viernes, 27 de febrero de 2026

CUANDO SONRÍO

Joyce Barker Bucat

 

Cuando desperté, estaba bajando una escalera oscura, sucia y a medida que retomaba la conciencia, me percataba del entorno que cada vez se ponía más agudo y su intensidad subía, hasta que desperté por completo y pude sentir el ruido, la música, el humo y el vapor de las personas. Estaba en un local de puerto, al menos eso creí. Peligroso y lleno gente sin pudores, pero entretenido. El lugar quedaba en el segundo piso de una casa descuidada, de fachada continua, quizás construida a principios del siglo pasado, antigua, deteriorada y húmeda.

Me di cuenta de que había tomado mucho, quizás toda la noche y era la hora en que cerraban los boliches de mala muerte, sin licencia ni permiso alguno de nada, un lugar clandestino, pero no me acordaba si había ido sola o con alguien; si conocía a alguien o si había estado antes ahí. No reconocía nada, aunque era seguro que lo había elegido por algo y ese algo era el sonido que salía de ahí.

Cuando terminé de bajar las escaleras, me acordé de que había ido en auto e instintivamente metí la mano en la cartera que traía conmigo y encontré las llaves.

Era de noche, llovía y me puse a buscar el vehículo. No traía conmigo un paraguas pero no me importó mucho; confiaba en que lo iba a encontrar enseguida.

La calle era de dos vías angostas y sobre una pendiente aguda, como en Valparaíso, hecha de adoquines de piedra muy resbalosos con el agua. Me puse a pensar en cómo es que me había atrevido a manejar hasta ese lugar, teniendo tanto miedo a manejar en pendientes, sobre todo si el auto era mecánico y la pendiente empinada; ya había tenido pesadillas acerca de eso y uno que otro topón en el auto de mi mamá y de amigos ebrios que me habían pasado las llaves confiando en que otra ebria iba a poder manejar mejor.

Las calles estaban completamente vacías. Di algunas vueltas a la manzana, buscándolo. No paraba de llover. No tenía celular ni plata, sólo el auto que me esperaba en algún lado y que fue el culpable de que yo hubiera llegado hasta ese lugar.

Caminando cerro abajo por la vereda, vi que se empezaba a asomar un cobertizo metálico con luces prendidas, que se mezclaban con las luces de los faroles de la calle. Dentro había gente que, supuse, había estado en el local del que salí y seguramente habían bailado a mi lado o incluso conversado conmigo. Tenía que entrar y quedarme un rato, hasta que parara de llover. Todos estaban en grupos y algunos seguían tomando, otros comentaban cómo les había ido, jactándose o lamentándose, pero se notaba que todos se conocían y que siempre hacían exactamente lo mismo. Miré alrededor buscando a alguien conocido o que hubiera visto antes. Al ver que no conocía a nadie y que iba a tener que acercarme a alguien a preguntar, me detuve y respiré profundamente; estaba a punto de caer en un estado crítico de ansiedad. Me sentía débil y perdida, tenía que relajarme para poder pensar mejor, necesitaba recordar; y en ese proceso de inmovilidad y respiración profunda, me di cuenta de que había tres mujeres jóvenes que me miraban fijo, comentando entre ellas algo acerca de mí, y logré escuchar que una de ellas decía: “Ella es”. “¿Cómo se atreve a volver?”. Al principio las miré y no les di importancia, pero cuando me di cuenta de que esos murmullos no paraban, que me seguían mirando y que sus caras ya no eran de burla sino que de enojo, me asusté y decidí salir para evitar otro problema.

Había parado de llover y me sentía un poco más aliviada, al fin iba a poder salir de ese lugar poco acogedor y eso fue lo que hice. Ya estando afuera, caminando en busca del auto, escuché que alguien venía detrás. Me di vuelta y estaba una de las tres mujeres, la que más habló de mí, la que más me miraba. Paró en cuanto me di vuelta. Tenía la cara seria, quizás enojada y con un objeto brillante en su mano derecha. Pensé en la horrible posibilidad de que era alguien que me conocía bien, pero no de la mejor manera, no de la manera que yo hubiera querido. Era, quizás, alguien que me odiaba, y con justa razón, porque en algún momento de la noche la habría ofendido, como solía pasarme casi siempre en estados alterados, pero que nunca recordaba, tampoco ahora. Pero me lo merecía, porque cuando te ríes a costa de otra persona, debes estar atenta al ataque que el ofendido eventualmente te hará.

Quedamos enfrentadas a unos pocos centímetros de distancia. Ella tenía una mueca desesperada y furiosa, mueca que sólo lograba fortalecerme, como si fuese una llave a mi oculto sadismo; y tratando de hacerla sentir ridícula, le sonreí como si fuese una gran amiga que no veía hace años.

Pasaron algunos segundos, hasta que la inercia se quebró y de un momento a otro, levantó su mano derecha y con un movimiento certero, puso un cuchillo en mi cuello y lentamente comenzó a empujarlo contra mí, logrando, al fin, deslizarlo. Parecía como si estuviese cortando jalea y yo sentía cómo el metal helado entraba en mi cuello, como si fuera un láser de hielo. No sentía dolor ni miedo, era un juego que tenía ganado desde mucho antes, sin trampas ni desgaste alguno. La mujer insistía en deslizar el cuchillo, mientras yo la miraba enternecida. Ella lentamente cambió su mueca de furia a pavor, y antes de llegar al otro extremo del cuello, sacó su cuchillo, aterrorizada. Mientras me miraba con el cuchillo colgando de su mano derecha, yo me mantuve quieta y respirando hondo, técnica que descubrí hace mucho tiempo para que los tejidos se vuelvan a unir, tratando de regenerar el profundo corte que me había hecho esa mujer, un corte que no tenía sangre ni dolor, un intento fallido de volarme la cabeza, un ridículo intento de quitarme la sonrisa.


Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.


 

 

 

 

 

TORQUEMADA

Svetislav Hadnadjev

 

Primero, un insoportable y horriblemente estridente sonido metálico; poco después, un calor espantoso me obligó a abrirme paso hacia adelante a través de una masa nauseabunda de algo sanguinolento, tibio y húmedo. Cavaba cada vez más rápido, acompañado por el indescriptiblemente doloroso alarido de alguien. Llegué a un obstáculo firme justo cuando el grito se extinguió y el calor comenzó a disminuir.

 

Tomás de Torkemada leía con orgullo, quién sabe por cuántas veces, el gran documento con el sello papal que lo autorizaba como Gran Inquisidor de España. Su felicidad no tenía límites: por fin ajustaría cuentas con los judíos, se apoderaría de sus bienes y, de paso, acabaría también con toda forma de herejía. Todo aquello que no compartiera los dogmas de la Iglesia debía ser destruido.

No era de extrañar que Tomás tuviera una desagradable tendencia a infligir dolor y disfrutar de los gritos de los torturados. Varios siglos más tarde alguien llamaría sadismo a esa inclinación, pero en aquella época cultivar tales propensiones no era tan inusual como para merecer un nombre especial.

Pronto logró organizar una serie de Santos Oficios con personal seleccionado con sumo cuidado. Personalmente impartió formación en cada uno de los agentes, haciendo particular énfasis en los métodos de tortura. A medida que pasaban los años, Torkemada se volvía cada vez más rico y poderoso, y con frecuencia entrelazaba el interés personal con el oficial. Bastaba con que la esposa o la hija de alguien le agradara para que el Santo Oficio resolviera rápidamente el “problema”. El marido o el padre era quemado, o bien la mujer, si no estaba dispuesta a satisfacer las exigencias de Torkemada, era acusada de herejía bajo confesión arrancada por la fuerza, naturalmente.

Con el paso del tiempo, Tomás amplió la “oferta” de tormentos: desde quemar las plantas de los pies, verter agua a la fuerza y estirar los brazos atados a la espalda hasta izar al reo en el aire, pasando por su método favorito: el suplicio en la rueda.

Sin embargo, su excesivo celo llegó hasta la Santa Sede. A pesar del deseo de erradicar la herejía, al Papa no le agradaba el desmesurada fervor de Tomás e intentó por todos los medios apaciguarlo. Para mantenerlo bajo control, le nombró cuatro ayudantes y finalmente lo recluyó en el monasterio de Santo Tomás de Aquino.

Ni siquiera dos mil víctimas confirmadas fueron suficientes para Torkemada. En sueños se agitaba sin descanso, suplicando al Altísimo que le concediera otra vida para concluir su misión. En uno de esos sueños febriles murió el Gran Inquisidor, con un único deseo: continuar al menos otro siglo más con la persecución de los herejes.

 

El calor insoportable lo obligaba a abrirse camino con las garras y los afilados dientes. El lúgubre olor a sangre y el hedor de las heces no le impedían cavar cada vez con mayor rapidez y frenesí. A medida que se acercaba a la columna vertebral, los gritos del desdichado hombre se apagaron y el cuerpo quedó inmóvil. También cesó el calor abrasador.

Un hombre de rostro inexpresivo levantó la olla y volcó en ella al animal medio enloquecido, ensangrentado y cubierto de excrementos; luego lo arrojó a una jaula y lo llevó al patio, donde lo rociaron con agua fría para al menos lavar parcialmente el hedor que lo cubría.

En la habitación quedó en el suelo el cadáver de un hombre con el rostro desfigurado y el abdomen destrozado.

—Bravo, Tomás, otro excelente trabajo. Este mártir también confesó ser seguidor de Satanás. Descansa un poco, todavía hay muchos herejes para ti —murmuraba con dulzura el hombre del traje sucio al dirigirse a la rata, mientras le acariciaba con ternura el húmedo hocico.

Svetislav Hadnagjev nació el 26 de junio de 1959 en Bečej, Serbia. En esa ciudad trabajaba como oficinista hasta que se jubiló. Publicó una novela infantil, Maksimilijan Zombi y sus relatos se publicaron en Nijansama časti, Nijansama bogova, en las antologías Nova Rukovet, Fantastičnom vodiču, y el relato "Morska Idila" obtuvo el tercer premio en el concurso IK "Alma" al mejor relato publicado en la antología Komešanje ožiljak.

 

jueves, 26 de febrero de 2026

ROJO

Claude Bolduc

 

Los dos señores lograron dirigor nuestra balsa hasta la pequeña isla. Mamá tenía mucho dolor. Mamá murió. Los dos señores están tristes. ¿Quién va a cuidar de mí? Nunca debo salir de noche, decía mamá. Pero aquí estoy afuera. Y tengo miedo. Es demasiado grande a mi alrededor. Mamá está acostada allá, sobre las piedras, porque los señores no pudieron enterrarla allí dentro. Le pusieron un abrigo encima. Y piedras. Los señores hicieron un fuego y nos acostamos.

 

Esta noche un animal aulló mientras yo dormía. Yo no lo escuché; fue Gary, el señor más alto, quien me lo dijo. Su rostro estaba todo mojado cuando hablaba y sus ojos estaban muy, muy abiertos. Le dijo al otro que la isla era demasiado pequeña para un animal y que había salido del agua o que era un pájaro.

 

Luc es el mayor de los dos señores. Me enseñó a recoger frutas en la isla. Las frutas son buenas, dijo. A mí no me gustan las frutas. Mamá decía que la carne es mejor.

 

Todavía estaba oscuro cuando me desperté. La noche es grande. Mucho más de lo que pensaba. También huele bien. Y la música, montones y montones de pequeños ruidos juntos. Estaba contento. Es la primera vez que estaba contento desde que mamá murió. Me volví a dormir.

 

Los dos hombres hablaban entre sí cuando me desperté. Hablaban rápido. ¿Animal o gaviota o qué? ¿Cuándo se come el cadáver? ¿Cuándo vienen los rescatadores? Luego dejaron de hablar cuando me moví. No querían que fuera a ver a mamá esta mañana. Recogimos frutas. ¡Puaj!

 

Está oscuro. Mis dedos tocan mi boca. Sí, sonrío mucho, muestro mis dientes, pero no, está oscuro, nadie los ve. Siento a mamá allá sobre las rocas, no voy a verla, ella no quería que saliera de noche; hay que dormir.

 

Le dije al señor Gary que las frutas no son buenas. Mamá me lo dijo. Él me dijo que cuando no hay pan, se come torta y que el rescate ya viene. Luego mordió una fruta roja. Lo rojo es bueno. Probé. No, no era bueno.

 

Soñé que saltaba sobre las rocas, que daba la vuelta a la isla, que levantaba una manta y luego nada más; me desperté, era de noche pero no estaba tan oscuro, había una luna como en la televisión. Estaba tan contento que ya no tenía hambre, me volví a dormir.

 

Los dos señores hablaban muy, muy fuerte cuando me desperté. Me dijeron que estaban jugando, pero vi bien que estaban enojados. El señor Gary me miraba con sus ojos muy abiertos y el señor Luc lo sostenía por los hombros. Fui a las rocas a ver a mamá. Había adelgazado mucho. El abrigo sobre ella hacía un hueco y estaba mojado. Quise acariciarla, pero el señor Luc llegó y no quería que tocara eso. Me dijo que fuera a recoger frutas. Fui, pero no tenía hambre.

La luna es grande. Podría tocarla. No, no puedo. Pero su luz es cálida. Hace cosquillas. Es agradable.

Estoy contento, muestro mis dientes, me enderezo y miro. Huelo. Las rocas allá, el olor es fuerte. Del otro lado el fuego, pero todavía más olor. Mucho más. Caliente. Me acerco, huelo, escucho bum-bum, bum-bum, bum-bum. Emocionado, la luna, tengo hambre, el olor.

Comida.

Muerdo, eso se mueve, grita, me golpea, arranco.

 

Esta mañana el señor Gary no está aquí en el campamento. El señor Luc está sentado en el suelo, la espalda contra una roca. No se mueve. Tiene los ojos muy, muy abiertos y mira la sangre por todas partes en el suelo. ¿Quién sangra? Sabe extraño en mi boca. Pregunté dónde estaba el señor Gary y se rio durante mucho tiempo con sus ojos muy abiertos. No quería que me acercara. Pensé que quería verme recoger frutas en el pequeño bosque. Fui, pero nunca comeré una fruta de esas.

Tengo tiempo de volver antes de que anochezca. Dos veces, a escondidas, fui a ver al señor Luc. No se había movido y todavía tenía sus ojos muy abiertos. Voy a acostarme sin mirarlo. No me gustan sus ojos. Tengo muchas ganas de ver a los que vendrán a  rescatarnos.

 

No había nadie cuando el sol me despertó. Sangre por todas partes. Incluso en mis manos. El sabor está en mi boca.

Estoy completamente solo.

¿Quién se va a ocupar de mí?

 

El sol se va. Está todo rojo. Hermoso.

Veo un barco allá, muy muy lejos.

Voy a esperarlo sobre las rocas, con mamá.

Salvado.

Estaba empezando a tener hambre.

Nacido en la ciudad de Quebec, Canada, Claude Bolduc se ha dedicado principalmente al relato fantástico durante más de treinta años. Del centenar de relatos que ha publicado en el mundo francófono, ha recopilado tres colecciones que le han valido varios premios literarios. Como invitado, ha participado en varios eventos literarios en Europa, como la retrospectiva de fantasía "Voyage aux portes de l'étrange" (Bélgica, 1999), la Convención Francesa de Ciencia Ficción (Bélgica, 2002) y, por invitación del Servicio del Libro de Luxemburgo, la Feria del Libro de Bruselas en 2007. También publicó la novela corta « L'Ensemenceur » en 2023.

CRIMEN EN METEOROLOGÍA

Mugur Ioniță

 

He cometido un crimen. Un crimen atroz. Ahora tendré que pagar. Los niños duermen, igual que mi esposa. No les he dicho nada, no tenía sentido. No soporto verlos devastados. En cambio, he preparado un pequeño equipaje en el que puse algo de ropa interior y el cepillo de dientes. No llevaré más ropa; supongo que en prisión me darán el uniforme a rayas. No sé por qué la policía tarda tanto; debería estar aquí desde hace rato. Espero que en cualquier momento entren los agentes encapuchados. Ojalá no rompan la puerta; a mi esposa le resultará difícil repararla. ¿Por qué habré enterrado el cadáver? No lo sé, quizá por rabia. Todo quedó registrado por las cámaras de la oficina. No tengo escapatoria. No tenemos escapatoria, porque fuimos varios los asesinos.

 

Todo comenzó el día en que el director entró en la oficina acompañado de una joven tímida.

—Ella es Ina Arcip, su nueva compañera. Ha sido designada directamente desde Bucarest. No tiene mucha experiencia, pero es ambiciosa. Mi pedido, y la de la dirección, es que le enseñen todo lo que saben. Mira, ella usará ese ordenador del rincón.

Nos sorprendió, por un lado porque ya estábamos con el personal completo y, por otro, porque el gobierno acababa de emitir una ordenanza que prohibía nuevas contrataciones en el sector público. El director dijo que nos sería de ayuda, así que la aceptamos sin protestar. No tenía encanto ni carisma. Un rostro tan apagado que, si lo pienso bien, no podría describir sus rasgos físicos.

En la Oficina Regional de Pronóstico del Tiempo todos superábamos los cincuenta años. Habíamos empezado la carrera con mapas trazados con plumilla y juegos de lápices de colores, y luego vivimos en primera persona la evolución tecnológica: el ordenador y los modelos matemáticos. Debo reconocer que, después de tantos cambios, las novedades se habían vuelto agotadoras para nosotros. Éramos como una familia variopinta, no necesariamente perfecta, hombres y mujeres. A veces celebrábamos, otras discutíamos, como todas las personas que llevan más de veinte años trabajando juntas. En fin, éramos un colectivo unido por el tiempo. Aunque su llegada nos alteró, pensamos que un poco de sangre nueva no nos haría daño. La aceptamos como a una hermana menor. Consejeros, importantes y meticulosos, rodeábamos por turnos a Ina Arcip y la abrumábamos con nuestra sabiduría meteorológica. Al principio se expresaba con dificultad y nos divertía cuando cometía errores. Se corregía enseguida y asumía la crítica con estoicismo, sin mostrar emoción alguna. Le asignamos tareas sencillas, como completar tablas con temperaturas mínimas y máximas, fenómenos, estado del cielo o velocidad del viento.

—Es posible que te aburras aquí —le dije—. Hacemos cada día el mismo trabajo.

—Adoro la naturaleza repetitiva de las cosas —nos respondió—. Así son también las estaciones.

Hacía preguntas muy precisas y obedecía con docilidad. Después le confiamos tareas cada vez más complejas, e Ina nunca las rechazó. Solo intervenía cuando nuestras explicaciones eran demasiado vagas.

Un día, cuando me dio un ataque de ciática, le dije que me recostaría un momento y le pedí que terminara mi trabajo. Me sorprendió ver lo bien que lo hizo. El pronóstico era impecable, los contratos respetaban perfectamente la terminología y fueron enviados a los beneficiarios a la hora exacta, y las tablas no tenían errores. Además, al mediodía salió en directo por Radio Timișoara y, con una dicción de manual a la que añadió algunas inflexiones juguetonas, anunció el pronóstico. La elogié incluso ante el director. Quedó encantado.

Quizá se pregunten si nosotros, los hombres del equipo, nos sentíamos atraídos por ella. No, en absoluto; la veíamos más bien como un ser asexuado, y las mujeres no la consideraban una rival que intentara ganarse el favor de los hombres, como había ocurrido en el pasado. A veces mantenían con ella conversaciones no meteorológicas: una receta de pasteles o una recomendación de vacaciones. El director incluso nos pidió que no tuviéramos fantasías eróticas con ella. Aun así, le preguntamos si tenía novio. Se quedó un poco bloqueada, dudó, parpadeó varias veces lentamente y respondió de forma evasiva que, debido a los bajos salarios, en el mercado de la seducción los meteorólogos ya no estaban solicitados, lo cual nos dejó pensativos. Estaba decidida a aprender meteorología y nada más. Estaba tan concentrada que ni siquiera el día de mi cumpleaños quiso probar un pequeño pastel. Y durante la campaña electoral, cuando a diario levantábamos la voz y discutíamos acaloradamente en la oficina, ella permanecía simplemente impasible en su rincón, absorta en mapas y tablas.

Otra mañana la encontramos trabajando desde muy temprano. Ya había cubierto casi todo el volumen de trabajo del equipo. A su lado, el director exhibía una amplia sonrisa.

—¿No te fuiste a casa? —le pregunté.

—No, me quedé aquí —respondió.

—¿Qué haces en tu tiempo libre?

—Leo.
—¿Qué lees?

—Cualquier cosa.

En fin, no éramos nosotros quienes debíamos decirle cómo vivir su vida. Era su elección.

Así pasó un año. Ina Arcip no había tomado ni un solo día de baja médica, nunca se resfrió, y nosotros todavía no sabíamos casi nada de su familia o de sus amigos. Como le habíamos enseñado todo lo que sabíamos, Ina Arcip nos mostraba su gratitud haciendo nuestro trabajo. No formaba bandos, no era parcial, no se daba aires. Era absolutamente correcta y eficiente. Y nosotros nos volvimos tan perezosos que, durante el turno, pasábamos el día viendo televisión o recostados, dando “me gusta” en los teléfonos y solo comprobando de vez en cuando si Ina seguía en horario.

Todo fue maravilloso hasta que el director nos anunció que debían reducirnos a la mitad la jornada laboral, junto con un recorte salarial, por supuesto. Es una orden de arriba, no puedo hacer nada. Saltamos indignados. No encontramos comprensión ni en él ni en la dirección de Bucarest. Intentamos incorporar a Ina Arcip al sindicato, pero ella rechazó cortésmente, alegando la impotencia de esa organización, lo cual nos enfureció, aunque debo reconocer que tenía razón. Ante cualquier protesta nuestra, Ina Arcip permanecía indiferente. Se excusaba diciendo que era nueva y que no se involucraba.

No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron los despidos. Pensamos que Ina, por ser la más reciente, sería la primera en la lista. Pero no fue así. Otros dos compañeros tuvieron que marcharse. Uno terminó como vigilante en una fábrica de neumáticos y el otro se divorció y luego cayó en el alcoholismo. O quizá en orden inverso, no estoy seguro.

Desde entonces algo cambió en nuestra actitud hacia Ina Arcip. Empezamos a mirarla con odio, sospecha y envidia, aunque ella seguía siendo educada y dispuesta a ayudarnos.

—Ocúpate de lo tuyo —le dije una vez cuando se ofreció a corregir un pronóstico. Había olvidado mencionar el hielo. No se ofendió, aunque después comprendí que tenía razón, como siempre. Efectivamente, hubo hielo. Trabajaba cada vez mejor, casi a la perfección. Aportó ideas nuevas, mejoró y perfeccionó los modelos matemáticos, y nosotros ya no pudimos seguirle el ritmo. La precisión de su trabajo era diabólica –una palabra que probablemente habría halagado su orgullo– y su índice de aciertos era muy superior al nuestro.

Inevitablemente llegó el día fatídico –es decir, ayer, porque ahora ya ha pasado la medianoche– en que el director nos anunció que todos estábamos despedidos, excepto Ina, por supuesto, pero que no nos preocupáramos, recibiríamos los diez salarios compensatorios que estipula el convenio colectivo. Tenemos familias, hipotecas, y aún nos faltan diez o quince años para la jubilación; no creemos en la reconversión profesional. ¿Quién contrata a un meteorólogo viejo? Ya habíamos visto el amargo destino de los dos compañeros despedidos previamente.

No nos quedó más que una sola cosa por hacer. Les juro que no fue algo premeditado; actuamos por instinto. De vuelta en la oficina, nos abalanzamos sobre ella como perros. No opuso resistencia; de hecho, no hizo el menor gesto. No mostró sorpresa, ni horror, ni dolor. Y eso nos enfureció aún más. La golpeamos contra las paredes, las mujeres le arrancaron el cabello y los hombres la golpearon con puños y pies hasta que no dio más señales de vida. La matamos con brutalidad. Luego, sin piedad (de todos modos estaba muerta), le cortamos las manos, los pies y la cabeza y la metimos en un saco. Era ligera como una nube. La enterramos en el Bosque Verde, junto al Museo de la Aldea, bajo la oquedad de un árbol viejo, y nos fuimos a casa sin hablarnos.

¡Toc, toc!

Por fin apareció la Policía; cuánto tardaron. Es por la mañana, ya son las diez. Los niños se han ido a la escuela, mi esposa al trabajo. Estoy solo en casa y sin haber dormido. Gracias a Dios, no rompieron la puerta.

Esperaba un pelotón entero de agentes encapuchados con armas cargadas, que me tiraran boca abajo y me ataran las manos a la espalda. Estaba preparado para soportar el impacto. Lo merecía. Pero no. En la puerta se presentó cortésmente una joven agente uniformada. No era feroz en absoluto.

—¿Señor Mugur Ioniță?

—Sí, soy yo.

—En relación con lo ocurrido ayer en el Centro meteorológico, ¿puede acompañarme a la comisaría?

—Sí —respondí, sorprendido por la amabilidad de la policía.

Ni siquiera lleva pistola; al menos no veía funda alguna.

—Espere a que tome mi equipaje.

—No es necesario. No lo retendremos mucho tiempo.

—¿No me pondrán esposas?

—Si tiene ganas de juegos perversos, hágalo con su esposa —me interrumpió la joven, irritada por mi pregunta.

En la sede policial, en un banco largo, estaban alineados los demás compañeros y compañeras, sin haber dormido, igual que yo.

—Señores —nos dijo un policía, probablemente el encargado de investigar el crimen—, ¿qué les ocurre? Es el tercer caso de este tipo en una sola semana. El mes pasado tuvimos unos diez más. Completen las declaraciones y pueden irse. De todos modos, todo quedó registrado por las cámaras de la oficina; no tiene sentido negar los hechos.

Escribí toda la historia, cada uno según la percibió. El policía guardó las declaraciones en un cajón sin molestarse en leerlas.

—Por daños a la propiedad tendré que abrirles un expediente penal. Además de una multa y obligaciones de pago. Probablemente también se les retenga parte de los salarios compensatorios.

—¿No estamos detenidos por homicidio? —se atrevió a preguntar una compañera.

—¿Se han vuelto todos locos? ¡Adiós!

Uno de los compañeros se ofreció a llevarnos a casa en coche. Encendió la radio y, para nuestro horror, en directo, su voz, como llegada desde una nube, recitaba con la habitual perfección la poesía meteorológica del día. Al final, con inflexiones juguetonas: presentó para ustedes la meteoróloga de turno, Ina Arcip.

Cambiamos la ruta y regresamos al Bosque Verde. Observamos que estaba lleno de tumbas, algunas más recientes, otras más antiguas. Identificamos la suya por la gran oquedad. La desenterramos con las manos desnudas. Bajo la tierra húmeda, en medio de la naturaleza, encontramos algunos cables enredados, restos de plástico, circuitos y la placa donde figuraban únicamente las iniciales de Ina Arcip.

Mugur Ioniță nació en 1972 en Timișoara, Rumania. Es meteorólogo, escritor y también ha sido, entre otras cosas, oficial, profesor de geografía, controlador de tráfico terrestre aeroportuario y corresponsal para la zona oeste del país del semanario Observatorul Militar. Ha trabajado en misiones internacionales durante más de doce años, en países como la República Democrática del Congo y Bosnia y Herzegovina. Es autor de las novelas Ultimul meteorolog (2021), Scrie-mi! (2023) y Odiseea adriatica (2025, así como de un relato del volumen colectivo Underground TM – Orașul care nu se vede (2022). En verano, cuando no está escribiendo ni observando las nubes, se le puede encontrar en el mar. En los últimos diez años, desde que descubrió la navegación, ha acumulado varios miles de millas en los mares de Europa, como patrón o miembro de la tripulación.

LAS CLOACAS DEL PARAÍSO

Rodrigo Juri

 

1

 

Las olas rompen contra las rocas de abajo levantando una fina llovizna que se eleva incluso por sobre el borde del acantilado, envolviendo al hombre que, sin amilanarse por el frío ni la humedad, contempla el inicio de un nuevo día. Disfruta del aroma salino que inunda sus narices y que llena sus pulmones. Aprecia el violento clamor del mar estrellándose contra las murallas de piedra. Sonríe cuando los primeros rayos del sol le hacen entrecerrar sus ojos.

Un parpadeo. Tan sólo eso. Y todo es oscuridad mientras cae vertiginosamente en un abismo de insondable profundidad.

Francisco Domínguez detesta cuando eso pasa. Cuando interrumpen violentamente la conexión y dejan su cuerpo botado en cualquier lado para que él se haga cargo. Al menos esta vez está abrigado, cubierto por las mantas de un lecho que huele a desinfectante y a sexo. A un costado, poniéndose sus ropas hay una niña impúber. La reconoce como un móvil Leyla estándar. Uno de los modelos clonados en serie por una compañía de la competencia. Una criatura que fue lobotomizada en su primer año de vida y que desde entonces es manipulada en forma remota a través de un implante por los operadores de la compañía.

Se pregunta si acaso podría ganar algo de todo aquello. Pero no. Es claro que el operador sabe quién es su cliente y que la sesión ha terminado.

—¿Dónde estoy? —le pregunta.

—En un motel en las afueras de Santiago. Hay una estación de trenes justo a la salida.

Mira por una ventana y afuera es de noche. Eso no le consuela mucho. Con seguridad su cliente lo ha paseado sin ningún miramiento por la superficie, exponiendo su cuerpo a los dañinos rayos ultravioleta del sol e incluso es posible que lo haya llevado hasta las ruinas de la ciudad que siguen siendo radiactivas aunque ya han pasado varias décadas desde el último bombardeo.

A ese ritmo no va a durar mucho. Decide que lo mejor es aprovechar la oscuridad, así que se viste rápidamente y sale presuroso en dirección a la estación, esperando que pase pronto un tren que lo lleve a casa.

 

2

 

Está sentado sobre hierba seca mirando un valle verde que se extiende a lo lejos. Su último cliente parece haberse hecho adicto a él y volvió a solicitar sus servicios sólo veinticuatro horas más tarde. Apenas había tenido tiempo para llegar a los complejos subterráneos de Nuevo Valparaíso, reportarse con su jefe y dormir un poco. Pero estaba bien. Ahora de nuevo su mente puede disfrutar de la soledad y de un paisaje maravilloso, lejos de los inmundos corredores de la ciudad y la total miseria de la superficie. Por otro lado, su cuerpo podía estar asándose en lava ardiente, por lo que sabía. No importaba. Después de lo que había pasado había exigido garantías adicionales y se las habían otorgado. Cualquier daño que sufriera sería compensado con creces.

¿Quién sería?, se preguntó. Su jefe le había dicho que era un oficial corporativo de la Luna. Eso no era mucho porque el noventa por ciento de la demanda en el lucrativo negocio del arriendo de cuerpos provenía de la Luna. Hombres de negocios, autoridades, incluso turistas, que jamás podrían poner un pie sobre la Tierra pues sus huesos famélicos se quebrarían y sus flojos corazones colapsarían, todo ello a causa de la escasa gravedad en la que habían nacido y crecido. Lo más cerca que podían llegar era hasta alguna estación espacial en órbita terrestre y desde allí contratar los servicios de alguno de los muchos miserables que poseían un implante de control remoto en la base de su encéfalo.

A algunos les repugnaba esa práctica. La forma última de prostitución. Muchos le miraban con desprecio cuando sabían a qué se dedicaba. Expresión que se convertía en desdeñosa envidia cuando le veían conduciendo algún lujoso automóvil o envuelto en un elegante traje manufacturado en la Luna o Marte. Todo gracias al dinero que no dejaba de llegar a su cuenta corriente.

Él, en cambio, los miraba con condescendencia. Gentes que se aferraban a una realidad decadente. ¿Qué podía haber de bueno en aquel mundo arruinado por interminables guerras nucleares, agotado en sus recursos naturales, sometido a dictadores brutales y a oligarquías esclavistas?

Lo paradójico era que alguien de allá, de aquel paraíso tecnológico que era la Luna, deseara visitar este infierno. Pero quién era él para discutir sus motivos. Lo importante era que eso le permitía pasearse por un soleado valle tapizado de fragantes flores y frondosos árboles, y encima, se le pagaba por ello.

Esta vez es peor. Está en medio de una zanja, semidesnudo y la lluvia cae sobre él a cántaros. De nuevo está en el exterior, y no puede dejar de preguntarse qué asuntos tiene su cliente allí afuera. No importa. No es problema suyo. Sí lo es comprobar que todos sus miembros estén donde deben estar. Sí, aparentemente sí, aunque siente un dolor apagado en la base del estómago. Sin duda, alguien le había golpeado allí algunos momentos antes. ¿En qué sórdido asunto se había metido su cliente?

Se levanta lo mejor que puede y comienza a caminar. No tiene idea de dónde está ni a dónde debe dirigirse. Le pide a la inteligencia artificial alojada en su implante que le avise a su jefe y que mande un transporte a por él. Se sienta debajo de un árbol. Su mente se traslada a una paradisíaca isla tropical mientras alguien más se encarga de llevar su ser hasta un sitio confortable y seguro.

 

3

 

Una ciudad dorada al otro lado de un río de plata. Allí quizás le esperan los tesoros de Alí Babá, o mejor aún, el harén del califa. Sólo tiene que pedir y se le concederá. Esta vez su cliente le había ofrecido el doble de paga y acceso a realidades virtuales de alta fidelidad. Al final no pudo negarse.

Se acerca a la góndola que espera al borde del río. Sube en ella y como por arte de magia la pequeña embarcación comienza por sí sola a surcar las aguas llevándolo hacia la ciudad de oro.

Dolor. Intenso dolor. Está en una playa de arenas grises, bajo un cielo encapotado. Su pierna sangra y su pantalón está manchado de púrpura. ¿Cuándo tiempo lleva así? ¿Ha perdido mucha sangre? ¿Cuánto le van a pagar por este desastre?

Todos estos interrogantes pasan a segundo plano cuando ve que a su lado está el cuerpo inmóvil de una pequeña. La conoce. Leyla. Quizás la misma en cuya compañía había despertado días atrás. Por alguna razón, está seguro de ello. Comprende que está muerta, su cuello torcido en un ángulo imposible.

Tendrá que dar algunas explicaciones a la policía y a los dueños de la unidad, pero todo está en la memoria de su implante y, por supuesto, se le exonerará de toda responsabilidad. El verdadero culpable tampoco tiene nada de qué preocuparse pues está a salvo allá en el espacio.

Se arrastra un trecho dejando un rastro rojo tras de sí. Se está desangrando con rapidez. Siente una punzada de miedo. Piensa en enviar una señal de emergencia. No servirá. No llegarán a tiempo. Por lo demás, ya siente que sus miembros se entumecen y su visión se nubla. Muy pronto perderá la conciencia. Ya está jodido. Decide permitir que la muerte gane esa batalla.

 

4

 

Su jefe le espera en la cima de la verde colina apoyado en monolitos de piedra. Domínguez asciende los últimos tramos del sendero visiblemente enojado.

—Lo siento, Pancho —dice el jefe—. Los seguros cubren todo y el cliente se ofreció a pagar una compensación adicional.

—¿Qué mierda pasó?

—Ya sabes. Los selenitas y sus conspiraciones corporativas. Y no nos conviene saber más.

—Última vez, jefe. Ya no quiero más problemas. Nada de cuerpos fuertes y atléticos. No quiero jugar más a los espías y ladrones.

—Entonces no me sirves.

—Eso está bien porque renuncio.

 

La niña avanza por el pasillo escasamente iluminado. A su lado están los centenares de estanques guardados en el sótano de la compañía. Dentro de cada uno de ellos flota un cuerpo, o lo que queda de ellos. A veces son sólo cabezas o cerebros conectados directamente a tubos que les suministran nutrientes.

Llega hasta donde sus nuevos jefes le habían dicho que estaba. Un cuerpo completo, flotando en un líquido viscoso. Es viejo, de cabeza calva y muchas llagas en la piel producto de la radiactividad. Francisco Domínguez, dice la placa. Alguna vez ese cuerpo había sido joven y se había alimentado, había caminado y había visto y oído por sí mismo. También había sido pobre y tuvo que venderse a bajo precio. Lo trataron mal y muy pronto quedó estropeado. Pero había alcanzado a ahorrar lo suficiente como para costearse un estanque de manutención.

La niña contempla con tristeza aquel ser, que es ella misma, el original, allí donde todavía residen sus recuerdos y su voluntad.

Con el dinero de los seguros, los bonos y la indemnización bien podría haber vivido sin necesidad de trabajar un buen tiempo. Podría haberse quedado una larga temporada en cualquiera de los jardines del Edén que tanto le gustaba visitar. Pero no.

Sí, detestaba ese mundo en el que le había tocado vivir. Pero lo necesitaba. Necesitaba saberse vivo, saberse real. Saber o imaginar al menos que era algo más que ese bulto flotando en líquido verdoso.

Ahora que había comprobado que la mudanza se había llevado a cabo sin contratiempos tenía que volver a sus labores. Sus nuevos jefes le habían dado un modelo Leyla estándar. Un cerebro hueco que ahora ocupaba él. Un cuerpo infantil que debía ofrecer a los pedófilos de la Luna. Esta vez sería un operador, nada de escaparse a mundos de fantasía en horas de trabajo.

Rodrigo Juri nació en 1971, es ingeniero agrónomo y profesor de ciencias. Aunque ha sido aficionado a la ciencia ficción desde niño, se ha dedicado a escribir desde hace unos pocos años, luego de que en el año 2007 participara como miembro del comité organizador de la 65ava Convención Mundial de Ciencia Ficción celebrada en Yokohama, Japón. Ha publicado sus trabajos en portales electrónicos como Tau Zero, Axxón, El Sitio de Ciencia Ficción, y en el fanzine argentino Próxima. Participó en la antología binacional chileno argentina Espacio Austral. Actualmente vive en la ciudad de Rancagua, está casado con Ximena y tienen una hija cuyo nombre, sin embargo, no es Elvira, tampoco Sol, sino Evelyn. Además comparten sus vidas con tres gatos, dos pajaritos, un perro y una liebre loca. 

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

GUSTO ADQUIRIDO

 Johan Davidsen

 

Sara aseguró su bicicleta a un tubo de desagüe frente a la entrada de mi edificio, mientras un gran grupo de jóvenes salía en tropel del vestíbulo del local de conciertos de enfrente.

—Retrocedan —dijo con firmeza uno de los porteros.

—¡Eres un perro! —gritó un chico de sudadera con capucha.

Cuando todo se calmó un poco quise intentar vender la entrada que me sobraba.

—¿Probamos con ellas? —le pregunté a Sara, señalando a tres mujeres de unos cuarenta años. Me sentía más seguro con ellas. Pero ella prefería preguntarles a los que acababan de expulsar.

—Hola, ¿están buscando una entrada? —preguntó Sara al grupo.

—La compro por 100 coronas —dijo un hombre corpulento con camiseta blanca, con la mirada perdida.

—Cuesta 295 —respondió Sara—, eso fue lo que pagamos.

Un hombre más bajo salió del grupo.

—Yo la quiero —dijo—. ¿Cuánto cuesta? ¿Cuál es tu número? Ponte aquí a mi lado y te hago la transferencia.

De pronto estábamos en medio del grupo. Yo estaba nervioso. Tecleó mi número y realizó la transferencia. Con manos temblorosas, le envié la entrada.

—Mi MobilePay no funciona, no sé por qué —dijo, y le preguntó a un amigo si podía transferir el dinero.

—Tengo el dinero, lo aseguro. Toma, sostén mi teléfono hasta que recibas el pago —dijo el amigo.

Sara sostuvo su teléfono mientras él hacía la transferencia.

Subimos a mi apartamento antes del concierto. La adrenalina todavía corría por mi cuerpo. Encontré dos cervezas en el refrigerador y nos sentamos en el sofá.

—Me sentí como el chico más blanco de todos allá abajo —dije.

—Pero es que lo eres —respondió Sara, riendo.

Era increíble lo acostumbrado que debía estar aquel tipo a la desconfianza. Él mismo sugirió que sostuviera su teléfono como garantía.

Sara estuvo de acuerdo.

—Tal vez sea porque una vez me asaltaron que no confío en nadie —dije.

—Yo no tuve ningún problema. Pero también podría ser su madre —dijo Sara.

El novio de Sara, Simon, escribió. También iba al concierto con unos amigos. Miré por la ventana y lo vi abajo. Nos saludaron con la mano. Teníamos que terminar nuestras bebidas. Escribió que irían al bar a la derecha del escenario. Poco después, a la izquierda. Su exnovia estaba trabajando allí.

En la calle, una patrulla policial tenía las luces azules encendidas.

—¡Ahora cálmate! ¡Da un paso atrás! —gritó un agente.

Se oyó un golpe sordo cuando un joven fue empujado contra el coche y tirado al suelo, mientras la policía y los jóvenes se gritaban mutuamente. Sara hablaba de brutalidad policial mientras yo fumaba un cigarrillo camino a la entrada, donde una agente estaba sentada encima de un joven que yacía boca abajo sobre los adoquines.

El hombre que había comprado mi entrada discutía con un policía, intentando explicar lo sucedido. No entendí lo que quería decir. Seguimos hacia la entrada.

El bajo hacía vibrar las ventanas.

—Llegaron justo a tiempo —dijo el guardia dijo.

Creo que Sara no lo escuchó y siguió subiendo lentamente las escaleras.

—Oye, ya empezó —tuve que decirle.

Entonces nos apresuramos a subir y nos metimos entre la multitud.

Le escribí a Simon para decirle dónde estábamos, pero pronto lo vi con sus amigos, a unos metros delante de nosotros entre el público.

—¡Qué gusto verte! —gritó, haciendo que mis tímpanos vibraran incómodamente mientras nos abrazábamos.

El concierto estuvo bien, pero no tan bueno como las dos veces anteriores que había visto al rapero. Después me quedé afuera hablando con Simon. Algunos querían ir a un bar antiguo. Pero Sara pensaba que estaría demasiado lleno. Es alérgica al humo y dijo que terminaríamos impregnados de nicotina.

Sara y Simon tenían hambre. Un taxi con la luz verde encendida estaba un poco más abajo en la calle. Colocamos la bicicleta de Sara en la parte trasera, y Simon dijo el nombre de un restaurante en el centro del que siempre hablaba. Cuando el coche tomó velocidad, le pedimos al conductor que subiera la música, una canción del concierto. Ya en el centro, nos detuvimos ante un semáforo en rojo.

—Esperen —dijo el taxista—, tengo que revisar la bicicleta.

Salió y ajustó bien el soporte. Un taxi que venía en sentido contrario bajó la ventanilla.

—¿Qué estás haciendo? ¡Inmigrante! —le gritó a nuestro conductor, riendo. Se conocían.

Nos dejó justo frente al restaurante. Abrimos la puerta de cristal y nos abrimos paso a través de las gruesas cortinas que mantenían el frío afuera.

Un camarero británico con gorra plana nos preguntó si veníamos por bebidas o por cena.

—¿Por qué elegir? —preguntó Simon.

Nos acomodaron en una mesa junto a la ventana que daba a la calle. Yo realmente necesitaba ir al baño. Debía estar al fondo del local alargado. Pero había un bar en el centro.

—Disculpe, señor, esta es el área de trabajo. Está del lado equivocado de la barra —gritó el camarero.

Me tomó un momento entender que me hablaba a mí. Evidentemente había pasado al lado incorrecto. Cuando llegamos, nos había preguntado si queríamos sentarnos en la barra, lo cual habíamos rechazado, pero yo miré hacia allí y, por alguna razón, confundí el lado de los clientes con el del personal sin darme cuenta.

Debió de ser eso lo que salió mal cuando intenté encontrar el baño. Me dio vergüenza, pero salí y fui al baño. Había dos inodoros uno junto al otro en una sala grande con iluminación tenue.

Cuando regresé a la mesa, conté la experiencia embarazosa. Los otros dos no lo consideraron tan grave. Pero también estaban bastante más ebrios. Pedimos comida. Y luego un vino natural que el camarero describió como un gusto adquirido. Pero al probarlo, se parecía a una sidra casera. Sara estuvo varias veces a punto de quedarse dormida.

Cuando llegó la cuenta, superaba las mil coronas. Le pregunté a Simon cuánto debía transferirle.

—Doscientos —dijo tras pensarlo un momento.

Simplemente lo hice, aunque estaba lejos de ser mi parte completa.

Al salir, no pude evitarlo y me acerqué a la barra, donde nuestro camarero, que ya había terminado su turno, estaba sentado en un taburete. Con un rápido movimiento de la mano, le quité la gorra, que voló en un arco bajo por encima de la barra y cayó en el lavabo.

No debí haber hecho eso.

Johan Davidsen es un escritor danés nacido en 1985. Tiene una maestría en Estudios de la Comunicación por la Universidad de Copenhague. Debutó como autor en 2015 con Jeg kan ikke hjælpe dig med dine problemer (No puedo ayudarte con tus roblemas). Selvmordstanker kan ikke betale sig (Los pensamientos suicidas no pagan) es su segundo libro.

 

DE SABORES Y ALEGRÍAS

Maritza Macías Mosquera

 

Anny había llegado de España a acompañar a su amiga… un poco tarde, se dijo. Transcurrió más de un año desde la partida de doña Ramona, pero ella, becada en Europa, no podía dejar todo para venir a casa de Celia cuando su madre falleció. Estaba al tanto de lo ocurrido, con la información precisa, ya que hablaba a diario con su amiga, en realidad se mensajeaban, era la forma más práctica; sin embargo, Anny sabía que faltaba ese abrazo prolongado a propósito, con la sola intención de sentir a la otra.

Su amistad se remontaba a los tiempos de la universidad. Allí se conocieron. Cuando un trabajo grupal las puso en el mismo grupo y a investigar el mismo tema, nunca más se separaron. La amistad, que databa ya de más de diez años, era firme y honesta. Por eso le dolía no estar con Celia, no haber estado a su lado en el velatorio y el funeral.

Su beca había terminado y había aprobado como siempre, sobresaliente. Decidió regresar de inmediato. Hacía dos años que no abrazaba a sus padres, hermanos ni sobrinos y en especial a su amiga del alma.

—¿Cómo estás, amiga de mi corazón? ¡Te he extrañado tanto! —Fue lo más honesto que le salió de la boca. Celia la había ido a esperar al aeropuerto.

—Bien —respondió Celia—. ¿Cómo estuvo el vuelo?

—La verdad, me lo dormí todo, desperté cuando atravesábamos la cordillera.

—Ja, ja, ja, lo sabía, igual que cuando te fuiste, no has dejado de ser una marmota. —Y se rieron juntas.

Ese día se quedaría con ella, sus padres vivían en provincia, así que partiría al día siguiente. Sabía que no cabía la posibilidad de dormir, eran muchos dos años lejos sin poder conversar a solas. Luego de ver a su familia, regresaría a ocupar su cargo a la facultad donde se desenvolvía antes de la beca y se quedaría en la casa de Celia, quien ya tenía un dormitorio dispuesto y donde se instaló de inmediato.

Cuando hizo entrega de los regalos que traía, Celia no pudo contener el llanto al recibir el abanico legítimo de Sevilla, que Anny le había comprado a su madre. Ella estaba segura de que Anny se lo traería desde España, pero no alcanzó a recibirlo porque un mieloma múltiple, ese cáncer de ancianos, la había llevado en pocas semanas.

Ramona sospechó su condición, pero Celia no se lo corroboró, nunca hablaron de su enfermedad, solo se limitaba a cuidarla y mimarla. No había tiempo para ellas. Fue por esa razón que la emoción de Celia la hizo desbordarse y cayó en cuenta que no había llorado con tanta pena su duelo en lo que iba corrido de ese año.

—Sabes que a veces creo que es un déjá vu, cuando los recuerdos se me confunden con flashes sobre mi vida pasada —dijo Celia, confesándole a Anny lo que era su vida ahora sin su madre—. Será que la memoria y el tiempo se pueden mezclar como los ingredientes de una receta o, que son solo curiosas maneras que tiene nuestro cerebro de enviarnos hacia atrás. No para retener el tiempo ido ni para volver a él, lo que es imposible, si no para no olvidar de dónde venimos ni lo que hemos vivido, sea esto bueno, malo; feliz o doloroso.

—Eso es legítimo —la animó Anny—, solo tú sabes cómo canalizas tu pena y tus recuerdos.

—También —continuó Celia sin prestar demasiada atención al comentario de su amiga—, en otras ocasiones, creo sentir que me nombra, escucho su voz tras de mí y, giro para verla, pero no está, entonces me pregunto, ¿sería mi imaginación? Porque la oí tan nítida… Sí, escucho su voz, esa misma melodiosa voz de antaño, esa voz cantora, alta, afinada, armoniosa, de timbre brillante. Esa voz y esas canciones, resuenan constantes en mis oídos. Nunca he vuelto a escuchar una voz como la suya. Puede que yo la idealizara en mis remembranzas, igual es mi prerrogativa, puesto que era mi madre su dueña.

—Es cierto; la oí cantar algunas veces.

—Pero cuando se enfermó ya no pudo cantar más, se le olvidó ese amplio repertorio del que disponía y junto con el olvido de las letras de las canciones, su voz se volvió desafinada, desentonada y prefirió el silencio.

Y al silencio de Ramona, mencionado por Celia, siguió un silencio prolongado durante el cual Anny no supo qué decir. La anfitriona se levantó para servir café y la amiga recorrió la sala con la mirada.

—Todo está igual —dijo finalmente.

—Prefiero que así sea —dijo Celia regresando con una bandeja en la que, además de la cafetera y los pocillos, había una fuente con bizcochos caseros. Solo entonces, cuando se hubo sentado en el sillón, reanudó los comentarios—. Tengo recuerdos de mi madre desde una edad bien lejana, debo haber tenido cuatro o cinco años, porque la veo joven en esas imágenes que mi cerebro logró guardar. Ella fue siempre una mujer muy acelerada, hacía todo muy rápido y me costaba mucho seguir su ritmo, muchas veces se le caían las cosas o las dejaba sobre la mesa o en el lavaplatos, de manera brusca, todo por lo atolondrada que era.

—Sí, así la recuerdo, cuando yo te pasaba a buscar y se molestaba porque tú no estabas lista. “¡Tan lenta esta niñita, por Dios!”, me decía mientras buscabas tus cosas por aquí y por allá.

 —Ella era así, rápida para todo. Extraño sus comidas. Cocinaba tan rico, aunque yo no alcanzaba a ver qué ingredientes ponía en cada comida; por lo mismo me causaba curiosidad saber qué llevaba cada plato, no para cocinar yo, que era muy niña, sino porque le quedaban tan ricas que deseaba saborear y reconocer en ellas, cada ingrediente. Después, ya de grande me ayudaba a cocinar y me dirigía: el pollo pega bien con apio, las carnes rojas con pimienta negra y así fui aprendiendo, de su forma y estrategias culinarias.

—Pero deben haberte quedado grabadas algunas de sus recetas, ¿no? —Anny bebió un sorbo de café y Celia la contempló extrañada, como si con esa simple frase hubiera abierto un canal hacia el pasado.

—¡Eso mismo! —exclamó—. Pero lo que más recuerdo, sin dudar, eran dos preparaciones de ella que me embelesaban. No eran comidas de almuerzo o cena. Una era un postre: leche asada.

—En España le dicen flan —acotó Anny—. ¡Me encanta!

—El otro —siguió Celia—, un queque, ambos dulces y, a ambos se les hacía una especie de costra encima. La de la leche asada, era muy, muy rica y la del queque, era crocante.

—Me había olvidado lo que es un queque. Allá le dicen bizcocho… ¿Es lo mismo?

—Supongo que sí —dijo Celia moviendo la mano, como restándole importancia al tema de los nombres—. En aquellos años —continuó—, en mi casa de niña no existían los electrodomésticos, por lo que mi retina me devuelve la imagen de ella, batiendo con un par de tenedores y, como era acelerada, batía muy rápido. Tampoco se guiaba por cantidades indicadas en alguna receta, ella lo hacía todo "al ojo", como decimos por acá. Yo la observaba y, mientras revolvía y batía, cantaba boleros y tangos. De esos me aprendí parte de sus letras.

—¡Qué divertido!

Celia contempló a su amiga y una especie de luz le recorrió la mirada.

—Oye —dijo al cabo de un momento—, se me ocurre una idea: ¿qué tal si preparamos ese queque y lo comemos hoy mismo.

Anny, que conocía los sabores de ambos, no pudo decir otra cosa que dar un sí rotundo y emocionado.

Una vez en la cocina, Celia fue quien guio la faena… cantando, tal como hacía su madre.

—Quebrar tres huevos y echarlos en un cuenco... dijo mirando a Anny. Luego, sin solución de continuidad, entonó una estrofa—. Partiré canturreando... mi poema más triste.

—¿Y ahora? —apremió Anny.

—Agregar una taza de azúcar... Poner un octavo de mantequilla a temperatura ambiente, batir...

 y seguir cantando... le diré a todo el mundo... lo que tú, me quisiste...

—¿Sabes la receta de memoria?

Celia no respondió a la pregunta y continuó la cantilena.

—Una vez esté todo bien mezclado agregar una taza de harina de trigo. Y luego echar, sobre la mezcla, otra taza de harina y continuar mezclando…

—¡Canta, canta!

Y cuando nadie escuche, mis canciones ya viejas… partiré a algún pueblo lejano...

—¡Sigue!

—Espolvorear un par de cucharaditas de polvos de hornear y mezclar despacio... Enmantecar un molde y vaciar la mezcla en él.

—Ya no estás cantando.

—… y allí, moriré...

—¡Qué final triste!

—No para el queque —dijo Celia—. Luego de una media hora, pinchar con una aguja de tejer para comprobar si ya está cocido. Si la aguja sale húmeda dejar un rato más, si sale seca está listo.

—¿Qué cantabas? —preguntó Anny.

—Era un tema muy antiguo —comentó Celia—, se llama "Cuando ya no me quieras", del mexicano Miguel Castilla; lo interpretaba Tito Rodríguez y también por Los Tres Reyes. Mi madre sabía todo lo concerniente a los temas que le gustaban.

 

—Hay que celebrar tu regreso, amiga querida —dijo Celia cuando hubieron terminado la actividad culinaria.

—Traje un espumante delicioso...

—Mientras no terminemos borrachas…

—Veo que sigues siendo la misma de siempre. No cualquiera recuerda una de esas canciones, al menos no con tu edad y no esas canciones.

La nota final —agregó Celia—, es que si no lo haces cantando, ten la seguridad que no obtendrás los resultados esperados, Pero te voy a enviar las recetas a tu celular, para que la prepares con tu familia y también la grabación de esa y otras canciones.

 

Por la mañana se despidieron en el terminal de buses. Hubo un largo abrazo, saludos a la familia, y los mejores deseos. Celia regresó a casa, ordenaría un poco y luego se iría al trabajo, como siempre... cuando un Cely muy suave se escuchó en alguna parte de la sala.

Celia, miró por todos lados y luego sonrió.

—Sí, mamá, estoy feliz; el queque salió perfecto… y usaré tu abanico. Te lo prometo.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

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