lunes, 8 de junio de 2026

NO VIAJES CON EL ELEFANTE A CHICAGO

Murtada Gzar

 

En el punto de registro de llegadas, en el aeropuerto de Chicago, un hombre abrió su maleta, en manos de la policía, y sacó de ella un gran elefante negro.

Escribí estas líneas mirando a mi alrededor, delante del oficial de pasaportes. La cola era larga y nada me ayudaba a tener paciencia durante la espera salvo escribir un cuento nuevo. El relato se detuvo en el elefante negro y ahí se petrificó. Pensé en perfilarlo, adornarlo o hacerlo rojo o azul celeste, por ejemplo, pero mi estómago emitió entonces un sonido similar a las sirenas de los barcos. Lo último que había comido fue una pequeña porción de pizza en el aeropuerto de Heathrow, que fui tragando al paso mientras trataba de alcanzar la sala de embarque para Chicago. Corría con una señora siria que tiraba de sus dos niños y sus tres maletas, profiriendo por teléfono una retahíla de insultos en dialecto. Sentía que sus palabras entraban con la pizza en mi estómago. Me paré y puse mi pequeña maleta en el suelo, dejando así que me adelantara. Saqué mi libretita amarilla y escribí en el encabezamiento de la página: La pizza de los insultos.

Algún día volveré a la historia de la pizza de los insultos, cuando termine con el elefante que había dejado atemorizando a los guardas y viajeros en el aeropuerto. Lo dejé sin color ni tamaño ni colmillos. ¿El elefante que salía de la maleta de un inmigrante necesita colmillos? Los colmillos lo harían agresivo y yo lo quería dulce, alegre e inocente, moviéndose con cuidado para no lastimar a los pasajeros y a los hombres de seguridad, aunque fracasaba respecto a la sutilidad en el andar, y la gente se sentía inquieta a su alrededor dado que los barría con su enorme cuerpo. El problema era que su descripción lo asemejaba a Ganesh, la divinidad hindú y yo no soy indio ni quiero que la mente de los lectores se desvíe hacia ese tema. Dado que procedo del sur de Iraq, decidí, con vuestro permiso, convertirlo en un búfalo negro de tamaño de un camión. No, no, la escena parecería un anuncio de la entrada en las marismas con los búfalos, cual programa de la Unesco para la conservación del Patrimonio Mundial.

Sin querer empujé con la esquina de la maleta al pasajero que tenía delante, que giró y con una mirada fugaz apuntó a mi corbata para, a continuación volver a su postura inicial. Estaba tan aburrido como yo, quizás dirigió sus ojos hacia mi corbata pues poco había en mi cara, tan poco como en la cara de los demás, que llamara la atención. La cola nos hacía similares, con el mismo semblante serio. En los aeropuertos, las caras se convierten en zapatos que retumban en el ambiente mientras la gente se calza sus caras y con ellas echa a andar: los tacones se transforman en cabezas y las cabezas, en tacones, que se enamoran en los aeropuertos. Ellos son los que bajan las cabezas y miran los zapatos y los tacones.

Detrás de nosotros, la cola de los que llegaban empezó a estirarse, retorcerse y quebrarse a ratos. Yo estaba parado como un taxidermista, aguardando a que el pasajero que tenía delante diera medio paso, un cuarto de paso, medio cuarto de paso. Caí en la cuenta de que el avión Chicago-Washington DC se me había escapado y estaría ahora nadando en el espacio, donde habría una pasajera china y de tamaño insignificante que no dormiría sobre mi hombro esta tarde.

Pasaron por mis oídos ruidos de sirenas, risas, crujidos salvajes de zapatos. Me impulsé hacia delante y con mi maleta golpeé el trasero del pasajero de nuevo. Parecía acostumbrado a aquello, dado que no se dio vuelta ni hizo ningún movimiento. Él también estaba momificado y hundido en alguna historia. Al abrir la mía en mi cabeza buscando al elefante, me fijé en aquel pasajero en medio del gentío presente atónito con la salida del elefante de la maleta. Lo imaginé siendo pisoteado bajo las pezuñas del elefante y pidiendo auxilio. Llevaba puesta una corbata exactamente como la mía, pero yo retrocedí, refunfuñé y me volví, mirando las caras de la gente de la cola. Entró un rayo de sol que ungió las cabezas de los viajeros, como si los bautizada con la luz, y el haz se propagó para llenar por completo la gran sala, propagándose con él una ligera sensación de felicidad sobre mi cara y sobre las caras de los compañeros de aburrimiento.

La luz se coló por las nucas de las mujeres y atravesó las narices y las fosas nasales de los hombres. Me interesé por ella con las sombras de los viajeros en la cola que con la sala abarrotada chocaban entre sí sobre el suelo.  Encajaban unos con otros y se separaban, se acoplaban, se mezclaban con sus extremidades y sus cabezas, elaborando un cuadro en blanco y negro de cuerpos cohesionados entre sí. Sentí estar observando una escena erótica que merecía mi atención. Me di cuenta entonces de que yo no tenía sombra, tampoco esta vez, un fenómeno antiguo que nació conmigo: encontrarse sin sombra en varios sitios. En mi infancia consulté con un psicólogo, escapé de la escuela después de la burla de los alumnos, jugábamos al fútbol porque yo no tenía sombra como ellos. Le dije al médico llorando: ¿¡Qué he hecho en mi vida para merecer estar mutilado de sombra? ¿Acaso las sombras son como las colas de las lagartijas, que podemos perderlas y luego crecen de nuevo? Me entró un ataque de llanto que se desbordó dentro de mi cuerpo. El médico no tomó mis preguntas en serio. Al principio me dio las gracias por acudir a la revisión y admiró mi capacidad, como niño pequeño que era, de conocer la importancia de los exámenes psicológicos. Luego me recetó varias cápsulas, que me tragué después de cada comida. No me echó en el diván ni anotó mis respuestas ni mis libres asociaciones, como sucede en las películas. Solo recuerdo eso. Después de aquello volví a casa y allí me rendí ante mi padre, que me reprendió por llegar tarde.

A veces, mi sombra volvía a mí parcialmente, apareciendo tenue a altas horas del día. Empecé a aceptar mi situación y fingía haberla olvidado, aunque me sacaba de mis casillas ver las sombras de la gente fluctuar detrás de ellos como las trenzas de las niñas. Envidiaba a los jugadores de fútbol pues ellos disfrutaban de cuatro sombras que hacían lo que le gustaba con ellos en el campo verde.

Rememoré mi airado interrogatorio con el médico mientras miraba a lo lejos a los oficiales de los pasaportes y hacía pasar mis pupilas sobre las sombras de la gente, que yacían por sí solas sobre las baldosas de la sala del aeropuerto. Me imaginé a mí mismo recibiendo mi pasaporte sellado con la negativa del oficial y le preguntaba: ¿Está prohibido la entrada en EEUU a los hombres que no tienen sombra?

La cola vaciló tímidamente y se movió cuatro pasos hacia delante. Ahora podía oír los ruidos de los sellos del oficial sobre los pasaportes de la gente. Golpeteaban como martillos en mi cabeza. Me asustaban y me traían a la memoria muchas cosas que me habían sucedido en mi país. Algunos sellos me hacían sentir cómodo, pero otros golpeaban en una zona específica de mi cerebro que caía allá por la glándula del inmigrante, esa glándula que inventé en el avión de Doha a Heathrow, una glándula que se desarrolla en los sesos de los desertores, de los inmigrantes y de los que se van. Pica desde dentro. No es posible llegar a ella. No te es posible rascarla o arañarla con tus dedos porque habita en lo profundo de tu cabeza, concretamente en esa parte reservada a los recuerdos.

Volví al elefante que se encontraba en mi cabeza. Le puse zarcillos de oro y tatué su cuerpo con adornos árabes, hojas, ramas, creaciones hindúes, pequeñas flores azules y rojas sobre su copete. Coloreé sus extremidades con líneas moradas, adquiriendo un aspecto festivo, como si acabara de salir de la jaima del circo. Cuando dejé mi casa de alquiler en Basora hace dos días, el taxista me abrió el maletero del coche y me ayudó a levantar mis tres pesadas maletas. Cortésmente me dijo: ¿Estás seguro de que en esta maleta solo hay libros y ropa? Parece que escondes un elefante en su interior, supuso entre risas.

Las maletas pesaban de verdad, porque me llevé todo lo que necesitaba, como alguien que no fuera a regresar jamás. Volví la cabeza mientras me montaba en el coche, temeroso de que alguien me viera huir sin vuelta al infierno. Eran las tres de la madrugada y decidí salir disfrazado con el manto de aquella oscuridad y esperar en el aeropuerto cinco horas, dado que llegaría demasiado pronto.

En la puerta del aeropuerto internacional de Basora, bajé del coche y le abrí mis maletas al policía. Aún reinaba la oscuridad en el horizonte, por lo que no pude confirmar si mi sombra estaba conmigo.

Al amanecer salí a fumar un pitillo bajo la estatua de Sinbad, en la plaza trasera del aeropuerto de mi ciudad dormida sobre Shat Alarab, y habitada por las leyendas de las mil y una noches, las minas y los tesoros petrolíferos de Aladino. Había algo que me seguía mientras andaba. Lo sentí detrás de mí, saltando con su cabeza como una pértiga entre las ventanas y los arbustos de los pequeños sauces. No me preocupé por ella ni me detuve para girar y buscarla. Noté que mi sombra revoltosa venía detrás. Tal vez no se montara en el taxi conmigo, quizás se entretuvo en mi casa para despedirse de sus cosas, igual se extravió, como de costumbre, para luego tomar la autovía y pasar los controles del ejército montada en los techos de los camiones y autobuses de trabajadores de las empresas de petróleo.

  Puede ser, pero estaba seguro de que era ella. No quise que notara que estaba feliz porque estuviera conmigo. Era orgullosa, arrogante y oportunista. Fingía ser mayor, y expresaba soberbia y desdén por mi compañía. Lo importante es que al final había decidido emigrar conmigo a América. Yo no quería dejarla sola, sufriendo la amargura y las torturas aquí, aunque ella no estaba incluida como nosotros, nosotros los seres humanos, en las trampas, los asesinatos, la contaminación, la corrupción, las injusticias, las amenazas, las persecuciones de los extremistas, el hambre, la miseria, la ausencia de electricidad, de libertades y de motivos de felicidad. No aguardaría como yo cada una de las horas de la noche la mano de asesino que tocara a la puerta o la desencajara. Las sombras no son como nosotros en ese sentido. Mi reproche contra ella era que no se movía, estaba estática cuando me torturaron y me estamparon la cabeza contra las paredes. Sencillamente me observaba repetidamente mientras yo era torturado, mientras me escupían y me arrancaban el cuero cabelludo y machacaban mi tobillo con las ruedas del coche. Aquello fue dos años antes de que consiguiera el visado para entrar en América como profesor visitante de escritura de relatos.

Las sombras son afortunadas porque sus cerebros no se astillan después de la explosión ni se muestran sus partes pudendas cuando caen de bruces tras la detonación de un coche bomba. Las sombras están camufladas porque nadie verá los músculos de sus muslos asados mientras se queman, se funden y menguan. En los hospitales no hay neveras para conservar las sombras de identidad desconocida; las sombras en Iraq se pierden con el estado de ánimo de sus dueños, deciden dejarlos en algún momento, los traicionan, se desentienden y se alejan de ellos.

Una vez, cuando iba montado en el autobús, escuché una conversación fugaz entre dos personas. Uno le preguntaba al otro por un lugar llamado “El zoco de las sombras”. Me acerqué a ellos y me colé en su conversación casi imperceptible:

“Sigue mi consejo: prueba a vender tu sombra enferma y compra una usada”.

“¿Por qué? Mi sombra morirá pronto y el legado se convertirá en parte de mi destino”.

Desperté de los recuerdos aquellos dándome cuenta de que entre el oficial de pasaportes y yo había solo dos hombres. Podía divisar perfectamente los rasgos del primero, el anciano que entregaba su documentación al oficial. Ocurrió deprisa. El oficial abrió el pasaporte por la primera página, le estampó un sello en algún lugar y se lo devolvió a su dueño, quien dio un paso atrás. El oficial le ordenó que se alejara para que dejara sitio al segundo hombre. El anciano moreno y alto obedeció y desapareció entre el alboroto de las colas.

Se fue el hombre y dejó su rostro apagado, prohibido, aplastándose contra las paredes.

Entre el oficial y yo quedaba ahora un hombre con una sola pierna. Ocupó su puesto de un saltito y se plantó delante del oficial. Le entregó sus papeles y su pasaporte y se apoyó con el hombro sobre el cristal de separación. El oficial le preguntó si llevaba comida en el equipaje y el hombre contestó que tenía unas semillas que la gente usaba en su país para cocinar. Su acento revelaba que era del este asiático y su desconcierto indicaba que escondía una manada de elefantes en el bolsillo.

Tak, tak, tak, se estamparon los sellos del oficial sobre su pasaporte cual misil fugaz sobre los tejados de hormigón. Vi entonces la sombra del hombre quebrándose contra la pared mientras él recogía algunos y juntaba los pedazos de su alma, desgarrada por el misil. Se movió. Hablaba consigo mismo antes de detenerse y rendirse a un ataque frenético de llanto. Sus gemidos se perdieron entre el jaleo de los que llegaban, sus estornudos, sus toses y sus risas.

Entre el oficial y yo quedaba ahora una vasta superficie vacía. Debía avanzar y abrir mi pecho al misil.

Giré a derecha e izquierda. Busqué mi sombra agitada. La llamé, ¿dónde estás? Ven, estamos delante de la puerta de la salvación. Esta es nuestra oportunidad de huir del infierno. Ven. Te compraré comida especial para las sombras. Te acariciaré, pero no me abandones. No puedes quedarte retenida en el aeropuerto como un genio.

—Adelante, señor —me gritó el oficial.

Afuera había una nube que puso en penumbra parte de la sala e impidió que luciera el sol. Una mano por detrás me empujó hacia la pecera del oficial. Volví la cabeza para disculparme por la lentitud que se había apoderado de mí, y un pronto magistral de educación se posó en mi persona; en realidad, yo era el campeón de Asia en las disculpas. Me disculpaba sin razón y perdonaba sin motivo. Me contuve y giré la cabeza. Me asunté en cuanto lo vi.

Me sobrevino un temblor antes de poder llegar a decir “lo siento”. El oficial delante de mí gritaba: adelante, adelante, pero la sangre fría paralizó mis movimientos por lo terrorífico de la horripilante escena. ¡Era el elefante empujándome por detrás con su trompa! Pero yo no lo había dibujado con semejante volumen. Era mucho más gigantesco que su copia almacenada en mi imaginación.

Me controlé y dispuse mi ponderación, rindiéndome a la energía positiva que tenía su inocente rostro, a la que hice penetrar en lo más profundo de mí. No moví la pierna ni avancé hasta que sentí que estaba cargado de esperanza y optimismo.

Volví a mi posición, me preparé y decidí dar un paso para presentarme delante del oficial. Me parece que giré una vez más hacia el elefante para recuperar la realidad del mundo que me rodeaba. Me volví de nuevo, de forma momentánea, para espantar al fantasma del elefante detrás de mí.

Pero ahí seguía él, insistiendo en empujarme y destruir la realidad uniforme del mundo circundante.

El oficial abrió mi pasaporte y lo hojeó página a página. Pasó las que estaban vacías y las examinó cuidadosamente junto a otras, mientras me hacía un barrido visual de arriba abajo. Este era el primer pasaporte que yo tenía en mi vida y estaba completamente vacío, a excepción del visado que imprimió en él la embajada americana en Bagdad, un día de calor sofocante y tras unas medidas rutinarias mortales para el cuerpo: espera, sudores, empujones, cacheo y hocicos húmedos de perros olisqueando mis miembros.

¿Debía darme la vuelta para examinar la cara del elefante? No, el oficial no me había dejado tiempo para eso: levantó su mano blanca contaminada de rojo y la dejó caer sobre mi documento. Busqué el ruido que debía emitir como resultado natural, como complemento al guion dramático emocionante del instante que me impedía cruzar la puerta de América, pero el sonido fue imperceptible, ni retumbante ni fuerte.

Fue un misil con silenciador del ruido, de la imagen y del tiempo.

El elefante se escondió detrás de mí y ya no fui capaz de imaginarlo. No había nada que me ayudara a superar aquel instante, salvo los brazos del guardia que me devolvían a la sala de llegadas y me conducían por donde vine. Le dije: “Un momento, por favor, he olvidado mi elefante allí”.

No comprendieron lo que dije y me encontré separado por una pared larga de cristal de Chicago y de la costa de los que llegaban a la tierra de la seguridad.

De lejos, vislumbré mi sombra haciéndome señales desde detrás del cristal. Me saludaba con la mano. Había superado el obstáculo del oficial de pasaportes y cruzó hacia Chicago. Las sombras no tienen boca ni dientes ni voz por las que poder saber si se ríen o sonríen, pero la mía me despidió calurosamente y desapareció. Vi su talle pavoneándose de alegría, apoyándose en el volumen de los que llegaban a “La Ciudad de los Vientos”.

Mi sombra ahora vive en el extranjero. 

Murtada Gzar nació en Kuwait en 1982. Es novelista, cineasta y dibujante. Sus películas de animación han participado en numerosos festivales internaciones y sus trabajos han formado parte del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. Actualmente reside en la ciudad de Seattle done imparte “La escritura cinematográfica” en Hugo House. Entre sus publicaciones se destacan: La escoba del paraíso (2008), El señor más pequeño más grande (2013), Mi hermosa comunidad (2016), y Mientras ella también (2017).

domingo, 7 de junio de 2026

LOS DIABLOS DE LA ZISA

Emanuele Manco

 

Bastaron unos cuantos puñetazos bien dados para hacer hablar al hombre gordo, atado desnudo a una silla.

—Zisa...

El que estaba atado junto a él no había pronunciado palabra. Era mayor, de físico enjuto y nudoso, con el rostro amoratado por los golpes.

En una ciudad de mar había una vez un Castillo. La ciudad se llamaba Panormo, que quería decir «todo puerto», y, a pesar del mar, en verano hacía mucho calor. El Rey quiso que el castillo donde residía durante el verano fuera hermoso y suntuoso, pero también fresco. Las habitaciones estaban llenas de ventanas que dejaban pasar el aire; el jardín que lo rodeaba estaba lleno de fuentes por las que corría cristalina el agua de los numerosos ríos de la ciudad. Y el jardín estaba lleno de plantas y flores perfumadas.

La residencia recibió un antiguo nombre: «Al-Aziza», que en árabe significa «la perfumada».

Ahora todos la llaman la Zisa.

 

25 de agosto de 1982

El automóvil, procedente de la Piazza Principe di Camporeale, había recorrido la Via Guglielmo il Buono. El conductor lo estacionó frente a la entrada de una obra en construcción. Un cercado de chapa ondulada ocultaba a la vista lo que alguna vez habían sido los jardines del Castillo de la Zisa. Un cartel indicaba que allí se estaban llevando a cabo trabajos de restauración. Contenía la información habitual sobre la empresa contratista, el jefe de obra y la fecha prevista de finalización de los trabajos. La obra estaba desierta; por otra parte, también la ciudad estaba semi desierta aquella tarde.

Los dos hombres avanzaron hacia el Castillo, pasando junto a amplios canteros y fuentes. Hacía muchos años que el agua no corría por aquellas fuentes. Los canteros estaban secos y llenos de maleza.

Uno de los dos observó los canteros y pensó que bastarían agua y un poco de trabajo para recuperar el jardín. Podrían crecer flores, pero también algunas hortalizas y una higuera. Pronto llegaría la época de los higos.

Siglos antes, habían sido los normandos quienes disfrutaban de aquel jardín. Fue Guillermo I, llamado «el Malo», quien inició su construcción, que luego completó su hijo Guillermo II, «el Bueno».

Apenas entraron en el vestíbulo del Castillo, una oleada de frescura los envolvió. Los gruesos muros aislaban del calor abrasador, mientras que las numerosas ventanas favorecían la circulación del aire dentro del palacio. En el interior encontraron sacos de cemento, una hormigonera y materiales de desecho. También había algunos andamios montados. La obra estaba desierta. No era un día laborable, y no solo porque fuera una tarde de agosto, aunque fuese miércoles.

La obra estaba detenida. Hacía meses que los obreros no entraban allí. Como siempre, nunca estaba claro por qué ciertas obras cerraban o eran suspendidas de repente. Pero aquello no les interesaba.

Se separaron sin decir una palabra. Exploraron en silencio las habitaciones de la planta baja.

En una sala, Tano vio lo que alguna vez debía de haber sido una fuente. También estaba seca, como todas las demás. Había además materiales de obra y herramientas dejadas al azar. Debajo de un montón de tubos de andamio divisó un bolso rojo.

Llamó a su compañero, que llegó casi de inmediato.

—¿Lo abrimos?

—Claro que sí.

—¡Aquí están los dólares, mira!

Muchos dólares, pero ninguno de los dos se alteró. Habían visto dólares antes. Habían contado montones de ellos.

—Voy a llamar por teléfono. Espera aquí.

El más bajo de los dos salió de la obra. Cruzó nuevamente el jardín abandonado y llegó a la cabina telefónica más cercana.

—Aquí están.

El hombre al otro lado de la línea no dijo una palabra. La habitación donde se encontraba estaba a oscuras. Colgó el teléfono y simplemente levantó una mano.

Ante aquella señal, los dos hombres atados a las sillas fueron degollados.

 

Tano regresó junto a Raffaele.

—¿Qué te dijeron?

—Nada. Ahora los cuento.

Mientras el hombre contaba el dinero, las figuras de un fresco pintado en el intradós del arco de entrada a la sala parecían moverse.

Tano percibió algo; era un muchacho despierto, acostumbrado a escapar y huir con rapidez. Pero no vio a nadie y, en realidad, tampoco oyó ningún ruido.

Levantó la vista. Los diablos pintados permanecieron indiferentes.

Tano volvió a concentrarse en el dinero. Tenía bastante trabajo.

—Novecientos siete mil cuatrocientos cincuenta y siete dólares...

—Tano, ¿estás seguro?

—Sí, Raffaè. ¡Los conté!

—Bien. Para estar seguro los contaré yo también.

Raffaele no estaba menos acostumbrado que Tano a contar fajos de dinero. Dólares o liras, daba igual.

Otro diablo de la pintura pareció agitarse.

Raffaele también miró hacia la bóveda. Las figuras pintadas estaban inmóviles. Algunas eran más pequeñas que otras. Parecían bailar. Era difícil contarlas. ¿Trece? ¿Catorce? Tras un parpadeo le pareció que uno de los diablos había desaparecido. No, estaba allí detrás. ¡Pero qué demonios...! Mejor volver a contar el dinero.

—¿Terminaste? No me gusta estar aquí. Qué lugar tan extraño.

—Tano, cálmate, que termino de contar el dinero.

—Novecientos noventa mil doscientos ochenta y dos dólares. Te equivocaste.

—¿Qué dices, Raffaè? ¿Estás seguro? ¡Presté atención!

—¡Te digo que te equivocaste!

Tano y Raffaele cruzaron las miradas.

Fue Raffaele quien rompió el incómodo silencio.

—Cuéntalos de nuevo si no confías.

—Contémoslos los dos. Será mejor.

Y lentamente comenzaron a contar el dinero, sacando los fajos del bolso y apilándolos a un lado.

Una ráfaga de viento los distrajo. Tano atrapó al vuelo algunos billetes sin banda antes de que salieran volando.

—Qué corriente de aire tan desagradable. Raffaè, contémoslos en otro sitio.

La corriente cerró la puerta frente a ellos.

Desde la habitación contigua llegó un fuerte ruido de chapas metálicas.

—¡Pero qué demonios...!

Raffaele se puso de pie, interrumpiendo el conteo.

Apoyó la mano en la puerta: ofrecía resistencia al abrirse.

—¿Qué hiciste, Tano?

—¿Yo? ¡Fue el viento! ¡Vamos, ábrela!

—Apurémonos. ¡Terminemos de contar primero!

Raffaele sacó la pistola y apuntó hacia Tano.

—Exagerado. Tranquilo. Sigamos contando.

Reanudaron la operación. Con más rapidez.

—Novecientos ochenta mil trescientos cincuenta y siete dólares.

—¡Qué fastidio! ¿Sabes qué te digo, Raffaè? Llevemos el dinero al jefe y que él se encargue.

—Eres tú quien quiere engañarme, Tano.

Sacaron las pistolas al mismo tiempo, pero no dispararon.

—¡Raffaè, qué demonios haces! ¡Yo no tomé el dinero, créeme!

—¡Muéstrame los bolsillos, desgraciado!

—Raffaè, cálmate. Te estás equivocando.

—No, eres tú quien se equivoca. ¡Quieres quedarte con los dólares del jefe!

—¿Pero qué estás diciendo...?

—Muéstrame los bolsillos.

—¡Desgraciado tú y toda tu familia! ¡No te mostraré nada!

Ninguno de los dos vaciló. Ninguno apartó la mirada del otro.

Una ráfaga de viento sacudió la puerta. Algunos billetes salieron volando.

Los dos permanecieron inmóviles, observándose.

No pudieron evitar mirar por encima de ellos. Los diablos parecían haberse desplazado. Volvieron a mirarse. Miraron otra vez hacia arriba. No, no podía ser. Los diablos no se estaban moviendo; eran tonterías.

—¡Raffaè, vamos! ¡Yo no tomé el dinero! ¿Viste los diablos de ahí arriba?

—¿Qué pasa? ¿Fueron ellos los que robaron el dinero? ¡No digas tonterías, Tano!

Se movió apenas, y ese fue su error.

 

El fiscal observó sucesivamente al comisario y al médico forense, asintiendo.

—Esperaremos los resultados de las autopsias y de los peritajes balísticos para una confirmación adicional, pero la dinámica está clara. Estos dos se mataron mutuamente por el dinero.

Los tres no dijeron nada más. El joven agente de custodia, siguiendo al magistrado, levantó la vista hacia el techo.

Por un instante le pareció que uno de los diablos pintados en la bóveda le guiñaba un ojo. Parpadeó. ¿Pero qué...?

El diablo estaba inmóvil.

Como debe estarlo una pintura.

 

El Castillo fue construido en tiempos de los paganos, y allí se guardaban los tesoros del Rey. En la entrada de la Zisa hay pintados unos diablos. Quien vaya a observarlos el día de la fiesta de la Anunciación (25 de marzo) verá que mueven la cola, tuercen la boca y nunca se los termina de contar. Algunos dicen que son trece, otros quince, otros más.

Son diablos y, precisamente por eso, nunca se dejan contar. Tampoco se sabe cuántas son las monedas, y nadie ha conseguido jamás apoderarse de ellas. Pero quizá algún día alguien logre romper el encantamiento y entonces terminará toda la miseria de Palermo.

Por eso, cuando algo no puede saberse con exactitud, se dice:

—¿Y qué son los diablos de la Zisa?

Emanuele Manco nació en Palermo, Sicilia, Italia, el 10 de mayo de 1968. Es periodista y escritor aunque se licenció en matemáticas, lo que permite compaginar el trabajo como consultor informático con sus otras pasiones. Dirige la revista online Fantasy Magazine y colabora con otras revistas publicadas por la asociación cultural Delos Books, como Fantascienza.com, Robot, Delos Science Fiction y ThrillerMagazine, así como con NeXT station , Carmilla y Tom's Hardware Italia. Para Delos Digital edita las series Odissea Digital Fantasy y Urban Fantasy Heroes. Entre sus obras publicadas deben mencionarse Los demonios de Pandora (2014), Diez consejos para escribir ciencia ficción (2019), Matemáticas para nerds, Cien autores (2020) y El enemigo (2021). Actualmente reside en Milán.

 

SUCEDIÓ RÁPIDO

Marta Markoska

 

—Compramos este coche a las apuradas. No pensamos lo suficiente en el asunto.

—Y en cuanto a nosotros, después de habernos dado tanto tiempo, veo que las cosas terminaron como tenían que terminar. Estuvimos juntos diez años enteros, y más. No nos apresuramos en nada. Sopesamos las cosas larga y cuidadosamente, equilibramos la balanza y, aun así, las cosas no resultaron según nuestros cálculos.

Él reflexionó un momento sobre aquello. Evidentemente, no le gustaba lo que Karen había dicho acerca de ellos dos. Sin embargo, cuando una persona empieza a cavilar, eso suele constituir una buena base para una valoración más profunda y exhaustiva de las experiencias pasadas.

—De todos modos —dijo—, eso solo se aplica a las cosas, no a las personas. Las personas son seres racionales y saben cómo arreglar lo que funciona mal entre ellas. En cambio, no todo el mundo es mecánico como para saber reparar los daños que un propietario anterior le haya causado a un coche.

—Ah, o sea que piensas que las personas nacen siendo psicólogos y psiquiatras, que pueden ayudarse a sí mismas y a quienes las rodean en cualquier situación de la vida, y reparar los daños previos que alguien más les haya causado.

—¿Por qué me provocas con estas preguntas insistentes? ¿Y a qué daños previos te estás refiriendo?

Karen nunca le había dicho a Pete que se sintiera dañada. De hecho, jamás se había sentido así antes. Aquel pensamiento repentino hizo que primero le hormigueara la piel y, de manera inesperada, que sus pezones se endurecieran. Después recorrió sus venas hasta terminar en el dedo gordo de su pie derecho. Pero ¿por qué, precisamente en ese momento, había acudido a ella una idea semejante, como una golondrina en pleno invierno siberiano? Habría preferido que hubiera sido el ángel guardián de sus fantasías eróticas, fantasías que hacía mucho tiempo que ya no tenía con Pete.

—Karen-ina, no pongas tanta angustia y dramatismo en nuestra relación. Voy a terminar pensando que me amas demasiado. Me estás negando el privilegio de ser quien ama más en la pareja.

—Mi Pete-bull, por favor, no te atribuyas epítetos inmerecidos que solo Dios y yo sabemos muy bien que no mereces. Aunque parece que mi karma siempre me conduce hacia hombres que quieren salvarme de mí misma para sentirse héroes. ¡El amor no es un campo de batalla, Pete-bull!

La golondrina de Karen, con forma de pensamiento sobre los daños previos que le habían causado, vuelve a emprender el vuelo. Esta vez planea muy bajo sobre su frente. Frunce el rostro, cierra los ojos con fuerza y grita en un acceso de ira capaz de congelar al propio Cronos en el tiempo, de obligar a Einstein a retirar su teoría de la curvatura del espacio-tiempo y de forzar a Tesla a aceptar la teoría de la relatividad.

—Karen, no frunzas el ceño. Le estás añadiendo años a tu rostro angelical.

—Pete, por favor, frunce el ceño tú, así podrás añadirle años a esa cara tuya tan lisa como el trasero de un bebé y que jamás consigo tomar en serio.

—Karen, te estás volviendo ofensiva.

—Pete, por favor, vuélvete ofensivo para que pueda sentir que somos una pareja.

—Karen, no me lleves demasiado lejos o me obligarás a hacer algo mucho peor.

—Pete, te lo suplico, oblígate a hacer algo mucho peor. Veamos si tienes el coraje.

Las almohadas volaron por el aire, los cuchillos y los tenedores fueron a parar a los rincones de la habitación, las sillas desafiaron la gravedad, los zapatos treparon hasta los lugares más inaccesibles, los platos fueron servidos en el aire y las tazas, sin posos de café, predijeron su futuro...

 

Traducción al inglés de Paul Filev

Marta Markoska (1981, Skopje, Macedonia del Norte) se graduó en el Departamento de Literatura Comparada de la Facultad de Filología “Blaze Koneski” de Skopje y obtuvo su maestría en Estudios Culturales Interdisciplinarios en Literatura en el Instituto de Literatura Macedonia de Skopje. Es escritora, poeta y magister macedonia reconocida por su obra literaria, destacando la publicación de su colección de poemas Headfirst Toward the Heights en Skopje en 2013. Su trabajo refleja una profunda conexión con la identidad femenina, la belleza y la salud desde una perspectiva cultural y existencial. Miembro del Instituto de Literatura Macedonia, ha ganado atención académica y artística por su voz poética auténtica y contemplativa. Su influencia trasciende el ámbito literario, abarcando temas sociales y filosóficos en el contexto macedonio.

 

TREGUA EN UN SILBIDO

Maritza Macías Mosquera


No podían creer lo que escuchaban. Cruzaron sus miradas de ojos sucios, llenas de asombro y de intriga. Varias lágrimas bajaban lentas, resbalosas, reposadas, como abriéndose paso entre la mugre, el sudor y la desesperanza de aquellos rostros cansados, somnolientos y frustrados.

La guerra llegaba a su fin. Lo que quedaba de lo que en otro momento fuera una de las ciudades más modernas del lado noroccidental del planeta –ese que se sabía con el poderío y el apoyo del resto de los poderosos– hoy apenas daba para un menguado concepto: ruinas.

El último bombardeo "enemigo" dejó como paisaje la destrucción de los más altos rascacielos jamás vistos en otro país del mundo. Pero la soberbia de detentar el poder creó en esas mentes gobernantes la ambición de poseer potestad sobre otros países que les podían llegar a "hacer sombra". El progreso debía llegar a todos, pero controlado, eso sí.

Lo que sospechaban, aunque no lograron dimensionar, fue la cantidad, calidad y tecnología de las armas de sus atacados y, claro, de que se defenderían. Las bombas, de alto poder destructivo, enviadas a través de drones nocturnos con luces infrarrojas, los dejaban en la más absoluta perplejidad e indefensión. Al principio respondían con ráfagas de metralla a cada ataque, pero pronto debieron desistir. No era una estrategia provechosa para ellos; sí para sus 'rivales', ya que facilitaban sus ubicaciones con la luz de la metralla. Heridos y muertos por cientos en aquellas noches interminables que, con la luz del alba, dejaban ver también la destrucción de los lugares, sistemática y estratégicamente atacados.

El paisaje hablaba por sí solo, aunque, en realidad, lo más triste de esta historia –porque las guerras han sido historia a través del tiempo, casi siempre con las mismas intenciones y excusas: crear un enemigo y poder utilizar y comerciar las armas creadas–, como siempre, eran las personas que enviaban al frente. Militares y civiles que no inventaban ni las armas ni las guerras, pero estaban allí, obedeciendo las leyes de sus países, defendiéndose y atacando a otras personas que no conocían, que no eran sus enemigas y que, igual que ellas, “debían” poner su empeño, su esfuerzo, sus cuerpos y, finalmente, sus vidas al servicio de su patria.

Patria, esa palabra que viene de padre, porque si fuese matria, muchas de esas guerras no se hubiesen vivido, la historia sería distinta, tal vez porque las madres traen la vida y, la valoración de ella, es superior a cualquier otro interés o intención que los hombres no alcanzan y tal vez ya no tendrían tiempo ni oportunidad de comprobar.

 

El sonido leve de las cuerdas de un violín fue subiendo su volumen al mismo tiempo que la intensidad y la fuerza de la interpretación, y sacó a los soldados sobrevivientes de sus trincheras, de las sombras y escondrijos improvisados. Algunos apuntando con sus armas hacia donde provenía el sonido. Fue un espectáculo sui géneris: en medio de la destrucción y la devastación observable. Una melodía tan sutil, tan armónica, tan ad hoc: Bach, sí, Chaconne…

Soldados de todos los países 'aliados' debieron alistarse en apoyo y por acuerdos internacionales e ir en defensa de los atacadores, que creaban guerras contra distintos países para desviar las críticas por sus escándalos sociales, sexuales, abusos y un sinfín de atrocidades que debían acallar y que, de paso, aprovechaban de apoderarse de los recursos naturales de los vencidos sin ningún cuestionamiento.

Negocio redondo, legal y aprobado.

 

Annalena tocaba para su amado; creía que, si aún estaba vivo, sabría que el mensaje era para él. Esperaba que apareciera con su flauta traversa, cual Hamelin, aunque sin ratones, en medio de la destrucción y el espanto. Pero eso no ocurrió, ningún soldado hizo otra cosa que asomarse y escuchar impávido el sonido envolvente y mágico emitido por su instrumento. Ella tocaba, inmersa en sus recuerdos. Solo deseaba encontrarlo.


Nacida en Austria, cuna de músicos y artistas variopintos, su vida había transcurrido apacible, abierta y artística. Su padre la había iniciado en el arte de los sonidos, jugando a hacer sonar vasos con distintas cantidades de agua. Aprendió temprano a reconocer notas musicales y a diferenciarlas entre graves y agudas. Luego, a iniciar escalas en distintas notas, a crear sus arpegios y así, avanzó en lo que sería su futuro y el camino para encontrar su alma gemela: Abner, un joven alemán, también músico.

Se conocieron postulando a la Orquesta Filarmónica de Viena, la Wiener Philharmoniker. Ambos muy jóvenes, nerviosos y expectantes. Se presentaron al llamado de la filarmónica, para reserva de destacados y reconocidos integrantes que, ya por edad, ya por enfermedades, se ausentaban de dicha agrupación musical. Conversaron, afinaron sus instrumentos. Cada uno dio su examen por separado, difícil prueba.

—Toca un trozo del concierto para violín de Serenade —solicitó el examinador encargado.

Annalena susurró –Schubert– y cerró los ojos, aspiró mucho aire y comenzó a tocar. Su padre no salía de su cabeza y las notas de los vasos con agua bailaban en su violín. Tan concentrada estaba que no escuchó la orden. 

—Está bien con eso, gracias —determinó el examinador.

Pero ella continuó ciega y sorda: embelesada.

—Annalena, está bien con eso —repitió.

—¡Ah! Disculpe —dijo nerviosa, sintiendo cómo los colores subían a su confundida cara. Salió del salón y allí estaba Abner, ansioso.

—¿Cómo te fue? —le preguntó.

Su entusiasmo quedó en la nebulosa ya que, mientras ella le respondía, escuchó al unísono su nombre. 

—No lo sé… 

—¡Abner Weber! —llamó el examinador.

El violín sonaba con toda la delicadeza, sin prisa, sin calma, templado. A veces un susurro, otras, la fuerza. Los movimientos de aquel delgado cuerpo parecían no pertenecerle. ¿Cómo se explicaba aquella exactitud, aquella fortaleza, aquella pasión desenfrenada y aquella ejecución magistral, en medio de tanta desgarradora desgracia y en un cuerpo tan delgado, con un rostro tan sufrido, tan cansado y que, a pesar de ello, su belleza era innegable?

Ellos aparecían desde distintos flancos, algunos se hacían visibles, aunque la mayoría prefería las tinieblas; el miedo no era fácil de vencer. Aun después de terminada la guerra, muchos sufrían el postrauma: las secuelas eran pesadillas, paranoia, crisis de pánico, delirios…

Escuchaban extasiados desde sus escondites y ubicaciones. Al principio, y luego del estupor, un tanto desconfiados, se relajaban, dejándose llevar por el silbido prodigioso de aquel violín. Ella, inspirada dentro de su desolación, entregada al momento, con los ojos cerrados y su cuerpo bamboleándose junto a su instrumento: tocaba. Como si al juntar los párpados aquel desastre no existiera, ni la muerte oliera como olía, ni los gemidos se oyeran como se oían. Ella, sola con su única compañía: su violín.

El tiempo se detuvo, se acallaron las metrallas. Todo se transformó con aquella melodía. También los combatientes vivieron, aquel instante, llenos de emociones contradictorias, de preguntas sin respuestas, de ánimos de regresar a un hogar ya inexistente. Esas eran las elucubraciones generales. El éxtasis no les permitió escuchar el otro silbido. Una bala atravesó aquel frágil cuerpo que cayó junto a su violín, regresando a la realidad a ambos bandos.

La tregua de un silbido armonioso y musical se había acabado tras un silbido traidor.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.


sábado, 6 de junio de 2026

ESTRELLA

Gustavo Rosa

 

Cuando cumplí los treinta, dejé de esperar milagros. No los divinos, que jamás me tentaron, sino los mundanos, que prometen una efectiva ilusión de felicidad. Ésos que se me ofrecían a cada paso cuando ingresé a la Academia de Detectives, empezaron a esquivarme después de recibir el diploma. Nada de amor y poca plata. Dosis mezquinas de sexo dominguero y algunos casos rutinarios que no engrosaban mi billetera.

A comienzos de los ochenta las cosas pintaban mal. Los milicos hicieron el principal aporte. Como el monopolio del espionaje les pertenecía –entre otras cosas-, no dejaban lugar para un investigador privado. No tuve más remedio que aceptar el puesto de seguridad en un local nocturno que pretendía homenajear a los pintorescos cabarets de Pichincha.

El bar estaba instalado en un galpón rectangular sobre la calle Ricchieri, a treinta metros del túnel Escalada. La pared del frente era de cemento rústico en color amarillo veteado con una puerta de una sola hoja pintada de negro. En la parte superior tenía tres ventanas cuadradas con vidrios espejados. Lo más sobresaliente eran las letras formadas con bananas de metal que parecían bailar sobre una línea imaginaria. El nombre –“Banana Bar”- no podía estar escrito de otra manera. El ingreso consistía en un cuadrado con el guardarropa a la derecha, en la pared opuesta, posters con fotos de mujeres provocativas y unas cortinas al frente. De ahí se pasaba al salón rectangular con la barra a la izquierda y las mesas cuadradas con manteles amarillos. En la pared del fondo, aparecía el escenario como el centro de atención que daba sentido a todo.

Las penumbras recibían al público no para ahorrar electricidad, sino para imitar el criterio estético de los antros a los que asistía el dueño en su juventud. La luz tenue convertía el humo de los cigarrillos en fantasmas que flotaban sobre las mesas. “El ambiente sórdido aporta anonimato a los clientes”, me explicó al contratarme. Años atrás, el lugar funcionaba como prostíbulo para los pueblerinos que descendían del tren en Rosario Norte. “Los tiempos cambian y nosotros también”, me dijo al mostrar el resultado de las refacciones. “Las chicas no son como las que se ofrecen en la calle, sino artistas que seducen al ritmo de la música”, explicó.

La nueva etapa del “Banana Bar” requería un equipo de seis agentes ubicados en lugares estratégicos para evitar el descontrol, algo que jamás podría ocurrir. A pesar de la sensualidad con que bailaban, las chicas apenas recibían aplausos y piropos de un público en edad de alimentar palomas en una plaza. Ninguno de los asistentes se atrevía a caminar hasta el escenario para toquetear a las bailarinas por temor a una fractura de cadera. La artrosis y el riesgo de perder la dentadura postiza desalentaba cualquier pelea.

Ante una concurrencia tan tranquila, debíamos distraernos con el show barato ofrecido en ese ámbito decadente. De martes a jueves, el presupuesto del jefe alcanzaba para contratar a las bailarinas del barrio que, aunque poco agraciadas, conformaban a los veteranos menos exigentes. Los viernes y los sábados, prefería a las del centro, “caras, pero más atractivas para un público viril”, confesaba con orgullo. En mis primeras dos semanas de trabajo no pude encontrar diferencias etarias entre unos y otros. Tanto en las que desplegaban sus danzas sobre el escenario como en los que las recibían. La reapertura del “Banana Bar” me resultaba menos excitante que una misa dominical. Una carrera de caracoles hubiera incrementado más mi adrenalina.        

 

El tercer sábado me llevé una sorpresa. Algo me había anticipado el jefe sin muchos detalles. “Un número de los gordos, anunció con entusiasmo, pero no le digo más por cábala”. A la mañana colgaron un cartel en la fachada con la foto de una bailarina demasiado bella para un lugar así. “Hoy a las 23, Estrella Paz, la diva del Tropicana Club”, decía. Antes de esa hora, el local ya estaba colmado de jóvenes atraídos por la novedad. Los bailes de relleno fueron incrementando la impaciencia. Los clientes habituales, ubicados en las mesas laterales, se sentían intimidados por los treintañeros que entraban por primera vez. El “Banana Club” nunca había tenido espectadores de pie. 

Media hora después de las once, la música comenzó a acallarse. Las luces tenues se apagaron y el salón quedó iluminado por las velas de las mesas. En silencio, todos miraban hacia el escenario. Una sombra surgió de la cortina del fondo y caminó hacia el centro. Una suave melodía de piano acompañaba los pasos sigilosos y elegantes. La silueta giró a la derecha para recibir una silla que un utilero había acercado. Al momento de sentarse de espalda al público, una luz violácea la iluminó desde el techo. La cabellera rojiza que se derramaba hasta la cintura despertó un suspiro colectivo. Los brazos cobraron movimiento cuando el piano aceleró el ritmo. El cabello empezó a pendular con el sonido creciente de un saxo. La irrupción de los platillos despertó el aplauso del público. La chica, vestida de negro con un pantalón ceñido y una camisa amplia, se puso de pie. El murmullo en sordina sacudió el salón. Sin volverse, Estrella empezó a cantar. La voz aceleró mi corazón como nunca. La luz cenital se hizo más intensa y ella, por fin, miró al público. Apoyada en el respaldo de la silla, empezó a moverse con suavidad. El baile era sutil, pero conseguía cautivarnos.

El salón quedó a oscuras al terminar la canción. Todos la ovacionamos. La luz cenital nos silenció de golpe. Estrella, de pie y sonriente, agradecía con los brazos abiertos. La silla ya no estaba. Desabrochó la camisa hasta dejar a la vista el inicio del pecho. Algunos pidieron que se la sacase, pero ella negó con una sonrisa. En las siguientes canciones, Estrella Paz mostró todo sin quitarse nada. Cuando estábamos al borde del delirio, anunció “una pausa para aliviar tanto ardor”. “Y tomen lo que quieran –dijo mientras se dirigía hacia un costado del escenario- sus billeteras invitan”. Aunque no era un buen chiste, nos reímos. El escenario quedó a oscuras y volvieron las luces del salón.

Los asistentes se apuraban a ir al baño o a pedir un trago en la barra. Yo me quedé sentado, fumando. La muchacha me había impactado. Tomé los últimos sorbos de la copa. Mis ojos estaban fijos en el lugar que había ocupado Estrella Paz. Un camarero vino para entregarme un papel doblado.  Con letra apretada y tinta roja, decía: “Necesito un detective. Venga a mi camerino. Estrella”.

El camarero me guio por un pasillo oscuro y me indicó la puerta. Di dos golpes y escuché la voz que me invitaba a entrar. Lo único que le podía dar la calificación de camerino al cuarto de dos por dos era el espejo con cómoda rodeado de luces. Estrella Paz limpiaba su cara con un algodón húmedo y clavó los ojos en mi reflejo. “Buenas noches, Gerardo”, dijo, “perdoná que te reciba así”. La desnudez del calzón no me sorprendió tanto como el uso de mi nombre. No porque lo supiera, sino por la forma en que lo pronunció. No estaba dirigido a cualquier Gerardo, sino al nombre que había cargado toda mi vida, al que había aportado tanto de mí para que fuera diferente a los demás ‘Gerardos’.

Entonces miré con más atención los hombros y los brazos y me detuve en los ojos que me miraban desde el espejo. Ese azul oscuro enmarcado con delineador me transportó a mis diez años, cuando mis padres me anotaron en una nueva escuela. Mi primer día fue en otoño, un mes después de empezadas las clases. La directora me llevó al salón para presentarme a los futuros compañeros. Parado junto a ella, delante de un montón de chicas y chicos que me miraban como a un insecto extraterrestre, quise desmayarme. Entre tantas cabezas hostiles y desconfiadas, hallé una que me observaba con simpatía. Entonces, gracias a esa mirada de ojos azules, no me desmayé. En el recreo nos acercamos y fue una amistad a primera vista. Fuimos inseparables. Yo brindaba protección ante la burla de los demás y recibía ayuda en mis deberes. Los sábados íbamos al cine, al parque, al río. Creíamos en la amistad para toda la vida hasta que a mediados de la secundaria la perdimos.

—¿Ju-Juancho? —le pregunté a Estrella.

—Sin el ‘Ju’ del principio —bromeó.

—Perdón, pero ahora sos…

—Estrella, sin dejar de ser Juancho —me dijo girando la silla—. Cuando estaba cantando te vi. Recién en la tercera canción, pude reconocerte. Y eso que estás bastante cambiado. 

—Vos me ganás.

Estrella se acercó a mí. “Tan chistoso como te recuerdo”, me dijo con un abrazo intenso. Mi oreja, apoyada en el pecho, escuchó el galopar del corazón. El calor de su piel me provocó un temblor. Mi muslo sintió el suyo. Entre sus piernas, aún quedaba mucho de Juancho. A los quince años lo había perdido y a los treinta me encontré con ella.   

—¿Esto es un reencuentro o un caso? —pregunté con mis labios rozando su piel.

—Las dos cosas —dijo con dulzura—. Tengo que volver al escenario —y puso fin al abrazo.

—Claro, el show es más importante. Tuve intenciones de besarla, pero Juancho había crecido tanto que Estrella me llevaba una cabeza.

—Tontito. Esto es más importante. —Se bajó de sus tacos y estuvimos más parejos para besarnos—. El caso es el reencuentro.

—Si es así, te hago una tarifa especial.

—No esperaba menos de vos —dijo con una sonrisa.

Ella volvió frente al espejo y yo le tiré un beso desde la puerta.

 

Otra vez en mi mesa, estaba ansioso por volver a verla. “Nos tenemos que poner al día”, me había dicho, concentrada en el maquillaje. “¿Para recuperar algo?”, le pregunté desde el pasillo. “Como primer paso, sí”, me contestó con la voz de Juancho y la sonrisa de Estrella. La posibilidad de otros pasos alborotó mi sangre.

Cuando estuvo otra vez en el escenario, la vi más luminosa. También vi a Juancho, tan amigo como antes. Los dos estuvieron ahí. Al empezar la música, Estrella me tiró un beso. Yo levanté mi copa y ella simuló un brindis. Esa noche no tuve más remedio que creer en la existencia de los milagros, aún después de los treinta.

Gustavo Rosa es periodista, Licenciado en Letras, Licenciado en Filosofía. Profesor de secundario y terciario en materias relacionadas con lengua y comunicación. En los últimos años, vicedirector del ISET XVIII de Rosario. Escritor desde muy joven, me han publicado cuentos en revistas nacionales y españolas. También he recibido una mención de honor por la novela “Al final del capítulo” en el concurso del diario La Nación en noviembre de 2002. Recientemente, uno de mis cuentos, La danza de los bellos, fue seleccionado para ser publicado en la revista mexicana Gambito de papel.

TIERRA ROJA

Mehreen Ahmed

 

A diferencia de mi planeta Tierra, esta es una tierra nueva y hostil. La luz exuberante del sol quema la piel hasta provocar cáncer; los árboles son desolados, oscuros y espinosos, hermosos como dedos de pianista; los veranos son ventosos, secos y húmedos al mismo tiempo. Hay vastos campos rojos y polvorientos donde la lluvia cae rara vez. Salvo el musgo, no crece gran cosa en estas condiciones inhóspitas, que engendran seres más resistentes y duros.

Sin embargo, apenas somos un puñado sobre esta tierra roja y estéril. A menos que haya otros bajo la superficie. Estoy segura... aunque no del todo. No sé dónde están. No veo a nadie a mi alrededor. Quizá se encuentren en otro lugar, sanos y salvos. Simplemente no sé dónde. ¿Cuál es mi domicilio en este planeta, después de todo? Tampoco lo sé.

Acepté transportarme aquí porque la idea sonaba prometedora y locamente aventurera: un planeta nuevo, perfecto para criar hijos.

No hay trabajo en esta tierra nueva. El desempleo es más alto que nunca. Los rechazos se acumulan sobre mi escritorio, cada vez más pesados, cubiertos por cientos y miles de telarañas entrecruzadas sobre montones de cartas. La inflación toca fondo mientras los empleos son cada vez más escasos y difíciles de encontrar.

Ese era el estado de las cosas cuando llegué aquí hace nueve días, con un niño en brazos y todo el tiempo del mundo por delante.

Una tarde tormentosa, nubes grises se ciernen sobre cada árbol desnudo y sobre unas pocas chozas puntiagudas. Regreso de buscar trabajo, agotada por todo ello: las largas caminatas y las puertas cerradas. Vuelvo a casa, bajo uno de esos árboles, este árbol austero, donde algunas hojas caídas descansan debajo y donde nosotros nos refugiamos.

Cubro a mi bebé con una manta raída y peluda. Lo protejo de fuerzas mucho mayores que nosotros: de los caprichos de los vastos océanos, de los cielos interminables, de la ferocidad del viento. Respiro y lucho por arropar a mi pequeño.

Las raíces de este árbol se retuercen en profundos nudos que penetran la tierra roja y absorben jugos nutritivos. Este árbol vacío es nuestro hogar. Solo sus ramas desnudas crecen sobre nuestras cabezas, y entre ellas sangra una luna creciente.

El bebé se despierta. Llora de frío y de hambre.

La luna se acerca. Brilla y centellea hasta que el bebé vuelve a quedarse dormido.

Por la mañana, yo sigo roncando, pero el bebé ya está despierto y sonríe. La tormenta furiosa ha pasado. El sol vuelve a derramarse sobre el paisaje.

Me levanto.

Camino otra vez en este nuevo día.

Las hojas secas crujen bajo mis pies descalzos mientras oropéndolas doradas, sin plumas visibles, revolotean y juegan sobre nosotros.

—¿De dónde vienen? —me pregunto.

Contra viento y marea, se abre un sendero para que el bebé crezca. Exploro trabajos difíciles, compatibles con los mandatos ineludibles de la vida. Existen reglas que no siempre se oponen entre sí; algunas son bastante salvajes.

Cuando la desesperación finalmente da frutos bajo este árbol moribundo —que también nos da refugio—, forja el carácter, me arma de fortaleza y mantiene viva la esperanza.

Aún no hemos salido del bosque. Este viaje es largo y está plagado de poderosas resistencias.

Un enorme árbol rojo brota a través de una tumba y obtiene su sustento de los muertos.

Mehreen Ahmed es una novelista australiana nacida en Bangladesh. Sus novelas han sido aclamadas y reconocidas por Midwest Book Review: «Una novela hábilmente escrita y consistentemente entretenida, "El Pacifista" revela el excepcional talento narrativo de la autora australiana Mehreen Ahmed y sus personajes memorables. Original, cautivadora y escrita con maestría de principio a fin, "El Pacifista" es altamente recomendable». También es una de las obras recomendadas por el editor de Drunken Druid. Ha escrito once libros y más de cuatrocientos relatos cortos. Sus libros y relatos cortos han ganado prestigiosos premios y concursos. Algunos de ellos han sido traducidos al griego, alemán y bengalí.

 

MOMENTOS

Voicu Dașcău

 

1.
Una persona de la generación alfa camina tranquilamente por la calle. Alguien, aprovechando el momento oportuno, sin testigos, cámaras, policía y con la penumbra como aliada, secuestra a esa persona y la lleva a una habitación sin ninguna posibilidad de comunicación con el exterior, donde la encierra, pero no sin antes decirle que puede marcharse cuando quiera, con la condición de llamar a cierta persona a cierta hora del día.

En la habitación hay: un reloj de pared clásico, con agujas, una guía telefónica y un teléfono de disco.

 

2.
Estás en piloto automático y el automóvil tiene el control total. Ese enorme camión que tienes delante se acerca demasiado rápido para tu tranquilidad y tu gusto, y el coche no da señales de reducir la velocidad ni de cambiar de carril. Intentas desesperadamente pasar al control manual, y la última imagen que ves antes de estrellarte contra la barra de protección en la que se lee «¿Cómo conduzco?» y «Si puedes leer esto, estás demasiado cerca», es el software congelado al 37 % de la actualización más reciente; un eventual reinicio tardaría varios minutos.

 

3.
Gran agitación en el pasillo de urgencias. Un paciente encontrado inconsciente en la calle y llevado rápidamente por transeúntes, porque eso tardaba menos que esperar a las ambulancias sobrecargadas. Lo conectan al electrocardiograma y aparece una línea isoeléctrica. Después de que el jefe del equipo grita que es asistolia, se pone inmediatamente en funcionamiento el desfibrilador.

Justo cuando están a punto de intentar la descarga eléctrica, con la esperanza de que el paciente tenga suerte, el aparato da señales de apagarse y la pantalla comienza a reproducir entre tres y cuatro minutos de anuncios imposibles de evitar o siquiera saltar después de cinco segundos, porque el hospital no había tenido el dinero necesario para pagar la suscripción prémium del equipo adquirido.

 

4.
Los oyes entrar en la casa. Toda tu familia está aquí por las fiestas. Ves sus pasamontañas y sus armas. Corres rápidamente hacia el armario de armas, ya que estás bien instruido y entrenado en su manejo. Eres rápido y no te tiembla la mano en situaciones como esta, y ellos no son más que dos idiotas que entraron en tu casa y se metieron con la persona equivocada.

Lo último que ves antes de que una de sus balas te atraviese la nuca es el armario inteligente para armas, que te pide identificar todas las imágenes con pasos de peatones para poder abrirse, después de que ya habías encontrado correctamente los semáforos en el paso anterior.

 

5.
Qué buena fiesta. Y qué bueno el vino. Sabían bien por qué no habían ido en coche. Demasiado bueno el vino. Espera, ¿es un terremoto? Nooo, solo vino demasiado bueno. Y demasiado abundante, además de bebido demasiado rápido. Nunca antes se habían sentido tan mareados.

Después de encontrar el pretexto adecuado, se abrigan y llaman un taxi, conscientes de que ya deberían irse a dormir. Se detienen frente a su casa, aliviados.

Por la mañana, los vecinos, horrorizados, encuentran muertos frente a la puerta a los dos jóvenes recién casados. Al llegar, con la cabeza dándoles vueltas, habían introducido tres veces de forma incorrecta la compleja contraseña que habían elegido y luego sucumbieron al frío intenso y al alcohol.

 

6.
Los bomberos hacían todo lo posible, pero las llamas eran enormes y el riesgo para las casas vecinas, inmenso. La explosión había despertado a casi todo el barrio, pero todos los servicios de emergencia llamados al lugar no pudieron hacer más que constatar la muerte de la propietaria y el gigantesco incendio.

¿Qué había ocurrido? Pues todos los aparatos de la casa eran inteligentes. Y algún chico habilidoso, quién sabe desde dónde, había abierto el gas de la cocina después de vulnerar la red, probablemente convencido de que estaba haciendo una broma divertida.

 

7.
Bajo una lluvia torrencial, ella hacía lo mismo que había hecho todos los días a esa hora durante los últimos seis años: buscar algo de comer y de beber en los contenedores de basura, cubierta por una lona mugrienta y temblando de frío. Ya ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que se había lavado, pero a quienes vivían en las alcantarillas junto a ella, con quienes compartía los días y las noches, no les importaba.

La habían arrestado varias veces, pero ahora los policías ya no podían acercarse a ella sin vomitar.

¿Seis años, dije? Sí. Eso era lo que había pasado desde el accidente en el que perdió el dedo índice y el dedo medio de la mano derecha. Y como toda su vida y su existencia de clase media acomodada estaban certificadas y almacenadas mediante la huella de su dedo índice, ella había dejado de existir para la sociedad.

 

8.
La escuadrilla de helicópteros sobrevolaba la zona neutral sin incidentes ni problemas. Era un vuelo rutinario, más de entrenamiento para los recién llegados y de comprobación del equipo. El comandante estaba a punto de dar la orden de regresar, pues ya se encontraban muy cerca del límite establecido por el tratado, cuando el armamento se activó de repente y todos los helicópteros comenzaron a disparar contra el ejército adversario, violando un acuerdo escrito que tenía treinta años de vigencia y desencadenando casi con seguridad una nueva guerra.

Los ocupantes de los helicópteros no podían hacer absolutamente nada.

Mientras tanto, en alguna casa de los suburbios, un adolescente estaba encantado con el realismo de su nuevo videojuego en línea, sin tener la menor idea de que el servidor, por medio de un hacker buscado en todos los continentes, lo había conectado con los sistemas informáticos de los helicópteros.

 

9.
Acaba de despertar de la anestesia general. La operación ha sido realizada, por primera vez, íntegramente por una inteligencia artificial. La paciente sonríe e intenta moverse un poco. De pronto palidece y comienza a gritar cuando se da cuenta de que le han amputado la pierna derecha por debajo de la rodilla.

Todo el personal de la sala, empezando por el médico jefe, se reúne de inmediato. Completamente conmocionados, descubren que la inteligencia artificial se había basado únicamente en el nombre y la edad. Su paciente, internada por problemas quirúrgicos de vesícula, había sufrido una amputación de pierna, mientras que otra paciente con el mismo nombre y la misma edad, que tenía las arterias obstruidas por la diabetes, ahora tenía la vesícula extirpada y una gangrena incipiente en la pierna derecha tras otra operación dejada por completo en manos de la IA y no verificada por nadie, exactamente igual que esta.

 

10.
Al principio, la inteligencia artificial respondía preguntas sencillas y necesitaba quince intentos para crear la imagen que se le pedía. Pero la calidad de sus respuestas y de sus imágenes mejoró de forma increíble.

Luego sustituyó a los creadores de música, ofreciéndote canciones en cuestión de minutos, con letra y acompañamiento instrumental en cualquier idioma y en cualquier estilo. Pero eso te daba igual, porque ahora las obtenías a precios muy bajos y tú no eras de quienes se ganaban la vida de ese modo. Y, al fin y al cabo, ellos no eran tan esenciales o importantes, ¿verdad?

Después reemplazó a los médicos y a los profesionales del ámbito jurídico, y te alegraste porque ya no tenías que darles tanto dinero a esos insaciables y podías obtenerlo todo casi gratis. Ya habían acumulado bastante; no se iban a morir de hambre.

Y así fue ocurriendo con otros profesionales de todos los sectores, y tú te alegrabas por la misma razón, sin preocuparte de que esas personas terminaran viviendo de algún ingreso mínimo garantizado o, más a menudo, de nada.

Y ahora adivina por qué la dirección te ha citado hoy al mediodía en su despacho.

Voicu Dașcău nació en Arad, Rumania, ciudad en la que reside. Es médico de atención primaria especializado en obstetricia y ginecología en Arad. Su obra literaria hasta la fecha incluye tres ediciones de Mitul Răpirii sau al lui Obstetrykalion din Sarkynos, en los que transforma la obstetricia —el embarazo y el parto— en una mitología original.

 

EL RÍO