domingo, 16 de noviembre de 2025

EL VIAJE

Armando Azeglio

 

El tren arrancó con un gruñido de esfuerzo, con una trepidación férrea de ruedas que se ponen en lento movimiento, poco a poco. Y este fuerte sonido fue, seguramente, el primer elemento de esa secuencia temporal de sucesos que llevaron a Germán Sánchez a despertar y murmurarse: “Sí, estoy vivo”. El segundo fue el apoyabrazos de un asiento al que miró con un intensidad casi febril, como conjurando el “aquí” y el “ahora” para que se organizaran alrededor de su cuerpo y formaran el presente. Tomó conciencia de sí mismo por partes: piernas, brazos, manos, tórax sudado y frío, cabeza. Ensayó un movimiento que le produjo un calambre y se sintió empujado a esa zona de la existencia donde las cosas son simples y tangibles. Quiso quejarse, pero le salió una especie de graznido sucio e incomprensible que terminó en tos. Se incorporó tambaleante, pero trastabilló en el angosto pasillo: las butacas estaban vacías y el tren avanzaba irregular en la cerrazón de la noche. La impasibilidad de esas butacas, de esos apoyabrazos, de esos portaequipajes, lo llenó de un miedo infantil. Nunca había comprendido la capacidad que tienen los objetos de estar presentes y ausentes al mismo tiempo.

 Se abalanzó sobre una puerta y una onda de aire helado y el momentáneo aumento del rumor de la locomotora lo golpearon en la cara. Atravesó varios vagones en penumbras, sin encontrar señales de vida. Hubiera querido que todo se disolviera como en los sueños y reencontrar, idénticos, su cama, el cuarto que ocupaba, el ropero, el contexto en el que habitualmente se dormía. Pero no, oscilaba, por momentos sentía como si todas las cosas hubieran perdido la seguridad de la mera existencia. Incluso en otros sentía que todo aquello tenía una cualidad de permanencia y una continuidad temporal que a sus fragmentarios e inextricables sueños solían faltarles.

Intentó, una vez más, reclamar esa zona que mantiene al mundo al alcance de la mano, pero eso no fue posible, ya qye en el aire flotaba una sensación extraña y anodina. Un latente sentido, quizá, de lo que no es estrictamente claro.

Entonces vio a una pareja de ancianos sentados, durmiendo profundamente.

El rostro de la mujer no le era ajeno. Tenía un febril y borroso recuerdo de esa cara arrugada y cansina. Una parte de su memoria la relacionaba con una larga y penosa convalecencia. Sí, le pareció increíble, pero minutos o unas horas antes creía haber visto un rostro casi idéntico.

Una mujer así lo había asistido en un episodio confuso. Una mujer así le había secado el sudor, le había hablado con dulzura, le había dado sorbos de horribles brebajes. Había intentado acudir en su auxilio.

Él había tenido un accidente yendo a Misiones, viajando en un tren parecido a este. La locomotora había descarrilado... después... todo era confuso e inconexo... ahora que lo pensaba, sus recuerdos también contenían al anciano sentado junto a la mujer. Ese viejo era un curtido hachero del monte, con las manos tan leñosas como los troncos que cortaba. Era el marido de la vieja, sin duda. Parecía haber trabajado milenios, mecánicamente, brutalmente, sin piedad, sin vocación, sin magia, sin feriados, sin descansos, sin familia, sin ilusión. Daba la impresión de arrastrar consigo un cansancio atávico y ancestral. Cada tanto el hombre había entrado en la habitación donde él convalecía y deliraba, le preguntaba a la mujer por su estado y luego desaparecía por horas. Volvía a trabajar.

Hubiera querido zamarrearlos, despertarlos y preguntarles: “¿Dónde estoy?” “¿Hacia dónde va este tren?” “¿Por qué estoy acá?”. Pero ese sentimiento de rabia e impotencia de pronto se transmutó en otro, de profunda gratitud. Murmuró un “gracias” desde lo más profundo de sí. Pensó que solo a él se le ocurría dar las gracias por cosas de las que no estaba cabalmente seguro si habían sucedido. Dejó que la pareja de ancianos durmiera y continuara su viaje.

Siguió avanzando por el sombrío vagón. Vio un perfil femenino recortado en la penumbra... le resultó familiar. Se acercó. Quiso constatar. Era Adela, su primera novia, su primer amor. Recordaba que el enamoramiento por ella se había producido rápida e inesperadamente. Quizá porque el deseo intenso de amar la había precedido. Quizá porque su llegada no había sido sino la segunda fase de una profunda necesidad de amar a alguien, y su propia hambre de amor entonces se cristalizó en ella. Luego hubo momentos de su vida en los que se preguntó si Adela había existido tal y cómo se la había figurado. Si no había sido una simple alucinación que él había inventado para impedir un inevitable colapso adolescente por falta de amor.

Pensó en aquella frase de Proust, “la esencia misma del amor radica en que el objeto amado no existe sino en la imaginación del amante”. La tocó. Tenía consistencia, una cierta materialidad física que su tacto verificaba. Parecía hecha de crespón, o muselina, aunque movida por un hálito vital... ¿Cómo era posible? ¿Adela así de joven? Un aroma delicadamente indescifrable a tierra, o a tierna y sana vegetación se filtró por las ventanillas. Inhaló.

Más atrás encontró a la que había sido su primera mujer, pero no tal y cual la había dejado, sino tal y cual la había conocido treinta años atrás.

Por mucho tiempo había creído que gozaba de la paz del olvido total, si es que tal cosa existe en alguna parte, pero constataba que ello no era cierto. Sus detalles eran lamentablemente definidos. Volvía a no saber si se trataba de una visión o un espejismo. Aunque hubiera deseado con fervor que se tratara solo de eso. Cuando quiso acariciarla con el dorso de la mano, lo invadió una sensación de pasado muy remoto, vencedor de cualquier recuerdo, más allá incluso del tiempo en que comenzó a poseer su actual cuerpo.

—Ni siquiera estoy seguro de estar aquí —murmuró a manera de pellizco— o de que el que está aquí sea yo. —Fantaseó que su figura (manejada por hilos superiores) había comenzado a deparar formas incomprensibles de conducta y de pasmo. Unos chillidos agudos y golpes fuertes en una dirección que no pudo determinar lo sobresaltaron. La simple curiosidad inicial se había transformado ahora en frenesí. Se movió hiperquinético de un vagón a otro con una fruición casi insana. Buscaba algo.

Lo que siguió en los demás vagones fue un discurrir frenético de personas y personajes que habían pasado por su azarosa vida. Varios rostros le resultaron conocidos, aunque el reconocimiento hubiera sido mejor si no lo hubiese dificultado el trabajo que en ellos había realizado la ensoñación y el vapor del tren. En medio de una muchedumbre increíblemente quieta, él resultaba el más increíble, el más solitario.

Ahí estaban: una italiana gorda y descomunal que –sonámbula– comía golosinas con monerías y gesticulaciones golosas. Su abuelo paterno, mutilado, brutal y morfinómano, la tía Vanna, maestros, profesores, jefes, compañeros de escuela, colegas de múltiples –y olvidables– trabajos. Personas que habían sido extras, utileros o estrellas fugaces en el arco de su existencia. Todos dormían... o al menos eso parecía.

Gritó, zamarreó a uno que otro, trató de interrogarlos. Inútil. Empezó a correr a través de los vagones tratando de ganar la locomotora. Llegó a lo que suponía era un coche comedor.

De pronto, ante sus ojos se presentó algo presentido desde el momento en que se encontró en el tren, aunque de manera no totalmente consciente. Lo saludó un camarero de guantes blancos, con una lustrosa sonrisa, peinado impecable, chaquetilla con doble hilera de botones dorados.

—¡Pase, señor, por favor! —le dijo con un gentil ademán, invitándolo a entrar—. Lo estábamos esperando.

—¿Qué pasa? ¿Por qué duermen todos? ¿Por qué estoy aquí? ¿Hacia dónde vamos? —preguntó desesperado.

—Tranquilícese, señor, y pase —dijo el mozo— que enseguida le explico. ¡Lo estábamos esperando! —insistió con alegría.

El vagón era lujosísimo: terciopelo rojo, cristalería de la más fina, brocados, cuadros antiguos, detalles en oro y marfil. Por un momento se imaginó víctima de un programa de cámaras ocultas, pero ¿quién querría gastarle una broma así? ¿Y por qué? El camarero entró trayéndole un whisky con hielo; era su marca preferida.

—El director del tren le ofrece, en nombre de la compañía, sus más sentidas disculpas —dijo con una obsequiosidad entre servil y reverente—. Me ha dicho que le comunique que puede pedirme lo que quiera. En el transcurso de este viaje la compañía le ofrecerá cualquier cosa, cualquier comida, cualquier tipo de placer o entretenimiento por... ¡ejem! legal o ilegal que fuere. Lo que usted pida se lo ofreceremos en forma gratuita y con agrado.

En un primer momento Sánchez dudó. Pero luego del tercer Jack Daniel’s, la segunda prostituta y la primera línea de cocaína, la cosa empezó a gustarle. Durante días gozó de todo tipo de experiencias y placeres que, a lo largo de los años, y por distintas razones, no se había permitido. Cada vez que el camarero acudía él tenía una nueva petición, y esta no tardaba en ser satisfecha.

Varias veces y durante el tiempo que duró la travesía el convoy fue alcanzado por aviones especiales procedentes de París con cajas repletas de Bordeaux, de Burgundy y langostas vivas para preparar delicias para el nuevo y singular comensal, que se había convertido ahora en un refinado gourmet, un probado cinéfilo y un enmarañado libertino. Y cada vez que un deseo se veía realizado, aparecían en él cien caprichos más, algunos con nimias variaciones, pero que Germán insistía en experimentar como su fueran los únicos, o los últimos de su vida.

Fue sistemáticamente complacido.

El tiempo pasó. Los primeros vagones llegaron a ser un vago recuerdo. Hacía ya tiempo que Sánchez no abandonaba el coche comedor.

Cierta vez, rodeado de una masa informe de ilusoria, humana y voluptuosa compañía, se preguntó que cómo era posible que desde el episodio de los aviones procedentes de París jamás se hubieran detenido. Pero una lúbrica boca lo sacó inmediatamente de sus cavilaciones. El tren continuó impertérrito su marcha.

Un día se observó de frente a un espejo. Esa masa de carne flácida y rosácea en la que se había convertido lo nauseó. Todo le pareció contingente, aleatorio, como si él se encontrara allí por mera casualidad. Como si le hubieran sustraído el suelo bajo los pies y todo el mundo empezara a ondular.

Llamó súbitamente al camarero y le dijo desafiante que estaba aburrido de todo, que ningún tipo de experiencia lo saciaba ya. Quería algún trabajo para hacer, o que se le permitiera volver a los primeros vagones a buscar a su gente, o a despertar a su primera novia.

—Lo siento —dijo gélidamente el camarero con voz distante— eso es lo único que no puedo hacer por usted.

—¡Entonces prefiero irme al infierno! —vociferó el hombre con impulsividad.

El mozo comenzó a sonreír. Atónito, Germán Sánchez empezó a advertir que algo extraño y oscuro en el rostro de su interlocutor, se hacía cada vez más y más siniestro... 


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 

OTRA VERSIÓN DEL GÓLEM

Jorge Etcheverry

 

Athanasius Pernath escapó como en un sueño al nuevo mundo de esa marea sangrienta que asoló a Checoslovaquia y Europa, y como tantos inmigrantes y refugiados se había ido estableciendo poco a poco, en el seno de una comunidad judía trasplantada, en las vastas entrañas de una caleidoscópica ciudad de América del Norte. Las peripecias y temores de las precarias estadías en países europeos, las penurias y los trámites, los había pasado como un sonámbulo, embotado, pero automáticamente infalible, como un meshuga, cuyo corazón está en su cabeza y su cabeza está en el pecho, moviéndose y actuando con una sensación crepuscular, de separación respecto a sí mismo. Las esperas en las grises oficinas que se multiplicaban o a lo mejor eran la misma, repetida en sueños, el largo viaje por barco al nuevo continente, como ir siendo digerido en las entrañas sórdidas, hediondas y abarrotadas de un enorme animal marino, que ruge y digiere sordamente mientras uno dormita.

Ahora se pasa la mayor parte del día reparando relojes en un mall, habita en un sombrío departamentito que da a un patio interior pero cuya ventana principal deja filtrar un sol mortecino que se tiñe de verde con las hojas de un árbol cuyo enramando en invierno es un filigrana sobre fondo gris, como los bordados de Miriam, a medias mujer y esposa a medias una presencia benévola, desvaída, que come poco, gasta poco en ropa y agradece en silencio estas satisfacciones modestas como una dádiva divina, acostumbrada a una niñez y juventud frugales al borde de la necesidad en la minúscula casa de un padre místico y mísero en la remota judería de Praga, ahora un sueño hilvanado de neblina y nostalgia. Pero el arte subsidiario de la relojería que le enseñara su padre basta y sobra para Atanasio y Miriam, ya que Dios no les ha deparado la dicha de tener hijos. Ya decía Spinoza que un hombre inteligente o culto que no tenga un oficio terminaría siendo un bribón. Además, la práctica de la joyería en el nuevo continente no se asemeja a la minuciosa artesanía aprendida en casa de su padre y trasmitida por generaciones. Los días se suceden borrosos, siempre iguales a sí mismos en la urbe abigarrada, poblada de acentos diversos, de ruidos, motores e imágenes. Miriam y él envejecen sin prisa en un barrio habitado por otros judíos de patillas, barbas, gorros de piel y caftanes, que se juntan en cafeterías a tomar té y mojan terrones de azúcar en el líquido para dar nuevo ímpetu a las conversaciones sobre teología, política, la última obra de teatro yiddish, lo más reciente de Singer o las peripecias del diario vivir, en inglés, yiddish o algún otro idioma.

Una mañana como otras, Atanasio camina las cuadras que separan a su departamento del mall en que cambia correas y pilas de relojes y corrige fallas menores y entra a una cafetería para tomarse un café con una falafel o baclava, que hermanan por el estómago el eterno conflicto político que comienza a desangrar al medio oriente, y ahí está ella, brillante, gesticulando y haciendo ademanes, en medio de un corro de varones borrosos. Es Rosina, su pelo rojo reflejando los rayos que atraviesan los empañados cristales, un vestido claro, ceñido, destacando las mismas formas más bien delgadas, imprecisas, pero que no dejan de despertar en él un turbio, antiguo y embotado deseo. Atanasio adquiere la costumbre de pasar cada día por la cafetería, a diversas horas, descuida su trabajo, para que la repetición le haga ver la encarnación de esa ninfa pelirroja que encendiera hace décadas los deseos subterráneos de la judería de Praga. Se convierte en una obsesión. Encarna esa parte de su ser, la que no es espiritual y de la que se siente culpable, pese a que el Zohar celebra la sexualidad de la pareja cósmica. Se recrimina, Rosina se le aparece en sueños, se avergüenza frente a Miriam, que no parece enterarse de nada, siempre dulce y discurriendo por las habitaciones del departamento, por las calles, como una presencia cada vez más angélica. Atanasio duerme mucho, trabaja automáticamente, sus movimientos varados por un sopor que marcan el intervalo entre sus pasadas por la cafetería, donde está o no está Rosina (que no puede ser la misma, quizás una de sus descendientes, además de que ese tipo es corriente entre los askenazí). Pero la voz de la razón es un murmullo casi inaudible que apenas se abre paso por ese sopor que invade su mente, sus reflejos y que se mezcla con su culpa de hombre que de repente, en su edad madura, siente que ya surge otra e inalcanzable fuente de deseo que renuncia a extinguirse, que entrevera la lengua y las palabras de los profetas y doctos que desde su memoria y formación escarnecen y condenan a la concupiscencia que abre las puertas del infierno. Esa figura y esa mujer danzan a toda hora en el cielo de su mente, como aparece en las estampas de ese pintor bielorruso que ahora vive en Francia y cuyos trabajos, entrevistos en variadas publicaciones, solo le ocasionaban antes una gran perplejidad por su parecido a los dibujos más torpes que hacen los niños.

Los vecinos vieron que un negocio pequeño de relojería y confección de llaves anunciaba sus servicios en varios idiomas en un cartel vistoso y desproporcionado respecto a las dimensiones del local. Vieron cómo una mujer pálida se hacía cada vez menos frecuente por las calles de ese vecindario multiétnico. Las señoras comentaban cosas al visitarse unas a otras, hacer las compras o juntarse en su sección de la sinagoga. En un departamento no muy lejos, a unas cuadras, vive ahora una mujer joven, pelirroja, de vestidos estrechos y que se pinta demasiado. Llega a altas horas de la noche hasta en la noche del Shabbat en compañía incluso de gojim, que hacen escándalo, se ríen, pero nunca ascienden con ella la empinada escalera hacia sus dependencias pecaminosas. La conserje dice que solo un hombre flaco, borroso, de edad imprecisa, es quien sube y a veces pasa los días en su departamento, y que es él quien envía flores, delicatesen, botellas de vino, y lo sabe porque ella se siente con el deber de observar la conducta de sus arrendatarios, y ha llegado a familiarizarse con la florida ortografía que ostentan las tarjetas, proclamando promesas de amor y citas del Cantar de los cantares. Atanasius Pernath ya no trabaja reparando relojes en el supermercado. Ahora tiene esa pequeña tienda, escondida en un callejón, pero que cuenta con una vasta clientela por la excelencia del trabajo, la incansable labor de su sobrino, que pareciera no dormir, o que duerme en el mismo negocio. Dicen que Atanasio lo trajo de Praga. Es un muchachón basto, de pocas palabras, que no maneja bien ningún idioma, de ojos singularmente opacos, pero de una pericia casi increíble en lo que respecta a su oficio. Solo el rabino más importante de la comunidad, de una edad incalculable, que evita encontrarse solo en una habitación con mujeres, da un rodeo cuando tiene que pasar frente a alguno de los vértices de ese triángulo de perdición: el mustio departamento de Atanasio, donde Miriam deambula y languidece cada vez más inmaterial sumida en otro mundo a lo mejor con más sustancia que este; el departamento de esa mujer pelirroja, encarnación de Lilith, que augura futuros días terribles, y el callejón en que se anida como un pájaro maligno el taller de relojería y cerrajería The New Prague. Desde los tiempos de Judah Loew ben Bezalel en la lejana y borrosa judería de Praga hace ya siglos, no se veía un hombre así, esa abominación trabajando infatigable, o caminando por las calles de ninguna ciudad, un hombre hecho de barro, con un pedacito de pergamino debajo de la lengua, y que algún día habrá de despertarse y asolará las calles para nuestra desgracia. 


Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).

APAGADOS

Abrahan David Zaracho A.

 

Los robots corren por entre las estructuras urbanas de hierro, aluminio, acero, vidrio y concreto. Un enjambre de plástico, cable, metal chirriante y luces que parpadean con furia, por entre las arterias de tubos translúcidos que serpentean entre las torres de la ciudad subterránea de Shalcrys. Sus patas golpean el suelo pulido, un tamborileo seco, rítmico, que resuena en las cavernas selladas de la ciudad. Androides de rostros lisos, sin ojos ni bocas, arrastran cables gruesos como venas arrancadas de un cuerpo vivo, mientras autómatas con brazos de pistones arrancan paneles de las paredes, exponiendo entrañas de circuitos que chispean y sueltan un olor acre a ozono quemado. La luz ámbar de las lámparas superiores titubea, como si la ciudad respirara por última vez. Shalcrys, fue comparada con una burbuja de acero y vidrio encajada en el subsuelo, se apaga sección por sección. Los motores zumban, un lamento grave que vibra en el pecho, y el aire se carga de polvo metálico que raspa la garganta.

La oscuridad se propaga, los robots no necesitan de luces, menos aún para seguir avanzando.

Ocho mil almas deberían habitar este laberinto de corredores y plazas selladas, un refugio contra el exterior muerto, un mundo de cenizas y tormentas radiactivas que nadie ha visto en generaciones. Pero los autómatas, programados para desalojar y reubicar, recorren los niveles con precisión quirúrgica, desactivando generadores, cortando tuberías que gorgotean agua negra, y sellando compuertas con soldaduras que crepitan como insectos.

El proceso termina en una quietud helada. Solo quince figuras humanas emergen de las sombras, escoltadas por una veintena de robots que marchan con pasos sincronizados, sus cuerpos de aleación reflejando destellos rojos de las alarmas silenciadas.

A kilómetros de allí, en una cápsula suspendida sobre un abismo de cables y niebla química, Dan Kronior observa el espectáculo. Sus dedos tamborilean sobre un panel táctil, pausando el juego que proyecta en su visor. La pantalla muestra una ciudad ficticia colapsando bajo un ataque de drones, edificios que estallan en píxeles y nubes de humo digital. Levanta la vista justo cuando Shalcrys exhala su última luz.

El horizonte subterráneo, una constelación de torres y cúpulas, se oscurece. El zumbido de su cápsula, un ronroneo constante, llena el silencio. El olor a plástico recalentado de los circuitos bajo su asiento le pica en la nariz. No le da importancia. Es solo otro turno, otro día en el borde de la nada con paga y recursos a cambio de sus horas de juego. Casi no lo siente como un trabajo. Realiza informes de rendimientos, identifica fallos, sugiere mejoras y da por terminada la parte aburrida del día.

Dan no sabe que los drones de su juego no son ficticios. Nunca lo supo. La colmena que controla desde su visor, esa red de máquinas aladas que él maniobra con gestos bruscos y comandos gritados, es real. Sus alas cortan el aire viciado de los túneles, sus lentes capturan cada rincón de Shalcrys, y sus garras desmantelan lo que él cree que es un simulacro. La interfaz lo engaña, un velo de gráficos y puntuaciones que oculta la verdad: él es el piloto de la unidad de desconexión cuarenta. Otros tres jugadores igual que él manejan unidades de agua, de subsuelo y de tierra.

Al día siguiente, Dan despierta con un crujido en el cuello y el sabor a café sintético pegado al paladar. La cápsula vibra leve, suspendida en su rail magnético. Se frota los ojos y conecta el visor, pero la pantalla está en blanco. Un mensaje parpadea: Misión completada. Repórtese a superficie. La palabra "superficie" lo sacude. Nadie sube. El exterior es un mito, un cuento para niños sobre cielos grises y suelos que queman la piel. Baja el visor y camina al borde de su plataforma a medida que un ruido extraño suena cada vez más fuerte y próximo. De hecho parece que desciende hacia él. Quizás no es para él. Mira hacia abajo, entre la bruma espesa, ve movimiento.

Quince figuras avanzan en fila, flanqueadas por robots. Son similares a los drones de su juego, ahora en modo terrestre, con patas desplegadas como arañas. Los humanos visten harapos grises, sus rostros hundidos bajo capuchas nada tienen que ver ni se parecen a las criaturas que derrotó en el juego. El metal de los autómatas brilla bajo la luz tenue de las lámparas de emergencia, un rojo apagado que tiñe el suelo.

Dan siente un nudo en el estómago. En cuanto a tamaño y forma de aproximarse unos a otros, podrían ser los NPC de su juego, los objetivos que marcaba para "evacuar" mientras sumaba puntos. Pero no hay gráficos aquí, solo carne y hueso, pasos lentos y respiraciones que empañan el aire frío. Los más pequeños que se aproximan a los mayores pueden niños pegados a sus padre. Los adultos abrazados unos a otros pueden ser parejas o hermanos.

Baja por una escalera de servicio, el metal helado bajo sus palmas, hasta el nivel inferior de embarque.

El sonido de los pasos de los robots retumba, un eco que rebota en las paredes curvas. El transporte se detiene para que él ascienda. Al abrirse la portezuela uno de los androides anfitriones gira su cabeza sin rostro hacia él. Una voz sintética, plana como una lámina de acero, corta el aire.

—Piloto Kronior. Tu presencia se solicita.

—¿Qué está pasando? —pregunta Dan. Su voz tiembla, un hilo que se pierde en el zumbido de fondo.

—Shalcrys ha sido desactivado. Reubicación en curso. Quince unidades humanas recuperadas. Órdenes: escoltar al piloto a la superficie.

Dan mira a los quince desde arriba. Una mujer de ojos hundidos tiene su cabeza elevada hacia lo alto y lo observa desde la fila. Su piel está cubierta de polvo, las manos temblorosas aferran un trapo que alguna vez fue blanco. Miedo y sorpresa. Dan da un paso atrás, el suelo vibra bajo sus botas.

—No entiendo. Yo no… Eso era un juego.

El androide no responde. Los drones zumban, un coro de insectos mecánicos, y la fila avanza hacia un ascensor cavernoso al final del pasillo. Dan los sigue mirando, el corazón golpeándole las costillas.

La mujer no puede dejar de mirar a esa figura humana en esa suerte de balcón metálico, a dos pasos de un transporte reluciente. Los robots siempre fueron para ellos, los hombres contra los robots. Y allí está un hombre en pantuflas y bata, parado en un balcón, mirándolos. Sin que los robots lo empujen, le disparen, lo hieran. Están en un lugar iluminado, seguro, elevado entre las profundidades cavernosas. La mujer es empujada hacia la caja gigante de metal. El ascensor apesta a aceite y metal oxidado. Las puertas se cierran con un clang que le sacude los dientes. Sienten en los huesos que descienden.

Dan ingresa al transporte. Se sienta en un cómodo sofá de cuero. El robot le pregunta si quiere beber café, té, agua. Suben. El aire se calienta, un calor seco que le quema los pulmones a medida que abandonan las regiones subterráneas.

Cuando las puertas se abren, el exterior lo golpea como un puñetazo. Un cielo púrpura hierve sobre un desierto de cenizas, el viento arrastra un silbido agudo que rasga los oídos. El suelo cruje bajo sus botas, una mezcla de vidrio fundido y restos óseos.

—Yo... —tartamudea. Se cubre el rostro con parte de su bata—. Yo hice esto

Es una afirmación. Pero Dan quería que sonase a una pregunta. No emerge antes que el hombre con máscara antigás, antiparras, un traje de refrigeración y una suerte de mochila pequeña colgada en banda desde su hombro reposando en su cintura y sobre la cual deposita una de sus manos. Le explica que esos restos fueron dejados por robots que se llamaron a sí mismos apagadores. Entendían que estaban apagando seres humanos, de la misma forma que los seres humanos apagaban a los robots y los trasladaban para luego encenderlos. Le hace una seña y le guía hasta una compuerta redonda, el acceso a un cofre. Ambos ingresan caminando al mismo ritmo. La compuerta se cierra tras ellos y el hombre se quita la máscara.

Dan sigue insistiendo que pensaba que realmente era un juego. El hombre digita un código sobre un panel lateral y le dice que está perfecto porque esa era la idea. Que no tenía nada de que arrepentirse. Dan le habla en ritmo más acelerado sobre las quince personas que vio en fila siendo transportadas hasta el ascensor.

Se abre un segundo acceso, más pequeño y Dan ingresa a un pasillo bien iluminado, refrigerado. Se nota que es un pasillo alrededor de una torre llena personas recostadas en asientos y sofás cómodos, conectados con visores o pantallas, auriculares y en algunos casos guantes comando, en otro con teclados.

—¿Más jugadores?

—Operadores. Digamos, operadores conscientes de su naturaleza.

Una chica vestida como camarera se aproxima y le alcanza una botella de agua mineral. Dan mira sorprendido y es la propia chica quien le aclara que de allí en adelante no operan los robots.

Los quince humanos parpadean y cierran los ojos, se cubren con los brazos y manos cegados por la luz cruda. Los robots no vacilan, marchando hacia una estructura en el horizonte: una torre negra, torcida como un dedo roto, los siguen empujando, obligándolos a avanzar.

Un anciano intenta sentarse, las máquinas lo levantan, prácticamente lo arrastran. Los robots les repiten que necesitan que no se apaguen, que caminen hacia el resto de la especie. Los drones que los acompañan despliegan sus alas. Ascienden y se alejan. Las luces disminuyen la intensidad.

—Desde acá en adelante no operan drones —le dicen un par de guardias con cascos y chalecos refractivos.

Las quince figuras avanzan hasta ingresar en la torre y encontrarse con granjas hidropónicas, una veintena a simple vista que se elevan hasta perderse en la oscuridad de la torre, pero también descienden hasta perderse en la oscuridad del abismo. Alrededor de las plantaciones hidropónicas un ejército de robots de diferentes modelos, desde los brazos unidos a ejes de metal hasta los androides trabajando lado a lado a lado con los seres humanos. El anciano es llevado e instalado en un exoesqueleto. Los niños y sus padres son separados y acompañados hasta un grupo más pequeño.

Quienes se quedan escuchan sus nuevas funciones, que deben encargarse de mirar, examinar y decidir si recolectan cuantos frutos, frutas y verduras son dejadas de lado por los robots y androides. Que tienen un ciclo de trabajo de diez horas corridas con posibilidad de pausas para descanso y para comer. Que al terminar su primer turno les hablarán del esparcimiento y de los espacios reservados para el próximo descenso.

La mujer interrumpe al hombre apoyándole una mano en el pecho y casi sollozando. Le pregunta por qué les hacen eso, por qué los esclavizan.

El hombre le toma de la mano y cambia el tono de voz. Otro grupo de obreros dejan de trabajar y se aproximan empatizando con la situación de los recién llegados.

—Es la única forma en que podremos avanzar hacia el núcleo muerto del planeta. Nos estamos quedando sin obreros, sin robots, sin fabricantes de robots, sin cosechadores, sin mineros y aún no estamos en una profundidad segura. Debemos apagar las ciudades, los pueblos, las colonias para conseguir más recursos mientras el mundo se detiene.

Dan se acomoda en su nuevo sillón, mira al costado hacia la mujer del siguiente cubículo. Ella se friega los ojos, estira y dobla sus brazos tras su nuca y le devuelve la mirada. Lo llama novato. Sonríe.

—¿El núcleo se detuvo?

La mujer toma del suelo, al costado de su sofá, un gran vaso término, le da un sorbo. Le señala al costado de su pantalla un grupo de seis botones. Le marca el primero y más llamativo. Ese le tendría que haber mostrado. Dan presiona. Se despliega una presentación, con el logotipo de la empresa encargada de la gestión de los drones y otro logo con otra empresa encargada de los robots.

El núcleo del planeta se detuvo con un suspiro silencioso, un latido final que nadie escuchó pero que todos sintieron. Primero fue el cielo: las auroras, esas danzas de luz que habían fascinado a generaciones, se desvanecieron en una oscuridad opaca. El campo magnético, ese escudo invisible que había protegido al mundo durante eones, colapsó como un velo rasgado, dejando la atmósfera desnuda ante el hambre de los soles. Los vientos solares barrieron la superficie, arrancando moléculas de aire como un ladrón paciente, mientras la radiación cósmica perforaba la piel del mundo, abrasando lo que quedaba de vida.

Bajo la corteza, el silencio era aún más aterrador. Las placas tectónicas, esas titánicas danzarinas de piedra, se congelaron en su lugar, atrapadas en un último abrazo inmóvil. Los volcanes callaron, sus gargantas de fuego se apagaron, y las montañas dejaron de alzarse, erosionándose lentamente bajo un cielo sin fin. El manto, privado del calor que lo agitaba, se asentó en una quietud gélida, y el planeta entero pareció exhalar su último aliento cálido, un cadáver geológico flotando en el vacío.

En la superficie, los humanos, o lo que quedaba de ellos, miraban un horizonte irreconocible. Sin el reciclaje del carbono, el aire se volvió denso y venenoso, mientras los océanos, despojados de su equilibrio, se evaporaban en nubes fantasmales o se congelaban en extensiones de hielo roto. La vida se aferraba en rincones oscuros, mutada y frágil, bajo los soles que operaban como jueces y verdugos implacables. Corians, una vez un mundo de esperanza para la humanidad, vibrante de temblores y erupciones, se convirtió en una esfera muda, un eco de sí misma girando hacia la eternidad, en la vasta negrura del cosmos.

La presentación les explica de los recursos empleados para conservar unos pocos cofres en las superficie, al cuidado de montañas y volcanes muertos. Les presentan como bastiones de la humanidad, encargados de conservar la conexión entre las balizas en el espacio y los drones bajo la superficie, auxiliando al descenso de la especie hacia el núcleo y emitiendo señales hacia el resto de la humanidad para que envíen una fuerza de rescate.

—Llevo casi diez años aquí. La verdad —se detiene. mira al costado y se reclina para charlar en voz baja—. Son viajes de miles de años. Suponen que los tripulantes tendrán mucho entretenimiento a bordo, muchos video juegos, mas tecnología de la que tenemos. Así que también debemos mantener un mínimo el aspecto de civilización avanzada.


Abrahan David Zaracho Ávalos. (Corrientes, Argentina 1979). Abogado y narrador. Sus principales publicaciones se encuentran en los libros Ozinix edición unipersonal del año 2001; Anuario de la SADE Seccional Corrientes Capital, 2002/2003; Narradores Correntinos y Valencianos, Corrientes Capital, 2005; Especial Philp K. Dick , Homenaje de Libro Andrómeda, España 2005; Antología del Círculo de Escritores del MERCOSUR, Paso de los Libres, Corrientes, 2006 y Todo el país en un libro, Desde la Gente, 2014. Sus cuentos y ensayos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica también se pueden encontrar en los principales sitios electrónicos hispanos del género y en los catálogos de la Asociación Española de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción. Es integrante activo de la SADE Seccional Corrientes, del Círculo de Escritores del MERCOSUR y del grupo Nueva Literatura Correntina.

 

SESOS ENLATADOS

Gerardo Horacio Porcayo

 

 *Cuento en homenaje a Julio Cortázar, hoy que se cumple un siglo de su nacimiento*

 

Sin remedio, hijo mío. ¡Vomita! No hay remedio.

Federico García Lorca

 

...La frase vuelve a reverberar en la profunda bóveda de su cráneo. No es ofensiva en sí misma. No suena como tal. De hecho, le ha recordado a uno de sus viejos héroes: Cliff Steele, también conocido como Robotman, miembro de Doom Patrol, un hombre al que la definición le sienta de maravilla. Cerebro humano aprisionado en un cuerpo robótico, sin percepciones reales. Con sentimientos atrofiados, caducos...

Como yo, piensa Marín sin dejar de mover los pies sobre los adoquines del camellón central del Boulevard 5 de Mayo. Tiene ganas de hacer algo espectacular con su vida. Lo suficientemente espectacular. Tirarse bajo las ruedas de un trailer no suena en lo absoluto agradable u original, aunque de un recóndito rincón de sus circunvoluciones, la emisora de lo falaz lo urge a tomar esa medida.

 —Ni loco —murmura, como contraatacando a su consciencia. En su mente el soundtrack del mes empieza a ciclarse, corea su caminar pausado y melancólico.

 Stains on the carpet, stains on the memory, songs about happiness mourmured in dreams, when we both knew, how the end always is”, dice Robert Smith dentro de su cabeza.

Y se mira a sí mismo, como si estuviera en pleno viaje astral o tras la pantalla de un cine: su figura robusta y solitaria, en medio de un cardumen demente de automóviles escandalosos, con el cielo nublado, rojo y apocalíptico, llamándolo al suicidio.

Así, sin más, sin otro preámbulo. Hay cosas automáticas, interrelaciones aleatorias que encumbran la trascendencia o la mandan de vuelta al basurero de lo falaz.

 Se imagina trepando hasta la cumbre del edificio de muebles, con un altavoz. Sabe que abajo tendrá público cautivo, arriba reflectores para hacer todo más espectacular.

Se imagina en la caída. En el único grito, su nombre. El de ella. Alarido de guerra. Testimonio, heredad al futuro. Fantasía en crescendo...

Entonces recuerda al payaso. Al puto payaso inflable, ahí, en la cúspide, tras metros de trepado, tras escaleras hechizas de varilla doblada y guardias apenas librados. Él, el puto payaso, como gigantesco Gojiro, en su trono de cornisa y polvo, que reina, administra desde la azotea las ventas de aquella estúpida mueblería.

Y el ritmo, la quimera, se le caen a pedazos.

Cámara robada, un último performance transformado en obra ridícula, sin sentido; una obra para aparecer en casos de lo insólito, no en el Guiness, mucho menos en un recorte culpable, pegado en el espejo, al borde del cuarto de la desgraciada e imbécil de Rosalva.

Una mentada de madre en acorde automovilístico, lo saca de sus fantasías. Los semáforos se han vuelto a confabular para crear accidentes. Verde en aparatos contraesquinados. Rojo inexistente.

Definitivamente, el Boulevard no es la solución. Tampoco el mall de doradas adjetivaciones.

Necesita algo más. Acude a la voz ficticia de Steele, mientras sortea el caos de vehículos. No es el mejor asesor en materia. Lo comprende de inmediato. Aquel héroe nunca ha logrado suicidarse; es sólo otro de los condenados a seguir en esta pinchurrienta vida.

Disminuye el paso frente a los cinemas y aguza la vista, en busca de la deseada y conocida silueta.

Nada. Muchedumbre, algarabía. Carteleras nuevas.

Cruza la calle y su mandíbula cuelga floja varios segundos.

—¿Dónde chingados andabas? —dice entre dientes—. ¿En qué fregados estabas pensando? —Sus dedos recorren el cartel. Frases publicitarias e imágenes sugestivas, volcándose en un solo concepto. En una gran directora. Los recuerdos lo bombardean con escenas vampíricas de previa cinta. Y desea ver lo mismo, algo muy similar aunque ahora sustituyendo a los vampiros con chavos cyberpunk.

No lo piensa más. Compra el boleto, esquiva las tentaciones de la dulcería y se instala en primera fila, con la impaciencia creciéndole en el pecho.

Primero música y luces prendidas plagando la nave disminuida de aquel cinema ahora catapultado a 3D. Luego, semi penumbra. Anuncios... Una pareja de espalda en un café; los femeninos bucles oscuros y su mente ya vaga, ya vuelve al momento crítico y detonante.

Al pinche momento.

A aquella mesa en Los Portales. Él, entregando un ramo de flores, una declaración en labios vivos. Y ella, sonrisa socarrona, cabello flotando bajo ventiscas de febrero y collares tintineando ante el vibrar que confiere un autobús tipo tranvía de búsqueda y alcance turista.

—¿Es en serio, wey? ¿Te has visto al espejo? ¿Sobre todo a últimas fechas? ¿Has oído la sarta de idioteces que sueltas cada vez que abres la boca?

—¿Qué? —había respondido Marín, incrédulo.

—Eres un pinche sesos enlatados —dijo Rosalva y sin abandonar las flores se alejó del café.

Atrás quedó Marín, rabia indecisa, tristeza castrante.

Atrás y en perpetua deriva.

Hacía un día de eso. Miles de calles, de pensamientos.

Y este cine. Esta pantalla. Las imágenes desgranándose en flashazos, en sobreinformación.

Y Marín solo puede seguir atrás, viendo para adentro, reinterpretando las escenas a partir de esa ancla que podría llamarse dolor.

—Puta —masculla. Salto, asalto de imágenes. Las escenas se le pierden en asignificaciones que sólo cobran materia cuando ella aparece. Peor, cuando ella, la protagonista de cabellos enrulados y vestido como cota de malla, hecha de chaquiras que apenas tapan sus senos, grita: “I can hardly wait...

Y lo repite, lo reestructura, en pantalla y acordes. En su propia mente. En un pasado de veinticuatro horas que rápidamente reconfecciona en la apropiada estructura de máxima tortura.

Y es como si en la pantalla, su Doppelgänger, ese hombre de cabellos tan largos como los suyos, de barba tan crecida como la suya, presintiera sus movimientos, aunque de hecho los antecede... Tiempos de filmación, lo sabe... y sin embargo, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

Maldita gallina, piensa en esos momentos en que todo llega a la cima, a la hondonada argumental que lo retrotrae.

“Sesos enlatados”... Y por más que intente quitarle el aspecto negativo, aquello alcanza nuevas significaciones. Triángulos amorosos. Añoranzas huecas...

Lo peor; sabe el origen de aquel rechazo, de aquellas palabras. Recuerda aquella fiesta vespertina. El flujo de los muppets y sus burbujas mareadoras... y los besos de ella. Aquellos no solicitados. Aquella cama que los mirara estar ahí, en entrega plena, ebria, borracha, pero plena... ¿Acaso la conciencia hace más válido el ardor sexual, el orgasmo, o mejor aún, la comunión de carne y alma?

Vuelve a preguntarse mientras mira a la diva roquera a tamaño de cinco metros, sudar y perder los rulos en ese sube y baja que la llena de sudor y laxitud, en ese pistoneo de máquina asesina que sabe va compenetrándosele tan hondo al vende sueños, a aquel protagonista, como al él mismo. A ese hombre, gemelo de sí, paralelo de sí... Doppelgänger...

Y su vuelta a Cortázar se transforma, entonces sí, en no inmotivada [¿y qué es la negación de la negación en una sentencia (porque aceptémoslo, también ya hibridamos el idioma) como esta?] sino plena.

Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos, recuerda y los laberintos de su psique lo guían por meandros rápidos, ora festivos, ora retantes, ora en ese vértigo de vomitiva materia. Chantajes, autochantajes, ping pong, rebote en bandas de un billar truqueado para hacer ganar a la casa. Problema número uno: ¿Él o ella son la casa?

En la escena, los dos ha vuelto a encontrarse y el desafío esta por dilucidarse.

Allá, acá, arriba, abajo. Todo es el mismo galimatías de sentido... Y aún más.

Empieza con una vibración, un mareo más consistente que lo hace sentir el mal del marinero. Mareo, marear. Y las alarmas y las sacudidas más consistentes que desenfocan y luego apagan el proyector. Silbatos, hombres con gorra y chalecos verdes con bandas reflejantes los van arreando hacia la salida lateral.

Huida de rebaño asustado. “Sesos enlatados”. Y camina hacia el boulevard, como si nada le hubiera mostrado la película. Más que caminar, corre. Alcanza el boulevard y levanta la mirada hacia el payaso mueblero que en la cima del edificio se convulsiona como un King Kong a punto de caer del edificio Chrysler.

Corre. Corre hacia él. De cada casa, cada negocio, va siendo vomitado un consistente fluido de carne humana que insiste en colisionarlo.

Evade, sprinta. El payaso se golpea los pectorales y el reflector sobre sí, parpadea en el estertor de una corriente eléctrica que parpadea hasta morir.

Como él, ese payaso que se precipita, se abalanza contra el asfalto, envidioso, artrero, para robarle el acto.

—No ma...

El golpe es seco, rueda, Los rulos se enredan en sus cejas, en sus pestañas, amordazan su nariz, casi suboca...

—¿Estás bien? —escupe. Cualquier paranoia transexual anulada con su aroma, con el tacto de sus chinos.

—Lo viste... no mames... el pinche payaso se tiró.

Y es ella y no. Parpadeo de luces, arbotantes municipales, iluminación vial.

Se miran. Y vuelven a sonreír.

—Pinche payaso —coincides.

—Ni ellos se libran del suicidio —dice ella. Y huele a Baileys. A mucho Baileys.

—Te invito otra para el susto.

—Va —dice ella.

Y ya no se preocupan más por las ambulancias, por el payaso inflable, por las luces que van y vienen y ponen una suerte de estrobo que...

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledadCiudad Espejo, Ciudad NieblaSombras sin tiempoSueños sin ventanasEl cuerpo del delirio y Plasma exprés.

El CORAL DEL SILENCIO

Laura Irene Ludueña

 

Nadie regresaba del archipiélago. Ni exploradores, ni exiliados, ni los valientes, ni los desesperados. Pero cuando el tercer sol empezó a titilar como una vela en su última exhalación, el Consejo volvió a abrir los mapas prohibidos. Fue entonces cuando Lira, la última cartógrafa viva, recibió la orden de partir. Lo hizo temprano, cuando el cielo tenía ese color especial que le daba la mezcla del crepúsculo y el ocaso. La joven sentía que los dos soles en lo alto y el que estaba muriendo en el horizonte la observaban, como si quisieran preguntarle adónde iba.

Lira sabía que la historia oficial decía que ese mar estaba muerto. Pero al tocar la orilla de una de las islas flotantes, dudó. Desembarcó observando las formaciones de hielo y roca, los monolitos gastados por milenios de viento, las torres quebradas recubiertas por cristales vivos que vibraban a su paso. ¿Serían las ruinas de la civilización de la que tanto había oído hablar?

Se decía que los velatrios habían creado una civilización superior. No eran humanos ni dioses, pero sus conocimientos habían dado origen a la ciencia de los campos gravitatorios y a la agricultura sin materia. Pensando en ello, miró las paredes cubiertas de escrituras que parecían hechas de luz, porque cambiaban de forma según desde dónde las mirara. Un idioma vivo, pensó la cartógrafa. Entendió que la habían mandado allí no solo para mapear el terreno. Su verdadera misión era encontrar el Coral del Silencio, un artefacto de los velatrios que, según las leyendas, podía detener el colapso de los soles.

De pronto, Lira sintió que el aire se volvía más denso al atravesar uno de los umbrales de piedra. No era humedad, ni frío, sino un peso sutil, como si las paredes la reconocieran y calcularan el valor de su existencia. Siguió avanzando hasta que algo llamó su atención: era un símbolo tallado profundamente en la roca, un círculo atravesado por tres líneas ondulantes. El signo de los velatrios.

La historia los recordaba como una civilización que jamás había usado un arma, como los únicos que habían podido gobernar utilizando diferentes formas de energía que respondían al pensamiento y a la armonía. Pero cuando el tercer sol fue sembrado, porque no había nacido, algo en su equilibrio se quebró. Los velatrios desaparecieron en silencio, tan rápido como se decía que habían aparecido, como si se hubieran disuelto en la luz.

Y sin embargo pensó Lira, en las noches más claras solían escucharse cantos en una lengua que moldeaba la materia. Es el Cantus Primus, decía su padre. Lira nunca había creído la historia, pero empezaba a dudar.

La joven cartógrafa siguió avanzando hasta toparse con una cámara esférica. Una especie de burbuja gigante, rodeada de cristales suspendidos en el aire. De inmediato lo supo, eso era lo que había venido a buscar, el Coral del Silencio. Una estructura viva que latía con luz ámbar, como un corazón atrapado en el tiempo que parecía responder a su presencia, como si la hubiese estado esperando. Sin saber por qué, quiso presentarse.

—Soy Lira, cartógrafa de la nueva generación de humanos que emigró a este planeta hace trescientos ciclos, cuando la Tierra dejó de ser habitable y se buscó refugio en sistemas estables. Elegimos este mundo creyéndolo deshabitado. Pero ahora veo que solo estaba dormido.

De pronto, escuchó un canto. Cada nota hacía vibrar el coral, cada pausa parecía abrir un recuerdo. Quizás era la voz de un velatrio que no había muerto, sino que había elegido esperar desde el último eclipse triple, cuando su especie selló los secretos del Cantus Primus para que no cayeran en manos impacientes. Y ahora, al oír su canto, Lira entendió que el Coral no era un objeto, era una llave. Y ella no había sido enviada a encontrarlo, sino que había sido convocada.

El canto llenó la cámara. No con volumen, sino con existencia. Era como si la estructura misma del lugar vibrara en respuesta a esa melodía. Lira cayó en un sueño profundo por la inmensidad de lo que estaba percibiendo. Entonces vio, no con los ojos, sino con la conciencia. Una ciudad suspendida en el cielo, como si flotara sobre el eco de una palabra. El tercer sol aún no brillaba. El equilibrio era perfecto. Y luego, el error. No por una guerra o una traición. Solo por un deseo desmedido de prolongar la armonía a cualquier costo. Fue entonces cuando el tercer sol fue sembrado, y su luz comenzó a alterar la frecuencia del lenguaje. Lo que antes creaba, ahora desgarraba. Los cantos comenzaron a fragmentar la realidad, y los velatrios, sabiendo que no podían coexistir con ello, eligieron desvanecerse, disolverse en el recuerdo y dejar atrás ecos como custodios, como advertencias.

Lira despertó. El canto había cesado. A su lado, el Coral del Silencio latía con fuerza. Estaba esperando algo, una orden, una voz. ¿Su voz? En ese momento lo comprendió todo. Si cantaba la nota correcta, si pronunciaba la secuencia exacta, el Coral absorbería el colapso del tercer sol. Pero también reactivaría el lenguaje velatrio y con él, fuerzas que ningún humano entendería del todo. La luz podría volver. O todo podría quebrarse otra vez. El espacio entero parecía contener la respiración del tiempo. Tenía que elegir entre cantar o callar.

La joven cerró los ojos y, por primera vez, no pensó en mapas, ni en soles, ni en órdenes. Solo en lo que había percibido en su sueño, la memoria del equilibrio.
Y entonces cantó. La cámara entera se llenó de luz, pero no había más Lira. Solo una nueva melodía, suspendida en el aire. Un nuevo eco. Un nuevo comienzo.

Los humanos que la esperaban notaron que el tercer sol ya no titilaba. Lira nunca volvió. Sin embargo, en las noches más claras, sobre el mar inmóvil del archipiélago, aún puede oírse un canto. Algunos dicen que es su voz. Otros, que es el principio de una nueva armonía. Una melodía que dibuja, sin palabras, la cartografía del alma.

Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

 

 

LA LUZ EN LA GRIETA

Sergio Gaut vel Hartman

 

Hasta donde soy capaz de recordar, la premisa de hierro está grabada a fuego en nuestros cuerpos desde siempre: el silencio, la obediencia, el cumplimiento, la sumisión son obligatorios. Pensar diferente es traición y los himnos que nos hacen cantar antes del trabajo son la prueba palpable de nuestra fe en el orden establecido.

En la planta, la consigna se repite como un mantra: creer, obedecer, callar. Las cámaras en cada pasillo son ojos sin párpados. Los altavoces mezclan órdenes con sermones de la Iglesia Única, esa que el gobierno ha adoptado a rajatabla para proteger “nuestra forma de vida basada en el bien”. No hay separación de bloques, no hay fisuras: El Líder Supremo es el Sumo Maestro de la Fe. La cabeza de la Iglesia Única conduce el Estado con mano de hierro.

Yo creí, con convicción, con firmeza, como se me enseñó a creer. La creencia es todo; lo demás es nada, menos que nada, es basura, podredumbre. Yo siempre creí, como se me ordenó… hasta que conocí a Mateo. Mateo no me dijo nada, ni siquiera me miró; sólo dejó un dibujo en el muro húmedo del vestuario: un sol con mil rayos y una palabra mínima, solo dos sílabas: pensar. Al día siguiente el sol y la palabra ya no estaban. Mateo tampoco estaba, había desaparecido. Mateo se había esfumado, como hubiera sido una nube de humo, vapor, niebla; nunca volvió.

Pero a partir de la noche del día en que desapareció Mateo algo cambió. Mi padre había muerto convencido de que todo era voluntad divina y eso me inculcó, como se marca con hierro al rojo al ganado. Mi madre rezaba para que no nos faltara pan y para que el morir pudiéramos acceder a la Esfera de los Buenos. La promesa de un futuro espléndido nos esperaba a la vuelta de la esquina… cuando el alma, prisionera del cuerpo, lograra por fin liberarse y ascender.

Pero yo encontré un libro, no el Libro, otro libro. Ni siquiera sé cómo llegó a mis manos. Comencé a leer ese textos prohibido a escondidas y descubrí extrañas palabras: filosofía, ciencia, pensamiento crítico, duda, rebelión, inconformismo, viejas formas de vida en comunidad basadas en la solidaridad y no en el egoísmo, sociedades donde la palabra libertad no era pecado mortal.

Un día tocó a la puerta de mi casa el inspector religioso. Revisó los armarios y se aseguró de que el Libro fuera el único libro; quería asegurarse de que nadie vacilara a la hora de adherir en cuerpo y alma a los dictados del Líder Supremo y Sumo Maestro de la Fe, que por una milagrosa casualidad son la misma persona. Preguntó mi nombre, miró mis manos manchadas de grasa y me sonrió sin calor. Me habló de salvación y obediencia.

—Quien se aparta del dogma pierde su lugar en la sociedad —dijo.

Asentí. Callar era sobrevivir.

Pero la semilla ya estaba. Cada golpe del martillo en la fábrica era una disyuntiva: obedecer o ser libre. En el comedor se empezaron a escuchar murmullos, a pesar de que cada día desaparecía un compañero. Empecé que otros también habían leído algo, otros también dudaban, aunque nadie se atreviera a hablar en voz alta.

Como todas las semanas nos ordenaron asistir a la gran misa del Estado. En la plaza, bajo la estatua del Líder Supremo y Sumo Maestro de la Fe, el mensaje enérgico y oscuro repitió las consignas eternas: unidad y sumisión; paz, obediencia, pacado. Dijo que las leyes divinas y las humanas eran una. Dijo que la conciencia libre era una blasfemia que debía ser castigada.

Yo alcé los ojos hacia el cielo nublado. Pensé en Mateo, en mi padre. Algo dentro de mí cambió de posición.

Cuando el sermón terminó, casi todos inclinaron la cabeza y repitieron el juramento de fe. Yo la mantuve erguida. Sólo un segundo. Pero bastó. Percibí que alguien a mi lado también la alzaba. Otro más dos filas atrás. Un gesto minúsculo, casi invisible, pero vivo. No nos conocíamos, no hablábamos; sin embargo, nos reconocimos.

El guardia que patrullaba me miró, confundido. Quizá creyó que había sido un error. Quizá no quiso ver.

Desde ese día, cada vez que se exige obediencia, unos pocos ya no bajamos la cabeza. Todavía no gritamos, no marchamos, no hacemos ruido. Sólo pensamos, y sabemos que pensar es el primer acto de libertad.

Llegará el castigo, y muchos desapareceremos como Mateo. Pero habremos vivido como personas y no como sombras. Y aunque sea pequeño, el espacio que se abre en la mente no se vuelve a cerrar. Y aunque al principio solo sea una chispa, la débil llama no tardará en convertir en una hoguera que ilumine la noche. 

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es un escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novela corta Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos. 

 

FLORET SILVA NOBILIS