viernes, 18 de septiembre de 2026

LA OSTRA EN LA MONTAÑA

Gianluca Vici Torrigiani

 

11 DE ABRIL DE 2023

Ha fallecido serenamente

VITTORIO ALFREDINI
a la edad de 89 años.
Su esposa Mara y sus hijos comunican con pesar la triste noticia.

 

Desde luego, no era la mejor bienvenida. Por la cabeza de Mauro pasó durante un instante una consideración cínica:

«Un cliente menos...»

Apartó con disgusto aquel pensamiento inoportuno y se volvió un momento hacia su esposa Clara, que contemplaba la carretera correr junto a la ventanilla del automóvil.

La luz del sol recorría su rostro perseguida por la sombra de los árboles. Aquella luz y aquellas sombras la hacían parecer veinte años más joven.

Clara siempre había parecido más joven, quizá por aquel rostro redondo, quizá por la sonrisa que, aunque apenas insinuada, nunca abandonaba sus labios.

Fueron solo unos instantes para Mauro; después volvió a fijar la vista en la carretera.

Ya casi habían llegado. Aquel pequeño camino rural parecía no terminar nunca, como si quisiera tragárselos junto con el bosque que lo rodeaba, pero ahora ya distinguían el campanario de la iglesia, después la primera casa y finalmente el portón del sueño que habían acariciado durante toda su vida.

«Esa hermosa casa de campo con el restaurante en la planta baja», como le gustaba llamarla a Clara.

Los últimos trámites, la entrega de las llaves, un apretón de manos al agente inmobiliario y allí estaban, solos dentro de un sueño convertido en realidad.

Mauro abrió el maletero y empezó a descargar las primeras maletas y cajas; el resto llegaría con la empresa de mudanzas unos días después.

Dos gatos, que estaban descansando en el patio de su nuevo restaurante, se levantaron lentamente, sin mostrar la menor curiosidad por los recién llegados, y fueron a sentarse justo a ambos lados de la puerta de entrada, como si quisieran ofrecerles una bienvenida educada y formal.

—Deben de estar acostumbrados a recibir las sobras de la cocina —pensó Mauro mientras terminaba de vaciar el automóvil.

Al levantar la última caja, dio un traspié y estuvo a punto de caer al suelo de no ser porque Clara había visto lo que ocurría un instante antes y alcanzó a advertirlo. Un gato, otro más, se le había cruzado entre las piernas, y otros dos acababan de entrar por el portón principal.

Era algo que ya habían notado durante sus primeras visitas al pueblo, cuando intentaban decidir si aquel era el lugar adecuado. Cuencos, mantas usadas, cajas con almohadones. Recipientes con agua y pequeñas casetas junto a las entradas de las casas. En aquel lugar seguramente había más gatos que personas. También el patio interior de la casa estaba permanentemente cubierto por decenas de gatos tumbados, dormidos o dedicados a su aseo cotidiano. Hermosos gatos, bien alimentados, afectuosos, siempre con aire astuto, siempre dispuestos a conseguir comida o caricias.

O ambas cosas.

Aquella fue una de las razones que convenció definitivamente a Clara. Amaba los gatos y, después de la muerte de Miércoles, su viejo gato ya enfermo, la idea de tener un nuevo felino la entusiasmaba. Y allí había de sobra.

Mauro también amaba a los gatos, pero aquella enorme colonia le producía una ligera inquietud.

El automóvil ya estaba vacío, las maletas dentro de la casa, algunos gatos habían conseguido sus caricias y el sol comenzaba a ponerse.

A la mañana siguiente los despertaron las campanas. Era el funeral del hombre cuyo obituario habían visto el día anterior. Contemplaron desde la ventana la silenciosa procesión; no parecía el mejor día para ir a presentarse ante los nuevos vecinos.

Era un cortejo fúnebre como cualquier otro, con el largo automóvil, parientes y amigos bien vestidos, abrazos y lágrimas. Junto a la entrada de la iglesia, sentada en una silla, había una anciana vestida de negro. Probablemente la viuda, a juzgar por la fila de personas que pasaban ante ella para dedicarle unas palabras y una caricia.

Aun así, Clara observó que la anciana viuda no parecía demasiado abatida. Agradecía a todos con una sonrisa y un rostro sereno, casi como si fuera ella quien consolaba a los demás. También advirtió que acariciaba a un gran gato gris que tenía sobre las piernas.

Por alguna razón, Clara pensó en Miércoles, en todo el amor que le había dado y en cómo el gato de aquella anciana parecía estar haciendo lo mismo.

Se apartó de la ventana y fue a ayudar a Mauro. Dentro de unos días abrirían por fin su restaurante en la montaña. El único restaurante especializado en productos del mar de aquella región montañosa de bosques y jabalíes.

Lo llamarían La Ostra en la Montaña, y pronto invitarían a todo el pequeño pueblo a la inauguración.

 

La inauguración fue un éxito, entre presentaciones, apretones de manos y felicitaciones a los cocineros. Clara estaba tan feliz... Un sueño, un sueño acariciado durante tantos años que, ahora que los hijos ya eran adultos, se había convertido en realidad.

También los gatos aprovecharon la inauguración y devoraron todas las sobras de pescado. Mauro había acertado: también estaban acostumbrados a aquello con el propietario anterior.


12 DE MAYO DE 2024

Ha fallecido rodeado del afecto de sus seres queridos
SERGIO ROSSELLI
a la edad de 87 años.
Sus nietos Ferdinando y Flavia comunican con pesar la triste noticia.

 

Laura, la hija de Clara y Mauro, había llegado a tiempo para la procesión fúnebre. Sus padres todavía estaban en la iglesia mientras Rebecca, su hija de cinco años, acababa de descubrir «los gatos de los abuelos».

Los gatos la habían rodeado como si vieran por primera vez a una niña pequeña. Ronroneos, roces, un par de felinos intentando saltar entre sus pequeños brazos. Sus risas estaban acompañadas por maullidos festivos.

En realidad, aunque se trataba de un pueblo algo aislado, Laura lo consideraba un lugar adecuado para criar a una niña. Quizá dentro de algunos años.

Mauro y Clara salieron de la iglesia, y Mauro volvió a intentar no pensar en otro cliente desaparecido. Y qué cliente: el viejo señor Sergio siempre comía como si aquel fuera su último día.

Algo que, de hecho, había ocurrido el día anterior a su muerte.

Pronto no tendrían demasiados clientes en La Ostra en la Montaña.

Al cruzar el portón, una pequeña masa indefinida de gatos, colas y niña corrió hacia ellos. Clara tomó en brazos a su nieta y los gatos por fin la dejaron en paz.

La alegría por la visita de su hija estuvo acompañada por conversaciones sobre la verdadera rentabilidad del restaurante, aunque en el fondo Clara y Mauro no estaban demasiado preocupados. Incluso si al final tenían que cerrarlo –y tarde o temprano, dada su edad, tendría que ocurrir–, disfrutarían de la jubilación en la casa de sus sueños.

Después de acostar a Rebecca y una vez que sus padres ya dormían, Laura aprovechó para salir y disfrutar del aire fresco de la noche y del cielo estrellado. El cielo nocturno en la montaña era maravilloso, y viviendo en la ciudad no tenía ocasión de apreciarlo.

Un movimiento percibido por el rabillo del ojo hizo que Laura se volviera hacia el portón.

Afuera, iluminada por una farola, una procesión de gatos avanzaba lentamente hasta formar un círculo alrededor del cono de luz proyectado sobre el suelo.

Aquello era bastante curioso, pensó Laura. Los gatos estaban sentados formando un círculo, pero justo fuera de la zona iluminada. En el centro, un gatito permanecía sentado mirando a los demás, que a su vez lo observaban.

Entonces se puso de pie de un salto.

Un maullido tenue.

Todos los otros gatos se levantaron y respondieron con un profundo maullido al unísono.

En ese momento, la extraña situación terminó y todos los gatos se dispersaron, incluido el gatito que estaba bajo la luz de la farola.

Laura permaneció en silencio, luchando contra la tentación de despertar a sus padres y contarles lo que acababa de ver. Decidió dormir y, al día siguiente, entre el desayuno de Rebecca, las maletas todavía sin deshacer y el aroma que llegaba desde la cocina del restaurante, el extraño ritual felino terminó por ser olvidado.

 

13 DE JUNIO DE 2032

Rodeada del afecto de sus seres queridos ha fallecido
NICOLETTA BRANDO DE ROSSI
a la edad de 84 años.
Su esposo Franco lo comunica con profundo dolor.

 

Siempre es difícil. Siempre. Uno no sabe qué decir, y cualquier intento de consolar a quien está sufriendo parece completamente inútil.

Pero Clara y Mauro no eran personas capaces de dejar solos a sus amigos.

Habían preparado para el pobre Franco un almuerzo digno de Neptuno. Linguini con bogavante, parrillada mixta acompañada de calamares fritos –a Franco le encantaban los calamares fritos–, ensalada de pulpo y berenjenas en aceite. Todo acompañado por un vino blanco de la bodega de un amigo.

—Temo que no comerá nada —dijo Clara mientras preparaba los platos.

—Sí —respondió Mauro—. Pero no importa.

Habían preparado una mesa en un rincón del local, lejos de la sala principal. Mauro se ocuparía de los pocos clientes y Clara acompañaría al pobre Franco.

—¿Podrás solo? —le había preguntado Clara, algo inquieta ante la perspectiva de quedarse como único sostén del amigo viudo.

—No te preocupes, no creo que venga demasiada gente hoy. Así podré acercarme también a la mesa y comer con ustedes.

Mauro tenía razón. Solo dos mesas ocupadas: un par de ciclistas y una pareja que hacía turismo rural.

Todos se marcharon muy felices y satisfechos. Sobre todo los ciclistas, que tomaron sus bicicletas y se las llevaron caminando.

Franco reía y comía con apetito cuando Mauro llegó a la mesa. Era Clara: siempre conseguía sacarte de la más negra desesperación, y aquella era una de las razones por las que se había enamorado y se había casado con ella.

Se sirvió vino, se sentó y dejó que la conversación continuara sin interrumpirla.

Debía de ser terrible, pobre Franco.

Y pensó en el día en que también él tendría que despedirse de Clara.

Un frío mortal le cerró el estómago. Luego, con todo el egoísmo que podía hacer brotar el miedo, pensó que, si todo seguía su curso natural, moriría él primero, puesto que era mayor.

Se avergonzó de semejante pensamiento.

La Muerte. Nunca pensamos en ella, pero siempre está alrededor, siempre entre los pies, como una gata astuta y entrometida que nunca nos deja solos.

Franco había dejado de reír y las lágrimas le llenaron los ojos. Clara tomó sus manos entre las suyas y Mauro le pasó un brazo por los hombros.

Pasaron toda la tarde juntos, entre cafés y conversaciones.

La tarde moría con gracia entre las manos de la noche recién llegada.

Franco pidió la bolsa con las sobras del almuerzo para los gatos del pueblo.

Una despedida, el amigo ya alejándose con la bolsa, y las primeras estrellas que anunciaban la noche aparecieron como agujeros de polilla en un mantel demasiado viejo.

Clara dormía, pero Mauro no conseguía hacerlo. La observaba con miedo y dolor.

—Basta, tonto, están vivos. No seas trágico y duerme —se repetía con severidad.

Pero nada. Ni rastro de sueño ni ganas de seguir tumbado mirando el techo.

Fue a la cocina, se preparó un té y se acomodó en el sillón frente a la ventana.

Las noches en el pueblo eran siempre así: cuando hacía buen tiempo, la gente permanecía fuera hasta tarde; después todos regresaban a sus casas y el silencio descendía como las mantas sobre las camas.

Resultaba ligeramente inquietante, pero también fascinante. Ese pequeño miedo agradable que uno siente por diversión cuando sabe que está a salvo dentro de su casa, lejos de la oscuridad exterior.

Una oscuridad que pareció moverse y le hizo derramar unas gotas de té.

¿Qué había allí fuera, en las tinieblas, un poco más allá de la luz de la farola?

La sombra se tambaleó.

Después apareció un pie, una pierna.

Una bolsa con sobras.

Era Franco.

¿Qué demonios hacía afuera a aquellas horas?

Mauro estaba a punto de abrir la ventana y llamarlo cuando vio que estaba rodeado de gatos. Quizá había olvidado llevarles las sobras y, comprensiblemente, tampoco conseguía dormir.

Estaba a punto de levantarse para decirle que bajaría a hacerle compañía un rato cuando vio que Franco se detenía bajo la luz de la farola y todos los gatos que lo seguían se sentaban formando un círculo, justo más allá de la zona iluminada.

Era extraño, y la escena lo mantenía clavado frente a la ventana como un programa de televisión increíblemente fascinante.

De la oscuridad, fuera del cono de luz, apareció primero una pequeña pata y después el resto de una gatita clara y manchada.

La gata se sentó frente a Franco, que permanecía de pie bajo la farola.

Entonces el anciano se agachó ante ella, abrió la bolsa con las sobras y le dio de comer.

La gatita comió con avidez, aunque dejó la mayor parte. Después maulló, se restregó contra las piernas de Franco y de un salto subió a sus brazos.

En ese momento, los otros gatos entraron en el círculo de luz y comieron lo que quedaba, mientras el hombre, de pie entre ellos y con una gran sonrisa, acariciaba a la gatita que sostenía en brazos.

Después se marchó, desapareciendo nuevamente en la oscuridad mientras todos los demás gatos se dispersaban.

 

14 DE JULIO DE 2037

Ha fallecido serenamente
FRANCO ROSSI
a la edad de 91 años.
Mauro y Clara comunican con pesar la triste noticia.

 

El funeral del señor Franco contó con mucha asistencia. Durante los últimos años, hijos y nietos de los habitantes de aquel pequeño pueblo habían comenzado a trasladarse allí, deteniendo la lenta e inexorable muerte del lugar.

También Laura, la hija de Mauro y Clara, se había mudado con Rebecca y su marido, y se habían hecho cargo de La Ostra en la Montaña. La iglesia repleta era una muestra de aquel inesperado renacimiento.

Aunque al señor Franco ya no le quedaban parientes vivos, no le faltaban amigos con sus familias, y todos estaban allí.

Aquella tarde Mauro y Clara estaban dando de comer a los gatos cuando una gatita clara y manchada llevó ante ellos a un nuevo minino, algo flaco y bastante torpe.

—Ha sido rápido —dijo Mauro sonriendo.

—Es verdad, ha sido el más veloz —respondió Clara, volviéndose hacia él y devolviéndole la sonrisa.

Permanecieron así, mirándose y sonriendo mientras se tomaban de la mano.

 

15 DE AGOSTO DE 2047

Rodeado del afecto de sus seres queridos, ha fallecido serenamente
MAURO VITALI
a la edad de 92 años.
Su viuda Clara lo comunica con profundo dolor.

 

En realidad, Clara no estaba tan desconsolada.

Habían transcurrido allí veinticuatro años, los mejores de su vida, años de ensueño a pesar de las dificultades y de la muerte.

Rebecca, convertida ya en una mujer, la abrazaba sollozando por la pérdida de su abuelo. También Laura lloraba a su padre apoyada contra el pecho de su marido.

Pero Clara parecía consolar a todos y, cuando finalmente terminó el funeral y se disponían a regresar a casa bajo aquel espléndido cielo de verano, un gran gato gris las esperaba delante del portón.

Clara se sentó en el banco del patio del restaurante mientras el gran gato subía a sus rodillas.

Por un instante recordó a la señora Mara, el primer día de su llegada.

Tampoco ella estaba desconsolada aquel día.

El sol de agosto era cálido, pero no tanto como para impedirles permanecer fuera.

El gran gato emitió un ligero maullido mientras dos largas sombras se estrechaban sobre ellos.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Clara mientras su hija y su nieta se sentaban a su lado.

Gianluca Vici Torrigiani nació en Roma, Italia, el 19 de abril de 1979. Escritor, guionista y divulgador, desarrolla una obra centrada principalmente en la ciencia ficción, el weird y la exploración de mundos posibles. Es autor de la novela de ciencia ficción Las sombras de Titán y creador del personaje de Nibani, protagonista del relato homónimo que obtuvo el XXVI Trofeo RiLL en 2020. Publicado inicialmente en la antología Oggetti smarriti y posteriormente reeditado en Oltre il reale (Delos Digital), Nibani está siendo adaptado actualmente a una miniserie de historietas por la editorial Garage11. Ha colaborado con numerosas editoriales y publicaciones especializadas, entre ellas Menhir Edizioni, Tabula Fati, Bertoni Editore, Delos Digital, Acheron Books y Comicus.it, donde también ejerce como redactor y crítico. Como guionista ha escrito diversas series y adaptaciones para el mundo del cómic, entre ellas Darwin Awards, Colui che sta nell’ombra, La lettera U, La leggenda dei sette cadaveri y La storia del Golem di Benevento. También participa en proyectos de divulgación científica y cultural. Es creador y conductor, junto con Toni Viceconti, de la sección Fanta History, realizada en colaboración con la Asociación Cultural de Estudios sobre Egipto y Sudán (ACSES), y conduce el programa radial La tisana spaziale con Sam Vega en Radio RedOnAir. Apasionado por la ciencia ficción y la literatura fantástica, concibe la escritura como una forma de explorar los territorios aún desconocidos de la imaginación humana.

 

 

 

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