miércoles, 1 de mayo de 2024

BIFICCIONES (NUEVE)

 


HOGAR, DULCE HOGAR

Fernando Andrés Puga & Carmen Belzún

 

Cuando Ulises ingresó al salón, lo que hasta entonces era algarabía ensordecedora se tornó murmullo apenas perceptible. No hubo quien no corriera en busca de refugio, temiendo por su vida. Penélope se cubrió con lo primero que encontró y corrió presurosa a los robustos brazos de su hombre, intentando contener lo que parecía inevitable, pero para sorpresa de todos él, luego de un breve instante de desconcierto, lanzó una sonora carcajada, se arrancó la túnica y sin más trámite se sumó al juego. Cuando consideró que todos estaban distraídos, se escabulló hasta el patio. Sacó de entre unas matas una bolsa informe que antes había escondido con cuidado y vació su contenido en el estanque. Una mirada lánguida acompañada de un parpadeo fue todo el saludo que le dedicó la sirena antes de hundir su cola en las oscuras aguas.




LA NIEBLA

Luciano Doti & Lucila Adela Guzmán

 

Ese día presagiaba algo diferente. Ya desde el amanecer, que se había retrasado más de lo habitual en esa época del año, el sol se ocultaba tras un manto de nubes y niebla, reduciendo el campo visual a solo un par de metros delante de nuestras narices. Estábamos inmersos en una suerte de espacio atemporal y surrealista, en el cual se intuía un acontecimiento inminente. Nuestras voces retumbaban como si el aire estuviese encapsulado y un silencio devastador se apoderó del viento. Nuestros ojos delataban un miedo ancestral y colectivo. No puedo contarles más porque no existen palabras para describir lo ocurrido

¿La inclinación del eje de la tierra? ¿El agujero de la capa de ozono? ¿Explosión en cadena de todas las bombas atómicas guardadas?

Lo último que recuerdo es mirar hacia el cielo del silencio y quedar aturdido por las trompetas, los ángeles desafinaban tanto que preferí morir.




INVESTIGACIÓN ESQUIZOIDE

José Luis Velarde & Javier López

 

Retuerzo letras. Las exprimo para que suelten significados más amplios. Machaco frases enteras hasta que surgen connotaciones inimaginables. Escribo con espinas, piedras y cuanto encuentro para dejar trazos relevantes más allá del simple papel. Mi meta es renovar las palabras y crear nuevos símbolos y significados. Cuando deba destruir intentos fallidos no dudaré en reventarlos a martillazos o con un simple borrador situado en el extremo de un lápiz aguzado como aguja hipodérmica.

La decisión no está exenta de riesgos. Esa nueva forma de ver las palabras da mayor carga y sentido a mis microficciones. Pero también soy poeta, y ahora el aire del amanecer es una amenaza química, los atardeceres son sombríos y de tonalidades tenebrosas. El canto de los pájaros se ha vuelto hostil, insoportable. Las rosas solo tienen espinas. Tu sonrisa es presagio de la muerte. Y, lo peor de todo: el amor es una mierda.

 

CADÁVERES MIMOSOS

Daniel Alcoba & Carlos Enrique Saldívar

 

Los embalsamadores profesionales siempre han sido los mayores necrófilos. De viejos, suelen coleccionar novias y esposas disecadas que ocultan tras una doble pared de su alcoba, dentro de una heladera con dimensiones de ataúd refrigerado. Esta tecnología nos sitúa en el siglo XX y en la actualidad de grandes frigoríficos y de posibilidades de ocultar amantes muertas y toda clase de fetiches al socaire de los falsos tabiques de pladur; en esta época vive el más importante embalsamador necrófilo de la historia: Amador Secada, de origen argentino-peruano, que radica en Berlín. Tiene una casa enorme repleta de cadáveres. Sus familiares fallecidos (más de un centenar) descansan ahí, también una treintena de hijos adoptivos y una veintena de esposas. Sus vecinos y parientes vivos sostienen que Amador está loco. Pero los paseantes ocasionales dicen que escuchan múltiples risas desde el interior de la vivienda, como de una gran familia pasándola bonito.



 ARTE, ARTE, ARTE

Alejandro Bentivoglio & José Manuel Ortiz Soto

 

—Señor Duchamp —dijo el curador—, algo terrible ha sucedido.

—¿De qué habla? —preguntó Marcel, que estaba clavando una maceta sobre un pedazo de cemento para crear la obra perfecta.

—Alguien orinó sobre su trabajo. Creyó que era el baño.

—¿Está seguro que no era un happening? ¿Una reacción de un intelectual ante el impacto del ready made?

—No, me parece que se había tomado unas cervezas de más.

Marcel Duchamp continuó clavando la maceta. A cada golpe pensaba en la infinidad de caminos que pueden conducir al arte. Caminos que, no lo dudaba, podrían terminar en laberinto. El detalle estriba, se decía, en la capacidad de diferenciar un orinal de un ready made, sin que importe cuántas cervezas hayas bebido.

Esa misma noche, el velador hizo de la maceta un cenicero y un gato negro cagó en ella. La crítica especializada consideraría más tarde aquellos detalles sublimes y significativos.




 



 EL PERRO DE ARNALDO

Rolando José di Lorenzo & Patricio G. Bazán

 

El perro miraba todo lo que hacía el viejo Arnaldo, seguía sus pasos como podía, porque los dos eran antiquísimos, nadie imaginaba cual era más viejo. Parecía que el viejo estaba cumpliendo una misión y no de los últimos tiempos, eso le venía de lejos, aunque nadie sabía de dónde ni qué era. Solo el perro parecía saberlo, pero no decía nada, o no le entendían. Josito, un niño que vivía en la casa de al lado, era el único que parecía entender al perro, de tanto jugar con él, o tal vez por las condiciones especiales que el niño tenía. Una tarde, a pedido de su padre, se sentó en la vereda e interrogó al perro:

—¿Qué hacen ustedes dos?

El perro lo miró a los ojos antes de contestar.

—El viejo purga sus penas, aunque le quedan pocas.

Josito entendió —en ese idioma que solo emplean los puros— que Arnaldo debía enmendarse antes de partir.

—¿Y vos?

—Lo cuido, para eso vinimos a este mundo. Vos y yo.

Josito asintió. Lo mismo pensaba de su padre: todo el día con la botella, repitiendo: “¿por qué a mí?”.

—Los seres como nosotros tampoco duramos mucho, así que volvé con tu padre y abrazalo fuerte. ¿Entendiste?

Desde entonces, Josito cuidó a su papá, apartándole la ginebra y mirándolo con ojos de perro, hasta que dejó de beber y lo aceptó como hijo.

Quiso contárselo al perro, pero este había desaparecido cuando murió Arnaldo.

 



EL PRESO

María Jesús Valenzuela & Ada Inés Lerner

 

De un empujón entró a la celda. Lo recibieron las risotadas burlonas de los compañeros que gritaban barbaridades. Cerró los ojos y se tapó los oídos. Recibió puntapiés por todo el cuerpo y adolorido quedó allí tirado. Su conciencia empezó a rebobinar. ¿Cómo había llegado a ese infierno de demonios hacinados?, se preguntó

—¿Quién es ese chico? ¿De dónde lo conoces? —preguntaba la madre.

—¡Basta mamá! ¡Dejame crecer! —Había respondido exaltado. Si hubiera dudado al menos. Agustín era su ídolo y estaba dispuesto a jugarse por él, como aquella vez que le había dicho que llevara la mochila con ropa a su hermano que se iba al sur ese mismo día. —Y él, confiado, había obedecido.

En la bolsa había casi un kilo de coca. Lo paró la poli. Ahí estaba ahora preso y acusado de dealer, vendedor, y unas cuantas más que ni entendió. Los otros eran como él, pobres, víctimas de su miseria, ladrones de gallinas; todos contaban la misma historia con diferencias de detalle, diferencias insignificantes.

—Mi vieja cocina la pasta y el patrón me dio laburo —decían unos.

—Un amigo me traicionó —dijo él.

—Trabajito fácil por unos mangos, sin fierro —dijeron otros Los buenos laburos no eran para ellos, que habían largado la escuela demasiado rápido. No todos eran del pueblo y eso hacía la diferencia. Se agrupaban según el lugar donde habían nacido y claro, las villas de pertenencia y con qué se daban, esa mierda en la que iban dejando la vida.

—Mañana salís, pibe, sos menor y tu patrón… tu patrón te va a sacar —le aclaró un veterano imberbe.

Tenía razón la vieja, después de todo, y ya estaba fichado.




LAPA

Víctor Lowenstein & Lu Evans

 

De pie sobre la plataforma petrolífera y con las manos embutidas en los bolsillos de su impermeable, el ingeniero en jefe Belinsky supervisaba las tareas de la torre de perforación, a pocos metros de distancia. A su lado, el cadete Parsons era testigo de los desvelos de su superior.

—Solo Dios sabrá por qué nos mandan a un mar tan remoto para perforar un lecho marino que no da indicios de albergar yacimiento alguno, Parsons. Hace semanas que taladramos el fondo, a casi mil metros de profundidad; quién sabe que encontremos allí debajo.

—Son profundidades abismales —acotó el cadete.

—Abisales, Parsons. No conoces mucho de oceanografía.

En ese momento emergía la barrena rotatoria, arrastrando en su ascenso carradas de barro y roca partida. Sobre su superficie había quedado adherida una sustancia extraña, de color blanco y del tamaño de una lapa. Probablemente un molusco.

Sobrepasando la franja de seguridad, el cadete se aventuró hasta la torre y palpó con los dedos la piel de la pequeña criatura, que notó palpitante.

—¡Parsons, regrese inmediatamente! —bramó Belinsky. El cadete obedeció y volvió a su lado debiendo soportar una reprimenda—. ¡Pudiste sufrir un accidente en las bombas de succión! Tocaste un espécimen desconocido, que bien podría ser venenoso. Desinféctate las manos y vete. No quiero verte por varias horas.

Humillado, Parsons fue al “búnker” dormitorio compartido por la tripulación, y se arrojó vestido sobre su litera sin haberse lavado las manos siquiera. Cayó en un sueño ligero…

A menos de una hora lo despertó un hormigueo en su mano izquierda, aquella con la que había palpado esa cosa. Le restó importancia. A las dos horas el hormigueo se había vuelto comezón, y poco después era un principio de parálisis a lo largo del brazo. Parsons intentó levantarse, pero su visión se oscureció, poniéndole tan nervioso que su corazón se aceleró. Un mareo se apoderó de él y se desplomó sobre la cama, con la respiración entrecortada, gimiendo.

—Parsons, idiota. Queremos dormir. ¿Qué demonios haces en esa cama? Búscate un sitio más discreto —dijo el cadete que ocupaba la litera de arriba.

Y otro, desde la cama de al lado, se rió, sin volverse siquiera.

—Todos echamos de menos a nuestras novias, Parsons, pero no despertamos a los demás en mitad de la noche. ¡A dormir, hombre!

Parsons incluso quiso pedir ayuda, pero se le atascó la voz en la garganta. De hecho, era como si ya no tuviera voz. Intentó levantar el brazo herido para llamar la atención de su colega, pero se dio cuenta de que seguía paralizado. En realidad, no se trataba tanto de parálisis como de debilidad, de falta de movimientos. Era como si no hubiera huesos dentro de la carne. La única solución era utilizar el otro brazo. Sin embargo, para su desgracia, su brazo derecho tampoco obedecía las órdenes de su cerebro.

¡Mis piernas! Intentó usar la parte inferior de su cuerpo, sacudir las piernas, pero todo estaba tan flácido como sus brazos. ¿Qué me está pasando?, se preguntó, presa del pánico. Fue la lapa que toqué. ¿Qué otra cosa podría ser? Belinsky tenía razón. El bicho debe tener algún tipo de toxina que me está afectando. ¿Podría ser que los efectos fueran temporales? Prestó atención y se dio cuenta de que lo único que podía hacer era respirar y pensar. Todo lo demás estaba comprometido. No podía hablar, ver, ni moverse. Sus síntomas no hacían más que empeorar, ya que ni siquiera sentía que tuviera cuerpo. Era imposible podía pedir ayuda a los demás.

Deseó seguir durmiendo. Si la situación no era más que un sueño, se despertaría y se reiría a carcajadas. Intentó concentrarse en despertar del supuesto sueño. Esto solía funcionar cuando era pequeño y tenía una pesadilla, y sabía que también funcionaba con otras personas. Hizo un gran esfuerzo por despertarse, pero finalmente se vio obligado a rendirse a la evidencia. Lo que le estaba ocurriendo era la realidad.

Quería llorar. Ni siquiera pudo hacerlo. Su frustración no era rival para su miedo, un miedo brutal a que le ocurriera algo terrible.

A su alrededor, sus compañeros dormían y roncaban.

Él también quería dormir. No tenía sentido seguir despierto, sufriendo. Si iba a morir, prefería que fuera estando inconsciente y, a decir verdad, se sentía mentalmente agotado.

Entonces intentó calmar sus nervios agitados, buscando en su memoria momentos agradables de la infancia con su familia y sus amigos del barrio y del colegio. Su respiración, antes irregular, empezó a ralentizarse.

Pocos minutos después, cayó en un profundo sueño, que en cualquier otra ocasión habría sido muy reparador.

Al día siguiente, a Belinsky le pareció extraña la ausencia del cadete. De hecho, se dio cuenta de que todos los hombres que compartían dormitorio con Parsons no habían aparecido. Entonces tuvo un mal presentimiento y corrió al dormitorio. Cuando abrió la puerta, fue abrazado y aplastado por un tentáculo blanco y viscoso.




 CELESTE Y EL MONSTRUO

Claudia Lonfat & Juan Pablo Goñi Capurro

 

La niña insistió. Los deditos aferrados a mi mano me forzaron a echar un nuevo vistazo.  Decrepitud y abandono, en cantidad; monstruos, ninguno, a menos que contáramos las ratas que debían cobijarse en el yuyal. La maleza ocultaba en parte el cerco de maderas heridas por la intemperie; cerraba por tres lados el terreno, dejando libre el frente ante el cual estábamos. A modo de un relator, mencioné en alta voz las cosas que veía; ella me interrumpió.

—¡Ahí, ahí! —gritó, apuntando al centro del erial.

Según ella, el monstruo era un animal grande, oscuro y peludo; afirmó que estaba tendido, durmiendo, en el medio del terreno. Impotente, cometí el error de subir el tono de voz; hombre poco habituado a los niños, me comporté como si discutiera con un adulto empecinado en sostener un error grosero.

—¡No hay ningún monstruo!

—¿Por qué no vas hasta ahí? Total, no hay nada —me desafió. No tenía opciones tratándose de Celeste.

Además de la maleza seca por las continuas sequías, y de vehículos abandonados cubiertos de óxido, se veían algunos montículos indescifrables. Me fui aproximando con la mano en la frente, como para protegerme del sol y poder ver bien de lejos, fingiendo cautela para crear un clima más interesante para Celeste, que esperaba un poco de aventura. Cuando estaba a unos metros, me di cuenta que uno de los montículos no era solo un montón de objetos en desuso y plantas secas; un olor a podrido empezó a invadir mis fosas nasales hasta provocarme arcadas.

—¡La puta madre! ¿Qué es esa apestosidad? —dije asqueado

—Es el monstruo que está morido —contestó Celeste, corriendo hasta donde yo estaba.

—¡Stop niña! Además, no se dice morido, se dice muerto… te quedás ahí, ni un solo paso más, voy a tener que decirle a tu madre que controle lo que ves por TV.

Mi sobrina obedeció. Se puso en puntas de pie, como si con ello lograra una mejor perspectiva. Pocas ganas tenía de ir junto a la fuente de tamaña pestilencia; apreté mi nariz, aparté con cuidado unas pajas de hojas filosas y di tres pasos lentos. Entonces, la mole se sacudió. Retrocedí, por instinto, y sentí la aguda voz de Celeste.

—¡Te lo dije, es un monstruo!

La cosa no cambió de postura, me resultaba imposible ver si tenía cabeza o patas. Prestando más atención, advertí que se inflaba y desinflaba; deduje que era la respiración. La conclusión no me tranquilizó; esa cosa estaba viva. Tomé la mano de Celeste y, pese a sus protestas, la conduje conmigo a la vereda.  La niña hizo un berrinche, dio patadas y simuló llorar. La dejé, estaba pensando a quién llamar para que vinieran a comprobar qué sucedía; la opción más lógica era la policía, pero temí que se rieran de mí si terminaba siendo algún animal pacífico. Aprovechando mi concentración, la pequeña se introdujo en el erial.

Había llegado a llamar a la policía y hacerles un relato muy breve de la situación, cuando la vi aproximarse a la bestia. No quise gritar por temor a la reacción de ambas, así es que me fui arrimando en silencio. La manito de Celeste se acercaba al bulto palpitante y un sinfín de situaciones pasaron ante mis azorados ojos, y en todas, la bestia se comía a la niña. Fueron apenas segundos que sentí horas. Pensé en mi hermana preparando el almuerzo, esperando que volviéramos de la exploración con Celeste, y yo regresando solo.

—¡Tío! —exclamó Celeste, sonriente —. Mirá, dale, vení rápido, también hay un mostrito y no están moridos… ufff… digo mu-er-tos —completó, entusiasmada.

—No toques nada que ya llego —le dije con cierto alivio.

Al rato llegó la policía y una camioneta de zoonosis.

Para Celeste seguirá siendo un mostro y su mostrito, y yo seguiré alimentando esa fantasía en cada reunión familiar, cuando recordemos nuestra aventura de exploradores.

Nunca contaré que, el monstruo, era una jabalina salvaje con su jabato, y que el olor a podrido no provenía de ella, sino de un gato salvaje que, aparentemente, la madre había matado defendiendo a su cría. Eso se pudo deducir de las heridas infectadas, de allí que la jabalina estuviera tirada y con mucha fiebre. Según lo que me transmitieron de zoonosis, ambas ya estaban en perfecto estado y serían trasladadas a un lugar seguro.

—Tío, ¿sabés dónde están la mostra y el mostrito? —preguntó la pequeña en la cena de Nochebuena, haciendo un pucherito.

—En la cueva, Celeste… en la cueva.



 IDONEIDAD 

EN RECURSOS HUMANOS

Sebastián Fontanarrosa & Oscar De Los Ríos

 

El lungo recibió el currículo. Después de leerlo lo hizo un bollo y logró encestarlo en la papelera, ubicada en la otra punta de la oficina.

—Un fenómeno, ¿no? —le pregunté.

—Yo, de pibe, la rompía jugando al básquet. Lástima que mis viejos me metieron en esta empresa de mierda.

—No sabía que jugabas al básquet, es más no sé nada de tu vida. Siempre estás metido en tu laburo y ni siquiera levantás la vista de la computadora.

—Vengo con tanta bronca a trabajar, que prefiero no relacionarme con nadie; pero ya no me queda mucho tiempo aquí, lo tengo decidido.

Lo miré extrañado, sin saber que contestar. Hacía diez años que trabajaba en el departamento de cobranzas y el lungo ni siquiera me dirigía el saludo. Y entonces, de la nada, me dijo que iba a dejar la empresa. Seguro que me estaba agarrando para la joda. Ya me iba, cuando me hizo un gesto para que me acercara.

—¿Querés saber por qué soy incomunicativo, de cutis aporcelanado y con un corte de pelo perfecto? —Su cara exhibió una dualidad expresiva desconcertante—. Dentro de este estuche hay un pibe alegre que juega al básquet y disfruta la vida; también está el que proyectaron mis viejos, serio y cabizbajo, que se esconde para pasar desapercibido.

—Claro: los padres, la escuela y la sociedad nos van cambiando. Nos moldean a su antojo, somos arcilla en sus manos. Por suerte llega la adolescencia y la rebelión; pero no te preocupes, nunca es tarde para cambiar.

—Ya veo que no entendés nada. No sé por qué sigo hablando con vos. No importa, escuchame bien: recién, cuando me viste encestar, tus palabras sonaron como un conjuro, pude aflorar entre los dos, y me voy a quedar. Esto se termina esta noche.

—¡Qué decís, Fabio?  ¿Qué vas a hacer? ―lo llamé por su nombre para demostrar mayor empatía.

Sin esperar respuesta me acerqué despacio.

—Relajate —le dije.

 Cuando vi su perfil enjuto y afilado, practicando una sonrisita, extendí la trincheta que siempre llevaba en el bolsillo. Cara a cara apoyé una mano en su hombro. Con la otra mano espanté de derecha a izquierda y viceversa una maldita mosca que rondaba a la altura de su pronunciado cuello.

—Ayudame... —dijo con voz adolorida. Tal vez algo estaba sucediendo con su garganta.  Luego ladeó la cabeza quedándose como dormido.

Al instante la oficina quedó en penumbras. Prendí el celular para alumbrarme, descolgué mi mochila de la silla y comencé a correr. Había una línea de luz bajo la puerta, pero estaba cerrada. Dando gritos y patadas tampoco logré abrirla. Escuchaba el picar de una pelota de básquet aproximándose. Volví sobre mis pasos y lo increpé al lungo.

―De una forma u otra vendrás conmigo. 

Nunca pensé que de golpe la realidad se transformaría en un laberinto inexplicable, adonde había entrado, pero no podía salir. El ruido de la pelota me perseguía, y yo corría cada vez más rápido. Pude abrir una ventana y bajé por la escalera de incendio hacia la planta baja, con la esperanza, una vez en la calle, de poder escapar entre tanta gente que salía de las oficinas a almorzar. Parecía que de golpe todos a mí alrededor perdían sus rostros, y sus brazos se transformaban en tentáculos. Todo me era hostil. Cuanto más corría más cerca escuchaba el tac, tac de la pelota. Y la cara del lungo se desdoblaba. De golpe eran dos, tres, cuatro en uno. Ya no lo soportaba, si seguía así me arrojaría debajo de un auto; me detuve y, asombrado, me encontré frente a la puerta de la empresa. Miré a un lado y a otro, solo veía el rostro del lungo acercándose cada vez más. Debía huir a como diera lugar y el único refugio era el edificio que había dejado. Entré y no había nadie, la luz tampoco había regresado, sin mucha convicción intenté ganar la terraza, pero los ascensores no funcionaban. Entré en pánico y comencé a subir por las escaleras, de pronto la batería del celular se agotó y quedé a oscuras. Tanteando las paredes encontré una puerta y la abrí. Se hizo el silencio. Lo sentí como una bofetada en la cara. Hice veinticinco pasos y me detuve. De repente las luces se encendieron y me encontré en el gimnasio de la empresa, en medio de la cancha de básquet en la cual había un empleado de limpieza festejando la vuelta del suministro eléctrico, para después huir aterrorizado por mí presencia. Mi ropa estaba ensangrentada. Libré un suspiro al comprobar que la sangre no era mía.  Abrí la mochila… Avancé hasta el área, medí, arrojé, pero no encesté. Levanté la cabeza... la del lungo, la de Fabio, por los pelos, y la puse frente a mi cara.

  —¡¿Entonces?! —le pregunté llorando—. ¡¿Por qué está pasándome todo esto, Fabio?! ¡Contestame, mirame cuando te hablo!

La cabeza del lungo se sacudió entre mis manos, abrió los ojos… y escuché su voz.

 “Media hora antes, te confesé mi problema, pero vos corroído por una envidia de años, encendido por tú espíritu demencial ultra competitivo, no toleraste que tuviera dos personalidades; a diferencia de la tuya, programada solo para cumplir y mantener los 365 días del año esa intachable idoneidad en recursos humanos”.


 

GASTON, SOFÍA, JULIA Y UNO MÁS

Alejandro Aguirre & Guillermo Corte

 

Gastón aumentaba cada vez más la velocidad de la cinta, procurando olvidar el mensaje que había recibido unos minutos antes. Se había prometido a sí mismo que aquel encuentro con Julia había sido el último; sin embargo, no podía quitársela de la cabeza.

De pronto, su móvil volvió a vibrar:

 

JULY32_18:22

¿Pasa algo? No me respondés...

Estoy pensando en vos.

 

Gastón se mordió los labios. Una épica batalla se desarrollaba en su interior: por un lado, la culpa de haber traicionado a Sofía le carcomía el corazón; y, por el otro, los recuerdos de aquellas noches de pasión irrefrenable le causaban un poderoso vértigo en el estómago. La química con Julia había sido tal, que revivir cada recuerdo le generaba una especie de goce tardío que se multiplicaba infinitamente, haciendo que sus pensamientos sobre la muchacha se tornasen recurrentes.

Entreverado en sus dudas, súbitamente, recordó el consejo de Mateo:

—Salí un par de veces, pero después córtala... si seguís, vas a arruinar lo de Sofí.

La última visita había sido la cuarta, sobrepasando el límite establecido por la filosofía de su amigo. Su razón dominó por unos breves instantes:

 

YO_18:33

No puedo, charlamos la otra semana.

 

JULY32_18:34

Buaaaa. ¡Estoy llorando!

 

Parecía que Julia no iba a ponérselo fácil, a pesar de que sabía perfectamente acerca de la relación que mantenía con Sofía:

 

JULY32_18:38

Pensando en vos...

 

Junto con el mensaje, contempló una foto. No se veía su rosto, pero se trataba claramente del cuerpo de su amante, bañándose, con la espuma cubriendo parcialmente su físico, dejando ver únicamente sus pechos. El joven respiró hondo. Intentó, en vano, distraerse con el partido de fútbol que podía verse en el televisor del gimnasio. Luego, otro más:

 

JULY32_18:42

Hoy quiero ver las estrellas...

 

En este caso, era una selfie Julia en la cama, con un sugerente body. La imagen tenía un filtro blanco y negro, que impedía identificar fácilmente a la muchacha. Pero Gastón no tenía dudas: conocía perfectamente esa mueca característica. La última vez que la había visto estaba haciéndole el amor. Recordó su rostro, su cabello rubio, sus grandes ojos y su boca perfecta. Revivió el encantador orgasmo de ella y también sus palabras posteriores:

—Wow, esto sí que es acabar.

Embobado por su propio recuerdo, pisó en falso y casi es arrastrado por la cinta, que se movía ya a toda velocidad.

Recibió entonces un nuevo mensaje, pero esta vez de Sofía:

 

AMOR_18:57

¿Hoy pizza? Tengo antojo...

¿Podemos abrir el vinito que guardas?

La vida es hoy, ¿no es verdad, bebé?

 

El remordimiento recorrió todo su cuerpo fue como un vendaval pesado y oscuro. Desde que había conocido a Julia no había sido sino una fábrica de falsedades, elaboradas cuidadosamente. Se sentía sucio, hipócrita.

 

YO _ 18: 59

Hola amor, lo que quieras.

 

Desperdiciar un Chañar Punco 2015 en comida chatarra era casi un sacrilegio, pero la culpa le impedía negarse.

 

AMOR_ 19:01

Eres un amor. Te espero, no te demores. 

 

YO_19:02

En un rato voy para allá.

 

Gastón dejó el aparato y se dirigió al vestuario. Se desvistió para bañarse. El agua fría aclaró sus pensamientos: toda la situación se estaba saliendo de control, debía reunirse con Julia y terminar todo cuanto antes. Concluyó que había tenido suerte: Sofía no sospechaba nada, a pesar de ser muy inteligente y haber sufrido numerosos desengaños amorosos en el pasado.

Mantuvo la cara un buen rato bajo de la ducha, intentando domar las malévolas y excitantes imágenes que cada tanto aparecían ante su conciencia sin pedir permiso. La doma incluía una serie de insultos proferidos hacia sí mismo: evidentemente su superyó, forjado en el seno de una familia ultraconservadora, tenía cuentas pendientes con sus conductas libertinas.

El maltrato hacia sí mismo se vio forzado a cesar cuando notó que otro sujeto, enorme y musculoso, lo observaba con cara de pocos amigos.

—¿Qué mirás? —le dijo Gastón, desafiante. No tuvo respuesta.

Mientras se secaba, el móvil vibró de nuevo. «Tengo que cortar esto ya», pensó.

 

JULY32_ 19: 12

Estoy muerta por vos.

 

La foto estaba borrosa, la señal en el vestuario era mala y no se había cargado la imagen. Presionó con su dedo húmedo una y otra vez hasta que finalmente se descargó. Lo que vio lo perturbó hasta el último de sus huesos: el cuerpo de Julia, pálida, con una soga alrededor de su cuello.

Comenzaron a temblarle las piernas. Al advertir esto, el otro sujeto se acercó hacia él.

—Estoy bien, estoy bien —ensayó Gastón, lo mejor que pudo.

—No, no estás bien —dijo el grandote.

Luego, tomó su móvil e inició una videollamada, mientras lo colocaba, prolijamente sobre el banco, en forma vertical.

—No, no hace falta que llames a emergencias, estoy bien.

De pronto, contempló atónito cómo la imagen de Sofía aparecía en el móvil del sujeto.

—¡Hola Bebé! Muy rico el vinito... justo para celebrar esta ocasión especial —dijo ella, con tono irónico.

Asombrado y espantado, intentó salir de ahí. Pero era muy tarde: la soga se contrajo alrededor de su cuello con una fuerza tremenda, insuperable. Instintivamente, intentó tomarla, mientras su cuerpo se sacudía caóticamente. El espanto que sintió no tuvo límites.

Antes de quedar inconsciente, alcanzó a escuchar a Sofía, que observaba impasible su agonía:

—Listo, ya lo vi, gracias. Proceda.

Y tras recibir la orden, el sicario apretó la cuerda con todas sus fuerzas.



LA CUEVA

Chelo Torres & Gastón Caglia

 

Llevaban varias horas caminando bajo un sol abrasador para poder acceder a la entrada de aquella cueva. Un agujero en la roca dejaba pasar un rayo de luz hasta el fondo, donde se vislumbraba un pequeño altar tallado en la piedra.

La misión consistía en averiguar todo lo que estuviese al alcance de los especialistas sobre aquel hallazgo: en qué época había sido construido, quiénes fueron los posibles usuarios y con qué finalidad se realizó.

Se observaba un banco de piedra que podía ser utilizado para sentarse o como altar y un hueco de medio metro a la altura de la vista. Hasta ahí todo bastante normal. Ya lo habían estudiado en otras cuevas. Lo sorprendente de aquella era el material que rodeaba al hueco de la pared. Les habían dicho que tras los análisis realizados no respondía a ningún mineral conocido hasta el momento, por eso los habían llamado.

—Saca la cámara, Carmen —le propuso Luis a su compañera—, empezaremos con las fotos antes de que el rayo desaparezca.

—Espero que tarde un rato —contestó Carmen—, tengo que desempaquetar el equipo, ya sabes que me gusta llevarlo bien protegido.

—¿Has traído el objetivo para macro? Fíjate en estas señales, parecen símbolos, pero apenas se aprecian a simple vista.

—Déjame ver. Tienes razón. Son muy pequeños pero parecen tallados adrede. No te preocupes, llevo todos los objetivos. Sabes que soy previsora con este tema.

Luis está convencido que el material era extraterrestre, como casi todas las cosas que no tienen explicación racional. Carmen, que durante el trayecto a la cueva manifestó que estaba plenamente convencida de que aquello era un bluf, una broma pesada de algún antropólogo resentido, al cabo de unos minutos comenzó a tomar fotos desde distintos ángulos, alturas y distancias. Eran imágenes de rutina, semejantes a las que se toman en otros lugares.

Luis, ocioso mientras Carmen disparaba sin dejar descansar el flash un solo segundo, recorrió el recinto a espaldas de ella para no interponerse y aparecer en las imágenes. Uno de los símbolos, un asterisco o quizás una estrella, lo atrajo con fuerza, como si ese diminuto objeto tallado en la piedra hiciera conexión con él. Sin pensarlo dos veces, y contra lo que dicta el protocolo de actuación, se retiró el guante y acercó sus finos y delicados dedos hacia la estrella. Ya no cabía duda en él: era una estrella, tosca o desgastada por el paso del tiempo, pero una estrella al fin. La tocó y, como si estuviese en un trance, los minúsculos símbolos aledaños a la representación de la estrella comenzaron a generar pequeñas descargas eléctricas, a interconectarse. Pese a ello, a ese insistente cosquilleo, no pudo retirar la mano, algo más fuerte que él se lo impedía. El lugar comenzó a dar vueltas, pero todo ocurría dentro de Luis, pues este podía observar a Carmen que, estática, estaba impresionada con una sección del altar. El flash de su máquina parecía haber quedado trabado, ya que el fogonazo quedó suspendido en el aire, negándose a desaparecer. Un instante de silencio y luz le permitió percatarse de que el tiempo se había detenido.

Luis se sintió moviéndose por el espacio. Pudo ver estrellas, planetas, materia y polvo estelar, y todo le pareció maravilloso.

Empero lo que más le impresionó fue descubrir otras civilizaciones, habitantes de planetas lejanos, y por lo que parecía, todos aquellos que vio convivían en perpetua paz, a diferencia de lo que ocurría con los seres humanos. Sintió una profunda tristeza y una voz en su cabeza le comunicó una dura sentencia: “Los humanos son muy violentos y, como has visto, las otras civilizaciones viven en paz, sin guerras, por lo tanto debemos protegerlos. Serás el guardián de la cueva, no debes dejar que este secreto se conozca…”

Luego todo fue oscuridad mientras a su alrededor las cosas volvían a la normalidad. Luis quedó bloqueado, con la boca abierta y el mensaje dando vueltas en su cabeza; no alcanzaba a comprender por completo la dimensión de lo transmitido.

—Luis, ¿estás bien? —dijo inquieta Carmen—. ¿Por qué tienes esa cara?

Su compañero se recompuso al instante y sonrió. Habían estado un par de horas en esa cueva, lapso durante el cual su mente había vagado fuera de las profundidades de la roca. Ese tiempo le pareció una eternidad pero también un instante.

—Estoy bien, recoge tus cosas y vámonos, en este lugar no hay nada de importancia, sellemos la entrada. —Y dándole la espalda a su compañera comenzó a desandar el camino de regreso.



MALOS DISFRACES

Joyce Barker Bucat & Sergio Gaut vel Hartman

 

Se les había hecho tarde entre pequeñas discusiones y malentendidos, pero ya estaban en camino al recital por la avenida, que ese día y a esa hora, estaba casi vacía. Caminando en contra venía una mujer madura, de pelo rojo, crespo y corto; y una mirada inusual: era turnia. La mujer fijó sus ojos en ella; y ella, por curiosidad, no quitó la vista. Siguieron mirándose a medida que se acercaban, y pronto llegó el momento de cruzarse en el camino. La mujer, al pasar, se dio vuelta; y ella también. Quedaron de frente, pero dando la espalda a sus respectivos trayectos.

—¡Tú, esa pelota! —dijo la mujer, sin quitarle la vista y apuntando algo arriba de su cabeza. Luego levantó el puño y exclamó—: ¡Venceremos! —Dio media vuelta y se fue con paso lento.

La pareja, que no se hablaba desde el almuerzo, siguió caminando.

—¿Te fijaste en lo que me dijo esa loca?

—¿Quién?

—¡La mujer turnia! ¡Hasta giramos mirándonos!

—Bueno, vi a una persona caminando en contra, ¿Te diste vuelta para mirarla? Qué estupidez. No escuché ni vi nada. ¿Nos apuramos? Estamos sobre la hora del recital.

No hablaron más y continuaron la marcha; sus amigos los esperaban con las entradas.

Acostado en la vereda y apoyado contra un muro dormía un mendigo que, al verlos pasar, olvidó su letargo y levantó la cabeza. Los observó: primero a ella, a quien miró ligeramente para luego detenerse en él. Fue ahí donde su cara de alcohólico destruido cambió a la de un hombre furioso y violento en cosa de segundos.

—¡Tú, asqueroso! —exclamó apuntando con el dedo y sin levantarse de la vereda—. ¡Fuera! ¡Fuera de aquí! —concluyó escupiéndolo.

La pareja se alejó rápidamente.

—¿Qué fue eso? —dijo el hombre.

—Están todos locos —insistió la mujer—. ¿Qué les hicimos para que nos agredan así?

—¿Acaso…? —El hombre se arrepintió de haber iniciado la frase con esa palabra.

—¡No es posible! —replicó ella—. Nuestro disfraz es perfecto.

Alcanzaron la posición en la que los esperaban los tres amigos con las entradas en la mano.

—¿Por qué demoraron tanto? —preguntó uno de ellos, la mujer, que había tomado el nombre de Narda.

—Una turnia, me miró y me insultó. No es posible que se haya dado cuenta —insistió Geneva, repitiéndose.

—Pero, ¿y el mendigo que me agredió y escupió? —El hombre, Lokix, buscó la mirada de los amigos en busca de aprobación.

—¿Los insultaron? —Una turbulenta perplejidad empezó a crecer en el grupo.

—La turnia levantó el puño y exclamó: “¡Venceremos!”.

—Tenemos que analizar esto con detenimiento y en profundidad —dijo Narda—. Tal vez nuestros disfraces no son absolutamente efectivos. Es posible que el estrabismo permita una mirada de soslayo que detecta las incongruencias de nuestras máscaras.

—Y una dosis desmedida de alcohol —agregó Kalender, otro de los del grupo—, puede ser también efectiva para revelar fallas que nosotros no somos capaces de descubrir.

—Tendremos que informar esto —concluyó Fuzzal, el jefe del comando de los invasores ju’iz—. No podemos correr el riesgo de que los gobiernos de la Tierra activen las defensas antes de tiempo.

—El recital puede esperar. —Narda rompió las entradas en cientos de minúsculos fragmentos y las dejó caer como una lluvia de maliciosas estrellas.


Los autores: Ada Inés Lerner (Argentina), Alejandro Aguirre (Argentina), Alejandro Bentivoglio (Argentina), Carlos Enrique Saldívar (Perú), Carmen Belzún (Argentina), Chelo Torres (España), Claudia Isabel Lonfat (Argentina), Daniel Alcoba (Argentina/España), Fernando Andrés Puga (Argentina), Gastón Caglia (Argentina), Guillermo Corte (Argentina), Javier López  (España), José Luis Velarde (México), José Manuel Ortiz Soto (México), Joyce Barker Bucat (Chile), Juan Pablo Goñi Capurro (Argentina), Lu Evans (Brasil), Luciano Doti (Argentina), Lucila Adela Guzmán (Argentina), María Jesús Valenzuela (Argentina), Oscar De Los Ríos (Argentina), Patricio G. Bazán (Argentina), Rolando José di Lorenzo (Argentina), Sebastián Fontanarrosa (Argentina), Víctor Lowenstein (Argentina) y Sergio Gaut vel Hartman (Argentina). 


SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE UN VERDUGO

 Rhys Hughes

 


(1)

La primera muerte involucra una horca que funciona al revés. La cuerda es una de esas hechas de cáñamo místico y pelo humano que se alzan en el antiguo truco indio. Así que el verdugo tendrá que ser una especie de faquir; probablemente un asceta desdentado con las costillas como los barrotes de una jaula y una barba enmarañada. Cuando junte las manos, la cuerda saltará por los aires. Pero esto es demasiado bárbaro para nuestro propósito, así que tendrá que haber modificaciones. Ahora el faquir tira de una palanca y una serie de pesas se ponen en movimiento, las ruedas giran y zumban las correas de los ventiladores. Un juego mecánico de manos se junta en un aplauso colectivo y tanto la tradición como el progreso quedan satisfechos.

En cuanto al condenado, se trata sin duda de un insurgente o de un rebelde político. Los pequeños delincuentes son desmembrados y abandonados a los cuervos en los campos de cebada. Los disidentes religiosos son descuartizados en el circo. Solo los idealistas (y sus hermanos anarquistas) son preservados para la soga. El asunto es un evento al aire libre; todos los buenos espectáculos están disponibles en estos días para el consumo público. Es la vieja excusa para una juerga; canciones, bailes y bromas. Este tipo, nuestro condenado, el espécimen actual, pronuncia un noble discurso sobre la justicia y la moralidad. Así es como debe ser.

Redoblan los tambores, las trompetas hacen fanfarrias, la multitud lanza fruta podrida y bromas crueles. El verdugo tira de la palanca, pero no pasa nada. Una de las manos mecánicas ha sido robada. La otra mano aletea sin rumbo: el sonido de los aplausos de una mano se revela finalmente como el de una muerte próxima. Empieza a llover. Se llama a un ingeniero. Más tarde, en el charco dejado por el aguacero frente a la horca, se ve a un hombre que cuelga del modo correcto, hacia las estrellas.

 

(2)

En el segundo caso hay una familia caníbal en algún lugar que, por alguna razón no especificada y patentemente ridícula, aún no se ha dado cuenta de que el canibalismo no es algo normal. Así que continúan en su ignorante felicidad en su vieja y destartalada mansión, atrapando a desventurados viajeros en redes tendidas a lo largo de la carretera y comiéndoselos, con botas y todo, en un guiso (invariablemente un estofado) regado con sidra de manzana de Adán, un juego de palabras espantoso y una bebida espantosa. Son una familia extraña; uno de ellos es sin duda un vampiro (¿el abuelo?) mientras que los demás son horrores y chiflados variados. Duermen durante el día e, invariablemente, consideran normal soñar en ataúdes individuales, con las tapas bien cerradas.

Una vez, reciben una carta del primo Stefan, que dice que viene de visita. El pánico es enorme. El primo Stefan es vegetariano. ¿Cómo van a servirle caldo de carne? No, no es posible. Tendrán que hacer un esfuerzo especial; el primo Stefan es un pariente respetado al que no ven desde hace más de una década. Después de dejar el viejo continente, se convirtió en un exitoso director de funeraria en el Este. Así que ha encontrado su nicho; y deben hacer todo lo posible para satisfacer a un invitado tan estimado. La sopa de viajero está fuera de la ventana; o por el desagüe más bien, y Papá y Mamá deben poner sus cabezas juntas (no difícil considerando que son gemelos siameses no separados) para encontrar una alternativa.

Cuando el primo Stefan llega, en un coche fúnebre turboalimentado, Papá y Mamá y el abuelo vampírico y los pequeños pero horribles y la mascota mítica (tal vez un basilisco, cuya mirada puede matar) y Purdy Absurdy están de pie en los escalones deteriorados del porche. Saludan al primo Stefan con una sonrisa y murmuran unas palabras en húngaro para recordar sus orígenes. El primo Stefan los sigue dentro de la casa y, en poco tiempo, la cena está servida. Conectado a una unidad de soporte vital por una docena de cables y tubos, un plato de vegetales adecuado, en este caso una víctima de un choque, espera la gracia y los brotes y la sal y la pimienta.

 

(3)

El tercer caso es similar, salvo que aquí tenemos a Karl y Julia, que viven en una granja abandonada después de que una catástrofe global haya acabado con la mayor parte de la civilización (o eso creen ellos). La naturaleza está recuperando la Tierra. Así que Karl sale a cazar mientras Julia convierte en salchichas lo que captura. No son exigentes, por supuesto, así que Karl trae en su saco manjares como el petirrojo, el panda, el rinoceronte y el escarabajo. Un día dice: "Jaguar en las colinas. Lo oí anoche". El lenguaje también ha decaído y Karl siempre ha sido conciso en los mejores momentos. Carga su rifle, se ajusta el collar de huesos de pescado y se rasca el pelo grasiento y lleno de piojos.

Julia roe una vieja calavera y gruñe, con la cara rota retorciéndose y contorsionándose en un intento salvaje de formular una opinión. Resopla, tira la calavera con gesto amenazador y enseña sus dientes podridos. "Jaguar demasiado noble para destruirlo. Karl déjalo en paz". Pero Karl niega con la cabeza. "Karl matar. Jaguar morir. Nosotros comemos". Julia coge un fémur del suelo lleno de basura y arremete contra Karl, que gruñe y se aparta de su alcance. Julia le lanza el hueso. Karl desaparece por la puerta.

Julia se debate entre ideas extrañas. ¿Por qué habría de ser algo demasiado noble para destruirlo? Mientras reflexiona, oye un disparo. Diez minutos después, Karl está de vuelta con un saco en la mano. "Jaguar", dice, radiante. Se dirige al pasillo y luego a la habitación donde guarda sus trofeos. Mientras tanto, Julia suspira y saca sus cuchillos. Llaman a la puerta. Dos personas están en el umbral. Una dice: "¡Tiene que ayudarnos! Hay un loco ahí fuera, un loco armado". Julia asiente con simpatía y les invita a entrar. Al mismo tiempo, en la otra habitación, Karl mete la mano en su saco y saca su último trofeo, que clava en la pared junto a los demás: un reluciente tapacubos cromado.

 

(4)

El cuarto ejemplo se refiere a un joven bastante deprimido, Thomas, que se acerca al borde de un acantilado y se arroja al vacío. Nadie sabe lo que realmente pretende, aunque no hay que pasar por alto lo obvio. Da vueltas por el espacio y pierde el conocimiento; tan relajado está ahora que, de algún modo milagroso, sobrevive al aterrizaje con no más de una docena de moratones en las piernas y el torso. Sin embargo, Thomas no lo sabe y, cuando despierta, asume que está muerto. Pero es consciente de lo que le rodea, así que finalmente decide que debe de ser un fantasma. No hay otra explicación. Se levanta, se cepilla y flexiona sus músculos fantasmales.

Piensa que debe adoptar su papel por completo. Se convertirá en un espíritu maligno. Hará todo lo posible para dañar a la gente. Así que se dirige al pueblo más cercano y espera a su primera víctima. Un anciano, con una pierna postiza, sale tambaleándose de la oficina de correos sobre un bastón nudoso. Thomas aparta el palo de una patada y, una vez que el hombre está en el suelo, le quita la pierna postiza y lo golpea con ella hasta matarlo. A continuación, entra en YE OLDE TEA SHOPPE y mete una docena de bollos rancios en las fauces de todo el reparto de la producción de Blithe Spirit de la Sociedad Dramática de Aficionados local. Se atragantan lentamente, escupiendo migas y poniéndose azules en muertes reales tan cursis como cualquiera de las que hayan representado.

Varios ultrajes más tarde, cuando está en el proceso no del todo injustificado de obligar al vicario a comerse el caniche rosa de la señora Featherstonehaugh, collar, correa y señora Featherstonehaugh incluidos, es apresado por una turba vengativa de jugadores de cribbage, tenderos jubilados y ex militares (todas las medallas colocadas en las chaquetas al menor aviso) que lo persiguen fuera del pueblo y gritan: ¡asesinato índigo! Thomas se sorprende de que puedan verlo, pero no se preocupa en lo más mínimo. Lo persiguen hasta el mismo acantilado del que antes había saltado y esta vez no duda: es un fantasma y los fantasmas pueden volar. Es una lástima que ahora esté tan tenso, de expectación, de triunfo.

 

(5)

El quinto punto es a la vez más sombrío y perverso. Tenemos a un solitario que vive en una buhardilla, o en un estudio, y que nunca habla con ninguno de los otros inquilinos del edificio. No tiene familia cercana (todos han muerto en circunstancias misteriosas y realmente espeluznantes), pero está plagado de tías. Está la tía Emily, la tía Theresa, la tía Hilda y la tía Eva. En los funerales de su madre o de su padre o de sus hermanos o hermanas, se turnan para murmurar perogrulladas como "tienes los ojos de tu padre" o "tienes la nariz de tu madre" o "tienes las orejas de tu hermana" o cosas por el estilo. El solitario se limita a asentir y fruncir los labios. Una vez de vuelta en su pequeña habitación, rebusca en las tablas del suelo y saca las bolsas de plástico que allí se esconden. Es todo desesperación. ¿Cómo lo saben?, se lamenta.

 

(6)

Ahora estamos de vuelta en alguna lúgubre y fría ciudad, destartalada y asmática, durante las profundidades del invierno. Una figura encorvada sale de la ventisca, envuelta en una capa raída con capucha. Saca una llave diminuta del bolsillo y abre una puerta que da paso a una luz y un calor apagados. Seguramente es el interior de una juguetería. Hay marionetas y autómatas, animales maravillosos colgados del techo con cuerdas, cajas de sorpresas y muñecos de tamaño natural. Con un suspiro de satisfacción, la figura encorvada se quita la capa y se frota las manos (guantes sin dedos, naturalmente) con alegría. Lleva un paquete bajo el brazo. Lo deposita con cariño en una silla y lo desenvuelve. Hay un brazo mecánico, brillante y extraño en la tenue iluminación. La figura encorvada lo lleva hasta una marioneta que está sentada tranquilamente en un rincón y lo ajusta con cuidado. La marioneta está completa. Ahora tiene dos brazos. La figura encorvada da cuerda a esta marioneta y, después de esta, a todas las demás. Pronto la tienda se llena de animales y personas que bailan.

Hay una secuencia de golpes salvajes en la puerta. La figura encorvada hace una pausa en su danza y se apresura a descerrajar el cerrojo. La abren de un empujón y tres hombres siniestros con pesados abrigos y sombreros de chistera fuerzan la entrada.

—¿Doctor Coppelius? —gritan—, tenemos una orden de arresto contra usted. —Le ponen un papel arrugado delante de las narices—. Tenemos razones para creer que hoy ha robado voluntariamente parte del aparato de ejecución erigido por el ayuntamiento para castigar a los infractores de la ley. A saber, un brazo mecánico. Debido a esta acción, la sentencia contra un agitador tuvo que retrasarse casi dos horas.

El doctor Coppelius se deja llevar encadenado. Su juicio es breve y directo en todos los aspectos. Como reconocimiento a su posición en el mundo académico, se juzga que cortarle los miembros y abandonarlo en un campo de cebada sería inapropiado. También lo sería el descuartizamiento en el circo y la soga pública. Se le concede el raro honor de enfrentarse a un pelotón de fusilamiento. El día señalado, se oyen disparos y diez balas impactan en su corazón a la vez. Le brotan resortes y no poco aceite sale de su boca.

 

Título original: Six Characters in Search of an Executioner

Traducción del inglés. Sergio Gaut vel Hartman

 

 

Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

 

EL DÍA QUE MURIÓ INTERNET

 Boris Glikman



Era ampliamente conocido que Internet había estado enferma durante algún tiempo. Su mala salud la había hecho bastante descuidada en la ejecución de sus deberes. Algunos tenían que soportar días de frustración hasta que se establecía una conexión en línea, mientras que para otros la conexión seguía yendo y viniendo cada segundo, como una bombilla parpadeante.

Por un tiempo, Internet flotó en una condición medio muerta, con un pie en la tumba, y la humanidad contuvo la respiración, temiendo que Internet continuara deteriorándose y luego se rindiera por completo.

Y luego llegó el día en que Internet exhaló su último aliento y nadie podía creer su mala fortuna. Era difícil entender que Internet ya no habitaba en el mundo y que la carga de vivir nunca más se aligeraría con la siempre presente alternativa de escapar hacia una existencia en línea. Ya nadie tendría el privilegio del lujo de tener dos mundos en los que vivir.

Los técnicos informáticos más eminentes de la tierra fueron asignados a la tarea de realizar la autopsia. Su conclusión unánime fue que Internet había muerto de causas virtuales. Lo que nadie había sospechado era que Internet poseía una vida finita. Todos siempre habían asumido que estaría ahí para siempre, sin embargo, también llevaba dentro de sí las semillas letales de la desconexión eterna.

El siguiente problema más apremiante fue el entierro. Problemas nunca antes considerados necesitaban ser abordados con urgencia, pues la vista de una Internet sin vida yaciendo postrada en el suelo era demasiado desgarradora para que el mundo lo soportara. ¿Dónde debería celebrarse la ceremonia fúnebre? ¿En qué idioma o código informático debería realizarse el servicio conmemorativo? ¿Quién debería dar el elogio fúnebre? ¿Dónde enterrarla?

El problema más intratable de todos fue a quién invitar al servicio. Se reservó un cierto número de boletos para aquellos más afectados por la muerte de Internet: adictos a la pornografía en línea, marginados sociales, introvertidos arraigados, celebridades obsesionadas con Twitter, los herederos de príncipes nigerianos y residentes a largo plazo en el mundo virtual de Second Life. De lo contrario, era casi imposible determinar quién estaba genuinamente afligido y quién solo quería asistir a la ceremonia para ser parte de esta ocasión histórica.

Finalmente, estos asuntos se resolvieron, aunque no dejó satisfechos a todos, y el mundo le dio a Internet el adiós que se merecía. Justo después del funeral, el mundo se apagó, lamentando la partida de Internet y recordando con nostalgia cómo podía responder cualquier pregunta; satisfacer todas las necesidades emocionales, mentales, espirituales, intelectuales y corporales; emocionar la mente y los sentidos; proporcionar información instantánea, entretenimiento, relajación, gratificación y excitación, así como permitir la comunicación instantánea con personas de todo el mundo, e incluso curar la soledad. Trágicamente, dada la magnitud y profundidad de la pérdida, algunos no pudieron soportar continuar viviendo en un mundo sin Internet y cerraron sesión permanentemente en este mundo.

Una vez que la ola desenfrenada e histérica de dolor finalmente se calmó, la humanidad se serenó y gradualmente se dio cuenta de que Internet había degradado y desfigurado realmente sus vidas.

Recordaron con horror y consternación cómo Internet había atrapado a las personas con sus innumerables tentáculos, haciendo que desperdiciaran sus vidas en el intrincado pantano del mundo virtual; cómo buscar en Google había reemplazado la sabiduría que viene con la edad, la experiencia, el aprendizaje y cómo, con información instantánea siempre al alcance de la mano, se perdía el valor del conocimiento; cómo la realidad en línea se convirtió en el único mundo y la realidad real fue abandonada y olvidada, como la hermana sencilla de una chica hermosa; cómo Internet robó a la vida su riqueza y belleza multifacéticas y redujo el mundo a una pequeña pantalla rectangular; cómo el mundo en línea se convirtió en una prisión en la que la humanidad se encerró voluntariamente y luego tiró la llave, junto con sus vidas.

La humanidad reconoció ahora cómo Internet había alterado fundamentalmente la naturaleza de las relaciones sociales y la naturaleza de la relación de uno consigo mismo. Inventada para facilitar la comunicación y unir al mundo, Internet, en cambio, se convirtió en la herramienta perfecta para la disimulación, distorsionando la verdad y separando a la gente del mundo, permitiendo así que las personas no solo tergiversaran sus verdaderos pensamientos y sentimientos, sino que falsificaran sus vidas enteras y la esencia misma de su ser, tanto para otros como para ellos mismos.

La gente descubrió que los dedos no eran solo para escribir y mover el ratón, sino que también tenían otros usos; que de sus torsos se extendía un par de extremidades inferiores que podían usarse para caminar por la dimensión espacial; que la evolución había equipado sus cuerpos con el medio ideal para transmitir pensamientos y sentimientos; que sus caras poseían músculos bien desarrollados que podían emplearse para señalar emociones como (entre muchas otras) sorpresa, molestia, felicidad y frustración. En consecuencia, se podía lograr una comunicación exitosa sin dispositivos electrónicos intermediarios. Lo más sorprendente de todo fue la revelación de que otras personas no eran idénticas a sus iconos, planas y siempre atrapadas en la misma pose con la misma sonrisa en sus caras, sino que eran seres tridimensionales, moviéndose y cambiando sus expresiones faciales.

Tener amigos y parejas en el mundo físico significaba que estabas libre de la precariedad, la incertidumbre y la falta de fiabilidad de las amistades y relaciones en línea, y ya no estabas sujeto a las acciones y decisiones caprichosas de tus amigos en la web, para quienes, después de todo, solo eras una entidad etérea y abstracta que podía ser eliminada instantánea y permanentemente de sus vidas con solo hacer clic en un ratón. En consecuencia, la constante amenaza de que los amigos y amantes en línea cesaran inexplicablemente todo contacto y desaparecieran para siempre había desaparecido por completo.

Los tutoriales "De vuelta a la realidad" resultaron ser muy populares y útiles, cubriendo temas como "Aprender a hacer una sola tarea"; "Conociendo al sol y al cielo" y "Cómo sobrevivir en un mundo que no se puede retocar con Photoshop".

La vida recuperó lentamente su significado a medida que la humanidad salía, paso a paso, del abismo en línea que había cavado para sí misma. Sin Internet, ya nadie tenía que lidiar con el problema de cómo equilibrar su vida entre los dos mundos. El tiempo comenzó a fluir más lentamente; ya no se anhelaba la gratificación instantánea; la contemplación y la paciencia revelaron su verdadero valor. Ahora estaba claro que la realidad en línea proporcionaba solo un significado parcial y efímero; que las emociones sentidas en el mundo web eran solo sentimientos artificiales fugaces; y que la verdadera autoestima no venía de la popularidad en las redes sociales, sino desde dentro.

Cada ser humano ahora experimentaba la vida directamente, en lugar de a través del lente distorsionador, disminuyente y vicario de una pantalla de computadora; enfrentando las cosas buenas y no tan buenas en sus vidas sin escapar al mundo en red y evitando así la realidad de su existencia; y siendo fieles a sí mismos, en lugar de esconderse detrás de sus iconos e identidades en línea. Solo entonces las personas se dieron cuenta de cuán profundamente e intrincadamente Internet había tejido su hilo fatal en cada aspecto de la existencia humana y cuánto se había ganado el día en que Internet murió.

 

Título original: The day Internet died

Traducción del inglés. Sergio Gaut vel Hartman

 

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

 

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N