Santiago Oviedo
La superficie
de Chaturaji parece un inmenso damero con escaques de líquenes y hematita. De
tanto en tanto, contra la negra cortina del cielo, se perfilan las siluetas de montañas
como piezas de ajedrez. Nadie recordaba si eran formas naturales o talladas por
antiguas generaciones, porque las viejas leyendas habían caído en el olvido.
Por entre ellas se desplazan de norte a sur y de este a oeste las ciudades
rodantes, cabalgando o cortando transversalmente las líneas del campo magnético
del planeta, mientras siguen sin pausa las órbitas de los satélites colectores,
que transmiten levemente incrementada la energía que llega del sol mortecino.
Todo pulsaba con la monotonía de un reloj. Entonces, los dados rodaron.
Uno, dos, tres, cuatro pajes-robots, vestidos con trajes cuartelados, se
acercaron en distintos puntos del planeta a otros tantos tronos. Estaban
ocupados por seres con mirada cansada, envueltos en mantos de seda jaliana de
diferente color, y voces aún más fatigadas.
—Majestad —rechinaron los autómatas, con una reverencia casi simultánea—,
se aproxima la nave con los emisarios de Tierra de Sol.
Ocho manos se crisparon sobre los apoyabrazos de los sitiales, mientras los
troncos se erguían con mal contenida tensión.
El navío diplomático –inmenso y
majestuoso– se materializó en los bordes del sistema y se dirigió a Chaturaji
impulsado por los motores de plasma.
Una vez estabilizada
una órbita alrededor del planeta, la cápsula de desembarco se desprendió de la
nave madre. Bajo la tenue luz del sol del sistema, los dos artefactos
centellearon con los colores de Tierra de Sol: una mole del tamaño de un
planeta enano y una nave apenas más pequeña que un crucero de carga que –al
costado de la otra– se antojaba minúscula.
Aun así, al posarse en
la superficie ocupó casi una quinta parte del astropuerto Choupat. En medio del
zumbido de los generadores antigravitacionales –forzados al máximo para
compensar la masa del módulo–, el transporte terrestre llegó al planeta con tres
días estándar de demora.
Cuatro embajadores
descendieron con calmada dignidad y fueron conducidos al Gran Cuadro Central de
Chaturaji, donde los aguardaban los soberanos.
El jefe Cabeza Blanca,
el maestro Berger, don Garcilaso y el cadí Uthmán comparecieron ante los reyes
Negro, Rojo, Amarillo y Blanco.
—¡Larga vida a los
Cuatros Señores de Chaturaji!
Como emisario de Tierra
de Sol, eran expertos en protocolo y llegaban en misión comercial. Pero también
había una jugada secreta.
Presentaron disculpas
por el retraso, adjudicado a una singularidad en la traslación, y cumplieron
cada una de las etapas ceremoniales de la recepción. Los guardias reales se
mantenían en formación con sus libreas, mientras robots mayordomos iban de un
lado a otro con bandejas provistas con manjares y licores exóticos. Las
sonrisas se mezclaban con las conversaciones de negocios, pero las miradas se cruzaban
con un velado nerviosismo y anunciaban un gambito.
Era la primera misión terrestre a
Chaturaji en mucho tiempo. El planeta había sido colonizado por Tierra en los
años de la Primera Expansión. Luego llegaron las Guerras y se rompió el
contacto entre los distintos mundos humanos. El comercio se mantenía en pequeña
escala entre planetas próximos entre sí, pero los lazos primigenios habían
desaparecido.
Chaturaji —como otros
mundos— había atravesado sus propias tribulaciones. Situado en el borde del
universo conocido por la humanidad, estaba muy distante de la cuna de la raza.
El planeta era rico en
minerales, pero su producción proteínica era escasa. Eso siempre es un
inconveniente. Nadie puede comer plata para cagar oro. Resulta incómodo vestir
un traje de hierro y beber mercurio no es muy saludable.
Por ende, la escasa
producción de alimentos resultaba más valiosa que todo lo demás y debía ser
cuidada con ahínco. Era vital conservar la biosfera, en especial ante la
escalada entre dos facciones que querían acaparar los recursos. En
consecuencia, los que en realidad manejaban el poder acordaron moderar sus
ambiciones, dejaron de apoyar esas políticas y decretaron las Reglas de los
Cuartos, que regirían de ahí en más la vida en Chaturaji. La producción y la
población se estabilizaron de manera draconiana, instituyendo un sistema
cerrado, pero autosuficiente, donde el crecimiento demográfico no podía superar
los índices de productividad.
No era lo ideal, sino
lo necesario. Y funcionó.
Así nacieron los
primeros Cuatro Reyes de Chaturaji.
El tiempo siguió su curso y los
sucesores de aquellos consolidaron una cultura local que les permitió al aumentar
la riqueza del planeta y evitar privaciones, sin necesidad de conflictos.
Cuando llegó el mensaje
de que Tierra de Sol quería volver a establecer contacto con los antiguos
enclaves, Los Cuatro Reyes del momento se mostraron renuentes. No les atraía
complicar sus relaciones externas. El comercio con Jali, Linde y Cryon resultaba
suficiente. Pero nuevos mensajes –muchos por canales secretos– surcaron el
espacio y finalmente la misión terrícola fue aceptada.
Luego de la recepción,
los emisarios de Tierra de Sol fueron conducidos a sus aposentos en el Gran
Palacio. Más tarde, cuatro pajes-robots se encaminaron hacia los cuartos con un
mensaje de sus respectivos señores.
Cada uno de los delegados hizo lo
que debía hacer.
Después de todo, eran
las órdenes.
Recorrieron los
respectivos pasillos en penumbras hasta las cámaras de los soberanos. Los
colores eran diferentes en todos los casos y también las decoraciones. Pero los
diálogos fueron idénticos. O casi.
—Su gobierno nos
informó de cierto… peligro.
—Su Alteza, el Consejo
Terrestre se cree obligado a notificarle que hay un pacto secreto entre dos de
los otros reyes.
—Eso ya nos lo dijeron.
¿Cómo se enteraron?
—Filtraciones que
llegaron a través de comerciantes jalianos, Majestad. Hubiera deseado llegar
antes, pero la perturbación en el salto jugó contra los planes del Consejo.
—¿Los otros delegados
están al tanto de esto?
—No lo sé,
Omnipotencia. Después de todo, los objetivos de la misión comercial son auténticos.
Pero mis superiores directos suponen que detrás de ese pacto están los
terroristas de Tierra 2, con la intención de boicotear la propuesta de Tierra
de Sol.
«Como le venía
diciendo, estamos retrasados. Hay un proverbio que dice: Natura non facit
saltus. Y un científico de los Años Viejos afirmaba que Dios no jugaba a
los dados. Pero luego vimos que el Destino sí lo hace. Y ya están echados. Sus
adversarios ya deben de estar movilizando tropas. Si hubiera llegado antes esto
quizá se hubiera podido evitar, pero ahora…
El emisario terrestre
hizo silencio. El soberano continuó en silencio.
—Mi Señor, las
posiciones ya están determinadas y no se puede hacer nada para evitarlo. Le
ruego que acepte mis servicios.
Y los Cuatro Reyes
tuvieron cuatro Consejeros.
Al día siguiente, el Gran Cuadro
Central de Chaturaji estaba desierto y cada uno de los extranjeros se alojó en
el palacio de uno de los cuatro reyes. No hace falta decir quién con quién.
Para aquellos momentos, ya no importaba.
En función de las
Reglas de los Cuartos, bastó con que un rey se aliara con otro para que el
resto se alineara en un bando contrario.
Fue un conflicto
extraño para los cánones de la época. Después de las Guerras, cuando se
fragmentó la Gran Ecúmene, las acciones bélicas no desaparecieron, sino que se
hicieron más civilizadas. En un acuerdo tácito se evitaron las armas de
destrucción de masas; solo había actos de fuerza aislados, que llevaban conversaciones
diplomáticas fundadas en convenios previos. Era lo más provechoso para una política
manejada por intereses comerciales.
En Chaturaji, por otra
parte, sobrevivía el gusto por los oropeles, aun cuando el resto de las
tradiciones se había perdido o abandonado. Las fuerzas armadas se enorgullecían
de sus panoplias en ocasión de los desfiles de rito y al asumir sus misiones específicas
se volvían casi tan importantes como los propios soberanos.
Dentro de ese esquema, las
unidades blindadas conformaban un cerco de hierro en su respectivo cuadrante; la
artillería móvil –drones y misiles; en su mayoría autónomos– apuntaba detrás de
las murallas similares del adversario y las unidades aerotransportadas efectuaban
golpes de mano quirúrgicos en la retaguardia. El magnicidio, por cierto, estaba
vedado, así que la estrategia en las disputas anteriores siempre se orientó
hacia la amenaza del bloqueo energético mediante la toma de control de los satélites
colectores.
Pero esta vez fue
distinto. El respeto entre los Cuatro Reyes había desaparecido, reemplazado por
la sospecha, en especial cuando las operaciones se estancaron casi desde el
inicio. Quizá fuera por la intervención de los agregados terrestres, que parecía
haber ido más allá del asesoramiento.
En consecuencia, los jefes
militares doblaron la apuesta y optaron por acciones de ocupación del
territorio enemigo y la infantería –como de costumbre– pagó el precio. Obligada
a mantener el terreno, una juventud vigorosa murió o quedó lisiada en combates librados
mayormente contra máquinas y comenzaron los crímenes contra la población civil
y la destrucción de los centros de producción biótica.
La gallardía y la
disciplina de las paradas de exhibición desapareció como la escarcha al
amanecer.
Aun así, las Reglas de los Cuartos
se mantuvieron en pie incluso al final de la escalada.
Uno de los reyes fue
capturado y su aliado no contaba con recursos propios para continuar con las
operaciones, por lo que se intercambió por uno de los otros como rehén y el
primero fue liberado y asumió el mando de las fuerzas conjuntas.
Con la nueva
distribución del teatro de condiciones, así como podía tratar de redimir al que
le permitió recuperar su libertad –y confiar en que pudiera capturar al que lo
tenía como rehén–, también podía optar por apoderarse de la totalidad de los
tronos, en la medida en que pudiera obtener el dominio de las diferentes tropas.
Era una situación en la
que resultaba imprescindible medir bien las fuerzas y quiso pedirle consejo a
su asesor terrícola, pero no lo encontró. Y tampoco había señales de los otros
tres.
Los cuatro embajadores de Tierra de
Sol se habían reunido en la nave madre, porque sus temores se habían
concretado. En las proximidades de la estrella del sistema se había
materializado la nave proveniente de Tierra 2, escasamente más pequeña que la
otra.
Mostraba las señales de
un encuentro con la nave terrestre, a la que había interceptado durante el
salto, pero el emblema del dragón que identificaba su procedencia aún era visible.
Como en ese momento había estado adelantada, por las paradojas del viaje relativista
llegó cuando en la superficie de Chaturaji ya estaban llevándose a cabo las
acciones bélicas. Pero en ese lapso la tripulación terrana del sistema estelar
de KOI-4878 no se había dedicado a reparar los daños externos, como lo había
hecho la de Tierra de Sol, sino a reforzar su armamento.
La onda de pulso que
lanzó contra la nave terrestre desmanteló las reparaciones y quedaron en
evidencia las cicatrices del escarceo previo; de inmediato, los emisarios de
Tierra de Sol abrieron el canal de comunicación.
Era una situación de
suma cero.
Doktor von Hauser, el señor Wu, el jefe
Taika y el masái Ngendo se encararon con sus homólogos terrícolas.
—Por lo que vemos, consiguieron
hacerle creer a las autoridades de Chaturaji que nuestro planeta estaba
interviniendo en su política interna. Expresamos nuestro repudio y, ante el
hecho consumado, reclamamos como reparación el derecho de cogestión, en virtud
de lo acordado en el Pacto de Wolf 359.
—Nuestra misión es
pacificar Chaturaji bajo el dominio de un único soberano —adujeron los terrícolas.
—Eso es inadmisible en
los términos del Pacto. Chaturaji es un planeta soberano de la antigua Ecúmene.
Es rico, pero sabemos bien que no es de interés comercial. Lo que realmente
importa es su ubicación como nodo de intercambio en las rutas de tránsito, por
estar en el margen del espacio conocido, y eso determina nuestro derecho a constituir
un área de influencia.
—Para que eso sea así,
deberían participar de modo activo en las tratativas para la detención del
conflicto. ¿Tienen autorización para eso?
—Tanta como ustedes
—respondieron los emisarios terranos.
Los embajadores de Tierra de Sol no
volvieron a la superficie de Chaturaji y los de Tierra 2 nunca bajaron.
Mantuvieron las
conversaciones desde sus naves, que orbitaban el planeta a escasa distancia de
la red de los satélites colectores.
El rey que tenía en
esos momentos la ventaja estratégica pronto se dio cuenta de que difícilmente
obtendría una victoria definitiva. Los apagones se hicieron frecuentes, en
coincidencia con algún retroceso en las tratativas, y ante el estancamiento del
conflicto los jefes militares vieron reducido su peso político, mientras esos
espacios iban siendo ocupados por los mercaderes.
La demora hasta la paz
definitiva se debió principalmente a la participación de los enviados de las
dos Tierras, que pugnaban por acrecentar sus beneficios.
En medio de eso, cada
uno de los dos reyes aún activos se alió con su rehén, dejando atrás al antiguo
aliado.
Finalmente quedaron dos
bloques –cada uno conformado por dos de los cuadrantes– y el planeta volvió a
llamarse Chaturanga, como en la época de la Gran Ecúmene.
Las naves diplomáticas
volvieron a sus respectivos sistemas solares y en planeta se inició un periodo
que se conoció como el Renacimiento, porque se repararon los daños de las
luchas, se crearon nuevas obras de arte y aumentó el comercio. Pero también, al
igual que en el de la vieja Tierra, la política se negoció por las noches a
punta de dagas en las callejuelas y solo quedaron dos reyes, cuando los otros
se resistieron a abandonar el antiguo modo de vida.
En un universo multidimensional, una entidad
que se puede llamar Beth se quejó.
—La aparición de esa
segunda nave fue casi una trampa.
Otra –que se puede
llamar Luis– carcajeó.
—Pero no viola en
absoluto las reglas. Además, en definitiva, la variante de cuatro es casi tan
aburrida como la de dos —dijo, mientras reacomodaba las piezas—. Habría que
probar con la de tres.
Nion –que había estado al costado, observando la partida– asintió en conformidad.
Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:
(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

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