lunes, 3 de agosto de 2026

HEMORRAGIA

Nicole I. Nesca

 

Después de varios días sin poder inclinarme, lo que me impedía afeitarme las piernas, entré en la ducha. Estaba feliz. Feliz porque por fin podía agacharme y afeitarme las piernas después de lo que me había parecido una eternidad. En realidad, solo habían pasado un par de semanas. Un par de semanas desde mi histerectomía. Aún estaba lidiando con las secuelas psicológicas de aquella operación, pero lo llevaba bastante bien.

Sintiéndome bien por primera vez en un par de días, entré en la ducha. Dispuesta a sentirme mejor. A sentirme «normal». Lista para seguir adelante. Abrí el agua. Estaba tibia, reconfortante, agradable. Incliné la cabeza para mojarme el cabello y sentí un calambre en la parte baja del abdomen. Con los ojos cerrados seguí empapándome el pelo. Entonces percibí una sensación caliente que comenzaba a deslizarse por la cara interna de mis muslos. Abrí los ojos y vi sangre corriendo entre mis piernas. Mucha sangre. Cerré el agua de inmediato, tomé una toalla y la apreté entre las piernas. Todavía en estado de shock, empecé a llamar a gritos a mi marido, que seguía dormido. Tenía miedo de moverme y miedo de gritar más fuerte, mientras sentía cómo la sangre salía de mi cuerpo con cada latido del corazón. Aterrada, me arrastré hasta el teléfono para llamar a mi suegra, que se alojaba en el piso de arriba. Contestó y le pedí ayuda, rogándole que bajara enseguida. Corrió escaleras abajo y me encontró en la cocina. Desnuda, aferrando una toalla entre las piernas. Había un reguero de sangre desde la ducha hasta el suelo de la cocina. Empecé a sentirme adormecida. Le pedí que despertara a mi marido. Lo hizo. Y le dijo que llamara al 911. Me ayudó a vestirme, a respirar y a tranquilizarme. Había perdido muchísima sangre. Ziggy, mi marido, entró en la cocina todavía con los ojos cargados de sueño. Antes de que le repitieran que llamara al 911, alcanzó a mirar dentro de la ducha. Luego hizo la llamada.

Dos minutos después llegaron una ambulancia y los bomberos. Llevaba una toalla de baño debajo del pantalón deportivo y avancé hasta la ambulancia con dificultad, mientras mi familia respondía todas las preguntas de los paramédicos. Escuchaba las sirenas mientras me trasladaban a toda velocidad al servicio de urgencias del hospital donde me habían operado. Estaba aterrada e intentaba mantenerme consciente. Tenía miedo de dejar de hablar. Tenía miedo de moverme. Tenía miedo de estar muriéndome. Mi presión arterial seguía descendiendo y tenía fiebre. No sentía dolor alguno, y eso me asustaba todavía más que la pérdida de sangre. Mi marido viajaba en el asiento delantero junto al conductor. No podía verlo ni oírlo, pero sabía que estaba allí. Yo seguía hablando. Del tiempo. Del vecindario. De cualquier cosa. Solo para mantenerme despierta.

Cuando llegué a urgencias, me dejaron esperando en un pasillo mientras preparaban una habitación. Le dije a la enfermera que estaba sangrando y que necesitaba una compresa. Me trajo un protector diario. Le expliqué que necesitaba una mucho más grande. Con gran esfuerzo logré subirme a la camilla de exploración y esperé. Podía sentir cómo la sangre seguía abandonando mi cuerpo. Tenía muchísimo frío. Y muchísimo sueño. Respondía todas las preguntas. Había muchísima gente a mi alrededor y, sin embargo, nadie me examinaba. Ni siquiera levantaban la bata. Pregunta tras pregunta. Rostro tras rostro. Finalmente dejaron entrar a mi hija y a mi marido. También permitieron pasar a mi suegra, a mi tía y a mi tío. Comencé a hiperventilar. Sentía que la vida se me escapaba. Empecé a sentir dolor. Y una debilidad inmensa. Lloraba, pero no salían lágrimas. El pánico se apoderó de mí. Exigí que viniera un médico. La doctora ordenó una ecografía junto a la cama. Me examinó y preguntó por mis antecedentes familiares y quirúrgicos. Respondí. Entonces llegaron las lágrimas. Llegó el dolor. Llegó la exploración. Y llegó la morfina.

Mi frecuencia cardíaca comenzó a acelerarse mientras mi presión arterial seguía descendiendo. La morfina fue un alivio bienvenido en medio de aquellos momentos. Los momentos que me habían llevado hasta allí. No sentía dolor. Sentía las lágrimas correr por mis mejillas y, sin embargo, no podía sentirme llorar. Hablaba, pero mis palabras eran ininteligibles. Creo que me reía, lloraba y alababa a Keith Richards en una misma respiración. Estaba convencida de que me estaba muriendo. Seguía hablando. Seguía hablando. No podía dejar de moverme ni de retorcerme sobre la camilla. Llegaron más médicos. Me colocaron dos vías intravenosas y yo seguía en la sala de urgencias. Intentaba mantener los ojos abiertos para poder ver a mi hija, a mi marido y a mi familia. No quería cerrarlos. Tenía miedo de que no volvieran a abrirse. No sé cuánto tiempo permanecí allí. No existía el tiempo. No había ventanas. Solo más y más rostros. Más y más preguntas. El médico de urgencias llamó a cirujanos y especialistas. Me examinaron una y otra vez. Más morfina. Más lágrimas. Más risas. Más alucinaciones. Mi marido no podía apartar la vista de mis ojos. Después de tantos exámenes, pinchazos y extracciones, había sangre. Sangre en las sábanas. Sangre en la cama. Sangre en el suelo. Y ninguna respuesta. Me ingresaron para mantenerme en observación. Doce horas después, cuando por fin llegué a la habitación, envié a mi marido a casa para que descansara. Lo mandé a descansar. Y entonces permití que mis ojos se cerraran.

Las enfermeras permanecían sentadas junto a mí, vigilando constantemente mis signos vitales. Mi frecuencia cardíaca seguía aumentando mientras la presión arterial continuaba bajando. Me pidieron que me pusiera de pie. Perdí el conocimiento. Me quedé dormida al instante y me despertó la cirujana de guardia. Me dijo que debía llamar a un familiar porque tendrían que volver a operarme. Estaba muy enferma y necesitaban averiguar la causa. Tenía el cabello rubio y los ojos azules, como mi madre. Creo que confié en ella. Tenía que confiar. Llamé a mi marido, al que acababa de enviar a casa, y le dije que tenía que regresar. Me iban a llevar inmediatamente al quirófano. Le pedí que no se preocupara y le dije cuánto lo quería. Después llamé a mi madre, que estaba en Ohio. También le dije que no se preocupara y que mi marido la llamaría más tarde. Eran las diez de la noche en Winnipeg. Las once en Ohio. Tenía la cabeza embotada. No podía concentrarme. Ya no conseguía mantener los ojos abiertos. Mientras me llevaban al quirófano, hice un esfuerzo por mirar el techo. Miré las luces. Respondí sus preguntas. Vi cómo la mascarilla cubría mi boca y mi nariz. Respiré profundamente. Esperé unos segundos. Y después... Nada.

Oscuridad.

La segunda operación duró cinco horas. Me extrajeron un litro y medio de sangre, además de una infección. Repararon una hemorragia lenta y eliminaron adherencias intestinales. No recuerdo mucho más de aquella noche. Mi marido estaba allí. Cansado. Preocupado. Volví a enviarlo a casa prometiéndole que lo llamaría por la mañana. Dormí. Dormí bajo los efectos de la morfina durante unas horas. A la mañana siguiente la cirujana entró temprano en mi habitación. Con su cabello rubio y sus ojos azules me explicó todo lo que había ocurrido. Quise llorar. Pero había demasiada gente alrededor. Seguía sin poder comer. Y seguía en estado de shock. Esperé otra tomografía para confirmar que aún tenía un gran hematoma. Así era. Los días transcurrieron conectada a la morfina y a los antibióticos. Todavía en estado de shock. Todavía aturdida por la morfina. Todavía incapaz de llorar. Había demasiada gente alrededor. Me transfundieron dos bolsas de sangre. Me administraron más medicamentos. No me permitieron volver a casa durante siete días. El sexto día seguía con dolor, pero rechacé la morfina. Comencé a temblar entre una dosis y otra, y aquello me daba más miedo que el propio dolor. En el hospital me ofrecían toda la morfina que quisiera, durante todo el tiempo que quisiera. Los dejé pincharme, examinarme, inyectarme medicamentos y retirarme sondas. Miraba las paredes. Escuchaba a la gente hablar. Los oía, pero no lograba escucharlos de verdad. Familiares y amigos entraban y salían. Médicos y enfermeras entraban y salían. Por el pasillo se oía llorar a hombres y mujeres. A cualquier hora del día o de la noche. Veía mujeres sin cabello empujando sus portasueros mientras avanzaban lentamente por el corredor. Mujeres embarazadas. Mujeres que habían perdido a sus hijos. Sus órganos. Y algunas, la vida. Las oía llorar. Yo seguía sin poder hacerlo. Esperaba a que todos estuvieran dormidos para iniciar mis caminatas nocturnas por los pasillos. Me quedaba contemplando la noche desde una ventana al final del corredor, observando los automóviles que iban y venían en la oscuridad. Esperaba sentirme mejor. Esperaba poder llorar. Las lágrimas no llegaron hasta una semana después. Llamé a mi padre para contarle lo que había sucedido. Y entonces aparecieron. En cuanto empecé a llorar, colgué el teléfono, me tendí en el sofá de mi casa y lloré durante un día entero. Poco a poco empecé a caminar más. Fui dejando los analgésicos. Y empecé a comprender que seguía viva. Que volvería a estar bien.

Todavía hoy soy incapaz de ducharme si estoy sola en casa. Todavía tengo pesadillas en las que vuelvo a desangrarme. Todavía bajo la mirada hacia el suelo cada vez que me ducho. Han pasado seis meses desde aquella hemorragia. Si tiene que sangrar, que sangre.

Nicole Nesca nació en Youngstown, Ohio, en 1973. Desde temprana edad desarrolló una pasión por la música, la pintura y la escritura, la cual cultivó a lo largo de su vida adulta. Durante su estancia en Canadá, publicó tres libros de poesía y prosa, recopilados en la antología KAMIKAZE WHITE NOISE, además de otros tres libros de poesía y prosa. Ha publicado en varias revistas digitales y ha participado en tres antologías impresas. También es una pintora prolífica y ha comenzado a exponer y vender sus obras en plataformas en línea, mientras amplía su portafolio.

 

CON EL VIENTO A FAVOR

Cecilia Aravena Zúñiga

 

Antes de que el arco crepuscular ardiera, Mateo y yo partíamos hacia los corrales, liberando a las ovejas. Cuando se dispersaban como espuma al viento, él descendía silbando, hurgaba en sus ropas y se liaba un cigarrillo. Esperábamos el alba en silencio.

—Cuando el cielo tenga el color de tu pelo nos vamos, Diablo —me decía acariciándome el lomo.

Volvíamos a paso lento, él a disfrutar un cimarrón acompañado de sopaipillas y yo alfalfa y agua. Al caer la tarde, recogíamos el ganado en silencio. Esto cuando no nos tocaba llevar el piño a otro lado. Aquellas tardes, los gauchos nos recibían entre humo y fuego, y el aroma del cordero asado se mezclaba con el aire frío.

—Diablo, tengo que buscar algo en que entretenerme, los días pasan flojos —se quejaba arrugando la frente.

Luego cargaba el peso de su cuerpo a un costado, para que girara en dirección a un rancho situado a dos leguas, al que llegaban los gauchos a tomar vino y aguardiente. Me dejaba atado y desde la calle escuchaba el resonar de vasos, risotadas y la música de su guitarra. Alguna vez también escuché el estridor de puñales y gritos, hasta que un hombre aparecía con la camisa manchada de sangre yéndose a tumbos del lugar. Luego, Mateo, desataba mis riendas del poste, pisaba el estribo y al subir a mi montura, decía con tono de súplica:

—Diablo, amigo mío, llévame al rancho.

Antes de recorrer una cuadra escuchaba sus ronquidos, con mis riendas sueltas y sus piernas moviéndose al ritmo de mis pasos.

Muchas veces lo tuve que esperar en la cantina hasta el amanecer, lo echaban a empujones y él se quedaba dormido en la tierra húmeda. Lamía su cara hasta despertarlo. Apenas lograba ponerse en pie para caer como un bulto sobre mí. Tenía que avanzar con mucho cuidado para que no cayera de bruces, sobre todo para cruzar los dos arroyos que anticipaban la llegada a la estancia. Uno de los caballos viejos de la carreta del lechero, me contó que un jinete borracho había caído en uno de esos regueros y se había ahogado a pesar de que era época de veranada y la profundidad del riachuelo no alcanzaba a llegar a mis babillas. Nada de eso parecía preocuparle a mi amo, confiaba en mí.

Le gustaban las carreras que se armaban y las fiestas para marcar el ganado, en las primeras, no eran más que dos caballos en línea corriendo mil metros, montados en pelo por sus dueños. Mateo nunca participó conmigo en una de esas competencias, a pesar de que le gustaba jactarse de la velocidad de mi galope. Imagino que no quería arriesgarse a que otros quisieran adueñarse de mí, ambos habíamos visto las riñas después de las apuestas.

Una sola vez lo vi enojado, un hombre le dio un corte en la cara porque le había ganado en el juego de naipes, salieron a la calle a pelear. Mateo siempre llevaba su cuchillo cruzado en la espalda, con el filo para arriba “así salía cortando al desenvainar”, decía. En esa pelea usó su poncho enrollado en la mano para detener los golpes y luego haciendo que el tipo lo pisara, lo derribó. Me sentí orgulloso cuando nos alejamos entre los vítores de los otros gauchos y las quejas de su rival. También era un gran payador, con su voz ronca improvisaba historias con la guitarra. Los gauchos alrededor de él chocaban sus vasos.

Las mujeres decían que Mateo era muy pobre, porque además de mí, la montura tallada con su nombre, y la guitarra, no poseía nada más. Cuando me montó por primera vez, yo tenía tres años. Me puso Diablo porque mi pelaje era bayo. Me ensillaba con el sol recién saliendo, y no se desmontaba sino para comer y dormir. Lo vi de esquilador, de arriero, puestero o domador. Vagamos juntos en los campos, sin más armas que su lazo, y su facón; cruzamos a nado ríos, prendido con una mano de mis crines y con la otra empujando contra la corriente. La primera vez que lo hicimos, me encabrité, no conocía el agua viva y me asusté mucho. Mateo acarició mi cuello, aprendí a nadar ese día. En la orilla, lo vi buscar en sus bolsillos y luego poner en mi hocico un terrón de azúcar que guardaba en una tripa; recuerdo ese momento como si hubiese sido esta mañana. También nos vimos frente a bandidos capaces de asesinarlo por el poncho que llevaba puesto; en aquellas ocasiones yo corría elevando mis patas del suelo para dejar atrás a los rateros.

Nos acostumbramos a soportar los rayos del sol, y los helados cierzos; a dormir en todas las estaciones a la intemperie, bajo un arrayán, o en una choza improvisada en medio del campillo. Varias veces galopamos dos días y dos noches sin descansar, comiendo muy poco, él un trozo de charqui y yo algo de pasto. En aquellas noches, sólo se escuchaban los susurros de los bosques de lenga y el canto raposo de mi amo.

Mateo siempre buscaba una estancia mejor, dejando atrás a sus patrones como quien suelta el viento entre los dedos. Se hizo al hábito de no deberle nada a nadie, pobre del que lo quisiera domar, antes de darse cuenta, el filo de su facón le escribiría en la frente quién mandaba en la llanura.

Me gustaba sentir el leve golpe de su sombrero en mis ancas, mientras mis crines danzaban al mismo compás del aire. Mateo también llevaba una melena indómita, además de una barba negra, que caía sobre su pecho como un río.

—Somos uno —decía, afirmando su sombrero con una mano y con la otra sujetando mis riendas.

Usaba un sombrero de copa redonda y ala ancha, siempre un poco ladeado. El chiripá envuelto alrededor de la cintura, y recogido entre los muslos, y el cinturón de faja de lana, donde guardaba los avíos para fumar y su dinero. Allí además colocaba, atravesado, su cuchillo. Usaba un calzoncillo ancho que, resguardando sus piernas, ocultaba a medias las espuelas. Nunca me las enterró, con sólo decir ¡Arre Diablo! sabía que mi galope sería tan veloz que no tocaríamos el suelo. Era el mejor jinete que un rocín como yo podía desear. Su manta negra plegada sobre los hombros dejaba libres sus gruesos brazos, que, de vez en vez, deslizaba por mi cabeza hasta agacharse lo suficiente para susurrarme:

—Diablo, eres el mejor.

Recuerdo todo esto, aunque hace mucho tiempo que Mateo se fue de ovejero junto a otros gauchos. Un viernes en la taberna, escuchó hablar de Norteamérica.

—Ya son mil los gauchos de la Región de Aysén que han partido a trabajar como ovejeros a ranchos del oeste americano —decía un hombre a toda boca—, hay gauchos de todos lados.

Fuimos al pueblo a comprar su arma, una Colt 32 con cacha de hueso para dispararles a osos y coyotes que él decía, vería allá. Después, eligió un sombrero y botas de vaquero, cinturón con hebilla grande y dorada. Mateo siempre había soñado con vestirse así. Cuando salíamos a pasear por la estepa, lo oía hablar de historias de pistoleros.

—Diablo —dijo, cuando íbamos al galope— será un par de años, volveré con el dinero suficiente para tener mi propio ganado y hacerme una casa entera de madera con baño y cocina.  Te buscaré amigo. Tienes que esperarme.

Así, partió. Yo tenía siete años.

Todos los peones de la estancia se fueron así de confiados. La tierra que ocupaban ovejas y algunas cabras quedó vacía y el pasto y la maleza crecieron a su antojo. Mateo se fue entregándome a un viejo arriero dueño de una quesería.

—Don Humberto, cuide a Diablo, es un amigo fiel, el mejor caballo que puede desear un hombre. No me lo maltrate, yo volveré y prometo pagar por él —dijo acariciándome el espinazo. Vi sus ojos muy brillantes ese día.

Mis compañeros en el establo eran una bolsa de huesos tambaleantes y apenas capaces de sostener sus cabezas. La lluvia se filtraba por el techo, el forraje era mohoso e insuficiente y nadie retiraba nuestro estiércol. Por eso aproveché un descuido y me alejé del poblado. Volví al rancho que Mateo construyó. Era pequeño y cuadrado, con unos postes de sostén, paredes de barro protegidas por cueros. Ese lugar guardó su olor. Lo esperé durante muchas jornadas.

Mi instinto me llevó a la pradera. Una vez un viejo caballo que sucumbía en la caballeriza donde crecí, contó una historia de baguales, que vivían libres en la estepa, sin reconocer amo alguno. Caballos bravísimos. Los busqué entre riscos y la espesura de los bosques durante varios días, pensé que tendría que volver al poblado y que morir allí tirando una carreta era mi destino. Sin embargo, escuché el galope de la tropilla y me acerqué. Había caballos azabache, blancos como la nieve y colorines como yo. Sus patas eran mucho más gruesas que las mías.

Me aceptaron después de galopar con ellos durante un par de días y deshacerme de la montura. Aprendí a correr rápido. El aire fresco llenaba mis pulmones haciendo mis patas más livianas, imaginaba que el suelo blando rotaba en sentido contrario a mi galope. Correr con decenas de bayos y pintos libres, detrás de un alazán azulado, me hizo sentir orgulloso.

Hace unos días vi humo saliendo del rancho de Mateo. Subí hasta la planicie donde había levantado aquella casa de barro y cueros. La escarcha endurecía los pastizales y los arroyos comenzaban a cerrarse de hielo. Me acerqué despacio. Al principio no lo reconocí.

Estaba flaco. Caminaba arrastrando una pierna y la barba, antes negra, le caía gris sobre el pecho. Desde el monte pude oler el humo, la grasa del cordero y el tabaco. En el corral tenía apenas unos pocos borregos.

Lo observé varios días. Asaba carne para los viajeros y dejaba que se fotografiaran con él y sus aperos a cambio de unas monedas. A veces cantaba acompañado de la guitarra, pero ya nadie golpeaba vasos ni festejaba al terminar. Una noche le contó a otro gaucho que los inviernos del norte le habían podrido el cuerpo.

Otra vez le contó a un vecino que había vuelto sólo con un sombrero de vaquero y un rifle. En estos años yo he visto a mis hijos creciendo en bosques impenetrables para los hombres. Ellos nacieron como baguales y yo, aun siendo un caballo viejo, preferiría lanzarme a las aguas de un río torrentoso o a un barranco interminable antes que someterme a nuevos amos y laceadores.

No me gustó ver a Mateo así. Imaginé que si yo no me hubiese ido de la quesería, estaría como él. Deseé llevarlo a la estepa y que juntos galopáramos con el aire a nuestro favor, como antes, más cerca del cielo que de la tierra.

He elegido esta noche para venir a buscarlo, porque no llueve y huele como las de antaño.

Las tablas que hacían de puerta del rancho chirriaron cuando las empujé. Lo vi durmiendo arremolinado en la paja y lamí su frente. Sus ojos pardos expresaron miedo sólo unos segundos antes de reconocerme.

— ¡Qué pasa! ¡Mierda!... ¡Diablo!, ¿estás vivo?, amigo mío ¿qué haces aquí? Pensé que habías muerto. —Mateo rengueó hasta la lámpara de queroseno y acercándomela, comenzó a reír al levantar mi chasquilla y descubrir la marca de nacimiento, una mancha blanca con forma de guitarra en la frente. Su risa fue como la de antes. Me recorrió con la vista, sus ojos pardos eran los mismos. Sus manos encallecidas acariciaron mi lomo.

—Perdóname amigo. Te abandoné por nada. Sólo conseguí estropearme una pierna y perderme en tierras hostiles —me confesó liando un cigarrillo. Estoy solo, viejo y sin dinero —agregó y permaneció en silencio. Sus ojos brillaban—. ¿Cuántos años tienes ya?

Me acerqué y resoplé en su cara, indicándole con la cabeza que quería que saliera.

— ¿Qué haces? ¿Por qué me empujas? ¿Quieres salir a cabalgar como en los viejos tiempos? ¿Montarte a pelo? ¿Esta misma noche?

Lo vi apagar su cigarrillo y apretarse el cinturón. Salimos. Respiró fuerte y me montó agarrándose de mis crines. Era mucho más liviano. Reía con ganas.

—Vamos amigo, perdámonos en el campo, que las estrellas nos guíen. Hace mucho tiempo que no cabalgo, esta pierna podrida que tengo no me deja. Vamos, olvidemos estos años de mierda.

Corro veloz, la brisa fresca que deja la lluvia nos baña. Me siento joven.

—Somos uno —le escucho decir agachándose hasta rodear mi cuello con sus brazos.

Subo, sintiendo el pulso de la montaña bajo mis cascos. El risco está cerca, un poco más y la cima será nuestra, con el valle desplegado a nuestros pies. Atrás quedó el pasto; ahora es solo una huella angosta de barro y piedras mojadas. Resbalo. Titubeo. Me detengo.

—Vamos amigo, a la mierda con todo. Sigue, sigue viejo amigo. No te detengas.

Galopo sin tregua, Mateo me alienta, su abrazo en mi lomo sella nuestra complicidad. Subo como si aún fuéramos jóvenes. Su risa estalla. El aire helado nos envuelve.

Mis patas olvidan el suelo y en el abismo somos uno y somos libres.

Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.

MORIRÉ AYER

Claude Francis Dozière

 

Cuando Robert abrió los ojos, percibió de inmediato que algo había cambiado. La luz que se filtraba por las persianas tenía el mismo color que la de las mañanas de invierno de su infancia: fría, de un amarillo desvaído, incapaz de brindar calor o consuelo. Las paredes de la habitación, antes blancas y familiares, parecían retirarse hacia los márgenes de su campo visual, escapando a cualquier intento de medirlas o apropiarse de ellas.

Se incorporó lentamente de la cama y apoyó un pie en el suelo. Sintió el contacto frío del piso de madera; cuando apoyó también el otro y se puso de pie, no oyó el más mínimo crujido.

El mundo se había convertido en puro silencio, una especie de burbuja de quietud que absorbía el sonido de sus pasos y devolvía apenas un eco lejano, casi imperceptible. El reloj colgado de la pared, un objeto cotidiano que hasta el día anterior había marcado con tranquilizadora indiferencia el transcurso de los minutos, estaba ahora detenido. Sus agujas inmóviles se negaban a sancionar el menor avance del tiempo, congeladas en una fracción de segundo, como en una eternidad suspendida.

En aquel silencio germinaba, contra toda lógica, una sensación de libertad que jamás había experimentado. La mente de Robert, liberada de los puntos de referencia habituales, se entregaba a especulaciones que nunca antes habría imaginado. Pero, por más que intentara abandonarse a aquella nueva ligereza, sentía que seguía anclado a algo muy profundo: un residuo de deber que le impedía perderse por completo en aquella deriva.

Se vistió con los gestos automáticos de la rutina diaria. Se puso la camisa, cuyas mangas se deslizaron sobre sus brazos; abotonó los puños sin siquiera mirar y se observó distraídamente en el espejo. En su rostro, cada movimiento era apenas la sombra de lo que debería haber sido, desprovisto de toda vitalidad o propósito, ejecutado más por inercia que por voluntad. Se concentró en los detalles: el nudo de la corbata, la caída de los pantalones, como si alguno de esos gestos pudiera devolverlo a la realidad.

Cuando salió del dormitorio, percibió con claridad un cambio en la presión del aire. En el pasillo reinaba una atmósfera enrarecida; las paredes parecían inclinarse ligeramente hacia él, como si quisieran sofocar cualquier impulso de huida. Robert llegó hasta la puerta de entrada y la abrió.

No fue el frío del rellano lo que lo sorprendió, sino la forma en que la escalera del edificio había perdido toda perspectiva, toda profundidad. Los escalones, uniformes y regulares, descendían con la monotonía de una secuencia numérica infinita y, sin embargo, llegó a la puerta principal sin advertir siquiera que los había recorrido.

Afuera, la ciudad estaba envuelta en una capa grisácea. Cada elemento urbano –las aceras, los árboles desnudos, los automóviles estacionados en fila– parecía dispuesto con precisión; sin embargo, el efecto de conjunto era el de una realidad resquebrajada, en la que todas las cosas habían perdido tanto su función como su identidad. Nada vibraba, nada se movía de verdad, nada emitía sonido, y Robert tuvo la perturbadora sensación de encontrarse en el centro de una simulación que se había detenido en una única e interminable instantánea.

Permaneció un momento inmóvil frente a la puerta del edificio, absorto en la espera de una señal que lo liberara del hechizo. Luego, como si la decisión no hubiera sido tomada por él, sino impresa en el código de aquella jornada ya escrita, comenzó a caminar por la avenida arbolada.

Tenía la impresión de ser la única figura animada en un paisaje que se resistía a toda forma de vida. Para los transeúntes, él no era más que una silueta transparente. Intentó sostener la mirada de uno de ellos, un hombre con un maletín y un abrigo negro, pero los ojos de aquel hombre resbalaron sobre él sin registrar absolutamente nada.

Robert disminuyó el paso, buscando en los detalles de la ciudad algún ancla de significado. Observó las luces de los comercios, todas encendidas, aunque con muy pocos clientes y dependientes en su interior. Los escaparates estaban repletos de objetos polvorientos. El semáforo alternaba regularmente entre el rojo y el verde. Las calles, vacías de automóviles, se extendían desiertas y desoladas. Los carteles publicitarios, pegados sobre muros descascarados, repetían obsesivamente la misma imagen: el rostro sonriente de alguna celebridad, deformado por el tiempo y la lluvia hasta convertirse en una mueca de alegre desesperación. Todo parecía artificial, provisional.

Llegó a la plaza al final de la avenida, un lugar que debería haberle resultado familiar y que, sin embargo, parecía el eco de un sitio visitado únicamente en sueños. La fuente del centro permanecía en silencio. Incluso el agua, normalmente viva y bulliciosa, era ahora una lámina inmóvil, semejante al cristal. Alrededor de la fuente, varios ancianos permanecían sentados en los bancos, inmóviles como estatuas griegas, ignorando no solo la presencia de Robert, sino también la de los demás. Sus rostros eran máscaras de granito, incapaces de expresar emoción alguna, fijos en un punto indefinido del espacio. Robert habría querido acercarse, tocar un hombro, intercambiar una palabra; pero la sola idea de romper aquel hechizo lo paralizaba. Temía que un gesto demasiado humano provocara el derrumbe de todo el frágil escenario en el que flotaba.

Fue allí, sentado en un banco en el borde de la plaza, donde comenzó a invadirlo una nueva percepción: la sospecha de que no era únicamente la ciudad la que estaba fuera de eje, sino él mismo quien se deslizaba por un plano inclinado hacia la irrealidad. Recordó fragmentos de la noche anterior, sueños confusos en los que hablaba con personas que jamás había conocido o atravesaba habitaciones interminables que se desvanecían en la penumbra. ¿Y si aquella sensación de ligereza no fuera una liberación, sino el preludio de una desaparición total? Se preguntó si, al final de aquel progresivo vaciamiento, quedaría algo de él o si terminaría convertido apenas en un rastro, una sombra indistinguible de las que ahora lo rodeaban.

La ciudad en la que estaba inmerso parecía una copia defectuosa del mundo que conocía, una película en blanco y negro granulada, cargada de melancolía y de fallas de proyección. Los edificios, cubos de cemento y vidrio mal ensamblados mediante juntas invisibles, no eran más que decorados para una escenografía de soledad; las calles rectas e interminables latían con un tránsito apenas insinuado, sombras de automóviles sin destino ni motor. Era como si el tiempo hubiera perdido su impulso natural hacia adelante y se hubiera enrollado sobre sí mismo, obligando a todas las cosas a repetirse hasta el infinito. Y, sin embargo, en el corazón de aquella inmovilidad había una forma de paz. Sabía que ninguna sorpresa hostil podía alcanzarlo; todo había sido decidido hacía mucho tiempo, desde los pliegues de los abrigos de desconocidos que se deslizaban como proyecciones hasta aquellas miradas apagadas, incapaces de registrar su presencia en la periferia de la realidad.

Intentó rozar el brazo de un transeúnte que caminaba por la acera. Fue como tocar un muro de niebla. El frío del aire se le metía en los huesos, bajo la piel, pero había algo más: lo sentía descender aún más profundamente, en busca de una voluntad que cristalizar. Y, sin embargo, en aquella permanencia al margen del mundo, en aquella condición de ser transparente, percibía la posibilidad de existir sin ataduras, sin el temor de ser llamado nuevamente al orden de los hombres. El tiempo se había dilatado. Un puñado de pasos podía durar una hora; un parpadeo, congelar metrópolis enteras. Se dejó guiar por un instinto primordial, como si el cuerpo supiera mejor que la mente adónde debía ir.

Caminó durante largo tiempo, o al menos así le pareció. El sol, siempre visible en el cielo, no ofrecía garantía alguna de que realmente fuera de día. El recuerdo de su vida anterior –la de los cafés amargos, las esperas en la parada del tranvía, las reuniones interminables y los saludos apenas insinuados entre colegas– ya se había desvanecido, dejándolo preguntarse quién era ahora, ya que nadie le concedía el don del reconocimiento. Descubrió que ansiaba un contacto, una intersección imprevista entre su trayectoria y la de otro ser humano; sin embargo, todo parecía conjurarse para impedir esa posibilidad. Incluso los perros que correteaban por los jardines descuidados ignoraban su paso y ladraban al vacío contra siluetas más reales que la suya.

Fue entonces cuando la dirección de sus pasos le devolvió el recuerdo del trabajo. El edificio era idéntico al que guardaba en la memoria, aunque más pálido. Entró. Un portero recorría el vestíbulo, pero no reparó en él en absoluto. Incluso el tintineo de las llaves colgadas de su cinturón llegaba lejano, casi subliminal. El techo era tan bajo que resultaba claustrofóbico, y las luces fluorescentes no conseguían disipar la penumbra que se filtraba por todas partes.

Recorrió el linóleo del pasillo con paso vacilante, observando su propio reflejo desvaído en los cristales, los rasgos del rostro desdibujados por aquella luz incierta. Cada despacho ante el que pasaba lo rechazaba con una sensación de extrañeza. Las sillas estaban vacías; sobre los escritorios se acumulaban montones de papeles sin sentido, como si hubieran sido abandonados de golpe por una civilización en fuga. Solo el ritmo de su propio corazón, amplificado por el silencio, le recordaba que seguía con vida.

Cuando por fin llegó a la puerta de su oficina, vaciló. Temía lo que pudiera encontrar allí, pero al mismo tiempo el terror al vacío, a la disolución, lo empujaba a abrirla y asomarse a aquella última posibilidad de seguir siendo alguien.

La habitación estaba fría, pero no vacía. Un hombre permanecía sentado ante su escritorio, inclinado hacia adelante como un animal herido, con los codos apoyados sobre unos documentos y los dedos entrelazados.

El hombre levantó la vista, y fue entonces cuando Robert comprendió.

No era un desconocido, sino él mismo, más viejo; él mismo proyectado hacia un futuro que no recordaba haber vivido, surcado por las preocupaciones y el cansancio, con profundas ojeras y la boca convertida en una tensa línea de dolor contenido. En aquella mirada no había odio, solo una desolada e insalvable complicidad entre dos náufragos.

Permaneció inmóvil, incapaz de hablar o de realizar el menor movimiento. Su doble, con una expresión de paciencia infinita, se limitó a contemplarlo, como si llevara años esperándolo. Robert comprendió que ya no existía manera alguna de regresar, porque todas las decisiones habían sido tomadas mucho tiempo atrás.

Salió de la habitación sin volverse, y el silencio que lo recibió en el pasillo era aún más profundo.

Temblando y sin aliento, huyó del edificio. Cada uno de sus pasos iba acompañado por un zumbido de mil abejas dentro de la cabeza. Afuera, el cielo se había convertido en un cristal opalino, desprovisto de calor y de color. La ciudad, si era posible, parecía todavía más apagada; los ruidos, aún más amortiguados. Las ventanas de los demás edificios lo observaban. Lo contemplaban como se mira al único superviviente de una catástrofe.

Sentía que no eran las personas, que seguían ignorándolo, quienes lo espiaban, sino el cemento, los semáforos, las ramas secas junto a las aceras. Cada elemento de la realidad parecía haber adquirido una conciencia latente. El mundo solo había advertido su existencia en el instante en que él mismo comenzó a verse desde afuera. Sin embargo, no podía detenerse. No conseguía detenerse. Corría sin saber si huía de aquello que había visto o si intentaba alcanzarlo. Era uno de esos sueños en los que uno es, al mismo tiempo, cazador y presa. Ya no encontró otros reflejos suyos en los espejos. Todos los cristales devolvían imágenes difusas y, cada vez que buscaba su rostro, este se disolvía en una niebla lechosa.

Las piernas de Robert terminaron por devolverlo a su casa, exhausto y abatido. Encontró la puerta entreabierta, a pesar de estar seguro de haberla dejado cerrada. Una duda heló su sangre: ¿y si al otro lado lo estuviera esperando aquel anciano? Entró de puntillas, como un ladrón que se infiltrara en su propia vida. Todos los muebles seguían en su sitio, cubiertos por años de polvo. Tambaleándose, se dirigió al dormitorio, impulsado por la urgencia de encontrar respuestas.

Sobre la mesa de noche, junto a la lámpara, había un sobre blanco, perfectamente doblado. Lo tomó con dedos inseguros. El papel estaba helado, más de lo que debería, y un olor a libros antiguos y archivos olvidados le llegó a las fosas nasales. En el sobre, escrito con grandes letras, aparecía su nombre. Ninguna ambigüedad, ningún margen para el error.

Lo abrió, rasgándolo parcialmente, y leyó en voz baja. La caligrafía era, sin lugar a duda, la suya, pero no recordaba haber escrito aquellas frases. Cada palabra había sido trazada con un cuidado extremo, como una despedida redactada por un prisionero que hubiera encontrado el modo de deslizarla más allá de los barrotes.

«Si estás leyendo esto, ya ha sucedido. No busques explicaciones. El día de hoy ya no te pertenece.»

Nada más. Solo aquellas tres frases.

Robert sintió que un abismo se abría bajo sus pies. La habitación pareció dilatarse hasta volverse desmesurada. Cada objeto se alejaba como si temiera ser arrastrado por el mismo destino. La silla junto a la cama se balanceaba apoyada en una sola pata; la almohada estaba deformada por noches interminables de insomnio. Todo, en aquella casa, parecía retroceder, refugiarse en rincones demasiado estrechos para contener la soledad de un hombre. Y, sin embargo, desde lo más profundo de su ser emergió una inesperada sensación de paz. La tensión acumulada, el permanente estado de alerta, se derretían como nieve bajo el sol. Dejó caer la carta, incapaz de soportar el peso de aquella verdad que nunca había pedido.

Se dejó caer sobre la cama. La espalda encontró apoyo en un colchón impregnado de un pasado desaparecido para siempre. Sintió una ligereza desconocida hasta entonces: ya no tenía que fingir que existía, ya no le correspondía otorgar un sentido a lo que había sucedido. Y, sin embargo, en lo más profundo de su ser todavía había una parte que se resistía y ansiaba explicaciones, una justificación, un último asidero a la cuerda deshilachada de la conciencia. Volvió a ver los días transcurridos, los detalles ya descoloridos, las tardes desperdiciadas y las noches prolongadas por miedo a dormir. Cada recuerdo aparecía ahora nítido, despojado de aquella pátina de nostalgia que hasta el día anterior lo había protegido del dolor en estado puro.

Cerró los ojos. No para buscar descanso, sino para despertar un sexto sentido. Entonces reaparecieron la ciudad, los rostros desconocidos de los transeúntes, las ventanas iluminadas que siempre habían representado un misterio impenetrable. Esta vez no sentía ni envidia ni el deseo de entrar en aquellos pequeños universos domésticos. Ya estaba más allá, y eso no lo perturbaba en absoluto.

El silencio que lo rodeaba se hizo aún más denso, casi tangible, llenando la habitación como una niebla viscosa que terminaba por borrar todo sonido, salvo el latido de su corazón. Sentía la piel como una frontera tenue y frágil, y se preguntó cuánto tiempo resistiría antes de disolverse por completo. Pero ya no tenía miedo. La carta lo había liberado de todo vínculo, lo había emancipado, y ahora no era más que un observador silencioso de su propia desintegración.

En la penumbra, su mente se deslizaba suavemente fuera del cuerpo, como si fuera posible vivir únicamente dentro de los propios pensamientos. Siempre había estado acostumbrado a la soledad, pero aquella era una forma nueva, definitiva, casi apacible. Ahora sabía que lo importante no era comprender el sentido del final, sino ser capaz de reconocerse mientras uno se desvanece.

Finalmente, Robert concentró toda su atención en el vacío, no para dormir, sino para recordar, mientras el mundo que había conocido se desmoronaba a su alrededor en un silencio sereno que lo hacía sentirse, al mismo tiempo, libre y prisionero.


Claude Francis Dozière, nacido en Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of Invisible Wars. L'Esercito delle Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti 2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria 2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela 2025/26).

domingo, 2 de agosto de 2026

TEATRO REBELDE

Flavio Deri

 

En el siglo XXIII, la Tierra ya no era la cuna de la humanidad, sino su escenario.

Tras sobrevivir milagrosamente al colapso ecológico y a las guerras de los siglos XXI y XXII, la humanidad se había aferrado a la única oferta de salvación posible: la de los Ylthar, una raza alienígena tecnológicamente muy superior, llegada desde el sector de Antares. Parecían una mezcla entre los Grises de las leyendas ufológicas y los Reptilianos de las teorías conspirativas. Quizá aquellos rumores de finales del segundo milenio habían sido profecías mal interpretadas; o quizá todo había sido una simple casualidad.

Y así ocurrió.

Los Ylthar no eran filántropos. Nunca habían venido para colonizar ni para exterminar. Lo único que les interesaba era el «producto Tierra»: un mundo cuya diversidad cultural e histórica podía convertirse en el mayor parque temático de toda la galaxia.

El contrato había sido sencillo y terrible: los Ylthar estabilizarían el clima, limpiarían los océanos y detendrían la desertificación; a cambio, obtendrían el control absoluto del planeta como atracción interestelar.

Eran criaturas altas y esbeltas, de piel gris brillante recorrida por finas escamas, con enormes ojos negros de reflejos verdes como el jade.

En menos de cincuenta años, la Tierra había sido «restaurada» como un gigantesco decorado. Los continentes fueron transformados en escenarios temáticos y las naciones reducidas a teatros vivientes, donde sus habitantes representaban papeles previamente asignados. Cada región tenía su propio guion, aprobado por un consejo de dramaturgos alienígenas de seis ojos y voces semejantes a coros de niños desafinados.

Los italianos permanecían atrapados en un Renacimiento perpetuo: Florencia y Venecia se habían convertido en postales vivientes, pobladas por pintores callejeros, saltimbanquis danzantes, damas vestidas de época y mercaderes que regateaban en las plazas. Los franceses representaban eternamente la Belle Époque, entre bistrós y artistas bohemios que bebían absenta fluorescente importada por los Ylthar. Japón oscilaba entre el feudalismo y el período Edo, con samuráis que blandían katanas holográficas. Estados Unidos había quedado congelado en un mítico Lejano Oeste, con pistoleros que disparaban cartuchos de fogueo mientras los turistas alienígenas se tomaban selfis junto a caballos clonados de dientes impecablemente blancos.

Los visitantes llegaban desde todos los rincones de la galaxia a bordo de naves transparentes que sobrevolaban los continentes, dispuestos a consumir el «espectáculo humano» como quien asiste a una representación teatral o prueba un exótico aperitivo.

Los seres humanos aceptaban sus papeles. No existía otra alternativa.

El contrato garantizaba un salario en créditos energéticos, convertidos en alimentos y asistencia médica. A cambio, todos debían vestir un disfraz y actuar cada día, sin excepción. Cada ciudad, cada aldea y cada fortaleza perdida entre las montañas debía permanecer abierta al turismo y convertirse en una fuente inagotable de entretenimiento interactivo. Ningún pueblo podía quedar fuera de escena: todos eran escenarios permanentes.

Los mejores intérpretes recibían bonificaciones; los peores eran degradados a «extras ambientales»: permanecían inmóviles durante horas en el fondo de las escenas, como estatuas vivientes, mientras los turistas les tomaban fotografías. Algunos descendían todavía un escalón más y eran convertidos en «efectos sonoros»: personas obligadas a estornudar, hablar en dialecto, reír o llorar cuando se les ordenaba, conectadas a dispositivos que liberaban olores para hacer la representación aún más realista.

Entre aquellos bastidores planetarios vivía Jonatan Righi.

Tenía cincuenta y dos años, los hombros encorvados y un pasado como profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Milán. Había terminado convertido en barrendero y encargado de limpieza de las calles de «Renacimiento Italia». Con su escoba y su carrito de residuos recogía papeles y restos de utilería por las calles de Florencia, mientras a su alrededor se repetían siempre los mismos diálogos: mercaderes que discutían el precio de la seda, artistas que pintaban vírgenes sobre lienzos envejecidos y damas que paseaban vigiladas por drones-directores.

Aquellos drones eran pequeños y estaban equipados con altavoces que gritaban:

—¡Más dramatismo!

—¡Repita la frase con más entusiasmo!

Sus voces metálicas infestaban cada callejón.

Algunos, mal programados, estallaban en carcajadas a mitad de una conversación o difundían desafinadas arias de ópera que convertían los callejones en un cabaré delirante. En ocasiones obligaban a los transeúntes a improvisar reverencias exageradas y, quien se negaba, era perseguido por hologramas de bufones burlones que lanzaban confeti tan afilado como cuchillas.

Todo era escenografía y, al mismo tiempo, amenaza: un grotesco cruce entre el teatro y la tortura cotidiana.

Jonatan ya no soportaba aquel espectáculo.

El contrato no contemplaba desapariciones misteriosas ni castigos sangrientos. Nadie era ejecutado ni eliminado. Sin embargo, una reducción considerable –o la pérdida total– de los créditos equivalía a caer en una miseria aún peor que la existente antes de la llegada de los alienígenas. Bastaba perder una bonificación o equivocarse en una línea del guion para verse obligado a mendigar raciones de alimento sintético.

Cada día, Jonatan anotaba sus reflexiones en un viejo cuaderno. Una sola frase se repetía una y otra vez, como un estribillo:

¡Este mundo se ha vuelto loco!

Su vida cambió el día en que, durante una jornada de limpieza cerca del Palazzo Vecchio, descubrió un dron-director caído en el suelo.

Una avería. Una auténtica rareza. Los Ylthar los habían diseñado para resistirlo todo, incluso los escupitajos de una llama peruana. Jonatan lo recogió y, mientras manipulaba sus circuitos, descubrió un canal interno de comunicaciones de los Ylthar. Era solo un fragmento, pero revelaba una verdad escalofriante. Los alienígenas no se limitaban a vigilar a los humanos: corregían el argumento en tiempo real. Las revueltas, los accidentes e incluso las enfermedades eran transformados en material narrativo e incorporados al espectáculo como parte de la atracción.

No todos los seres humanos habían aceptado aquella situación con resignación. Fundamentalistas islámicos, el Vaticano y prácticamente todas las confesiones religiosas, junto con los pueblos nativos de América, diversas comunidades de África Central y grupos indígenas de la Amazonia, habían intentado rebelarse contra lo que consideraban una invasión y una forma de esclavitud hipercapitalista.

Pero los Ylthar habían demostrado ser más previsores. También aquellas resistencias fueron convertidas en escenas pintorescas destinadas a divertir a los turistas. No existía nada fuera del guion. Incluso la rebelión formaba parte del espectáculo.

Jonatan quedó conmocionado.

Su rabia se transformó en una obsesión: debía desenmascarar el gran engaño. Comenzó con pequeños gestos. Robó un traje de caballero medieval y, por las noches, recorría las calles a caballo fingiendo ser un rebelde fuera de su época. Escribió grafitis filosóficos en los muros: La libertad no se representa. Organizó improvisados discursos frente a la multitud. En una ocasión incluso simuló un ahorcamiento en la plaza de la Señoría mientras gritaba citas de Nietzsche. Pero el público alienígena lo aplaudió con entusiasmo. Siempre ocurría lo mismo. Los drones-directores lo seguían, los espectadores alienígenas reían, aplaudían y registraban todo. Sus acciones eran absorbidas de inmediato por el espectáculo y presentadas como un «nuevo paquete narrativo»:

¡La herejía filosófica del Renacimiento!

O bien:

¡La rebelión del bufón!

Cuanto más intentaba escapar, más popular se volvía entre los turistas.

Su rostro comenzó a aparecer en los hologramas publicitarios:

«¡Venga a conocer al Filósofo Rebelde de Florencia!»

Los visitantes abarrotaban las plazas para presenciar sus improvisaciones. Su rebelión se había convertido en la principal atracción de la temporada. Los Ylthar vendían recuerdos con su imagen: estatuillas, tazas e incluso muñecos capaces de repetir su frase más famosa:

¡Este mundo se ha vuelto loco!

Pero Jonatan no estaba solo. Entre disfraces y máscaras, algunos hombres y mujeres habían empezado a seguirlo, no como espectadores, sino como cómplices. Actores cansados de representar siempre el mismo papel. Madres que deseaban un futuro distinto para sus hijos. Ancianos que se negaban a morir disfrazados. Se llamaban entre ellos los Fuera de Escena.

Vivían en catacumbas bajo las ciudades, alimentándose de comida sintética desechada por los alienígenas, y hablaban en voz baja, temiendo que hasta las paredes pudieran representar un papel contra ellos. Entonces Jonatan decidió emprender una acción mucho más radical.

Sabotear la Gran Recreación.

Era el acontecimiento mensual durante el cual millones de turistas alienígenas asistían a la Síntesis de la Historia Humana, una representación colosal que involucraba simultáneamente a todos los continentes.

Ciudades, pueblos y fortalezas montañosas transmitían secuencias sincronizadas: guerras medievales, descubrimientos científicos y revoluciones condensados en un único desfile planetario, con carrozas escénicas conectadas mediante satélites, coros globales y hologramas visibles incluso desde la órbita.

Si conseguía destruir aquella representación, quizá lograría romper la ilusión.

La noche de la Recreación, Jonatan y los Fuera de Escena penetraron en el corazón de la maquinaria teatral. Sabotearon los proyectores. Desactivaron los disfraces holográficos. Abrieron los bastidores ocultos tras las escenografías. Les temblaban las manos. Los corazones les latían al unísono. Pero la esperanza de mostrar la verdad los mantenía en pie. Algunos subieron a las carrozas triunfales y comenzaron a volcar cajas llenas de vestuario. Otros liberaron animales holográficos que, privados de su programación, empezaron a comportarse de manera grotesca: caballos que rebuznaban como asnos, águilas que recitaban proverbios medievales y estatuas animadas que lloraban leche agria.

Durante unos minutos, el público alienígena contempló la verdad. Actores exhaustos. Niños que lloraban fuera de personaje. Máquinas sosteniendo fachadas de cartón piedra. Hologramas que se deshacían como polvo de colores. Algunos figurantes, obligados a sonreír durante horas, se dejaron caer al suelo con los rostros deformados por muecas permanentes. Viejos campesinos, agotados, comenzaron a reír histéricamente mientras destrozaban con las manos sus herramientas de utilería. Incluso una vaca holográfica se desplomó y empezó a recitar poemas futuristas, mientras un grupo de gladiadores desorientados marchaba en círculos gritando consignas publicitarias.

La Tierra apareció desnuda. Sin guion. Convertida en una parodia de sí misma. El silencio fue absoluto. Luego estalló una ovación ensordecedora. Como si la verdad hubiera sido el giro argumental más esperado de toda la función.

Los Ylthar anunciaron con entusiasmo el nacimiento de una nueva temporada: El Teatro de la Rebelión.

El sabotaje de Jonatan había sido transformado, de inmediato, en un contenido premium, una innovación que hacía el parque todavía más atractivo. Los rebeldes fueron elevados a protagonistas de la nueva trama y vendidos como la última atracción imprescindible para los turistas. Humillado y derrotado, Jonatan comprendió que había sido absorbido por completo. Cualquier cosa que intentara hacer sería convertida al instante por los alienígenas en una nueva estrategia comercial. No existía salida. Salvo un gesto extremo que ningún guion pudiera prever. Esperó una ocasión propicia. Las plazas estaban repletas de espectadores humanos y alienígenas.

Entonces se arrancó el disfraz, sintiendo la tela empapada de sudor adherirse a su piel. Se situó en el centro del escenario. Y, ante todos, hundió un puñal en su propio cráneo. Durante un instante irreal, el público quedó sin aliento. El olor acre de la sangre se mezcló con el aroma dulzón de las flores sintéticas del decorado, mientras un silencio cortante descendía sobre la plaza. Los gritos de los humanos se confundieron con los sonidos guturales de los Ylthar, semejantes a gorgoteos metálicos. Era evidente. Aquello no era ficción. No formaba parte del guion. El caos estalló.

Los turistas huyeron derribando recipientes de comida alienígena, cuyo intenso olor a azufre impregnó el aire. Los drones graznaban órdenes contradictorias mientras emitían destellos cegadores. Los actores ya no sabían si debían seguir interpretando su papel o llorar de verdad. Pasos, gritos y sirenas artificiales terminaron fundiéndose en una única y ensordecedora cacofonía. Al día siguiente, sin embargo, la maquinaria del espectáculo ya lo había absorbido todo.

En las calles principales de la ciudad apareció un holograma de Jonatan convertido en el Filósofo Trágico. Su figura translúcida daba la bienvenida a los recién llegados con una solemne reverencia, acompañada por el sonido amortiguado de aplausos pregrabados. Y su frase más célebre se repetía sin cesar, como una letanía hipnótica:

¡Este mundo se ha vuelto loco!


Flavio Deri nació en Italia el 18 de octubre de 1988. Desde muy joven se sintió atraído por la obra de H. P. Lovecraft, cuya lectura despertó una pasión duradera por la literatura fantástica y el horror cósmico. Miembro de la H. P. Lovecraft Historical Society, ha dedicado buena parte de su trayectoria a explorar el universo literario inspirado en los Mitos de Cthulhu. Durante años escribió campañas para juegos de rol de mesa y en vivo, hasta que decidió volcarse a la narrativa. A partir de la pandemia comenzó a participar en concursos literarios y en diversas antologías colectivas, entre ellas Scrivi un racconto di sei parole y Scrittori Italiani, donde publicó relatos marcadamente influenciados por la tradición lovecraftiana. Aficionado al weird y al horror, posee una biblioteca especializada con más de un centenar de volúmenes dedicados a la obra de Lovecraft y a los autores inspirados en su legado. Además de escritor, practica karate, es aficionado al heavy metal, participa activamente en juegos de rol en vivo y es socio fundador de la asociación cultural WHLive APS.

 

 

UN SOPLO DE AIRE FRESCO

Gareth D Jones

 

Encontraron a Billy “Llave Inglesa” en un club de obreros del barrio más duro de la ciudad, a pocas calles de donde todos ellos habían crecido.

Era un día gris y encapotado, en el que todo sonaba apagado y los zepelines que zumbaban sobre sus cabezas permanecían ocultos tras las nubes, con el rumor amortiguado.

Se detuvieron en una calle lateral y el motor de la motocicleta tosió varias veces antes de apagarse definitivamente. Un leve zumbido continuó procedente del sidecar cubierto mientras Dave desmontaba y se quitaba las enormes gafas protectoras.

Tanto la motocicleta como las gafas eran restos de la Gran Guerra y, aunque probablemente ya hubiera podido conseguir unas que le ajustaran mejor, nunca le había parecido importante. Teniendo en cuenta todo lo demás…

El sidecar también procedía de la guerra, aunque ahora estaba adornado con unos flotadores laterales semejantes a pontones y carenados con rebordes metálicos.

—Solo tardaré unos minutos —dijo. Un jadeo surgió de la trompeta acústica instalada en el costado del sidecar—. Ábreme.

—Hace frío —respondió Dave.

—Lo sé. —Una respiración entrecortada—. El frío me alivia.

Dave quiso protestar, pero Colin llevaba conviviendo con sus dolencias el tiempo suficiente como para decidir por sí mismo.

Accionó la palanca que liberaba el cierre de la cubierta y esta se levantó sobre unos brazos hidráulicos hasta quedar plegada sobre la parte trasera del sidecar.

Colin podía volver a cerrarla desde dentro cuando recuperara fuerzas.

Su hermano inspiró una larga y temblorosa bocanada de aire helado, que hizo estremecerse su pálido y delgado cuerpo.

Colin era un año menor que Dave, pero aparentaba diez años más que los veinticinco de su hermano. Tenía el cabello ralo, el rostro cubierto de cicatrices y llevaba un jersey de manga larga para ocultar los brazos, igualmente marcados. Las manos descansaban sobre una serie de palancas instaladas en el tablero de madera.

La peor de sus heridas permanecía oculta bajo una junta de goma que unía su cintura con el borde del sidecar.

—Eso está mejor —susurró.

El suave traqueteo habitual aumentó de tono mientras la bomba trabajaba con más intensidad para presurizar la cabina ahora abierta.

La ausencia de piernas dejaba espacio para un compacto motor diésel y una gran cantidad de aparatos médicos que ayudaban a Colin con diversas funciones corporales. Dave procuraba no pensar demasiado en ello. Le bastaba con saber que el aire presurizado ayudaba a su hermano a respirar. Prefería ignorar el resto de las funciones corporales.

—Estaré bien —dijo Colin.

Era ya el final de la tarde. Las calles estaban sumidas en sombras y una brisa fría soplaba entre los edificios. Parecía que toda la ciudad estuviera hecha únicamente de ladrillos rojos ennegrecidos y marcos de ventanas blancos, desconchados por el tiempo.

Dave se ajustó con fuerza el pesado abrigo militar alrededor del cuerpo, otro sobrante de la guerra que seguía despertando recuerdos indeseables cinco años después, aunque también proporcionaba un calor muy bienvenido.

Entró en un amplio salón oscuro y cargado de humo, que olía a cerveza y a trabajo duro.

El club pertenecía a los Hyatt, igual que el mercado negro y otros negocios relacionados.

Billy “Llave Inglesa” mantenía todo funcionando a la perfección para ellos, convenciendo a quienes no estaban del todo persuadidos de que lo mejor era aceptar los grandes planes que los Hyatt tenían para el barrio.

El murmullo de las conversaciones y el tintinear de los vasos continuaron sin alterarse mientras Dave avanzaba hacia la barra. Vio a Billy antes de llegar. Permanecía de pie al extremo de la barra, sosteniendo una pinta de cerveza amarga. Tan grande y cruel como siempre. Billy “Llave Inglesa”. Billy ya no era mecánico. Al menos, no de la clase que reparaba máquinas. Ahora utilizaba la llave inglesa sobre las personas. Se suponía que lo hacía por dinero, aunque Dave sospechaba que también obtenía placer de ello.

Ignoró el hosco saludo del camarero y se volvió hacia el antiguo matón del colegio. El mecánico. El asesino.

—Billy.

Nada más. Se detuvo a varios pasos de distancia. Billy lo examinó lentamente, de arriba abajo.

—Davey Brown —dijo—. ¿Qué te trae por aquí?

—Colin quiere verte.

—¿Ah, sí? Pues que entre. —Bebió un largo trago de cerveza—. Aunque, espera... no puede. —Golpeó el vaso contra la barra—. No tiene piernas. —Se limpió la boca con el dorso de la mano y soltó una carcajada. Nadie lo acompañó. Los dos hombres que estaban cerca de él se removieron con incomodidad—. ¿Todavía sigues aquí? —preguntó Billy al cabo de un momento.

—Colin te espera. Dice que salgas y lo enfrentes como un hombre.

—¿Ha dicho qué?

El rostro de Billy enrojeció. Nunca era una buena señal. Ya ocurría en el patio de la escuela.

—Está esperando.

Billy lo apartó de un empujón.

—Vamos.

Se dirigía a los dos hombres de la barra. Ellos lo siguieron apresuradamente. Dave fue detrás.

 

Dave había encontrado a su hermano en un abarrotado hospital de campaña. Respiraba con dificultad, pero soportaba el sufrimiento en silencio. La sábana sucia que le llegaba hasta la barbilla ocultaba las heridas, aunque la forma del cuerpo bajo ella era mucho más corta de lo que debía. El lugar apestaba a enfermedad, vómito, sudor y tierra.

Cuando Dave llegó ya era entrada la noche, pero los continuos gemidos de los pacientes, los murmullos de las enfermeras y los gritos ocasionales no disminuían por el hecho de que fuera tarde. Los ojos de Colin se abrieron apenas un instante.

—¿Dave?

Su voz era apenas un susurro entre astillas. Dave no había preparado nada que decir. Ni siquiera esperaba que Colin despertara.

—Estoy aquí, Colin. Vine en cuanto pude.

Colin asintió débilmente y volvió a cerrar los ojos. Dave permaneció largos minutos junto a la cama, completamente impotente, escuchando la respiración trabajosa de su hermano. Se acercó una enfermera cargando un montón de sábanas usadas. Tenía un rostro joven, pero unos ojos demasiado viejos.

—¿Artillería? —preguntó Dave.

Enseguida se sintió estúpido. Claro que había sido la artillería.

—Él es de los afortunados. —La enfermera sonrió con tristeza—. Si la explosión no le hubiera arrancado las piernas, habría seguido avanzando con el resto de su unidad y habría muerto por el gas mostaza. —Apretó el montón de sábanas contra el pecho—. Solo respiró una pequeña cantidad, pero ya no puede respirar como antes.

—¿Mejorará?

—¿La respiración? Tal vez. ¿Las piernas? Solo con un milagro.

—Gracias.

La enfermera se alejó.

Dave sintió que las piernas le flaqueaban y terminó sentándose en el borde de la cama de su hermano. Se imaginó a otros dos hermanos, en otro hospital, al otro lado del frente, hablando en alemán. Él no disparaba personalmente los cañones, pero formaba parte de la tripulación de una de aquellas fortalezas móviles que avanzaban aplastándolo todo a su paso y disparando contra todo lo que tenían delante. Nueve tanques Mark I modificados, unidos mediante estructuras metálicas, con cabinas blindadas, torretas y casamatas. Doscientos treinta pies de largo. Setenta y cinco de ancho. Un peso descomunal. Aquellas máquinas iban a poner fin a la guerra de una vez por todas. Eso era lo que Dave había creído. Ahora estaba contemplando las consecuencias.

—Volveré pronto —dijo. Y salió tambaleándose del hospital.

 

Billy permanecía de pie, mirando fijamente a Colin.

—¿Enfrentarte como un hombre? —se burló—. Lo único que tengo delante es medio hombre.

Se irguió con toda su estatura, los brazos pegados al cuerpo y los puños preparados para golpear, la misma postura intimidatoria que adoptaba en el patio de la escuela.

Billy el Matón.

—Espera —dijo Colin con suavidad—. Espera un momento. No te veo muy bien.

Era una frase inusualmente larga para él.

Accionó una pequeña palanca y el sidecar se inclinó hacia adelante sobre el soporte que lo unía a la motocicleta. Al elevarse la parte trasera, el asiento se reclinó hasta dejarlo casi erguido.

No era lo mismo que estar de pie sobre sus propias piernas, pero era un buen sustituto.

 

Cuando terminó la Gran Guerra, apenas dos años después de haber comenzado, Colin ya estaba de regreso en Inglaterra. Lo habían dado de alta y había vuelto a casa en una silla de ruedas.

Dave regresó poco después. Como tantos otros, fue recibido como un héroe, aunque él nunca llegó a sentirse así.

Al cabo de unos días, todos los demás parecieron olvidarlo también, y él quedó con una sensación de vacío y suciedad por dentro.

Cuando volvió a casa, Colin apenas hablaba. Permanecía sombrío, encerrado en sí mismo, respirando con dificultad y contemplando el mundo a través de la ventana. El reencuentro con Lily no había salido bien, le confesó su madre. La muchacha se había desmayado al verlo. Aunque después se recuperó, se mostró profundamente arrepentida y prometió visitarlo todos los días, nunca volvió.

—No la culpo —dijo Colin algunas semanas más tarde, cuando por fin pudo hablar del tema—. Éramos apenas unos chicos cuando me fui. No me debe nada.

—Pero las cartas...

Colin levantó una mano débilmente.

—Me ayudaron a seguir con vida. Siempre le estaré agradecido por eso. Pero no puedo condenarla a vivir junto a un inválido.

—No eres un inválido.

—¿Entonces qué soy? —replicó él, con brusquedad.

 

En el hogar, la jerarquía militar había sido sustituida por el grado de heroísmo con que la opinión pública juzgaba a cada veterano. Las tripulaciones de las Fortalezas Móviles gozaban de bastante prestigio, pero los miembros de la Flota Aérea eran, con diferencia, los más admirados. Aquellos intrépidos pilotos de chaquetas de cuero y elegantes gafas protectoras que desafiaban a la muerte mientras sus enormes dirigibles cruzaban las líneas enemigas. Solo que uno de ellos había sido Billy Elkins. Y Dave sabía perfectamente que Billy no tenía nada de héroe. Era un simple aprendiz de mecánico que había tenido la suerte de embarcar en un dirigible. Uno que no fue derribado.

Pocos meses después de regresar se casó con Lily. Al poco tiempo ella quedó embarazada. Demasiado poco tiempo, si alguien se detenía a hacer cuentas. Colin jamás culpó a Lily. A quien odiaba era a Billy.

Después Lily cayó por las escaleras y se rompió el cuello. El odio de Colin se transformó entonces en una obsesión absoluta.

 

Un año después del final de la guerra, Dave asistió a una reunión de veteranos. Ni siquiera sabía por qué había aceptado la invitación. No sentía el menor deseo de recordar lo vivido. Colin, por supuesto, no fue. Jamás salía de casa.

Era un pequeño pub alegre, situado cerca de una base de la Flota Aérea y frecuentado sobre todo por soldados que estaban de permiso. Tres o cuatro hombres del barrio de Dave seguían en el ejército y media docena más acudieron al local para beber cerveza y conversar un rato.

—Por suerte Billy Elkins no ha aparecido —comentó Dave.

—No se atrevería a dejarse ver por aquí —respondió Rob Lambert, haciendo una mueca antes de dar un largo trago a cerveza oscura.

—¿De veras?

Según la experiencia de Dave, Billy aparecía siempre donde quería y cuando quería.

—Los muchachos no se lo permitirían. —Rob señaló discretamente a los soldados y aviadores uniformados que llenaban el local. Dave esperó a que continuara—. Hay rumores. —Rob volvió a beber—. En la última misión del dirigible en el que servía Billy, dos hombres cayeron por la borda desde varios miles de pies de altura, sobre Bélgica.

—¿Billy los empujó?

No le resultó una acusación sorprendente.

—Eso dicen.

—¿Y nadie hizo nada?

—Estábamos ganando la guerra. Los tripulantes de la Flota Aérea eran héroes nacionales. Billy podía estar loco, pero era un mecánico extraordinario. Lo necesitaban para regresar a casa.

Dave permaneció mirando su vaso. Rob también era mecánico. No estaba acostumbrado a oír elogios dirigidos a Billy.

—¿Y después?

—Después nadie quiso un escándalo.

—Así que lo dejaron volver a casa —dijo lentamente Dave—. Y luego empujó a Lily por las escaleras.

Rob se atragantó con la cerveza.

—Yo creía que se había caído.

—Eso es lo que afirma Billy.

Ambos permanecieron un rato en silencio.

Al fondo del local, media docena de hombres comenzó a cantar una melancólica canción sobre un romance en tiempos de guerra.

—Me toca invitar la siguiente ronda —dijo Dave.

Rob lo acompañó para ayudar a transportar las jarras. El camarero estaba al otro extremo de la barra, pero enseguida captó la mirada de Dave. Accionó una palanca situada junto a él y la plataforma sobre la que permanecía sentado avanzó lentamente a lo largo de la barra impulsada por un pequeño motor. Pequeñas bocanadas de humo diésel se mezclaban con el humo de los cigarrillos antes de perderse en la neblina del local.

Sirvió las cervezas con sorprendente destreza, como si sus brazos compensaran la ausencia de piernas.

—Eso es justamente lo que Colin necesita —dijo Dave.

—¿Una pinta?

—No. Algo que le permita volver a desplazarse.

—Se nos han ocurrido algunas ideas —explicó Rob mientras regresaban a la mesa con cuatro jarras cada uno.

Los recibieron con un coro de «¡Salud!».

—A Colin le gustaba mucho su motocicleta, ¿verdad? —preguntó Rob.

—Muchísimo.

—Podríamos adaptar un sidecar para él, de modo que pudiera salir a pasear contigo.

—El problema es la respiración —objetó Dave—. No soportaría el viento de la carretera.

Rob sacó del bolsillo un trozo de papel y un pequeño lápiz. Comenzó a dibujar.

—Mira. Un sidecar cerrado. —Añadió unas cuantas líneas—. Le instalamos un compresor para mantener presurizada la cabina... un sistema neumático para abrir la cubierta...

—¿Y dónde meterás todo eso?

Rob lo miró como si fuera un completo idiota.

—No tiene piernas, ¿o sí?

Dave contempló el tosco dibujo.

—¿El ejército les permite hacer estas cosas?

—Tenemos más material del que sabemos qué hacer con él —respondió Rob—. Nos dejan experimentar en los talleres con la esperanza de que inventemos algo útil para el ejército. ¿Quién crees que adaptó el vehículo del camarero?

—¿Y qué más han construido?

—Eso no puedo decírtelo. —Rob lanzó una carcajada y vació media jarra de un trago—. Ahora mismo estamos trabajando en algo realmente extraordinario.

—¿Ah, sí?

—Un tanque para un solo hombre.

—¿Un tanque?

Dave recordó aquellas gigantescas Fortalezas Móviles basadas en los Mark I.

—Con patas en lugar de orugas —confesó Rob.

Dave no supo decidir si hablaba de un proyecto secreto o si simplemente la cerveza estaba empezando a hacer efecto.

—Suena impresionante —dijo.

 

—¿Qué quieres? —preguntó Billy—. Aparte de otra buena paliza.

—Quiero que tú... —Colin sufrió un largo acceso de tos seca—. Perdón. Dave, ¿puedes explicárselo?

Accionó otra palanca y la cubierta descendió hasta volver a sellarlo dentro de la cabina presurizada.

—En un minuto estará bien —dijo Dave.

—No estará tan bien cuando termine con él —replicó Billy.

—Quiere que nos devuelvas lo que nos quitaste —dijo Dave—. Por todas las veces que nos golpeaste en la escuela. Por el aviador al que arrojaste sobre Bélgica. Pero, sobre todo, por Lily.

Billy hizo un gesto de desprecio.

—¿Esa zorra?

—No hables así de ella —dijo Colin, cuya voz sonaba más firme gracias al aire presurizado del habitáculo.

—¿O qué? —Billy flexionó los brazos—. ¿Qué vas a hacer esta vez?

—Retarte a un duelo.

—¿Un duelo?

Billy estuvo a punto de atragantarse de pura incredulidad.

—Sí. Si te atreves.

—¿Si me atrevo?

Escupió al suelo y se quitó la gorra.

—Siempre me atrevo.

Entregó la gorra a uno de sus secuaces y se quitó la chaqueta.

Con un silbido hidráulico, el sidecar continuó inclinándose hasta quedar completamente vertical.

Colin observaba a través del panel tintado del techo con una sonrisa sombría dibujada en el rostro.

Los flotadores laterales se abrieron por la mitad y unos pistones empujaron las secciones inferiores hasta apoyarlas firmemente sobre el suelo.

Billy, sin dejar de mirar la transformación, tendió distraídamente la chaqueta hacia uno de sus hombres. El secuaz no logró atraparla. La dejó caer y la recogió apresuradamente antes de que Billy lo advirtiera.

La parte inferior de los flotadores se desplegó formando pies provistos de cuatro garras. Un fuerte chasquido anunció que la motocicleta acababa de separarse del sidecar.

—Ingenioso —admitió Billy.

Los sistemas hidráulicos alojados en los pontones elevaron la cabina casi un metro. Ahora Colin contemplaba desde arriba a su antiguo enemigo. Las secciones superiores de los pontones giraron sobre sus articulaciones y se desplegaron convirtiéndose en un par de brazos mecánicos desproporcionadamente largos. Los brazos se flexionaron imitando el gesto desafiante de Billy. En el extremo de cada uno, una pinza metálica se abría y cerraba con un zumbido. Billy llevó una mano a la espalda y extrajo de su cinturón una enorme llave inglesa. Con una velocidad asombrosa, uno de los brazos mecánicos de Colin se lanzó hacia adelante y arrebató la herramienta de las manos de su adversario.

—Nunca debiste hacerle daño a Lily.

Billy trató de recuperar la llave. La pinza permaneció completamente inmóvil. Por primera vez, la arrogante seguridad desapareció de su rostro. Colin retiró lentamente el brazo, obligándolo a avanzar hasta que Billy tuvo que soltar la herramienta para no caer.

—Nunca debiste hacerme daño.

Con esas palabras hizo girar la llave inglesa y la descargó con fuerza sobre el hombro de Billy.

Billy “Llave Inglesa” lanzó un grito y cayó hacia atrás. Colin dio un paso adelante.

Billy volvió a incorporarse gruñendo. Colin levantó otra vez el brazo mecánico.

Y esta vez no dejó de golpear.

—¡Colin! ¡Basta!

Dave permanecía detrás, a salvo, dando pequeños saltos para golpear con los nudillos la cubierta del habitáculo. Los brazos mecánicos quedaron inmóviles.

Los dos secuaces observaban la escena desde varios metros de distancia, paralizados por el horror. En el suelo yacía una figura encogida. Un brazo protegía su rostro ensangrentado. El otro colgaba inerte a un costado.

—Por favor... basta...

La respuesta llegó en forma de una respiración jadeante que salió por la trompeta acústica.

—No me obligues a volver.

Colin dio media vuelta y se alejó por la calle con grandes zancadas mecánicas. Dave levantó la vista de su derrotado enemigo y descubrió que decenas de personas contemplaban la escena. De pronto volvió a sentir el frío. Se sentó sobre la motocicleta, se colocó las gafas protectoras y puso el motor en marcha.

—Esto no ha terminado —escupió Billy desde el suelo.

—Sí. Ha terminado.

Dave arrancó y alcanzó a su hermano. Colin seguía avanzando con aquellas enormes y bruscas zancadas. Dave se emparejó con él.

—¿Quieres que te lleve?

—Prefiero caminar.

—No tienes energía suficiente.

Con evidente desgano, Colin se detuvo y accionó el mecanismo que invirtió toda la transformación. Dave volvió a enganchar la motocicleta al sidecar.

—¿Te sientes mejor?

—No.

—Lo hiciste por Lily.

—Lo sé.

Condujeron lentamente por la carretera, alejándose del territorio de Billy.

—Mañana —dijo Colin— llévame a la tumba de Lily.

—Lo haré.

 

Avanzaron lentamente por el sendero del cementerio hasta situarse lo bastante cerca para que Colin pudiera ver la lápida sin necesidad de bajar del sidecar. Permaneció un largo rato en silencio.

Entonces un gran automóvil negro se detuvo junto a la entrada del cementerio. Tenía un capó abombado y una parte trasera estilizada. Su motor ronroneaba con un sonido amenazador, como un tigre. Un hombre con un largo abrigo oscuro descendió del vehículo y se acercó tranquilamente. Durante unos instantes permaneció en respetuoso silencio.

—Estuvieron a punto de matar a Billy —dijo sin apartar la vista de la lápida.

—¿Y qué? —respondió Colin entre jadeos.

—Trabaja para mí.

Dave se quedó inmóvil. Durante un instante calculó si podría escapar antes de que aquel coche les cerrara la salida del cementerio.

—¿Usted es el señor Hyatt? —preguntó Colin sin mostrar la menor preocupación.

—No.

El hombre sacó una cartera. Dave respiró aliviado.

—Capitán Farrer. Cuerpo de Inteligencia del Ejército.

Les mostró una acreditación bastante gastada.

—¿Billy trabaja para usted? —preguntó lentamente Dave.

—Sí. Ignoro cuál es el problema personal que tienen con él, pero no volverán a ponerle una mano encima.

—Pero es un asesino —protestó Dave—. ¿Cómo puede trabajar para el ejército? ¿Y los aviadores a los que arrojó por la borda?

—Espías alemanes. —La respuesta llegó con absoluta naturalidad—. Su trabajo consistía precisamente en descubrirlos dentro de la Flota Aérea.

—Él mató a Lily —dijo Colin.

—No. Fue un accidente.

—¿Cómo puede estar tan seguro? —Era casi un grito.

—Porque lo sé.

El capitán sostuvo la mirada de Colin hasta que este terminó bajando los ojos.

—Billy se ha infiltrado en la organización de los Hyatt para ayudarnos a desmantelar el mercado negro. Espero que no hayan arruinado demasiado su credibilidad. —Hizo una breve pausa—. Manténganse alejados de él.

—¿Y por qué deberíamos obedecerle? —preguntó Dave—. ¿Por qué nos está contando todo esto?

—Porque esa motocicleta y ese sidecar me pertenecen.

—¿Cómo?

Colin apenas pudo contener un jadeo.

—¿De verdad creen que permitimos a nuestros mecánicos fabricar cosas como esa para regalarlas?

Dave intentó recordar exactamente cómo se lo había explicado Rob en el pub.

El recuerdo era bastante confuso.

—Queríamos poner el equipo a prueba. —El capitán sonrió apenas—. Billy dice que funciona extraordinariamente bien.

—Supongo que ahora querrá recuperarlo —dijo Dave con amargura.

—Al contrario. Quiero que ustedes también trabajen para mí.

Dave miró a su hermano. Observó cómo la ira iba dejando paso a una renovada expresión de interés.

—¿Haciendo qué? —preguntó Colin.

—Ya se lo diré.

—¿Y si nos negamos? —preguntó Dave, aunque, viendo el brillo de determinación que acababa de regresar al rostro de Colin, comprendió que jamás se negarían.

—Entonces pueden devolverme la motocicleta mañana. —El capitán se dio media vuelta para marcharse. Se detuvo un instante—. Suponiendo que no me la devuelvan mañana... ya me pondré en contacto con ustedes.

Regresó a su automóvil, que desapareció poco después carretera abajo envuelto en una nube de humo negro.

—¿Quieres devolvérsela? —preguntó Dave.

Colin flexionó lentamente sus nuevos brazos mecánicos.

—Creo que no.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

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