Gabriel Trujillo Muñoz
En el viaje definitivo por el infinito del espacio, todo es
reciclable y el ciclo de vida humana se ha convertido casi en una parodia
infernal de su significado...
No sé quién
soy. Me veo en el espejo: el tipo que me devuelve la mirada es un completo
desconocido. Me doy golpecitos en la cabeza. Suena a hueco. Hola. ¿Hay alguien
ahí?
Me duelen los huesos. Debe ser la artritis. Apenas puede mover las
piernas. Voy paso a pasito por el pasillo de la nave. Veo las consolas de
imágenes y apenas alcanzo, con mis dedos engarrotados, a manipular los
instrumentos. La vejez me tiene jodido hasta el tuétano. Ya no sirves para
estos trotes, Varamar, ya no aguantas semejante carga de trabajo.
Despliego las antenas de largo alcance y los sonares
de tiempo fluido. Las cifras llegan sin problemas a la computadora central y se
transforman en imágenes comprensibles: la nube de Antares, que es nuestro
destino, va mostrando sus detalles poco a poco. Demasiada belleza lastima. Pero
no puedo perderme un espectáculo como éste. Enjambres de estrellas van
adquiriendo su propia individualidad. Pronto veré en las consolas los primeros
sistemas solares. No aguanto la espera.
Me levanté sin dolores en los huesos. Cada día mi condición física
mejora que da un gusto. Hoy pude correr cinco kilómetros sin perder el aliento.
En la centrífuga hice calistenia y salté dos triples saltos mortales como si
nada. Si sigo así voy a convertirme en un Mister Universo. Bueno, me conformo
con ser Mister Antares.
Veinte kilómetros diarios. Quinientas lagartijas. Hoy salí a
desempolvar un panel que no funcionaba como era debido. La computadora me
previno. Que era mucho riesgo el salir con un simple traje espacial. Que el
panel disfuncional no afectaba la misión. Como ahora es mi costumbre no le hice
caso. Peor hubiera sido otro día aburrido en la nave. Al menos el paseo puso a
prueba mis reflejos. Una de las tornilletas estuvo a punto de romper mi traje.
Lo bueno fue que lo atrapé antes de que me causara daño. Ah, la adrenalina. El
dulce sabor del peligro. Cuánto me hacía falta.
Me la pasé columpiándome en las cuerdas de protección de la
sección de lanzaderas. Luego patiné a más de 60 kilómetros de velocidad por los
túneles de viento, en la zona exterior de los reactores. Fue padre claquear por
toda la nave con las botas puestas. Me hubiera encantado que toda la clica me
contemplara hacer mis marometas. Pero estaban donde siempre están: con sus
caras sonrosadas en el almacén de criogenia. Quisiera poder hablar con alguien
de verdad. Quisiera tocar a Lina y a Suralia, hacerles el amor en gravedad
cero. Sus imágenes virtuales ya no me satisfacen. Pero desconozco la fórmula
para despertarlas. Y aunque la consiguiera, ahora ambas son unas nenas
preciosas. Las dos ya pasaron por la cabina de pilotaje. Qué joda. Nunca
coincidir con ellas. Bueno, al menos hasta que lleguemos a la nube.
Mis hermanos mayores son insoportables. Se la pasan dándome rachas
hipnóticas cada vez que quiero tocar los sistemas de sustentación y pilotaje de
la nave. Mi vigilan como si no tuviera 9 años cumplidos. Creen que voy a
meterme en sus cosas. En la consolas de imágenes sólo puedo contactar con los
holos de aprendizaje y conocimiento. Intenté pasar al nivel adulto. Nada. Todo
está bajo candado. No se vale. No.
Mis hermanas mayores me regalaron un pastel por mi cumpleaños.
Tengo cinco años. Me llamo Varamar Sen-Sato. El pastel es de chocolate. Es el
que más me gusta. Yum. Yum. Qué divertido. Ahora estoy abriendo mis regalos. Un
triciclo magnético. Regalo de Lina. Y un juego estelar. Mejor. Regalo de Alan
Parveli. Y una pipa de tabaco. Qué raro. Ya dejé eso hace como 20 años. Ha de
ser broma. Sí. Una broma. Seguro es un regalo de Suralia. A ella le gustaba
besarme. Y que yo le besara sus pechos. Bonitos regalos. Bonitos.
Me siento solo. Quiero a mamá. Quiero a papá. Quiero a mis
hermanos y hermanas. Ahora duermo. Ahora sueño.
To quielo. To-to. Da-da. Pa. Bu-bu. Aiiiiimmmmmammaa. Pu.
Piiiinng. Nabamabamababama... Nabamabamababama. Piiiinng. Pu. Aiiiiimmmmmammaa.
Bu-bu. Pa. Da-da. To-to. Toquielo.
Ahora sueño. Ahora duermo. Quiero a mis hermanas y hermanos.
Quiero a papá. Quiero a mamá. Me siento solo.
Hoy tuve clases. Diseñé una galaxia en tres dimensiones. Holo
bonito. Mis hermanas me dieron de premio una caja de psicomúsica. Hoy floté dos
horas en la cámara de juegos con mi payaso y mi nodriza. Día bueno. Mañana
cumplo 4 años.
Estoy cansado. Me atiborran de información. Quieren que me aprenda
todo. Están locos. No es para tanto. Ya sé que llevamos dos mil setecientos
ochenta y siete años de viaje. También sé que nos faltan ochocientos veintidos
años para llegar a la nube de Antares. Tiempo total de la misión tres mil
seiscientos nueve años. ¿Ven? Tengo buena memoria.
Jugar tenis con un holo puede ser divertido y frustrante. Si ya
sabes tu nivel, dejas al holo en un nivel inferior al tuyo y siempre ganas. Eso
es divertido. Pero si lo pones a un nivel superior al de tus capacidades,
siempre pierdes. Eso es frustrante. Lo mejor es ponerte al tú por tú con el
holo. Eso es difícil. Porque a veces uno gana y otras veces gana el holo. Eso
es fascinante. El no saber qué te espera. El no conocer de antemano el
resultado.
Varamar para acá. Varamar para allá. En cuanto acabas el
entrenamiento, todo es trabajo. Tengo 21 años y qué hago: trabajar y seguir
trabajando. Ahora se les ocurrió que pusiéramos a prueba todos los sistemas de
emergencia de la nave. ¿Y para qué? Esto es una farsa. Todo funciona en
automático. ¿Por qué no nos dejaron hibernar? Hubiera sido más fácil. Creo
saber la causa de que nos despierten cada tanto tiempo y nos pongan al mando de
la nave. La respuesta es simple: los holos de historia lo llaman el síndrome
Titanic o la paranoia Challenger. El hombre no confía completamente en las
máquinas. No cree más que en el error, el accidente, el desastre. Por eso nos
sacan de la cámara criogénica y nos ponen a limpiar los instrumentos,
contabilizar el oxígeno, revisar el combustible-luz. No tienen absoluta
confianza en su propia tecnología. Y ahora yo debo pagar los platos rotos de la
historia de la humanidad. ¿Qué culpa tengo? Ninguna. Pero heme aquí: dándole
lustre a las pantallas de sondeo. Perdiendo el tiempo. Creciendo y madurando y
envejeciendo para luego volver por donde he venido. Qué lata, ¿no?
Ahora me la paso viendo los holos de la vieja tierra. Qué banda de
idiotas éramos. Ahora tengo 46 años. Llevo 185 años dándole supervisión a la
nave. Creo que ya no estoy tan enojado con la misión. Ya voy comprendiendo su
importancia. Me paso más tiempo contemplando la nube de Antares que nos espera.
O revisando los sistemas de vida de la cámara criogénica. No quiero llegar solo
a nuestra meta. Seremos una docena de exploradores, seis hombres y seis
mujeres, y toda una galaxia para nosotros. Los instrumentos ya han
contabilizado diez mil sistemas solares y al menos dieciocho mil planetas.
Pronto sabremos qué cantidad de ellos son compatibles con la vida humana en
grado suficiente para ser habitados sin excesivos contratiempos. La maquinaria
terraformadora que llevamos a bordo nos evitará complicaciones innecesarias.
Todo estaba previsto cuando nos embarcamos en esta misión. Todo menos la
soledad que siento.
Me duelen los huesos. Debe ser la artritis. ¿A quién se le ocurrió
esta manera de control humano de la nave? ¿Para qué hacernos envejecer y luego
devolvemos a la infancia? ¿Para qué estas oscilaciones vitales? Los holos de
biogenética lo explican todo muy bonito. Pero experimentarlo en carne propia no
es nada agradable. Copio lo que dice el manual de vuelo: “cada viajero servirá
por trescientos años como piloto oficial de la nave. Para ello se le sacará de
la cámara criogénica cuando le toqué tomar el puesto y mientras lo sea irá
envejeciendo hasta los noventa años de vida. Al llegar a tal edad, el biogén
incorporado a su organismo hará que toda su biología regrese a sus orígenes y
vuelva a ser un infante de seis meses de edad. Al llegar a los seis meses de
edad el biogén invertirá el proceso y el crecimiento volverá a repetirse,
tantas veces como sea necesario, hasta que el viajero-piloto quede, finalmente,
como un bebé al que los servomecanismos de la propia nave colocarán, de nuevo,
en la cámara criogénica. A la vez, estos mecanismos tomarán de la misma cámara
al siguiente viajero para que ocupe el puesto vacante de piloto oficial, por lo
que siempre habrá alguien supervisando que no sucedan imprevistos que lamentar,
un tripulante disponible para cualquier contingencia o cambio de planes.
Lo que sigo sin entender es la artritis. Tal vez todo esto sea una
prueba de esfuerzo, una fase de entrenamiento para asegurar las capacidades de
nuestros cuerpos en toda edad y bajo cualquier clase de presiones. Quizás los
servomecanismos son los que nos torturan despertándonos y haciéndonos crecer y
envejecer de esta manera. La misión, entonces, no sería tanto poblar la nube de
Antares, sino demostrar simplemente que el viaje es posible, que el ser humano
resiste miles de años en el espacio en un ciclo casi infinito de reciclaje
temporal de sí mismo:
niño-joven-adulto-viejo-anciano-viejo-adulto-joven-niño-joven-adulto-viejo-anciano-viejo-adulto-joven-niño
y síguele contando. No me trago las explicaciones del manual de vuelo. Pero no puedo
hacer nada al respecto. Sólo soy un conejillo de indias y esta nave es el
laboratorio en que me encuentro aprisionado: entre estrellas que nacen y
estrellas que mueren, en medio de ninguna parte. No sé. Los holos no dicen nada
de eso. Debo tomar mis medicinas. Debo tomar las cosas con calma. Vamos,
Varamar, no sientas misericordia de ti mismo. Hay trabajo de sobra, y te falta
mucho para cumplir con todos tus deberes. Ni siquiera trescientos años son
suficientes para hacer bien la tarea.
No sé quién soy. Me veo en el espejo: el tipo que me devuelve la
mirada es un completo desconocido. Me doy golpecitos en la cabeza. Suena a
hueco. Hola. ¿Hay alguien ahí?
Gabriel
Trujillo Muñoz nació en Mexicali, Baja California, México, el 21 de julio de
1958. Es poeta, narrador y ensayista. Es profesor de tiempo completo de la
Facultad de Ciencias Humanas de la UABC-Mexicali y uno de los editores de la
Revista Universitaria de la Universidad Autónoma de Baja California. Ha
publicado más de ciento treinta libros como autor y compilador. Una apretada
síntesis permite citar, entre muchos otros, Miríada
(cuentos, 1991), Laberinto (novela,
1995), Mezquite Road (novela, 1995), Conjurados (novela, 1999), Espantapájaros (novela, 1999), Trebejos (cuentos, 2001), Mercaderes (cuentos, 2002), Aires del verano en el parabrisas (cuentos,
2009), Trenes perdidos en la niebla (novela,
2010), Moriremos como soles (novela,
2011), Pesca de altura (cuentos entrelazados, 2013), Círculo de fuego (novela, 2014), Música para difuntos (novela, 2014), Mundos
distantes (cuentos, 2014), Vecindad con el abismo (novela, 2015) y El país de las hormigas
rojas (novela, 2022).




