Khancho Kojouharov
Los científicos
creen que en algún lugar del Universo existe una Región de Maravillas. Cuentan
que allí han llegado solo un puñado de viajeros estelares, que poco antes
habían experimentado un gran peligro. Como si para compensarlos por sus
sufrimientos, el Universo les hubiera mostrado parte de sus secretos, como un
maestro que premia a su clase llevándola al zoológico.
Cuentan además que algo –¿un
espíritu, una fuerza, un campo?– borra las coordenadas de la Región de la
memoria de las computadoras de las naves e simultáneamente impulsa a los
afortunados a intentar regresar. Toda la vida lo intentan –una y otra vez–
llegar al lugar de sus sueños, pero no pueden. Lo interesante es que no
intentan unir fuerzas, no crean su propia hermandad, sino que cada vez actúan
solos, sin buscar ayuda de los otros afortunados.
Conozco su secreto. No pueden
mirarse uno a otro a los ojos, porque todos comparten una experiencia
aterradora. Fueron expulsados del maravilloso zoológico del Universo… como
estudiantes que apedreaban a los animales.
Adán pensaba que se
encontraba en el Paraíso.
Desafortunadamente, su único
compañero era el Diablo. Para el protocolo: se llamaba Eva y no era un diablo,
sino simplemente diabólicamente hermosa. Por supuesto, ningún hombre normal
tiene problemas con las mujeres hermosas, sino únicamente con los pensamientos
que revolotean en sus cabezas. Así que el placer de Adán se vio algo
ensombrecido por una premonición de grandes problemas. ¿Premonición? Certeza.
Porque Eva lo estaba tentando. Con
conocimiento. Por eso era también diabólicamente atractiva.
—No tengas miedo, nadie se
enterará.
—¿Cómo lo sabes?
—Apagaremos la transmisión y
diremos que alguna tormenta magnética cortó la señal.
—¿Y quién nos creerá? Los de arriba
constantemente vigilan las tormentas.
—Eléctricas, no magnéticas —objetó
Eva.
El argumento era sólido y él se
esforzó por idear algo mejor.
—El capitán nos desollará vivo si
hacemos algo con los himnos.
—¿Qué podemos hacerles? Simplemente
añadiremos uno más… de la Tierra.
—Sí, pero el xenobiólogo dijo que
eso podría matar la fauna local —objetó Adán sin convicción.
—¿Y acaso no mencionó también que
nunca había oído o leído sobre algo similar? ¿Cómo puede saber qué les daña y
qué no?
Adán sintió que su lógica se
desmoronaba como arena suelta, e hizo un último esfuerzo para no caer en el
abismo abierto:
—Pero en principio, en un encuentro
con formas de vida alienígenas...
Lo interrumpió una risa burlona. Y
poco después Eva se tornó salvaje ante sus ojos. ¡Dios, qué hermosa se volvía
cuando se enojaba!
—En principio, el sexo entre
colegas también está prohibido, pero anoche eso no te detuvo —y ella se acercó
a él.
Lo abrazó y le susurró el resto al
oído.
Los dos estaban
solos en el pequeño continente, que en el diario de a bordo ya llevaba el
nombre de Australia Superior, porque sus contornos se parecían al del planeta
Tierra, pero se encontraba en el hemisferio norte del planeta. Los otros cuatro
equipos registraban los himnos en diferentes lugares de Edén, el gran
continente. Lo hacían respetando todas las medidas de precaución que el capitán
y el xenobiólogo lograron idearse. No solo que registraban los himnos desde la
distancia con micrófonos direccionales, sino que los filmaban no con drones,
sino desde la órbita. Si se creía al maldito xenobiólogo, el zumbido de los
drones podría dañar irreversiblemente los himnos.
La vegetación de estepa cubría la
mitad de la tierra del planeta. Las montañas rocosas, los bosques y los
desiertos se repartían la otra mitad, que evidentemente permanecería sin
explorar, porque toda la gente y los recursos estaban dirigidos hacia los himnos.
Los descubrieron el primer día.
Mientras orbitaban, notaron que a través de las estepas grisáceo-verdosas se
movían incontables manchas brillantes, grandes y pequeñas, pero todas con forma
de óvalo alargado.
Alguien propuso llamarlos
"camaleones de estepa", pero ese nombre tonto se descartó por sí
solo, después de que la primera lanzadera aterrizara en la superficie del
planeta. El piloto se quedó dentro –una medida normal para garantizar un
despegue inmediato en caso de peligro– y los otros dos salieron y se quitaron
cautelosamente los cascos de oxígeno.
En la nave todos se alegraron, aunque
ya sabían que el aire era respirable. Y entonces dos "camaleones" que
cambiaban de color sincrónicamente se dirigieron hacia la lanzadera. Los
hombres que acababan de descender de ella se quedaron petrificados.
—¿Qué está pasando? —preguntó el
capitán. Cuando pasó un minuto sin respuesta, la ligera molestia en su voz se
convirtió en algo cercano al pánico—. ¡Reporten! ¡Nick! ¡Nick!
Nadie podría explicar por qué, pero
cada uno en la nave habría apostado con total convicción que la primera
pregunta iba dirigida al Gran Nick, y la segunda al Pequeño Nick. La entonación
comunica más información de la que sospechamos, mientras que el nombre puede
engañarte. El Gran Nick era una cabeza más bajo que el Pequeño Nick, pero
reaccionaba primero y siempre tomaba la iniciativa.
—¡Dios, qué hermoso es! —susurró
finalmente el Gran Nick, que era el líder del equipo.
—¿Hablas de los camaleones?
—preguntó sorprendido el capitán.
Esta vez el Gran Nick respondió de
inmediato, aunque seguía de pie como una estatua:
—No son camaleones, son himnos.
¡Música divina!
El susurro afirmativo del Pequeño
Nick casi no se oyó por la reacción inmediata del capitán.
—¡Regresen de inmediato! —La gente
en la sala de comando miró al capitán con los ojos como platos. ¿Se había
vuelto loco? Su poderoso rugido confirmó sus sospechas—. ¡Despegue inmediato!
¡Peligro!
El Gran Nick y el Pequeño Nick
corrieron hacia la lanzadera. Su puerta aún no se había cerrado cuando despegó.
El capitán miró a su alrededor con
expresión de sangre fría.
—Podría resultar inofensivo, pero
también podría ser un ataque hipnótico —explicó. Los rostros de los que lo
rodeaban se relajaron.
Cuando media hora después los dos
salieron de la esclusa que conectaba la lanzadera con la nave, sus ojos
brillaban como los de nuevos conversos a cualquier fe. Todos, excepto el
psiquiatra de la nave, quedaron atónitos.
—¿Nos hablarán sobre los himnos?
—preguntó él con una voz predispuesta.
—Bueno, no sé cómo llamarlos de
otra forma. Apenas salí, escuché música —como si cantara un coro de ángeles
—respondió el Gran Nick.
—Mmm —confirmó el Pequeño Nick, que
evidentemente estaba más afectado que su compañero.
—Después se hizo más fuerte y vi
que se acercaba una de esas manchas de camaleón. Cambiaba constantemente de
color... y era tan hermoso que no podía apartar los ojos. Y la música... no es
música, es droga. Simplemente te hechiza —el Gran Nick se dirigió al capitán—.
Jefe, ¿por qué nos trajeron de regreso? ¿Qué peligro había?
—Precisamente por eso vamos a tener
una conversación —dijo el psiquiatra e indicó elegantemente su despacho. Los
dos Nick lo siguieron como sonámbulos.
Pronto el psiquiatra salió del
despacho e hizo un gesto de asentimiento al capitán. Sacaron a todos de la sala
de comando excepto al xenobiólogo, y se quedaron solos con la computadora de la
nave.
Con cada hora que pasaba, la
atmósfera en la camaradería se hacía más tensa —especialmente después de que
Eva mencionó que el Gran Nick y el Pequeño Nick dormían en los sofás del
despacho del psiquiatra. ¿Acaso durante la breve estancia abajo no habían tocado
alguna enfermedad peligrosa? ¿O la maldita música los había vuelto locos?
Finalmente, el sistema de
comunicación de la nave carraspeo y con la voz del capitán convocó a todos a la
sala de comando.
—La buena noticia es —comenzó el
capitán—que por lo menos por ahora no corremos ningún peligro inmediato. La
mala es que nosotros podemos poner en peligro —una mirada rápida al xenobiólogo—estos,
ejem, himnos, sobre los cuales no sabemos nada. No sabemos si son alguna forma
de vida o un fenómeno natural único. Y necesitamos aprender sobre ellos todo lo
que podamos, y rápido. Por eso hemos designado diez equipos de dos hombres que
se turnarán abajo durante una semana...
Sus instrucciones concluyeron con
la lista más exhaustiva de prohibiciones desde que Moisés recibió los Diez
Mandamientos. Si el capitán hubiera escuchado las palabras del psiquiatra,
probablemente no las habría proclamado en absoluto.
—Capitán —había dicho el psiquiatra
al final de su consulta con la computadora de la nave—no cometa este error. Los
cosmonautas no son soldados.
El capitán lo miró con dureza.
¿Cómo sabía este tipo sobre su pasado militar? Luego recordó que el psiquiatra
tenía acceso a todos los expedientes y probablemente había participado en la
selección de la tripulación.
—Uno de los principales requisitos
para los cosmonautas es tener un espíritu aventurero —continuó el psiquiatra
imperturbable—. Si les prohíbes algo, su reacción automática no es obedecer la
prohibición, sino violarla.
—Mientras yo responda por sus
acciones, harán exactamente lo que les ordene —la voz del capitán sonó como
metal—. Enviaré a todo violador a la cámara de hibernación y yo no seré yo si
no lo despertamos antes de llegar a la Base.
El psiquiatra se encogió de
hombros. Sabía que el capitán no era tonto, y probablemente provocaba
deliberadamente a su gente para que actuara más audazmente. ¿Acaso Dios no
había hecho lo mismo al prohibir a Adán y Eva comer del árbol del conocimiento?
¿O tal vez como administrador experimentado, se protegía dejando un rastro de
documentos?
A la mañana siguiente, el capitán
confirmó la segunda suposición al repetir su amenaza de hibernar a todo
infractor.
Lo que nos devuelve a la disputa
entre Adán y Eva.
Adán intentó convertir todo en una
broma:
—¿Cómo sé que esos frutos son un
afrodisíaco así?
—¿Porque parecen manzanas? —se rio
ella—. Deberías saberlo. —Y cuando él no dijo nada, añadió sorprendida—: Pensé
que habías leído la Biblia.
Podría haberle recordado que cuando
le trajo los frutos, ella solo llevaba una hoja de higuera, pero la
caballerosidad le aconsejó que se retirara con dignidad.
—¿Y qué les ponemos? —preguntó—. No
entiendo nada de música.
El aventurerismo está más conectado
con la vista que con el oído, y por eso no es sorprendente que a la mayoría de
los cosmonautas pareciera habérseles sentado un elefante sobre las orejas.
Desafortunadamente para Adán, frente a él estaba el único melómano de la nave.
—No te preocupes —dijo ella—. La
computadora de la lanzadera seguramente está repleta de música. Seguro que
encuentro algo.
Durante un tiempo estuvieron
tirando de cables y desarmando los altavoces del panel de control para
llevarlos hasta la puerta de la lanzadera. Adán logró aislar la antena de
conexión por satélite sin dañarla, y la volvió a conectar rápidamente. Para su
alivio, esto le tomó muy poco tiempo. Quedaban cuatro horas hasta el atardecer,
y el plan era que el experimento durara no más de una hora.
Fue hacia donde estaba Eva y le
recordó lo que le había susurrado. Ella intentó protestar –nuevamente por
razones de principios– pero él le cerró la boca de una manera que fue
placentera para ambos. Los himnos vivos afuera podían esperar.
La noche anterior,
al xenobiólogo se le había ocurrido limitar el rango de ondas de una de las
cámaras que monitoreaban los himnos solo a la región del infrarrojo. El
resultado fue que despertó inmediatamente al capitán.
—¡Capitán, tenemos que rescatar a
los animales de abajo! —declaró, mientras el capitán aún se frotaba los ojos
somnolientos.
—¿Qué animales?
—Los himnos resultaron ser una
especie animal. Venga a ver.
La pantalla principal en la sala de
comando era gris oscuro, pero de vez en cuando una mancha brillante se
precipitaba en ella, parpadeando desordenadamente de un lado a otro, hasta que
volvía a salir de los límites.
—¿Qué es esto? —bostezó el capitán.
El bostezo le proporcionó a su cerebro una cantidad adicional de oxígeno y se
dio cuenta de que todas las manchas eran ovaladas—. ¿Himnos?
—¿Ve? Están vivos —dijo el
xenobiólogo ignorando la pregunta—. La temperatura es más alta que la de la
hierba circundante. Me preocupa la posibilidad de dañarlos.
El capitán sonrió. Le encantaba dar
órdenes, y nunca como esta vez tenía razón. El xenobiólogo podría estar
obsesionado con la protección ambiental, pero en este caso tenía fundamento.
Así que reunieron de nuevo a la tripulación en las primeras horas antes del
amanecer.
—Esta noche nuestro xenobiólogo
descubrió —dijo el capitán—, que los himnos no son solo música, sino seres
vivos. Él les explicará qué limitaciones nos impone esto.
—Somos los más afortunados —comenzó
el xenobiólogo y se pasó la lengua por los labios como un gastrónomo que
acababa de recibir una invitación a un banquete en casa de Lúculo—. Los más
afortunados en la historia, porque descubrimos una nueva especie de seres
vivos. ¿Qué determina sus funciones vitales principales: la música, los himnos
o las manchas coloreadas, los camaleones? ¿Las manchas crean la música o la
música crea las manchas? ¿Son caníbales que se comen entre sí, herbívoros que
se alimentan de plantas de estepa, o plantas que utilizan directamente la
energía solar? ¿La melodía de un himno dado cambia con el tiempo o permanece
siempre igual? ¿Se repiten periódicamente los patrones de los camaleones? ¿Se
reproducen y si es así, cómo? ¿Las melodías se influyen mutuamente? —y se pasó
la lengua por los labios de nuevo—. Qué campo inmenso de investigación nos
espera. Tengo envidia de los equipos que descenderán al planeta, porque yo
tendré que quedarme aquí para sincronizar sus acciones. ¡Éxito para todos
nosotros!
Las cámaras y los
micrófonos direccionales grababan, mientras los investigadores se embriagaban
con los patrones constantemente cambiantes de los óvalos alargados y los dulces
sonidos. Ya que nadie quería abandonar su lugar de observación para no morirse
de hambre, se habían provisto de cantidades innumerables de caramelos y
galletas y masticaban extasiados al ritmo de la música sobrenatural. Vagamente
eran conscientes de que luego pagarían con meses de ayuno estricto, pero eso no
les preocupaba. Los cuatro equipos de tierra ubicados en Edén estaban en un
humor tan elevado que las nuevas órdenes y prohibiciones del capitán, que
llegaron al atardecer, les entraron por un oído y les salieron por el otro.
El quinto equipo –el de Australia
Superior–no las oyó, porque sus dos miembros estaban dormidos.
Eva fue la primera en despertarse y
se dirigió descalza hacia la computadora para buscar música apropiada para el
experimento. Y entonces se dio cuenta del problema difícil que enfrentaba.
Considerando la falta de gusto musical definido de los cosmonautas, los
programadores habían comprimido las obras de prácticamente todos los
compositores en la historia de la humanidad, y la computadora las extraía de su
memoria con un programa de números aleatorios. Lo único que Eva podía hacer era
reproducir los primeros segundos de la siguiente melodía y –ya que la basura
musical de los siglos había enterrado completamente las pocas joyas– saltar al
siguiente con la esperanza de que la próxima pieza valiera la pena.
Era muy frustrante, pero Adán no
tenía forma de saberlo. De lo contrario, difícilmente se habría atrevido a
abrazarla por detrás así de repente. Cuando en lugar de una caricia ella
respondió con un siseo, instintivamente la soltó.
—Justo me preguntaba qué me faltaba
—dijo él—. En este paraíso hay sol, himnos, manzanas, Eva. Solo falta la
serpiente.
Ella se volvió hacia él con una
sonrisa indulgente.
—Mejor ayúdame antes de que llegue
algún ángel con una espada ardiente. Encuentra algo para escribir y ven.
El trabajo progresó y media hora
antes de la puesta del sol tenían seis piezas que eran escuchables.
Cortaron la conexión con la nave,
llevaron los altavoces afuera y Eva se instaló en una tumbona mientras Adán
reproducía desde la lanzadera la primera pieza marcada en la lista. Pasó sin
dejar rastro; el viento seguía meciendo la hierba grisáceo-verdosa, solo la
música que venía de la mancha cercana se calló un momento, como si estuviera
evaluando al intruso. Luego sonó de nuevo.
—Esta melodía seguramente nació
muerta —dijo Eva haciendo una mueca—. Pon la siguiente.
Después de un cuarto de hora Adán
asomó la cabeza por la puerta.
—Esa fue la última. Empaquemos.
Eva saltó de la tumbona y se coló
junto a él en la lanzadera. Sabía que se aferraba a un clavo ardiente, pero no
le gustaba rendirse. Se puso los auriculares en los oídos y reprodujo la
compilación en reproducción acelerada. Adán esperó pacientemente.
De repente sus ojos se abrieron
desmesuradamente.
—¡Es esta! Ponla desde el principio
—y corrió afuera.
Adán encontró el inicio y reprodujo
la pieza.
—¡Ta-da-da-damm! —retumbó bajo el
cielo nocturno. Adán dio un salto, y afuera Eva chilló de alegría.
—¡Ay! —se dijo a sí mismo, y salió
a la puerta. A unos veinte metros de la lanzadera la hierba parecía arder. Una
mancha recién nacida se precipitó hacia el horizonte, dejando un rastro carmesí
detrás de sí.
—¡Voy a apagar el sonido! —gritó
Adán.
—¡No! ¡Mira qué hermoso es!
—Vamos a causar un escándalo y nos
hibernarán. No quiero despertarme ante una corte marcial.
—¿Qué corte marcial? —preguntó Eva
preocupada.
—¿No leíste el contrato antes de
firmarlo? —estalló él—. Ay, dios —y se apresuró en la lanzadera.
Los altavoces se quedaron en
silencio. Llegó el silencio. Incluso el viento se había calmado. Hacia el
horizonte se deslizaba rápidamente un óvalo rojo sangre que gradualmente se
oscureció ante sus ojos. Era enorme.
Los dos escuchaban con tensión. Los
himnos, que habían sonado todo el día, ahora guardaban silencio, como si se
estuvieran escondiendo.
—¿Qué me hizo reproducir eso?
—preguntó él con la boca seca.
—Está en la punta de mi lengua,
pero no puedo recordarlo. Un clásico. Algún compositor antiguo.
—¿Cuál?
—¿Yo qué sé? —gritó Eva—. Te dije,
no lo recuerdo. ¡Déjame en paz!
Adán levantó uno de los altavoces y
lo llevó a la lanzadera. Eva lo siguió. En silencio guardaron el equipo, se
vistieron, restablecieron la conexión con la nave y esperaron.
Cuando pasaron varios minutos sin
que nadie se comunicara con ellos, se tranquilizaron.
—Gracias a Dios no se dieron cuenta
—dijo ella.
Adán asintió y movió su tumbona
junto a la de ella.
En el cielo oscuro brillaron las
primeras estrellas. Sus dedos se entrelazaron y ambos suspiraron profundamente.
No sabían si los himnos sonaban de noche también y solo podían esperar que al
amanecer los oyeran de nuevo.
Pasado un tiempo Eva se levantó de
la tumbona y se acurrucó en el abrazo de Adán.
—¡Espero que nos perdonemos! —dijo
él.
No se perdonaron. A
mitad de la noche se activó la alarma, y luego llegó un estruendo lejano. Los
dos corrieron hacia el panel de control. En la pantalla los esperaba el capitán
—más angustiado de lo que nunca lo habían visto.
—¡Despeguen! ¡Tormenta monstruosa!
Los recogeremos desde la órbita.
Mientras ganaban altura, la
tormenta los alcanzó. Golpeó la lanzadera con un puño enorme:
"¡Ta-da-da-damm!" Todo adentro se sacudió violentamente. Menos mal
que ya estaban volando en la atmósfera rarificada y los embates pronto se
debilitaron. Cuando salieron a la órbita, el sol se levantó detrás de la mitad
nocturna del planeta. Pasó bastante tiempo antes de que se dieran cuenta de que
debajo de ellos no estaba la mitad nocturna, sino Edén, barrido por la tormenta
más horrible que jamás haya asolado ningún lugar.
¡Lo hemos echado a perder!, pensó
Adán. Nos hibernarán. Por nuestra culpa este mundo ya es inaccesible, lo mismo
que los hermosos himnos que nadie volverá nunca a escuchar, ¡nunca!
No sabía ni quería saber qué
pensaba Eva. Solo veía que ella intentaba desesperadamente contener los
sollozos. Se inclinó y la abrazó por los hombros.
Una de las estrellas en la pantalla
comenzó a moverse rápidamente hacia el centro y brilló más intensamente: la
nave se acercaba para recogerlos. El ardiente filo del motor de maniobra se
encendió dos veces. Tengo que decirle algo, aunque no sea reconfortante, pensó
Adán. Se le ocurrió una última broma y para compensar su amargura, presionó más
fuerte a Eva contra sí.
—El ángel blande la espada para
expulsarnos de regreso a la Base.
Ella hizo una mueca desesperada.
—Hoy tú y yo somos el ángel.
Durante siglos
hemos vivido en la Base e intentamos adivinar en qué dirección se encuentra la
Región de Maravillas. Cada año enviamos cientos de equipos a buscar mundos
habitables. Los pocos afortunados invariablemente son expulsados de los
planetas recién descubiertos, como estudiantes que apedreaban a los animales.
Ya que todos ocultan el recuerdo vergonzoso que los delata, no podemos entender
cuál fue el tropiezo –¿agresividad, estupidez, curiosidad excesiva?– y no
repetir el mismo error. Nunca sabremos los nombres de los mundos que se negaron
a acogernos. De la lista vergonzosa de aquellos de los cuales fuimos expulsados
para siempre, conocemos solo un nombre. Quizás porque no hay forma de ocultarlo
de nosotros mismos.
La Tierra.

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