Erica Echilley
“Ibas a encontrarte con
él
[…]
Que partió a la sierra
Que nunca hizo daño
Que partió a la sierra
Y en cinco minutos quedó destrozado
Suena la sirena
De vuelta al trabajo
Muchos no volvieron
Tampoco Manuel”
Víctor Jara
Me
bajé del taxi, caminé unos pasos, esquivé las bicicletas que se aproximaban con
celeridad y subí las escaleras interminables del museo. No dije “buenos días”,
porque desde hacía tiempo el mutismo se había apoderado de mis cuerdas vocales
y la mala educación se instaló en mi esencia. Caminé lentamente como quien se
dirige al entierro de alguien a quien ama. Los pasillos interminables me hacían
reverencias a medida que pasaba. ¿Dónde estará Frida?, me pregunté para mis
adentros. Ya no quería tapices colgantes de guerras que nunca me pertenecieron
ni cabezas sangrantes de Juanes Bautistas que no me interpelaban, tampoco
deseaba ver algo imposible de descifrar. Estaba ahí por tu culpa. Nunca me
gustaron estos cementerios de ataúdes colgados de la pared, te decía cada vez
que me invitabas. Si pensaba que las ruinas de San Ignacio eran un par de
ladrillos tirados, ¿qué se suponía que iba a pensar de todas estas cosas? Estos
lugares inertes, silentes y en paz jamás me gustaron. Pero vos no, claro. Vos
habías heredado esa enfermedad que tenían nuestros viejos. Vos y tu manía casi
compulsiva de ver esperanza donde solo existía tristeza. Vos, el único de los
hijos que creía que en la lucha existía el sentido de la vida.
Cuando subí al último piso, pensé en
llamarte por teléfono, por un segundo mi mente abandonó el presente, esta
realidad. Odiaba tantas cosas de vos, pero lo que más odiaba era que fueras
libre. No tuviste la responsabilidad de ver morir a nadie, porque ya no había
nadie a quien ver morir. Nunca sentiste las manos frías de mamá, ni viste sus
ojos opacos por última vez. Jamás tomaste la responsabilidad de sostener un
cuerpo mientras lo pasaba a buscar la muerte. No te odiaba, pero te envidiaba.
Mientras trataba de no masticar rabia,
recordé aquellos tiempos en los que eras como un padre para mí. Tuviste que
crecer de golpe y ayudar en casa. Tuviste que dejar de lado tu adolescencia
para tratar de llevar un plato de comida a la mesa. Trato de que esos recuerdos
le ganen a la rabia. Y te veo, estás parado en el final del pasillo
contemplando la pared. Vos, tu ropa grande y tus zapatillas de temporadas
pasadas. Camino sin prisa y te observo a lo lejos: flaco, desgarbado y alto.
¿Qué podías ver en ese cuadro obsoleto que adornaba la pared de este
cementerio?
Llegué a donde estabas y me quedé a tu
lado observando tu mirada perdida. Contemplabas el lienzo como si quisieras
analizar algo más de esa obra que tenía casi cien años. Mirabas inerte y
absorto como si pudieras encontrar respuestas en esa pintura anticuada de
folletín. Vos y tus idioteces de profesor socialista recién recibido. Vos y tus
estupideces de militancia. Vos y esa obsesión compulsiva por seguir tus
convicciones. ¿Por qué tuviste que irte?
—Esta obra me recuerda a papá —escuché tu
voz lejana como una epifanía. Tu voz grave.
Sentí un frío atroz que me recorrió la
espina dorsal y me acarició la nuca. De repente, escuché el ruido de la pava
chillando arriba de la hornalla de la cocina de casa. De pronto, papá y mamá se
sentaron a la mesa con la resignación escrita en las arrugas de la frente. Así
con el ceño fruncido. Así con la mueca de desgano. El ventilador giraba con
lentitud, casi famélico. Apenas se movía el cabello de mamá mientras papá
chusmeaba por la ventana del comedor hacia la fábrica de Don Raucho. La vida moría
en el hipnótico ruido de las manecillas del reloj viejo que colgaba de la pared
derruida. Mamá se levantó para buscar la pava que gritaba arriba del fuego de
aquella garrafa a la que le rezaban para que llegara a fin de mes. Abrió la
alacena y hurgó entre sus recovecos plagados de vacío, el ruido de sus manos
era el eco mortuorio que anunciaba que otra vez tendrían que tomarse unos mates
con la yerba que habían secado en el techo de chapa. El fantasma del humo de la
fábrica les recordaba que antes de eso hubo vida. Las manos de papá reventaron
la mesa de madera, mientras madre lo callaba para que no nos despertara. No
hagas ruido, los niños duermen, decía con los dientes flojos y las mejillas
marchitas. Papá corrió la cortina y siguió mirando hacia la fábrica, quizás
alguno de los patrones se dignaba a aparecer para darles la explicación que
merecían. Pero él lo sabía: los ricos no piden permiso, no dan explicaciones.
Sostuvo un rato más la mirada hasta que unos pasos presurosos rompieron en
llanto detrás de la cortina que oficiaba de puerta de habitación. No llores, mi
amor, ¿te asustaste?, me preguntó mamá, me tomó en sus brazos y me hizo un mate
cocido. De súbito, se abrió la puerta y entraste impoluto, con una luz de
esperanza. Abriste tu bolsito, sacaste una muñequita y me la regalaste. Luego
papá se abalanzó sobre el pan que pusiste arriba de la mesa. Tenías los ojos
cansados y la inocencia muerta. Y de golpe sentí el estruendo. Y de pronto, las
botas. Y de repente, el silencio.
—Señorita, por favor, mueva el pie.
— ¿Qué? —pregunté confundida.
—Usted está pisando la línea amarilla.
Está prohibido acercarse tanto, por favor, mantenga la distancia.
Miré de nuevo y ya no estabas, solo
quedaba la empleada de seguridad que me miraba con cara de pocos amigos. Di un
paso hacia atrás y me quedé contemplando la obra que tanto amabas. Yo que nunca
pude entenderte, pero que jamás dejé de esperarte.

Hermozo cuento muy bien escrito te lleva a querer sehuir leyendo...
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