viernes, 18 de septiembre de 2026

KARLSSON

Anatoly Belilovsky

 

—¿Dónde está Charlie? —pregunté.

Lynne no levantó la vista de su computadora portátil.

—Creo que está viendo sus estúpidos dibujos animados —dijo.

—Me voy a trabajar —dije—. Turno de noche.

—Adiós —respondió.

Antes solía decir: «Ten cuidado».

 

—Karlsson —dije—. ¿Es el nombre o el apellido?

La luz interior del patrullero se encendía y apagaba sobre su rostro sonriente: rojo, azul, amarillo. Tenía los ojos muy abiertos. Llevaba un mono de trabajo. Sin sombrero.

—Solo Karlsson —dijo el hombre—. Karlsson que vive en el tejado.

De la espalda del mono le colgaba una hélice y llevaba cosido en el frente un gran botón rojo. El botón parecía no pertenecer allí. Daba la impresión de que lo hubiera cosido él mismo.

El botón y también la hélice.

—Eso no es lo que dice su esposa —dije—. Ella afirma que se llama Arthur Quinn.

—No tengo esposa —dijo el hombre—. Vivo en el tejado. Las esposas no viven en los tejados. Si supieran lo maravillosos que son, también vivirían allí. Pero entonces dejarían de ser esposas.

—Usted ya no vive aquí en absoluto —dije—. Ni en el tejado ni debajo. Su esposa tiene una orden de restricción contra usted.

El hombre se encogió de hombros. La hélice sujeta a la espalda del mono subió y bajó; una pala sobresalió por encima de su cabeza y las otras dos se balancearon detrás de los codos.

—Tengo un amigo en la casa —dijo—, y me necesita. Soy su mejor mejor amigo del mundo.

—Y —continué— ella ha formulado ciertas acusaciones...

Su sonrisa desapareció durante un instante y luego regresó.

—Esa es Frekken Bock. No debería creer nada de lo que dice. ¿Sabe lo que dijo una vez?

—¿Qué? —pregunté.

—Dijo... —El hombre hizo una pausa y movió las cejas.

—¿Sí? —dije.

—Dijo que amaba a los niños —susurró.

Tenía los ojos muy abiertos. Los reflejos de la luz interior daban vueltas alrededor de sus pupilas.

—Tendrá que venir conmigo —dije—. A la comisaría.

El hombre asintió.

—¿Podemos ir con luces y sirenas? ¡Sería lo más divertido del mundo! Y esposas... ¿puedo llevar esposas?

Tenía que llevar esposas. Eran las reglas.

—Sí —dije—. Puede llevar esposas.

 

—¿Tú también? —dijo la sargento Smith.

—¿Quiere decir que hay más de uno? —pregunté.

Su risita sonó un poco forzada.

—Estos malditos Karlsson están por todas partes —dijo—. Malditos lunáticos. El tribunal de familia está desbordado.

—¿De dónde salieron todos? —pregunté.

—Búscalo en Google —dijo—. Karl con K, doble S, O, N. Mira en «videos».

Colgó.

Sabía que tenía en su oficina un viejo teléfono de disco. La campanilla de acero seguía sonando después de que ella dejaba caer el auricular en la horquilla. Claro que uno no podía oírla cuando era ella quien le colgaba. Pero verla colgarle a otra persona... eso sí que era algo.

Alguien había hecho un trabajo endemoniadamente bueno doblando al inglés una caricatura rusa de cincuenta años atrás basada en un libro infantil sueco. Karlsson, un tipo amable, gordo y jovial, vive, tal como se anuncia, en un tejado; es el mejor –y único– amigo de Pequeño, su único protector frente a la malvada ama de llaves Frekken Bock. Entra volando por la ventana gracias a una pequeña hélice que lleva en la espalda y que enciende mediante un botón rojo cosido en la parte delantera del mono.

Ah, y funciona con mermelada de frambuesa.

Lo cual, por una curiosa coincidencia, era exactamente el aspecto que tendría uno de mis Karlsson si intentara volar desde el tejado de cualquier cosa más alta que un gallinero.

 

El siguiente Karlsson era corpulento, igual que el de la caricatura.

También era negro.

—Me gusta este juego —dijo—. Es como si estuviera en la cárcel y Frekken Bock me torturara, pero yo soy el mejor, más valiente, más fuerte y moderadamente bien alimentado héroe del mundo, y voy a ganar.

Sonaba exactamente igual que el actor de doblaje que hacía la voz de Karlsson en la caricatura.

Su hélice se había roto cuando cayó del tejado. Por suerte, su esposa y su hija vivían en una casa de una sola planta rodeada por un cantero de flores.

—¡Haz que pague las flores! —gritó una voz desde la casa.

—¿Podemos ir con luces intermitentes y sirenas? —preguntó el Karlsson negro.

—¿Y esposas también? —pregunté.

Se le iluminaron los ojos.

—¿Podemos hacer eso?

—Podemos hacerlo —dije.

 

El miércoles llevé a Charlie a su pediatra. La doctora Li solía tener mucha gente en el consultorio. Esta vez estaban todos afuera. La doctora Li también. Estaba en el tejado. Llevaba un mono con una hélice cosida a la espalda. Y sostenía entre las rodillas un frasco abierto de mermelada de frambuesa. Y una cuchara grande en la mano.

—¡Eh, papá! —gritó Charlie—. ¡Ahora la doctora Li es una Karlsson!

—Esto es despreciable —dijo una mujer cerca de nosotros, aferrando a una niña pequeña—. ¡Necesitamos una pediatra, no una payasa!

—Me gusta más así —dijo la niña—. Mira: tiene una mano en la chimenea y con la otra sostiene la cuchara. ¡Ahora no podrá ponerme una inyección!

—¡Tonterías! —dijo la mujer—. Tenía todas estas preguntas importantes...

—Querías pedirle que me dijera que los dulces son malos para mí —dijo la niña—. Y los dibujos animados. —De pronto sonrió ampliamente—. ¡Hola, doctora Karlsson-del-tejado! —gritó.

—¡Hola, Daisy! —gritó la doctora Li desde el tejado.

—¡Es la mejor doctora!

—¡Claro que sí! —respondió la doctora Li—. ¡Soy la mejor mejor doctora del mundo!

—¡Realmente necesito su ayuda, doctora Li! —le grité.

—¿Sí? —dijo—. ¿Qué necesita?

—¡Necesito que complete unos formularios! —dije—. ¡Para la escuela!

—Frekken Bock puede hacer eso —dijo la doctora Li—. Está adentro. Está afilando sus agujas. Y sus dientes.

—¿Y el asesoramiento? —dijo la mujer descontenta—. ¡Necesitamos asesoramiento! ¡Y orientación preventiva!

La doctora Li se volvió hacia Charlie.

—Charlie —dijo—, ¿cuánto tardarías en pensar todas y cada una de las estupideces que nunca deberías hacer en toda tu vida?

—No sé —dijo Charlie—. ¿Vivir en el tejado es una de ellas? ¿Y comer mermelada con cuchara?

—Sí —dijo la doctora Li—. ¡Vas muy bien! Díselo todo a Daisy, absolutamente todo, y aconséjale que nunca, nunca, nunca haga ninguna de esas cosas.

—¿Qué clase de asesoramiento es ese? —murmuró la mujer.

La doctora Li la oyó.

—¡El mejor mejor del mundo! —dijo, sonriendo alrededor de una cucharada de mermelada de frambuesa.

—¿Doctora Karlsson? —dijo Charlie—. ¿Y si de verdad necesito ayuda?

La doctora Li cambió de posición y dejó colgar los pies desde el borde del tejado.

—¿Ves este timbre? —dijo.

Charlie asintió.

—Si lo haces sonar una vez —dijo— significa: «No vengas en ninguna circunstancia». ¿Entendido? —Charlie volvió a asentir—. Si lo haces sonar dos veces significa: «Ven inmediatamente», y volaré a rescatarte enseguida. Y si lo haces sonar tres veces...

—¿Sí? —dijo Charlie.

—Si lo haces sonar tres veces significa: «¡Estoy tan feliz de tener al mejor mejor amigo del mundo, Karlsson que vive en el tejado!» —dijo la doctora Li.

Y Charlie corrió a tocar el timbre tres veces, pero primero tuvo que ponerse en fila.

Todos los niños querían hacerlo.

 

—Ridículo —dijo Lynne—. Tenía algunas preocupaciones serias sobre el comportamiento de Charlie que quería hablar con la doctora Li, y ahora no puedo.

Tenía el rostro clavado en la computadora portátil.

—¿Sabes lo que me dijo? Dijo que deseaba que uno de nosotros se convirtiera en Karlsson.

—Tal vez sea eso lo que necesita —dije.

—Adelante, conviértete en Karlsson —dijo—. Hagas lo que hagas, no puedes ser más inútil de lo que ya eres.

—¿Me llamaste aquí para arrestarme? —pregunté.

La sargento Smith negó con la cabeza.

—No. Solo para entregarte una orden de restricción.

—¿Qué alega Lynne? —pregunté.

—No gran cosa —dijo—. Mala influencia.

—Supongo que todavía conservo el trabajo —dije—. ¿También vas a entregarme la demanda de manutención infantil, sargento?

—No es mi trabajo —dijo—. Emily.

—¿Emily quién? —pregunté.

—Yo soy Emily —dijo—. Para mis amigos.

—¿Tus mejores mejores amigos del mundo? —dije.

No sonó bien. No como lo decían los Karlsson. Emily esbozó una media sonrisa: una mitad de la boca se elevó, los dos ojos entornados.

—¿Por qué no te conviertes tú mismo en Karlsson? —dijo—. A Charlie le gustaría.

—¿Por qué no lo haces tú? —pregunté.

—No tengo un tejado —dijo— del que me apetezca caerme.

Entonces empezó a llover, las gotas abriendo caminos por los cristales exteriores cubiertos de polvo; su golpeteo llenaba el silencio como la conversación de otra persona. No era una gran razón para permanecer callados, pero por mutuo acuerdo sirvió como una excusa bastante aceptable.

Me volví hacia el teléfono de Emily.

—Será mejor que llame a Charlie —dije, extendiendo la mano hacia el auricular.

Su mano cayó sobre la mía.

—No te molestes —dijo.

Tenía el rostro muy cerca, los ojos abiertos, pero no abiertos como los ojos de un Karlsson. Miraba más allá de mí, hacia la ventana.

—Mira —susurró.

Me volví, y solo si levantaba el brazo y lo pasaba por encima de los hombros de Emily podía girar lo suficiente para ver hacia donde ella miraba.

Y allí estaba.

Con la hélice girando y dispersando la lluvia, los ojos muy abiertos, una enorme sonrisa, vestido con un mono, flotando justo al otro lado de la ventana de Emily: Charlie. Mi Charlie. Mi Charlie Karlsson.

—Cómo... —susurré.

—Cállate —dijo Emily—. No digas nada.

La mano de Emily, que había impedido que levantara el teléfono, subió por la mía, acarició mi pecho y sostuvo mi rostro.

—Dos timbrazos significan «ven tan rápido como puedas» —dijo—. Abramos la ventana...

—No —dije.

Y levanté el antiguo auricular. Lo golpeé contra la horquilla; la campanilla sonó fuerte y clara cada vez: Una. Dos. Tres veces.

«¡Estoy tan feliz de tener al mejor mejor amigo del mundo, Karlsson que vive en el tejado!»

Y bajo la lluvia, como cientos de pequeños helicópteros, un enjambre de Karlsson se elevó desde los tejados y comenzó a girar alrededor de Charlie, bailando entre las gotas, lanzándose hacia las nubes, zumbando junto a vehículos y edificios, mientras desde la ciudad envuelta en el crepúsculo repicaban campanas de iglesias, timbres, campanillas de viento e incluso bocinas de automóviles: demasiadas para contarlas, pero, si uno prestaba atención, siempre de tres en tres, solo de tres en tres, siempre y únicamente de tres en tres.

Y Emily y yo, abrazados, con los pies apoyados en el suelo, encontramos algo casi tan bueno como volar. Algo que cualquiera puede hacer. Cualquiera. Prueba besar. Prueba reír. Ahora intenta hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

 

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