viernes, 29 de mayo de 2026

LA LENGUA

Graciela Falbo

 

Finge haber entendido mal. Pero él le confirma en inglés lo que antes dijo en español: la Teoría de la Evolución está equivocada. Lo dice luego de haberle explicado que asiste a la universidad porque quiere escribir para enseñar a la gente a pensar. Ella finge no haber entendido bien.

—¿La Teoría de la Evolución está equivocada?

I don’t believe in it —responde él.

Se conocieron hace dos semanas cuando él se le acercó en un pasillo de la universidad americana donde ella realizaba un trabajo temporario como instructora de español. Él era amable y tenía una sonrisa abierta. Le dijo que veinte años atrás había vivido dos meses en México y que allí había aprendido todo el español que sabía. Poco. A ella su trabajo con alumnos avanzados de español, no le exigía hablar inglés. Los instructores españoles que hablaban inglés tendían a usar esa lengua con los alumnos y éstos se esforzaban menos Por eso a ella ese intercambio con un hablante nativo se presentó como una ventaja y a la vez un desafío.

Él tendría más o menos su edad, unos cuarenta y tantos. Había retomado sus estudios universitarios en su momento abandonados por causas que no detalló. Ahora estaba tomando un curso de filosofía y quería dedicarse a escribir. Por eso ella supuso que había entendido mal.

Le pareció poco razonable haber sacado ese tema. Pero el asunto estaba ahí y ella no pudo evitar que un discurso aclaratorio se armara en su cabeza.

—En ciencia nada es cuestión de creer o no creer —quiso argumentar, pero tropezó enseguida con los alambres de la lengua ajena. Palabras o giros ignorados minaban su discurso. Era imposible que una inteligencia pudiera avanzar por ese camino tortuoso sin perder la elegancia.

Él, ajeno a la dificultad, sonreía, se lo veía cómodo, estabilizado en su opinión. Relató que en su clase de filosofía era el único que se oponía a esa idea de la evolución. No lo dijo pero descontaba que ella, como latina, también era creyente. O en su convicción no tenía en cuenta si ella creía o no.

Ella probó cambiar de tema apoyada en ese deseo que él había expresado de convertirse en escritor.

—Podríamos hablar sobre la obra de Poe —propuso.

—¿Qué es eso? —dijo él.

Seguro que lo había pronunciado mal. No insistió.

Era viernes. Esa tarde, al salir de dar clase, ella había visto el sol brillando sobre los arroyitos de nieve derretida que corrían por los senderos de piedras del campus, el cielo estaba azul y la temperatura, se había elevado a cinco grados.

Ese primer encuentro entre ellos se venía frustrando. Primero por la nevada, luego la gripe.

Esa mañana, por mail, él le había propuesto ir a la montaña para visitar la pista de esquí. Aceptó encantada, la práctica del esquí ocupaba un capítulo entero en su libro de inglés.

Al salir de la biblioteca donde se habían citado él le había dicho:

—Si no te molesta caminar un poco vamos hasta donde tengo estacionado el auto.

Ella ni siquiera lo pensó, un auto era una necesidad natural en la zona. Excepto los que hacían aerobismo, nadie caminaba. Sin auto, sus salidas estaban confinadas al rondín del bus de la Universidad. Tampoco tenía una vida social, salvo la charla ocasional entre clases con los compañeros hispanohablantes. Charlas cortas, los tiempos de todos estaban pautados.

El sol todavía estaba alto, aunque eran las cinco de la tarde. Caminando sin apremios disfrutaba de sentir en el cuerpo esa sensación preprimaveral. La había visto esa mañana despuntando en las ramas del ciruelo bajo su ventana. Sintió una mezcla de alegría y asombro al ver cómo las ramas extendían sus yemas rojas a punto de estallar, mientras las raíces del árbol permanecían enterradas bajo la nieve. Había escuchado cantar a los pájaros y ahora sentía un revoloteo en el pecho mientras caminaba escoltada. Respiró. Todo conspiraba para que se dejara conducir por los senderitos bordeados de pequeños montículos de nieve.

 

Al llegar a una zona de casas recién tomó en cuenta que habían dejado atrás los siete edificios del campus. ¿Dónde había dejado el auto? Pensó que si hubiera vuelto a su casa a pie y ya habría llegado. Pero al salir de la biblioteca él había tenido ese gesto gentil de tomar su bolso repleto de libros. Caminar sin ningún peso en un día de sol. Sunny Day dijo para sí. Siguió disfrutando. Pasaron la cancha de fútbol americano, las canchas de tenis, y luego los edificios con sus estacionamientos desaparecieron. El cambio de escenario le produjo cierto desconcierto.

—¿Dónde dejaste tu auto? —le pregunto en español.

—En mi casa —dijo él en inglés señalando delante de ellos una casa típica de estructura de madera de color gris.

La situación la tomó por sorpresa. No habían hablado de ir a su casa. Recién entonces se preguntó, ¿por qué no la había recogido con el auto en la biblioteca? Y luego, cómo debía reaccionar cuando un hombre que apenas conocía la ponía en esa situación. En su memoria fílmica se produjo un vacío, una grieta. Con cierta alarma recordó que no solo eran las comedias sino las películas o las series policiales lo que mejor reflejaba las costumbres de la América profunda.

—En realidad no es mi casa, es la casa de mis padres —comentó él. Y adelantándose encaró en dirección a la entrada atravesando el pequeño porche. En ese país nadie que fuera a la universidad vivía con sus padres, se debatió ella. A favor de él recordó que se lo había dicho cuando se conocieron, que era divorciado, que había retomado sus estudios queriendo recuperar el tiempo que perdió en su juventud cuando pasó por la droga, que vivía en un departamento debajo de la casa de sus padres, en el sótano. Todo advertido. Lo siguió con la mirada mientras caminaba en dirección a la puerta como dando por hecho que ella lo seguía. A ella se le presentaba la imagen de los Simpson. Muda, cómo explicarles el equívoco que la situaba ahí. El padre y el hijo tomaban cerveza y comían de una misma bolsa papas fritas mientras miraban su programa de tv favorito. Una escena perturbada y festiva a la vez. Se dio cuenta que, desde que había llegado a ese país, muchas cosas le parecían perturbadoras y festivas a la vez. Por precaución, se sentó en un escalón de la entrada, sin pisar el porche. A punto de decir te espero acá, escuchó que él decía:

—¡Ah, no! Acá la tengo. —Y sacó del bolsillo las llaves del auto—. Ya es tarde para ir a la Montaña —agregó él y le preguntó si tenía tiempo de ir a tomar un café. También le dijo que quería llevarla a ver algo que en ese momento ella no entendió.

En el café se sentaron en unos sillones cerca de una mesita ratona donde había encendido un velador. Sobre la mesita estaban las ultimas Times. La cercanía de esas revistas la alivió.

En la tapa de una de ellas vio el siguiente tema de conversación: la inminencia de la guerra. Él señaló que estaba de acuerdo con la guerra. Admiraba a los republicanos. Ella pensó que cada intento de conversación terminaba en fracaso. Pero esta vez un pequeño incidente los sacó del pantano. Sucedió cuando él se dio cuenta de que, desde que la conversación sobre la guerra había empezado, cada vez que ella había dicho War (guerra) él había entendido World (mundo). La conversación había llegado a un punto muy confuso cuando él lo registró. El descubrimiento trajo distensión.

Con actitud didáctica él repitió el sonido de las dos palabras. Ella miró su cuello mientras él repetía la palabra war. Se inflaba mostrando en la hinchazón desmesurada de unas venas azules cómo el sonido de la doble ve llegaba al paladar desde un interior profundo. La letra cruzaba a la garganta montada en un tsunami, rebotaba en un punto del paladar y se transformaba en una O que progresaba en un nuevo crecimiento expansivo hacia la A obligando a mandar la mandíbula hacia atrás para liberar una explosión. Así pronunciada war no podía confundirse con word o world. Se le reveló un sentido de la fonética que no había terminado de apreciar.

—El nombre de la rosa —dijo ella. Lo dijo en español sin intentar explicar qué quería decir con eso.

Supo que no conseguiría imitar la pronunciación. Su aparato fonador no había sido habilitado para generar ese sonido, esa doble ve le quedaba grande a su garganta.

Terminado el sinsentido del debate convinieron en hablar de cosas comunes.

—Es una pena —dijo él— pero por ahora no podemos hablar sobre política o filosofía. Solo podríamos hablar de cosas simples como de los perros que pasan por las calles. —Aunque tampoco de eso iban a poder hablar porque no había perros sueltos por esas calles—. Me gustaría llevarte a un lugar —le dijo él sonriendo—, un lugar que quiero que conozcas.

Ella sintió una nueva hospitalidad en esa sonrisa, una leve delicadeza que le trajo a la memoria el encanto del paisaje que la había recibido en otoño cuando alguien le hizo ver a lo lejos los manchones rojos, ocres, dorados de las copas de los fresnos en las montañas que rodeaban el valle. Esos árboles tenían la forma de los paisajes imaginados de las ilustraciones de los libros de su infancia. Desde que llegó se había enamorado del paisaje, cada lugar se mostraba como un recorrido de cuentos con jardines encendidos de tulipanes.

—Si nos apuramos podemos ver la puesta de sol de sol —dijo él. Era de noche.

Al salir del bar él miró el cielo, dijo qué lástima ya es tarde. Siguió mirando el cielo un momento, decepcionado. —Bueno —dijo—, pero a esta hora comienza una ceremonia. Me gustaría llevarte a mi iglesia. —Lo miró sorprendida—. Quisiera que veas qué hacemos. Que conozcas la importancia de misionar —dijo—. Eso hice en México hace veinte años. Latinoamérica, tu país, necesita conocer mejor a Jesucristo —dijo.

—Latinoamérica no es un país —aclaró ella. Pero él no le dio trascendencia al dato. La miró condescendiente.

—Me gustaría saber —siguió diciendo— por qué ustedes no nos quieren a los yanquis cuando lo único que perseguimos es ayudarlos.

La miraba con los ojos encendidos, honestos. La mirada generosa, sin embargo, llegaba a los ojos cargando otra opaca, perturbada. A ella le pareció que esa otra surgía de la misma fuente donde se formaba la doble ve inicial de la palabra war.

—Ahora es tarde —dijo ella—; algún día, más adelante. —Y todo quedó más que ambiguo

Después de que él la dejó en su casa ella recordó la carta de presentación que había escrito en la solicitud de ingreso al College donde hablaba de su interés por conocer las formas de la cultura local en la vida cotidiana.

Como en un juego cósmico su pedido le estaba siendo otorgado. Entonces registró lo pretencioso de su proyecto y cómo éste desbordaba por completo el conocimiento de la lengua.

Abrió el cajón de su escritorio, sacó su libro de inglés y lo dejó abierto en la página 59. Lesson 5, exercise A. Tenía que repasar con paciencia los tiempos futuros.

Graciela Falbo nació y vive en la ciudad de La Plata, Argentina. Es antóloga y escritora. Su trabajo se ha diversificado en la escritura de poesías, ensayos y ficciones. Sus libros de narrativa pertenecen en su mayor parte a la literatura para niños y jóvenes. Entre sus obras publicadas pueden citarse: Cara y Ceca de la escritura, Tras las huellas de una escritura en tránsito, la crónica contemporánea en América Latina y en su último libro El poder de la narración. Escritores, periodistas, lectores y medios. En el campo de la literatura infantil y juvenil, publicó más de una docena de libros, entre otros: Cuentos de otros planetas, ¡Basta de brujas!, Plox. Participó junto con Angélica Gorosdicher, Graciela Cabal, Mempo Giardinelli y Graciela Bialet los cinco volúmenes de la colección Leer por Leer. editados por EUDEBA, Buenos Aires 2004. Su obra para adultos en el género cuento ha sido editada en distintas antologías en Argentina, México y Estados Unidos. Actualmente dirige la colección Abrepreguntas de ciencia y arte para preadolescentes que edita la Editorial de la Universidad de La Plata.

 

 

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