lunes, 1 de diciembre de 2025

ROJOS Y MORADOS

Gabriel Trujillo Muñoz

El niño se detuvo a la entrada de la cueva. El sol pegaba a pleno en su rostro pero a él no parecía importarle. Era primavera y lo sabía: en sus manos llevaba un puñado de moras que habían cubierto su rostro con un jugo espeso y delicioso. En el interior de la cueva, la luz de una antorcha permitía atisbar algunos detalles de su estructura. El niño entró como en su casa: sin titubear se dirigió a la izquierda y descendió por un pasillo en espiral que iba pegado a las paredes. En el fondo de la caverna brotaba un pequeño ojo de agua. El niño se inclinó a lavarse la cara, pero la voz surgida de las alturas se lo impidió.

—Ven acá, Noran. Así como estás.

Noran alzó la vista y vio la escalera de madera y un andamio en lo alto. Sobre este último, un hombre viejo que portaba un delantal cubierto de pintura de distintos colores le urgía a subir. Dos antorchas empotradas en las alturas le proveían de suficiente iluminación y podía verse a su espalda figuras enormes de fuertes colores y trazos vivos.

—Ya voy, abuelo —contestó el niño y comenzó a subir por la escalera.

—Apúrate. Necesito con urgencia de esas moras. ¡No te las comas o te las verás conmigo!

Noran llegó en un instante junto a su abuelo.

Este tomó las moras y las exprimió sobre un pequeño cuenco y luego, con las manos pegajosas, se puso a pasarlas por el muro liso.

—Acércate más —ordenó al niño y tomó los restos de las frutas de su cara y los restregó también en el muro.

—Son moras buenas, no hacen daño —señaló Noran con mirada ausente.

—Sirven para que el cielo se vea más profundo. ¿Lo ves?

El niño lo veía. Pero el cielo era lo que menos le interesaba. Prefería las figuras enormes que iban apareciendo delineadas con pedazos de carbón. Los rostros que gesticulaban. Los cuerpos retorcidos. Los puños que se alzaban contra el destino. El destino era una de las palabras favoritas de su abuelo.

—¿Te gusta lo que ves, Noran?

Noran negó con la cabeza.

El abuelo dejó de pintar con las manos y se quedó mirando a su nieto.

—¿Cuéntame por qué no te gusta lo que pinto?

Noran señaló un ser que se fragmentaba en tonos rojos y amarillos.

—Ese me asusta.

El viejo frunció el ceño ante el comentario.

—Y si te dijera que precisamente por eso lo pinté así, para dar miedo, ¿qué me dirías?

Noran se encogió de hombros como sí eso no le concerniera.

Su abuelo tomó una de las antorchas y la llevó al otro extremo del andamio.

—Esto es nuevo. Lo hice hoy por la mañana, tú serás el primero en echarle el ojo. Te aseguro que no te va a asustar. Te lo prometo.

Noran metió su mano en la bolsa de provisiones y acarició su piedra de la suerte, un alabastro que su difunta madre le había legado al morir dos inviernos antes.

—Ven y ve mi último añadido a mi obra maestra.

La antorcha iluminó un rincón en la parte más recóndita del muro. Ahí estaba una figura que flotaba en el aire. Una muchacha envuelta en velos. Una hada que le sonreía desde su luz tan blanca.

—¿La recuerdas, Noran?

Noran tocó la piedra fría del muro y acarició con cautela el rostro de su madre.

—Sí —dijo y las lágrimas acudieron a sus ojos y rodaron por sus mejillas, limpiando su cara de los últimos restos de moras.

—¿Ahora entiendes por qué hago esto?

Noran volteó a ver a su abuelo.

—¿Puedo venir cuando quiera a visitarla, a platicar con ella?

El viejo asintió con una sonrisa de comprensión.

—Todo lo que pinto tiene un propósito, Noran. ¿Cuál crees que sea?

Al niño le costó trabajo apartar la mirada del rostro de su madre, pero la pregunta lo intrigaba. Así había sido siempre su relación con el padre de su madre: una serie de interrogatorios, una clase interminable la que debía estar siempre alerta.

—Ver cosas. Ver lo que ya no es.

El viejo lo palmeó con tanta fuerza que el andamio crujió ante aquella inusitada señal de afecto.

—Sí. Muy bien. Esta pintura mural es mi manera de que la gente no olvide lo que fuimos, que sepa cómo echamos a perder hasta la última esperanza. Tú y tu generación deben acudir aquí y aprender de esta historia que yo cuento en imágenes. Para que no vuelvan a cometer los mismos errores ni padezcan la misma ira, el odio enorme que nosotros tuvimos que cargar por estúpidos.

Noran volvió su atención a la figura de su madre.

El abuelo era así: una vez que uno respondía correctamente empezaba a hablar para sí mismo y no había quien lo parara. Su madre: muerta cuando él tenía siete años. Primero le salieron unas ronchas y luego comenzó a toser sangre. Al final era tan frágil que cuando Noran la abrazaba con fuerza oía crujir sus huesos.

—¿Para qué sirve recordar la muerte? ¿En qué nos ayuda que los muertos no se vayan?

Lo dijo en voz alta. Grave error. El viejo dejó de cacarear sobre su pintura mural y guardó silencio, enfadado.

—¡Vete a jugar afuera! —le ordenó.

Y Noran salió volando por la escalera. No se detuvo hasta que llegó a la orilla del río. Se acuclilló frente a las aguas cenagosas que rugían a pocos metros de distancia. Un pez volador saltó como un remolino de escamas multicolores. Pero sólo pudo mostrarse dos veces en todo su esplendor: una medusa lo atrapó en su telaraña de tentáculos rojizos, pero el pez volador soltó su ponzoña radiactiva en cuanto fue tocado. Ambos seres murieron en un espasmo de arcos voltaicos y sordas explosiones. Noran ni siquiera retrocedió ante aquella lucha a muerte. Ya estaba acostumbrado. Luego, cuando el sol se hizo más intenso y sus rayos quemaban incluso la piel más curtida, Noran se protegió en una terraza de montaña, donde rocas de diferentes formas daban por igual sombra que protección contra los depredadores de la comarca.

Desde ahí podía contemplar la ciudad en ruinas donde había nacido nueve años atrás. La ciudad que su abuelo se empeñaba en dibujar para que la humanidad no la olvidara. Noran pensaba que todo eso era una pérdida de tiempo. La única ventaja es que la pintura aquella mantenía ocupada la mente del abuelo. Desde que su madre muriera, cada uno había buscado su propia manera de entretenerse. Su abuelo pintando ese mural que llamaba: “El fin de la humanidad tal como la conocimos”. Un desperdicio, sin duda. A nadie le importaba la vieja vida de antes. Los seres humanos que vivieron en las ciudades como reyes de la abundancia y terminaron ahogándose en su propio vómito. Solo quedaba de ella una montaña de cascajo y señales de estática que atravesaban los cielos sin hallar respuesta. Y zonas muertas. Y colinas de huesos que brillaban de noche. Y la tierra putrefacta que olía a excremento y cadáveres.

Noran vio el sol que se ocultaba tras la nube de polvo irrespirable, allá, en la lejanía. Se acurrucó despacio sin hacer ningún ruido, en un hueco entre dos rocas. Invisible y atento a todo cuanto lo rodeaba. Una hora después, un chasquido lejano le avisó que tenía compañía. Sonido de pasos con un ritmo peculiar. Movimientos sigilosos entre las sombras. El pozo del agua de la cueva era un secreto a voces. Los pasos lo decían todo: era un niño como él. Tal vez un poco mayor en peso y estatura. La figura se hizo visible a un lado de la entrada. Llevaba un cuchillo de obsidiana en una mano y una lanza en la otra. Estaba preparado para cualquier eventualidad.

Noran sacó de su bolsa la cerbatana y puso el dardo en posición. El intruso saltó en ese instante, presintiendo el peligro. Fue su último salto. El dardo le dio en el hombro y lo detuvo en seco. Perdió el control de sus músculos y cayó cuan largo era. Noran se acercó al sitio donde había caído el niño con la navaja suiza abierta de punta a punta. El intruso aún podía mover los ojos cuando llegó a él. Parecía querer suplicar algo. Contar algo valioso.

—No te preocupes —le susurró Noran mientras le abría el cuello con su navaja—. No serás olvidado. Te lo prometo.

Unos momentos más tarde subía la escalera de madera con un ánfora grande colgada a su espalda. A su abuelo aún no le quitaba la molestia por su actitud de unas horas antes, pero la mirada del padre de su madre se suavizó cuando vio el regalo que Noran le ofrecía.

—¿Qué es lo que traes? ¿Qué has conseguido?

Noran abrió el tapón del ánfora y dejó que su contenido escurriera hacia la paleta de colores de su abuelo.

—Rojo sangre —dijo con orgullo—. Y abajo, junto a la hoguera, hay carne secándose.

El viejo tomó con las manos la sangre que aún fluía del ánfora y se puso a pintar con vigor, como si apenas comenzara su faena y no fuera ya de noche.

—Buen color. Firme y oscuro. —Murmuró más para sí que para el niño.

Pero Noran no le prestaba atención.

El solo tenía ojos para ver a su madre. Roja y morada. Luminosa y etérea.

La única figura de la humanidad que no quería perder de vista.

El único pasado que realmente le importaba contemplar.

La voz de su abuelo, sin embargo, lo sacó de aquel estado contemplativo.

—Deja a tu madre en paz y ven acá. Quiero que veas, al menos por una vez, todo el conjunto de mi obra. Necesito que entiendas lo que estás viendo aquí.

Y empujándolo por la espalda, el viejo lo condujo a una buena distancia de la pared pintada.

Con un movimiento de mano le dio varias vueltas a una manija y, de pronto, como un milagro, la luz se hizo.

No la luz de las antorchas sino una luz blanca y estable, sin sombras moviéndose al fondo.

—Esta es luz eléctrica —le dijo el abuelo—. La magia de la civilización. Pero eso luego te lo explico. Quiero que veas hacia la pared y me digas qué hay en ella.

Noran obedeció. Ahora la pintura monumental de su abuelo podía apreciarse en todos sus detalles. Era como la ciudad en ruinas pero sin las ruinas.

—Veo... veo lo que hay afuera... pero con... más colores.

El viejo asintió ante aquella primera interpretación de su obra.

—Exacto. Lo que ves es una calle. Mi calle de niño. Cuando yo tenía tu edad.

Y acercándose a la pintura, su abuelo fue mostrándole cada imagen que en ella se representaba.

—Y esta es mi casa. Pintada de verde. Y esta es la tienda de la esquina, donde podías comprar cosas brillantes y apetitosas.

Noran asentía ante aquella realidad tan colorida y extraña.

Su abuelo parecía estar hablando y respondiéndose al mismo tiempo.

—Y esto es un anuncio panorámico. Con imágenes que destellaban.

—¿Anuncio?

—Era un aviso de las cosas que podían ser tuyas. Este anuncio es de helados, por ejemplo.

—¿Helados?

El viejo cerró los ojos y puso cara de gozo.

—Eran pedazos fríos de dulce.

Noran vio que el abuelo estaba perdido en sus propias ensoñaciones.

Quiso retirarse, pero la manaza del viejo cayó sobre su hombro.

—Dame tu mano izquierda—ordenó.

El niño se la dio sin protestar. Su abuelo la tomó con cuidado y la metió en la olla repleta de sangre fresca y de pigmentos. Y luego la presionó sobre su pintura, contra la pared de roca.

—Ahora también tú eres parte de esa calle que ya no existe —le susurró.

Noran supo, en ese instante, como una revelación largo tiempo demorada, que su abuelo acababa de vincularlo para siempre con aquella obra.

Y se quedó mirando la huella de su mano en la pared de la caverna.

Su marca en el mundo. 

Tomado del libro Aires del verano en el parabrisas (ICBC, 2009)

Gabriel Trujillo Muñoz nació en Mexicali, Baja California, México, el 21 de julio de 1958. Es poeta, narrador y ensayista. Es profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias Humanas de la UABC-Mexicali y uno de los editores de la Revista Universitaria de la Universidad Autónoma de Baja California. Ha publicado más de ciento treinta libros como autor y compilador. Una apretada síntesis permite citar, entre muchos otros, Miríada (cuentos, 1991), Laberinto (novela, 1995), Mezquite Road (novela, 1995), Conjurados (novela, 1999), Espantapájaros (novela, 1999), Trebejos (cuentos, 2001), Mercaderes (cuentos, 2002), Aires del verano en el parabrisas (cuentos, 2009), Trenes perdidos en la niebla (novela, 2010), Moriremos como soles (novela, 2011), Círculo de fuego (novela, 2014), Música para difuntos (novela, 2014) y Vecindad con el abismo (novela, 2015).

EL JUEGO DE LOS DIOSES

Jorge Candeias

Nada en el descenso es digno de mención. Oh, al principio cada segundo estaba hecho de puro deslumbramiento, y cada nuevo detalle en el paisaje era motivo de celebración y comentario. Pero ahora, después de tantos juegos, la rutina ha superado la capacidad de maravillarse y el descenso se limita a acompañar la transformación de un planeta enorme en un planeta gigantesco, y luego en un planeta monumental, hasta que se convierte en un planeta mayor de lo que la imaginación puede abarcar. Entonces la perspectiva se ve obligada a reajustarse y el planeta desaparece para dar lugar a grandes cinturones de nubes en varios tonos de ocre, que enseguida se fragmentan en nubes individuales separadas por pozos que se hunden en brumas difusas, hasta que todo eso se desvanece cuando el escudo térmico se pliega como una coraza alrededor de la esfera que es la nave, antes de descomponerse en alas y planos angulosos, y pierdes la visión del exterior. Después solo queda esperar a que el paracaídas se abra, enorme pero completamente perdido en la inmensidad de aquella atmósfera, y frene lo suficiente la caída para permitir la eyección del escudo térmico. Vuelves entonces a ver lo que te rodea, pero ya todo ha cambiado otra vez, y ahora caes lentamente entre nubes, rodeado de colores pastel, mientras esperas que las largas alas retráctiles se extiendan lo bastante como para darle al vehículo sustentación y maniobrabilidad. Cuando eso ocurre, el motor se enciende automáticamente. Estás listo.

Exploras las cercanías con los detectores de largo alcance, y no encuentras más metal que el que forma parte de tu propio escudo térmico, que continúa su larga caída hacia las entrañas del planeta. O fuiste el primero en llegar, o la batalla se desarrolla demasiado lejos. Pides información a los satélites del sistema GPS, que orbitan el planeta a baja altura, y recibes la respuesta poco más de un segundo después. Ese retraso es algo incongruente, difícil de encajar con todos los demás intervalos que forman la experiencia del juego, pero estás acostumbrado y casi ya ni lo notas. Dicen los satélites que no hay blips lo bastante próximos. Tendrás que esperar.

Aprovechas para apreciar el paisaje. A pesar de la rutina, en cada nivel de juego el panorama es siempre diferente, y nunca te cansas de verlo desfilar. Debajo de ti, una inmensa capa de nubes, del color del irish coffee sintético que consumes por litros en tu bar favorito de toda la zona habitada de Ganímedes, parece sólida, levantando aquí y allá pilares hacia tu encuentro como si fuesen dedos que intentaran atraparte, extendiéndose hasta disolverse en la niebla mucho antes de llegar al horizonte, pero muy, muy lejos del lugar donde tu nave describe, mientras espera, círculos con un perímetro de miles de kilómetros. Por encima y alrededor, pequeñas nubes blanquecinas casi no se distinguen del cielo, también blanquecido por una neblina translúcida que, aun así, permite ver el Sol y los pequeños crecientes de las lunas más brillantes. A veces, y desde ciertos lugares del planeta, es posible vislumbrar el leve resplandor o la ligera sombra de los anillos. Pero hoy no.

Oyes un blip proveniente del detector trasero y sabes que tu primer adversario acaba de llegar. Aún debe estar descendiendo colgado del paracaídas, y manipulas los controles de la nave para acelerar en su dirección, intentando interceptarlo en el momento en que es más vulnerable: justo después de eyectar el escudo térmico, pero justo antes de conseguir controlar la nave. Es muy raro que dos naves lleguen al planeta lo suficientemente cerca para que esta maniobra funcione, porque además de las distancias también están los segundos de retraso entre tus instrucciones y el momento en que surten efecto, pero no cuesta nada intentarlo. Ya has tenido suerte antes.

Llegas demasiado tarde, como era de esperar, y solo alcanzas a ver de refilón a tu adversario cuando pasa junto a ti a gran velocidad, probablemente aún con todos los instrumentos en barrido amplio, registrando los alrededores. Analizas su trayectoria, calculas aproximadamente dónde estará dentro de quince segundos, y luego ordenas a la nave que haga un looping cerrado y acelere aún más en cuanto el ángulo se aleje de la vertical. Esperas tres segundos y después aprietas el gatillo, ordenando el disparo en cono abierto de una nube de pequeños proyectiles autotransportados que, si detectan algo metálico en su radio, explotarán convirtiéndose en electrominas dispuestas a perseguir el material más conductor que encuentren cerca. Tras la nube de proyectiles envías también un dron equipado con vídeo, audio y detectores de masa, y luego indicas a la nave que trace una curva a la izquierda y salga de allí a toda velocidad hacia el pilar de nubes más cercano, donde deberá sumergirse y reducir la velocidad al mínimo operable.

Luego esperas.

Pasan cuatro segundos antes de ver los proyectiles saliendo a gran velocidad de la parte inferior del casco y, enseguida, un rincón de tu mente se ilumina con los datos del dron, al mismo tiempo que sientes el cambio de dirección de la nave y ves frente a ti, acercándose deprisa, un enorme pilar de nubes pardas. Te sumerges en él y el mundo desaparece, envuelto en una niebla apenas interrumpida por una fosforescencia indefinida de color vainilla. Solo ese rincón de tu mente mantiene su claridad, mostrando una nube cada vez menos densa de proyectiles que avanzan sin encontrar objetivo, inofensivos. El ataque falló.

Solicitas de nuevo información a los detectores de largo alcance, y luego a todos los demás. Maldices al genio que programó los satélites para no proporcionar datos durante las batallas. Después llenas los siete segundos que tardará la información en llegar preparando un nuevo ataque. Esa es tu técnica: dar al adversario el mínimo descanso, alternando cada pocos segundos ciclos de detección, ataque y fuga en direcciones más o menos aleatorias. No te ha ido mal con eso. Has alcanzado una posición respetable entre los guerreros de Ganímedes, lo cual tiene la importancia que tiene.

Para ti, mucha. Para algunos de tus amigos, ninguna. Así son las cosas.

La respuesta de los detectores llega de pronto: un blip se acerca a gran velocidad a la columna de nubes donde te escondes. No puedes saber con certeza si te descubrió y pretende atacarte, pero debes admitir esa posibilidad. Das instrucciones frenéticas a la nave, sabiendo perfectamente que los cuatro segundos que tardó la información en llegar hasta ti son más que suficientes para que todo haya terminado ya. Pero existe la posibilidad de que no sea un ataque, y aun si lo es, hay una pequeña probabilidad de fallo, especialmente en áreas muy nubladas. Por eso programas maniobras evasivas, consultas el esquema de los alrededores que el software interno construyó con los datos de los detectores, y envías la nave hacia otra columna de nubes, más pequeña y por tanto menos probable. Esperas. La nave continúa su lento avance entre las nubes, y a ti te parece que los segundos se han vuelto elásticos e infinitos. Casi gritas: ¡Vamos, muévete!

Es entonces cuando la trayectoria de un proyectil lo lleva demasiado cerca de donde estás y este explota en un destello blanco que crece hasta llenar todo tu campo visual. Pierdes inmediatamente la conexión. La electromina alcanzó la nave. Está muerta, con todos los circuitos internos vaciados por la sobrecarga, y te la imaginas colgando de un globo de vacío como un trapo inútil, esperando a que la barredora de la Compañía venga a recogerla, porque en aquella región no falta combustible, pero los metales son difíciles de conseguir y no pueden desperdiciarse. En cuanto a ti, vuelves a Ganímedes, frustrado, mascullando contra el guerrero que tuvo la suerte de dejarte fuera de combate en el primer intento. Consultas sus datos en el sistema. De Ío, claro. Piensas que con un retraso de solo tres segundos tú también serías capaz de lograr hazañas, y repites una vez más la promesa que haces siempre que algún jugador de los satélites interiores te expulsa del cielo: algún día, encontrarás la manera de jugar desde Ío, con o sin volcanes y terremotos.

Ahora debes ir a trabajar, ganar dinero para la próxima partida y para las demás cosas de las que está hecha tu vida. Sales de la Arena de los Dioses cabizbajo, y solo echas una mirada rápida al paisaje porque no tienes ganas de ver a Júpiter, y él brilla, casi lleno, tras la red cristalina de la cúpula. Del otro lado, el Sol comienza a salir en esa zona de Ganímedes, proyectando largas sombras sobre una pequeña multitud que enarbola pancartas y banderas, en la protesta de siempre contra lo que ellos llaman la profanación de Júpiter con juegos de batalla.

Estúpidos orgánicos, piensas, y su estúpida manía de las purezas.

Después te alzas sobre tus seis patas telescópicas y das la espalda a todo eso. Ya volverás otro día.

Jorge Candeias, nacido en el Algarve, al sur de Portugal, lleva demasiado tiempo traduciendo y solo escribe cuando le apetece y tiene una historia que contar, algo que últimamente casi nunca ha sucedido. A pesar de ello, de vez en cuando publica algunas cosas antiguas, incluso en inglés y, como pueden ver, en español. Su último libro, lleno de historias de ratas, se autopublicó en 2022 e incluye relatos de algunos amigos. Nadie lo ha leído, lo cual es perfectamente lógico.

 

CAJÓN VACÍO

Beni Dya Mbaxi



El cielo estaba extraño aquel día. El viento parecía enfadado con la gente de Congeral: los edificios se mecían al ritmo de las ráfagas que sacudían el barrio, y los habitantes quedaron perplejos. Era la primera vez que soplaba un viento tan fuerte; algunos niños rompieron a llorar solo con ver aquello. La ciudad entera se agitó. Los makota –los más viejos, los guardianes de la tradición– se inquietaron. El miedo los hizo volver a sus raíces: elevaron los ojos al cielo y clamaron a los kilambas sin descanso. Era un truco antiguo que los kilambas habían enseñado para apaciguar el cielo y detener la lluvia.

Las mujeres mayores, las makota, corrieron desesperadas, sacaron los paños que llevaban años guardados, dejaron a un lado la modernidad. Aunque vivieran en la ciudad, se anudaron los paños en la cintura e invocaron a los kilambas. Fue la primera vez que no vieron una respuesta inmediata. El cielo comenzó a oscurecerse con rapidez; los gritos de los niños se multiplicaron, haciendo eco en todos los rincones de Congeral. El viento era tan intenso que la única solución fue entrar en casa y atrancar puertas y ventanas.

Los coches que pasaban bajo los edificios perdían el control y chocaban entre sí. Pronto una música descompuesta, hecha de bocinazos, se extendió por la ciudad. Y así fue como todos recordaron a los otros niños, los que estaban aún en la escuela.

Poco después, escucharon los gritos de esos niños que salían corriendo del colegio, desesperados por refugiarse en los brazos de sus padres.

—¡Cajón vacío, cajón vacío, cajón vacío! —gritaban.

Esos no eran gritos cualquiera: eran gritos de seres inocentes huyendo aterrorizados. Los más viejos salieron corriendo hacia la carretera, el miedo todavía pegado a su ropa. Fue entonces cuando vieron sangre en las batas escolares de algunos niños que llegaban corriendo. Aquello hizo enloquecer a las madres. Entre el caos, un dikota tomó a un niño que lloraba a mares y le preguntó qué había ocurrido. El niño se limpió las lágrimas y aclaró la voz. Con lo poco de valentía que le quedaba, contó que había visto a su profesora: una parte de su cuerpo había sido cortada y pegada al pizarrón.

Los adultos dudaron de sus palabras. Algunos aseguraron que solo decía eso porque estaba asustado. Otros makota dijeron que solo se trataba de un pequeño arrebato de ira de Nzambi, y que pronto el cielo volvería a la normalidad. Pero no era así. Los gritos eran demasiados, el viento seguía aumentando, la oscuridad avanzaba y, de repente, empezó a llover. Ya no era solo gritos, ni viento: también la lluvia se sumaba a aquel infierno. Y entonces escucharon una voz caer del cielo.

El miedo, ahora sí, visitó a los makota. Algunos intentaron comprender lo que decía la voz, pero era imposible: las tormentas habían llegado también. El instante se volvió apocalíptico. Aun así, muchos viejos creían que nada podía ocurrirles porque llevaban a los kilambas en sus muximas, sus corazones. Por eso decidieron ir a la escuela, el lugar donde todo parecía haberse desatado. Las madres estaban angustiadas: allí estaban sus otros hijos. Apenas eran las diez de la mañana cuando todo empezó, y el miedo arropaba a la gente de Congeral desde el amanecer.

Camino a la escuela, un grupo de niños apareció corriendo, desesperados y con las batas manchadas de sangre.

—¡Están viniendo, están viniendo! —gritaban.

Las mujeres se derrumbaron en lágrimas. Los más viejos pidieron coraje y siguieron adelante; había que llegar a la escuela y saber qué ocurría.

Cuando estaban cerca, el pueblo entero temblaba. De pronto, vieron formarse un torbellino: un viento violento en forma de círculo. El cielo arrojaba relámpagos intensos que iluminaban varios ataúdes suspendidos en el centro del torbellino.

Los mayores sintieron las piernas fallar. Muchos cayeron sin fuerzas; otros quedaron ciegos de repente; algunos quedaron inmóviles. Los que aún podían ver no daban crédito, y los que habían quedado a oscuras solo oían la voz que descendía del cielo. El viento rugía, los ataúdes giraban, y la ciudad comenzaba a desmoronarse. Los edificios antiguos no aguantaban más aquel viento que arrancaba árboles y volcaba coches.

De pronto, los ataúdes desaparecieron. El sol volvió a brillar y las nubes pesadas se retiraron. Las hojas de los árboles se mecían suavemente. Los coches pudieron seguir su camino. De un segundo a otro, el día volvió a la normalidad. Los pájaros regresaron a las ramas.

Cuando los viejos se dieron cuenta, estaban ya frente a la escuela. Un silencio ensordecedor los recibió. La escuela había sido pintada hacía poco: antes era toda blanca, la famosa Garra Blanca, cuna de buena parte de los dirigentes del país. Ahora lucía de color naranja, aunque el nombre seguía siendo el mismo. Pero ese día algo había cambiado. Ya no se escuchaba ningún grito.

Entraron con valor renovado. El silencio dentro era aún mayor. No había nadie. Empezaron a recorrer las aulas buscando a los niños. Llegaron al aula siete, la primera del primer piso, desde donde podía verse uno de los monumentos históricos de Congeral: el Largo del Bailezão, situado en el centro de la ciudad, famoso por los helados que vendían allí y por encontrarse junto al edificio más antiguo del lugar.

Cuando todos estuvieron dentro del aula, la puerta se cerró sola con estrépito. El miedo los invadió. Los pupitres comenzaron a moverse. Las bombillas estallaron con un ruido tremendo. Un viento furioso se desató dentro del aula.

La gente gritaba. Vieron cómo una mujer perdía una parte del cuerpo, y luego un hombre también. Intentaban salir desesperados.

Fue entonces cuando aparecieron los ataúdes dentro del aula. Se abrieron. Estaban vacíos.

Los gritos se multiplicaron. Los que estaban fuera de la escuela corrieron hacia adentro para saber qué ocurría. Nadie en Congeral –antigua Cerámica del Cazenga, lugar histórico donde se proclamó la independencia en 1975– había visto algo semejante.

En medio del caos, las sirenas de los bomberos y de la ambulancia se oyeron a lo lejos. Eso hizo que los gritos se volvieran aún más agudos.

Los bomberos llegaron, bajaron del vehículo y se prepararon para entrar. Preguntaron qué estaba pasando. El pueblo les contó todo. El espanto en los ojos de los bomberos era evidente, pero no retrocedieron.

Entraron. Los gritos en el interior aumentaron al sentir su llegada. Los bomberos se encontraron con una oscuridad repentina y un edificio que rugía. Al subir al piso superior, vieron lo imposible. También ellos gritaron. La tormenta regresó: lluvia y viento colosal. La gente que observaba desde afuera corrió a refugiarse en el parque infantil cercano. La lluvia era tan intensa que nadie veía nada. Los hombres de la ambulancia desaparecieron.

La tormenta duró tres horas.

Cuando todo volvió a calmarse, la ciudad estaba desordenada. Con pasos temblorosos, algunos decidieron entrar de nuevo en la escuela.

El lugar era irreconocible. Las ramas arrancadas parecían llorar sobre el suelo. No había nadie: ni niños, ni padres, ni bomberos. Solo silencio. Un vacío absoluto.

Congeral nunca había visto algo así. Tomó mucho tiempo para que la gente se recuperara de aquella pérdida, pero nadie la olvidó. La historia sigue contándose de generación en generación.

Hoy, la escuela Garra Blanca –o Caixão Vazio– es un lugar abandonado. Ningún niño se atreve a pasar cerca de ella.

Beni Dya Mbaxi es el seudónimo del galardonado escritor angoleño Bernardo Sebastião Afonso, activista de los derechos humanos. Su lengua materna es el kimbundu y recientemente comenzó a estudiar portugués. Escribe ficción realista y algunos de sus libros han sido adaptados al teatro.


 

domingo, 30 de noviembre de 2025

ERROR DE IMAGEN

Gergely Buglyó

 

Subo con cuidado la caja por las escaleras: me gasté dos meses de sueldo en el televisor nuevo. Por fin hoy podré tirar ese viejo trasto de tubo. En el segundo piso ya me resbalan las manos del sudor, tengo que cambiar el agarre. Ni en la puerta me atrevo a apoyarlo en el suelo; mejor toco el timbre con el codo.

—¿Y bien? —le digo a Dia con una sonrisa cuando abre. Recorre la enorme caja con la mirada, sorprendida: seguro no imaginaba lo que significaban en la vida real esos ciento veintisiete centímetros de pantalla.

Solo lo pongo en el suelo lo justo para quitarme los zapatos, y ya lo estoy llevando al salón. Mientras busco unas tijeras en el cajón, noto que me tiemblan las manos como cuando era chico, en Navidad. Sin duda es un buen regalo para celebrar que nos mudamos juntos.

—Pantalla OLED, resolución 4K, WebOS, función 3D… —enumero mientras corto las cintas adhesivas.

—Ajajá —niega Dia con la cabeza, divertida—. ¿Y todo eso realmente lo necesitamos?

Por ahora dejo el televisor viejo en un rincón, sobre unas cajas que aún no hemos vaciado, y enseguida me pongo a instalar el nuevo. Mientras corre la búsqueda de canales, alterno entre sentarme en el borde del sofá moviendo la pierna nerviosamente y ponerme de pie para caminar por el cuarto.

—Ahora sí podremos invitar a tus padres a ver tele —bromeo a medias, y ella me lanza una mirada afilada.

—Te dije que mi papá no puede caminar. ¿También querés cargarlo escaleras arriba?

Intento poner cara de comprensión. Yo presenté a Dia a mi familia desde el principio, pero ella lleva meses retrasando ese encuentro, como si le avergonzara mostrarme. Siempre surge alguna excusa: que están arreglando la casa, que tienen invitados ese fin de semana, y así. En realidad fue ella quien eligió nuestro departamento, así que no entiendo para qué demonios quería mudarse a un edificio sin ascensor si su padre es discapacitado. Pero no voy a discutir ahora. Parece que el sistema por fin está listo.

—Mirá esa nitidez HD. ¡Y esos contrastes, la hostia!

—Está bueno —admite Dia.

—¿También te gusta, no?

—Claro.

No le creo del todo; si fuera por ella, ese dinero seguiría guardado en nuestra cuenta como ahorro. Así que, con un impulso repentino, le pongo uno de los lentes 3D en la mano.

—Veamos Gravedad en 3D. Dicen que así es como se disfruta de verdad.

Ya en las primeras escenas me invade una sensación extraña, como si algo no encajara. Seguro es solo cuestión de que mis ojos se acostumbren al efecto tridimensional. A Dia no digo nada; parece no notar nada raro.

Llegamos a la escena en la que Sandra Bullock se queda dormida en gravedad cero. Y ahí, por fin, lo veo: su silueta proyecta una sombra larguísima sobre los cables de la derecha… aunque la fuente de luz está detrás. No aguanto más y pauso la película.

—¿Lo ves? —le señalo la imagen.

—¿Ver qué?

—Esa sombra no debería existir. Parece… como si saliera de la pantalla. No entiendo un carajo.

Me saco los lentes 3D a prueba. Las siluetas se duplican, el efecto se pierde, pero también desaparece la sombra.

—¿Será un fantasma de imagen? —arriesga Dia.

—Imposible —respondo tajante—. Son lentes polarizados: sin ellos tus ojos ven las dos imágenes a la vez, pero la señal es la misma. Si fuera un defecto de verdad, tendría que verse también ahora.

Me pongo de nuevo los lentes. La sombra reaparece: una mancha oscura, borrosa, asentada sobre esa falsa profundidad.

 

—¿Llamaste al servicio técnico? ¿Qué te dijeron? —pregunta Dia mientras deja la ropa del gimnasio en el cesto.

—Puras idioteces —lanzo una mirada de odio al teléfono, como si fuera su culpa—. Que me fije en la distancia, en el ángulo desde el que veo la pantalla… estupideces así. Ni entendieron de qué tipo de falla hablo.

—¿No sería mejor llevarlo para que lo revisen?

Me quedo pensando en eso. Me encantaría experimentar más con el error, pero lo importante es que tengamos un televisor que funcione bien.

—Mañana lo llevo antes del trabajo. Vamos a comer la pizza antes de que se enfríe; me muero de hambre.

—¿Estás loco? —Dia me mira indignada—. ¡Ya estoy demasiado gorda para mi papel! ¿Para qué te crees que entreno tanto, para comer pizza después?

—Pero no necesitas adelgazar. —Trato de convencerla con un beso rápido, y me siento en la cocina a atacar mi porción.

 

El viernes siguiente me llaman del servicio técnico: no encontraron nada, el 3D funciona perfecto. No me parece que sea así.

—A algunos les pasa eso: ven partes de la imagen duplicadas —me explica amablemente la empleada—. No es una falla del aparato.

¿Y ahora qué? ¿Gritarles para que lo cambien? Al final solo agradezco y corto la comunicación. No me tocaba trabajar ese día, así que tengo la tarde libre para llegar al fondo del asunto.

Pruebo varias películas en 3D. La sombra siempre aparece: primero después de media hora, luego a los cinco minutos y en la última, de inmediato. Y siempre en el mismo sitio. Incluso cuando en la escena no hay nada que pueda proyectarla.

No te exaltes, me repito. Es solo una sombra tonta, un error de imagen. Pero alrededor de esa sombra… empieza a tomar forma algo más. Algo que se parece…

Golpean la puerta de repente. Quien sea, llega en el peor momento. Pauso la película y voy a abrir como en automático. Antes de darme cuenta, ya estoy estrechando manos. Varias.

—Hola.

Son dos chicos: Imi y… Atesz, creo. Compañeros de trabajo, aunque sé poco de ellos porque están en el área de electrónica.

—Perdón que caigamos así —dice Atesz. Su cabeza rapada brilla bajo las luces del pasillo—. Egresi tenía tu nueva dirección anotada, pero no tu número. Escuchamos lo del televisor… y bueno, si no te molesta, nos gustaría verlo. Ya nos encontramos con algo así antes.

Lo dudo mucho, pienso, pero los dejo pasar. ¿A quién carajo le conté esto en el trabajo? La oficina es un nido de chismes, parece un geriátrico.

Justo entonces llega Dia. Se queda mirando al grupo en silencio, atónita, pero antes de que pueda explicarle qué hacen ahí, desaparece en el baño. Yo destapo un par de cervezas para los chicos y les muestro la tele.

—¡Qué bruto! —Imi abre la boca, dejando ver unos dientes enormes y torcidos—. ¿Cuánto cobran en logística?

La película está detenida; solo corre el protector de pantalla del reproductor. Se me ocurre cambiar de fuente y buscar videos 3D en Youtube.

—¿Dónde está la sombra? —pregunta Atesz.

—Solo aparece en 3D. —Pongo un video de un bosque. Atesz agarra los lentes al tiempo que sigue hablando sin parar:

—Entonces no es un pixel muerto. Si lo fuera, lo verías siempre. ¿Probaste cambiar la resolución? —Asiento—. ¿Desactivar el motion processing?

—Ya la vio el servicio técnico —interviene Dia desde la puerta, molesta. Ni la oí entrar.

Atesz se ríe mientras acomoda los lentes en su nariz.

—No te metas, bebé. Esto es cosa de hombres.

—Eh, ¡un momento! —alzo la voz, pero Imi grita.

—¡La puta madre! —y salpica cerveza en el sofá.

Mientras Dia, furiosa, limpia la mancha, yo miro a los chicos. Aunque los lentes ocultan sus ojos, el gesto de sus rostros lo dice todo: están tan shockeados como yo. Y extrañamente eso me tranquiliza. Prueba que no estoy loco.

Les pido los lentes. El bosque cobra profundidad… y aparece la sombra. Pero ya no es solo eso. Entre los árboles se distingue una figura encorvada, humana, pero no del todo. Destaca del entorno, se nota que no pertenece al video, que no está filmada ahí. Y la sombra es suya.

Silencio. Cierro los ojos bajo los lentes; solo siento el aliento con olor a cerveza de los chicos. La figura y su sombra tardan en desvanecerse, como si la imagen se me hubiera quedado grabada en la retina. Me recorre un escalofrío.

—Quizá es un hacker —dice Imi, con los dientes sobresaliendo bajo la luz—. Alguno que quiere joder.

Todos sabemos que no. Esto solo aparece en 3D, y encima son archivos externos: las películas eran Blu-ray, y ahora el video viene de un servidor de Youtube.

Cuando se van los chicos, sigo rebobinando el video una y otra vez. El bosque empieza a volverse borroso y veo otra cosa: vigas en el suelo, una cama, paredes, una puerta. Es un desván. Y la figura encorvada está en la entrada.

Pero hay algo más, algo que debería ver. Lo sé. A veces aparece apenas, en el borde de la imagen, y luego se esfuma, como si jugara conmigo.

Casi ni registro cuando Dia junta las cervezas a medio terminar.

—Por favor, no vuelvas a invitar a esos dos —dice bajito. Al no responder, me pone la mano en el hombro—. Te vendría bien un descanso. El televisor no se va a ir.

—No. Mejor veámoslo juntos.

La oigo inhalar hondo, y luego soltarse lentamente. Finalmente se sienta a mi lado y se pone el otro lente.

Vuelvo a ver el video una y otra vez, ahora con ella. Las imágenes cambian constantemente: la escena del bosque es devorada poco a poco por la del desván. Al final el video se divide en dos realidades: sin lentes, un paseo por el bosque con contornos dobles; con lentes, una pesadilla tridimensional. Y en el borde de la pantalla, apenas perceptible, sigue apareciendo esa cosa blanquecina.

¿Qué es? Me enloquece no saberlo, pero justo esa obsesión me da un foco. Sin ella, mis pensamientos se derrumbarían como una torre de Jenga mal armada.

Dia también parece cada vez más asustada, pero debe ver en mi cara por lo que estoy pasando.

—Tranquilo, amor —fuerza una sonrisa—. Seguro tiene una explicación.

No tengo ánimo ni para agradecer. Media hora después me deja solo, pero yo no puedo soltarlo. Ceno frente al televisor.

—¡Basta! —exige Dia más tarde—. ¡Te estás obsesionando!

Quizá tiene razón, pero no puedo dejarlo así.

—¿No te intriga saber qué es eso del costado?

—No —responde tajante—. Ya sé que voy a dormir bastante mal. Te espero en la cama, ¿o vas a pasar la noche con tu tele?

No tengo respuesta. Cuando sigo pensando qué decir, ella se encoge de hombros y se encierra en el dormitorio.

Rebobino el video una última vez. La imagen ya es casi nítida, pero la figura oscura sigue siendo solo un contorno, porque una lámpara se balancea a sus espaldas. Parece que mueve los pies, como si avanzara. Y del lado más cercano del efecto 3D, junto a la cama, veo esa cosa. La profundidad hace que parezca tan cercana que podría tocarla, pero al mismo tiempo tiene el mismo desenfoque difuso de los objetos fuera de foco.

Luego la imagen se aclara. Y lo veo. Huesos. Un enorme montón de huesos humanos.

Paso todo el fin de semana frente al televisor. Le había prometido a Dia que el sábado a la noche iríamos juntos al show de su amiga, pero me doy cuenta de que sería incapaz de disfrutar de nada hasta descubrir el secreto del desván. Estoy convencido de que todo esto tiene sentido, que si lo resuelvo esa opresión en el estómago desaparecerá. Se lo explico a Dia, pero ella se pone el disfraz, toma su bolso y se va sola. Da un portazo digno de una adolescente.

El fin de semana pasa y no avanzo nada. El lunes aviso que estoy enfermo, toda la semana; de todas formas no podría concentrarme en el trabajo. Pero hasta yo noto que estoy estirando demasiado la cuerda. El martes ya tengo los gemelos contracturados, me duele la espalda de tanto estar sentado, pero lo peor es la neblina mental que se me va asentando en el ánimo. Después de mucho resistirme, dejo que Dia me arrastre lejos del televisor. Nos sentamos en una cafetería, pero no puedo hablar con ella como antes. Me quedo mirando la pared empapelada con estrellitas.

—¿A vos te parece que esto está bien? —rompe el silencio mientras esperamos el café. —Niego con la cabeza. Algunas de las estrellas impresas parecen sobresalir del papel, como en relieve—. ¿Así imaginabas que sería vivir juntos? —pregunta con frialdad.

—Perdoname —es todo lo que logro decir.

Me aprieta el hombro.

—¿Qué carajo te pasa? Casi no te reconozco.

—No es nada grave. Lo voy a resolver, solo necesito tiempo para…

—¡Ningún tiempo! —estalla ella. La pareja de la mesa de al lado deja de besarse para mirarnos—. ¡Ese maldito televisor es el problema! Mañana tengo ensayo general en Budapest, vuelvo tipo diez de la noche. Para entonces, quiero que te hayas deshecho de él.

—¿Qué? ¿Que lo venda? ¿En un día?

—O que lo devuelvas, o lo hagas pedazos con un martillo. Me da igual. Pero cuando vuelva, no quiero verlo.

Dia se va al amanecer. Apenas oigo cerrarse la puerta, me levanto de la cama y me quedo mirando al televisor apagado en el salón: la pantalla es demasiado oscura, parece contener la oscuridad y empujarla hacia afuera. ¿Qué hago? ¿Lo llevo al servicio técnico como dijo Dia? Al final agarro el mando y lo enciendo.

En cuanto me pongo los lentes, ya estoy dentro del desván. Esto ya no es simple 3D, no es una ilusión. Me levanto. Crujen las vigas bajo mis pies, no el parqué del departamento. De reojo distingo el montón de huesos, pero no quiero mirarlo. Más allá del marco vacío de la puerta, una luz se balancea. Alguien viene. El pulso me retumba en los oídos, pero aun así oigo los pasos. Algo oscuro aparece en la entrada.

Me arranco los lentes. El desván se esfuma, pero tardo varios minutos en recuperar el ritmo de la respiración. Me lavo la cara. Pienso. Si no hago algo, voy a enloquecer. ¿Pero qué?

Abro la laptop y escribo “asesor paranormal” en el buscador. Aparece de todo: coaching espiritual, castillos encantados, tonterías así. Hasta que encuentro a alguien. “Visitas a domicilio. Amplia experiencia. Capaz de detectar restos de ectoplasma sin instrumentos.” Esa última frase me da mala espina… pero lo llamo igual.

Dos horas después suena el timbre. En la puerta hay un tipo bien vestido, con una sonrisa confiada.

—Hola, soy Ervin Westhilfer. ¿Dónde viste a la entidad? En este rubro solemos tutearnos, ¿no te molesta?

Me presento rápidamente y lo llevo hacia el salón. En la entrada se detiene varias veces y palpa las paredes.

—Percibo… cómo decirlo… rastros de una presencia ajena.

—¿La de mi novia? Si mirás esa mancha, fue ella la que tiró café contra la pared. No está en casa.

Lo apuro para que siga. Tropieza con una caja llena de tapitas que colecciono, pero al fin llegamos al salón. Enciendo el televisor.

—A veces, una entidad no se manifiesta físicamente, sino que se comunica a través de dispositivos electrónicos —explica Ervin cuando empieza a entender de qué le hablo—. ¿No habrán asesinado al dueño anterior del aparato?

—Lo compré nuevo. Recién salido de fábrica —gruño.

—Entonces es posible que estés recibiendo un mensaje del plano astral —continúa alegremente—. Suele pasar cuando la entidad quiere advertir, vengarse o pedir ayuda.

Mi paciencia se va agotando, pero igual pongo un video 3D. Ni toco los lentes; se los doy a Ervin y le indico que se los ponga.

—Veo una sombra —dice. Parece que lo que sea que habita en el televisor se modera un poco para él.

—¿Qué puede ser? —pregunto.

—Los mensajes astrales suelen tener una conexión personal. ¿Perdiste a alguien que quisiera contactarte? Si no encontramos la respuesta ahora, igual puedo ayudarte. Trabajo para una empresa parapsicológica; por una tarifa muy accesible…

Noto que ya ni mira la pantalla. ¿Cómo puede no afectarle ver cómo cambia la imagen? Seguro cree que es un truco mío para llamar la atención. Debe estar acostumbrado a eso con sus clientes.

Me siento a punto de desmayarme. Le pago rápido, a ver si capta la indirecta.

—Acá tenés mi tarjeta —dice en la puerta—. También vendemos trampas astrales, por si la enti…

—Hasta luego. —Le cierro la puerta en la cara.

Preferiría quedarme solo con mis pensamientos, pero justo cuando me siento a almorzar, suena el teléfono. Es Egresi, del trabajo.

—Mirá —empiezo—, esta semana todavía no puedo ir, pero…

—No es por eso por lo que te llamo. Al menos a vos te puedo ubicar —dice con una inquietud que me crispa.

—¿Cómo?

—¿No sabés nada de Imi Szabó y Attila Újhelyi? El viernes estuvieron viendo tu tele. Desde entonces no aparecen por el trabajo ni atienden el móvil.

Balbuceo algo y lo corto. Seguramente están bien… pero ¿y si no? ¿Y si esto es una especie de maldición? ¿Y si yo soy el próximo?

Me asomo detrás del televisor y voy desenchufando todos los cables uno por uno. Lo levanto y lo llevo hacia la ventana. ¿Lo tiro? Me acuerdo del sueldo invertido y lo dejo en el suelo, junto al sofá. Lo venderé en unos días, pero así, apagado, no puede hacerme daño. Traigo el viejo televisor de tubo del rincón y lo conecto.

Me recibe la imagen granulada de siempre. Un tipo aburrido habla de dentífricos. No hay desván, ni sombras, ni huesos. Por probar, me pongo los lentes 3D. Todavía dentífricos.

—Progreso —murmuro.

 

—Así que lo vas a vender, ¿eh? —dice Dia, tocando con los dedos el marco del televisor nuevo.

—Sí. Y no pienso encenderlo. Ya tuve suficiente.

Se sienta a mi lado y me mira largo rato. Tiene aún un pequeño manchón rojo cerca de la oreja, restos del maquillaje de ensayo. Seguro apuró el regreso para llegar a tiempo.

—No te creo —dice al fin—. Seguís obsesionado. Si fuera verdad que lo querés vender, ya no estaría acá.

De pronto ve la tarjeta de Ervin sobre la mesita. La levanta, la mira un segundo… y sus ojos se agrandan.

—¿Qué es esto? —pregunta, desorientada—. ¿Llamaste a uno de estos… payasos?

—Yo solo…

—No —me interrumpe. La confusión de su mirada da paso a la decepción… y a una especie de frialdad extraña—. Antes no creías en estas tonterías. Cambiaste.

¿En serio? ¿Después de todo queremos hablar de creencias? Me darían ganas de patear la mesa, pero al final solo termino gritando.

—¡Vos también lo viste, ¿no?! ¡Ese televisor, ese desván, no eran ninguna tontería!

—Pero un tipo así…

—…no va a arreglar nada, lo sé —la corto—. ¡Yo mismo lo desenchufé y yo mismo lo voy a vender! ¡Ya está, se acabó, no más errores de imagen!

Se hace un silencio breve.

—Otra vez “yo”. —Dia se pone de pie—. ¡Vos! ¡Siempre vos! ¡Tu televisor, tu vida, tu obsesión!

—¿Qué…?

—¿No te entra en la cabeza que vivir juntos no es eso?

—Ajá. Y vos podrías haber ayudado en vez de dejarme hundirme en esta mierda. Egoísta de mierda —me sale. Apenas lo digo me quiero morder la lengua.

Dia me mira como si fuera un insecto repugnante. Después se da vuelta y se encierra en el dormitorio.

La soledad me despeja un poco. Respiro hondo y vuelvo al sofá. Ya es casi medianoche cuando Dia sale. Me disculpo, y aunque acepta, su mirada sigue triste.

—No es solo culpa tuya —susurra, tomando mi mano—. Yo también arruiné esto de vivir juntos.

—¿A qué te referís?

—A que la idea era conocernos de verdad. Si querés, el domingo te presento a mis padres.

—Quiero —respondo. Y solo después de decirlo me doy cuenta de lo raro que sonó. ¿Querés tomar por esposa a la aquí presente Széphalmy Diána? Siento que se me dibuja una media sonrisa.

 

—¿Nervioso? —pregunta Dia al volante. El camino polvoriento se va acabando mientras nos acercamos a la última casa del barrio.

—No mucho —miento.

—Mentiroso —dice, y tiene razón. ¿Quién no estaría nervioso por conocer a los padres de su novia?

Al estacionar, nos recibe un concierto de ladridos. Por un instante entro en pánico, pero resulta que el perro está encerrado en el patio trasero. Una señora mayor, mejillas sonrosadas y una leve cojera, se acerca al portón. Así que ella es Gyöngyi. No parece peligrosa. Ojalá pudiéramos pasar rápido esos incómodos primeros minutos.

Me sienta en la cocina y me ofrece galletitas. Sé que se acercan las preguntas inevitables: en qué trabajo, qué clase de familia tengo y, con mala suerte, hasta para cuándo pensamos la boda. Busco la mirada de Dia, pero por alguna razón ella sale al recibidor.

—Un joven simpático —dice Gyöngyi con una sonrisa amable—. Preséntale también a tu papá.

—Claro.

—Pobrecito, ya no puede levantarse de la cama. ¿Le llevarías la medicina, por favor?

Acepto encantado: así pospongo la tanda de preguntas. Tomo la cajita de pastillas y subo la escalera. La madera vieja cruje bajo mis pies y de la barandilla se desprende la pintura cada vez que la toco. Entiendo por qué Dia se avergüenza de la casa de sus padres.

Cruzo un umbral y casi tropiezo con un tronco en el suelo: la luz de la lámpara del techo apenas entra allí. ¿Por qué no hay ventana? Más adelante distingo una cama en la penumbra. Al acercarme veo que está vacía. ¿No era que el padre de Dia estaba postrado?

A un lado, algo blanquea. Un bulto. Un bulto demasiado familiar.

Quiero gritar, pero no me sale la voz. Me acerco. Huesos. Me sorprendo a mí mismo mirando una calavera: mandíbula alargada, dientes prominentes. Los dientes de Imi.

Me cuesta no caer. El mundo gira. Tengo que largarme de allí. Me doy vuelta hacia la puerta, pero ya hay alguien. No se le ve la cara; su sombra cae sobre mis pies. Retrocedo hasta pegarme contra la pared. Por un instante veo exactamente lo mismo que en la imagen 3D del televisor. Quisiera sacarme los lentes, pero no llevo lentes.

El personaje se acerca… y reconozco a la madre de Dia. Ya no cojea.

Se me cae la caja de medicamentos: se abre de golpe. Está vacía.

—No te preocupes —dice Gyöngyi—. Papá no necesita ese tipo de medicina.

¿Papá? Miro la cama vacía. Está… respirando. Esta vez sí grito.

Entonces aparece Dia en lo alto de la escalera.

—¡Ayudame! —le grito. No responde. Su mirada es triste, pero helada. Nunca la vi así.

Las dos mujeres avanzan lentamente, con caras de cera. Giro sobre mí mismo buscando una salida. No hay.

Gyöngyi toma un hueso grueso del montón. Le arranca la punta de un mordisco y empieza a sorber. El sonido húmedo me revuelve el estómago.

—Deshacete de estos, mamá —dice Dia, señalando el montón—. Últimamente están demasiado activos.

“Si una entidad quiere advertirte…” oigo la voz de Ervin en mi cabeza. El charlatán había acertado.

Pero no hay tiempo para pensar. Ni para nada. Intento correr hacia la puerta, pero Dia me agarra del hombro y me empuja sobre la cama. Tiene una fuerza monstruosa. Golpeo, pataleo, hago todo por soltarme. Es como pegarle a un muro. Entre su agarre y el olor rancio del cubrecama empiezo a dar arcadas. Algo se mueve bajo mi espalda, dentro del colchón. Papá.

Busco el cuello de Dia con mis manos, pero Gyöngyi me agarra la muñeca.

—Tranquilo, amor —susurra Dia.

Unas fauces se me clavan en la espalda. Grito. Sigo luchando, pero entre la niebla del dolor cada vez veo menos la cara de Dia. Solo su mirada triste… y luego ya ni eso.

Cuando vuelve la conciencia, no sé cuánto tiempo ha pasado. Estoy recostado en algo duro, áspero, frío. Huele a humedad y madera podrida. Apenas logro abrir los ojos: todo es oscuro, salvo por una luz parpadeante detrás de una rendija.

Intento moverme. Un dolor punzante me atraviesa la espalda, como si una sierra me hubiera abierto la carne. Me tiemblan las manos. Las piernas… no las siento. El pánico me sube por la garganta como un vómito.

Oigo voces. Dos. Reconozco a Gyöngyi –esa voz dulce y enmohecida–, la otra es Dia. Hablan como si estuvieran clasificando ropa vieja.

—¿Y este? —pregunta Dia.

—Se está calmando —responde su madre—. Y ya casi está listo.

“Listo para qué”, pienso, pero no quiero saberlo realmente.

La luz parpadea detrás de la rendija. Una sombra se proyecta contra la madera. La figura se inclina, como si me estuviera mirando desde el otro lado. Después escucho el golpe seco: una llave girando. Luego, un chirrido largo, chirriante, de bisagras que no se aceitan desde hace décadas.

La puerta se abre.

Es el desván. O quizás nunca dejamos el desván. Quizás nunca hubo una casa, ni una visita cordial, ni un plato de galletas. Tal vez siempre estuve acá, atrapado en ese espacio entre imagen y realidad, donde lo tridimensional deja de ser un efecto óptico y se vuelve un lugar.

Dia se agacha. Tiene la mirada serena, casi triste, como si lamentara algo… pero no lo suficiente como para detenerse.

—Va a doler —dice, como si me pidiera disculpas por adelantado.

Detrás de ella, en la penumbra, se mueven las otras figuras: Papá, Gyöngyi, quizá otros… formas ennegrecidas por la falta de luz y humanidad.

Intento arrastrarme hacia atrás, pero mis músculos ya no obedecen. Estoy clavado al suelo, o al mueble, o a lo que sea en lo que me dejaron. La respiración me silba entre los dientes. Quiero gritar, pero solo sale un gemido.

—Tranquilo —dice Dia, igual que aquella noche en el sofá, pero ahora su mano no es cálida: es firme y fría, como madera vieja.

Un sonido húmedo, viscoso, se acerca desde atrás. No tengo que ver para saber qué es: la mordida que sentí en la espalda fue solo el comienzo. Algo reptante se desliza bajo el colchón, como si una criatura atrapada en las entrañas de la casa se acercara, guiada por mi olor.

—Va a ser rápido —murmura Gyöngyi, aunque no le creo.

Me toman de los hombros. Me inmovilizan con fuerza. Siento dedos nudosos aferrarse a mi mandíbula para obligarme a mirar al frente.

Y de pronto comprendo algo.

La imagen.

La sombra.

El desván.

Todo lo que vi en el televisor no era un error del aparato.

Era un aviso.

Una filtración.

Una grieta.

Una ventana.

Y yo la abrí. Yo la mantuve abierta. Como un idiota, insistí en mirar más y más hondo. Les di entrada. Les di forma. Les di un rostro.

Un dolor insoportable me parte en dos. La oscuridad me traga como un pozo sin fondo. Tal vez es el mismo pozo donde cayó todo lo que quedaba de mi juicio.

La última voz que escucho es la de Dia, suave y apagada:

—No te resistas. Solo es una imagen más.

Y después, nada.

Gergely Buglyó nació en 1980 en Debrecen, Hungría, donde actualmente vive con su esposa, sus tres hijos y un gato. Se graduó como médico, pero trabaja como investigador en el campo de la genética humana. Su primera obra publicada fue una trilogía de fantasía juvenil, Oni (Gray Blood, The Silent City, The Puppet and the Talisman). Además de sus novelas, también ha escrito relatos cortos para lectores de todas las edades. Además de escribir, sus pasatiempos favoritos son los videojuegos y el shogi (ajedrez japonés).

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO