Nešo Popović Shonery
Ya estaba podrido
de esperar. Habría podido irme innumerables veces, pero durante todo ese tiempo
seguí aguardando la oportunidad adecuada.
No soy el único que quiere
ascender; la competencia es enorme y despiadada.
Si supieran cuánto me costó llegar
a mi posición actual... Ni se me ocurre echarlo todo a perder así como así.
Empecé desde el escalón más bajo; prácticamente era un insecto. Me callaba,
aguantaba todo, soportaba cualquier cosa y avanzaba por la escala un paso lento
tras otro. Aceptaba cada vuelo que me ofrecían. Las misiones solían ser
peligrosas y nunca había garantía de que regresaríamos. Muchos vuelos
terminaban en destrucción incluso antes de alcanzar el objetivo. Perdimos a
muchísima gente valiosa de esa manera.
Gracias a una combinación de suerte
y buenos reflejos, siempre conseguía volver con vida y, cada vez, me asignaban
un vuelo un poco mejor. Bueno, también hubo algunas ocasiones en las que me
destaqué de verdad y logré saltarme varios escalones de la jerarquía.
Ningún esfuerzo es inútil cuando
uno sabe que lo espera una gran recompensa. Y la recompensa realmente vale la
pena. Quien completa todos los vuelos asciende a las esferas superiores, y allí
comienza el verdadero disfrute. Se acabaron los trabajos pesados, los grandes
riesgos y la vida en espacios estrechos y abarrotados; solo queda un contrato
gerencial, tranquilidad y preocupaciones ligeras. En todos estos años apenas
conocí a unos pocos que lograron elevarse tanto. Todos, sin excepción, eran
pilotos extraordinarios. Siempre pensé que yo también pertenecía a ese grupo.
Había progresado, no digo que no,
pero el avance era demasiado lento. Comprendí que todavía me harían falta quién
sabe cuántos años para llegar a la cima. Y ni siquiera estaba seguro de
resistir hasta el final. Para ser sincero, creo que no tengo la dedicación
suficiente. Además, no dejan de llegar muchachos y muchachas más jóvenes que
desean exactamente lo mismo que yo. Dentro de poco ya no podré competir con
ellos y me enviarán a la jubilación o, peor todavía, a misiones insignificantes
donde acabaré mis días.
Cuando comprendí eso, los
siguientes pasos fueron evidentes. Primero tenía que encontrar a alguien que me
ayudara a conseguir el vuelo indicado. Era importante elegir con cuidado,
porque ya no tenía tiempo que perder. Si me equivocaba, el castigo sería terrible.
En el mejor de los casos me devolverían a los peores vuelos del principio y
tendría que empezar otra vez desde cero. Y ese sería mi final.
Encontré a un tipo que no estaba ni
demasiado alto ni demasiado bajo dentro de toda la jerarquía y que estaba
dispuesto a ayudarme. Lo engrasé un poco... mejor dicho, mucho... donde
correspondía, y esperaba que por fin todo saliera bien.
Esperé pacientemente su llamado
para ese vuelo decisivo. Rechacé oportunidades para realizar vuelos normales,
con alojamiento y condiciones estándar. Empezaba a preocuparme que mi contacto
no diera señales de vida, y yo ya no era precisamente joven. A veces dudaba y
pensaba en abandonar, resignarme a perder el soborno y seguir como antes. Por
suerte, esa indecisión desaparecía enseguida cada vez que recordaba las
miserables tareas, el lento ascenso, compartir el espacio vital con cualquier
clase de individuos... en resumen, el tedio. No. Esta era mi oportunidad y
pensaba aferrarme a ella con todas mis fuerzas.
Ya había perdido toda esperanza y
estaba convencido de que mi inversión se había echado a perder cuando llegó la
llamada. Mi contacto desde el control de vuelos me dijo que al día siguiente me
presentara exactamente al mediodía en la plataforma de lanzamiento.
Temblé de emoción.
Solo tenía que completar
correctamente ese vuelo. Lo único que me preocupaba era llegar a tiempo; a esa
hora suele haber muchísimo tráfico.
Por las dudas, programé el
despertador para que sonara más temprano, alrededor de las siete, y me acosté
antes de lo habitual.
Sin embargo, la emoción no me dejó
dormir durante mucho tiempo. Como si todo conspirara contra mí, mi vecino de al
lado, a quien no veía desde hacía bastante, regresó de un vuelo exitoso y
decidió celebrarlo con varios amigos ruidosos. Golpeé la pared que nos
separaba, pero él interpretó aquello como una petición de que subiera el
volumen de la música. Los graves hacían vibrar mi cama. Total, él ya no tenía
nada de qué preocuparse: a partir de ahora viviría en un lugar mucho mejor.
Recién después de la medianoche se
tranquilizaron y pensé que por fin podría descansar.
Pero, evidentemente, estaba
pidiendo demasiado. Mi vecino, por haber bebido tanto, iba al baño una y otra
vez. Cada vez que tiraba de la cadena era como si me arrojara un balde de agua
directamente sobre el cerebro. El sonido de sus vómitos tampoco ayudaba
demasiado.
Cuando finalmente se calmó, cerca
de las cuatro de la madrugada, caí en un sueño profundo.
Me despertó una luz intensa. Miré
el reloj presa del pánico. Marcaba las once. Por alguna razón desconocida, el
despertador no había sonado a tiempo.
Salté de la cama, me lavé la cara a
toda velocidad y me vestí todavía más rápido. Me pareció ver nuevos mensajes de
la torre de control, pero no tuve tiempo de leerlos; seguramente serían alguna
circular sin importancia.
Me lancé al coche como un
desesperado.
Entonces advertí que estaba
extrañamente inclinado. Miré mejor y vi que tenía dos neumáticos desinflados.
Seguro que era obra de aquel vecino que había estado de fiesta toda la noche.
No tenía tiempo para cambiarlos,
así que detuve un taxi. El viaje hasta el centro de lanzamiento no me saldría
precisamente barato, pero valdría cada moneda con tal de llegar a tiempo.
Me ilusioné demasiado pronto.
Delante de nosotros había un
embotellamiento como nunca había visto. Parecía que el tránsito se extendía
inmóvil hasta el infinito.
Me removía nervioso en el asiento.
El sudor me corría por la espalda; estaba completamente empapado. Solo tenía
que llegar a tiempo, completar bien el vuelo y ascender a los niveles
superiores. Allí no existen los atascos, el caos ni la tecnología sucia; solo
hay paz, nirvana y una temperatura agradable.
Avanzábamos centímetro a
centímetro. El taxímetro seguía sumando y el tiempo pasaba inexorablemente. Aun
así, todavía existía la posibilidad de llegar.
De pronto sentí un fuerte olor a
quemado dentro del coche.
El taxista y yo salimos de
inmediato y comprobamos que un espeso humo negro salía del capó. Mientras el
conductor intentaba apagar el incendio con ayuda de otros colegas, comprendí
que quizá todavía podría llegar corriendo. Después de todo, ya no estábamos tan
lejos del centro de lanzamiento.
Corrí tan rápido como pude, pero
unos diez minutos después me desplomé como un tronco. La falta de
entrenamiento, el cansancio acumulado y el calor se combinaron para provocarme
un colapso.
Lo más triste era que estaba a
pocos pasos del centro de lanzamiento.
Cuando recuperé el conocimiento, vi
varios rostros preocupados inclinados sobre mí.
—¿Qué hora es? —grité desesperado.
—Las doce y diez —respondió
alguien.
La desesperación me invadió.
Había llegado tarde.
Ya no tenía salvación.
Quién sabe durante cuánto tiempo
tendría que seguir realizando esos vuelos insignificantes. Y si además
descubrían mi intento de hacer trampa, entonces sí que estaría perdido.
Después recordé que existía una
pequeña posibilidad de que el vuelo hubiera sido pospuesto. A veces sucedía por
cuestiones meteorológicas, retrasos o cualquier otra razón.
El tráfico ya se había despejado un
poco, y uno de los presentes se ofreció a llevarme porque iba en esa misma
dirección.
Llegamos al centro de lanzamiento a
las doce y media.
Cuando terminé de pasar todos los
controles ya eran las doce y cuarenta y cinco.
Miraba hacia todos lados intentando
encontrar a mi contacto.
No lo veía por ninguna parte.
Sentí que alguien me empujaba.
—Quédate callado —susurró una voz.
Entramos en un pequeño depósito.
—¿Dónde demonios te metiste? —me
preguntó nervioso—. Intenté comunicarme contigo, pero no respondías. Ese vuelo
era extraordinariamente importante; incluso habían venido algunos peces gordos
de arriba. Quien lo completara tenía asegurado el ascenso. Traté de retrasarlo,
pero fue imposible.
Empecé a explicarle cómo parecía
que el mundo entero se había conspirado contra mí y que simplemente no había
logrado llegar.
Me dejé caer en el suelo, me cubrí
la cabeza con las manos y rompí a llorar. Todo estaba perdido.
Una oportunidad como aquella jamás
volvería a presentarse.
—Bueno —pregunté al fin—, ¿quién
consiguió mi vuelo?
—Supongo que lo conoces
—respondió—. Es la gran promesa. Ha cumplido casi todas las misiones con un
éxito extraordinario. Ha saltado más niveles que nadie hasta ahora. Creo que
pasó del escalón más bajo a la cima después de apenas seis o siete vuelos.
Enseguida comprendí de quién
hablaba.
La joven estrella de los vuelos.
Uf... cuánto lo odio.
—Sin embargo, tengo una buena
noticia para ti. Parece que acaba de aparecer otro vuelo de primer nivel. Debes
estar listo en cinco minutos.
—¿Qué vuelo me toca? ¿Y cuál obtuvo
ese afortunado?
Me tendió una carpeta con
documentos.
—Aquí está todo. Tendrás tiempo de
estudiarlo. Ahora no puedo explicártelo.
Me cambié de ropa y ocupé mi lugar
dentro de la cápsula.
Comprobé rutinariamente todos los
instrumentos.
Todo estaba en orden.
—Karma Central llama al vuelo
20041889. ¿Todo en condiciones?
—Todo en orden —respondí.
—Buena suerte. Regresa coronado por
el éxito. Será una misión difícil.
—Gracias. Nos vemos.
Escuché la cuenta regresiva.
—Diez... nueve... ocho... siete...
seis... cinco... cuatro... tres... dos... uno... ¡despegue!
La cápsula arrancó con una
sacudida, impulsada por un líquido lechoso.
Por el momento todo iba bien. Los
instrumentos funcionaban con normalidad.
Pronto llegamos a la barrera que
había que atravesar para alcanzar el verdadero objetivo de la misión.
Por un instante me asusté cuando
comenzaron a sonar las alarmas del panel de control. Ajusté el ángulo de
penetración de la membrana. La cápsula crujió, pero conseguí atravesarla. Detuve
cuidadosamente el vehículo junto a una estación circular. Activé los sistemas
de mantenimiento vital y abrí la carpeta que me habían entregado en el centro
de lanzamiento.
Veamos primero qué vuelo había
perdido. Vuelo 16041889: Charles Chaplin, actor. ¡Bah...! Un actor. Hay actores
a montones. Lo olvidarían enseguida. Con él jamás habría conseguido superar los
nuevos ciclos kármicos. Veamos ahora quién me tocó.
Vuelo 200141889: Adolf Hitler,
pintor...
Esto sí que promete.
Tengo nueve meses para pensar cómo
mantenerlo en el camino correcto y apartarlo de los grandes pecados. Seguro que
será recordado como el pintor más grande de todos los tiempos, quizá incluso
superior a Leonardo.
Cuando complete con éxito esta
misión y conduzca el alma de Adolf a los niveles kármicos más elevados, sin
duda ascenderé a los círculos gerenciales del karma.
Nešo Popović
Shonery (también conocido bajo el seudónimo N. P. Shonery) es un escritor, blogger
y editor serbio. Se formó y desarrolló la mayor parte de su trayectoria
cultural en su país de origen. Apasionado autodidacta y difusor de la cultura
popular, combinó desde joven su faceta de lector devoto con la creación de
contenidos, participando en proyectos colaborativos, relatos breves de corte
humorístico y la gestión de blogs literarios. En 2020 decidió dar un giro a su
vida personal y profesional al emigrar a Irlanda donde continúa con su
actividad narrativa y editorial. Entre otros libros, ha publicado Drugo
carstvo (2018), Univerzum u nevolji (2020) y Krvavi potpis
(2021).

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