Anatoly Belilovsky
—¿Dónde está
Charlie? —pregunté.
Lynne no levantó la vista de su
computadora portátil.
—Creo que está viendo sus estúpidos
dibujos animados —dijo.
—Me voy a trabajar —dije—. Turno de
noche.
—Adiós —respondió.
Antes solía decir: «Ten cuidado».
—Karlsson —dije—.
¿Es el nombre o el apellido?
La luz interior del patrullero se
encendía y apagaba sobre su rostro sonriente: rojo, azul, amarillo. Tenía los
ojos muy abiertos. Llevaba un mono de trabajo. Sin sombrero.
—Solo Karlsson —dijo el hombre—.
Karlsson que vive en el tejado.
De la espalda del mono le colgaba
una hélice y llevaba cosido en el frente un gran botón rojo. El botón parecía
no pertenecer allí. Daba la impresión de que lo hubiera cosido él mismo.
El botón y también la hélice.
—Eso no es lo que dice su esposa
—dije—. Ella afirma que se llama Arthur Quinn.
—No tengo esposa —dijo el hombre—.
Vivo en el tejado. Las esposas no viven en los tejados. Si supieran lo
maravillosos que son, también vivirían allí. Pero entonces dejarían de ser
esposas.
—Usted ya no vive aquí en absoluto
—dije—. Ni en el tejado ni debajo. Su esposa tiene una orden de restricción
contra usted.
El hombre se encogió de hombros. La
hélice sujeta a la espalda del mono subió y bajó; una pala sobresalió por
encima de su cabeza y las otras dos se balancearon detrás de los codos.
—Tengo un amigo en la casa —dijo—,
y me necesita. Soy su mejor mejor amigo del mundo.
—Y —continué— ella ha formulado
ciertas acusaciones...
Su sonrisa desapareció durante un
instante y luego regresó.
—Esa es Frekken Bock. No debería
creer nada de lo que dice. ¿Sabe lo que dijo una vez?
—¿Qué? —pregunté.
—Dijo... —El hombre hizo una pausa
y movió las cejas.
—¿Sí? —dije.
—Dijo que amaba a los niños
—susurró.
Tenía los ojos muy abiertos. Los
reflejos de la luz interior daban vueltas alrededor de sus pupilas.
—Tendrá que venir conmigo —dije—. A
la comisaría.
El hombre asintió.
—¿Podemos ir con luces y sirenas? ¡Sería
lo más divertido del mundo! Y esposas... ¿puedo llevar esposas?
Tenía que llevar esposas.
Eran las reglas.
—Sí —dije—. Puede llevar esposas.
—¿Tú también? —dijo
la sargento Smith.
—¿Quiere decir que hay más de uno?
—pregunté.
Su risita sonó un poco forzada.
—Estos malditos Karlsson están por
todas partes —dijo—. Malditos lunáticos. El tribunal de familia está
desbordado.
—¿De dónde salieron todos?
—pregunté.
—Búscalo en Google —dijo—. Karl con
K, doble S, O, N. Mira en «videos».
Colgó.
Sabía que tenía en su oficina un
viejo teléfono de disco. La campanilla de acero seguía sonando después de que
ella dejaba caer el auricular en la horquilla. Claro que uno no podía oírla
cuando era ella quien le colgaba. Pero verla colgarle a otra persona... eso sí
que era algo.
Alguien había hecho un trabajo
endemoniadamente bueno doblando al inglés una caricatura rusa de cincuenta años
atrás basada en un libro infantil sueco. Karlsson, un tipo amable, gordo y
jovial, vive, tal como se anuncia, en un tejado; es el mejor –y único– amigo de
Pequeño, su único protector frente a la malvada ama de llaves Frekken Bock.
Entra volando por la ventana gracias a una pequeña hélice que lleva en la
espalda y que enciende mediante un botón rojo cosido en la parte delantera del
mono.
Ah, y funciona con mermelada de
frambuesa.
Lo cual, por una curiosa
coincidencia, era exactamente el aspecto que tendría uno de mis Karlsson si
intentara volar desde el tejado de cualquier cosa más alta que un gallinero.
El siguiente
Karlsson era corpulento, igual que el de la caricatura.
También era negro.
—Me gusta este juego —dijo—. Es
como si estuviera en la cárcel y Frekken Bock me torturara, pero yo soy el
mejor, más valiente, más fuerte y moderadamente bien alimentado héroe del
mundo, y voy a ganar.
Sonaba exactamente igual que el
actor de doblaje que hacía la voz de Karlsson en la caricatura.
Su hélice se había roto cuando cayó
del tejado. Por suerte, su esposa y su hija vivían en una casa de una sola
planta rodeada por un cantero de flores.
—¡Haz que pague las flores! —gritó
una voz desde la casa.
—¿Podemos ir con luces
intermitentes y sirenas? —preguntó el Karlsson negro.
—¿Y esposas también? —pregunté.
Se le iluminaron los ojos.
—¿Podemos hacer eso?
—Podemos hacerlo —dije.
El miércoles llevé
a Charlie a su pediatra. La doctora Li solía tener mucha gente en el
consultorio. Esta vez estaban todos afuera. La doctora Li también. Estaba en el
tejado. Llevaba un mono con una hélice cosida a la espalda. Y sostenía entre
las rodillas un frasco abierto de mermelada de frambuesa. Y una cuchara grande
en la mano.
—¡Eh, papá! —gritó Charlie—. ¡Ahora
la doctora Li es una Karlsson!
—Esto es despreciable —dijo una
mujer cerca de nosotros, aferrando a una niña pequeña—. ¡Necesitamos una
pediatra, no una payasa!
—Me gusta más así —dijo la niña—.
Mira: tiene una mano en la chimenea y con la otra sostiene la cuchara. ¡Ahora
no podrá ponerme una inyección!
—¡Tonterías! —dijo la mujer—. Tenía
todas estas preguntas importantes...
—Querías pedirle que me dijera que
los dulces son malos para mí —dijo la niña—. Y los dibujos animados. —De pronto
sonrió ampliamente—. ¡Hola, doctora Karlsson-del-tejado! —gritó.
—¡Hola, Daisy! —gritó la doctora Li
desde el tejado.
—¡Es la mejor doctora!
—¡Claro que sí! —respondió la
doctora Li—. ¡Soy la mejor mejor doctora del mundo!
—¡Realmente necesito su ayuda,
doctora Li! —le grité.
—¿Sí? —dijo—. ¿Qué necesita?
—¡Necesito que complete unos
formularios! —dije—. ¡Para la escuela!
—Frekken Bock puede hacer eso —dijo
la doctora Li—. Está adentro. Está afilando sus agujas. Y sus dientes.
—¿Y el asesoramiento? —dijo la
mujer descontenta—. ¡Necesitamos asesoramiento! ¡Y orientación preventiva!
La doctora Li se volvió hacia
Charlie.
—Charlie —dijo—, ¿cuánto tardarías
en pensar todas y cada una de las estupideces que nunca deberías hacer en toda
tu vida?
—No sé —dijo Charlie—. ¿Vivir en el
tejado es una de ellas? ¿Y comer mermelada con cuchara?
—Sí —dijo la doctora Li—. ¡Vas muy
bien! Díselo todo a Daisy, absolutamente todo, y aconséjale que nunca, nunca,
nunca haga ninguna de esas cosas.
—¿Qué clase de asesoramiento es
ese? —murmuró la mujer.
La doctora Li la oyó.
—¡El mejor mejor del mundo! —dijo,
sonriendo alrededor de una cucharada de mermelada de frambuesa.
—¿Doctora Karlsson? —dijo Charlie—.
¿Y si de verdad necesito ayuda?
La doctora Li cambió de posición y
dejó colgar los pies desde el borde del tejado.
—¿Ves este timbre? —dijo.
Charlie asintió.
—Si lo haces sonar una vez —dijo—
significa: «No vengas en ninguna circunstancia». ¿Entendido? —Charlie volvió a
asentir—. Si lo haces sonar dos veces significa: «Ven inmediatamente», y volaré
a rescatarte enseguida. Y si lo haces sonar tres veces...
—¿Sí? —dijo Charlie.
—Si lo haces sonar tres veces
significa: «¡Estoy tan feliz de tener al mejor mejor amigo del mundo, Karlsson
que vive en el tejado!» —dijo la doctora Li.
Y Charlie corrió a tocar el timbre
tres veces, pero primero tuvo que ponerse en fila.
Todos los niños querían hacerlo.
—Ridículo —dijo
Lynne—. Tenía algunas preocupaciones serias sobre el comportamiento de Charlie
que quería hablar con la doctora Li, y ahora no puedo.
Tenía el rostro clavado en la
computadora portátil.
—¿Sabes lo que me dijo? Dijo que
deseaba que uno de nosotros se convirtiera en Karlsson.
—Tal vez sea eso lo que necesita
—dije.
—Adelante, conviértete en Karlsson
—dijo—. Hagas lo que hagas, no puedes ser más inútil de lo que ya eres.
—¿Me llamaste aquí para arrestarme?
—pregunté.
La sargento Smith negó con la
cabeza.
—No. Solo para entregarte una orden
de restricción.
—¿Qué alega Lynne? —pregunté.
—No gran cosa —dijo—. Mala
influencia.
—Supongo que todavía conservo el
trabajo —dije—. ¿También vas a entregarme la demanda de manutención infantil,
sargento?
—No es mi trabajo —dijo—. Emily.
—¿Emily quién? —pregunté.
—Yo soy Emily —dijo—. Para mis
amigos.
—¿Tus mejores mejores amigos del
mundo? —dije.
No sonó bien. No como lo decían los
Karlsson. Emily esbozó una media sonrisa: una mitad de la boca se elevó, los
dos ojos entornados.
—¿Por qué no te conviertes tú mismo
en Karlsson? —dijo—. A Charlie le gustaría.
—¿Por qué no lo haces tú?
—pregunté.
—No tengo un tejado —dijo— del que
me apetezca caerme.
Entonces empezó a llover, las gotas
abriendo caminos por los cristales exteriores cubiertos de polvo; su golpeteo
llenaba el silencio como la conversación de otra persona. No era una gran razón
para permanecer callados, pero por mutuo acuerdo sirvió como una excusa
bastante aceptable.
Me volví hacia el teléfono de
Emily.
—Será mejor que llame a Charlie
—dije, extendiendo la mano hacia el auricular.
Su mano cayó sobre la mía.
—No te molestes —dijo.
Tenía el rostro muy cerca, los ojos
abiertos, pero no abiertos como los ojos de un Karlsson. Miraba más allá de mí,
hacia la ventana.
—Mira —susurró.
Me volví, y solo si levantaba el
brazo y lo pasaba por encima de los hombros de Emily podía girar lo suficiente
para ver hacia donde ella miraba.
Y allí estaba.
Con la hélice girando y dispersando
la lluvia, los ojos muy abiertos, una enorme sonrisa, vestido con un mono,
flotando justo al otro lado de la ventana de Emily: Charlie. Mi Charlie. Mi Charlie Karlsson.
—Cómo... —susurré.
—Cállate —dijo Emily—. No digas
nada.
La mano de Emily, que había
impedido que levantara el teléfono, subió por la mía, acarició mi pecho y
sostuvo mi rostro.
—Dos timbrazos significan «ven tan
rápido como puedas» —dijo—. Abramos la ventana...
—No —dije.
Y levanté el antiguo auricular. Lo
golpeé contra la horquilla; la campanilla sonó fuerte y clara cada vez: Una. Dos.
Tres veces.
«¡Estoy tan feliz de tener al
mejor mejor amigo del mundo, Karlsson que vive en el tejado!»
Y bajo la lluvia, como cientos de
pequeños helicópteros, un enjambre de Karlsson se elevó desde los tejados y
comenzó a girar alrededor de Charlie, bailando entre las gotas, lanzándose
hacia las nubes, zumbando junto a vehículos y edificios, mientras desde la
ciudad envuelta en el crepúsculo repicaban campanas de iglesias, timbres,
campanillas de viento e incluso bocinas de automóviles: demasiadas para
contarlas, pero, si uno prestaba atención, siempre de tres en tres, solo de
tres en tres, siempre y únicamente de tres en tres.
Y Emily y yo, abrazados, con los pies apoyados en el suelo, encontramos algo casi tan bueno como volar. Algo que cualquiera puede hacer. Cualquiera. Prueba besar. Prueba reír. Ahora intenta hacer ambas cosas al mismo tiempo.

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