sábado, 13 de junio de 2026

VISITA

Nélida Cañas

 


                                                                        Al maestro Raúl Soldi y su obra Sarita (1947)

 Algo le revelaron los ojos de su perro aquel amanecer de grises nervaduras.  Pero no quiso pensar en eso. Se preparó un café bien cargado y dos tostadas. Estaba en eso cuando sintió el campanilleo del portón. Atravesó el parque y vio a una niña de unos seis años con el cabello castaño, casi rojizo. Llevaba un vestido liviano con detalles bordados en el cuello y al borde del ruedo, una camperita verde y zapatos blancos con soquetes del mismo color. Pensó que la niña vendería alguna rifa para el colegio y salió para abrir la reja del portón. La niña estaba sola y se la veía tranquila. Pasó y le entregó un papelito doblado en cuatro. Carlos desdobló el papel y leyó: “Te dejo a Sarita por un tiempo. Sé que contigo se encontrará a gusto.” Y firmaba R.S. ¡Pero qué locura es está! Casi gritó Carlos. ¿Quién era R.S.? ¿Y Sarita? ¿Qué Sarita? No conocía nadie con ese nombre. La niña lo miraba con sus enormes ojos negros y le tendió la mano hasta tomarse de la suya. ¿Quién te trajo hasta acá? le preguntó Carlos. Nadie, vine sola, dijo la niña. No puede ser, los niños no andan solos por ahí. ¿Dónde está tu madre? No lo sé, respondió Sarita, que no lo soltaba de la mano. Entraron a la casa y la niña se acomodó en el sillón azul.  Tengo hambre, le dijo mirándolo a los ojos. Por acá tango unas frutas, querés, le dijo Carlos. Sí, dijo la niña, y tomo una mandarina. ¿Le sacás la cáscara? Claro, dijo Carlos, mientras pensaba en qué hacer con la niña. Enseguida pensó en los ojos de su perro, que a estas alturas apoyaba la cabeza en la falda de la niña. Mientras trataba de calmarse creyó haber visto en algún lado el rostro delicado y la mirada melancólica de la niña. Pero por más que pensó no pudo recordar. La niña se paseaba por la amplia sala de la casona y se detenía a mirarlo todo. Luego se dejó estar en el sillón azul y se quedó dormida. Carlos volvió a los bocetos en los que estaba trabajando para ver si se le ocurría algo mientras la miraba con disimulo. Es una niña tímida. Una aparición dulce y etérea como salida de un cuadro, pensó. Y se distrajo con sus bocetos. No supo cuánto tiempo pasó, pero había comenzado a oscurecer. Su perro dormía a sus pies, como siempre. Carlos encendió las luces y buscó a Sarita. Pero la niña, quien quiera que fuera, ya no estaba. Abrió la puerta de calle y salió al parque. Nada. La puerta de la verja estaba abierta y apoyado en el roble había un aro de mimbre, de esos que usan los niños para jugar. Su perro le movía la cola. Estaba contento. Carlos le acarició la cabeza, como siempre, mientras entraban a la casona. Algo leve se movía en el aire y las hojas del parque.

Nélida Cañas nació en la plenitud de la llanura, en el pueblo rural de Arroyo Cabral, al sur de la provincia de Córdoba y vivió por 25 años en el valle de San Salvador de Jujuy. Actualmente reside en Córdoba. Ha publicado en narrativa, además de varios libros de poesía: De este lado del mundo, (1996), Breve cielo, (2010), En la Fragilidad de los días (2013), Intersticios, (2014), Chiquilladas (2016) Como si nada, (2018) De nunca acabar (2019), Cartografías mínimas (2021), Letras entretejidas, Correspondencia con Ana Martinengo (2021), Collares de acacia (2023), De Zerzura a Ada Kaleh –microtextualidades (2026). Ha recibido Premios Nacionales e Internaciones. Recientemente el 2do Premio de la Fundación Argentina para la poesía /2024, con el poemario Caligrafía del silencio.

 

 

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