Hernán Bortondello
Fernando López,
astronauta y capitán de la pequeña nave exploradora “Gitana”, acababa de
regresar a la Tierra dos siglos después de emprender un viaje interplanetario que
para él duró solo cinco años. Previendo el desfasaje espacio temporal, había
sido preparado para enfrentar distintos escenarios a su regreso. No lo hubiera sorprendido,
por ejemplo, un mundo híper tecnológico donde los robots hubieran reemplazado a
los humanos y sus limitaciones. Tampoco le habría asombrado encontrar una civilización
terrestre autodestruida y los hombres vueltos a la bestialidad. Incluso consideró
posibles alternativas utópicas, como descubrir a una humanidad despegada de lo
material, seducida por un movimiento neo hippie, entre otras. Sin embargo, ahora
la realidad se manifestaba ante él, quitándole el piso bajo los pies. El puerto
espacial Jorge Newbery lo recibía con una inexplicable desolación; demasiado pulcro,
demasiado familiar. Atónito por la ausencia de personas, comenzó a caminar
adentrándose en su entrañable ciudad de Buenos Aires. Mientras deambulaba al
azar, su mirada descubrió algo asombroso: la capital estaba exactamente como la
recordaba, excepto por un silencio imposible y abrumador, como el de una
catedral vacía. Después de caminar durante una hora, angustiado por la soledad
irreal que lo rodeaba y la ausencia del bullicio típico de la gran urbe, el
inconfundible rasgueo de una escoba lo sobresaltó como si se tratara de un
estallido. Cerca de la esquina hacia la que se dirigía, un empleado municipal
barría el cordón de la vereda. Ansioso, Fernando, apuró su paso hasta
alcanzarlo.
—Buenos
días, señor, disculpe… ¿Dónde están todos? —preguntó tratando de que su
creciente inquietud no se convierta en pánico.
El
hombre, un cincuentón de cara curtida por soles veraniegos y el viento gélido
de demasiados inviernos, pareció sobresaltarse ligeramente al ser abordado.
Tras alzar la vista, observa a Fernando entre sorprendido y extrañado.
—No
sé, jefe. Solo quedamos los necesarios —contestó el hombre con serena
resignación y un ligero levantar de hombros.
—¿Cómo
que no sabe, amigo? ¿Qué me quiere decir con que solo quedan los necesarios?
¿Los necesarios para qué? —Fernando sintió que le faltaba el aire.
—No
lo sé. Un día simplemente no estuvieron más. Sólo quedamos los de mantenimiento:
barrenderos, recolectores de basura, bomberos, técnicos y pocos más.
—¡Madre
de Dios! Pero… ¿Qué supone que ocurrió? —Fernando rogó por una respuesta, al
borde de la náusea.
—Escuche,
frente a nuestras casas aparecen packs de supervivencia, y no aparecen si no
trabajamos. Quién sabe… Supongo que ellos desean que les cuidemos las
instalaciones.
—¿Ellos?
¿A qué se refiere con ellos? —Al borde de la histeria, la voz del astronauta sonó
aflautada.
—¿Qué
quiere que le conteste, señor? —respondió el barrendero perdiendo la paciencia—.
Ellos, algo, o alguno, o algunos… ¡Carajos, no tengo idea! Lo cierto es que se
han llevado al grueso de nuestra gente. ¡Millones y millones de nosotros!
¿Entiende? —Hizo la pregunta con los ojos desencajados—. Millones de nosotros… —masculló
en voz muy baja, tratando de calmarse. Y luego de una larga pausa, continuó
hablando—. Vuelvo a repetirle, muchacho —dijo en un tono más tranquilo y paternal—,
estos entes, o como usted quiera llamarlos, distribuyen regularmente lo
necesario para que los restantes sobrevivamos; pero nunca los vemos. Saque
usted sus propias conclusiones, porque en lo que a mí respecta… —no alcanzó a
terminar la frase; la persona que lo había estado interrogando acababa de
desaparecer ante sus ojos.
Horrorizado,
Fernando solo atinó a persignarse mientras se quedaba mirando reverentemente al
espacio que segundos antes ocupaba el barrendero. Finalmente, venciendo su
perplejidad, y todavía temblando, empuñó con una mano la escoba y con la otra
una pala de mango alto; recogió la basura acumulada y la volcó dentro del
carrito de recolección. Luego, con paso lento y reflexivo, continuó su
recorrido calle abajo sin volver la vista atrás. Trató de pensar que, luego de
barrer las tres cuadras que le restaban, podría volver a su casa y a encontrarse
con su familia que lo esperaba para almorzar.

Excelente distopía. Espero que el futuro no resulte tan extremo para nuestros sucesores. Víctor Lowenstein.
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