jueves, 10 de septiembre de 2026

FLAGSTAFF

Lewis Shiner

 

Aún no era mediodía cuando llegaron al motel. La lluvia de la madrugada había lavado el aire y lo había dejado fresco y limpio, con un sabor al otoño por venir. El padre de Lee puso el freno de mano, pero dejó el motor encendido al bajar; las botas crujían sobre la grava.

Lee gateó hasta la mitad del asiento delantero para mirar el reloj del tablero. Cruzó los dedos de ambas manos, atreviéndose a esperar que el viaje del día hubiera terminado, que no tuvieran que probar en un motel tras otro. Lee tenía una buena sensación con respecto a este. Su revestimiento de madera era del color del chocolate con leche, y el aire que entraba por su ventanilla abierta le hacía cosquillas en la nariz con el aroma verde de los pinos y los enebros. Incluso había una piscina, aunque a decir verdad hacía demasiado frío para pensar en nadar.

Una dama de cabello blanco abrió la cabaña siete para el padre de Lee, y unos segundos después Lee oyó la descarga de un inodoro, seguida de un chasquido repetido mientras su padre probaba la cerradura de la puerta principal. Finalmente salió asintiendo con la cabeza y luego se quedó un momento bajo el sol desvaído, con la camisa caqui de manga larga abotonada hasta el cuello, las manos en los bolsillos de sus pantalones de pinzas, mirando hacia el horizonte.

Lee intentó sonreírle a su madre, quien parecía ajena a todo.

Dejaron las maletas bajo llave en la habitación y regresaron al pueblo en coche. El padre de Lee iba silbando ahora, con el brazo derecho apoyado en el respaldo del asiento, el codo izquierdo recostado en la ventanilla, como si fuera un hombre completamente distinto al que había estado conduciendo con fiera concentración desde el amanecer.

—Bueno —le dijo a la madre de Lee—, ¿qué te parece? Bonito lugar, ¿eh?

Ella sonrió con valentía.

—Muy bonito.

—Hay un Rexall —dijo Lee—. Con fuente de sodas. ¿Podemos? ¿Podemos?

Su padre suspiró.

—Supongo que sí.

Estacionaron y Lee corrió adelantándose. Los letreros escritos a mano en el escaparate de la farmacia anunciaban corrector de mecanografía, Alka-Seltzer, crema fría. El dulce olor a comida frita flotaba en el aire del interior. Lee dio vueltas y vueltas sobre su taburete de cromo y vinilo rojo mientras su padre leía el menú.

—Deja eso —dijo su padre, y Lee giró hacia el mostrador, sentándose sobre sus manos para ayudarse a estar quieto. Cuando fue su turno, Lee pidió una hamburguesa y un batido de chocolate.

—¿Puedo dar una vuelta por ahí? —preguntó luego.

Su padre parecía estar estudiándose a sí mismo en el largo espejo detrás de la fuente de sodas.

—Ve —dijo.

En un exhibidor giratorio de alambre, Lee encontró un libro de Julio Verne que nunca antes había visto, una edición cinematográfica de Dueño del mundo con Vincent Price en la portada. Escondió el libro detrás de una pila de ejemplares de Moonraker y pasó al pasillo de juguetes. El estrecho espacio estaba abarrotado de yoyós Duncan, alfombras deslizantes Whammo Slip'N'Slides y pistolas de chispa Mattel. En el estante inferior, Lee encontró una pelota de Wiffle y un bate de plástico naranja que lo inundaron de un anhelo que creyó que podría abrumarlo.

Volvió al mostrador de la fuente de sodas y devoró su comida, luego se sentó con los brazos cruzados alrededor de su estrecho pecho, intentando calibrar el humor de su padre mientras luchaba con su propia impaciencia, esperanza y miedo. Su padre comió lentamente, se tomó una segunda taza de café y fumó un cigarrillo mientras la madre de Lee se aplicaba una nueva capa de lápiz labial. Finalmente, el padre de Lee se puso de pie con la cuenta y se dirigió a la caja registradora junto a la puerta principal. Lee tiró de la pernera del pantalón de su padre y le mostró el libro. Su padre lo miró de reojo y asintió.

—De acuerdo.

Parecía distraído de una manera apacible y agradable, así que Lee redobló su apuesta.

—Mira —dijo, y le mostró a su padre el bate y la pelota.

—Creí que querías el libro.

No parecía enojado, así que Lee dijo:

—¿Puedo tener esto y el libro también?

—¿Qué harías con eso? Si consigo este trabajo, no voy a tener tiempo para jugar contigo. —Lee sabía que su padre no tendría tiempo para jugar con él de todos modos, pero quedó atrapado por algo en la voz de su padre. Su padre estaba pensando en el trabajo de la misma manera que Lee estaba pensando en el bate y la pelota. Y aunque Lee sabía, incluso a los diez años, que el trabajo no iba a funcionar, la esperanza en sí misma era contagiosa.

—¿Por favor? —dijo.

En el coche, el padre de Lee dijo:

—Ese tal Roger Maris de ahí atrás va a aprender a jugar béisbol por sí mismo y se convertirá en un héroe deportivo y en la envidia de todos sus amigos. Si es que los tiene.

El bate y la pelota venían sujetos con alambre a un largo cartón rojo que decía «Junior Slugger». A Lee lo hacía feliz tan solo llevarlo en el regazo: la novedad de aquello, la perfección rígida del plástico. Las posibilidades.

Regresaron al motel con toda la tarde aún por delante. Lee le suplicó a su padre que jugara con él y, al final, su padre cedió. Se pararon bajo los árboles de olor penetrante y Lee abanicó a tres lanzamientos y los falló todos, teniendo que ir a buscar la pelota después de cada uno.

—¡No tan fuerte! —dijo.

Su padre, con un cigarrillo en la comisura de la boca, gruñó y le lanzó un envío suave, por debajo del brazo. Lee hizo contacto y la pelota pasó zumbando junto a la mano extendida de su padre, a través de los árboles, para ir a caer cerca de la piscina.

—No me mires a mí —dijo su padre.

Lee salió corriendo tras ella y, para cuando regresó, su padre ya se había ido.

Lee intentó lanzar la pelota hacia arriba con una mano y golpearla al caer. Era más difícil de lo que parecía y, al cabo un rato, volvió adentro.

Su padre le estaba enseñando a su madre un juego que acababa de aprender. Tenía cinco dados pequeños que guardaba en un frasco de pastillas recetadas. Era como el póquere, le dijo, y le enseñó a trazar una hoja de puntuación en un trozo de papel borrador.

La cama de Lee olía a planchado limpio, y se hizo una pila de almohadas para recostarse mientras leía. Su nuevo libro trataba sobre un hombre llamado Robur que era brillante pero no tenía nada que ver con el mundo. Construyó una plataforma voladora y dio la vuelta a la tierra en ella, negándose a bajar. Mientras leía, Lee percibía vagamente el repiqueteo de los dados y la risa nerviosa de su madre.

Finalmente, el padre de Lee le dijo:

—¿Por qué no sacas las narices de ese maldito libro y sales afuera un rato?

Mientras Lee cerraba la puerta, cargando su nuevo bate y su pelota, oyó girar la cerradura a sus espaldas. Ante él estaban la nueva ciudad y el resto del mundo.

Se sentó un rato en una silla de madera verde al borde de la piscina. El agua tenía el color pálido de un día caluroso de verano, mientras que el cielo era de un azul profundo y artificial, del color de las piscinas y los autos de plástico. Era como si el mundo estuviera al revés.

Casi cuatro décadas después, con un feliz matrimonio, una elegante casa en Carolina del Norte y un trabajo seguro, Lee tiene todo lo que su padre siempre soñó. Pero de algún modo un día se ha vuelto igual al siguiente. Aquella tarde en Flagstaff lo persigue, y lo que menos entiende es cómo el recuerdo que guarda de ella puede estar impregnado de un brillo de felicidad tan apacible.

Y en 1961, Lee eleva el bate de plástico hacia su hombro, vuelve a lanzar la pelota muy alto sobre su cabeza y batea.

Lewis Shiner nació el 30 de diciembre de 1950 en Eugene, Oregón, Estados Unidos. Residió durante algún tiempo en Texas para luego radicarse en Carolina del Norte. Comenzó su carrera en el campo de la ciencia ficción y luego se identificó con el movimiento ciberpunk. Posteriormente escribió novelas más convencionales, aunque a menudo incursionando en el realismo mágico con elementos fantásticos. Entre sus obras se pueden citar Ciudades desiertas del corazón (1988), Slam (1990) Los límites de las cosas (1991), Vistazos (1993), Di adiós (1999), Blanco y negro (2008), Dark Tangos (2011) Y Más allá de las puertas del Edén (2019).

 

 

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