miércoles, 26 de agosto de 2026

ASCENSO POR CONTACTOS

Nešo Popović Shonery

 

Ya estaba podrido de esperar. Habría podido irme innumerables veces, pero durante todo ese tiempo seguí aguardando la oportunidad adecuada.

No soy el único que quiere ascender; la competencia es enorme y despiadada.

Si supieran cuánto me costó llegar a mi posición actual... Ni se me ocurre echarlo todo a perder así como así. Empecé desde el escalón más bajo; prácticamente era un insecto. Me callaba, aguantaba todo, soportaba cualquier cosa y avanzaba por la escala un paso lento tras otro. Aceptaba cada vuelo que me ofrecían. Las misiones solían ser peligrosas y nunca había garantía de que regresaríamos. Muchos vuelos terminaban en destrucción incluso antes de alcanzar el objetivo. Perdimos a muchísima gente valiosa de esa manera.

Gracias a una combinación de suerte y buenos reflejos, siempre conseguía volver con vida y, cada vez, me asignaban un vuelo un poco mejor. Bueno, también hubo algunas ocasiones en las que me destaqué de verdad y logré saltarme varios escalones de la jerarquía.

Ningún esfuerzo es inútil cuando uno sabe que lo espera una gran recompensa. Y la recompensa realmente vale la pena. Quien completa todos los vuelos asciende a las esferas superiores, y allí comienza el verdadero disfrute. Se acabaron los trabajos pesados, los grandes riesgos y la vida en espacios estrechos y abarrotados; solo queda un contrato gerencial, tranquilidad y preocupaciones ligeras. En todos estos años apenas conocí a unos pocos que lograron elevarse tanto. Todos, sin excepción, eran pilotos extraordinarios. Siempre pensé que yo también pertenecía a ese grupo.

Había progresado, no digo que no, pero el avance era demasiado lento. Comprendí que todavía me harían falta quién sabe cuántos años para llegar a la cima. Y ni siquiera estaba seguro de resistir hasta el final. Para ser sincero, creo que no tengo la dedicación suficiente. Además, no dejan de llegar muchachos y muchachas más jóvenes que desean exactamente lo mismo que yo. Dentro de poco ya no podré competir con ellos y me enviarán a la jubilación o, peor todavía, a misiones insignificantes donde acabaré mis días.

Cuando comprendí eso, los siguientes pasos fueron evidentes. Primero tenía que encontrar a alguien que me ayudara a conseguir el vuelo indicado. Era importante elegir con cuidado, porque ya no tenía tiempo que perder. Si me equivocaba, el castigo sería terrible. En el mejor de los casos me devolverían a los peores vuelos del principio y tendría que empezar otra vez desde cero. Y ese sería mi final.

Encontré a un tipo que no estaba ni demasiado alto ni demasiado bajo dentro de toda la jerarquía y que estaba dispuesto a ayudarme. Lo engrasé un poco... mejor dicho, mucho... donde correspondía, y esperaba que por fin todo saliera bien.

Esperé pacientemente su llamado para ese vuelo decisivo. Rechacé oportunidades para realizar vuelos normales, con alojamiento y condiciones estándar. Empezaba a preocuparme que mi contacto no diera señales de vida, y yo ya no era precisamente joven. A veces dudaba y pensaba en abandonar, resignarme a perder el soborno y seguir como antes. Por suerte, esa indecisión desaparecía enseguida cada vez que recordaba las miserables tareas, el lento ascenso, compartir el espacio vital con cualquier clase de individuos... en resumen, el tedio. No. Esta era mi oportunidad y pensaba aferrarme a ella con todas mis fuerzas.

Ya había perdido toda esperanza y estaba convencido de que mi inversión se había echado a perder cuando llegó la llamada. Mi contacto desde el control de vuelos me dijo que al día siguiente me presentara exactamente al mediodía en la plataforma de lanzamiento.

Temblé de emoción.

Solo tenía que completar correctamente ese vuelo. Lo único que me preocupaba era llegar a tiempo; a esa hora suele haber muchísimo tráfico.

Por las dudas, programé el despertador para que sonara más temprano, alrededor de las siete, y me acosté antes de lo habitual.

Sin embargo, la emoción no me dejó dormir durante mucho tiempo. Como si todo conspirara contra mí, mi vecino de al lado, a quien no veía desde hacía bastante, regresó de un vuelo exitoso y decidió celebrarlo con varios amigos ruidosos. Golpeé la pared que nos separaba, pero él interpretó aquello como una petición de que subiera el volumen de la música. Los graves hacían vibrar mi cama. Total, él ya no tenía nada de qué preocuparse: a partir de ahora viviría en un lugar mucho mejor.

Recién después de la medianoche se tranquilizaron y pensé que por fin podría descansar.

Pero, evidentemente, estaba pidiendo demasiado. Mi vecino, por haber bebido tanto, iba al baño una y otra vez. Cada vez que tiraba de la cadena era como si me arrojara un balde de agua directamente sobre el cerebro. El sonido de sus vómitos tampoco ayudaba demasiado.

Cuando finalmente se calmó, cerca de las cuatro de la madrugada, caí en un sueño profundo.

Me despertó una luz intensa. Miré el reloj presa del pánico. Marcaba las once. Por alguna razón desconocida, el despertador no había sonado a tiempo.

Salté de la cama, me lavé la cara a toda velocidad y me vestí todavía más rápido. Me pareció ver nuevos mensajes de la torre de control, pero no tuve tiempo de leerlos; seguramente serían alguna circular sin importancia.

Me lancé al coche como un desesperado.

Entonces advertí que estaba extrañamente inclinado. Miré mejor y vi que tenía dos neumáticos desinflados. Seguro que era obra de aquel vecino que había estado de fiesta toda la noche.

No tenía tiempo para cambiarlos, así que detuve un taxi. El viaje hasta el centro de lanzamiento no me saldría precisamente barato, pero valdría cada moneda con tal de llegar a tiempo.

Me ilusioné demasiado pronto.

Delante de nosotros había un embotellamiento como nunca había visto. Parecía que el tránsito se extendía inmóvil hasta el infinito.

Me removía nervioso en el asiento. El sudor me corría por la espalda; estaba completamente empapado. Solo tenía que llegar a tiempo, completar bien el vuelo y ascender a los niveles superiores. Allí no existen los atascos, el caos ni la tecnología sucia; solo hay paz, nirvana y una temperatura agradable.

Avanzábamos centímetro a centímetro. El taxímetro seguía sumando y el tiempo pasaba inexorablemente. Aun así, todavía existía la posibilidad de llegar.

De pronto sentí un fuerte olor a quemado dentro del coche.

El taxista y yo salimos de inmediato y comprobamos que un espeso humo negro salía del capó. Mientras el conductor intentaba apagar el incendio con ayuda de otros colegas, comprendí que quizá todavía podría llegar corriendo. Después de todo, ya no estábamos tan lejos del centro de lanzamiento.

Corrí tan rápido como pude, pero unos diez minutos después me desplomé como un tronco. La falta de entrenamiento, el cansancio acumulado y el calor se combinaron para provocarme un colapso.

Lo más triste era que estaba a pocos pasos del centro de lanzamiento.

Cuando recuperé el conocimiento, vi varios rostros preocupados inclinados sobre mí.

—¿Qué hora es? —grité desesperado.

—Las doce y diez —respondió alguien.

La desesperación me invadió.

Había llegado tarde.

Ya no tenía salvación.

Quién sabe durante cuánto tiempo tendría que seguir realizando esos vuelos insignificantes. Y si además descubrían mi intento de hacer trampa, entonces sí que estaría perdido.

Después recordé que existía una pequeña posibilidad de que el vuelo hubiera sido pospuesto. A veces sucedía por cuestiones meteorológicas, retrasos o cualquier otra razón.

El tráfico ya se había despejado un poco, y uno de los presentes se ofreció a llevarme porque iba en esa misma dirección.

Llegamos al centro de lanzamiento a las doce y media.

Cuando terminé de pasar todos los controles ya eran las doce y cuarenta y cinco.

Miraba hacia todos lados intentando encontrar a mi contacto.

No lo veía por ninguna parte.

Sentí que alguien me empujaba.

—Quédate callado —susurró una voz.

Entramos en un pequeño depósito.

—¿Dónde demonios te metiste? —me preguntó nervioso—. Intenté comunicarme contigo, pero no respondías. Ese vuelo era extraordinariamente importante; incluso habían venido algunos peces gordos de arriba. Quien lo completara tenía asegurado el ascenso. Traté de retrasarlo, pero fue imposible.

Empecé a explicarle cómo parecía que el mundo entero se había conspirado contra mí y que simplemente no había logrado llegar.

Me dejé caer en el suelo, me cubrí la cabeza con las manos y rompí a llorar. Todo estaba perdido.

Una oportunidad como aquella jamás volvería a presentarse.

—Bueno —pregunté al fin—, ¿quién consiguió mi vuelo?

—Supongo que lo conoces —respondió—. Es la gran promesa. Ha cumplido casi todas las misiones con un éxito extraordinario. Ha saltado más niveles que nadie hasta ahora. Creo que pasó del escalón más bajo a la cima después de apenas seis o siete vuelos.

Enseguida comprendí de quién hablaba.

La joven estrella de los vuelos.

Uf... cuánto lo odio.

—Sin embargo, tengo una buena noticia para ti. Parece que acaba de aparecer otro vuelo de primer nivel. Debes estar listo en cinco minutos.

—¿Qué vuelo me toca? ¿Y cuál obtuvo ese afortunado?

Me tendió una carpeta con documentos.

—Aquí está todo. Tendrás tiempo de estudiarlo. Ahora no puedo explicártelo.

Me cambié de ropa y ocupé mi lugar dentro de la cápsula.

Comprobé rutinariamente todos los instrumentos.

Todo estaba en orden.

—Karma Central llama al vuelo 20041889. ¿Todo en condiciones?

—Todo en orden —respondí.

—Buena suerte. Regresa coronado por el éxito. Será una misión difícil.

—Gracias. Nos vemos.

Escuché la cuenta regresiva.

—Diez... nueve... ocho... siete... seis... cinco... cuatro... tres... dos... uno... ¡despegue!

La cápsula arrancó con una sacudida, impulsada por un líquido lechoso.

Por el momento todo iba bien. Los instrumentos funcionaban con normalidad.

Pronto llegamos a la barrera que había que atravesar para alcanzar el verdadero objetivo de la misión.

Por un instante me asusté cuando comenzaron a sonar las alarmas del panel de control. Ajusté el ángulo de penetración de la membrana. La cápsula crujió, pero conseguí atravesarla. Detuve cuidadosamente el vehículo junto a una estación circular. Activé los sistemas de mantenimiento vital y abrí la carpeta que me habían entregado en el centro de lanzamiento.

Veamos primero qué vuelo había perdido. Vuelo 16041889: Charles Chaplin, actor. ¡Bah...! Un actor. Hay actores a montones. Lo olvidarían enseguida. Con él jamás habría conseguido superar los nuevos ciclos kármicos. Veamos ahora quién me tocó.

Vuelo 200141889: Adolf Hitler, pintor...

Esto sí que promete.

Tengo nueve meses para pensar cómo mantenerlo en el camino correcto y apartarlo de los grandes pecados. Seguro que será recordado como el pintor más grande de todos los tiempos, quizá incluso superior a Leonardo.

Cuando complete con éxito esta misión y conduzca el alma de Adolf a los niveles kármicos más elevados, sin duda ascenderé a los círculos gerenciales del karma.

Nešo Popović Shonery (también conocido bajo el seudónimo N. P. Shonery) es un escritor, blogger y editor serbio. Se formó y desarrolló la mayor parte de su trayectoria cultural en su país de origen. Apasionado autodidacta y difusor de la cultura popular, combinó desde joven su faceta de lector devoto con la creación de contenidos, participando en proyectos colaborativos, relatos breves de corte humorístico y la gestión de blogs literarios. En 2020 decidió dar un giro a su vida personal y profesional al emigrar a Irlanda donde continúa con su actividad narrativa y editorial. Entre otros libros, ha publicado Drugo carstvo (2018), Univerzum u nevolji (2020) y Krvavi potpis (2021).

 

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