domingo, 1 de marzo de 2026

SERPIENTE

Adnadin Jašarević

 

—Si matas una serpiente en tu casa, has matado tu suerte. Cada casa tiene su serpiente protectora, y cada hombre tiene también su serpiente homónima. Por eso no hay que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte… —murmura la abuela Vida. Hace rodar las palabras por su boca desdentada como piedras en un arroyo.

El fuego en el hogar chisporrotea junto a sus pies y, al alzarse ella, agitando los brazos, proyecta sombras extrañas y danzantes por la choza, como si siguieran el ritmo de su relato. A su alrededor, al alcance de la mano, los niños se han sentado; de vez en cuando levantan las manos hacia los ojos, como asustados, o se tapan los oídos… Pero no huyen: la atracción mágica del horror es irresistible…

Mi Gala está tendida en el lecho. Su respiración suave apenas se oye… Así es ella por lo general… Demasiado callada… Una mujer casi invisible… A veces me parece que solo yo la noto, nadie más.

Escucho su respiración, como un viento leve de primavera, que se mezcla con la historia de la abuela Vida. Y afilo la espada. El áspero sonido del metal, como debe de ser la voz en la muerte, se cuela entre las sílabas, entre dos alientos, como si se dispusiera a partir en dos a la gran serpiente del cuento, como si estuviera a punto de cortar para siempre el tenue hilo de la suerte.

—¡Algunas se transforman en dragones, vuelan sobre la aldea y escupen fuego! —grita la abuela, y los niños chillan de miedo—. Las dragonas son malignas, criaturas del invierno… Odian a los hombres, sobre todo…

La espada silba contra la piedra de afilar. Miro afuera, a través de los párpados entreabiertos: la nieve cae como si quisiera enterrarnos por encima de los techos… Un temblor recorre a Svebor. Morana gobierna el mundo allá afuera, fuera de ese pequeño círculo de calor junto al hogar. Pálida, se inclina sobre colinas y campos cubiertos de ventisqueros y hielo. Es cierto: la muerte es blanca. Dondequiera que pisa, todo lo que toca o mira muere.

—El dragón es una serpiente terrible: en lagos o abismos acecha a los hombres y los devora. Si cae en tierra firme, se hace pedazos; si cae en el agua, permanece vivo. La cabeza del dragón es de serpiente, y puede tener siete. Sus dientes son más grandes que los de un rastrillo, sus patas como las de un oso y sus alas de águila, solo que mucho más grandes y sin plumas. Es más largo que una casa y tan fuerte que puede mover montañas. Las mujeres pueden tener hijos con un dragón. Duerme con los ojos abiertos, y solo lo mata la planta de valeriana.

En el filo de la espada brillan las llamas como si cobraran vida, bailan, giran en círculo… Se agrupan en signos extraños y se dispersan: letras incomprensibles, en una lengua desconocida, como si quisieran decirle algo. Sonríe. No debe contárselo a la abuela Vida. Ella diría que son las Parcas hablándole. No se calmaría hasta recitar los versos del destino… Pero Svebor solo cree en el destino que forja con su espada; no necesita esas profecías de vieja.

Toc. Toc.

La abuela calla. Ni una palabra.

Toc. Toc.

Algún visitante que pide entrar en la habitación…

Toc. Toc.

Un visitante tardío que quizá busca refugio.

Los niños se aferran a las faldas de la abuela.

Ya no llaman. Afuera, solo hay silencio.

Cuando reúno algo de valor, avanzo hacia la puerta con la espada por delante. ¿Podría ser un extranjero? ¿Un viajero perdido o un espíritu helado del invierno?

Tres golpes sordos sacuden la puerta: se alza como si fuera a saltar hacia nosotros, dentro de la choza…

—¡No abras! —grita la abuela—. ¡Nos congelará el alma!

¡Vieja! Levanto el cerrojo. Empujo la puerta con el pie, y se abre de par en par: al suelo de la choza rueda un bulto de trapos. Detrás, el aliento de Morana, la mordedura helada…

—¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Mata al demonio! —chilla la vieja desdentada.

Cierro la puerta. Pateo el bulto en el suelo, y este gime con una voz aguda de mujer.

—No me golpees, Svebor…

—¿Quién eres? Habla —la pincho ligeramente con la punta de la espada.

—¡Ah! ¡No! Soy Zorana, de Pribjegi —su voz se deshiela, alta, nerviosa…

—¿Ah, sí? ¿Y qué haces tan lejos? Con este tiempo ni los perros vagan…

—Los de Pribjegi son bestias. Allí crece la prole no deseada —grazna la anciana, ominosa como un cuervo.

—Yo… estoy helada… —un rostro sucio asoma entre los trapos.

La arrastro hasta el fuego, tomándola por el cuello como a un cachorro. Es ligera, piel y huesos. La abuela se ha retirado a las sombras, murmurando un conjuro. Y la mujer –Zorana, dijo– se frota los pies junto a las llamas, con dedos diminutos como patas de araña. Los niños la miran con curiosidad, sin miedo.

Le doy hidromiel en un cuenco. Y ella bebe a tragos de los que ni los hombres se avergonzarían.

—¿Mejor?
—Hace calor en tu casa, señor.

—Esta tierra no tiene señor, mujer. ¡Di para qué has venido!

—Yo… Mi Dabiša se fue a la tierra salvaje.

—A la Tierra Desierta…

—Así es…

—¿Esta noche?

—Sí, señor… De repente se levantó del lecho caliente, con los ojos vidriosos, y se fue…
—¿Así sin más?

—Sí, de pronto… Camina descalzo por la nieve como si el frío no le afectara…

—¿Por qué no lo detuviste?

—Lo intenté. Lo agarré de los brazos, de las piernas… Grité… Pero él ni una palabra, ni una mirada…

—¿Y así se fue?

—Se fue, señor…

—¿Y por qué viniste a mí?

—No hay hombres en Pribjegi. Todos se han escondido, nadie que te lleve al hogar para calentarte…

—Así son todos ustedes, mujer.

—Como dices, señor.

Así… La mujer baja la cabeza. Evita su mirada. Tiembla… No le importa Dabiša. Nariz rota… Sombras azules en el rostro… No tiene futuro en Pribjegi… Huyó antes de que la chusma descubriera que la choza estaba sin dueño. Sabe bien lo que le harían. Probablemente peor de lo que puede imaginar…

—¿Quién es, Svebor…? —Gala levanta la cabeza, aún pesada de sueño… Flota fuera de las sombras, como si fuera solo una cabeza sin cuerpo… Sus ojos oscuros como carbones y profundos como la noche…

—Nadie, mujer, nadie —no miente, porque esa miserable no era nadie…

—Ah, bien… —dice soñolienta… La cabeza se balancea y se retira, como hundiéndose en olas oscuras.

No le importa Pribjegi. Ojalá todos se perdieran en la Tierra Desierta. Pero los suyos también se van. Hace diez amaneceres, Živan. Días después, su amigo Ostoja… Dos dedos… Solo falta uno más. Svebor levanta el índice. Lo mira como preguntándose quién será el que complete la cuenta.

—Tú, Nadie… Puedes dormir aquí, junto al hogar…

—Gracias, señor…

La mujer se acuesta en las cenizas, encogida como una perra.

Svebor envía a los niños con su madre, al amplio lecho. Miran aún con curiosidad por encima del costado de Gala hasta que les amenaza con el dedo. La abuela se ha dormido sentada en el taburete, apoyada en la pared, roncando… Entonces, cuando siente que todos respiran demasiado profundamente para estar despiertos, se levanta hacia la despensa… Un trozo de pan, queso y carne… Deja el cuenco junto a la cabeza de la mujer. Come, come como si la hubieran tenido hambrienta durante años…

Echa un leño al fuego para avivarlo.

Luego toma la espada. El chirrido del metal y la piedra de afilar se mezcla con los ronquidos de los durmientes…

 

La noche se ha retirado a sus refugios secretos y profundos… Desde el lomo del caballo negro, Svebor contempla el paisaje pálido y sin caminos.

La Tierra Desierta.

En ella nada crece, nada vivo camina.

Y sin embargo… como hechizados, sus compañeros encontraron el camino hasta aquí donde no hay camino alguno.

—Dime, mujer, ¿hasta dónde seguiste a tu marido?

—No mucho más allá… —murmura la mujer, montada en un pequeño caballo de montaña.

Svebor le ha atado las riendas a los antebrazos. De otro modo, quién sabe… incluso el dócil Rudan la habría tirado al suelo… Nunca había montado.

—¿A dónde fue?

—A esa cima solitaria… —señala con la mano una colina que se alza sobre la llanura como un dedo amenazador.

—¿Allí?

—Miré atrás varias veces, señor. Fue allí…

—Bien… Vete si quieres… —dice y espolea el caballo.

Claro que ella regresó hacia Bornik… No se volvió. ¿Quién esperaría que esa desdichada buscara a su marido perdido…? No en la Tierra Desierta.

Conduce el caballo al trote hacia el Dedo. Por este camino fueron, entonces… El último, Ostoja… La locura lo tomó a plena luz del día, en la plaza.

Aquella fría mañana bebía hidromiel y se quejaba de que Radivoj la rebajaba con agua. El viejo comerciante no se dejó perturbar, aunque todos los presentes se burlaban de Ostoja. Decían que era el más ruidoso, el más fuerte, que bebía a tragos de los que pocos podían presumir… Cuando de pronto enmudeció. Se quedó rígido. Sus ojos fijos en la lejanía, ciegos para los cercanos… Aunque le hablaban, no respondía, como si estuviera sordo. Permaneció así hasta que el sol tocó el tejado de la casa de Dažbog. Inmóvil como el ídolo de nuestro dios tallado en el marco de la puerta. Así lo encontré. Estaba a punto de ordenar que lo llevaran a casa cuando Ostoja despertó, dio un paso, luego otro, al principio inseguro, y después, envalentonado, bajó corriendo por la colina. Lo llamamos en vano; pasó entre nosotros como entre desconocidos.

Confundido, pensé que Ostoja había enloquecido o que alguien le había lanzado un hechizo. Lo seguí y le hice tropezar. Siete hombres hicieron falta para sujetarlo, tanto se resistía, incluso arrastrándose a cuatro patas hacia donde fuera que iba. Tal vez al mismo lugar que Živan. Su madre dijo que se había comportado de forma extraña la noche anterior, igual que Ostoja hoy, recordó Svebor. Y él se fue a la Tierra Desierta.

Ordené que lo ataran en la casa de Dažbog.

Era terrible ver el rostro del amigo transformarse ante los ojos: la boca encogida aullando en silencio, los ojos en blanco, negros como plumas de cuervo. En la penumbra del templo parecía algo incorrecto. Ni la gracia de Dios ni la del hombre estaban con él… El sudor le corría por las mejillas, la barba, el cuello… Y los músculos tensos, de modo que las ligaduras se le clavaban formando una red roja de dolor. Nadie supo qué lo llamaba, porque nadie oía ese llamado salvo él… Lo dejé al anochecer bajo guardia, cuando vi que no quería ni agua ni comida ni hidromiel. Nada más podía hacer.

Pero ahora tendrá que hacerlo: aquel dedo de piedra se alza sobre él, cada vez más alto, cada vez más amenazante… Como si quisiera caer desde el cielo sobre el jinete y empujarlo bajo la nieve y la tierra helada. Svebor sacude la cabeza, tratando de alejar los pensamientos sombríos.

Espolea el caballo, porque el sol desciende.

Morana se acerca en silencio, como un cazador… Con su mordedura helada perfora la vena… Congela el corazón… Arranca el alma del vientre con dedos que son cuchillas… Es tan silenciosa… Pero así debe ser… Nada bajo el cielo es más silencioso que la muerte…

Un punto negro en el desierto blanco, extendido hasta el fin del mundo…

Creerías que es un ave si volara por el cielo…

Llega al Dedo desde el este, y hacia él, desde el oeste, avanza una larga sombra oscura…

 

Svebor deja el caballo atrás. La pendiente se ha conjurado contra él: no le deja pasar.

Trepa cuesta arriba, a veces a cuatro patas, buscando apoyo en la ladera helada con los dedos ensangrentados; otras veces corre, salta, para librarse de las llanuras temblorosas que amenazan con deslizarse en avalancha… Ahora está seguro de que va hacia donde debe. Como si una voz interior misteriosa le dijera: ven… le indica por dónde ir… dónde están los pasos ocultos en ese desierto… Es una voz agradable, cálida, y la sigue con gusto: en una voz así, que recuerda a un lecho blando, no se duda…

A veces le parece ver a su Gala mirándolo en silencio a los ojos, con esos ojos como lagos de montaña, profundos, oscuros, intactos… Y en la sombra de esa visión se desliza una melodía suave, como el crepitar de las llamas, el crujido de una rama quemada por dentro, el rumor del humo en la chimenea…

Svebor escala la pendiente helada lleno de la fuerza de la melodía…

Nada puede detenerlo: ni las oendientes congeladas, ni los ventisqueros infranqueables y los precipicios, ni el frío que congela la sangre. Sube hasta la roca desnuda, hasta el mismo Dedo. Una piedra tan fría que ni la nieve ni el hielo se adhieren a ella. Avanza por la base palpando en busca de un paso, sabiendo que debe de estar allí, abierto solo para los elegidos…

La voz mueve los labios de su Gala y le dice que él es ese, el elegido.

Él sabe que lo es.

Se hunde hasta las rodillas en la nieve, pero no se detiene. No desfallece. Paso a paso, ayudándose con las manos… Y entonces todo se derrumba; hundido hasta el cuello en la nieve, en un torbellino blanco desaparece… Blanco. Oscuridad.

Oscuridad.

Blanco.

Abre los ojos hacia un techo alto envuelto en sombras.

Parpadea.

Mueve brazos y piernas, dedos: no se ha roto nada. Está tumbado sobre un montón de nieve que se ha desplomado con él en la cueva; Svebor comprende que ese alud lo salvó. Se sienta. Mira alrededor con cuidado. Está en el centro de un pequeño círculo de luz, y alrededor la oscuridad se ahonda tanto que no ve nada que le indique el camino.

Y la música suave que suena como el fuego en el hogar ha vuelto. Llama.

Llama irresistiblemente, como una madre que atrae al niño con pasteles de miel, o una mujer, con las piernas alzadas, que invita al marido a la cama.

Por eso Svebor se levanta, aunque dolorido, y entra en la oscuridad con la mano derecha extendida y la espada desenvainada.

Avanza tambaleándose por un túnel estrecho, húmedo, tan oscuro que no debería ver nada, pero de algún modo, por magia, por voluntad divina, ve todo el tiempo los ojos de Gala, oscuros como el cielo del atardecer…

Ya no sabe adónde va ni por qué… Pero debe seguir adelante, porque la melodía, suave y aguda al mismo tiempo, como su espada, así lo ordena.

El fuego canta en su cabeza. El fuego en los ojos de Gala. Y siente el calor… un calor que ningún herrero ha encendido… Lo alcanza; oleadas de calor lo envuelven, allí adelante, hacia donde lo llevan sus pies…

No está seguro de si es ilusión o realidad esa luz que crece, paso a paso…

Una luz atrayente como un abrazo.

El abrazo de Gala…

La tenue melodía se fortalece… crece… los chasquidos de las llamas cantan más fuerte, se avivan…

Ven…

¡Voy! ¡Voy!

Svebor irrumpe desde el corredor en… no ve adónde, porque la luz lo ciega… Como el alba tras una larga oscuridad…

Parpadea…

La voz suave rueda sobre un chirrido como de espada en la piedra…

Aprieta la empuñadura. La espada… ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde?

Svebor, por fin viniste a mí…

—Yo… ¿quién es? —empieza a distinguir reflejos rojizos y dorados a su alrededor.

Donde te ha traído tu deseo, Svebor…

—¡Deja los enigmas! —responde con dureza—. ¿Qué lugar es este? —da un paso. El crujido bajo el pie, tan parecido al sonido de huesos que se rompen, le envía un escalofrío por la espalda.

El lugar no importa, ni dónde ni cuándo… Yo le doy sentido… Yo y tu deseo…

Su vista se aclara lo suficiente para ver cómo los destellos dorados y púrpuras juegan en las escamas de un dragón tendido. Está estirado como en reposo; solo la cabeza, en el largo cuello, se mece sobre los hombros, hacia él.

Podría decir que yo soy tu deseo final… el cumplimiento de tu propósito… Ven a mí… querido…

Confundido, mira fijamente los dos ojos ardientes, ojos de serpiente, tan parecidos a los de Gala… Y esa voz es como la suya, suave como muslos en la oscuridad, plena como pechos maduros…

Ven… Te he esperado tanto… demasiado…

—Gala… —susurra…

Silencio… El dragón tiembla… gira la cabeza… las alas se alzan y caen… otra vez…

Como si los rasgos del cráneo de serpiente se mezclaran con los del rostro de su mujer… le parece… como si fuera el mismo rostro… ¡Imposible!

—¿Gala? ¿Qué sucede? —da un paso más con la punta de la espada al frente… y otro más—. ¿Quién eres?

La melodía que golpeaba suavemente su sien se enfurece y empieza a martillear como para romperlo por dentro.

¡Soy Gala, maldito hombre! ¡Gala! ¡Gala! ¡Maldito! ¿De dónde has sacado mi nombre?

La cueva tiembla; casi pierde el equilibrio. El sudor le corre desde la cabeza por la espalda en ríos. Da un paso adelante, hasta el vientre expuesto de la bestia.

…no hay que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte…

Svebor empuja la espada… entre las escamas… La sangre negra fluye siseando…

…cada hombre tiene su serpiente homónima…

—Gala… —murmura… empuja la espada más hondo…

Por eso no hay que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte…

La dragona lo mira a los ojos. Esos grandes ojos mágicos son los ojos de Gala… llenos de angustia, de silencio, de resignación o de miedo…

Soy… Gala… Mátame, hombre… Maldito…

La espada penetra hasta la empuñadura; la sangre negra le cubre la mano…

Mátanos, Svebor… Mátanos… Mata a tu Gala… Nunca tendrás suerte… nun… ca… tú… ooooooo…

El largo cuello se extiende… la cabeza se sacude, espuma… la cola azota la cueva intentando alcanzarlo…

—¿Gala?

Silencio…

Mudez…

Ni una palabra más…

Nunca más…

Solo eso y nada más…

Adnadin Jašarević nació en Zenica, Bosnia, el 9 de marzo de 1967. Se graduó en periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Sarajevo. Trabajó como periodista en el diario Oslobođenje, en NTV ZETEL y en RTV Zenica, donde fue editor de programas documentales y culturales. Desde 2007 es director del Museo de la Ciudad de Zenica. Fundó en 1994, en Zenica, la primera escuela de cómic de Bosnia y Herzegovina. Es editor de la colección Tragovima bosanskog kraljevstva (Tras las huellas del reino bosnio), una recopilación anual regional de relatos fantásticos, y desde 2006 organiza el festival de literatura fantástica del mismo nombre. También es fundador y editor del primer y único almanaque bosnioherzegovino dedicado a la épica y la ciencia ficción, Prometej (Prometeo), publicado entre 2000 y 2007. Ha publicado veinte libros, entre ellos la primera novela de fantasía épica de Bosnia y Herzegovina. Entre sus obras anteriores se encuentran libros para niños y jóvenes, las colecciones de relatos U dvorani ogledala (En el salón de los espejos), Tamoiza, y la novela Nedovršeni svijet (El mundo inacabado). También se dedica a la ilustración de libros.

sábado, 28 de febrero de 2026

ABADÓN

Nataša Milić

 

—«La simbiosis del virus

despojado de falta de propósito

y del hombre liberado de limitaciones

gobernaría la naturaleza

a la que ambos sirven solo como abono».

Prof. Dr. Frederick Lieberman, Rabia

 

La primera muerte se recuerda. La segunda o la séptima ya importan menos.

La primera víctima del contagio es como de nuestra propia sangre. Sabemos su nombre, su edad y su sexo. Estamos seguros de quién fue, de dónde partió y por qué llegó, qué hacía exactamente cuándo enfermó. Su agonía se nos imprime en el alma. La vivimos, la registramos y la transmitimos de generación en generación, para que viva eternamente a través de nuestro miedo.

Anđelija Nedeljković, de Grčka Mala, llevó el bacilo de la peste a los habitantes de Irig en una alfombra. El comerciante Ibrahim Hoti se contagió de viruela durante una peregrinación por Oriente. Un anciano de rostro deformado, sin documentos y sin conciencia, se preparaba para entregar a los belgradenses una nueva dolencia, enigmática y terrible como su portador. Paciente cero. Si es que realmente lo era. Y si esta monstruosidad era de verdad algo nuevo.

La doctora Margita Ras, en diez años de trabajo en el Hospital de Enfermedades Infecciosas, no había visto nada semejante. El haz de mucosidad sanguinolenta y huesos sobre la camilla gemía en silencio, se retorcía y arqueaba, utilizando sus últimas fuerzas para cubrirse los ojos con manos monstruosamente hinchadas. Enloquecido por el dolor, probablemente sordo y ciego a todo lo que lo rodeaba, no podía soportar el único estímulo que le llegaba de este mundo. La luz.

La doctora apagó los tubos fluorescentes centrales, bajó las persianas y dejó solo la pantalla del portátil encendida junto a la lámpara tenue del escritorio.

—Lo correcto —le dijo el camillero Ratko, que había traído al enfermo—. No es cosa para mirar, el pobre, y el resplandor le afecta mucho. ¡Cómo se resistía en el aeropuerto!

—¿Lo trajeron del aeropuerto? ¿En qué avión llegó?

—No tenemos idea. Parece que vino directo del Infierno, aunque en ese caso supongo que no volaría… —Ratko sonrió—. Tal vez usaría el metro… si lo tuviéramos.

—¿Quién sabe, doctora? —intervino el otro camillero, un corpulento hombre de Dorćol con los dientes separados—. Este estuvo horas muriéndose en la Terminal 2. En Belgrado todos caen del cielo.

También él tenía ganas de bromear. El trabajo duro exige buen ánimo. Margita comprendía la necesidad del personal sanitario de buscar motivo de risa en todo. Se había acostumbrado al humor negro y ella misma sabía bromear con rudeza. Aun así, no aprobaba la ligereza ante enfermedades extrañas como la que tenían delante.

—¿Siguieron las medidas? —preguntó con sequedad.

—Claro —respondieron al unísono, con tal seguridad que ella supo que mentían.

Su mirada se detuvo en el guante rasgado de Ratko.

—Lávense bien las manos y… tengan cuidado.

Quiso que se quedaran un poco más en la consulta o al menos cerca, en el recinto hospitalario, pero no tenía derecho ni razón racional para retenerlos. El turno terminaría pronto. No podía impedirles que regresaran a sus casas, a sus familias. Por calles, tranvías y autobuses. Por panaderías y tiendas. Entre vecinos y amigos. Sintió un frío descender por su columna. No podía detenerlos, aunque tenía el impulso de cerrar la puerta con llave y tragarse la llave. Y aun si lo hiciera… ¿qué pasaría con los trabajadores del aeropuerto? ¿Con los demás pasajeros? ¿Quién sabe cuántos habían estado en contacto con aquello?

Eso, fuera lo que fuera… quizá no era contagioso. Sin embargo, el estremecimiento en sus entrañas y el malestar en el borde mismo de la conciencia le decían que tenía razones para temer. La administración del aeropuerto había aislado y remitido correctamente al enfermo. Pero esa misma administración, como los dos camilleros imprudentes, no había hecho nada respecto a la protección personal. Como si las epidemias fueran el argumento de malas películas y la muerte una desgracia que no afecta a los directivos de compañías aéreas.

Ratko y el hombre de Dorćol se marcharon, y la doctora Margita permaneció sentada varios minutos más, con los brazos cruzados sobre el pecho, deliberando qué hacer.

El paciente era aterrador, aunque no débil. El camillero le había dicho que llevaba horas “muriéndose” en el aeropuerto. Enviaría muestras al laboratorio; eso no era difícil. Lo difícil era intentar tratarlo. Multitud de síntomas que podían corresponder a una decena de enfermedades distintas, y ella solo tenía derecho a un intento. Jugaría a la ruleta médica. Rojo o negro, veneno o medicamento, vida o… Al fin y al cabo debía darle algo. No se quedaría con los brazos cruzados.

Escucharía el espasmo bajo sus costillas y haría primero lo más importante.

Llamó al aeropuerto. Tras una conversación breve pero extremadamente agotadora, consiguió que nadie abandonara las terminales hasta que llegara la respuesta del laboratorio.

En su propia clínica tuvo menos suerte. La mayoría de los médicos de guardia ya se habían ido.

Bajo el efecto del sedante el enfermo se relajó un poco. Extendió los brazos a lo largo del cuerpo y parecía dormir. Estaba en el umbral del sueño eterno, probablemente. O, menos probable aún, en camino a la recuperación. El reposo inducido podía resultar valioso… al menos para el observador. El rostro dormido ya no estaba hinchado ni rojo brillante como cuando lo trajeron. Parecía mucho más humano.

—He hecho lo mejor posible —se animó Margita, aunque el cambio inexplicablemente rápido del paciente la inquietaba.

—Hay que esperar, esperar al laboratorio. No tengo otra opción.

La piel del enfermo adquiría gradualmente un tono rosado saludable. Los espasmos dolorosos habían cesado hacía tiempo y tampoco quedaba la rigidez cadavérica inicial.

—Duerme. ¿Quizá sueña? Como dijo Hamlet, ahí está el nudo.

Sonrió, y luego se reprendió por la broma de mal gusto. Apagó la lámpara y el portátil, levantó la persiana y dejó entrar en la consulta el gris día belgradense.

 

Ratko entró en su panadería favorita junto a la estación de tren, aunque no tenía hambre. Pidió burek, siempre fresco y famoso, que esa mañana le pareció apenas más sabroso que cartón grasiento. Se comió un cuarto de la bandeja a la fuerza, regando cada bocado desabrido con abundante yogur. La fuerza entra por la boca, y él se sentía destrozado. Demasiado cansado para irse a dormir, incapaz de hacer otra cosa. Como si fuera su primera guardia nocturna. Y normalmente a esa hora llevaba a su hijo al jardín de infancia. Por suerte el pequeño estaba ahora en el pueblo, con su abuela.

Se tambaleó hasta el parque y casi cayó sobre un banco donde estaban sentadas unas estudiantes de secundaria. Se apartaron al verlo acercarse. Ratko abrió la boca para preguntar de qué tenían miedo, pero en lugar de palabras de su garganta salió un sonido extraño, informe.

El dolor en el abdomen se hacía más fuerte, se extendía hacia el pecho como un incendio. Rápido, demasiado rápido.

¿Nadie oía su grito? Aullaba con todas sus fuerzas, pedía ayuda, y la gente solo pasaba de largo. Sus pasos, conversaciones, sirenas… Todo se fundía en el llamado de una gran carraca que nunca se detiene. Se taparía los oídos, pero el sol venenoso de la mañana lo obligaba a proteger sus párpados con las manos. Y aun así, por más que se cubría, sentía cómo los rayos se filtraban entre sus pestañas, penetraban en las órbitas, abrasaban conciencia e inconsciencia, y su alma se derretía en un océano de lava blanca. Allí, en el corazón del dolor, encontró a un joven hermosísimo de ojos resplandecientes. Este le habló y Ratko, por encima de todo el estruendo, oyó claramente la voz.

—Levántate y sígueme.

Por imposible que pareciera la exigencia, el camillero encontró en sí mismo fuerzas para obedecer. En un instante se halló de rodillas ante el hermoso, que le tendía la mano.

 

El hombre de Dorćol enfermó antes que Ratko. Lo asaltaron punzadas violentas en el vientre y se desplomó aún dentro del recinto hospitalario. Fue retenido para tratamiento pero, antes del ingreso formal y de ser trasladado a una cama, permaneció un momento en la sala del personal médico. Allí, ante las enfermeras que iniciaban el turno matutino, sufrió una transformación espantosa. Sus ojos se hundieron, los rasgos del rostro se disolvieron. Tenía llagas rojas inflamadas en lugar de mejillas, de modo que la doctora Margita solo pudo reconocerlo por su complexión y sus dientes separados.

Nuevos pacientes, una azafata y dos mecánicos de aviación, no estaban en mejor estado cuando los trajeron. Además de ellos, la furgoneta del aeropuerto entregó en urgencias a un hipocondríaco parlanchín sin síntomas claros y a varios enfermos silenciosos pero gravemente debilitados en tránsito.

Se hablaba de un virus transmitido por el aire. Y en efecto, parecía que el simple hecho de respirar cerca de los enfermos suponía un riesgo. El temor se vio reforzado por casos “de la ciudad”, en los que no era posible determinar cómo se habían contagiado.

Gran parte del personal del Hospital de Infecciosas llevaba viseras o mascarillas dobles. Se ponían dos pares de guantes. Precaución digna de elogio, aunque en su mayoría inútil. El paso a la condición de enfermo se producía con velocidad inaudita y entonces seguía una transformación fulminante: erupciones, hinchazones y dolor insoportable, tras el cual llegaban agotamiento extremo o coma.

La doctora Margita probó todo lo que sabía. La bola de su ruleta giró muchas veces hasta la noche, pero no hubo premio. El tratamiento terminó reduciéndose a administrar sedantes y vigilar cuerpos doloridos, sin conciencia y sin forma humana.

Sin embargo, nadie había muerto aún, ni siquiera el primer paciente del aeropuerto. Yacía en la oscuridad, inmóvil como una gran larva. Dormido y estable. Indudablemente vivo. E incomparablemente más hermoso que cuando lo trajeron Dorćolac y Ratko. Su estado dejó un rastro de esperanza en Margita, incluso después del informe del laboratorio.

—Virus —le confirmó su colega—. Desconocido para mí.

Claro. Solo un virus puede devastar así su entorno.

—¿Qué quieres decir con desconocido?

—Prácticamente todos esos pequeños miserables, bajo ciertas circunstancias, desencadenan procesos inflamatorios en el sistema nervioso central. El rompecabezas encaja, solo que…

—¿Solo que qué?

—Su estructura es distinta de todos los del grupo al que, condicionalmente hablando, pertenece.

—¿Mutante?

—Probablemente. Y además… no sé cómo decirlo, Margo, para que me tomes en serio… Es extraño… si es que algo en la naturaleza puede serlo. Tiene forma de letra A mayúscula.

—Mira, nos muestra su inicial.

—Eso parece.

—Nada llevará nuestro nombre —canturreó—. Qué lástima.

—No bromeo. Parece una A que un calígrafo hubiera escrito en algún pergamino. ¿Y el tratamiento?

—No avanza. Nada ayuda. Y se propaga como si no fuera a amanecer mañana.

Amanecerá sin nosotros, pensó Margita. Nos exterminará y luego morirá él mismo, destino de todos los virus. Tampoco este se apartará del camino que le trazó la ironía divina.

—Yo decretaría aislamiento… hasta nuevo aviso. ¿Qué otra cosa podemos?

—Me temo que ya ni siquiera eso…

Al ser humano le cuesta reconocer su ruina en una criatura tan pequeña que no puede verse a simple vista. Y la broma es aún más cruel desde el punto de vista del virus. El ser más activo del universo existe solo mientras siembra muerte; vive para matar y, al quitar la vida, corre hacia su propia autodestrucción. El virus, carente de razón, no puede comprender su destino, mientras que el hombre, capaz de relacionar causas y consecuencias, rehúye comprenderlo y prefiere soluciones irracionales.

El director del hospital pasó buena parte del día redactando declaraciones, mensajes y explicaciones que al anochecer quedó claro que no serían leídos, porque no habría quien los leyera. Todos se referían al contagio y al cierre del aeropuerto de Belgrado. Esfuerzo inútil. Incluso mirar la pantalla del portátil le causaba dolor.

Ignoró las insistentes llamadas de la colega Ras. Esa mañana la había reprendido, aunque hubiera actuado correctamente. Su exigencia de impedir que se abandonara la capital era lo mínimo y probablemente lo único que podía hacerse. Pero ¡explícaselo a los mezquinos políticos y a los apestosos magnates! ¡Ordena a personas acostumbradas a oír solo su propia voz que respeten restricciones! Demuestra a todos los grandes y pequeños egoístas que son irrelevantes para la supervivencia de la especie.

Los enfermos caen en las calles. Y todos los que aún están en pie buscan cómo huir. Si es posible, con alas. ¡Pues no podrán! Abadón, el ángel de la destrucción, sobrevuela la ciudad. El virus A aletea con alas invisibles. Belgrado es ahora suyo y hay que reconocerle el poder.

Tomó el teléfono para confirmar al director ejecutivo del aeropuerto la prohibición de despegues, pero un dolor en las entrañas lo atravesó. En lo profundo, en el núcleo mismo de su ser, en un lugar oculto e inaccesible, ardía desde hacía horas un fuego blanco. Ahora la llama resplandeciente se elevó.

El hombre tropezó. Dejó caer el auricular y no oyó cómo una voz femenina alterada le comunicaba por el altavoz que el director ejecutivo no podía ponerse al teléfono porque se sentía muy mal.

 

Las persianas antiguas no dejaban pasar ni un rayo de conciencia en la consulta de Margita. Las bajó al ver que el día se retiraba. Detrás de las persianas era más fácil creer que el mundo aún existía.

Estaba sola. La única despierta entre los durmientes, la última chispa de conciencia. Los demás se habían rendido, y pronto también a ella le fallarían las fuerzas. Llevaba dos días sin pegar los ojos. La fatiga, la enfermedad o la miseria terminarían ganando.

Aún con la lámpara de escritorio encendida estaba demasiado oscuro. Extendió la mano para encender la luz central, pero unos dedos desconocidos se adelantaron. El interruptor estaba destruido, arrancado de la pared.

—¡Déjalo! —el siseo suave recordaba la voz de Ratko.

Percibió un movimiento en el fondo de la habitación, donde la oscuridad era más densa.

—¿Quién eres? ¡Sal!

—Primero cubre la lámpara.

—¿Y entonces? No veo nada.

La sombra se movió y tomó la forma de un hombre alto, de figura extraordinariamente armoniosa. Margita no le veía el rostro, pero la manera en que inclinó la cabeza sugería algo conocido.

—¿Ratko?

—Así nos llamaban —confirmó la sombra.

—¿Y ahora?

—Los nombres no son necesarios.

La voz, a diferencia de la postura, era repulsiva y ajena. Sonaba como el estertor de un moribundo. Se perdía en el silencio sordo de la consulta, se hundía en la oscuridad, opaca y sin color, de modo que Margita no estaba segura de oír palabras pronunciadas o simplemente de sentir lo que se le comunicaba.

Se levantó y dio un paso hacia la salida, donde había más luz. Quizá desde otro ángulo lograra ver a su interlocutor. Se apoyó en la puerta, incluso la entreabrió un poco, pero la sombra permaneció profunda e impenetrable. Parecía que la figura negra emitía oscuridad, que la generaba y la llevaba consigo. El rostro siguió oculto y el torso resultaba extrañísimo. Por un instante le pareció ver espalda en ambos lados.

—¿Quién eres… qué demonios eres?

El nuevo ángulo no reveló la identidad de la sombra, pero el rayo del pasillo cayó sobre la cama auxiliar, precisamente aquella donde había dejado al primer enfermo. El lecho estaba vacío.

—¿Cómo te levantaste?

—Extiéndeme la mano y tú también te levantarás.

Margita retrocedió con repugnancia, indecisa entre huir de inmediato por la puerta o refugiarse bajo el círculo seguro de la lámpara.

—Te alzarás con fuerza y salud.

—Estoy sana —respondió, solo para ganar tiempo—. Estoy bastante bien así.

—No puedes estar bien —gorgoteó la sombra—. Ustedes fueron creados débiles… mortales, perecederos, en esencia, una mercancía defectuosa. Se engañan creyendo que es consecuencia de un castigo, como si alguien se entretuviera haciendo justicia a un gusano que hoy es y mañana no. ¿Educan acaso a las lombrices? Incluso si fuera posible mejorarla mediante instrucción, no habría tiempo suficiente. La evolución, una mejora esencial del ser humano, ese es el único camino. Transformación o muerte. El desenlace natural contra el que tú, querida doctora, luchas con tanta obstinación… To die, to sleep –to sleep, perchance to dream– ay, there’s the rub, for in this sleep of death what dreams may come… Todo es en vano. ¿Lo sabes, Margo?

¿Cómo lo sabía? ¿Podía leer pensamientos? ¿Sabía que acababa de decidir huir, salir a la incertidumbre de la ciudad devastada, pero solo después de usar la lámpara? La oportunidad estaba ante ella; no tendría otra mejor.

—El dolor pasa, rápido, en un instante. Un parpadeo, inconmensurablemente breve en la eternidad. No temas.

—No temo… ¡nunca lo he hecho!

Con un movimiento brusco, Margita Ras tomó la lámpara, la alzó como una antorcha y la dirigió hacia el lugar de donde provenía la voz. ¡Le mostraría al engendro oscuro!

En el fondo de la habitación no había nadie. Miró alrededor, primero rápida y aterrorizada, luego más despacio y con extremo cuidado. Dejó que la luz iluminara cada rincón de la consulta, pero no vio la figura negra sin rostro, como si se hubiera retirado para siempre a la oscuridad. La voz gorgoteante ya no le hablaba. No le quedó más que, acurrucada junto a la lámpara, esperar el amanecer. Si alguna vez amanecía.

Las viejas persianas estaban dañadas. Los ojos cansados pero aún vigilantes de la doctora Margita vieron cómo por las tablillas carcomidas se filtraba el primer rayo de sol.

La doctora se enderezó y siguió su camino: comprobar si había supervivientes a quienes pudiera servir su ayuda.

De las últimas víctimas de una epidemia rara vez se habla. En general se sabe poco de ellas. No tanto por negligencia hacia los muertos como por la necesidad egoísta de que la vida continúe a través de quienes no han sido arrebatados. A menudo se oye que la última muerte en realidad no existe. No es verdad, pero tampoco es mentira. Las plagas cesan y regresan. En forma conocida o nueva. Mientras haya virus en el mundo perecedero de los mortales. Y alas inaudibles sobre nosotros.

Nataša Milić nació en Belgrado, Serbia, donde vive y trabaja. Es autora del libro de relatos Zaustavljeni sat, publicado en 2021. Ha publicado poemas y relatos, principalmente de fantasía, en numerosas colecciones y revistas. Sus relatos se han traducido al inglés, polaco y rumano.

 

MUELA

Sonia Chocrón

 

No llores por la leche derramada. Lo decía mi madre, que en paz descanse.

Pero no lloro por la leche derramada. Ni por el agua derramada, porque no las hay.

Lloro por el pobre chico.

Lo vi por primera vez una tarde, en Sarría. Me habían pasado el dato de un carretero de camiones cisterna, cumplidor y económico. Pero el hombre no tenía teléfono. Así que fui en persona a rogarle un poco agua para poder limpiar los inodoros de mi casa.

Desde que el suministro de la ciudad colapsó, la vida se había transformado en un ir y venir con recipientes vacíos de aquí para allá, de aquí para allá. Incansablemente, colectando agua para sobrevivir.

Todas las mañanas revisábamos las plumas de cada baño para corroborar que el milagro no había llegado. Y salíamos a resolver de la manera que fuera.

Un día de esos lo vi. Estaba junto con otros en el callejón. Podría decir que en un callejón sin salida. Pero aunque es una metáfora que le viene al dedillo, no quiero hacer metáforas. Quiero ceñirme a la realidad, como si mis palabras fueran una fotografía.

Literales.

Estaba drogándose en el angostillo, junto con otros chicos más, que como él, no pasaban de los quince años. Tal vez siete, una sola niña; y todos mustios como unas plantas jóvenes y marchitas

“No tenemos agua otra vez” me dijo mi hija. Y salimos a buscar al chofer del camión cisterna en su esquina maldita, la calleja de los niños.

Estaban allí, los niños, observándonos, como si fuéramos animales extraños, de otra raza, ajenos a las jaulas de su propio zoológico.

Cataron a mi hija, de la misma edad. La vieron límpida, inocente, con su uniforme de escuela. Y luego se miraron entre sí. Se percataron de que estaban sucios, que no asistían a ninguna escuela, que tampoco habían tenido jamás un uniforme color azul. Y en suma, que eran distintos.

Así que él se me acercó. O se acercó a mi hija, no lo sé.

Supe del miedo.

Sé que temblamos las dos y sin decirlo, quisimos huir sin el agua, sin el camión cisterna. Pero no lo hicimos.

—¿Busca a Fisher? —me preguntó. Y me di cuenta de que su mirada era absoluta. Nos había radiografiado en segundos con los ojos de un anciano vivido.

Asentí.

Fisher se llamaba el chófer del camión. Era un hombre joven, que venía del campo y que había desertado de la vida militar. Me recordaba a mi padre porque usaba una boina de tela y porque tenía los ojos claros, transparentes y nobles.

—Pero Fisher no está. Fue a llenar el tanque de un edificio —remató el niño.

Asentí de nuevo, lista para salir corriendo de regreso a nuestro auto, con mi hija de la mano.

Súbitamente recordé los inodoros. Los platos sucios. La sed y el calor. Porque además era verano, sin agua, y demasiados grados centígrados a la sombra.

—Y ¿cuándo vuelve? —quiso saber mi hija, como si el peligro no fuera su asunto. Como si no estuviéramos solas, en una calle ciega, rodeada de niños de la calle viajando por el espacio sideral.

—Si me regala algo, le mando al alemán a su casa apenas llegue —nos dijo con sus ojos minúsculos y encarnados. Era un ratón famélico.

¿Algo? ¿Qué era algo? ¿Dinero? ¿Droga? ¿Una casa, una escuela, una familia?

—Yo soy Antonio, pero me llaman Muela porque como mucho —nos dijo luego—. Y tengo hambre.

Abrí mi monedero y le di un billete mientras mi hija me veía hacer. Como todos los otros niños sucios que seguían cada movimiento mío como si yo fuera una película.

Regresamos al auto, asustadas.

Antonio guardó el billete en el bolsillo de su pantalón desvencijado y sonrió. Regresó con la pandilla a compartir una inyectadora. Lo vi por el espejo retrovisor del auto, cuando ya íbamos camino a la avenida, sanas y salvas.

Fisher llegó a las seis de la tarde. Nos dijo que el Muela había hecho la encomienda y se había asegurado de que parte de su carga nos alcanzara.

No llenamos el aljibe, pero con el surtido, pudimos lavar las ollas, darnos un baño frugal de agua helada y asear la casa.

No era mucho.

Cuatro días después no quedaba nada. Ni una gota. Cuatro días después tampoco recibimos el milagro del agua en nuestra casa.

La vida se trastoca cuando no hay agua. No hay horarios, no hay rutinas. No hay paz.

Pienso ahora que cuando mi entorno está seco, me parezco un poco a Antonio y su pandilla cuando les falta su dosis. Me exaspero, me vuelvo loca. Soy capaz de mendigar, de suplicar, de regresar a la calle donde el peligro es ley para abandonarme a la limosna de Fisher, a la caridad de Fisher y su camión cisterna.

Y lo hago, lo vuelvo a hacer porque estoy desesperada. No llevo a mi hija, quiero salvarla de lo feo. Voy sola esta vez, como una adicta al borde del colapso.

Y Fisher que no está. Que está dormido. Que se emborrachó el día anterior y hoy no sirve para nada.

Sólo Antonio y los otros niños siguen allí, como si el mundo fuera esa calle. Como si ya no existieran otros rincones para guarecerse, como si ellos y los gatos callejeros no tuvieran el valor de escapar de allí.

—Se lo vuelvo a mandar, a Fisher, en cuanto aparezca. ¿A que el otro día llenó su tanque? ¿A que sí? —dijo Antonio risueño.

—Sí —contesté.

Y luego hicimos silencio los dos. Todos callamos. Los niños, los gatos sin dueño, y yo.

—¿No vas a la escuela? —Le hice esa pregunta estúpida y obvia porque no se me ocurría otra.

—¿Para qué? No sirve de nada

—¿Cómo que no sirve de nada?

—Voy a pelar gajo joven, esto no es de gratis

Y me enseñó su antebrazo lleno de puntos de sangre, de pinchazos. De inyectadoras anónimas.

—Entonces déjalo. Deja esa porquería —Y le hablé como una madre. Como una mamá tonta, tan clase media y aterciopelada.

Me miró fijamente como si quisiera inocularme sus certezas.

Los demás críos se rieron de mí. Y Antonio hizo lo propio.

Entonces volví a darle un billete, esta vez a conciencia, a sabiendas de que lo estaba ayudando a matarse.

Esa tarde, no lo tomó agradecido. Me lo arrebató con rabia y se fue corriendo a su esquina, con los otros chicos.

Fisher no apareció ese día. Ni al día siguiente. Ni los días que siguieron.

Esa semana nos duchamos en la casa de familiares cercanos y lejanos y compadres y amigos.

Nos apañamos comiendo y bebiendo en nuestro comedor de lujo, en platos y vasos plásticos, decorados con figurillas de una Barbie playera; remembranza de las antiguas piñatas de mi hija. Y logramos conseguir cinco botellones de agua potable para bajar la cadena de los excusados.

El calor era inclemente. Era otro enemigo igual o mayor que la sequía. Como el colapso de los embalses y la estulticia oficial.

Cuando ya nos daba vergüenza mendigar más agua de los amigos con suerte, no tuve más remedio que volver al callejón. Mi hija se quedó en casa haciendo deberes con Lana del Rey como fondo musical.

Le pagaría a Fisher buen dinero. Ofrecería más que los demás.

Estaba allí con sus ojos verdes, herencia de un lejanísimo pasado teutón. No estaba dormido, no estaba borracho, no había salido a llevar agua a ningún edificio.

Me prometió un cisterna repleto para aquella misma tarde. Y me sentí aliviada porque iba a rescatar nuestras vidas por cinco o seis días más.

Con ese pacto sellado, no podía marcharme sin ver a Antonio o a Muela o como se llamara. Sin compadecerme de él nuevamente.

Me acerqué a la calle ciega y los gatos realengos huyeron de mí.

El hedor de la inmundicia y del orín me asaltó como un vago recuerdo de mi propia casa. El sol se incrustó con saña en los techos de zinc del pasadizo, y su brillo inclemente perforó mis ojos durante varios segundos.

Caminé encandilada hasta la esquina, divisé la pandilla, las jeringas, y unos perros sarnosos y sus moscas en eterna siesta. Los niños como una madeja entrelazada, sobre la tierra hirviendo, recostados de una pared. Comida vieja y putrefacta regada en la tierra. Granos de arroz verde. Huesos de pollo secos. Envases plásticos llenos de gusanos. El sopor del mediodía sofocándolo todo.

Pero Antonio no estaba allí.

Había sí un chaval nuevo que parecía desnutrido y que imitaba los modos de los otros, era obvio que quería encajar en la cuadrilla.

No fue fácil obtener respuestas. Aquel era el reino de la somnolencia. Era el imperio de los niños dormidos, drogados, sudando.

—¿Y Antonio?

Alguien, no sé bien si chico o chica, irguió la cabeza.

—No está— masculló.

—¿Y cuándo viene?

—Si le va a regalar algo, démelo a mi —dijo otro chiquillo medio dormido

—¿Pero y Antonio?

—No molestes, vieja. El Muela no vuelve más.

Hacía calor. Mucho calor.


Sonia Chocrón nació en Caracas, Venezuela, en 1961. Es licenciada en comunicación social. Poeta, narradora. Guionista. Publicada por editoriales como Alfaguara, Bruguera, Monteávila. 1988 llega por concurso al Taller “El argumento de ficción de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. De allí, viaja a México invitada por el premio Nobel para fundar el “Escritorio Cinematográfico Gabriel García Márquez” donde coescribe guiones para la televisión y el cine. Ha publicado La dama oscura, Sábanas negras, Las mujeres de Houdini, Usted, La virgen del baño turco y otros cuentos falaces y Falsas apariencias.  Su trabajo le ha merecido premios y reconocimientos. Apareció en antologías poéticas, narrativas y críticas. Ha sido publicada y traducida en revistas académicas especializadas en literatura (narrativa y poesía).

 

EL HAMBRE