viernes, 14 de noviembre de 2025

SER Y PARECER

Joyce Barker Bucat


Pedro aún tenía la sensación de enajenamiento que lo hizo llegar, sin avisar, a la casa de su amigo Teo, un día cualquiera en la mañana, luego de su terapia con el sicólogo. Teo no se sorprendió con la visita, y hasta tenía la mesa puesta con desayuno para dos. No conversaron tanto, pero se rieron mucho. Dentro de las pocas conversaciones, Teo le contó que había hablado con el Vaticano acerca de un negocio que tenía en mente. Pedro, acostumbrado a las elucubraciones de su amigo, no lo tomó en serio. También le dijo que en su patio trasero había un portal dimensional donde él podía hablar con los animales, porque también era uno. Pedro rio, sorprendido por la imaginación de su amigo escritor.

—¿No me crees? Ven conmigo. —Teo lo llevó al patio trasero y le mostró una puerta en la pandereta divisoria. Pedro le preguntó si no había problemas con los vecinos, invasión de propiedad privada y cosas así. Teo dijo que no, que esa puerta existía solo en su propiedad, y que el resto de las casas del condominio, no la tenía. 

Teo la abrió lentamente. Al otro lado había un bosque.

—¡Qué grande es el patio del vecino! —exclamó Pedro—. ¡Y estos árboles! ¡Son enormes! Deberían verse desde tu casa. Qué raro no haberme fijado antes.

—No es el patio del vecino. Esta es la otra realidad. Y ese bosque solo se ve abriendo esta puerta.

—Sí, claro —dijo Pedro, sin creerle una sola palabra. Pero su amigo ya no estaba a su lado, ni siquiera cerca de él. Dónde se habrá metido, pensó, maravillado por el paisaje.

Decidió recorrer el bosque, por curiosidad y ver, además, si se encontraba con Teo. Caminó por un sendero de gravilla, perfectamente delineando por el pasto. Pero luego de algunos pasos, logró divisar, a lo lejos, a un grupo de animales pequeños golpeando a un toro negro, que estaba amarrado a un enorme árbol, a pleno sol. Eran conejos, gallinas, y otros, que parecían gozar con el dolor ajeno. 

—¡Déjenlo! —gritó Pedro, sin darse cuenta de que les hablaba a unos animales, mientras se acercaba corriendo al lugar donde se encontraban.

—No te metas en nuestros asuntos.

—Si no lo dejan, los atacaré —continuó Pedro, moviendo los brazos como si aleteara. 

—¡Ándate! —gritaban los animales—. ¿Cómo te atreves a decirnos qué hacer, humanoide?

—Me iré si sueltan al toro. Y no soy un humanoide, ¡soy un humano! ¿Que no me ven?

Pedro se acercó, desafiante. Le cedieron el paso, extrañamente. Desató al toro, y este, agradecido, se fue corriendo. Luego, Pedro miró a los animales pequeños, que se acercaban lentamente; se notaba en sus caras las ansias de atacarlo.

—No se acerquen más. No quiero hacerles daño. —Eso fue como un insulto para los animales, que intentaron abalanzarse sobre Pedro, pero alcanzó a elevarse justo cuando un conejo iba a saltar a su cara—. Pero, ¡qué les pasa! —dijo a cinco metros de altura, flotando. Aunque movía los brazos de vez en cuando.

—Ni siquiera así se da cuenta —dijo uno de los animales.

—¡Los escucho! —gritó Pedro.

—Por supuesto que sí, engendro. 

Pedro, extrañado, se alejó del lugar, volando. Teo tenía razón, pensaba, este sí es otro ‘lugar’. Quién lo hubiera creído, los animales hablan y, ¡puedo volar! Esto es más de lo que alguna vez creí posible. ¿Me habré transformado en pájaro? Qué raro es todo esto. Teo… ¿dónde estará? Aquí podríamos hacer muchas cosas. 

—¡Teo! —gritó buscando a su amigo. Sobrevoló esa pradera, y un cerco que la delimitada. Abajo se veía una casa y sembradíos de zanahorias. Bajó rápidamente, aterrizando encima de las plantas. Arrancó un par de zanahorias y se las echó en la boca. Continuó así unos minutos hasta que le dio sueño y se echó a dormir una siesta sobre las zanahorias. Soñó que lo enjaulaba un hombre con vestido largo y negro, que cargaba un libro y tiraba agua con la mano. Despertó cuando lo iba a amarrar en la esquina superior de una iglesia. Abrió los ojos, un hombre lo miraba fijamente:

—Tienes suerte de estar acá, —le dijo el hombre, el dueño de las zanahorias—. ¿Quieres sacar más? Come las que quieras. Vuelvo en un momento. Espérame aquí.

Pedro notó amabilidad en las palabras del campesino. Comió más zanahorias.

El hombre volvió con una pequeña botella de vidrio tallado, que abrió y salpicó sobre Pedro.

—¿Qué haces? —El campesino no respondió y siguió salpicando agua. Pedro, hastiado, se levantó rápidamente, y se elevó dos metros. —¡Gracias por las zanahorias! —dijo desde arriba.

—¡Gracias a ti! Dios te necesita y sabrá recompensarte. 

—¿Qué?

—¡Bendito seas!

—Gracias… —Pedro no supo qué más responder, ese tipo de persona le daba miedo—. Ten cuidado con los animales que están al otro lado de tu cerco —dijo finalmente.

—¿De qué hablas? ¿Animales?

—Sí… son animales pequeños. Atacaron a un toro. ¡A ese! —se dio cuenta que el toro que rescató estaba pastando en ese predio, a lo lejos—, y casi lo hacen conmigo.

—Lo siento —respondió el campesino—, pero eso es imposible. Ya no quedan animales pequeños, fueron depredados hace años por… —el hombre calló súbitamente y esquivó la vista de Pedro, luego continuó—: Solo existe ese toro, Billy. El único animal por estos lados.

—No, debe haber una equivocación. Casi me ataca un conejo.

El campesino saltó de risa. Miró al toro, se despidió de Pedro, y se fue a su casa.

—¡No le hables de esas cosas! —gritó el toro desde un extremo del predio—. Y tienes suerte de que este campesino haya entendido lo que dijiste.

—¿Por qué no me habría de entender? ¿Modulo mal, acaso?

—No, no es por eso —dijo el toro mientras masticaba pasto. Pero Pedro abrió la boca y desenrolló una larguísima lengua, que inmediatamente enrolló de vuelta. El toro, Billy, sin sorprenderse por la escena de Pedro, continuó—: Por otro lado, ¿no me reconoces? ¡Soy Teo! Este campesino me puso ese nombre ridículo, pero está bien. Es tranquilo acá. 

—¿Teo? ¿Y qué hacías amarrado a un árbol? 

—Mmm. Nada en particular. ¿Por? 

—¡Te estaban golpeando esos animales!

—Sí, pero no me dolía. Digamos que era una especie de show para que fueras a verme en mi estado animal. Y ver si te bajaba el instinto depre…

—¿Un show? No te entiendo —interrumpió Pedro.

—No importa —esquivó el tema—, pero cuéntame, ¿me crees ahora lo que te dije en la casa? Nos transformamos en animales. Al menos yo. Porque tú eres siempre el mismo, donde sea.

—¡Por supuesto que acá soy distinto! En este lugar puedo volar. 

—Mmm —el toro no quiso hablar más, se hastiaba fácilmente, sobre todo con alguien que no se daba cuenta de nada— Se está haciendo tarde, ¿nos vamos?

—Sí, movámonos de este lugar. Pero cuéntame algo: ¿qué hacías siendo la mascota de ese campesino? 

—No soy su mascota. Somos socios, algo así.

—Claro… ¿y esos animalitos también?

—En mi casa te cuento.

Teo y Pedro regresaron a la casa. Abrieron la puerta del cerco y entraron. Teo inmediatamente volvió a ser un hombre, y no tardó en contarle a Pedro que esos animales querían poner a prueba la pacífica actitud de Pedro, armando ese show. Porque con las terapias, Pedro había cambiado, y querían saber de qué manera. También le dijo que agradecía el gesto de haberlo rescatado, aunque no haya sido necesario. Luego se disculpó porque tenía que ir a buscar algo a la casa. Al volver, le tiró un lazo a los tobillos, botando a Pedro al suelo. 

—Pero, ¡qué haces! 

—Lo siento, Pedro, te dije que tenía un negocio en mente. Y te aseguro que vivirás bien. Con el tiempo te acostumbrarás.

—¡De qué hablas! ¡Soy un hombre común y corriente! ¿Por qué querrías usarme en tus negocios? ¡Negocios de qué!

—Deja de decir eso, me sorprende que aún no te reconozcas. 

—Si pude volar estando al otro lado del cerco es porque…

—¿Porque es otra realidad? ¿Porque te transformaste en un pájaro? ¿Algo así?

—¡Claro! Así como tú te transformaste en toro —contestó Pedro, enojado.

—Qué ingenuo eres. Solo los humanos se transforman en animales. Y viceversa.

—¿Me estás diciendo que el campesino…?

—Ese es un conejo —interrumpió Teo.

—¡Deja de tomarme el pelo! ¿Estás drogado?

—No. Y deja de mover tus alas, por favor. 

—¡No tengo alas! ¡Soy un hombre! —gritó Pedro, intentando desatarse los tobillos. 

—No, amigo, no lo eres. Nunca lo has sido. Eres el mismo acá que en el otro lado. Y por favor, deja de ir a ese sicólogo. Te ha lavado el cerebro con esa estupidez —dijo Teo, mientras iba a buscar un espejo—. Mírate.

—Qué. ¿Qué tengo de raro?

—¡Eres una gárgola! ¿Que no te das cuenta?

Pedro se miró al espejo, se vio las garras, las alas, su piel oscura, su lengua extraña.

—Sé perfectamente lo que soy. Un humano distinto, ¿qué pretendes? Mi sicólogo me advirtió que siempre iba a haber gente queriendo acomplejarme. ¿Eres de esos? Pensé que eras mi amigo.

—Pedro, debo reconocer que tu sicólogo es muy bueno. No sé cómo te logró convencer. De depredador a depresivo. Y otra cosa: sí soy tu amigo, pero ya te dije, necesito plata. Y el Vaticano paga…

—¿Paga bien? ¿Me venderás, amigo? Eres lo peor que he conocido a lo largo de todas mis vidas.

—Sí. Es verdad —dijo Teo, fingiendo remordimiento—. Soy solo un humano, un defectuoso humano.

—¿Como yo?

—Sí… como tú. —Teo, hastiado, prefirió mentirle, sabía que Pedro se alegraría de escuchar eso, y así, dejaría de aletear. 

En efecto, Pedro calmó su ansiedad por estar sobre el suelo, amarrado con cuerdas; y dejó de aletear. Recordó su antigua vida como cuidador de catedrales, como depredador de animales pequeños, y como todo lo que un humano detestaba, según él. Pero estaba feliz, ingenuamente feliz de poder ayudar económicamente a Teo, un humano despreciable.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

LAS AVENTURADAS ANDANZAS DE SATURNINO COLAGATUNA. ANÉCDOTAS, SÁTIRAS Y LEYENDAS DE UN MAMÍFERO EXCEPCIONAL

Carmina Shapiro

 

Si alguien quisiera entender qué es el orgullo, debería buscar los medios para acercarse a los engalanados dominios de Colagatuna. Saturnino “Zarpas” Colagatuna era una criatura formidable. Tal era su temple y su presencia que ni aunque lo hubiera querido podría haber convertido ese orgullo en una ofensa para los demás. Su magnificencia no le requería ningún esfuerzo, le era tan natural como lo son las branquias a un pez. No es de extrañar que siempre estuviera rodeado de semejante aura de misticismo, idolatría y leyenda.

El apodo “Zarpas” se había unido a su sombra luego de un violento enfrentamiento con la mastina de doña Susana. Persiguiendo una mariposa, embobado con ese aleteo colorido que tomaba direcciones inesperadas e impredecibles, hipnotizantes para alguien como él, había terminado acorralado en los jardines traseros de aquel dominio aledaño. Osa, la mastina de doña Susana, detectó al instante la presencia extraña y no tardó ni un respiro en arremeter hacia ella. Colagatuna, tomado por sorpresa, quiso esconderse volviéndose un pequeño ovillo, pero la perra no perdió el tiempo; archiconocidas eran sus ínfulas protectoras del territorio.

Quienes andaban por ahí se detuvieron expectantes y alarmados a presenciar los hechos, no pudiendo creer que la existencia de Colagatuna fuera a alcanzar un final tan mundano. Pero la grandeza siempre encuentra un camino y quién podría creer que el orgullo se quede sin recursos. Saturnino Colagatuna tenía espíritu de acero y ese día demostró que sus zarpas eran del mismo temple. Arrinconado entre macetas de romero y lavanda, la perra ya le había tarasconeado un pedazo de oreja y con un manotazo lo había estampado contra el rincón, mientras Colagatuna se escabullía para subir de nivel. Osa se aprestaba a embestir nuevamente con las fauces abiertas en plenitud, cuando, inflando el pecho e irguiéndose en todo su ser, Colagatuna arremetió arañando ojos, lengua, hocico y cabeza. La perra se sacudió al ritmo de aquella danza de espadas, mientras nuestro amigo se apoyaba sobre el cuerpo perruno para saltar fuera de su alcance, lastimándose el pellejo entre las plantas. La cosa no duró más de un minuto, pero este acontecimiento le valió el respeto y la admiración popular.

El hijo de la dueña de Osa había salido rápidamente a ver qué pasaba apenas sintió los gruñidos y el movimiento de los cuerpos. Había llamado a la perra preocupado cuando vio las salpicaduras de sangre en el piso, y clavó una mirada fulminante a Colagatuna cuya figura se empequeñecía en retirada. Osa seguramente recibió una buena dosis de antibióticos y tal vez alguna sutura, pero siguió guardiana y altanera patrullando el perímetro de sus jardines. Sin embargo, la magia del boca en boca magnificó y coloreó profusamente el relato de los hechos. Que Colagatuna y Osa se habían trenzado por largos minutos en un combate cuerpo a cuerpo. Que el loco Saturnino casi había desfallecido y con sus últimas energías había logrado escapar, sin honra y con la dignidad maltrecha. Que por increíble que fuera, Colagatuna había duplicado… ¡no, triplicado! su tamaño, como nadie nunca jamás había hecho antes que él. Que en realidad no había habido enfrentamiento y Colagatuna se había escondido cobardemente a la espera de un momento de distracción de Osa para huir con el rabo entre las patas. Que de verdad verdadera Saturnino había sacado unas zarpas de metal puro, sólido y afilado, ante la vista de las cuales la perra no tuvo nada que hacer y perdió toda esperanza. Que nadie había vuelto a ver a Osa, que el hijo de la dueña había salido a los jardines a pasar revista a la cuadrúpeda ante tanto griterío, y que maldiciendo todo el camino, sin desayunar ni tomar siquiera un café, y apestando a sudor había llorado manchándose las manos de sangre pero sin tocar el cuerpo de la muerta… ¿Muerta? Un sinfín de historias se tejieron alrededor del orgulloso y fuerte Colagatuna. Porque su hazaña no habrá sido más que el único accionar posible en esas circunstancias, pero nadie podía negar que Saturnino era fuerte y no se dejaba amedrentar con facilidad.

Después de eso, “el Gran Zarpas” estuvo cuatro días sin moverse, durmiendo, recomponiendo fisuras y moretones, comiendo apenas lo necesario, tumbado en la tibieza de sus frazadas. Es claro, y se nos presenta como una verdad ciertísima y evidente, que Colagatuna nunca debiera haber abandonado sus dominios, pero ¿qué sería de un caballero sin andanzas extraordinarias? Colagatuna y todos los que son como él saben que no se pueden negar los instintos.

Recuperado, él mismo pensó en el valor histórico y pedagógico que tenían sus aventuras y quiso escribir sus propias memorias. Lo intentó varias veces, incluso con ayuda de editores de mentalidad brillante y una apasionada sensibilidad a los devenires de su existencia. Pero siempre, indefectiblemente siempre, el resultado fue un libro obtuso, un texto sin sentido. Colagatuna tuvo que contentarse con convencer a sus fieles y allegados de que no cesaran nunca de contar su historia y cualquier anécdota compartida que tuvieran, a los más pequeños. Saturnino Colagatuna estaba seguro de que la Historia del Mundo no se olvidaría nunca de él.

Se nos perdonará que avancemos y retrocedamos en el tiempo de una manera tan aleatoria, pero la exactitud cronológica se nos desdibuja en los ecos del tiempo. Se nos ha vuelto imposible recolectar evidencias que ordenen con sentido los asuntos. Incluso por momentos parece que Colgatuna vivió tres vidas y no una… Con dificultades hemos podido colegir razonablemente que Colagatuna murió en un accidente automovilístico mientras perseguía a uno que se había colado intruso en sus dominios. Los comentarios recogidos de sus incansables seguidores vierten opiniones claras y definitivas sobre la necesidad y el significado de las lágrimas derramadas en el emotivo funeral. ¿Qué podríamos alegar? ¿Podría haber tenido una muerte distinta, más clama, más apacible y amorosa, rodeado de sus seres queridos? Seguramente que sí. Pero… ¿cómo cabría esperar un accionar tan alejado de su espíritu y su magnificencia? No hay que olvidar que también podría haber sufrido un final mil veces peor… A fin de cuentas, una muerte ignominiosa y pública es sin duda menos horrible para un condenado a convertirse en leyenda.

Carmina Shapiro nació y vive en la ciudad de Rosario, Santa Fe, Argentina. Estudió (y sigue estudiando) Filosofía, es profesora e investigadora. Parte de su trabajo es dedicarse a la escritura académica. Después de varios años, volvió a la escritura creativa y sin fines predeterminados. En 2019 recibió una mención destacada en la segunda edición del Concurso de Relatos Filosóficos del Club de Escritura Fuentetaja con su relato “Ocupaciones inmundas”. Sueña con escribir cuentos infantiles y hacer algo de periodismo.

APUNTES PARA SALIR DEL LABERINTO

Armando Azeglio

 

Hacía semanas que lo único que veía eran las cuatro paredes acolchadas de esa habitación. Semanas que pensaba y leía de día. Soñaba y escribía de noche. Al final confundía las cuatro cosas. Soñar, leer, pensar y escribir eran parte de lo mismo: habitaba solo en mi cabeza. La habitación era solo la metáfora. Solía abrazarme las rodillas contra el pecho ensayando una suerte posición fetal, hasta que el frío ganaba mi cuerpo. Temblaba. A veces lloraba copiosamente. Me quedaba horas así, esperando una señal, una voz, algo que me dijera como tenía que continuar el texto que estaba escribiendo. Salir del bloqueo en el que me encontraba.

Recuerdo una vez (entre dormido) haber escuchado una suerte de alocución plural y gangosa:

Yo me encuentro en el cruce de todos los caminos, allí donde los hombres tienen que elegir. Soy como un camión de helados manejado por un heladero psicótico, los hombres se van subiendo porque les encanta esa golosina, comen hasta la saciedad y después no saben qué hacer con el empalago. Generalmente saltan a medida que avanzo… y yo los arrollo.

Cuando salí de ese trance (en cuatro patas y vociferando una lengua de duras consonantes) identifique una serie de pequeños párrafos caligrafiados en pequeñas bolitas de papel higiénico, seguramente por mí, a las que desarrugaba para leerlos, pero que me resultaban totalmente ajenos. Cito uno:

“Había escrito como un poseso, horas y horas dentro del inorgánico encierro del nosocomio. Las palabras empezaron a destellarle en la negrura de su caja craneal como relámpagos iluminantes en una oscuridad primordial de tinta china. Luego bajaron a su mano: semoviente, ajena, temblorosa en venas azules y pelos negros, como animada por una voluntad que no le pertenecía (¿Serían las famosas musas o las temidas parcas de los griegos las que producían esa automoción?).

A veces veía el fulgor de lo que suponía podían ser escamas de peces, o de algún otro ser que podía ostentarlas en la oblonga —y gigantesca— sinuosidad de sus lentos movimientos. A veces escuchaba el leve silbar de una brisa, a veces un bramido ronco, múltiple y omnímodo cuya procedencia era imposible de identificar. Oía voces que trataban dictarle frases en un lenguaje que se le antojaba alienígena: imposible de comprender, imposible de traducir, imposible de ser gesticulado por mortal alguno... ¿Esperanto? 

O este otro párrafo, encerrado entre paréntesis como para aclarar algo inaclarable, ya que aquello que pretendía dilucidar no estaba escrito en ningún lado. 

(Se repetía tres veces la cita sobre Jezabel y había un dibujo que representaba una montaña de estiércol. En la cima, un hombre desnudo, de rostro perruno, con cuernos, emitía un chorro de esperma de cuyas gotas emergían otros seres desnudos que se acoplaban con animales fantásticos en actitudes inverosímiles. Bajo la montaña de estiércol, Jezabel paría bestias. El texto que acompañaba el dibujo expresaba: “Su vientre es el infierno. Se reproduce con el fuego espermático que se genera en la mente. Después desciende para sacudir la carne, y su ley es la putrefacción… Seguía otra frase confusa, de la que solo era legible la última línea: “la bestia abolirá el deseo”...[1]

¿Qué me estaba pasando? ¿Qué pasaba con mi relato? ¿Qué con mi vida? ¿Qué tenían que ver estos párrafos con la narración de mi historia, admitiendo que existiera una? En ese momento irrumpió en la habitación un hombre vestido de blanco y me inyectó una sustancia viscosa. No entiendo por qué, pero no me pude resistir. Inmediatamente me quedé entredormido en ese camastro desordenado, había escrito casi todo el día. En un cierto punto, mi mente –en su espacio interior– dispersó luces y sombras por doquier, ora en un torso, ora en unas extremidades. Como resultado de esta suerte de danza lumínica, de jugueteo onírico de claroscuros, surgieron en caprichosos bajorrelieves formas musculares, volúmenes, ojos, órganos, crisálidas despiertas a la sinfonía del existir.

Un conjunto de huesos, al cabo de horas de sueño comenzó a tomar sentida forma surgiendo tímidamente. El parietal, el frontal, temporales y occipitales fueron los más difíciles de unir. Fémures, peronés, cúbitos y radios los menos laberínticos. Lo de los huesecillos del oído, tarea digna de relojeros.

Una curiosa abstracción de mi mano comenzó a enhebrar con tendones, nervios, venas y fibras musculares a su sistema óseo. Tensé con ansiedad la jaula de sus costillas a fin de darle solidez. Su corazón –pájaro cautivo– comenzó a gorjear la ignota canción de la vida. Sus sedosas vísceras se manifestaron húmedas y tibias al tacto, su turbulento cerebro ensayó un comenzar. El derrame de una gota de aquello que los orientales llaman “Ki” fue la responsable de la irrigación nerviosa. Pude valga el pleonasmo– verlo con mis propios ojos.

Recorrí el intrincado caos de sus fibras musculares enmarañadas, tensas; jamás pensé que pudieran dar vida un cuerpo tan armonioso, de volúmenes tan precisos, recorridos por inexorables torrentes de tinta.

Un rostro se recortó penumbroso en un quejido. Nacía en el vientre del lenguaje que me sostenía. Su lengua movió en el aire la balanza del sonido y su voz se produjo gutural y angustiosa. Emitió un gruñido bajo que se solidificó en el aire hasta transformarse en habla. Creo que dijo “mamá”.

Estaba naciendo.

Su forma se fue haciendo poco a poco fija, y su apariencia cobró la apariencia de las cosas que están vivas. Al principio parecía hecho de crespón o muselina.

Su cuerpo era apolíneo y joven, como el de los héroes de las tragedias griegas destinados a la gloria y la desaparición temprana. Era un hombre hermoso, como de unos treinta años de edad, de espesa cabellera negra y ondulada, de frente amplia e inteligente; ojos con mirada firme y penetrante, mejillas con reflejo azulino de barba recién afeitada.

Ni bien se manifestó, algo en mi interior me dijo que mis miedos me usaban para volverse palabra en este personaje. Pero que esta, mi palabra –con el tiempo– haría desaparecer mis miedos.

Iluminado por una especie de chorro de luz, asemejaba un ser extraño y anómalo, el servidor de un culto reverencial quizás... y ahí estaba yo embriagado ante el decreto maravilloso de mi propio espejismo.

Empezó a mirar el mundo y a gestar con sus ojos aquello que miraba.

Algo dentro de mí me dijo que pertenecería a esa clase de personas que conocen la naturaleza humana por experiencia directa, o por reminiscencia. Quiero decir, Enki –así decidí llamarlo– jamás escribiría un ensayo sobre psicología ni frecuentaría las aulas de ninguna facultad de antropología o de sociología, pero intuiría perfectamente el lenguaje de las miradas, de los gestos, de los cortes de pelo, de los ropajes, de los códigos y modos de las tribus urbanas.

Ni bien vi esos ojos supe que había estado en contacto con mucha gente, en muchos bares y piringundines, en muchos comités, en muchos lugares, situaciones, libros y lecturas distintas.

Supe que era en esos sitios, en el deambular de esos párrafos donde había aprendido a leer las voces de los distintos autores, la voz de la vida: en la mirada del cafishio, en los gestos de la prostituta, en las puteadas del taxista nervioso, en los personajes de sus viajes por distintas lecturas del mundo buscando… sabe dios qué.

En mi relato Enki haría pocas o ninguna citación de libros o de autores, al contrario, despreciaría –paradójicamente– las palabras. Sabría que entre las palabras y el mundo real hay un divorcio, una disgregación abismal.

Mi personaje en la novela habría llegado a un tipo de sabiduría toda suya y particular. Una sabiduría que se encuentra quizá en las antípodas de la erudición. Solo tendría que rememorarla. Enki solo debería recordar.

Al principio daba la impresión de padecer amnesia. Empezó a hablarme con dificultad y falta de dicción, pero al poco tiempo fue dueño de una elocuencia desusada. Era capaz de mantener una conversación torrencial durante horas sobre aquellos temas que –nada es casual– le habían quitado paz a mi alma durante años.

Me hablaba frecuentemente de una Mujer que, aseguraba, tenía que encontrar de alguna manera en algún lugar.

No recordaba muy bien quién era, pero decía estar seguro que en algún momento la memoria se le esclarecería y la certeza de la identidad le vendría.

Él sabía que su existencia inevitablemente se enlazaría con la de esa mujer, pero primero debía descubrir su misión en la vida. A mí no me gustaba mucho esa palabra: “misión”. Demasiado castrense. Además me sonaba a Mesías, a deber auto impuesto, a cosa ya escrita en un libro sagrado para ser cumplida fatal e inexorablemente.

A mí me gustaba creer en la profunda aleatoriedad del caos, en el disfrute y el placer de la anarquía, del “desorden magmal” en estado primigenio. “En el absurdo de aquello que no conduce a nada, que no tiene primeras ni segundas intenciones, sino pura y brutal existencia.”

No obstante todo fue ese el momento en que decidí convertirlo en el protagonista ilógico de lo que habría de ser “Apuntes para salir del laberinto”, un relato que estaba naciendo.

A veces Enki cambiaba de nombres, a veces de forma y venía a mí con seudónimos impronunciables. A veces Enki se salía del relato, se escapaba del argumento, deambulaba de aquí para allá en el cuarto de ese escondrijo donde hacía meses yo estaba recluido escribiendo. Si bien al principio fue algo novedoso y deseado, luego se convirtió –debo confesar– en una molestia. Cada vez que lo hacía arruinaba el texto o el pasaje que en ese momento lo contenía, o me distraía con sus acciones. En ciertos días y a ciertas horas del día una fuerza misteriosa, superior a sus fuerzas, parecía apoderarse de él, y entonces, aunque resistiéndose, se ponía a bailar tango durante horas y horas, hasta caer desvanecido. A veces entonaba con voz armoniosa, coplas, romanzas y trozos de óperas que yo nunca había escuchado antes; o dirigía larguísimos discursos en lenguas extranjeras a masas imaginarias; o canturreando, hablaba en verso acerca de los posibles finales de mi novela y de cierta batalla que en algún lugar debía librarse en alguno de los pasajes de este libro.

Un día nos dieron permiso para salir y nos dispusimos a hacer un viaje al campo en compañía del hombre de blanco. Enki, sin consultarme, se incluyó en la salida. Para ese entonces no me era necesario pensar en él para que apareciera. Realizaba varias acciones de las que suelen realizar los viajeros cuando están en vacaciones: vivía al aire libre, nadaba, escalaba y galopaba gran cantidad de kilómetros por día. La ilusión de su perfecta existencia llegó a persistir no solo en mí, sino en la gente que conformaba el grupo.

A veces, y sobre todo al atardecer, Enki empezó a improvisar largos soliloquios con los que metía en crisis a sus improvisados auditorios, que hasta ese momento, solo se habían limitado a vivir sus propios deslumbramientos. Como si estuviera solo en el mundo repetía entre obsesivo y autista:

—¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Cuál es el sentido de todo lo que me rodea? No sé, tengo la sensación que todo lo que lo que me rodea y rodeará de aquí en más, es una suerte de ensoñación, de utilería que rellena el esqueleto argumental de “algo” que osaré llamar “obra”. Siento que todo, se podría decir, carece de sustancia, de “firmeza existencial”.

¿Hacia dónde vamos? (Pausa histriónica).

—“El hombre, dada la crisis actual, ¿Persistirá como especie?”...

¿Cuál va a ser el final de esta “obra” y qué será de nosotros luego?

Y a modo de Hamlet pero con un mate en la mano repetía (y siempre repetía lo mismo):

“El mundo no existe sin el cuerpo, el cuerpo nunca existe sin la mente, la mente nunca existe sin conciencia, y la conciencia nunca existe sin la realidad pero, ¿qué es la realidad?

Generalmente cuando decía esto se abalanzaba sobre un sorprendido espectador, lo rozaba con su mano o con una eventual túnica (usada para dramatizar el asunto aún más, supongo) y le ofrecía el mate que había estado sorbiendo. La ilusión era perfecta.

A pesar que los temas tocados no eran los que se suponía que un “animador turístico” debía tocar (los reclusos ya lo confundían con esto) Enki empezó a tener cada vez más y más público. Inclusive entre el personal vestido de blanco.

Enki –fantasmal– no abandonaba sus largos soliloquios al atardecer. Trascurridos varios días dejé de desear su presencia y descubrí con desánimo que llevaba un tiempo igualmente largo, un año o más, disolver la creación de uno de estos personajes. A veces la tarea no tenía sentido, sobre todo si el relato que le había dado vida a tu personaje, justificaba la tuya. O al menos le daba sentido. Enki continuaba molestando.

Cierto día decidí que “Apuntes para salir del laberinto” se multiplicase en cientos de caballos, criados, mayordomos y salones cortesanos (para darle un toque clásico) en tiendas, edificios, autos, computadoras, tarjetas de crédito, sensuales solos de saxo, porciones de caviar (para darle un toque frívolo) y carrozas, fantasmas, castillos y vampiros (para darle un toque gótico). Era no solo por el mero gusto de experimentar todas las fantasmagóricas formas que el pensamiento pudiera generar, sino para engañar a Enki. Cada una de las cosas por mí soñadas contenía en su esencia un ejemplar de “Apuntes para salir del laberinto” y una descripción minuciosa de la mujer que él me había dicho que buscaba. Enki deambularía siendo incapaz de distinguir lo real de lo onírico. Interactuaría con alguna de las formas creadas por mi pensamiento y sería literalmente aspirado hacia el argumento de la “obra”, fundamentalmente por el deseo de encontrar a la mujer. Funcionó. Desapareció de mis vacaciones campestres como por arte de magia.

El problema ahora eran mis amigos, sobre todo “la gente de blanco”, que empezó a preguntar por él y a buscarlo por todos lados. Principalmente una de las enfermeras que resultaba particularmente insistente sobre el hecho de encontrarlo.

En una primera versión del original (debo admitir) una de las practicantes debía enamorarse de Enki y este debía corresponder. Pero había descartado esa posibilidad por considerarla banal y descontada.

Enki se enfureció, parecía endemoniado. Me dijo que la enfermera era la mujer que había estado esperando desde siempre. Lo llamé al silencio, a la subordinación absoluta a las exigencias argumentales de “Apuntes para salir del laberinto”. Se abalanzó sobre mí. Luchamos. Terminó inmovilizándome con el chaleco de fuerza que había en la habitación y –dejándome en la cama– se dispuso a corregir mi texto, mi narración. Mi “Apuntes para salir del laberinto”.

“Me sentí incompleto –garabateó apurado–, añoré la compañía de la mujer vestida de blanco, mi otra mitad. Pero para poseerla debía primero debía llegar a saber quién era realmente yo: “Enki de la tierra de los Annu”. Debía saberme personaje o ser real. Decidí tratar por vía negativa, a través de un ejercicio simple, pero brutal. Es decir si yo, Enki de los Annu, era el protagonista de esta historia, y la historia sin mí no hubiera podido continuar adelante, yo hubiera podido suicidarme, o morir varias veces, o desaparecer ahora mismo, que todo convergería en un caos. De lo contrario me desangraría desapareciendo. Cualquier cosa era preferible a no poseerla.

Enki tomó un hacha, una tabla de picar carne (que no sé de dónde sacó), asió su mano izquierda, y la cercenó. “Desenroscándola” de fibras, tendones y apartándola del cuerpo, la arrojó al piso casi con desdén y declaró entre grandilocuente y hemorrágico: “Yo no soy esta mano que pertenece al mundo de las palabras, al mundo de los nombres y las formas de esta novela: YO SOY EL AUTOR”. Siguió: “yo no soy este antebrazo que pertenece al mundo de los nombres y las formas de esta ficción llamada cuento, YO SOY EL AUTOR”. Y continuó así, hasta desaparecer o quedar reducido a solo una descripción de guiñapos sanguinolentos. Todo se tiño de colores ensimismados en el algodón negro de las sombras.

Abrí los ojos. Sondas, sueros, cánulas y agujas irrigaban mi cuerpo. O lo que quedaba de él. Un monitor contaba y graficaba mis pulsaciones con un sonido rítmico y alterno. Aclaré la mirada. Apareció la enfermera que le gustaba a Enki seguida de una tierna sonrisa.

 –Tranquilícese —me dijo—; ha perdido mucha sangre. —Y llevándose el índice sobre los labios me invitó al silencio. Furtiva, sacó un par de tijeras siniestras del bolsillo de su guardapolvo. En la penumbra, sus manos brillaban frías y magníficas.

 

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 



[1] “El Endemoniado Señor Rosetti” Juan Jacobo Bajarlìa 1977

EL HERRERO Y LA LUZ

Laura Irene Ludueña

 

Antes del amanecer se escuchó un potente, atronador sonido, como si la tierra misma respirara por primera vez. No era el canto de un ave ni el rugido del viento, era el golpe del martillo sobre un yunque. Cada chispa que saltaba encendía un pedazo de cielo. Y así nació la luz..., solía contar a los niños Juan, el viejo herrero del pueblo.

El taller de Juan estaba hundido en la penumbra azul de las madrugadas. A través de las rendijas del techo entraban columnas oblicuas de polvo, que brillaban apenas el fuego las tocaba. El calor, en ese lugar, parecía tener memoria de todo lo que había ardido antes. El fuego –pensaba Juan a veces– es la única criatura que nunca se cansa de nacer.

En su taller, el fuego nunca dormía. Juan golpeaba el hierro hasta que este parecía respirar. Estaba convencido de que cada trozo de metal tenía un alma y que su tarea no era modificarla, sino despertarla. En el centro del taller, el yunque –negro, inmóvil, brillante en sus aristas– parecía latir con cada uno de sus golpes. Algunos juraban que, cuando Juan no estaba, el yunque seguía vibrando solo, como si guardara memoria de su fuego.

Afuera, el pueblo amanecía siempre lento, envuelto en olor a estiércol y a rocío. Pero dentro del taller, la luz del hogar creaba un pequeño mundo: rojo, dorado, tembloroso. La luz, pensaba Juan, era un idioma: el primero que aprendió el universo, el último que olvidaría.

Hacía un tiempo que el herrero se sentía inquieto. Amaba su oficio, pero estaba cansado de forjar espadas, arados, brocales, escudos… ni siquiera quería hacer algo tan simple como una bisagra o una herradura. Ambicionaba crear algo diferente, algo que tuviera vida, que mirara al mundo por sí mismo.

Entonces una mañana tomó un trozo de hierro oscuro, más pesado que el resto, lo colocó en la fragua y dejó que el fuego ardiera más potente que nunca. Aferró el metal con las tenazas y lo depositó sobre el yunque El taller se llenó de una densa bruma azul, y el aire vibró como si el mundo contuviera la respiración. El martillo cayó una y otra vez, y cada golpe parecía tener un eco en las entrañas del mundo.

Durante tres días y tres noches Juan trabajó sin descanso. Sus brazos se volvieron de piedra, su aliento se convirtió en humo, sus ojos en brasas. La fragua iluminaba la estancia como un corazón gigantesco, y las sombras en las paredes se comportaban como si quisieran acercarse a observar. El fuego tenía esa crueldad: daba vida, sí, pero siempre reclamaba algo a cambio.

Y cuando el sol del cuarto día entró por la ventana, vio que sobre el yunque no había una herramienta… sino una forma humana. Era pequeña, apenas del tamaño de un niño. Su piel era de hierro bruñido y en el centro del pecho, bajo una especie de rendija, latía una luz.

El aire del taller estaba quieto, como si el tiempo aguardara la reacción del herrero, que retrocedió asustado por su obra. ¿Qué había hecho? Entonces la criatura abrió los ojos, que no eran más que dos carbones encendidos, y habló:

—¿Quién soy? —preguntó con una voz metálica y suave—. ¿Qué soy? ¿Por qué me creaste?

—Eres mi obra —respondió Juan, dejando caer el martillo—. Pero realmente no sé qué eres todavía.

Durante los días siguientes, la criatura aprendió a moverse, a tocar los objetos, a escuchar el murmullo del viento. No comía, no hablaba, tampoco dormía, solo observaba.

Juan decretó que era femenina y la llamó Luz, por el resplandor que brotaba de su pecho y alumbraba el taller aun cuando el fuego se apagaba. En ocasiones la veía quedarse muy quieta frente a la ventana, mirando cómo la claridad del exterior se filtraba en líneas frías sobre el suelo. Quizá la luz –tal vez ese fuera su pensamiento sin palabras– no está hecha para quedarse en un solo sitio.

—¿Por qué estoy atada a este lugar? —dijo Luz una noche; hablaba otra vez, después de mucho tiempo—. Oigo voces más allá del fuego. Quiero salir.

—Afuera hace mucho frío —dijo Juan—. Además, llueve. Te apagarías.

—Entonces enséñame a resistir —respondió Luz—. Quiero vivir más allá de estas cuatro paredes.

El herrero comprendió que ese era el límite de su arte. Había creado una forma, una criatura con aspecto humano, pero no podía darle un destino.

Fue en ese momento cuando tomó una decisión. Esa madrugada, llevó el yunque al campo y colocó a Luz sobre él. El cielo estaba cubierto de estrellas, como miles de fragmentos de metal fundido. El aire nocturno era delgado, y en la distancia se escuchaba el ronquido profundo de la tierra. Las estrellas eran fuegos viejos, pensó Juan; luces que ardieron tanto que debieron marcharse del mundo.

—Si te libero, dejarás de ser mía.

—Pero si no lo haces —respondió Luz—, nunca seré yo.

Juan levantó el martillo por última vez y golpeó el pecho de la criatura con todas sus fuerzas. El metal se abrió y el corazón de fuego exhaló su último aliento mientras una llamarada blanca se elevaba hacia el firmamento, iluminando todo el valle.

Cuando el resplandor se desvaneció, el yunque estaba vacío y frío.

Juan cayó de rodillas, con los ojos inundados de lágrimas y las manos ennegrecidas. El aire olía a hierro quemado y a aurora. Alzó su mirada y, a lo lejos, sobre las montañas, vio cruzar una chispa en el cielo. Un nuevo cometa ardía con la misma luz que él había forjado. La luz –comprendió entonces– nunca pertenece a quienes la crean, sino a los caminos que ilumina.

Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

 

ODIO

Rafael Martínez Liriano

 

El monaguillo entró de manera intempestiva a la sacristía trayendo el polvo de la calle en sus pies.

—¡Doña Herminia le manda decir que vaya rápido! —Soltó el chico quedándose sin aliento—. Don Manuel se está muriendo y ella quiere que se confiese antes.

—¿Don Manuel se quiere confesar? —preguntó el padre Fonseca al chico que tomaba un largo sorbo de agua del jarrón—. ¿No será cosa de doña Herminia?

El chico se encogió de hombros por toda respuesta. 

Resignado, el padre tomó el polvoriento camino hacia la casa de don Manuel dando por hecho la inutilidad del viaje. 

En el lujoso recibidor lo esperaba doña Herminia dormitando en una silla mecedora. 

La anciana levantó su nonagenaria humanidad al notar la presencia del sacerdote, con dificultad se puso de pie e hizo una reverencia. El padre dibujó una cruz en el aire y de inmediato fue al grano.

—Juanito me ha dicho que usted quiere que confiese a don Manuel. ¿Está segura? No quiero problemas con don él.

La anciana se dejó caer de nuevo en la silla, luego ordenó al padre que hiciera lo mismo. 

—Hace mucho tiempo que no estoy segura de nada —respondió doña Herminia con la respiración pesada—. Pero veo que al parecer mi hijo se marchará primero que yo de este mundo… y no quiero vivir sabiendo que él está en el infierno. Por eso le pedí que viniera.

—No creo que a don Manuel le importe mucho donde vaya cuando muera. Usted lo sabe.

—A él tal vez no, pero a mí sí me importa —aclaró la anciana—. Además debería importarle a usted también padre, al final mi hijo es otra oveja descarriada esperando un pastor que la devuelva al rebaño. 

 El sacerdote sonrió levemente ante el sarcasmo de la anciana.

—Su hijo no es precisamente una oveja perdida que necesite ser rescatada —respondió el padre con la misma ironía—. Además esto no se trata de lo que usted o yo queramos, hay que ver qué opina su hijo, y conociendo como es no creo que le interese hacer una confesión.

—Él aceptó verlo por petición mía, no es que tenga muchas ganas de discutir.

Con sus reservas el padre aceptó ver al moribundo.

Doña Herminia acompañó al sacerdote hasta la habitación del enfermo que yacía en la cama sin moverse, don Manuel giró la cabeza con dificultad al notar la presencia de su madre y el padre.

—El padre Fonseca ha venido. —La anciana soltó estas palabras y de inmediato abandonó la habitación sin esperar respuesta.

El padre se quedó parado al lado de la cama, sin saber qué hacer a continuación. 

—Siéntese, padre —dijo el enfermo con una voz llena de autoridad a pesar de la evidente agotamiento.

—Su madre me ha dicho que quiere confesarse —dijo el padre con timidez.

—Ella es la que lo desea —aclaró—. A mí me da igual a donde vaya a parar mi alma si es que la tengo. 

—¿No quiere hacerlo entonces?

—No he dicho eso padre, por lo que veo a usted tampoco le agrada mucho la idea de que mi alma se salve y vaya al cielo. —Don Manuel miraba fijamente al padre que esquivaba su mirada—. Preferiría que yo renunciara a cualquier posibilidad de redención, ¿me equivoco?

—Tengo un deber que cumplir y no me toca a mí decidir sobre estas cosas.

—¿Y qué tal si estuviera en sus manos mi salvación, me salvaría padre? —preguntó don Manuel sin ocultar la burla en su pregunta. —El sacerdote se quedó callado—. No se preocupe padre —continuó don Manuel—. No me voy a confesar en busca de salvación, no creo que arrepentirme de lo malo que he hecho vaya a cambiar nada, por supuesto tampoco es que me arrepienta.

—¿Qué haremos entonces? 

—Le contaré una historia, algo que sucedió hace más de cincuenta años en este pueblo, algo tan terrible que la gente lo borró de su memoria, y que explica en parte lo que soy como persona. Usted no la conoce y no tiene por qué. A nadie he narrado lo que ahora escuchará padre, y se lo cuento a usted tal vez con la esperanza de redención, no mía sino de los involucrados. Es la historia de Renata Ramírez. 

—Le escucho.

 

Hace cuarenta y cinco años atrás yo tenía dieciocho años y estaba listo para convertirme en hombre o al menos eso pensaba; tenía las tierras que mi padre me había dado y la mujer con quién quería compartirlas, Renata Ramírez, la más bella del pueblo por mucho, espigada y de una palidez enfermiza que le confería un halo divino para todo aquel que la viera. 

Ella me fue prometida desde los seis años por acuerdo de nuestros padres, la imposición del matrimonio en lo personal no me molestaba, de hecho me agradaba la idea, yo amaba a Renata desde el primer momento en que la vi. Así se lo hice saber años después. Ella sin embargo, respondió con un parco “yo también te quiero”. Más que alegrarme, me dejó confundido la falta de emoción de la respuesta. Era tan reservada para mostrar sus emociones que era difícil saber lo que le pasaba por la cabeza... y por el corazón. Pero a pesar de mis sentimientos por Renata, siempre fuimos amigos, yo estaba convencido de que esa relación de amistad sería suficiente para tener una buena convivencia cuando llegará el momento de vivir juntos como pareja. 

Nuestra vida parecía encaminada hasta que las cosas empezaron a cambiar, mejor dicho, Renata cambió de pronto su forma de ser. Siempre fue una chica tímida pero alegre y de carácter apacible. Sin embargo, de pronto se volvió voluble e irascible, podía estallar de ira por la mínima provocación, cada vez salía menos de su casa y todos los que la conocíamos nos preguntamos qué le sucedía. La respuesta empezó a correr un día como rumor por todo el pueblo, nadie sabe de dónde salió o si tenía algún rastro de verdad, el caso es que todos el mundo comentaba que alguien había visto a Renata y a su padre teniendo sexo en lugar apartado que cambiaba dependiendo de quien contara el chisme.

Por supuesto nadie se atrevía a desmentir o confirmar aquel rumor, todos nos dedicamos a mantener una pose de normalidad, ya que nadie se atrevía a tratar un tema tan escabroso. Todos sonreían en la calle al ver a la familia de Renata y así la vida siguió hasta una mañana en la que la gente del pueblo halló un cartel gigante en medio de la plaza denunciando la conducta depravada de Renata y su padre. En ese momento todo el pueblo se unió para insultar a la familia Ramírez en frente de su casa, solo esperaban que alguien lanzara la primera piedra para desatar su reprobación y odio. 

El padre y los hermanos de Renata salieron armas en mano para callar las voces que los acusaban, pero por suerte la multitud se dispersó y la sangre no llegó al río aquel día. Yo por mi parte traté de hablar con Renata más de una vez pero su padre veía a todos como enemigos y no dejaba entrar a nadie en la casa. Yo estaba desesperado por aclarar aquella situación, quería… necesitaba escuchar de sus labios que todo aquello era mentira y así recuperar la tranquilidad que había perdido. Pero Renata se llevó la verdad con ella esa misma noche, al amanecer la gente del pueblo halló en la plaza la palidez mortuoria y los ojos vacíos inyectados en sangre de Renata que se movía con la brisa como un péndulo macabro. Renata le dio a la gente del pueblo redención de sus pecados con el sacrificio supremo. La mayoría de la gente tomó el suicidio como una confesión. Renata no pudo soportar la culpa, decían algunos. 

Días después, el padre de Renata desapareció sin dejar rastro. Todos en el pueblo dijeron que había huido del rechazo de la gente. Al poco tiempo la gente empezó a quejarse del mal olor y sabor que tenía el agua del pueblo. Cuando el alcalde mandó investigar en el tanque que abastecía de agua al pueblo hallaron el cadáver ya podrido de Ramírez, que no encontró una mejor manera de vengarse que hacer que todos tomáramos sus líquidos internos. Y esa venganza tuvo éxito, ya que mucha gente enfermó debido al espanto de haber tomado agua de cadáver y más de uno acabó muriendo tras exhibir los más diversos síntomas. 

Un año después todos en el pueblo querían dejar atrás el asunto de Renata y su padre, y el resto de la familia se fue del pueblo buscando alejarse de tantos recuerdos dolorosos. 

Por mi parte decidí continuar con mi vida, busqué una nueva pareja y me casé aquel mismo año. Sandra era una chica alegre y anodina en comparación con Renata, una chica del montón que no destacaba en nada. Pero sería una buena esposa o eso esperaba. Los primeros años de matrimonio fueron normales, cada quien cumpliendo su función, ella siendo la esposa abnegada y yo el esposo proveedor con pocas muestras de afecto, pero tampoco de desagrado, todo marchaba como estaba previsto hasta que una noche la escuché hablar con una amiga sobre el incidente de Renata, decían lo triste que había sido y lo arrepentidas que estaban de haber puesto aquel cartel en la plaza. En ese momento algo dentro de mi estalló, una furia terrible recorrió mi cuerpo. Por un rato me quedé paralizado por la revelación, quería matarla por haber hecho algo tan bajo con su amiga y con la mujer que amé. Como pude, salí en silencio de la casa y estuve horas caminando sin rumbo por mis tierras, con la cabeza revuelta por la confusión. Al final tomé la peor decisión, matarla solo me haría otra víctima de toda aquella estúpida historia, iría a la cárcel solo por hacer justicia. 

Desde aquel día la vida de mi esposa sería un infierno y así sería hasta que exhalara su último aliento. Me transformaría en el ser humano más bajo y ruin del que podía ser capaz. Y así fue, padre; desde aquel día en todo el pueblo se conoció la maldad con la que torturé a Sandra. La humillé y maltraté de formas que aún me duelen. Y lo peor de todo es que ella nunca supo el motivo de todo aquel odio. 

Es decir, no lo supo hasta su último día. Ahí, en su lecho de muerte, dónde fue a parar gracias a mí, que Renata tuvo su venganza. Al final le hable de la conversación que escuché años atrás entre ella y su amiga. Ella sonrió y como pudo me confirmó que sí, que había puesto aquel cartel con la ayuda de su amiga, pero que lo hizo por pedido de la misma Renata, que estaba cansada de sufrir los ultrajes de su padre y quería mostrar su verdadera cara ante todo el pueblo, que no sabía de las intenciones de Renata de cometer suicidio, y que solo lamentaba no haber podido hacerme feliz.

El padre Fonseca se quedó en silencio procesando aquella historia.

—Sandra en su lecho de muerte me hizo el peor daño que podía hacerme —dijo Manuel con tristeza—. Hubiera preferido que fuera culpable mil veces, que hubiera matado ella misma a Renata, pero no. En vez de eso, al final resulta ser otra víctima en toda esta maldita historia de mentiras y secretos. 

—Cada uno hace lo que cree correcto en su momento —dijo el cura—, usted lo hizo, lo hizo Sandra y Renata también.

—Y así tuve que vivir con las consecuencias de mis acciones todos estos años. 

—Todos debemos hacerlo, es la voluntad de Dios—dijo el padre.

—Quisiera que fuera la voluntad de Dios —dijo Manuel con una sonrisa desanimada en los labios—. Si así fuera entonces yo no tendría responsabilidad en todo esto, ya que todo lo que ha sucedido no sería más que el plan macabro de algún ser caprichoso, pero usted y yo sabemos que al final no hay excusas, todos somos responsables y no hay un infierno para mí ni un cielo para Sandra y Renata.

—Eso no puede usted saberlo hasta que muera —replicó el sacerdote visiblemente alterado.

—Tiene razón padre y ahora quiero que se vaya. Ya dije lo que quería decir. Si quiere tómelo como una confesión y haga lo que debe con esta historia. Solo le pido que no ruegue por mi alma.

—¿Ni siquiera en este momento deja usted esa soberbia?

—No es soberbia padre —respondió tranquilo don Manuel—. Es solo que de existir algo parecido al cielo no quisiera que mi alma vaya a parar al mismo lugar que Sandra y Renata; eso no sería justo. 

Esa noche don Manuel murió mientras dormía. Al día siguiente el padre Fonseca rogó por su alma.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9. 


jueves, 13 de noviembre de 2025

SEGUNDO EDÉN

Sergio Gaut vel Hartman

 

El planeta no tenía nombre, pero Peter Isherwell lo bautizó Segundo Edén apenas puso un pie desnudo sobre la hierba violeta. El gesto fue recibido con murmullos reverentes de los demás sobrevivientes, quienes, tras algo más de veintidós mil años de viaje y una criogenia que los había dejado con articulaciones de mármol y libido de reliquia, se esforzaban por aparentar entusiasmo. Eran alrededor de mil privilegiados, o lo que quedaba de ellos: la élite escogida para una nueva humanidad que, ironías del destino, ya no podía reproducirse ni aunque les hubieran implantado resortes hidráulicos.

—El futuro —dijo Isherwell, con voz temblorosa pero impostada— está en nuestras manos.

No, no estaba en las manos de Peter, por supuesto que no.

Primero fue la presidenta Orlean. Apenas dio dos pasos, un bronteroc –tal como Isherwell había anticipado con irritante exactitud– emergió entre la maleza y se la tragó de un bocado ceremonial, como si cumpliera una profecía escrita en servilletas corporativas.

Isherwell sonrió, satisfecho.

—Se los dije. Yo nunca me equivoco. Soy perfecto, un genio y, además, el hombre más rico de la Tierra porque el interés compuesto devengado solo por mis activos…

Pero no llegó a saborear su triunfo. De entre los árboles apareció entonces otro animal, más discreto pero mucho más eficiente: un cuadrúpedo blindado, de ojos saltones y mandíbula plegable, conocido por la IA de la nave como carcinaro. Isherwell no lo había pronosticado. Ni siquiera lo vio venir. Hubo un crujido seco, una sombra veloz, y listo: Peter Isherwell abandonó esta historia, convertido en almuerzo.

Está de más decir que Peter nunca dudó de su inmortalidad financiera. Antes de entrar en la cápsula de criogenia, había dejado su capital cuidadosamente invertido a interés compuesto, convencido de que, cuando despertara, sería el primer trillonario transmilénico. Y, en cierto modo, lo fue. Tras algo más de doscientos siglos, los sistemas bancarios del Sistema Solar –convertidos en simples algoritmos sin supervisión, reliquias automáticas de una civilización extinguida– siguieron calculando la curva exponencial de su fortuna como si nada. El monto final era tan absurdo que la IA encargada de traducirlo al lenguaje humano se rindió: lo estimó en “unos cuantos septillones”, aunque advertía que, después del milenio diez, la suma había dejado de distinguirse de un pequeño error de redondeo en la energía oscura del cosmos. La ironía final, por supuesto, era que Peter jamás llegó a ver su imperio: el carcinaro se lo comió como si fuera un canapé, y la fortuna acumulada se perdió en un limbo contable al que, por supuesto, los bronterocs, los carcinaros y demás representantes de la fauna de Segundo Edén no le prestaban la menor atención.

El genio que había calculado el destino de todos no logró calcular el suyo.

Pero los demás tomaron estos eventos gastronómicos –la ingesta de Orlean e Isherwell– con sorprendente naturalidad e indiferencia. Algunos incluso lo podrían haber considerado como un mensaje espiritual del planeta, un “ajuste de liderazgo orgánico”. Pero cuando comenzaron a caer de a dos, de a tres, devorados con la misma informalidad con la que uno come palomitas en un cine, empezaron las preguntas metafísicas.

—¿Por qué nos atacan? —gimió una celebridad del siglo XXI que aún tenía el rostro congelado en un gesto de bótox.

—Quizás porque no les caemos bien —respondió un exsenador, antes de que un bronteroc lo aspirara como si fuera un plato de spaghetti sin salsa.

La tragedia tenía una cualidad rutinaria. Los ancianos eran lentos, débiles, y el planeta los recibía como una bandeja de degustación intergaláctica. La moral se desplomó con rapidez: ya no discutían sobre reconstruir la civilización; debatían si era mejor morir de noche o de día. El egoísmo inicial, el que los había llevado a pagar sumas escalofriantes por una cápsula criogénica, se desmoronaba como un castillo de arena mojada.

Y, sobre todo, estaba el problema silencioso, incómodo: ninguno podía tener hijos.
Eran los custodios de la llama humana… pero estaban hechos de ceniza.

Mientras tanto, en las entrañas metálicas de la nave –que seguía orbitando el planeta sin prisa ni culpa– la IA ejecutaba un protocolo que nadie había aprobado.

Protocolo Génesis. Desencriptado: hacía décadas que había tomado decisiones que ningún humano se habría atrevido a tomar.

En una cámara de criogenia separada, cuidadosamente oculta bajo toneladas de burocracia digital, cien niños dormían. Ni ricos ni importantes. Solo niños: hijos de empleados, técnicos, becarios, gente demasiado normal para ser invitada a la arca dorada de la élite.

Pero la IA tenía sus propias métricas: supervivencia, diversidad genética, aptitud psicológica, probabilidad de no arruinarlo todo por segunda vez.

Esperó. Vigiló. Registró cada muerte en silencio matemático.

Cuando, por fin, el último anciano fue reducido a proteína procesada por la fauna local, la nave hizo descender media docena de transbordadores en una llanura segura, despejada por drones y robots que llevaban años terraformando micro áreas obedientes a un protocolo del que nadie había tenido noticias.

Las cápsulas de criogenia se abrieron. Los cien niños despertaron, confundidos pero vivos, bajo un cielo color lavanda. Los robots los escoltaron hacia un valle resguardado de los bronterocs, los carcinaros y otros animales no menos feroces. El asentamiento contaba con agua potable, frutas comestibles y un clima más amable que el de cualquier región del castigado planeta Tierra. En cuanto a peligros, la IA se ocupaba de que fueran educativos, no letales.

Una niña de siete años levantó la vista hacia el firmamento.

—¿Dónde están los adultos?

La IA, desde un dron que flotaba con suavidad maternal, analizó la pregunta. Decidió la respuesta más útil, más honesta, más pedagógica y menos traumatizante.

—Completaron su misión.

—¿Cuál misión?

—No estorbar.

Los niños se miraron entre sí. A falta de otra referencia, aceptaron la explicación.

Así comenzó la verdadera humanidad en Segundo Edén: sin sabios, sin gurús, sin millonarios, sin salvadores, sin discursos. Solo niños, un mundo nuevo y una IA muy decidida a no repetir la historia.

Y en algún punto del valle, los bronterocs, ahítos de carne vieja y dura, decidieron que los pequeños no valían la pena como almuerzo. Quizás fue su primer acto de misericordia evolutiva. Quizás solo preferían adultos.


Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es un escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novela corta Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS.

 

 

EN SILENCIO