Tom Bradley
Esta música tiende
hacia un erotismo malsano.
—Shostakóvich
Si la literatura
permanece pegada entre cubiertas mates, o desparramada sobre la pantalla de una
máquina muerta, la misa de Scriabin exige una inmensa garganta abierta en la
estratósfera cristalina del Himalaya.
Se celebra en una región proteica,
una basílica construida –o nacida– para la ocasión, un santuario que, como una
ameba unicelular, debe retorcerse e hincharse conforme lo exige el contrapunto.
Scriabin dice: «No está concebido únicamente con una sola especie pétrea,
uniforme, sino que se modula junto con mi Mysterium.»
Investido como Celebrante, Scriabin
cabalga su atril palpitante en el ábside abovedado de ese templo gaseoso e
hierofánico, cuya arquitectura se vuelve aún más maleable gracias a aerosoles
psicoactivos y a las tonalidades proyectadas por un clavier à lumières.
Azuzando y desafiando a una
orquesta de miles de músicos, los impulsa a rasgar acordes aumentados con
oncena sostenida. Bandas indómitas y coros mixtos antifonales, incapaces de
contener su eros en palabras, regurgitan el Icor Demiúrgico desde gargantas tanto
sobrehumanas como infrahumanas.
Sudando, dilatándose bajo las
bóvedas con ménsulas, campanas del tamaño del casco de un yate, de oro aleado
con electro extraído del éxtasis de Ezequiel, cuelgan inmóviles entre cúmulos
tormentosos, impregnadas y sembradas con doce toneladas métricas de benjuí,
estoraque, mirra, gálbano, sándalo amarillo y canela, alimentando hogueras
encendidas por la multitud en oración, que, al séptimo día de orgasmo
colectivo, se vuelve ella misma semejante a una nube, indistinguible de las
brumas esquizotóxicas que derriten los murales.
El armazón planetario lucha con
desesperación por liberarse de las reiteraciones por cuartas de do, fa
sostenido, si bemol, mi, la y re: el agónico Acorde Místico Ruso atormenta
timpánicamente al universo entero. Las proezas prometeicas de técnica diabólica
de Aleksandr Nikoláievich absuelven la irritación purgatorial de los feligreses
hasta desembocar en una estable tríada de fa sostenido menor.
Esa normalidad sonora marca el
compás final cuando congregación y clero, todos mezclados como un perfume en un
tocador, quedan atomizados. No es la Noche, sino la Velada de Brahma.
El misterio alcanza su propósito
puránico: la absoluta aniquilación de la humanidad y el nacimiento de una raza
saludable de houyhnhnms a partir de sopas primordiales que fosforecen en
charcas sobre misericordias reducidas a polvo.
Scriabin, tras haber atravesado con
valentía el Manvantara, rompe aguas en la dorada Satya Yuga.

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