domingo, 21 de junio de 2026

EL GRAN JUEGO

Santiago Oviedo



La superficie de Chaturaji parece un inmenso damero con escaques de líquenes y hematita. De tanto en tanto, contra la negra cortina del cielo, se perfilan las siluetas de montañas como piezas de ajedrez. Nadie recordaba si eran formas naturales o talladas por antiguas generaciones, porque las viejas leyendas habían caído en el olvido. Por entre ellas se desplazan de norte a sur y de este a oeste las ciudades rodantes, cabalgando o cortando transversalmente las líneas del campo magnético del planeta, mientras siguen sin pausa las órbitas de los satélites colectores, que transmiten levemente incrementada la energía que llega del sol mortecino.

Todo pulsaba con la monotonía de un reloj. Entonces, los dados rodaron.

Uno, dos, tres, cuatro pajes-robots, vestidos con trajes cuartelados, se acercaron en distintos puntos del planeta a otros tantos tronos. Estaban ocupados por seres con mirada cansada, envueltos en mantos de seda jaliana de diferente color, y voces aún más fatigadas.

—Majestad —rechinaron los autómatas, con una reverencia casi simultánea—, se aproxima la nave con los emisarios de Tierra de Sol.

Ocho manos se crisparon sobre los apoyabrazos de los sitiales, mientras los troncos se erguían con mal contenida tensión.

El navío diplomático –inmenso y majestuoso– se materializó en los bordes del sistema y se dirigió a Chaturaji impulsado por los motores de plasma.

Una vez estabilizada una órbita alrededor del planeta, la cápsula de desembarco se desprendió de la nave madre. Bajo la tenue luz del sol del sistema, los dos artefactos centellearon con los colores de Tierra de Sol: una mole del tamaño de un planeta enano y una nave apenas más pequeña que un crucero de carga que –al costado de la otra– se antojaba minúscula.

Aun así, al posarse en la superficie ocupó casi una quinta parte del astropuerto Choupat. En medio del zumbido de los generadores antigravitacionales –forzados al máximo para compensar la masa del módulo–, el transporte terrestre llegó al planeta con tres días estándar de demora.

Cuatro embajadores descendieron con calmada dignidad y fueron conducidos al Gran Cuadro Central de Chaturaji, donde los aguardaban los soberanos.

El jefe Cabeza Blanca, el maestro Berger, don Garcilaso y el cadí Uthmán comparecieron ante los reyes Negro, Rojo, Amarillo y Blanco.

—¡Larga vida a los Cuatros Señores de Chaturaji!

Como emisario de Tierra de Sol, eran expertos en protocolo y llegaban en misión comercial. Pero también había una jugada secreta.

Presentaron disculpas por el retraso, adjudicado a una singularidad en la traslación, y cumplieron cada una de las etapas ceremoniales de la recepción. Los guardias reales se mantenían en formación con sus libreas, mientras robots mayordomos iban de un lado a otro con bandejas provistas con manjares y licores exóticos. Las sonrisas se mezclaban con las conversaciones de negocios, pero las miradas se cruzaban con un velado nerviosismo y anunciaban un gambito.

Era la primera misión terrestre a Chaturaji en mucho tiempo. El planeta había sido colonizado por Tierra en los años de la Primera Expansión. Luego llegaron las Guerras y se rompió el contacto entre los distintos mundos humanos. El comercio se mantenía en pequeña escala entre planetas próximos entre sí, pero los lazos primigenios habían desaparecido.

Chaturaji —como otros mundos— había atravesado sus propias tribulaciones. Situado en el borde del universo conocido por la humanidad, estaba muy distante de la cuna de la raza.

El planeta era rico en minerales, pero su producción proteínica era escasa. Eso siempre es un inconveniente. Nadie puede comer plata para cagar oro. Resulta incómodo vestir un traje de hierro y beber mercurio no es muy saludable.

Por ende, la escasa producción de alimentos resultaba más valiosa que todo lo demás y debía ser cuidada con ahínco. Era vital conservar la biosfera, en especial ante la escalada entre dos facciones que querían acaparar los recursos. En consecuencia, los que en realidad manejaban el poder acordaron moderar sus ambiciones, dejaron de apoyar esas políticas y decretaron las Reglas de los Cuartos, que regirían de ahí en más la vida en Chaturaji. La producción y la población se estabilizaron de manera draconiana, instituyendo un sistema cerrado, pero autosuficiente, donde el crecimiento demográfico no podía superar los índices de productividad.

No era lo ideal, sino lo necesario. Y funcionó.

Así nacieron los primeros Cuatro Reyes de Chaturaji.

El tiempo siguió su curso y los sucesores de aquellos consolidaron una cultura local que les permitió al aumentar la riqueza del planeta y evitar privaciones, sin necesidad de conflictos.

Cuando llegó el mensaje de que Tierra de Sol quería volver a establecer contacto con los antiguos enclaves, Los Cuatro Reyes del momento se mostraron renuentes. No les atraía complicar sus relaciones externas. El comercio con Jali, Linde y Cryon resultaba suficiente. Pero nuevos mensajes –muchos por canales secretos– surcaron el espacio y finalmente la misión terrícola fue aceptada.

Luego de la recepción, los emisarios de Tierra de Sol fueron conducidos a sus aposentos en el Gran Palacio. Más tarde, cuatro pajes-robots se encaminaron hacia los cuartos con un mensaje de sus respectivos señores.

Cada uno de los delegados hizo lo que debía hacer.

Después de todo, eran las órdenes.

Recorrieron los respectivos pasillos en penumbras hasta las cámaras de los soberanos. Los colores eran diferentes en todos los casos y también las decoraciones. Pero los diálogos fueron idénticos. O casi.

—Su gobierno nos informó de cierto… peligro.

—Su Alteza, el Consejo Terrestre se cree obligado a notificarle que hay un pacto secreto entre dos de los otros reyes.

—Eso ya nos lo dijeron. ¿Cómo se enteraron?

—Filtraciones que llegaron a través de comerciantes jalianos, Majestad. Hubiera deseado llegar antes, pero la perturbación en el salto jugó contra los planes del Consejo.

—¿Los otros delegados están al tanto de esto?

—No lo sé, Omnipotencia. Después de todo, los objetivos de la misión comercial son auténticos. Pero mis superiores directos suponen que detrás de ese pacto están los terroristas de Tierra 2, con la intención de boicotear la propuesta de Tierra de Sol.

«Como le venía diciendo, estamos retrasados. Hay un proverbio que dice: Natura non facit saltus. Y un científico de los Años Viejos afirmaba que Dios no jugaba a los dados. Pero luego vimos que el Destino sí lo hace. Y ya están echados. Sus adversarios ya deben de estar movilizando tropas. Si hubiera llegado antes esto quizá se hubiera podido evitar, pero ahora…

El emisario terrestre hizo silencio. El soberano continuó en silencio.

—Mi Señor, las posiciones ya están determinadas y no se puede hacer nada para evitarlo. Le ruego que acepte mis servicios.

Y los Cuatro Reyes tuvieron cuatro Consejeros.

Al día siguiente, el Gran Cuadro Central de Chaturaji estaba desierto y cada uno de los extranjeros se alojó en el palacio de uno de los cuatro reyes. No hace falta decir quién con quién. Para aquellos momentos, ya no importaba.

En función de las Reglas de los Cuartos, bastó con que un rey se aliara con otro para que el resto se alineara en un bando contrario.

Fue un conflicto extraño para los cánones de la época. Después de las Guerras, cuando se fragmentó la Gran Ecúmene, las acciones bélicas no desaparecieron, sino que se hicieron más civilizadas. En un acuerdo tácito se evitaron las armas de destrucción de masas; solo había actos de fuerza aislados, que llevaban conversaciones diplomáticas fundadas en convenios previos. Era lo más provechoso para una política manejada por intereses comerciales.

En Chaturaji, por otra parte, sobrevivía el gusto por los oropeles, aun cuando el resto de las tradiciones se había perdido o abandonado. Las fuerzas armadas se enorgullecían de sus panoplias en ocasión de los desfiles de rito y al asumir sus misiones específicas se volvían casi tan importantes como los propios soberanos.

Dentro de ese esquema, las unidades blindadas conformaban un cerco de hierro en su respectivo cuadrante; la artillería móvil –drones y misiles; en su mayoría autónomos– apuntaba detrás de las murallas similares del adversario y las unidades aerotransportadas efectuaban golpes de mano quirúrgicos en la retaguardia. El magnicidio, por cierto, estaba vedado, así que la estrategia en las disputas anteriores siempre se orientó hacia la amenaza del bloqueo energético mediante la toma de control de los satélites colectores.

Pero esta vez fue distinto. El respeto entre los Cuatro Reyes había desaparecido, reemplazado por la sospecha, en especial cuando las operaciones se estancaron casi desde el inicio. Quizá fuera por la intervención de los agregados terrestres, que parecía haber ido más allá del asesoramiento.

En consecuencia, los jefes militares doblaron la apuesta y optaron por acciones de ocupación del territorio enemigo y la infantería –como de costumbre– pagó el precio. Obligada a mantener el terreno, una juventud vigorosa murió o quedó lisiada en combates librados mayormente contra máquinas y comenzaron los crímenes contra la población civil y la destrucción de los centros de producción biótica.

La gallardía y la disciplina de las paradas de exhibición desapareció como la escarcha al amanecer.

Aun así, las Reglas de los Cuartos se mantuvieron en pie incluso al final de la escalada.

Uno de los reyes fue capturado y su aliado no contaba con recursos propios para continuar con las operaciones, por lo que se intercambió por uno de los otros como rehén y el primero fue liberado y asumió el mando de las fuerzas conjuntas.

Con la nueva distribución del teatro de condiciones, así como podía tratar de redimir al que le permitió recuperar su libertad –y confiar en que pudiera capturar al que lo tenía como rehén–, también podía optar por apoderarse de la totalidad de los tronos, en la medida en que pudiera obtener el dominio de las diferentes tropas.

Era una situación en la que resultaba imprescindible medir bien las fuerzas y quiso pedirle consejo a su asesor terrícola, pero no lo encontró. Y tampoco había señales de los otros tres.

Los cuatro embajadores de Tierra de Sol se habían reunido en la nave madre, porque sus temores se habían concretado. En las proximidades de la estrella del sistema se había materializado la nave proveniente de Tierra 2, escasamente más pequeña que la otra.

Mostraba las señales de un encuentro con la nave terrestre, a la que había interceptado durante el salto, pero el emblema del dragón que identificaba su procedencia aún era visible. Como en ese momento había estado adelantada, por las paradojas del viaje relativista llegó cuando en la superficie de Chaturaji ya estaban llevándose a cabo las acciones bélicas. Pero en ese lapso la tripulación terrana del sistema estelar de KOI-4878 no se había dedicado a reparar los daños externos, como lo había hecho la de Tierra de Sol, sino a reforzar su armamento.

La onda de pulso que lanzó contra la nave terrestre desmanteló las reparaciones y quedaron en evidencia las cicatrices del escarceo previo; de inmediato, los emisarios de Tierra de Sol abrieron el canal de comunicación.

Era una situación de suma cero.

Doktor von Hauser, el señor Wu, el jefe Taika y el masái Ngendo se encararon con sus homólogos terrícolas.

—Por lo que vemos, consiguieron hacerle creer a las autoridades de Chaturaji que nuestro planeta estaba interviniendo en su política interna. Expresamos nuestro repudio y, ante el hecho consumado, reclamamos como reparación el derecho de cogestión, en virtud de lo acordado en el Pacto de Wolf 359.

—Nuestra misión es pacificar Chaturaji bajo el dominio de un único soberano —adujeron los terrícolas.

—Eso es inadmisible en los términos del Pacto. Chaturaji es un planeta soberano de la antigua Ecúmene. Es rico, pero sabemos bien que no es de interés comercial. Lo que realmente importa es su ubicación como nodo de intercambio en las rutas de tránsito, por estar en el margen del espacio conocido, y eso determina nuestro derecho a constituir un área de influencia.

—Para que eso sea así, deberían participar de modo activo en las tratativas para la detención del conflicto. ¿Tienen autorización para eso?

—Tanta como ustedes —respondieron los emisarios terranos.

Los embajadores de Tierra de Sol no volvieron a la superficie de Chaturaji y los de Tierra 2 nunca bajaron.

Mantuvieron las conversaciones desde sus naves, que orbitaban el planeta a escasa distancia de la red de los satélites colectores.

El rey que tenía en esos momentos la ventaja estratégica pronto se dio cuenta de que difícilmente obtendría una victoria definitiva. Los apagones se hicieron frecuentes, en coincidencia con algún retroceso en las tratativas, y ante el estancamiento del conflicto los jefes militares vieron reducido su peso político, mientras esos espacios iban siendo ocupados por los mercaderes.

La demora hasta la paz definitiva se debió principalmente a la participación de los enviados de las dos Tierras, que pugnaban por acrecentar sus beneficios.

En medio de eso, cada uno de los dos reyes aún activos se alió con su rehén, dejando atrás al antiguo aliado.

Finalmente quedaron dos bloques –cada uno conformado por dos de los cuadrantes– y el planeta volvió a llamarse Chaturanga, como en la época de la Gran Ecúmene.

Las naves diplomáticas volvieron a sus respectivos sistemas solares y en planeta se inició un periodo que se conoció como el Renacimiento, porque se repararon los daños de las luchas, se crearon nuevas obras de arte y aumentó el comercio. Pero también, al igual que en el de la vieja Tierra, la política se negoció por las noches a punta de dagas en las callejuelas y solo quedaron dos reyes, cuando los otros se resistieron a abandonar el antiguo modo de vida.

 En un universo multidimensional, una entidad que se puede llamar Beth se quejó.

—La aparición de esa segunda nave fue casi una trampa.

Otra –que se puede llamar Luis– carcajeó.

—Pero no viola en absoluto las reglas. Además, en definitiva, la variante de cuatro es casi tan aburrida como la de dos —dijo, mientras reacomodaba las piezas—. Habría que probar con la de tres.

Nion –que había estado al costado, observando la partida– asintió en conformidad.

Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:

(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

CENIZAS