lunes, 8 de junio de 2026

BIG BOOM

Víctor Lowenstein

 

El “Big boom” o gran explosión nuclear acaecida sobre el hemisferio sur, ocurrió a la 5.00 de la madrugada en algún lugar del conurbano norte bonaerense, el veintinueve de abril de 2031. Brian lo recordaba bien pues había despertado a causa de la explosión mirando instintivamente el reloj de pared de su dormitorio. Ya no pudo dormir. Su mente registró la hora y por ello no le asombró percibir las primeras tenues luces del día a través de las celosías de su ventana. Recordaba vagamente haberse dormido pasada la medianoche luego de los videojuegos de Playstation y cenar varias botellas de Coke y una bolsa de Doritos. Al principio no veía casi nada; la penumbra en su cuarto era tal que atribuyó el fenómeno a su habitual somnolencia diurna, que lo mantenía bajo las sábanas hasta mediodía, por lo común.

Este “día” se presentaba tan anómalo para Brian que no pudo estarse acostado mucho tiempo más; se sentía particularmente inquieto debido al silencio reinante. Habían transcurrido algunas horas, sin moverse de la cama, atento a cualquier cosa. Ni una voz, ladrido o freno de coche llegaba desde la calle. Era raro. Vivía solo en un barrio populoso que solía ser ruidoso a todas horas; algo estaba pasando. “No será nada importante” razonó con su despreocupación acostumbrada. Tanteó las zapatillas bajo la cama y comenzó a vestirse. Saldría como siempre con su skate a recorrer el barrio, comprar unas cuantas latas de gaseosas para el día y esperar el llamado de sus amigos con quienes encontrarse en el Skatepark al atardecer.

En plena calle, montó su tabla en la dudosa semioscuridad de un paisaje urbano aparentemente diurno. Anduvo dos calles hasta toparse con un desparramo de escombros en medio de la acera. Mas allá, en el cruce con la avenida un inmenso cráter manaba humo y un olor sulfuroso que despertaba náuseas. El boquete debía ser inmenso pues comenzaba en la bocacalle de la última vereda pero se extendía –a juzgar por las humaredas que se perdían hasta las afueras del barrio– lo bastante lejos para presumirlo gigantesco. Brian quedó boquiabierto ante la silenciosa catástrofe admirando los focos ígneos que aun perduraban por sobre el suelo estallado y las rocas, donde descansaban extrañas manchas brillosas, quizá restos de la explosión o lo que fuera que había impactado justo a pocas cuadras de su casa.

Dobló hacia la avenida y detuvo sus ruedas antes las puertas automáticas del supermarket local. Portando su tabla bajo un brazo ingresó hacia las iluminadas góndolas, sorprendido por la ausencia de gente en toda la instalación. “Al diablo; vayamos por unas latas de refresco” pensó, caminando directamente al despacho de bebidas. Hasta ese momento nada lo había inquietado, ni la explosión de la madrugada ni un cráter gigante en mitad de una avenida vacía. Brian pertenecía a una generación de jóvenes descreídos que, ante un mercado restringido por las IA y la falta de oportunidades, caían en una anomia que los autoexcluía de todo sentido de pertenencia. Era un fenómeno social preocupante pero demasiado arraigado ya en los jóvenes.

Hubo un ruido detrás suyo. Quitándose las gafas de sol, Brian giró el torso hacia una estantería donde un anciano de mal aspecto rapiñaba todas las latas de conserva posibles y las dejaba caer en una bolsa plástica. Cuando sus ojos se encontraron, el joven pudo visualizar las ropas sucias del hombre, sus cabellos blancos revueltos y el rostro lleno de hollín. El viejo le habló entonces.

—Muchacho, apuúrate. Toma todo lo que puedas; aún no saquean este mercado. Pronto vendrán por todo…

—What? ¿Me estoy perdiendo algún open friday, abuelito?

—¡Que no escuchaste la explosión de la madrugada, pendejo! ¿No viste el cráter?

—¿Y qué?

—¡¿Y qué?! Sufrimos un ataque, cayó una bomba en este barrio, estamos en peligro…

—¿Quién tiraría una bomba en un barrio tan tranquilo, abuelito, y por qué?

El anciano dejó caer las últimas latas en la bolsa y lo miró, casi con lástima.

—El único tranquilo sos vos, nene. Desde temprano la radio anunció este desastre. Le llaman el “Big boom”. No se sabe quién, cada cual tiene una teoría… lo cierto es que estamos en estado de emergencia; tenés que recolectar todo lo que puedas. El mercado aún está lleno, aprovechá. —Brian sacó un celular del bolsillo de sus bermudas—. No te molestes, criatura —continuó el viejo—. No hay señal de internet.

—Ay, no. Eso sí que es un drama. No podré comunicarme con mis amigos.

—¡Olvidate de tus amigos! Deberías estar recolectando alimentos; ¿querés unas latas de atún?

—El pescado no me gusta. ¿Vos quien creés que tiró la bomba?

—Lo único lógico de pensar es que algún militar de una facción poderosa se le escapó un dedo apretando el botón rojo…

—¿Qué mierda es una facción?

El anciano, que ya había pasado los ochenta años, demostró una lucidez imbatible al reflexionar frente a ese anómico ejemplo de generación perdida.

—Escuchame: los poderosos, quienes dirigen este mundo, no son personas sanas. Estoy seguro de que se pasean nerviosos en privadísimas reuniones militares inhalando cocaína y tomando decisiones apuradas que involucran la seguridad de naciones enteras. No me extrañaría que un comandante norcoreano borracho o un marine yanqui hayan equivocado una orden y lanzado una bomba al diminuto pueblo de una nación neutral como la nuestra. Es la única explicación plausible. No me preguntes qué es “plausible” …ya me voy.

—¡Bah! Pudo ser un loco suelto, también.

—Lo dudo —dijo el anciano recogiendo su bolsa—; una bomba de ese tamaño requiere mucha tecnología… y recursos. Habrás notado la huella brillosa que dejó en las rocas…

—Ah, sí, ese flúo.

—No, qué flúo, es radiactividad. Mantenete lejos de esas huellas. Ahora llená tus bolsillos y andate. Adiós y suerte. Cuidate pibe…

Brian lo miró alejarse y abandonar las instalaciones. No pensaba; se lamentaba de la falta de señal. Ya no podría comunicarse con sus amigos para ir al Skatepark. Se sentía desolado. Sólo se sentiría mejor si tomaba un poco de Coke, por lo que llenó sus bolsillos de latas y salió del local, algo contento de no tener que haber pagado por las bebidas. Casi no tenía crédito.

Al volver se reencontró con el cráter humeante y sintió curiosidad por ver adentro. Trepó por los derribos de tierra y asfalto pero no llegó a alcanzar el borde; fragmentos de hierros y rocas agudas le impidieron subir más. Al descender, notó sus zapatillas cubiertas de fosforescencias verdeazuladas que el anciano había denominado “huellas”. Eran sus mejores Nike y se maldijo por el descuido quitando con los dedos aquella sustancia pegajosa. Llegó a su casa y se encerró esperando que quizá más tarde volviera la señal de Internet. Temía morir de aburrimiento durante esa misma jornada…

Despertó alterado. Un estruendo de gritos y disparos llenaba el aire de su cuarto. Le costó una eternidad levantarse de la cama. Le pesaban las piernas y tuvo que arrastrarse hasta la ventana que daba a la calle. Con manos temblorosas alcanzó el alféizar y asomó los ojos a través de las persianas.

El paisaje era alucinante. El cráter estaba sólo a unos metros de distancia y el supermarket justo frente a su vivienda. Desde allí salía multitud de gente cargando mercancías, atropellándose entre sí, pasando unas por encima de otras, gritando como enloquecidas. Las voces llegaban a sus oídos nítidamente… “Corré, Brian, corré, salvate…”. “Mantenete lejos de esas huellas, pibe”. “Sólo Dios redime los pecados…”. “¿Querés estas latas de atún?”. A cada voz le correspondía un rostro. El del anciano estaba igual: cubierto de hollín, el pelo revuelto y la misma expresión de amarga preocupación.

—¡Perdoná, abuelito, debí escucharte! —clamó Brian antes de caer al suelo, exánime. Le dolían los brazos, las piernas estaban inmóviles y le costaba mucho respirar.

La sed empezaba a atormentarlo de nuevo. Había bebido ocho latas; sólo le quedaban dos. Al caer al piso seguía viendo el cráter abierto; todo estaba en silencio y… ¡allí estaban sus amigos! Kevin, Loan, Jonathan y los otros… no recordaba sus nombres, pero estaban todos, alrededor del cráter que no humeaba y en medio de un silencio incomprensible y atroz; podía verlos con sus skates haciendo parkour por sobre los escombros que a él le habían impedido el paso… veía sus rostros, sonrientes, pero no llegaba a escuchar sus risas, el silencio era atroz…y de pronto… de pronto… una sed horrorosa, la garganta completamente seca… Brian intentó palpar las latas de Coke pero empezaba a quedarse ciego… las latas, ¡las latas…!

Lo último que alcanzó a ver antes de quedarse ciego fueron sus manos intentando llegar a las latas de Coke. Manos ennegrecidas y burbujeantes, derramando ese pegote fosforescente que quemaba la piel…

—¡Ya voy! —gritó en la oscuridad sin saber dónde estaba. Gritó sonriendo, feliz de poder reencontrarse con sus amigos allá abajo, en las calles… ¡Voy, espérenme, chicos! Murmuró con sus últimas fuerzas, tomando entre sus manos quemadas una invisible tabla de skate.



Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

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