Graciela Falbo
Finge haber entendido mal. Pero él le confirma en inglés lo que antes
dijo en español: la Teoría de la Evolución está equivocada. Lo dice luego de
haberle explicado que asiste a la universidad porque quiere escribir para
enseñar a la gente a pensar. Ella finge no haber entendido bien.
—¿La Teoría de la Evolución está equivocada?
—I don’t believe in it —responde él.
Se conocieron hace dos semanas cuando él se le acercó
en un pasillo de la universidad americana donde ella realizaba un trabajo
temporario como instructora de español. Él era amable y tenía una sonrisa
abierta. Le dijo que veinte años atrás había vivido dos meses en México y que
allí había aprendido todo el español que sabía. Poco. A ella su trabajo con
alumnos avanzados de español, no le exigía hablar inglés. Los instructores
españoles que hablaban inglés tendían a usar esa lengua con los alumnos y éstos
se esforzaban menos Por eso a ella ese intercambio con un hablante nativo se
presentó como una ventaja y a la vez un desafío.
Él tendría más o menos su edad, unos cuarenta y
tantos. Había retomado sus estudios universitarios en su momento abandonados
por causas que no detalló. Ahora estaba tomando un curso de filosofía y quería
dedicarse a escribir. Por eso ella supuso que había entendido mal.
Le pareció poco razonable haber sacado ese tema. Pero
el asunto estaba ahí y ella no pudo evitar que un discurso aclaratorio se
armara en su cabeza.
—En ciencia nada es cuestión de creer o no creer —quiso
argumentar, pero tropezó enseguida con los alambres de la lengua ajena.
Palabras o giros ignorados minaban su discurso. Era imposible que una
inteligencia pudiera avanzar por ese camino tortuoso sin perder la elegancia.
Él, ajeno a la dificultad, sonreía, se lo veía cómodo,
estabilizado en su opinión. Relató que en su clase de filosofía era el único
que se oponía a esa idea de la evolución. No lo dijo pero descontaba que ella,
como latina, también era creyente. O en su convicción no tenía en cuenta si
ella creía o no.
Ella probó cambiar de tema apoyada en ese deseo que él
había expresado de convertirse en escritor.
—Podríamos hablar sobre la obra de Poe —propuso.
—¿Qué es eso? —dijo él.
Seguro que lo había pronunciado mal. No insistió.
Era viernes. Esa tarde, al salir de dar clase, ella
había visto el sol brillando sobre los arroyitos de nieve derretida que corrían
por los senderos de piedras del campus, el cielo estaba azul y la temperatura,
se había elevado a cinco grados.
Ese primer encuentro entre ellos se venía frustrando.
Primero por la nevada, luego la gripe.
Esa mañana, por mail, él le había propuesto ir a la
montaña para visitar la pista de esquí. Aceptó encantada, la práctica del esquí
ocupaba un capítulo entero en su libro de inglés.
Al salir de la biblioteca donde se habían citado él le
había dicho:
—Si no te molesta caminar un poco vamos hasta donde
tengo estacionado el auto.
Ella ni siquiera lo pensó, un auto era una necesidad
natural en la zona. Excepto los que hacían aerobismo, nadie caminaba. Sin auto,
sus salidas estaban confinadas al rondín del bus de la Universidad. Tampoco
tenía una vida social, salvo la charla ocasional entre clases con los
compañeros hispanohablantes. Charlas cortas, los tiempos de todos estaban
pautados.
El sol todavía estaba alto, aunque eran las cinco de
la tarde. Caminando sin apremios disfrutaba de sentir en el cuerpo esa
sensación preprimaveral. La había visto esa mañana despuntando en las ramas del
ciruelo bajo su ventana. Sintió una mezcla de alegría y asombro al ver cómo las
ramas extendían sus yemas rojas a punto de estallar, mientras las raíces del
árbol permanecían enterradas bajo la nieve. Había escuchado cantar a los
pájaros y ahora sentía un revoloteo en el pecho mientras caminaba escoltada. Respiró.
Todo conspiraba para que se dejara conducir por los senderitos bordeados de
pequeños montículos de nieve.
Al llegar a una zona de casas recién tomó en cuenta que habían dejado
atrás los siete edificios del campus. ¿Dónde había dejado el auto? Pensó que si
hubiera vuelto a su casa a pie y ya habría llegado. Pero al salir de la
biblioteca él había tenido ese gesto gentil de tomar su bolso repleto de
libros. Caminar sin ningún peso en un día de sol. Sunny Day dijo para sí. Siguió
disfrutando. Pasaron la cancha de fútbol americano, las canchas de tenis, y
luego los edificios con sus estacionamientos desaparecieron. El cambio de
escenario le produjo cierto desconcierto.
—¿Dónde dejaste tu auto? —le pregunto en español.
—En mi casa —dijo él en inglés señalando delante de
ellos una casa típica de estructura de madera de color gris.
La situación la tomó por sorpresa. No habían hablado
de ir a su casa. Recién entonces se preguntó, ¿por qué no la había recogido con
el auto en la biblioteca? Y luego, cómo debía reaccionar cuando un hombre que
apenas conocía la ponía en esa situación. En su memoria fílmica se produjo un
vacío, una grieta. Con cierta alarma recordó que no solo eran las comedias sino
las películas o las series policiales lo que mejor reflejaba las costumbres de
la América profunda.
—En realidad no es mi casa, es la casa de mis padres —comentó
él. Y adelantándose encaró en dirección a la entrada atravesando el pequeño
porche. En ese país nadie que fuera a la universidad vivía con sus padres, se
debatió ella. A favor de él recordó que se lo había dicho cuando se conocieron,
que era divorciado, que había retomado sus estudios queriendo recuperar el
tiempo que perdió en su juventud cuando pasó por la droga, que vivía en un
departamento debajo de la casa de sus padres, en el sótano. Todo advertido. Lo
siguió con la mirada mientras caminaba en dirección a la puerta como dando por
hecho que ella lo seguía. A ella se le presentaba la imagen de los Simpson.
Muda, cómo explicarles el equívoco que la situaba ahí. El padre y el hijo
tomaban cerveza y comían de una misma bolsa papas fritas mientras miraban su
programa de tv favorito. Una escena perturbada y festiva a la vez. Se dio
cuenta que, desde que había llegado a ese país, muchas cosas le parecían
perturbadoras y festivas a la vez. Por precaución, se sentó en un escalón de la
entrada, sin pisar el porche. A punto de decir te espero acá, escuchó que él
decía:
—¡Ah, no! Acá la tengo. —Y sacó del bolsillo las
llaves del auto—. Ya es tarde para ir a la Montaña —agregó él y le preguntó si
tenía tiempo de ir a tomar un café. También le dijo que quería llevarla a ver
algo que en ese momento ella no entendió.
En el café se sentaron en unos sillones cerca de una
mesita ratona donde había encendido un velador. Sobre la mesita estaban las
ultimas Times. La cercanía de esas revistas la alivió.
En la tapa de una de ellas vio el siguiente tema de
conversación: la inminencia de la guerra. Él señaló que estaba de acuerdo con
la guerra. Admiraba a los republicanos. Ella pensó que cada intento de
conversación terminaba en fracaso. Pero esta vez un pequeño incidente los sacó
del pantano. Sucedió cuando él se dio cuenta de que, desde que la conversación
sobre la guerra había empezado, cada vez que ella había dicho War (guerra) él
había entendido World (mundo). La conversación había llegado a un punto muy
confuso cuando él lo registró. El descubrimiento trajo distensión.
Con actitud didáctica él repitió el sonido de las dos
palabras. Ella miró su cuello mientras él repetía la palabra war. Se
inflaba mostrando en la hinchazón desmesurada de unas venas azules cómo el
sonido de la doble ve llegaba al paladar desde un interior profundo. La letra
cruzaba a la garganta montada en un tsunami, rebotaba en un punto del paladar y
se transformaba en una O que progresaba en un nuevo crecimiento expansivo hacia
la A obligando a mandar la mandíbula hacia atrás para liberar una explosión.
Así pronunciada war no podía confundirse con word o world.
Se le reveló un sentido de la fonética que no había terminado de apreciar.
—El nombre de la rosa —dijo ella. Lo dijo en español
sin intentar explicar qué quería decir con eso.
Supo que no conseguiría imitar la pronunciación. Su
aparato fonador no había sido habilitado para generar ese sonido, esa doble ve
le quedaba grande a su garganta.
Terminado el sinsentido del debate convinieron en
hablar de cosas comunes.
—Es una pena —dijo él— pero por ahora no podemos
hablar sobre política o filosofía. Solo podríamos hablar de cosas simples como
de los perros que pasan por las calles. —Aunque tampoco de eso iban a poder
hablar porque no había perros sueltos por esas calles—. Me gustaría llevarte a
un lugar —le dijo él sonriendo—, un lugar que quiero que conozcas.
Ella sintió una nueva hospitalidad en esa sonrisa, una
leve delicadeza que le trajo a la memoria el encanto del paisaje que la había
recibido en otoño cuando alguien le hizo ver a lo lejos los manchones rojos,
ocres, dorados de las copas de los fresnos en las montañas que rodeaban el
valle. Esos árboles tenían la forma de los paisajes imaginados de las
ilustraciones de los libros de su infancia. Desde que llegó se había enamorado
del paisaje, cada lugar se mostraba como un recorrido de cuentos con jardines encendidos
de tulipanes.
—Si nos apuramos podemos ver la puesta de sol de sol —dijo
él. Era de noche.
Al salir del bar él miró el cielo, dijo qué lástima ya
es tarde. Siguió mirando el cielo un momento, decepcionado. —Bueno —dijo—, pero
a esta hora comienza una ceremonia. Me gustaría llevarte a mi iglesia. —Lo miró
sorprendida—. Quisiera que veas qué hacemos. Que conozcas la importancia de
misionar —dijo—. Eso hice en México hace veinte años. Latinoamérica, tu país,
necesita conocer mejor a Jesucristo —dijo.
—Latinoamérica no es un país —aclaró ella. Pero él no
le dio trascendencia al dato. La miró condescendiente.
—Me gustaría saber —siguió diciendo— por qué ustedes
no nos quieren a los yanquis cuando lo único que perseguimos es ayudarlos.
La miraba con los ojos encendidos, honestos. La mirada
generosa, sin embargo, llegaba a los ojos cargando otra opaca, perturbada. A
ella le pareció que esa otra surgía de la misma fuente donde se formaba la
doble ve inicial de la palabra war.
—Ahora es tarde —dijo ella—; algún día, más adelante. —Y
todo quedó más que ambiguo
Después de que él la dejó en su casa ella recordó la
carta de presentación que había escrito en la solicitud de ingreso al College
donde hablaba de su interés por conocer las formas de la cultura local en la
vida cotidiana.
Como en un juego cósmico su pedido le estaba siendo
otorgado. Entonces registró lo pretencioso de su proyecto y cómo éste
desbordaba por completo el conocimiento de la lengua.
Abrió el cajón de su escritorio, sacó su libro de
inglés y lo dejó abierto en la página 59. Lesson 5, exercise A.
Tenía que repasar con paciencia los tiempos futuros.
Graciela Falbo nació y vive en la
ciudad de La Plata, Argentina. Es antóloga y escritora. Su trabajo se ha
diversificado en la escritura de poesías, ensayos y ficciones. Sus libros de
narrativa pertenecen en su mayor parte a la literatura para niños y jóvenes.
Entre sus obras publicadas pueden citarse: Cara y Ceca de la
escritura, Tras las huellas de una escritura en tránsito, la crónica
contemporánea en América Latina y en su último libro El poder
de la narración. Escritores, periodistas, lectores y medios. En el campo de
la literatura infantil y juvenil, publicó más de una docena de libros, entre
otros: Cuentos de otros planetas, ¡Basta de brujas!, Plox. Participó junto
con Angélica Gorosdicher, Graciela Cabal, Mempo Giardinelli y Graciela
Bialet los cinco volúmenes de la colección Leer por Leer. editados por
EUDEBA, Buenos Aires 2004. Su obra para adultos en el género cuento ha sido
editada en distintas antologías en Argentina, México y Estados Unidos. Actualmente
dirige la colección Abrepreguntas de ciencia y arte para preadolescentes que
edita la Editorial de la Universidad de La Plata.

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