jueves, 23 de julio de 2026

¿CUÁNTOS DÍAS CABEN EN UNA VIDA?

Andrea Tillmanns

 

La primera entrevista programada para ese día prometía ser la menos interesante. ¿Qué podría tener para decir un hombre de cien años? Todavía me preguntaba por qué el editor en jefe me había asignado esa tarea cuando llamamos al timbre del centenario.

Para mi sorpresa, fue el propio anciano quien abrió la puerta. Estaba sentado en una silla de ruedas eléctrica y sus delgados brazos temblaban ligeramente mientras nos guiaba hasta la sala de estar, pero su voz sonaba sorprendentemente firme cuando nos saludó con unas breves palabras. Durante un instante absurdo tuve la impresión de que aquel hombre era mucho más joven que su cuerpo. Pero ¿cómo iba a saber yo cuál era el estado físico normal de un centenario? Habitualmente, ese tipo de entrevistas de cumpleaños las hacían voluntarios.

El fotógrafo se marchó enseguida, apenas felicitamos al anciano, le entregamos el ramo de flores y terminó la breve sesión de fotos. Yo me quedé a solas con aquel hombre, del que ahora debía arrancar unas cuantas frases con cierto sentido. ¿Por qué alguien de su edad no tenía familiares que lo cuidaran de forma permanente, o una enfermera? Sin duda, eso habría facilitado mucho las cosas.

—¿Podemos empezar de una vez? —interrumpió el anciano mis pensamientos.

Una vez más me sorprendió la firmeza de su voz. Arrastraba un poco las palabras, como si la dentadura postiza no le ajustara del todo bien y, aun así, hablaba con mucha más claridad de la que yo esperaba. En ambos sentidos de la palabra, añadí para mis adentros. Quizá no estuviera tan senil como había imaginado. Tenía que ser cuidadoso; no quería que luego llamara a mi jefe para quejarse de mí.

—Bien, señor Jackson —comencé mientras seguía buscando mi libreta en el bolsillo interior de la chaqueta—. Empecemos... Cuénteme un poco sobre usted. ¿Vive completamente solo?

En ese momento caí en la cuenta de que la pregunta podía interpretarse como algo más que un simple interés cortés.

Y, efectivamente, el anciano resopló con enojo.

—¡Por supuesto! —respondió con brusquedad—. ¿Acaso cree que no puedo arreglármelas solo?

Luego volvió a recostarse en su silla de ruedas.

—Un vecino hace las compras por mí —explicó con mucha más calma—, y todos los mediodías viene un joven a traerme la comida. Ya no me queda ningún familiar.

Lo dijo como quien repite algo aprendido de memoria. ¿Le resultaba esta entrevista tan desagradable como a mí? Pero entonces, ¿por qué no se había negado cuando concertaron la cita? Quizá el hombre estuviera realmente senil, pensé. De todos modos, para tener cien años me parecía demasiado ágil.

—¿Ya terminamos con esto? —continuó después de una breve pausa.

En realidad, ya tenía suficientes notas para escribir un pequeño artículo sobre un vivaz centenario que no se había dejado vencer por la edad ni por las desgracias y que incluso seguía siendo capaz de vivir solo. Una historia conmovedora que haría sonreír con ternura a cualquier lector y quizá lo llevaría a reflexionar un instante antes de volver a doblar el periódico.

No sé por qué no me fui en ese mismo momento. Tal vez fuera esa chispa de curiosidad que a veces aparece en el instante justo; quizá fueran mis muchos años de experiencia como periodista. Algo me hizo negar con la cabeza.

—Necesito algunas impresiones más —expliqué vagamente.

Miré a mi alrededor, me levanté por fin y me acerqué a la chimenea. Sobre la repisa había numerosas fotografías que daban testimonio de una larga vida. Creí reconocer a sus hijos y nietos y, en otras imágenes, quizá a su esposa. Todos llevaban ropas tan anticuadas que volví a tomar conciencia de la edad de aquel hombre, que ahora maniobraba su silla de ruedas hasta colocarse a mi lado.

—No hay nada que ver ahí —dijo con una voz tan cansada que despertó mi atención.

¿Estaría esperando simplemente la pregunta adecuada? ¿Acaso sí tenía algo interesante que contarme?

Aparté de mi mente los pensamientos sobre el escritorio donde el trabajo se iba acumulando y observé las fotografías con mayor detenimiento.

—¿Sus abuelos? —pregunté finalmente, señalando dos fotografías antiquísimas situadas en el extremo izquierdo de aquella galería familiar.

—Mis padres —me corrigió mecánicamente.

Me quedé inmóvil y empecé a hacer cálculos. El papel grueso y los bordes descoloridos de aquellas fotografías me recordaban los retratos de mis propios bisabuelos que mi madre guardaba en una pequeña caja de madera. Si ese hombre había nacido a principios del siglo pasado...

Algo no cuadraba.

—¿Y estos niños? —pregunté tras un instante de vacilación, señalando la fotografía siguiente antes de que advirtiera mi desconcierto.

—Mi hermana y yo —explicó.

Con un suave zumbido, la silla de ruedas regresó hasta la mesa baja de la sala, junto a la silla donde yo había estado sentado. Aparentemente, el anciano había perdido el interés, pero yo seguía sin poder apartar la vista de las fotografías.

En la siguiente aparecía un joven de aspecto pálido y enfermizo, aunque eso también podía deberse a la mala calidad de la imagen. Evidentemente era otra fotografía de estudio; sin embargo, estaba borrosa y presentaba defectos en varios lugares. Traté de recordar una fotografía de mi abuelo con uniforme, tomada al comienzo de la Primera Guerra Mundial. ¿Existían diferencias tan marcadas en la calidad de las fotografías de aquella época o solo me lo parecía?

Observé las demás imágenes sin darme cuenta de qué era exactamente lo que me inquietaba tanto. Evidentemente, el hombre se había recuperado poco después y se había casado; fotografías más recientes mostraban a sus hijos, nietos y, presumiblemente, bisnietos.

La última fotografía mostraba una antigua lápida de gran tamaño, evidentemente perteneciente al panteón familiar.

Me incliné para descifrar la inscripción.

Debajo del apellido familiar aparecía una cita inusualmente larga:

"Poder quedarse dormido cuando uno está cansado y poder soltar una carga que se ha llevado durante mucho tiempo es algo delicioso, maravilloso."

Algunas letras resultaban ilegibles, pero el sentido del texto estaba claro.

Me volví hacia el anciano.

—¿Es de Goethe? —pregunté, señalando la fotografía.

Él resopló con desdén.

—De Hermann Hesse, ignorante. ¿No aprendió nada?

—Creo —respondí lentamente, procurando respirar con calma— que ya debería irme. Sé todo lo que necesito saber.

—Olvidó la pregunta de rigor —objetó el anciano con brusquedad—. Su colega, que vino a verme hace cinco años, me la hizo enseguida: «¿Cómo logró vivir tantos años?».

Imitó el tono excesivamente amable que muchos jóvenes periodistas consideran educado.

Me sentí descubierto, aunque aquella crítica ni siquiera iba dirigida a mí.

—¿Y qué le respondió? —pregunté con cautela.

—Lo de siempre —contestó con mal humor—. Mucho ejercicio, alimentación sana y una copa de vino todas las noches. —Sonreí por compromiso, aunque, evidentemente, no de manera demasiado convincente—. Pero quizá —continuó, mirándome fijamente con sus ojos apagados— le habría contado la verdad.

—¿Y cuál es esa verdad? —pregunté con creciente tensión.

Mientras conversábamos, me había ido alejando lentamente de la chimenea hasta regresar a la mesa del salón y, cuando volví a sentarme, el anciano me observó con desconfianza. Apenas podía imaginar que aún distinguiera algo y, sin embargo, aquellos ojos lechosos seguían clavados en mi rostro.

—Quién sabe... —murmuró mientras negaba lentamente con la cabeza.

Tomé aire.

¿Aquel viejo solo estaba burlándose de mí?

Cuando empujé mi silla hacia atrás con decisión, levantó una mano temblorosa.

—Espere —dijo apresuradamente—. Déjeme contarle una historia... Empezó con mi niñera, María. Nadie conocía su verdadero nombre. Venía de Togo. Cuando estaba enfermo —continuó—, y de niño enfermaba con frecuencia, María iba a buscar un pequeño frasco de vidrio a su habitación y echaba exactamente una gota en mi plato de sopa. Lo llamaba «la medicina de la vida».

Pensé fugazmente en el efecto placebo, que probablemente fuera aún más intenso en los niños que en los adultos. ¿O acaso aquella niñera había traído consigo algún brebaje de su tierra? Dibujé un signo de interrogación junto a la palabra «medicina» en mi libreta.

—«Una gota por un día», decía siempre. —Había dejado caer aún más la cabeza sobre su pecho hundido—. Se suponía que cada gota de esa medicina daba a un enfermo un día de salud y a una persona sana un día de vida.

Parecía esperar que comprendiera lo que intentaba decirme, pero mis pensamientos eran demasiado irreales para convertirlos en palabras.

—¿María le dio muchas gotas de esa medicina? —pregunté lentamente.

Negó con la cabeza.

—Nunca me habría dejado beber demasiado —respondió el anciano—. Lo habría impedido... si hubiera podido. —Sus ojos brillaban ahora, quizá por las lágrimas que empezaban a asomar. Aquella idea me resultó casi más desagradable que lo que pudiera decir a continuación—. Fue muy fácil —prosiguió. Su voz sonaba tan serena que tuve la certeza de que estaba haciendo un enorme esfuerzo por contenerse—. Lo único que tuve que hacer fue esconder el broche favorito de mi madre en la habitación de María. Yo había descubierto el compartimento secreto bajo una tabla suelta del suelo mucho tiempo antes, poco después de cumplir diecinueve años. Allí había doce frascos, todos llenos de la medicina de la vida.

Por primera vez suspiró suavemente.

—Después de que mis padres echaran a María de la casa, empecé a beberla todos los días: primero una gota, luego una cucharada y, finalmente, grandes tragos... hasta vaciar los doce frascos. En aquel entonces todavía tenía miedo de la muerte.

—No hablará en serio, ¿verdad? —me oí decir con voz ronca después de un momento, cuando tomé conciencia del silencio—. Es absurdo creer en pociones mágicas y cosas por el estilo a su edad. Hoy en día no es tan raro vivir tanto como usted; no necesita buscar explicaciones tan extravagantes.

Advertí que mi voz iba elevándose cada vez más. Sin embargo, en aquel instante ya no me preocupaba que pudiera quejarse a mi jefe.

—¿Quiere una prueba? —replicó el anciano con irritación.

Luego señaló con dedos temblorosos el aparador.

—Saque la carpeta negra que está a la derecha. —Sin decir palabra, me levanté, abrí la puerta derecha del aparador, saqué la delgada carpeta de cuero y la coloqué entre los dos sobre la mesa del salón—. Ábrala.

Sin pensar, obedecí.

En la primera hoja, amarillenta por el tiempo, figuraban el nombre del anciano, su fecha de nacimiento exactamente cien años atrás y unas líneas donde se certificaba que su partida de nacimiento había sido destruida durante la guerra. Era, sin duda, un documento oficial, firmado y sellado.

—Siga.

Con cuidado pasé la página. Detrás de aquel certificado había otra partida de nacimiento con el mismo nombre. Tardé unos segundos en advertir la diferencia. El año era anterior. Muy anterior.

Las fotografías, que parecían muchísimo más antiguas de lo que debían ser, su historia... Todo cobraba sentido, aunque me resultara imposible creerlo.

—¿Cuánto tiempo...? —empecé a preguntar, pero me interrumpí al darme cuenta de lo absurda que sonaba la pregunta.

Él me había entendido de todos modos.

—¿Cuántas gotas caben en un frasco? ¿Y cuántos días caben en una vida?

Su mirada empañada volvió a fijarse en mi rostro.

—Nunca las conté. Y creo que no quiero saberlo. Quizá, en algún momento, ya me haya arrepentido durante suficiente tiempo.

—Pero ahora parece muy anciano —dije con suavidad—. Tal vez ya no tenga que esperar mucho más...

—Usted solo ve una parte —replicó el anciano, moviendo lentamente la cabeza—. ¿Quién sabe cómo ha recorrido la medicina mi cuerpo, cuánto de ella llegó a cada lugar? Mi corazón sigue siendo fuerte y continuará latiendo, gota tras gota, día tras día...

Me estremecí al ver una lágrima resbalar por su mejilla.

En ese momento hizo retroceder la silla de ruedas, giró hacia un lado y avanzó hasta la habitación contigua.

—Ahora váyase —lo oí decir con aquella voz que sonaba demasiado joven, justo antes de bajar la manija de la puerta—. Ya conoce el camino.

Abandoné el apartamento sin pronunciar una sola palabra. ¿Qué habría podido decir?

Mientras caminaba hacia la parada de autobús más cercana, grabé un breve texto en mi teléfono móvil: una conmovedora historia sobre un vivaz centenario que, pese a todos los golpes que le había dado la vida y a su avanzada edad, seguía arreglándoselas para vivir por sí solo.

Mientras esperaba el siguiente autobús, pensé en la fotografía del panteón familiar.

Y en el antiquísimo corazón de aquel hombre, que seguía impulsando la sangre con un pulso firme y constante a través de un cuerpo que estaba muy lejos de estar preparado para quedarse dormido para siempre.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

Y LAS PALMERAS SUSURRABAN

Vladislava Vojnović

 

Mi padre no era realmente un buen hombre.

No era un descubrimiento que hubiera querido hacer, aunque tampoco me sorprendió demasiado, porque conocía la clase de hombre que había sido su propio padre. Aquel abuelo mío no era precisamente un santo. No podía haberlo sido; de lo contrario, mi abuela jamás habría hecho lo que hizo.

—¿Qué hizo la abuela? —pregunté.

No sabía prácticamente nada de los padres de mi padre, porque ambos habían muerto mucho antes de que yo naciera. Solo los conocía por una fotografía. Estaba encerrada entre dos vidrios, en un marco de caoba, en una habitación inmensa y sin calefacción. La mitad de aquel cuarto se conservaba impecable y nunca se utilizaba; la otra mitad, pese a los mismos cuidados obsesivos, se había convertido en depósito de los muebles que mi rica abuela había llevado como dote al casarse, junto con un montón de objetos pertenecientes a las vidas pasadas de diversos parientes, vivos y muertos, cosas que ya no servían o que habían dejado de estar de moda en los modernos comienzos de los años setenta.

Me encantaba aquella habitación, aunque no me permitían explorarla.

—¡Vas a romper eso! ¡Lo vas a estropear! ¡No toques! ¡Dejá eso, no es para chicos! ¡A jugar al jardín, como los niños normales!

Aquel marco de vidrio debía de ser el último suspiro de alguna moda ya olvidada que, por alguna razón, había conseguido hacerse un pequeño lugar en medio del gran comunismo de posguerra.

En la fotografía, mis abuelos llevaban batas de playa, sombreros, trajes de baño y botas de goma. Delante de ellos estaban sus hijos.

Mi padre aparecía apenas un poco mayor de lo que yo era cuando empecé a observar aquella fotografía: tendría siete u ocho años.

Delante de mi abuela estaba la hermana menor de mi padre, de mi misma edad. Se parecía bastante a mí. Llevaba un flequillo como el mío y tenía una mirada limpia y curiosa. Parecía la más alegre de todos.

Yo me sentía sola en aquella enorme casa semiderruida y me habría encantado que esa niña me hiciera compañía.

Pero ella pertenecía al blanco y negro, a un tiempo remoto y lejano, y nunca venía a visitarnos.

Aquella niña y su familia parecían elegantes y refinados, un poco melancólicos, todos delgados y serenos, envueltos en el brillo de una felicidad compartida, capturada por la cámara bajo las palmeras, junto al mar.

Encima de la fotografía alguien había escrito a mano:

Recuerdo de Crikvenica, 1933.

Yo tenía siete u ocho años cuando fui a visitar a la más amable de mis tías o, según mi madre, la más tonta.

Era hermana de mi madre y no tenía ninguna relación con aquella tía-niña de la fotografía. No la había visitado muchas veces; quizá aquella fuera la primera.

Antes de salir de casa quise saber cómo era. Entonces sacaron otra fotografía de una vieja caja de galletitas. En ella aparecían mi madre y sus tres hermanas mayores, retratadas en un estudio fotográfico veinte años después de la fotografía de la familia de mi padre en la playa.

Para mí, mi madre era la más hermosa de las cuatro.

¿Significaba eso que también era la más tonta? No podía ser. En los cuentos de hadas, la menor siempre es la más inteligente. Además, los padres que tienen más de treinta años suelen engendrar hijos geniales. Una vez había oído a mis padres discutir sobre eso con mi padrino. Él era médico, así que seguramente sabía de qué hablaba. Y el padre de mi madre tenía treinta y cinco años cuando ella nació. Mejor todavía: cuando yo nací, mi padre tenía cuarenta y uno.

—Tu madre era muy joven. No estuvo bien que tu padre se casara con una muchacha tan joven. Tendría que haber estado estudiando, no casándose. Y mucho menos con ese tísico —dijo mi tía, mientras el rostro se le enrojecía.

Escuché atentamente, esperando la estupidez prometida. Pero lo que decía no me parecía especialmente estúpido. Aunque el rubor de su cara sí me desconcertaba.

—¿Qué significa «tísico»? —pregunté, ansiosa por descubrir cuál era el pecado de mi padre.

—Significa una persona que tiene tuberculosis. La gente se muere de eso.

—¡Pero mi papá no está enfermo!

—Ahora no. Pero lo estuvo. Muy enfermo. Tuvo tuberculosis.

Ya estaba. Ahora sí aparecía la estupidez. Yo era una niña, pero ella insistía en llamarme «cabrita».

—No soy una cabrita; soy una persona —le respondí con condescendencia, que era la única manera de hablar con la gente tonta.

—Claro que no eres una cabrita. Te llamo así porque te quiero. Es una forma cariñosa de llamar a quienes uno ama.

—Mamá y papá nunca me dicen «cabrita». Siempre me llaman por mi nombre. Pero ¿qué hizo la abuela?

—¿Cuál de las dos?

—La de la que estabas hablando. La mamá de papá.

—No me acuerdo, cabrita...

—Dijiste que, si el abuelo hubiera sido un santo, la abuela nunca habría hecho lo que hizo.

—Es verdad.

—Entonces, ¿qué hizo?

—Creí que ya lo sabías. Si no lo sabés, mejor dejémoslo así.

—¡Cuéntamelo!

—Tus padres se van a enojar muchísimo conmigo si te lo cuento.

—Entonces se lo pregunto a ellos.

—¡No! ¡No hagas eso! Está bien, te lo voy a decir. Pero no les cuentes que fui yo. ¿De acuerdo?

Asentí con la cabeza, fascinada por el enorme problema que aquello parecía representar para mi tía.

—Bueno, cabrita... tu abuela se mató. Se ahorcó. Agarró una soga y se colgó.

—¿¡Qué!?

Aquello era completamente extraño e inesperado. Agarró una soga y... ¡Plof! La abuela desapareció de inmediato de la fotografía del marco de caoba.

—¿Por qué hizo eso?

—Nadie lo sabe. Pero debía de haber algo en esa familia, porque su madre también se suicidó. Tu bisabuela. Y después su hija, la hermana de tu padre, también intentó suicidarse.

¡Plof! ¡Plof!

—¿La hermana de papá? ¿También se mató?

—Bueno..., no exactamente. La salvaron. Se cortó las venas.

¡Plof!

Mi tía reapareció en la fotografía. Sangraba un poco.

—Entonces... ¿está viva o está muerta?

—Está viva.

—¿Y por qué nunca la vi?

—Porque está loca, cabrita. Cuando eras un bebé tuvieron que protegerte de ella, porque quería matarte. Decía que no eras hija de su hermano, que tu mamá te había tenido con quién sabe quién.

¡Fffss!

La tía apenas ensangrentada de la fotografía en blanco y negro se volvió completamente negra.

—Ahora escúchame bien. No dejes que tu mamá ni tu papá sepan que hablamos de esto. Y no vuelvas a preguntarme nunca más. Ya te conté demasiado. Y cuando tus padres discutan, o cuando tu madre te grite, no te enojes con ella. Ahora ya entiendes por todo lo que ha tenido que pasar, ¿verdad?

—Está bien —respondí.

Aunque, en realidad, no entendía qué era exactamente lo que mi madre había tenido que pasar, ni mucho menos qué tenía que ver conmigo. Sabía que mi tía era tonta. Pero no imaginaba que fuera tan tonta.

—Seguro que la provocaste. Si no, ¿por qué iba a decir semejante cosa?

Cuando regresé a casa y pregunté por todos aquellos antepasados muertos y medio muertos, mi madre empezó a gritar.

Mi padre se quedó blanco como una sábana y salió al jardín. Yo fui detrás de él.

—Todavía eres demasiado chica. Cuando seas grande te lo contaré todo —me dijo.

Pero nunca me explicó nada.

Murió cuarenta años después, con el mismo gesto en el rostro que parecía decirme que yo todavía no era lo bastante grande para que pudiera contarme esas cosas. Ninguna de esas cosas.

Mi padre murió en primavera. Ese mismo otoño murió su hermana, mi tía negra y ensangrentada. No habían tenido hijos, así que su marido me invitó a llevarme algunas de sus pertenencias. Para recordarla. ¿Recordar qué? Pero fui de todos modos. Todo olía a lavanda. A lavanda de cementerio, no a la de la costa.

Mi tía había sido científica, química. Se suponía que iría a la Sorbona para hacer una maestría, un doctorado y quién sabe cuántas cosas más, pero abandonó todo. Más o menos cuando yo nací.

Supongo que fue entonces cuando quiso matarme; ya nadie hablaba de aquello.

Mientras tanto, distintas personas fueron perdiendo el rumbo, los nervios o la razón. Mi madre también.

Mi madre, que nunca me adoró demasiado, como tampoco adoró nunca a nadie, porque había querido dedicarse a la ciencia, pero se casó por equivocación. Ella también dijo una vez que realmente quería matarme.

Es cierto que yo ya era bastante mayor, tenía veintisiete años, cuando mi padre insistió en que cerrara con llave la puerta de mi habitación por las noches mientras me alojaba en su casa. Me explicó que mi madre no estaba bien y que quería matarme.

A diferencia de mi tía, que quería matarme porque pensaba que yo no era hija de su hermano, mi madre quería matarme precisamente porque sí lo era.

En mi familia, al parecer, cada vez que alguien pierde la razón, yo soy la primera persona a la que desea matar. Por suerte, los miembros de mi familia son mucho mejores haciendo amenazas que llevándolas a cabo. Muchos de nosotros, yo incluida, sufrimos enormemente por culpa de esas amenazas. Pero, gracias a que nunca llegaban a cumplirse, al menos sigo viva. Y allí estaba yo, viva, revolviendo el ropero de mi tía. Todas sus pertenencias personales, ahora extrañamente impersonales. Objetos corrientes. Objetos sin interés.

—Tío, ¿sabés algo de por qué la madre de mi tía se suicidó?

Tal vez fuera mi última oportunidad de averiguarlo. Sentía que debía aprovecharla. Mi tío era científico. Doctor en Física Nuclear.

Interrumpió una explicación de dos horas sobre la fisión, la fusión, el deuterio y la facilidad con que cualquiera puede fabricar una bomba atómica, únicamente para ofrecerme sombreros, bufandas o un abrigo de pelo de camello.

Mi pregunta cayó entre nosotros como agua pesada. Toda el agua empezó a volverse loca. Y no solo el agua. Las reacciones en cadena vuelven pesado todo lo que tocan.

—No sé gran cosa sobre eso —dijo al fin—. Solo sé que ella tenía dieciséis años y estaba pasando unos días en un pueblo con una amiga. Tu abuelo envió un carruaje para buscarla. Enseguida empezó a llorar, convencida de que algo terrible tenía que haber ocurrido para que la hicieran volver de ese modo. El cochero solo le dijo que su madre estaba muy mal. Cuando llegaron frente a la casa, por fin le confesó que su madre se había suicidado. Ella no quiso entrar. No quiso verla. Siempre decía:

—¿Cómo pudo hacernos algo así? ¡No nos quería! Si nos hubiera querido, jamás habría hecho una cosa semejante.

También sé que, antes de hacerlo, preparó el almuerzo y dejó todas las fuentes junto a la cocina para que la comida se mantuviera caliente. Después subió al desván y... Tu padre fue quien la encontró. Durante un mes entero no pronunció una sola palabra. Eso es todo lo que sé.

 

Ocurrió a mediados de junio.

Lo sé por la fecha grabada en la lápida.

Los tilos estaban en flor y su perfume entraba por la ventana. Un perfume de cementerio.

Sobre la cocina, la sopa se había cubierto con una película; debajo flotaban los fideos. Los guisantes, mezclados con eneldo, teñían la superficie del caldo. La grasa rezumaba de las milanesas de pollo y la ensalada empezaba a marchitarse.

Mi padre está descolgando a su madre del péndulo de una vida suspendida. Mi tía permanece junto al carruaje, delante de la casa, gritando y arrojándole palos y piedras a su madre, igual que cualquier adolescente. Madre viva o madre muerta, da lo mismo. Mi padre guarda silencio. Y seguirá guardándolo durante el resto de su vida. Al menos sobre las cosas importantes. Las más importantes para mí.

—¿Mi tía conservó alguna cosa de sus padres? ¿Algo de su juventud? ¿De su infancia? ¿Fotografías? —pregunté.

—No, no quedó nada —respondió mi tío—. Cuando enfermó... —subrayó la palabra «enfermó», dejando bien claro que se refería a su alma y no a su cuerpo— ...dijo que no quería conservar nada de eso. Y su psiquiatra estuvo de acuerdo, así que lo tiramos todo.

Mientras seguíamos revisando aquellas cosas impregnadas de olor a lavanda, encontramos zapatos. Mi tía calzaba exactamente el mismo número que yo: treinta y siete y medio. Pero todos eran de un gris desalmado. Había sandalias españolas, zapatos italianos de diario y unas botas de goma del treinta y nueve o cuarenta. Dentro de cada una había otra botita blanca, mucho más pequeña, del número treinta y cuatro. No teníamos idea de quién podían ser. Nadie en la familia usaba esos números. Las volvimos a guardar en la bolsa de lona para la playa y seguimos revolviendo. Me fui con tres bolsas llenas. No tuve valor para tirarlas enseguida. Permanecieron durante días en el recibidor. Recuerdos que apestaban a lavanda.  ¿Recuerdos de qué?

Pocos días después regresaba de un acto destinado a dar visibilidad a los niños con discapacidades del desarrollo. Me había invitado una amiga, especialista en pedagogía terapéutica. No era nada extraordinario, pero sí importante para aquellas personas.

Estaba sentada en la oscuridad del antiguo Salón de los Pioneros pensando que quienes no tenemos discapacidades tan evidentes jamás agradecemos al destino –o a Dios, si existe– haber resultado menos dañados. Intentaba meditar sobre eso. Cerré los ojos. Los niños cantaban:

«Un día verde, aquel verano verde...»

Y justo cuando empezaba a sentir gratitud, una mujer idiota sentada delante de mí comenzó a hablar por teléfono. ¡En ruso!

—¡Shhh! —le hice.

No sirvió de mucho.

Solo bajó un poco la voz y siguió cuchicheando con una tal Tatiana: que Tatiana esto, que Tatiana aquello.

La gente es increíble. Como si no pudiera salir y hablar tranquilamente afuera. No. Tenía que hacerlo allí mismo. Seguramente pensaba que aquellos chicos eran sordos y ciegos y que daba lo mismo. Salí de la función. Volví a pensar que no tenía ningún motivo para sentirme desgraciada. Estaba viva. Estaba sana. Y tarareaba la canción que acababa de escuchar.

De camino entré en una tienda de segunda mano donde me gusta husmear. A veces encuentro algún cacharro que me alegra el día. Pero esta vez me invadió un malestar repentino. Todo me recordaba el armario de mi tía. No tenía fuerzas para soportarlo. Salí. Recordé entonces que mi marido necesitaba unas sandalias de goma para pescar en la orilla y entré en una elegante tienda de artículos deportivos. Olía a goma, a plástico, a detergente para pisos, a música tecno, a cosas nuevas. Pensé que aquellos olores estériles me harían bien. Y, de pronto, comprendí qué eran aquellas botas de goma guardadas en el armario de mi tía.

Venían de Crikvenica. De 1933. Mis ojos se inundaron de rojo. Del rojo de aquellos zapatitos del número treinta y cuatro en los que yo había intentado meter mis pies de diez años, en aquella enorme habitación llena de objetos viejos que, sin embargo, había que conservar. Mi madre me retaba para que dejara aquellos zapatos antes de que mi padre me viera.

—Son los zapatos de la abuela. —¿Cómo podía mi abuela haber usado zapatos de niña?—. Antes la gente era mucho más pequeña —respondía mi madre mientras me echaba al jardín para que jugara como los niños normales.

¡Plof!

Aquellas personas inexistentes –la abuela, el abuelo, mi padre y la tía ensangrentada– se volvieron diminutas, igual que los pollitos y el gallo que yo observaba en el jardín del vecino a través de las rendijas de la cerca.

Sentí una inmensa alegría. La alegría de una niña que descubre que, al menos, algo en el mundo tiene su misma escala. Antepasados diminutos y ensangrentados con los que podía jugar. O quizá no. Porque incluso aquel gallito de colores brillantes era malvado y agresivo en lo más profundo de su alma. Así comprendí que, pese al consejo del psiquiatra, mi tía no había tirado todo. Había conservado una parte de su infancia. La mejor. Aquella en la que eran una familia elegante bajo las palmeras, en una playa de arena. Cuando sus padres la querían y ella los quería. Cuando también querían aquellos pequeños pies y los protegían de las piedras, de las algas, de los erizos de mar y de quién sabe qué peligros ocultos en aquel fondo marino nunca inspeccionado, del que jamás se alejaban porque, como se supo más tarde, ninguno de ellos sabía nadar. Cuando mi abuelo era un santo. Cuando quería a su hijo y lo educaba bien. Y mi padre crecía convertido en un buen hombre. Y no se casaba con una muchacha mucho más joven, que tendría que haber estado estudiando. Y esa muchacha, libre del pesado amor de un tísico, seguía estudiando y llegaba a ser alguien. Lejos de la áspera vida doméstica. Lejos del interminable planchado de Sísifo. Lejos del humillante y servil amasado del pan. Y nunca perdía la razón. Y, si tenía hijos, les compraba pasteles con relucientes monedas ganadas gracias a su profesión. Y quería a esos hijos, porque ella misma se sentía realizada. Y yo nunca nacía.

—Señora... ¿Señora... se encuentra bien?

Una empleada de aquella elegante tienda me sacudía suavemente. Yo estaba medio sentada, medio desparramada entre un montón de sandalias masculinas, sobre un suelo que olía a detergente con aroma de lavanda.

—Estoy bien.

No tenía idea de si estaba mintiendo o no. Mientras tanto, el idílico mar de la nada lamía mis pies y me arrastraba hacia él. Y las palmeras susurraban.

Vladislava Vojnović nació en 1965 en Bela Crkva, un pequeño pueblo de la provincia de Voivodina. Tras completar la escuela primaria en un lugar tan singular, Vladislava se mudó a Belgrado. Allí, se graduó del XII Gimnasio de Belgrado en 1984, suspendió el examen de ingreso a Dramaturgia en la Facultad de Artes Dramáticas, pasó un año estudiando Sociología en la Facultad de Filosofía y luego aprobó el examen de ingreso a Dramaturgia al año siguiente, graduándose finalmente en 1989. En 2001, también completó estudios de especialización en Cultura y Género en la Red Educativa Académica Alternativa (AAEN). Ha desempeñado diversos trabajos, tanto relacionados como ajenos a su formación académica, esforzándose siempre por que todo lo que hace sea una valiosa experiencia para un escritor, o al menos una historia entretenida para hacer reír a alguien. Ha observado atentamente el mundo que la rodea, ha hecho amigos, ha amado y ha experimentado emociones intensas y débiles, así como profundas y superficiales reflexiones; algunas la marcaron de por vida, mientras que otras le resbalaron como el agua sobre el lomo de un pato. Ha escrito y sigue escribiendo guiones y prosa para adultos y niños, además de poesía, diversos artículos periodísticos y ensayos. Por su trabajo, cuyos detalles se pueden encontrar fácilmente en internet, ha sido igualmente ignorada, elogiada e incluso premiada. Está casada con el director de fotografía Miloš Spasojević, con quien dirige una pequeña productora llamada "Luks Film", y tienen una hija, Milica Spasojević, que es directora de cine. Vladislava cree que las biografías serias carecen de la chispa que las caracteriza, tanto en el sentido amplio como en el estricto de la palabra, por lo que, si bien son necesarias, deben ser lo más breves posible. Quienes disfrutan leyendo biografías más extensas pueden encontrarlas en internet o contactar directamente con Vladislava, ya que no es una persona reservada en absoluto, sino todo lo contrario.

 

miércoles, 22 de julio de 2026

EL EJE DEL SUEÑO

Anamaria Borlan

 

Dedicado a Victor Brauner, pintor y escultor surrealista rumano

 

El hombre cree que contempla el universo.

El universo lo utiliza para soñarse a sí mismo.

 

El pintor salió a la terraza inmediatamente después de la puesta de sol, con los pinceles todavía manchados de azul de Prusia y ocre tostado. Los depositó con cuidado sobre la ancha barandilla y luego trajo de la casa el caballete y la tabla de cartón entelado, preparándose para pintar al aire libre.

Era una noche cálida, en la frontera entre el verano y el comienzo del otoño, pero en la habitación donde solía pintar se había instalado una atmósfera sofocante, difícil de soportar. Afuera, en cambio, el aire era agradablemente fresco y estaba impregnado del perfume de las flores, de las azaleas rojas que aromatizaban la noche.

Sobre la mesa baja, junto a la paleta, había una caja con numerosos pinceles de diferentes formas y tamaños –planos, redondos–, lápices, espátulas, esponjas y rodillos. En otra caja había frascos, trapos y recipientes de arcilla para limpiar los pinceles; y colgada de la barandilla, dentro de una caja mucho más grande, se encontraba la pintura, junto con barnices, diluyentes, aceites y los solventes necesarios para trabajar.

Además de todo eso, el pintor colocó sobre la mesa una pequeña jarra de vino color rubí y una taza de arcilla sin asa. Se acomodó en la silla de rafia y se sirvió un poco del licor elaborado con las uvas grandes y amarillas de las pocas vides plantadas a lo largo de la barandilla que rodeaba la terraza. Bebió un sorbo, chasqueando los labios de placer, y disfrutó de la relajante atmósfera nocturna.

El cielo, que se mostraba en toda su belleza, sin nubes ni bruma, sin la menor ráfaga de viento, desplegaba todo el esplendor de sus estrellas centelleantes. El anciano nunca había visto una bóveda celeste tan clara y elevada.

No era un cielo corriente. En el centro, como una herida abierta en el tejido del mundo, se alzaba una galaxia vertical, semejante a una columna de luz. No giraba ni pulsaba. Permanecía inmóvil, como una idea que ya no puede ser reprimida. Por un instante pensó en la imagen del monstruo Leviatán, el dragón marino bíblico, inmóvil, como si olfateara el aire y estuviera a punto de atacar sin alterar las aguas del océano espacial.

En ese mismo momento sintió el impulso. No experimentó sorpresa ni miedo, sino una necesidad orgánica de pintar. Como si sus manos ya supieran lo que su mente haría unos minutos más tarde. Se levantó con cierta dificultad, pues los años comenzaban a pesarle sobre los hombros, pasó suavemente la palma sobre la tela para alisarla y quitar cualquier rastro de polvo y, con un pincel de lengua de gato delgado, trazó de un solo movimiento de muñeca una línea recta de abajo arriba, como el límite de una dirección imprecisa que pareciera unir la terraza con algún punto del espacio nocturno.

Tomó el lápiz de mina blanda más cercano y trazó líneas quebradas que dejaban tras de sí un color nunca visto. Por primera vez, el lápiz se comportaba de manera extraña, como si actuara por voluntad propia. No dejaba arañazos, el trazo no se extendía y la punta no se desgastaba. Parecía absorber la luz del entorno, como si inhalara la claridad del día que se desvanecía poco a poco.

El pintor retrocedió un paso, ahogando una exclamación de sorpresa mientras observaba lo que se desarrollaba ante sus ojos. Parecía que la galaxia, como si hubiera oído su silencioso grito de asombro, le respondiera. No mediante el movimiento, sino acercándose.

Los contornos de la galaxia se adelgazaron y se volvieron fluidos, infiltrándose en la pintura. Las estrellas se transformaron en manchas de aceite y la tela comenzó a respirar como un pulmón dentro de un pecho. El anciano tuvo un instante de lucidez.

Esto ya no es un cuadro; es un sueño que me lleva muy lejos, a un lugar inacabado…, se dijo.

Tuvo la impresión de que algo, una especie de mano enorme, fría y poderosa, le sujetaba con cierta delicadeza los dedos, que dejaron caer el lápiz, y pareció obligarlo a empuñar el pincel con el que pintaba. Entonces, sin sentir nada especial, fue arrastrado lentamente hacia el interior.

No sintió la caída como algo violento, sino más bien suave, como deslizarse hacia el sueño. Cuando se incorporó, vio de inmediato que se encontraba en un lugar con un cielo vacío, blanquecino, inacabado. Ya no estaba en la terraza perfumada por las azaleas, junto a las vides que producían uvas grandes y redondas, apropiadas para elaborar vino. Y, aunque tenía la sensación de haber llegado a un planeta desierto y estéril, frente a él se alzaba el mismo caballete. Los mismos colores. Y arriba, la misma nada, tan llena de vida.

—Interesante —oyó decir a una voz tranquila, de profundo y cálido timbre de barítono, que llegaba desde detrás de él—. Has alcanzado el punto en que el símbolo ya no representa, sino que crea.

—¿Qué crea?

—El inconsciente, que no describe el mundo, sino que lo corrige.

Se volvió. Un hombre de barba corta y rostro más bien alargado, vestido con un traje que parecía pertenecer a una moda muy antigua, de un siglo ya extinguido, quizá de la Belle Époque, lo contemplaba con una mirada penetrante, observándolo con una atención incómoda, como si fuera un paciente situado exactamente entre la resistencia y la revelación.

—¿Dónde estoy? —preguntó el pintor.

—Estás en tu inconsciente proyectado a escala cósmica —respondió el otro de inmediato—. Pintaste el cielo porque el cielo es la pantalla sobre la que proyectas tus deseos reprimidos. ¿La galaxia vertical? Un símbolo del deseo de trascendencia. O, si lo prefieres, del nacimiento.

—¿Dices que yo soy un símbolo? ¿Para qué o para quién?

—Para un lugar, un espacio del cosmos al que llegan todos los símbolos cuando ya no queda nadie que pueda interpretarlos —respondió sin vacilar.

—¿Por qué?

—Has atravesado el eje del sueño.

—Es decir… ¿qué significa eso? ¿El futuro? ¿Un mundo nuevo? ¿Una colonia planetaria?

—No —dijo el hombre—. Es tu interior proyectado a escala galáctica. Las civilizaciones avanzadas no exploran el espacio: solo exteriorizan su inconsciente.

Mientras hablaba con el desconocido, el pintor aplicaba los colores, y la galaxia del cielo se volvía más delgada, se acercaba y se transfería. La tela ya no descansaba sobre el caballete: se había convertido en una interfaz. Las estrellas se transformaban en nódulos de memoria y el espacio entre ellas significaba represión, le explicaba el extraño, mientras el anciano pintaba con creciente obstinación.

—¿Qué ocurrirá cuando termine el cuadro?

—Entonces el símbolo estará completo —susurró la voz—. Y tú ya no necesitarás la realidad.

Cuando la última pincelada completó la disposición de las estrellas en la bóveda, el pintor fue absorbido sin ofrecer resistencia. No cayó ni fue arrancado de allí. Pasó, como una idea, de una mente a otra.

El pintor comenzó a pintar de nuevo. Esta vez, el cielo del planeta iba adquiriendo colores mientras ellos hablaban.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí conmigo? —preguntó finalmente el pintor—. ¿Te conocí alguna vez y no lo recuerdo?

—Me llamo Freud, Shlomo Freud, aunque algunos me conocen como Sigmund, el de Freiberg, en Moravia. Aunque mi nombre no te dice nada, del mismo modo que el tuyo tampoco me dice nada a mí.

—Entonces, ¿por qué has venido? O, mejor dicho, ¿de dónde has salido? ¿Por qué te apareciste ante mí? ¿Qué quieres?

—Porque tú, pintor soñador, estás en oposición a tu existencia material. Tal vez ahora no lo entiendas, pero estoy convencido de que reflexionarás sobre mis palabras. La realidad objetiva es un producto de la materia organizada de forma superior, como te dije hace un momento, y esa materia es el cerebro, el cerebro humano, expresado en pensamiento y espíritu. ¿Qué quiero? Casi nada. Solo observarte mientras pintas.

Durante unos instantes permanecieron en silencio.

—¿Y si ya no quiero regresar? —preguntó el anciano.

—Entonces el sueño te encerrará dentro de sí —dijo con serenidad aquella voz agradable—. El arte es sublimación, pero también una trampa. La diferencia la establece la conciencia.

Las estrellas reaparecieron una a una, como hileras de piedras preciosas colgadas del cuello del dragón Leviatán. Entretanto, la galaxia surgía de su pincel y no del cielo. Comprendió que ya no era el pintor quien contemplaba el cosmos, sino el cosmos el que se contemplaba a sí mismo a través de él.

—Entonces, ¿dices que yo soy el símbolo?

—No —rio suavemente la voz—. Eres el proceso.

Cuando la galaxia quedó completa, el pintor ya no estaba allí. Solo permaneció el cielo pintado y, en algún lugar, sobre otro planeta, otro hombre miraba hacia arriba, sintiendo una necesidad inexplicable de pintar una línea vertical. Bebió un sorbo del aromático vino de la cosecha anterior, eligió cuidadosamente un pincel de lengua de gato, sumergió la punta en la pintura y trazó, con un único movimiento de muñeca, una franja negra sobre una tela blanca.


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

PACEM IN TERRIS

Donato Altomare

 

—Pa, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Los padres existen para dar respuestas. Dime.

—Pa, ¿qué significa la palabra paz?

Silencio.

—Atento, vi un movimiento en la cresta derecha de la colina.

El fusil TLD Red con mira telescópica Minox ZP5, empuñado por el muchacho, gira siete grados y enfoca la zona.

—No hay nadie. Habrá sido el viento moviendo las hojas de un árbol. Entonces... ¿qué significa paz?

—¿Dónde oíste esa palabra?

—En el funeral del tío Pino. Don Matteo dijo: «Descanse en paz». Sé lo que significa descansar, es cuando hacemos los relevos y volvemos de las posiciones de tiro, pero... ¿paz?

—Don Matteo debería tener cuidado con lo que dice.

—Dijo que rezáramos la oración por los muertos, pero yo solo conozco la oración contra nuestros enemigos.

General nuestro

que vuelas en los cielos,

sea honrado tu uniforme.

Conserva tu Reino,

obedientes a tu voluntad,

tanto en el cielo como en la tierra.

Muéstranos hoy

a nuestro enemigo cotidiano.

Protégemos de él

y no permitas que nos encuadre en su mira.

Mas líbranos de la muerte.

Amén.

—No sé si existe otra oración para los muertos.

—Hubo una, hace mucho tiempo.

—Pero los muertos, ¿son solo los nuestros o también los enemigos?

—¿Quieres desperdiciar una oración en los enemigos muertos?

—Pero... pero los muertos son todos... iguales y todos deben descansar en paz; eso dijo Don Matteo. En definitiva, ¿qué significa esa palabra?

—Bueno... paz... es cuando... cuando... en fin, cuando no nos disparamos.

—¿Quieres decir que nosotros no matamos a nuestros enemigos y ellos no nos matan a nosotros?

—Más o menos... atento... el movimiento no era de las hojas; hay alguien subiendo la colina, a tu derecha. Parecen dos. Apunta al segundo; el primero seguramente es un blanco de cartón.

Disparo.

—Le di. Al segundo.

—Muy bien, hijo.

—Ya a los doce años mi promedio con la mira era de noventa y ocho sobre cien. Entonces, pa, ¿paz significa que es posible no matarnos?

—Hubo un tiempo... hubo un tiempo en que la gente vivía en las ciudades. En paz.

—Pero era peligroso. Los cohetes destruyen las ciudades, incendian los edificios y los derrumban. En las ciudades no hay agua ni energía, hay muy poca comida y es peligrosísimo salir a buscarla.

—Antes no era así. Se vivía en una casa...

—¿Quieres decir una casa... de verdad?

—Sí.

—¿No como nuestros refugios?

—Una casa de verdad, con ventanas... ventanas grandes.

—¿Y no les disparaban a través de las ventanas?

—No, no nos disparaban, ni nosotros les disparábamos a otros.

—No te creo.

Disparo.

Una bala silba muy cerca.

—Nos están apuntando. Arrástrate hacia la derecha; yo me moveré hacia la izquierda y dispararé unos cuantos tiros para hacerles creer que vamos por ese lado. Apenas oigas mi primer disparo, apunta con el fusil hacia la cresta, observa la zona por la mira; alguien intentará abatirme. Adelántate a él.

Ruido de hojas secas pisoteadas.

Luego un disparo. Y el del muchacho inmediatamente después.

—Le di. Noventa y nueve sobre cien. Estoy mejorando.

—Bien. Ahora subamos un poco; desde arriba controlaremos mejor la colina enemiga.

Ruido de hojas secas pisoteadas.

—Pa... ¿se vivía bien en una casa?

—Muy bien.

—¿Y qué hacían cuando no había que disparar?

—Muchas cosas. Ante todo, se iba a trabajar.

—¿También los muchachos?

—Los chicos de trece años como tú iban a la escuela.

—¿Como al curso de entrenamiento en el uso de armas?

—No, la escuela era... era hermosa. Aprendías muchas cosas... a escribir, a hacer cuentas; aprendías historia y geografía...

—¿Para qué servían la historia y la geografía?

—Para enseñarte a no cometer los mismos errores...

—Creo, pa, creo que ninguno de ustedes aprendió demasiado de la historia.

Silencio.

—... y había muchos chicos con quienes hacer amistad.

—Quieres decir... ¿quieres decir que los chicos podían estar juntos?

—Estar juntos y jugar.

—¿Jugar? ¿Y dónde?

—Afuera, en la calle, en las canchas de fútbol persiguiendo una pelota; se podía andar en bicicleta... o correr para ver quién llegaba primero.

—¿Qué? ¿Al aire libre? ¿Sin protección? ¿Y no les disparaban?

—Pero presta atención, no te distraigas si no quieres que el enemigo te alcance. Vi algo brillar casi en la cima de la colina. Debe de ser una mira telescópica. Y nosotros estamos expuestos. Muévete despacio; lleguemos hasta ese saliente de roca.

Ruido de hojas secas pisoteadas.

Un disparo. Muy cerca.

—Por muy poco. Menos mal que nos movimos. No debemos distraernos.

—Claro, pero si sigues contándome cuentos... Ya soy grande; tengo casi trece años y medio.

—Tienes razón... paz... cuentos.

—Pero tú... ¿tú recuerdas cuando no se disparaba?

—Tú todavía no habías nacido.

—¿Y... y mi madre?

—Ya lo sabes. Murió cuando tú tenías tres años por culpa de un dron explosivo. No puedes recordarla.

—Ella también... ¿ella también descansa ahora en paz?

—Sí.

—¿Ella también... ella también tiene ahora una casa... también juega... afuera... sin peligro?

—También.

—No logro imaginar lo que significa. ¿Y cómo hacían para jugar a la pelota con los trajes de camuflaje? Pesan muchísimo.

—Iban por ahí sin trajes.

Expresión de asombro.

—No te creo. Es... es demasiado peligroso. Sin traje, si te alcanzan, seguro que mueres. Eso nos enseñaron en el curso de entrenamiento.

—Te repito que no se disparaba.

—¿Y... cómo conseguían la comida? ¿Sin saqueos? ¿Y cómo... cómo hacían prisioneros para intercambiarlos? ¿Y... y cómo se apoderaban de las armas del enemigo para usarlas contra él? ¿Jugando a la pelota?

—Se cultivaba la tierra, se pescaba en el mar, se construían aviones para viajar, no para bombardear; los drones eran un juego, no servían para matar, y con los fusiles se practicaba un deporte: tiro al blanco.

—¿Qué me estás contando? Ya soy grande, no un bebé. Te estás inventando todo.

—No, todo es verdad. Había tiempo para estudiar, había tiempo para jugar con la computadora, había tiempo para ir a visitar a los abuelos...

—¿Los abuelos? ¿Todavía existían los abuelos?

—Mi padre tenía tu mismo nombre. Murió a los cincuenta y tres años.

—¿La gente vivía... vivía hasta los cincuenta y tres años? ¡Pero eso es... es una locura! ¿Cómo hizo para evitar los cercos?

—Cuando él era joven, los cercos eran solo un juego.

—¿Pero qué me estás diciendo? ¡No te creo!

—Después, cuando crecíamos un poco, llegaban los primeros amores; estaban las muchachas.

—¿Ellas tampoco mataban?

—Mataban con... los ojos. Te atravesaban el corazón con una sonrisa.

—¿Qué significa eso? ¿Una nueva arma controlada con los ojos?

—No... déjalo.

Un disparo. Lejano.

—Como imaginaba, esos idiotas nos buscan al otro lado de la colina.

—Ya tengo a uno en la mira. Ahora mismo lo derribo.

—No, espera. Puede ser un señuelo para intentar localizarnos. Con un dron nos matarían. Tenemos que apuntar al operador del dron. Tarde o temprano se descubrirá.

—Espero que lo haga antes del cambio de turno. Me gustaría volver con un trofeo.

—Ten paciencia y lo conseguirás. Si, en cambio, eres impaciente, no... volverás.

—Las muchachas... decías.

—Hermosas, con sus vestidos cortos y de colores, las curvas en su sitio... te hacían perder la cabeza. Y después... cuando conseguías robarles un beso... ¡eso sí que era un trofeo!

—¿Hablas en serio? Ya es bastante difícil descubrir si debajo de un traje de camuflaje hay un muchacho o una muchacha. Pero besar a una muchacha no me produciría ninguna emoción. En cambio, un trofeo... un operador de dron abatido... imagina las celebraciones.

—Sí. Me las imagino...

—Pero basta ya, pa. Esa paz no la entiendo en absoluto. Quizá... quizá solo exista para los... muertos.

Un disparo.

—Lo vi, ya lo tengo. Es realmente un operador...

Un disparo.

Silencio.

Ruido de hojas secas pisoteadas.

Donato Altomare (Molfetta, Italia, 21 de julio de 1951) es ingeniero civil y uno de los más destacados escritores italianos de ciencia ficción y literatura fantástica contemporánea. Comenzó a publicar a principios de la década de 1980 en revistas y fanzines especializados y, en 2013, fue elegido presidente de World SF Italia, la asociación italiana de profesionales y autores del género. Ha publicado más de doscientas obras, entre novelas, antologías y relatos, que abarcan la ciencia ficción, la distopía, la ucronía y la fantasía. Obtuvo en dos oportunidades el prestigioso Premio Urania, con Mater Maxima (2001) e Il dono di Svet (2007), además de recibir múltiples Premios Italia y el Premio Ernesto Vegetti. Entre sus obras más recientes se encuentra Wormhole (2022), escrita en colaboración con el astronauta y astrofísico italiano Umberto Guidoni. También ha cultivado la poesía, la dramaturgia y la crítica literaria.

 

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