lunes, 1 de junio de 2026

MILONGA

Sergio Gaut vel Hartman

 

Xen'yudih llegó primero.

La nave descendió sobre el Atlántico Sur una madrugada de invierno de 2047 y permaneció suspendida a treinta metros del agua, como una medusa metálica iluminada desde adentro. Los radares militares argentinos la detectaron durante once segundos. Después desapareció. Los miembros del gobiernos discutieron durante meses si había sido una ilusión óptica, un ensayo militar chino o un fenómeno atmosférico. Nadie imaginó que el visitante ya caminaba por las calles de Buenos Aires.

Xen'yudih había nacido en un planeta cubierto por mares de amoníaco y ciudades excavadas bajo glaciares de metano sólido, de un sorprendente color violeta. Su especie no conocía la música en el sentido humano. La armonía era para ellos una propiedad matemática, no una emoción. Pero durante décadas habían interceptado emisiones terrestres: discursos, guerras, publicidad, partidos de fútbol. Y entre todo aquel ruido había algo que obsesionó a Xen'yudih desde el primer momento en que lo escuchó: el quejido herrumbroso de un bandoneón.

No comprendía por qué aquella secuencia de sonidos imperfectos provocaba en su sistema nervioso una perturbación semejante al vértigo.

Pasó años estudiando el origen de la música y así terminó por descubrir que ese instrumento se utilizaba para interpretar tangos y milongas. Descubrió también algo más inquietante: cuando dos humanos danzaban al compás de esas melodías sus movimientos se sincronizaban, obedeciendo a patrones imprevisibles, imposibles de modelizar incluso para las computadoras de su mundo. Como si durante unos minutos dejaran de obedecer las leyes normales de la causalidad y generaran su propio sistema de coordenadas.

Por eso vino a la Tierra, por eso eligió Buenos Aires, cuna del tango, de Troilo, de Pugliese, de Piazzolla...

Kolo llegó nueve meses después.

Procedía de un sistema situado a casi treinta años luz del mundo de Xen'yudih y pertenecía a una especie reptiliana que había desarrollado el viaje interestelar mucho antes que los humanos. Traía órdenes precisas: localizar al intruso de cráneo blanco y determinar el motivo de su presencia en la Tierra.

Lo encontró en una milonga de San Telmo. Y durante varios minutos olvidó por completo su misión.

No me resulta sencillo traducir el diálogo mental establecido por criaturas de mundos disímiles entre sí y –ambos– tan alejados de lo humano. Pero lo voy a intentar.

—¿Por qué estás aquí, en este mundo, en esta ciudad, en esta milonga? —La pregunta de Kolo eras una mera formalidad para abrir el juego.

—"El tango es un pensamiento triste que se baila" —citó Xen'yudih—. Es una de las definiciones más poéticas y universales de la cultura rioplatense. Y aunque a menudo se le atribuye al escritor Ernesto Sabato, la célebre frase fue acuñada originalmente por el genial compositor, músico y letrista argentino Enrique Santos Discépolo.

—Sé quién es. No me atribuyas una capacidad intelectual inferior. Todo lo que aprendiste está en este cubo.

Kolo había simulado todo lo posible una apariencia humana, por lo que Xen'yudih no se sorprendió cuando la farediana sacó un cubo color turquesa de un orificio entre sus pechos.

—Un punto a tu favor —aceptó Xen'yudih.

—Y aquí me apunto otro, gahu’n: Fernando Sorrentino refuta ese aserto con una sentencia sencilla: yo no creo que la música nazca de pensamientos sino de sentimientos. Luego, lo de triste parece escrito por una persona que nunca hubiera oído un tango.

—Tanto anulado —dijo Xen'yudih generando una especie de sonrisa en su marmóreo rostro—. Eso lo dijo el gran Jorge Luis Borges, que por lo que sé no sentía un afecto desmesurado por Sábato.

—¿Sábato o Discépolo, en qué quedamos, pelandrún?

Ahora la sonrisa del gahu’n se amplió hasta parecerse a una carcajada… en la medida de que los de su especie fueran capaces de tal expresión.

—Veo que te aplicaste, chichipía.

—No vine a buscar camorra —dijo Kolo mientras guardaba el cubo turquesa entre las escamas del escote—. Vine a junar qué corno encontraron en esta música ustedes, los gahu’n. En Sohel-Khâ no hay arte que sobreviva tres ciclos. El tango lleva más de doscientos años vivo y todavía sigue haciendo suspirar a los humanos

Xen'yudih inclinó apenas la cabeza. En la pista, una pareja giraba abrazada bajo las luces ámbar que emitía una esfera colgada del techo. Sonaba La Yumba. El tipo era petiso, medio fulero, con pinta de laburante hecho percha; la naifa, una mina groncha entrada en años que pitaba negros entre tanda y tanda como si estuviera rumiando broncas viejas. Sin embargo, cuando se movían, parecían obedecer a una geometría secreta.

—Porque el tango no se limita a ser música —explicó Xen'yudih—. Es una anomalía cognitiva. Un lenguaje corporal que funciona incluso entre individuos enemistados. Observa a esos dos.

Kolo observó alternativamente al gahu’n y a los bailarines. El tipo y la jermu parecían bardearse aun mientras bailaban. Las mandíbulas tensas. Los ojos llenos de reproches. Y sin embargo cada paso encajaba con precisión sobrenatural.

—Eso pasa en todas las especies sociales —bufó la reptiliana—. Coordinación motriz, empatía refleja...

—No. Esto es otra cosa. —Xen'yudih señaló discretamente alrededor—. Escuchá las conversaciones.

Kolo afinó sus sensores auditivos.

—… el bondi me dejó tirado...

—… qué mina más fulera...

—… este país se va a la mierda, macho...

—… el turro me afanó hasta las ganas de vivir...

Quejas. Renuncia. Bronca. Nostalgia. Pero cuando la orquesta atacó un fraseo de bandoneón, el clima entero de la milonga cambió. Como si una corriente invisible pasara entre las mesas.

—Mirá sus pulsos —susurró Xen'yudih.

Kolo abrió un espectro biológico y quedó patidifusa. Más de cincuenta humanos comenzaban a sincronizar ritmos cardíacos.

—No puede ser...

—Puede. Y ocurre.

Kolo permaneció callada. Un mozo gordito pasó junto a ellos cargando una bandeja.

—¿Van a bailar o vinieron a hacerse los giles? —rezongó.

La reptiliana miró a Xen'yudih.

—Decime una cosa, gahu'n... ¿aprendiste aunque sea el ocho básico o todavía caminás como un boludo recién bajado de la nave?

Xen'yudih volvió a sonreír. Tomó a la farediana de la cintura, buscó con la garra la opuesta de su pareja, y de un tirón la ubicó en el centro de la pista.

La orquesta remató la tanda con un bandoneonazo tristón y arrabalero. Kolo tragó en seco. Después miró la pista como quien mira un abismo.

—Qué fulería... —susurró.

—¿El tango, los humanos?

—No, gil. Que ustedes y nosotros, que nos creemos tan piolas, tal vez seamos mucho más boludos de lo que imaginamos.

El creador de este blog tiene una larga trayectoria como escritor y editor que pueden encontrar en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LA HIJA QUE SANGRA