Sergio Gaut vel Hartman
Xen'yudih llegó
primero.
La nave descendió sobre el
Atlántico Sur una madrugada de invierno de 2047 y permaneció suspendida a
treinta metros del agua, como una medusa metálica iluminada desde adentro. Los
radares militares argentinos la detectaron durante once segundos. Después desapareció.
Los miembros del gobiernos discutieron durante meses si había sido una ilusión
óptica, un ensayo militar chino o un fenómeno atmosférico. Nadie imaginó que el
visitante ya caminaba por las calles de Buenos Aires.
Xen'yudih había nacido en un
planeta cubierto por mares de amoníaco y ciudades excavadas bajo glaciares de metano
sólido, de un sorprendente color violeta. Su especie no conocía la música en el
sentido humano. La armonía era para ellos una propiedad matemática, no una
emoción. Pero durante décadas habían interceptado emisiones terrestres:
discursos, guerras, publicidad, partidos de fútbol. Y entre todo aquel ruido
había algo que obsesionó a Xen'yudih desde el primer momento en que lo escuchó:
el quejido herrumbroso de un bandoneón.
No comprendía por qué aquella
secuencia de sonidos imperfectos provocaba en su sistema nervioso una
perturbación semejante al vértigo.
Pasó años estudiando el origen de
la música y así terminó por descubrir que ese instrumento se utilizaba para
interpretar tangos y milongas. Descubrió también algo más inquietante: cuando
dos humanos danzaban al compás de esas melodías sus movimientos se
sincronizaban, obedeciendo a patrones imprevisibles, imposibles de modelizar
incluso para las computadoras de su mundo. Como si durante unos minutos dejaran
de obedecer las leyes normales de la causalidad y generaran su propio sistema
de coordenadas.
Por eso vino a la Tierra, por eso
eligió Buenos Aires, cuna del tango, de Troilo, de Pugliese, de Piazzolla...
Kolo llegó nueve meses después.
Procedía de un sistema situado a casi
treinta años luz del mundo de Xen'yudih y pertenecía a una especie reptiliana
que había desarrollado el viaje interestelar mucho antes que los humanos. Traía
órdenes precisas: localizar al intruso de cráneo blanco y determinar el motivo
de su presencia en la Tierra.
Lo encontró en una milonga de San
Telmo. Y durante varios minutos olvidó por completo su misión.
No me resulta sencillo traducir el
diálogo mental establecido por criaturas de mundos disímiles entre sí y –ambos–
tan alejados de lo humano. Pero lo voy a intentar.
—¿Por qué estás aquí, en este
mundo, en esta ciudad, en esta milonga? —La pregunta de Kolo eras una mera
formalidad para abrir el juego.
—"El tango es un pensamiento
triste que se baila" —citó Xen'yudih—. Es una de las definiciones más
poéticas y universales de la cultura rioplatense. Y aunque a menudo se le
atribuye al escritor Ernesto Sabato, la célebre frase fue acuñada originalmente
por el genial compositor, músico y letrista argentino Enrique Santos Discépolo.
—Sé quién es. No me atribuyas una
capacidad intelectual inferior. Todo lo que aprendiste está en este cubo.
Kolo había simulado todo lo posible
una apariencia humana, por lo que Xen'yudih no se sorprendió cuando la
farediana sacó un cubo color turquesa de un orificio entre sus pechos.
—Un punto a tu favor —aceptó Xen'yudih.
—Y aquí me apunto otro, gahu’n:
Fernando Sorrentino refuta ese aserto con una sentencia sencilla: yo no creo
que la música nazca de pensamientos sino de sentimientos. Luego, lo
de triste parece escrito por una persona que nunca hubiera oído un
tango.
—Tanto anulado —dijo Xen'yudih generando
una especie de sonrisa en su marmóreo rostro—. Eso lo dijo el gran Jorge Luis
Borges, que por lo que sé no sentía un afecto desmesurado por Sábato.
—¿Sábato o Discépolo, en qué
quedamos, pelandrún?
Ahora la sonrisa del gahu’n se
amplió hasta parecerse a una carcajada… en la medida de que los de su especie
fueran capaces de tal expresión.
—Veo que te aplicaste, chichipía.
—No vine a buscar camorra —dijo
Kolo mientras guardaba el cubo turquesa entre las escamas del escote—. Vine a junar
qué corno encontraron en esta música ustedes, los gahu’n. En Sohel-Khâ no hay
arte que sobreviva tres ciclos. El tango lleva más de doscientos años vivo y
todavía sigue haciendo suspirar a los humanos
Xen'yudih inclinó apenas la cabeza.
En la pista, una pareja giraba abrazada bajo las luces ámbar que emitía una
esfera colgada del techo. Sonaba La Yumba. El tipo era petiso, medio
fulero, con pinta de laburante hecho percha; la naifa, una mina groncha entrada
en años que pitaba negros entre tanda y tanda como si estuviera rumiando
broncas viejas. Sin embargo, cuando se movían, parecían obedecer a una
geometría secreta.
—Porque el tango no se limita a ser
música —explicó Xen'yudih—. Es una anomalía cognitiva. Un lenguaje corporal que
funciona incluso entre individuos enemistados. Observa a esos dos.
Kolo observó alternativamente al gahu’n
y a los bailarines. El tipo y la jermu parecían bardearse aun mientras
bailaban. Las mandíbulas tensas. Los ojos llenos de reproches. Y sin embargo
cada paso encajaba con precisión sobrenatural.
—Eso pasa en todas las especies
sociales —bufó la reptiliana—. Coordinación motriz, empatía refleja...
—No. Esto es otra cosa. —Xen'yudih
señaló discretamente alrededor—. Escuchá las conversaciones.
Kolo afinó sus sensores auditivos.
—… el bondi me dejó tirado...
—… qué mina más fulera...
—… este país se va a la mierda, macho...
—… el turro me afanó hasta las
ganas de vivir...
Quejas. Renuncia. Bronca.
Nostalgia. Pero cuando la orquesta atacó un fraseo de bandoneón, el clima
entero de la milonga cambió. Como si una corriente invisible pasara entre las
mesas.
—Mirá sus pulsos —susurró
Xen'yudih.
Kolo abrió un espectro biológico y
quedó patidifusa. Más de cincuenta humanos comenzaban a sincronizar ritmos
cardíacos.
—No puede ser...
—Puede. Y ocurre.
Kolo permaneció callada. Un mozo
gordito pasó junto a ellos cargando una bandeja.
—¿Van a bailar o vinieron a hacerse
los giles? —rezongó.
La reptiliana miró a Xen'yudih.
—Decime una cosa, gahu'n...
¿aprendiste aunque sea el ocho básico o todavía caminás como un boludo recién
bajado de la nave?
Xen'yudih volvió a sonreír. Tomó a
la farediana de la cintura, buscó con la garra la opuesta de su pareja, y de un
tirón la ubicó en el centro de la pista.
La orquesta remató la tanda con un
bandoneonazo tristón y arrabalero. Kolo tragó en seco. Después miró la pista
como quien mira un abismo.
—Qué fulería... —susurró.
—¿El tango, los humanos?
—No, gil. Que ustedes y nosotros,
que nos creemos tan piolas, tal vez seamos mucho más boludos de lo que
imaginamos.

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