Serena Gentilhomme
Os Veritatis,
la Boca de la Verdad. Ese mascarón amenazante es el emblema del restaurante con
estrella Michelin de mi hermana. Hoy está cerrado al público, pero ella
insistió en invitarme a degustar su menú gastronómico. Y hablando de
gastronomía, siento que estoy incubando una indigestión: la cena aún no termina
y ya me siento enferma. Un eructo hace subir los trozos del estofado de caza
que esa muy astuta me obligó a tragar y que me repugnó desde el primer bocado.
—Ah, perdón.
—¿Te sientes mal?
—No…
—¿Por qué mientes todo el tiempo?
Eres incorregible.
—En realidad, es el regusto de tu
estofado lo que me molesta…
—¡Secreto de chef!
Con los labios apretados, me
escruta con sus ojos pálidos. No hay escapatoria posible: las reproducciones de
la Boca de la Verdad me rodean por todas partes, sobre un fondo de mármol
negro. La más grande cuelga a mi espalda, soplando una eternidad helada sobre
mi nuca… Como puedo, me obligo a tragar saliva y respiro hondo.
—¡Al menos dime dónde está mi Bebé!
—Ya era hora: por fin piensas en
ese querido pequeño que concebiste con mi propio marido. Qué bien supieron
guardar el secreto los dos… Pero, en fin, eso ya es pasado. Nuestro querido
murió, tú te quedaste en la ruina y te viste obligada a volver con tu rica
hermana engañada, que te recibió junto con tu mocoso…
—¿Dónde está? Lo he buscado por
todas partes…
—Si fueras una buena madre, no le
quitarías los ojos de encima. Pero, en fin. Por suerte, yo me ocupo de todo.
Relájate, bebe una copa de este Brunello di Montalcino y sigue con el
estofado.
—No creo que pueda… ¿Dónde está
Bebé?
—Te lo diré con una condición: que
comas.
—Tengo náuseas…
—¡COME!
Mi boca se llena de una masa
untuosa, impregnada de un aroma con efluvios indefinibles que, sin embargo, me
resultan extrañamente familiares. Mi esófago se rebela. Aprieto la servilleta
contra los labios, pero mi hermana apoya las manos sobre ella con todas sus
fuerzas, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, hasta la oscura cavidad del
mascarón que, según la leyenda, cercenaba las manos de los mentirosos. Ya está.
La cosa ha bajado. Solo me queda un violento ataque de hipo. Entre espasmo y
espasmo pregunto, una y otra vez:
—Bebé… ¿Dónde está?
Mi hermana sonríe y se inclina
hasta mi oído.
—Está más cerca de tu corazón de lo
que imaginas.
Con suavidad hace girar mi silla
hacia la pared donde reina el gigantesco mascarón que me contempla con sus ojos
vacíos. De inmediato me invade esa desconcertante sensación que produce un
juego de las diferencias: algo ha cambiado desde hace un momento, ¿pero qué?
Empiezo a temblar; los dientes me castañean. Cierro los ojos, pero mi hermana
me obliga a mirar, pellizcándome las mejillas. Su sonrisa se ensancha, su
dentadura de oro resplandece, y su dedo huesudo señala una esquina de la enorme
boca de sombras, de la que sobresale algo…
Una diminuta mano de recién nacido,
lívida y rígida.
Serena Gentilhomme nació en
Florencia, Italia, y reside en Besançon, Francia, desde hace medio siglo. Tras
explorar el ámbito de la fantasía con tintes eróticos (Villa Bini, 1997; Les
Nuits étrusques, 1998), se dedicó a novelizar historias de crímenes reales
y sangrientos: Ce que ça fait de tuer (2019). En Des
garçons comme il faut (2026), examina las normas sociales, las
apariencias y las imperfecciones que se esconden tras la apariencia de
decoro. Una novela sensible e incisiva que confirma su talento para
indagar en las contradicciones humanas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario