viernes, 28 de agosto de 2026

LA BODA DE LOS LOBOS

Jenny Kangasvuo

 

Querida niña, siéntate y escucha mi historia. No, ¡no tengas miedo! Siéntate aquí, a mi lado… ¡Siéntate! No tiembles así, solo quiero que me escuches… Querida, qué cabello tan hermoso tienes. Aunque te cueste creerlo, no hace tanto tiempo yo también fui joven y hermosa como tú. Tu cabello es dorado y el mío era castaño oscuro, pero, de todos modos, todas las jovencitas son bonitas. Mi piel era tersa y mis ojos eran azules, como todavía lo son. ¡Mírame a los ojos! ¡Mira! ¿No son azules? Sí, claro que sí. No intentes escapar, querida.

El día de mi boda, la primavera olía a hierba y a leche, como ocurre en esos raros días de la estación. Yo llevaba un vestido de lino blanco y terciopelo verde, y cualquier poeta habría podido componer un soneto sobre mi belleza. Mi familia no dejaba de elogiarme, y el novio y yo resplandecíamos con cada cumplido. ¡No hagas ese gesto, pequeña, no seas malvada! Yo era bella. Tú también envejecerás y te volverás desagradable, querida, y entonces alguna jovencita se burlará de ti. A tu edad, yo también me burlaba de los viejos, y el destino me castigó por eso.

Pero volvamos a la boda. Como hija única de una familia opulenta, yo era una niña mimada y consentida. Mi padre había concertado mi matrimonio con el hijo mayor de una familia burguesa. La alianza uniría para siempre a nuestras familias y acrecentaría todavía más sus fortunas. También para mí era un acuerdo conveniente: el novio tenía algunos años menos que yo y me resultaría fácil manejarlo. No lo amaba, por supuesto, pero me parecía lo bastante atractivo como para compartir la cama con él.

Aunque el matrimonio había sido acordado por nuestros padres, la boda me pertenecía por entero. Mi madre y yo habíamos planeado hasta el último detalle. Ocupaba una silla de honor frente a la gran mesa del banquete. Aquel era mi día y, después de un poco de vino, los dulces besos de mi novio y la tierna carne de ternera, me sentía el centro de ese pequeño mundo. Todos me miraban: mi padre, mi suegro –con un destello de lujuria en los ojos–, mi novio. Salvo mi madre, henchida de orgullo, las mujeres me observaban con envidia, y yo no disimulaba cuánto lo disfrutaba. Éramos cerca de cien personas, pero las dos familias, ahora unidas, compartían una misma mesa.

Sucedió cuando mi padre propuso el primer brindis en honor de los novios.

Se produjo un altercado en la puerta principal, que habían dejado abierta para que los invitados entraran y salieran. Desde mi sitio podía verla con claridad: uno de nuestros criados discutía a gritos con una mendiga y una criatura mugrienta. Deseé que se librara pronto de ellos. El pelo de la mujer estaba tan enmarañado que parecía cubierto de moho; la criatura vestía harapos y estaba tan sucia que no pude saber si era un niño o una niña.

Mi padre se distrajo al verlos, pero prosiguió con el brindis. Los mendigos se marcharon y la boda volvió a ser perfecta.

Después le llegó el turno a mi suegro. A mitad de su discurso, los mendigos entraron en el salón por una puerta lateral. Se mostraron humildes y permanecieron en silencio hasta que concluyó el brindis. Mi suegro no les prestó atención, pero advertí que mi padre los miraba con furia. Cuando terminó el discurso, la mendiga pidió limosna y prometió bendecirnos si le dábamos a ella y a la criatura un poco de pan y carne. La sola idea de recibir la bendición de aquel ser me hizo estremecer. Mi padre lo advirtió y ordenó a los criados que los expulsaran.

—¡Cómo te atreves a pedir la comida destinada a los invitados de la boda! ¡No necesitamos tus bendiciones, mendiga!

La mendiga y la criatura parecieron asustarse y huyeron. ¿Cómo podían ser tan repugnantes? Decidí que nunca daría limosna a gente sucia y desagradable; solo a quienes fueran capaces de mantenerse limpios y aseados.

Por un momento volvieron la paz y la alegría. Me serví unos dulces y bebí algo de vino mientras continuaban los brindis. Mi belleza, mi prudencia y mis buenos modales recibieron tantos elogios galantes que acabé por cansarme de ellos.

Cuando sentí la primera punzada, pensé simplemente que había comido demasiado. Un instante después, el dolor empeoró y pensé que me habían envenenado. Entonces me atravesó la agonía más espantosa que hubiera conocido. He dado a luz, querida, como quizá lo hagas tú algún día. Parir es muy doloroso, pero aquella vez sentí como si cada músculo y cada órgano de mi cuerpo estuvieran naciendo de nuevo.

Me tambaleé e intenté aferrarme a la mano de mi padre, pero vi que él también se estremecía. Mi novio sufría convulsiones espantosas y su madre estaba doblada por el dolor. La agonía apenas me permitía ver, pero todo cuanto alcanzaba a distinguir parecía vibrar al compás de mi tormento. Los miembros de ambas familias se sacudían entre terribles espasmos. El hermano menor de mi novio intentaba aferrarse a la mano de mi madre; mi tía se había desplomado en el suelo y su cuerpo se arqueaba con cada convulsión; mi abuela política se golpeaba la cabeza contra la pared. Nadie acudió en nuestra ayuda. Los invitados escaparon en desbandada y los criados huyeron.

Me zumbaban los oídos, pero aun así distinguí con claridad una voz infantil:

—¡Ahora saltan y tiemblan!

La criatura y la mendiga estaban en medio del salón. Yo seguía sin saber si se trataba de un niño o de una niña, pero parecía tranquila y divertida. Nos contempló un rato y después echó a correr. Lo último que vi fueron sus sucios pies descalzos.

Las convulsiones empeoraron. Oí que algo se rasgaba y comprendí que era mi vestido de novia. Cerré los ojos y gemí. Intenté tocarme el cuerpo, pero las manos ya no me obedecían. A mi alrededor resonaban gritos cuyas voces no podía reconocer. Mi cuerpo se estremeció y deseé morir.

De pronto, el dolor desapareció.

Pero no era solo el alivio de que el dolor hubiera cesado. Me sentía firme y satisfecha. Intenté levantarme, pero quedé enredada en los jirones del vestido de novia. Me sacudí y los mordí hasta liberarme. Me puse de pie y, por un instante, todo pareció normal. El salón estaba en silencio.

Reinaba un extraño equilibrio.

Entonces volví a oír la voz infantil:

—¡Ahora se han convertido en lobos!

La criatura estaba de pie en medio del salón y nos miraba sin miedo.

Miré a mi alrededor y vi a mi novio librarse de los jirones de lo que había sido su traje de bodas. Lo reconocí de inmediato por el olor. Me acerqué y él se agazapó ante mí, con las orejas y la cola gachas. Me lamió el hocico y se lo permití. Mi padre se aproximó y me miró a los ojos; yo bajé la cabeza. Mi novio también le lamió el hocico, pero yo no lo hice.

Pronto todos se reunieron a nuestro alrededor, olfateando y dejándose olfatear. Por un momento pareció que mi padre y mi suegro iban a luchar, pero mi padre sostuvo la mirada hasta que el otro bajó la cabeza y cedió.

Yo estaba alerta, aunque confundida. Me abrumó el vértigo de tantos olores, pero pude reconocer cada uno: el de un bebé aún no destetado, el perfume del agua de rosas, los densos aromas de la carne asada y el pastel de zanahoria.

—¡Fuera, lobos! ¡Salgan, salgan! —gritó la mendiga al entrar en el salón. Su hedor nos horrorizó a todos. Nos expulsó a golpes de rama—. Dentro de siete años podrán pedir pan y carne. Si alguien se los da, volverán a ser humanos.

Atravesamos el pueblo a la carrera, rumbo al bosque, que olía a pino, presas y seguridad. Nadie podía detenernos.

Éramos diez lobos solitarios y desorganizados que avanzaban juntos. Nos dejábamos guiar por cualquier olor tentador: las heces frescas de un ciervo, el esqueleto putrefacto de algún ternero extraviado. Parecíamos una camada de cachorros torpes, sueltos por primera vez en el bosque. Y, en cierto modo, eso éramos: cachorros inexpertos e imprudentes.

No teníamos padres ni parientes que nos enseñaran a jugar, a cazar y a convivir sin despedazarnos. Por supuesto que hubo peleas. Todos aceptábamos la autoridad de mi padre, pero mi tío luchó con mi suegro hasta imponerse sobre él en la jerarquía.

Mi madre y mi suegra se gruñían, y yo también les gruñía. Era más fuerte que mi madre, pero ¿quién lucha contra aquella que lo amamantó?

Durante un tiempo, cada uno anduvo por su lado. No sé cuánto duró: la mente de un lobo no mide el tiempo con precisión. La bruja que nos había maldecido sabía que no podríamos contar los siete años que había fijado y que probablemente ninguno de nosotros volvería a ser humano.

Pero yo lo soy, querida, y pronto sabrás qué tragedias tuve que afrontar para conseguirlo. Veo que mi historia te ha fascinado. ¡Qué bien!

El bosque no era extenso y la mayoría de los lobos que vagaban por la región acababan muertos a pedradas. Las aldeas estaban muy cerca unas de otras y numerosos caminos atravesaban la espesura. Cualquier lobo verdadero habría advertido la intensidad del olor humano, pero nosotros habíamos convivido con él y no nos resultaba extraño.

No sabíamos qué significaba ser lobos y disponíamos de muy poco tiempo para descubrirlo. No había otros que pudieran guiarnos… y, de haberlos habido, nos habrían evitado. Algunos quizá habríamos conseguido incorporarnos a una manada en los peldaños inferiores, pero, debido a mi padre, eso habría sido imposible.

Nuestra primera cacería en grupo fue accidental. Mi novio, mi madre y yo jugábamos a perseguirnos la cola cuando un conejo salió de entre unos arbustos. Ya habíamos percibido su olor, pero no le prestábamos atención. Lo rodeamos y, de pronto, el juego se volvió serio. Yo corrí hacia un lado y mi novio hacia el otro; cuando el conejo dio un salto brusco, mi madre lo atrapó.

Por un momento nos quedamos atónitos. ¡Qué sencillo había sido! Los conejos no son presas fáciles: son rápidos e imprevisibles, al menos para cazadores inexpertos como nosotros. Lo devoramos en paz y en silencio. Fue nuestra primera comida compartida.

Nuestra manada fue tomando forma poco a poco alrededor de los hábitos de caza. Mi padre era el jefe, pero mi madre ocupaba una posición equivalente. Demostró ser una cazadora extraordinaria; cuando ella nos guiaba, todo resultaba fácil. Conseguíamos más comida de la necesaria y por primera vez pudimos compartirla. Incluso mi abuela comía bien, aunque no participaba de las expediciones. Cazamos ciervos y hasta alces, pese a que uno de ellos pateó a mi tío y le quebró una costilla.

Durante el verano comimos presas gordas, dormimos al sol, jugamos y nos acariciamos unos a otros. A veces aullábamos. La comunión que experimentábamos al hacerlo era más intensa que cualquier cosa que hubiera sentido como humana o que sentiría después.

Los veranos eran maravillosos, pero ninguno como aquel primero. Todo estaba lleno de aromas nuevos y frescos, y la caza nos daba alimento y placer.

El primer invierno, en cambio, fue penoso. Aunque habíamos cazado juntos todo el verano, aún éramos torpes, y ahora la necesidad nos volvía desesperados. Es más fácil abatir ciervos gordos en las praderas que perseguir animales escuálidos sobre la nieve.

Mi abuela murió aquel invierno. Me entristeció, pero el invierno nunca es benévolo con los viejos. Aceptamos su muerte y esperamos la primavera.

En primavera, mi madre entró en celo. No lo habíamos previsto y ella se comportaba como una loba joven en su primer celo. No sabía qué hacer ni cómo imponerse ante los machos y, aunque mi padre era su pareja, casi todos los del grupo acabaron montándola. Años después, eso habría sido imposible: mi madre no lo habría permitido y los demás la respetaban demasiado. Pero el olor de aquel primer celo era demasiado nuevo y delicioso para que pudieran resistirse.

Quizá tenía que ocurrir de ese modo. Mi madre quedó preñada y parió siete cachorros de distintos padres. Podíamos reconocer por el olor la ascendencia de cada uno y, gracias a ellos, acabamos por convertirnos en una verdadera manada. Los cachorros eran nuestro tesoro, nuestra razón de vivir. Nos dieron alegría y amor. Todos queríamos jugar con ellos o regurgitar alimento en sus bocas, aunque después pasáramos hambre.

Cavamos una gran madriguera cerca de un río. Los cachorros crecieron y, aunque algunos no sobrevivieron, cuando llegó el invierno ya éramos un grupo de caza muy eficiente. Los jóvenes acabaron siendo mejores cazadores que nosotros, que habíamos aprendido demasiado tarde.

Durante los años siguientes vivimos felices y en paz. Por supuesto, había peleas. Algunos cachorros fuertes se enfrentaban con los demás y se marchaban. Varios de ellos formaron otra manada y se delimitaron los territorios. Después de algunas riñas, la convivencia resultó sencilla: la otra manada no invadía nuestros dominios y nosotros respetábamos los suyos.

Un otoño, mi madre quebró una delgada capa de hielo, cayó al agua y se ahogó. Al principio, su muerte provocó cierta confusión, pero pronto se estableció una nueva jerarquía. Mi padre envejecía y el hermano menor de mi novio lo desafió. Mi padre apartó la mirada y no le gruñó. Yo no tuve que luchar con nadie: después de mi madre, siempre había ocupado el lugar más alto entre las hembras.

He llamado «mi novio» al macho con quien me casé aquella lejana mañana de primavera, pero su hermano menor se convirtió en mi verdadera pareja. Mi novio era tímido y sumiso, y nunca intentó ascender en la jerarquía. Su hermano era más vigoroso y el macho más sabio de la manada. Era natural que se convirtiera en el líder.

Era justo, cuidaba de los cachorros y de los ancianos, no disfrutaba de las peleas y era muy tierno. También juguetón y divertido. Yo amaba la vida a su lado y, cuando llegó mi primer celo, estaba más que dispuesta a aparearme con él. Aquellas semanas fueron intensas: me montaba varias veces, incluso en un mismo día. No necesitaba mantener alejados a los otros machos; mis hermanos menores eran demasiado jóvenes y los mayores, demasiado viejos.

En verano parí una camada de cachorros hermosos y fragantes. Los lamí con cuidado, corté con los dientes sus cordones umbilicales y devoré la placenta. Cuando se prendieron de mis pezones y gimieron de hambre, me sentí plenamente satisfecha. No recordaba mi vida humana, porque no había motivos para pensar en el pasado ni en el futuro. Amaba a mis cachorros y a mi compañero; éramos buenos líderes, capaces de proporcionar comida y seguridad a la manada, y eso bastaba.

Mis cachorros crecieron fuertes y sanos, y nuestra manada se volvió muy numerosa. Una de mis hijas se marchó al alcanzar la madurez. No intentó conquistar un puesto más alto –era demasiado sabia–, pero también demasiado fuerte y obstinada para permanecer con nosotros. Se unió a un lobo solitario y así surgió una tercera manada en el bosque. El territorio era limitado y sus fronteras cambiaban sin cesar, de modo que cada grupo disponía de menos espacio. El bosque era demasiado pequeño para tres manadas; las presas escaseaban incluso en verano. Y, cuando llegó el invierno, ocurrió lo inevitable.

Aquel invierno fue más duro que los anteriores. Los ciervos habían sido cazados o se habían alejado. Volvimos a subsistir gracias a pequeñas correrías, como no hacíamos desde el primer verano. Debíamos cazar a diario para llenar el estómago. Ya no había jornadas ociosas en una madriguera cálida, junto al cadáver de un alce capaz de alimentarnos durante días. Nuestra numerosa manada se moría de hambre.

En pleno invierno, cuando ya no parecíamos conocer otra cosa que el hambre, decidí que aquello debía terminar. El bosque estaba rodeado de aldeas y, aunque el hedor de los humanos resultaba aterrador, morir de hambre lo era mucho más. Siete de nosotros entramos de noche en la aldea. Procuramos movernos con el mayor sigilo posible, pero siete lobos no pueden pasar inadvertidos. Percibimos el rastro de otros lobos y también el de mi hija. Comprendí que la aldea se había convertido en la última fuente de alimento para todas las manadas del bosque.

Un perro nos ladró. Mi hermano se abalanzó sobre él y le quebró el espinazo. Despedía un olor extraño, semejante al de un lobo; si hubiera sido una hembra en celo, mi hermano la habría montado antes de matarla. Ahora era comida.

Entramos en el cobertizo más cercano al bosque. Allí guardaban ovejas y matamos tantas como pudimos. Fue sencillo, y pronto el cobertizo se llenó del delicioso olor de la sangre y la carne. Despedazamos un cordero y lo devoramos para recobrar fuerzas; después empezamos a arrastrar los cadáveres hasta la madriguera.

Aquella noche comimos bien. Todos llenamos el estómago encogido y todavía quedó alimento. Podríamos descansar y limitarnos a perseguir topos durante algún tiempo. Sin embargo, el descanso no fue placentero. Estábamos exhaustos, el invierno continuaba y sabíamos que el hambre no tardaría en regresar.

Pero muchos de nosotros jamás volverían a sentir hambre. Apenas dos días después de nuestra incursión, los aldeanos atacaron la madriguera. No recuerdo con claridad lo sucedido; el terror y la pena lo envuelven todo en sombras. Recuerdo el hedor espantoso de la sangre de lobo, los gemidos de dolor de mis hijos, el estampido de los arcabuces y los gritos de los hombres. Yo compartía el liderazgo de la manada, pero no pude hacer nada. Intentamos defendernos y proteger a los demás, pero los hombres nos aniquilaron. Vi morir a los miembros de mi familia uno tras otro.

Todavía me pregunto por qué no morí aquel día. Quizá sobreviví para poder contarlo. Me has escuchado con mucha atención, queridísima niña, pero esta historia no tiene un final feliz.

Me refugié en una vieja madriguera de zorro, que ensanché cavando, y volví a alimentarme de ratones. Recorrí el bosque, pero no hallé rastros de otros lobos vivos. El olor de nuestras marcas territoriales se desvanecía. Durante un tiempo volví a señalar los límites con mi orina, hasta que comprendí que no tenía sentido: ya no quedaba nadie que pudiera olerlos.

En un espléndido día de primavera me encontré con una niña que recogía hierbas.

El día era tan hermoso como el de mi boda, aunque entonces no lo recordé.

La niña se quedó mirándome, pero no parecía demasiado asustada. Llevaba una cesta colmada de hierbas de toda clase y estaba comiendo. Nos observamos durante un rato. Luego cortó una rebanada de pan de centeno, la ensartó con el cuchillo y me la ofreció.

—Vamos, pobre loba hambrienta. Come un poco de pan; hay suficiente para las dos.

Vacilé y avancé unos pasos, pero no me atreví a acercarme más.

—Ah, tú comes carne. Quizá no te guste el pan. También te daré un poco de carne.

La niña cortó un trozo de cerdo salado, lo ensartó con el cuchillo y me lo tendió.

El olor de la grasa de cerdo era embriagador. Me acerqué con cautela, arrebaté la carne y el pan y huí.

Me comí el pan y la carne. El cerdo tenía un sabor extraño, demasiado salado y ahumado; no era tan sabroso como la carne fresca después de una cacería. Pero, tras subsistir a base de escuálidos ratones de campo, me pareció delicioso.

Entonces me invadió una agonía terrible. Me revolqué, gemí y jadeé; parecía que el dolor duraría para siempre. Recordé vagamente haberlo sentido antes, pero el tormento me impedía pensar. Mi columna se estiró, la cola se replegó, el cráneo cambió de forma y el pelaje se hundió en la piel.

Al cabo de un rato quedé entumecida y temblorosa. Ya no podía distinguir bien los olores; estaba casi ciega y sorda. La hierba me pinchaba y me irritaba la piel. Me abracé para conservar el calor y entonces comprendí: ¡era humana otra vez!

Me puse de pie, pero la postura me resultó extraña. Era tan alta que me mareaba. Ya no había rastros olorosos que pudiera seguir. El bosque, mi hogar, había dejado de serme familiar.

Regresé a mi madriguera, pero no pude deslizarme dentro. Sabía que ya no era una loba, aunque ignoraba en qué me había convertido.

Robé huevos de los nidos, pero los ratones de campo eran demasiado rápidos para mí. Y, aunque hubiera atrapado alguno, ¿cómo habría podido comérmelo? Ya no tenía dientes adecuados ni un estómago resistente.

La primera noche fue terrible. Lloré por mi compañero, por mi manada y por mis cachorros, y también por la vida de loba que me habían arrebatado con tanta crueldad.

La venganza de la mendiga había sido ingeniosa. Me había concedido una vida plena y feliz para después arrebatármela. Nunca volvería a sentirme dichosa. No sabía si agradecerle los años que había vivido como loba o maldecirla por los que había perdido como mujer.

Al cabo de unos días tuve que ir a la aldea. Estaba desnuda y no sabía hablar, pero la misma gente que había exterminado a mi manada me brindó cuidados. Me dieron comida y ropa y, después de un tiempo, lana y agujas. Yo no sabía tejer; como hija de un hombre rico, nunca había necesitado aprender. Sin embargo, aprendí pronto. Era silenciosa y los aldeanos me dejaban en paz. Tejía a cambio de comida, y eso me bastaba. El movimiento incesante de las agujas me ayudaba a no pensar que había perdido cuanto amaba.

El castigo definitivo para mi antiguo orgullo llegó cuando vi la piel de mi hija extendida en el suelo de la casa del alcalde. Caí de rodillas sobre ella y lloré. No tenía a quién culpar por su muerte, ni siquiera a mí misma. Estábamos hambrientos y, sin comida, todos habríamos muerto. Había sido decisión mía atacar las ovejas de la aldea, pero, en pleno invierno, no había sido una decisión equivocada.

Ahora ya conoces casi toda mi historia; no queda mucho más. He vivido en la aldea como una solterona y se la he contado a cualquiera dispuesto a escucharme, incluso a quienes no querían hacerlo, como tú, querida. No, no niegues con la cabeza. Sé que no quieres estar sentada a mi lado ni escucharme. Pero eres tan hermosa cuando sonríes, querida… Por favor, sonríe un poco más para mí.

Jenny Kangasvuo nació en 1975 y vive en Oulu, la capital del norte de Finlandia. Cuando publicó su primera novela, Sudenveri, obtuvo el premio al mejor libro de fantasía de 2012. En sus relatos se centra en la encarnación, la sexualidad, la metamorfosis y las tradiciones e historias locales. También tiene un pasado oscuro como académica y un doctorado en antropología cultural. En 2023 publicó la novela Hiukset takussa que describe una relación poliamorosa ambientada en Oulu.

 

N.Y.N.J.A.

Kenji Albani

 

Donde los sueños se convierten en pesadillas, se repetía Kappa.

Jamás habría apostado a que aquel lugar, tierra de nadie entre los estados de Nueva York y Nueva Jersey, pudiera convertirse en un territorio de dolor y muerte.

Kappa avanzaba entre los escombros y los restos de una de las tantas ciudades destruidas después de la Última Guerra Mundial. En el Refugio todos decían que la Última terminaría convirtiéndose en la Penúltima, y así sucesivamente.

El hombre, la criatura más imperfecta creada por Dios, era buena gente; lástima que sintiera la imperiosa necesidad de masacrarse con otros hombres.

Kappa trató de vaciar su mente de pensamientos.

Es una misión en solitario —y, si no quería conocer el plomo enemigo—: Debo tener cuidado.

Caminaba sobre el asfalto agrietado. Cada pocos metros aparecía un montón de escombros; luego, los restos de una masacre...

Kappa estaba a punto de dar un paso más cuando, en el instante mismo en que levantó el pie derecho, una vocecita en su cabeza le sugirió que se detuviera.

Se detuvo.

Miró hacia la derecha, hacia lo alto, y vio a un francotirador enemigo.

Yo sé que él no sabe, pensó Kappa.

Frunció el ceño bajo la cinta kamikaze, se agachó y descargó un puñetazo contra el suelo.

Una sacudida sísmica se propagó por la superficie, permitiéndole impulsarse con un salto de saltamontes.

El francotirador, claro que lo vio, y abrió fuego con el Barrettunov MK82.

Demasiado tarde.

Kappa aterrizó sobre el techo del edificio donde estaba su adversario, imprimiendo suficiente fuerza como para atravesarlo.

Polvo.

Gritos.

Un gemido.

El enemigo le apuntó con el MK82, aunque la longitud del arma le impedía maniobrar cuando Kappa ya estaba encima de él.

Lo atacó y lo empujó hacia la ventana.

El hombre intentó resistir.

Ese intento puso en aprietos a Kappa. Las cuchillas montadas en sus antebrazos chirriaban contra el metal del Barrettunov, y entonces el soldado enemigo le hizo una zancadilla.

Otra vez el chirrido del metal contra el metal.

Kappa estuvo a punto de precipitarse al vacío.

Gracias a la agilidad adquirida con las artes marciales recuperó el equilibrio y dio un último empujón a su adversario.

Con la espalda apoyada sobre el pretil de la ventana, el hombre lanzó un grito.

Se oyó el ruido de huesos quebrándose.

Un solo hueso.

La columna vertebral.

Kappa lo había doblado en dos de una manera antinatural y, al reconocer la agonía de aquel hombre, sonrió.

Se agachó y, sin darle tiempo siquiera a arrojarse al suelo para implorar piedad, le sujetó los tobillos y los levantó.

El soldado enemigo lanzó un alarido mientras caía, que terminó con un SPLAT.

Kappa se sintió clemente.

Generoso.

En lugar de condenarlo a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas a vapor, lo maté.

Kappa reanudó su camino.

Debo continuar la misión.

Nueva York, Nueva Jersey, América... N.Y.N.J.A.

Donde los sueños se convierten en pesadillas.

Kappa todavía tenía otra pesadilla.

Y, si seguía siendo tan hábil durante mucho tiempo, viviría hasta los treinta años —la máxima esperanza de vida— acompañado por muchas otras noches de insomnio pobladas de pesadillas hechas de gritos que terminaban en SPLAT.

Kenji Albani: nació en Varese el 13 de noviembre de 1990 (su nombre es japonés, pero es italiano). Finalista del concurso de la editorial Giulio Perrone en 2008, desde entonces ha publicado alrededor de veinte relatos cortos en revistas literarias locales y plataformas en línea. También ha publicado alrededor de quince artículos sobre diversos temas (desde deportes hasta cultura, incluyendo paleontología) en sitios web y revistas especializadas. Actualmente estudia en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Insubria en Varese, y en septiembre se graduó como guionista de cómics en la Escuela de Cómics de Milán. También en septiembre, publicó Il serpente che si morde la coda (La serpiente que se muerde la cola), una serie de Imperium publicada por Delos Digital.

 

ENFRENTAR EL MUNDO CON UNA VAINA

Joaquim Bispo

 

En su habitación del gineceo del palacio, Penélope medita sobre su impotencia ante las despreciables insistencias de los pretendientes. Abajo, en el gran salón, se dan un festín con las fragantes carnes de las reses de sus dominios, profiriendo estruendosos y groseros gritos de júbilo, sin respeto por la casa que los acoge ni por su anfitriona. La repulsión física que siente por aquellos brutos no es menor que la ira que le provoca el saqueo al que someten su patrimonio. Si tuviera una espada, otro sería el festín y otras las carnes sacrificadas, pero Penélope no dispone más que de una vaina.

Ulises partió hace muchos años, alzando gloriosamente su espada fulgurante. Al frente de sus guerreros, la espada de Ulises prometía la victoria junto a las murallas de Troya. Él y sus compañeros hundirían las espadas de Marte en los cuerpos de muchos adversarios valerosos. Atrás quedaron las esposas, las madres, con la ambigua defensa de sus vainas de Venus. ¿Cómo enfrentar el mundo con una vaina?

Diez años duró la guerra de Troya. ¿Fueron batallas constantes o apenas un tedioso asedio, como susurraban los rumores? ¿En qué actividades habrían empleado los combatientes aquellos diez años? Conociendo a los hombres y sus valores, Penélope cree que pasaron los interminables días del sitio exhibiendo y comparando sus espadas. Y acariciándolas para realzar su brillo. Mucha vanidad depositan los hombres en sus espadas. Confían en su rigidez, se enorgullecen de su brillo, se reconocen en ellas como símbolo excelso del esplendor de su virilidad.

Transcurridos aquellos diez años, saqueada Troya, todos los combatientes regresaron a sus hogares, con mayor o menor fortuna, pero Ulises no. ¿Andará saqueando ciudades, devastando campos enemigos, apoderándose de rebaños de gordos terneros? ¿O, objeto de la ira de los dioses, habrá sido desviado de su ruta hacia playas remotas, escollos destructores? ¿Cómo puede saberlo Penélope? Un viajero naufragado en las costas de Ítaca le dice que vio a Ulises en Creta, recibido con honores de héroe; otro, que oyó hablar de las desventuras marítimas del navegante Ulises.

Penélope espera. ¿Qué puede hacer una esposa que ama a su marido sino esperar? Siente nostalgia. Siente soledad. Acurrucada en el lecho que compartió con Ulises, se compadece de su vaina, también abandonada allí, triste y llorosa, como una niña perdida y hambrienta. Con cuidados maternales, la colma de caricias para que consiga dormirse.

Han pasado ya diecisiete años y Ulises continúa ausente. El padre de Penélope insiste en que es demasiado tiempo de espera; que debe volver a casarse. El mundo conspira contra las mujeres. Todos dictaminan que debe haber una espada en aquella casa. El hijo de Ulises empuña, naturalmente, una espada, pero solo tiene diecisiete años. Es demasiado joven para defender un patrimonio como el de su padre.

Penélope todavía es bastante joven y hermosa y despierta claramente el interés de numerosos pretendientes de la isla y de fuera de ella, todos nobles y valerosos, como exige la nobleza de la excelente dama cortejada. Sin embargo, a Penélope le parece que el interés de los pretendientes es aún mayor por la inmensa riqueza que representa el patrimonio de Ulises. A todos les niega su lecho y sus dominios, pero ellos no se marchan. Amparados por el dictamen favorable a las espadas del padre de Penélope, se quedan, se instalan, comen y beben a costa de los bienes de Ulises, hasta que ella elija a uno.

Son muchos, se empeñan en exhibir la evidencia de sus espadas; no se los puede combatir sino con astucia. Penélope es la esposa de un hombre conocido como «Ulises, el de los mil ardides». También ella medita estratagemas para ganar tiempo.

Los dioses deciden ayudar a Penélope, a pedido de Atenea y a través de ella. Casta como es, admira y quiere recompensar la fidelidad conyugal de Penélope. Una idea es inspirada a la mortal.

Declara que elegirá pretendiente después de terminar el sudario funerario para el padre de Ulises, ya entrado en años. Tal vez entretanto llegue Ulises. Pero pasan los meses y Ulises no regresa. Penélope deshace por la noche la trama tejida durante el día.

Penélope ya no sabe qué temer más: la funesta muerte de su esposo en remotas batallas o la seducción de hechiceras, ninfas y diosas envidiosas. ¿En quién estará clavando Ulises su espada: en los cuerpos de enemigos crueles y despreciables o en carnes más delicadas y propicias? Las costas de los mares inquietos están llenas de tentaciones y peligros.

Tejer, urdir una tela, manejar miríadas de hilos, unir unos, separar otros, ayuda a Penélope a meditar, a adquirir una visión más amplia de la complejidad de los desafíos que enfrenta. Agudiza su intuición, le revela otros patrones, otros tejidos. Evalúa posibilidades donde antes solo encontraba obstáculos. Atenea no la abandona.

Delibera con su hijo y con Mentor, el fiel amigo a quien Ulises dejó al cuidado de sus dominios. Los envía a pedir ayuda a los valerosos héroes y compañeros de Ulises en Troya, que regresaron hace mucho, pero también ellos solo vislumbran la solución matrimonial con uno de los pretendientes. La lógica de la espada prevalece.

Su padre y sus hermanos presionan a Penélope para que acepte a Eurímaco, el pretendiente que le ha ofrecido los regalos más valiosos. También a ella le parece el menos malo de quienes la cortejan. Nunca Antínoo, el rudo y agresivo líder de la arrogante turba de pretendientes. Disimuladamente, va evaluando los modales corteses de Eurímaco, su porte noble, la elegancia de su gladio, mucho más admirable que las despreciables dagas o las traicioneras cimitarras de la mayoría. Pero le pesa la imposición de elegir. No es una opción digna de una reina. Sobre todo sin tener la certeza de la muerte de Ulises.

Si los pretendientes fueran dos o tres, fácilmente podría crear algunas intrigas, avivar los celos y librarse de todos, pero con ciento ocho...

Terrible dilema. Es como si Hera, protectora de las mujeres casadas, intrigada por la extrema fidelidad de Penélope, bloqueara otras ayudas de los dioses, proponiéndose observar cómo conseguirá una mortal salir del aprieto en que se encuentra. Tal vez la mortal encuentre soluciones para problemas tan complejos como los que a veces ella misma enfrenta: las constantes infidelidades de Zeus.

La situación es muy difícil, un problema sin solución visible. Solo los aedos vislumbraron y cantaron una. Supuestamente, gracias a una ayuda a Ulises decidida por los dioses. Homero cantará un regreso tumultuoso y devastador de Ulises. Con la ayuda de Atenea, llegará a Ítaca disfrazado de mendigo, entrará en su palacio ocupado y, con la ayuda de su hijo y de un porquerizo, se revelará ante algunos sirvientes que permanecieron fieles y obtendrá su apoyo. Entonces urdirá un plan terrible que ejecutará implacablemente hasta dar muerte a todos los pretendientes. Sin perdonar a ninguno. E incluso a algunas sirvientas que se entregaron a ellos, por haber convertido en burdel la casa de su señora.

¿Qué Ulises implacable es este? ¿Cuán brutal y sanguinario se ha vuelto un hombre que, después de matar a los principales y más odiosos pretendientes, continúa la masacre incluso después de que le imploran perdón y se ofrecen a reparar todos los daños causados en su casa? ¿Y matar a simples sirvientas? ¿Cómo desapareció su legendaria sensatez? ¿En qué se ha convertido Ulises? Nadie lo reconoce. A la mayoría solo consigue convencerla mostrando una antigua cicatriz en la pierna. ¿Es realmente Ulises quien regresa? ¿O un aventurero que convivió con él y fue su confidente?

Otros aedos cantarán versiones libidinosas de los amores adúlteros de Penélope. Una llegará al extremo de afirmar que fue cediendo sucesivamente a los más de cien pretendientes. Muy adulterada tendría que estar la memoria para admitir que algo así pudiera concebirse de una princesa de Esparta, ciudad por excelencia de las mujeres virtuosas.

En una nueva deliberación, Penélope, su hijo y Mentor reconsideran las distintas posibilidades. Difícilmente conseguirán librarse de los pretendientes por los medios tradicionales. Ellos poseen la abrumadora ventaja de la fuerza, tanto de manera inmediata como en futuras represalias. Hay que recurrir a la creatividad, a la astucia, a la fuerza del espíritu. Penélope habla de maniobras de humillación y de su posible poder disuasorio. Es un arma poderosa, pero puede provocar reacciones de enorme brutalidad como represalia.

Mentor sugiere alternativas violentas. Podría ordenar a las criadas que envenenaran su comida, pero los padres y otros familiares no lo comprenderían y acudirían a vengarlos. Podría proponer juegos eliminatorios —carreras de carros, tiro con arco— hasta que quedara un vencedor. Podrían ser torneos tan viriles y violentos que los pretendientes fueran eliminándose físicamente entre sí. Pero siempre quedaría alguno, tal vez uno a quien Penélope no querría ver ni pintado de oro, tal vez el odioso Antínoo...

No; renunciar al poder de elección está fuera de discusión. Bastante había sido ya que ella misma fuera el premio en la carrera de carros que ganó Ulises. Para subrayar que la elección matrimonial también había sido suya, Penélope aceptó seguir a Ulises hasta Ítaca en lugar de permanecer en Esparta, como le rogaba su padre. Dejar que decidiera el azar supondría retroceder en el control del proceso, y eso era inaceptable.

Hace años que los pretendientes están allí. Más o menos convincentes, cada uno intenta ser el príncipe que logre cautivarla. Poco a poco se ha acostumbrado a la adulación implícita. Cada uno de aquellos jóvenes ansía alzar gloriosamente su espada en su lecho. Con una sola decisión, ella podría dar sentido a su vaina. Pero no es la compañía de un joven lo que Penélope echa de menos. Ulises nunca abandona sus pensamientos.

Han pasado otros tres años. Pronto se cumplirán veinte desde que Ulises alzó su poderosa espada en la proa de la negra nave que se dirigía a Troya, encabezando la flotilla de otras once. Una esclava ha desenmascarado la estratagema de deshacer por la noche la trama tejida durante el día. Penélope se ve presionada para elegir a uno de los pretendientes, de las muchas decenas que diariamente se convierten en comensales de las mesas del gran salón. ¿Qué hacer? Aplazar la elección resulta cada vez más difícil. Atenea le susurra soluciones.

Penélope teje, maneja los hilos con destreza, medita, imagina que puede atar uno de ellos a un pretendiente y dirigirlo. Otro hilo a otro pretendiente. Un hilo para cada uno. Es una urdimbre ambiciosa, una red amplia, global. Cada hilo cumple una función particular y, juntos, completan el tejido. A este le corresponde asegurar el resguardo, la protección, el recato: el suyo, como mujer casada, o viuda, o simplemente mujer. A través de la urdimbre puede gobernar su propio destino.

La caída de Troya ha desarticulado el equilibrio de la región. Hordas de desarraigados acechan y saquean las costas mediterráneas. Penélope toma conciencia de la fuerza que, unida, representa aquel centenar de guardianes. Una guardia de élite constituye la protección mínima, pero suficiente, que la librará de las depredaciones de los invasores. Lo que consumen en su mesa es un precio insignificante comparado con la protección que ofrecen. Es necesario que el espíritu que llevó hasta allí a cada uno de los pretendientes se consolide en una hermandad protectora.

Si antes, por cortesía, no hostilizaba a los pretendientes, cada vez los trata con mayor afecto, pese a los excesos protagonizados por algunos. Alienta y, no pocas veces, acepta honrar con su presencia los juegos de entrenamiento bélico y los banquetes posteriores. Evita que, cansados de esperar, desistan, enviándoles mensajes personalizados, sugiriéndoles días más propicios e insinuando que tal vez esté próximo el premio que aguardan. Haciendo que cada uno se sienta especial, envuelve a cada pretendiente en un acuerdo tácito de protección. Detrás del velo que brota de su telar, va consiguiendo tejer una red cohesionada y protectora, para ella y para Ítaca.

Una red que quizá le permita esperar a Ulises indefinidamente.

Joaquim Bispo nació en 1948 en Portugal, es licenciado en Historia del Arte y está jubilado como técnico de la televisión pública. Comenzó a escribir ficción en 2007, participó en talleres literarios en línea y ha colaborado en más de ochenta antologías fruto de concursos literarios a ambos lados del Atlántico. Publica mensualmente en su blog personal, http://vislumbresdamusa.blogspot.pt/, cuyo enlace comparte con miles de direcciones de correo electrónico. Últimamente, también publica en nueve periódicos regionales portugueses.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

EL ASUNTO DEL SOMBRERO

Matthew Hughes

 

—¿Viste eso? —dijo Medgar—. ¿Viste cómo manejó el asunto del sombrero?

—¿Qué asunto del sombrero? —dije.

Rebobinó la cinta y dijo:

—Mirá.

Miré. Gene Wilder, con un impecable traje gris y un sombrero de fieltro de ala ancha, llamó a la puerta principal de una gran casa de piedra. Una mujer con uniforme de servicio abrió la puerta. Hubo un breve diálogo y la mujer intentó cerrarla, pero el actor puso el pie para impedírselo y dijo algo.

—Ahora mirá —dijo Medgar.

El video pasó a una escena filmada desde el vestíbulo de la casa. Wilder entró y se quitó el sombrero.

—Ahí —dijo Medgar—. Así era como se hacía.

—¿Cómo se hacía qué? —dije.

—Todo el asunto de las normas para usar sombrero.

—¿Qué normas?

—Por eso no se quita el sombrero primero y después sí.

Mi expresión debió de dejarle claro que no tenía idea de qué estaba hablando.

—Mirá —dijo—, esta película transcurre en la década de 1930, ¿no? Y Wilder interpreta a un personaje distinguido, un director de teatro con buenos modales.

—Está bien. ¿Y?

—Cuando ella abre la puerta, él no se quita el sombrero, aunque se supone que un hombre debe descubrirse cuando se encuentra con una mujer. Pero él no lo hace.

—¿Por qué?

—Porque ella es solo la criada. Si hubiera sido la señora de la casa, se habría quitado el sombrero.

—Pero se lo quita cuando entra —dije.

—Porque eso era lo que se hacía cuando entrabas en casa de alguien. Es la antigua etiqueta del sombrero. Por ejemplo, entrabas en un restaurante y te quitabas el sombrero. Entrabas en un bar y te lo dejabas puesto.

—Veo gente con gorras de béisbol en los restaurantes todo el tiempo.

—Sí, ahora —dijo—. Retrocede cincuenta o sesenta años y no era así.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con algo? —dije.

—Con los viajes en el tiempo. Más precisamente, con los viajeros temporales.

—¿Viajeros temporales?

—Sí —dijo—. Supongamos que algún día alguien inventa el viaje en el tiempo.

—Sí, claro.

—Eh, dales a los seres humanos un millón de años para investigarlo. ¿Quién sabe?

Me encogí de hombros y no dije nada.

—La cuestión —continuó— es que el viaje en el tiempo solo necesita inventarse una vez y, a partir de entonces, tendremos viajeros temporales apareciendo a lo largo de toda la historia. Por no hablar de las visitas para ver dinosaurios y tigres dientes de sable.

—¿De verdad alguien querría viajar en el tiempo? —dije.

—Claro. Investigadores. Turistas. Criminales que quieran modificar su presente manipulando el pasado. Peregrinos religiosos. Coleccionistas. ¿Quién sabe qué puede motivar a la gente dentro de un millón de años?

Volví a encogerme de hombros.

—La cuestión —dijo Medgar— es que cuanto más atrás viajen, menos probable será que acierten en todos los detalles. Las pequeñas cosas, como las normas sobre el sombrero, que nadie en el futuro conocerá porque nadie en el pasado se molestó en escribirlas.

—¿Por qué no las escribieron?

—Porque todo el mundo ya sabía qué hacer con el sombrero.

Intenté cambiar de tema.

—¿A quién votaste en ese programa de televisión?

Pero no me dejó.

—No, escucha, acá está la cuestión. ¿Conocés a esa gente que ves por el centro y te preguntás si acaba de bajar de la nave nodriza?

—Esa gente tiene problemas mentales —dije.

—Claro, la mayoría. Pero quizá uno o dos sean los primeros exploradores llegados desde el año un millón. Los que hicieron el reconocimiento inicial para que los viajeros temporales posteriores pudieran pasar más inadvertidos.

—No hablas de estas cosas con la gente del trabajo, ¿verdad? —pregunté—. ¿Ni con los demás vecinos?

—No, se me acaba de ocurrir. En fin, los que lleguen después estarán bastante bien camuflados, pero siempre habrá cosas fuera de época... como el asunto del sombrero. Si buscamos esas cosas, podemos encontrar a los viajeros temporales.

Saqué un cigarrillo, golpeé un extremo contra el dorso de la mano y me lo puse en la boca.

—Eh, sí —dijo—. Esa es buena. La gente dejó de darles ese golpecito a los cigarrillos cuando todo el mundo empezó a fumar con filtro.

Se echó a reír. Entonces vio mi expresión.

—Lo siento —dije, aunque un momento después él lo lamentó mucho más.

Metí sus cenizas en una bolsa de plástico y las arrojé por el conducto de basura. Después volví a buscar la cinta de Wilder.

Alguien de más adelante en el tiempo querría estudiarla.

Matthew (Matt) Hughes escribe fantasía, ópera espacial y narrativa policial. Ha publicado 24 novelas en editoriales grandes y pequeñas del Reino Unido, Estados Unidos y Canadá, además de más de 100 obras de ficción breve en publicaciones profesionales, entre ellas 43 relatos en la venerable Magazine of Fantasy & Science Fiction. En los últimos años ha publicado por su cuenta novelas y colecciones de cuentos. Sus novelas más recientes son Yalum, una ópera espacial que se transforma en una aventura ambientada en la recreación que Hughes viene desarrollando de la Tierra Moribunda de Jack Vance, y One More Kill, una novela de suspenso cuya acción transcurre principalmente en la Nueva York contemporánea. Su novela de 2023 ambientada en la Tierra Moribunda, The Ghost-Wrangler, obtuvo recientemente el Global Book Award en la categoría de fantasía oscura. También ha ganado los premios Endeavour y Arthur Ellis, y ha sido finalista de los premios Aurora, Nebula, Philip K. Dick, Endeavour —en dos ocasiones—, A. E. Van Vogt, Neffy, Derringer y High Plains Book Awards. En 2020 fue incorporado al Salón de la Fama de la Asociación Canadiense de Ciencia Ficción y Fantasía.

Matthew Hughes en Wikipedia

 

LA ARBOLEDA MÁGICA

Nenad Pavlović

 

—Disculpe... Disculpe... —La muchacha bajó rápidamente la mirada del cielo. Los pequeños adornos que llevaba, ya fuera como joyas o cosidos a la ropa, acompañaron su movimiento con un exótico crescendo. Sus ojos del color del cielo ocultaban la mirada de una cierva sorprendida por los faros de un automóvil, confusa y asustada.

El niño al que la señora mayor llevaba de la mano dejó de lamer su helado y se quedó mirando a la muchacha, viendo en ella algo que solo sus ojos podían percibir.

—¿No es este el camino a la Cueva de las Hadas? —La muchacha respondió con una mirada silenciosa, como si no comprendiera el idioma de la señora—. Ya estuve aquí, aunque hace mucho tiempo, cuando tenía más o menos la edad de este jovencito. —La señora acarició el cabello del niño, que, avergonzado, se escondió detrás de ella sin apartar los ojos de la muchacha—. Recuerdo que todo era diferente.

La señora giró lentamente sobre sí misma, con los brazos medio extendidos hacia la pradera abrasada por el sol. Otros visitantes iban y venían; eran numerosos, aunque no tantos como para formar una multitud. Había puestos por todas partes que ofrecían mercancías diversas, desde bebidas frías y carnes asadas hasta camisetas y recuerdos. También llegaba música de algún sitio.

La señora se quitó el sombrero y comenzó a abanicarse con él.

—Ya a nadie le importa la cueva, todos vienen a ver la «Arboleda Mágica». ¡Arboleda Mágica, sí, claro! ¡Como si un bosque pudiera brotar de la noche a la mañana! ¿No hay límite para lo que son capaces de hacer con tal de sacarles dinero a estos pobres crédulos?

El niño reparó en un pequeño objeto redondo y marrón que la muchacha hacía girar entre los dedos. Al advertir que él lo observaba, ella lo guardó rápidamente en una bolsa de piel que llevaba sujeta al cinturón.

—¡Pagar una buena cantidad de dinero para ver un bosque! Recuerdo que, cuando yo era niña, ¡todo esto era bosque! ¡Y muy espeso, además! ¡Y lo talaron entero, todo! Y ahora pagan una fortuna por ver un bosquecillo de cinco robles. ¡Que Dios nos libre de semejante estupidez!

Como para confirmar su diatriba, de pronto resonó la voz de un vendedor ambulante.

—¡Vengan a buscarlas! ¡Figuritas talladas en auténtico roble de la Arboleda Mágica! ¡Garantizadas contra la magia negra, el cáncer, el mal de ojo y las enfermedades!

La señora escuchó el pregón, se persignó y sacudió la cabeza antes de volver a levantar la mirada hacia la muchacha.

—¡Qué vestido tan bonito! ¿Lo hiciste tú misma? Me encantan los detalles, todas esas hojas y campanillas. Y esas cintas amarillas resaltan mucho tu cabello. Además, el corte te favorece. Ay, hace mucho tiempo yo también habría podido meterme en algo así... ¡Mucho tiempo! Y tú, ¿trabajas aquí? ¿Eres una especie de mascota disfrazada?

Un rumor grave recorrió el aire por encima de ellos. El niño se sacó el helado de la boca con un sonoro chasquido, miró hacia arriba durante un segundo y, al no ver nada digno de atención, devolvió tanto la mirada como el helado a sus posiciones anteriores.

La atención de la belleza rubia volvió a quedar cautivada por el movimiento en las alturas. Parecía que una bandada de palomas blancas descendía sobre la pradera.

Hojas de papel revolotearon a su alrededor, todas cubiertas de letras pequeñas.

Todavía en silencio, pero con un significado perfectamente claro, la muchacha dirigió a su interlocutora una mirada interrogativa.

—¡Ah, eso! Un avión. Antes los utilizaban para apagar incendios forestales. Ahora, como ya no tenemos bosques ni incendios, los usan para hacer publicidad. Aunque, para ser sincera, ni siquiera alcanzo a leer lo que dice. Déjame buscar los anteojos... «Arboleda Mágica – Cañada de las Hadas – Taller Mecánico Mićković – Reparación de escapes» —leyó la señora con dificultad, contemplando a través de los gruesos cristales el mensaje caído del cielo. Después de quitarse los anteojos, recogió otro volante del suelo—. ¡Son todos iguales! ¡Eso sí que es publicidad hecha sin el menor esfuerzo! ¡Ni siquiera se molestan! Esto es peor que esos pesados que los reparten por la calle. Al menos ellos te miran a los ojos. Pero no, repartirlos uno por uno lleva demasiado tiempo. Mejor meterlos todos en un tambor, subirlos a un avión y bombardear a los clientes...

Las campanillas cosidas al vestido de la muchacha, que hasta entonces no se habían oído, tintinearon una vez más, esta vez con mayor alegría. Parecía que permanecían en silencio a menos que ella dispusiera lo contrario.

—¡Pero discúlpame! No paro de hablar y tú debes de estar muy ocupada. No somos los únicos que estamos aquí. ¿Qué dijiste, por dónde queda el sendero que lleva a la Cueva de las Hadas?

La muchacha volvió la cabeza y señaló con su barbilla puntiaguda el camino por el que había llegado.

—Sí, parece que es por ahí. Ven, querido, nos vamos. ¡Muchísimas gracias! ¡Adiós!

La señora condujo a su nieto por el sendero que atravesaba la pradera. Antes de bajar por los escalones de piedra hacia un barranco cubierto de arbustos de acacia, el niño se volvió un instante y dirigió una última y triste mirada de despedida a la misteriosa desconocida.

Después de ver alejarse a sus acompañantes, la muchacha volvió los ojos hacia el cielo y siguió la trayectoria descendente del zumbante biplano. Luego tocó la bolsa para asegurarse de que su contenido estuviera a salvo y se encaminó hacia el lugar donde anidaba aquella extraña ave de metal.

A primera hora del día siguiente, Nikola Kovačević detuvo su furgoneta de helados en la rotonda junto a la gasolinera. Había llegado temprano, con la esperanza de conseguir un buen lugar antes que los demás vendedores ambulantes, aunque para ello hubiera tenido que privarse de un par de horas de sueño que necesitaba desesperadamente. El agotado heladero se frotó los ojos con las palmas de las manos, desconcertado. Ya era la tercera vez que, de algún modo, se pasaba el desvío hacia la Cueva de las Hadas. Bostezando ruidosamente, Nikola hizo retroceder la furgoneta a una velocidad peligrosamente baja, con los ojos clavados en el lado izquierdo de la carretera, decidido a encontrar de una vez por todas el maldito desvío.

Pero por mucho que miró, no pudo encontrar el viejo camino de tierra.

Lo que hasta el día anterior había sido una pradera despejada estaba ahora cubierto por un espeso bosque de robles.


Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

FICHA

Rafael Blanco Vázquez

 

            Nombre: Néstor.

            Apellido: Barba.

            Edad: 37.

            Nacionalidad: española.

            Descripción física: cabello moreno y rizado, ojos pardos, nariz respingona, boca grande con todos sus dientes, aún no le ha salido la muela del juicio. Ancho de hombros, algo de panza, piernas y manos de mujer, gusta de llevar complementos: pulseras, collares, anillos, pendientes. Ningún tatuaje. Está circuncidado y tiene el culo huidizo. Espalda y brazos sin vello, al contrario que piernas y torso, provistos en abundancia.

            Familia: padre y madre, dos hermanas casadas y con hijos.

            Estado civil: soltero.

            Ocupación: profesor de universidad, escritor, traductor.

            Países en los que ha vivido: España, Francia, Bélgica, Canadá, Perú, Japón.

            Inclinación sexual: le gustan las mujeres, a las que odia.

            Filias: cine (debilidad por el buen cine de género), literatura (predilección por la narrativa breve), música (pasión por las canciones). El lenguaje le fascina, en particular los juegos de palabras, los tacos y la frase “estoy en crisis”.

            Fobias: las mujeres independientes, las mujeres dependientes, las monógamas, las mujeres con estudios, las obreras laboriosas, las mujeres cultas, las incultas, las actrices, las maestras, las madres, las preñadas, las religiosas, las ateas, las cuarentonas con hijos, las cuarentonas sin hijos, las camareras, las enfermeras.

            Más fobias: los médicos.

            Miedos: la primera vez con una mujer: miedo a que no se le levante, a eyacular antes de tiempo, a que todo vaya a las mil maravillas y la relación dure. Miedo a que le quieran, a que no le quieran, a que se lo digan, a que no se lo digan. Pánico a las responsabilidades: no quiere hijos y limita al máximo sus relaciones con la burocracia. Ir a Correos a recoger un paquete puede ser fuente de mucho estrés.

            Problemas de salud: padece bruxismo, esto es, le rechinan los dientes al dormir. Es así desde que era pequeño, pero puede que lo incremente el estrés de su vida sentimental. Problemas de espalda y de rodilla ligados a la escritura y la traducción.

            Sueños recurrentes: son tres:

1. Desde un ático apunta con una escopeta a la calle. Ve a un tipo que fue su amigo y que un día, en su juventud, lo apartó de su vida con algún pretexto espurio. Observa cómo ahora pasea con su flamante esposa y su hijo recién nacido. Dispara a la cabeza del hijo, y luego a la de la esposa. El ex amigo no le da ninguna lástima. Lo deja ir.

2. Si algún otro amigo tampoco ha resultado ser más que un supuesto amigo y, en lugar de reconocer su fechoría, también se ha escudado en hediondos subterfugios, lo secuestra, lo mete en el maletero del coche, conduce hasta un lugar desolado, saca al traidor, le pone una pistola en la frente y le dice: “Ahora quiero que reconozcas tu infamia. Quiero que me digas la verdad.” El traidor no reconoce nada, se limita a llorar y a pedir misericordia. Lo mata sin pestañear. Luego viene lo peor, la burocracia del crimen, digamos: deshacerse del cadáver, no dejar huella, esperar que la policía no descubra nada. Pánico, estrés, angustia. El sueño se acaba acá.

3. Se apresta a eyacular. Se agarra el miembro. Se pone en cuclillas. Está delante de su cama. Eyacula en línea recta, como si se tratase de un láser de esperma que cruza la cama por debajo.

Novias conocidas: Amalia, Elena, Charline, Itziar, María, Midori, Christelle, Valeria, Naoko, Zélie. Ha salido con dos Noras (una italiana, otra holandesa), dos Nadias (una española, otra marroquí), dos Marjolain (una belga, otra antillana) y dos Gabrielas (una francesa, otra chilena). No ha salido con ninguna española llamada Susana o Montse o Mamen.

Algo más que reseñar: metódico, lleva diecinueve años consignando en sendos documentos cada película que ve y cada libro que lee. Los puntúa y a veces los comenta. No sabe qué pensar cuando comprueba que hay películas que, según las épocas, han provocado en él reacciones muy diversas: ha calificado de impresionante, de aburrida y de trivial Delitos y faltas, de Woody Allen;  El fuera de la ley, de Clint Eastwood, le ha parecido horrible e increíble, sutil y enfática. ¿Acaso lo contrario es menos turbador?: siempre llora cuando los pájaros atacan a los niños en la película de Hitchcock. En otro orden de cosas, le encanta decir “Hola, chochos” y no le gusta nada masturbarse. Detesta la provincia pero tampoco le encuentra interés alguno a la gran ciudad. No podría vivir en el campo. Tener un bonito reloj le resulta fundamental. Su mejor amigo, Lucas Rodríguez, ha convertido la masturbación en todo un arte, y la primera vez con una mujer sus miedos son: que no se le levante, tirarse horas y horas y no eyacular, que todo vaya a las mil maravillas y la relación dure. El tal Lucas ha salido con tres Susanas, cuatro Montses y dos Mamen (y con dos Penélopes –una neoyorquina, otra argentina–, dos Jacquelines –una marsellesa, otra irlandesa– y dos Zulemas –ambas sevillanas).

            Observaciones: se sitúa en el extremo opuesto a Taxi Driver, que sostenía: “No creo que uno deba dedicar su vida a autoanalizarse morbosamente. Creo que uno debe convertirse en una persona como las demás.” Se parece a Taxi Driver: también tiende a imaginarse que la salvación pasa por una mujer, y entonces le inventa virtudes a la primera que encuentra.  

Rafael Blanco Vázquez nació en Huelva (España) en 1972. Vivió algún tiempo en San Isidro, provincia de Buenos Aires, Argentina, pero ya está de regreso en su tierra. Es escritor y traductor de francés. Ha traducido a Alexandre Dumas, François Weyergans, Santiago Auserón, Catherine François, Henri Bergson. Como escritor, cultiva la literatura breve. Algunos de sus cuentos aparecen en los blogs “Breves no tan breves” y “Químicamente impuro”. De vez en cuando escribe poesía. Su cuento “Banda sonora” ha sido seleccionado para la antología “Boxing Day” de la editorial LCK15. También ha actuado en varios cortometrajes cuyos guiones ha escrito solo o en colaboración con el cómico Fernando Villena. Su cuento “Caspa” ha sido adaptado a cortometraje por Carolina Borrero Arias, con él como protagonista. Su blog es: www.elhamsteryotroscuentos.blogspot.com

 

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