sábado, 18 de abril de 2026

VOYEURISTA

Juan Alberto Miérez

 

Dos semanas bastaron para habituarme a los tediosos días en silla de ruedas. Estaba imposibilitado de mover mis piernas por la maldita escalera encerada de esa condenada oficina de la revista en la que laburé como fotógrafo y donde tuve una bochornosa caída.

Ya no podía andar de aquí para allá y la revista me pareció un buen recurso de hacer honor a la profesión. Y allí estaba. Con sueldo pago por dos meses, más o menos, en que me iban a quitar el yeso y podría volver a las andadas. Por suerte contaba con Marlén que estoicamente aguantaba mis berrinches y mis puteadas.

Esa fastidiosa quietud en mi departamento del cuarto piso sobre Behering, en Parque Chas, tenía una ventaja. Logré instalar el viejo telescopio de mi hermano, que me permitía desde el ventanal observar a mis desconocidos vecinos del edificio del frente sin que ellos se percataran de mi presencia. Y mi compañera de toda la vida: la cámara de fotos.

No era consciente de la actividad diaria de todos ellos, hasta que me vinculé activamente a sus vidas, tan diferentes a la mía; ese trajinar con horarios, comidas, chicos, animales, amores… Así fui cazándolos, desmembrándolos con el afilado artilugio de la lente. Muy Jack el Destripador pero sin cuchillo ni sangre al por mayor. Uno por uno.

Descubrí a Desdémona, la viejita del segundo D, la tejedora. Una vida gris sin sobresaltos. Un día calcado del otro. Eso sí, sin joder a nadie. O las desprejuiciadas estudiantes del tercero. Depto de por medio habitaba el Solterón Solitario, el escritor. Un hombre delgado de espesa cabellera, que se desvelaba de lunes a viernes. Salía temprano, de saco y corbata y retornaba alrededor de las 20. A las 22 ya estaba frente a su computadora. De cuando en cuando caminaba por la habitación, miraba hacia la calle y repentinamente, como en un arrebato, reanudaba febrilmente la escritura sin cesar hasta las 3 o 4 de la mañana. Su programa de los sábados era salir después de cenar para reaparecer casi a medianoche en compañía de una mujer, siempre distinta. Antes del amanecer las mujeres desaparecían hasta nunca jamás.

Quien me abandonó por aquellos días fue Marlén. Furiosa. Esa manía de voyeur la fastidiaba. Me dijo que me arreglara solo o que buscara una mucama. Que nuestra relación no merecía continuar de esa manera. Que cuando volviera a caminar la llamase y… No recuerdo todo lo que me dijo antes de cerrar la puerta y esfumarse de mi vida.

Ya sin nadie que me molestara, pude disfrutar a toda hora de mi telescopio y con la cámara adaptada a él, obtener a toda hora fotografías de la cotidianidad de mis vecinos, aunque por ahí, no siempre, experimentaba algo de culpa por entrometerme impunemente en sus vidas. Pero todos esos escrúpulos quedaban de lado cuando obtenía unas tomas de lo más logradas. Y ya especulaba con una exposición en alguna galería en Palermo. Me convertí en un perfecto y activo fisgón, curioso e indiscreto. Y ese nuevo aspecto de mi personalidad me seducía, más en aquel complicado quietismo en el que estaba prisionero.

A las lesbianas del quinto las tenía en más de una docena de fotografías. Era la armonía de los cuerpos lo que me atraía. Esas imágenes a contraluz eran impactantes. Pero también la mujer del tercero poseía una inconfundible belleza de agradables facciones. Debía ser secretaria de una empresa de cierto nivel. Digo, por la manera de vestirse, de peinarse y maquillarse. Viuda o separada, porque en el departamento no existía hombre alguno, sólo un chico, su hijo, de unos diez años más o menos, que asistía al colegio. A las siete salían y retornaban a media tarde. Esos primeros planos que obtuve eran memorables.

En el chato cubículo de al lado, habitaba la frustrada pareja sin hijos. No dejaban de discutir nunca. Una noche hasta hubo un plato que se hizo añicos en la pared. Inmediatamente vino el sopapo y todo quedó en calma. Calma que subsistía durante el breve sueño, porque en pleno desayuno ya comenzaban a ventilar los pormenores de tan crispada vida y cada vez, me imaginaba, elevando más la voz. Si hubiese tenido un micrófono cercano… Pero no. Hay situaciones que no son para nada agradables. De esa pasión bélica que los unía, alguna noche de la semana, llegaban a un armisticio en el que se prodigaban besos y caricias en una encubierta ternura, acción que culminaría, estoy seguro, entre las sábanas. Pero, como en toda batalla la bandera de la paz permanecía muy, pero muy poco tiempo izada y la rutina se reinstalaba al día siguiente con todo su poderío en la trinchera hogareña.

Tal vez por esas razones y otras, me perpetuaba invicto en la escalada matrimonial instalada en toda sociedad bien organizada. Quien quisiera casarse con papeles, sacerdote, pastor o lo que sea y marcha nupcial y toda esa parafernalia insípida, allá ellos. A mí que me dejaran tranquilo. Solterito y sin apuros, como lo aseveraba un amigo. Lo lamenté por todas las que soñaron convertirme en ma-ri-do. Ja. No ambicionaba, de ninguna manera, compartir mi locura con na-di-e. ¡De la que se salvaron, niñas de mi corazón!

Así estaba. Disfrutando de mi soltería. Comiendo y durmiendo lo necesario y como buen voyeurista, la mayor parte del día acechando a una veintena de seres de quienes fui asimilando los avatares propios de la existencia en este infierno al que llaman paraíso en la tierra. Los días discurrían casi idénticos con las particulares variantes de las actitudes humanas: los amores y los odios; la indiferencia y el egoísmo; la risa y el llanto; la amistad y el engaño… Pero lo que más me llamaba la atención era esa ventana que permanecía cerrada desde que instalé el telescopio. En quince días ni indicios de actividad alguna detrás de los vidrios y las cortinas color crema. El departamento estaba, sin dudas, deshabitado. Es lo que creí.

Una madrugada de sábado, a eso de las tres y cuarto, a punto de irme a la cama, me pareció ver una tenue luminosidad interior. Como cuando uno deja abierta la puerta de la heladera, esa luz casi azulina que se disemina por paredes y muebles. Así. Pero era una imagen de postal. Fría y congelada luz que sólo permanecía inalterable. Me inquieté. Era todo un hallazgo después de tanto tiempo. Lo habrían alquilado ese día, me dije, y estaban llegando para instalarse. Mi bendito sueño ya estaba en otras latitudes. Apunté la lente directamente a la ventana, quise trasponer abusivamente esa frontera de vidrio y voile para justificar esas dudas. Mi impaciencia no conocía de límites. Esa cosquillita casi líquida que es pura excitación y que burbujea alterando los nervios, ya la conocía. Las manos transpiraban. Preparé la cámara. ¿Me pareció ver una sombra en movimiento? Tal vez era producto de mi endiablada ansiedad. No. No. Era una sombra moviéndose. ¡Eran dos! Sobre la pared las siluetas se delineaban muy bien. ¡Dos! Un hombre y una mujer. El disparador de la cámara gatilló una, dos… seis veces. Él movía un brazo amenazante. Ella, su sombra, negaba con la cabeza. Intenté pararme olvidando que estaba con el cepo del yeso inmovilizando mis piernas, cuando vi la sombra del hombre ciñendo con sus manos, sus garras, el cuello de la mujer que se defendía como podía. Clic. Clic. Clic. Más fotos. Acaso ¿la quería matar? Y yo sin poder reaccionar como debía. Clic. Clic. Clic. Clic. A lo único que atinaba era a continuar oprimiendo el mando de mi cámara. Ahí los vi claramente cuando traspusieron la frontera de las sombras y se asomaron al reflejo pálido de la luz. Ella bamboleándose, indefensa, asfixiada, con la boca abierta y ese rictus de dolor que se propagaba a sus dilatados ojos ya sin brillo, apenas sostenida por las manos del hombre. Clic clic clic clic. Aquel individuo de bigotes y chomba bordó la arrastró como a una muñeca de trapo hasta la ventana, la abrió y de un envión arrojó a la mujer hacia la calle. Clic clic clic clic clic. Se asomó y miró hacia abajo. Clic clic clic clic clic. Corrió la cortina y se perdió en el interior. Al rato el departamento quedó nuevamente a oscuras.

¿Fui testigo de una muerte? No llegaba a ver la vereda desde mi ventana. Los demás departamentos estaban totalmente a oscuras. Nadie se percató de nada. Sólo yo y mi cámara. Aturdido aún traté de ordenar mis pensamientos. Tenía que hacer una denuncia. No podía quedarme de brazos cruzados. Pero ¿a dónde llamar? ¿A quién? Mi tarea en la revista me permitió conocer gente; entre otros al comisario Garmundio. Sí. Tenía su número en el celular. Le expliqué todo, sin omitir detalles. Se iba a ocupar personalmente.

Cuarenta minutos tardó en llegar al edificio. Lo vi desde mi observatorio clandestino. Encendió las luces del departamento, abrió la ventana, miró hacia la calle, volvió a cerrarla, recorrió el interior y después salió. Cuando lo recibí en mi departamento, Garmundio estaba alterado.

—¿Estás seguro de lo que viste, Jiménez? En ese departamento no hay nada ni nadie. Ni rastros del tipo de bigotes y chomba bordó ni de la mujer muerta. Ahí parece que hace rato no vive nadie. Me lo confirmaron los vecinos. ¿Estás tomando alguna droga para los dolores o te pasaste de birras esta noche?

—No me joda comisario. En mi cámara tengo las pruebas de lo que le digo... Ahí están.

Garmundio fue pasando pausadamente cada fotograma. Tras un profundo suspiro, me devolvió el aparato. Su rostro permanecía inmutable.

—Mirá, Jiménez. Estaba en el cumpleaños de mi cuñada, la hermana de mi mujer. Me llamaste desesperado porque fuiste testigo de un asesinato. Te considero serio en tu trabajo y decidí hacerme cargo sin molestar a mi gente. Llego acá y veo que me equivoqué con vos, Jiménez. ¡Sos un flor de pelotudo que merece que te meta en cana un buen tiempo o te muela el culo a patadas, si ya no lo tenés roto!

—Pero comisario… Ahí están las fotos. Usted las vio… No puede decir que…

—¡Qué fotos ni fotos, Jiménez! Lo único que vi fueron treinta, ¡treinta! imágenes de una podrida ventana, esa que tenés ahí en el edificio del frente, Jiménez. Repetiste treinta fotogramas de ese cuarto donde no hay nada ni nadie.

—¿Có-cómo que no… hay nadie?

Tenía razón Garmundio. Ni el de bigotes ni la mujer estrangulada ni la lucecita azulina. Nada. Sólo la ventana y la cursi cortina ocre de voile y la soledad de las paredes oscuras.

—¿Qué te pensás que sos, Jiménez? Jeff hay uno solo. Y no sos Jeff. Y tu ventana de mierda no es La ventana indiscreta de Hitchcock. ¿Viste la película? Tenés que verla, Jiménez. Y esto, todo esto que inventaste hoy, esta noche, no es una película de suspenso. ¡Te mandaste una cagada! ¡Me fastidiaste la noche de la peor manera! No me jodas nunca más, Jiménez. Olvidate del telescopio y de tu cámara. Olvidate de mí. Nunca te conocí. Nunca hablaste conmigo. Jamás estuve en esta pocilga. Y si descubro que seguís obteniendo fotos de tus vecinos sin que ellos lo sepan, yo me encargaré de venir a llevarte esposado hasta el juzgado Y Quartiolo es el juez más jodido que conocí y no habrá abogado defensor que te pueda salvar. ¿Entendiste, fotógrafo de cuarta? ¡Adiós!

 

Todavía siento vibrar la madera tras el portazo de Garmundio. Con el tiempo retorné a mi vida activa en la revista. La soñada exposición jamás la realicé, porque borré con buen tino todos los fotogramas. Me quedé con las fotos más logradas, la de la pareja de lesbianas, por ejemplo. Logré vender dos de las fotografías a un mensuario español que las publicó en portada y luego me las compraron en Roma, Oslo y México. Renuncié a la revista, regalé finalmente el telescopio a mis sobrinos y me instalé en una pequeña ciudad del sur de Brasil desde donde trabajo freelance en varias publicaciones.

Ah, le hice caso a Garmundio. Vi dos veces La ventana indiscreta. Él tenía razón: no soy James Stewart. Y la morena que hoy me acompaña no es Grace Kelly ni tampoco él es Thomas Doyle, el detective. Eso sí. Jamás volví a vivir en un departamento con ventana a la calle y menos con vista a otro edificio. Y desde aquella extraña experiencia de hace tres años, acudo asiduamente a un psicólogo para tratar de superar mi absurdo temor a los fantasmas. Creo que no será sencillo poder dominar la fasmofobia. En eso estoy. 

Juan Alberto Miérez nació en Resistencia, Chaco, Argentina, en 1951. Reside en Charata, en esa misma provincia. Es escritor premiado y ha publicado varios libros de diversas temáticas: investigación histórica, poesía y relatos, entre los que se cuentan Charata, mi pueblo (1987), Hijos de la luz (1988) La luz y el fuego (2000), Oficio de sobrevivientes (2009), Había una vez un pueblo (2013) y Cien coplas peregrinas (2016).

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