miércoles, 24 de junio de 2026

COPYFIGHTER

A. R. Yngve

 

Cuando Corky Bequerel recibió la noticia de que padecía un cáncer terminal, sintió miedo. A pesar de su postura oficial de que la muerte sería vencida mediante la tecnología y de que pronto las mentes humanas podrían convertirse en datos puros, temía su muerte física.

Los médicos le dieron tres meses.

Él se dio tres meses para encontrar una forma de engañar a la muerte. Pronto comenzó a considerar seriamente la posibilidad de criogenizarse.

Corky utilizó su extensa red de contactos en las comunidades de informática y tecnología y preguntó por nuevos métodos para congelar y revivir un cuerpo humano. No confiaba en la industria criónica establecida; sus métodos le parecían anticuados y rudimentarios.

Dos meses después de enterarse de su enfermedad, Corky visitó un laboratorio en Canadá. Allí habían desarrollado una nueva tecnología para «congelar instantáneamente» un cuerpo vivo completo. Le mostraron cómo un ratón se convertía en un bloque de hielo en apenas un segundo y cómo podía ser descongelado casi con la misma rapidez y sin daños en los tejidos.

Corky no era ningún tonto. Sabía que en el momento en que aquel laboratorio hiciera público su descubrimiento, decenas de enfermos terminales harían fila para someterse a la congelación instantánea.

—Háganlo conmigo primero —suplicó—. Seré el rostro de su nuevo invento. Les conseguiré una enorme publicidad gratuita, de eso me encargaré yo.

Después de varias horas logró convencer a los científicos de que probaran el método con un ser humano. Cuando le preguntaron cuánto tiempo quería permanecer congelado, respondió:

—Todo el tiempo posible.

Al principio se rieron. Luego los convenció de que realmente intentaran mantenerlo congelado «todo el tiempo posible».

 

Corky permanecía de pie en la cámara de congelación instantánea, con los ojos abiertos, desnudo y temblando por el aire helado. Despertaría en el futuro, cuando se hubiera desarrollado una cura para su enfermedad, pero esperaba algo más.

Mucho más.

Si él y sus amigos estaban en lo cierto respecto de sus especulaciones sobre el futuro, sería una época en la que los derechos de autor habrían dejado de existir. Toda propiedad pertenecería a todos. No habría pobreza ni desigualdad, y el almacenamiento de información sería ilimitado para cualquiera. Los seres humanos se convertirían en datos puros y vivirían para siempre.

Extendió los brazos y recibió la congelación...

 

Y entonces la mente de Corky se detuvo por completo.

Perfectamente congelado, no podía pensar ni sentir. Por eso, cuando fue descongelado, no pudo percibir que hubiera transcurrido tiempo alguno.

Su primer pensamiento consciente al despertar fue:

¿Tan pronto? ¡Algo debe de haber salido mal!

Pero luego miró a su alrededor con los ojos doloridos mientras permanecía tendido, temblando, en un charco de agua fría, y comprendió que el entorno había cambiado por completo.

Yacía sobre una llanura lisa y plana cubierta de arena fina y suave, al aire libre... ¿o acaso aquella mancha gris, muy arriba, era realmente el cielo?

Corky podía respirar aquel aire, aunque tenía un olor extraño. No sentía hambre ni sed. Y el dolor provocado por el tumor había desaparecido.

¡Lo habían curado!

El charco se evaporó al instante. Del suelo surgieron enormes burbujas que explotaron y, de su interior, emergieron otros hombres desnudos: tres copias exactas de él mismo. Miraron a su alrededor y luego se observaron entre sí con la misma mezcla de conmoción y confusión que sentía él.

—¡Eh! —dijo Corky.

Y sus copias repitieron sus palabras.

—¡Eh!

—¡Eh!

—¡Eh!

—¿Qué está pasando? ¿En qué año estamos?

Una voz suave respondió desde el propio suelo:

—Diríamos que aproximadamente en el año 5050 después de Cristo. Hola, Corky Bequerel.

—¿Por qué hay cuatro versiones de mí?

—Para nuestra diversión.

—Creo que empiezo a entender... Esto es una simulación, ¿verdad? ¡Me han digitalizado! ¡Lo sabía! ¡Soy inmortal!

Corky y sus copias realizaron una pequeña danza de victoria.

La voz que provenía del suelo carraspeó.

—Bueno... Tu cuerpo actual es de carne y hueso. Ahora juega.

Del suelo emergió una colección dispersa de armas antiguas: lanzas, garrotes, espadas y escudos.

—¿Q-qué?

—Juega —insistió la voz—. O hacemos esto.

De pronto Corky y sus copias saltaron y gritaron. Descargas eléctricas surgidas del suelo les quemaban las plantas de los pies.

—Juega hasta que solo quede uno de ustedes en pie.

—¡No me congelé para matarme a mí mismo! ¡Soy un ser humano! ¡Tengo derechos! ¡No pueden tratarme como si fuera...!

Otra serie de descargas eléctricas silenció sus protestas.

—Queremos jugar con este material porque nos gusta —explicó la voz, con el mismo tono suave—. El material pertenece a todos. El material está pronunciando palabras que no tienen significado para nosotros. ¿Qué son los «derechos»? Solo existe la prerrogativa.

Corky sintió un escalofrío de terror, una sensación de estar atrapado en una pesadilla.

—¿La prerrogativa de quién?

—La prerrogativa de los muchos sobre los pocos, de los fuertes sobre los débiles. Esa es la palabra, y nosotros somos la palabra, Corky. Los derechos fueron abolidos hace mil cuatrocientos años. Solo existe la prerrogativa. Ahora... ¡juega!

Corky Bequerel observó a Corky Bequerel, que observaba a Corky Bequerel, que observaba a Corky Bequerel, mientras este extendía la mano hacia una de las armas.

Lentamente, con cautela, cada uno tomó un arma y un escudo y comenzó a rodear a los demás.

—Oye, Corky —dijo una de las copias—. Yo puedo salir vivo de esto.

—¿Ah, sí? ¿Cómo?

—Muy sencillo. Los superhumanos de este futuro pueden resucitarme una y otra vez. No importa que muera, porque ahora soy inmortal.

—No imaginaba que sería así —les dijo Corky a los otros Corkys—. Entonces, ¿qué hacemos?

Los cuatro continuaron girando en círculos.

—Nos ponemos de acuerdo sobre cuál de nosotros es el verdadero Corky, y los otros tres pueden pelear y morir.

—Yo soy el verdadero Corky —dijeron los cuatro al unísono.

La voz del suelo sonó divertida.

—Entonces lucha por tu derecho a existir, Corky. Si quieres llamarlo un derecho. Si eso te motiva. ¡A nosotros nos da igual!

—Si realmente me han convertido en datos, igual que al resto de la humanidad... entonces ¿por qué me hablan como si estuviera separado de ustedes?

—Las partes recién añadidas, que fueron congeladas y traídas aquí desde el pasado remoto, son demasiado primitivas para unirse verdaderamente a nosotros.

La voz adoptó un tono irritantemente alegre.

—¡Y no lo olvides! La prerrogativa de los muchos es la palabra: nosotros somos muchos, llegamos primero y, por lo tanto, somos más fuertes que tú. Por eso te hemos almacenado por separado, para jugar.

—¡Váyanse al infierno!

—¡Ohhh, ira! ¡Religión! ¡Qué primitivo! ¡Nos encanta!

La mente de Corky buscó desesperadamente una solución distinta de tener que luchar a muerte contra tres dobles idénticos.

Odiaba el dolor; en su vida anterior apenas podía soportar una vacuna. Pero no había salida. Se conocía demasiado bien como para pensar que podría convencer a sus copias de sacrificar sus vidas por alguien más, incluido él mismo.

(Oh, la ironía, pensó Corky.)

Los cuatro Corkys bajaron los escudos, se acercaron unos a otros y sonrieron de manera conciliadora.

—Oigan, muchachos...

—Simplemente dejemos caer las armas...

—Y mostremos a esta gente...

—Que somos civilizados.

Al instante siguiente, los cuatro se atacaron simultáneamente.

Los cuatro cayeron al suelo con heridas mortales.

Mientras sentía que la sangre abandonaba su cuerpo, Corky pensó:

Si yo soy la copia, entonces está bien. Entonces esto no importa. Eso es. Solo soy una copia. No importo. No soy real...

Un poco más tarde, cuando fue resucitado y obligado a luchar a muerte contra cien Corkys, recordó sus pensamientos al morir.

También los recordaron todos los demás Corkys.

Entonces comprendieron de golpe que sus derechos de copia habían expirado.

A.R.Yngve nació en Suecia. Su niñez estuvo dominada por una institución: las bibliotecas públicas, que eran para él lo que la iglesia es para los creyentes. Leyó vorazmente, sobre todo ciencia ficción y divulgación científica. Entre sus influencias admite a Frank Miller, Alan Moore, Christopher Priest, Philip K. Dick, Frederik Pohl & Cyril M. Kornbluth, Alfred Bester, James Tiptree Jr. y Fredric Brown. Su otra gran influencia fue cinematográfica, sobre todo el Stanley Kubrick de 2001 y Dr. Strangelove. Desde 1993 ha intentado escribir novelas y verlas publicadas. En 2004, la editorial Wela Fantasy descubrió su novela Terra Hexa en su website y la contrató para publicarla en papel. Siguieron Terra Hexa II (2006), Terra Hexa III (2007), Supermobilen (2011), Sagopyjamasen (2012), Vaernen den fördömde (2012), Hundra tusen pirater (2013), Fruktans fysik (2014), cuatro volúmenes de Darc Ages - De mörka tidevarven (2016/17), Monster i massor (2016) y Rex Omega (2019). Esta trayectoria un buen motivo para ver el futuro con optimismo y hace que el propósito de Yngve de convertirse en uno de los escritores más influyentes del siglo XXI no sea un disparate. Actualmente vive en Noruega con su esposa y su hijo.

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