jueves, 9 de julio de 2026

CUCHILLOS DESAFILADOS

Víctor Lowenstein

 

Downing, el bar de Penny, no era el lugar más elegante de la zona portuaria de Liverpool, pero a fuerza de ser el puerto más activo y bullicioso de la costa oeste de la isla se podría decir que gozaba de alguna buena reputación. Su barra solía estar atestada de borrachos de a pie, y olía tan mal como ellos, pero por allí circulaba suficiente cerveza para llenar barriles de bodega y bolsillos como los de Penny, el obeso y grasoso dueño del bar, tan bebedor como cualquiera de sus buenos clientes, de los que había en cantidad pues los comerciantes ricos de la franja del Lane iban con frecuencia a calmar su sed a la atestada barra del bar de Penny, quizá el único donde se servía la cerveza acompañada por salame, que cada cliente podía cortar en el grueso de rodajas que quisiera, acompañado de pan del día. Ya dije que no era un mal bar, incluso contaba con un salón con mesas y sillas para los comensales que gustaban beber sentados. las mesas no tenían manteles ni estaban muy limpias, pero le otorgaban al Downing cierto prestigio de taberna medianamente decente, al menos.

Los sábados por la tarde el bar cobraba una inusual vida. Por allí se dejaban ver las caras conocidas. El enorme Gordon Henney, dueño de una cadena de mercerías y posiblemente uno de los hombres más ricos de Lane. Le seguían el licorero Chase y el sastre Malykan. Más lejos se ubicaban Doyle, levantador de apuestas, Del, aduanero, y Kevork, estibador retirado. Los tres se acodaban juntos para beber, conscientes de su menor rango social.

Cada cual tenía lo suyo. Henney era el más desaforado y aspaventoso. Podía repetir a los gritos y sin cansarse que era "el empresario más exitoso de todo Londres" y que tenía más dinero que todos los allí presentes, incluido Penny. Un asco de sujeto. Chase y Malykan lo detestaban por igual, pero eran lo bastante hipócritas para brindar en su honor cada una de las muchas veces que los invitaba con una nueva ronda de bebidas.

Doyle, Del y Kevork eran a fuerza los más discretos. vestían gastadas gabardinas y bebían callados y sin molestar a nadie. A Doyle y Del les tocaba el último lugar en la barra; a Kevork el cuchillo más desafilado de todos los que Penny repartía para cortar el salame, por lo que se hizo popular entre la muchachada por llevar el suyo propio; en rigor una pequeña navaja con mango de peltre, muy oxidada en los costados.

Entre Gordon Henney y Brian Kevork existía una relación muy peculiar. Eran, claramente, extremos opuestos de un mismo círculo social. Henney era el rechoncho burgués, vanidoso y extrovertido. Kevork, el flaco proletario, humilde y callado. Rara vez hablaba y pocos conocían su voz, que era grave y aguardentosa. Chasqueaba su lengua agrietada sólo para ordenar cervezas, que bebía hasta quedar casi inconsciente. En eso y sólo en eso se parecía a su contraparte, Henney: el obeso comerciante no paraba de hablar de sí mismo, de su posición, sus excelsos trajes y hasta de la delicadeza de sus rasgos de alcurnia. Al resaltar así su agraciada estampa, aprovechaba invariablemente para mencionar la nariz de Kevork. La nariz del ex estibador era carnosa y torcida, y lo afeaba bastante, razón por la que Henney lo acechaba con todo tipo de burlas.

—Eh, tú, portuario, no vayas a hundir mucho esa narizota en la jarra de cerveza, o se la beberá por ti —le gritaba, entre tremendas risotadas compartidas por los parroquianos chispeados del bar. Kevork toleraba las burlas sin un resoplido. incluso, cuando la tarde estaba avanzada y varios cabeceaban por la ebriedad, Henney solía acercarse a Kevork y rodearle los hombros con su brazo para seguir las chanzas, sin que el "portuario" mostrara el menor interés en responder las ofensas.

Henney no estaba desadvertido. Brian Kevork era un tipo indudablemente tranquilo, pero de buena estatura y robustos brazos. Sus manos eran como pinzas de cangrejo, grandes y fibrosas. Aunque nunca pronunciaba una queja, sobre aquella gibosa nariz suya brillaba lúgubremente una mirada gris de rencores apenas ocultos que nadie precavido hubiera tomado en solfa.

—¡Ya. déjale en paz, Henney! —le advertía Chase atusando sus finos bigotes—. ¡El tío Kevork te va a dar una paliza un día de éstos!

—¡Bah! ¡Vete a vender tu licor! —se mofaba el mercero.

—¡No lo provoque más! —susurraba Malykan a su oído, ahuecando sus finas manos— o te clavará su cuchillito donde menos te gusta, viejo aspaventoso...

—¡Hala! ¡A zurcir calzones, costurero! —le respondía despreciativamente Henney.

Hasta Penny, que presenciaba el descaro con el que el mercero le rodeaba la espalda al ex estibador, lo llamaba casi con asco "portuario", y acercaba su cara a esa otra cara ruda que apenas hacía un gesto, para escarnecerlo con sus burlas, podía observar cómo la expresión del viejo estibador se agriaba y endurecía y sus ojos iban adquiriendo una mirada torva cuando no temeraria. No obstante no movía un músculo, salvo para continuar bebiendo como si nada. Penny temía una desgracia y se lo hacía saber a su mejor cliente.

—Gordon, por amor de Dios, deja de molestarlo —le decía cerca de su oído, pero Henney lo despachaba entre risotadas y pedidos de escocés, que se iba a beber con sus amigos a alguna de las mesas, ya molesto por los recelos del cantinero.

 

El ataque nocturno a Gordon Henney, semanas después, conmocionó a buena parte del barrio de Lane. Los vecinos que oyeron sus alaridos aquel sábado a la medianoche afirmaban que lo encontraron al pie de una columna del Dorsey Street, con las menos conteniendo su cara ensangrentada. Al intentar examinar sus heridas, quienes lo habían encontrado fueron presa del horror, pues el agresor le había mutilado enteramente la nariz con un objeto cortante. Rayones de la misma arma afilada marcaban el frontis de la columna en buen número, lo que decía mucho sobre la furia del atacante. Fue llevado en andas a una sala de primeros auxilios de Doverty, donde lograron detener la hemorragia para trasladarlo a un hospital de clínicas. 

En el Downing la noticia corrió como pólvora encendida. El suceso fue objeto de múltiples comentarios por parte de todos los parroquianos del bar. Henney era, claramente, el tipo más odiado del vecindario. Lo repudiaban tanto deudores como acreedores, clientes estafados y comerciantes arruinados por su competencia desleal. Gordon Henney no era de los comerciantes honestos que saben ganar el afecto de sus conocidos. De hecho, su hijo mayor había sido recientemente desheredado durante un pleito familiar y se rumoreaba que le había jurado venganza.

Chase y Malykan se dejaron caer por el bar una semana más tarde. contaron, entre tragos y risas que Henney se restablecía muy lentamente en su casa, fuera de peligro pero horriblemente desfigurado y sin intenciones de dejarse ver por nadie. Su buena esposa los había atendido en la puerta de su residencia, sin decirles mucho más. Malykan se lamentaba ya que Gordon ya no pagaría más cervezas, en tanto Chase confesó que echaría de menos los whiskies con que solía invitarlos el mercero después de las pintas. Penny los escuchaba rascándose la barbilla mal afeitada con sus dedos sucios, pensando que con amigos así, Henney no necesitaba enemigos, aunque debía tenerlos.

Era curioso que, habiendo tenido tantos enemigos, nadie debatiera abiertamente sobre  el responsable del ataque a Gordon Henney. Se notaba el rencor acumulado hacia el acaudalado mercero. Con apretadas sonrisas los parroquianos comentaban la partida de su primogénito a América, seguramente corrido por alejarse de toda culpabilidad por el ataque a su padre. También se hablaba como al pasar de algunos prestamistas que habrían decidido cobrarse a cuchillo las deudas de Henney. No lo decían en serio, claro está, todo terminaba en un coro de risotadas y eructos de cerveza. Penny, sin embargo, los escuchaba con atención, repasando la barra una y otra vez con el mismo mugriento trapo con el que se secaba las manos grasientas. Pensativo, volvía la mirada constantemente hacia el mismo bebedor al final de la barra: Kevork.

Con su gabarda gastada, las grandes manos aferradas al borde de la barra para sostenerse y tan taciturno como siempre, el viejo estibador pasaba las tardes frente a su cerveza, callado e inmóvil.

Con el tiempo, Chase y Malykan dejaron de frecuentar el Downing; ya no estaba el mecenas que pagaba los tragos. Doyle, Del y Kevork ganaron el dudoso privilegio de usar los cuchillos menos desafilados para poder cortar el salame servido en la barra.

Los días pasaron, pero mientras cada cual se ocupaba de sus asuntos y el ataque a Henney era ya un recuerdo, Penny no se podía sacar el tema de la cabeza. Algo no encajaba en sus razonamientos. Mirando a Kevork cortar un trozo de pan, una tarde de sábado, se acercó para darle un poco de conversación.

—Oye, Brian, ¿qué pasó con tu navaja de bolsillo? —preguntó con la mayor inocencia.

—La perdí —respondió Kevork sin dejar de masticar pan con salame.

 —Ah, la perdiste. Cuánto lo siento —remató Penny dando por finalizada la charla.

 

El siguiente sábado, el Downing permaneció extrañamente vacío. Del había fallecido en su casa de un paro cardíaco, razón de la ausencia de varios clientes y por la que el apostador John Doyle pasó sólo un rato para beberse un brandy y saludar al compadre Kevork, que se quedó toda la tarde bebiendo sobre la barra como era su costumbre. Cuando Penny lo vio buscando un cuchillo para cortar un pan, aprovechó la ocasión para volver a hablarle.

—¿Y tu cuchillo, estibador? Veo que ya no lo traes contigo.

—Te dije que lo perdí —murmuró Brian Kevork, como si su respuesta fuese la continuación de la misma pregunta formulada por Penny una semana atrás.

 John Doyle no volvió a aparecer en el bar. Ni Malykan ni Chase ni Shawn ni Cook ni ninguno de los que habitualmente cargaban su vejiga en los sábados del Downing. Londres empezaba a sufrir una de las peores crisis económicas del viejo siglo, y las estrecheces comenzaban a sentirse sobre todo en los barrios de las costas sureñas. En consecuencia, una semana más tarde, y las que seguirían, la población sabatina del Downing se redujo a cuatro o cinco bebedores, que tampoco bebían tanto como antes del crack.

Penny estaba más decaído que nunca. Llevaba varios días sin bañarse y tenía la barba crecida, ya que su tiento de afeitar estaba gastado y no tenía un penique de más para reemplazarlo. Tan abatido e irritado por el infortunio estaba que se acercó al incombustible estibador, con todo ánimo de molestarlo un poco. 

—Eh, portuario —le dijo acercándose—. ¿Sabías que todavía no encuentran al atacante de Gordon Henney?

—Mmm... —murmuró Kevork, con la boca llena de pan y cerveza.

—Me preocupa —prosiguió el cantinero, empinando los codos en la grasienta barra— pues el atacante no sólo se ensañó con su cara, sino que melló con su cuchillo la pared donde cayó Gordon luego de ser herido... hay que tener mucho odio para hacer algo así. ¿No crees?

El otro no respondió. A Penny no parecía preocuparle la falta de correspondencia en el diálogo.

—¿Y tu cuchillo? Hace tiempo que no lo usas, amigo portuario; ¿acaso lo perdiste?

Kevork dejó de beber, rebuscó en los bolsillos de su vieja gabarda hasta que pareció hallar lo que buscaba. Era la navaja de peltre, que el estibador dejó sobre la barra esta vez.

 —¿Qué te parece? —preguntó un animado Penny—. Ahí estuvo todo el tiempo...

Con toda parsimonia Kevork abrió su navaja. La hoja estaba picada y rota, saltada en varias partes. Como si alguien hubiera hecho chocar el filo contra un hueso al cortar carne, o la hubiese refregado contra una pared muchas veces.

—Como verás —comenzó a decir Kevork, con voz de aguardiente— ya no sirve para cortar nada...

Los ojos de Penny se encontraron con la lúgubre mirada del viejo estibador. Dicho lo cual, volvió a cerrar la navaja para hacerla desaparecer de nuevo en uno de sus bolsillos.

Penny, con mano trémula, le alcanzó el mejor cuchillo de la barra. Luego se corrió hasta el final, para enjugarse el sudor de la frente con el mismo mugroso trapo de cocina que utilizaba siempre.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

miércoles, 8 de julio de 2026

VUELOS

 

Sergio Gaut vel Hartman

 

Después de la muerte de Jorge anduve un tiempo juntando recuerdos por todos los rincones de la casa, como si fueran ropa sucia, y guardándolos en un canasto con la esperanza de sacarlos algún día, lavarlos, tenderlos al sol, plancharlos y tal vez usarlos… como se hace con una vieja camisa, gastada pero cómoda. Pero fue una falsa esperanza; no funcionó.

La tristeza que me impregnaba era tan fuerte que la casa se convirtió en una prisión, y cada minuto empezó a parecerse a los que miden una condena a reclusión perpetua, instantes tan sórdidos que sumados te hacen desear la pena máxima, el final del suplicio. Deambulaba por las habitaciones arrastrando los pies, levantando un objeto para dejarlo de inmediato en su sitio, procurando que no cambiara de posición ni siquiera un milímetro. Hice varios inútiles inventarios y descubrí que las cerámicas y marfiles pueden tener más vida que un ser humano, en especial si ese ser humano está lastimado, si el dolor enquistado en su carne actúa como un veneno que lo paraliza.

Pero algo tenía que hacer para no hundirme por completo, por lo que me obligué a actuar, aconsejada por parientes y amigos, y adquirí la costumbre de caminar por el barrio todos los días, peregrinando por las calles que Jorge y yo habíamos recorrido juntos tantas veces. Caminaba y caminaba contemplando distraída los jardines y fachadas; bares, parques, negocios, monumentos. Pero no obtenía ningún placer haciéndolo. Era agradable, suave, pero no tardé en descubrir que era menos peligroso permanecer encerrada, ya que cada esquina terminaba siendo un puñetazo en la mandíbula propinado por los recuerdos, los benditos y malditos recuerdos…

Así que renuncié a los paseos para quedarme las mañanas, las tardes y las noches mirando televisión, con la mente en blanco, sin el menor interés en lo que estaba viendo. ¿Qué hacer? ¿Mudarme? Me inhibía por completo la sola idea de embalar los objetos y sentir que cada uno de ellos era un pasaje de ida a la nostalgia, una invitación a la melancolía. Una querida amiga sugirió que fuera a un lugar de encuentros, que allí podría conocer a un hombre con el que rehacer mi vida. ¿Rehacer mi vida? Mi vida no estaba deshecha, solo había dejado de existir, era una nulidad, un enorme agujero vacío.

El otoño fue tétrico y el invierno espantoso. Creo que leí una veintena de novelas, aburrida de la televisión y vi mil programas idiotas, harta de las ficciones ridículas en las que la gente padecía problemas más vastos y lacerantes que los míos, pero los resolvía con una facilidad que me aterraba. Sin problemas económicos ni hijos que me requirieran ni nietos a los que amar, seguí hundiéndome en la ciénaga, olvidada en medio de un territorio inhóspito que nadie atravesaba.

¿Preguntan si lloré? Lloré hasta secarme, hasta que me convencí de que llorar no serviría de nada, que Jorge no iba a regresar y que yo no poseía el valor suficiente como para ir en su busca. El peso aplastante de mi falta de fe se hizo sentir en ese momento. Si por lo menos pudiera fantasear con un lugar más allá de la vida, en el que él me estuviera esperando.

 Septiembre no fue mejor que agosto y octubre mucho peor que cualquier mes de cualquier año. Las horas, elásticas, se estiraban con una perversidad digna de monstruos de ficción, y mi ansiedad por abandonar la casa empezó a mezclarse con la imposibilidad de poner un pie fuera de ella. Oscilaba como un péndulo, bipolar, perpleja, aturdida como una liebre encandilada en medio de la ruta. ¿No hay salida? No la hay, respondí a la pregunta que no necesitaba ser contestada.

De todos modos, poco antes de Navidad cerré la casa y partí hacia la playa. Al principio ignoraba mis motivos para hacerlo, aunque tal vez imaginé, refugiada en un cuarto cerrado de mi mente, que poner distancia con los objetos y lugares cotidianos me ofrecería una oportunidad de ver las cosas desde otra perspectiva.

No era cierto. Lo que estaba buscando era recuperar un momento vivido junto a Jorge, tres años atrás. Iba en busca de aquel instante de mágica zozobra, cuando sentados en las gradas de un improvisado anfiteatro, asistimos a las evoluciones de una joven pareja de acróbatas. Aquel verano, acunados por la música perfecta y desolada del Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, aquellos chicos giraban y volaban en torno a un armazón metálico, enredándose en lienzos de colores, cayendo hacia los abismos y ascendiendo de nuevo, como pájaros neuróticos. Durante todo el tiempo que duraba la actuación, Jorge y yo permanecíamos tomados de la mano, angustiados, con el corazón en la boca, mientras imaginábamos una historia de amor signada por privaciones y desencuentros, vida de artistas trashumantes, dijimos. Íbamos a verlos todas las noches de aquel, nuestro último verano en la playa, aunque en ese momento no supiéramos que la muerte nos acechaba, gestando el obsequio que nos entregaría tras muchos meses de sufrimiento. Íbamos a presenciar ese espectáculo porque ambos nos enamoramos un poco de aquellos acróbatas, rozando con los dedos casi cincuenta años destejidos de la trama del tiempo. Díganme masoquista, si lo desean, y lo aceptaré sin enojo. Quería volver a verlos y así recuperar un fragmento del pasado vivido junto a Jorge.

Tampoco funcionó. En la plaza había payasos, idiotas con guitarras y armónicas, jugadores de ajedrez, titiriteros, pero ellos no estaban. Tonta de mí, pensé. ¿Qué me hizo suponer que estarían en ese mismo lugar, tres años después, volando y girando en el aire, acunados por la sublime música de Mahler? ¡Hay tantas playas!

Abandoné la plaza y caminé hacia el mar. El verano declinaba. Pronto comenzaría el éxodo; el desierto y el silencio ganarían la batalla. Los muelles, en los que se movían unos pocos pescadores, se hacían eco de mi desolación. Me dirigí por la rambla hacia el puerto, alejándome del centro, tratando de hurgar en la penumbra para hallar a mi fantasma perdido. Pero Jorge no estaba, por supuesto. Mis fantasías seguirían siendo eso, sombras condenadas a permanecer en sus cofres, collares de nada, pájaros de espuma que se disuelven en la noche.

Me acodé en la balaustrada de la rambla y dejé que mis lágrimas corrieran sin ningún pudor. De todos modos, nadie podía verme, y si alguien me viera, me dije… ¿a quién le importa una vieja que llora a su amado muerto? Lo irrecuperable de la situación me tomó por asalto una vez más, pero no me resistí. Así sería hasta el final, y por primera vez deseé que ese final no se demorara demasiado.

Tardé un momento en advertir que, a unos metros de donde yo estaba, un malabarista revoleaba sus clavas con pericia pero sin voluntad. Nadie observaba su acto, y me pareció raro que siguiera lanzando y recogiendo, lanzando y recogiendo, en una repetición mecánica de la rutina. Pero de pronto se detuvo, recogió las clavas y me encaró directamente.

—La estaba esperando —dijo.

—¿A mí? —Mi perplejidad era genuina. Era aquel acróbata, el muchacho que, colgado de un armazón metálico, lanzaba a su pareja entre lienzos rojos y amarillos, le sujetaba la mano o se la soltaba para que se precipitara al abismo; la alzaba y la volvía a soltar, formando una coreografía demente que no parecía tener fin. Era él, por cierto. Pero ¿me estaba esperando? Nunca habíamos cruzado una palabra, no podía recordarme, yo era una sombra más, perdida entre el público, hipnotizada por los giros y la música.

—Sí, a usted —dijo—. ¿Por qué no? Mahler quedó en silencio, ¿sabe? La música se extinguió. Ya no hay un Adagietto sonando en la plaza. No logré sujetarla y ella cayó desde siete metros. —Me tapé la boca con la mano y reprimí un sollozo. No supe qué decir, pero él sí supo—. Yo también me quedé solo, ¿se da cuenta?

Sergio Gaut vel Hartman, Buenos Aires, Argentina, 1947, es escritor, editor y antólogo. Creó y conduce el blog MICROFICCIONES Y CUENTOS y coordina talleres individuales y colectovos. Ha publicado unos treinta libros entre obras de ficción, ensayos y antologías,


martes, 7 de julio de 2026

BUITRES

Cristian Mitelman

 

Después de la Guerra, mi padre, al igual que un gran número de sus colegas, fue sometido a juicio. Se presumía algún pasado colaboracionista con el régimen. Efectivamente, había algunas fotos con su mano diestra alzada, aunque eso no demostraba nada. En todas las reparticiones públicas y universidades los empleados debían realizar el saludo en determinados momentos del año. Yo era chico y sentía que para mi padre el juicio era una afrenta. ¿Acaso no había enseñado literaturas del Cercano Oriente durante décadas? En su juventud había participado en la expedición inglesa que había redescubierto las antiguas glorias de Nippur. Parte de aquellos materiales, especialmente las tablillas, terminaron en el Museo Británico. Como alemán al que se había concedido una beca para el viaje, no podía protestar, aunque más de una vez confesó que hubiera deseado que algunos textos llegaran a Berlín. Estábamos en 1922. Salíamos de un infierno y nos encaminábamos a otro. Cinco años antes, mi padre había conocido las trincheras en esa tierra de nadie que era el frente oriental. Ahí perdió dos dedos de la mano izquierda. Sobrevivió gracias a los cuidados de un médico que se suicidaría poco después de la Noche de los Cristales. Si mal no recuerdo, se apellidaba Szerman.

Una noche, bajo la influencia de la luna caldea, logró descifrar los fragmentos de una pequeña columna que había copiado una semana atrás. Aunque contaba con algunos rudimentos de la gramática sumeria, de pronto el texto le habló desde su silencio de treinta y cuatro siglos. El fragmento abundaba en espacios vacíos ya que el tiempo había destruido las columnas que formaban aquel fragmento de relato:

 

 

…entonces el dios desapareció por…

se encaminó al alto monte, donde los hombres no pueden fijar la vista.

Hasta lo más profundo del cielo escaló el dios… vencido…

Y la tierra conoció un largo invierno.

Ya no hubo granos. No hubo cebada.

Las fuentes de la vida se agotaron y…

… los hombres pidieron al Rey que escalara la alta cumbre.

Sólo el rey podía conocer la alta cumbre.

Los hombres le pidieron que subiera, roca a roca,

… para hablar…

Y …amesh lloró en la noche, porque iba a despedirse

…la esposa

Debía escalar hasta lo más hondo del universo

donde se amacollan los truenos…[1]

 

 

Tradujo al alemán y luego lo volcó al inglés. A partir de sus conjeturas, comenzaron los trabajos de desciframiento del idioma. Su nombre apareció en los Anales Europeos de Filología. No sería la primera vez que sus ideas habrían de publicarse en ese medio.

Aquella noche, mientras su mente exploraba aquellas palabras que venían de lejos, cierta imagen le causó una mezcla de náusea y angustia. Se había alejado un poco del campamento. El calor era agobiante y más allá el desierto resplandecía bajo la opacidad del cielo. Un sonido afilado le llamó la atención. Deseó una de esas tormentas que parecen limpiar el universo, pero el calor era un dios impiadoso y hacía que las acciones transcurrieran con mayor lentitud. Una rata grisácea lanzaba pequeños chillidos ante un gato que la merodeaba. Al levantar la vista, vio la misma situación reflejada como sombra en el muro blanquecino de una vieja casona. Se dijo: “ahora el gato va a saltar y le va a desgarrar el cuello”. En ese momento de vértigo no se dio cuenta de que estaba en dos planos. Miraba simultáneamente las sombras y a quienes las proyectaban. Todo sucedió casi al revés: la rata se prendió del cuello de su enemigo y de pronto hubo un revoltijo de chillidos entremezclados. Un maullido atroz, lento, violáceo, anunció que el pequeño diente de la rata había encontrado una arteria esencial. El gato arqueó el lomo con esa furia epiléptica que antecede al fin. Dio tres vueltas sobre sí mismo y esparció un chorro de sangre negruzca. La rata, ya desprendida, llegó hasta un pozo y alcanzó a perderse en un laberinto de aguas podridas y basura. El otro cayó animal junto a pocos pasos de él. Un último temblor y la muerte. Mi padre se sintió invadido por un sudor insano. Todavía recordaba el ojo muerto del gato, que parecía absorber los restos de una luz moribunda.

Volvió al campamento y comenzó una especie de traducción febril. De pronto comprendió parte de aquella escritura que oscilaba entre el jeroglífico y las hendiduras cuneiformes.

Después su vida entró en esa tranquila vorágine que media entre el matrimonio y su ascenso en las cátedras. Lo cierto es que durante años volvió a experimentar una de esas revelaciones. Se diría que ese había sido su momento. Su nombre, por supuesto, no figura entre los principales estudiosos del mundo oriental. Hay momentos de la historia en que una nación parece vivir en los bordes y otros en que se halla en el centro. La Alemania después de la primera contienda grande parecía sumergida en las notas marginales del orden europeo.

Años más tarde experimentó su segunda epifanía. El país se había convertido en algo distinto. No faltaba mucho para la anexión de Polonia. En el aire un frenesí de banderas rojas y negras anunciaba la victoria inexorable de una nación que había decidido despertar a su destino. El único que parecía lejano era aquel profesor de lenguas muertas. Su mano mutilada le confería un cierto realismo a su concepción del mundo. De todos modos, convenía disimular cualquier duda sobre la conveniencia de la expansión al Este. Aquellos dedos, perdidos hacía más de veinte años le conferían el salvoconducto que evitaría su movilización hasta el final, cuando un oficial le colocó una pala entre las manos y le exigió una prueba de que podía utilizarla. El honor de mi padre hizo que maniobrara de un modo extraño pero efectivo. Esa misma tarde, a un mes de la caída de la ciudad, fue conducido a cavar trincheras en los alrededores. Todos los alemanes debían colaborar contra el ejército invasor: niños, viejos, lisiados. No importa: no esto lo que pretendo referir. Las digresiones nos protegen de esa zona de los acontecimientos que pretendemos evitar.

Le dije que antes de la anexión polaca mi padre tuvo su nuevo momento de inspiración. La universidad lo había enviado a un congreso que se organizaba en España. Trataba sobre los reinos de Taifas y la influencia árabe en el mundo occidental. La idea del seminario, tal como la concebían las autoridades germanas, era evidente. Se pretendía mostrar el rol vivificante del sustrato arábigo y mostrar a la judería sefaradí como una especie de copia del esplendor islámico. Ya sabe usted la cantilena de esos tiempos: razas que crean; razas que conservan; razas que parasitan a las dos anteriores. ¿Mi padre adhería a la ideología oficial? Yo creo que soportaba aquel lastre con indiferencia. Así como los norteamericanos viven inmersos en sus publicidades, nosotros habíamos incorporado aquel sistema de ideas como un boleto para mantener cierto nivel de vida. La universidad pretendía adquirir ciertos papeles que pertenecían a una colección privada. No debían caer en manos inglesas o yanquis.

Por aquel entonces estaban por sobrevenir los concursos de oposición. Mi padre vivía aquello como una experiencia de guerra. Hasta entonces había sobrevivido y el congreso en España parecía darle algún oxígeno. Pero (estoy intentado recordar sus palabras) desde hacía tiempo su carencia de publicaciones lo venía oscureciendo. Un filólogo que no descubre nada se convierte en una rémora.

Desde un punto de vista estrictamente académico, la misión fue cumplida a la perfección. No conservo la disertación de mi padre, un hecho extraño ya que él guardaba sus monografías con orden. Tal vez haya leído algo de compromiso y luego quemó esos papeles.

Adquirió la biblioteca particular (en realidad eran rollos carcomidos por los siglos) y llevó los materiales a la biblioteca de la universidad, donde empezarían los trabajos de traducción y catalogación. (La vida parecía seguir las sendas normales.)

A lo largo de tres noches, mi padre se reunió en casa con un profesor que a mi hermana y a mí nos causaba una mezcla de terror y sorpresa. Era un viejo encorvado, de nariz aguileña y esa piel traslúcida que anuncia las cercanías de la muerte. Las manchas marrones en las manos tenían algo de los cráteres de la luna. Lo veíamos desde nuestra habitación y nuestros murmullos nerviosos hacían que nuestra madre se enojara y nos mandase a la cama con la promesa de que no habría postre al día siguiente. Pero su voz también era temblorosa, como si algo le causara repulsión en aquella escena duplicada.

El anciano dejó de venir por las noches. Mi padre comenzó a trabajar entonces en un nuevo proyecto. Era evidente que el viejo le había abierto las puertas a un propósito que ya escapaba de sus fuerzas. Se necesitaba el talento de alguien que estaba en el centro exacto de la vida. Las nuevas oposiciones fueron un paseo triunfante. Mi padre había encontrado nuevamente la clave de un texto olvidado. Se trataba de las estrofas perdidas de un texto del malagueño Ibn Gabirol. Aquellos papeles que venían de Sefarad le daban un nuevo sentido a su existencia. Los textos eran breves y enigmáticos. Lo que se demostraba en ellos era que Gabirol los había insertado en su tratado cabalístico y que luego, a instancias de la misma comunidad, los había expurgado. En realidad, las tres pequeñas estrofas eran la modificación de un poema del místico granadino Abdarramán, que había llegado al éxtasis y a la contemplación de lo Uno a partir de los elementos más bajos de la naturaleza.

Gabirol, que conocía el hebreo y el árabe, había escrito en una especie de idioma híbrido, como si quisiera unir las dos lenguas en una especie de tronco común, una especie de fermento lingüístico acaso anterior a lo que había hallado mi padre en sus años de juventud.

La Revista Alemana de Estudios Filológicos publicó el artículo. Mire, aquí están las tres pequeñas estrofas:

…porque roe el cadáver hasta el tuétano

por donde circulaba la vida, y su pico

se hunde en la carne hedionda…

… así el buitre devora lo muerto

y al llenarse de muerte su cuello sin plumas

ama los más bajos espacios…

Este amor de buitre me corroe

y me salva, enjaulado como estoy

en la enferma piel blanquecina…

 

Ya ve que la intencionalidad del artículo era mostrar que Gabirol no había sido original en la concepción mística de su poema. ¿Acaso un judío podía serlo? Terminada la Guerra, aquellos números de la revista filológica alemana se perdieron. Mi padre conservó un solo ejemplar, tal vez como recuerdo de que una ciencia que está impregnada del pasado puede cometer los errores políticos del presente. Pasó el juicio; logró que su traducción de las estrofas volviera a incorporarse en el Corpus Gabirolensis; pasaron los años y llegó a jubilarse. Había proyectado un viaje con mi madre para ese momento, pero ella murió de un cáncer poco después. Mi hermana emigró a Brasil, yo me dediqué a la abogacía. Él se quedó solo. Creo que toda su vida deseó tener alguna tercera epifanía. Cuando lo visitaba los domingos, siempre lo veía encorvado sobre sus viejos papeles. No volvió a producir nada más y su nombre fue olvidado rápidamente. Una noche me llamó su médico personal. Había sufrido un derrame cerebral. Sus últimos días oscilaron entre el sueño y momentos de conciencia alucinada. La mirada de los moribundos es escrutadora. Había enflaquecido y su mano derecha temblaba. Se quedó observándome. Quería hablarme y su voz salió temblorosa y gutural. Me pidió que entregara todos sus papeles a la universidad. Le dije que estuviera tranquilo. Sus ojos se clavaron en un punto del techo. Al principio no entendí bien lo que pretendía decirme. Creo que estaba mezclando aquellas lenguas muertas que habían cruzado su vida. Luego volvió al alemán y se lanzó por un torrente de batallas y apellidos de profesores. Su mente estaba intentando, por última vez, ordenar el caos que somos por la mañana, cuando regresamos a la vigilia luego del sueño. Se detuvo cuando halló lo que buscaba. Con un gesto me indicó que me acercara un poco. Entonces me confesó aquello que en verdad lo condenaba. Jamás había traducido el fragmento Ibn Gabirol. El hallazgo pertenecía a ese viejo que había estado con él años atrás, en casa. Era un profesor judío al que por las leyes raciales lo estaban por expulsar de la universidad. Faltaba pocos años para el horror definitivo, para el horror final. Mi padre había logrado que le mantuvieran por unos meses una mísera pensión con la que podía irse del país, aunque el destino de la judería en Europa ya estaba sellado. El precio que le había cobrado era la entrega de aquella traducción que le permitió a mi padre ganar nuevamente un renombre que se había ido oscureciendo. Lo de Abderramán, en cambio, había sido un invento suyo para justificar la edición de la monografía y su triunfo en el concurso de oposiciones. Gabirol era quien había escrito aquellas estrofas y demostraba que la gnosis podía estar en todos lados, aun en la carne hedionda devorada por los buitres.

Después volvió a la inconciencia y murió dos noches después. Usted buscaba el ejemplar perdido de la revista de filología. Mi padre conservó el suyo, acaso como un recordatorio de una de sus identidades. Cuando publique su tesis doctoral sobre Gabirol le pido que sea indulgente.



[1] El artículo que escribió poco después postula las siguientes ideas: un rey (¿acaso Gilgamesh?) debe escalar las alturas para hablar con un dios que se ha desvanecido. La desaparición de una divinidad que se esconde en lo hondo de una montaña sagrada y el consiguiente desorden en la tierra, ¿no son antecedentes del Éxodo? Sólo un hombre puede subir y entablar palabra con el dios. La reaparición del dios, ¿apareja una nueva ley? De este modo la humanidad se reconciliaría con lo divino y volvería una era de orden. La tablilla está rota, pero hallazgos posteriores avalaron aquella hipótesis de mi padre. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

 

EL ANCIANO DE BARBA BLANCA

Carlos Gabriel García Herrera

 

Cuando vivía en el sur de Bogotá compartí una pieza con dos compañeros de trabajo, en una casa que queda al fondo de un callejón sin salida. De esos que atrapan la brisa, la basura y la sombra.

Por la ventana de mi habitación se podía apreciar dos pinos gigantescos que parecían abrazar la casa con sus ramas, sumiendo el callejón en un crepúsculo eterno, donde todas las mañanas, una mirla entonaba un extraño trinar melancólico.

En el cuarto contiguo vivía el señor de barba blanca. Nunca supe su nombre, y creo que nadie lo sabía. 

El centro de su cráneo lo tenía pelado, lustroso como como una pepa de guama. Su pelo blanco caía como cascada congelada, y se confundía con su barba larga de monje Shaolín antiguo, al que nunca lo vi salir de día. El sol no conocía su rostro.

Pero en la madrugada, cuando el alba acariciaba la noche anterior, se escuchaba el chirriar de la puerta de la calle. 

A esa hora volvía.

Vestía siempre de frac negro. Sin una arruga. Llegaba con los ojos rojos encendidos como si se hubiera fumado un tabaco de marihuana.

En ocasiones, intentaba saludarlo, pero era inútil, porque no dejaba fija la mirada, y enseguida cruzaba el pasillo largo como si me tuviera miedo. Casi que, queriendo romper la baldosa con sus pasos.

La puerta de su cuarto, al cerrarse, consumía sus pasos.

Una noche, pasé frente a su puerta y alcancé a vislumbrar por la rendija de abajo, una tenue luz que se movía de un lado para otro. No parecía el bombillo porque temblaba. Palpitaba. Como si alguien adentro estuviera sosteniendo un enorme candelabro encendido, pero lo raro era que no se escuchaba caminar.

Pegué mi oído a la puerta y les juro que oí una respiración profunda. No era ronquido. Era como un suspiro de esos que no terminan en seco, sino alargado, fino y perfumado.  Y, se repetía.

… Un aroma anestésico.

Aunque nunca le tuve miedo a cuentos de espanto, este señor tenía lo suyo. Porque varias madrugadas, cuando lo escuchaba caminar por el pasillo, a veces se detenía frente a nuestra puerta. Y se quedaba ahí. Quieto. Respirando largo. Sin prisa. Oliéndonos detrás de la madera.

Una noche no aguanté, y abrí. 

¡Y ahí estaba!  Demasiado cerca. Sus ojos eran escarlatas… ¡Brasas!

Juro que de ellos saltaban pequeñas briznas encendidas, como cuando se sopla el fogón con un sombrero, y la leña está húmeda.

Su frac le olía a sándalo, jazmín y romero… El olor de los velorios del pueblo.

Olor a muerto.

Esos ojos atravesaron mi cuerpo, y mi yugular contuvo la hemoglobina. Mis pies se soldaron con plomo y mis arterias parecían palpitar más rápido. Mi grito se ahogó por una roca dentro de mi garganta.

Su mano pálida y fría se posó en mi hombro. No era una mano pesada, más bien sentí que era una caricia de muerto.

Estaba en un trance hipnótico, pero algo dentro de mí luchaba con desesperación por despertar del letargo. Comprendí que ese señor no era un anciano. Era el alma de una pesadilla viviente.

En eso, desde adentro, la voz de un compañero me trajo a la realidad. Fue un saludo humano, estúpido, pero reventó el trance como un martillazo rompe un ventanal. Y, aunque fue únicamente una pestañeada, cuando quise ver, solo alcancé a ver la cola de su frac entrando a su habitación.

Al día siguiente saqué mi ropa en una bolsa mencha, y les conté a mis compañeros. Se cagaron de la risa, y hasta loco, mentiroso y trabao me llamaron.

A los ocho días, uno de ellos no volvió del trabajo, y el anciano desapareció. Revisaron la pieza del anciano, pero estaba vacía, y oliendo a sándalo y jazmín.

Una candelabro con una vela derretida reposaba sobre el piso.

Carlos Gabriel García Herrera. Es un escritor y poeta colombiano nacido en San Estanislao De Kostka el 12 de noviembre de 1969. Autor de novelas, cuentos de misterio y aventura. Obras: Bajo la sombra, Las brujas del Camajorú, El brujo maldito, Gabo y Fronteras.

HOUSTON, AQUÍ LA LUNA

Relja Antonić

 

Ya no queda esperanza alguna. O al menos estamos consumiendo las últimas reservas. No queda ningún lugar del que extraer la energía que necesitamos para alimentar nuestras máquinas e iluminar nuestros jardines.

Sé que recibirán este mensaje dentro de muchos años. Treinta, para ser exactos. Si dependiera de mí, ni siquiera lo enviaría. Pero nuestros antepasados iniciaron esta tradición y por eso llamo a la Madre Tierra. Aunque nunca hemos recibido respuesta alguna, les hago llegar este informe. No sé si todavía queda alguien con vida ahí abajo, pero deseo que así sea.

Sé que nuestra partida debió alterar la rotación de nuestro planeta natal. Sé que quizá todos hayan muerto en los cataclismos que debieron desencadenarse. Pero, si siguen ahí, Houston, por favor comuníquense con nosotros. Esperaremos. Esperaremos otros sesenta años, otros doscientos años, el tiempo que sea necesario para que los hijos de mis hijos sepan que el planeta de origen no desapareció cuando abandonamos los cielos de la Tierra.

Para cuando nuestro mensaje los alcance y su respuesta llegue hasta nosotros, tal vez todos hayamos muerto: nos estamos quedando sin electricidad. Pero, mientras quede alguien con vida, sepan que responderemos y que recibirán un segundo mensaje dentro de noventa años terrestres. Por favor, Houston, no nos ignoren. Nosotros no los ignoraremos. Si dentro de nueve décadas no reciben una respuesta, sepan que no los habremos abandonado. Sepan, en cambio, que nos habremos extinguido y que este capítulo de la saga de la colonización espacial habrá llegado a su fin.

Que les vaya bien, y ojalá volvamos a saber de ustedes.

 

Houston, los llamo, tal como mi ancestro enseñó a su hijo a hacerlo y este, a través de incontables generaciones, me lo enseñó a mí. Han pasado innumerables años llenos de dificultades mientras la Luna, transformada en una nave generacional, derivaba por la inmensidad del vacío. Aun así, perseveramos. Les agradecemos el único mensaje que recibimos de ustedes, allá en tiempos de mi bisabuelo. Espero que todavía sigan ahí. Nosotros seguimos buscándolos.

¡Houston, tienen que ver esto!

No solo hemos vuelto a recolectar la luz de las estrellas para satisfacer nuestras necesidades: nuestros jardines florecen, los generadores de oxígeno y todos los demás sistemas funcionan mejor que nunca, a plena capacidad, algo que jamás nos atrevimos a imaginar. Por suerte, toda la maquinaria es completamente automática, porque hace mucho que olvidamos nuestros conocimientos de tecnología... y también de astronomía, salvo por saber en qué región del espacio debemos buscar la Tierra.

Si envían su respuesta dentro de treinta y seis años, la recibiremos dentro de setenta y dos. Si logran sobrevivir a la épica catástrofe que sigue asolando la Tierra, mientras el planeta gira y se tambalea sin cesar, privado de su satélite y de su eje estable de rotación, sepan esto: la colonización ha funcionado. Creemos firmemente que encontraremos un nuevo planeta relativamente habitable, o quizá toda una serie de ellos. ¡La esperanza sigue viva!

Si todavía están ahí —y de verdad espero que así sea—, hágannos saber de ustedes e infórmennos sobre su situación.

Durante todos estos milenios, la Luna, expulsada por la onda gravitatoria, por fortuna no se perdió en el inmenso vacío que constituye la mayor parte de nuestro universo. ¡Ahora tenemos energía de sobra! En este momento orbitamos alrededor de Arcturus.

En las eras venideras tendrán que contemplar el amanecer de nuestro nuevo Sol. Ocupa todo el horizonte cada vez que somos bendecidos por un alba, aunque los amaneceres son escasos y llegan con intervalos increíblemente caóticos, si es de fiar el calendario instalado en los tiempos de la antigua Tierra. ¡Nuestro nuevo Sol llena cada amanecer una parte mayor del cielo! 

Relja Antonić nació el 17 de diciembre de 1988. Vive y trabaja en Šabac, Serbia, y escribe e ilustra desde hace más de 10 años. Colabora en al menos tres revistas, ha publicado relatos en varias antologías de países de la antigua Yugoslavia y es probable que se considere a sí mismo un escritor de fantasía.

 

lunes, 6 de julio de 2026

LA PECERA DEL GIGANTE

Ricardo Bernal

 

Entonces el gigante me puso en una pecera; por suerte no tenía agua pues nunca aprendí a nadar. ¡Por favor señor gigante, déjeme salir! Nada de eso chiquilín, ¡ya verás como vamos a divertirnos! En la mano derecha el gigante tenía una caja de choco krispis del tamaño de un edificio: se echó un puñado a la boca y arrojó otros pocos a la pecera; toma, para que no te mueras de hambre. El gigante me miró con curiosidad, luego sonrió y me cerró un ojo. Al rato regreso, dijo antes de alejarse; voy a buscarte compañía. Me quedé solo con mis miedos. ¿Compañía?, ese gigante estaba demasiado loco, lo mismo podía traer una tarántula, grande como su mano, que una muchacha de mi especie. Recorrí la pecera: medía veinte pasos de largo por doce de ancho y el piso estaba cubierto de piedras de colores. En una esquina encontré el enorme esqueleto de un pez, en otra había un castillo de plástico lleno de moho. Entré al castillo, tuve que agacharme para poder cruzar la puerta. ¿Estaré soñando? ¿Qué demonios hago yo en una pecera? Salí; a un lado del castillo había una tapa de gerber llena de agua. Bebí un poco, aparentemente el agua estaba limpia. Me senté en una piedra y saqué todo lo que traía en las bolsas de mi abrigo: un libro de poesía, un ajedrez electrónico, mi pequeño amuleto contra el mal de ojo. Ninguna cuerda, ninguna cantimplora llena de poción mágica para volar y escaparme así de mi triste destino. Lloré un buen rato. Luego recogí un choco krispis, en mis manos era del tamaño de una baguette. Lo mordí: ¡auch!, demasiado duro. En fin, era preferible eso a morirme de hambre. Llegó la noche y entré al castillo. El frío me calaba hasta los huesos, pero era mayor mi cansancio así que me quedé dormido.

 

¡Yuju yuuuju!, canturreó el gigante. Abrí los ojos y me puse de pie como impulsado por un resorte: ya era de día. Mira a quién tenemos aquí; el enorme guante de cuero se abrió despacio, en la palma estaba un hombre melenudo y harapiento... ¿Fagus? No podía creerlo: era mi hermano mayor al que creíamos muerto desde hace cuatro años en la guerra de Constantinopla. Fagus fue arrojado al interior de la pecera. Al reconocerme corrió hacia mí y nos abrazamos entre lágrimas y gritos de felicidad. ¡Déjense de cursilerías!, rugió el gigante desde arriba, la fetidez de su aliento casi nos hace vomitar. La situación es la siguiente, dijo el gigante; hoy es lunes, me voy a ir de viaje pero regresaré el próximo domingo. Para entonces, uno de ustedes debe estar muerto. Si los encuentro vivos a los dos, no sólo me los tragaré de un solo bocado, sino que iré a pisotear su ciudad hasta que no quede piedra sobre piedra. El gigante emitió una diabólica carcajada que hizo temblar su barriga como si fuera una gelatina. Luego metió la mano al bolsillo de su chaleco y sacó un dedal, arrojando su contenido a la pecera. Aquí tienen armas para que peleen a muerte. Fagus y yo vimos incrédulos las viejas pistolas del pirata Francis Drake, el martillo de Thor, la espada de Isildur que durante tantas generaciones había estado en el museo de nuestra ciudad. ¡Ejem!, exclamó el gigante; ahora que si lo que quieren es una muerte romántica... Del otro bolsillo sacó un frasco verde, le dio vueltas a la tapa que resultó ser un gotero, y vertió tres gotas de un líquido ambarino en el dedal, colocándolo luego en la pecera. Un solo trago de este veneno provocará una muerte instantánea en cualquiera de ustedes, dijo el gigante. Otra cosa: si se les ocurre la ridícula idea de hacer un pacto suicida y los encuentro muertos a ambos, inundaré de alcohol su ciudad y le prenderé un cerillo. ¡Cómo me voy a divertir viendo a sus congéneres correr chamuscados en todas direcciones! Bueno mis pequeños amigos, espero que la pasen bien en mi ausencia; y el gigante emitió otra terrible carcajada. ¡Ah!, olvidaba darles su comida: tomó la caja de choco krispis y nos arrojó un puñado. ¡Hasta el domingo! Los pasos del gigante se alejaron, haciendo retumbar las paredes transparentes de nuestra cárcel.

 

El gusto de volver a vernos era mayor que la amenaza del gigante. El resto del día, Fagus y yo nos la pasamos hablando. Me contó cómo lo habían hecho esclavo de guerra en Constantinopla; estuve tres años trabajando de sol a sol en un molino, me daban de comer basura y latigazos, hasta hoy en la mañana cuando el gigante me liberó, aplastando con sus tenis a mis verdugos. Me preguntó por sus hijas. Están bien, aunque al ver que no regresabas te dieron por muerto y pusieron otra lápida junto a la tumba de tu esposa. ¿No se han casado? No, pero dudo que sigan solteras mucho tiempo. ¿Y tú qué has hecho?, preguntó Fagus. Me casé hace medio año con Lia, la hija del herrero. ¡Pero si es una niña! No, reí; te aseguro que ha crecido bastante desde tu ausencia. Hablamos de los amigos, de cómo había sido reconstruida la ciudad después de la guerra. Luego nos callamos un buen rato. Contemplé a Fagus: estaba esquelético, ceniciento, ¿dónde había quedado aquel guerrero impresionante que hacía correr al enemigo con sólo llevar la mano al pomo de su espada y decir ¡bu!? Su triste mirada me recordó al primer jabalí que maté con mis propias manos, una de esas miradas donde no hay esperanza ni razón alguna para seguir de pie sobre la tierra. Llegó la noche. Tratábamos de no pensar. Conocíamos de sobra a los gigantes, no en balde nuestro padre había encontrado el fin de sus días en el estómago de uno de ellos. ¡Maldición!, grité golpeando con mis puños las gruesas paredes de la pecera; ¡maldito gigante hijo de puta! Lágrimas de rabia surcaron mis mejillas hasta que los brazos enflaquecidos de Fagus me abrazaron. ¡Cálmate, hermano!, no tiene caso perder la cordura. Vamos a dormir, mañana pensaremos qué hacer. Debe de haber una salida.

 

El martes y el miércoles pasaron volando, las horas eran granos de arena en el reloj del destino. Fagus y yo nos rompimos la cabeza buscando la forma de escapar. No tiene caso hermano, supón que logramos fugarnos: el gigante no nos lo perdonaría y su venganza sería incendiar nuestra ciudad. Era cierto. Además ni siquiera podríamos bajar de la mesa, la enorme mesa sobre la que descansaba nuestra cárcel. Después de una amarga noche de insomnio llegó el jueves. En la penumbra del amanecer, las armas tiradas entre las piedras de la pecera brillaban como burlándose de nosotros. Quedaban muy pocos choco krispis. El silencio era cada vez más denso. Evitábamos mirarnos. Evitábamos estar cerca. Si Fagus entraba al castillo de plástico, yo salía, y viceversa. Ni siquiera los duros años de la guerra nos habían preparado para una situación como ésa.

 

Durante todo el jueves lo único que hicimos fue recorrer la pecera a grandes pasos. Parecíamos autómatas. Varias veces sorprendí a Fagus murmurando incoherencias, quizá sin darme cuenta yo hacía lo mismo. Poco antes del anochecer Fagus se detuvo frente a mí, sus ojos eran dos obsidianas encendidas. Hermano, dijo poniendo sus manos en mis hombros; he decidido tomarme el veneno y acabar de una vez por todas con esta angustia. El horror aceleró los latidos de mi corazón: ¡No Fagus, eso no! ¡En tal caso echémoslo a la suerte! Una sonrisa de ultratumba arrugó el rostro de mi hermano, es mejor que yo muera, soy el más viejo; tú tienes una esposa, una vida por delante. Yo en cambio soy hombre muerto desde el día en que me atraparon mis verdugos. No, Fagus, yo no podría vivir con tu sacrificio a cuestas, ¡echémoslo a la suerte, y que Dios se apiade de nosotros! Entonces recordé mi ajedrez electrónico, ¡una partida de ajedrez, claro! De la bolsa de mi abrigo saqué el estuche; al mirarlo pensé en un sarcófago diminuto. Un honorable duelo entre hermanos, esa era la única, la espantosa solución. Fagus, juguemos una partida de ajedrez, el perdedor tendrá que tomarse el veneno. Fagus estuvo de acuerdo, había sombras alrededor de sus ojos decrépitos. Decidimos comenzar la partida al día siguiente.

 

Esa noche no pude dormir ni un segundo. De niños, nuestra instrucción bélica incluía al ajedrez. Para nosotros era más que un simple juego: en el tablero aprendimos las tácticas, los misteriosos caminos para llegar a la victoria. Quien en la vida de la guerra aplica las leyes del ajedrez, sabe que el factor suerte puede reducirse a cero. Al amanecer Fagus y yo bebimos agua y comimos nuestra diaria ración de alimento, medio choco krispis cada uno. Luego desdoblé el tablero encima de una piedra y colocamos las piezas en silencio. Yo jugaría con blancas, Fagus con negras. Aunque anteriormente muy pocas veces había logrado ganarle a Fagus en el ajedrez, eso se compensaba con los cuatro años que él había dejado de practicar, cuatro años en los que yo derroté a varios campeones. Así comenzó la partida: peón cuatro rey, peón cuatro rey. Caballo tres alfil rey, caballo tres alfil dama. Alfil cuatro alfil, peón tres dama... Para uno de nosotros, este era el último juego.

 

Había que cuidarse de los caballos de Fagus: se metían en todas partes entorpeciendo mis tácticas de ataque. Las jugadas se llevaban cada vez más tiempo conforme avanzaba la partida, habíamos puesto un límite de una hora por tirada. Para el atardecer, Fagus se había apoderado de mi torre, y aunque yo le había comido un alfil y tres peones, su posición era muy ventajosa; seguramente ya había planeado una estrategia indestructible. Cerré los ojos, vi a dos niños pequeños jugando al ajedrez bajo la supervisión de un viejo maestro; estaban en un salón cuya terraza daba a los jardines, los hermosos jardines que eran el orgullo de nuestro padre. La cadena de pensamientos me llevó hasta los ojos de mi mujer: estaba triste, muy triste. Hasta antes de ser atrapado por el gigante, mi futuro había sido una promesa de feliz vejez al lado de mi esposa. Jaque, dijo Fagus moviendo su dama y haciéndome regresar a la realidad. Cubrí el ataque con mi torre y miré a mi hermano, de alguna extraña manera su presencia me incomodaba: el gigante había logrado que ahora lo viera como un enemigo. Si Fagus gana, pensé, voy a tener que asesinarlo. Un escalofrío recorrió mi espalda; no, no puedo matar a mi propio hermano, tengo que concentrarme en la partida. Al anochecer, la falta de luz nos obligó a suspender el juego, así que nos fuimos a dormir. Me di cuenta de que en todo el día sólo habíamos hablado para anunciar los jaques. Me quedé dormido de inmediato.

 

Y llegó el sábado, y llegó la tarde del sábado. Jaque mate. Fagus miró el tablero con incredulidad: era cierto, pese a su gran ventaja material, al mover mi caballo había dejado al descubierto el ataque de una torre, aplicando así el inevitable jaque mate. Yo tampoco podía creerlo; durante las larguísimas horas de juego, Fagus había ido recortando mi ejército hasta dejarme tan solo un caballo, una torre, mi rey y dos peones. Las piezas amontonadas en el flanco de su rey, en vez de protegerlo, le cerraron las posibles salidas. Vi a Fagus, su sorpresa y disgusto me convencieron de que no se había dejado ganar. Excelente... excelente mate, dijo Fagus; luego se levantó muy despacio, como si hubiera estado sentado trescientos años detrás del tablero. Yo no pude mirarlo a los ojos. Mi corazón era jalado por dos fuerzas contrarias: el pesar por la próxima muerte de mi hermano, y la dulce esperanza de volver a los brazos de mi esposa en cuanto el gigante me liberara. Faltaba poco para el anochecer. Ahora lo sabía: esa iba a ser la última noche en la vida de Fagus. Quise hablar pero las palabras se negaron a salir de mi boca. No podía llorar, ni siquiera sabía cómo definir las sensaciones que me invadieron. Con mucho cuidado guardé las piezas en su estuche, doblé el tablero y me dirigí al interior del castillo. No me atreví a enfrentar a Fagus en su dolor, ojalá me mate mientras duermo, pensé; ojalá esto sólo fuera una pesadilla.

 

El domingo en la mañana, después de compartir el último choco krispis, Fagus se bebió el veneno. Yo había imaginado ese día como una fecha memorable en la que uno de los dos hablaría de cosas trascendentes antes de morir. La verdad es que no estuve con Fagus en los últimos momentos. No sé qué pensó, ni fui testigo de sus últimas palabras, si es que las dijo. Yo estaba en el castillo pensando en una última, desesperada salida para evitar el sacrificio de mi hermano; tal vez si finge que está muerto, tal vez si nos escondemos... Entonces oí un grito y al salir corriendo del castillo vi a Fagus en el suelo, retorciéndose como un jabalí malherido. ¡Hermano!, grité tomándolo en mis brazos. Por lo menos el gigante no había mentido: la muerte de Fagus fue instantánea.

 

Han pasado dos semanas desde entonces. El gigante nunca regresó. El cadáver de mi hermano está cada vez más putrefacto. Cada vez es más difícil masticar su carne.

Ricardo Bernal nació en la Ciudad de México, en 1962. Es narrador y poeta egresado de la SOGEM e investigador de cine y literaturas anómalas. Se ha especializado en literatura fantástica, horror y ciencia ficción. Ha sido director del consejo editorial de La Mandrágora; coordinador del Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción en la Universidad del Claustro de Sor Juana desde 1996. Becario del FONCA en cuento de 1994 a 1995 y del Instituto Quintanarroense de Cultura. Premio Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos 1991 por La palabra de los niños y 1992 por Leyendas de la muerte azucarada. Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1995 por el libro Ciudad de Telarañas. Desde 1992 imparte cursos, talleres y diplomados de literatura fantástica, horror, ciencia ficción, historia de las animaciones, cine negro, astrología simbólica y tarot.

 

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