Fuyan Zhung
Cuando el camarada
K (seudónimo destinado a proteger su verdadera identidad) desembarcó en
Shanghái en el otoño de 1931, llevaba consigo solo tres cosas: una barba
gigantesca, un manuscrito ilegible hasta por el más erudito y una carta de
recomendación sin destinatario escrita por un poeta ruso completamente ebrio.
La carta decía: “El portador de
esta nota es un hombre peligroso. No le presten dinero.”
Eso bastó para que las autoridades
culturales de la ciudad lo recibieran con todos los honores.
En aquellos años Shanghái era una
ciudad extraordinaria. Los automóviles último modelo avanzaban entre carros
tirados por mulas y huangbaoches; los mendigos discutían la filosofía europea (Schponhauer,
Nietzsche, Bauman) y hasta los ladrones hablaban varios idiomas. En una misma
calle podía encontrarse un templo budista, una fábrica de municiones y un club
nocturno donde un francés tuerto tocaba el banjo vestido de almirante boliviano.
El camarada K descendió del barco
convencido de que Oriente aguardaba ansiosamente sus enseñanzas. Sin embargo,
apenas pisó el puerto, un niño le robó el reloj. El revolucionario lo persiguió
durante cuatro cuadras.
—¡Devuélveme el esencial instrumento
burgués con el que controlo el tiempo capitalista! —iba gritando mientras
tropezaba con los tenderetes y los chinos en bicicleta.
El niño se llevó por delante a un
vendedor de patos lacados. Los patos salieron despedidos y cayeron sobre la
cabeza de una mujer a punto de parir. Un perro comenzó a perseguir al niño. Dos
policías persiguieron al perro. Un violinista callejero creyó que aquello era
un desfile y empezó a tocar una marcha militar austríaca, la Marcha Radetzky, si no me equivoco.
En medio del caos, el reloj
desapareció. K quedó inmóvil, alelado, estupefacto, atónito.
—Es una metáfora o una profecía —murmuró.
Nadie supo de qué.
Aquella misma noche fue invitado a
dar una conferencia en la Asociación Internacional de Pensamiento
Transformador, institución que ocupaba el segundo piso de un casino
clandestino. Mientras abajo se apostaban fortunas, arriba varios intelectuales
fumaban tabaco turco y opio y discutían si el materialismo histórico podía
aplicarse a la crianza de gallinas Lohmann Brown alimentadas con sangre de
vírgenes y así obtener huevos de cáscara roja.
K habló durante tres horas. Explicó
la alienación del trabajador, la perversa acumulación del capital y la
necesidad de destruir las viejas estructuras económicas. Cuando terminó, un
anciano chino levantó la mano.
—Muy interesante —dijo—. Pero aquí
abajo hay un problema más urgente.
—¿Cuál?
—Unos cómicos estadounidenses se
han quedado con el escenario del teatro y no quieren irse. —El anciano suspiró
antes de continuar—. El pueblo ya no escucha a los filósofos. Prefiere a los
payasos.
K golpeó la mesa.
—¡Entonces debemos educar al
pueblo!
—Lo intentamos —respondió otro—.
Pero los payasos hacen más ruido.
Así fue como el camarada K terminó
aquella noche en el Teatro Celestial de los Diez Dragones Felices, donde
actuaban los célebres hermanos Marx.
El teatro estaba
lleno. Había diplomáticos ingleses, comerciantes chinos, marineros noruegos,
una bailarina rusa que afirmaba ser nieta de Rasputín y un japonés diminuto que
dormía profundamente en primera fila desde mucho antes de que comenzara el
espectáculo. En el escenario, un hombre con anteojos y bigote falso discutía
con un camarero invisible. Otro tocaba el piano usando una banana. El tercero
perseguía a una mujer disfrazado de inspector ferroviario.
K observó aquello horrorizado.
—Esto es pura decadencia
pequeñoburguesa.
Pero no pudo apartar la mirada. El
del puro lo vio desde el escenario.
—¡Eh! —gritó—. ¡Tenemos aquí a un
profeta del Antiguo Testamento! ¡Pero si es mi primo K! Lo reconocí aunque solo
lo vi dos días después de nacer y por aquel entonces no usaba barba, bueno, no
una tan tupida, quiero decir.
El público rio. K se puso de pie.
—¡La historia no avanza mediante
bromas y chascarrillos! ¡Yo no soy primo de nadie, además!
—Claro que sí —respondió el
cómico—. Mira a la reina de Inglaterra. ¿O ahora tienen rey?
Más risas. Entonces K decidió subir
al escenario para imponer algo de orden intelectual. Fue un error. Un graso
error –no craso– porque desde la tertulia le arrojaron el contenido de un balde
lleno de aceite… por fortuna frío.
El hermano silencioso le colocó
inmediatamente un sombrero ridículo. El pianista de la banana le tomó la barba
y comenzó a usarla como servilleta. El del puro le preguntó:
—¿Usted quién es? Es decir, ¿está
seguro de que no es nuestro primo? Acaso su apellido…
—¡No se le ocurra pronunciar mi
apellido delante de toda esta gente! ¿No sabe que estoy proscripto en más de
diecinueve países? Soy un filósofo revolucionario y punto. Los parentescos no
importan.
—Perfecto. Nosotros somos
revolucionarios filosóficos. Destruimos ideas antes de que alguien las use.
K intentó recuperar la dignidad.
—El proletariado necesita
conciencia.
—Yo necesito cenar —hubiera dicho
el rubio en el caso de que se atreviera a hablar por primera vez en su vida
como cómico—. Y él necesita un psiquiatra.
Señaló al hermano pianista, que
ahora trataba de alimentar al piano con flores.
El público estaba encantado. Esos
cuatro eran verdaderamente divertidos. Y la inclusión del cuarto, el barbudo,
solo había servido para potenciar el humor del sketch.
K quiso pronunciar un discurso,
pero el hombre del puro le quitó el manuscrito y comenzó a leerlo en voz alta.
—“La contradicción interna de las
fuerzas productivas…” —Se detuvo—. Esto requiere una persecución policial en
regla, es decir, que a usted lo encierren y tiren la llave. —Arrancó varias
páginas, las dobló y fabricó avioncitos de papel. El hermano silencioso los
lanzó sobre el público. Una señora francesa atrapó uno y anunció emocionada que
acababa de comprender el socialismo científico.
K empezó a enfurecerse.
—¡Ustedes convierten el pensamiento
en puro circo! ¿Y dónde está el pan, eh?
—Y usted convierte el circo en
pensamiento —replicó el del puro—. Cada uno tiene sus talentos. Aquí tiene un
pan —agregó entregándole una baguette—. Es un auténtico pan francés, fabricado
en un pequeño pueblo de las Ardenas llamado Saint-Loup-Terrier habitado por tan solo ciento cincuenta y cuatro
panaderos.
Entonces ocurrió algo extraño. Un
marinero borracho, sentado en el fondo de la sala, comenzó a aplaudir
lentamente. Luego aplaudió un zapatero y luego otro. Después otro más. En pocos
segundos todo el teatro aplaudía. K creyó que celebraban sus ideas. Hizo una
reverencia solemne. El hombre del puro se inclinó hacia él y murmuró:
—No aplauden tu filosofía.
—¿Entonces qué?
—Tu barba se está prendiendo fuego.
Era cierto.
Una vela del escenario había
incendiado discretamente el extremo inferior de la gigantesca barba
revolucionaria. El pianista intentó apagarla con soda. El mudo utilizó un
extintor destinado a emergencias navales. El del puro gritó.
—¡Compañeros! ¡La revolución está que
arde! Es decir, eso mismo.
El público deliraba. La orquesta
comenzó a tocar sin motivo aparente. Dos policías entraron creyendo que había
un atentado. El japonés dormido despertó convencido de que había comenzado una nueva
guerra. Y en medio de aquella catástrofe absurda, K sintió algo inesperado. Se
estaba divirtiendo. La revelación lo golpeó con violencia. Durante cuarenta
años había teorizado como combatir gobiernos, empresarios, censores, banqueros
y profesores universitarios de extrema derecha. Había escrito libros ilegibles,
discutido en sótanos húmedos y escapado de policías en siete países distintos. Pero
jamás se había reído de verdad. Ni una sola vez. Desde el vientre. Casi
meándose de la risa. O meándose, si nos atenemos al modo en que sus pantalones
se estaban empapando.
El hombre del puro lo observó
atentamente.
—Ahí está —dijo.
—¿Qué cosa?
—Tu primera sonrisa.
K se tocó el rostro como si le
hubieran colocado una nariz nueva.
—Esto es… extraño.
—La alegría siempre lo es.
El pianista apareció cargando una
bandeja robada del restaurante vecino.
—Traje fideos, pescado y una
gallina que probablemente todavía tenga dueño pero que gracias al realismo
socialista puede ser dividida en millones de porciones.
El hermano silencioso comenzó a
repartir platos entre el público. Nadie protestó. El espectáculo derivó
lentamente hasta convertirse en un banquete colectivo. Un banquero inglés
terminó cantando canciones revolucionarias junto a dos obreros portuarios. La
falsa nieta de Rasputín bailó sobre un piano. El japonés volvió a dormirse,
esta vez abrazado a un pato lacado. K contempló aquella escena imposible. Todo
mezclado. Ricos y pobres. Idiotas y filósofos. Policías y criminales. Artistas
y comerciantes. Nadie obedecía a nadie. Nadie parecía tener un plan. Y, sin
embargo, todos parecían felices. El hombre del puro encendió otro cigarro.
—¿Sabes cuál es tu problema,
camarada?
—¿Cuál?
—Quieres organizar el mundo antes
de conocerlo. —K guardó silencio—. El mundo es absurdo, caótico, patafísico,
como diría mi buen amigo Jarry —continuó el cómico—. Nosotros solo le ponemos
un poco de música.
Durante un largo rato nadie habló. La
orquesta tocaba una melodía desafinada. Comenzaba a llover sobre Shanghái.
—¿Y ustedes qué quieren cambiar? —preguntó
finalmente K.
El del puro respondió de inmediato.
—Las sábanas del hotel. Tienen olor
a pescado. —Pero el pianista contestó algo distinto.
—Queremos que la gente salga del
teatro menos triste de lo que entró. —Lo que no dejaba de tener cierta
coherencia, en una situación que no la tenía en absoluto, en especial cuando el
mudo empezó a hacer sonar una bocina de claxon de pera que rompió varias
docenas de tímpanos debido a la impecable acústica del teatro.
K meditó aquellas palabras como si
fueran un tratado filosófico.
Años después,
cuando abandonó China, dejó escrito en sus memorias:
“He conocido generales, ministros y
poetas. Ninguno entendía a la humanidad. Tres payasos estadounidenses
estuvieron más cerca. Y aunque nunca se demostró que realmente fueran
familiares míos, hubo en ellos algo que tintineó fuertemente en mi corazón”.
Sin embargo, también añadió: “No
recomiendo confiarles dinero.”
El manuscrito desapareció durante la guerra. Algunos creen que fue destruido. Otros sostienen que aún existe en alguna biblioteca secreta, custodiado por un clon de Jorge Luis Borges. Pero en ciertos barrios antiguos de Shanghái todavía circula una vieja fotografía donde aparecen cuatro hombres sonriendo de manera sospechosa: un anciano barbudo y tres cómicos usando sombreros absurdos. Según dicen, esa noche intentaron fundar una nueva filosofía. Fracasaron por completo. Y precisamente eso fue lo que convirtió aquello en un éxito memorable.
Fuyan Zhung nació en Shanghái en
2003 y actualmente estudia Letras en la universidad. Interesado en las formas
experimentales de la narrativa contemporánea, siente especial atracción por los
cruces entre literatura, imagen y nuevas tecnologías. Este cuento surgió a
partir de una experiencia de escritura basada en una ilustración propuesta como
disparador creativo, ejercicio que considera particularmente estimulante y que
espera continuar explorando en el futuro. El relato que aquí presentamos es uno
de los primeros trabajos que logró terminar.

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