Boris Glikman
Tengo un uroboros
domesticado como mascota. Lo he llamado UroBoris, un juego de palabras con su
nombre común, para indicar que me pertenece y que forma parte de mí, Boris, y
también debido a las numerosas afinidades, conexiones y semejanzas que
compartimos.
Los uroboros guardan una semejanza
superficial con las serpientes aro, pero existen algunas diferencias evidentes
entre ambos, tanto en apariencia como en comportamiento. Para empezar, una
serpiente aro termina soltando su cola, mientras que UroBoris mantiene siempre
la cola dentro de la boca. Además, las serpientes aro son frías al tacto y
tienen una textura gomosa, mientras que el cuerpo de mi uroboros es cálido y
firme.
La distinción más notable entre
ellos reside en los ojos. Las serpientes aro poseen ojos muertos, reptilianos,
con una expresión vacía; pero UroBoris tiene ojos profundos, casi humanos, que
contienen la sabiduría de eones, una sabiduría que ninguna serpiente aro podría
poseer jamás.
Como ya he mencionado, UroBoris
nunca suelta su cola, lo que debe significar que su boca está fusionada
permanentemente con el otro extremo de su aparato digestivo. Por lo tanto,
recicla y redigiere constantemente el mismo trozo de alimento; la comida
recorre un circuito perpetuo desde su boca hasta el final de su tracto
digestivo y de allí regresa directamente a la boca.
En consecuencia, no necesito
alimentarlo en absoluto, y ahorro mucho dinero en comida para mascotas.
Obviamente, con la cola
permanentemente atrapada en la boca, UroBoris no puede emitir sonido alguno,
aun suponiendo que fuera capaz de hacerlo. Tal vez, si de algún modo pudiera
extraerse la cola de su boca, tendría la facultad del habla y me diría las
cosas más sabias y hermosas imaginables.
Sin embargo, no necesitamos
palabras, pues nuestra comunicación se desarrolla en un plano más elevado y
profundo que esos torpes, engorrosos y groseros bloques de palabras.
UroBoris y yo hablamos océanos
enteros únicamente a través de la mirada.
Siempre estoy aprendiendo nuevos
secretos y misterios cosmológicos y existenciales a través de sus ojos, incluso
cuando los observo tan solo un instante.
Sus ojos me transmiten verdades
inefables, trascendentes, eternas e infinitas que jamás podrían expresarse
mediante palabras.
Pasamos largos períodos con las
cabezas muy juntas, contemplándonos profundamente a los ojos, igual que dos
amantes, olvidándonos de todo lo demás.
Si pudiera, contemplaría sus ojos
para siempre y sería feliz dedicando toda mi vida a ello. Nadie podría
apartarme jamás de ellos.
Mi uroboros y yo pasamos mucho
tiempo juntos.
Con frecuencia saco a UroBoris a
pasear; o, mejor dicho, lo hago rodar por la acera como si fuera una rueda.
Disfruta especialmente cuando lo
empujo por pendientes pronunciadas y adquiere enormes velocidades en el
descenso.
Al tragarse una porción mayor de su
propio cuerpo, puede reducir su diámetro, y entonces puedo usarlo como un
anillo exótico, una pulsera o un collar.
A veces incluso me permite hacerlo
girar alrededor de la cintura como si fuera un hula-hula.
UroBoris siempre gana cuando
jugamos a las escondidas, porque es capaz de tragarse por completo a sí mismo y
volverse invisible.
En ocasiones envuelve todo su
cuerpo alrededor del mío, y entonces ya no sé dónde termino yo y dónde comienza
él.
Personas bienintencionadas y
solícitas me dicen constantemente –siempre pensando en mi bienestar, por
supuesto– que los uroboros no son animales auténticos, que solo son criaturas
mitológicas imaginarias.
Pero no me importa en absoluto.
De hecho, me parecería
perfectamente adecuado, apropiado y nada extraño que mi mascota fuera realmente
una criatura mítica inexistente en el mundo real, porque yo mismo nunca me he
sentido demasiado real.
A veces me pregunto quién es más
real y quién está escribiendo esta historia: ¿yo o UroBoris?
A juzgar por cuánto disfruta de la
vida y con qué intensidad abraza la realidad, me parece que él es el ser real,
perfectamente adaptado al mundo, mientras que yo soy el imaginario, incapaz de
encajar jamás.
En cualquier caso, como ya he
dicho, UroBoris y yo tenemos mucho en común.
Los uroboros siempre han estado
asociados al renacimiento constante, a darse vida a uno mismo y a la unión
entre los mundos consciente e inconsciente, y esos son precisamente los ideales
a los que aspiro en mi vida y, muy especialmente, en mi escritura.
Por ejemplo, muchos de mis relatos
proceden de sueños, y al transformarlos en historias convierto lo inconsciente
en consciente.
Además, cuando escribo siempre
intento transmutar en palabras aquellas verdades no expresadas e inefables,
aquellas que las personas no pueden o no quieren afrontar ni articular,
verdades que yacen enterradas en las profundidades del inconsciente.
Y experimento un renacimiento
constante, desprendiéndome siempre del antiguo yo y engendrando uno nuevo,
transformando sin cesar mi carácter, mi mundo interior y mi creatividad.
Nada permanece estable o constante
en mi vida.
Además, así como UroBoris está
siempre tragándose la cola, yo también me trago constantemente mis
sentimientos, mi orgullo, mi dolor, mi alegría y mi tristeza, sin mostrárselos
a nadie, ni siquiera a mí mismo.
A veces me pregunto si le dedico
demasiado tiempo a UroBoris y si está apoderándose de mi vida. ¿Y si me estoy
identificando demasiado con él? ¿Podría estar apropiándose también de mi
identidad, además de mi vida? Pero enseguida aparto esos pensamientos,
avergonzado siquiera de pensar cosas tan horribles acerca de mi querida
mascota.
Debo admitir, sin embargo, que en
última instancia UroBoris escapa a toda comprensión y a todo control. Puede
revelarme todos los misterios de la existencia y del universo, pero hay un
misterio que jamás me revelará: el misterio de quién es realmente.
Casi no tengo control sobre los
comportamientos que podría manifestar a continuación y muy rara vez consigo
comprender cuál podría ser la motivación, el significado o la función de alguna
de sus conductas particulares.
Tampoco sé jamás qué secretos o
verdades me transmitirán sus ojos la próxima vez.
La situación resulta frustrante,
pero también gratificante, porque no deja de sorprenderme y de desafiar mi
mente con sus acciones y sus revelaciones.
Intentar controlar a UroBoris e
intentar comprenderlo a él y a su comportamiento es como intentar controlar y
comprender los sueños.
Claro que existen períodos en los
que hay una comunicación y una armonía perfectas entre nosotros, pero esos
períodos desaparecen en un instante, igual que un sueño.
En cierto sentido, la comparación
con un sueño es muy apropiada, porque un uroboros es, después de todo –o al
menos eso afirman algunos–, un ser mitológico.
Si UroBoris es realmente una
criatura onírica que existe únicamente dentro del inconsciente colectivo de la
humanidad, entonces es perfectamente lógico que sus costumbres y
comportamientos escapen casi por completo a mi comprensión y a mi control.
Debo conformarme con la pequeña
cuota de autoridad y entendimiento que poseo.
O quizá, en lugar de ser una
criatura onírica, UroBoris sea simplemente un símbolo o una entidad metafórica
que representa algo de mis mundos interior o exterior.
¿Y si UroBoris y yo no fuéramos más
que personajes ficticios de una parábola alegórica que intenta transmitir
algunas verdades esenciales y profundas acerca de la existencia y la realidad,
verdades que yo mismo, por desgracia, soy incapaz de comprender?
Pero probablemente esas no sean más
que especulaciones inútiles e irrelevantes que no vienen al caso.
Recuerdo haber oído en alguna parte
que los uroboros son criaturas eternas que poseen un diámetro infinito, el cual
solo parece finito cuando se encuentran plegados en su forma circular.
Si eso es cierto, entonces mi UroBoris
debe de ser apenas un diminuto segmento de un uroboros ilimitado, y otras
partes de él probablemente estén siendo cuidadas por otras personas en otros
hogares, mientras que algunas porciones de su cuerpo tal vez vivan en libertad
por todo el mundo.
Eso significaría también que mi UroBoris
debió de tener muchos dueños antes que yo y tendrá muchos más después de mí,
pasando tan solo una minúscula porción de su vida conmigo.
Si es así, quiero estar seguro de
dejar una huella especial en su memoria y de que recordará toda la bondad y el
amor incondicional que le he brindado.
Aunque no posea un uroboros
completo durante toda su existencia, seguiría sintiéndome inmensamente
agradecido y orgulloso de ser dueño de una parte infinitesimal de él durante
apenas un período infinitesimal de su vida, porque me ha enseñado muchísimo.
La lección más importante que UroBoris
me ha enseñado –pues ha tenido consecuencias cruciales en mi vida– consiste en
cómo doblar mi cuerpo exactamente del mismo modo que él dobla el suyo, de forma
que mi boca se conecte con el otro extremo de mi canal alimentario.
Al contorsionar mi cuerpo de esa
manera, mi existencia ha cambiado de forma fundamental y para mejor, porque,
igual que UroBoris, ya no necesito ingerir alimentos nuevos jamás.
¡Qué historia tan
ridícula he escrito!, pensó el uroboros con frustración mientras dejaba caer la
pluma de su boca sobre el escritorio.
Luego volvió a adoptar su habitual
posición circular, con la cola entre los dientes, y llenó su hambriento
estómago con una tibia papilla reciclada.
Debo de estar perdiendo la cabeza.
Estoy escribiendo auténtica basura, creando mundos y criaturas absurdos y sin
sentido. Ningún editor creerá ni aceptará una fantasía tan desmesurada sobre un
supuesto animal bípedo ficticio que tiene un uroboros como mascota. De eso
estoy completamente seguro.
La idea disparatada de que
nosotros, los uroboros, seres infinitos, inmortales, omniscientes y
depositarios de todas las verdades y misterios, podamos ser los juguetes de
unas criaturas finitas que ocupan apenas un punto en el espacio y existen solo
durante un instante en el tiempo...
¿Cómo podrían semejantes criaturas
primitivas poseer la inteligencia y el poder suficientes para mantener a uno de
nosotros como mascota?
¿Cómo podrían seres tan efímeros
poseer algún conocimiento o comprensión de la existencia, del mundo y de la
realidad?
Concederles cognición, intelecto e
incluso existencia está más allá de toda probabilidad.
Esos seres jamás podrían existir en
el mundo real.
Incluso dentro del contexto de una
obra de ficción resulta demasiado inverosímil y descabellado –rozando incluso
lo sacrílego– otorgarles realidad.
Para empezar, ¿qué probabilidad hay
de que puedan existir animales tan extraños, dotados de apéndices torpes y
aparatosos adheridos a sus torsos y sobresaliendo de ellos, destruyendo la
suavidad y las líneas armoniosas de sus cuerpos?
¿Criaturas incapaces de plegarse
formando el círculo perfecto y que, en cambio, pasan toda su vida adoptando una
postura perpendicular, torcida e inestable?
¿Seres que, debido a su mortalidad,
viven acosados incesantemente por la muerte y, por ello, son incapaces de
entregarse plenamente a la vida?
¿Seres que se niegan o son
incapaces de volver a comer y digerir eternamente el mismo trozo de alimento, y
que por ello están condenados a dedicar toda su existencia a buscar y luchar
por nuevas fuentes de sustento?
¿Cómo podría existir un mundo en el
que la preocupación principal y dominante de todas las criaturas vivas
consistiera en buscar comida, luchar por ella e ingerirla día tras día?
No, no puedo escribir esta
historia.
Incluso podría considerarse y
condenarse como políticamente incorrecta y ofensiva para los uroboros,
especialmente porque pongo en duda la propia realidad de nuestra existencia,
aunque solo sea dentro de un marco ficticio.
Y eso podría traerme toda clase de
problemas.
Además, ni siquiera soy capaz de
encontrar un buen final para esta historia.
Voy a descartarla por completo y
escribir, en cambio, una historia convencional sobre una mascota.
BORIS Y YO
Tengo una criatura simple y finita
como mascota.
La he llamado Boris, tanto porque
rima con mi nombre como para indicar que me pertenece y que forma parte de
mí...

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