convencida de que, durante aquella fuga imposible, ni siquiera utilizó el diez por ciento de su capacidad mental.

 

Al mismo tiempo, entre los seres humanos caminaba una mujer.

Y todavía camina. Ella caza hombres estériles. Su labor es más prolongada, porque permanece junto a la familia mientras debe alimentar a la descendencia con su leche sagrada, hasta que aparecen los dientes capaces de masticar alimento sólido. Entonces desaparece. Deja atrás a un hombre radiante de felicidad por haber formado una familia y sale en busca del siguiente. Transformada. Con otra apariencia física. Con otra personalidad. Con otro cuerpo. Y así, aproximadamente cada dos años.

Ella también bebió aquella antigua agua mezclada con los condimentos astrales del asteroide caído...

Nenad Smiljković (nacido el 23 de junio de 1983 en Skopje) es un escritor serbio de terror y ficción especulativa. Es licenciado en Biología por la Universidad de Niš y trabaja como profesor de biología en el sur de Serbia. Su obra fusiona escenarios rurales, folclore y terror cósmico-biológico, creando una voz singular arraigada en la atmósfera, la herencia cultural y la transformación humana. Sus relatos exploran la frontera entre la naturaleza, la historia y fuerzas que escapan a la comprensión humana, donde el horror surge como una consecuencia lógica del mundo, más que como una intrusión repentina. Su obra también ha aparecido en revistas y antologías como Diskurs (Croacia), Athanatik (Montenegro) y la serie de antologías Iza Uma (Más allá de la mente) de Croacia. Vive, trabaja, lee y escribe cerca de Vranje, en el sur de Serbia. Es padre de tres hijos. 

Blog del autor: https://priceizabiti.blogspot.com/?m=1

 

LA CIGUAPA

Rafael Martínez Liriano

 

A finales del siglo XIX, un rico comerciante inglés de apellido Rooney se estableció junto con su familia en lo profundo de la sierra de Bahoruco. Su intención era explotar los vastos recursos de aquel territorio aún sin explorar. Sin embargo, el inglés fue advertido por los lugareños de la presencia de la ciguapa, un ser sobrenatural con forma de una bella mujer de cabello negro azabache, que corría libre en lo profundo de la selva, manteniendo alejado a todo aquel cuyas intenciones no estuvieran en armonía con el bosque y sus habitantes. Aquella historia, por supuesto, no amedrentó al altivo inglés, que como hombre proveniente de un mundo civilizado no prestó especial atención a aquella leyenda local. 

Sucedió que, a pesar de las promesas de un pago más alto de lo establecido, nadie quería aventurarse en lo profundo de la selva por temor a la ciguapa. No sirvieron los ruegos, ni siquiera las amenazas. Mister Rooney estaba furioso con sus empleados, que por cuentos baratos ponían en peligro no solo su futuro sino también el de toda su familia. Cansado de que sus planes fueran afectados por la ignorancia de sus hombres, el inglés se decidió a terminar con la leyenda de una vez. Avisando que cazaría a la ciguapa, se internó solo en lo profundo del bosque. 

Como experto cazador, no se extrañó de estar rodeado por la naturaleza. Aunque no creía en las historias de los aldeanos, decidió preparar una trampa por si acaso algún ser inteligente moraba en medio de aquel bosque. Lo primero que hizo fue despojarse de todas sus armas, excepto por un pequeño cuchillo que escondió en su entrepierna. En segundo lugar, se propinó a sí mismo varias heridas –ninguna de gravedad, por supuesto– para aparentar ser un pobre hombre perseguido que no había tenido otra opción que internarse en el bosque huyendo de sus captores. Mister Rooney apelaría a la bondad de aquellos seres para derrotarlos. 

 Pasó varios días vagando noche y día en aquel bosque de ramajes espesos y una fronda que podía resultar asfixiante. Dolorido y hambriento, comía las pocas frutas que estaban a su alcance. Al octavo día, su voluntad se quebró y solo deseó volver al calor y la comodidad de su hogar, junto a su familia. Listo para emprender el camino de vuelta, el crujir de las hojas secas lo detuvo. 

 Repentinamente notó la presencia de una mujer parada a su lado: joven, de estatura media, cubierta por una frondosa cabellera negra. En silencio, extendió sus manos ofreciéndole unos mangos. El hambriento inglés comió la fruta con voracidad ante la mirada complacida de la criatura. Mientras comía, observó atento cualquier descuido de la mujer. En un instante, la tomó por la muñeca y, con rápido movimiento, le cortó la garganta. 

 La muchacha se revolcó por el suelo del bosque mientras su sangre abonaba la tierra. Mister Rooney esperó hasta estar seguro de que estaba muerta. Al levantar el cuerpo, notó que aquella mujer tenía los tobillos dislocados y puestos al revés. Orgulloso por su hazaña, el inglés cargó el cuerpo de la ciguapa hasta el centro del pueblo y lo exhibió como un trofeo. 

El terror se propagó por el pueblo como el fuego en una pradera seca. Todos corrieron a esconderse, temiendo las desgracias que estaban por suceder. Rooney, por su parte, regresó a casa con su familia, presto a celebrar lo que él creía una victoria. Sin embargo, esa noche la selva se encargó de demostrarle lo equivocado que estaba. 

 Desde el anochecer, el ambiente se tornó pesado y asfixiante. Un rumor de bestias desatadas –invisibles, pero presentes– llegaba desde los alrededores de la casa, mientras el desasosiego y la angustia se apoderaban de los miembros de la residencia Rooney. La señora Rooney y los pocos sirvientes que no habían abandonado la casa elevaban plegarias suplicando protección, al tiempo que los niños, bajo las camas, lloraban muertos de miedo. Mister Rooney, entre tanto, trataba de mantener la calma. Sabía que, por más cosas extrañas que sucedieran afuera, estarían seguros dentro de la casa. Ordenó a los sirvientes que buscaran armas y protegieran las puertas. 

De pronto, el sonido de un cristal explotando en mil pedazos detuvo los corazones de todos por un segundo. Después, un grito infantil hizo sentir miedo, por fin, al estoico señor Rooney. Al llegar a la habitación de sus hijos, sus ojos buscaron entre los niños que lloraban desconsolados. Buscó a la pequeña Margaret –siete años–, pero no la halló. En su lugar, solo encontró una habitación con dos niños llorando, señalando con su mirada una ventana rota. Al otro lado, solo había un pozo de infinita oscuridad, listo para tragarse a su próxima víctima. 

Dejando de lado cualquier precaución o temor a lo desconocido, Rooney se lanzó selva adentro, gritando el nombre de Margaret a todo pulmón. Buscó inútilmente por días, sin hallar siquiera rastro de la niña. 

—Una vida por otra —murmuraban en el pueblo, tratando de explicar la desaparición—. La selva se cobró aquello que le había sido arrebatado. 

Rooney perdió a su hija aquella noche. Después, perdió al resto de su familia, que, aterrados por lo sucedido, decidieron regresar a Inglaterra. 

Rooney, ahora, es un fantasma. Solo la sombra del altivo hombre de mundo que llegó a los montes de Quisqueya dispuesto a imponer su voluntad sobre el misticismo y la naturaleza. Hoy es solo un ermitaño que vive en una casucha y que, de vez en cuando, se interna en el bosque en busca de un fantasma: una ciguapa de cabellos dorados que corre por la espesura, dejándose ver de vez en cuando por algún desdichado que ha perdido el camino.

Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

viernes, 19 de junio de 2026

EL NACIDO

Jorge Claudio Morhain


Por ahí pasa el Riachuelo. Ah, claro, usted no sabe qué es el Riachuelo. Es un riacho podrido que rodea a Buenos Aires. Separa a los buenos de los malos. A los limpios de los sucios. Tiene una baranda, tiene... Baranda dije, olor. Olor, dije. Bueno, ahí, en el borde, pero en el mismo borde del Riachuelo, hicimos la villa. No había donde meterse, y ese terreno estaba libre, con pastito, lindo, usted viera. Deben ser como veinte metros, entre el alambrado de una empresa pública y el agua, en Avellaneda pero del lado de la capital, al lado de dos puentes, uno viejo para autos y uno más viejo pero más grande, para los trenes, allá arriba. La villa se hizo en dos patadas. Se vino mucha gente. Después cuidamos que no entren más, porque ya no había dónde ponerse. Son como el olor. Se meten por todos lados.

   Está bien, está bien, no le estoy contando la historia de la villa. Le estoy contando la historia del Nacido que apareció del Riachuelo. Ah, ¿no le dije que apareció del Riachuelo?

   El asunto es que a la Dora, la que "trabaja" en la villa, se le perdió un crío, la Marcelita. Ella, claro, no puede cuidarlos bien porque no solamente recibe a la gente de la villa sino que aparecen tipos de quién sabe dónde. No les importa el olor, se meten en la casilla, en la pieza de la Dora que de veras está linda y limpita y siempre calentita. Ella no puede salir a cada momento a ver sus guachitos. Así que se le perdió la Marcelita, que gateaba siempre para el lado del agua. Todos hicimos cuenta que se la llevó el río. Anduvimos removiendo un poco el líquido espeso como aceite, pero qué íbamos a encontrar, si uno se cae ahí y te comen los ácidos, te comen.

   Pero no, qué denuncia. Nadie va a denunciar nada, en la villa. Si uno asoma seguro que va en cariñoso. No entiende. Que va en canasta. Que va en cana. Que va preso. ¿De qué país viene usted? Así que nos quedamos en el molde. Se perdió, y chau. Fue. La Dora no iba a patalear mucho porque era una boca menos, y, como todos los otros, vino al mundo culpa de algún forro pinchado. Hay que ver lo que es el olor. Uno se acostumbra, tanto que cuando anda donde no hay ese olor es como que no se halla, se siente raro. Huele como a chocolate espeso.

   ¿Qué tiene que ver el olor? No, es que me acordaba del olor de esa nochecita de fin de otoño. No sé si fue dos meses después, o seis, o un año. Me acuerdo, sí, que salí de la casilla que compartimos el Tiro, Martínez y yo. A echar un meo. Es que me gusta ver cuando el chorro pega en el agua oscura y se arruga como una seda, en redondeles. Me acuerdo que esa noche estaba rara, como quieta, los ruidos de la avenida venían como lejos, no pasaba casi nadie por Luján, no había viento. El Riachuelo se ponía tan lisito que daban ganas de mandarse una picada. La onda se agrandaba y se agrandaba bajo mi pishada, y de repente me di cuenta de que era demasiado grande, que era mucho más grande de lo que debiera ser, y entonces desvié el chorro hacia el pasto y comprendí que algo estaba saliendo del Riachuelo. Enseguida, no sé por qué pensé en la Marcelita. Eso salió del agua, yo lo vi, yo estaba allí. Era como un muñeco hecho con lanas empetroladas, sin forma. Yo lo vi. Y enseguida de verlo corrí a la casilla y llamé a los otros mamados, y entre cargada y cargada vinieron a ver la cosa salida del Riachuelo. Me llamaron loco, drogado, Fabio Zerpa, cualquier cosa. Máxime cuando al borde del Riachuelo solamente había una mancha de agua podrida oliendo como a chocolate recalentado. Ni rastros del Nacido. Pero yo lo vi. Qué cosa, desde esa noche cómo cambiaron las cosas para nosotros. Siendo cuatro la casilla quedaba chica. Así que Martínez se fue porque no aguantaba el olor a podrido, dijo. Nos quedamos con el Tiro. Los primeros días fue un escándalo, porque dijeron los chabones que había mal olor. Uno, no sé, creo que fue Martínez, contó de la noche y la meada, y de repente se apareció la Dora, más linda que nunca con sus ojos llorados y su minifalda. Yo le dije "qué buscás". "Mi hija", dijo. Yo le dije "estás mamada", y ella quiso hacerme a un lado. "¿Qué querés a cambio?", me dijo, y yo le miré las tetas. "Está bien", dijo, y me hizo a un lado. ¿Sabe que hasta vomitando es linda la Dora? Vomitó por toda la pieza, y por un rato el olor a vino superó el olor del Nacido y el del mismo Riachuelo. Y salió diciendo que estaba loco y que no era su hija, y que tenía un bicho. Y algunos vecinos quisieron hacer lío, pero el Tiro se plantó en la puerta y dijo: "¿Qué? ¡Manden la cana si quieren algo, qué!"

   Y todos se fueron a su casa.

   Pero vino la cana en serio, no sé si alguno nos tenía tanta rabia o qué, y revisó la casilla y encontró la mancha de agua del Riachuelo con olor a chocolate rancio, y se fueron frunciendo la jeta de asco. El Nacido se había corrido hasta el agua.

   Cuando se fueron los canas vinieron a los pocos días los otros, los de corbata, a querer comprar lo que había. Dijeron que habían hecho un experimento con genética, que no sé si será tan puta como la Dora, pero parecía que sí, porque dijeron que habían mezclado a varios tipos para que pariera una cosa, y que se les había ido por el desagüe y que era de ellos. ¿Cómo qué cosa? ¿De qué estamos hablando? Del Nacido. Nosotros nos negamos a dejarlos entrar, pero parece que por ahí uno se mandó por una tabla floja y se encontró con el Nacido en la cama. De repente alguien me hace a un lado, viniendo de adentro. Y era el fulano, blanco como esa hoja en la que usted escribe. "No es", dijo. Y se fueron. Y los últimos que vinieron fueron los de la tele, pero a esos les hicimos creer que había una manifestación pidiendo trabajo, y se mandaron flor de nota, y nos tiraron unos pesos. Después no pasó nada. Pasó el tiempo, eso pasó. El Nacido se fue criando, nos queríamos mucho los tres. No había egoísmos entre nosotros. El Tiro y yo queríamos al Nacido de igual a igual. Lo demás lo sabe, don. ¿Ah, no lo sabe? Bueno, hace unas cuantas noches aparecieron unos tipos en lancha. Unas lanchas negras, silenciosas. Los tipos vestían de negro. Hablaban bajito, pero creo que en inglés. Cuando quisimos acordar los tuvimos adentro. Entonces el Tiro se volvió una fiera. Sacó el bufoso y empezó a los chumbos, a dos manos (porque tenía dos bufosos) y parece que los tipos no se la esperaban, porque mientras preparaban tremendas ametralladoras nos fuimos. Nos fuimos a la mierda. Nunca más. Le juro que extraño aquel olor a chocolate podrido. Pero cuando pienso en la sangre del Tiro desparramada por todos lados me viene una cosa... Nos vinimos para acá. Acá es más fácil. Plantamos alguna cosita. Hago changas.

   Ahora sí, ya sabe todo. Yo decía que usted tenía que saber esta última parte porque los tipos que mataron al Tiro eran parecidos a usted, así, grandotes, ojos azules. ¿El Nacido? Ah, no al Nacido nunca lo va a ver. Se volvió al río. Le gustaba la mugre. Sobre todo después que se rompió. Sí, se rompió, se rajó, como una bolsa de trigo demasiado llena, y solito se arrastró al Riachuelo. Seguro que era Marcelita, yo siempre digo. Seguro la agarró esa agua con todas esas cosas de la puta Genética y la cambió toda. ¿No? Eso es lo que digo. Yo, digo, pero yo no sé nada.

   ¿Quién? ¿Mi mujer? No, ella no va a hablar. Deme los dólares, ella no sabe nada. Oiga, deme la guita, que yo ya hablé. Ella vino después, está bien que sea linda como un ángel, blanca como una paloma, dulce como un bombón, un sueño, una dulzura. Está bien que les guste a todos, que todos quieran tenerla y cuidarla. Yo también. Pero es mi mujer, y no sabe nada. ¿Qué experimento ni qué ocho cuartos? Ella es una mujer, ¿me entiende? ¡Una m-u-j-e-r! Marcela...

   Deme la guita o armo un escándalo. Eso es. Oiga, no se arrime más por el rancho, ¿eh? Ella es mi mujer, no la puta Dora, ¿eh? ¿Me entendió?


Jorge Claudio Morhain Suárez nació en la ciudad de Buenos Aires el 9 de abril de 1942. Es escritor, dramaturgo, guionista, historietista, periodista, traductor, museólogo, divulgador científico y bibliotecólogo. Ha incursionado en los más diversos géneros literarios, y entre sus obras de ficción podemos mencionar la novela Samos contra los Uránidas (1989) y las colecciones de cuentos Amores con guardapolvos (1993) y Malos tiempos para Drácula (1996). Reside en la localidad bonaerense de Máximo Paz.

 

 

MIS TIEMPOS DE AJEDRECISTA