Gianluca Vici Torrigiani
11 DE ABRIL DE 2023
Ha fallecido serenamente
Desde luego, no era la mejor
bienvenida. Por la cabeza de Mauro pasó durante un instante una consideración
cínica:
«Un cliente menos...»
Apartó con disgusto aquel pensamiento inoportuno y se
volvió un momento hacia su esposa Clara, que contemplaba la carretera correr
junto a la ventanilla del automóvil.
La luz del sol recorría su rostro perseguida por la
sombra de los árboles. Aquella luz y aquellas sombras la hacían parecer veinte
años más joven.
Clara siempre había parecido más joven, quizá por
aquel rostro redondo, quizá por la sonrisa que, aunque apenas insinuada, nunca
abandonaba sus labios.
Fueron solo unos instantes para Mauro; después volvió
a fijar la vista en la carretera.
Ya casi habían llegado. Aquel pequeño camino rural
parecía no terminar nunca, como si quisiera tragárselos junto con el bosque que
lo rodeaba, pero ahora ya distinguían el campanario de la iglesia, después la
primera casa y finalmente el portón del sueño que habían acariciado durante
toda su vida.
«Esa hermosa casa de campo con el restaurante en la
planta baja», como le gustaba llamarla a Clara.
Los últimos trámites, la entrega de las llaves, un
apretón de manos al agente inmobiliario y allí estaban, solos dentro de un
sueño convertido en realidad.
Mauro abrió el maletero y empezó a descargar las
primeras maletas y cajas; el resto llegaría con la empresa de mudanzas unos
días después.
Dos gatos, que estaban descansando en el patio de su
nuevo restaurante, se levantaron lentamente, sin mostrar la menor curiosidad
por los recién llegados, y fueron a sentarse justo a ambos lados de la puerta
de entrada, como si quisieran ofrecerles una bienvenida educada y formal.
—Deben de estar acostumbrados a recibir las sobras de
la cocina —pensó Mauro mientras terminaba de vaciar el automóvil.
Al levantar la última caja, dio un traspié y estuvo a
punto de caer al suelo de no ser porque Clara había visto lo que ocurría un
instante antes y alcanzó a advertirlo. Un gato, otro más, se le había cruzado
entre las piernas, y otros dos acababan de entrar por el portón principal.
Era algo que ya habían notado durante sus primeras
visitas al pueblo, cuando intentaban decidir si aquel era el lugar adecuado.
Cuencos, mantas usadas, cajas con almohadones. Recipientes con agua y pequeñas
casetas junto a las entradas de las casas. En aquel lugar seguramente había más
gatos que personas. También el patio interior de la casa estaba permanentemente
cubierto por decenas de gatos tumbados, dormidos o dedicados a su aseo
cotidiano. Hermosos gatos, bien alimentados, afectuosos, siempre con aire astuto,
siempre dispuestos a conseguir comida o caricias.
O ambas cosas.
Aquella fue una de las razones que convenció
definitivamente a Clara. Amaba los gatos y, después de la muerte de Miércoles,
su viejo gato ya enfermo, la idea de tener un nuevo felino la entusiasmaba. Y
allí había de sobra.
Mauro también amaba a los gatos, pero aquella enorme
colonia le producía una ligera inquietud.
El automóvil ya estaba vacío, las maletas dentro de la
casa, algunos gatos habían conseguido sus caricias y el sol comenzaba a
ponerse.
A la mañana siguiente los despertaron las campanas.
Era el funeral del hombre cuyo obituario habían visto el día anterior.
Contemplaron desde la ventana la silenciosa procesión; no parecía el mejor día
para ir a presentarse ante los nuevos vecinos.
Era un cortejo fúnebre como cualquier otro, con el
largo automóvil, parientes y amigos bien vestidos, abrazos y lágrimas. Junto a
la entrada de la iglesia, sentada en una silla, había una anciana vestida de
negro. Probablemente la viuda, a juzgar por la fila de personas que pasaban
ante ella para dedicarle unas palabras y una caricia.
Aun así, Clara observó que la anciana viuda no parecía
demasiado abatida. Agradecía a todos con una sonrisa y un rostro sereno, casi
como si fuera ella quien consolaba a los demás. También advirtió que acariciaba
a un gran gato gris que tenía sobre las piernas.
Por alguna razón, Clara pensó en Miércoles, en todo el
amor que le había dado y en cómo el gato de aquella anciana parecía estar
haciendo lo mismo.
Se apartó de la ventana y fue a ayudar a Mauro. Dentro
de unos días abrirían por fin su restaurante en la montaña. El único
restaurante especializado en productos del mar de aquella región montañosa de
bosques y jabalíes.
Lo llamarían La Ostra en la Montaña, y pronto
invitarían a todo el pequeño pueblo a la inauguración.
La inauguración fue un
éxito, entre presentaciones, apretones de manos y felicitaciones a los
cocineros. Clara estaba tan feliz... Un sueño, un sueño acariciado durante
tantos años que, ahora que los hijos ya eran adultos, se había convertido en
realidad.
También los gatos aprovecharon la inauguración y
devoraron todas las sobras de pescado. Mauro había acertado: también estaban
acostumbrados a aquello con el propietario anterior.
12 DE MAYO DE 2024
Laura, la hija de Clara y
Mauro, había llegado a tiempo para la procesión fúnebre. Sus padres todavía
estaban en la iglesia mientras Rebecca, su hija de cinco años, acababa de
descubrir «los gatos de los abuelos».
Los gatos la habían rodeado como si vieran por primera
vez a una niña pequeña. Ronroneos, roces, un par de felinos intentando saltar
entre sus pequeños brazos. Sus risas estaban acompañadas por maullidos
festivos.
En realidad, aunque se trataba de un pueblo algo
aislado, Laura lo consideraba un lugar adecuado para criar a una niña. Quizá
dentro de algunos años.
Mauro y Clara salieron de la iglesia, y Mauro volvió a
intentar no pensar en otro cliente desaparecido. Y qué cliente: el viejo señor
Sergio siempre comía como si aquel fuera su último día.
Algo que, de hecho, había ocurrido el día anterior a
su muerte.
Pronto no tendrían demasiados clientes en La Ostra en
la Montaña.
Al cruzar el portón, una pequeña masa indefinida de
gatos, colas y niña corrió hacia ellos. Clara tomó en brazos a su nieta y los
gatos por fin la dejaron en paz.
La alegría por la visita de su hija estuvo acompañada
por conversaciones sobre la verdadera rentabilidad del restaurante, aunque en
el fondo Clara y Mauro no estaban demasiado preocupados. Incluso si al final
tenían que cerrarlo –y tarde o temprano, dada su edad, tendría que ocurrir–,
disfrutarían de la jubilación en la casa de sus sueños.
Después de acostar a Rebecca y una vez que sus padres
ya dormían, Laura aprovechó para salir y disfrutar del aire fresco de la noche
y del cielo estrellado. El cielo nocturno en la montaña era maravilloso, y
viviendo en la ciudad no tenía ocasión de apreciarlo.
Un movimiento percibido por el rabillo del ojo hizo
que Laura se volviera hacia el portón.
Afuera, iluminada por una farola, una procesión de
gatos avanzaba lentamente hasta formar un círculo alrededor del cono de luz
proyectado sobre el suelo.
Aquello era bastante curioso, pensó Laura. Los gatos
estaban sentados formando un círculo, pero justo fuera de la zona iluminada. En
el centro, un gatito permanecía sentado mirando a los demás, que a su vez lo
observaban.
Entonces se puso de pie de un salto.
Un maullido tenue.
Todos los otros gatos se levantaron y respondieron con
un profundo maullido al unísono.
En ese momento, la extraña situación terminó y todos
los gatos se dispersaron, incluido el gatito que estaba bajo la luz de la
farola.
Laura permaneció en silencio, luchando contra la
tentación de despertar a sus padres y contarles lo que acababa de ver. Decidió
dormir y, al día siguiente, entre el desayuno de Rebecca, las maletas todavía
sin deshacer y el aroma que llegaba desde la cocina del restaurante, el extraño
ritual felino terminó por ser olvidado.
13
DE JUNIO DE 2032
Siempre es difícil. Siempre.
Uno no sabe qué decir, y cualquier intento de consolar a quien está sufriendo
parece completamente inútil.
Pero Clara y Mauro no eran personas capaces de dejar
solos a sus amigos.
Habían preparado para el pobre Franco un almuerzo
digno de Neptuno. Linguini con bogavante, parrillada mixta acompañada de
calamares fritos –a Franco le encantaban los calamares fritos–, ensalada de
pulpo y berenjenas en aceite. Todo acompañado por un vino blanco de la bodega
de un amigo.
—Temo que no comerá nada —dijo Clara mientras
preparaba los platos.
—Sí —respondió Mauro—. Pero no importa.
Habían preparado una mesa en un rincón del local,
lejos de la sala principal. Mauro se ocuparía de los pocos clientes y Clara
acompañaría al pobre Franco.
—¿Podrás solo? —le había preguntado Clara, algo
inquieta ante la perspectiva de quedarse como único sostén del amigo viudo.
—No te preocupes, no creo que venga demasiada gente
hoy. Así podré acercarme también a la mesa y comer con ustedes.
Mauro tenía razón. Solo dos mesas ocupadas: un par de
ciclistas y una pareja que hacía turismo rural.
Todos se marcharon muy felices y satisfechos. Sobre
todo los ciclistas, que tomaron sus bicicletas y se las llevaron caminando.
Franco reía y comía con apetito cuando Mauro llegó a
la mesa. Era Clara: siempre conseguía sacarte de la más negra desesperación, y
aquella era una de las razones por las que se había enamorado y se había casado
con ella.
Se sirvió vino, se sentó y dejó que la conversación
continuara sin interrumpirla.
Debía de ser terrible, pobre Franco.
Y pensó en el día en que también él tendría que
despedirse de Clara.
Un frío mortal le cerró el estómago. Luego, con todo
el egoísmo que podía hacer brotar el miedo, pensó que, si todo seguía su curso
natural, moriría él primero, puesto que era mayor.
Se avergonzó de semejante pensamiento.
La Muerte. Nunca pensamos en ella, pero siempre está
alrededor, siempre entre los pies, como una gata astuta y entrometida que nunca
nos deja solos.
Franco había dejado de reír y las lágrimas le llenaron
los ojos. Clara tomó sus manos entre las suyas y Mauro le pasó un brazo por los
hombros.
Pasaron toda la tarde juntos, entre cafés y
conversaciones.
La tarde moría con gracia entre las manos de la noche
recién llegada.
Franco pidió la bolsa con las sobras del almuerzo para
los gatos del pueblo.
Una despedida, el amigo ya alejándose con la bolsa, y
las primeras estrellas que anunciaban la noche aparecieron como agujeros de
polilla en un mantel demasiado viejo.
Clara dormía, pero Mauro no conseguía hacerlo. La
observaba con miedo y dolor.
—Basta, tonto, están vivos. No seas trágico y duerme
—se repetía con severidad.
Pero nada. Ni rastro de sueño ni ganas de seguir
tumbado mirando el techo.
Fue a la cocina, se preparó un té y se acomodó en el
sillón frente a la ventana.
Las noches en el pueblo eran siempre así: cuando hacía
buen tiempo, la gente permanecía fuera hasta tarde; después todos regresaban a
sus casas y el silencio descendía como las mantas sobre las camas.
Resultaba ligeramente inquietante, pero también
fascinante. Ese pequeño miedo agradable que uno siente por diversión cuando
sabe que está a salvo dentro de su casa, lejos de la oscuridad exterior.
Una oscuridad que pareció moverse y le hizo derramar
unas gotas de té.
¿Qué había allí fuera, en las tinieblas, un poco más
allá de la luz de la farola?
La sombra se tambaleó.
Después apareció un pie, una pierna.
Una bolsa con sobras.
Era Franco.
¿Qué demonios hacía afuera a aquellas horas?
Mauro estaba a punto de abrir la ventana y llamarlo
cuando vio que estaba rodeado de gatos. Quizá había olvidado llevarles las
sobras y, comprensiblemente, tampoco conseguía dormir.
Estaba a punto de levantarse para decirle que bajaría
a hacerle compañía un rato cuando vio que Franco se detenía bajo la luz de la
farola y todos los gatos que lo seguían se sentaban formando un círculo, justo
más allá de la zona iluminada.
Era extraño, y la escena lo mantenía clavado frente a
la ventana como un programa de televisión increíblemente fascinante.
De la oscuridad, fuera del cono de luz, apareció
primero una pequeña pata y después el resto de una gatita clara y manchada.
La gata se sentó frente a Franco, que permanecía de
pie bajo la farola.
Entonces el anciano se agachó ante ella, abrió la
bolsa con las sobras y le dio de comer.
La gatita comió con avidez, aunque dejó la mayor
parte. Después maulló, se restregó contra las piernas de Franco y de un salto
subió a sus brazos.
En ese momento, los otros gatos entraron en el círculo
de luz y comieron lo que quedaba, mientras el hombre, de pie entre ellos y con
una gran sonrisa, acariciaba a la gatita que sostenía en brazos.
Después se marchó, desapareciendo nuevamente en la
oscuridad mientras todos los demás gatos se dispersaban.
14
DE JULIO DE 2037
El funeral del señor Franco
contó con mucha asistencia. Durante los últimos años, hijos y nietos de los
habitantes de aquel pequeño pueblo habían comenzado a trasladarse allí,
deteniendo la lenta e inexorable muerte del lugar.
También Laura, la hija de Mauro y Clara, se había
mudado con Rebecca y su marido, y se habían hecho cargo de La Ostra en la
Montaña. La iglesia repleta era una muestra de aquel inesperado renacimiento.
Aunque al señor Franco ya no le quedaban parientes
vivos, no le faltaban amigos con sus familias, y todos estaban allí.
Aquella tarde Mauro y Clara estaban dando de comer a
los gatos cuando una gatita clara y manchada llevó ante ellos a un nuevo
minino, algo flaco y bastante torpe.
—Ha sido rápido —dijo Mauro sonriendo.
—Es verdad, ha sido el más veloz —respondió Clara,
volviéndose hacia él y devolviéndole la sonrisa.
Permanecieron así, mirándose y sonriendo mientras se
tomaban de la mano.
15
DE AGOSTO DE 2047
En realidad, Clara no estaba
tan desconsolada.
Habían transcurrido allí veinticuatro años, los
mejores de su vida, años de ensueño a pesar de las dificultades y de la muerte.
Rebecca, convertida ya en una mujer, la abrazaba
sollozando por la pérdida de su abuelo. También Laura lloraba a su padre
apoyada contra el pecho de su marido.
Pero Clara parecía consolar a todos y, cuando
finalmente terminó el funeral y se disponían a regresar a casa bajo aquel
espléndido cielo de verano, un gran gato gris las esperaba delante del portón.
Clara se sentó en el banco del patio del restaurante
mientras el gran gato subía a sus rodillas.
Por un instante recordó a la señora Mara, el primer
día de su llegada.
Tampoco ella estaba desconsolada aquel día.
El sol de agosto era cálido, pero no tanto como para
impedirles permanecer fuera.
El gran gato emitió un ligero maullido mientras dos
largas sombras se estrechaban sobre ellos.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Clara mientras su hija y su nieta se sentaban a su lado.
Gianluca Vici Torrigiani nació en Roma, Italia, el 19 de abril de 1979. Escritor, guionista y divulgador, desarrolla una obra centrada principalmente en la ciencia ficción, el weird y la exploración de mundos posibles. Es autor de la novela de ciencia ficción Las sombras de Titán y creador del personaje de Nibani, protagonista del relato homónimo que obtuvo el XXVI Trofeo RiLL en 2020. Publicado inicialmente en la antología Oggetti smarriti y posteriormente reeditado en Oltre il reale (Delos Digital), Nibani está siendo adaptado actualmente a una miniserie de historietas por la editorial Garage11. Ha colaborado con numerosas editoriales y publicaciones especializadas, entre ellas Menhir Edizioni, Tabula Fati, Bertoni Editore, Delos Digital, Acheron Books y Comicus.it, donde también ejerce como redactor y crítico. Como guionista ha escrito diversas series y adaptaciones para el mundo del cómic, entre ellas Darwin Awards, Colui che sta nell’ombra, La lettera U, La leggenda dei sette cadaveri y La storia del Golem di Benevento. También participa en proyectos de divulgación científica y cultural. Es creador y conductor, junto con Toni Viceconti, de la sección Fanta History, realizada en colaboración con la Asociación Cultural de Estudios sobre Egipto y Sudán (ACSES), y conduce el programa radial La tisana spaziale con Sam Vega en Radio RedOnAir. Apasionado por la ciencia ficción y la literatura fantástica, concibe la escritura como una forma de explorar los territorios aún desconocidos de la imaginación humana.

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