viernes, 10 de julio de 2026

CLAUSTROFOBIA

Tihomir Jovanović

 

Bajé del autobús en Autokomanda. Algunos pasajeros más descendieron, recogieron su equipaje del compartimiento y siguieron su camino. Yo no llevaba equipaje. Había salido de mi casa, en la provincia, sin más que unos cuantos billetes rojos y arrugados en el bolsillo para comida y otros gastos mientras estuviera en casa de mi amigo Lazar. Se suponía que debía esperarme en la estación, pero no estaba.

Bueno... algo lo habría retrasado. Llegaría en cualquier momento.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, estaba cada vez menos convencido de ello. Mis intentos de comunicarme con él por teléfono móvil fueron inútiles. Una voz femenina robotizada repetía:

—El usuario llamado no se encuentra disponible en este momento. Por favor, inténtelo más tarde.

Miraba en vano la pantalla esperando que apareciera el mensaje: «El usuario llamado vuelve a estar disponible».

La noche era cada vez más oscura y fría. Cada vez quedaba menos gente. Se marchaban en los autobuses urbanos hacia el centro, rumbo a bares, cafeterías y clubes. Era viernes por la noche...

Y yo, qué idiota. Nunca se me ocurrió pedirle a Lazar la dirección. En mi pueblo todos se conocen y nadie necesita una dirección para encontrar a alguien. Belgrado está lleno de Lazar Petrović.

Caminé bajo el distribuidor vial, entre los edificios. Si no aparecía, tendría que encontrar algún sitio donde pasar la noche y regresar al pueblo al día siguiente. Era evidente que Lazar me había dejado plantado, como dicen aquí, en la ciudad. Había apagado el teléfono porque había cambiado de idea. Podría habérmelo dicho, en lugar de hacerme esto.

Estaba furioso. Más conmigo mismo que con él. Al fin y al cabo, era un imbécil por confiar en alguien con quien apenas había compartido un par de cervezas sentado en la escalinata de la tienda del pueblo...

Ahora solo buscaba un rincón tranquilo, un lugar donde pudiera esconderme para dormir. Mientras vagaba, apenas veía alguna muchacha que había sacado a pasear al perro para que hiciera sus necesidades. En mi pueblo los perros se ocupaban solos de eso y nosotros dormíamos.

Dormíamos...

Como si el cielo hubiera escuchado mis deseos, vi un viejo camión junto a una hilera de casas ruinosas. Me pareció que ya no estaba en Belgrado, o al menos no en el Belgrado moderno... Basta alejarse unos pocos cientos de metros de las avenidas principales para encontrarse con chozas miserables y montones de automóviles destrozados.

El camión era una especie de furgón. En la parrilla del motor llevaba un emblema que parecía un cohete. Probé la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave.

Maldición.

Fui hacia la parte trasera del vehículo. Tenía una puerta de dos hojas. La palpé y comprobé que no estaba cerrada. La abrí y me metí dentro.

No parecía un lugar tan malo. El piso estaba cubierto con rejillas de madera y las paredes interiores eran de chapa lisa. No era precisamente un hotel, pero sí un sitio aceptable para resguardarme de la calle y pasar la noche.

Me acurruqué sobre el piso e intenté llenar mi mente de buenos recuerdos, de algo que me alejara de aquella desagradable realidad. Y cuando ya me parecía que estaba a punto de dormirme, oí golpes en la puerta, gritos y, enseguida, cómo la abrían.

Primero entró una ráfaga del aire helado de la noche y después una multitud de personas.

Me puse de pie, desconcertado, y me refugié en un rincón.

La gente seguía entrando y entrando.

Estaban aterrados, desesperados.

Llevaban brazaletes amarillos sobre las mangas.

Desde afuera llegaban gritos:

—Schnell! Schnell!

Y ladridos de perros.

Al diablo, pensé. Me metí en un camión que forma parte del rodaje de alguna película sobre campos de concentración.

Pero desde afuera no llegaba la luz de los reflectores. Solo la pálida claridad de la luna y una mezcla de voces, gritos, lamentos y sollozos.

—¡Despacio, por favor! —grité cuando terminaron por aplastarme contra un rincón de la caja—. ¡Van a asfixiarme!

Pero seguían entrando, como si no me oyeran, como si yo no existiera, empujados por los culatazos de hombres vestidos con uniformes alemanes.

Durante un instante, un rostro bajo un casco apareció en el marco de la puerta mientras seguía empujando gente hacia el interior.

Entonces las puertas se cerraron de golpe y las aseguraron. Varios hombres intentaron abrirlas empujándolas, pero fue inútil. Respiraba con dificultad. Había demasiada gente para un espacio tan reducido. Poco después se oyó el rugido del motor y el camión comenzó a sacudirse sobre el camino. Demasiados saltos para circular sobre asfalto.

¿Qué demonios está pasando?, pensé. Aunque fuera para una película, ¿no bastaba con empujarlos dentro y luego hacerlos salir? Qué mala suerte la mía... Y qué estafador Lazar.

Pero entonces percibí otra cosa. El olor del humo. Dentro del vehículo. El camión era viejo y por algún sitio se filtraban los gases del escape. La gente comenzó a agitarse. Apretados unos contra otros, empujaban desesperadamente hacia las puertas. El camión dio un fuerte salto al pasar sobre una piedra, o eso supuse.

Las mujeres y los niños empezaron a gritar y a llorar. Se empujaban y se arañaban unos a otros luchando por un poco de aire. Aquella escena era demasiado convincente. Demasiado real para ser una actuación. Aquellas personas se estaban asfixiando de verdad.

Estaban muriendo.

La mujer que estaba a mi lado apretaba a su hijo contra el pecho, como si pudiera protegerlo de los vapores venenosos con su propio cuerpo. La gente luchaba, forcejeaba. Unas manos me arañaron la cara. Otras tiraban de mi ropa hasta desgarrarla. Con el tiempo todo se fue calmando. Dentro de la caja había tan poco espacio que incluso los muertos permanecían de pie. El camión siguió avanzando, dando tumbos por el camino irregular, hasta que por fin se detuvo. El motor se apagó. Unos instantes después oí a alguien manipular la cerradura desde afuera y las puertas se abrieron de par en par. Una bocanada de aire fresco irrumpió en el interior y la aspiré con avidez.

En el umbral volvió a aparecer un soldado alemán, seguido por otro. Comenzaron a sacar los cadáveres y a arrojarlos al suelo como si fueran sacos. Mientras tanto hablaban en aquel idioma gutural suyo y se reían, como si todo aquello les divirtiera.

Uno de ellos entró en la caja del camión y empezó a empujar los cuerpos hacia afuera, mientras el otro los recibía y los arrastraba. Rostros muertos, deformados por muecas de agonía. Ojos abiertos. Ojos que habían visto la muerte.

Mis propios ojos también estaban abiertos, y yo contemplaba toda aquella muerte. Esperaba que el soldado alemán me descubriera, me sacara de allí y me rematara con un disparo de su Luger. Pero eso no ocurrió. La luz de una linterna recorrió el interior del vehículo y el soldado salió refunfuñando. Permanecí acurrucado en un rincón, temiendo que al final terminara por verme. En mi cabeza solo daba vueltas una idea.

—Todo esto es un sueño... Todo esto es solo un sueño... —susurraba, como si por fin hubiera comprendido—. Es solo una pesadilla. Me despertaré y todo volverá a estar bien...

Pero ¿quién es consciente, mientras sueña, de que solo está soñando? Esperé un poco más y luego me asomé con cautela por la rendija de la puerta. No había nadie. Ni alemanes. Ni cadáveres. Salí del camión, miré a mi alrededor y eché a correr por el camino en dirección a las luces de la ciudad, alejándome de aquel bosque, alejándome de todo. Mientras corría sentí vibrar el teléfono en el bolsillo. Lo saqué y vi en la pantalla el número de Lazar.

—¡Pero dónde estás, hombre! —oí su voz, alterada.

—¿Dónde estoy yo? —grité—. ¡¿Y dónde demonios estás tú?!

—Perdóname. Tuve un accidente de tráfico... ¿Dónde estás ahora?

—¿Dónde estoy...? No tengo la menor idea. Ni siquiera sé qué me ha pasado —respondí—. Espera... veo algo conocido... el estadio del JNA...

—¡Hombre, qué haces tan lejos! Espérame debajo de la tribuna sur y no te muevas. Voy a buscarte.

 

Por fin vi los faros de un automóvil.

Hizo un cambio de luces al reconocerme y me acerqué.

El capó estaba abollado, seguramente a causa del accidente que Lazar había mencionado.

Abrió la puerta y salió para saludarme, pero se quedó inmóvil al verme.

—¡Pero qué aspecto tienes! Estás lleno de arañazos y la ropa hecha jirones...

Instintivamente me llevé los dedos a la cara y sentí las heridas y la sangre reseca. Entonces yo mismo me quedé desconcertado. Si por un instante había pensado que todo aquello había sido solo una pesadilla o que había estado vagando dormido, las dudas desaparecieron. A menos que hubiera atravesado algún matorral. Así que eso fue lo primero que le dije a Lazar.

Él solo negó con la cabeza y me hizo subir al coche.

Cuando llegamos a su edificio, pulsó el botón para llamar al ascensor. En cuanto las puertas se abrieron y dejaron ver la cabina, sentí una oleada de angustia y de miedo.

Y un intenso olor a mi propio sudor.

—No... No puedo subir en ascensor. Vamos por las escaleras.

—Vamos... ¿Subir andando hasta el quinto piso? —me miró sin dar crédito a lo que oía.

—Te lo explicaré después.

Se limitó a encogerse de hombros, como diciendo «qué tipo tan raro», y empezamos a subir.

Más tarde, ya en su apartamento, mientras compartíamos un vaso de rakia y un cigarrillo, le conté todo lo que realmente me había ocurrido. Me escuchó incrédulo. Sacudió la cabeza y dijo:

—Parece una historia de La dimensión desconocida.

Asentí.

Entonces continuó:

—¿Sabes? En Autokomanda existió un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial: Topovske Šupe. Allí reunían a judíos, gitanos y comunistas antes de trasladarlos a Banjica, donde ya sabes cómo terminaban.

—¿Y aquel extraño camión?

—Una dušegupka. Seguro que has oído esa palabra alguna vez, aunque no supieras de dónde viene. Era precisamente ese tipo de camión. Un invento alemán para matar de forma barata. Utilizaban camiones Saurer y todo fue concebido por Heinrich Himmler —explicaba Lazar como si estuviera leyendo una enciclopedia o Wikipedia—. Los fabricaba la empresa Gaubschat Fahrzeugwerke GmbH y los llamaban Gaswagen. Bajo las rejillas de madera del piso había tubos perforados por los que se conducían los gases del escape del motor: dióxido y monóxido de carbono...

—Es espantoso... —murmuré.

Y seguía sin comprender por qué, ni cómo, había terminado allí; por qué ni los alemanes ni los prisioneros parecían verme y, sin embargo, sobre mi cuerpo habían quedado las huellas de su desesperación; ni cómo era posible que yo no hubiera muerto envenenado por aquellos gases. Se lo dije a Lazar.

—No tengo una explicación racional... Tal vez, de algún modo, tú no formabas parte de aquella realidad. Quizá atravesaste una especie de fisura temporal... Aunque, cuando leía sobre cosas así, nunca les creía. Me parecían solo lecturas entretenidas.

—Sí. A mí también... Pero ahora...

Callé y apuré de un trago el resto de la rakia.

—Ahora ve a dormir —dijo Lazar—. Mañana será otro día.

Asentí.

Me preparé para acostarme y, todavía con cierta inseguridad, me metí en la cama, temiendo lo que pudiera traerme el sueño: una mañana cualquiera, el regreso de la pesadilla... o cualquier otra cosa que hubiera sido aquello que me ocurrió.

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

 

ME ROBASTE EL ALMA

Carlos María Federici

Quién sabe, si supieras

que nunca te he olvidado,

volviendo a tu pasado,

¡te acordarás de mí!

Contursi y Maroni, “La Cumparsita”

 

(Siglo XXI. En cualquier lugar del mundo. Un hombre y una mujer.)

Cuando la criada, una mujercita menuda y anodina, lo hizo pasar, no demo­ró en cap­tar la esencia de aquel ambiente. Pese a su edad, sus percep­cio­nes se mantenían extraordina­riamente agudas. Arrestos de lujo, pero oliendo a rancio, con­clu­yó. Aunque todo eso carecía de importancia frente al acelerado ritmo de los latidos de su corazón.

—Por aquí —dijo la fámula.

Le pareció que la madera del piso crujía desusadamente cuando penetró en el dormitorio de ella, pero con seguridad era una ilusión de sus sentidos, bastante sobreexci­tados.

No pudo reprimir un parpadeo al enfrentarla. Reclinada en su lecho, sus sesenta y pico de años parecían veinte más, debido a la cruel enfermedad que la consumía. ¡Qué diferencia con la imagen que él había atesorado –y manipulado en secreto– desde aquellos años!

La mujer se irguió un poco para mirarlo. Una semisonrisa se esbozó en sus labios marchitos.

—Tienes peluca —lo acusó.

—Para quedar más lindo, ¿viste? ­—repuso él, lanzándole la socorrida respuesta.

Cayó una cortina de silencio incómodo entre ambos. Hasta que ella dijo:

—¿Cómo estás? —y, sin darle tiempo a contestar—: Suprime el “¿y tú?”. Ya ves cómo estoy yo.

Luego le indicó que se sentase, y él obedeció. Trató de acomodarse en la silla; carraspeó. No sabía cómo continuar. Estaba sumamente intrigado. No se explicaba por qué la mujer lo había mandado llamar por aquel abogado calvo, de gruesos anteojos y tono de voz neutro, después de todos aquellos años. Él siempre había supuesto que no abult­aba siquiera como recuerdo casual en la seguramente poblada memoria de ella, cuya agitada vida ya se manifestaba a los veintidós, cuando se conocieron en la agencia publicitaria donde él era diseñador gráfico y ella, modelo contratada.

Ella permaneció largos instantes en silencio. Pero en su mente, la protesta gritaba:

Sueños. ¡Esos sueños recurrentes, noche tras noche; sueños removedores, intensos, absorbentes, perturbadores…, inexplicables! Sueños que le sacudían fibras largo tiempo adormecidas, forzándola, casi violándola. Sueños con él. Como los dos habían sido una vez, mucho tiempo atrás, pero en forma distinta. Lo que nunca había sido, ahora intentaba ser.

No podía decírselo. No encontraba cómo. Pero sabía que finalmente iba a tener que hacerlo; de lo contrario, ¿cómo descubrir lo que le estaba pasando?

Respiró agitada, y se dio cuenta de que su conmoción era perceptible, al punto que él se incorporó en la silla, extendiendo un brazo hacia ella. Lo detuvo levantando una mano (una de aquellas manos cuyo roce, en un tiempo, él había ansiado tanto); una mano ahora delgada y venosa, pero determinada.

—No es nada —dijo—. Estoy un poco nerviosa, pero no es nada. Es que tengo que preguntarte algo… algo que te puede sonar a locura o extravío… y no hallo la manera de expresarlo. Es…

—Yo también tengo que preguntarte algo, y lo haré sin rodeos; es mejor así. ¿Qué te impulsó a llamarme, después de cuarenta años? Te confieso —y no pudo frenar el enroje­cimiento de sus mejillas de octogenario—, que siempre estuviste en mi pensamiento; de hecho, te nombraba todos los días… hasta componía poemas con tu nombre. Pero creía que por tu parte… —y bajó la vista, retorciéndose las manos.

La mujer se volvió de lado, apoyándose en un codo huesudo, para enfrentarlo mejor.

—Tus recuerdos de aquellos días, ¿siguen frescos, entonces?

Él suspiró.

—Me gustaría decir que no… pero mentiría. Aunque poco y nada pasó entre nosotros, ¿sabes?, siempre esperé que algún día… Pero los años se me echaron encima; que­dé solo con mi vida gris y monótona, hasta que… —y se detuvo abruptamente.

No era tiempo aún. Palpó el bulto del teléfono celular en el bolsillo del saco, pero no era el momento aún de sacarlo y mostrárselo. Tal vez no tuviera que hacerlo. Tal vez…

—Sí —dijo ella—. Los años nos aplastaron a los dos, cada uno por su lado. El mundo, además, cambió tanto… No me pude adaptar. Después de que mi marido murió, me recluí en esta casa. Tengo millones en el banco, pero no me sirven más que para mantener a unos cuantos parásitos, entre ellos el abogado que te fue a buscar. ¡Ah, sí! Protestaba. Que cómo iba a hacer para encontrarte, si yo —vaciló un poco— ni tu nombre recordaba… Lo siento, no puedo mentirte ahora. No lo recordaba. Pero con lo que le pagué, ¡claro que sí!, el vejete inútil no podía defraudarme... —Se detuvo. Era evidente que el habla la fatigaba. Pero él notó que la sostenía una extraña excitación, capaz de sobreponerse a la debilidad de su cuerpo. Continuó—: Te estarás quebrando la cabeza para comprender mis motivos. No te critico. Ni yo misma los entiendo… No sé cómo explicarme… Verás. En los últimos tiempos —y el rubor se apoderó de su rostro— tuve unos sueños que… Sueños raros, que…, ¡ay, Dios!, me da vergüenza decírtelo, pero tengo que hacerlo…

Él alzó una mano, interrumpiéndola:

—¿Sueños de nosotros dos? ¿Nosotros dos… como nunca estuvimos?

—¡Sí! ¡Sí! —gimió la mujer—. Besándonos…, ardientemente. Más y más, y… —Sus ojos se abrieron, incrédulos—. ¿Cómo lo sabes? ¿Acaso…?

El viejo asintió con la cabeza. Varias veces. Luego extrajo el celular del bolsillo. Y en voz estrangulada:

—Tengo que hacerte una confesión —musitó—. Posiblemente me odies después. Pero es mi deber decirte todo.

Debió aspirar profundamente un par de veces, antes de que le fuese dable proseguir:

—Como dijiste antes… el mundo ha cambiado. ¡Oh, sí! ¡Y cómo ha cambiado! Vivimos en un contexto que…, ¿cómo expresarlo?... podría tomarse como la “ciencia ficción” de otros tiempos. Hoy existen cosas sorprendentes… jamás imaginadas incluso por los mejores autores de ese género. ¡Y mira que he leído a muchos! —Hizo una pausa, y luego continuó—. Posiblemente tú no sepas, o no te hayas enterado de lo que es la “IA”. Esto es un acrónimo…, una abreviatura, para ponerlo en palabras simples, de “Inteligencia Artifi­cial”.

—Ni idea —repuso la anciana, con voz levente fastidiada. No lograba discernir adónde iba él con esa perorata.

—Te explico: es un programa de informática que permite manipular imágenes… convertirlas incluso en vídeos, a capricho del diseñador. Es decir: que puede obligar a dos o más personas…, ¿cómo te diré?... a hacer algo que nunca hicieron… en forma virtual, claro, aunque muy realista—. Encogió un poco los hombros, insinuando una trémula sonrisa de disculpa—. Y yo…

No pudo continuar. Ella había palidecido intensamente, los ojos muy abiertos.

—No me dirás que…

Asintió, confuso. En su interior, deseaba no haber venido nunca. Pero al punto que habían llegado, comprendió, era imposible retroceder.

—Sí. Lo hice. —Levantó el pequeño y poderoso adminículo que tenía en la mano—. El resultado está aquí. ¡Y no tienes idea de cómo me abrasó la mente! ¡No te lo imaginas! —Y, tras corta vacilación, murmuró—: No podía…, no puedo dejar de mirarlos, una y otra vez…, una y otra…

La mujer estiró un brazo hacia él.

—Muéstramelo.

—Ehh… Mira, no me parece conveniente que lo veas. Tal vez…

Quiero verlo.

Él vio que no cabía discutir. Tecleó en el diminuto aparato, y ella notó que ter­minaba muy pronto. Como si fuese algo a lo que accedía con mucha frecuencia; varias veces al día, quizás.

Se sorprendió al ver una fotografía totalmente “inofensiva”, tomada décadas atrás, cuando trabajaban juntos. Él le mostraba unos dibujos, y ella los miraba con expre­sión aprobatoria. Levantó los ojos hacia él, en demanda de una explicación.

—Toca ese triangulito… en el medio de la imagen. Así.

Y entonces —mágicamente, pensó la mujer—, las figuras cobraron vida, se aproximaron una a la otra y…

Apartó la vista. Era imposible para él, todavía, descifrar la expresión de ella.

—¿Hay más? —fue la pregunta de la anciana.

—Muchos… más. Y cada uno… —enrojeció violentamente, pasando revista mental a aquellas escenas, de intensidad in crescendo…—. ¡No las mires! —exclamó.

—Tengo que verlas. Ahora ya no puedo detenerme por escrúpulos.

Fue una ordalía para ambos. Finalmente, el celular se desprendió de los dedos flojos de ella, cayendo sobre el lecho. Y el hombre vio aquel dedo, largo y artrítico, acusándolo.

—Tú… ¡me robaste el alma!

Él inclinó la cabeza hasta sumirla entre los flacos hombros. Sentía que el mundo entero, y el tiempo, pasado, presente, futuro, giraban en remolino mareante en su cerebro. Pero se recompuso. Alzó el rostro, y mirándola directamente a los ojos, aún asombrosamente azules, respondió:

—Es verdad. ¿Pero sabes por qué lo hice? ¡Porque en aquellos años no me dejas­te que te robase ni siquiera un triste beso!

Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.


jueves, 9 de julio de 2026

CASTILLOS DE ARENA

Lewis Shiner

 

Jim trabajaba para una empresa de alquiler de equipos: martillos neumáticos, vallas y señales portátiles. Conoció a Karla cuando contrató a algunos empleados temporales de la agencia que ella dirigía. Había algo en ella. La sensación de que, si alguna vez lograba liberarse de todo lo que la retenía, sería capaz de hacer casi cualquier cosa.

La relación empezó con lentitud. Ella lo llamó justo cuando él estaba saliendo para pasar a recogerla en la primera cita. Seguía en la oficina y tendría que quedarse al menos una hora más.

—¿Podrías dejar que pase yo a buscarte? Será tarde, quizá alrededor de las nueve.

Jim aceptó.

La cena fue un poco deslucida. Karla bebió demasiado vino y Jim demasiado café. Cuando regresaron al apartamento de él, Jim la invitó a entrar, más por cortesía que por otra cosa. Ella se disculpó diciendo que al día siguiente tenía una reunión muy temprano.

Esto no va a ninguna parte, pensó Jim.

Pero cuando se inclinó para darle el beso de despedida, Karla ya lo esperaba con los labios entreabiertos.

Tenía unos kilos de más y el cabello rizado de un color indefinido entre rubio y castaño, casi sin matices. Jim tenía el pelo negro, aunque cada vez más escaso, y algunas mañanas se sentía como un muñeco cuyo relleno hubiera abandonado los brazos y las piernas para acumularse en el abdomen.

Estaba atravesando la etapa final de su segundo divorcio.

Karla solo había estado casada una vez, durante muy poco tiempo, justo después de terminar la escuela secundaria. De eso ya hacía bastante.

No era una de esas parejas que se pasan el tiempo riendo. Casi siempre hablaban de lo que les ocurría en el trabajo. A Jim nada de eso le parecía importante. Lo que realmente contaba era que, desde el principio, comprendió que ambos necesitaban algo que solo podían encontrar el uno en el otro.

Karla no tenía ninguna prisa por acostarse con él.

Aun así, después de unas semanas era evidente que solo era cuestión de tiempo.

Una noche, mientras estaban tumbados en el sofá de Jim viendo viejas comedias por Nickelodeon, él abordó el tema con cautela.

Karla opinó que debía ser algo especial, que merecía la pena hacer de ello una ocasión importante. Tal vez podrían escaparse un fin de semana.

Quizá a Galveston.

Al día siguiente ella lo llamó al trabajo.

Acababa de leer en el periódico que el sábado siguiente habría un concurso de castillos de arena en la playa de Surfside.

—Claro —dijo Jim—. ¿Por qué no?

 

El viaje hasta Surfside duraba dos horas.

A mitad de semana Jim había tenido un pequeño accidente de tráfico, de modo que ahora iban en un Ford Escort alquilado, cortesía de la compañía de seguros.

Llegaron alrededor del mediodía.

Tuvieron que comprar un permiso para estacionar en la playa: una pequeña calcomanía roja que costaba seis dólares y era válida hasta fin de año.

Jim se sentía incómodo con sus holgados pantalones de baño y una camiseta que tenía un agujero bajo una axila. Además, no quería pegar la calcomanía en un automóvil alquilado y que luego se desperdiciara el resto de su vigencia.

—Tal vez puedas despegarla cuando regreses a casa —dijo Karla.

—Tal vez no.

—Yo pago la calcomanía. ¿Te parece bien?

—No es cuestión de dinero. Es una cuestión de principios. —Karla suspiró, cruzó los brazos y se recostó en el rincón más alejado del asiento—. Está bien —dijo Jim—. Está bien, por el amor de Dios. La voy a pegar.

Doblaron a la izquierda y comenzaron a recorrer la playa.

Era el primero de junio. El verano ya no admitía discusión.

El sol caía implacable sobre grandes cilindros de agua marrón que rompían en espuma justo al borde del camino. La arena, húmeda, tenía un tono beige, y Jim no dejaba de preocuparse por la posibilidad de que el coche quedara atascado, aunque no veía señales de que nadie hubiera tenido ese problema.

Condujeron durante diez minutos sin encontrar rastro alguno de castillos de arena.

La playa estaba abarrotada de automóviles rojos, niños pequeños, universitarios con termos de metal y gorras blancas de promociones y madres divorciadas sentadas en sillas plegables verdes y amarillas. Los equipos de música portátiles reproducían música bailable con un volumen tan alto que ya no parecían canciones, sino simples estallidos de ruido.

Pasaron bajo un muelle donde un cartel decía: «Pida aquí su comida», aunque no había comida ni nadie que la sirviera. El aire olía a creosota, a materia en descomposición y a sol ardiente. Por fin Jim vio un edificio azul de dos plantas. Una camioneta de una emisora de radio de música suave hacía sonar viejos éxitos a un volumen ensordecedor. Sobre el lugar colgaban banderines de colores.

No era, ni de lejos, la multitud que él había imaginado. Estacionó el Escort sobre una zona de arena compacta y bajaron. El aire marino se sentía como una compresa de algodón caliente.

Una gota de sudor se desprendió y resbaló por el costado izquierdo de Jim. No sabía si debía tomar la mano de Karla o no.

Dentro del área delimitada por estacas había apenas media docena de esculturas de arena.

Jim recorrió con la vista el resto de la playa y no vio más que automóviles, neveras portátiles y sillas plegables.

—Supongo que esto es todo —dijo. Karla se encogió de hombros.

En un extremo había un tiburón de tamaño natural con la cabeza de un buzo entre las mandíbulas. Lo habían pintado con aerosol negro, gris y color carne, además de una salpicadura roja alrededor de la boca. Junto a él, un hombre y tres mujeres cavaban un foso. Todos llevaban el cabello largo y diminutos trajes de baño. Jim cruzó la cuerda que separaba a los participantes del público.

—¿Es esto todo? —preguntó al hombre, casi gritando para hacerse oír por encima de la música.

—El gran concurso es el de Galveston. Allí participan arquitectos, ¿sabe? Digamos que son los profesionales. Nosotros somos solo aficionados.

—Pensé que habría... no sé... más gente.

—El de Galveston es enorme. Hay un cono de helado gigante del que se derrama el planeta Tierra, animales, un billete gigantesco hecho de arena... Una locura. Perfecto.

Jim miró hacia Karla, que seguía del otro lado de la cuerda.

—¿Participan todos los años?

—No. Es la primera vez. Pensé: «¿Por qué no?». Es gratis y cualquiera puede hacerlo. Ustedes también deberían inscribirse. Hay cubos, palas y todo lo necesario junto a la camioneta. Demonios, tienen doce trofeos y ni siquiera hay tantos participantes. Seguro que ganan alguno. Justo aquí queda un buen lugar.

Señaló una estaca con un número de inscripción clavada en un terreno todavía liso.

—No lo sé...

—Al menos vayan a ver los trofeos.

Jim asintió y el hombre volvió a su trabajo. Todavía era imposible adivinar qué estaba construyendo. Regresó junto a Karla y recorrieron las demás esculturas.

Solo había un auténtico castillo, bastante bonito, como si hubiera brotado de la cima de una pequeña colina. También había una serpiente marina de larga cola. Las otras dos esculturas parecían figuras humanoides que emergían lentamente de la arena.

—Esto resulta un poco decepcionante —dijo Jim.

—Me pregunto qué harán con ellas cuando termine el concurso —comentó Karla.

Apenas podía oírla por encima de la música.

—¿A qué te refieres?

—Están demasiado lejos del agua para que la marea las destruya. ¿No se supone que eso es parte de la gracia? Excavar fosos y correr de un lado a otro intentando retrasar lo inevitable...

Jim negó con la cabeza.

—¿Quieres una Coca-Cola o algo?

—No lo sé. ¿De verdad no quieres participar? ¿Ganar un trofeo?

—Creo que no.

—Vamos. Podría ser divertido.

Jim miró la parcela vacía de arena. La estaca. No consiguió verla.

—Voy al coche a buscar una Coca-Cola. ¿Quieres una o no?

—Supongo que sí.

 

Se tomó su tiempo para regresar, intentando librarse de su mal humor.

Nada era fácil.

Todo terminaba convirtiéndose en una lucha y, casi siempre, además, en una discusión.

Abrió el maletero y sacó dos latas de Coca-Cola de la hielera, cuyo hielo estaba ya casi completamente derretido. Abrió una y dio un largo trago antes de emprender el regreso. Al principio no encontró a Karla. Anduvo de un lado a otro durante un minuto hasta descubrirla junto a la orilla. Había tomado un cubo y una pequeña pala del concurso y había levantado una plataforma cuadrada de arena.

Sobre ella dejaba caer barro muy líquido desde el cubo, formando pequeñas estalactitas retorcidas e invertidas. La observó construir cinco o seis antes de que ella levantara la vista. Parecía haberse sonrojado.

—Cuando era niña hacía esto muy a menudo —dijo—. Lo llamaba el Bosque Encantado. —Jim se puso en cuclillas a su lado—. Piensas que esto es una tontería, ¿verdad? —Tomó otro puñado de barro y formó otro árbol.

—No —respondió él. Miró alternativamente el Bosque Encantado y el golfo. Cerca de la costa el agua era marrón y espumosa; más lejos adquiría un profundo tono azul. Sintió que algo dentro de él comenzaba a derretirse, a derrumbarse y a desaparecer arrastrado por las aguas—. No —repitió—. Es hermoso.


Lewis Shiner nació el 30 de diciembre de 1950 en Eugene, Oregón, Estados Unidos. Residió durante algún tiempo en Texas para luego radicarse en Carolina del Norte. Comenzó su carrera en el campo de la ciencia ficción y luego se identificó con el movimiento ciberpunk. Posteriormente escribió novelas más convencionales, aunque a menudo incursionando en el realismo mágico con elementos fantásticos. Entre sus obras se pueden citar Ciudades desiertas del corazón (1988), Slam (1990) Los límites de las cosas (1991), Vistazos (1993), Di adiós (1999), Blanco y negro (2008), Dark Tangos (2011) Y Más allá de las puertas del Edén (2019).

 

APNEA

Mario Gazzola

 

Se sentía en ruinas.

¿Cuándo volvería el Joven junto a él?

Siempre había dormido como un tronco durante más de sesenta años.

Había dormido la noche anterior al examen de ingreso a la universidad, la noche anterior a la defensa de su tesis, la noche en que ella le dijo que estaba embarazada. Había dormido, al cabo de un tiempo, incluso la noche después del parto y hasta la noche posterior a que lo despidieran sin previo aviso de la empresa donde trabajaba.

Dormir nunca había sido un problema para el viejo Eddie.

Solo que ahora se había convertido en un viejo despojo. Y con frecuencia le llegaba una especie de dolor de cabeza...

¿Cuándo conseguiría volver a enlazar con su yo joven en ese otro mundo escurridizo?

¿Podía de algún modo hacerlo regresar, justo ahora que más lo necesitaba?

Porque el verdadero problema no era el sueño; era la vejez. A medida que pasaban los años, los diligentes controles médicos le habían notificado que, antes de acostarse, sería mejor que tomara todas las noches una pastilla para la próstata; después, que bastaba con verlo para comprender que, mientras dormía, rechinaba los dientes: si esperaba llevárselos enteros a la tumba, convenía que se hiciera con una férula de goma que los protegiera del derrumbe autoinfligido durante la noche. Él la había rebautizado sarcásticamente «la dentadurita». Y se la puso, resignándose mientras el dolor de cabeza aumentaba.

Otra pastilla para intentar contener la neuropatía en las extremidades. Estas, sobre todo las inferiores, también habían empezado a dolerle al caminar, a causa de unas calcificaciones que –había aprendido con disgusto– podían superarse fácilmente mediante un adecuado «bombardeo de ondas de choque» (expresión que, de todos modos, a él le hacía pensar en una batalla de Infantería del Espacio).

Para alguien de una generación criada bajo el mito de la eterna juventud de Mick Jagger y David Bowie, que ya había vivido como un desagradable incumplimiento de contrato la necesidad de usar gafas para leer después de los cuarenta y cinco años, aquello era demasiado: pese a conservar un cuerpo todavía esbelto y juvenil y una orgullosa cabellera con apenas unos pocos cabellos blancos, esa era la primera señal verdaderamente molesta de que el envejecimiento ya no era solo un problema de los demás.

Ya no.

Y ahora, por fin, le tocaba descubrir que su sueño no era únicamente «industrial noise muzik», como llevaba años protestando su esposa: estaba muy lejos de ser tranquilo, dijera él lo que dijese. ¿Que no lo creía? Pues que lo comprobara por sí mismo (con las gafas correspondientes): allí estaba un inquietante registro de apneas nocturnas, obtenido después de pasar una noche conectado a cables y sondas como un cíborg.

Eran frecuentes, maldición, muy frecuentes. ¿Pero acaso sabía él a qué se exponía? No, en absoluto. ¿Corría algún riesgo aparte de terminar con una almohada sobre la cara cuando roncaba? Claro que sí: además de los dolores de cabeza, tenía excelentes probabilidades de sufrir un infarto prematuro. Y, aun si lograba esquivar el golpe mortal, el peligro avanzaría de forma insidiosa hacia sus tan estimadas facultades intelectuales. ¿Nunca le daba sueño al volante? Rara vez. ¿Y aquella traicionera somnolencia de primera hora de la tarde, después del almuerzo, que había convertido en una farsa algunas reuniones de trabajo cuando todavía era empleado? Bueno, esa sí, a menudo, casi siempre... Ahí estaba: ¡era apenas el comienzo! Luego podrían llegar los olvidos, la dificultad para encontrar las palabras mientras hablaba, los problemas de concentración...

¿Problemas de concentración? ¿Y cómo iba a ponerse de una vez con la Gran Novela que llevaba años soñando escribir, sin haber conseguido todavía desplegarle las velas al viento, si el cerebro empezaba a apagársele a intervalos dentro de unos pocos años? Una lenta decadencia cotidiana era una amenaza mucho peor que el rayo fulminante. El horror del senil «¿qué era lo que estaba diciendo...?».

Así que se resignó, melancólicamente, a un nuevo y amenazador artilugio ciberpunk con el simpático nombre en clave de «chip up», que para él sonaba a orden de un policía motorizado californiano, aunque en realidad se escribía CPAP, es decir, Continuous Positive Airway Pressure: un aparato que bien podía haber salido del taller de algún Q de una película de James Bond de los años setenta, que zumbaba silenciosamente como un enorme gato sobre la mesa de noche, insuflando por las fosas nasales del Aspirante a Novelista Canoso una corriente de aire oxigenado suficiente para mantener abiertas las vías respiratorias y evitar que las estructuras anatómicas responsables de las apneas alcanzaran el temido estado de relajación que provocaba aquel trastorno potencialmente letal.

Así, disfrazado como un buzo enemigo de James Bond, con una mascarilla de goma sobre la nariz, un tubo corrugado que unía la parte superior de la máscara con el enorme gato-motor del aparato y, además, la inevitable férula en la boca para no rechinar los dientes, Eddie se preparaba, como un gladiador posapocalíptico, para un sueño por fin reparador, ese que, evidentemente, le faltaba desde hacía años.

—Verá que es una molestia mínima. Se acostumbrará enseguida y luego apreciará cuánto mejora su descanso.

Quién sabe si también desaparecería aquel dolor de cabeza...

Del cuerpo del aparato salía además un tubito negro, más fino que una pajita para beber, que, por el pequeño orificio previsto en la mascarilla, parecía destinado a conectarse directamente con ella. Sin embargo, la enfermera Eloisa le había dicho que no le prestara atención.

—Ah, ese déjelo por ahora. Solo se utiliza en algunos cuadros especialmente agudos que, de momento, no son su caso...

Pero ¿acaso alguien podía convertirse en un Gran Autor Maldito bajo una armadura digna de Hannibal Lecter suministrada por la seguridad social?

Equipado, aunque escéptico, Eddie tuvo que admitir que el aparato funcionaba: la chatarra volvió a disfrutar de noches de sueño ininterrumpido, muchas veces incluso sin aquellos despertares de mitad de la noche para ir al baño como un ninja en la oscuridad, sonarse la nariz y beber algo (preferiblemente perjudicial para la dieta).

Además, como efecto secundario no anunciado por los gurús, volvió también a soñar.

La primera noche recordaba haber ingresado en una misteriosa clínica. Dos agradables enfermeras lo recibían vistiendo esas batas de quirófano abiertas por detrás, de manera que, al caminar delante de él, le ofrecían alegremente la vista de sus espaldas desnudas y de sus nalgas cubiertas únicamente por la ropa interior, mientras le explicaban los detalles prácticos de su internación. Un raro sueño lleno de promesas tentadoras; pero, por desgracia, el recuerdo terminaba allí mismo, en la recepción.

—Veo que está usando bien la máquina; funciona toda la noche y no hay fugas de aire... —lo felicitó por teléfono, unos días después, la diligente Eloisa, guardiana de sus tareas nocturnas y escrupulosa recolectora de los datos que Matrix, evidentemente, le enviaba en grandes cantidades sin que el desprevenido Eddie interviniera en absoluto.

Sin embargo, él quedó mucho más impresionado por el sueño de la noche siguiente.

El del Joven.

El Joven era tan alto como él, pero más delgado, con el cabello más abundante y salvaje, como el suyo unos cuarenta años atrás. Caminaba hacia él con aire desafiante. Tenía algo familiar. Bajo el brazo llevaba tres o cuatro libros.

Se sentaba a una mesa, mirándolo con una sonrisa.

Daba las gracias a todos por haber acudido.

Entonces Eddie comprendía que formaba parte del público.

Estaba asistiendo a la presentación de Future Hydes, el nuevo libro del Joven.

Eddie estuvo a punto de sufrir un infarto incluso dentro del sueño, aun con el aparato respiratorio: ese era el libro que había pensado escribir él, una historia sobre el Mister Hyde de Stevenson proyectado hacia el futuro. Estaba tan orgulloso del juego de palabras del título, que aludía al mismo tiempo a los «Hyde del futuro» y a «un futuro que permanece oculto». El Joven se le había adelantado.

Le había robado la idea.

Por eso sonreía con tanta arrogancia ante sus ávidos lectores; estaba a punto de ofrecerles el oro de la idea de Eddie, esa que él jamás vería publicada con su nombre artístico en la portada, un nombre inspirado precisamente en el perverso doble de Jekyll, al que había elegido como su icono.

Tenía que hacer algo. Tenía que oponerse. Tenía que gritar que...

Se despertó angustiado.

Estaba furioso y decepcionado consigo mismo por no haber escrito nunca aquel libro con el que llevaba años soñando, permitiendo que el Joven se lo robara para pavonearse ante sus fieles lectores... ¿Cómo podía volver a enlazar con él, retomar el sueño y hacer valer sus derechos? Y, sobre todo, ¿quién era ese engreído que le había robado la idea y presumía de ella como si fuera enteramente suya?

Entonces advirtió una llamativa cubierta azul y roja que yacía en el suelo, junto a la cama, al lado del aparato.

La recogió y...

Sí, era Future Hydes.

Exactamente el libro que el joven rival había agitado durante la presentación. Se había materializado allí, a pocos centímetros de donde él había dormido profundamente.

Lo tomó y empezó a hojearlo. Pero, mientras intentaba leer cómo el Joven había desarrollado aquella idea que él había concebido un año antes, descubrió que las palabras impresas no soportaban la exposición a la luz de la realidad: apenas pasaba una página, las letras comenzaban a desteñirse con rapidez, impidiéndole leerlas con atención.

Al final se encontró sosteniendo su propio cuaderno de notas, cuyas páginas aparecían otra vez completamente en blanco.

Solo le quedó un vago recuerdo de la historia de Hyde en el futuro, una sensación...

Tendría que haberse vuelto a dormir enseguida, aunque ya era hora de ponerse a trabajar. Pero ¿cómo iba a retomar el sueño exactamente en el punto donde lo había dejado, como si fuera un DVD puesto en pausa?

Decidió empezar a escribir de inmediato, reconstruyendo el libro a partir de aquella especie de memoria automática.

Permaneció en un estado febril durante todo el día, con el resultado de rendir extraordinariamente bien en el trabajo: escribió una gran cantidad de páginas, aunque siempre con una vaga insatisfacción, temiendo que su escritura diurna fuera incapaz de reproducir la fuerza visionaria que parecía irradiar el libro onírico.

Ahora estaba mucho más dispuesto a volver a utilizar cuanto antes aquel instrumento de tecnomancia para poner también las cosas en orden dentro del sueño, que seguía atravesado como una espina en la garganta.

La noche siguiente preparó cuidadosamente el aparato y se acostó muy temprano.

Durmió.

Y soñó.

Otra vez estaba allí el Joven, pero ya no en la presentación del libro, donde él también formaba parte del público.

Ahora se encontraba solo, sentado ante la mesa de su estudio, evidentemente dedicado a una nueva obra.

Eddie concentró toda su voluntad en dirigir el sueño desde dentro y consiguió entrever el título que el muchacho había escrito al comienzo de la página:

Sobre el escenario oscuro.

Era otra idea que él incubaba desde hacía años: la historia de un director teatral maldito que hacía representar obras a delincuentes encarcelados, con consecuencias trágicas.

No era posible.

El Joven también le había arrebatado aquella historia y la estaba llevando a término.

Parecía completamente inspirado.

Eddie trató desesperadamente de enfocar las frases que escribía a mano en un cuaderno de espiral, pero no consiguió descifrar aquella letra diminuta desde detrás de su hombro.

Se despertó.

Desesperado.

Todas sus ideas estaban siendo saqueadas por un rival; peor aún, por una versión mejorada de sí mismo.

Miró junto a la cama y, también esa vez, allí estaba el libro. O, mejor dicho, el cuaderno rojo.

Esta vez actuó con más inteligencia.

A medida que iba abriendo cada página, la fotografiaba con el teléfono móvil y corría a copiar las frases escritas por el Joven antes de que se desvanecieran, como había ocurrido con las de Future Hydes.

Al final consiguió salvar una buena parte antes de que la realidad diurna borrara las escrituras del sueño.

Confiaba en que, si trabajaba con verdadera dedicación, lograría reconstruir la obra del Joven y, por fin, presentarla a un editor real con su propia firma.

De hecho, el primer avance de lo que había conseguido reconstruir de Future Hydes ya había despertado cierto interés en la editorial Tannhäuser.

Así que era verdad. Sus ideas no eran tan malas. Solo necesitaban tomar forma, en lugar de seguir... sí, soñándolas. ¿Quién sabía cuántos libros tenía aún reservados el Joven? ¿Cuántas de aquellas ideas inconclusas habían encontrado una forma acabada en el mundo de los sueños? Y, además, ¿tendría aquel irritante muchacho alguna idea propia, no robada a traición de la mente de Eddie?

A partir de entonces comenzó a acostarse cada vez más temprano, con el propósito deliberado de regresar a aquel bosque onírico de libros que, al fin, iba haciendo realidad para convertirse en el Escritor con el que siempre había soñado.

Ya disponía de varios manuscritos suficientemente avanzados para completarlos: Future Hydes, Sobre el escenario oscuro y Teatro cruel, una continuación protagonizada por el mismo director maldito, que se adentraba en el ocultismo para conferir a sus espectáculos la intensidad de un rito chamánico. La reservaría para el caso de que la primera novela tuviera éxito y el editor le pidiera volver al escenario de la condenación.

Sus jornadas en la realidad de la vigilia se habían convertido en una desvaída espera del vibrante momento de colocarse la mascarilla de respiración asistida y hundirse en el sueño creador, para volver a vivir en el mundo que sentía como verdaderamente suyo.

Deambulaba por la casa entre el aburrimiento y la impaciencia, aguardando la llegada de la noche y el momento de acostarse, porque nada le producía una embriaguez comparable a arrancarle al sueño hallazgos literarios capaces de satisfacerlo.

Hallazgos que, por fin, hacían realidad aquello que él solo nunca había sido capaz de realizar.

El resto de su existencia se había reducido a una insípida supervivencia sometida a las necesidades del cuerpo: comer, ir al baño, lavarse, hacer las compras para volver a comer por la noche... y así sucesivamente.

Su frenético ocio se vio interrumpido por una llamada telefónica de la enfermera, dominadora absoluta de su destino terapéutico.

Al finalizar la semana tendría que presentarse nuevamente en el hospital para devolver el aparato CPAP.

La prueba llegaba a su fin.

Después sería libre de decidir si compraba por su cuenta el aparato para seguir utilizándolo hasta el final de sus días o si iniciaba los trámites necesarios para...

—¿Al final de la semana?

No había previsto que la búsqueda onírica de sus tesoros literarios fuera un viaje con fecha de caducidad.

Tenía que darse prisa.

Debía extraer de sus viajes a la dimensión del Joven todo cuanto pudiera para alimentar sus futuras obras.

Basta de vigilia.

Si aquella máquina abría, de algún modo que él jamás llegaría a comprender, una puerta hacia otra realidad, tenía que encontrar la manera de prolongar al máximo aquel prodigioso fenómeno.

Y, si lo conseguía, se trasladaría definitivamente al Otro Lado, ocupando el lugar del Joven, igual que Hyde sustituía a Jekyll.

Porque, a esas alturas, ya había comprendido que aquel parecido no podía ser casual.

El Joven era él mismo muchos años atrás: más ágil, más fuerte, más sano.

Y, sobre todo, más confiado.

Más de lo que él había sido nunca, incapaz de dar vida por sí solo a aquellos libros durante los años que lo habían conducido a convertirse en la Ruina que era ahora.

No era otro quien escribía aquellas historias en su lugar.

Era él mismo. ÉL. Años antes. Quizá el Otro Lado no fuera otro lugar, sino otro tiempo. Tal vez el aparato lo estuviera llevando hacia atrás en el tiempo. Fuera cual fuese la explicación, el resultado era siempre el mismo: una segunda oportunidad en la vida.

Debía intentar quedarse dormido y prolongar un único Gran Sueño hasta el momento inevitable de devolver el aparato, recogiendo los frutos que habían permanecido demasiado tiempo dentro de él, en el pasado.

Quién sabía si aquel misterioso tubito que le habían dicho que no utilizara podría servir de ayuda...

«Solo se usa en algunos cuadros especialmente agudos...»

¿Cuáles? ¿Cuáles eran esos casos tan graves que requerían el tubito adicional? Tal vez escritores especialmente perezosos y torpes, incapaces de recuperar bien sus ideas desde el Otro Lado. Quizá también sirviera para músicos, directores de cine... ¿O era él un caso único? ¿Una conjunción astral irrepetible, producida únicamente en este lado del desconocido Kadath?

Lo mejor era probar. Al fin y al cabo, ¿qué podía perder? La experiencia terminaría de todos modos el viernes siguiente.

Todo o nada.

Conseguiría el germen de un opus magnum que le otorgara la inmortalidad artística: El castillo francés sobre la cuarta cuerda, un gran misterio musical alimentado por la verdadera historia del rock, entrelazada con enigmas inexplicables.

¿Y si había efectos secundarios? ¿Y qué? ¿Quién quería ya aquella otra vida descolorida de consultorías redactadas en un lenguaje pomposo para cobrarles a las empresas por un poco de humo de marketing? Cuando uno está dispuesto incluso a morir, si es necesario, todo lo demás deja de dar miedo.

¿Y si el tubito arruinaba la transferencia?

Bueno, lo desconectaría y volvería al tratamiento habitual, sin quitarse nunca más el respirador. ¿Y si el efecto secundario no fuera la muerte, sino una demencia senil?

Tener todos sus libros delante y no recordar siquiera qué eran; ser incapaz incluso de reconocerse en sus propios logros.

Había que intentarlo de todas formas. No podía existir una demencia peor que perder todo lo que había conquistado. Preparó el aparato. Después tomó una generosa dosis del somnífero que casi nunca había utilizado hasta entonces, con la esperanza de propiciarse el sueño más largo que biológicamente fuera posible.

Se acostó en plena luz del día, bajó las persianas y esperó que llegara el sueño, saboreando de antemano los amores de Chopin y George Sand, y luego las historias de Iggy y Ziggy en el estudio de grabación del castillo francés, entre lecturas cabalísticas, cocaína, suicidios y fantasmas convertidos en música.

Pensó incluso en favorecer el viaje con un buen disco de fondo, al menos hasta quedarse dormido.

La elección recayó en el histórico Surrealistic Pillow, de Jefferson Airplane.

Con la cabeza apoyada sobre aquella almohada surrealista, Eddie aguardó el sueño mientras disfrutaba de las prometedoras inspiraciones carrollianas de los jóvenes hippies de San Francisco.

Estaba algo nervioso. Esta vez el viaje significaba demasiado. No era fácil relajarse lo suficiente para dormirse. Comenzó a repetirse mentalmente la lista de los discos históricos grabados en el Château d'Hérouville, en Francia, cuyos misterios pensaba revelar en su thriller sobre el mundo del rock...

Pero no funcionó.

Ni siquiera la enumeración de las colaboraciones imposibles entre grandes músicos ya fallecidos consiguió apagar aquel cerebro cada vez más excitado y despierto. Y dolorido.

Entonces conectó, por fin, el misterioso tubito a la mascarilla.

Inspiró profundamente el aire impregnado del perfume de sintetizadores azulados y abstractos que penetraba con renovada potencia en sus fosas nasales, haciéndole sentir en todo el cuerpo un álbum celestial de Miles Davis y Jimi Hendrix, junto con otros imposibles deleites paradisíacos cuyos contornos empezaban ya a desdibujarse.

Y desapareció por completo el dolor de cabeza.

Hasta que, finalmente, sin saber cómo –porque nunca se sabe exactamente cómo ni cuándo uno se queda dormido–, se encontró al Otro Lado.

Justo en los puestos fronterizos de Carcosa Port, donde la fila de los pasajeros se dividía entre Residentes y Visitantes.

Eligió Residentes. Le pareció una opción más profesional. Al fin y al cabo, no pensaba limitarse a hacer una excursión turística con todo incluido por el Parnaso de las artes.

Pasó, emocionado, junto al grupo formado por H. P. Lovecraft, R. W. Chambers y C. A. Smith, que discutían acaloradamente sobre el renacimiento de Weird Tales y acerca de si las portadas debían confiarse al veterano Walter Sickert o a la joven y más audaz Jane Mason. Después mostró su pasaporte a Paul Kantner, de Jefferson Airplane, quien lo dejó pasar con una sonrisa cómplice sin siquiera revisarlo.

Echó a andar hacia el bar de aquel sublime puerto espacial, donde Miles Davis y Prince intentaban convencer a David Lynch para que dirigiera el videoclip de su nuevo álbum de funk sauvage.

Se preguntó dónde estaría el Joven.

¿Habría una sala de conferencias donde presentaría su flamante thriller ocultista-musical, ya completamente terminado? No lograba decidir si esa posibilidad le provocaría alegría o rabia. Y, además, ¿era el único que podía circular allí abajo en dos versiones temporalmente distintas? ¿O debía esperar encontrarse también con el joven Burroughs dando lecciones al joven Kerouac, mientras el Burroughs anciano conversaba con Kurt Cobain? ¿Y Leonor Fini, disfrazada de gato en una fiesta junto a Anna Magnani y Jean Genet? ¿Qué edad tendrían allí? La respuesta llegó en forma de un saludo amistoso.

Arthur Machen y Robert Bloch lo habían reconocido desde lejos.

—Siempre tan viejo muchachón nuestro Eddie, ¿eh? ¿Cómo va eso, jovencito? ¿Sigues bebiendo la pócima de Jekyll para mantenerte en forma? ¿Todavía estás escribiendo esas historias sobre músicos degenerados del siglo XX?

Solo entonces Eddie se vio reflejado en la vidriera del bar. No encontraría al Joven en ninguna sala de presentaciones, presumiendo de un libro nuevo. Porque él era el Joven. El Joven era él mismo. Había recuperado, por fin, la imagen de sí mismo que siempre había conservado en la memoria y que ya no encontraba en el espejo de su casa: ni un gramo de barriga, el cabello abundante y desordenado, ningunas gafas para leer lo que escribía, ningún dolor en las articulaciones, y bajo el brazo el mismo apetitoso montón de libros, todos suyos, lo sabía con absoluta certeza.

El Joven era el Yo Perfecto que siempre había anhelado.

Ahora podía sentirse orgulloso incluso del clima de camaradería que compartía con dos de sus grandes ídolos de la literatura fantástica, Machen y Bloch.

Pero se le heló la sangre al oír su propia voz responder:

—No. Lo he dejado momentáneamente en un cajón para dedicarme a un nuevo relato.

—¿Y de qué trata, amigo mío? —preguntó Bloch, conocido admirador también de la saga de Jekyll y Hyde y de las hazañas de Jack el Destripador.

—Bueno... trata de un viejo fracasado que depende de un respirador artificial para poder dormir. Ya ni siquiera recuerdo de dónde salió una idea tan triste...

Mario Gazzola (Milán, 1964) es escritor, ensayista y periodista cultural. Es autor de las novelas Rave di morte (2009), Buio in scena (2022), Hyde in Time (2023) y la distopía Situation Tragedy (2024), varias de ellas ilustradas por Roberta Guardascione. Junto con Andrea Carlo Cappi editó la antología Fantasmi di oggi e leggende nere dell’età moderna (2025). Recibió el Premio Vegetti (2019) por el ensayo FantaRock y el Premio Torre Crawford (2022) por el cuento La bambola di scena. Ha publicado relatos en diversas antologías y revistas especializadas, y ha desarrollado una extensa labor como crítico de música rock, cine y teatro. Cofundador y director del sitio Posthuman.it, también colaboró con el programa televisivo Wonderland (Rai 4) y con la Enciclopedia Treccani della Musica del XX Secolo. Además, ha trabajado como guionista, realizador audiovisual y fotógrafo.

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