sábado, 8 de noviembre de 2025

MARFIL. ELEFANTES. VIRGILIO

Cristian Mitelman

 

Desde hace días que duermo dos o tres horas. Luego la noche se convierte en esto, es una especie de ciénaga infinita que debo atravesar a costa de dolores de espalda y de esta molestia en el vientre que ha nacido después del último ataque de disentería que arrasó al grupo. Soy un sobreviviente. Lamento ser un sobreviviente. Cuando enterramos a Ethan Johnson sentí que una íntima envidia se derramaba en mi sangre al igual que la fiebre se me iba desparramando por el cuerpo. Y luego los dolores en la boca del estómago, el infierno vejatorio de no poder controlar las propias necesidades corporales. El hedor. Y es raro, porque el doctor Arnold tomó las mismas precauciones que otras veces para evitar los riegos de la disentería. Algo ha obrado aquí: no sé qué es. Desde hace meses la desgracia no ha dejado de rozarnos los talones. Es extraño, porque nadie en la expedición bebió aguas sospechosas. Alguien dijo que tal vez algún nativo nos haya envenenado. Al principio no quise dar fe a estas palabras porque, a diferencia de los alemanes, no hemos masacrado a ningún pueblo con la perfección rigorista del método prusiano. Pero ya no tengo confianza en nadie y el enemigo está en cualquier parte. La disentería no logró vencerme, aunque me dejó esta secuela insoportable: una especie de dolor reflejo que vuelve cada tanto, como una puñalada en el vientre (no, no es una puñalada, una puñalada es certera; esto es peor: es una mano que aprieta hasta quitarme la respiración, una mano que va hurgando mis intestinos hasta hacerme inclinar y quitarme el aliento).

Por eso envidié tanto al querido Ethan cuando aquella noche lo escuché lanzar un quejido sordo que sólo podía ser la entrada en la muerte. Un ser afincado en la vida no puede emitir aquel sonido. A la exasperación siguió un respirar hondo y luego la paz, la nada. Miraba como obnubilado un cuadrante del techo de paja por donde pasó, subrepticia, una rata pardusca.

No sé quiénes lo enterraron al otro día. Pensé que la tierra enseguida iba a devorar esas carnes y que los huesos quedarían ahí, perdidos para siempre en la intemporalidad de este reino subsahariano.

Yo estoy seguro de que todo esto empezó en cuando seguíamos las huellas de los elefantes sagrados. Marfil. Vivo de él: he matado cientos de elefantes a lo largo de las últimas dos décadas. He perfeccionado el arte de ultimar a estas maravillosas fieras. Admito que he aprendido varias cosas de ellas. Los elefantes tienen una memoria endiablada. Si logran escapar, recuerdan a la perfección quién es el que intentó cazarlos. Incluso conservan el recuerdo de si el cazador fue contra una de las crías. Seres inmensos y rencorosos. He aprendido a respetarlos por eso. Hace años sucedió un hecho curioso. Uno de mis conocidos, el viejo Trevor Bishop, murió destrozado por una de estas bestias. Nadie sabe cómo, pero en medio de la noche apareció un cuerpo brutal, una especie de descompensada máquina de guerra (el elefante se había salvado meses atrás de milagro, pero una de sus patas quedó lastimada) y se abalanzó sobre la improvisada choza de Bishop. ¿Cómo es que nadie se dio cuenta de que merodeaba el campamento? ¿Cómo no percibieron su andar quejumbroso; ese extraño latido que provocan en la tierra bestias primarias? Un nativo aseguró que el elefante parecía una sombra nacida del vacío. Y antes de morir eligió destrozar en el villorrio la morada de Bishop. Era una típica bestia de la sabana. Son más inteligentes; hay una rara astucia en sus desplazamientos. Se diría que saben despistar al hombre. Pero cuando uno aprende sus códigos, darles caza se convierte en una profesión metódica y bien remunerada. No entiendo cómo es que Bishop, con toda su experiencia, se dejó vencer por un rival que, a pesar de su inteligencia, termina siendo algo repetitivo en sus astucias. Después de su venganza, el animal se dejó matar de un modo indolente. Se diría que estaba buscando el fin. Porque lo otro que he aprendido es que son los únicos animales que tienen conciencia del tiempo y de la muerte. Cuando una pequeña manada pasa frente a los huesos descarnados de un antiguo compañero, hacen un extraño silencio y pasan sin hacer el menor ruido, como si la muerte fuera un lugar sagrado; un templo que no debe profanarse.

Yo dejé la cacería del elefante de sabana y me consagré a esos más pequeños que llaman sagrados. El cuerno rosado les eleva inmensamente su precio. Algunas casa de música de Alemania pagan cifras inverosímiles por este tipo de marfil. Aseguran que le dan a la sonoridad del piano una especie de sonido único, como sucede con el misterio de los Stradivarius.

No soy músico ni me interesan estos detalles. Si están dispuestos a pagar tantos marcos o tantas libras por el cuerno rosado, poco me importa que se destine el material para la creación de teclas especiales.

Los elefantes que yo extermino son animales más pequeños y huidizos que reciben una insospechada protección tribal. Cazarlos implica entrar en un infierno selvático donde reciben la ayuda de humanos cuyo proceso evolutivo se ha detenido hace milenios. Porque aquí ha pasado el tiempo, pero no ha pasado el espíritu de la Historia.

Ahora recuerdo aquella noche londinense en que me invitaron a un concierto de no sé qué intérprete ruso. A pesar de estar en mi verdadera patria, no me sentía feliz. De pronto sentí que era una especie de exiliado en las calles que había frecuentado tantas veces. Ni siquiera la visita a una de mis putas preferidas en el burdel que solía frecuentar cuando regresaba a la isla podía apartar esa molesta sensación opresiva en el pecho. Aquella noche estuve con amigos, bebimos champán, nos entregamos a todas las posibilidades de los sentidos. Después me ofrecieron, como una especie de coronación imperial, asistir a un concierto. Los rostros pasaban a mi lado con indiferencia; a todo dije que sí. Antes de entrar en el teatro (recuerdo que los carruajes se detenían formando varias hileras en las calles; recuerdo el frío que no mitigaban los guantes; recuerdo que deseaba volver al prostíbulo y quedarme dormido ahí, en medio de la confusión de los cuerpos) un hombre me habló.

—Van a interpretar a Rachmaninov —me dijo. Mi indiferencia era absoluta. Respondí una vaguedad—. Usted es en parte responsable del éxito de esta noche —continuó—. El piano del solista ha sido hecho completamente con el marfil que usted consigue. De alguna forma se ha convertido en un protector de la música. Ya comprobará la sonoridad del instrumento.

Sabía que esas palabras eran inútiles. Entiendo de armas; no de arpegios. Sé cómo cazar animales salvajes. Sé cómo matar nativos problemáticos. Conozco muchas rutas secretas de ese laberinto de pantanos y ciénagas que es África. Mi pulso no tiembla: cuando tuve que matar, maté sin dilaciones. Sé que por el percutor pasa, con sus argucias, la civilización. Soy, pues, un instrumento del Remington civilizatorio.

La música no me produjo nada hasta el momento en que el pianista comenzó una vigorosa secuencia que conservaba el espíritu de una lucha. De soslayo miré los rostros que me acompañaban: todos parecían estar en una mezcla de éxtasis concentrado. Yo, en cambio, comencé a experimentar una especie de vértigo imposible. Sabía que estaba allí, en una sala londinense de gran prestigio y que la ciudad me brindaba todas sus protecciones. Miré mis manos; temblaban. Era una nueva clase de frío que me corroía desde adentro. Pensé que había un tipo de influenza que estaba arrasando las costas atlánticas donde había estado meses atrás y que probablemente la hubiese contraído. Intenté calmarme pensando que a mi disposición se encontraban los mejores médicos y hospitales del mundo. Los golpes del piano me sacudían la frente. Cerré los ojos. La música de Rachmaninov era parte de una guerra que me rodeaba. Y yo era apenas un cuerpo a la deriva. “He sobrevivido muchas veces: también venceré a Rachmaninov.”

Una hora después estaba en un carruaje que me llevó a casa. Me fui a dormir sintiendo un molesto dolor de cabeza, pero afortunadamente no tuve pesadillas: caí en una especie de inmenso bloque de mármol negro sin vetas.

Al otro día me sentí mejor y me obligué a una extraña dieta de té mezclado con whisky. Los resultados fueron excelentes. Expurgué lo necesario; mi cuerpo volvió a su buena disposición de siempre. Antes de regresar al África me dediqué exclusivamente a las actividades que me eran placenteras: evité conciertos o reuniones con gente gravosa. El último día estuve en el club de Eton. Me reuní con antiguos camaradas y con el viejo profesor de latín Ernst Hopkins. A pesar de su avanzada edad, le permitían seguir enseñando en los cursos superiores. Se había convertido en una especie de caricatura de sí mismo: usaba ampulosamente el monóculo; recordaba cada uno de nuestros nombres y (admito el prodigio de su memoria única) recordaba nuestros fracasos en los exámenes y los dislates que cometíamos al presentar esas pavorosas traducciones que debíamos acometer en una hora. Apenas me vio ingresar en el club levantó su bastón y señalándome con aire de burla soltó unos versos:

Sunt geminae Somni portae, quarum altera fertur

cornea, qua ueris facilis datur exitus umbris,

altera candenti perfecta nitens elephanto,

sed falsa ad caelum mittunt insomnia Manes.

 

—El joven debió entregar el final del descenso a los infiernos cuando terminaba el segundo curso —dijo con tono acusador—. Su impericia, aunque haya sido una ofensa para Virgilio, resultó muy cómica para el tribunal examinador. Han pasado muchos años, espero que en la selva (tengo entendido que se dedica a la noble acción de llevar la cultura ad indomitos populos) sus latines hayan progresado.

—No sea tan optimista, profesor.

—No soy optimista. Nunca lo he sido. Mi edad me permite ser ridículo: es la única forma de soportar este mundo.

La cena, como era de esperar, giró en derredor de anécdotas que todos conocíamos de memoria y que a lo sumo agregaban algún detalle inexistente que todos aprobábamos para ser justificados.

Al otro día, antes de partir, pasé por la vieja librería de la Universidad y compré la Eneida según el texto establecido por Nupton.

Cuando el barco se alejó de la última grada, releí el pasaje que me había citado Hopkins y en un esfuerzo traduje: “Hay dos puertas gemelas del sueño, de las cuales una se dice que es cuerno, por la cual es la fácil salida para las imágenes ciertas. La otra es la que brilla con fulgente marfil, pero los Espíritus remiten al cielo las falsas visiones.”

Me llamó la atención que con los años conservara algo del Latín. Sentí que la memoria era una extraña ciudadela colmada de columnas y pórticos donde las viejas inscripciones distraen al viajero.

Luego volví al mundo de siempre: debía entregar una cantidad de marfil que exigía viajes más extenuantes; seguir el periplo de los elefantes; dar órdenes a los lugareños; organizar provisiones y recorridos.

El clima parecía más tenso que de costumbre. Uno de mis informantes me explicó que, en caso de seguir la ruta que me había propuesto, íbamos a matar a uno de los elefantes sagrados. Con las supersticiones de los idólatras no conviene objetar reparos: pueden ser una auténtica fuente de problemas si no se hace caso en alguna medida de sus pensamientos. Les prometí que no íbamos a tocar ningún animal que consideraran sagrado, fuera un ave, un cocodrilo, una pulga o un elefante. Pero sabía que les estaba mintiendo: las casas de música me exigían material y yo no podía permitirme el lujo de perdonar bestias protegidas vaya a saber por qué milenarias supersticiones.

Lo cierto es que después de dos semanas de marcha no habíamos encontrado nada, hecho que había alterado mis nervios. Pensé que esos malditos estarían llevándome por rutas equivocadas, lo cual era improbable porque había aprendido a conocer el terreno con más precisión que los burdeles británicos.

Durante el viaje, Rachmaninov y Virgilio parecían ocupar mi mente. Se mezclaban y se superponían formando cadencias imposibles. De noche me lanzaba a la lectura del Canto Sexto ayudándome con la traducción que aparecía en la página contigua. El concierto para piano aparecía en mi mente de un modo fragmentario: a veces creía escucharlo con facilidad; otras tantas sabía que estaba inventando una música absurda, fantasmagórica.

Antes de que los ríos comenzaran a bajar su curso aparecieron las huellas de los elefantes. De nuevo me aconsejaron que me abstuviera de tocar aquellos animales. Mandé al diablo a no sé qué jefezuelo y cuando sentí que se ponía agresivo lo acallé con un disparo perfecto entre las cejas. Aunque conozco los rudimentos de estos dialectos primarios, sé que antes de ultimarlo me maldijo. Son circunstancias inevitables.

Luego me dediqué a mi oficio con una especie de alegría inocente. Le estaba entregando al mundo la sustancia de los mejores pianos; las salas europeas iban a colmarse de arpegios nunca oídos. Pensé que el corazón de la música brotaba de mis disparos y que mi arte, mucho más cercano a la percusión, era una especie de anticipo de los mayores refinamientos.

Ahora los sonidos de la ciénaga se van filtrando por mis poros. Siento cada una de las reverberaciones del barro y el salto de las arañas sobre el insecto que se debate en la tela. La luna desgasta su brillo en las aguas barrosas. Ardo en fiebre. De una de las talegas extraigo el marfil. Intento que su frío atempere este ardor que calor innoble. Otra contracción del estómago. Fluyen mis intestinos en un líquido infamante. Estoy manchado y toco la pureza del marfil con mis manos que salpicadas de inmundicia. Algún día van a encontrar los restos de esta expedición. Espero que las temporadas de lluvia y lo posteriores veranos limpien mi carne y borren las marcas de mierda que he dejado en los trozos de cuerno. Espero que lleven el material a Alemania y que de una vez por todas las manos de los hermanos Bechstein pulan las piezas y ensamblen un piano cuyas notas se esparzan por los teatros de Europa y sigan más allá, en las tertulias, en los prostíbulos, en las reuniones de la cancillería. Ya no seré parte de las astucias y las falacias de ese sueño. Yo también soy una pieza más de ese piano que no es más que una vasta máquina cuya astucia todo lo devora. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

Y HABLANDO DE FUNES…

Gabriela Vilardo

 

Y hablando de Funes, Borges, enfrente, justo enfrente de mi casa, desde donde yo siempre observaba el mar, un hombre se apostó en esa orilla durante siete veranos, como si vigilara algo. Era su forma de existir si a eso se le podía llamar existir. Un hombre diferente a su mencionado “Funes, el memorioso”, el de su historia; pero muy cercano en la forma de enajenarse. Cuando supe de este hombre, me acordé de su Funes. Y pensé que éste era el mío, el que yo había conocido y por eso le cuento. Mi Funes, distinto del suyo, Borges. Y recuerdo también, como usted, su cara no taciturna ni aindiada; tampoco singularmente remota pero sí redonda, con ojos saltones que, a veces, parecían desaparecer bajo los párpados caídos y, en ocasiones, agrandarse demasiado como queriendo alcanzar algo; y la verdad es que el hombre algo quería alcanzar. Y sabe, Borges, yo a mi Funes lo recuerdo siempre parado ahí, en la orilla o entre los arbustos, caminando con la cabeza gacha y pala en mano. Diques de jardinero que se daba en su casa, la que lindaba con la mía, después me enteré. También mi Funes se paraba detrás de la reja como un prisionero, cuando no se le daba por apostarse frente al mar, y desde ahí mirar hacia mi ventana. Es muy perspicaz su pregunta: supongo que miraría otras ventanas también.

 Y aquella actividad, rol u oficio, como usted prefiera llamarlo, la de jardinero por elección, era lo que lo mataba, porque el pensamiento, mientras él podaba o acomodaba algún arbusto caído por acción de los vientos huracanados, sí, el pensamiento hacía de las suyas. Pero no como el de Funes, su Funes, Borges. No, todo lo contrario. Su Funes recordaba tantos detalles de todo lo que vivía que no podía hacer ningún tipo de abstracción. Su Funes, Borges, era capaz de saber, como usted dijo, “las formas de las nubes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez”, así contó usted, Borges. Su Funes se atormentaba con los detalles, con la nitidez de los detalles y con la abundancia de los detalles. No así mi Funes. No, su Funes se agobiaba recopilando recuerdos y cada segundo se convertía en una imagen nueva, por lo que yo entendí; y los tenía a todos en la conciencia intentando una infernal convivencia entre ellos. En cambio, a mi Funes, le pasaba todo lo contrario. Estaba trastornado con un solo recuerdo. Uno solo. Uno que atravesaba sus momentos de vigilia y de sueños. Uno que le impedía proyectar algo. Uno que opacaba la claridad de todos los detalles de las imágenes, productos de sus percepciones. Y en esa actividad, la de la jardinería, en la que sólo se escuchaba el canto de los pájaros, uno podía ver a Funes, mi Funes, mirando las plantas pero sin verlas porque entre las múltiples hojas y sus láminas, nervaduras, estípulas, pecíolos, ranuras, folíolos, ápices y márgenes que su Funes hubiese percibido, éste, mi Funes, veía una sola foto: la imagen de una mujer de cabello oscuro y ondulado.

 Mi primer recuerdo de ese hombre fue muy nítido. Lo vi ahí, con sus manos en los bolsillos y su campera de jean, mirando el mar. Su cabeza, protegida con una gorra. El hombre, frente al horizonte; y el horizonte, en donde el cielo y el agua se unen, invadiéndolo a la distancia y sumiéndolo en un único pensamiento. Lo sé, Borges. Lo sé. Una imagen recurrente.

 Mire, ¡qué curioso! y sé por qué le hablo de algo recurrente: vi el cartel de venta en la casa lindera con la mía durante muchos veranos, pero estaba a las claras que no aparecía comprador porque Funes, mi Funes volvía una y otra vez cada año. Era un hombre de familia que veraneaba solo. Diciembre por medio traía a su madre, a quien sentaba debajo de una higuera añeja, mientras él se acercaba a aquella mujer de cabello oscuro y ondulado cuya figura ocupaba todo su pensamiento. Dicen que la primera vez que la vio fue cuando ella estaba totalmente concentrada, con su cámara fotográfica, en el momento justo en que una gaviota había decidido, por decirlo de algún modo, apoyar sus patas en la arena. Sí, por supuesto que su Funes hubiese contabilizado treinta aleteos, al menos ocho o nueve movimientos de cabeza del animal, cuatro o cinco planeamientos intentando el aterrizaje, y estaríamos hablando de cuarenta y cuatro imágenes en menos de diez segundos en la cabeza de su Funes. Pero en la de mi Funes, ni siquiera se había dibujado la gaviota, que él mismo había espantado con su presencia, sino la figura de la mujer que apretaba el disparador de su máquina fotográfica en un intento fallido de congelar esa realidad. Dicen que cuando sus miradas se encontraron él había tomado una fotografía de ella pero sin cámara. La imagen de esa mujer de cabello oscuro, ondulado, que iba descalza con un vestido de bambula blanco y que llevaba una cámara fotográfica había quedado en la retina de mi Funes. Sí, la conservó por años. Dicen que la buscaba en cada rostro de cada lugar adonde llegaba. La veía en la camarera del bar, la veía en la enfermera de su madre, la veía entre las monjas de una procesión. La buscaba en la playa de estacionamiento, entre los árboles de un bosque, la descubría entre las nubes que oficiaban de espesa niebla en un cerro.

 La vio en París, en Londres, Barcelona. La buscó en Buenos Aires en las cantinas de la Boca, en las tanguerías de San Telmo, en las piernas de alguna bailarina, en una muestra de pinturas entre los espectadores. La buscó en un recital. La buscó en el cementerio, entre los vivos el día de los muertos. La buscó en las gigantografías de avenidas. La tenía ahí, en su cerebro como figura. El fondo era todo lo otro: botellas de licor, sueros y vendas, cirios y santos, señalizaciones viales, troncos añosos, precipicios y valles, la torre Eiffel, el Arco de Triunfo, Los Beatles y su “She loves you”, una tribuna, un bandoneón y un piano. Y las tumbas. Todo junto y desdibujado en grandes carteles de ciudades con una figura central: ella.

En Mar del Plata la solía tener frente a frente. Inventaba caminatas para detenerse y admirarla mientras ella pasaba su tiempo tomando fotos a la orilla del mar. Funes se le acercaba con el pretexto de conocer acerca de la técnica… que si la lejanía del objeto, que si el foco, que si el marco… Sí, había logrado un acercamiento.

 Y después, a su regreso, ya en Buenos Aires, la volvía a ver en el subte, la buscaba en las plazas y en las esquinas atestadas de gente. La descubría en una fotografía de un álbum viejo, la veía escuchando una canción en la tapa de un disco imaginario, hasta el próximo verano. Y ahí, en la playa, se le juntaban las dos. La de su retina y la real. Se hacían una. Sí, Borges, así como le cuento. El trastorno de un solo recuerdo se le había hecho una realidad concreta que supo tener junto a él en su cama. Créase o no, supo arrancarle admiración luego de confesarle su sentimiento. Obsesivo, por cierto. Lejos de rechazarlo ella se había sorprendido y lo había empezado a ver atractivo. Pero lo atractivo desapareció gradualmente conforme él le manifestaba su necesidad de poseerla. Y ella emprendió una elegante retirada que lo lastimó hasta desquiciarlo. Dicen que él escuchaba la música preferida de la mujer de vestido blanco, que se acostaba pensando en ella y se despertaba a medianoche con aquella imagen del deseo hecho realidad, y que lloraba al comprobar que la mujer ya no estaba... Dicen que sin abrir los ojos, la veía. Sí, Borges. Estoy segura. Y hablando de Funes, mi Funes, dicen que hubo intento de la mujer de conciliar emociones por lo cual él había recuperado chispa en la mirada, pero su deseo de posesión eterna fue recurrente y la retirada elegante de ella, también. Dicen que además de acostarse y despertarse con esa foto en su cabeza, se volvió taciturno, distraído; dejó de contestar a las preguntas con coherencia. Dicen que perdió a sus amigos y a sus conocidos más cercanos, que se volvió huraño y agresivo, y que miró a su madre desde lejos cuando la encontraron muerta debajo de la higuera. Sí, Borges estoy segura. Fíjese, una sola imagen, inamovible, puede afectar la salud de alguien, tal como lo opuesto, tal como le pasó a su Funes que recordaba múltiples y miles de detalles. Este Funes dinamitó su cerebro con aquel único pensamiento. Lo sé. Usted debería creerme. Ese hombre nunca me devolvió aquel vestido blanco de bambula. Perdón, Borges, si me disculpa, una gaviota ha decidido, por decirlo de algún modo, apoyar sus patas en la arena. La veo desde aquí. Una fotografía que siempre quise tomar.


Gabriela Vilardo es profesora en psicopedagogía, artista plástica y escritora. Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en 1964. Ejerció la docencia desde el año 1989 hasta el 2016. Dictó talleres de creatividad y de apoyo a docentes. Obtuvo reconocimientos nacionales e internacionales por sus cuentos y microrrelatos, algunos de los cuales formaron parte de antologías. Publicó tres novelas juveniles: El misterio de Don Anselmo (2005) Rosendo, un esclavo en la Revolución de Mayo (2010) y Del revés (2018) En el año 2015 publicó Ausente de mí, novela que escribió con Alejandra Guallart Becerra. En el año 2018 presentó la novela De entrecasa y en 2023 SISA (novela histórica).

 

LOS NIÑOS SANTOS

María Cristina Rolnik

 

La madre entró a la habitación, cerrando despacio la puerta tras ella.

La habitación era blanca, las paredes el piso, la Máquina, todo blanco. No había muebles, únicamente una silla, dispuesta frente a su hijo, a la distancia exacta de un metro.

El niño flotaba cubierto de tubos que emitían luces. Los tubos lo conectaban a la Máquina Vital. El niño respiraba y los tubos que entraban y salían de su cuerpo se movían al compás iluminando la habitación, inspiración de verde, espiración de azul. Parecía una gran medusa atada.

La madre se sentó con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas. Miró la cara del niño y su rostro reflejó lo que observaba en ese momento: Nada. Ningún cambio. El niño seguía igual.

Los virus lo necesitaban, necesitaban sus células vivas. Pero llegaría el momento en que las células se agotarían, como se agotó el niño.

La madre sabía porque ese era su trabajo. Investigación. Los virus ingresaban a las células, se replicaban en miles y las células estallaban para liberar a los nuevos. Modificaban el organismo al ritmo de la reproducción. Cuando requerían más células aumentaban el metabolismo del niño, este se agitaba en convulsiones y fiebre, transpiraba, deliraba. Era el único momento que hablaba. No, lo que hacía era gritar. Gritaba. El nombre de la madre y la palabra madre era lo que más gritaba. Sus vasos sanguíneos se dilataban de tal manera que parecían que iba a sangrar por cada poro. Un niño rojo gritando.

La Máquina actuaba entonces y detenía el shock. A través de los tubos recuperaba la hemostasia, el equilibrio del niño. Al inicio de la enfermedad, la Máquina operaba rápidamente, pero en los últimos ataques, la lucha por el cuerpo duraba horas y el niño no salía ileso de las crisis. Primero dejó de hablar. Miraba a su madre con seriedad, sin llorar jamás. Después de la última convulsión cerró los ojos y nunca más despertó.

Pero la madre sabía que el niño aún estaba allí.

Investigaba. Obtenía muestras del hijo a través de conexiones de la Máquina con el laboratorio instalado en la habitación contigua. Estudiaba sin descanso. Sus pasos incluían la habitación del niño y el laboratorio. El resto de la casa era ignorado. Dormía sentada frente al niño cuando el cansancio dominaba a la angustia.

Abandonó su trabajo en el Centro cuando comenzó todo, justificada por madre. El Centro aceptó otorgarle los materiales que necesitaba para instalar un laboratorio en la casa. La enfermedad del niño era desconocida. No era generosidad, era especulación: una madre científica desesperada valía por cien científicos en procura del Premio Nóbel.

El laboratorio incluía centrífugas de alta velocidad, cultivos de células soportes para réplica viral, microscopios varios y simios. La madre no experimentaba con estos animales, desde que tuvo al niño los consideraba demasiado humanos. Pero ahora los necesitaba: 99% genéticamente semejantes. Los simios estaban agrupados en tres sectores, cada uno separado por su jaula de vidrio inviolable.

Un grupo eran los simios sin tratamiento. Abandonados a la evolución de la enfermedad, la mayoría había muerto. Ella observó los detalles de cada agonía, macroscópicamente, microscópicamente. Repetía las imágenes en sus pesadillas: el rostro del niño se fusionaba con facciones de simios convulsionando, los gritos de madre, madre, las células explotando en miles de pequeñas bestias, erupción de virus cómo insectos polígonos que cubrían el cuerpo del niño y desde allí invadían toda la habitación.

El segundo grupo de simios estaba conectado a Máquinas Vitales, reproduciendo el estado del niño. El 30 % sobrevivía en coma. La Máquina establecía que únicamente uno de los simios no presentaba daño cerebral. El resto de los cerebros enfermos constituían masas esponjosas de micro quistes. Con la Máquina Vital los virus estaban latentes, no destruían células pero impedían que continuaran su función. Las células permanecían secuestradas, pasivas.

El tercer grupo eran los simios en los cuales ensayaba tratamientos. Los resultados hasta el momento no eran satisfactorios: la mayoría de las drogas destruían los virus pero afectaban a las células en las que se reproducían. “Se puede decir que el virus se convierte en la célula que invade”. Recordaba la voz del profesor, y apretaba los puños con impotencia.

El niño flotaba quieto.

La madre bajó la cabeza agobiada. Sorprendida vio dos pequeños círculos rojos en el piso por debajo del niño. Caminó contando cuidadosamente sus pasos. Se detuvo en el número tres. No debía cruzar la barrera invisible de rayos ultravioletas que cubría al niño y destruía los virus que escapaban en cada respiración.

La barrera era una esfera de pocos milímetros de espesor, rodeaba al niño sin tocarlo. La energía destruía al virus pero también provocaba lesiones cutáneas y mucosas a los seres vivos que establecían contacto con ella. Nadie podría atravesar la esfera sin sufrir severos daños.

Lo extraño era que las gotas rojas, mas de cerca se veía que eran gotas, estaban del otro lado de la barrera.

Debía ser el niño, el niño sangra, comienza la última etapa de la enfermedad, la fase en que los virus despiertan enloquecidos tratando de escapar, destruyendo todo lo que encuentran en el cuerpo, provocando una hemorragia imparable.

Un golpe de horror dio contra la doctora, la hizo doblarse y gemir. Gritó las palabras claves que desconectaban la barrera y se arrojó hacia el niño.

El rostro no había cambiado. Apoyó su mano sobre la frente del hijo esperando fiebre, pero estaba templada. Miró al piso nuevamente y se arrodilló palpando las gotas. No era sangre, era otra cosa, le recordaba al agar seco del laboratorio. Quién podría atravesar la barrera sin dañarse, era imposible.

—¿Necesita algo, doctora? —Desde el suelo miró hacia la voz: era María Sabina.

No pudo hablar ni moverse. María Sabina la ayudó a incorporarse, la sentó en la silla, le dio de beber un té caliente y comenzó a hablar:

—Discúlpeme doctora, olvidé que la cera de las velas es difícil de quitar, sólo usé agua.

La doctora miró a María, no estaba lesionada. Imposible.

—Queremos ayudar, pero estamos solos —dijo María Sabina.

—¿Solos quiénes? ¿Qué dice? —preguntó la doctora.

—Los Niños Santos y yo. Usted y su hijo —contestó María.

La doctora la miró cómo se mira a una loca, pero no dijo nada. Siguió bebiendo el té, Tenía gusto a miel y un dejo amargo al final de cada trago.

Sí, pensaba la doctora, María estuvo rezando a sus santos encendiendo velas rojas. La religión no estaba prohibida, pero era rechazada socialmente. Existían restos en algunas personas, ella misma recordaba a su bisabuela enseñándole a escondidas oraciones de religiones muertas. “Ángel de la guarda...” No podía continuar, eran datos descartados de su cerebro, por inútiles.

La doctora pensaba lentamente cómo si estuviera explicando cada palabra, cada vez más relajada, probablemente fuera el té.

María Sabina quería a su hijo. La joven era su nana, su cuidadora. La mejor imagen maternal que pudo conseguir en el Departamento Laboral. Física y psicológicamente intachable. El rasgo de religiosidad no se consideraba peligroso, eran los restos de la cultura mazateca, el pueblo de María.

Cuando el niño enfermó, la maternidad de María creció englobando a la doctora en sus cuidados. Ella insistía en las comidas, en las pastillas nutritivas, en beber por lo menos agua. Entre la habitación del niño y el laboratorio, María se las arreglaba para que la doctora siguiera viva.

Pero atravesó la barrera, imposible. La doctora se agarró de la cabeza, en su mundo todo debía tener alguna explicación, el desconocimiento era desorden y dolía.

—Doctora, para que regrese el niño necesitamos su ayuda. El me quiere, pero no soy su madre y no reconoce mi voz. El me mira y sonríe pero no vuelve.

La doctora participaba de un diálogo que consideraba inverosímil, indignante para su mente científica, entonces, ¿por qué deseaba continuar? ¿Y el razonamiento y la lógica? Ya no le importaban y le habló a María.

—¿Dónde está mi hijo?

—Está en un lugar dónde no hay ruido, el mundo de la muerte. Un ruido verdadero haría explotar el sitio en pedazos. Allí sólo su voz de madre puede ser un ruido verdadero, mi voz es apenas un susurro. Debemos apurarnos, queda poco tiempo.

—María, usted ha entrado al laboratorio.

—No señora, no. Sé que ahí están los monos. Los Niños Santos están tristes por ellos, son nuestros hermanos menores.

—¿Hermanos menores, qué es eso? —dijo la doctora

 —En Ampadad, desde los árboles grandes surgieron los gigantes, de los árboles medianos surgimos nosotros y de los árboles pequeños los monos. Somos hermanos. Pero no sé la verdad por los monos. Sé por los Ni Xi Tho.

María se sentó frente a la doctora, la falda del huipil blanco se abrió cómo una campana.

 La doctora escuchaba y hablaba sin filtrar sus sentidos por las redes entramadas de la ciencia. Regía la mujer, la madre. Se inclinó hacia María Sabina.

—¿Qué son los Ni Xi Tho?

—Son los Niños Santos, son los pequeños que brotan.

 La falda de María Sabina reflejaba las luces de la habitación, azul, verde, azul, prolongando la respiración del niño.

La doctora miró a su hijo. Los pequeños que brotan, pensó, mi niño tan quieto cubierto de raíces.

—¿Qué hacemos ahora, cómo sigue? —dijo la madre.

—Debe usted reunirse con María Sabina.

La mueca de la doctora delataba confusión.

—Doctora, todas nos llamamos María Sabina pero ella es la Mayor.

 —¿Y usted me va a acompañar?

—No, la van a guiar los Niños Santos. —Dicho esto, María extrajo del bolsillo unas estructuras amorronadas que la doctora reconoció cómo hongos. Le extendió un par.

La doctora palpó la consistencia carnosa de los sombreros mientras la muchacha murmuraba algo que sonó como una plegaria: “Psilocybe Caerulenscens Murril Var Mazetecorum Heim”. Extinguidos hace casi un siglo, pensó. Abruptamente dejó de razonar. Ya no importa, se dijo y comenzó a masticar.

El sabor le pareció relajante, suave, sentía pastosa la lengua. La boca, la garganta parecían abrirse más y más amoldándose a los hongos. Pero simultáneamente al deseo de comer hongos crecía una nausea imparable; un gusto horrible, que no era de los hongos, emergía de su interior. No aguantó, salió de la habitación y vomitó en el pasillo. Volvió a entrar.

 María Sabina estaba en el mismo sitio, masticando y cantando en un idioma que la doctora no distinguió. Le ofreció mas hongos, la doctora los comió de pie. Sudaban las dos. María cantaba, balanceándose.

La doctora salió a vomitar una vez más. Parecía expulsar todo lo podrido que había acumulado en su vida.

Regresó aliviada pero no reconoció la habitación, era gigantesca, interminable, no vio a su hijo ni a María. Se sentó en el piso, abrazándose acobardada y comenzó a llorar. Hacía frío, temblaba. Escuchó una voz cantando, esta vez comprendió lo que decía:

Soy una mujer que llora

Soy una mujer que escupe

Soy una mujer que ya no da leche

Soy una mujer que habla

Soy una mujer que grita

Soy una mujer que da vida

Soy una mujer que ya no pare

Soy una mujer que flota sobre las aguas

Soy una mujer que vuela por los aires

 

—Escúcheme, doctora, escúcheme bien. —María la cubrió con una manta, ella sintió calidez en el abrigo y en la voz—. Debe levantarse y cruzar la puerta. No tema, todos sabemos qué hacer.

La ayudó a levantarse y juntas se dirigieron al portal.

 La doctora abrió la puerta, dio un paso hacia delante y giró para ver el rostro de María. La tranquilizaron los ojos que se despedían desde la habitación blanca.

La puerta se cerró sin ruido y la oscuridad fue completa.

Estaba en el exterior, olía a tierra mojada, oía ladridos lejanos. Y la voz:

 

Soy una mujer que ve en la tiniebla

Soy una mujer que palpa la gota de rocío posada sobre la hierba

Soy una mujer hecha de polvo y vino aguado

 

Comenzó a caminar hacia aquella voz por una calle de tierra, en subida. Un camino de serpiente, nunca recto.

Ya clareaba. La hora en que los muertos y los vivos se miran a la cara, pensó la doctora y se asombró al permitirse un pensamiento mágico.

Distinguió los perfiles de montes cómo recortados por un niño. Montes azules, luego anaranjados, luego rojos. Se detuvo mareada frente al monte más elevado y su corazón latió rápido.

 La voz de una niña acarició su espalda.

—Nindó Tokosho; allí una vez vimos al Chicon Nindó, el amo de las montañas, su rostro era una sombra, usaba un sombrero blanco, lo cubría un halo.

Giró y vio a dos niñas tomadas de la mano, descalzas. Una de ellas era apenas más pequeña que la otra. Hablaban moviendo los labios con las mismas palabras, sus voces se escuchaban en una sola voz, una voz fuerte y dulce.

—No tenemos nada, sólo hambre, sólo frío. Los Niños Santos nos quitan el hambre y el frío. Nos dejan el espíritu contento. Ellos también cuidarán de ti.

La niña más alta le extendió un hongo que la doctora nunca antes había visto, era rojo carne, parecía crecer desde la mano morena. La mujer intentó tomarlo suavemente pero no pudo separarlo de la manito. Tiró con más fuerza y fue como si lo arrancara. Alarmada vio que en la palma de la niña quedaba un vacío rojo. Pero la niña no dejó de sonreír y la herida se cerró, cómo si se corrieran las cortinas de una ventana.

Entonces sí, la doctora mascó despacio. Esta vez no hubo asco. Sintió sabores deliciosos olvidados y redescubrirlos le dio placer, también tristeza por lo perdido, por lo que no regresa más. Recordó al niño, regurgitó de nuevo el sabor amargo, pero las niñas se aferraron de sus manos una a cada lado y, tironeando, la dirigieron al camino.

Juntas continuaron ascendiendo.

La luz iba extendiéndose. La doctora sintió un amanecer lento, de colores y ruidos fundidos. Iban apareciendo despacio, verde cielo, rojo montañas, naranja suelo, ruido de agua corriendo entre tierra, mezclado con aullidos sin pena de perros salvajes. Y la voz:

 

Soy mujer que mira hacia dentro

Soy mujer luz de día

Soy mujer Luna

Soy mujer estrella de mañana

Soy mujer estrella dios

Soy mujer constelación guarache

 

Se cruzaron con gente cargada con bultos, iban descalzos; los hombres vestían sencillamente, las mujeres estaban envueltas en túnicas largas con finos bordados de colores brillantes fosforescentes. Reconoció el huipil de María Sabina, multiplicado en esos cuerpos bajos y delgados, pero que no transmitían fragilidad.

Una mujer parada al borde del camino, la llamó con gestos suaves. Se acercaron. La doctora observó el rostro de una mujer joven que había envejecido sin esperar al tiempo. Aferraba una azada que se hundía en la tierra negra removida, también sus pies desaparecían en ese surco negro.

—Mi marido murió de la enfermedad del viento. Tengo a mis hijos, usted sabe, tener a los hijos es tener todo.

Escuchó risas, desde la tierra vio tres niños asomarse de tres pozos.

—La tierra los protege del frío y del viento —dijo la mujer—, vaya con ellos. Yo debo continuar trabajando. Los Niños Santos la guiaran.

Los pequeños se sumaron, saltando y jugando por delante de las niñas y la doctora.

La mujer continuó labrando la tierra, mientras cantaba:

 

Soy una mujer que cría víboras y gorriones en el escote

Soy una mujer que cría salamandras y helechos en el sobaco

Soy una mujer que cría musgo en el pecho y en el vientre

 

Se alejaron pero la voz permaneció con ellos un tiempo más. Siguieron caminando, los rodeaban montes tremendos, plantas que se mecían entre rocas con forma de animales y el canto de pájaros que se intuían enormes. Pájaros libres, pensó la doctora y recordó aquellos otros protegidos de la extinción en las jaulas de los zoológicos. El canto era diferente.

Cuando alcanzaron la cima, los niños hablaron.

—Llegamos —dijeron. Señalaron una casa de madera, solitaria. En la puerta había alguien. Los niños corrieron hacia allí, la doctora los siguió con reserva.

Cuando llegó, en el portal se reveló la figura de una anciana, muy delgada y pequeña; su altura apenas superaba la de los niños. Tenía el cabello blanco recogido en una trenza. La cara estaba trazada por surcos, los más profundos en las comisuras, tenía la nariz ancha, cejas gruesas y oscuras que caían hacia los ojos, la mirada destellaba vívida. Vestía un huipil con elaborados bordados de animales, plantas, rostros. La doctora quedó prendida de una imagen: un niño dormido cubierto por raíces, era su hijo. Vio agitarse a las figuras del vestido, vio crecer aún más raíces sobre el niño. Extendió desesperada una mano hacia el huipil, la anciana tomó esa mano.

—Nináa-Tindali —dijo estrechándola. No dijo nada más pero se oyó la voz que emergía de todos lados.

 

Soy María Sabina

Soy sabia desde el vientre de mi madre

Soy hija de Dios

y elegida para ser sabia

Mi sabiduría viene del lugar

donde nace la arena

Los niños santos son la sabiduría

Y la sabiduría es el lenguaje

Yo curo con el lenguaje

Solo soy una que habla con Dios

Nada más

 

La condujo hacia el interior de la casa, los niños las siguieron. Entraron a una habitación oscura.

María Sabina cantaba bajo, mientras encendía velas. La habitación no tardó en llenarse de luces, lenguas naranjas amarillas meciéndose con el canto.

 

Soy la mujer constelación

porque podemos subir al cielo

porque soy la mujer pura

 

Se iluminaron rosarios, las imágenes de varios santos.

Los niños se sentaron en el piso, la doctora los imitó.

La anciana preparó una fogata mientras el canto se hacía mas fuerte, tomó un brasero con pedregones y los quemó. Apareció un humo blanco.

 

El fuego interno nos da poder

el copal consume nuestras lagrimas

y las ofrecemos cómo aroma

al dador de vida

 

La doctora apoyó su espalda en la pared y la angustia regresó estrujando el vientre, comprimiendo el cerebro. Varios bultos la rodearon, veía guardapolvos blancos que la rozaban acercándose y alejándose y voces catedráticas llenas de ira y desprecio, alientos de laboratorio que le gritaban: "No sirves para nada, él se muere, eres una inútil". Comenzó a golpear su cabeza contra la pared. "Inútil, inútil". De la boca salían hilos de sangre, se mordía la lengua para no gritar. María la abrazó acunándola con un monosílabo: so, so, so. Las sombras blancas se alejaron, ella se calmó.

Se separaron despacio mirándose a la cara. María Sabina lloraba, sus lagrimas eran de cristales opacos, al caer producían tintineos. La doctora se palpó el rostro, ella también lloraba cristales. María Sabina tomó el brasero, juntó las lágrimas de la doctora y las propias y el humo se hizo más intenso, llenando la habitación de una niebla espesa.

 

Nadie se interpone, nadie pasa

Nadie nos espanta

¡Anímate!

Con constancia,

Con leche de mamar, con rocío

Con frescura, con ternura

Voy a dar justicia hasta la casa del cielo

 

Tomó un bulto hecho de hojas de plátano y lo desenvolvió, quitó un grupo de hongos y los sahumó. Luego se acercó a la doctora y le dio de comer los hongos en la boca, despacio.

Al terminar, la doctora se incorporó lentamente. Pudo reconocer a los niños; estaban dormidos, cubiertos por frazadas de colores hermosos. La doctora inspiró muy hondo: había olor a flores puras, olores que en su mundo sintético ya no existían. Se sintió fuerte y alta, veía a los pequeños en el suelo desde muy arriba. Descubrió a María Sabina; ella le sonrió mientras abría la puerta y entonces pudo ver a lo lejos a su hijo corriendo en el día.

Y María Sabina cantó. La voz de María Sabina se extendía en espiral podía observar los círculos en el aire que hacían cada letra. La doctora acarició extasiada el espacio, dejando huellas en la niebla.

En un sólo paso llegó a la puerta, era un paso de gigante. Las palabras de la nana regresaron: “No tema, todos sabemos qué hacer”.

La anciana comenzó a acompañar el canto con golpes de su bastón y en cada golpe la tierra vibraba respondiendo que la voz de María Sabina era armonía.

 

Soy la mujer constelación bastón

porque podemos subir al cielo

porque soy la mujer pura

soy la mujer del bien

porque puedo entrar y salir del reino de la muerte

 

La doctora cruzó el portal. Sus piernas se hundieron en el barro. Debía caminar con esfuerzo, cada vez con mas dificultad, sentía que descendía en vez de avanzar. Estaba a metros del niño cuando la tierra ya cubría sus rodillas, levantó con dificultad una pierna por sobre el barro y su cuerpo chocó contra una barrera transparente.

Su hijo estaba sentado bajo un árbol, dándole la espalda. Gritó el nombre del niño golpeando la pared con las manos abiertas. Él no se movió.

Ella sintió la superficie, era vidrio, como el vidrio inviolable de las jaulas del laboratorio.

Ya no podía moverse, el barro se había secado, ella era vida sin piernas, un busto absurdo.

Furiosa, insistió un vez más con los puños cerrados. No hubo sonido, pero el vidrio pareció dilatarse, contraerse, comenzó a empañarse lentamente, como si estuvieran sudando en algún sitio.

Limpió el vidrio con su mano y en el instante que acercó el rostro para mirar retrocedió espantada, un simio hinchado, cubierto de sangre se abalanzó del otro lado del vidrio golpeando contra el, regresando y repitiendo el acto una y otra vez, sin detenerse. La doctora escuchó ruidos similares en toda la barrera: miles de monos sangrando golpeaban y golpeaban. Podía ver las huellas de sangre que los simios dejaban en cada golpe. Abrió la boca para gritar pero sólo fue una boca abierta sin voz. El cielo se oscureció y ya no vio nada más.

—Esto no esta ocurriendo, no es real. María Sabina, basta por favor, quiero volver. —Dijo esto y el aire explotó en remolinos; sintió que el cielo se caía sobre ella, arrancándola bruscamente, expulsándola hacia arriba.

Mientras se alejaba pudo verse a sí misma, la tierra la cubría cada vez más y vio a su hijo de pie del otro lado del vidrio; su nana, María Sabina, lo tomaba de la mano. De alguna manera La joven cuidadora había logrado llegar hasta su hijo. Ambos elevaron la mirada hacia el cielo y en ese instante un rayo de sol quebró la oscuridad y los iluminó.

—Mamá —dijo el niño. Y eso era real, el niño vivo, su voz, tenían que ser reales. Cerró los ojos y rogó a los Niños Santos otra oportunidad. Y cantó con una voz prestada lo más fuerte que pudo:

 

soy mujer que hace tronar

soy mujer que hace soñar

soy mujer águila, mujer águila dueña

soy mujer que gira porque soy mujer remolino

soy mujer de un lugar encantado, sagrado

porque soy mujer aerolito

 

Y cayó en el sitio donde había estado cubierta de barro y dudas. Ahora era su dueña otra vez.

Se aferró a los magueyes que estaban a su alrededor y comenzó a salir.

En la superficie enfrentó otra vez al muro.

Del otro lado, María protegía al niño de los monos hablándoles en su idioma dulce. Los simios se detuvieron. El niño pareció reconocer a su madre y se acercó.

Madre e hijo se enfrentaron apoyando sus manos en el mismo sitio del vidrio; se escuchó un quejido y una línea de fractura apareció en la barrera.

—Hijo, ¿me escuchas? —dijo la madre. El niño asintió con la cabeza—. Hijo, quiero que vuelvas, regresa conmigo —dijo la madre y desde las profundidades de la tierra una fuerza inmensa pareció agitarse, subir a gran velocidad, emerger a la superficie y cuando surgió fue el caos. La barrera de vidrio estalló en fragmentos que permanecieron en el aire unos segundos para caer despacio cómo flores de diente de león.

Madre e hijo se abrazaron. Ya no había estruendos, había paz.

Sin dejar de abrazar al niño, la doctora levantó la mirada y buscó a su nana. Estaba sentada, la rodeaban los simios que parecían dormir, ella acariciaba a uno pequeño acurrucado sobre su falda.

—María, vamos a casa —dijo la doctora—, vamos con nuestro niño.

María Sabina sonrió. 

—Ya no puedo volver, esta es mi casa ahora. —Dijo esto y raíces de gran tamaño comenzaron a cubrir su cuerpo y a los simios, tapándolos completamente muy rápido y de esas raíces emergieron árboles grandes, árboles medianos y árboles pequeños.

La doctora y el niño permanecieron en un claro rodeado por el monte nuevo.

Cerraron los ojos sintiéndose blandos, livianos.

La doctora despertó sacudida por el niño y su voz.

—Mamá. —Acarició despacio la cabeza del hijo temiendo que algo se rompiera. Su felicidad se detuvo en la mirada del niño que la guió hacia un lado: junto a ellos estaba María Sabina, la joven nana, en posición fetal, muy quieta. Se acercaron, la doctora besó su frente y el niño la tomó de la mano por última vez.

En ese instante entraron a la habitación mujeres silenciosas, descalzas, vestidas con huipil. Ocuparon todo el espacio libre del lugar.

La doctora y el niño se separaron de María y las mujeres rodearon su cuerpo murmurando en vibración, la envolvieron con una manta y se la llevaron.

La doctora fue tras ellas y aferró del brazo a la última.

—¿Quiénes son ustedes? —le preguntó.

Y la mujer respondió:

—Todas somos María Sabina.


María Cristina Rolnik nació en 1973 en la provincia de Corrientes, Argentina, y morirá, asegura, en el 2073 en la provincia de Corrientes (Estados del Sur Unidos por el Norte). Hizo estudios primarios, secundarios y terciarios, completos, por lo que puede afirmarse que es el orgullo de mamá y papá. Estudió danzas clásicas, pero las abandonó cuando se vio horrenda con más tutú que encanto. Estudió francés comercial, inglés de postguerra y sabe algunas palabras en guaraní y polaco. Actualmente hace ejercicio casi legal de la Medicina. Película favorita: Las alas del deseo. Escritor favorito: Edgar A. Poe. Poeta favorito: Alejandra Pizarnik. 

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N