miércoles, 9 de septiembre de 2026

POR QUÉ LOS ADULTOS NO VEN FANTASMAS

Frank Beckers

—¿Quién cree en los fantasmas?

Varias manitas se levantan.

—¿Quién no cree en los fantasmas?

Solo el sabelotodo de Tom levanta la mano.

—Todo eso se lo imaginan ustedes —dice riendo.

A sus doce años es el mayor del grupo de niños y, evidentemente, sabe más que los demás. O al menos eso cree.

—Escuchen, voy a contarles una historia. Yo sé por qué Tom no ve fantasmas y por qué los niños mayores y los adultos dejan de verlos —comienzo mi relato—. Cuando somos niños, todos creemos en fantasmas. Yo, por lo menos, creía en ellos, y ustedes también, ¿verdad? A todos nos sucede alguna noche que llegamos a verlos. Uno ve constantemente sombras que se mueven sobre el empapelado, oye algo debajo de la cama, un siniestro golpeteo resuena dentro del armario, alguien llama inexplicablemente a la puerta. Y un día sucede: uno ve un fantasma con sus propios ojos.

—Esas apariciones nos asustan. Pero ¿saben que, por suerte, siempre hay también un pequeño fantasma que tiene buenas intenciones? Recuerdo una noche de hace muchísimo tiempo. Yo todavía era un niño pequeño y me había tapado la cabeza con la sábana para esconderme de todas aquellas sombras del empapelado.

—Entonces, de pronto, oí una vocecita amistosa. No tengas miedo, soy Dokus, pero puedes llamarme Dookje. A partir de ahora seré tu pequeño fantasma, ¡el fantasmita Dookje! Mi tarea es protegerte. Les pediré a los otros fantasmas que se vayan si llegan a asustarte demasiado.

—Así que no debes tener ningún miedo de ese simpático espíritu, porque es tu amigo, tu fantasma. Los demás espíritus ya no se dan cuenta de que nos asustan. Llevan tanto tiempo vagando como fantasmas que han olvidado que en las casas viven personas que les tienen miedo. Hace mucho que ya ni siquiera reparan en nosotros, las almas vivientes. Por suerte existen esos pequeños fantasmas que llevan poco tiempo rondando y que, por eso, todavía pueden vernos y terminan buscando cada uno a algún niño asustado para ponerse en contacto con él y consolarlo.

—Por desgracia, el tiempo pasa volando, los niños crecen y ustedes también se harán mayores. Y una noche su fantasmita vendrá a despedirse. Será la noche anterior a su duodécimo cumpleaños. Al menos, así sucedió conmigo. Todavía recuerdo muy bien aquel momento. No conseguía dormirme porque me preguntaba qué regalos recibiría y qué primos y primas, tíos y tías vendrían a tomar café para celebrar mi cumpleaños.

—Así que estaba completamente despierto cuando apareció mi fantasmita. El fantasmita Dookje parecía un poco triste y me dijo: He venido a despedirme. Esta es la última vez que podrás verme. A partir de mañana tendrás doce años. Según el protocolo de los fantasmas, ya no se me permite venir a visitarte.

¿Por qué no? Tú eres mi amigo, le dije. Bueno, sí —respondió el fantasmita Dookje—, pero a partir de mañana dejarás de creer en mí. Dirás que me imaginaste e incluso negarás haberme visto esta noche con tus propios ojos.

¡No! —protesté—. ¡Eso no lo diré nunca! Pero Dookje no me creyó. Sí, sí... eso ya me lo sé. Todos ustedes responden lo mismo. Y, con cierto reproche, Dookje añadió: Como hacen todos los adultos y los niños mayores. Los niños fantasean, juegan, sueñan, corretean, hablan con sus muñecas y sus ositos de peluche y creen en fantasmas; los adultos hacen cuentas, planifican, trabajan, celebran reuniones, reniegan de sus automóviles y sus computadoras y no creen en nada. Los niños ven aquello en lo que creen; los mayores no creen en nada y mucho menos en aquello que no pueden ver.

Aquí hago una pausa.

—Maestro, la historia no termina así, ¿verdad?

Algunos de los más pequeños parecen un poco tristes. Un cuento de hadas debe tener un final bonito.

—De vez en cuando... muy de vez en cuando... hay alguien... alguien que ha llegado a ser muy viejo, tan viejo que ya no tiene que trabajar, tan viejo como su abuelo o su abuela, y que les cuenta una historia a sus nietos y, de pronto, advierte una sombra. ¿No estará allí, en un rincón, su viejo fantasmita, escuchando también?

—Así es —resuena dentro de mi cabeza una vocecita fantasmal que solo yo puedo oír y que no escuchaba desde hacía muchos años.

Frank Beckers descubrió los libros de Julio Verne y H.G. Wells en la estantería de su hermano mayor cuando era un niño. En clase de neerlandés, leyó superficialmente «El tren de la tragedia» de Johan Daisne. Esto despertó en él un interés de por vida por la ciencia ficción y el realismo mágico; por la fantasía, por así decirlo. Actualmente, es el redactor jefe de la revista digital de ciencia ficción en neerlandés Out of this World, en la que se han publicado varios de sus relatos.

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