Guy Hasson
—No te he llamado
para reprenderte —le dijo el director a Jason—. Pasa, por favor. —Jason dio un
paso vacilante hacia el despacho del señor Miller—. Pasa, pasa. —Otro paso
dubitativo y Jason quedó de pie en medio de la oficina—. Siéntate.
El director estaba sentado detrás
de su escritorio y señaló la otra silla, la destinada a los niños convocados al
despacho del director.
Jason se sentó. Intentó no parecer
nervioso.
—¿Sabes por qué estás aquí, Jason? —Jason
negó con la cabeza. El director sacó dos hojas impresas—. ¿Reconoces esto?
Jason asintió.
—Sí, señor.
—Esto —dijo el señor Miller
mientras extendía las hojas sobre el escritorio— es tu respuesta a una tarea
que la señora Graham te dio la semana pasada. ¿Es correcto?
—Sí, señor.
—Debías entregarla ayer y la
presentaste a tiempo, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Ahora bien. La señora Graham les
enseñó qué es una metáfora. Y la tarea consistía —dijo mientras recorría
rápidamente las páginas que Jason había escrito— en escribir un relato corto
que fuera, en esencia, una metáfora. ¿Correcto?
—Sí, señor.
—Veamos entonces lo que escribiste.
El señor Miller comenzó a seguir
las líneas con el dedo.
—Escribiste —dijo mientras su dedo
avanzaba por el texto— sobre algo llamado hospital de la imaginación.
—Sí, señor.
—Y ese hospital atendía a personas
con diversas enfermedades de la imaginación.
—Sí, señor.
—Veamos.
Su dedo se detuvo en una línea.
—Había personas enfermas que
acudían porque eran alérgicas a la imaginación.
—Sí, señor.
—¿Qué significa eso? —El señor
Miller pareció irritarse—. No entiendo qué significa. ¿Cómo puede alguien ser
alérgico a la imaginación? —Jason se encogió de hombros para indicar que no lo
sabía, pero no respondió—. Bueno, da igual. —El director desplazó el dedo a
otra parte del texto—. Aquí hablas de alguien que tomó demasiadas pastillas de
imaginación. —Levantó la vista—. ¿Pastillas de imaginación? No lo entiendo.
¿Por qué alguien necesitaría más imaginación de la que ya tiene? No lo
entiendo. —Jason volvió a encogerse de hombros sin responder—. En fin. Aquí
aparece una persona que está delirando porque tiene veneno en la imaginación. —Volvió
a mirar a Jason—. ¿Veneno en la imaginación? No entiendo. ¿Qué significa eso?
—Eh... a veces... —dijo Jason con
voz temblorosa—. Vi en la televisión, señor Miller, una serie de médicos donde
alguien tenía veneno en la sangre y estuvo a punto de morir. —El director
continuó observándolo—. Entonces... pensé que quizá este hombre tenía veneno en
la imaginación y necesitaba ir al hospital.
El señor Miller siguió mirándolo.
Cuando comprendió que Jason ya no iba a decir nada más, negó con la cabeza.
—No entiendo. ¿Qué significa eso?
No lo entiendo. —Como Jason se limitó a hacer un gesto sin responder, el
director volvió a negar con la cabeza—. No creo que hayas entendido la tarea,
Jason. Y hay una razón por la cual la señora Graham me entregó tu trabajo. Se
reclinó en su silla—. Entiendes que una metáfora consiste en decir una cosa y
referirse a otra, ¿verdad? —Jason asintió—. Cuando escribes sobre algo que
representa otra cosa. —Jason volvió a asentir—. Dices que lo entiendes, Jason,
pero creo que no es así. Una metáfora es cuando una cosa representa otra. ¿Qué
puede representar un hospital de la imaginación? ¿Qué puede representar un
hombre alérgico a la imaginación? No lo entiendo. ¿Un hombre alérgico a la
imaginación? ¿Qué es eso? De verdad no lo entiendo. Y un hombre que toma
pastillas de imaginación porque siente que necesita más imaginación. ¿Necesitar
más imaginación? ¿Sentir que la imaginación propia no basta? ¿Qué significa
eso? ¿Qué podría representar? No lo entiendo. No lo entiendo. —Frunció el ceño—.
O el hombre que tenía veneno en la imaginación. No lo entiendo, Jason. De
verdad no lo entiendo. O esto. —Se inclinó hacia adelante y señaló otro
fragmento—. Escribiste sobre un niño que murió por exceso de imaginación. —Jason
asintió—. ¿Qué podría representar eso? ¿Quién podría morir por tener demasiada
imaginación?
Jason no respondió.
—En serio. ¿Quién? ¿Quién, Jason?
No lo entiendo. —Cuando Jason siguió en silencio, el señor Miller respiró
profundamente—. En cualquier caso, ni la señora Graham ni yo entendimos lo que
escribiste. Lo cual significa que no entendiste la tarea. Ni tampoco entiendes
lo que es una metáfora. —Tomó otra bocanada de aire—. Pero además,
personalmente, creo que lo que escribiste es muy peligroso.
Jason levantó la vista.
—¿Qué? ¿Peligroso? ¿Por qué?
El señor Miller inclinó el cuello
como si intentara aliviar una molestia muscular.
—No quiero entrar en detalles.
Digamos simplemente que deberías dejar de escribir sobre la imaginación y
empezar a usarla. ¿De acuerdo? No vuelvas a escribir nunca sobre la
imaginación. ¿He sido claro?
Jason estaba confundido, pero
comprendió lo que se le pedía.
—Sí, señor.
—Bien. Ahora... —El director apiló
las dos hojas—. Como no completaste correctamente la tarea, la señora Graham y
yo queremos que la hagas de nuevo, y esta vez bien. —Tomó los papeles y los
guardó en uno de los cajones de su escritorio—. Tienes una semana. Eso es todo.
—Sí, señor.
Kyle, Chris y Eric
no podían dejar de reír cuando Jason les contó lo sucedido.
El recreo aún no había terminado.
Así que, apenas Jason salió del despacho del director, prácticamente lo
empujaron dentro del aula. Lo sentaron en una silla vacía y le preguntaron de
qué se trataba todo aquello.
Eran los chicos populares, así que
normalmente nunca prestaban atención a Jason. Pero esta vez sí.
Jason les contó lo que había dicho
el señor Miller y, en cuanto terminó, Kyle –porque era el líder del grupo–
estalló en carcajadas. Entonces Chris y Eric comenzaron a reír también.
—¡Eso es buenísimo! —dijo Kyle
entre risas.
—Buenísimo —repitió Eric, también
riendo.
—Muy bueno —añadió Chris, aunque ya
había dejado de reír.
—El señor Miller no reconocería la
imaginación aunque le diera una patada en la cara.
—No tiene imaginación alguna —dijo
Eric.
—Ni siquiera puede pensar por sí
mismo —añadió Chris antes de soltar otra carcajada.
Kyle se puso de pie, entusiasmado.
—Es tan cuadrado que el único
pensamiento que tiene es algo que ya dijo otra persona.
—Nada de imaginación —dijo Eric,
levantándose también—. Solo repite lo que otros ya dijeron.
—Nada de imaginación —agregó Chris
mientras se ponía de pie—. Nada original. Solo repite lo que otros ya dijeron.
¡Idiota!
Los tres soltaron otra ronda de
risas.
Mientras los observaba, Jason,
sentado entre aquellos tres chicos grandes y populares, tuvo de pronto una idea
para una nueva enfermedad en su hospital de la imaginación.
—Tenemos muchísima imaginación
—declaró Kyle señalando al aire.
—¡Muchísima!
—¡Montones! ¡Tenemos montones de
imaginación!
La nueva enfermedad del hospital de
la imaginación, decidió Jason, se llamaría Síndrome de Imaginación Imaginada.
—¿Qué significa eso? —preguntaría
una madre preocupada al médico que acababa de diagnosticar a su hijo.
—Eso, querida señora —respondería
el médico—, ocurre cuando una persona imagina que tiene imaginación aunque en
realidad no tenga ninguna. —La madre quedaría horrorizada al descubrir que su
hijo estaba enfermo, y entonces el médico continuaría—: El primer síntoma del
Síndrome de Imaginación Imaginada es el uso de palabras como “muchísimo”. Verá,
querida señora, su hijo nos dice que puede imaginar muchísimas cosas, pero
nunca imagina ninguna.
—Somos jóvenes —decía Kyle— y
podemos imaginar cualquier cosa que queramos.
—Montones de cosas —afirmó Eric con
gesto autoritario.
—Toneladas de cosas —agregó Chris.
En la mente de Jason seguía
desarrollándose la historia del médico y la madre en el hospital de la
imaginación.
—El segundo síntoma, querida señora
—diría el médico—, es que quienes padecen esta enfermedad siempre se desplazan
en grupos. Así nadie les dice que están equivocados y todos coinciden en que
poseen imaginación.
La madre asentiría.
—Ah. Mi hijo tiene amigos y todos
se comportan igual que él. Nunca pensé que hubiera algo malo en eso.
—Debería traerlos también —diría el
médico—. Probablemente ellos también padezcan el Síndrome de Imaginación
Imaginada.
—Podemos imaginar cualquier cosa
—seguía diciendo Kyle—. Como... hospitales... y enfermedades de la
imaginación... y, ya saben, brujas... y... cualquier cosa.
—Sí. Cualquier cosa. Podemos
inventar lo que queramos.
—Lo que sea. Si cierro los ojos,
puedo imaginar cualquier cosa.
—Y el tercer síntoma, el más
importante —continuaría el médico—, es que las víctimas de esta enfermedad
siempre toman prestada la imaginación de otras personas y creen que es propia.
Es muy preocupante.
La madre asentiría.
—Muy preocupante.
—Me encantan las historias de
dragones, brujas, caballeros y... aventuras —decía Kyle.
—¡Esas historias son las mejores!
—¡La forma en que luchan contra los
dragones! ¡Y cómo defienden su honor! ¡Y cómo siempre ganan!
—Pero espere un momento —diría la
madre en el hospital de la imaginación—. Si mi hijo no tiene imaginación, ¿cómo
puede imaginar que sí la tiene?
—Ah —respondería el médico—, ése es
uno de los misterios que la ciencia aún no ha resuelto. No todo se sabe sobre
el Síndrome de Imaginación Imaginada, y por eso resulta tan difícil de curar.
Pero haremos todo lo posible por ayudar a su hijo, querida señora. Está en las
mejores manos.
Kyle ya se dirigía hacia la puerta,
seguido por Chris y Eric.
—El señor Miller es tan cuadrado
que jamás entendería a gente como nosotros —decía Kyle—. ¡Tiene la imaginación
bloqueada! ¡No como nosotros! ¡Nosotros somos libres!
—¡Todo es posible en nuestras
mentes!
—¡Todo! —coincidió Chris—. ¡Mi
cerebro está explotando de pensamientos originales!
Y con eso salieron del aula y
quedaron fuera del alcance de los oídos de Jason.
Jason miró a su alrededor y
suspiró.
Y ése es el final de la historia.
—Jason miró a su
alrededor y suspiró —dijo Ethan—. Y ése es el final de la historia.
Ethan levantó la vista de la hoja
donde había escrito su tarea y miró al resto de la clase. Todos lo observaban. Parecían
haber disfrutado del relato. Entonces miró a la señora Ordway, que estaba
apoyada contra la pared, cerca de las ventanas.
Ella negó con la cabeza
—No entiendo —dijo—. ¿Qué
significa? No entiendo qué significa.

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