Rogelio Ramos Signes
Anaclara y Reemberto, los dos menores, cubrían el
circuito derecho. Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo,
hacíamos el trayecto izquierdo. Al fondo, unos metros más atrás del punto donde
nos tocábamos las dos brigadas luego de cada vuelta, estaba el bisabuelo
acostado en el cajón (¿el ataúd se dice?).
La gente había comenzado a
llegar después del almuerzo; no porque temiera pasar hambre durante el velorio,
sino porque al bisabuelo se le ocurrió morirse pasadas las 2 de la tarde. La
noticia corrió con la velocidad de las piernas de un vecinito que jugaba a las
bolillas por allí, justo cuando el bisabuelo dijo “c’est fini”, que es una expresión y nada más. El bisabuelo, que era
de Alcoy, provincia de Valencia, dijo “prou”,
o dijo “adéu”, no “c’est fini”. Pero en mi barrio, típico
barrio de provincia del norte argentino, adéu
y c’est fini es casi lo mismo; un
sonidito, un respirito trágico.
El comando de la derecha
(Anaclara y Reemberto, ya lo dije) partía de la puerta de calle, giraba por la
vereda, retomaba por el pequeño parral de la familia, rodeaba la casa,
ingresaba por el fondo de la carpintería del tío Vicente y llegaba hasta la
habitación que hacía las veces de sala velatoria.
El comando de la izquierda
(Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo, también lo dije),
una vez separado del comando de la derecha en la propia puerta de la casa,
giraba hacia la vereda, daba vuelta a la ochava, rodeaba la casa por la calle
Toribio, ingresaba a la vivienda por el saloncito de peluquería que funcionaba
al fondo, y llegaba a la pieza del prou
y del adéu; es decir, a la habitación
del bisabuelo donde el bisabuelo “dormía su último sueño”. Eso escuchamos
decir.
Allí, al costado del cajón, un
enjambre de parientas revocadas de negro hasta los pies musitaba algunos rezos
que se entremezclaban y producían el efecto de una triste colmena. Las llamitas
de las velas, inmóviles, parecían líneas incandescentes dibujadas al efecto. Y
las flores, que apreciadas de una en una seguramente serían fragantes y agradables,
en conjunto tornaban el recinto en algo irrespirable, como un establo en plena
actividad. Ese era el punto, precisamente, en el que nos encontrábamos los
integrantes de las dos brigadas. Allí, los cuatro primos, nos pasábamos un informe informal de lo que habíamos
escuchado en nuestras correspondientes rondas. “Se apagó como un fosforito”
decía Reemberto, parodiando a alguna vecina, mientras se mordía los labios,
como aguantándose las lágrimas.
Lo que no podíamos aguantarnos
era la risa. Alguien que se apaga como un fosforito, en algún momento debió
haberse encendido ¡flash! como un joven, esbelto y saludable fósforo parrillero.
Además la tía Maricarmen siempre había dicho que el abuelo (abuelo para ella,
pero no para nosotros, se entiende) era “medio fosforito”; es decir,
temperamental; es decir, calentón; es decir, de pocas pulgas. Y la imagen del
bisabuelo, y de su larguísima vida (94 años), reducida al rectángulo de una
caja de fósforos, nos parecía muy triste pero también muy graciosa; porque,
convengamos, “medio fosforito” querrá decir “de bastante mal carácter”, pero
palabra por palabra (y a todos los primos nos fascinaban las palabras) “medio
fosforito” también quería decir que no era ni siquiera un miserable fósforo.
¡Bah! Los mayores siempre decían tonteras. Por eso es que nos abrazábamos entre
los cuatro, alguno decía compungidamente “Se apagó como un fosforito”, y
llorábamos de risa.
Ese era el momento en el que
alguna parienta nos decía “¡Juicio, juicio!” con la mano presta para una
bofetada, y nosotros volvíamos a nuestra ronda, a ese trabajo impago pero
necesario: Anaclara y Reemberto por la derecha, Alicia Marcela Gertrudis del
Sagrado Corazón de Jesús y yo por la izquierda. Puerta. Vereda. Ochava. Calle
Toribio. Peluquería y, otra vez, el bisabuelo, que hasta hacía un momento se
había apagado “como un fosforito”, pero que ahora, por obra y gracia del
finísimo oído de Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo
decirle Licha, que es como le decíamos los primos?), se había muerto “como un
pajarito”. ¡Caramba! ¿Cómo mueren los pajaritos? ¿Con las patitas encogidas?
¿Diciendo “pío”, lentamente? Es
difícil saberlo, porque el bisabuelo (hasta donde la información que
manejábamos era buena) había dicho “prou”,
y no “pío”. Además, no es lo mismo un
pájaro que muere de un hondazo, que un pájaro que muere a los 94 años, harto de
no hacer nada, o de mirar a las chicas que entran a la peluquería: las caderas
de aquella, el escote de esta otra; cansado de ese repetido acto de magia en el
que las mujeres entran morochas (morenas,
decía él) y salen rubias.
Decidimos entonces que las
dudas existenciales quedarían para después, para cuando estuviésemos lejos del teatro de operaciones y todo fuera un
recuerdo, sin cuerpo presente. Nos abrazamos los cuatro, uno de nosotros dijo,
en medio de pucheros, “Murió como un pajarito”, lloramos de risa, alguna tía (o
vecina, o tutora, o encargada) nos exigió “¡Juicio, juicio!” con la mano
remontada para el bife, y partimos hacia una nueva recorrida; en aras de un
arduo trabajo no reconocido en su momento, pero que al día siguiente,
posiblemente, pasaría a formar parte de la mochila lexicográfica en los anales
del barrio. (¿Cabrá el término mochila
en lo que estoy diciendo? ¿La palabra lexicográfica
significará lo que estoy suponiendo ahora, al momento de esta despojada
crónica? ¿El vocablo anales no suena
un poco desfachatado en un texto sobre un bisabuelo pájaro que quedó medio
fosforito?). Ya veremos.
Puerta. Vereda. Parral.
Carpintería del tío Vicente y, otra vez, el bisabuelo allí, haciendo su última
siesta, definitiva, sin despertador.
Esa vez fui yo quien recogió
una frase: “Dios se lo llevó a su lado”. Pero si Dios se lo había llevado a su
lado, y el bisabuelo todavía estaba allí, ante nuestros ojos (como suele
decirse), significaba que Dios también estaba allí, invisible, acechante. Y nos
entró el miedo, porque Dios no nos había dicho “¡Juicio, juicio!” ni ninguna de
esas mandoneadas, y si nos había levantado la mano no teníamos como saberlo
porque, ya lo dije, era invisible. Y, bueno, en circunstancias así ya no era
tan divertido el juego, y decidimos que el barrio y la ciudad y la provincia, y
hasta el país y el continente, se quedarían sin nuestro fino estudio de la
lengua local. Ellos se lo buscaron, metiéndolo a Dios en estas cuestiones de
entrecasa.
Anaclara, con toda la
frustración de sus 8 años pintada en la cara, se quedó sin poder decir la frase
que había recolectado: “Colgó los guantes”. ¡Colgó los guantes! Pero si el
bisabuelo no había sido boxeador. El bisabuelo había sido viñatero (siempre alguien
aclaraba: “Un viñatero de los chicos”, que quiere decir que era un viñatero con
pocas tierras, no un viñatero para los niños, se entiende). El bisabuelo
también había sido fresador, pero no sabíamos qué significaba eso, y había
tenido un almacén y, ya bastante viejito, había sido tornero en la carpintería
de su nieto, el tío Vicente. Pero ¿qué podíamos hacer nosotros por la desazón
de Anaclara, siempre dejada de lado por ser la menor? Ni mis 9 años ni los 10
de Licha podían hacer algo por ella. Reemberto, en cambio, que también tenía 8,
había sido el primero en introducir su fosforito que, apagado y todo, encendió
la mecha de ese trabajo tan poco valorado. ¡Qué niño tan gracioso este
Reemberto! Pero tuve que ser yo (otra vez yo) quien metiera la pata. Podría
haber callado aquello de “Dios se lo llevó a su lado”, y pasar el informe de
otras frases que también escuché: “Pasó a mejor vida”, lo que ya supone un
juicio de valor y hasta una envidia; o “Levantó los documentos”, aunque a esa
nunca la entendí muy bien; o “Se olvidó de respirar”, lo que era un
despropósito, porque el bisabuelo sería un viejito caprichoso pero no era un
tonto, y sólo un tonto puede olvidarse de respirar. Aunque, con el tiempo, a
casi tres años de aquel día, he vuelto a pensar en todo eso y, olvidarse de respirar debe ser una de esas cuestiones a las que les llaman metáfora. La gente no se olvida de
respirar; la gente, a lo sumo, deja de respirar porque no puede seguir
haciéndolo o porque ya no lo quiere hacer más. El olvido es otra cosa. Y yo nunca
me olvidé de ese día; y cuando dentro de un mes ingrese al colegio secundario
(que será el Nacional y tendré una materia llamada Literatura) haré una
redacción sobre la vida y sobre la muerte que, según mi papá, son dos de
los únicos tres temas que existen (“el otro tema es el amor” escuché que una vez le decía a mi mamá, mientras le daba un
beso). Y si yo le pregunto, cosa que lo pone muy feliz, acerca de otros temas,
como la tierra, por ejemplo, él me
contesta que la tierra tiene que ver
con la vida y con el amor. Mi padre ama la tierra; pero creo
que ya me fui por las ramas. Será porque todavía me faltan unos días para
entrar en el colegio secundario y nunca tuve Literatura, que es “el arte de
combinar las palabras para expresar sentimientos”, según me dijo mi hermano,
que ya tuvo Literatura en tres oportunidades, y que tres veces tuvo que
rendirla, con profesora particular y todo.
Asustados con la posibilidad
de que Dios estuviese allí, invisible, parado junto al féretro del bisabuelo,
mirándonos y amonestándonos con la mirada, convinimos que lo mejor sería salir
en silencio por el pasillo y sentarnos en la vereda, con los pies en el agua
cristalina de la acequia, porque hacía mucho calor. Allí pensaríamos y decidiríamos
los pasos a seguir.
Licha fue la que tuvo la idea;
ella era (y es) la mayor y, a la hora de tomar decisiones, eso se nota. Dijo
que no podíamos tenerle miedo a Dios. “Sólo se le tiene miedo a los enemigos”
dijo, y dijo también que el miedo a Dios era algo que los mayores nos habían
metido en la cabeza, y que si Dios estaba allí, junto al bisabuelo (“al
bisabuelo Rafael” dijo; se ve que ella conocía a otro bisabuelo, con otro
nombre) era porque el bisabuelo había sido una buena persona, que se había
quedado viudo muy joven y que había criado a sus hijas con mucho amor, en la fe
de Cristo (en esa parte Licha se persignaba, tal vez porque sí tenía miedo y no
se animaba a decirlo) y que el único gustito que se había dado en la vida fue
hacerse traer desde su tierra (Alcoy, provincia de Valencia, España, ya lo
dije) papeles chiquititos y súper suaves para armar sus cigarrillos con tabaco
de acá nomás. ¡Sus famosos pitillos! Por todo eso, dijo Licha, y porque los
mayores no tienen derecho a adueñarse ni de Dios ni del dolor de los niños, que
a veces se manifiesta a través de la risa (textuales palabras de ella), es que
teníamos que tomar cartas en el asunto, inmovilizar a toda esa manga de adultos
embusteros (hombres como mastines, mujeres como sargentos custodiando al pobre
viejo), y dejarnos llevar por nuestros sentimientos, porque nosotros también
éramos buenos, como el bisabuelo (dicen que los ancianos y los niños están al
margen de las contaminaciones del alma) y que, como no teníamos otra ocasión
para darnos nuestro propio gustito más que poniendo a los grandes en su sitio
cuando se desubicaban (“ya que ni los papelitos súper suaves de Alcoy nos
producen placer” dijo, textual, textual), íbamos a neutralizar a los mayores
durante un buen rato.
“¿De qué manera?” preguntamos
los tres, a coro, como en las novelas de la radio. Y ella, entonces, en voz muy
baja, nos explicó; habló de una película, habló de un libro sin tapas que su
papá tenía en la biblioteca, habló de una anciana que vivía del otro lado de la
ciudad, habló de muchas cosas. Y entendimos. Por eso entramos al baño y sacamos
el frasco de las gotitas tranquilizantes, sin que nos vieran. Por eso entramos
a la cocina, también sin que nos vieran, y volcamos el contenido del frasco en
la gran olla con café. Por eso le ofrecimos una taza a cada uno de los adultos
(tía, tío, vecina, vecino). Y como nadie nos dijo que no (¿quién iba a decirle
que no a unos niños que han tomado una iniciativa tan simpática?), en poco más
de media hora los tuvimos a todos dormidos en sus sillas, roncando (o no),
despatarrados (o no), inofensivos.
Entonces cerramos la puerta de
calle, para que desde afuera pareciera que el velorio ya había terminado, y a
nadie se le ocurriese llegarse por la casa. Si alguien llamaba, nadie
respondería. Los intrusos se lamentarían (o se alegrarían) por haberse enterado
tarde, volverían a sus hogares y allí no habría pasado nada. Dispondríamos de
un tiempo (no sabíamos de cuánto) sólo para nosotros y para el bisabuelo, y
para Dios también, si es que decidía unirse a la partida.
Con total tranquilidad
entramos a la habitación donde estaba el cuerpo; tenía el mismo gesto pícaro
que siempre le vimos, así que no nos dio miedo. Apagamos todas las velas; o sea
que la “capilla ardiente”, como le decían las viejas, dejó de ser ardiente, y
nunca fue capilla. Levantamos al bisabuelo entre los cuatro; curiosamente, pesaba
muy poco. Reemberto recordó que algunos parientes le decían “el abuelo chiquito”;
porque antes de ser bisabuelo había sido abuelo, y porque se había ido
achicando con los años. Cruzándole nuestros brazos por debajo del cuerpo lo
llevamos por el salón comedor, luego por el costado del baño, por la galería y,
finalmente, por un pasillo entre dos melgas del parral hasta la carpintería del
tío Vicente. Lo sentamos en su vieja sillita de tornero, frente a la máquina
que había usado durante años, le pusimos los brazos sobre la manivela y le
improvisamos un ritual que, tal vez, no significaba demasiado, pero que de
acuerdo con nuestro ánimo simbolizaba mucho, porque lo hicimos especialmente
para él. En definitiva, alguien que a los 94 años todavía se entusiasmaba con
los escotes de las chicas que iban a la peluquería, merecía eso y mucho más.
Anaclara, que siempre fue la
más decidida, se subió al columpio del sauce; y mientras Licha la hamacaba,
ella arrancaba hojitas del árbol, a cada empellón. Cuando llegaba al punto más
alto de su recorrido, decía rapidito “acá
me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo sacar est’alma
del purgatorio”. Una y otra vez, sin descanso, sin detenerse para tomar
aire, hablando para afuera y hablando para adentro “acá me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo
sacar est’alma del purgatorio”. Ida y vuelta. Arriba y abajo. Con hojitas
de ida (que dejaba caer sobre el bisabuelo cuando volaba sobre él), y sin
hojitas de vuelta.
Reemberto y yo (ya se sabe que
los varones somos más tontos y más flojos) no podíamos dejar de llorar; aunque
no sé porqué, si en verdad no estábamos tristes. Dios, si es que estaba allí,
no parecía haberse molestado con nosotros, porque ni detenía el columpio ni
hacía saltar chispas de las ramas del sauce, y el bisabuelo seguía con su
sonrisa, que era seguramente su gesto preferido, porque ése fue el que eligió
para llevarse a donde fuera que después se fue. La leña del brasero, donde el
tío Vicente calentaba la tetera para tomar mate, nos vino bien para sahumar la
misa. Hojas frescas y humo, y unas gotas de agua destilada de la máquina
torneadora (a falta de agua bendita) y unas palabras que saqué de no sé qué
recuerdo (“ñan arca cu-cú que
desbarranca, toca tarro escalera, vuela bajo y antarca”) dieron resultado.
Entre tanto zarandeo, entre
tanto oficio visto, o escuchado, o soñado, o supuesto, o inventado, el
bisabuelo dijo alguna cosilla entre dientes; el bisabuelo dijo algo así como “Verge Maria, mare de Déu” (una frase
incompleta, pero respetuosa), mientras una orquesta campesina, con tamboriles y
zampoñas, a lo lejos, más allá de la vista, más allá de la imaginación y más
allá del ánimo, tocaba una melodía de su tierra, que iba y venía con el viento,
como un columpio inexistente. En fin. No tuvimos tiempo de treparlo a la
hamaca, o no nos animamos, pero el trámite funcionó, con todos sus condimentos;
y Dios (invisible, o desinteresado, o haciendo la siesta junto a la parentela) no
dijo ni mú.
Han pasado casi tres años
desde el velorio y, todavía, cada vez que nos encontramos con Anaclara,
Reemberto y Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús, no logramos
hablar de esa siesta de verano en la que el bisabuelo muerto, mientras todos
dormían, dijo alguna frase bajo una lluvia de hojitas verdes.
Cuando el giro del columpio ya
no permitió que Anaclara llegara hasta alguna rama, dimos por terminado el
rito: levantamos de la silla al bisabuelo, hicimos el camino inverso y lo acostamos
nuevamente en el cajón; encendimos las velas, abrimos la puerta de calle y nos
sentamos en un banco de madera, al aire libre, a esperar que comenzaran a
despertarse los intratables dormilones.
“¡Juicio, juicio!” dijo
alguien entre bostezos, y ese fue el comienzo de la vuelta a la realidad. Luego
siguieron otros bostezos, algunas toses, una que otra frase sin el menor
sentido, mientras todos, de a uno o en conjunto, se alisaban las ropas, se miraban
de reojo y se componían el peinado, para que los otros (tan dormidos como
ellos) no se diesen cuenta de que, aún con el cuerpo allí presente, igual se
habían echado una siestita.
A las 5 de la tarde empezaron
a llegar maestras con guardapolvos y gente desconocida para nosotros. Allí nos
enteramos de que, entre sus múltiples trabajos, el bisabuelo también había sido
jardinero en la escuela del barrio. Cuando llegaron once muchachos muy
transpirados, con camisetas rojas y una pelota de fútbol, nos enteramos de que
el bisabuelo también había sido aguatero en el Club Persevera y Triunfarás.
Alguien, no sé quién (un tío, un vecino, un desaprensivo) dijo “Se apagó como
un fosforito”. Otro (no menos tío, ni menos vecino) dijo “Murió como un
pajarito”, y todo siguió así: tarde, noche, madrugada, mañana y mediodía. Por
suerte nadie dijo que Dios se lo había llevado con él. Anaclara, Reemberto,
Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo decirle Licha?) y
yo, suspiramos aliviados.
Cuando a las 2 de la tarde
llegaron los empleados de la funeraria para cerrar el ataúd, el tío Vicente y
su esposa (sin poder explicárselo todavía) continuaban encontrando y sacando
hojitas de sauce de entre las ropas del muerto.
El bisabuelo, impecable como
siempre (a pesar de la larga jornada), seguía sonriendo.

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