jueves, 3 de septiembre de 2026

SIEMPRE

Mike Jansen

 

—Esta noche volví a ver al Dios Hiena en el horizonte —les dijo Stella a sus padres.

Jon y Mara se miraron, y su madre la estrechó en silencio entre sus brazos. Las lágrimas de Mara cayeron sobre el cabello de Stella, que se estremeció; el rostro de su padre reflejaba emociones contradictorias, y ella volvió a temblar.

—Entonces realmente te ha elegido —dijo Jon—. Casi adulta, mi única hija...

Extendió una mano hacia ella y luego la retiró.

—Por desgracia, ya no está en nuestras manos.

Se sentó en su litera y bebió de su botella de kami elemental.

Stella no comprendió lo que quería decir, pero conocía sus borracheras y sintió que los brazos de su madre la estrechaban con más fuerza.

—Mamá, ¿qué está diciendo?

Su madre se secó los ojos y condujo suavemente a Stella fuera de la choza. Apenas más allá de la aldea, pero todavía a la vista de las hogueras de vigilancia y de los guardias, comenzaba la estepa. Su madre encontró una roca apropiada, se sentó y acomodó a Stella a su lado.

—Mira arriba —dijo Mara.

Señaló las numerosas luces del cielo.

—Los antiguos nos dicen que son los ojos de los Dioses.

—He oído todas las historias sobre los antiguos, madre. Nabil me habló de ellos, y él es el anciano de la aldea.

—Nabil es viejo y olvidadizo. Hubo un tiempo, cuando yo lo ayudaba, en que lo sabía todo —dijo Mara—. Escucha, Stella, querida hija. Hubo un tiempo en que no pertenecíamos a este mundo. Hubo un tiempo en que llegamos aquí desde otro lugar.

Stella la miró.

—¿Qué quieres decir? Nunca había oído nada de eso.

Mara inclinó la cabeza.

—Ocurrió hace muchas generaciones. La humanidad se avergonzó de su comportamiento destructivo. Envenenaron su mundo hasta volverlo hostil incluso para ellos mismos.

Mara tomó la mano de Stella y le acarició los dedos.

—Un grupo de ellos, el Pueblo Verdadero, encontró el camino hasta aquí.

—¿Por qué? —preguntó Stella.

—Para comenzar una nueva vida, en armonía con su nuevo hogar —explicó Mara.

Orientó el dedo índice de Stella hacia un pequeño grupo de estrellas.

—Allí estuvo una vez nuestro hogar. Esos ojos son estrellas, mundos como el nuestro, solo que inconmensurablemente lejanos.

—Entonces, ¿cómo llegamos hasta aquí? —preguntó Stella.

—Seguimos el sendero de las Columnas Torcidas. Te lo mostraré —dijo Mara.

Se puso de pie, tomó una rama encendida de una de las hogueras de vigilancia y la sostuvo muy por encima de la cabeza mientras avanzaba por el suelo seco y duro de la estepa, en dirección al antiguo santuario del Pueblo Verdadero.

Miles de piedras torcidas, columnas que duplicaban la altura de un hombre, formaban una amplia espiral que apuntaba hacia el centro, aproximándose cada vez más hasta que los extremos de las piedras quedaban tan cerca unos de otros que formaban una especie de techo.

Mara caminaba delante y Stella la seguía de cerca. Oyó que su madre murmuraba palabras incomprensibles y, mientras avanzaban hacia el centro, sintió una extraña sensación de hormigueo que le recorría la espalda.

—Madre, aquí se siente algo extraño.

Bajo el techo de piedra, Mara colocó la rama en un soporte para antorchas.

—Lo sé, Stella. Este es el lugar por el que entramos en este Mundo. Es un nexo, una encrucijada entre muchos mundos.

—Pero ¿qué hacemos aquí? —preguntó Stella.

Mara suspiró.

—Si has sido marcada por el Dios Hiena, tu destino está sellado. Siempre ha sido así.

Negó con la cabeza y nuevamente se le llenaron los ojos de lágrimas, que cayeron al suelo como brillantes fragmentos de diamante. Se frotó los ojos y se llevó una mano a la frente.

—Pero prefiero enviarte lejos antes que enterrarte —dijo con determinación.

—¿Adónde voy a ir? —Stella miró incrédula a su madre—. No quiero dejarte.

—Tenemos que separarnos, mi querida hija —dijo Mara—. A través de ti, Él propagará su maldad y su veneno. El Pueblo Verdadero no lo tolerará. Sabes que es así.

—Podría irme con otra tribu —dijo Stella—. Si no digo nada, nunca lo sabrán.

Mara negó con la cabeza.

—Sus marcas serán cada vez más visibles en tu cuerpo. Tarde o temprano, tu nueva tribu se dará cuenta. Ellos también conocen las consecuencias y actuarán en consecuencia.

Entonces Stella comenzó a llorar. Conocía las historias aterradoras que se contaban acerca de los elegidos. Nunca terminaban bien. Jamás.

—¿Por qué yo? —sollozó Stella.

Mara apoyó una mano sobre la cabeza de su hija.

—Él nunca da explicaciones. Nadie conoce Su propósito. Pero no te tendrá.

Movió las manos y pronunció palabras que no se habían escuchado desde hacía miles de años. De pronto, el espacio se llenó de imágenes de verdes bosques y colinas salpicadas por la luz del sol.

—La Tierra. Nuestro origen.

Una suave brisa trajo el aroma de las plantas después de una lluvia ligera.

A través de sus lágrimas, Stella contempló aquel mundo y parpadeó.

—Parece hermoso. Acogedor.

Mara asintió.

—No es lo que esperaba —dijo—. Creía que la Tierra había muerto por nuestra culpa. Pero quizá no haya sido así. Tal vez algunos incluso hayan sobrevivido.

Stella se puso de pie y se secó las lágrimas.

—Entonces, ¿por qué tú y papá no vienen conmigo?

Mara vaciló, pero negó con la cabeza.

—Somos el Pueblo Verdadero. Nosotros hicimos nuestra elección. Del mismo modo que tu elección ya ha sido hecha.

Stella inclinó la cabeza, comprendiendo lo que significaba ser una elegida del Dios Hiena, el terrible final que sufría la mayoría. Ella no quería ese destino.

—Entonces esto es una despedida, madre.

—Que te vaya bien, Stella.

Mara besó a su hija en la frente y pronunció las palabras que la transportarían. Unos instantes después, la estancia estaba vacía. Tomó la rama y emprendió el regreso hacia la aldea.

Por encima del horizonte, visible únicamente para Sus elegidos, el Dios Hiena soltó una carcajada estridente. Siempre había alguien que le permitía acceder a un mundo nuevo e inexplorado.

Siempre.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

 

UN INFORME EQUIVOCADO

Elia Giovanni Babsia

 

Kyros enferma de repente: tiene fiebre muy alta. El médico que lo ha examinado no ha conseguido determinar la causa de aquel grave malestar y le ha aconsejado internarse para realizar más estudios. Kyros tiene apenas veinte años y siempre ha gozado de excelente salud. Es un fumador empedernido, pero ni siquiera eso le ha impedido destacarse en todos los deportes que ha practicado. Piensa: tal vez sean las chicas. Entre sus compañeros de escuela y sus amigos tiene fama de ser alguien que «liga» con facilidad y, en sus relaciones ocasionales, su única lucha ha consistido en evitar comprometerse. ¡Tantas relaciones sin protección! Quién sabe si alguna de ellas estaba enferma.

El hospital no es un lugar como cualquier otro: es un sitio aparte, separado del tiempo y del espacio. La vida transcurre afuera y uno solo puede imaginarla o, cuando está presente, es la vida de los recuerdos. Resulta increíble la nostalgia que provoca evocar episodios cotidianos, quizá ocurridos apenas unos días antes. Correr, reír, discutir, incluso pelear: ahora todo parece pertenecer a otro universo, a un mundo encantado. Los amigos que vienen a visitarlo traen consigo el aroma del aire libre, que los envuelve como un halo. Más intenso que la fiebre, ese olor le provoca punzadas lacerantes. Su compañía, en lugar de reconfortarlo, lo hace sentirse todavía más solo, abandonado por todos.

Irina, la enfermera, es joven y hermosa; sonríe mostrando una hilera de dientes blanquísimos. Las chicas le envían mensajes continuamente y Kyros sabe muy bien cómo interpretarlos, pero ahora tiene otras cosas en la cabeza. Es más, ya que está internado, por precaución decide someterse a un examen general. Sus temores resultan infundados: no tiene ninguna enfermedad venérea, pero sus pulmones están invadidos por un tumor que ya no puede operarse. Dada su juventud, tiene muchos proyectos; por eso le pide al médico que lo atiende que le comunique el pronóstico de la manera más clara y directa posible. Su deseo es satisfecho de inmediato: no le quedan más que unos pocos meses de vida.

Nunca ha creído en el más allá y mucho menos cree ahora. Ante él solo se extiende la oscuridad de una noche interminable. Pero el abatimiento dura apenas unos instantes; enseguida siente nacer en su interior un poderoso deseo de revancha. Parecía haberlo recibido todo de la vida. Creció en una familia unida y acomodada, siempre se destacó en la escuela aunque dedicara poco tiempo al estudio. Ahora, de repente, le arrebatan todo aquello que parecía pertenecerle. Instintivamente quisiera destruir el mundo que lo rodea; nada ni nadie tiene derecho a sobrevivirlo. Pero no tiene valor para hacerle daño a nadie.

No teme al dolor ni a la muerte. El telón caerá como llega el sueño, un sueño del que no habrá despertar. Por lo tanto, no es el final de todo lo que lo asusta, sino la razón, que parece abandonarlo. ¿Qué sentido tiene haber venido al mundo? ¿Qué sentido tiene obtener el título universitario un año antes que sus compañeros? ¿Qué sentido tiene la vida, cuando todo puede apagarse de repente?

Quizá haya una esperanza. Bastaría con poder creer. No para asegurarse un lugar en el paraíso, sino para conseguir echar una mirada más allá de la muerte. Piensa en Medjugorje; podría ir allí fácilmente, pero se sentiría un extraño en medio de aquella multitud desbordante. Entonces se conecta a internet y lee los mensajes de la Virgen. Todos son parecidos: «Ayuno, penitencia, oración. ¡Recen, recen, recen!». Pero él no tiene fe y sus plegarias no serían más que palabras vacías.

Recuerda haber leído en alguna parte que precisamente en Annamelis, el pueblo donde pasó su infancia, vive una joven que hace milagros, una vidente. Annamelis es un pueblo pequeño y la vidente tiene apenas unos años más que él; era solo una adolescente cuando Kyros, a los seis años, se mudó con su familia. Con toda probabilidad incluso llegó a tratarla, aunque ahora, sin duda, ella no lo reconocería.

Decide viajar a Annamelis, pensando: «Como un salmón que nada contra la corriente para llegar al manantial que lo vio nacer».

Esa noche sueña que conduce un todoterreno a través de una extensión de sal, un desierto que, bajo el sol del mediodía, resplandece con una luz cegadora. A su alrededor, el espacio es infinito y está vacío. Hace mucho que el depósito está en reserva; el vehículo se detendrá en cualquier momento… Dominado por la angustia, despierta; después vuelve a dormirse y sueña que está tendido transversalmente sobre unas vías. Llegará un tren, pero las fuerzas lo han abandonado hasta tal punto que ni siquiera consigue levantar los párpados. Quisiera apartarse de allí, pero está como paralizado por el cansancio y el sueño.

Durante el viaje en tren, sus pensamientos vuelan hacia los lugares de su infancia, a los que nunca regresó. Recuerda el mar verde azulado, la arena blanca de la playa, el sol deslumbrante, las calles anchas, la inmensa plaza frente al edificio donde vivía… ¡Todo parece tan grande en los recuerdos, mientras que en realidad es tan pequeño, casi un pueblo de cuento de hadas, ahora que vuelve a contemplar aquellos mismos lugares! Los colores le parecen mucho más vivos y brillantes que los de la ciudad donde vive, como si hubieran permanecido enterrados en su memoria y ahora despertaran, o como los imaginaba cuando, todavía niño, le leían cuentos.

Apenas llega a la estación, oye la canción Ventiquattromila baci a todo volumen, procedente de un parque de diversiones cercano. Hay carruseles, autos de choque, sillas voladoras, casetas de tiro al blanco, olor a algodón de azúcar… Ve un grupo de personas apiñadas alrededor de algo que queda completamente oculto a su vista. Espía a través de los huecos que de vez en cuando se abren entre quienes están delante de él o da pequeños saltos para intentar ver. Varios puestos, dispuestos formando un cuadrado, están repletos de relojes, teléfonos celulares de última generación y objetos de valor. En el centro, un hombretón empapado en sudor y de voz ronca reparte unas bolitas numeradas. Las extrae de un recipiente que agita con ambas manos a la altura de la cara y después las coloca sobre una superficie, cubriéndolas con un vaso opaco. Una bolita delante de cada participante.

Kyros no tiene dificultad para reconocer, mezclados entre la multitud, a tres o cuatro cómplices del charlatán que fingen ser simples clientes. Alternando momentos de buena y mala suerte, hacen comentarios en voz alta o adoptan actitudes teatrales con el único propósito de simular continuidad en el juego y animar a los indecisos. Cuando, por turnos, hacen una pausa para no llamar demasiado la atención, aconsejan al vecino. Entonces el hombretón los reprende:

—¡Eh, eh, nada de soplar!

Sin duda, todo está preparado mediante algún truco hábil: es el charlatán quien hace aparecer este o aquel número y decide si premiar a alguien y cuándo hacerlo. Invariablemente ofrece una cantidad superior al precio de la bolita para recuperarla, pero casi nadie acepta el dinero. Las pocas veces que alguien cede a sus propuestas, se lleva después la amarga sorpresa de descubrir que ha renunciado a un premio de valor mucho mayor.

Para ganar los premios más importantes es necesario pagar cada vez más y, uno tras otro, quienes prueban suerte, quizá después de una pequeña ganancia inicial, se marchan derrotados y cabizbajos.

Kyros tiene un plan. Abriéndose paso con dificultad, y finalmente empujado por quienes lo rodean, termina cara a cara con el hombretón. Apuesta una moneda y le ofrecen dos a cambio; acepta. Espera un par de rondas y después repite la operación, aceptando siempre la primera oferta. ¡Ganar es facilísimo, como un juego de niños! Cuando ha reunido diez monedas decide que ha llegado el momento de retirarse; ¡ya ni siquiera se divierte! Un hombre que está a su lado le pregunta si puede cambiarle un billete de diez.

«Claro, así llevaré menos peso en el bolsillo», piensa.

Mediante un hábil juego de manos, el vecino, después de mostrarle el billete, lo hace desaparecer junto con las monedas de Kyros, y este se descubre sujetando, en lugar del dinero, ¡un dedo de la mano del otro! Está a punto de decir algo cuando comprende que el hombre forma parte de la banda; incluso le asoma por detrás del pantalón un trozo de cola, una cola de zorro. Pelear sería inútil porque, contra tantos, sin duda llevaría las de perder.

—¡Hijo de puta! —exclama en voz baja ante el hombre que ahora lo mira sonriendo.

Pero no es una protesta sino, más bien, un comentario de admiración; ¡ahora sí reconoce a sus paisanos!

Ya es hora de buscar dónde dormir. Como quiere alojarse cerca de la casa donde vivió, encuentra una modesta habitación de alquiler con vistas a la misma plaza. Desde la ventana puede contemplar su antiguo edificio. Sin embargo, las puertas son tan bajas que tiene que agacharse, y el techo de la habitación lo obliga a mantener la cabeza inclinada para no golpearse.

A la mañana siguiente pregunta por Iris en la calle. ¡Es una celebridad y el pueblo es muy pequeño! La primera persona con la que se encuentra es un anciano de barba blanca.

—¡Tu padre es un delincuente y merece estar en la cárcel! —responde el viejo, aunque se dirige a una niña, a la que señala con un dedo acusador.

Después pronuncia otras palabras incomprensibles, dirigiéndose por momentos a Kyros y por momentos a la niña. Sus palabras se transforman en una larga serie de consonantes, incluso difíciles de pronunciar. La niña se levanta el vestido para ocultarse el rostro y rompe a llorar. Kyros interviene en su defensa, reprende al anciano y le advierte que no vuelva a decir esas cosas.

Más adelante ve a un muchacho junto a una gata sarnosa que apenas se sostiene sobre sus patas. Le pregunta a él.

—¿Ves a esa señora del bastón? Síguela y te llevará hasta ella. Pero no le preguntes nada, porque es una gata y no habla.

En efecto, le señala a una mujer que parece haber aparecido de la nada, mientras que la gata ya ha desaparecido. Es una anciana vestida completamente de negro que camina con lentitud. De vez en cuando se vuelve hacia Kyros, que la sigue impaciente, y le sonríe mostrando dos incisivos en una boca completamente desdentada.

Iris es una muchacha hermosa. Es morena, como todas las chicas del lugar, pero tiene los ojos azules. El cabello, larguísimo y suelto, le cae por la espalda. No aparenta más de veinte años. Recibe a Kyros con una amplia sonrisa y lo saluda por su nombre.

—¡Tienes mi edad! —exclama Kyros, sorprendido—. ¿Cuántos años tenías cuando me fui del pueblo? Yo solo tenía seis.

—Veinte.

—¡Ah, claro!

En ese momento, todo parece tener sentido para Kyros. Su atención queda atrapada por la voz de Iris: cálida, ronca, casi masculina. Sin embargo, no hay ninguna duda acerca de su feminidad, realzada por sus movimientos elegantes y por las actitudes seductoras propias de las muchachas, que él sabe reconocer perfectamente. De vez en cuando, sin hacerlo demasiado evidente, deja entrever parte de sus largas piernas perfectamente torneadas o acerca al rostro de Kyros sus pechos turgentes, que asoman parcialmente de la blusa. Más que una mujer de fe, parece una artista de espectáculo.

Un niño descalzo llega corriendo, con lágrimas en los ojos.

—Ven, Iris, Alexis ha muerto.

Sin perder tiempo, Iris se quita los zapatos y, tomando de la mano al recién llegado, corre hacia el lugar que este le indica. Superada la sorpresa, Kyros se lanza tras ellos. Mientras corre, no consigue apartar la mirada de las piernas de Iris, que quedan parcialmente descubiertas cuando se le levanta la falda.

Llegan a una modesta vivienda al borde de un camino polvoriento. Ya desde lejos se oyen los lamentos de las mujeres convocadas para llorar al muerto, según las costumbres locales. Sobre la cama yace un muchacho vestido con sus mejores ropas, inmóvil. Su rostro, de rasgos delicados, tiene una palidez cadavérica; Kyros no consigue apartar la mirada y, con un escalofrío, se imagina en su lugar.

—¡Despierta! —truena Iris.

El sonido de su voz, tan fuerte e inesperado, sobresalta a Kyros.

Alexis abre los ojos como si realmente hubiera estado durmiendo; cuando se da cuenta de que Iris está frente a él, parece asustarse y, con un movimiento brusco, vuelve la cabeza hacia un lado.

Las mujeres sentadas alrededor de la cama, en lugar de tranquilizarse, redoblan sus lamentos.

Iris toma a Kyros del brazo y lo conduce afuera.

—Ven, ¡no se puede esperar nada bueno de esta gente ignorante y desagradecida! ¡Y pensar que alguien más tiene que ocupar el lugar de Alexis!

—¿Ah, sí? —pregunta Kyros, todavía aturdido por los últimos acontecimientos.

—¡Claro! ¿Cómo podría ser de otra manera?

—Pero entonces no se muere de verdad —continúa Kyros con un hilo de esperanza.

—¡Claro que se muere de verdad! —exclama Iris, deteniéndose de golpe y mirándolo directamente a los ojos, como advirtiéndole que no se burle de ella.

—En fin, te he buscado porque me queda poco tiempo de vida y no quiero morir, no a los veinte años.

—Lo sé, lo sé.

—¡Ah, lo sabías! Pero ¿cómo es posible que tenga que morir tan pronto? Dicen que estoy enfermo, pero no tengo ninguna molestia; ¡nunca la he tenido!

Kyros espera en vano algún comentario de Iris, que continúa caminando apresuradamente y en silencio.

Ante la entrada de su casa, Iris se despide de Kyros con estas palabras:

—Ven a verme mañana, pero no por la noche, porque vivo sola y el pueblo es pequeño. ¡Ahora vete!

Lleno de esperanza y deseoso de expresar su gratitud, Kyros balbucea:

—Mientras tanto, gracias. También quería decirte que eres… eres muy hermosa.

—¡Pero qué dices! —responde Iris inmediatamente. Y luego, con una risita—. ¡A fess’ e soreta!

—Serás una santa, pero en la cama… —comenta Kyros en voz baja.

Después se aleja aliviado; ahora su muerte ya no le parece tan cercana, sino que la considera un acontecimiento remoto y ni siquiera seguro. Iris velará por él, con poderes mágicos no muy bien definidos pero indudablemente eficaces.

Decide pasar el tiempo que falta hasta su próximo encuentro con Iris yendo al mar, donde transcurría buena parte de los días de su infancia. Es primavera y las playas están vacías; todavía no hay veraneantes, a pesar de que la temperatura es casi estival. Se desnuda hasta quedar en calzoncillos y corre por la orilla. Corre de un lado a otro, cada vez más rápido, sin sentir nunca que le falta el aire. ¿Será posible que su enfermedad haya desaparecido de repente gracias a la presencia de Iris?

Las horas pasan rápidamente y pronto aparece la bóveda estrellada, ante la cual renace el asombro de Kyros. Casi había olvidado aquel espectáculo, que no volvía a contemplar desde que se trasladó a la ciudad. Las estrellas, tan brillantes en el cielo despejado, parecen moverse en un remolino, como en el célebre cuadro de Van Gogh. Todo le habla de infinito, de eternidad.

A la mañana siguiente, desde muy temprano, Kyros está en casa de Iris recordando tiempos pasados. Entonces comprende que, cuando era pequeño, solo tenía ojos para los niños de su misma edad. Lo mismo le ocurría a Iris, que por entonces apenas reparaba en Kyros porque era mucho mayor que él. Sin embargo, recuerda cada detalle acerca de él y de su familia. Sentía pasión por las fotografías, que todavía conserva en varios álbumes. Encuentra algunas en las que Kyros aparece junto a algún amiguito o con sus familiares. A menudo tiene algún raspón, está sucio y descalzo; en algunas imágenes ofrece higos chumbos a los transeúntes a cambio de una moneda o un cigarrillo. En una de ellas aparece fumando, y quizá su vicio se remonte a entonces.

Después Iris le muestra una fotografía de su hermana Eulalia sosteniéndolo en brazos. Eulalia era su hermana mayor, diez años mayor que él. A menudo sustituía a su madre para cuidar de él, el menor de los hijos, o de sus hermanos. Kyros conserva de ella un recuerdo vago, porque murió misteriosamente cuando él tenía apenas cuatro años. En su casa nunca se habló de las causas de su muerte y Kyros, imaginando que habría padecido alguna enfermedad grave, jamás hizo preguntas. Sabiendo lo travieso que era, comprende cuánto trabajo debe de haberle dado a su pobre hermana; por eso ahora contempla su rostro durante largo rato, con cariño.

—¿Recuerdas cuando se incendió tu casa? —pregunta Iris.

—No. ¿Cuándo ocurrió?

—¿Estás seguro de que no lo recuerdas?

—No. Por más que lo intento, no recuerdo nada.

—¿Recuerdas que te divertía encender fogatas?

—Sí, eso lo recuerdo perfectamente. El fuego siempre me ha fascinado.

—Un día, mientras estabas solo en casa –Eulalia, que te cuidaba, había bajado un momento a la calle–, encendiste fuego, no se sabe cómo, porque eras muy pequeño. Las llamas se extendieron rápidamente por todo el apartamento. Eulalia, al ver el humo, subió corriendo para salvarte, pero las llamas le cortaron el camino de regreso, así que saltó desde el balcón contigo en brazos. Tú no sufriste ni un rasguño.

—¿Y mi hermana?

—Eulalia se golpeó la cabeza y murió.

—¡Entonces por eso nunca me hablaron de aquello en casa! ¡Eulalia murió para salvarme!

Kyros pronuncia esas palabras sin experimentar ningún sentimiento de culpa, y es precisamente eso lo que lo sorprende. Es cierto que solo era un niño, pero semejante revelación debería, por lo menos, haberlo conmocionado. Sin embargo, no produce ningún efecto en él; lo deja completamente indiferente.

—Perdóname, pero necesito estar solo —dice finalmente, dejando las fotografías y saliendo de repente.

Sin embargo, su reacción le parece enseguida una conducta hipócrita, dictada únicamente por lo que imagina que Iris espera de él. Por el momento no se pregunta por qué le han revelado un secreto que su familia le ocultó durante tantos años. Toda su atención está concentrada en sí mismo, en su incomprensible indiferencia. El final inminente que lo aguarda le parece ahora un castigo justo. Nunca ha hecho nada por los demás. Lo único de lo que puede sentirse orgulloso hasta ahora es de sus progresos en los estudios, pero incluso en eso ha actuado exclusivamente para sí mismo. ¿Por qué, entonces, debería Iris salvarlo de la muerte?

Se dirige hacia el pequeño cementerio. Solo ahora, después de tantos años, irá a visitar la tumba de su querida hermana. Cualquier otra persona, cualquiera en su lugar, habría ido allí como primera escala al regresar a Annamelis.

Vuelve a ver el rostro sonriente de Eulalia, el rostro de una joven, poco más que una niña. Su segunda madre, que, al igual que la primera, le dio la vida. Pero dentro de sí solo siente un vacío. Es como con la fe: no siente nada, salvo indiferencia. Finalmente rompe a llorar, pero no por compasión; llora porque se siente un miserable, un ser inútil, un parásito.

Más tarde, mientras vaga por las calles del pueblo, su estado de ánimo se calma gradualmente. La racionalidad vuelve a imponerse en él. Y entonces sus pensamientos regresan a Iris. Ella le reveló deliberadamente, con toda intención, los detalles de la muerte de Eulalia. ¿Para hacerlo sentir culpable? Y, en ese caso, ¿por qué?

La actitud hostil de Iris le permite ahora adoptar una conducta desinhibida que antes nunca habría imaginado. Iris le advirtió que no fuera a visitarla tarde, por temor a los rumores. Pero, por el contrario, podría tratarse de una invitación que él no supo captar en aquel momento. Más allá de sus poderes mágicos, Iris ciertamente no es una santa. Y el hecho de haberle revelado los detalles de la muerte de Eulalia ha acrecentado en él la agresividad que exige aquel juego de roles; ahora, más que nunca, desea poseerla con rudeza. Decide volver a visitarla esa misma noche, después del anochecer.

Llama a la puerta. Sigue un largo silencio; después oye el apagado arrastrar de unas pantuflas y finalmente ve que quien abre es la anciana que ya lo había conducido hasta la casa. Su expresión, a diferencia del día anterior, no tiene nada de amistosa.

—¿Está Iris?

La anciana se dispone a cerrar la puerta, pero Kyros reacciona con rapidez y la abre de par en par justo en el momento en que la mujer se desvanece. En su lugar se materializa una gata negra que bufa amenazadoramente, con el lomo arqueado.

—¡Fuera de aquí! —exclama, propinándole una patada.

El interior está sumido en la oscuridad. Kyros busca inútilmente un interruptor y después llama en voz alta:

—¡Iris!

A su alrededor oye un batir de alas que se mueven velozmente, aunque siguiendo trayectorias irregulares: ¡son murciélagos!

En el otro extremo del amplio salón aparece una rendija de luz que por momentos se vuelve más intensa, como si la provocaran resplandores procedentes de una puerta entreabierta. La puerta da a una escalera estrecha y empinada, con peldaños irregulares y resbaladizos.

—¡Iris! —llama Kyros mientras desciende por aquel pasadizo apenas iluminado.

Está a punto de resbalar y apoya una mano en el suelo; algo que se mueve lentamente por los escalones lo roza. Es una serpiente, pero no es la única. Hay otras enroscadas formando círculos, con la cabeza levantada y vuelta hacia él. Debe avanzar con cuidado para esquivarlas y evitar que lo muerdan. Quisiera regresar, pero más abajo, todavía lejos, hay algo que no alcanza a ver y que está ardiendo. El aire se vuelve cada vez más pesado. Ahora hace calor y hay un olor desagradable; se percibe un fuerte hedor a carne quemada.

Al pie de la escalera comienza un largo corredor excavado en la roca, con paredes húmedas e irregulares. En el suelo hay algunos charcos de un líquido pestilente que lo obligan a avanzar con cuidado para no resbalar.

Al final del corredor se abre un espacio enorme, cubierto por una bóveda altísima. Iris está sentada junto a la entrada, en una silla, encorvada sobre sí misma y con las piernas separadas. Parece haber envejecido muchísimo; ni siquiera parece la misma mujer. Tiene profundas ojeras, la piel arrugada, el cabello áspero y los pechos caídos.

—¡Cómo has cambiado! —exclama Kyros—. Ayer mismo eras una flor…

—¡Y tú pensabas acostarte conmigo! —replica Iris con tono burlón—. Te había advertido que no vinieras tarde, así que has acortado los plazos. ¡Peor para ti!

Después de una breve pausa, continúa:

—Te presento a mis colaboradores.

Mudo de sorpresa, Kyros ve a dos diablos que arrastran cuerpos desde un montón de cadáveres hasta la boca de un horno. Se mueven de una manera antinatural, a tirones, como dos personajes de las primeras películas mitológicas. Comprende que para él todo ha terminado: Iris es la Muerte y los diablos alados, con patas de cabra, obedecen sus órdenes. Siente el impulso de realizar un gesto heroico: abalanzarse sobre Iris llamándola puta. Sin embargo, el deseo de seguir vivo es tan intenso que lo impulsa a entablar una discusión para retrasar todo lo posible su último aliento.

—Mi pronóstico es desfavorable, pero todavía me quedan algunos meses de vida.

—Si solo fuera por eso, tu salud es excelente; es más, repugnantemente excelente. Fui yo quien hizo que intercambiaran tus radiografías con las de otra persona.

—¡Entonces todavía no ha llegado mi hora!

—¡Muchacho estúpido! ¿Todavía no has comprendido que soy yo quien decide cuándo llega la hora? Alexis murió después de salvar a dos chicos que se estaban ahogando. Todavía está en la cama, esperando que alguien ocupe su lugar. Y ese alguien eres tú, porque no tienes ningún mérito. Mi trabajo ya es bastante duro. ¡No puedo seguir permitiendo esta clase de injusticias!

—Justicia, injusticia… Ni siquiera tú sabes lo que dices. Alexis murió por su propia causa, quizá por imprudencia, y el hecho de que haya salvado a dos muchachos no justifica condenar a otra persona en su lugar, sobre todo a un inocente. De acuerdo, quizá no tenga méritos, pero tampoco tengo culpas: ¿de qué delitos se supone que debo responder?

—¿Recuerdas a aquella chica a la que atropelló un automóvil a pocos metros de donde caminabas? Era empleada de un supermercado y cruzó corriendo la calle sin mirar en la dirección correcta. Salió despedida por el aire y cayó a pocos pasos de ti, que caminabas por la acera.

—Sí, lo recuerdo. Yo era apenas un muchacho: ocurrió hace por lo menos cinco años.

—No reaccionaste en absoluto: ni siquiera te detuviste. Seguiste caminando como si no hubiera ocurrido nada.

—Aquella escena fue un shock para mí: nunca habría querido presenciarla. Es cierto, vista desde afuera, mi reacción habrá parecido incomprensible…

—Al contrario, era perfectamente coherente con tu indiferencia habitual. Oíste el impacto y después los gemidos de la pobre muchacha; viste a la gente correr para ayudarla y tú no hiciste nada. Seguiste caminando a tu ritmo habitual sin siquiera volverte.

—¡Todavía estaba conmocionado!

—Si nadie hubiera corrido a socorrerla, la muchacha se habría quedado tendida en la calle, agonizando.

—No fue culpa mía.

—¡No sabes decir otra cosa!

Después de pronunciar esas palabras, Iris, la Muerte, despliega un amplio manto negro que envuelve a Kyros, como una araña que extiende su tela para atrapar a la presa. Kyros levanta los brazos intentando liberarse, pero aquello que le ha caído encima pesa como si fuera de plomo.

Tropezando, da algunos pasos mientras gira sobre sí mismo. Con los ojos desorbitados busca inútilmente una abertura en la oscuridad más absoluta. Entonces grita con todas sus fuerzas, pero de su garganta no sale ningún sonido.

Solo ahora comprende que ya está muerto.

Elia Giovanni Babsia reside en Bolonia. Nació en Rodi Garganico, Foggia, Apulia, Italia, el 29 de mayo de 1943. Realizó estudios técnicos, pero, lamentablemente, no pudo cursar las humanidades que hubiera deseado por motivos económicos. Gracias a su formación, trabajó durante más de veinte años en diseño industrial, viajando tanto por Italia como por el extranjero. De 1986 a 2011, trabajó como asesor financiero. Apasionado por la escritura desde joven, se formó de manera autodidacta en literatura. Comenzó a escribir su primera novela, L’evaso volante, en 1976, y la terminó al año siguiente. La presentó a varias editoriales, recibiendo otras tantas negativas. Alcide Paolini, quien la evaluó en nombre de Mondadori, consideró el texto impublicable, por ser demasiado similar a las obras de grandes autores literarios, a quienes citó individualmente junto con sus obras, muchas de las cuales el propio autor desconocía en el momento de la lectura. Profundamente decepcionado, no volvió a escribir hasta después de retirarse en 2012. Su segunda novela es El infierno de Achim, mientras que la tercera es La segunda vida de Daniel. Al igual que la primera, estas novelas están llenas de acción y tienen un tono surrealista. Posteriormente publicó Io scrittore, un ensayo autobiográfico.

EL BALLET DE LAS SOMBRAS

Dora Gómez Q.

 

Las luces del escenario proyectaban haces geométricos, como si el propio espacio estuviera dividido por navajas ópticas. Cada noche, el proyector se encendía y ellos ejecutaban la coreografía.

La bailarina estaba atrapada entre el celuloide y la realidad. Si ella lograba romper la rigidez de la geometría del escenario y dar un paso en diagonal hacia la penumbra total, el bucle se rompería y sería libre, pero Jonathan hacía lo imposible con sus poses teatrales para mantenerla estática en su cuadro de luz.

 El Teatro de la Ópera de Estrasburgo estaba clausurado hacía décadas, desde el incendio de 1926. Sin embargo, cada medianoche, los generadores ocultos en el sótano cobraban vida con un zumbido eléctrico. El olor a ozono y polvo caliente no era el de una ruina, sino el de una máquina devorando electricidad.

Me colé entre los andamios oxidados, buscando el calor de los transformadores. Lo que vi en el escenario principal, me heló la sangre.

No había música. Solo el zumbido rítmico de un proyector de carbón oculto en el palco presidencial, casi como una respiración. La luz que caía sobre las tablas no dispersaba la oscuridad; la cortaba en ángulos perfectos, como cuchillas blancas sobre un fondo de tinta china.

Y en el centro de ese laberinto de líneas, ensayaban ellos: Irina y Jonathan.

Al principio pensé que eran maniquíes de cera articulados por cables tensos desde el techo, porque tenían una palidez extrema, los ojos cercados por un hollín espeso y unas pupilas dilatadas que no parpadeaban. Él estaba vestido con un frac rígido que parecía absorber la luz y se movía detrás de la bailarina sin tocarla jamás, con dedos como las garras de un insecto disecado, suspendidos a milímetros de su cuello, marcando cada uno de sus pasos con sutiles espasmos y ella que respondía al instante con sus pies, atados por cintas que le mordían la carne, y repicaban contra la madera con un crujido seco, como el de huesos rompiéndose uno a uno.

—Un milímetro a la izquierda, Irina —siseó el hombre. Su voz no venía de su boca, que permanecía inmóvil y pintada de un negro violáceo, sino desde el fondo de la fosa del escenario—. Estás ensuciando la diagonal. El cuadro debe ser perfecto.

Me oculté detrás de una columna de terciopelo podrido, conteniendo el aliento. Fue entonces cuando me di cuenta de que la coreografía no avanzaba. Repetían los mismos tres segundos una y otra vez. Ella giraba sobre su punta izquierda, abría los brazos en un ángulo exacto, miraba hacia el palco vacío con una expresión de pánico absoluto, y él congelaba sus manos sobre la cabeza de la bailarina. Luego, la luz parpadeaba, un chasquido eléctrico resonaba en el aire, y volvían a empezar exactamente en la misma posición.

Me quedé mirándolos desde la penumbra, perdí la noción del tiempo, aunque creo que fue bastante prolongado porque ya mis ojos se habían acostumbrado a la luz estroboscópica, pero mi mente empezaba a agrietarse.

 Debí dar media vuelta y huir, pero había algo en la fijeza de sus pupilas que me mantenía inmóvil.

 En un instante, durante el último parpadeo de la luz, la bailarina no miró hacia el palco. Me miró directamente a mí, a través de la oscuridad del ala oeste. Y sus labios, agrietados por el yeso, intentaron modular una palabra que el zumbido de la electricidad casi logró ahogar: «Ayuda».

El horror no llegó con un grito, sino con el silencio de mis propios pulmones. Quise dar un paso atrás. Decidí deslizar el pie derecho hacia la sombra protectora de la columna de terciopelo, pero mi bota se quedó clavada en la madera. No estaba pegada, el espacio detrás de mí había dejado de existir. Cuando miré de reojo, la penumbra del ala oeste ya no era un vacío oscuro, sino un muro sólido y negro que presionaba contra mi espalda.

La luz del proyector volvió a parpadear.

Chasquido.

Irina giró sobre su punta izquierda. Abrió los brazos. Miró hacia el palco con pánico. El hombre congeló sus manos de insecto sobre la cabeza de la joven.

Chasquido.

El ciclo terminó. Y en esa fracción de segundo en que la bombilla de carbón se extinguió para reiniciar el bucle, mi cuerpo entero dio un violento vuelco hacia el frente. Un tirón invisible, seco y magnético, me arrastró medio metro fuera de mi escondite.

Ahora estaba expuesto.

La luz blanca y cortante me dio de lleno en la cara. Un aire caliente se metió en mi nariz, quemándome la garganta Intenté gritar, pedirles que se detuvieran, pero mis cuerdas vocales solo emitieron el mismo zumbido rítmico que hacía vibrar el teatro. Mi voz ya no me pertenecía; ahora era parte del motor.

—El cuadro se expande —susurró la voz sin boca del hombre del frac. Esta vez, el eco resonó justo detrás de mis orejas—. Una nueva arista para sostener el peso de la geometría.

Chasquido.

Irina volvió a girar. Pero esta vez, sus ojos circulares no miraron al palco, ni me buscaron en la sombra. Su mirada se clavó en mi pecho. Vi las lágrimas de yeso seco romperse en sus mejillas mientras sus brazos se abrían en los malditos noventa grados.

Comprendí que su pánico ya no era por su propio cautiverio, sino por el mío. Quise mirar mis manos, pero mi cuello se había petrificado. Mis dedos comenzaron a estirarse, tensándose en ángulos antinaturales que imitaban la rigidez coreográfica de los dedos de Jonathan.

Mis pies se juntaron en una posición de ballet perfecta, los talones unidos, obligándome a mantener un equilibrio agónico. Me quedaban pocos segundos de conciencia antes de que el mecanismo borrara mi voluntad por completo. El proyector emitió un zumbido más agudo, el filamento vibró al límite, y la luz comenzó a parpadear más rápido.

El bucle de tres segundos se redujo a dos.

Luego a uno.

El tiempo se estaba comprimiendo, y yo me estaba convirtiendo en la tercera silueta del escenario.

 

Algún tiempo después, en el otoño de 1952, la linterna emitía un crujido molesto cada vez que se presionaba el gatillo, arrojando un haz de luz amarilla y mortecina sobre las butacas destrozadas del Teatro Ópera. Hacía frío, un frío húmedo que olía a madera podrida, a nidos de paloma y a abandono.

—No sé qué esperabas encontrar aquí, Oliver —susurró una voz desde la entrada. Oliver no respondió. Oliver, estudiante de arquitectura, estaba obsesionado con los teatros del pasado, y las leyendas urbanas del barrio eran demasiado tentadoras como para pasarlas por alto. Decían que el Ópera devoraba a los vagabundos que buscaban refugio en los inviernos crudos. Decían que, a veces, las ventanas tapiadas del piso superior vibraban con una extraña fluctuación eléctrica.

Oliver llegó al borde del escenario. El suelo estaba cubierto de una capa de polvo tan gruesa que parecía nieve gris. Apuntó su linterna hacia el techo, buscando el mecanismo del telón, pero el aparato falló. La bombilla titiló dos veces y se apagó por completo, sumiendo el lugar en una oscuridad total.

—¿Oliver? No tiene gracia. ¡Vámonos! —exclamó el compañero de aventura y se marchó sin esperar respuesta. Oliver abrió la boca para responder, pero el aire se volvió pesado de golpe. Un zumbido sordo empezó a vibrar bajo sus pies, ascendiendo por sus piernas como una corriente de baja intensidad.

Entonces, el proyector del palco presidencial se encendió solo, con un fogonazo blanco y geométrico que rebanó la penumbra del escenario en ángulos perfectos de luz y sombra obligándolo a dar un paso atrás por puro instinto, pero se congeló al ver lo que había aparecido en el centro del haz luminoso.

Eran tres figuras

La luz parpadeó. La bailarina abrió los brazos. El hombre del frac congeló su pose. Yo, incliné el torso en una reverencia mecánica y agónica.

Chasquido.

El bucle de un segundo se repitió. Una y otra vez. Una danza muda y frenética que no levantaba una sola mota del polvo del suelo.

Oliver sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. Quiso gritar, pero la mandíbula se le puso rígida, como si el tejido de sus mejillas se estuviera transformando en madera o cera. Intentó retroceder, pero su zapatilla derecha se hundió en el suelo, clavándose en la tarima con una firmeza magnética.

Moví apenas la mirada hacia la oscuridad donde estaba el estudiante. Con un esfuerzo que me desgarró el cuerpo, desvié el pie izquierdo unos centímetros. No hacia adelante. En diagonal. La única dirección prohibida.

El mundo produjo un ruido seco. No fue el proyector. Fue la geometría rompiéndose.

Durante una fracción de segundo vi el escenario desde afuera: vi a Irina, a Jonathan, al muchacho de los años cincuenta y al lugar vacío donde yo había estado antes.

Entonces comprendí que el espectáculo nunca perdía una figura. Sólo cambiaba de nombres.


Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA CABAÑA HÚNGARA

Azher Jirjees

 

En el otoño del 2006 llegué andando hasta Hungría. Hice la travesía solo, atravesando los bosques sin rumbo hasta que se me apareció a lo lejos el espejismo de una vieja cabaña. Se trataba de una choza aislada, cerca de un establo de burros que desprendía un extraño olor a carne asada. Con lo que me restaba de ánimo me dirigí hacia allí, y fue entonces cuando a la distancia escuché un gritó: ¡Stop! Me detuve al instante y levanté las manos en señal de rendición. Una anciana enflaquecida vino hacia mí apuntándome con una escopeta de cazador. Me habló en húngaro. No entendí lo que dijo y de no ser por las pocas palabras en inglés que aprendí hace veinte años cuando iba a la escuela, posiblemente ahora no estaría contándolo. Le dije que andaba perdido y que estaba hambriento, que había huido de la muerte, y solo entonces la anciana bajó el arma y me dijo: ¡Sígueme!

   Me metió en la cabaña y me ofreció hígado de pollo machacado con manteca y avena, plato que devoré con apetito. Mis ojos no perdían detalle del lugar. Desde dentro se veía un espacio amplio. Estaba lleno de botellas de vino vacías y las paredes y el suelo olían a orín. La señora Bárbara me contaría después que se dedicaba a fabricar vino casero para vendérselo al dueño de un bar en Budapest. También me dijo que hace cincuenta años había llegado a un trato con uno de ellos respecto al vino añejo, producto que haría de ella una mujer rica. Me habló de que tenía un sótano lleno de barricas de madera y que era feliz con su trabajo. Luego me pidió que le contara mi historia.

   Yo le hice un resumen de mi vida y se le llenaron los ojos de lágrimas al saber que había huido de la guerra. Me pidió que me quedara. Los desertores son susceptibles de despertar compasión. Acepté sin dudarlo. Trabajo y cobijo, ¿qué más puede pedir un extraño? Acordamos que trabajaría siete horas en el establo y me encargaría de limpiarlo de los excrementos, a cambio, tres comidas al día a base de hígado caliente de pollo y un lugar para dormir en la cabaña. A decir verdad, no resultaba un trabajo demasiado pesado.

   Cierta noche, estando acostado, escuché un ruido en el sótano. Las barricas se agitaban violentamente. Bárbara me había prevenido de entrar en el sótano del vino, pero aquella noche ella estaba sumida en un sueño profundo, así que retiré la manta, tomé un machete y me dispuse a bajar las escaleras. Iba descalzo, andado de puntillas y mascullando por lo bajo una fórmula aprendida de mi abuela Salima. Una vez abajo encendí la lámpara de aceite y observé los barriles de vino. Estaban quietos, y no se sentía más ruido que los ronquidos de Bárbara filtrándose desde el piso de arriba. Me quedé tranquilo. Apagué la lámpara y fui subiendo las escaleras despacio. Sin embargo, un temblor procedente de una de las barricas me hizo volver para ver lo que ocurría. Encendí la lámpara de nuevo, y con ella en la mano, me metí hasta el fondo del sótano. Cada vez que daba un paso, se amplificaba la violencia de aquel temblor y así hasta que llegué al último barril. Se agitaba como un niño que estuviera sufriendo un ataque epiléptico. Puse el quinqué a un lado y agarré una barra de hierro que estaba tirada en el suelo, la encajé en la tapa de la barrica y la abrí. Saltó de allí un enano en pelotas.

¡Santo Dios!¡ Un enano en una barrica de vino! La escena me dio miedo y empecé a repetir en voz alta la fórmula y amuleto de protección, pero él me interrumpió.

   —No vale para nada.

   —¿El qué?

    —El amuleto. Olvídalo. Ya lo probamos nosotros antes y no sirvió de nada.

      Las palabras del enano me dejaron perplejo y estuve a punto de perder la razón.

   —¿Quiénes son los que hablan en su nombre?

   —No te asustes, querido. Tu destino no será muy diferente al nuestro.

   Le pregunté a qué se refería y bajó la luz del quinqué con la mano, se sentó encima del barril que estaba al lado y empezó a contarme la historia. Me dijo que en esas barricas no había vino, sino enanos macerando en orín de burro. La señora Bárbara, según su explicación, había construido aquella cabaña hace cincuenta años para dar caza a los que huían de las guerras, a los cuales metía en las barricas de madera. Cada día los alimentaba con hígado de erizos monteses machacados con aceite, que poco a poco, los iba menguando hasta convertirlos en enanos. Luego los metía en las barricas de vino, llenas de orín de burro y los vendía como bebida para los geniecillos malos. El proceso hasta que fermentaban y se convertían en alcohol podía alargarse varios años, aunque ella cobraba del señor Mark la mitad por adelantado de cada uno de los prófugos que atrapaba.

   —¿Y quién es ese tal señor Mark? —le pregunté.

   —El dueño del bar que frecuentan los genios malos —respondió antes de preguntarme él —: ¿Has tomado ya de esa comida?

   —Así es, tres veces al día, pero ella me dijo que era hígado de pollo con grasa y avena.

   —Es lo que les dice a todos, pero no es cierto. Es hígado de erizos monteses enanos.

   La historia me puso la piel de gallina. Tratando de tranquilizarme me pase la mano por el cuerpo, que aún seguía en su tamaño normal. Luego le pregunté sobre el secreto que había detrás de todo aquello, y la razón última que llevaba a una anciana a macerar a los prófugos de las guerras en orín de burro, ¡para venderlos después a los genios malos! Entonces me reveló que cuando él empezó a menguar y llegó el día en el que la señora Bárbara decidió meterlo en el barril del orín, le había preguntado eso mismo, y ella se echó a reír a carcajada limpia y le respondió con una frase: Escucha, enano, cuando la guerra estalle en este lado de la tierra, el mercado de la diversión estará en lo más alto en el otro lado.

   Para ser sinceros, no entendí que quiso decir el enano infusionado, pero de igual manera le pregunté al final por el día el que yo mismo me convertiría en vino para los demonios. Se rio de mí y dijo:

   —Oh, aún es pronto para eso, compañero, figúrate, yo hui de la guerra de Octubre y aún no he fermentado. Devuélveme al barril, haz el favor, extraño el sabor del orín de burro.

   Y así fue. Lo sumergí en el orín, encajé la tapa y seguidamente apagué la luz para volver a la cama. Por la mañana, desperté con las voces de la anciana Bárbara:

   —Salim, Salim, despierta querido, es la hora de comer.

Azher Jirjees nació en Nasirriya, Irak, en 1973 y reside actualmente en Noruega. Entre la gran cantidad de trabajos literarios publicados, muchos de ellos relatos y artículos mordaces que han visto la luz en prensa árabe, destacamos sus obras más recientes: Encima de la tierra negra (2015), El artesano de dulces (2017), y Piedra de la felicidad (2022).

 

 

DOS HOMBRES, TRES OPINIONES

Anamaria Borlan

 

Dos hombres se encuentran en una tabaquería del barrio donde viven. Se saludan cortésmente, cada uno a su manera: el primero que entró, con una sonrisa torcida en la comisura de los labios; el otro, con una mueca de fastidio. Se conocían de vista, aunque nunca habían intercambiado una palabra, pese a vivir en el mismo edificio, pero en entradas, pisos y departamentos diferentes. El primero compra una caja de fósforos mientras el segundo espera pacientemente a que quien lo precede rebusque en sus bolsillos, tosa, se suene la nariz con un pañuelo arrugado y, finalmente, coloque dos monedas sobre el mostrador con marco de caoba, bien lustrado, que encuadraba majestuosamente una placa de vidrio rayada, manchada, opacada aquí y allá por el roce de tantos codos y diversos objetos que habían pasado sobre ella a lo largo de varias décadas. El segundo cliente pide un paquete de cigarrillos sin filtro y, cuando el vendedor le responde con cierta brusquedad que no tiene la marca deseada, el hombre se enfada.

Una lluvia de insultos, improperios y maldiciones inesperadas e inútiles cae sobre el anciano sentado en una silla detrás del mostrador, quien, imperturbable, se acaricia la barba larga, espesa y desgreñada, demostrando una perfecta indiferencia ante el acceso de furia del cliente. El primero que había entrado, el que había comprado la caja de fósforos y nada más, ya casi en el umbral de la tabaquería y con intención de salir, abre la caja, saca un fósforo y lo enciende ante los ojos del hombre que discutía por el paquete de cigarrillos. Este da un salto hacia atrás para esquivar primero las chispas y luego la llama que brota de repente bajo su nariz, y se golpea la cadera contra el mostrador lateral, estrecho, de madera con refuerzos metálicos oxidados en algunos lugares.

—El fósforo de la caja es un elemento que se comporta amistosamente, por supuesto, siempre que no dejes caer la cerilla al suelo, sobre la madera o sobre los pantalones de algún payaso... —dice el primero con voz grave, casi susurrante, adoptando un aire solemne, serio, grandioso e imponente, todo al mismo tiempo. El segundo, un hombre aproximadamente de la misma edad, un poco más bajo y barrigón, exhibe también, en la medida de sus posibilidades, un aire majestuoso.

—No me hables a mí de fósforo y cerillas —gruñe con expresión contrariada, lanzando una mirada de soslayo al tabaquero que permanece callado y aburrido en su taburete detrás del mostrador.

—¿Y por qué no? ¡Hablo de lo que quiero!

—¿Al menos sabes de qué estás hablando? Déjame contarte una historia, ya que has entrado en mi tienda. En tiempos de la Antigua Roma, un poeta llamado Marcus Valerius Martialis, autor de doce libros de epigramas leídos por los emperadores Domiciano, Nerva y Trajano, menciona una sustancia llamada sulphurata, utilizada para encender fuego. Varios siglos después aparecen las varillas de azufre con las que las damas de la corte de la dinastía china Qi encendían sus pipas. Mucho más tarde aparecen en Europa unos fósforos llamados Lucifer, porque la varilla llevaba en uno de sus extremos una mezcla de azufre, clorato de potasio, azúcar y caucho, una verdadera bomba; se encendía introduciendo la punta en un pequeño frasco de ácido sulfúrico, lo cual era francamente peligroso y muy costoso. También existían los fósforos llamados Ratón Volador, es decir, los vampiros de la noche. Pero antes de que llegáramos a la civilización –bueno, a una especie de civilización, porque seguimos siendo unos salvajes–, mucho antes de que nuestros semejantes asaran carne, los hombres golpeaban dos piedras, pedernal y eslabón, con las que también prendían fuego a la pólvora. Como ves, sé mucho sobre fósforos. —El segundo cliente resopla con desaprobación y afectación fingida—. Veo que no te interesa. Al menos sé educado y escucha, tú, comprador de cigarrillos baratos y sin filtro —lo reprende el primer cliente.

—¿Qué te importa mi vida, eh?

—¡Estoy perdiendo el tiempo y la paciencia con gente como tú!

—¡Mira tú! —exclama el segundo con expresión ligeramente divertida, lanzando una mirada al anciano de barba desgreñada—. ¿Gente como yo, eh? ¿Y quién es usted para hablarme desde arriba?

—¿Eh? ¿Has dicho «eh»? ¿Te crees superior a mí?

—¡Esto sí que es bueno! ¡Por supuesto que me creo superior a ti!

—¿Por qué, si tienes la amabilidad de responderme?

—Porque soy una cabeza más alto que tú, llevo zapatos de cuero lustrados, he comprado fósforos aunque no fumo...

—¡Interesante! Parece que esos pocos años que tienes menos que yo te conceden el valor imprudente de quien, por ser más joven, se siente autorizado a insultar. El hecho de que seas una cabeza más alto que yo solo demuestra que alguien de tu familia poseía, sin saberlo, por supuesto, un conjunto de genes presentes en los cromosomas que contienen la información genética necesaria para la formación de un organismo y transmiten determinadas características hereditarias. El hecho de que lleves zapatos de cuero, y además lustrados, indica que tienes ingresos suficientes, y tu afirmación de que no eres fumador me deja completamente indiferente.

—Señor, escuchando sus magistrales palabras pronunciadas con tanta grandilocuencia, me inclino a pensar que su profesión podría ser la de profesor o la de librepensador.

—¿De dónde puedes deducir semejante profesión, como acabas de anunciar? Nada más lejos de la verdad.

—Mis disculpas. ¿Podría decirme, se lo ruego amablemente, cuál es su profesión?

—¿Tanta curiosidad tienes por conocer mi profesión? Me pregunto por qué. ¿Puedes revelarme el motivo de esa insólita petición de que te confiese a qué me dedico?

El primer cliente, con un pie en el umbral y una mano sobre el picaporte desgastado por los años, aprieta los labios y expulsa un sonoro resoplido por la nariz.

—Porque he observado, sin proponérmelo, que pediste un paquete de cigarrillos y te enfureciste porque no tenían tu marca preferida.

—¡Deducciones erróneas! Y de varias clases. Has supuesto, escuchando a escondidas mi conversación con el vendedor y sin saberlo con certeza, para quién pensaba comprar ese paquete de cigarrillos. ¿Por qué precisamente esa marca? ¿Quizá para mí? ¿Quizá para otra persona? ¿Por qué el tabaquero no tenía esa mercancía? ¿Por qué no hizo un nuevo pedido? ¿Tal vez no advirtió que justamente esa marca se había agotado? ¿Tal vez no le importó? ¿Tal vez sabía que al final compraría otra marca de cigarrillos...?

—No puedo sino darte la razón. Es cierto. He reflexionado y elaborado cierta forma de razonamiento sin una base comprobada, sin premisas que condujeran a una conclusión fundada en la lógica del juicio.

—No has reflexionado; solo oíste algunas palabras dichas al azar y después tuviste la insolencia de criticarme, de mirarme desde arriba; incluso mencionaste con elocuencia el hecho de que llevas zapatos de cuero lustrados.

—Mencioné ese detalle porque es verdad.

—Yo llevo un pañuelo en el bolsillo, pero no he mencionado ese objeto, aunque su presencia sea absolutamente real, incluso sin que yo demuestre su realidad inmediata. Como dato curioso y divertido, yo también llevo zapatos de cuero, y hasta están lustrados. Quizá no miraste lo bastante bien o no te inclinaste lo suficiente para darte cuenta. Después de todo, ¿cuál es el propósito de esta conversación? Como intuyes, o quizá incluso sea deliberado, este diálogo puede ramificarse en varias direcciones, no todas agradables ni seguras.

—¿Como una disputa filosófica?

—En pocas palabras, sí.

—¿Y en muchas?

—Nos llevaría meses, si no varios años, discutir de manera divergente acerca del tema de nuestro encuentro de hoy.

—Yo tengo tiempo. No tengo prisa por ir a ninguna parte. He entrado por primera vez en mi vida en esta tabaquería por pura curiosidad.

—¿Qué despertó tu curiosidad? ¿Existe alguna motivación empírica o fue simplemente casual?

—Sentí el impulso de explorar lugares y personas nuevos, desconocidos para mí antes de esta experiencia.

—Eso significa que tienes un fundamento subjetivo para el impulso que determinó esa acción.

—Más bien, lo confieso sinceramente, por la naturaleza de una cábala.

El primer cliente que había entrado en la tienda permanece callado durante unos instantes, como sumido en sus pensamientos.

El anciano vendedor de barba blanca y desgreñada se levanta con dificultad de su silla, da un paso hacia el mostrador y apoya ambas palmas sobre el vidrio rayado, opacado y manchado.

—Con todo respeto, estimados clientes, me veo obligado a invitarlos a trasladarse afuera, a la plaza, para que continúen allí su diálogo sobre el análisis y el debate minucioso de la nada.

—¿Ya es hora de cerrar? —pregunta sorprendido el segundo cliente.

—¿Nos echa por haber hablado de fósforos?

—No de fósforos —interviene el segundo hombre—. Hablamos, o al menos tuvimos la intención de hablar, también de la chispa producida por la cabeza de fósforo, que después se enciende, arde como las ideas y se extingue como la vida de un hombre.

—Caballeros, no deseo contrariarlos de manera desagradable, pero esta conversación me ha aburrido más allá de todo límite y, con la mano sobre mi envejecido corazón, no deseo que la nada se transforme en caos. Añadiré unas pocas palabras y después cada uno seguirá su camino; yo cerraré la puerta desde dentro. He visto en sus distinguidos rostros que experimentaron un instante de intriga, de perturbadora sorpresa, cuando pronuncié la palabra «nada». Se me ocurrió la teoría que se refiere a la Nada como la maximización de la posibilidad de lo inexistente. ¿Tengo razón?

El tabaquero desplaza la mirada de uno al otro.

—Sin ánimo de ofender, se me acaba de ocurrir una pregunta —dice el primer cliente—. Señor, ¿está usted familiarizado con... el idealismo?

—Más bien con la Ilustración —responde de inmediato.

Los dos clientes intercambian una mirada; el asombro se refleja en sus rostros.

—Si lo considera oportuno, me tomo la libertad de preguntarle cuál es su nombre.

El anciano endereza la espalda sosteniendo una gran llave en la mano, como si estuviera a punto de atacarlos.

—Mi nombre carece por completo de relevancia. Igual que los de ustedes. La razón y la experiencia son características generales de la existencia. También lo son los conceptos de espacio, tiempo y cambio, la causalidad y las leyes de la naturaleza. La materia y la mente humana mantienen un vínculo estrecho y predeterminado. Sin estas particularidades no existirían ni lo posible ni lo necesario.

—Ni el conocimiento —añade el primer cliente.

—Solo ahora hemos llegado al momento indudable, necesario y posible de revelarnos nuestros nombres —replica el anciano con tono decepcionado y casi dolorido—. Después abandonarán esta tienda y yo bajaré las persianas de la tabaquería. ¡Vayan a adorar a algún ídolo, dios o poder cósmico! Yo, el que está aquí ante ustedes, me llamo Mendelssohn. Moses Mendelssohn.

Los dos miran al hombre de barba blanca y desgreñada.

—¿Aquel Moses Mendelssohn, teólogo y filósofo?

—En persona. Ahora tengo que pedirles un gran favor. Revelen también ustedes sus nombres y a qué se dedican durante los días de la semana. Primero el primer cliente y después el segundo, en el mismo orden en que entraron.

—Me llamo Johann Christoph Friedrich Schiller. Escribo obras de teatro y, de vez en cuando, poemas.

—¿Eres aquel Schiller que escribió obras filosóficas sobre ética y estética? ¿Tomaste como modelo mi forma de síntesis, aplicando así mi pensamiento junto con el del idealista Karl Leonhard Reinhold? ¡No esperaba un encuentro semejante! Ahora te toca presentarte —dice, volviéndose hacia el segundo.

—Mi nombre es Immanuel Kant. Mis ideas sentaron las bases del sistema doctrinal del idealismo trascendental.

—¿Y a qué conclusión ha llegado, señor Kant? Le hago la misma pregunta al señor Schiller.

—Todavía pienso y reflexiono acerca de la relación entre la realidad y la realidad empírica que podemos experimentar.

—¡Fascinante! —se maravilla el dramaturgo—. Yo también sigo pensando en la naturaleza del mal, y especialmente en la cábala entendida como complot, conjura e intriga, como experiencia de la realidad.

—En conclusión, ¿cuál es la opinión de ustedes acerca del idealismo, sea trascendental o esté por encima o más allá del mundo real?

—Por ahora intento formarme una idea acerca de la cosa como materia, sobre cómo puedo penetrar con la mente más allá de la apariencia. ¿Cómo podría contemplar el espacio cósmico y explorarlo mediante el poder de mi mente? Tal vez encontrar una civilización más avanzada que la nuestra y poder preguntar acerca de la percepción de sentidos que trasciendan la realidad.

—Y yo procuro, en mis obras de teatro y en mis poemas, examinar el fundamento de la realidad como una característica independiente de la mente. El viaje espacial tendrá lugar, sin duda. Es muy posible que esa civilización más avanzada que la nuestra, de la que has hablado, posea concepciones y un conjunto de conocimientos más sofisticados y que tengamos la oportunidad de experimentar la metafísica...

—Sí, por supuesto, sería una experiencia única estudiar el ser en cuanto ser, independientemente de que sea humano o extraterrestre —se entusiasma Kant.

—¡Explorar el ámbito suprasensible más allá de nuestro mundo interior y también aquello que existe más allá del mundo exterior!

—¡Y asimismo investigar, desde un punto de vista crítico y comparativo, las condiciones del pensamiento!

—Les deseo mucha suerte. Ahora les ruego que abandonen la tienda; esta conversación sobre la nada me ha agotado. Ilusiones y ficción. Adiós.

Schiller y Kant salen. Tras ellos oyen cómo la llave gira dos veces en la cerradura.


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

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