Frank Beckers
—¿Quién cree en los fantasmas?
Varias manitas se levantan.
—¿Quién no cree en los fantasmas?
Solo el sabelotodo de Tom levanta
la mano.
—Todo eso se lo imaginan ustedes
—dice riendo.
A sus doce años es el mayor del
grupo de niños y, evidentemente, sabe más que los demás. O al menos eso cree.
—Escuchen, voy a contarles una
historia. Yo sé por qué Tom no ve fantasmas y por qué los niños mayores y los
adultos dejan de verlos —comienzo mi relato—. Cuando somos niños, todos creemos
en fantasmas. Yo, por lo menos, creía en ellos, y ustedes también, ¿verdad? A
todos nos sucede alguna noche que llegamos a verlos. Uno ve constantemente
sombras que se mueven sobre el empapelado, oye algo debajo de la cama, un
siniestro golpeteo resuena dentro del armario, alguien llama inexplicablemente
a la puerta. Y un día sucede: uno ve un fantasma con sus propios ojos.
—Esas apariciones nos asustan. Pero
¿saben que, por suerte, siempre hay también un pequeño fantasma que tiene
buenas intenciones? Recuerdo una noche de hace muchísimo tiempo. Yo todavía era
un niño pequeño y me había tapado la cabeza con la sábana para esconderme de
todas aquellas sombras del empapelado.
—Entonces, de pronto, oí una
vocecita amistosa. No tengas miedo, soy Dokus, pero puedes llamarme Dookje.
A partir de ahora seré tu pequeño fantasma, ¡el fantasmita Dookje! Mi tarea es
protegerte. Les pediré a los otros fantasmas que se vayan si llegan a asustarte
demasiado.
—Así que no debes tener ningún
miedo de ese simpático espíritu, porque es tu amigo, tu fantasma. Los
demás espíritus ya no se dan cuenta de que nos asustan. Llevan tanto tiempo
vagando como fantasmas que han olvidado que en las casas viven personas que les
tienen miedo. Hace mucho que ya ni siquiera reparan en nosotros, las almas
vivientes. Por suerte existen esos pequeños fantasmas que llevan poco tiempo
rondando y que, por eso, todavía pueden vernos y terminan buscando cada uno a
algún niño asustado para ponerse en contacto con él y consolarlo.
—Por desgracia, el tiempo pasa
volando, los niños crecen y ustedes también se harán mayores. Y una noche su
fantasmita vendrá a despedirse. Será la noche anterior a su duodécimo
cumpleaños. Al menos, así sucedió conmigo. Todavía recuerdo muy bien aquel momento.
No conseguía dormirme porque me preguntaba qué regalos recibiría y qué primos y
primas, tíos y tías vendrían a tomar café para celebrar mi cumpleaños.
—Así que estaba completamente
despierto cuando apareció mi fantasmita. El fantasmita Dookje parecía un poco
triste y me dijo: He venido a despedirme. Esta es la última vez que podrás
verme. A partir de mañana tendrás doce años. Según el protocolo de los
fantasmas, ya no se me permite venir a visitarte.
—¿Por qué no? Tú eres mi amigo,
le dije. Bueno, sí —respondió el fantasmita Dookje—, pero a partir de mañana
dejarás de creer en mí. Dirás que me imaginaste e incluso negarás haberme visto
esta noche con tus propios ojos.
—¡No! —protesté—. ¡Eso no lo
diré nunca! Pero Dookje no me creyó. Sí, sí... eso ya me lo sé. Todos
ustedes responden lo mismo. Y, con cierto reproche, Dookje añadió: Como
hacen todos los adultos y los niños mayores. Los niños fantasean, juegan,
sueñan, corretean, hablan con sus muñecas y sus ositos de peluche y creen en
fantasmas; los adultos hacen cuentas, planifican, trabajan, celebran reuniones,
reniegan de sus automóviles y sus computadoras y no creen en nada. Los niños
ven aquello en lo que creen; los mayores no creen en nada y mucho menos en
aquello que no pueden ver.
Aquí hago una pausa.
—Maestro, la historia no termina
así, ¿verdad?
Algunos de los más pequeños parecen
un poco tristes. Un cuento de hadas debe tener un final bonito.
—De vez en cuando... muy de vez en
cuando... hay alguien... alguien que ha llegado a ser muy viejo, tan viejo que
ya no tiene que trabajar, tan viejo como su abuelo o su abuela, y que les
cuenta una historia a sus nietos y, de pronto, advierte una sombra. ¿No estará
allí, en un rincón, su viejo fantasmita, escuchando también?
—Así es —resuena dentro de mi
cabeza una vocecita fantasmal que solo yo puedo oír y que no escuchaba desde
hacía muchos años.

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