jueves, 30 de julio de 2026

AANISA

Sulma Montero

 

La mesa había sido dispuesta para el almuerzo, los cubiertos perfectamente alineados, descansaban al lado de los siete platos con diseños dorados, sobre un mantel blanco que refulgía cual astro infinito. Mamá lo quiso así; recuerdo su afán de poner con sumo cuidado cada detalle, hasta rescató del olvido una jarra y un par de bandejas de plata que hizo brillar con pimiento rojo. La jarra revivió cuando la llenó con agua de rosas blancas dejadas dos noches al sereno. En las bandejas colocó, con precisión de artista, los frutos de la pasión, las guindas, las uvas negras y las manzanas que vertían un aroma embriagador.

Mi casa era modesta, se ubicaba en el barrio de Jobar, a sólo ocho kilómetros del centro de Damasco.

Ahmad - Ahmed, mi fervoroso adorador, me había conquistado con un puñado de uvas frescas, ofrecidas desde sus manos morenas, la vez que cruzaba el mercado en busca de una cítara.

Al comenzar la guerra no sabíamos lo que nos depararía el destino; aun así, alimentamos el sueño de un amor rebelde que brotaba incandescente en el fondo del corazón, y decidimos realizar la fantasía de consolidar una vida en común.

 

Todavía no había amanecido cuando desperté; era el día de nuestra boda. Temblaba de emoción al imaginar cómo me entregaría a mi amado; entonces probé los dulces que su madre me dejó, pensando en las mieses de su cuerpo.

Antes de sumirme en las aguas del último baño ceremonial, acomodé cuidadosamente mi vestido, el velo y el niqab sobre la cama de mi habitación. Me sonrojó la etiqueta aún prendida en uno de sus relucientes volantes cuajados de pedrería, la retiré despacio y en seguida acompañé el atuendo con collares de amatista y pulseras de colores.

 Con el canto de la alondra y salvando los obstáculos del camino, llegó la maquilladora; preparaba a la vez que cantaba, la tinta de henna roja y negra, después afinó sus pinceles mientras yo tocaba la cítara en un arrebato de pasión. Relucían en mi piel los dibujos florales que hizo en mis manos y pies; y el moño sencillo, con algunos rizos que caían a los costados, me sentaba bien.

Todo estaba listo, la artista se fue contenta y quedé expectante.

Até con delicadeza a mi muñeca la moneda de oro envuelta en seda, deseando con fuerza que sus caricias fueran el bálsamo que esperaba mi cuerpo; luego me perfumé con chandrika, mirra y benjoui, un regalo secreto con el que mi amado me sorprendió cuando nos vimos debajo del limonero, la noche anterior.

Ahora lo aguardo detrás de la cortina, imaginando mi vida entre sus brazos. Él llegará con canciones, cruzará la puerta de mi casa, lo miraré largamente a través del espejo, lo sé.

Mamá y padre también están listos, esperando.

Escucho estallar las bombas, escucho balas, pero estoy segura de que aparecerá con su thaub blanco y su relumbrante mirada de hombre del desierto.

Hay ruido afuera, parece que entran a la sala del comedor, hay música, luz, alegría.

Ahora ellos me aguardan.

 

No sé qué pasó, sigo de pie, pero no estoy.

No hay nadie.

Sólo un ambiente pesado.

No veo mi cuerpo, ni el de los míos: de un momento a otro nos esfumamos, sin más; dejando las puertas abiertas, los manjares aromosos de ambrosía y los bulbos de henna florecientes.

Dicen que fue un gas mortal para animales de sangre caliente como nosotros, quizás tengan razón pues noto que las frutas y los objetos de mi casa aún permanecen; hasta puedo comprender un acto así, nacido de la maldad y la cobardía de los hombres.

 Lo que no entiendo es por qué a mí no se me pasa el amor.

 ¿Dónde está mi adorador, sus brazos morenos, su aroma a desierto?

  No se me pasa el amor, ni el sueño de volver a gozar del extraño brillo de sus ojos, cuando dijo que me amaría para siempre.

Sulma Montero es una autora interdisciplinar, nacida en La Paz - Bolivia. Publicó: Mujer con muñecas, Infancia, Tania en flor, Capricho, Adenda (antología íntima) colección Formas de poesía latinoamericana. Casi poemas (poesía). Estuche original, Escritas en bordó/Con fondo de agua dulce, (narrativa) Serena (novela). Sus poemas han sido traducidos al hindi, marathi, inglés, portugués, chino, ruso y griego. También se dedica a la escultura y la dramaturgia.

 

miércoles, 29 de julio de 2026

FLORET SILVA NOBILIS

Andrea Carlo Cappi

 

1 — MIGUEL

—Estás muerto —me dice la señora, con tranquilidad, desde el asiento trasero.

Giovanni no abre la boca y conduce. Hace bien: está al volante de un Checker del 69 y, si nos saliéramos de la carretera a la velocidad a la que vamos, ni siquiera un airbag podría salvarlo. Por otra parte, en el 69 los airbags todavía no se habían inventado.

Podría hacer algo original. Podría dispararle. Si fuera cierto que ya estoy muerto, sería una idea original para ir al infierno acompañado.

La señora vuelve a guardar silencio y me mira como si ya estuviera sobre la plancha de la morgue.

Yo vivo... no, vivía, cerca de la morgue, en Piazzale Gorini, en el último piso de una gran casa remodelada. La casa de la familia Nobilis.

—¿Ves? —me decía a menudo la señora, señalando hacia un lado—. Allí está el Instituto de Tumores. Y allí —añadía, señalando hacia el otro— está la morgue.

Siempre lo decía como si las enfermedades y la muerte fueran un problema que solo afectara a los demás.

Yo sé que tarde o temprano pueden alcanzarnos a todos. Llevo aquí, en Italia, dieciséis años... no, diecisiete. Tenía dieciocho cuando llegué desde Buenos Aires. Mi padre era un desaparecido; mi madre había muerto de cáncer. Era lo único que tenía en común con Evita Perón.

Puntos de vista diferentes: yo sé que no soy inmune a la muerte; la señora está convencida de que es inmortal.

Puede que incluso tenga razón.

En Milán vivimos cerca de la morgue, pero los fines de semana vamos... íbamos (tendré que acostumbrarme a pensar en pasado, porque aquellos tiempos terminaron) a Portofino, a la villa de los Nobilis.

Francesco Nobilis: empresario, evasor de impuestos, mujeriego y Dios sabe qué más. En el fondo me cae simpático. Y posee una colección extraordinaria de automóviles. De allí salió este coche que, hace treinta años, recorría las calles de Nueva York pintado de amarillo y con la inscripción Yellow Cab Co. en los laterales. Solo alguien como Nobilis podía comprar un viejo taxi norteamericano, restaurarlo y convertirlo en uno de sus automóviles de lujo.

El señor Nobilis será un poco idiota, pero al menos se le nota en la cara. En mi país habría tenido muchas posibilidades de convertirse en presidente.

La señora, en cambio, es una idiota encubierta. Si tuviera más cultura, se creería Lady Macbeth. Pero es ignorante como una cabra, no acierta un solo subjuntivo y su cultura no va más allá de lo que se ve por televisión en horario estelar.

Le gustan, sobre todo, las películas para televisión en las que alguien muere de una enfermedad incurable. Creo que alimentan su convicción de ser inmortal. Tiene tiempo para comprobarlo: solo tiene cuarenta y cuatro años. Lo sé porque fui yo quien retiró su certificado electoral, donde figura que su apellido es Silva, con i latina, aunque ella firma con una y: Sylva. Con y parece más exótico.

Yo sí soy exótico.

Me llamo Miguel Ananbarri y nací hace treinta y cinco años en Argentina, de padre medio vasco y madre medio indígena. Entré en Italia clandestinamente desde Suiza y regularicé mi situación gracias a la ley Martelli. Cuando llegué no sabía una palabra de italiano, pero me las arreglé y ahora lo hablo mejor que mis empleadores.

Ex empleadores: no creo que el señor Nobilis quiera volver a verme en su casa. Dudo que llegue a enterarse alguna vez de que le salvé la vida. Y, por lo tanto, tampoco creo que aprecie demasiado que haya robado de su garaje el Checker del 69... y, sobre todo, que haya tomado como rehenes a su esposa y a un amigo de la familia.

Bonito amigo, teniendo en cuenta que se acuesta con la esposa de Nobilis.

Pero no tuve elección: ya estaba perdido. Mi palabra contra la de ellos.

La señora es la esposa de un empresario conocido.

El amigo, Giovanni, es policía.

En momentos como este a nadie le importa que haya trabajado como mayordomo de esta familia durante once años. En momentos como este vuelvo a convertirme en el extranjero feo, sucio y malo.

 

2 — GIOVANNI

—Estás muerto —le dice la Sylva al Miguél, pero no era así como tenía que salir todo. Yo ya le había dicho a la Sylva que a su marido también se lo mataba, porque total a mí no me importaba nada, pero no sé si después iban a creer que había sido el mayordomo.

Pero ella dijo que se ocupaba de todo y que haría parecer que el Miguél había intentado robar.

Yo solo tenía que declarar que el marido lo había descubierto y que él lo había matado.

En realidad había sido yo, pero como la pistola era del marido y el Miguél siempre se la limpiaba, estaban sus huellas y parecía de verdad que había sido él.

Y después ella heredaba todo el dinero, las casas y todo lo demás, y seguía acostándose conmigo, pero ya no tendríamos que hacerlo a escondidas, aunque total el Nobilis es un imbécil y hasta él podía darse cuenta de que ella se acostaba con otro, porque hacía mucho que con él ya no quería saber nada.

El problema es que el Miguél sabía que yo me acostaba con la Sylva y entendió que esta noche, cuando volviera el marido, yo lo iba a matar y le echaríamos la culpa a él.

Pero el Miguél me ganó de mano, porque agarró la pistola y dijo que nos olvidáramos de matar al Francesco.

Entonces ella le dijo que igual estaba perdido, que desde hacía un tiempo iba diciendo por ahí que el Miguél robaba en la casa y que, como ella conocía a gente importante, todos le creerían a ella y no a él.

Entonces el Miguél dijo que subiéramos los dos al coche, que si tenía que escapar nos llevaría como rehenes.

Y ahora llevamos horas en la carretera y dentro de poco llegaremos a la frontera con Suiza. No sé cómo piensa hacerlo, porque por la radio ya dijeron que el marido volvió a la casa y que los de la villa vecina contaron que habíamos sido secuestrados.

El Miguél no puede llegar a la frontera con la Sylva esposada y conmigo apuntado por una pistola.

Así que todo esto no sirve para nada.

No sé para qué armó semejante lío si estaba perdido desde el principio.

 

3 — SILVA

—Estás muerto —le digo a Miguel.

Porque este bastardo lo arruinó todo.

Trabajé a Giovanni hasta conseguir que hiciera todo lo que yo quería. Y pasé meses cavándole la tumba a Miguel, de modo que, llegado el momento, todas mis amigas estaban preparadas para decir que Sylva les había contado que Miguel robaba en la casa.

Todo era perfecto.

Giovanni mataba a Francesco y Miguel cargaba con la culpa.

No había otra manera.

Sin alguien que asumiera la culpa, la primera sospechosa era yo. Y, aunque la policía no encontrara pruebas, siempre estaban los amigos de Francesco. Ellos no necesitan pruebas y, si descubren que fui yo, puedo sufrir un accidente o cualquiera de esas cosas que les pasan a quienes intentan jugarles una mala pasada.

Miguel estaba completamente perdido, pero quién sabe desde cuándo sospechaba. Debió de oírme hablar con Giovanni esta tarde, mientras esperábamos que Francesco llegara desde Milán.

Todo salió mal.

Miguel tomó la pistola de Francesco y también el arma reglamentaria de Giovanni. Luego le ordenó que me esposara. Dijo que sabía que usábamos las esposas en la cama y que, por una vez, sería él quien me las pondría a mí. Ese bastardo lo sabía todo desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Después nos obligó a subir al coche y, apuntando a Giovanni con la pistola, lo obligó a conducir. Tomamos la autopista hacia Milán y luego seguimos rumbo a Suiza. Miguel no puede cruzar la frontera, pero estoy convencida de que tiene un plan. Cuando llegó a Italia, hace tantos años, era un inmigrante clandestino y entró precisamente por Suiza. Quizá todavía crea que puede salir con vida.

 

4 — MIGUEL

«Estás muerto», parecen seguir diciendo los ojos de Silva Nobilis mientras la obligo a bajar del coche, en medio del bosque.

Creo que todavía me guarda rencor porque aquella vez le dije que no.

No fue por lealtad hacia mi patrón, porque, si no era conmigo, habría sido con otro.

Simplemente pensé que acostarme con la dueña de la casa podía traerme problemas en el trabajo. Peores de los que tuve...

Quizá su plan original consistía en convencerme de matar al marido y luego hacer que me arrestaran.

Así tuvo que buscar a otro. Y perfeccionó el plan, porque inteligente sí que es. En la nueva versión, quien mataba al marido era Giovanni, utilizando la pistola de la casa con mis huellas. Yo cargaba con la culpa y Silva se quedaba con la herencia. Yo los descubrí, pero ya era demasiado tarde.

Primero: Silva no podía permitir que yo contara por ahí que tenía un amante, así que debía desacreditarme a toda costa.

Segundo: aunque impedí que mataran a su marido, el mecanismo ya estaba en marcha.

La señora ya había ido haciendo desaparecer, poco a poco, dinero y piezas de plata, mientras difundía el rumor de que yo robaba.

Cuando el señor llegara a Villa Floret, en Portofino, y encontrara al mayordomo amenazando a su esposa y a un amigo de la familia con dos pistolas, ¿a quién iba a creer? ¿A mí o a Silva y al policía?

La cárcel ya era inevitable para mí.

Así que, puestos a eso, más valía convertirme en ladrón de verdad, tomar un puñado de dinero y huir. Atado al árbol, después de haber recibido unos cuantos golpes, el policía parece todavía más imbécil que antes. A Silva no la até. A pie no puede llegar muy lejos. Por la radio oí que los están buscando, así que tarde o temprano los compañeros de Giovanni los encontrarán. Mejor tarde que temprano. La zona no ha cambiado desde que pasé por aquí por primera vez, hace diecisiete años. Entonces entraba clandestinamente en Italia. Ahora voy en dirección contraria, también clandestinamente. Al otro lado de la frontera todavía debería vivir un viejo amigo capaz de conseguirme documentos falsos.

El dinero que tomé son migajas para los Nobilis, pero para mí bastará para pagar una noche de hotel, una nueva identidad y un pasaje de avión hacia quién sabe dónde. En eso la señora tiene razón. El hombre que soy ahora ha muerto. Dentro de unas horas seré otra persona.

 

5 — FRANCESCO

—Estás muerto —digo, mirando tu cara de inmigrante en el noticiero.

¿Qué creías que ibas a hacer? ¿Robarme a mí? ¿Robar al mismísimo Francesco Nobilis? ¿Secuestrar a mi mujer y salirte con la tuya?

¡Eh, tú! Yo te di de comer durante once años, ¿y crees que puedes engañarme así?

Llegué a Portofino y encontré todo patas arriba: los cajones revueltos, la caja fuerte abierta, el Checker había desaparecido del garaje y no había nadie en la casa.

Si ese imbécil de la villa de al lado hubiera llamado a la policía cuando vio que hacías subir a mi mujer y a ese idiota de Giovanni al coche, ahora mismo ya estarías encerrado en San Vittore.

Pero los vecinos solo entendieron lo que estaba pasando cuando fui a preguntarles si habían visto algo.

Y esos deficientes me dicen que sí, que te vieron sentado al lado de Giovanni y que les pareció que llevabas una pistola en la mano.

Pero no te hagas ilusiones, idiota. Si no te atrapa la policía, te atraparán mis amigos.

Y ellos no son precisamente amables con quien intenta engañar a Francesco Nobilis.

En el noticiero dicen que no saben dónde te has metido.

La policía encontró el coche en medio del bosque y, un poco más allá, a mi mujer esposada (esta me la vas a pagar, bastardo) y a ese imbécil de Giovanni atado a un árbol.

¿Eso se puede considerar un policía? Basta una llamada telefónica y lo mando a cavar zanjas, ya verás.

Los del noticiero dicen que no saben dónde estás, pero no te preocupes: tarde o temprano mis amigos te encontrarán y entonces ya verás.

Todavía no ha nacido el listo capaz de engañar a Francesco Nobilis.

 

6 — MIGUEL

—Estás muerto —me dijo Jorge, mientras guardaba la pistola con expresión triste.

Debía traerme el pasaporte con una nueva identidad: seguiría llamándome Miguel, pero con un apellido menos llamativo que Ananbarri.

Miguel Díaz.

Por eso, cuando Jorge llegó, le abrí la puerta de mi habitación de hotel. No esperaba el somnífero en el café. Tampoco esperaba el disparo en la sien mientras dormía. Jorge apoyó mi dedo sobre el gatillo y lo apretó para que pareciera un suicidio. Luego abrió la puerta y se marchó. Apuesto a que hizo una llamada anónima a la policía, que acudió con toda una unidad especial, como si yo fuera un peligroso terrorista. Rodearon el hotel e irrumpieron en la habitación. Por poco no me llenan de balazos. Pero daba igual.

Ya estaba muerto.

 

7 — SILVA

Estás muerto, pienso para mis adentros al referirme a Miguel.

Pero no se lo digo a los periodistas del noticiero que vienen a entrevistarme, porque así puedo contar la historia del secuestro relámpago, y eso da audiencia.

Para ellos, el inmigrante argentino perseguido por la policía se suicidó en la habitación de un hotel de Lugano porque sabía que no tenía escapatoria.

Eso es lo que dicen en televisión, donde han emitido las imágenes de la intervención de la policía suiza.

Miguel se perdió por culpa de sí mismo cuando contactó con quienes lo habían ayudado a entrar clandestinamente en Italia diecisiete años atrás para conseguir documentos nuevos.

No sabía que ahora todos trabajaban para los amigos de Francesco.

En lugar de llevarle un pasaporte nuevo, le enviaron a un hombre que lo mató haciendo que pareciera un suicidio.

Así que, cuando los periodistas del noticiero vienen a entrevistarme al jardín de la villa de Portofino, les digo una frase que sé que les encantará.

—Un suicidio anunciado.

Le he hecho entender a Giovanni que no volveremos a vernos y que más le vale mantener la boca cerrada si no quiere acabar como Miguel. Y me he dicho que ahora tendré que empezar todo de nuevo. Francesco ha traído un guardaespaldas enviado por sus amigos. Al principio pensé que todo sería mucho más difícil. Ya no estaba Giovanni para hacer de asesino. Ya no estaba Miguel para cargar con la culpa. Y, lo que es peor, ahora había un hombre en la casa vigilando todo lo que ocurría. Pero, bien pensado, en realidad es mucho más fácil. El guardaespaldas no está nada mal. Tiene aspecto de culturista. Apuesto a que en dos o tres semanas lo tendré en mi cama. Y si después le hago entender que mi marido ha intentado ganar dinero por su cuenta a espaldas de sus amigos... He visto cómo actuaron con Miguel. Fueron muy eficientes.

—Todo ha salido de la mejor manera —les digo a los periodistas.

Miro a mi marido, sonrío y, mientras tanto, pienso: Estás muerto.

Andrea Carlo Cappi, nacido en Milán en 1964, reside entre Italia y España desde 1973. Autor de cerca de cien libros, entre novelas, colecciones de relatos y ensayos, también ha escrito guiones para cómics, radionovelas y videoclips. Es conocido por la serie Kverse, que recopila su serie de suspense negro (ahora también disponible en español en Amazon), y por sus novelas basadas en personajes de cómics italianos (Diabolik y Martin Mystère). Editor y traductor de inglés y español, forma parte del jurado de premios literarios y es editor de varias colecciones. Blog en español: https://cappispain.blogspot.com/ Blog en inglés: https://europulpcappi.blogspot.com/

 

 

CINTA DE MÖBIUS

Valter Cardoso

 

Pocas son las certezas que tenemos. La más común e irrefutable es que nadie es eterno. Para mí, esa certeza era muy específica, porque incluía una fecha. Y era hoy.

Durante la infancia, lo que al principio parecía una simple sensación fue tomando forma a través de sueños y coincidencias, todos convergiendo hacia un mismo acontecimiento en un único día. Cuanto más pasaba el tiempo, más me convencía de que la premonición se haría realidad. El paso a la vida adulta también sería el paso a la otra vida.

A pesar de un futuro tan poco prometedor, nunca fui aficionado a la ropa negra ni a la música deprimente. Siempre fui el que contaba chistes en el grupo. No tenía prejuicios; decía siempre lo que pensaba, sin medir las consecuencias y, por eso mismo, conseguí pocos amigos, pero grandes y verdaderos.

Mi vida afectiva fue el aspecto más complicado. Me habría gustado aprovechar cada momento posible, salir con todas las chicas y experimentar emociones y sentimientos. Pero la posibilidad de provocar alguna desilusión amorosa o dejar hijos sin una figura paterna pesó más en mi conciencia.

Muchas veces el suicidio rondó mi mente. Tal vez poner fin a la espera antes de tiempo fuera la solución para muchas cosas. Pero no quería ser un cobarde. Sin contar con la peor posibilidad: que el intento fracasara y terminara en una cama de hospital, viviendo conectado a máquinas y sin ninguna opción de cambiar mi destino.

El día llegó, tranquilo y con la paz que suele atribuírsele. Nunca compartí con nadie aquella certeza, pero quise celebrar mi último día en casa con todos mis amigos y familiares, utilizando mi cumpleaños como pretexto. No tenía deudas y el seguro de vida que había contratado cubriría todos los gastos del sepelio. Aproveché para gastar todos mis ahorros en la celebración.

La fiesta estuvo excelente. Todos los invitados asistieron y el ambiente fue muy animado. Sin embargo, después de las diez de la noche fingí algunos bostezos para que todos comprendieran que era tarde y que deseaba irme a dormir. Cuando el último invitado se marchó, la ansiedad comenzó a apoderarse de mí. Para distraerme, me puse a ordenar el desorden que había quedado tras la fiesta. Aún no había sucedido nada extraño. El trabajo mecánico no conseguía apagar mis pensamientos, que se repetían una y otra vez, embotando mi mente. ¿Me habría equivocado con la fecha? ¿Existiría otra vida después de esta?

Tratando de serenarme, bebí un vaso de leche tibia, me cambié de ropa, me cepillé los dientes y me acosté. El dormitorio estaba casi completamente a oscuras, salvo por el resplandor del reloj digital, que indicaba que faltaban menos de diez minutos para la medianoche.

Una pequeña luz apareció en un rincón de la habitación. Intenté observarla, pero el cuarto quedó inundado por una claridad insoportable. Me cubrí los ojos y esperé con el corazón desbocado. Poco a poco, la luz comenzó a perder la batalla contra la oscuridad.

Una figura surgió desde aquel rincón y reveló que ya no estaba solo. Por fin conocería a la Inevitable. Entonces una voz temblorosa y cansada rompió el silencio.

—Beto, ¿puedes oírme?

Todavía no lograba distinguir bien su rostro, pero aquella no parecía la voz de la Parca. ¿Sería algún conocido tratando de gastarme una broma? Intenté responder, pero la voz se negaba a salir. Me limité a asentir con la cabeza.

—Beto, préstame atención. Tenemos muy poco tiempo. Voy a ser lo más directo posible, así que mantén la mente abierta e intenta comprender lo que está sucediendo.

¿Tenemos poco tiempo? ¿Acaso sabía que iba a morir? Poco a poco el rostro se fue haciendo visible. No había ningún esqueleto ni un ser cubierto por un manto negro empuñando una guadaña. Nada recordaba a Tánatos. El hombre que tenía delante era completamente humano. Algunos rasgos de su rostro me resultaban extrañamente familiares. Me hacían pensar en mi abuelo, aunque vestido con una ropa que jamás lo habría imaginado usando.

—Tenías razón. Siempre la tuviste. Hoy es el día en que Gilberto Ignácio Vicenzi Meliott dejará el mundo de los vivos.

No, eso era imposible. Nadie, salvo yo, conocía mi nombre completo. Incluso en mi documento de identidad figuraba apenas una «I.» en lugar de Ignácio. Perdí toda noción de la realidad. Una inmensa paz comenzó a invadir mis pensamientos. Los párpados se volvieron pesados y los ojos empezaron a cerrarse, cuando aquel hombre me sujetó con fuerza la mano. Sentí su calor, su vida y el latido de su corazón vibrando al unísono con el mío. La intensidad de aquel instante superó cualquier expectativa que hubiera tenido durante toda mi existencia.

—¡No! Todavía no lo has entendido. ¡Yo terminé mi viaje y tú apenas estás comenzando el tuyo!

Mi corazón latía al ritmo de los segundos del reloj. Entonces el tiempo se detuvo. Noté que el apretón de manos se aflojaba y que los latidos cesaban. La luz volvió a envolver a aquel hombre y pude contemplar su rostro muy de cerca. Era como mirarme en un espejo envejecido. El resplandor lo cubrió por completo, cegándome. Unos segundos después, cuando la oscuridad regresó, encendí la lámpara de la mesa de noche. La vista tardó un momento en adaptarse y comprobé que estaba solo en la habitación. Ya había pasado la medianoche.

La experiencia había sido intensísima, aunque menos perturbadora de lo que parecía. Aquel momento de serenidad me dejó una inmensa paz espiritual. ¡Había vuelto a nacer! Mis pensamientos se aceleraron y repasé rápidamente los mejores y los peores momentos de mi vida hasta ese instante. Comencé a comprender algunas de las cosas que el destino me había reservado. Pero aquella claridad también trajo nuevas dudas.

¿Debería haberle hecho alguna pregunta? ¿Las respuestas me habrían ayudado o, por el contrario, me habrían perjudicado? ¿Esto ya había ocurrido antes? ¿Estoy condenado a recorrer eternamente una cinta de Möbius o puedo cambiar mi destino? Creo que dedicaré gran parte de esta nueva vida a encontrar la respuesta a esas y otras preguntas. Pero ahora tengo que dormir, porque mañana, además de iniciar un largo camino que nunca había previsto, tendré que descubrir la manera de regresar al pasado para hablar conmigo mismo, en este mismo día, antes de morir.

Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.

 

 

 

GUARDIANES DE SEMILLAS

Tamara Lujak

 

—¿Me está diciendo que vino desde tan lejos solo por las semillas? —preguntó Kolovrat, asombrado. El recién llegado asintió en silencio y se encogió de hombros. El campesino se quitó la gorra, apoyó la azada en el suelo y se rascó la cabeza—. Increíble —suspiró. Luego también se encogió de hombros y le hizo una seña para que lo siguiera.

Sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se secó el sudor del rostro y la tierra de las manos. Cruzaron en silencio el campo recién sembrado. El forastero admiraba la dedicación con la que el campesino trabajaba.

Cuando llegaron a la cabaña de techo de paja y paredes de barro resquebrajadas, Kolovrat se quitó las botas de goma y las dejó junto a la puerta. El recién llegado tuvo que inclinarse para poder entrar. Permaneció encorvado en medio de la habitación hasta que el campesino le ofreció un banquito de tres patas. Era tan alto que, una vez sentado, abrió las piernas y ocupó casi toda la estancia.

La cama estaba a la izquierda de la puerta y el hogar, a la derecha. El resto del mobiliario consistía apenas en un viejo arcón y una pequeña repisa con una vela y un icono. El recién llegado contempló todo con auténtico deleite. Dio un sorbo al aguardiente que le ofrecieron y, apenas el licor le bajó por la garganta, comenzó a toser mientras el rostro se le enrojecía.

—¿Está bueno? —rio de buena gana Kolovrat y le dio una palmada en el hombro al hombre alto.

La fuerza del golpe estuvo a punto de derribarlo. Se atragantó y tomó otro sorbo. Su rostro se iluminó como el de un niño al recibir un regalo inesperado.

—B-bueno —dijo, marcando exageradamente las consonantes, como si hubiera aprendido el idioma hacía muy poco.

El campesino dio unas palmadas sobre sus rodillas, satisfecho, y compartió con el huésped su modesto almuerzo. Después de comer hasta quedar satisfechos, se levantaron y fueron al sótano donde guardaban las semillas para la siembra.

—Aquí están —dijo Kolovrat mientras abría la pesada puerta de dos hojas—. Puede llevarse todas las que quiera.

El recién llegado se balanceaba con cierta inseguridad sobre las piernas y, sin embargo, mantenía un control absoluto de sus movimientos.

—T-tomaré tres de c-cada una. ¿Está b-bien? —preguntó humildemente.

El campesino soltó una sonora carcajada, tomó un puñado de cada saco y se los entregó al forastero. Este los guardó cuidadosamente, cada variedad en una bolsa distinta, las etiquetó y estrechó la mano de Kolovrat con evidente alegría.

—¡Que viva con gloria! —dijo entusiasmado mientras se dirigían hacia la salida.

El campesino restó importancia al agradecimiento con un gesto de la mano.

—No es nada. Si tuviera más, también se las daría, pero estas son todas las que pensaba sembrar el año que viene. Puede visitar a mi vecino; él cultivará otros productos.

Los ojos del recién llegado se abrieron de felicidad.

—Ojalá todos mis c-colegas tuvieran tanta s-suerte como yo —murmuró en voz baja.

—¿Hay más como usted? —preguntó Kolovrat con sorpresa. Pero enseguida continuó hablando para no incomodar al forastero con preguntas innecesarias—. Ni siquiera tiene que volar hasta allí en ese aparato suyo —añadió, señalando la nave espacial estacionada en medio del prado—. Llegará más rápido si cruza el campo caminando.

El recién llegado asintió complacido, saludó con la mano a su anfitrión y emprendió el camino hacia la casa del vecino.

Tamara Lujak, nacida en 1976 en Belgrado, Serbia, escribe cuentos, aforismos, epigramas, haikus, cómics de haikus, obras literarias, etc. Es escritora, periodista, colaboradora y editora de diversas revistas. Su obra ha sido publicada en revistas y antologías, y traducida al inglés, polaco, húngaro, español, alemán, francés y birmano. Entre sus libros publicados se cuentan Vilina planina, 2006; Rečnik straha, 2014; Kako se plaše deca, 2015; Rečnik slovenske mitologije, 2021 y Rečnik srpskih mitoloških bića, 2021.

 

martes, 28 de julio de 2026

EN SILENCIO

Eri Echilley

 

Llueve. Las gotas se abarrotan en la ventana como quién mira con la ñata en el vidrio todo aquello que no podrá tener. Llueve y la solemnidad de la casa es un arrullo de cuna que adormece mis ganas de querer poner un pie en la cocina. Tengo una tristeza sideral, porque la escala de grises se apoderó de mi manera de ver el mundo desde aquel incidente.

Me voy a levantar, te digo, mientras vos seguís observando el infinito adormecida en tus disociaciones recurrentes. Con pasos silentes, me dirijo hasta la cocina, prendo las luces y pongo un jarrito con agua en el fuego de la hornalla. Saco el frasco de café, agarro una cucharita y coloco los granos necesarios en un filtro que nadie usa. Las cerámicas sostienen los pies descalzos de mi peso muerto.

De pronto, un ruido. De repente, un estrépito. Un grito. Seguramente dejé la televisión prendida de nuevo y eso te aterra. Perdón, suelo olvidarme de que mi cotidianidad no es la tuya. Camino lentamente hasta la habitación y vos hablás por teléfono, otra vez volvió a pasar. Te asusta lo cotidiano.

—Me estoy volviendo loca, Juan. Me estoy volviendo cada día más loca.

No, amor. No es locura, te digo mientras seguís hablando a los gritos sin importar lo que yo te pueda decir.

—No soporto más todo esto, recétame más pastillas. Algo que no me haga sentir que estoy perdiendo la cabeza.

Pero, amor, vos no necesitás nada de eso. Amor, vos no estás loca. Yo estoy loco, yo soy el problema. Yo y mis descuidos.

Con celeridad, corrés a la cocina por un vaso de agua. Tus pasos se apuran con el nerviosismo de alguien que huye. El pitido insolente de tu voz aguda me destruye los tímpanos. Mi amor, no lo vuelvo a hacer, te lo juro, te suplico, mientras vos ordenás todo, apagás la hornalla y sacás el jarrito del fuego.

—No puedo con todo esto. No es real. Nada es real.

¿Qué es real?

Amor, no te alteres, no va a pasar nada. Solo quería sorprenderte. Solo quería…

Tus manos apuradas intentan guardar las cosas en los cajones de la mesada. Luego la rabia hace que abras el blíster con una energía irreverente. Cuando lo lográs, se te caen las pastillas e intentás levantarlas del suelo. Tus manos tiemblan, tu garganta se cierra y tus pupilas se dilatan. Intento abrazarte, pero es como si no lo notaras. Hace tiempo que no notás nada, pienso.

—No lo soporto más. Por favor, vení a buscarme. Necesito que vengas a buscarme ya, quiero ir a dormir con vos. Necesito que vengas a buscarme. Tengo miedo.

¿No soy lo suficiente para vos? No te vayas, prometo no volver a prender la tele ni a despertarte de esa manera. Pero no hice nada malo.

El reloj del salón marca las nueve y media. Suena el timbre de forma incesante. Vos abrís rápido, Juan entra y lo abrazás. Me voy a la habitación y te espero. Amor, no me dejes, te digo, mientras vuelvo a prender la televisión y los ojos de Juan se abren de par en par. No me ignoren.

Te enojás y le gritás como si él solo tuviera la culpa de todo esto. Amor, vos estuviste ahí. Tus manos labraron el acta, mi propia sentencia, coartaron mis ganas, urdieron el plan y ahogaron el último suspiro de mis pulmones agitados mientras mi espalda descansaba sobre aquel respaldo de terciopelo.

El viento agita las cortinas. Me levanto y apago la luz. Voy a la cocina y giro las perillas. Quiero que descanses de esta locura, mi amor. Las ventanas abrazan el viento y se abren como nunca. La humedad de las paredes chorrea en forma de lágrimas negras. Juan intenta abrir la puerta, pero yo sostengo el picaporte. No puedo dejarte ir así. No puedo sentir que todo esto fue en vano. Tus golpes desenfrenados se diluyen en el silencio sepulcral del bosque lejano que alberga nuestra casa. Tu corazón se acelera demasiado. Juan intenta romper el vidrio, intenta con todas sus fuerzas golpear la puerta, pero la luz mortuoria del cuarto se deglute los intentos. Vos repetís que tenías razón y que no estabas loca. No, amor. No estás loca, te digo y me escuchás. La palidez se apodera de tu piel y la desesperación se hace uno con tu carne. Abrazas a Juan y las gotas frías de transpiración le recorren la espalda. Nunca estuviste sola, agrego y me escuchás de nuevo. Dejás de ignorarme por fin. Intenté decírtelo muchas veces, amor. Nunca crucé la luz, porque no puedo alcanzar la gloria sin sentir que existe la justicia.

Los gritos mudos y ahogados se acumulan en tus cuerdas vocales. Los alerces se arrellanan al paso del viento. El silencio se muda a tu boca y nadie oye, nadie espera, nadie busca, nadie escapa. Las gotas se amontonan en la ventana para ver la escena final. Las cortinas terracota observan con morbo a los dos amantes dormidos en silencio.


Érica Echilley (1986): argentina, oriunda de la localidad de Ezeiza. Estudiante avanzada de Lengua y Literatura y ayudante de cátedra de Semiótica en el ISFD y T Nº 35 de Monte Grande. Autora de Cartas en cuarentena, El chat que nunca borro, Líneas de fuga y Conversaciones. Ganadora del concurso internacional de microrrelato “Desafío Literario Nº 12” en 2020.

ESPACIO LIMINAL

Franca Marsala

 

Patrick Konnas esperaba en la zona de descanso de la estación orbital. Estaba nervioso, inquieto. De vez en cuando se acomodaba el cómodo traje azul que llevaba puesto, aunque le sentaba como un guante. Con su figura esbelta, casi cualquier prenda le favorecía.

—Señor, parece preocupado —intervino el secretario, Sam.

—No, no, estoy bien. Solo un poco ansioso. Esta conferencia en Europa es muy importante. Podría ser mi consagración.

—No tiene nada de qué preocuparse. El discurso es prácticamente perfecto. Además, también se informó sobre los demás participantes, sus costumbres y hábitos, incluidos los alienígenas. Ha pensado en cada detalle. Puede estar tranquilo.

—Es difícil para nosotros, los humanos. A menudo somos más emotivos de lo necesario. A veces desearía tener un poco de tu desapego robótico —comentó el directivo, sonriendo.

Una voz anunció el atraque del Galactic Express, el convoy del color de la noche que, surcando el espacio, unía los distintos planetas del Sistema Solar.

—Ha llegado el momento —suspiró Konnas—. Comienza la aventura.

Siguieron a la pequeña multitud y subieron al transporte.

La cabina era lujosa, como todas las demás. Estaba compuesta por dos amplios compartimentos: el primero, destinado al día, con sillones ergonómicos de color rojo, numerosos estantes retráctiles que aparecían solo cuando era necesario, cuadros tridimensionales de artistas famosos en las paredes y una iluminación tenue; el destinado a la noche era todavía más confortable, con una enorme cama de levitación magnética que ocupaba gran parte del espacio y unos rectángulos camuflados en las paredes que hacían las veces de armarios.

El viajero tomó asiento y dejó vagar la mirada a través de los grandes ventanales que ofrecían una vista sobrecogedora del infinito.

—¡Qué maravilla!

—Sí, señor —respondió el robot mientras transportaba los contenedores modulares.

—Siéntate —le ordenó—. Ya guardarás mi ropa después.

—Como desee.

—Creo que ha llegado el momento de relajarme y disfrutar del viaje.

—Por supuesto. Se lo merece. Me alegro por usted.

—Me gusta oírtelo decir, aunque solo sea cortesía. Me alegra compartir esta experiencia contigo. Has estado a mi lado durante todo mi ascenso y quería que siguieras acompañándome.

—Me honra oír eso. He sido testigo de su trabajo, durante estos años, en el campo de la alimentación sintética. Ha alimentado a poblaciones enteras con los productos de sus instalaciones. Tiene motivos para sentirse orgulloso.

—Gracias. Eres un amigo.

—En cierto modo, sí lo soy, señor.

El paisaje cambió: el vehículo emprendía un largo itinerario. Se detendría en la siguiente base de embarque para recoger a habitantes de otros mundos hasta llegar a su destino: el satélite de Júpiter.

Dos hombres aparecieron en la puerta, empujándose amistosamente.

—Déjalo ya, te comportas como un chiquillo —protestó uno de ellos, alto y moreno.

—Lo dice el adulto —se burló su compañero, bajo y rubio.

—Ya están aquí; precisamente me preguntaba cuándo aparecerían para molestar —los reprendió Konnas con tono divertido—. Sam, ¿recuerdas a Axel Myrat y Gurden Filik? Trabajan en mi mismo sector, aunque en continentes distintos.

—Sí, los recuerdo. Me alegra volver a verlos, señores.

—Gracias, igualmente —respondió Filik.

—Este cree que es mejor molestar a los demás que releer y corregir las cuatro palabras que ha escrito —intervino Myrat.

—Es imposible corregir la perfección —replicó el otro.

El empresario soltó una carcajada.

—Con ustedes este viaje será todavía más divertido.

—Más tarde nos reuniremos con nuestros colegas en una sala de descanso para charlar y, sobre todo, beber —lo invitó Axel.

—Gracias. Me uniré encantado.

—Siempre que, como de costumbre, no termines borracho —lo reprendió Gurden.

—Estoy de vacaciones; no tengo una esposa detrás diciéndome lo que debo hacer, sobre todo lo que no debo hacer, y pienso divertirme.

—Ya. Hodilla volvió a montar una de sus escenas habituales, como si fueras a ausentarte un mes en vez de unos pocos días. Qué suerte tienes, Patrick, siendo soltero.

Mientras seguían criticando su buena fortuna, se marcharon.

—Son simpáticos, ¿verdad, Sam?

—Escapa a mis capacidades comprender vuestro sentido del humor. Sin embargo, me alegra comprobar que ahora está más tranquilo.

Patrick sonrió y sacó su holopad de uno de los numerosos bolsillos del traje.

—Estoy más calmado, pero quiero echarle un último vistazo a la ponencia. Por simple precaución.

Comenzó a recorrer las imágenes tridimensionales que aparecían ante él. Llegó al pasaje que le interesaba e hizo deslizar las páginas con un gesto.

Parecía excelente, aunque en realidad era perfeccionista en exceso.

De pronto, el dispositivo emitió una señal luminosa y una voz sintetizada anunció la llegada de un mensaje.

El logotipo de la organización terrorista G.A.I.A. (Global Awakening in Action) apareció suspendido frente a él: un árbol de ramas enmarañadas cubiertas de espinas, cuyas raíces se hundían profundamente en la tierra.

"Llevas un dispositivo adherido al cuerpo. Si intentas abrirlo o manipularlo, se activará. Contiene una toxina, Aeromor, una sustancia letal para los terrestres. ¡Han sido derrotados!"

Inmediatamente, una cuenta regresiva de quince minutos sustituyó al mensaje. Conocía a esos fanáticos. Eran criminales despiadados. Ahora él se había convertido en su objetivo. Sintió un mareo y le costó respirar. Temió estar sufriendo un infarto.

El asistente lo sostuvo mientras se desplomaba sobre el asiento y lo ayudó a controlar la respiración.

—Está sufriendo un ataque de pánico. Déjelo en mis manos.

—No puedo... no puedo... —murmuró—. Son unos fanáticos.

—Por desgracia, tiene razón. Son fundamentalistas obsesionados con un único objetivo: regresar a la naturaleza y a los productos cultivados como en la Antigüedad.

—Se niegan a comprender que son precisamente industrias como la mía las que permiten alimentar a tanta gente. El planeta está al límite; no podemos retroceder.

—Solo saben matar en nombre de unas convicciones irrealizables.

—¿Dónde está? ¿Dónde? No lo encuentro.

El robot comprendió a qué se refería y comenzó a registrarlo con rapidez y método.

Se lo mostró: un pequeño cilindro gris adherido al borde del pantalón, junto al zapato.

—Debió de ocurrir entre la multitud, antes —reflexionó.

—¡No lo toques! —le ordenó Konnas.

—Quizá pueda piratear su sistema. Intentaré descubrir cómo desactivarlo.

—Eres mi única esperanza.

Patrick bajó la cabeza y esperó.

—Una opción de seguridad me bloquea. Debe de haber sido diseñada por alguien más avanzado que yo. Lo siento mucho, señor.

El directivo perdió el control.

—¡Tenemos que avisar a los demás! ¡Hay que evacuar el convoy! —gritó—. Cualquiera que respire oxígeno morirá. Axel, Gurden... son mis amigos... Con este sistema de ventilación no tendrán... no tendremos... ninguna posibilidad.

Se precipitó hacia la salida, pero el asistente lo detuvo.

—¿No comprende que estallará el caos? Todos intentarán llegar a las cápsulas de salvamento y terminarán haciéndose daño, pisoteándose unos a otros.

—¿Y entonces?

El robot lo observó durante un instante.

—Venga conmigo.

—¿Adónde? Quedan muy pocos minutos.

—Confíe en mí.

—Sí... sí, confío en ti.

Recorrieron juntos los pasillos, pasando junto a las cabinas y las zonas de recreo.

Llegaron a un área aislada.

El robot, con sus velocísimos dedos, introdujo un código que todos los pasajeros recibían al hacer la reserva –con la orden terminante de no utilizarlo salvo en casos de extrema emergencia– y las puertas se deslizaron, revelando los módulos de socorro.

Los dos penetraron en el hangar.

—¿Tienes alguna idea? —preguntó Konnas.

El asistente se acercó a uno de los módulos, tocó un control y abrió la cápsula.

Con decisión, empujó a Patrick al interior.

—¿Qué ocurre? ¿Qué piensas hacer? —exclamó él, sorprendido.

—Lo estoy sacrificando. Morirá; eso ya está decidido. El tiempo casi se ha agotado. Estoy eludiendo la Primera Ley de la Robótica, que me obliga a protegerlo a usted y a sus semejantes, para aplicar la Ley Cero: salvar a la humanidad.

Su jefe intentó resistirse, pero el robot lo sujetó con facilidad.

Luego entró también y cerró la compuerta.

—Lo lamento profundamente. Usted no lo merecía. Nadie lo merecería.

—Estoy perdido, lo sé. Pero tú... tú no. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué me has seguido? —balbuceó, temblando.

—Después de haberlo condenado, mi cerebro sufrirá daños irreparables —explicó.

—¡Soy una persona, puedo morir! ¡Pero tú no! ¡Pueden regenerarte, reactivar tus circuitos!

—Es una decisión mía, Patrick —respondió Sam.

Rozó una consola y la cápsula fue expulsada hacia el espacio.

Hacia la oscuridad.

Franca Marsala nació en Italia el 28 de junio de 1970. Escritora apasionada desde muy joven, cultiva principalmente el cuento, género con el que ha participado en numerosos concursos literarios, alcanzando en muchas ocasiones las instancias finales. Ha colaborado con diversas editoriales italianas, entre ellas Scudo Edizioni, Cartman, Holden Edizioni, Giulio Perrone Editore, Historica, 150 Strade, Lettere Animate, Il Pavone, PAV Edizioni, Zona Morta e InFilaIndiana, además de publicar en medios digitales como Scirokko, Rapsodia y Cose di altri mondi. Su obra abarca la ciencia ficción, el thriller, el fantástico, el policial y el terror. En 2024 apareció su primera novela de ciencia ficción, Más allá del espacio y del tiempo, y ese mismo año participó en la antología Voci degli abissi con el relato Mundo de cristal, distinguido con el Premio Vegetti 2025. También ha publicado relatos en revistas especializadas como World SF Magazine Italia y Il Magazzino dei Mondi, además de integrar numerosas antologías colectivas. Entre sus trabajos más destacados figuran las novelas Tra le nuvole (2017), La Tempesta (2012) y Le otto croci, que obtuvo el décimo puesto en el Premio Dea 2019. En 2015, una idea original suya fue adaptada por Astorina para convertirse en la historia de Diabolik Angoscia dal passato, y otro de sus textos formó parte del espectáculo teatral Condominio, estrenado en Milán.


 

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