domingo, 24 de mayo de 2026

BARRIDO Y LIMPIEZA

Hernán Bortondello

 

Fernando López, astronauta y capitán de la pequeña nave exploradora “Gitana”, acababa de regresar a la Tierra dos siglos después de emprender un viaje interplanetario que para él duró solo cinco años. Previendo el desfasaje espacio temporal, había sido preparado para enfrentar distintos escenarios a su regreso. No lo hubiera sorprendido, por ejemplo, un mundo híper tecnológico donde los robots hubieran reemplazado a los humanos y sus limitaciones. Tampoco le habría asombrado encontrar una civilización terrestre autodestruida y los hombres vueltos a la bestialidad. Incluso consideró posibles alternativas utópicas, como descubrir a una humanidad despegada de lo material, seducida por un movimiento neo hippie, entre otras. Sin embargo, ahora la realidad se manifestaba ante él, quitándole el piso bajo los pies. El puerto espacial Jorge Newbery lo recibía con una inexplicable desolación; demasiado pulcro, demasiado familiar. Atónito por la ausencia de personas, comenzó a caminar adentrándose en su entrañable ciudad de Buenos Aires. Mientras deambulaba al azar, su mirada descubrió algo asombroso: la capital estaba exactamente como la recordaba, excepto por un silencio imposible y abrumador, como el de una catedral vacía. Después de caminar durante una hora, angustiado por la soledad irreal que lo rodeaba y la ausencia del bullicio típico de la gran urbe, el inconfundible rasgueo de una escoba lo sobresaltó como si se tratara de un estallido. Cerca de la esquina hacia la que se dirigía, un empleado municipal barría el cordón de la vereda. Ansioso, Fernando, apuró su paso hasta alcanzarlo.

—Buenos días, señor, disculpe… ¿Dónde están todos? —preguntó tratando de que su creciente inquietud no se convierta en pánico.

El hombre, un cincuentón de cara curtida por soles veraniegos y el viento gélido de demasiados inviernos, pareció sobresaltarse ligeramente al ser abordado. Tras alzar la vista, observa a Fernando entre sorprendido y extrañado.

—No sé, jefe. Solo quedamos los necesarios —contestó el hombre con serena resignación y un ligero levantar de hombros.

—¿Cómo que no sabe, amigo? ¿Qué me quiere decir con que solo quedan los necesarios? ¿Los necesarios para qué? —Fernando sintió que le faltaba el aire.

—No lo sé. Un día simplemente no estuvieron más. Sólo quedamos los de mantenimiento: barrenderos, recolectores de basura, bomberos, técnicos y pocos más.

—¡Madre de Dios! Pero… ¿Qué supone que ocurrió? —Fernando rogó por una respuesta, al borde de la náusea.

—Escuche, frente a nuestras casas aparecen packs de supervivencia, y no aparecen si no trabajamos. Quién sabe… Supongo que ellos desean que les cuidemos las instalaciones.

—¿Ellos? ¿A qué se refiere con ellos? —Al borde de la histeria, la voz del astronauta sonó aflautada.

—¿Qué quiere que le conteste, señor? —respondió el barrendero perdiendo la paciencia—. Ellos, algo, o alguno, o algunos… ¡Carajos, no tengo idea! Lo cierto es que se han llevado al grueso de nuestra gente. ¡Millones y millones de nosotros! ¿Entiende? —Hizo la pregunta con los ojos desencajados—. Millones de nosotros… —masculló en voz muy baja, tratando de calmarse. Y luego de una larga pausa, continuó hablando—. Vuelvo a repetirle, muchacho —dijo en un tono más tranquilo y paternal—, estos entes, o como usted quiera llamarlos, distribuyen regularmente lo necesario para que los restantes sobrevivamos; pero nunca los vemos. Saque usted sus propias conclusiones, porque en lo que a mí respecta… —no alcanzó a terminar la frase; la persona que lo había estado interrogando acababa de desaparecer ante sus ojos.

Horrorizado, Fernando solo atinó a persignarse mientras se quedaba mirando reverentemente al espacio que segundos antes ocupaba el barrendero. Finalmente, venciendo su perplejidad, y todavía temblando, empuñó con una mano la escoba y con la otra una pala de mango alto; recogió la basura acumulada y la volcó dentro del carrito de recolección. Luego, con paso lento y reflexivo, continuó su recorrido calle abajo sin volver la vista atrás. Trató de pensar que, luego de barrer las tres cuadras que le restaban, podría volver a su casa y a encontrarse con su familia que lo esperaba para almorzar.


Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

1 comentario:

  1. Excelente distopía. Espero que el futuro no resulte tan extremo para nuestros sucesores. Víctor Lowenstein.

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