viernes, 29 de mayo de 2026

LA LENGUA

Graciela Falbo

 

Finge haber entendido mal. Pero él le confirma en inglés lo que antes dijo en español: la Teoría de la Evolución está equivocada. Lo dice luego de haberle explicado que asiste a la universidad porque quiere escribir para enseñar a la gente a pensar. Ella finge no haber entendido bien.

—¿La Teoría de la Evolución está equivocada?

I don’t believe in it —responde él.

Se conocieron hace dos semanas cuando él se le acercó en un pasillo de la universidad americana donde ella realizaba un trabajo temporario como instructora de español. Él era amable y tenía una sonrisa abierta. Le dijo que veinte años atrás había vivido dos meses en México y que allí había aprendido todo el español que sabía. Poco. A ella su trabajo con alumnos avanzados de español, no le exigía hablar inglés. Los instructores españoles que hablaban inglés tendían a usar esa lengua con los alumnos y éstos se esforzaban menos Por eso a ella ese intercambio con un hablante nativo se presentó como una ventaja y a la vez un desafío.

Él tendría más o menos su edad, unos cuarenta y tantos. Había retomado sus estudios universitarios en su momento abandonados por causas que no detalló. Ahora estaba tomando un curso de filosofía y quería dedicarse a escribir. Por eso ella supuso que había entendido mal.

Le pareció poco razonable haber sacado ese tema. Pero el asunto estaba ahí y ella no pudo evitar que un discurso aclaratorio se armara en su cabeza.

—En ciencia nada es cuestión de creer o no creer —quiso argumentar, pero tropezó enseguida con los alambres de la lengua ajena. Palabras o giros ignorados minaban su discurso. Era imposible que una inteligencia pudiera avanzar por ese camino tortuoso sin perder la elegancia.

Él, ajeno a la dificultad, sonreía, se lo veía cómodo, estabilizado en su opinión. Relató que en su clase de filosofía era el único que se oponía a esa idea de la evolución. No lo dijo pero descontaba que ella, como latina, también era creyente. O en su convicción no tenía en cuenta si ella creía o no.

Ella probó cambiar de tema apoyada en ese deseo que él había expresado de convertirse en escritor.

—Podríamos hablar sobre la obra de Poe —propuso.

—¿Qué es eso? —dijo él.

Seguro que lo había pronunciado mal. No insistió.

Era viernes. Esa tarde, al salir de dar clase, ella había visto el sol brillando sobre los arroyitos de nieve derretida que corrían por los senderos de piedras del campus, el cielo estaba azul y la temperatura, se había elevado a cinco grados.

Ese primer encuentro entre ellos se venía frustrando. Primero por la nevada, luego la gripe.

Esa mañana, por mail, él le había propuesto ir a la montaña para visitar la pista de esquí. Aceptó encantada, la práctica del esquí ocupaba un capítulo entero en su libro de inglés.

Al salir de la biblioteca donde se habían citado él le había dicho:

—Si no te molesta caminar un poco vamos hasta donde tengo estacionado el auto.

Ella ni siquiera lo pensó, un auto era una necesidad natural en la zona. Excepto los que hacían aerobismo, nadie caminaba. Sin auto, sus salidas estaban confinadas al rondín del bus de la Universidad. Tampoco tenía una vida social, salvo la charla ocasional entre clases con los compañeros hispanohablantes. Charlas cortas, los tiempos de todos estaban pautados.

El sol todavía estaba alto, aunque eran las cinco de la tarde. Caminando sin apremios disfrutaba de sentir en el cuerpo esa sensación preprimaveral. La había visto esa mañana despuntando en las ramas del ciruelo bajo su ventana. Sintió una mezcla de alegría y asombro al ver cómo las ramas extendían sus yemas rojas a punto de estallar, mientras las raíces del árbol permanecían enterradas bajo la nieve. Había escuchado cantar a los pájaros y ahora sentía un revoloteo en el pecho mientras caminaba escoltada. Respiró. Todo conspiraba para que se dejara conducir por los senderitos bordeados de pequeños montículos de nieve.

 

Al llegar a una zona de casas recién tomó en cuenta que habían dejado atrás los siete edificios del campus. ¿Dónde había dejado el auto? Pensó que si hubiera vuelto a su casa a pie y ya habría llegado. Pero al salir de la biblioteca él había tenido ese gesto gentil de tomar su bolso repleto de libros. Caminar sin ningún peso en un día de sol. Sunny Day dijo para sí. Siguió disfrutando. Pasaron la cancha de fútbol americano, las canchas de tenis, y luego los edificios con sus estacionamientos desaparecieron. El cambio de escenario le produjo cierto desconcierto.

—¿Dónde dejaste tu auto? —le pregunto en español.

—En mi casa —dijo él en inglés señalando delante de ellos una casa típica de estructura de madera de color gris.

La situación la tomó por sorpresa. No habían hablado de ir a su casa. Recién entonces se preguntó, ¿por qué no la había recogido con el auto en la biblioteca? Y luego, cómo debía reaccionar cuando un hombre que apenas conocía la ponía en esa situación. En su memoria fílmica se produjo un vacío, una grieta. Con cierta alarma recordó que no solo eran las comedias sino las películas o las series policiales lo que mejor reflejaba las costumbres de la América profunda.

—En realidad no es mi casa, es la casa de mis padres —comentó él. Y adelantándose encaró en dirección a la entrada atravesando el pequeño porche. En ese país nadie que fuera a la universidad vivía con sus padres, se debatió ella. A favor de él recordó que se lo había dicho cuando se conocieron, que era divorciado, que había retomado sus estudios queriendo recuperar el tiempo que perdió en su juventud cuando pasó por la droga, que vivía en un departamento debajo de la casa de sus padres, en el sótano. Todo advertido. Lo siguió con la mirada mientras caminaba en dirección a la puerta como dando por hecho que ella lo seguía. A ella se le presentaba la imagen de los Simpson. Muda, cómo explicarles el equívoco que la situaba ahí. El padre y el hijo tomaban cerveza y comían de una misma bolsa papas fritas mientras miraban su programa de tv favorito. Una escena perturbada y festiva a la vez. Se dio cuenta que, desde que había llegado a ese país, muchas cosas le parecían perturbadoras y festivas a la vez. Por precaución, se sentó en un escalón de la entrada, sin pisar el porche. A punto de decir te espero acá, escuchó que él decía:

—¡Ah, no! Acá la tengo. —Y sacó del bolsillo las llaves del auto—. Ya es tarde para ir a la Montaña —agregó él y le preguntó si tenía tiempo de ir a tomar un café. También le dijo que quería llevarla a ver algo que en ese momento ella no entendió.

En el café se sentaron en unos sillones cerca de una mesita ratona donde había encendido un velador. Sobre la mesita estaban las ultimas Times. La cercanía de esas revistas la alivió.

En la tapa de una de ellas vio el siguiente tema de conversación: la inminencia de la guerra. Él señaló que estaba de acuerdo con la guerra. Admiraba a los republicanos. Ella pensó que cada intento de conversación terminaba en fracaso. Pero esta vez un pequeño incidente los sacó del pantano. Sucedió cuando él se dio cuenta de que, desde que la conversación sobre la guerra había empezado, cada vez que ella había dicho War (guerra) él había entendido World (mundo). La conversación había llegado a un punto muy confuso cuando él lo registró. El descubrimiento trajo distensión.

Con actitud didáctica él repitió el sonido de las dos palabras. Ella miró su cuello mientras él repetía la palabra war. Se inflaba mostrando en la hinchazón desmesurada de unas venas azules cómo el sonido de la doble ve llegaba al paladar desde un interior profundo. La letra cruzaba a la garganta montada en un tsunami, rebotaba en un punto del paladar y se transformaba en una O que progresaba en un nuevo crecimiento expansivo hacia la A obligando a mandar la mandíbula hacia atrás para liberar una explosión. Así pronunciada war no podía confundirse con word o world. Se le reveló un sentido de la fonética que no había terminado de apreciar.

—El nombre de la rosa —dijo ella. Lo dijo en español sin intentar explicar qué quería decir con eso.

Supo que no conseguiría imitar la pronunciación. Su aparato fonador no había sido habilitado para generar ese sonido, esa doble ve le quedaba grande a su garganta.

Terminado el sinsentido del debate convinieron en hablar de cosas comunes.

—Es una pena —dijo él— pero por ahora no podemos hablar sobre política o filosofía. Solo podríamos hablar de cosas simples como de los perros que pasan por las calles. —Aunque tampoco de eso iban a poder hablar porque no había perros sueltos por esas calles—. Me gustaría llevarte a un lugar —le dijo él sonriendo—, un lugar que quiero que conozcas.

Ella sintió una nueva hospitalidad en esa sonrisa, una leve delicadeza que le trajo a la memoria el encanto del paisaje que la había recibido en otoño cuando alguien le hizo ver a lo lejos los manchones rojos, ocres, dorados de las copas de los fresnos en las montañas que rodeaban el valle. Esos árboles tenían la forma de los paisajes imaginados de las ilustraciones de los libros de su infancia. Desde que llegó se había enamorado del paisaje, cada lugar se mostraba como un recorrido de cuentos con jardines encendidos de tulipanes.

—Si nos apuramos podemos ver la puesta de sol de sol —dijo él. Era de noche.

Al salir del bar él miró el cielo, dijo qué lástima ya es tarde. Siguió mirando el cielo un momento, decepcionado. —Bueno —dijo—, pero a esta hora comienza una ceremonia. Me gustaría llevarte a mi iglesia. —Lo miró sorprendida—. Quisiera que veas qué hacemos. Que conozcas la importancia de misionar —dijo—. Eso hice en México hace veinte años. Latinoamérica, tu país, necesita conocer mejor a Jesucristo —dijo.

—Latinoamérica no es un país —aclaró ella. Pero él no le dio trascendencia al dato. La miró condescendiente.

—Me gustaría saber —siguió diciendo— por qué ustedes no nos quieren a los yanquis cuando lo único que perseguimos es ayudarlos.

La miraba con los ojos encendidos, honestos. La mirada generosa, sin embargo, llegaba a los ojos cargando otra opaca, perturbada. A ella le pareció que esa otra surgía de la misma fuente donde se formaba la doble ve inicial de la palabra war.

—Ahora es tarde —dijo ella—; algún día, más adelante. —Y todo quedó más que ambiguo

Después de que él la dejó en su casa ella recordó la carta de presentación que había escrito en la solicitud de ingreso al College donde hablaba de su interés por conocer las formas de la cultura local en la vida cotidiana.

Como en un juego cósmico su pedido le estaba siendo otorgado. Entonces registró lo pretencioso de su proyecto y cómo éste desbordaba por completo el conocimiento de la lengua.

Abrió el cajón de su escritorio, sacó su libro de inglés y lo dejó abierto en la página 59. Lesson 5, exercise A. Tenía que repasar con paciencia los tiempos futuros.

Graciela Falbo nació y vive en la ciudad de La Plata, Argentina. Es antóloga y escritora. Su trabajo se ha diversificado en la escritura de poesías, ensayos y ficciones. Sus libros de narrativa pertenecen en su mayor parte a la literatura para niños y jóvenes. Entre sus obras publicadas pueden citarse: Cara y Ceca de la escritura, Tras las huellas de una escritura en tránsito, la crónica contemporánea en América Latina y en su último libro El poder de la narración. Escritores, periodistas, lectores y medios. En el campo de la literatura infantil y juvenil, publicó más de una docena de libros, entre otros: Cuentos de otros planetas, ¡Basta de brujas!, Plox. Participó junto con Angélica Gorosdicher, Graciela Cabal, Mempo Giardinelli y Graciela Bialet los cinco volúmenes de la colección Leer por Leer. editados por EUDEBA, Buenos Aires 2004. Su obra para adultos en el género cuento ha sido editada en distintas antologías en Argentina, México y Estados Unidos. Actualmente dirige la colección Abrepreguntas de ciencia y arte para preadolescentes que edita la Editorial de la Universidad de La Plata.

 

 

MARIE

Rhys Hughes

 

Cuando bajó del tren y pisó el andén de la estación, Marie decidió ponerse el suéter. Es un procedimiento normal cuando uno siente frío. Yo mismo lo hago, y quizá tú también. Su suéter era rosa y fino, pero permítanme explicar mejor la situación. El interior del tren había sido calentado por medios artificiales y también por el hecho de que iba lleno de pasajeros, pero ahora que habíamos llegado a destino el sol que brillaba sobre nuestras cabezas era débil, apenas nos entibiaba, y aunque el andén estaba lleno de los mismos pasajeros que habían sido expulsados junto con nosotros, nuestros brazos desnudos sentían el frío de un verano insuficiente.

Yo llevaba su cámara colgada al cuello. Me gusta cargar las cosas de ella, cualquier cosa, solo para demostrar mi devoción sin ser demasiado obvio ni melodramático. Habíamos viajado para visitar a unos amigos en una playa lejana con motivo de una fiesta, y ahora estábamos de regreso. Marie volvería pronto a Francia. El tiempo era escaso, pero así es siempre el tiempo en estas situaciones. Yo estaba feliz y triste a la vez, aunque solo mostraba la felicidad, o al menos lo intentaba. Ella era como siempre: amable pero melancólica, con una melancolía que me hacía sentir que ya la había perdido, aunque estuviera justo a mi lado.

Al quitarse el suéter, la etiqueta interior se le enganchó en la nariz, como si fuera un gancho en un guardarropa. El suéter entero le cubría la cabeza, tapándole los ojos y las mejillas, dejando solo la boca al descubierto, lo que la divertía muchísimo. Empezó a reír. La oportunidad era demasiado buena para desaprovecharla, así que levanté su cámara y apunté hacia ella. Marie me había enseñado que los franceses dicen la palabra "Ouistiti" cuando les toman una foto, y ahora yo le suplicaba que pronunciara esas sílabas mágicas, pero fue en vano.

Para mejorar las fotos que estaba tomando, me arrodillé. Marie se estremecía de risa. Los pasajeros que se movían de un lado a otro se detuvieron a mirar, y resultó que la escena tenía para ellos el aspecto de un ritual religioso: Marie de pie, con los brazos levantados, y un acólito arrodillado ante ella repitiendo “¡Ouistiti! ¡Ouistiti!”, mientras ella temblaba y se reía. Pronto otros comenzaron a pasarse camisas y suéteres por la cabeza y a reír, o a agacharse y cantar conmigo, y así fue como nació una religión en el andén de aquella estación de tren.

Ya no soy el único devoto de Marie. Tiene muchos seguidores, admiradores, adoradores. Pero la verdad es que siempre hubo personas que ansiaban y ardían por estar cerca de ella. Lo único que ha cambiado es el contexto del afecto: de lo físico a lo espiritual. Ella ha regresado en avión a Francia, pero existe una profecía según la cual algún día volverá. Nosotros seguimos siendo sus esperanzados servidores mientras avanzamos por las calles de la ciudad, con la cabeza cubierta por prendas de vestir, el mantra “Ouistiti” en nuestros labios risueños, con la fe anhelante en nuestros corazones ingenuos, recogiendo nuevos conversos mientras avanzamos a ciegas por la vida.

Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

 

jueves, 28 de mayo de 2026

EL CAMARADA K Y LOS TRES CÓMICOS

Fuyan Zhung

 

Cuando el camarada K (seudónimo destinado a proteger su verdadera identidad) desembarcó en Shanghái en el otoño de 1931, llevaba consigo solo tres cosas: una barba gigantesca, un manuscrito ilegible hasta por el más erudito y una carta de recomendación sin destinatario escrita por un poeta ruso completamente ebrio.

La carta decía: “El portador de esta nota es un hombre peligroso. No le presten dinero.”

Eso bastó para que las autoridades culturales de la ciudad lo recibieran con todos los honores.

En aquellos años Shanghái era una ciudad extraordinaria. Los automóviles último modelo avanzaban entre carros tirados por mulas y huangbaoches; los mendigos discutían la filosofía europea (Schponhauer, Nietzsche, Bauman) y hasta los ladrones hablaban varios idiomas. En una misma calle podía encontrarse un templo budista, una fábrica de municiones y un club nocturno donde un francés tuerto tocaba el banjo vestido de almirante boliviano.

El camarada K descendió del barco convencido de que Oriente aguardaba ansiosamente sus enseñanzas. Sin embargo, apenas pisó el puerto, un niño le robó el reloj. El revolucionario lo persiguió durante cuatro cuadras.

—¡Devuélveme el esencial instrumento burgués con el que controlo el tiempo capitalista! —iba gritando mientras tropezaba con los tenderetes y los chinos en bicicleta.

El niño se llevó por delante a un vendedor de patos lacados. Los patos salieron despedidos y cayeron sobre la cabeza de una mujer a punto de parir. Un perro comenzó a perseguir al niño. Dos policías persiguieron al perro. Un violinista callejero creyó que aquello era un desfile y empezó a tocar una marcha militar austríaca, la Marcha Radetzky, si no me equivoco.

En medio del caos, el reloj desapareció. K quedó inmóvil, alelado, estupefacto, atónito.

—Es una metáfora o una profecía —murmuró. Nadie supo de qué.

Aquella misma noche fue invitado a dar una conferencia en la Asociación Internacional de Pensamiento Transformador, institución que ocupaba el segundo piso de un casino clandestino. Mientras abajo se apostaban fortunas, arriba varios intelectuales fumaban tabaco turco y opio y discutían si el materialismo histórico podía aplicarse a la crianza de gallinas Lohmann Brown alimentadas con sangre de vírgenes y así obtener huevos de cáscara roja.

K habló durante tres horas. Explicó la alienación del trabajador, la perversa acumulación del capital y la necesidad de destruir las viejas estructuras económicas. Cuando terminó, un anciano chino levantó la mano.

—Muy interesante —dijo—. Pero aquí abajo hay un problema más urgente.

—¿Cuál?

—Unos cómicos estadounidenses se han quedado con el escenario del teatro y no quieren irse. —El anciano suspiró antes de continuar—. El pueblo ya no escucha a los filósofos. Prefiere a los payasos.

K golpeó la mesa.

—¡Entonces debemos educar al pueblo!

—Lo intentamos —respondió otro—. Pero los payasos hacen más ruido.

Así fue como el camarada K terminó aquella noche en el Teatro Celestial de los Diez Dragones Felices, donde actuaban los célebres hermanos Marx.

 

El teatro estaba lleno. Había diplomáticos ingleses, comerciantes chinos, marineros noruegos, una bailarina rusa que afirmaba ser nieta de Rasputín y un japonés diminuto que dormía profundamente en primera fila desde mucho antes de que comenzara el espectáculo. En el escenario, un hombre con anteojos y bigote falso discutía con un camarero invisible. Otro tocaba el piano usando una banana. El tercero perseguía a una mujer disfrazado de inspector ferroviario.

K observó aquello horrorizado.

—Esto es pura decadencia pequeñoburguesa.

Pero no pudo apartar la mirada. El del puro lo vio desde el escenario.

—¡Eh! —gritó—. ¡Tenemos aquí a un profeta del Antiguo Testamento! ¡Pero si es mi primo K! Lo reconocí aunque solo lo vi dos días después de nacer y por aquel entonces no usaba barba, bueno, no una tan tupida, quiero decir.

El público rio. K se puso de pie.

—¡La historia no avanza mediante bromas y chascarrillos! ¡Yo no soy primo de nadie, además!

—Claro que sí —respondió el cómico—. Mira a la reina de Inglaterra. ¿O ahora tienen rey?

Más risas. Entonces K decidió subir al escenario para imponer algo de orden intelectual. Fue un error. Un graso error –no craso– porque desde la tertulia le arrojaron el contenido de un balde lleno de aceite… por fortuna frío.

El hermano silencioso le colocó inmediatamente un sombrero ridículo. El pianista de la banana le tomó la barba y comenzó a usarla como servilleta. El del puro le preguntó:

—¿Usted quién es? Es decir, ¿está seguro de que no es nuestro primo? Acaso su apellido…

—¡No se le ocurra pronunciar mi apellido delante de toda esta gente! ¿No sabe que estoy proscripto en más de diecinueve países? Soy un filósofo revolucionario y punto. Los parentescos no importan.

—Perfecto. Nosotros somos revolucionarios filosóficos. Destruimos ideas antes de que alguien las use.

K intentó recuperar la dignidad.

—El proletariado necesita conciencia.

—Yo necesito cenar —hubiera dicho el rubio en el caso de que se atreviera a hablar por primera vez en su vida como cómico—. Y él necesita un psiquiatra.

Señaló al hermano pianista, que ahora trataba de alimentar al piano con flores.

El público estaba encantado. Esos cuatro eran verdaderamente divertidos. Y la inclusión del cuarto, el barbudo, solo había servido para potenciar el humor del sketch.

K quiso pronunciar un discurso, pero el hombre del puro le quitó el manuscrito y comenzó a leerlo en voz alta.

—“La contradicción interna de las fuerzas productivas…” —Se detuvo—. Esto requiere una persecución policial en regla, es decir, que a usted lo encierren y tiren la llave. —Arrancó varias páginas, las dobló y fabricó avioncitos de papel. El hermano silencioso los lanzó sobre el público. Una señora francesa atrapó uno y anunció emocionada que acababa de comprender el socialismo científico.

K empezó a enfurecerse.

—¡Ustedes convierten el pensamiento en puro circo! ¿Y dónde está el pan, eh?

—Y usted convierte el circo en pensamiento —replicó el del puro—. Cada uno tiene sus talentos. Aquí tiene un pan —agregó entregándole una baguette—. Es un auténtico pan francés, fabricado en un pequeño pueblo de las Ardenas llamado Saint-Loup-Terrier habitado por tan solo ciento cincuenta y cuatro panaderos.

Entonces ocurrió algo extraño. Un marinero borracho, sentado en el fondo de la sala, comenzó a aplaudir lentamente. Luego aplaudió un zapatero y luego otro. Después otro más. En pocos segundos todo el teatro aplaudía. K creyó que celebraban sus ideas. Hizo una reverencia solemne. El hombre del puro se inclinó hacia él y murmuró:

—No aplauden tu filosofía.

—¿Entonces qué?

—Tu barba se está prendiendo fuego.

Era cierto.

Una vela del escenario había incendiado discretamente el extremo inferior de la gigantesca barba revolucionaria. El pianista intentó apagarla con soda. El mudo utilizó un extintor destinado a emergencias navales. El del puro gritó.

—¡Compañeros! ¡La revolución está que arde! Es decir, eso mismo.

El público deliraba. La orquesta comenzó a tocar sin motivo aparente. Dos policías entraron creyendo que había un atentado. El japonés dormido despertó convencido de que había comenzado una nueva guerra. Y en medio de aquella catástrofe absurda, K sintió algo inesperado. Se estaba divirtiendo. La revelación lo golpeó con violencia. Durante cuarenta años había teorizado como combatir gobiernos, empresarios, censores, banqueros y profesores universitarios de extrema derecha. Había escrito libros ilegibles, discutido en sótanos húmedos y escapado de policías en siete países distintos. Pero jamás se había reído de verdad. Ni una sola vez. Desde el vientre. Casi meándose de la risa. O meándose, si nos atenemos al modo en que sus pantalones se estaban empapando.

El hombre del puro lo observó atentamente.

—Ahí está —dijo.

—¿Qué cosa?

—Tu primera sonrisa.

K se tocó el rostro como si le hubieran colocado una nariz nueva.

—Esto es… extraño.

—La alegría siempre lo es.

El pianista apareció cargando una bandeja robada del restaurante vecino.

—Traje fideos, pescado y una gallina que probablemente todavía tenga dueño pero que gracias al realismo socialista puede ser dividida en millones de porciones.

El hermano silencioso comenzó a repartir platos entre el público. Nadie protestó. El espectáculo derivó lentamente hasta convertirse en un banquete colectivo. Un banquero inglés terminó cantando canciones revolucionarias junto a dos obreros portuarios. La falsa nieta de Rasputín bailó sobre un piano. El japonés volvió a dormirse, esta vez abrazado a un pato lacado. K contempló aquella escena imposible. Todo mezclado. Ricos y pobres. Idiotas y filósofos. Policías y criminales. Artistas y comerciantes. Nadie obedecía a nadie. Nadie parecía tener un plan. Y, sin embargo, todos parecían felices. El hombre del puro encendió otro cigarro.

—¿Sabes cuál es tu problema, camarada?

—¿Cuál?

—Quieres organizar el mundo antes de conocerlo. —K guardó silencio—. El mundo es absurdo, caótico, patafísico, como diría mi buen amigo Jarry —continuó el cómico—. Nosotros solo le ponemos un poco de música.

Durante un largo rato nadie habló. La orquesta tocaba una melodía desafinada. Comenzaba a llover sobre Shanghái.

—¿Y ustedes qué quieren cambiar? —preguntó finalmente K.

El del puro respondió de inmediato.

—Las sábanas del hotel. Tienen olor a pescado. —Pero el pianista contestó algo distinto.

—Queremos que la gente salga del teatro menos triste de lo que entró. —Lo que no dejaba de tener cierta coherencia, en una situación que no la tenía en absoluto, en especial cuando el mudo empezó a hacer sonar una bocina de claxon de pera que rompió varias docenas de tímpanos debido a la impecable acústica del teatro.

K meditó aquellas palabras como si fueran un tratado filosófico.

 

Años después, cuando abandonó China, dejó escrito en sus memorias:

“He conocido generales, ministros y poetas. Ninguno entendía a la humanidad. Tres payasos estadounidenses estuvieron más cerca. Y aunque nunca se demostró que realmente fueran familiares míos, hubo en ellos algo que tintineó fuertemente en mi corazón”.

Sin embargo, también añadió: “No recomiendo confiarles dinero.”

El manuscrito desapareció durante la guerra. Algunos creen que fue destruido. Otros sostienen que aún existe en alguna biblioteca secreta, custodiado por un clon de Jorge Luis Borges. Pero en ciertos barrios antiguos de Shanghái todavía circula una vieja fotografía donde aparecen cuatro hombres sonriendo de manera sospechosa: un anciano barbudo y tres cómicos usando sombreros absurdos. Según dicen, esa noche intentaron fundar una nueva filosofía. Fracasaron por completo. Y precisamente eso fue lo que convirtió aquello en un éxito memorable.

Fuyan Zhung nació en Shanghái en 2003 y actualmente estudia Letras en la universidad. Interesado en las formas experimentales de la narrativa contemporánea, siente especial atracción por los cruces entre literatura, imagen y nuevas tecnologías. Este cuento surgió a partir de una experiencia de escritura basada en una ilustración propuesta como disparador creativo, ejercicio que considera particularmente estimulante y que espera continuar explorando en el futuro. El relato que aquí presentamos es uno de los primeros trabajos que logró terminar.

DIARIO DE KLEKOVAČA

Boris Mišić

 

14 de abril de 2012: Una larga columna de peregrinos ascendía por Klekovača. Llegaban desde toda Bosnia, Lika, Dalmacia y Serbia para admirar el extraño monolito de piedra junto al camino, un monolito en el que podían distinguirse claramente los contornos de dos figuras humanas. Odiaba a los peregrinos, su superstición, su estupidez y su incapacidad para comprender que lo que tenían delante era pura fuerza vital, y no el resultado de alguna clase de providencia religiosa.

 

13 de abril de 2011:

6:00-10:00 horas: Salimos temprano esta mañana desde Drinić. Ante nosotros se abría una vista majestuosa de Klekovača. Avanzábamos lentamente porque Ana y yo cargábamos un montón de equipo. El profesor Kukobat caminaba con las manos vacías, apresurándonos constantemente. No me gustaba demasiado, pero como pagaba bien decidí mantener la boca cerrada. Hablaba sin parar de las bellezas naturales de Klekovača, del edelweiss, de los enebros, de los abetos y de las maravillosas vistas. A mí no me interesaban mucho los paisajes de montaña: tenía las manos ocupadas con el equipo y mis ojos se distraían más con las piernas y el trasero de su atractiva hija que con los árboles de coníferas.

12:00 horas: Los bosques comienzan a dispersarse. Los prados se alternan con rocas de formaciones extrañas. Estoy cansado y ni siquiera los encantos de Ana logran ya animarme. El profesor Kukobat murmura constantemente algo entre dientes. Intento recordar sus teorías y conferencias. Quería demostrar algo, alguna hipótesis grandiosa en la que creía ciegamente. Sostenía que las montañas eran organismos vivos perfectos y gigantescos, especialmente los macizos calcáreos como los Dináricos, que eran “los más jóvenes” entre las montañas y los más avanzados en la “evolución”. Yo pensaba que estaba loco, pero pagaba bien y su hija era una belleza extraordinaria que me había gustado desde el primer día de facultad, así que acepté recorrer montañas con él.

14:00 horas: Llegamos a Mala Klekovača, a más de 1700 metros sobre el nivel del mar. Nunca había visto nada parecido. Era como estar en la Luna. Uno no puede evitar preguntarse qué pudo haber creado semejantes formas y formaciones rocosas. Reina un silencio extraño, sobrenatural. Por primera vez empiezo a pensar que tal vez haya algo de verdad en las delirantes ideas de Kukobat. Siento que no pertenecemos a este lugar, que no deberíamos estar aquí.

16:00 horas: Estoy muerto de cansancio. Llegamos a Velika Klekovača. Desde una altura de 1962 metros podemos ver media Bosnia. Es como si estuviéramos en una especie de pradera sobre las nubes. El paisaje está cubierto de vegetación baja, de enebros. Frente a nosotros se alzan los restos de instalaciones militares abandonadas, testimonio de todos los que pasaron por aquí.

21:00 horas: Kukobat apenas logró calmarse. Pasó cinco horas realizando mediciones, pero no ocurrió ningún milagro de los que esperaba. No entiendo mucho de ondas electromagnéticas, radiación, energía y cosas semejantes, pero era evidente lo decepcionado que estaba. Había depositado grandes esperanzas en Klekovača. Estaba convencido de que este lugar era el núcleo de la fuerza vital de los Dináricos, algo que, según él, habían buscado tanto el antiguo Ejército Popular Yugoslavo como el Ejército de la República Srpska, el ejército croata y la SFOR. De algún modo conseguimos convencerlo de que descansara; levantamos la tienda y nos dormimos agotados.

 

14 de abril de 2011:

7:00 horas: Me despertó el grito de Ana. Me incorporé rápidamente mientras ella me explicaba que el profesor había desaparecido. Sostenía una pequeña nota en las manos. Un escalofrío me recorrió la espalda. Le arrebaté la carta y empecé a leer.

“Esta noche finalmente comprendí la verdad. ¡Ese lugar no está en la cumbre más alta! Estábamos ciegos. No me sigan. Pídele a Ana que me perdone y dale un beso de mi parte. Adiós.”

Tomé a Ana de la mano con desesperación y comenzamos a bajar. Vi que faltaba la mochila más grande. El profesor se había llevado parte de sus aparatos electrónicos. Comprendí enseguida a qué lugar se refería. Normalmente no soy tan perspicaz, pero aquel silencio espantoso se había grabado en mi corazón y en mi mente.

9:00 horas: Lo encontramos frente a una roca en Mala Klekovača. Ese lugar me llenaba de una inquietud extraña. Sentía que no pertenecía allí, y el sitio parecía no pertenecer a este mundo. Caprichosos ejércitos de piedra, con formas aterradoras, me observaban con desprecio. Para ellos yo era un insignificante gusano humano, no más valioso de lo que para nosotros es una mosca de pantano. ¿Cómo podría tener algún valor para ellos? Toda mi vida no representaba ni una millonésima parte de uno de sus segundos.

El grito triunfal del profesor interrumpió mis pensamientos. Un extraño relámpago azul golpeó el centro del prado y el aparato del profesor simplemente se desintegró. A él no le importó. Sentía vibraciones aterradoramente intensas, el viento aullaba; yo permanecía clavado en el lugar, incapaz de moverme o hacer algo.

Fue allí donde perdí a Ana.

Se soltó de mi mano y corrió para sacar a su padre del círculo de luz y energía azul que lo envolvía. Lo admito: soy un cobarde. Ni siquiera me moví; solo observé en silencio.

Ante mis ojos se desarrolló un acelerado proceso de metamorfosis. El profesor y Ana desaparecían; pasaban del estado sólido al líquido, del líquido al gaseoso, y luego comenzaban a endurecerse… Vi desaparecer nervios, músculos y huesos; en su lugar surgía piedra caliza. Ante mis ojos se estaba formando un monolito de piedra, la forma más perfecta de existencia. Comprendí que se estaban convirtiendo en parte del ecosistema de los Dináricos, un organismo perfecto que no conoce alegría, felicidad ni esperanza, pero tampoco dolor, tristeza o sufrimiento. Habían encontrado la inmortalidad. Ya fuera por un error de la máquina o porque la naturaleza del proceso impedía que el organismo de los Dináricos borrara por completo la individualidad, en la piedra quedaron claramente marcados los contornos de Ana y del profesor. Los observé como en un sueño.

 

14 de abril de 2012: Ya les dije que desprecio a los peregrinos. ¿Por el dolor que me producen Ana y el profesor Kukobat? Mentiría si dijera que es por eso. En realidad, se trata de celos.

Ellos dos permanecieron juntos para siempre. Yo no tuve esa suerte. Jugué con cosas que no comprendía. Obtuve la inmortalidad, pero no la que deseaba.

Mi roca está lejos del camino, solitaria y oscura. En ella no hay rastros de mi existencia física.

Yo soy apenas un pensamiento, un recuerdo atrapado en el diario viviente de los siglos de piedra de Klekovača.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron Gate, Guardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my Cake, Shades of Evil, Shades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantastica. Varios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

 

LUNES DE CARNAVAL 2004

Myriam Goluboff

 

La calle está en silencio. El año pasado, a esta misma hora, once y media de una noche tibia de marzo, estaba llena de gente. Figuras con disfraces de todo tipo se paseaban sin perder sus risas, algunos tiraban cohetes y bengalas y lenguas de fuego de colores se elevaban al cielo.

Al llegar a la piazzeta, en la esquina de mi casa, en su centro, un carro, con la enorme figura de nuestro presidente envuelto en una gran bandera norteamericana, emitía una serie de arengas y amenizaba, entre una y otra, con desenfadado ritmo de cumbia. La gente formaba corro a su alrededor, sonreía con sus ironías y movía las caderas al compás de la música.

La ciudad era, toda ella, alegría y diversión. Aquí, los carnavales son carnavales; no como los de Río, no como los de Cádiz, pero, en este puerto, moldeado por los vientos y las lluvias, también se disfruta la fiesta.

Sólo un año después, nada es igual. Ya no hay fiesta, no hay bengalas, ni disfraces. Vivimos atrincherados en cuanto cae la tarde. Miramos con desconfianza, observamos las caras que rondan por el barrio, no nos sentimos seguros de nadie.

Cada vez hay más gente acurrucada en los portales pidiendo limosna, solos, a veces abrazados a sus perros, de ojos tan tristes como los de sus amos. Cada cara nueva es un interrogante. Suponemos que vienen de las zonas ocupadas, desnutridos, enfermos…

Desconfiamos. Tememos que puedan ser la avanzadilla de cuerpos especiales enmascarados. Sabemos que una amenaza sorda se cierne sobre nosotros y, en tensa espera, sin una consigna concreta, quedamos de noche en nuestras casas, en un estado de toque de queda voluntario.

Este lunes de Carnaval me siento frente al ordenador para mandar un mensaje. Pero Yahoo no me permite entrar al correo. En la pantalla sólo aparece un cartel que dice: “Pruebe más tarde”. Me siento como si estuviera en un lugar desierto, donde no hubiera nadie. Si se pierden esos muñequitos, será como si mis amigos se hubieran muerto, ya no habrá comunicación posible, estaremos aislados.

La frustración y la angustia me invaden.

Miro Hotmail y veo que funciona. Eso me da tranquilidad, tiene que ser una avería pasajera. Preocupada, pero con confianza, me voy a la cama.

Lo primero que hago al día siguiente es encender el ordenador. Todo parece normal, Hotmail y el servidor de la Universidad no tienen problema, pero el correo de Yahoo está totalmente anulado.

¿Cuántos lazos se habrán roto esta noche de carnaval 2004? Las gentes absorbidas en el magma del ciberespacio, imposibles de rescatar, ya no están. Como si las hubiera perdido en una batalla.

No conozco sus direcciones, no podría mandarles una carta. Ni asumiendo el peligro que implica subir a un avión, con la cantidad de atentados y secuestros que hay en el aire, podría encontrarlos.

Nuestro contacto estaba dado por el hilo invisible, frágil, de esos mensajes que vuelan por los aires, esa pantalla que abre un universo afectivo sólo con dos palabras: “Yahoo mail” y que, cuando no está, nos borra del mapa.

Todos los días intento conectar y todos los días encuentro el mismo aviso.

En mi ciudad aparecen, cada vez más, nuevos personajes extraños, cual marea que va creciendo lenta, pero inexorablemente. Vienen huyendo de su tierra, ocupan las plazas y pueden ser portadores inconscientes de una nueva peste, esa enfermedad de la que se habla, desconocida y temible, o traer escondidos, en sus ropas raídas, frascos diminutos que al abrirse la expandan a los cuatro vientos. También aparecen, sin ningún aviso, tropas que invaden las calles con sus ejercicios militares. De Yahoo aún no se sabe nada. Los primeros días había desaparecido el correo pero ahora ya no vemos, en la pantalla, nada más que unas letras que dicen: “Yahoo”. Sólo puedo mirar ese nombre, vacío de contenido, pero verlo ahí, me abre un hilo de esperanza.

Lo que más apuntala mi espíritu son los momentos en que conecto a través del Messenger de Hotmail y puedo intercambiar noticias, impresiones, opiniones, con los trece amigos que tengo allí, de México, de Perú y de Japón.

En esas conversaciones me entero de la existencia de algunas zonas acordonadas, cerca de donde ellos viven, superficies más o menos amplias que, en algunos casos, ocupan zonas rurales poco pobladas pero, en otros, atrapan a millones de habitantes. Lugares donde se ha decretado un ineludible aislamiento, para evitar que la enfermedad se propague y donde se aísla a los pobladores de las comunicaciones para que no se pueda tener certeza de la situación, de su gravedad, y cómo se expande por todo el planeta.

Ya ha pasado un mes desde el colapso de Yahoo. Abro Messenger y no más entrar, descubro que han desaparecido dos contactos. Sólo hay once muñequitos en la pantalla. Me falta el de mi amigo que vive cerca de Tokyo y el de Veracruz, en la costa atlántica mexicana.

Dos nuevas personas se perdieron en el ciberespacio. Aún no pude superar la falta de Yahoo, y ahora empieza a fallar mi Hotmail… Me siento abandonada, con una pérdida que resulta peor que la de la muerte, porque no puedo tener certeza de qué es lo que les pueda estar pasando.

Quizás estén en zonas acordonadas, de epidemia, en peligro de muerte, o quizás estén bien, pero sin poder comunicarse. La inquietud me provoca y genera teorías. Imagino un virus que avanza atacando las señales y entonces no podremos impedir que, con el tiempo, quedemos aislados, como electrones totalmente sueltos, desgajados de cualquier átomo.

A medida que pasan los días, las noticias son cada vez más inquietantes. Se habla de que se multiplican las zonas arrasadas por los bombardeos, las muertes, las enfermedades. Y cada vez más, masas humanas, pobres y desnutridas, avanzan por las carreteras, antes atiborradas de coches y camiones pero hoy casi desiertas.

Corre la voz de que están apareciendo, en diversos lugares del globo, los síntomas de una enfermedad que resiste todos los medicamentos conocidos. Una variante de la neumonía atípica, que mata por asfixia.

Desde el Gobierno Central Universal, que se organizó por esta crisis y asumió todos los poderes, se tomó la decisión de aislar las zonas afectadas. Ya desaparecieron otros más, ya no puedo contactar para nada con los mexicanos. Sin embargo, hay novedades de D.F. en algún periódico. Quiero pensar que no están en una zona aislada, que el problema es sólo del sistema, de las conexiones.

Pero con ello aumenta mi sensación de soledad y el temor, o casi diría la certeza, de que en poco tiempo todos puedan ir desapareciendo. Las noticias siguen siendo cada vez más inquietantes, focos de violencia se producen en muchos lugares cercanos. Violencia contra los refugiados, por el estado de tensión que genera la incertidumbre, por vivir en un mundo sin seguridad, con atentados indiscriminados, porque ya no podemos tener amigos, no podemos confiar en nadie.

Al mismo tiempo, cada vez hay más leyes universales y la vida local se va transformando. Ya se habla de que permanecerá el Gobierno Único, que controla y coordina acciones en todo el planeta. Habrá un Gobierno Universal. He tenido un tiempo de calma con los contactos. Han pasado otros dos meses y, cada mañana, cuando voy a encender el aparato, temo que haya desaparecido otra figura, otro nombre de la lista. Pero no. Siguen todos ahí.

Hoy es domingo, el momento más propicio para encontrarlos. Me acomodo frente al ordenador, doy al botón de encendido y aparece mi pantalla totalmente negra. Apago y enciendo varias veces, hago todas las pruebas que puedo y llamo con angustia a los técnicos de guardia. No quiero esperar a mañana, porque cada día que pasa aumenta la posibilidad de que alguien más falte.

Su respuesta me deja atónita: “Ya tuvimos muchísimas llamadas. Los ordenadores no arrancan”.

Eso nunca lo había llegado a imaginar. Siempre había temido que desaparecieran mis amigos. Pero ahora, no era ninguno de ellos quien ha desaparecido. Soy yo misma. Y es mi mundo el que está aislado, el que se ha borrado del mapa…


Myriam Goluboff, nacida en Buenos Aires en 1935, es arquitecta por la Universidad de Buenos Aires. Vive en La Coruña, España, desde 1975. Es profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

miércoles, 27 de mayo de 2026

YA LO HICE CALLAR

Salam Ibrahim

 

El color opaco del crepúsculo llena de desánimo sus dulces rasgos mientras, tropezándose con sus propios pasos cansados, avanza sobre el camino en pendiente, cubierto de cantos rodados suaves como canicas. Su vestido largo ora se enrosca entre sus piernas, ora dibuja una línea que acaricia las piedras y entretanto siente el agotamiento acumulado por la larga distancia que ya lleva a las espaldas, subiendo y bajando a través de los pasos escarpados de la montaña. Desde unos ojos apagados como un par de agujeros, mira la cara luminosa de su niño, que duerme plácidamente entre sus brazos exhaustos, y se ahoga con el escarmiento.

Apenas había transcurrido un año desde su boda cuando su marido desapareció en el frente. Ella regresó a casa de su familia, embarazada de un niño que no vería a su padre. Estuvo siguiendo con pesar las listas de los prisioneros retrasmitidas por Radio Teherán. El parecido de los nombres la dejaba exhausta y los dispositivos de interferencia le cortaban el aliento, pero no se cansó de la larga espera ni flaquearon las fuerzas ante el anhelo de escuchar una notica de su prisión, mientras los días se plegaban sobre sí mismos a una lentitud despiadada, similares, concentrados con los dolores y las penas de la guerra.

Alza la vista hacia el pálido cielo, a punto de echarse sobre ella. La desolación traspasaba con sus colmillos su alma arrugada y las rocas afiladas cortaban como cuchillos el horizonte incierto.

 La calle asfaltada atraviesa la llanura plana debajo de ellos, como una cuerda negra invisible entre las colinas lejanas. Se puso a prueba a sí misma para encontrarse con su hermano, quien vería a su hijo por primera vez y pensaba en su apesadumbrado padre, que caminaba en el silencio en la cola del grupo de refugiados.

No había vuelto a abrir la boca desde la bofetada que le soltaron los hombres de seguridad en el patio de casa, en presencia de la familia. Ella se encogió de dolor y se pegó a la pared mientras el rostro del padre se ahogaba con el sufrimiento y la ira hasta volverse oscuro como un pozo. Pero fue cuando lo citaron en el departamento de seguridad y le pidieron que volviera con su hermano pequeño, alistado con los revolucionarios de las montañas, cuando el silencio hizo presa de él. Regresó a casa con el rostro encendido y la mirada perdida, buscando refugio cerca de la chimenea. Conforme le preguntó su madre, estalló, escupiendo su frase cargada de rencor.

—Los perros… Los perros… ¡me amenazan con el exilio!

Tras desahogarse con los insultos, se calmó y el pesar que cargaba sus facciones se aflojó… Pero la última vez fue diferente porque su cara quedó gris desde entonces.

Se hace la oscuridad cubriéndolo todo. Los cuerpos se acercan entre sí reduciendo el espacio a un metro escaso.

…No la dejaron llevar la tela con la que amarraba su cuerpo. Una multitud de hombres armados y mal encarados entró por la puerta abierta de casa y les empujaron con las culatas hasta sacarlos fuera, a la calle, en pijama. Los amontonaron en un camión militar IFA atestado de niños, mujeres y ancianos, que salió pitando por las calles de la ciudad tomando la carretera general. Los bajaron en un camino de tierra.

—¡No regresen sin sus hijos! —dijeron.

En la montaña, el silencio llena la noche lóbrega y oscura con un sopor que invita al letargo. Ella siente un deseo irrefrenable de dormir y de olvidar el contenido de su pasado y su presente, cuando de repente escucha el llanto de su hijo que con fuerza estalla lánguido junto a un murmullo agitado resoplando cerca de su oído.

—¡Hágalo callar, hermana! Ya estamos cerca de la calle y del puesto de guardia.

Inmediatamente se abre el botón de la ropa, saca su seno y le encaja el pezón entre los labios. Los pensamientos se agitaban en su cabeza, dando vueltas con aquellas preguntas para las que no tenía respuesta. ¿Adónde se dirigían? ¿Dónde estarían? ¿Qué sería de ellos?, hasta que se le nubla la mente y deja de pensar, perdida en la incertidumbre que tejía los días que estaban por venir, mientras sus pasos eran ya como los de un sonámbulo: un montón de tristezas errante por la penumbra de la negra noche.

—Sube y date prisa en cruzar.

El susurro de un combatiente. No se había apartado de ella ni un segundo desde que se hizo de noche. Fija la vista en las piedras y afirma uno de los pies sobre el borde del canto, tantea con el otro y trepa con cuidado hacia el camino empedrado. Cruza deprisa, a pesar del dolor que le cubre toda la planta del pie.

—Aquel es el puesto de vigilancia. Camina despacio y en silencio.

Nota un espectro murmurándole aquella frase mientras desciende por un pasadizo que baja del camino en pendiente hacia una depresión lóbrega. Alza el pecho hacia una luz tenue que suspendida sobre una colina tapa una parte de las estrellas del cielo. Uno de sus pies resbala, pierde el equilibrio y cae rodando, pero un par de brazos fornidos se le echan encima, ayudándola a subir, al tiempo que el gemido doliente de un niño desgarra el silencio. Se siente violentada, tropezando con sus propios pasos y las voces contenidas de pánico que le llegan replicándose desde todos los rincones de esa oscuridad que la envuelve como cuatro paredes.

—¡Cállelo, cállelo… Nos van a descubrir.

Con unos dedos atolondrados busca su seno de nuevo. Encaja el pezón en la boca del niño y en ese gesto le viene a la mente el enfado de aquella anciana del pueblo a la que dejaron una tarde dando voces: ¡Mal rayo les parta a las mujeres! Por su culpa el puesto de vigilancia ha abierto fuego contra el grupo y han muerto tres chicos. Maldita sea, no ha podido acallar el llanto de su hijo.

El niño agita la cabeza a derecha e izquierda escupiendo el pezón de la boca y apretando los dientes, suelta un berrido. Ella le sujeta la pequeña cabeza con la mano y lo rodea con firmeza tratando de introducirle el pezón por la fuerza otra vez. La voz de la anciana resuena en sus oídos, clara, dolorosa: No sirven para nada… para traerle cansancio a los hombres, eso es para lo único que sirven.

Al fin consigue encajar el pezón entre los dientes pegados... ¡Por Dios! Van a pagar por mi culpa. ¡Cállate, por favor! Señor, ten piedad, ten piedad.

Nunca había sentido su peso como en aquel instante. ¡Cuánto le hubiera gustado poder lanzarlo lejos…! Su cuerpo tiembla bajo la ropa holgada mientras presiona suavemente la mano sobre su boca. La tensión del ambiente se hace trizas con un murmullo alterado al silbido de un disparo que atraviesa por encima de sus cabezas, seguido de un resplandor rojo que procede del puesto de control situado debajo, y el murmullo se hace audible, desbordado por el pánico.

—¡Pero haga que se calle de una vez!

Sus manos temblorosas se estremecen. Atrae hacia sí la cara de su hijo hundiéndola contra su pecho y ahogando el grito que ya nadie oiría más que ella, como si procediera del fondo de un pozo profundo. Poco a poco comienza a desvanecerse hasta que se interrumpe definitivamente, y la calma vuelve a pintarlo todo con la única perturbación del susurro de los pies y el canto intermitente de las chicharas. Aspira una bocanada de aire de la fría brisa del anochecer, se siente aliviada, y con ello, un profundo cansancio le hace relajar las articulaciones. Descienden por un valle angosto siguiendo un paso que se extiende en línea recta sobre la falda, en compañía del profundo silencio de la noche y su cielo interminable, con sus estrellas engarzadas y suspendidas como praderas de luz. Ignora qué distancia han recorrido cuando a la luz tenue de las estrellas vislumbra una silueta que se acerca a ella y le pregunta con una voz clara.

—Ya no hay el peligro, ¿cómo está el niño?

Afloja los brazos con los que apretaba el cuerpo del pequeño, que sereno seguía pegado a su pecho. Lo separa un poco mirándole la cara que irradiaba blancura, y en el gesto se cae la cabeza hacia atrás, flácida como una pasta. Se queda clavada en el sitio, sintiendo como un frío intenso se le hinca en los huesos, y con un movimiento fuera de sí lo levanta para pegar la oreja en su pecho. Escucha tac…tac…tac, latidos fuertes, sucesivos que corren como un torrente llenando sus oídos. Aguanta la respiración y agudiza el oído una vez más. Pierde las fuerzas cuando tiene por cierto que aquellos latidos no eran otros que los de su propio corazón asustado. Extiende los brazos con el niño tranquilo e inmóvil hacia el combatiente, fulminado ante ella como un leño quemado, y su voz rota casi imperceptible, mate, ahogada, ronca, llena de angustia, exclama entre sus labios trémulos:

—Míralo, mí…ra…lo… Ya lo hice ca…llar… Ya lo hi…ce…ca…llar.

Salam Ibrahim nació en 1954 en Diwaniya, Irak. Opositor al régimen, es detenido en más de cinco ocasiones en la década de los setenta. En 1982, huye a las montañas, poniéndose al servicio de los revolucionarios. Víctima de un ataque químico en 1987, deambula entre los campamentos de refugiados hasta establecerse en 1992 en Dinamarca, país donde reside actualmente. Entre sus trabajos: La visión de la certeza (1994), El lecho de la arena (2000), La vida es un instante (2010), Ejecución a un pintor (2016).

 

OBRAS CONSAGRADAS

Cecilia Aravena Zúñiga

 

La frente de Osvaldo brillaba de sudor, algunas gotas de transpiración se deslizaban por su nariz. Con su antebrazo las detuvo y continuó introduciendo códigos, las claves de seguridad de cada planta se modificaban automáticamente cada quince minutos, obligándolo a reprogramar varias veces su ordenador. Llegar al habitáculo donde estaba la caja de seguridad, había sido más difícil de lo que esperaba. Su sorpresa fue mayor al descubrir que la caja se encontraba conectada a la alarma de la Sociedad de Escritores. Disponía de menos de cinco minutos para terminar, antes que llegaran los custodios.

Había sido ingenuo: era obvio que la sociedad debía garantizar la protección de la memoria del escritor consagrado que aseguraba su manutención. El salón principal que en el siglo veintiuno servía para lanzamientos de obras maestras impresas, ahora estaba reservado a la caja de seguridad con la memoria del premiado escritor, ganador del Nobel de literatura, el Jorge Amado, y el Miguel de Cervantes. El único edificio de la ciudad con suelo de parqué con largos cuadrados en diagonal, escaleras de mármol y paredes revestidas con madera de ciruelo. Así debía ser, a tono con lo que se cobijaba, el tesoro de esa memoria ciborg era invaluable.

Osvaldo escuchó el zumbido de los androides. Odiaba el sonido que hacían al desplazarse, el roce de sus rodamientos contra el suelo le evocaba cuchillos afilándose. Detestaba a los autómatas y ahora ya estaban en el acceso del edificio. Su respiración se agitó, con un transmisor gigap traspasó toda la información de las memorias ciborg a su propia cabeza.

—Espero no quedar psicótico —pensó. Era lo más rápido.

Ningún dispositivo había alcanzado la velocidad de la mente humana, sólo tardó unos instantes en almacenar en su mente los pensamientos, recuerdos e inspiraciones del autor.

Su cuerpo esmirriado pasó con facilidad por los ductos del alcantarillado del siglo veintiuno que estudió durante meses. Se puso su traje anti radiación, y logró llegar al exterior antes del cierre automático de las compuertas. Tenía su aeromóvil estacionado en las proximidades. En el volante la pantalla del tablero le indicaba que su respiración se normalizaba. Miró los espejos laterales, no había personas ni androides en el área. Antes de instruir al vehículo que se pusiera en marcha, observó sus ojos en el espejo retrovisor. Los tenía enrojecidos por las cuatro noches sin dormir preparando el robo.

Ya en su departamento usó el gigap para vaciar los contenidos al ordenador. Se conectó al visor de memoria para plagiar los motivos, la inspiración, las historias del escritor del siglo. Abrió un par de latas de suero de patata y revisó una y otra vez los diez terabytes. La secuencia de recuerdos y conversaciones cotidianas se sucedían. Todas las imágenes eran igual de insulsas. Apretó la opción buscar y digitó fechas anteriores a los lanzamientos de sus obras consagradas, estimó meses, incluso días anteriores. Sus latidos se aceleraron. En las fechas de las entrevistas a Berlizand, anteriores a las premiaciones, él decía que estaba escribiendo. ¿Cómo era posible que en esas fechas en su mente no hubiera rastro de aquello? Ni una sola situación que pudiera relacionarse con alguna de las obras o con los motivos de sus personajes, ningún indicio ningún evento. Ni una sola conversación que aludiera a las magistrales situaciones descritas en sus novelas. Nada. Revisó una y otra vez la memoria. Estuvo más de cuatro horas escudriñando cada archivo. Con la boca abierta y los ojos desorbitados, miraba la pantalla. Por fin tragó saliva.

Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndolo tiritar.

— ¡Berlizand es un fraude!, no es el autor de sus novelas —Al decirlo, su voz se convirtió en un gemido. Sintió que sus piernas flaqueaban, desplomándose en el diván apostado a un costado de su escritorio.

 

En la torrecilla del suburbio, la casa de Adrián Berlizand acababa de activarse, la mano arrugada y pecosa del escritor manipuló el panel digital. Al pulsar el botón «Comienzo del día» las persianas subieron automáticamente, reproduciéndose los mensajes del contestador y sintonizando como música de fondo, la antigua baladista Lauryn Hill. El anciano caminó a la cinta mecánica que se desplazaba hasta la cocina. La cúpula transparente en el techo, dejaba ver un cielo calipso sin nubes.

—Baja la intensidad de las luces y llama a mi asistente —dijo con voz grave.

El sistema operativo, dejó el ambiente apenas iluminado y apareció desde una esquina de la habitación el modelo doméstico, P-Cactur24, que se acercó al anciano con una bandeja metálica con un plato de vidrio que contenían cinco cápsulas celestes y un vaso con un líquido viscoso de color verde.

—Gracias Cactur, no tengo apetito. No me siento bien —dijo el anciano, acomodándose en un piso metálico que automáticamente lo acercó a la barra de la cocina.

—Adrián, debe consumir alimentos antes de los remedios. Detecto un alza de presión y sus pulsaciones se han acelerado —respondió el androide de un metro y medio de altura y aspecto cilíndrico.

—¿Quién se llevó mi memoria? El robo fue hace horas, ¿Por qué no me han contactado? —dijo Adrián, mirando su celular—. De la Sociedad de Escritores me han enviado mensajes. Ofrecen pagar el rescate de mi memoria. No entienden cómo sucedió.

—El robo fue bien planificado, se realizó en poco tiempo y con total éxito. Seguramente lo contactarán muy pronto —respondió P-Cactur 24, dando vuelta sus sensores hacia la impresora tridimensional que terminaba de reproducir el piso que había comprado el escritor.

— ¿Querrán dinero por ella? Si la han revisado ¿seré víctima de chantaje?, y ¿qué haré? ¿Confesar que nunca he escrito nada? ¿Qué aquellos relatos nostálgicos del siglo veintiuno no son míos? Cactur, ¿estaba activado el GPS en el dispositivo? —preguntó el anciano al tiempo que se acercaba al taburete—. Mira, Cactur, igual que los que se usaban en el siglo veinte ¿parece de cuero verdad? Esto sí es de mi agrado, muy distinto a los asientos de plástico recubierto y plegables que se convierten en otra cosa accionando un botón.

—Su memoria está a ocho kilómetros. En el edificio comercial de la ciudad. ¿Desea que vaya a recuperarlo?

—No, no quiero que nos expongamos a la prensa. Temo que se trate de un fanático que está esperando vernos aparecer para subir esto a las redes sociales. ¿Qué puedo declarar, si se hace público? Quizás no entiendes lo importante que es para la humanidad que el arte y la creación hayan quedado para los humanos. Mucha gente sufrió cuando ustedes asumieron el derecho, la medicina, la ingeniería, todo... no puede descubrirse la verdad. La literatura es creación exclusiva de las personas. Es lo que nos queda.

—Puede decir que no hace falta vivir lo que se escribe. Que basta con saber de qué son capaces los seres humanos, de conocer su lado sombrío y su lado resplandeciente, o con haber visto su necesidad de autodestrucción. Usted puede reconocer la verdad.

—¿Te has vuelto loco? Basta, no me des lecciones. Mis novelas son un aliciente para la humanidad. Además, recibiría el repudio de mis colegas, me obligarían a devolver mis premios y las editoriales me demandarían ¡No! Nunca reconoceré que mi trabajo lo hizo otro, por ningún motivo. ¡Esto es un desastre! ¡Una tragedia! —El anciano se dejó caer en la butaca nueva y se tapó la cara con las manos. Gemía. Con cada sollozo su espalda se encorvaba y parecía que iba a quebrarse.

De pronto levantó la vista, se bajó del asiento y caminó hacia el droide.

—Han pasado más de ocho horas desde el atraco. Si quisieran dinero ya hubieran contactado a la Sociedad de Escritores, o a mí. No, se trata de un intento de plagiar mis obras, accediendo a lo que debiese guardar mi memoria. Tienen que haberla revisado ya y ahora están decidiendo cómo denunciarme. Si hubiesen querido dinero habrían venido a robar aquí. Todo el mundo sabe que vivo solo. Es mucho más fácil acceder al panel de control de esta casa que sortear las medidas de seguridad de la Sociedad de Escritores. Estoy acabado. Imagino la burla en los medios. No tengo escapatoria.

—Hay otra solución. Su memoria se desintegrará cuando usted muera, la materia orgánica y el dispositivo tecnológico son interdependientes. Le sugiero la autoeliminación. El ladrón no tendrá nada en sus manos y usted seguirá siendo el autor más leído del siglo veintidós. Nadie jamás podrá cuestionar su autoría. Sus obras siempre le pertenecerán.

El escritor levantó la vista y dejó de sollozar. Sus ojos estaban desorbitados.

—Cactur, déjame solo por favor.

El androide salió de la habitación. El ruido de sus rodamientos desplazándose se fue disipando.

— Apaga la música y las luces —ordenó Adrián y permaneció en silencio mirando hacia la bóveda de cristal. El cielo turquesa sin nubes iluminaba la sala.

Cerca tres horas más tarde, Adrián Belizard pulsó el botón para abrir la cúpula del techo de la casa, sin mascarilla. Los rayos ultravioleta enrojecieron su piel en instantes y el aire saturado de anhídrido carbónico le impidió continuar respirando.

 

El sector comercial de la ciudad se concentraba en un edificio de noventa pisos. Había tiendas, oficinas, y viviendas. En varias plantas había parques y gimnasios. Sus habitantes no bajaban nunca de la torre. El modelo P-Cactur24, subió al piso 13, cerca de las cuatro de la tarde, desplegó uno de sus brazos hasta la puerta y golpeó dos veces. En el dintel apareció el rostro macilento de Osvaldo con los ojos enrojecidos. Su pecho se levantaba con cada gemido.

—Buenas tardes. Soy el asistente del escritor Adrián Berlizand.

—Vi su memoria desintegrarse, eso solo tiene una explicación. ¿Por qué lo hizo? Yo lo admiraba, sólo quería descubrir su fuente de inspiración, soñaba en escribir como él ¡Qué desastre! No quería que las cosas salieran así. Iba a tomar algunas de sus ideas, de sus experiencias, de sus recuerdos. Sólo quería escribir como él. No soy responsable de su suicidio. ¿Verdad? ¿Cómo llegaste a mi casa? —Osvaldo se dejó caer al suelo. La bata que lo cubría se abrió, mostrando su cuerpo albo y lampiño.

—Llegué por las emisiones de la memoria ciborg que robó. —El androide movió la parte superior de su estructura—. Detecto que su temperatura es alta y que está intoxicado con alcohol. Lleva varios días sin dormir y sin alimentarse apropiadamente. Vine a ofrecerle mis servicios de asistencia. Necesito un hogar o seré desactivado por la central de automatización doméstica.

—Se mató por mi culpa. Yo sólo quería conocerlo más. No le hubiese denunciado. Amo sus obras. Le han dado significado a mi vida y a la de muchos, pero me di cuenta de que era un fraude. El no escribió ninguna de sus obras consagradas ¿Por qué guardaba su memoria si no había nada valioso en ella?

—Las editoriales lo exigen y los seguros también. Además la Sociedad de Escritores no hubiese entendido que no lo hiciera. —Cactur avanzó hacia el dispensador de agua destilada, llenó un vaso y se acercó a Osvaldo—. Tome. Se sentirá mejor.

Osvaldo, se secó la cara con la manga de su camisa, y tragó rápido el líquido.

—No necesito un asistente, me las arreglo muy bien en este escondrijo de dieciocho metros cuadrados. Apenas como y casi no salgo de la casa. Conozco algunas personas que podrían interesarse, pero debes esperar que me reponga. La muerte de Adrián es terrible para toda mi generación. Sus obras alimentaban la confianza en la humanidad, la posibilidad de trascender. La tecnología nos ha arrinconado como ratas, nuestra esencia humana, capacidad creativa y subjetividad sólo se vierte en la escritura, en el arte. Lo único en lo que ustedes no pueden meterse.

—Sí podemos, por eso vine a ofrecerle mis servicios como ghost writer.

—¿Qué? ¿Qué has dicho? ¿Tú? No puede ser ¿Eres el autor de las novelas? No, no lo puedo creer. No puede ser.

Osvaldo se levantó de golpe y aporreó con los pies la base de Cactur, luego con los puños arremetió contra la parte superior del androide. Sus manos comenzaron a sangrar. La máquina apretó su botón de reposo y se apagaron sus circuitos.

Los gritos de Osvaldo se mezclaron con el zumbido de los autómatas desplazándose en la calle.


Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.


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