Rhys Hughes
Cuando bajó del
tren y pisó el andén de la estación, Marie decidió ponerse el suéter. Es un
procedimiento normal cuando uno siente frío. Yo mismo lo hago, y quizá tú
también. Su suéter era rosa y fino, pero permítanme explicar mejor la situación.
El interior del tren había sido calentado por medios artificiales y también por
el hecho de que iba lleno de pasajeros, pero ahora que habíamos llegado a destino
el sol que brillaba sobre nuestras cabezas era débil, apenas nos entibiaba, y aunque
el andén estaba lleno de los mismos pasajeros que habían sido expulsados junto
con nosotros, nuestros brazos desnudos sentían el frío de un verano
insuficiente.
Yo llevaba su cámara colgada al
cuello. Me gusta cargar las cosas de ella, cualquier cosa, solo para demostrar
mi devoción sin ser demasiado obvio ni melodramático. Habíamos viajado para
visitar a unos amigos en una playa lejana con motivo de una fiesta, y ahora
estábamos de regreso. Marie volvería pronto a Francia. El tiempo era escaso,
pero así es siempre el tiempo en estas situaciones. Yo estaba feliz y triste a
la vez, aunque solo mostraba la felicidad, o al menos lo intentaba. Ella era
como siempre: amable pero melancólica, con una melancolía que me hacía sentir
que ya la había perdido, aunque estuviera justo a mi lado.
Al quitarse el suéter, la etiqueta
interior se le enganchó en la nariz, como si fuera un gancho en un guardarropa.
El suéter entero le cubría la cabeza, tapándole los ojos y las mejillas,
dejando solo la boca al descubierto, lo que la divertía muchísimo. Empezó a
reír. La oportunidad era demasiado buena para desaprovecharla, así que levanté
su cámara y apunté hacia ella. Marie me había enseñado que los franceses dicen
la palabra "Ouistiti" cuando les toman una foto, y ahora yo le
suplicaba que pronunciara esas sílabas mágicas, pero fue en vano.
Para mejorar las fotos que estaba
tomando, me arrodillé. Marie se estremecía de risa. Los pasajeros que se movían
de un lado a otro se detuvieron a mirar, y resultó que la escena tenía para
ellos el aspecto de un ritual religioso: Marie de pie, con los brazos
levantados, y un acólito arrodillado ante ella repitiendo “¡Ouistiti!
¡Ouistiti!”, mientras ella temblaba y se reía. Pronto otros comenzaron a
pasarse camisas y suéteres por la cabeza y a reír, o a agacharse y cantar
conmigo, y así fue como nació una religión en el andén de aquella estación de
tren.
Ya no soy el único devoto de Marie.
Tiene muchos seguidores, admiradores, adoradores. Pero la verdad es que siempre
hubo personas que ansiaban y ardían por estar cerca de ella. Lo único que ha
cambiado es el contexto del afecto: de lo físico a lo espiritual. Ella ha
regresado en avión a Francia, pero existe una profecía según la cual algún día
volverá. Nosotros seguimos siendo sus esperanzados servidores mientras
avanzamos por las calles de la ciudad, con la cabeza cubierta por prendas de
vestir, el mantra “Ouistiti” en nuestros labios risueños, con la fe anhelante
en nuestros corazones ingenuos, recogiendo nuevos conversos mientras avanzamos
a ciegas por la vida.

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