martes, 30 de junio de 2026

(URO)BORIS Y YO

Boris Glikman

 

Tengo un uroboros domesticado como mascota. Lo he llamado UroBoris, un juego de palabras con su nombre común, para indicar que me pertenece y que forma parte de mí, Boris, y también debido a las numerosas afinidades, conexiones y semejanzas que compartimos.

Los uroboros guardan una semejanza superficial con las serpientes aro, pero existen algunas diferencias evidentes entre ambos, tanto en apariencia como en comportamiento. Para empezar, una serpiente aro termina soltando su cola, mientras que UroBoris mantiene siempre la cola dentro de la boca. Además, las serpientes aro son frías al tacto y tienen una textura gomosa, mientras que el cuerpo de mi uroboros es cálido y firme.

La distinción más notable entre ellos reside en los ojos. Las serpientes aro poseen ojos muertos, reptilianos, con una expresión vacía; pero UroBoris tiene ojos profundos, casi humanos, que contienen la sabiduría de eones, una sabiduría que ninguna serpiente aro podría poseer jamás.

Como ya he mencionado, UroBoris nunca suelta su cola, lo que debe significar que su boca está fusionada permanentemente con el otro extremo de su aparato digestivo. Por lo tanto, recicla y redigiere constantemente el mismo trozo de alimento; la comida recorre un circuito perpetuo desde su boca hasta el final de su tracto digestivo y de allí regresa directamente a la boca.

En consecuencia, no necesito alimentarlo en absoluto, y ahorro mucho dinero en comida para mascotas.

Obviamente, con la cola permanentemente atrapada en la boca, UroBoris no puede emitir sonido alguno, aun suponiendo que fuera capaz de hacerlo. Tal vez, si de algún modo pudiera extraerse la cola de su boca, tendría la facultad del habla y me diría las cosas más sabias y hermosas imaginables.

Sin embargo, no necesitamos palabras, pues nuestra comunicación se desarrolla en un plano más elevado y profundo que esos torpes, engorrosos y groseros bloques de palabras.

UroBoris y yo hablamos océanos enteros únicamente a través de la mirada.

Siempre estoy aprendiendo nuevos secretos y misterios cosmológicos y existenciales a través de sus ojos, incluso cuando los observo tan solo un instante.

Sus ojos me transmiten verdades inefables, trascendentes, eternas e infinitas que jamás podrían expresarse mediante palabras.

Pasamos largos períodos con las cabezas muy juntas, contemplándonos profundamente a los ojos, igual que dos amantes, olvidándonos de todo lo demás.

Si pudiera, contemplaría sus ojos para siempre y sería feliz dedicando toda mi vida a ello. Nadie podría apartarme jamás de ellos.

Mi uroboros y yo pasamos mucho tiempo juntos.

Con frecuencia saco a UroBoris a pasear; o, mejor dicho, lo hago rodar por la acera como si fuera una rueda.

Disfruta especialmente cuando lo empujo por pendientes pronunciadas y adquiere enormes velocidades en el descenso.

Al tragarse una porción mayor de su propio cuerpo, puede reducir su diámetro, y entonces puedo usarlo como un anillo exótico, una pulsera o un collar.

A veces incluso me permite hacerlo girar alrededor de la cintura como si fuera un hula-hula.

UroBoris siempre gana cuando jugamos a las escondidas, porque es capaz de tragarse por completo a sí mismo y volverse invisible.

En ocasiones envuelve todo su cuerpo alrededor del mío, y entonces ya no sé dónde termino yo y dónde comienza él.

Personas bienintencionadas y solícitas me dicen constantemente –siempre pensando en mi bienestar, por supuesto– que los uroboros no son animales auténticos, que solo son criaturas mitológicas imaginarias.

Pero no me importa en absoluto.

De hecho, me parecería perfectamente adecuado, apropiado y nada extraño que mi mascota fuera realmente una criatura mítica inexistente en el mundo real, porque yo mismo nunca me he sentido demasiado real.

A veces me pregunto quién es más real y quién está escribiendo esta historia: ¿yo o UroBoris?

A juzgar por cuánto disfruta de la vida y con qué intensidad abraza la realidad, me parece que él es el ser real, perfectamente adaptado al mundo, mientras que yo soy el imaginario, incapaz de encajar jamás.

En cualquier caso, como ya he dicho, UroBoris y yo tenemos mucho en común.

Los uroboros siempre han estado asociados al renacimiento constante, a darse vida a uno mismo y a la unión entre los mundos consciente e inconsciente, y esos son precisamente los ideales a los que aspiro en mi vida y, muy especialmente, en mi escritura.

Por ejemplo, muchos de mis relatos proceden de sueños, y al transformarlos en historias convierto lo inconsciente en consciente.

Además, cuando escribo siempre intento transmutar en palabras aquellas verdades no expresadas e inefables, aquellas que las personas no pueden o no quieren afrontar ni articular, verdades que yacen enterradas en las profundidades del inconsciente.

Y experimento un renacimiento constante, desprendiéndome siempre del antiguo yo y engendrando uno nuevo, transformando sin cesar mi carácter, mi mundo interior y mi creatividad.

Nada permanece estable o constante en mi vida.

Además, así como UroBoris está siempre tragándose la cola, yo también me trago constantemente mis sentimientos, mi orgullo, mi dolor, mi alegría y mi tristeza, sin mostrárselos a nadie, ni siquiera a mí mismo.

A veces me pregunto si le dedico demasiado tiempo a UroBoris y si está apoderándose de mi vida. ¿Y si me estoy identificando demasiado con él? ¿Podría estar apropiándose también de mi identidad, además de mi vida? Pero enseguida aparto esos pensamientos, avergonzado siquiera de pensar cosas tan horribles acerca de mi querida mascota.

Debo admitir, sin embargo, que en última instancia UroBoris escapa a toda comprensión y a todo control. Puede revelarme todos los misterios de la existencia y del universo, pero hay un misterio que jamás me revelará: el misterio de quién es realmente.

Casi no tengo control sobre los comportamientos que podría manifestar a continuación y muy rara vez consigo comprender cuál podría ser la motivación, el significado o la función de alguna de sus conductas particulares.

Tampoco sé jamás qué secretos o verdades me transmitirán sus ojos la próxima vez.

La situación resulta frustrante, pero también gratificante, porque no deja de sorprenderme y de desafiar mi mente con sus acciones y sus revelaciones.

Intentar controlar a UroBoris e intentar comprenderlo a él y a su comportamiento es como intentar controlar y comprender los sueños.

Claro que existen períodos en los que hay una comunicación y una armonía perfectas entre nosotros, pero esos períodos desaparecen en un instante, igual que un sueño.

En cierto sentido, la comparación con un sueño es muy apropiada, porque un uroboros es, después de todo –o al menos eso afirman algunos–, un ser mitológico.

Si UroBoris es realmente una criatura onírica que existe únicamente dentro del inconsciente colectivo de la humanidad, entonces es perfectamente lógico que sus costumbres y comportamientos escapen casi por completo a mi comprensión y a mi control.

Debo conformarme con la pequeña cuota de autoridad y entendimiento que poseo.

O quizá, en lugar de ser una criatura onírica, UroBoris sea simplemente un símbolo o una entidad metafórica que representa algo de mis mundos interior o exterior.

¿Y si UroBoris y yo no fuéramos más que personajes ficticios de una parábola alegórica que intenta transmitir algunas verdades esenciales y profundas acerca de la existencia y la realidad, verdades que yo mismo, por desgracia, soy incapaz de comprender?

Pero probablemente esas no sean más que especulaciones inútiles e irrelevantes que no vienen al caso.

Recuerdo haber oído en alguna parte que los uroboros son criaturas eternas que poseen un diámetro infinito, el cual solo parece finito cuando se encuentran plegados en su forma circular.

Si eso es cierto, entonces mi UroBoris debe de ser apenas un diminuto segmento de un uroboros ilimitado, y otras partes de él probablemente estén siendo cuidadas por otras personas en otros hogares, mientras que algunas porciones de su cuerpo tal vez vivan en libertad por todo el mundo.

Eso significaría también que mi UroBoris debió de tener muchos dueños antes que yo y tendrá muchos más después de mí, pasando tan solo una minúscula porción de su vida conmigo.

Si es así, quiero estar seguro de dejar una huella especial en su memoria y de que recordará toda la bondad y el amor incondicional que le he brindado.

Aunque no posea un uroboros completo durante toda su existencia, seguiría sintiéndome inmensamente agradecido y orgulloso de ser dueño de una parte infinitesimal de él durante apenas un período infinitesimal de su vida, porque me ha enseñado muchísimo.

La lección más importante que UroBoris me ha enseñado –pues ha tenido consecuencias cruciales en mi vida– consiste en cómo doblar mi cuerpo exactamente del mismo modo que él dobla el suyo, de forma que mi boca se conecte con el otro extremo de mi canal alimentario.

Al contorsionar mi cuerpo de esa manera, mi existencia ha cambiado de forma fundamental y para mejor, porque, igual que UroBoris, ya no necesito ingerir alimentos nuevos jamás.

 

¡Qué historia tan ridícula he escrito!, pensó el uroboros con frustración mientras dejaba caer la pluma de su boca sobre el escritorio.

Luego volvió a adoptar su habitual posición circular, con la cola entre los dientes, y llenó su hambriento estómago con una tibia papilla reciclada.

Debo de estar perdiendo la cabeza. Estoy escribiendo auténtica basura, creando mundos y criaturas absurdos y sin sentido. Ningún editor creerá ni aceptará una fantasía tan desmesurada sobre un supuesto animal bípedo ficticio que tiene un uroboros como mascota. De eso estoy completamente seguro.

La idea disparatada de que nosotros, los uroboros, seres infinitos, inmortales, omniscientes y depositarios de todas las verdades y misterios, podamos ser los juguetes de unas criaturas finitas que ocupan apenas un punto en el espacio y existen solo durante un instante en el tiempo...

¿Cómo podrían semejantes criaturas primitivas poseer la inteligencia y el poder suficientes para mantener a uno de nosotros como mascota?

¿Cómo podrían seres tan efímeros poseer algún conocimiento o comprensión de la existencia, del mundo y de la realidad?

Concederles cognición, intelecto e incluso existencia está más allá de toda probabilidad.

Esos seres jamás podrían existir en el mundo real.

Incluso dentro del contexto de una obra de ficción resulta demasiado inverosímil y descabellado –rozando incluso lo sacrílego– otorgarles realidad.

Para empezar, ¿qué probabilidad hay de que puedan existir animales tan extraños, dotados de apéndices torpes y aparatosos adheridos a sus torsos y sobresaliendo de ellos, destruyendo la suavidad y las líneas armoniosas de sus cuerpos?

¿Criaturas incapaces de plegarse formando el círculo perfecto y que, en cambio, pasan toda su vida adoptando una postura perpendicular, torcida e inestable?

¿Seres que, debido a su mortalidad, viven acosados incesantemente por la muerte y, por ello, son incapaces de entregarse plenamente a la vida?

¿Seres que se niegan o son incapaces de volver a comer y digerir eternamente el mismo trozo de alimento, y que por ello están condenados a dedicar toda su existencia a buscar y luchar por nuevas fuentes de sustento?

¿Cómo podría existir un mundo en el que la preocupación principal y dominante de todas las criaturas vivas consistiera en buscar comida, luchar por ella e ingerirla día tras día?

No, no puedo escribir esta historia.

Incluso podría considerarse y condenarse como políticamente incorrecta y ofensiva para los uroboros, especialmente porque pongo en duda la propia realidad de nuestra existencia, aunque solo sea dentro de un marco ficticio.

Y eso podría traerme toda clase de problemas.

Además, ni siquiera soy capaz de encontrar un buen final para esta historia.

Voy a descartarla por completo y escribir, en cambio, una historia convencional sobre una mascota.

 

BORIS Y YO

Tengo una criatura simple y finita como mascota.

La he llamado Boris, tanto porque rima con mi nombre como para indicar que me pertenece y que forma parte de mí...


Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

(URO)BORIS Y YO