lunes, 20 de julio de 2026

PROBLEMA

Ruben De Baerdemaeker

 

Para Frank Roger

 

Todos los domingos voy a visitar al escritor. Es un poco mayor y hace ya tiempo que está jubilado, pero su mente sigue tan lúcida como siempre, su sentido del humor continúa siendo igual de seco y el brillo de sus ojos conserva un aire casi juvenil. Escribir mantiene joven a la gente, o al menos mantiene viva esa ilusión. Tomamos café, hablamos de libros y jugamos una partida de ajedrez. Casi siempre gana él; a veces me deja ganar, tanto en la conversación como sobre el tablero.

—Sirve tú el café —dice, mientras pone sobre la mesa unas galletas especiadas.

Tiene un hermoso juego de piezas grandes de madera, agradables y pesadas al tacto, pero el tablero, plegable, es de cartón recubierto de plástico. Alguna vez pensé en regalarle un tablero de madera, pero sospecho que prefiere ese de plástico porque ocupa poco espacio y cabe perfectamente en el aparador.

La primera vez que jugamos al ajedrez –hace ya unos años– la partida duró casi tres horas. Sospecho que tardaba tanto en cada movimiento para ir adormeciéndome poco a poco. Y lo consiguió bastante bien. A pesar del café, me fui sintiendo cada vez más somnoliento y empecé a hacer jugadas cada vez más torpes, hasta que de pronto me encontré en jaque mate.

—No es muy frecuente dar mate con un caballo —dijo, muy satisfecho de sí mismo.

Menos mal, pensé. Si hubiéramos llevado aquella partida hasta un final prolongado, no habría llegado a casa antes de la medianoche.

La semana siguiente llevé un reloj de ajedrez, de esos antiguos que hay que dar cuerda y que empiezan a hacer tic-tac en cuanto se ponen en marcha. En los últimos minutos, la aguja levanta una pequeña bandera metálica; cuando tu bandera cae, pierdes la partida. Lo observó con desconfianza.

—¿Para qué íbamos a usar una cosa así?

—Hace que todo sea más auténtico. Mucho más profesional.

Ese argumento bastó. Los escritores suelen ser bastante competitivos. Él también.

Puse media hora para cada uno, y desde entonces nunca hemos cambiado ese tiempo. Él siempre consume más minutos que yo, pero sigue ganando. A veces queda apurado por el reloj, pero su bandera nunca ha caído.

Le tiembla la mano cuando mueve una pieza. Lleva siendo así desde hace mucho; de hecho, creo que siempre fue así. Pero el temblor se ha vuelto más intenso y, cuanto más se internan sus piezas en mi mitad del tablero, más le cuesta levantarlas sin derribar otras.

—Caballo a c2 —dice, y soy yo quien ejecuta la jugada.

—Buena jugada —comento.

No responde. Apenas asiente con un leve movimiento de cabeza.

La semana pasada el tablero no estaba sobre la mesa. Solo el reloj de ajedrez, junto a las galletas.

—¿Esta semana no tiene ganas de jugar?

—Claro que sí —respondió el escritor—. Pero vamos a hacerlo un poco más difícil. e2-e4.

Pulsó el reloj. Lo miré con expresión interrogante, pero él había cerrado los ojos y descansaba reclinado en la silla.

—e7-e6 —dije, y pulsé el reloj.

—La Defensa Francesa. Otra vez la Francesa. Ya deberías saber que eso nunca termina bien para ti. d2-d4.

Después de cinco jugadas ya no estaba seguro de qué peón ocupaba qué casilla ni de si había desarrollado ya mi caballo. Dos movimientos más tarde hice la primera jugada imposible. No llevábamos ni diez minutos cuando propuso tablas. Tal vez sintió compasión por mí; o, más probablemente, se le había agotado la paciencia.

Hoy fui a visitar al escritor. Tomamos café y hablamos de libros. Sobre la mesa, el reloj de ajedrez descansaba de manera casi amenazadora junto a las galletas.

—¿Te apetece una partida? —preguntó.

—Sí, claro. ¿Saco otra vez el tablero?

—No hace falta —respondió, mirándome fijamente.

Puso su mano sobre la mía. No temblaba.

—Cierra los ojos. Usa tu imaginación. Es suficiente.

No entendía qué quería decir. Cerré los ojos. Levantó mi mano de la mesa y la colocó sobre el lugar donde, más o menos, debía de estar el reloj de ajedrez.

—Empieza. Tú llevas las blancas.

Soltó mi mano y pulsé el reloj. Empezó a sonar el tic-tac.

—Buena jugada —dijo—. Es algo diferente.

Lo oí pulsar el reloj. Me tocaba mover. Pensé mucho más profundamente de lo que lo habría hecho en una partida normal. Pulsé el reloj.

—Ajá... —murmuró—. Nada mal.

Y así seguimos jugando. Creo que fue una partida magnífica. No sé dónde estaban las piezas, pero se sentía bien. Comprendí que no se trataba del juego. Nunca se trata del juego.

Pulsé el reloj.

Él.

Yo.

El tic-tac del reloj de ajedrez perforaba el vacío entre los dos. Sin un reloj, una partida así podría durar eternamente.

—Me rindo —dije.

—Haces muy bien —respondió—. Esta ya no puedes ganarla.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

 

MAÑANA SERÁ OTRO DÍA

Carolina Cárdenas Jiménez

 

Hace dos semanas Vanesa desapareció. Ninguna de las mujeres que a veces la acompañaban sabe dónde puede estar. Aunque su amigo Mario le dice que no se sienta culpable, René no deja de pensar en la desaparición de Vanesa, así que entra en un estado cabizbajo, tomándose media de aguardiente en las tardes.

René y Mario son artesanos que venden aretes, pulseras, collares y pañoletas en la calle. Dos días después de la desaparición de Vanesa, René empezó a vender cruces, recordando la fe de ella por Cristo. Mario intentó persuadirlo para que no se metiera en un negocio que, según él, lo llevaría a la quiebra. René cree que cada persona que compra una cruz tiene un familiar o un amigo desaparecido. Piensa que contrario a lo esperado las cruces se venden con éxito desde el primer día que las exhibió.

Vanesa se paraba a diario, con excepción del domingo, frente a una cigarrería que ella y sus amigas llamaban La vitrina. Hacía tres años que había llegado a trabajar a ese sector. Desde el primer día, René demostró que le gustaba, que vivía encantado con su voz y su presencia. Así que al finalizar su jornada laboral la invitaba a comer perro caliente en la esquina de la veintidós. Vanesa se mostraba agradecida y le decía apreciar constantemente lo que hacía por ella y considerarlo su mejor amigo, su única familia. Incluso los domingos le pedía que la acompañara a misa. Aunque René no cree en Dios, lo hacía. Tampoco discutía con Vanesa su exagerada fe por la Virgen María y San Simón, el santo de las prostitutas. Feliz por percibir de cerca su aroma y estar junto a ella, se arrodillaba a su lado sin reparar en que esto en otro momento hubiera sido humillante, pensaba que eso de asistir a misa era un acto hipócrita. Mientras ella adoraba y le pedía a la Virgen María, él adoraba y le pedía a su propia “virgencita”: Vanesa.

Los parlantes del negocio Las Delicias tienen el volumen más alto que otros días. Pronto llegará, el día de mi suerte. Sé que antes de mi muerte. Seguro que mi suerte cambiará. René escucha desconsolado aquella canción. Esperando mi suerte quedé yo. Pero mi vida otro rumbo cogió. Sobreviviendo en una realidad de la cual yo no podía ni escapar. Observa el reloj desesperado, son las seis de la tarde y unos minutos. Piensa que Vanesa no llegará porque su cuerpo hace parte de una interminable lista de N.N. que ha sido arrojado a un río, o enterrado en una fosa común. Recuerda que Vanesa se sentía como una huérfana que nadie amaba. Le contó que su madre nunca la había abrazado ni nunca le había dicho cuánto la amaba; sólo le marcó su corazón y su cuerpo con moretones. Tampoco había conocido a su verdadero padre, sólo a un desconocido que se creyó su dueño.

Chepe, uno de sus amigos, llega dando tumbos y con la nariz sangrando. Se ha convertido en un errante de la calle; en un huérfano más de la ciudad, que dice entre pesadillas: puta ciudad.

—Huevón, mire quién apareció.

—Este Chepe un día de estos va a aparecer en la morgue —comenta fastidiado René.

Mario, dejando atrás a René, se acerca a Chepe y lo ayuda a levantarse.

—Vanesa, Va… nesa se fue… yo sé… dónde está —mira de reojo y se rasca la cabeza desesperadamente—; sí, yo sé… dónde está la Vanesita —finaliza el nombre con una explosión de risas que deja ver sus dientes manchados por el trasegar de los días y las noches.

A lo lejos, René alcanza a escuchar lo que él llamaría una confesión.

—Este es mucho… ¿qué pasó con Vanesa?, ah, loco hijueputa.

Mario lo único que ve en ese momento es a René encima de Chepe golpeándolo. El pobre Chepe, como le dice Mario, está desconcertado sin entender de qué lo inculpan.

—Huevón, ¿se volvió loco? ¿No ve que el parcero[1] está tostado[2]?, no sabe ni siquiera quién es.

Mario empuja a un lado a René para que no siga maltratando a Chepe.

—Este hijo de… sabe algo. Estoy seguro de que sabe algo.

—Qué va a saber este man. ¿No ve que le falta un tornillo? Está completamente tostado.

—Tal vez… es cierto, él no debe saber nada. Pero esos policías hace dos días que no aparecen. Esos tipos, esos tipos…

—Esos tombos[3] qué van a saber.

—¿Con quién está, con ellos o conmigo?

—Eso no se pregunta hermanito… lo que pasa es que para usted hasta un perro es sospechoso.

René le recuerda que Rodríguez y Camacho hacen ronda en ese sector en la mañana y en la tarde, y que desde que llegaron demostraron que sus reglas eran implacables y el abuso era la de oro, que cualquier situación debía pasar bajo su mando; que Vanesa había sido más de una vez hostigada por ellos estando sola, por ejemplo Camacho deslizaba su mano por el culo de la mujer, o en otros momentos entre forcejeos lograba tocarle los senos.

Vanesa no comentaba el acoso al que era sometida, sin embargo, una tarde René escuchó las obscenidades que le decían Rodríguez y Camacho. Así que les gritó que eran unos tombos hijueputas que abusaban de su poder, que se metieran con él, si eran tan hombres. Ambos, de un momento a otro, se arrojaron sobre su cuerpo. René recibió un puñetazo en el estómago y, seguido a este, varios en la cara y puntapiés en las piernas que no supo cómo esquivar. Entró en un trance que no le permitió distinguir quién de ellos lo golpeó con un objeto pesado que le rompió la cabeza. Apenas los pudo ver con un ojo cuando se marcharon. La sangre resbalaba por sus mejillas, parecía que hubiese llovido sangre sobre la ciudad.

—Esto es para que aprenda a no meterse con nosotros, cabrón —les escuchó decir a lo lejos.

Desde ese momento los policías les declararon la guerra a René y a sus amigos. Les quitaban la mercancía porque sí y porque no, con la excusa de que la calle es un lugar prohibido o que ellos se dedicaban a vender artículos ilegales. Llegaron al descaro de inventar excusas absurdas: que sus artesanías producían alergia; que se había prohibido por mandato del comandante de la policía, no dejar vender a aquellos que tenían el cabello largo, alborotado, pantalón entubado y llevaban tennis. Mario era el único que se divertía ante esas razones.

Desde el momento en que a René se le ocurrió la brillante idea de vender cruces, Rodríguez y Camacho, por una extraña razón que ni siquiera ellos mismos comprendían, le empezaron a comprar una gran cantidad de cruces grandes, pequeñas, góticas, de cobre, de madera, de plata y clásicas, de esas que son rectas y no tienen ninguna forma o figura. La pareja de policías se preguntaba por qué no se las quitaban. Intentaron varias veces robárselas. Cuando lo iban a hacer una sensación inexplicable no se los permitía, así que se resignaron a comprárselas. A pesar del odio que le tienen a René se convirtieron en sus mejores clientes. Incluso otros policías y militares vienen recomendados por Camacho y Rodríguez a comprarlas. Desde ese momento, René pensó que las compraban los que tenían más pecados, los que tenían desaparecidos.

René sospecha hasta de Mario. Analiza cada una de sus palabras y sus acciones.

—Está bien, llevémonos al loco del Chepe para el cuarto. Se ve muy grave.

—Eso, huevón, va pa’esa. No es bueno desconfiar de los parceros.[4]

La oscuridad del cuarto no les permite verse a los ojos. No transitan allí corrientes de aire. Mario intenta curar con un trapo y agua a Chepe; René calla y se resguarda en su repetitivo pensamiento. Intenta dormir, pero los quejidos de Chepe no se lo permiten. Además, no soporta que nombre desde sus sueños a Vanesa. Por el pensamiento de René pasa golpearlo, callarlo, así que le arroja uno de sus tennis; Chepe se cubre la cabeza con la almohada mugrienta y sigue entre sueños pronunciando el nombre de Vanesa. Para René la noche se convierte en una escena de Alfred Hitchcock; en una noche en blanco, de mirada hacia el techo, de incansables vueltas sobre la cama, de sombras pasando por las paredes.

El sol se desliza al igual que un animal hambriento sobre sus cabezas. René ve las cruces derritiéndose sobre la tela negra. Sentado en el suelo, Chepe murmura palabras que se escapan por el aire, mientras se balancea con movimientos rápidos. René se ríe, por primera vez en muchos días, al pensar que Mario parece un cangrejo tostado.

—La tomba, la tomba… muchos cabrones, otra vez vienen a jodernos…

—¿Qué? ¿Dónde? —del rostro de René se desdibuja la sonrisa.

—Píllelos[5], ¡levante pronto esas cruces!

Los han rodeado tan rápido que René no alcanza a levantarlas. Las cruces siguen derritiéndose invisibles sobre la tela aterciopelada. A varios de los vendedores y artesanos en el intento de escapar les han quitado su mercancía y los han hecho subir a un camión. René no comprende cómo es posible que mientras a los demás les han quitado la mercancía a él ni lo miran. Piensa que si Vanesa estuviera allí, creería que gracias a la divinidad de las cruces fue salvado.

Mario, desde la esquina de la veintidós, le grita que si se volvió loco, que si es un maldito kamikaze. René lo observa en cámara lenta sin reconocerlo; se siente invencible. De pronto, Camacho se le acerca con una sonrisa lujuriosa y le pregunta adónde puede encontrar a la mamacita de la Vanesa, la que se lo da a todos. Sin soportar esas palabras, tumba de un empujón al policía.

—Cerdo, ¿qué le hizo a Vanesa, ¡ah!?

Rodríguez, junto a otros dos policías jalan a René del cabello y de los brazos. Mario grita a lo lejos “tombos hijueputas, no le peguen”. Sin saber cómo, René, lo ve correr hacia donde se encuentra y cómo otros dos policías que llegan de otra esquina lo detienen y lo arrastran. No lo ve más, apenas escucha sus gritos que se pierden entre los ruidos de las bocinas y los motores. Sabe que está solo, solo como nunca lo ha estado en el mundo.

Estando en el suelo es pateado en el culo varias veces. Piensa que lo golpean allí porque buscan hacerle daño sin dejar ninguna marca visible. Entre la confusión de piernas, ve la silueta cabizbaja de Chepe y siente que una patada alcanza su cabeza. La sangre resbala por un costado de su rostro, una gota nubla su visión, así que cierra los ojos para soportar igual que Jesucristo en medio de la crucifixión. De pronto, siente que es levantado y arrastrado. Mueve los párpados. Por el único ojo que ve, observa a Chepe jugando con una cadena de plata que, días atrás, él le había regalado a su Vanesita, a su pedacito de vida como la nombra en sus noches de mirada al techo, de noche en blanco y de grito eterno. No entiendo nada, nada, es lo que se dice a sí mismo. Le grita, endureciendo el cuello, a Chepe: hijo de puta, ya nos veremos las caras y... Chepe ni se inmuta, parece que a sus palabras las hubiese deshecho las corrientes del viento. René es arrojado al interior de un camión. Se siente semejante a una res que será llevada al matadero. Allí se encuentra de frente a Mario, golpeado y como siempre: sonriente.

Después de más de media hora de viaje, Mario se anima a hablar:

—Si ve huevón, por alzado[6] y loco…

—Marica, no me diga nada. Lo peor es que quién sabe dónde está Vanesa… ese Chepe debe saber algo. No hay duda que ese…

—¿Qué dice? ¿Otra vez con esa chimbada[7]? ¿No ve que ese mancito está tostado?

—Sabe, estoy tan mamado[8] de todo esto y me duele tanto la cabeza que no quiero pelear con usted.

—Párela… Ya es suficiente con que esos tombos de puta tiraran a matarnos. Ahora quién sabe qué nos espera en la cana[9]. Yo le propongo a lo bien, cojamos amanecido al loco ese y lo hacemos cantar, pero a lo bien.

—…

—No tendrá uno de estos locos un porro o aunque sea una pata para pasar tanto dolor en el cuerpo y... —señala su corazón.

—Usted sólo se la pasa pensando en Ganya[10].

—Huevón, qué quiere que haga después de esa zurra que nos dieron.

 Uno de los comerciantes les alcanza un porro[11] encendido.

—Mire compañero, tiene razón, no queda sino hacerse el ambiente.

—Si ve, este man es calidad. Este loquito sabe lo que nos espera: una noche de perros. Gracias parcero.

Mario aspira tres largas bocanadas. Luego, por inercia, sin detenerse en su presencia, se lo pasa a René quien ha dejado caer su cuerpo completamente sobre el piso. Aspira desesperadamente una y otra vez. Parece que quisiera olvidar esa noche.

—Póngale rodachos[12], huevón.

—…

La frenada en seco del camión les indica que han llegado. Un portazo se escucha. Camacho junto a otros dos policías abren la puerta.

—Bajen a ver, nenitas, que aquí sí les espera lo bueno.

De uno de los camiones sale una canción inesperada. Parece que han puesto el disco para burlarse de ellos. Te hablo desde la prisión. Wilson Manyoma. Borgona. Y dice. En el mundo en el que yo vivo hay cuatro esquinas pero entre esquina y esquina siempre habrá lo mismo. Para mí no existe el cielo ni luna ni estrellas, para mí no alumbra el sol, pa mí todo es tinieblas. Ah, ah, ah, ah qué negro es mi destino.

Camacho y Rodríguez los empujan hacia un cuarto grande y húmedo en el que hay otros hombres encarcelados. Un joven se acerca a René y lo mira como si lo conociera. René lo arrincona contra la reja y acerca su rostro al oído del desconocido.

—¿Qué? ¿Me le parecí a su madre?

El joven se aleja sin pronunciar una sola palabra. Mario se acerca a René y lo mira con ojos de padre.

—Tranquilo, hermano, ya empezó con su mala vibra[13]. El man nada le iba a hacer.

Camacho, acompañado de otros dos policías, se acerca a la reja con una manguera ancha.

—Esto es para que no nos olviden, mariquitas.

Todos corren hacia el fondo, intentando resguardarse de una lluvia fría. Detrás de las rejas se escuchan gritos:

—¡Cabrones!

—¡Malditos cerdos!

—Esto no es legal.

—¡Muchos Hijueputas!

El frío es una presencia que los cubre. Algunos tiritan. René, recostado sobre una pared, observa cómo el joven acurrucado en una esquina intenta con sus manos calentarse con una fogata imaginaria. Está empapado, parece un vagabundo. Él y Mario tampoco han escapado a las epidemias del vagabundo, del perro sucio y hambriento, inventadas por ellos. René piensa que sólo les falta aullar. Cansado ha dejado caer su cuerpo sobre el suelo mojado. No resiste el dolor de cabeza, de culo y de los costados; no resiste el desasosiego en el alma, de tanta espera sin sentido, de un interrogante sin respuesta. Siente furia e impotencia. Una lágrima larga ha caído sobre su mano derecha. Esconde su rostro entre sus piernas, entre sus pesadillas. Escucha los pasos largos de Mario.

—Todo bien, huevón, que de esta salimos. Aquí le traje un cigarrillo pa que se relaje.

René lucha contra el nudo en la garganta que no le permite articular palabra alguna. Respira con dificultad.

—Gracias… hermanito… lo necesitaba.

—La tomba es un peligro, te quiere tragar.

Piensa René que a lo lejos las risas de los policías parecen de hienas tras un gran festín, satisfechas, dejando a un lado los restos de la presa.

—Esos hijos de puta aún se burlan de nosotros.

—Todo bien, mañana, que digo, en unas horas, seremos otra vez unos lobos errantes. Más bien fúmese ese cigarrillito, relajado[14]. Nada ha pasado, mañana será otro día.

—Ese mancito quién será.

—¿Quién?

—Al que casi golpeo.

—Ni idea.

—A mí sí se me hace esa cara conocida. Me parece haberlo visto.

—Mmm…

De pronto el silencio se hace palabra. René se detiene en la presencia del joven. Mario en la única ventana que está a dos metros de altura, por la que se ve una pequeña parte del cielo, de la madrugada que parece estar herida. El joven se cubre la cabeza con la capota y se sumerge en su mundo.

René recuerda el rostro de angustia de Vanesa, diciéndole que era una huérfana. Cerca se escucha el primer canto de los copetones. A través de la ventana una mañana limpia los saluda.

—Huevón, ya casi nos abrimos de este hueco.

—… ¿Qué?

—Que amaneció.

Se escucha el sonido de una llave, un portazo y vuelven las risas de lo que René llama las carcajadas de las hienas. Escuchan la voz de Camacho.

—Que no se diga que nos los tratamos igualito a unas reinitas. A desembarcar, ratas.

En ese momento René, iluminado por lo vivido, recuerda dónde había visto al joven.

—¡Ese cabrón era un cliente de Vanesa!

—¿Qué? … ya nos podemos largar de este hueco, hombre.

René sin escuchar las palabras de su amigo se va dando saltos hasta llegar frente al joven.

—¿Qué sabe de Vanesa? ¿La ha visto? ¿Adónde está?

—Yo… yo sólo sé que ella hablaba sobre usted. Varias veces me dijo que usted era su mejor amigo. Yo… también quería preguntarle por ella.

—No le creo cabrón, no sé por qué no le creo. ¡Hable a ver!

—No me vaya a hacer nada… Yo sólo me acostaba con ella.

El joven se cubre la cabeza. El policía le grita a René que se abra, que no quiere ver más su apestosa cara. Mario entre zancadas llega a su lado y le dice que si se volvió loco, que si se le tostó la cabeza. Lo saca a empujones del húmedo cuarto.

—Usted le quiere reventar la jeta[15] a todo el mundo. Este man sólo era un cliente, parcero, un cli-en-te de Vanesa. Lo veo grave, se le corrió la teja[16], loco.

Al pasar por la oficina de la estación, ve colgadas las cruces que les vendió a los policías sobre un tablero negro. Ve que se mueven de un lado a otro, que se desvanecen ante sus ojos.

—Hermano, ¿si vio las cruces? Estaban colgadas… se movían de un lado para otro.

—¿Qué cruces? Definitivamente usted está chitiado[17].

—¡Las cruces! ¿No las vio?

—Usted está re-rayado[18]. Trate de relajarse porque o si no, a lo bien, hermanito, se va a enloquecer.

—Las cruces, las cruces… Yo no puedo estar tan… mal.

—Todo bien.

—Las cruces estaban colgadas, parecía un cementerio…

Al llegar frente a la pensión, ven el cuerpo desparramado de Chepe sobre el andén. Parece estar desmayado, ausente del mundo. Mario se acerca al cuerpo inanimado.

—Este mancito está golpeado, como por variar. Algún cabrón de puta mierda tiró a matarlo. Ayúdeme, huevón. Este parcero necesita descansar.

Entre sus delirios, Chepe dice que ha visto a la bella y triste Vanesa. René grita que lo despierten, que lo interroguen. Mario le dice que si se volvió loco, que el mancito está a punto de estirar la pata y él pensando en un fantasma. Lo llevan con dificultad hasta la pieza. Chepe dice entre sus delirios que la vio llegar a la media noche, cansada y con cara de muñeca desconsolada. René grita y golpea la puerta, si ve este cabrón la vio, es el único que sabe dónde está. Mario fastidiado le grita: ábrase loco, me tiene harto con tanta acusación. Chepe mueve los párpados y con dificultad abre los ojos y busca los de René y murmura: debe estar la Vanesita… en su pieza descansando. Sin lograr articular una palabra más se hunde de nuevo en un sueño de delirio y dolor. René, sin dar explicación alguna, sale a correr. Al bajar el último escalón se estrella con una señora gorda que cuelga la ropa en el patio. Al salir de la pensión, sale de nuevo a correr hacia donde vive Vanesa. Luego de cinco o siete cuadras ve la figura de alguien conocido. No está seguro si es Vanesa. Se acerca despacio hacia la mujer. Al reconocerla se detiene y espera su llegada. Su mirada es la de alguien que ha encontrado una respuesta, la de ella es la de una muñeca desolada, como diría Chepe.



[1] Todas las palabras a continuación hacen referencia a la jerga callejera colombiana: amigo.

[2] Dícese de aquella persona que hace cosas fuera de lo común, irracional.

[3] Policías.

[4] Amigos.

[5] Véalos.

[6] Buscapleitos o problemático.

[7] Desafortunada e incómoda.

[8] Estar cansado.

[9] Cárcel.

[10] Cannabis o marihuana.

[11] Cigarrillo de marihuana.

[12] La palabra se reemplaza por la expresión “no se demore”.

[13] Mala energía.

[14] Tranquilo.

[15] Cara.

[16] Se volvió loco.

[17] Mal. Está totalmente loco.

[18] Loco.

Carolina Cárdenas Jiménez es Magíster en Escritura Creativa de la Universidad de Rioja. Postgrado en Creación narrativa de la Universidad Central. Fundó la revista literaria Gavia de la Universidad Distrital (2005), la cual dirigió y editó. Becaria (Universidad Central) del Diplomado en Creación Literaria (2006). Becaria (IDARTES) del Taller de Novela Ciudad Bogotá (2015). Entre sus obras publicadas se cuentan Mañana será otro día y otros cuentos (2025, Vocalibus, México). Llenando de colores el silencio (2025, Editorial Atenea). Después de la nada (2023, Conunhueno, Trashumantes Verlag, Alemania-Chile) (2025, Escarabajo). Caen cenizas sobre la ciudad (2021, Conunhueno, Chile). Ganó el Concurso de Cuento Estímulos a la Creación Artística (2006) con el libro Parajes inesperados. Ganó el segundo puesto en el Concurso Nacional de cuento El Túnel (2011) con el texto A la deriva. Finalista en el Concurso Nacional de Cuento La Cueva con el texto Mañana será otro día (2012). Fue columnista en el Periódico El Mañana, en México. Actualmente es columnista de un blog en El Tiempo y Coordinadora de la sección de poesía en Revista Transformación Colectiva de (INIS). 


LOS ROJOS CANALES DE MARTE, LAS REDES ROJIZAS DE VENUS

Anatoly Kudryavitsky

(Apuntes de comienzos del siglo XX)

 Desde una alta montaña se divisa una estrella lejana; desde tierras remotas, la patria se contempla con una emoción distinta. La mirada hacia lo invisible no fatiga; la mirada a través de instrumentos auxiliares despierta la curiosidad; la mirada al espejo conduce a ese mundo reflejado que resulta familiar hasta el hastío.

Desde aquí, desde el microestado de San Marino, Italia se veía como un inmenso suprapaís. El aire de aquellas tierras me mantenía a flote, no por su densidad, sino precisamente por su ligereza. Era una fiesta para respirar con mis pulmones asmáticos.

En el mismo hotel donde me alojaba vivía el profesor Percival. Filósofo y naturalista, parecía rodeado por el aura de sus insólitas teorías astronómicas, que lo precedía como una pequeña y elegante nube. Tendría cerca de sesenta años. Las canas habían conquistado definitivamente su cabellera, mientras que su bigote se mantenía erguido, inmóvil, como si desafiara al viento. Sus ojos miraban con confianza, incluso con cierta expresión de disculpa. ¿Se avergonzaba de sus conocimientos? ¿Era un hombre modesto? Desde luego era un hombre luminoso, en el sentido de que la luz habitaba en él, y no al revés.

Me lo presentaron. No le pregunté de dónde era, aunque hablaba inglés con un acento norteamericano que delataba a un oriundo de Nueva Inglaterra.

El profesor atravesaba esa primera etapa del entusiasmo científico, tan característica de quienes llegan a las ciencias exactas desde otra disciplina. De formación era etnógrafo. De vez en cuando, de aquella nubecilla que lo rodeaba se filtraban reflexiones sobre la posibilidad de conocer el mundo... e incluso otros mundos.

—Los enigmas viven muy bien en este mundo, profesor. Mucho mejor que las personas —le dije.

—Bueno, de vez en cuando conseguimos inquietarlos —respondió Percival con una sonrisa—. Los enigmas despiertan la imaginación.

—Y la imaginación engendra nuevos enigmas —me limité a responder, encogiéndome de hombros.

Los rayos del sol construyeron una casa prismática, en cuyas ventanas parecía leerse algo absurdo y atropellado: de lo simple a lo insípido, de lo rojo a lo sagrado, de la brevedad a la mansedumbre. La espiral del conocimiento desplegaba sus vueltas como en un escaparate, dejaba su huella y, al mismo tiempo, impresionaba.

El profesor, entretanto, cambió de tema con un salto digno de un saltamontes.

—Aquí habría que construir un observatorio —declaró—. Desde este lugar Venus se observa mejor que desde ningún otro. En cambio, Marte se contempla en sus mejores condiciones desde los desiertos de Arizona. Precisamente a eso me dediqué el año pasado.

—¿Construir un observatorio? ¿Dónde exactamente?

—En el monte Titano. Cuanto más alto, mejor.

Y calló. Durante dos días enteros.

Después volvió a brotar el manantial de las palabras y realizó un nuevo intento por despertar mi interés. Se sentó junto a mí durante el almuerzo y anunció:

—Puedo confiarle un secreto. Ya he instalado un observatorio provisional. Está en una antigua fortaleza situada en la cima de la colina... bueno, aquí la llaman montaña. El edificio no se encuentra precisamente en las mejores condiciones, pero es mejor que nada. He instalado allí un telescopio. Mañana comienza la oposición de Marte. Si le apetece echar un vistazo, puedo llevarlo conmigo.

—Sí, sería muy interesante.

—Además, podría ayudarme con el telescopio. Es bastante complicado instalarlo y un par de manos extra siempre resulta útil.

Aquel día dediqué mi tiempo a contemplar la arquitectura medieval de San Marino, mientras ella parecía contemplarme a mí. Al caer la tarde, el profesor llamó discretamente a mi puerta.

—Ha llegado la hora de partir.

Aquel año ya había realizado varias excursiones por los Apeninos, de modo que tenía preparado todo mi equipo. Sin embargo, subir a la montaña en plena noche me parecía una idea extrañamente innecesaria.

El profesor, sin embargo, me explicó que no necesitaríamos ningún equipo especial, ya que casi todo el camino seguía un sendero tan ancho como un camino rural. Había traído de su habitación dos linternas muy potentes.

—Nos vendrán bien —dijo—. Aunque la lámpara más brillante de la noche ya está encendida: ¡la Luna!

Era, en efecto, noche de luna llena. La Luna nos guiaba por el largo camino que salía de la ciudad hacia la oscuridad y las nubes de matorrales. La tarde cantaba en silencio una larga canción italiana. Detrás de nosotros nos seguía, como un cómplice inseparable, el olor del tabaco fuerte y de la comida barata.

El hotel marcaba el final de la ciudad y, detrás de él, un arroyo descendía hacia el valle. La Luna plateaba las ramas de los olivos y derramaba su blancura sobre el agua. El sendero se enroscó como un ovillo, volvió a desplegarse, desapareció bajo unos arbustos y reapareció discretamente al pie de una montaña no muy alta.

Ascendíamos directamente hacia la Luna. Ella huía de nosotros, se ocultaba entre los árboles y plateaba nuestro cabello. Ya habíamos subido bastante. El sendero, que antes era tan ancho como una calle de aldea, terminó por estrecharse. En algún lugar, sobre nuestras cabezas, estaba la cumbre.

Al llegar junto a una enorme roca desprendida de la montaña, cuya punta se alzaba hacia el cielo y bloqueaba el camino, el profesor se detuvo.

—Parece que aquí hubo un derrumbe hace muy poco tiempo —dijo—. Tendremos que rodearlo.

Junto a la roca crecían varios árboles rodeados de matorrales. El profesor apartó una rama y desapareció entre ellos, aunque volvió enseguida.

—Todo está bien. Hay paso.

Tras los arbustos comenzaba una cueva. Caminábamos iluminando el suelo con las linternas y procurando no hacer ruido, pues el eco podía provocar un nuevo desprendimiento. Finalmente, a lo lejos volvió a aparecer la luz de la Luna.

Salimos de la cueva y nos detuvimos. La ladera de la montaña, vista desde aquel lado, parecía completamente desierta. El profesor comentó que no existía otro camino para llegar hasta allí y que él mismo solo había pasado una vez por aquel lugar.

—Desde aquí también se puede alcanzar la antigua fortaleza. Continuemos la subida. Pero no se aparte del sendero.

El camino era bastante estrecho. La luz de la linterna parecía debilitarse cada vez más y yo empezaba a arrepentirme de haber permitido que Percival me condujera hasta allí.

Seguimos ascendiendo por la ladera cuando el profesor me detuvo con un gesto.

—Abajo hay un lago de montaña. Vale la pena contemplarlo —dijo con el tono de un cicerone italiano.

En las negras aguas del lago se habían hundido las nubes que, por un momento, ocultaban la Luna. La superficie permanecía perfectamente inmóvil, sin una sola ondulación.

Por fin la Luna reapareció en todo su esplendor, se asomó al lago, contempló su reflejo en aquel espejo y volvió a esconderse detrás de una nube que avanzaba lentamente.

—La cima está detrás de aquella roca —anunció entonces el profesor, como si de pronto hubiera vuelto a recordar el verdadero propósito de nuestra excursión.

El monte Titano tiene varias cumbres, y aquella era bastante llana y no la más elevada. En lo alto se alzaba una fortaleza de color amarillo arenoso; no era tan grande como la célebre Guaita, pero imponía igualmente por sus dimensiones. Percival abrió una puerta de madera sin pintar.

Un aire frío y húmedo se abalanzó sobre nosotros, como si hubiera reunido fuerzas durante mucho tiempo para recibirnos de aquel modo. El telescopio resultó ser relativamente pequeño. Le quitamos la funda y lo llevamos hasta el patio interior.

—Quería traer un equipo mejor, pero no tuve tiempo. De todos modos, los escombros del derrumbe pueden retirarse o, en el peor de los casos, hacerse volar con explosivos. Entonces el camino volverá a quedar despejado.

La noche derramaba desde las alturas corrientes de aire fresco sin escatimar fuerzas, pero afuera se respiraba mucho mejor que en el ambiente de sepulcro que reinaba dentro de la fortaleza. Poco después, el tubo del telescopio apuntaba hacia el cielo y el profesor se acomodó en el asiento metálico. Pasó un largo rato ajustando el instrumento y luego sacó un cuaderno del bolsillo para dibujar cuidadosamente lo que veía.

—Cambian de forma constantemente, pero la estructura sigue siendo la misma —murmuró—. Supongo que depende del ángulo de observación... —Finalmente se dignó dirigirse a mí—. Me refiero a los canales de Marte descritos por Schiaparelli. Estoy intentando confeccionar un mapa de ellos.

Llegaron unas luciérnagas y también ellas trazaron su propio mapa del universo, que cambiaba a cada segundo y ondulaba con un secreto resplandor verde fosforescente.

Cuando terminó el dibujo, el profesor se echó hacia atrás y estuvo a punto de perder el equilibrio.

—¿Le gustaría observar Marte? —me preguntó.

No fue necesario insistir. Tras algunos movimientos me encontré mirando a través del ocular una nube difusa.

—Enfoque con este tornillo —me indicó.

Todo se aclaró. En el ocular flotaba una esfera rojiza y brumosa sobre la que aparecían unas líneas oscuras.

—¿Ve los canales? —preguntó con impaciencia.

—Veo unas líneas...

—Aquí tiene papel. Dibújelas. Después compararemos los resultados.

Trasladé al papel lo que acababa de observar.

Percival tomó ambos dibujos, los examinó durante unos instantes, movió la cabeza con expresión de sorpresa y preguntó:

—¿De verdad vio lo que acaba de dibujar?

Asentí.

—Mírelos usted mismo.

Me tendió los dos dibujos.

Se parecían en ciertos aspectos, pero las líneas se unían formando ángulos distintos y también ocupaban posiciones diferentes dentro del campo visual.

—Sí... es extraño. Me gustaría conservar su dibujo. Necesito reflexionar sobre él. Tengo pensado publicar un atlas de los canales marcianos.

No puse ninguna objeción. A mi vez, le pedí que me mostrara Venus. Sobre su esfera de tonos cobrizos apareció otra red de líneas, semejante a una tela de araña o a un intrincado jeroglífico. ¿También eran canales?

—Sí. La estructura es parecida —respondió el profesor—. Todo esto debe estudiarse. Precisamente por eso es necesario construir un observatorio.

Nunca supe qué fue de aquel proyecto, porque al día siguiente regresé a Roma.

El profesor sí llegó a publicar su atlas. Lo comprobé medio año más tarde, cuando vi un ejemplar sobre la mesa del oftalmólogo romano al que acudí para sustituir el cristal roto de mis gafas. Era un italiano que había ejercido durante un tiempo en Londres y por eso hablaba un inglés bastante aceptable.

—¿Qué opina de esto? —le pregunté, señalando el libro.

—Es muy interesante. Ahora todo el mundo hablará de la antigua civilización marciana.

—¿Y usted no cree que haya existido?

—Solo creo una cosa: que Percival realmente vio aquello que dibujó.

—Entonces... ¿es verdad?

—Eso no es lo que he dicho.

—Pero si lo observó...

—La cuestión es qué fue exactamente lo que observó.

Le conté que poco antes había mirado por el telescopio de Percival y que había visto una red de canales algo distinta.

—Precisamente —respondió el oftalmólogo—. Todo depende de quién esté mirando.

—Pero existe una realidad objetiva.

—Por supuesto que existe. La cuestión es cómo separar lo objetivo de lo subjetivo; es decir, distinguir entre lo que ve el observador y lo que realmente existe. Percival utilizaba un telescopio de veinticuatro pulgadas. En su libro afirma que la estructura reticular de Venus se apreciaba mejor cuando la abertura del ocular era inferior a medio milímetro. ¿Sabe a qué me recordó eso? Los oftalmólogos empleamos un procedimiento semejante cuando estudiamos una catarata o la disposición de los vasos sanguíneos de la retina. Con una abertura muy estrecha, las sombras de esos vasos se vuelven visibles.

—¿Quiere decir que...?

—No, yo no quiero decir nada. Solo le he expuesto los hechos. Las conclusiones debe sacarlas usted.

Me senté en un banco del parque cercano a la Piazza Vittorio Emanuele, frente a unas pintorescas ruinas. En el banco vecino, unos niños lamían con aplicación sus helados, sin dejar por ello de añadir sus voces a la paleta sonora de aquella hora previa al anochecer.

Pensaba: ¿sería posible que Percival hubiera pasado tantos años estudiando las sombras de los vasos sanguíneos de su propio ojo, creyendo que eran los canales de Marte y de Venus? Todos aquellos dibujos, aquel atlas de dos «planetas»... la celebración de un trabajo inútil...

Incluso si algún día llegara a comprender lo sucedido, apartaría esa idea de sí con la misma obstinación con que nosotros alejamos los pensamientos sobre la inexistencia. Pero ¿qué pensarán de él las generaciones futuras? ¿Qué dirán de su obra en ese juicio silencioso del tiempo, donde el futuro actúa como un acusador arrogante y el pasado como un defensor tímido y olvidadizo?

Y, sin embargo, ¿no nos envían a todos, tarde o temprano, a buscar el tiempo a algún lugar? Vamos en su busca, recogemos cuanto somos capaces de cargar, pero luego lo perdemos por el camino. Se derrama de nuestros relojes como las ciruelas de una bolsa agujereada.

The quest of your life...

Y si hubiera que encontrar algún sentido último en toda esta historia, ¿qué podría hallarse?

Quizá nada, salvo una verdad evidente por sí misma: todo aquello que contemplamos, en realidad lo contemplamos dentro de nosotros mismos.

Anatoly Kudryavitsky, doctor en Ciencias, nació en Moscú, Rusia, y vive en Dublín, Irlanda, desde comienzos de este siglo. Es novelista en lengua rusa y poeta que escribe tanto en ruso como en inglés. Su primer libro de ficción fue The Case-Book of Inspector Mylls (2012), al que siguieron las novelas Shadowplay on a Sunless Day (2015) y The Flying Dutchman (2018), así como el volumen de narrativa breve A Parade of Mirrors and Reflections (2017). Sus libros de poesía más recientes son The Two-Headed Man and the Paper Life (2019) y Scultura involontaria (2020). También ha publicado tres colecciones de haikus en inglés: Morning at Mount Ring (2008), Capering Moons (2011) y Horizon (2016). Ha recibido numerosos premios de haiku en Japón y Europa, y es presidente de la Irish Haiku Society.

 

EL EJE DEL SUEÑO