Fernando Sorrentino
Según noticias de fuentes muy dispares –y siempre fidedignas–, la
Corrección de los Corderos suele últimamente aparecer, cada vez con mayor
frecuencia, en distintos puntos de Buenos Aires y de las localidades vecinas.
Todas las informaciones coinciden en describir la
manera en que se produce el advenimiento de la Corrección: de pronto aparecen,
como surgidos de la nada, cincuenta corderos blancos; en seguida acometen
contra una víctima –evidentemente prefijada– y en contados segundos la devoran
y carcomen hasta dejarla en sólo su esqueleto; así, tan súbitos como llegaron,
en un instante se dispersan y huyen en todas direcciones. Guay de quien ose
estorbarles la fuga: al principio se registraron muchos casos fatales; después,
los potenciales imprudentes escarmentaron en cabeza ajena, y ya nadie se opuso
a la Corrección.
En fin, no tiene sentido extenderme en estos
pormenores; todo el mundo está suficientemente informado por medio del
periodismo oral y escrito, y el material fotográfico y fílmico es abundante.
La mayor parte de la gente se halla profundamente
preocupada por la Corrección, por sus estragos imprevisibles, por su secuela de
muerte y de miedo. Pero la mayor parte de la gente es simple, de escasas luces
y carente de poder de reflexión, y su inquietud se limita, meramente, a desear
que la Corrección no exista. Desde luego, este deseo no anula la Corrección y,
mucho menos, logra averiguar sus causas y su sentido.
El error básico reside en que, absortos por la
Corrección, se han olvidado de las víctimas. Durante –digamos– las primeras
cien ejecuciones, lo que a mí me quitaba el sueño era la inconcebible
existencia de corderos que fueran no sólo carnívoros sino, por añadidura,
predadores, y de carne humana. Después advertí que, por perderme en esos
detalles, descuidaba lo esencial: la personalidad de las víctimas.
Me di, pues, a hacer averiguaciones sobre la vida de
los occisos. Como si fuera un sociólogo, empecé por lo más burdo: por los datos
económico-culturales. La estadística resultó inservible: en todos los estratos
había víctimas.
Entonces cambié de sistema. Busqué conversación con
parientes y allegados, y les tiré un poco de la lengua. Los testimonios fueron
variados y, a veces, hasta contradictorios. Pero, ya con harta frecuencia,
comencé a oír cierto tipo de frase: "Que en paz descanse el pobre, pero la
verdad es que…".
Una intuición casi inequívoca me iluminó. Y, en
seguida, me sentí casi por completo seguro de mi embrionaria hipótesis el día
en que la Corrección descarnó a mi próspero vecino, el doctor P. R. V., el
mismo en cuyo bufete…
El caso de P. R. V. me condujo, de manera
absolutamente natural, a la comprensión definitiva del enigma.
Bien. Yo odiaba minuciosamente a Nefario. Pero no
querría que este odio contaminara de baja pasión la fría objetividad que deseo
para este informe. No obstante, me veo obligado, en aras de la intelección del
fenómeno, a permitirme una digresión de carácter personal. Aunque quizás a
nadie interese, tal excurso es imprescindible –siempre que se me crea– para
admitir o rechazar mi hipótesis sobre las causas y los fines que mueven a la
Corrección de los Corderos.
La digresión es ésta. Lo cierto es que el apogeo de la
Corrección coincidió con una lúgubre comarca de mi vida. Hostigado por la
pobreza, por la desorientación, por la pena, me sentía en lo profundo de un
pozo oscuro cuya salida ni siquiera lograba imaginar. Así estaba yo.
A Nefario, en cambio, la vida –como suele decirse– le
sonreía. Claro: el único objetivo de su proterva existencia era el dinero. Sólo
le importaba eso: ganar dinero, por el dinero mismo, y en ese fin sagrado
concentraba todas sus despiadadas energías, sin reparar en medios ni
escrúpulos. Innecesario es decir que obtuvo éxito rotundo: Nefario era lo que
se llama un triunfador.
Yo –ya lo dije– estaba muy necesitado. Y qué fácil
resulta abusarse de quien padece. Nefario –ese buitre codicioso que jamás había
leído un libro– era editor. Yo, a falta de otra cosa, realizaba para él
traducciones o correcciones: Nefario no sólo me pagaba sumas irrisorias, sino
que, además, se solazaba en humillarme con ruegos y demoras.
(La vejación y el fracaso ya eran parte de mi persona,
y yo me había resignado a ellos.)
Cuando le entregué mi último trabajo –esa maldita y
engorrosa traducción–, Nefario, como tantas otras veces, me dijo:
—Por desgracia, hoy no puedo pagarle. No tengo un
centavo.
Esto me lo decía en su lujoso despacho, bien vestido,
perfumado, sonriente. Y, desde luego, triunfador. Yo consideré mis zapatos
agrietados, mi ropa vieja, las urgencias de mi familia, mi agobio de tristezas.
Haciendo un esfuerzo, dije:
—¿Y para cuándo cree que…?
—Vamos a hacer una cosa —su aire era optimista y
protector, como si tratara de ayudarme—. Este sábado no, porque me voy a hacer
una escapadita a las playas de Río de Janeiro. Pero el otro, a eso de las once
de la mañana, véngase a mi domicilio particular, que arreglamos la cuentita.
Me estrechó cordialmente la mano y me dio una palmada
de aliento y amistad en la espalda.
Quince días pasaron. Junto con el sábado anhelado,
llegué yo a la hermosa casa de la calle Once de Septiembre. El verde de los
árboles, la fragancia vegetal, el esplendor del cielo y la belleza de ese
barrio me hacían sentir más desolado aún.
A las once y cinco oprimí el timbre.
—El señor está descansando —me informó una mucama de
guardapolvo azul con lunares blancos.
Vacilé un instante, dije:
—¿Y la señora?
—¿Quién es, Rosa? —se oyó.
—Yo, señora —levanté la voz, aferrándome a aquella
posibilidad—. ¿Está el señor Nefario?
Rosa se retiró y fue reemplazada por el rostro,
cubierto de cosméticos, de la señora de Nefario. Con grueso tono tabacal, me
increpó:
—¿No le han dicho que el señor está descansando?
—Sí, señora, pero como me citó para hoy a las once…
—Bueno, pero está descansando —replicó, de modo
inapelable.
—¿No le habrá dejado algo para mí? —pregunté
estúpidamente: ¡como si no lo conociera a Nefario!
—No.
—Pero resulta que él me había citado para…
—Le estoy diciendo que no me dejó nada, señor. Haga el
favor de no molestar, señor.
Entonces oí una algarabía de balidos y vi que llegaba
la Corrección de los Corderos. Me hice a un lado y, para mayor seguridad, me
trepé a la verja, si bien mi conciencia me decía que la Corrección no venía en
mi busca. Los corderos, como una tromba, irrumpieron en el jardín y, antes de
que los últimos entraran en él, ya estaban los primeros en el interior de la
casa. En pocos segundos, a la manera de un sumidero, la puerta de Nefario
absorbió todos los animales: el jardín quedó hollado; las plantas, destruidas.
Por una ventanita primorosa se asomó la señora
Nefario:
—¡Venga, señor, venga! —gimió, con el rostro
congestionado y lloroso—. ¡Ayúdenos, señor, por favor!
Movido de alguna curiosidad, entré en la casa. Vi
muebles volcados, vi espejos rotos. No vi los corderos.
—¡Están arriba! —me informó la señora Nefario,
procurando arrastrarme de un brazo en dirección al peligro—. ¡En nuestro
dormitorio! ¡Haga algo, no sea cobarde, pórtese como un hombre!
Supe resistirme con firmeza. Nada más lejos de mis
principios y convicciones que pretender oponerme a la Corrección de los
Corderos. De lo alto venía un confuso rumor de pezuñas. Las redondas grupas
lanudas se agitaban alegremente, acompañando quién sabe qué movimiento de
presión contra qué cosa. En una visión fugaz, distinguí a Nefario; fue un
segundo: desgreñado y horrorizado, gritó algo e intentó con una silla atacar a
los corderos. Pero en seguida se hundió entre las blancas y rizosas lanas, como
quien es violentamente succionado por arenas movedizas. Hubo aún un breve
tumulto concéntrico y el ruido creciente de mandíbulas que desgarraban y
trituraban y, de vez en cuando, el pequeño estrépito de un hueso quebrado. Las
primeras maniobras de dispersión me indicaron que los corderos habían concluido
su tarea, y un instante después los animalitos iniciaron el raudo descenso por
la escalera. Alcancé a ver algunas manchas de sangre en la impoluta albura de
sus lanas.
Curiosamente, esa sangre –para mí, un símbolo de
afirmación ética– terminó de hacerle perder la cabeza a la señora Nefario. Sin
dejar de dirigirme llorosos insultos y de decirme cobarde, se lanzó al living
con una gran cuchilla en la mano. Como yo bien sabía qué les ocurre a quienes
pretenden entorpecer la Corrección de los Corderos, permanecí en un respetuoso
segundo plano, observando el rápido y notable espectáculo de la descarnación e
ingestión de la señora Nefario. Después, los cincuenta corderos ganaron la
calle Once de Septiembre y, como tantas veces, huyeron hacia todos los rumbos.
Rosa, no sé por qué, parecía un poco impresionada. Le
dije unas palabras reconfortantes y, libre ya de odio, me despedí de la
muchacha con una sonrisa.
Es verdad: no había logrado, ni lograría, que Nefario
me pagara aquella engorrosa y maldita traducción. Sin embargo, el verde de los
árboles, la fragancia vegetal, el esplendor del cielo y la belleza de ese
barrio me hacían repicar de júbilo el corazón. Cantaba.
Sabía que el oscuro pozo en que me hallaba sumido
empezaba a iluminarse con la primera luz de esperanza.
Corrección de los Corderos: muchas gracias.
Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

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