Víctor Lowenstein
El
“Big boom” o gran explosión nuclear acaecida sobre el hemisferio sur, ocurrió a
la 5.00 de la madrugada en algún lugar del conurbano norte bonaerense, el
veintinueve de abril de 2031. Brian lo recordaba bien pues había despertado a
causa de la explosión mirando instintivamente el reloj de pared de su
dormitorio. Ya no pudo dormir. Su mente registró la hora y por ello no le
asombró percibir las primeras tenues luces del día a través de las celosías de
su ventana. Recordaba vagamente haberse dormido pasada la medianoche luego de los
videojuegos de Playstation y cenar varias botellas de Coke y una bolsa de
Doritos. Al principio no veía casi nada; la penumbra en su cuarto era tal que atribuyó
el fenómeno a su habitual somnolencia diurna, que lo mantenía bajo las sábanas hasta
mediodía, por lo común.
Este “día” se presentaba tan anómalo para
Brian que no pudo estarse acostado mucho tiempo más; se sentía particularmente
inquieto debido al silencio reinante. Habían transcurrido algunas horas, sin
moverse de la cama, atento a cualquier cosa. Ni una voz, ladrido o freno de
coche llegaba desde la calle. Era raro. Vivía solo en un barrio populoso que
solía ser ruidoso a todas horas; algo estaba pasando. “No será nada importante”
razonó con su despreocupación acostumbrada. Tanteó las zapatillas bajo la cama y
comenzó a vestirse. Saldría como siempre con su skate a recorrer el barrio,
comprar unas cuantas latas de gaseosas para el día y esperar el llamado de sus
amigos con quienes encontrarse en el Skatepark al atardecer.
En plena calle, montó su tabla en la
dudosa semioscuridad de un paisaje urbano aparentemente diurno. Anduvo dos
calles hasta toparse con un desparramo de escombros en medio de la acera. Mas
allá, en el cruce con la avenida un inmenso cráter manaba humo y un olor
sulfuroso que despertaba náuseas. El boquete debía ser inmenso pues comenzaba en
la bocacalle de la última vereda pero se extendía –a juzgar por las humaredas que
se perdían hasta las afueras del barrio– lo bastante lejos para presumirlo gigantesco.
Brian quedó boquiabierto ante la silenciosa catástrofe admirando los focos
ígneos que aun perduraban por sobre el suelo estallado y las rocas, donde
descansaban extrañas manchas brillosas, quizá restos de la explosión o lo que
fuera que había impactado justo a pocas cuadras de su casa.
Dobló hacia la avenida y detuvo sus ruedas
antes las puertas automáticas del supermarket local. Portando su tabla bajo un
brazo ingresó hacia las iluminadas góndolas, sorprendido por la ausencia de gente
en toda la instalación. “Al diablo; vayamos por unas latas de refresco” pensó,
caminando directamente al despacho de bebidas. Hasta ese momento nada lo había
inquietado, ni la explosión de la madrugada ni un cráter gigante en mitad de
una avenida vacía. Brian pertenecía a una generación de jóvenes descreídos que,
ante un mercado restringido por las IA y la falta de oportunidades, caían en
una anomia que los autoexcluía de todo sentido de pertenencia. Era un fenómeno
social preocupante pero demasiado arraigado ya en los jóvenes.
Hubo un ruido detrás suyo. Quitándose las
gafas de sol, Brian giró el torso hacia una estantería donde un anciano de mal
aspecto rapiñaba todas las latas de conserva posibles y las dejaba caer en una
bolsa plástica. Cuando sus ojos se encontraron, el joven pudo visualizar las
ropas sucias del hombre, sus cabellos blancos revueltos y el rostro lleno de
hollín. El viejo le habló entonces.
—Muchacho, apuúrate. Toma todo lo que
puedas; aún no saquean este mercado. Pronto vendrán por todo…
—What? ¿Me estoy perdiendo algún open
friday, abuelito?
—¡Que no escuchaste la explosión de la
madrugada, pendejo! ¿No viste el cráter?
—¿Y qué?
—¡¿Y qué?! Sufrimos un ataque, cayó una
bomba en este barrio, estamos en peligro…
—¿Quién tiraría una bomba en un barrio tan
tranquilo, abuelito, y por qué?
El
anciano dejó caer las últimas latas en la bolsa y lo miró, casi con lástima.
—El
único tranquilo sos vos, nene. Desde temprano la radio anunció este desastre. Le
llaman el “Big boom”. No se sabe quién, cada cual tiene una teoría… lo cierto
es que estamos en estado de emergencia; tenés que recolectar todo lo que puedas.
El mercado aún está lleno, aprovechá. —Brian sacó un celular del bolsillo de sus
bermudas—. No te molestes, criatura —continuó el viejo—. No hay señal de
internet.
—Ay,
no. Eso sí que es un drama. No podré comunicarme con mis amigos.
—¡Olvidate
de tus amigos! Deberías estar recolectando alimentos; ¿querés unas latas de
atún?
—El
pescado no me gusta. ¿Vos quien creés que tiró la bomba?
—Lo
único lógico de pensar es que algún militar de una facción poderosa se le
escapó un dedo apretando el botón rojo…
—¿Qué
mierda es una facción?
El anciano, que ya había pasado los
ochenta años, demostró una lucidez imbatible al reflexionar frente a ese
anómico ejemplo de generación perdida.
—Escuchame: los poderosos, quienes dirigen
este mundo, no son personas sanas. Estoy seguro de que se pasean nerviosos en privadísimas
reuniones militares inhalando cocaína y tomando decisiones apuradas que
involucran la seguridad de naciones enteras. No me extrañaría que un comandante
norcoreano borracho o un marine yanqui hayan equivocado una orden y lanzado una
bomba al diminuto pueblo de una nación neutral como la nuestra. Es la única
explicación plausible. No me preguntes qué es “plausible” …ya me voy.
—¡Bah! Pudo ser un loco suelto, también.
—Lo dudo —dijo el anciano recogiendo su
bolsa—; una bomba de ese tamaño requiere mucha tecnología… y recursos. Habrás
notado la huella brillosa que dejó en las rocas…
—Ah, sí, ese flúo.
—No, qué flúo, es radiactividad. Mantenete
lejos de esas huellas. Ahora llená tus bolsillos y andate. Adiós y suerte. Cuidate
pibe…
Brian lo miró alejarse y abandonar las
instalaciones. No pensaba; se lamentaba de la falta de señal. Ya no podría
comunicarse con sus amigos para ir al Skatepark. Se sentía desolado. Sólo se
sentiría mejor si tomaba un poco de Coke, por lo que llenó sus bolsillos de
latas y salió del local, algo contento de no tener que haber pagado por las
bebidas. Casi no tenía crédito.
Al volver se reencontró con el cráter
humeante y sintió curiosidad por ver adentro. Trepó por los derribos de tierra
y asfalto pero no llegó a alcanzar el borde; fragmentos de hierros y rocas
agudas le impidieron subir más. Al descender, notó sus zapatillas cubiertas de
fosforescencias verdeazuladas que el anciano había denominado “huellas”. Eran
sus mejores Nike y se maldijo por el descuido quitando con los dedos aquella
sustancia pegajosa. Llegó a su casa y se encerró esperando que quizá más tarde
volviera la señal de Internet. Temía morir de aburrimiento durante esa misma jornada…
Despertó alterado. Un estruendo de gritos y
disparos llenaba el aire de su cuarto. Le costó una eternidad levantarse de la
cama. Le pesaban las piernas y tuvo que arrastrarse hasta la ventana que daba a
la calle. Con manos temblorosas alcanzó el alféizar y asomó los ojos a través
de las persianas.
El paisaje era alucinante. El cráter
estaba sólo a unos metros de distancia y el supermarket justo frente a su
vivienda. Desde allí salía multitud de gente cargando mercancías,
atropellándose entre sí, pasando unas por encima de otras, gritando como
enloquecidas. Las voces llegaban a sus oídos nítidamente… “Corré, Brian, corré,
salvate…”. “Mantenete lejos de esas huellas, pibe”. “Sólo Dios redime los
pecados…”. “¿Querés estas latas de atún?”. A cada voz le correspondía un
rostro. El del anciano estaba igual: cubierto de hollín, el pelo revuelto y la
misma expresión de amarga preocupación.
—¡Perdoná, abuelito, debí escucharte! —clamó
Brian antes de caer al suelo, exánime. Le dolían los brazos, las piernas
estaban inmóviles y le costaba mucho respirar.
La sed empezaba a atormentarlo de nuevo.
Había bebido ocho latas; sólo le quedaban dos. Al caer al piso seguía viendo el
cráter abierto; todo estaba en silencio y… ¡allí estaban sus amigos! Kevin,
Loan, Jonathan y los otros… no recordaba sus nombres, pero estaban todos,
alrededor del cráter que no humeaba y en medio de un silencio incomprensible y
atroz; podía verlos con sus skates haciendo parkour por sobre los
escombros que a él le habían impedido el paso… veía sus rostros, sonrientes,
pero no llegaba a escuchar sus risas, el silencio era atroz…y de pronto… de
pronto… una sed horrorosa, la garganta completamente seca… Brian intentó palpar
las latas de Coke pero empezaba a quedarse ciego… las latas, ¡las latas…!
Lo último que alcanzó a ver antes de
quedarse ciego fueron sus manos intentando llegar a las latas de Coke. Manos
ennegrecidas y burbujeantes, derramando ese pegote fosforescente que quemaba la
piel…
—¡Ya voy! —gritó en la oscuridad sin saber dónde estaba. Gritó sonriendo, feliz de poder reencontrarse con sus amigos allá abajo, en las calles… ¡Voy, espérenme, chicos! Murmuró con sus últimas fuerzas, tomando entre sus manos quemadas una invisible tabla de skate.

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