martes, 2 de junio de 2026

EL RITUAL DE LA CALLE TORIBIO

Rogelio Ramos Signes

 

Anaclara y Reemberto, los dos menores, cubrían el circuito derecho. Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo, hacíamos el trayecto izquierdo. Al fondo, unos metros más atrás del punto donde nos tocábamos las dos brigadas luego de cada vuelta, estaba el bisabuelo acostado en el cajón (¿el ataúd se dice?).

La gente había comenzado a llegar después del almuerzo; no porque temiera pasar hambre durante el velorio, sino porque al bisabuelo se le ocurrió morirse pasadas las 2 de la tarde. La noticia corrió con la velocidad de las piernas de un vecinito que jugaba a las bolillas por allí, justo cuando el bisabuelo dijo “c’est fini”, que es una expresión y nada más. El bisabuelo, que era de Alcoy, provincia de Valencia, dijo “prou”, o dijo “adéu”, no “c’est fini”. Pero en mi barrio, típico barrio de provincia del norte argentino, adéu y c’est fini es casi lo mismo; un sonidito, un respirito trágico.

El comando de la derecha (Anaclara y Reemberto, ya lo dije) partía de la puerta de calle, giraba por la vereda, retomaba por el pequeño parral de la familia, rodeaba la casa, ingresaba por el fondo de la carpintería del tío Vicente y llegaba hasta la habitación que hacía las veces de sala velatoria.

El comando de la izquierda (Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo, también lo dije), una vez separado del comando de la derecha en la propia puerta de la casa, giraba hacia la vereda, daba vuelta a la ochava, rodeaba la casa por la calle Toribio, ingresaba a la vivienda por el saloncito de peluquería que funcionaba al fondo, y llegaba a la pieza del prou y del adéu; es decir, a la habitación del bisabuelo donde el bisabuelo “dormía su último sueño”. Eso escuchamos decir.

Allí, al costado del cajón, un enjambre de parientas revocadas de negro hasta los pies musitaba algunos rezos que se entremezclaban y producían el efecto de una triste colmena. Las llamitas de las velas, inmóviles, parecían líneas incandescentes dibujadas al efecto. Y las flores, que apreciadas de una en una seguramente serían fragantes y agradables, en conjunto tornaban el recinto en algo irrespirable, como un establo en plena actividad. Ese era el punto, precisamente, en el que nos encontrábamos los integrantes de las dos brigadas. Allí, los cuatro primos, nos pasábamos un informe informal de lo que habíamos escuchado en nuestras correspondientes rondas. “Se apagó como un fosforito” decía Reemberto, parodiando a alguna vecina, mientras se mordía los labios, como aguantándose las lágrimas.

Lo que no podíamos aguantarnos era la risa. Alguien que se apaga como un fosforito, en algún momento debió haberse encendido ¡flash! como un joven, esbelto y saludable fósforo parrillero. Además la tía Maricarmen siempre había dicho que el abuelo (abuelo para ella, pero no para nosotros, se entiende) era “medio fosforito”; es decir, temperamental; es decir, calentón; es decir, de pocas pulgas. Y la imagen del bisabuelo, y de su larguísima vida (94 años), reducida al rectángulo de una caja de fósforos, nos parecía muy triste pero también muy graciosa; porque, convengamos, “medio fosforito” querrá decir “de bastante mal carácter”, pero palabra por palabra (y a todos los primos nos fascinaban las palabras) “medio fosforito” también quería decir que no era ni siquiera un miserable fósforo. ¡Bah! Los mayores siempre decían tonteras. Por eso es que nos abrazábamos entre los cuatro, alguno decía compungidamente “Se apagó como un fosforito”, y llorábamos de risa.

Ese era el momento en el que alguna parienta nos decía “¡Juicio, juicio!” con la mano presta para una bofetada, y nosotros volvíamos a nuestra ronda, a ese trabajo impago pero necesario: Anaclara y Reemberto por la derecha, Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo por la izquierda. Puerta. Vereda. Ochava. Calle Toribio. Peluquería y, otra vez, el bisabuelo, que hasta hacía un momento se había apagado “como un fosforito”, pero que ahora, por obra y gracia del finísimo oído de Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo decirle Licha, que es como le decíamos los primos?), se había muerto “como un pajarito”. ¡Caramba! ¿Cómo mueren los pajaritos? ¿Con las patitas encogidas? ¿Diciendo “pío”, lentamente? Es difícil saberlo, porque el bisabuelo (hasta donde la información que manejábamos era buena) había dicho “prou”, y no “pío”. Además, no es lo mismo un pájaro que muere de un hondazo, que un pájaro que muere a los 94 años, harto de no hacer nada, o de mirar a las chicas que entran a la peluquería: las caderas de aquella, el escote de esta otra; cansado de ese repetido acto de magia en el que las mujeres entran morochas (morenas, decía él) y salen rubias.

Decidimos entonces que las dudas existenciales quedarían para después, para cuando estuviésemos lejos del teatro de operaciones y todo fuera un recuerdo, sin cuerpo presente. Nos abrazamos los cuatro, uno de nosotros dijo, en medio de pucheros, “Murió como un pajarito”, lloramos de risa, alguna tía (o vecina, o tutora, o encargada) nos exigió “¡Juicio, juicio!” con la mano remontada para el bife, y partimos hacia una nueva recorrida; en aras de un arduo trabajo no reconocido en su momento, pero que al día siguiente, posiblemente, pasaría a formar parte de la mochila lexicográfica en los anales del barrio. (¿Cabrá el término mochila en lo que estoy diciendo? ¿La palabra lexicográfica significará lo que estoy suponiendo ahora, al momento de esta despojada crónica? ¿El vocablo anales no suena un poco desfachatado en un texto sobre un bisabuelo pájaro que quedó medio fosforito?). Ya veremos.

Puerta. Vereda. Parral. Carpintería del tío Vicente y, otra vez, el bisabuelo allí, haciendo su última siesta, definitiva, sin despertador.

Esa vez fui yo quien recogió una frase: “Dios se lo llevó a su lado”. Pero si Dios se lo había llevado a su lado, y el bisabuelo todavía estaba allí, ante nuestros ojos (como suele decirse), significaba que Dios también estaba allí, invisible, acechante. Y nos entró el miedo, porque Dios no nos había dicho “¡Juicio, juicio!” ni ninguna de esas mandoneadas, y si nos había levantado la mano no teníamos como saberlo porque, ya lo dije, era invisible. Y, bueno, en circunstancias así ya no era tan divertido el juego, y decidimos que el barrio y la ciudad y la provincia, y hasta el país y el continente, se quedarían sin nuestro fino estudio de la lengua local. Ellos se lo buscaron, metiéndolo a Dios en estas cuestiones de entrecasa.

Anaclara, con toda la frustración de sus 8 años pintada en la cara, se quedó sin poder decir la frase que había recolectado: “Colgó los guantes”. ¡Colgó los guantes! Pero si el bisabuelo no había sido boxeador. El bisabuelo había sido viñatero (siempre alguien aclaraba: “Un viñatero de los chicos”, que quiere decir que era un viñatero con pocas tierras, no un viñatero para los niños, se entiende). El bisabuelo también había sido fresador, pero no sabíamos qué significaba eso, y había tenido un almacén y, ya bastante viejito, había sido tornero en la carpintería de su nieto, el tío Vicente. Pero ¿qué podíamos hacer nosotros por la desazón de Anaclara, siempre dejada de lado por ser la menor? Ni mis 9 años ni los 10 de Licha podían hacer algo por ella. Reemberto, en cambio, que también tenía 8, había sido el primero en introducir su fosforito que, apagado y todo, encendió la mecha de ese trabajo tan poco valorado. ¡Qué niño tan gracioso este Reemberto! Pero tuve que ser yo (otra vez yo) quien metiera la pata. Podría haber callado aquello de “Dios se lo llevó a su lado”, y pasar el informe de otras frases que también escuché: “Pasó a mejor vida”, lo que ya supone un juicio de valor y hasta una envidia; o “Levantó los documentos”, aunque a esa nunca la entendí muy bien; o “Se olvidó de respirar”, lo que era un despropósito, porque el bisabuelo sería un viejito caprichoso pero no era un tonto, y sólo un tonto puede olvidarse de respirar. Aunque, con el tiempo, a casi tres años de aquel día, he vuelto a pensar en todo eso y, olvidarse de respirar debe ser una de esas cuestiones a las que les llaman metáfora. La gente no se olvida de respirar; la gente, a lo sumo, deja de respirar porque no puede seguir haciéndolo o porque ya no lo quiere hacer más. El olvido es otra cosa. Y yo nunca me olvidé de ese día; y cuando dentro de un mes ingrese al colegio secundario (que será el Nacional y tendré una materia llamada Literatura) haré una redacción sobre la vida y sobre la muerte que, según mi papá, son dos de los únicos tres temas que existen (“el otro tema es el amor” escuché que una vez le decía a mi mamá, mientras le daba un beso). Y si yo le pregunto, cosa que lo pone muy feliz, acerca de otros temas, como la tierra, por ejemplo, él me contesta que la tierra tiene que ver con la vida y con el amor. Mi padre ama la tierra; pero creo que ya me fui por las ramas. Será porque todavía me faltan unos días para entrar en el colegio secundario y nunca tuve Literatura, que es “el arte de combinar las palabras para expresar sentimientos”, según me dijo mi hermano, que ya tuvo Literatura en tres oportunidades, y que tres veces tuvo que rendirla, con profesora particular y todo.

Asustados con la posibilidad de que Dios estuviese allí, invisible, parado junto al féretro del bisabuelo, mirándonos y amonestándonos con la mirada, convinimos que lo mejor sería salir en silencio por el pasillo y sentarnos en la vereda, con los pies en el agua cristalina de la acequia, porque hacía mucho calor. Allí pensaríamos y decidiríamos los pasos a seguir.

Licha fue la que tuvo la idea; ella era (y es) la mayor y, a la hora de tomar decisiones, eso se nota. Dijo que no podíamos tenerle miedo a Dios. “Sólo se le tiene miedo a los enemigos” dijo, y dijo también que el miedo a Dios era algo que los mayores nos habían metido en la cabeza, y que si Dios estaba allí, junto al bisabuelo (“al bisabuelo Rafael” dijo; se ve que ella conocía a otro bisabuelo, con otro nombre) era porque el bisabuelo había sido una buena persona, que se había quedado viudo muy joven y que había criado a sus hijas con mucho amor, en la fe de Cristo (en esa parte Licha se persignaba, tal vez porque sí tenía miedo y no se animaba a decirlo) y que el único gustito que se había dado en la vida fue hacerse traer desde su tierra (Alcoy, provincia de Valencia, España, ya lo dije) papeles chiquititos y súper suaves para armar sus cigarrillos con tabaco de acá nomás. ¡Sus famosos pitillos! Por todo eso, dijo Licha, y porque los mayores no tienen derecho a adueñarse ni de Dios ni del dolor de los niños, que a veces se manifiesta a través de la risa (textuales palabras de ella), es que teníamos que tomar cartas en el asunto, inmovilizar a toda esa manga de adultos embusteros (hombres como mastines, mujeres como sargentos custodiando al pobre viejo), y dejarnos llevar por nuestros sentimientos, porque nosotros también éramos buenos, como el bisabuelo (dicen que los ancianos y los niños están al margen de las contaminaciones del alma) y que, como no teníamos otra ocasión para darnos nuestro propio gustito más que poniendo a los grandes en su sitio cuando se desubicaban (“ya que ni los papelitos súper suaves de Alcoy nos producen placer” dijo, textual, textual), íbamos a neutralizar a los mayores durante un buen rato.

“¿De qué manera?” preguntamos los tres, a coro, como en las novelas de la radio. Y ella, entonces, en voz muy baja, nos explicó; habló de una película, habló de un libro sin tapas que su papá tenía en la biblioteca, habló de una anciana que vivía del otro lado de la ciudad, habló de muchas cosas. Y entendimos. Por eso entramos al baño y sacamos el frasco de las gotitas tranquilizantes, sin que nos vieran. Por eso entramos a la cocina, también sin que nos vieran, y volcamos el contenido del frasco en la gran olla con café. Por eso le ofrecimos una taza a cada uno de los adultos (tía, tío, vecina, vecino). Y como nadie nos dijo que no (¿quién iba a decirle que no a unos niños que han tomado una iniciativa tan simpática?), en poco más de media hora los tuvimos a todos dormidos en sus sillas, roncando (o no), despatarrados (o no), inofensivos.

Entonces cerramos la puerta de calle, para que desde afuera pareciera que el velorio ya había terminado, y a nadie se le ocurriese llegarse por la casa. Si alguien llamaba, nadie respondería. Los intrusos se lamentarían (o se alegrarían) por haberse enterado tarde, volverían a sus hogares y allí no habría pasado nada. Dispondríamos de un tiempo (no sabíamos de cuánto) sólo para nosotros y para el bisabuelo, y para Dios también, si es que decidía unirse a la partida.

Con total tranquilidad entramos a la habitación donde estaba el cuerpo; tenía el mismo gesto pícaro que siempre le vimos, así que no nos dio miedo. Apagamos todas las velas; o sea que la “capilla ardiente”, como le decían las viejas, dejó de ser ardiente, y nunca fue capilla. Levantamos al bisabuelo entre los cuatro; curiosamente, pesaba muy poco. Reemberto recordó que algunos parientes le decían “el abuelo chiquito”; porque antes de ser bisabuelo había sido abuelo, y porque se había ido achicando con los años. Cruzándole nuestros brazos por debajo del cuerpo lo llevamos por el salón comedor, luego por el costado del baño, por la galería y, finalmente, por un pasillo entre dos melgas del parral hasta la carpintería del tío Vicente. Lo sentamos en su vieja sillita de tornero, frente a la máquina que había usado durante años, le pusimos los brazos sobre la manivela y le improvisamos un ritual que, tal vez, no significaba demasiado, pero que de acuerdo con nuestro ánimo simbolizaba mucho, porque lo hicimos especialmente para él. En definitiva, alguien que a los 94 años todavía se entusiasmaba con los escotes de las chicas que iban a la peluquería, merecía eso y mucho más.

Anaclara, que siempre fue la más decidida, se subió al columpio del sauce; y mientras Licha la hamacaba, ella arrancaba hojitas del árbol, a cada empellón. Cuando llegaba al punto más alto de su recorrido, decía rapidito “acá me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo sacar est’alma del purgatorio”. Una y otra vez, sin descanso, sin detenerse para tomar aire, hablando para afuera y hablando para adentro “acá me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo sacar est’alma del purgatorio”. Ida y vuelta. Arriba y abajo. Con hojitas de ida (que dejaba caer sobre el bisabuelo cuando volaba sobre él), y sin hojitas de vuelta.

Reemberto y yo (ya se sabe que los varones somos más tontos y más flojos) no podíamos dejar de llorar; aunque no sé porqué, si en verdad no estábamos tristes. Dios, si es que estaba allí, no parecía haberse molestado con nosotros, porque ni detenía el columpio ni hacía saltar chispas de las ramas del sauce, y el bisabuelo seguía con su sonrisa, que era seguramente su gesto preferido, porque ése fue el que eligió para llevarse a donde fuera que después se fue. La leña del brasero, donde el tío Vicente calentaba la tetera para tomar mate, nos vino bien para sahumar la misa. Hojas frescas y humo, y unas gotas de agua destilada de la máquina torneadora (a falta de agua bendita) y unas palabras que saqué de no sé qué recuerdo (“ñan arca cu-cú que desbarranca, toca tarro escalera, vuela bajo y antarca”) dieron resultado.   

Entre tanto zarandeo, entre tanto oficio visto, o escuchado, o soñado, o supuesto, o inventado, el bisabuelo dijo alguna cosilla entre dientes; el bisabuelo dijo algo así como “Verge Maria, mare de Déu” (una frase incompleta, pero respetuosa), mientras una orquesta campesina, con tamboriles y zampoñas, a lo lejos, más allá de la vista, más allá de la imaginación y más allá del ánimo, tocaba una melodía de su tierra, que iba y venía con el viento, como un columpio inexistente. En fin. No tuvimos tiempo de treparlo a la hamaca, o no nos animamos, pero el trámite funcionó, con todos sus condimentos; y Dios (invisible, o desinteresado, o haciendo la siesta junto a la parentela) no dijo ni mú.

Han pasado casi tres años desde el velorio y, todavía, cada vez que nos encontramos con Anaclara, Reemberto y Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús, no logramos hablar de esa siesta de verano en la que el bisabuelo muerto, mientras todos dormían, dijo alguna frase bajo una lluvia de hojitas verdes.

Cuando el giro del columpio ya no permitió que Anaclara llegara hasta alguna rama, dimos por terminado el rito: levantamos de la silla al bisabuelo, hicimos el camino inverso y lo acostamos nuevamente en el cajón; encendimos las velas, abrimos la puerta de calle y nos sentamos en un banco de madera, al aire libre, a esperar que comenzaran a despertarse los intratables dormilones.

“¡Juicio, juicio!” dijo alguien entre bostezos, y ese fue el comienzo de la vuelta a la realidad. Luego siguieron otros bostezos, algunas toses, una que otra frase sin el menor sentido, mientras todos, de a uno o en conjunto, se alisaban las ropas, se miraban de reojo y se componían el peinado, para que los otros (tan dormidos como ellos) no se diesen cuenta de que, aún con el cuerpo allí presente, igual se habían echado una siestita.

A las 5 de la tarde empezaron a llegar maestras con guardapolvos y gente desconocida para nosotros. Allí nos enteramos de que, entre sus múltiples trabajos, el bisabuelo también había sido jardinero en la escuela del barrio. Cuando llegaron once muchachos muy transpirados, con camisetas rojas y una pelota de fútbol, nos enteramos de que el bisabuelo también había sido aguatero en el Club Persevera y Triunfarás. Alguien, no sé quién (un tío, un vecino, un desaprensivo) dijo “Se apagó como un fosforito”. Otro (no menos tío, ni menos vecino) dijo “Murió como un pajarito”, y todo siguió así: tarde, noche, madrugada, mañana y mediodía. Por suerte nadie dijo que Dios se lo había llevado con él. Anaclara, Reemberto, Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo decirle Licha?) y yo, suspiramos aliviados.

Cuando a las 2 de la tarde llegaron los empleados de la funeraria para cerrar el ataúd, el tío Vicente y su esposa (sin poder explicárselo todavía) continuaban encontrando y sacando hojitas de sauce de entre las ropas del muerto.

El bisabuelo, impecable como siempre (a pesar de la larga jornada), seguía sonriendo.


Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

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