sábado, 28 de febrero de 2026

MUELA

Sonia Chocrón

 

No llores por la leche derramada. Lo decía mi madre, que en paz descanse.

Pero no lloro por la leche derramada. Ni por el agua derramada, porque no las hay.

Lloro por el pobre chico.

Lo vi por primera vez una tarde, en Sarría. Me habían pasado el dato de un carretero de camiones cisterna, cumplidor y económico. Pero el hombre no tenía teléfono. Así que fui en persona a rogarle un poco agua para poder limpiar los inodoros de mi casa.

Desde que el suministro de la ciudad colapsó, la vida se había transformado en un ir y venir con recipientes vacíos de aquí para allá, de aquí para allá. Incansablemente, colectando agua para sobrevivir.

Todas las mañanas revisábamos las plumas de cada baño para corroborar que el milagro no había llegado. Y salíamos a resolver de la manera que fuera.

Un día de esos lo vi. Estaba junto con otros en el callejón. Podría decir que en un callejón sin salida. Pero aunque es una metáfora que le viene al dedillo, no quiero hacer metáforas. Quiero ceñirme a la realidad, como si mis palabras fueran una fotografía.

Literales.

Estaba drogándose en el angostillo, junto con otros chicos más, que como él, no pasaban de los quince años. Tal vez siete, una sola niña; y todos mustios como unas plantas jóvenes y marchitas

“No tenemos agua otra vez” me dijo mi hija. Y salimos a buscar al chofer del camión cisterna en su esquina maldita, la calleja de los niños.

Estaban allí, los niños, observándonos, como si fuéramos animales extraños, de otra raza, ajenos a las jaulas de su propio zoológico.

Cataron a mi hija, de la misma edad. La vieron límpida, inocente, con su uniforme de escuela. Y luego se miraron entre sí. Se percataron de que estaban sucios, que no asistían a ninguna escuela, que tampoco habían tenido jamás un uniforme color azul. Y en suma, que eran distintos.

Así que él se me acercó. O se acercó a mi hija, no lo sé.

Supe del miedo.

Sé que temblamos las dos y sin decirlo, quisimos huir sin el agua, sin el camión cisterna. Pero no lo hicimos.

—¿Busca a Fisher? —me preguntó. Y me di cuenta de que su mirada era absoluta. Nos había radiografiado en segundos con los ojos de un anciano vivido.

Asentí.

Fisher se llamaba el chófer del camión. Era un hombre joven, que venía del campo y que había desertado de la vida militar. Me recordaba a mi padre porque usaba una boina de tela y porque tenía los ojos claros, transparentes y nobles.

—Pero Fisher no está. Fue a llenar el tanque de un edificio —remató el niño.

Asentí de nuevo, lista para salir corriendo de regreso a nuestro auto, con mi hija de la mano.

Súbitamente recordé los inodoros. Los platos sucios. La sed y el calor. Porque además era verano, sin agua, y demasiados grados centígrados a la sombra.

—Y ¿cuándo vuelve? —quiso saber mi hija, como si el peligro no fuera su asunto. Como si no estuviéramos solas, en una calle ciega, rodeada de niños de la calle viajando por el espacio sideral.

—Si me regala algo, le mando al alemán a su casa apenas llegue —nos dijo con sus ojos minúsculos y encarnados. Era un ratón famélico.

¿Algo? ¿Qué era algo? ¿Dinero? ¿Droga? ¿Una casa, una escuela, una familia?

—Yo soy Antonio, pero me llaman Muela porque como mucho —nos dijo luego—. Y tengo hambre.

Abrí mi monedero y le di un billete mientras mi hija me veía hacer. Como todos los otros niños sucios que seguían cada movimiento mío como si yo fuera una película.

Regresamos al auto, asustadas.

Antonio guardó el billete en el bolsillo de su pantalón desvencijado y sonrió. Regresó con la pandilla a compartir una inyectadora. Lo vi por el espejo retrovisor del auto, cuando ya íbamos camino a la avenida, sanas y salvas.

Fisher llegó a las seis de la tarde. Nos dijo que el Muela había hecho la encomienda y se había asegurado de que parte de su carga nos alcanzara.

No llenamos el aljibe, pero con el surtido, pudimos lavar las ollas, darnos un baño frugal de agua helada y asear la casa.

No era mucho.

Cuatro días después no quedaba nada. Ni una gota. Cuatro días después tampoco recibimos el milagro del agua en nuestra casa.

La vida se trastoca cuando no hay agua. No hay horarios, no hay rutinas. No hay paz.

Pienso ahora que cuando mi entorno está seco, me parezco un poco a Antonio y su pandilla cuando les falta su dosis. Me exaspero, me vuelvo loca. Soy capaz de mendigar, de suplicar, de regresar a la calle donde el peligro es ley para abandonarme a la limosna de Fisher, a la caridad de Fisher y su camión cisterna.

Y lo hago, lo vuelvo a hacer porque estoy desesperada. No llevo a mi hija, quiero salvarla de lo feo. Voy sola esta vez, como una adicta al borde del colapso.

Y Fisher que no está. Que está dormido. Que se emborrachó el día anterior y hoy no sirve para nada.

Sólo Antonio y los otros niños siguen allí, como si el mundo fuera esa calle. Como si ya no existieran otros rincones para guarecerse, como si ellos y los gatos callejeros no tuvieran el valor de escapar de allí.

—Se lo vuelvo a mandar, a Fisher, en cuanto aparezca. ¿A que el otro día llenó su tanque? ¿A que sí? —dijo Antonio risueño.

—Sí —contesté.

Y luego hicimos silencio los dos. Todos callamos. Los niños, los gatos sin dueño, y yo.

—¿No vas a la escuela? —Le hice esa pregunta estúpida y obvia porque no se me ocurría otra.

—¿Para qué? No sirve de nada

—¿Cómo que no sirve de nada?

—Voy a pelar gajo joven, esto no es de gratis

Y me enseñó su antebrazo lleno de puntos de sangre, de pinchazos. De inyectadoras anónimas.

—Entonces déjalo. Deja esa porquería —Y le hablé como una madre. Como una mamá tonta, tan clase media y aterciopelada.

Me miró fijamente como si quisiera inocularme sus certezas.

Los demás críos se rieron de mí. Y Antonio hizo lo propio.

Entonces volví a darle un billete, esta vez a conciencia, a sabiendas de que lo estaba ayudando a matarse.

Esa tarde, no lo tomó agradecido. Me lo arrebató con rabia y se fue corriendo a su esquina, con los otros chicos.

Fisher no apareció ese día. Ni al día siguiente. Ni los días que siguieron.

Esa semana nos duchamos en la casa de familiares cercanos y lejanos y compadres y amigos.

Nos apañamos comiendo y bebiendo en nuestro comedor de lujo, en platos y vasos plásticos, decorados con figurillas de una Barbie playera; remembranza de las antiguas piñatas de mi hija. Y logramos conseguir cinco botellones de agua potable para bajar la cadena de los excusados.

El calor era inclemente. Era otro enemigo igual o mayor que la sequía. Como el colapso de los embalses y la estulticia oficial.

Cuando ya nos daba vergüenza mendigar más agua de los amigos con suerte, no tuve más remedio que volver al callejón. Mi hija se quedó en casa haciendo deberes con Lana del Rey como fondo musical.

Le pagaría a Fisher buen dinero. Ofrecería más que los demás.

Estaba allí con sus ojos verdes, herencia de un lejanísimo pasado teutón. No estaba dormido, no estaba borracho, no había salido a llevar agua a ningún edificio.

Me prometió un cisterna repleto para aquella misma tarde. Y me sentí aliviada porque iba a rescatar nuestras vidas por cinco o seis días más.

Con ese pacto sellado, no podía marcharme sin ver a Antonio o a Muela o como se llamara. Sin compadecerme de él nuevamente.

Me acerqué a la calle ciega y los gatos realengos huyeron de mí.

El hedor de la inmundicia y del orín me asaltó como un vago recuerdo de mi propia casa. El sol se incrustó con saña en los techos de zinc del pasadizo, y su brillo inclemente perforó mis ojos durante varios segundos.

Caminé encandilada hasta la esquina, divisé la pandilla, las jeringas, y unos perros sarnosos y sus moscas en eterna siesta. Los niños como una madeja entrelazada, sobre la tierra hirviendo, recostados de una pared. Comida vieja y putrefacta regada en la tierra. Granos de arroz verde. Huesos de pollo secos. Envases plásticos llenos de gusanos. El sopor del mediodía sofocándolo todo.

Pero Antonio no estaba allí.

Había sí un chaval nuevo que parecía desnutrido y que imitaba los modos de los otros, era obvio que quería encajar en la cuadrilla.

No fue fácil obtener respuestas. Aquel era el reino de la somnolencia. Era el imperio de los niños dormidos, drogados, sudando.

—¿Y Antonio?

Alguien, no sé bien si chico o chica, irguió la cabeza.

—No está— masculló.

—¿Y cuándo viene?

—Si le va a regalar algo, démelo a mi —dijo otro chiquillo medio dormido

—¿Pero y Antonio?

—No molestes, vieja. El Muela no vuelve más.

Hacía calor. Mucho calor.


Sonia Chocrón nació en Caracas, Venezuela, en 1961. Es licenciada en comunicación social. Poeta, narradora. Guionista. Publicada por editoriales como Alfaguara, Bruguera, Monteávila. 1988 llega por concurso al Taller “El argumento de ficción de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. De allí, viaja a México invitada por el premio Nobel para fundar el “Escritorio Cinematográfico Gabriel García Márquez” donde coescribe guiones para la televisión y el cine. Ha publicado La dama oscura, Sábanas negras, Las mujeres de Houdini, Usted, La virgen del baño turco y otros cuentos falaces y Falsas apariencias.  Su trabajo le ha merecido premios y reconocimientos. Apareció en antologías poéticas, narrativas y críticas. Ha sido publicada y traducida en revistas académicas especializadas en literatura (narrativa y poesía).

 

LAS CAÑAS

Luisa Axpe

 

La decisión coincidió con el último sorbo de café con leche: visitarían la casa abandonada. En realidad ya habían planeado algo antes, en el río, a la hora de la siesta, mientras la frescura del agua marrón les atenuaba la picazón de los párpados. Bañarse bajo el sol de verano era mejor que dormir, mejor todavía que leer las novelas policiales de papá debajo de la casuarina. Los tres pensaron entonces lo mismo: cuando empiece a bajar el sol, nos metemos en el bote sin decir nada y cruzamos hasta la casa de las cañas. "¿Y después qué hacemos?", preguntó Miguel, que siempre esperaba la palabra de Juan Carlos. Juan Carlos no dudó: "Entramos". Tomaron la leche imaginando cómo harían para entrar. Y, antes que eso, cómo atravesarían la maleza que crecía alrededor de la casa, los pastos filosos como sables, la zarzamora, las cañas.

 

La remada no fue fácil, más por la corriente en contra que por la distancia. Podrían haber amarrado el bote después de cruzar el río, y seguir caminando; pero por un acuerdo tácito llegaron remando hasta la misma casa. Apenas consiguieron anudar la soga al primer tronco se cubrieron la piel con repelente de mosquitos. Allí el panorama era decididamente selvático. Juan Carlos miró la parte que se veía de la casa y dijo:

—Está embrujada. —Y bajó de un salto. Al ver que los otros tardaban, agregó—: No tengan miedo. A nosotros no nos va a pasar nada.

Pero la mano del más chico, que ya empezaba a transpirar de nuevo, se cerró con fuerza sobre el mango del machete que traían escondido en el piso del bote.

 

A ver, espere, no, no fue aquel día; era verano, sí, pero aunque hacia un calor del demonio no estaba tan bajo el río como ahora. Es más: habrá ya un poco de sudestada, si no me equivoco. A lo de Avelino también fueron a preguntar, pero dicen que no estaba ese día porque había ido a llevar la fruta al puerto.

 

Esa casa no era como la de ellos, se notaba que allí había vivido gente. No era una casa para vacaciones; se veía por el horno de barro a un costado, y las higueras desordenadas que seguían creciendo entreverados con mosquetes espesas, y el tronco viejo del aromo. En medio de tanta selva se adivinaba una huerta. Ramas de madreselva y de ligustro rodeaban unas hortensias desmesuradamente visibles. Allí todo era robusto y salvaje, pero no silvestre. El ciruelo, por ejemplo, con esas ramas toscas y retorcidas, tenía la antigüedad de largos años de poda.

Cerrando los ojos, podían hasta imaginar un gallinero en la parte de atrás, oír los cloqueos entre los pilares, bajo la galería caída hacia un costado de la casa.

Avanzaron por el malezal, pisando restos de ciruelas agrias. Lo último eran las cañas: formaban un anillo alrededor de la casa, y junto a ésta había una parte libre de vegetación. Sólo tierra polvorienta y como muerta; ni siquiera un trébol. Atravesar las cañas no era fácil. Había pocos lugares donde no estuvieran así, amontonadas, juntas. Algunas eran gruesas como troncos, otras más delgadas pero llenas de ramificaciones punzantes que nacían desde la base. El machete no sirvió para mucho. Cuando estaban por la mitad, Miguel y Luis empezaron a arrepentirse de haber ido; pero Juan Carlos continuaba tan decidido como al principio, así que no tuvieron más remedio que seguirlo. Volver solos hubiera sido más difícil. Miraron para atrás y les pareció mentira haber atravesado esa pared verde: era como si las cañas estuvieran pegadas. O peor aún: como si las cañas se hubiesen pegado ahora. Siguieron adelante, sin darse vuelta.

 

Y, de algunas cosas me acuerdo bien, sí. De otras no tanto. Fue hace unos cuantos años. Yo lo único que les dije fue que había visto el bote, pero que cuando lo quise ir a buscar ya se lo llevaba lejos la corriente, y además no estaba bien seguro de que ese bote fuera el de ellos. Y después dije otra cosa más, pero fue cuando ya no me hacían caso, porque no les interesaba, parece.

 

En el claro se respiraba una frescura distinta, que no provenía sólo de la falta de sol. Salía de las paredes de la casa. Las de abajo, que parecían más viejas, eran de adobe. Al arrimarse creyeron oír el goteo del agua en un filtro de cerámica. Las dos ventanas eran completamente opacas, por el barro salpicado en tantas lluvias y por las telarañas crecidas en la libertad de la sombra. Los vidrios estaban intactos; la piedra arrojada por Juan Carlos produjo la primera rotura en años de quietud, y el ruido los hizo temblar; pero había que seguir rompiendo, si querían entrar. Por los agujeros salió más aire frío. Protegiéndose con una hoja de palmera, Miguel sacó los bordes pegados al marco; ahora podían entrar. Hubieran empezado por la parte alta, de haber confiado en la firmeza de la escalera exterior; por suerte, adentro había otra, al parecer más fuerte. No fue mucho lo que pudieron descubrir en la planta baja. Era un lugar que sin duda había servido de cocina, y también de despensa y galpón de herramientas. Muchas botellas, la mayoría rotas. El olor a humedad era insoportable. De repente, un grito de Luis cortó el silencio: media docena de lombrices le había reptado hasta la rodilla. Luis pateó el suelo inútilmente, sin dejar de chillar. Las lombrices parecían pegadas a la pierna por una pasta pegajosa, mezcla de barro y mucosidad. Con la misma hoja de palmera que habían usado para sacar los vidrios, le limpiaron la pierna. Restablecido el silencio, miraron por la ventana: desde adentro el cañaveral parecía más apretado aún, más cercano que en el momento de entrar a la casa. Juan Carlos recogió algo de un estante: un mazo de cartas, hinchado por el uso y la humedad.

Sin hablar, los tres decidieron investigar la parte de arriba. Hicieron subir primero a Luis, que era el más liviano. Con las rodillas aún temblorosas, Luis esperó a sus hermanos sin animarse a mirar.

Estaba bastante oscuro, pero se podía ver bien la habitación sin tabiques que hacía a la vez de dormitorio y comedor. La mesa y las sillas estaban acribilladas por la carcoma, y a ninguno se le ocurrió sentarse. En el centro de la mesa había un vaso de los que sirven de envases para miel, marcado casi hasta el borde como si el líquido se le hubiera evaporado.

—Seguro que le ponían flores silvestres —dijo Juan Carlos.

De afuera llegaron rumores de tormenta cercana, o de maderas movidas por el viento. Pensaron en un nido de avispas, o algo parecido. El espejo del armario que ocultaba la cabecera de la cama les reflejó tres caras grises, escalonadas.

La cama estaba cubierta por una manta, y al parecer por un colchón que abultaba en varios sitios. Se acercaron juntos, y Juan Carlos levantó la manta. No era un colchón: era un esqueleto que dormía despatarrado, en postura casi cómica. Las tres caras grises del espejo empalidecieron; ninguno se atrevió a taparlo. Los crujidos de afuera insistieron. Sin separarse, fueron hasta la ventana. Viento no había; sin embargo, las hojas largas de las puntas se agitaban como si temblaran las cañas. Desde allí arriba, adonde llegaba la espesura del cañaveral, el claro les pareció aún más estrecho que antes. Era como un collar que rodeaba la casa, ciñéndola de vacío.

Miguel se tocó la garganta.

—Hace calor —dijo Luis—. Va a llover.

La voz se le movía despacio, como las hojas de las cañas.

—Sí, mejor vamos —contestó Juan Carlos, mirando el hueco de la escalera.

 

Enseguida empezaron con la draga, para acá y para allá; no sé si buscaban donde tenían que buscar, pero qué se le va a hacer, éstos de la Prefectura no le hacen caso a uno cualquiera. También buscaban por los fondos de las casas, a ver si no estaban en algún zanjón. Fíjese que fue por esos días que yo empecé a oír cómo crecían las cañas. Usté no se ría, es así nomás, aunque no me lo quieran creer.

 

Abajo parecía más oscuro que antes, y sintieron más cerca el peso del techo. Las tablas estaban pintadas con cal; se desprendieron en silencio algunas cáscaras y les llovieron sobre los hombros. Un ejército de lombrices ocupaba la ventana por la que habían entrado; subían blandamente por los marcos desdentados y se balanceaban desde el dintel. También se habían amontonado sobre el piso, ante la ventana, y allí parecían revolcar su impaciencia anudándose y desanudándose sin parar. La otra ventana estaba clausurada por una pesada mesa de carpintero, llena de mugre y de cajas con clavos oxidados.

La puerta había sido atrancada por dentro, y no les fue difícil abrirla. Al salir, Miguel se lastimó la nariz con una caña. Allí era donde estaban más cerca de la casa, y más apretadas. Se habían adosado a la pared, a los costados de la puerta, delante de la cual sólo había un pequeño hueco.

—Tenemos que entrar —dijo Juan Carlos.

Les llovieron más cáscaras sobre los hombros y la cabeza.

Las lombrices seguían amontonadas en la ventana. Juan Carlos se acercó despacio y asomó la cabeza: allí las cañas se apretaban tanto como delante de la puerta. No miraron hacia la otra ventana; la situación sería la misma. Luis iba a decir algo, pero lo hicieron callar; se oía de nuevo aquel rumor.

Los ojos de Juan Carlos barrieron el piso, buscando una excusa para no mirar a los hermanos. Si encontraran una zona seca podrían sentarse bien juntos y de espaldas a la ventana, para no ver las cañas.

 

Sí señor, las cañas hacían ruido. Eran como unos crujidos de madera, o como cuando se quema la maleza verde, vio esos tallos gordos llenos de agua que parece que explotan todos a la vez.

Bueno, y yo que tengo oído e'tísíco, y otro poco que la historia ésa me había quitado el sueño, a la noche me las veía a las cañas hacerse grandes de repente, y seguir creciendo todo alrededor de la casa abandonada, que ésa es otra historia para el que quiera escucharla pero en otro momento, vaya a saber qué le pasó al hombre que se había quedado solito su alma cuando se le murió la mujer, ni de qué había muerto ella. Y entonces se me hizo que a esa casa ya no la iba a ver nadie más, que estaba condenada, y que algo tenían que ver los ruidos porque aunque mi mujer me dice que qué tiene que ver, yo pienso que fue desde ese día cuando las cañas empezaron a comerse la casa.

Luisa Axpe nació en Buenos Aires, Argentina. Se graduó como licenciada psicología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y durante algunos años se desempeñó como redactora publicitaria. Sus primeros textos aparecieron en las revistas El Péndulo y Minotauro. En 1986 se publicó Retoños (Minotauro), un libro de relatos, y más tarde aparecería su novela La mancha de luz (Sudamericana, 1993). 

 

 

 

viernes, 27 de febrero de 2026

LA SANTA DEL DESIERTO, ADELA Y YO

Armando Azeglio

 

Quedé destrozado cuando Adela anunció que me dejaba.

—Estoy confundida, es mejor dejarnos un tiempo. Te lo juro, no hay otro.

Sentí un dolor desafinado en el pecho, y diez mil timbres disonantes marcando el precoz ritmo de lo irreversible. Ese episodio absurdo me llevó a abjurar de la fe con la que fui marcado en la cuna, lo peor que podía hacerle a mi madre. Ella, enrolada en los Testigos de Jehová, me vio desde entonces como un títere del lado oscuro, el albaceas de Satanás. Pero es comprensible: el fanático solo quiere la conversión o la aniquilación del otro.

Me fui de la casa de mis padres de madrugada. Todo había dejado de tener sentido. Mi futuro junto a Adela ya no existía. Tomé conciencia de que vivimos inmersos en una mentira. Entonces, buscando no sentir dolor, me até a una dura y precisa rutina de actos nimios y repetitivos que me permitían estar fuera de mí mismo.

Solo una cosa me hizo volver a sentir, pero no fue amor sino el más profundo y virulento de los odios. Cierto día, camino a la facultad, vi a Adela de la mano de otro hombre, el que ella había jurado que solo era un compañero de estudios. Cruzamos un instante nuestras miradas: la de ella exhalaba una repulsiva mofa. La de él ostentaba una mueca porcina.

Comencé a preparar mi venganza. Me dirigiría al santuario de Deolinda Correa, “la santa del desierto”. Sé desde siempre que la Difunta es una de las muchas manifestaciones de “Maha Devi”, la “Magna Mater” de los romanos o la Gran Diosa Madre de todo el universo. Dicen los escritos sagrados hindúes que “Maha Devi”, o Parvati, se manifiesta como la diosa Durga, o como Kali, cuando las fuerzas malignas amenazan la existencia misma de dioses y hombres. Lo hace para proteger a los justos, destruir el mal y establecer todo aquello que es bueno y correcto. La Difunta Correa suele observar una conducta semejante, agrego yo.

El promontorio que contiene la tumba de Deolinda es como el de Durgatinashini, “la que elimina los sufrimientos” y se manifiesta como una fuerza destructiva por amor y compasión hacia sus hijos, cuando se propone salvarlos de sus propios demonios internos… como aquellos que me carcomían y de los que decidí librarme.

Cubrí a pie los setenta kilómetros que separan San Juan del santuario, en Vallecito. Lo hice en la soledad de la noche, inmerso en un silencio ensordecedor. Mientras avanzaba sentía una suerte de letanía en mi cabeza, una jaculatoria, una salmodia horrenda y repetitiva: “amor y odio son caras de una misma moneda”. Varias veces estuve a punto de flaquear. A punto de caer vencido por el cansancio, vi a lo lejos la loma del santuario iluminado tenuemente por el resplandor de las velas. Clareaba. Subí las escalinatas que llevan a la capilla, y cuando llegué a ella me sobrecogió una sensación de respeto, de potencia, de abrigo. La imagen de la mujer dormida, con un vestido rojo y amamantando a su bebé me dejó sin palabras. Era una diosa pagana, venerable, durmiente pero viva. Solo le faltaba un punto rojo en el entrecejo.

Abiertas las palmas de las manos, rompí a llorar. Me presenté como un adolescente despechado. Saqué de mi mochila un par de velas negras, una foto de Adela y una argamasa que incluía cenizas, especias, incienso, miel, harina, mirra y un trozo de oro. Improvisé una endeble base donde ubiqué la foto de Adela cabeza abajo. Me desconocía. Drenaba odio, deseos de venganza. Mi voz era áspera, hueca, esponjosa y distante. Pero no pude encender las velas negras. Una brisa fresca me acarició la cara y fue como si en el centro de mi pecho alguien hubiera musitado: “suficiente”. Supe que la Diosa había hablado. Agradecí aturdido.

Desanduve el camino como quien ovilla un hilo que señala la salida de un tortuoso laberinto. Al hacerlo tuve una suerte de revelación: “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El equilibrio se logra cuando uno llega a ser indiferente a su propia indiferencia”.

Busque la exacta ubicación de mi morada entre unos pinos y dos cruces: una celta y la otra orlada. La placa que contenía mi nombre empezaba a borrarse. En cierto sentido yo era mucho más viejo.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

CUANDO SONRÍO

Joyce Barker Bucat

 

Cuando desperté, estaba bajando una escalera oscura, sucia y a medida que retomaba la conciencia, me percataba del entorno que cada vez se ponía más agudo y su intensidad subía, hasta que desperté por completo y pude sentir el ruido, la música, el humo y el vapor de las personas. Estaba en un local de puerto, al menos eso creí. Peligroso y lleno gente sin pudores, pero entretenido. El lugar quedaba en el segundo piso de una casa descuidada, de fachada continua, quizás construida a principios del siglo pasado, antigua, deteriorada y húmeda.

Me di cuenta de que había tomado mucho, quizás toda la noche y era la hora en que cerraban los boliches de mala muerte, sin licencia ni permiso alguno de nada, un lugar clandestino, pero no me acordaba si había ido sola o con alguien; si conocía a alguien o si había estado antes ahí. No reconocía nada, aunque era seguro que lo había elegido por algo y ese algo era el sonido que salía de ahí.

Cuando terminé de bajar las escaleras, me acordé de que había ido en auto e instintivamente metí la mano en la cartera que traía conmigo y encontré las llaves.

Era de noche, llovía y me puse a buscar el vehículo. No traía conmigo un paraguas pero no me importó mucho; confiaba en que lo iba a encontrar enseguida.

La calle era de dos vías angostas y sobre una pendiente aguda, como en Valparaíso, hecha de adoquines de piedra muy resbalosos con el agua. Me puse a pensar en cómo es que me había atrevido a manejar hasta ese lugar, teniendo tanto miedo a manejar en pendientes, sobre todo si el auto era mecánico y la pendiente empinada; ya había tenido pesadillas acerca de eso y uno que otro topón en el auto de mi mamá y de amigos ebrios que me habían pasado las llaves confiando en que otra ebria iba a poder manejar mejor.

Las calles estaban completamente vacías. Di algunas vueltas a la manzana, buscándolo. No paraba de llover. No tenía celular ni plata, sólo el auto que me esperaba en algún lado y que fue el culpable de que yo hubiera llegado hasta ese lugar.

Caminando cerro abajo por la vereda, vi que se empezaba a asomar un cobertizo metálico con luces prendidas, que se mezclaban con las luces de los faroles de la calle. Dentro había gente que, supuse, había estado en el local del que salí y seguramente habían bailado a mi lado o incluso conversado conmigo. Tenía que entrar y quedarme un rato, hasta que parara de llover. Todos estaban en grupos y algunos seguían tomando, otros comentaban cómo les había ido, jactándose o lamentándose, pero se notaba que todos se conocían y que siempre hacían exactamente lo mismo. Miré alrededor buscando a alguien conocido o que hubiera visto antes. Al ver que no conocía a nadie y que iba a tener que acercarme a alguien a preguntar, me detuve y respiré profundamente; estaba a punto de caer en un estado crítico de ansiedad. Me sentía débil y perdida, tenía que relajarme para poder pensar mejor, necesitaba recordar; y en ese proceso de inmovilidad y respiración profunda, me di cuenta de que había tres mujeres jóvenes que me miraban fijo, comentando entre ellas algo acerca de mí, y logré escuchar que una de ellas decía: “Ella es”. “¿Cómo se atreve a volver?”. Al principio las miré y no les di importancia, pero cuando me di cuenta de que esos murmullos no paraban, que me seguían mirando y que sus caras ya no eran de burla sino que de enojo, me asusté y decidí salir para evitar otro problema.

Había parado de llover y me sentía un poco más aliviada, al fin iba a poder salir de ese lugar poco acogedor y eso fue lo que hice. Ya estando afuera, caminando en busca del auto, escuché que alguien venía detrás. Me di vuelta y estaba una de las tres mujeres, la que más habló de mí, la que más me miraba. Paró en cuanto me di vuelta. Tenía la cara seria, quizás enojada y con un objeto brillante en su mano derecha. Pensé en la horrible posibilidad de que era alguien que me conocía bien, pero no de la mejor manera, no de la manera que yo hubiera querido. Era, quizás, alguien que me odiaba, y con justa razón, porque en algún momento de la noche la habría ofendido, como solía pasarme casi siempre en estados alterados, pero que nunca recordaba, tampoco ahora. Pero me lo merecía, porque cuando te ríes a costa de otra persona, debes estar atenta al ataque que el ofendido eventualmente te hará.

Quedamos enfrentadas a unos pocos centímetros de distancia. Ella tenía una mueca desesperada y furiosa, mueca que sólo lograba fortalecerme, como si fuese una llave a mi oculto sadismo; y tratando de hacerla sentir ridícula, le sonreí como si fuese una gran amiga que no veía hace años.

Pasaron algunos segundos, hasta que la inercia se quebró y de un momento a otro, levantó su mano derecha y con un movimiento certero, puso un cuchillo en mi cuello y lentamente comenzó a empujarlo contra mí, logrando, al fin, deslizarlo. Parecía como si estuviese cortando jalea y yo sentía cómo el metal helado entraba en mi cuello, como si fuera un láser de hielo. No sentía dolor ni miedo, era un juego que tenía ganado desde mucho antes, sin trampas ni desgaste alguno. La mujer insistía en deslizar el cuchillo, mientras yo la miraba enternecida. Ella lentamente cambió su mueca de furia a pavor, y antes de llegar al otro extremo del cuello, sacó su cuchillo, aterrorizada. Mientras me miraba con el cuchillo colgando de su mano derecha, yo me mantuve quieta y respirando hondo, técnica que descubrí hace mucho tiempo para que los tejidos se vuelvan a unir, tratando de regenerar el profundo corte que me había hecho esa mujer, un corte que no tenía sangre ni dolor, un intento fallido de volarme la cabeza, un ridículo intento de quitarme la sonrisa.


Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.


 

 

 

 

 

TORQUEMADA

Svetislav Hadnadjev

 

Primero, un insoportable y horriblemente estridente sonido metálico; poco después, un calor espantoso me obligó a abrirme paso hacia adelante a través de una masa nauseabunda de algo sanguinolento, tibio y húmedo. Cavaba cada vez más rápido, acompañado por el indescriptiblemente doloroso alarido de alguien. Llegué a un obstáculo firme justo cuando el grito se extinguió y el calor comenzó a disminuir.

 

Tomás de Torkemada leía con orgullo, quién sabe por cuántas veces, el gran documento con el sello papal que lo autorizaba como Gran Inquisidor de España. Su felicidad no tenía límites: por fin ajustaría cuentas con los judíos, se apoderaría de sus bienes y, de paso, acabaría también con toda forma de herejía. Todo aquello que no compartiera los dogmas de la Iglesia debía ser destruido.

No era de extrañar que Tomás tuviera una desagradable tendencia a infligir dolor y disfrutar de los gritos de los torturados. Varios siglos más tarde alguien llamaría sadismo a esa inclinación, pero en aquella época cultivar tales propensiones no era tan inusual como para merecer un nombre especial.

Pronto logró organizar una serie de Santos Oficios con personal seleccionado con sumo cuidado. Personalmente impartió formación en cada uno de los agentes, haciendo particular énfasis en los métodos de tortura. A medida que pasaban los años, Torkemada se volvía cada vez más rico y poderoso, y con frecuencia entrelazaba el interés personal con el oficial. Bastaba con que la esposa o la hija de alguien le agradara para que el Santo Oficio resolviera rápidamente el “problema”. El marido o el padre era quemado, o bien la mujer, si no estaba dispuesta a satisfacer las exigencias de Torkemada, era acusada de herejía bajo confesión arrancada por la fuerza, naturalmente.

Con el paso del tiempo, Tomás amplió la “oferta” de tormentos: desde quemar las plantas de los pies, verter agua a la fuerza y estirar los brazos atados a la espalda hasta izar al reo en el aire, pasando por su método favorito: el suplicio en la rueda.

Sin embargo, su excesivo celo llegó hasta la Santa Sede. A pesar del deseo de erradicar la herejía, al Papa no le agradaba el desmesurada fervor de Tomás e intentó por todos los medios apaciguarlo. Para mantenerlo bajo control, le nombró cuatro ayudantes y finalmente lo recluyó en el monasterio de Santo Tomás de Aquino.

Ni siquiera dos mil víctimas confirmadas fueron suficientes para Torkemada. En sueños se agitaba sin descanso, suplicando al Altísimo que le concediera otra vida para concluir su misión. En uno de esos sueños febriles murió el Gran Inquisidor, con un único deseo: continuar al menos otro siglo más con la persecución de los herejes.

 

El calor insoportable lo obligaba a abrirse camino con las garras y los afilados dientes. El lúgubre olor a sangre y el hedor de las heces no le impedían cavar cada vez con mayor rapidez y frenesí. A medida que se acercaba a la columna vertebral, los gritos del desdichado hombre se apagaron y el cuerpo quedó inmóvil. También cesó el calor abrasador.

Un hombre de rostro inexpresivo levantó la olla y volcó en ella al animal medio enloquecido, ensangrentado y cubierto de excrementos; luego lo arrojó a una jaula y lo llevó al patio, donde lo rociaron con agua fría para al menos lavar parcialmente el hedor que lo cubría.

En la habitación quedó en el suelo el cadáver de un hombre con el rostro desfigurado y el abdomen destrozado.

—Bravo, Tomás, otro excelente trabajo. Este mártir también confesó ser seguidor de Satanás. Descansa un poco, todavía hay muchos herejes para ti —murmuraba con dulzura el hombre del traje sucio al dirigirse a la rata, mientras le acariciaba con ternura el húmedo hocico.

Svetislav Hadnagjev nació el 26 de junio de 1959 en Bečej, Serbia. En esa ciudad trabajaba como oficinista hasta que se jubiló. Publicó una novela infantil, Maksimilijan Zombi y sus relatos se publicaron en Nijansama časti, Nijansama bogova, en las antologías Nova Rukovet, Fantastičnom vodiču, y el relato "Morska Idila" obtuvo el tercer premio en el concurso IK "Alma" al mejor relato publicado en la antología Komešanje ožiljak.

 

jueves, 26 de febrero de 2026

ROJO

Claude Bolduc

 

Los dos señores lograron dirigor nuestra balsa hasta la pequeña isla. Mamá tenía mucho dolor. Mamá murió. Los dos señores están tristes. ¿Quién va a cuidar de mí? Nunca debo salir de noche, decía mamá. Pero aquí estoy afuera. Y tengo miedo. Es demasiado grande a mi alrededor. Mamá está acostada allá, sobre las piedras, porque los señores no pudieron enterrarla allí dentro. Le pusieron un abrigo encima. Y piedras. Los señores hicieron un fuego y nos acostamos.

 

Esta noche un animal aulló mientras yo dormía. Yo no lo escuché; fue Gary, el señor más alto, quien me lo dijo. Su rostro estaba todo mojado cuando hablaba y sus ojos estaban muy, muy abiertos. Le dijo al otro que la isla era demasiado pequeña para un animal y que había salido del agua o que era un pájaro.

 

Luc es el mayor de los dos señores. Me enseñó a recoger frutas en la isla. Las frutas son buenas, dijo. A mí no me gustan las frutas. Mamá decía que la carne es mejor.

 

Todavía estaba oscuro cuando me desperté. La noche es grande. Mucho más de lo que pensaba. También huele bien. Y la música, montones y montones de pequeños ruidos juntos. Estaba contento. Es la primera vez que estaba contento desde que mamá murió. Me volví a dormir.

 

Los dos hombres hablaban entre sí cuando me desperté. Hablaban rápido. ¿Animal o gaviota o qué? ¿Cuándo se come el cadáver? ¿Cuándo vienen los rescatadores? Luego dejaron de hablar cuando me moví. No querían que fuera a ver a mamá esta mañana. Recogimos frutas. ¡Puaj!

 

Está oscuro. Mis dedos tocan mi boca. Sí, sonrío mucho, muestro mis dientes, pero no, está oscuro, nadie los ve. Siento a mamá allá sobre las rocas, no voy a verla, ella no quería que saliera de noche; hay que dormir.

 

Le dije al señor Gary que las frutas no son buenas. Mamá me lo dijo. Él me dijo que cuando no hay pan, se come torta y que el rescate ya viene. Luego mordió una fruta roja. Lo rojo es bueno. Probé. No, no era bueno.

 

Soñé que saltaba sobre las rocas, que daba la vuelta a la isla, que levantaba una manta y luego nada más; me desperté, era de noche pero no estaba tan oscuro, había una luna como en la televisión. Estaba tan contento que ya no tenía hambre, me volví a dormir.

 

Los dos señores hablaban muy, muy fuerte cuando me desperté. Me dijeron que estaban jugando, pero vi bien que estaban enojados. El señor Gary me miraba con sus ojos muy abiertos y el señor Luc lo sostenía por los hombros. Fui a las rocas a ver a mamá. Había adelgazado mucho. El abrigo sobre ella hacía un hueco y estaba mojado. Quise acariciarla, pero el señor Luc llegó y no quería que tocara eso. Me dijo que fuera a recoger frutas. Fui, pero no tenía hambre.

La luna es grande. Podría tocarla. No, no puedo. Pero su luz es cálida. Hace cosquillas. Es agradable.

Estoy contento, muestro mis dientes, me enderezo y miro. Huelo. Las rocas allá, el olor es fuerte. Del otro lado el fuego, pero todavía más olor. Mucho más. Caliente. Me acerco, huelo, escucho bum-bum, bum-bum, bum-bum. Emocionado, la luna, tengo hambre, el olor.

Comida.

Muerdo, eso se mueve, grita, me golpea, arranco.

 

Esta mañana el señor Gary no está aquí en el campamento. El señor Luc está sentado en el suelo, la espalda contra una roca. No se mueve. Tiene los ojos muy, muy abiertos y mira la sangre por todas partes en el suelo. ¿Quién sangra? Sabe extraño en mi boca. Pregunté dónde estaba el señor Gary y se rio durante mucho tiempo con sus ojos muy abiertos. No quería que me acercara. Pensé que quería verme recoger frutas en el pequeño bosque. Fui, pero nunca comeré una fruta de esas.

Tengo tiempo de volver antes de que anochezca. Dos veces, a escondidas, fui a ver al señor Luc. No se había movido y todavía tenía sus ojos muy abiertos. Voy a acostarme sin mirarlo. No me gustan sus ojos. Tengo muchas ganas de ver a los que vendrán a  rescatarnos.

 

No había nadie cuando el sol me despertó. Sangre por todas partes. Incluso en mis manos. El sabor está en mi boca.

Estoy completamente solo.

¿Quién se va a ocupar de mí?

 

El sol se va. Está todo rojo. Hermoso.

Veo un barco allá, muy muy lejos.

Voy a esperarlo sobre las rocas, con mamá.

Salvado.

Estaba empezando a tener hambre.

Nacido en la ciudad de Quebec, Canada, Claude Bolduc se ha dedicado principalmente al relato fantástico durante más de treinta años. Del centenar de relatos que ha publicado en el mundo francófono, ha recopilado tres colecciones que le han valido varios premios literarios. Como invitado, ha participado en varios eventos literarios en Europa, como la retrospectiva de fantasía "Voyage aux portes de l'étrange" (Bélgica, 1999), la Convención Francesa de Ciencia Ficción (Bélgica, 2002) y, por invitación del Servicio del Libro de Luxemburgo, la Feria del Libro de Bruselas en 2007. También publicó la novela corta « L'Ensemenceur » en 2023.

CRIMEN EN METEOROLOGÍA

Mugur Ioniță

 

He cometido un crimen. Un crimen atroz. Ahora tendré que pagar. Los niños duermen, igual que mi esposa. No les he dicho nada, no tenía sentido. No soporto verlos devastados. En cambio, he preparado un pequeño equipaje en el que puse algo de ropa interior y el cepillo de dientes. No llevaré más ropa; supongo que en prisión me darán el uniforme a rayas. No sé por qué la policía tarda tanto; debería estar aquí desde hace rato. Espero que en cualquier momento entren los agentes encapuchados. Ojalá no rompan la puerta; a mi esposa le resultará difícil repararla. ¿Por qué habré enterrado el cadáver? No lo sé, quizá por rabia. Todo quedó registrado por las cámaras de la oficina. No tengo escapatoria. No tenemos escapatoria, porque fuimos varios los asesinos.

 

Todo comenzó el día en que el director entró en la oficina acompañado de una joven tímida.

—Ella es Ina Arcip, su nueva compañera. Ha sido designada directamente desde Bucarest. No tiene mucha experiencia, pero es ambiciosa. Mi pedido, y la de la dirección, es que le enseñen todo lo que saben. Mira, ella usará ese ordenador del rincón.

Nos sorprendió, por un lado porque ya estábamos con el personal completo y, por otro, porque el gobierno acababa de emitir una ordenanza que prohibía nuevas contrataciones en el sector público. El director dijo que nos sería de ayuda, así que la aceptamos sin protestar. No tenía encanto ni carisma. Un rostro tan apagado que, si lo pienso bien, no podría describir sus rasgos físicos.

En la Oficina Regional de Pronóstico del Tiempo todos superábamos los cincuenta años. Habíamos empezado la carrera con mapas trazados con plumilla y juegos de lápices de colores, y luego vivimos en primera persona la evolución tecnológica: el ordenador y los modelos matemáticos. Debo reconocer que, después de tantos cambios, las novedades se habían vuelto agotadoras para nosotros. Éramos como una familia variopinta, no necesariamente perfecta, hombres y mujeres. A veces celebrábamos, otras discutíamos, como todas las personas que llevan más de veinte años trabajando juntas. En fin, éramos un colectivo unido por el tiempo. Aunque su llegada nos alteró, pensamos que un poco de sangre nueva no nos haría daño. La aceptamos como a una hermana menor. Consejeros, importantes y meticulosos, rodeábamos por turnos a Ina Arcip y la abrumábamos con nuestra sabiduría meteorológica. Al principio se expresaba con dificultad y nos divertía cuando cometía errores. Se corregía enseguida y asumía la crítica con estoicismo, sin mostrar emoción alguna. Le asignamos tareas sencillas, como completar tablas con temperaturas mínimas y máximas, fenómenos, estado del cielo o velocidad del viento.

—Es posible que te aburras aquí —le dije—. Hacemos cada día el mismo trabajo.

—Adoro la naturaleza repetitiva de las cosas —nos respondió—. Así son también las estaciones.

Hacía preguntas muy precisas y obedecía con docilidad. Después le confiamos tareas cada vez más complejas, e Ina nunca las rechazó. Solo intervenía cuando nuestras explicaciones eran demasiado vagas.

Un día, cuando me dio un ataque de ciática, le dije que me recostaría un momento y le pedí que terminara mi trabajo. Me sorprendió ver lo bien que lo hizo. El pronóstico era impecable, los contratos respetaban perfectamente la terminología y fueron enviados a los beneficiarios a la hora exacta, y las tablas no tenían errores. Además, al mediodía salió en directo por Radio Timișoara y, con una dicción de manual a la que añadió algunas inflexiones juguetonas, anunció el pronóstico. La elogié incluso ante el director. Quedó encantado.

Quizá se pregunten si nosotros, los hombres del equipo, nos sentíamos atraídos por ella. No, en absoluto; la veíamos más bien como un ser asexuado, y las mujeres no la consideraban una rival que intentara ganarse el favor de los hombres, como había ocurrido en el pasado. A veces mantenían con ella conversaciones no meteorológicas: una receta de pasteles o una recomendación de vacaciones. El director incluso nos pidió que no tuviéramos fantasías eróticas con ella. Aun así, le preguntamos si tenía novio. Se quedó un poco bloqueada, dudó, parpadeó varias veces lentamente y respondió de forma evasiva que, debido a los bajos salarios, en el mercado de la seducción los meteorólogos ya no estaban solicitados, lo cual nos dejó pensativos. Estaba decidida a aprender meteorología y nada más. Estaba tan concentrada que ni siquiera el día de mi cumpleaños quiso probar un pequeño pastel. Y durante la campaña electoral, cuando a diario levantábamos la voz y discutíamos acaloradamente en la oficina, ella permanecía simplemente impasible en su rincón, absorta en mapas y tablas.

Otra mañana la encontramos trabajando desde muy temprano. Ya había cubierto casi todo el volumen de trabajo del equipo. A su lado, el director exhibía una amplia sonrisa.

—¿No te fuiste a casa? —le pregunté.

—No, me quedé aquí —respondió.

—¿Qué haces en tu tiempo libre?

—Leo.
—¿Qué lees?

—Cualquier cosa.

En fin, no éramos nosotros quienes debíamos decirle cómo vivir su vida. Era su elección.

Así pasó un año. Ina Arcip no había tomado ni un solo día de baja médica, nunca se resfrió, y nosotros todavía no sabíamos casi nada de su familia o de sus amigos. Como le habíamos enseñado todo lo que sabíamos, Ina Arcip nos mostraba su gratitud haciendo nuestro trabajo. No formaba bandos, no era parcial, no se daba aires. Era absolutamente correcta y eficiente. Y nosotros nos volvimos tan perezosos que, durante el turno, pasábamos el día viendo televisión o recostados, dando “me gusta” en los teléfonos y solo comprobando de vez en cuando si Ina seguía en horario.

Todo fue maravilloso hasta que el director nos anunció que debían reducirnos a la mitad la jornada laboral, junto con un recorte salarial, por supuesto. Es una orden de arriba, no puedo hacer nada. Saltamos indignados. No encontramos comprensión ni en él ni en la dirección de Bucarest. Intentamos incorporar a Ina Arcip al sindicato, pero ella rechazó cortésmente, alegando la impotencia de esa organización, lo cual nos enfureció, aunque debo reconocer que tenía razón. Ante cualquier protesta nuestra, Ina Arcip permanecía indiferente. Se excusaba diciendo que era nueva y que no se involucraba.

No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron los despidos. Pensamos que Ina, por ser la más reciente, sería la primera en la lista. Pero no fue así. Otros dos compañeros tuvieron que marcharse. Uno terminó como vigilante en una fábrica de neumáticos y el otro se divorció y luego cayó en el alcoholismo. O quizá en orden inverso, no estoy seguro.

Desde entonces algo cambió en nuestra actitud hacia Ina Arcip. Empezamos a mirarla con odio, sospecha y envidia, aunque ella seguía siendo educada y dispuesta a ayudarnos.

—Ocúpate de lo tuyo —le dije una vez cuando se ofreció a corregir un pronóstico. Había olvidado mencionar el hielo. No se ofendió, aunque después comprendí que tenía razón, como siempre. Efectivamente, hubo hielo. Trabajaba cada vez mejor, casi a la perfección. Aportó ideas nuevas, mejoró y perfeccionó los modelos matemáticos, y nosotros ya no pudimos seguirle el ritmo. La precisión de su trabajo era diabólica –una palabra que probablemente habría halagado su orgullo– y su índice de aciertos era muy superior al nuestro.

Inevitablemente llegó el día fatídico –es decir, ayer, porque ahora ya ha pasado la medianoche– en que el director nos anunció que todos estábamos despedidos, excepto Ina, por supuesto, pero que no nos preocupáramos, recibiríamos los diez salarios compensatorios que estipula el convenio colectivo. Tenemos familias, hipotecas, y aún nos faltan diez o quince años para la jubilación; no creemos en la reconversión profesional. ¿Quién contrata a un meteorólogo viejo? Ya habíamos visto el amargo destino de los dos compañeros despedidos previamente.

No nos quedó más que una sola cosa por hacer. Les juro que no fue algo premeditado; actuamos por instinto. De vuelta en la oficina, nos abalanzamos sobre ella como perros. No opuso resistencia; de hecho, no hizo el menor gesto. No mostró sorpresa, ni horror, ni dolor. Y eso nos enfureció aún más. La golpeamos contra las paredes, las mujeres le arrancaron el cabello y los hombres la golpearon con puños y pies hasta que no dio más señales de vida. La matamos con brutalidad. Luego, sin piedad (de todos modos estaba muerta), le cortamos las manos, los pies y la cabeza y la metimos en un saco. Era ligera como una nube. La enterramos en el Bosque Verde, junto al Museo de la Aldea, bajo la oquedad de un árbol viejo, y nos fuimos a casa sin hablarnos.

¡Toc, toc!

Por fin apareció la Policía; cuánto tardaron. Es por la mañana, ya son las diez. Los niños se han ido a la escuela, mi esposa al trabajo. Estoy solo en casa y sin haber dormido. Gracias a Dios, no rompieron la puerta.

Esperaba un pelotón entero de agentes encapuchados con armas cargadas, que me tiraran boca abajo y me ataran las manos a la espalda. Estaba preparado para soportar el impacto. Lo merecía. Pero no. En la puerta se presentó cortésmente una joven agente uniformada. No era feroz en absoluto.

—¿Señor Mugur Ioniță?

—Sí, soy yo.

—En relación con lo ocurrido ayer en el Centro meteorológico, ¿puede acompañarme a la comisaría?

—Sí —respondí, sorprendido por la amabilidad de la policía.

Ni siquiera lleva pistola; al menos no veía funda alguna.

—Espere a que tome mi equipaje.

—No es necesario. No lo retendremos mucho tiempo.

—¿No me pondrán esposas?

—Si tiene ganas de juegos perversos, hágalo con su esposa —me interrumpió la joven, irritada por mi pregunta.

En la sede policial, en un banco largo, estaban alineados los demás compañeros y compañeras, sin haber dormido, igual que yo.

—Señores —nos dijo un policía, probablemente el encargado de investigar el crimen—, ¿qué les ocurre? Es el tercer caso de este tipo en una sola semana. El mes pasado tuvimos unos diez más. Completen las declaraciones y pueden irse. De todos modos, todo quedó registrado por las cámaras de la oficina; no tiene sentido negar los hechos.

Escribí toda la historia, cada uno según la percibió. El policía guardó las declaraciones en un cajón sin molestarse en leerlas.

—Por daños a la propiedad tendré que abrirles un expediente penal. Además de una multa y obligaciones de pago. Probablemente también se les retenga parte de los salarios compensatorios.

—¿No estamos detenidos por homicidio? —se atrevió a preguntar una compañera.

—¿Se han vuelto todos locos? ¡Adiós!

Uno de los compañeros se ofreció a llevarnos a casa en coche. Encendió la radio y, para nuestro horror, en directo, su voz, como llegada desde una nube, recitaba con la habitual perfección la poesía meteorológica del día. Al final, con inflexiones juguetonas: presentó para ustedes la meteoróloga de turno, Ina Arcip.

Cambiamos la ruta y regresamos al Bosque Verde. Observamos que estaba lleno de tumbas, algunas más recientes, otras más antiguas. Identificamos la suya por la gran oquedad. La desenterramos con las manos desnudas. Bajo la tierra húmeda, en medio de la naturaleza, encontramos algunos cables enredados, restos de plástico, circuitos y la placa donde figuraban únicamente las iniciales de Ina Arcip.

Mugur Ioniță nació en 1972 en Timișoara, Rumania. Es meteorólogo, escritor y también ha sido, entre otras cosas, oficial, profesor de geografía, controlador de tráfico terrestre aeroportuario y corresponsal para la zona oeste del país del semanario Observatorul Militar. Ha trabajado en misiones internacionales durante más de doce años, en países como la República Democrática del Congo y Bosnia y Herzegovina. Es autor de las novelas Ultimul meteorolog (2021), Scrie-mi! (2023) y Odiseea adriatica (2025, así como de un relato del volumen colectivo Underground TM – Orașul care nu se vede (2022). En verano, cuando no está escribiendo ni observando las nubes, se le puede encontrar en el mar. En los últimos diez años, desde que descubrió la navegación, ha acumulado varios miles de millas en los mares de Europa, como patrón o miembro de la tripulación.

EL HAMBRE