A. R. Yngve
Cuando Corky
Bequerel recibió la noticia de que padecía un cáncer terminal, sintió miedo. A
pesar de su postura oficial de que la muerte sería vencida mediante la
tecnología y de que pronto las mentes humanas podrían convertirse en datos
puros, temía su muerte física.
Los médicos le dieron tres meses.
Él se dio tres meses para encontrar
una forma de engañar a la muerte. Pronto comenzó a considerar seriamente la
posibilidad de criogenizarse.
Corky utilizó su extensa red de
contactos en las comunidades de informática y tecnología y preguntó por nuevos
métodos para congelar y revivir un cuerpo humano. No confiaba en la industria
criónica establecida; sus métodos le parecían anticuados y rudimentarios.
Dos meses después de enterarse de
su enfermedad, Corky visitó un laboratorio en Canadá. Allí habían desarrollado
una nueva tecnología para «congelar instantáneamente» un cuerpo vivo completo.
Le mostraron cómo un ratón se convertía en un bloque de hielo en apenas un
segundo y cómo podía ser descongelado casi con la misma rapidez y sin daños en
los tejidos.
Corky no era ningún tonto. Sabía
que en el momento en que aquel laboratorio hiciera público su descubrimiento,
decenas de enfermos terminales harían fila para someterse a la congelación
instantánea.
—Háganlo conmigo primero —suplicó—.
Seré el rostro de su nuevo invento. Les conseguiré una enorme publicidad
gratuita, de eso me encargaré yo.
Después de varias horas logró
convencer a los científicos de que probaran el método con un ser humano. Cuando
le preguntaron cuánto tiempo quería permanecer congelado, respondió:
—Todo el tiempo posible.
Al principio se rieron. Luego los
convenció de que realmente intentaran mantenerlo congelado «todo el tiempo
posible».
Corky permanecía de
pie en la cámara de congelación instantánea, con los ojos abiertos, desnudo y
temblando por el aire helado. Despertaría en el futuro, cuando se hubiera
desarrollado una cura para su enfermedad, pero esperaba algo más.
Mucho más.
Si él y sus amigos estaban en lo
cierto respecto de sus especulaciones sobre el futuro, sería una época en la
que los derechos de autor habrían dejado de existir. Toda propiedad
pertenecería a todos. No habría pobreza ni desigualdad, y el almacenamiento de
información sería ilimitado para cualquiera. Los seres humanos se convertirían
en datos puros y vivirían para siempre.
Extendió los brazos y recibió la
congelación...
Y entonces la mente
de Corky se detuvo por completo.
Perfectamente congelado, no podía
pensar ni sentir. Por eso, cuando fue descongelado, no pudo percibir que
hubiera transcurrido tiempo alguno.
Su primer pensamiento consciente al
despertar fue:
¿Tan pronto? ¡Algo debe de haber
salido mal!
Pero luego miró a su alrededor con
los ojos doloridos mientras permanecía tendido, temblando, en un charco de agua
fría, y comprendió que el entorno había cambiado por completo.
Yacía sobre una llanura lisa y
plana cubierta de arena fina y suave, al aire libre... ¿o acaso aquella mancha
gris, muy arriba, era realmente el cielo?
Corky podía respirar aquel aire,
aunque tenía un olor extraño. No sentía hambre ni sed. Y el dolor provocado por
el tumor había desaparecido.
¡Lo habían curado!
El charco se evaporó al instante.
Del suelo surgieron enormes burbujas que explotaron y, de su interior,
emergieron otros hombres desnudos: tres copias exactas de él mismo. Miraron a
su alrededor y luego se observaron entre sí con la misma mezcla de conmoción y
confusión que sentía él.
—¡Eh! —dijo Corky.
Y sus copias repitieron sus
palabras.
—¡Eh!
—¡Eh!
—¡Eh!
—¿Qué está pasando? ¿En qué año
estamos?
Una voz suave respondió desde el
propio suelo:
—Diríamos que aproximadamente en el
año 5050 después de Cristo. Hola, Corky Bequerel.
—¿Por qué hay cuatro versiones de
mí?
—Para nuestra diversión.
—Creo que empiezo a entender...
Esto es una simulación, ¿verdad? ¡Me han digitalizado! ¡Lo sabía! ¡Soy
inmortal!
Corky y sus copias realizaron una
pequeña danza de victoria.
La voz que provenía del suelo
carraspeó.
—Bueno... Tu cuerpo actual es de
carne y hueso. Ahora juega.
Del suelo emergió una colección
dispersa de armas antiguas: lanzas, garrotes, espadas y escudos.
—¿Q-qué?
—Juega —insistió la voz—. O hacemos
esto.
De pronto Corky y sus copias
saltaron y gritaron. Descargas eléctricas surgidas del suelo les quemaban las
plantas de los pies.
—Juega hasta que solo quede uno de
ustedes en pie.
—¡No me congelé para matarme a mí
mismo! ¡Soy un ser humano! ¡Tengo derechos! ¡No pueden tratarme como si
fuera...!
Otra serie de descargas eléctricas
silenció sus protestas.
—Queremos jugar con este material
porque nos gusta —explicó la voz, con el mismo tono suave—. El material
pertenece a todos. El material está pronunciando palabras que no tienen
significado para nosotros. ¿Qué son los «derechos»? Solo existe la
prerrogativa.
Corky sintió un escalofrío de
terror, una sensación de estar atrapado en una pesadilla.
—¿La prerrogativa de quién?
—La prerrogativa de los muchos
sobre los pocos, de los fuertes sobre los débiles. Esa es la palabra, y
nosotros somos la palabra, Corky. Los derechos fueron abolidos hace mil
cuatrocientos años. Solo existe la prerrogativa. Ahora... ¡juega!
Corky Bequerel observó a Corky
Bequerel, que observaba a Corky Bequerel, que observaba a Corky Bequerel,
mientras este extendía la mano hacia una de las armas.
Lentamente, con cautela, cada uno
tomó un arma y un escudo y comenzó a rodear a los demás.
—Oye, Corky —dijo una de las
copias—. Yo puedo salir vivo de esto.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?
—Muy sencillo. Los superhumanos de
este futuro pueden resucitarme una y otra vez. No importa que muera, porque
ahora soy inmortal.
—No imaginaba que sería así —les
dijo Corky a los otros Corkys—. Entonces, ¿qué hacemos?
Los cuatro continuaron girando en
círculos.
—Nos ponemos de acuerdo sobre cuál
de nosotros es el verdadero Corky, y los otros tres pueden pelear y morir.
—Yo soy el verdadero Corky —dijeron
los cuatro al unísono.
La voz del suelo sonó divertida.
—Entonces lucha por tu derecho a
existir, Corky. Si quieres llamarlo un derecho. Si eso te motiva. ¡A nosotros
nos da igual!
—Si realmente me han convertido en
datos, igual que al resto de la humanidad... entonces ¿por qué me hablan como
si estuviera separado de ustedes?
—Las partes recién añadidas, que
fueron congeladas y traídas aquí desde el pasado remoto, son demasiado
primitivas para unirse verdaderamente a nosotros.
La voz adoptó un tono
irritantemente alegre.
—¡Y no lo olvides! La prerrogativa
de los muchos es la palabra: nosotros somos muchos, llegamos primero y, por lo
tanto, somos más fuertes que tú. Por eso te hemos almacenado por separado, para
jugar.
—¡Váyanse al infierno!
—¡Ohhh, ira! ¡Religión! ¡Qué
primitivo! ¡Nos encanta!
La mente de Corky buscó
desesperadamente una solución distinta de tener que luchar a muerte contra tres
dobles idénticos.
Odiaba el dolor; en su vida
anterior apenas podía soportar una vacuna. Pero no había salida. Se conocía
demasiado bien como para pensar que podría convencer a sus copias de sacrificar
sus vidas por alguien más, incluido él mismo.
(Oh, la ironía, pensó Corky.)
Los cuatro Corkys bajaron los
escudos, se acercaron unos a otros y sonrieron de manera conciliadora.
—Oigan, muchachos...
—Simplemente dejemos caer las
armas...
—Y mostremos a esta gente...
—Que somos civilizados.
Al instante siguiente, los cuatro
se atacaron simultáneamente.
Los cuatro cayeron al suelo con
heridas mortales.
Mientras sentía que la sangre
abandonaba su cuerpo, Corky pensó:
Si yo soy la copia, entonces está
bien. Entonces esto no importa. Eso es. Solo soy una copia. No importo. No soy
real...
Un poco más tarde, cuando fue
resucitado y obligado a luchar a muerte contra cien Corkys, recordó sus
pensamientos al morir.
También los recordaron todos los
demás Corkys.
Entonces comprendieron de golpe que
sus derechos de copia habían expirado.

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