Wilson Gorj
Por aquella época
yo debía de tener unos quince años. Mi tía era novia del pastor de la iglesia
del barrio: un hombre íntegro, de voz serena y mirada firme. Dudo que sacara
dinero de la congregación, porque vivía con lo justo. Lo único de valor que
tenía era una vieja bicicleta azul, ya desteñida, cuyo chirrido se reconocía
desde lejos, como si anunciara su llegada.
Vivía solo, en un pequeño cuarto
detrás de la iglesia, con paredes blancas y una ventanita. Había ido allí dos o
tres veces con mi tía. Nunca vi un televisor encendido. Ni una radio. Siempre
lo encontrábamos leyendo. Siempre el mismo libro: la Biblia.
Cerca de casa había un videoclub.
Para entonces las cintas VHS ya habían desaparecido de las estanterías. El
negocio sobrevivía con los días contados, aunque todavía nadie lo supiera. Uno
de mis amigos trabajaba allí; atendía el mostrador, registraba los alquileres y
ordenaba las películas que los clientes dejaban fuera de lugar.
Fue en uno de esos días sin
importancia cuando vi salir de allí al pastor.
Llevaba una bolsa blanca con el
nombre del videoclub impreso en rojo. Pedaleaba despacio, mientras la bolsa se
balanceaba colgada del manubrio.
¿Qué películas llevaría?
Fueran las que fueran, no era
asunto mío. Pero al día siguiente me tocó ir a alquilar un DVD para el fin de
semana.
Mi amigo estaba detrás del
mostrador, masticando algo mientras veía una película de acción con el volumen
muy bajo. Esperé a que se fueran un par de clientes antes de acercarme con una
comedia estadounidense en la mano.
Le pregunté con toda naturalidad,
como quien no le da importancia:
—Ayer, ese pastor... el novio de mi
tía... ¿qué alquiló?
Mi amigo ni siquiera lo pensó.
—No puedo decírtelo.
Solté una risa incómoda.
—Vamos, no seas así. Dime.
Negó con la cabeza.
—Hablo en serio. No puedo. Sería
violar la privacidad de los clientes.
Lo dijo con un orgullo inesperado.
Me quedé un rato más, intentando
averiguarlo de otra manera, pero fue inútil. Salí del videoclub con una
sensación desagradable, como si hubiera intentado abrir una puerta que no me
pertenecía.
De regreso, el sol caía sobre el
asfalto y devolvía un calor sofocante. Ya me había olvidado del asunto del
pastor cuando vi el gentío.
Siempre que hay gente reunida en
medio de la calle, llega más gente. Me acerqué poco a poco para averiguar qué
había pasado. Se había formado un círculo. Algunos hablaban en voz alta; otros
solo observaban.
Cuando por fin pude ver, reconocí
primero la bicicleta azul, caída de costado, con una de las ruedas todavía
girando lentamente.
Después distinguí el cuerpo.
Estaba tendido sobre el asfalto,
inconsciente.
No había sangre alrededor del
pastor.
Un hombre decía que lo había
atropellado un automóvil. Otro aseguraba que el conductor se había dado a la
fuga. Alguien ya había llamado a una ambulancia.
Por un instante me quedé inmóvil. Entonces
pensé en mi tía. Alguien tenía que avisarle. Pero antes de irme, mis ojos se
posaron en la bolsa. Estaba allí, junto a la bicicleta, un poco arrugada. Pensé:
el pastor iba camino de devolver las películas. O quizá iba a prestárselas a
alguien. Miré alrededor. Nadie me prestaba atención. Todos estaban demasiado
ocupados comentando el accidente. Me acerqué. Levanté la bicicleta y la apoyé
sobre la acera. Después recogí la bolsa. Algunas personas me miraron.
—Es el novio de mi tía —expliqué,
más alto de lo necesario.
Nadie respondió. Pero tampoco nadie
me lo impidió. Empecé a alejarme, con la bicicleta en una mano y la bolsa en la
otra. El corazón me latía descompasadamente. Di un respingo cuando la sirena
anunció la llegada de la ambulancia. Avancé unos metros más y me detuve. Miré a
ambos lados de la calle. No había nadie. Abrí la bolsa. Las manos me temblaban
un poco mientras sacaba las cajas de plástico que contenían los DVD alquilados.
Eran tres. Y todos tenían portadas con antiguos dibujos animados de Disney. Me
quedé mirándolos, sin comprender. Di vuelta una caja y luego otra. Los títulos
no decían nada distinto de lo que mostraban las ilustraciones: historias
sencillas, felices, hechas para niños. El pastor no tenía hijos. Ni sobrinos
que yo supiera. Ningún niño frecuentaba su casa. No encontraba ninguna
explicación.
Antes de guardar otra vez las
películas en la bolsa, se me ocurrió abrir las cajas y comprobar los discos. Podían
contener otra cosa. Recordé a un amigo que escondía películas pornográficas
dentro de cajas de películas inocentes. Una vez, su padre llevó un VHS de
Mazzaropi para verlo con varias parejas de la iglesia. La incomodidad llenó la
sala apenas empezó la proyección. Pero no era el caso. Los tres DVD
correspondían exactamente a las coloridas portadas. Volví a guardarlos en la
bolsa, la colgué del manubrio y monté en la bicicleta. Mientras pedaleaba
sentía una sensación extraña. No era alivio. Tampoco decepción. Era otra cosa.
Cuando frené frente al portón de la casa de mi tía, ya sabía lo que tenía que decirle. Pero lo que había visto dentro de aquella bolsa seguía sin encontrar su lugar. Hasta hoy, cuando recuerdo aquel día, no pienso en el accidente. Pienso en la bolsa. Y en lo que creí que encontraría dentro de ella. Algo un poco sucio que no estaba en los DVD, sino en mí.
Wilson Gorj es originario de Aparecida, São Paulo, Brasil. Es escritor y fundador de Litteralux, antes Penalux, en Guaratinguetá, en el interior de São Paulo, una editorial con más de mil ochocientas publicaciones, incluyendo libros de poesía, cuentos, crónicas y novelas. Ha colaborado con obras literarias en antologías, periódicos, revistas y sitios web. Vidas sem nome (2025) es su quinto libro publicado, después de Sem contos longos (2007), Prometo ser breve (2010), Histórias para ninar dragões (2012) y A experimenta fraco da carne (2023).

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